“Nadie lee nada; si lee, no comprende nada; si comprende, lo olvida enseguida.”

Stanislaw Lem (1921-2006). Escritor y filósofo polaco.

Per Antoni Gutiérrez-Rubí El debate sobre la relación entre la política y los libros, entre los políticos y la lectura, es profundo y fecundo a lo largo de la historia. Y aborda desde la formación y actitud del gobernante (“Si no leo, no gobierno”, Felipe González) hasta el cuestionamiento de la capacidad y legitimidad ejecutiva y representativa del poder democrático cuando éste no se fundamenta en el conocimiento, fruto de la lectura o del saber (“Cuando el poder no lee, 000-853 el poder no piensa”, Tomás Eloy Martínez). En este contexto, vale la pena leer el reciente reportaje Léase antes de gobernar, donde algunos de nuestros destacados filósofos, politólogos e historiadores hacen interesantes recomendaciones literarias para nuestros líderes. Pero no hay tanta reflexión sobre la acción política a través de la lectura. O desde la lectura. Se repite una y otra vez

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que vivimos en la sociedad del conocimiento, pero la sensación de que la política –precisamente- se ha desconectado de éste se ha instalado con fundamento. Desconexión que antecede y sucede por el desconocimiento o la ignorancia consciente de la insufrible pedantería de una parte de la política. No se necesitan lectores, sino electores, pueden pensar neciamente algunos de nuestros representantes. Pues de eso se trata. De reconstruir la conciencia política, de repensar la acción política en base a la lectura y al debate que nos provoca. Y hacerlo de manera sistemática, compartida, militante. La política ideológica nos ofrece respuestas simples, que estimulan nuestros apriorismos, no nuestros juicios. La política filosófica (la “filopolítica”) nos provoca preguntas, que estimulan nuestras dudas y nuestras convicciones. Nos hace pensar. Y sin pensamiento no hay acción transformadora, hay agitación populista, que no es lo mismo. James Baldwin, escritor afroamericano y activista de los derechos humanos, decía: “Escribimos para cambiar el mundo (…). El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y si logramos alterar, aunque sólo 70-331 sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo.” ¡Pues leamos! Sin lectores no hay activistas. Y sin activistas no hay política. La recuperación de la novela comprometida por parte de nuevos talentos, la sorprendente irrupción de grupos de lectura, clubs, plataformas de intercambio de libros, experiencias lúdico/culturales como BookCrossing… así como las nuevas prácticas de lectura basadas en la cooperación y el talento compartido libre, como la iniciativa #Bookcamping, son la expresión más dinámica de una nueva conciencia política a través de la lectura. Y en Twitter florecen más y más perfiles de filosofía, contenidos y literatura, y pensamiento político.

Desde una perspectiva progresista y transformadora, ha llegado la hora de abandonar el lamento que nos paraliza o nos hipnotiza con la letanía de que no hay nada que hacer, dada la enorme dificultad del desafío político que supone esta crisis sistémica y devastadora. La primera condición para formar parte del cambio político es comprender lo que sucede. Y ello no es posible desde la pereza lectora, la parálisis crítica o, mucho menos, desde el cinismo intelectual. El reto para articular mayorías de electores pasa por empezar a ser lectores y lectoras de nuestra vida y de nuestro entorno. Solo así podremos pasar de las páginas, digitales o de papel, a la conciencia que amplía el círculo del nosotros.