IMMA AGUILAR NÀCHER

Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer. manteaugoosepascher
Alfonso V el Magnánimo

Amar la lectura es trocar horas de hastío por horas de inefable y deliciosa compañía.
John Fitzgerald Kennedy

El candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, está cerca de ganar en julio las elecciones presidenciales de México pocos meses después de que en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara fuera preguntado por los títulos de sus tres libros favoritos. Peña Nieto fue incapaz de pronunciar ni uno de ellos y sólo llegó a balbucear -“la Biblia”. ¡En Canada Goose Heli-Arctic Parka la feria del libro! Más de uno pensaría en la inoperancia de su equipo de asesores por no haber previsto la pregunta que le esperaba en su acto de campaña, en lugar de en su manifiesta incompetencia lectora.

Se pregunta Fernando Savater : “¿Son todavía los libros indispensables para alcanzar competencia en ese campo o basta con memorizar cifras, escuchar a los expertos y los domingos acariciar benévolamente la cabeza de los niños?”. No suscribo la sentencia injustamente generalizadora de que los políticos no leen. Muchos sí lo hacen, e incluso algunos también escriben, y los hay que hacen política desde la literatura. Pero los libros no dan votos, como cabe deducir del episodio del candidato mexicano Peña Nieto.

Donde debemos poner el acento es en qué leen o en cómo leen y si sus lecturas aportan -nos aportan-. El tiempo de la lectura es el tiempo de la reflexión, del pensamiento sosegado, del trasvase de ideas de los pensadores y los escritores a los lectores. La política tiene mucho de acción y reacción, pero también de contextos, de flujo de ideas y de serenidad. “Definitivamente, el mundo ha cambiado mientras que el lenguaje político parece haberse transformado en inservible, caduco y previsible -cree Antoni Gutiérrez-Rubí (Filopolítica, 2011)-. Volvamos a las palabras, a las que nacen de las ideas y de la filosofía; sin ellas, la ideología está muerta”. Borja de Riquer destacó en el obituario de Josep Benet su autoexigencia en la precisión “no sólo por la justicia de los argumentos, sino también por la solidez de su información.”

¿Qué diferencia un político que lee de otro que no lee? ¿En qué se percibe? No es una pregunta fácil de responder porque ese bagaje a veces forma parte del currículum no visible. Sin embargo, sí es posible evaluarlo si nos atenemos al resultado de sus decisiones y su gestión (acciones), su ética (comportamiento), su ideología (valores y principios) y su acervo intelectual. La lectura crítica y digerida de los textos en que otros han volcado sus experiencias o sus fantasías constituye la argamasa de los pilares de la formación del lector político, de su criterio, de sus recursos, de su conocimiento del mundo y de la sensibilidad para enfrentarse a las situaciones personales o colectivas.

Pero no sólo se trata de saber mucho de un tema, o de política, sino de tener la inclinación por saber más de todos los temas y recorrer el camino para llegar a las fuentes. También de aprender de la ficción o de la poesía a distinguir entre ideas y ocurrencias o, simplemente, de sondear los recovecos del alma humana. En el fondo, hablamos de erudición.

Hay un claro consenso en que ahora nos toca la Tecnocracia, la que se fragua con perfiles de especialistas, de políticos de acción. En definitiva es tiempo de minería política. Pero también, y precisamente por eso, necesitamos las ideas, las ideologías y los valores. Y de la misma forma que nos son imprescindibles los políticos de ideas, no podemos renunciar tampoco a la oratoria, a la forma -que es también fondo- y que se fragua con la elocuencia para explicar, y con la sensibilidad para motivar o movilizar .

La relación entre la Literatura y la Política ha sido inescindible en muchos pasajes de la historia. Con pesimismo irónico, Italo Calvino afirmaba que “cuando los políticos prestan demasiada atención a la literatura es una mala señal, sobre todo para la literatura. Pero también es una mala señal cuando no desean oír ni una palabra de la literatura”. Tanto es así que la formación literaria e intelectual de líderes, emperadores y presidentes ha sido una constante en las diversas culturas y civilizaciones.

La cuestión esencial sobre qué leen y cómo leen -e insisto, obviando el enfoque generalizador del cuántos y cuánto- se sitúa más en el sentido práctico de la lectura de nuestros políticos. El síntoma más descorazonador de esta carencia lectora es la enorme impermeabilidad de ideas entre la producción intelectual de la universidad, por ejemplo, y las acciones de la política. ¿Dónde residen esas lecturas maduradas sobre las nuevas teorías de la ciencia política o en qué palabras se encuentran las gotas destiladas de la lectura de poemas? El escritor mexicano Jorge Volpi considera así la enfermedad de la lectura en El fin de la locura (Seix Barral, 2003):

(…) elaboré la novela como si fuese una especie de metáfora o paráfrasis de Don Quijote de La Mancha, porque para mí quedaba muy claro que muchos de los hombres y mujeres que participaron en los movimientos radicales izquierdistas a lo largo de toda esta época tenían algo de caballeros andantes que, en vez de enloquecer con las novelas de caballerías, lo hacían leyendo textos marxistas, maoístas o los de ciertos grandes pensadores franceses de la época; especialmente, los cuatro personajes principales: el psicoanalista Jacques Lacan, el filósofo marxista Louis Althusser, el crítico literario Roland Barthes y el filósofo historiador Michel Foucault.

Más allá de una nómina prosaica de lecturas recomenadas para todo buen político, cosa de la que no se trata y que afortunadamente no existe, el menú se compone de historia, filosofía, ensayo, novela y poesía. Así de simple y así de universal.

Opina el periodista Jesús Marchamalo que “los libros definen absolutamente a la persona que los posee y los lee. Me permito añadir que la forma en que los leemos y tratamos también nos retrata”. Marchamalo es el autor de Cortázar y los libros, obra en la que analiza el rastro que el autor de Rayuela dejaba en ellos: anotaciones, digresiones y correcciones. Decía Marguerite Yourcenar que una manera de conocer a alguien es contemplar su biblioteca.

Es cierto que en estos días no se demanda que los políticos sean eruditos, cultos, buenos oradores; sino más bien independientes, prácticos, resolutivos y limpios. Hoy los ciudadanos ponen el acento en que su formación y especialización les permita la práctica de una gestión eficaz, así pues, ¿a quién le importaría que Zapatero sea un gran admirador de Gamoneda? Sin embargo -y esto es peligroso- la banalización de una política que transita hacia la mordacidad, el tecnicismo y la anédcota corre en paralelo a la percepción ciudadana del decremento de los estándares de calidad y, por ello, a su menosprecio.