Presentació

Andrés Ortega [text 1] dedica el seu comentari setmanal a la pèrdua d’autoconfiança de les democràcies, a la defensiva davant la consolidació de règims autoritaris i dictatorials, les involucions autoritàries i els replegaments nacionalistes. De tot plegat en són exemples les eleccions presidencials a Rússia (Nicolás de Pedro), l’explícita voluntat xinesa d’exportar el seu model (Antonio García Maldonado) o el nou cop de timó de Donald Trump cap a l’extrema dreta (Moisés Naím) amb el cessament del secretari d’Estat Rex Tillerson i la promoció de falcons notoris per dirigir la diplomàcia nordamericana i la CIA (Xavier Mas de Xaxàs, Lluís Bassets).

En aquest clima no és inversemblant la possibilitat del sorgiment d’una internacional populista, com sembla promoure Steve Bannon en la seva gira europea (Sergio Muñoz Bata) [text 2], animat pel resultat de les eleccions italianes (Marc Lazar [text 3], Roberto Saviano, Angelo Panebianco), les vicissituds del Brexit (Astrid Portero), les derives autoritàries d’alguns països de l’Est d’Europa (Germán Teruel), la consolidació de l’extrema dreta com a principal referent de l’oposició en els països centrals de la Unió (Dirk Schümer).

Tot un panorama que fa exclamar a Carlos Sánchez: “¿Sirven para algo los partidos de izquierda?” [text 4].

Una pregunta també pertinent a l’hora de contemplar la situació política espanyola, amb noves enquestes (Metroscopia/El País, Celeste-Tel/eldiario … i comentaris de Kiko Llaneras i José Pablo Ferrándiz) que confirmen el declivi del Partit Popular (Jorge del Palacio) i l’ascens correlatiu de Ciudadanos, davant l’estancament i l’atonia de les esquerres (Isidoro Tapia [text 5], Sandra León).

Aquest quadre polític es veu sacsejat pel ressorgiment de les mobilitzacions populars, especialment per la impressionant mobilització feminista del 8M (Silvia Hinojosa, Soledad Gallego-Díaz, Milagros Pérez Oliva [text 6], Pablo Simón, Esteban Hernández) i per la menys esperada mobilització dels jubilats. Una situació que porta a Enric Juliana [text 7] a preguntar-se si no s’estarà inoculant a Espanya el virus dels grillini que ha trastocat el mapa polític italià.

En aquest ambient més emocional no resulta fàcil el debat necessari sobre les polítiques públiques que haurien de donar solucions a molts dels problemes que plantegen les mobilitzacions reivindicatives. És el cas del sistema de pensions, on les temptacions electoralistes poden bloquejar l’imprescindible ampli acord per prendre les decisions inajornables sobre la seva reforma (Octavio Granado, Raimundo Ortega [text 8]). O de les mesures per rebaixar la precarietat laboral (Sara de la Rica). O per reduir les bretxes salarials de diversa índole (Marga León, Emma Cerviño). O la possibilitat d’aplicar la Renda Bàsica Universal (José Antonio Noguera [text 9]). O la d’assolir un pacte educatiu (Lucas Gortázar).

No són menors les qüestions que afecten els drets civils i polítics de la ciutadania, com  la polèmica entorn de la presó permanent revisable, pendent d’un pronunciament del Tribunal Constitucional (Miguel Ángel Presno Linera); o la llibertat d’expressió, arran de la sentència del Tribunal d’Estrasburg sobre la crema de retrats del cap de l’Estat (Miguel Ángel Presno Linera, també); o la possibilitat d’exercir els seus drets polítics per part de Jordi Sánchez (Javier Pérez Royo, Montserrat Comas). Són senyals que la regressió il·liberal també pot estar afectant Espanya (Josep Ramoneda). Una regressió que per a Miguel Pasquau [text 10] passa per la desconstitucionalització de la democràcia, és a dir per  “priorizar la regla de la mayoría (la mayoría del “nosotros”) frente a determinadas limitaciones al poder que demarcan ámbitos de protección intocables, “cueste lo que cueste”. O estar dispuestos a que los derechos y las libertades “de los otros” puedan debilitarse para defender… ¡el régimen!”.

Raimon Obiols  descobreix en una entrevista a un fill d’Aldo Moro una subtil distinció entre l’immobilisme i la decisió de no decidir per caracteritzar el bloqueig polític que afecta a Catalunya: “És una opció precisa. Quan un sistema polític no vol gestionar un problema, munta un sistema de valors, rites, procediments, actors, que tenen per objectiu el de no prendre cap decisió. És la decisió de no decidir”.

Per seguir les vicissituds d’aquesta mena de “drôle de guerre” en que s’ha instal·lat la política catalana, veure els comentaris de Francesc-Marc Álvaro [text 11], Lola García, Antoni Puigverd, Lluís Foix, Salvador Sostres, Lluís Bassets, Valentí Puig , Joan Tapia, Roger Palà… A destacar la nova orientació possibilista d’Esquerra Republicana (Oriol Junqueras/Marta Rovira) i les pistes d’aterratge com les que proposa Santiago Muñoz Machado [text 12]

Acabem aquest Focus Press amb la guia de l’evolució del pensament feminista proposada per vuit filòsofes espanyoles, recopilada per Jaime Rubio Hancock [text 13].

 

Andrés ORTEGA, “Democracias a la defensiva” al blog del Real Instituto Elcano (13-03-18)

https://blog.realinstitutoelcano.org/democracias-a-la-defensiva/

Las democracias están a la defensiva. En su última Estrategia de Seguridad Nacional, la Administración Trump –que defiende un “regreso a un realismo con principios” (a return to a principled realism) no menciona la promoción de la democracia y los derechos humanos fuera de las fronteras del país, aunque haya referencias a “nuestra comunidad de Estados democráticos que piensan de igual modo”. La UE tiene problemas internos de democracia con Polonia y Hungría, y la falta de mecanismos eficaces para tratar con ellos le resta credibilidad hacia el interior y hacia el exterior. Ni siquiera el proceso de ampliación garantiza ya el de democratización de los que ingresan. Y hacia terceros la UE, antes de la llegada de Trump, rebajó mucho sus expectativas en este sentido en su Estrategia Global de 2016.

Que las democracias hayan renunciado a exportar su modelo no es algo negativo en sí, dados algunos desastrosos recientes excesos. La última vez que EEUU lo intentó a gran escala, de la mano de una Administración Bush dominada por neo-conservadores que propugnaban esta idea, fue con la invasión de Irak en 2003 que no sólo causó una guerra civil, sino el auge del terrorismo de Daesh (o Estado Islámico), que no está muerto con la pérdida de su base territorial, sino mutando. El caso de Libia sigue ahí también. El apoyo de la UE al golpe de Estado –que no se atrevió a calificar de tal– del general al-Sisi en Egipto restó credibilidad a la defensa y promoción exterior de la democracia y los derechos humanos por la Unión. Lo más que promueve ahora en países terceros es un Estado de Derecho más o menos previsible, o el refuerzo de las sociedades civiles, impulsando, por ejemplo, la sanidad, la educación o la conectividad.

Es verdad que las democracias compiten en terrenos como África con potencias como China que no condicionan sus ayudas, acuerdos de comercio o inversiones al respeto de normas democráticas o de derechos humanos, aunque ni China ni Rusia intenten exportar su modelo (a diferencia de en la Guerra Fría). Sin embargo, la Estrategia Nacional de Seguridad de EEUU ve una competencia ideológica al respecto con Rusia y con China. El chino es un modelo de éxito económico y estabilidad política que puede resultar atractivo para algunos países en vías de desarrollo. Frente a la impresión, a veces, de desorden que damos desde Europa o incluso desde EEUU, donde el presupuesto del Departamento de Estado (la diplomacia y la ayuda al desarrollo) se estrecha, mientras crece el del Pentágono.

“La democracia está en crisis”, proclamaba Freedom House, una organización financiada por EEUU, en su informe Freedom in the World 2018. Señala que por 12º año consecutivo, el número de países que han retrocedido en términos democráticos es superior al de los que han avanzado. Hay una retrogresión. Hay países que en estos años han basculado hacia el autoritarismo, como la citada Hungría, pero también Turquía, que con el erdoganismo se ha vuelto un sistema más despótico y menos liberal en términos políticos y culturales-religiosos. Además, las democracias, tal como las entendemos, están pasando por problemas, como refleja la subida de los populismos y los antisistema (el último episodio, en Italia).

Las democracias viven una crisis de autoconfianza. De otro modo no temerían tanto las campañas de desinformación en las redes sociales provenientes de centros en Rusia o en otros lugares, por muy graves y preocupantes que resulten estas “guerras políticas”. Las democracias necesitan cambiar y adaptarse a los nuevos tiempos, y aprovechar las ventajas de la Inteligencia Colectiva de que habla Geoff Mulgan. Una encuesta de Pew del año pasado indicaba que una mayoría (78%) de sus ciudadanos apoya la democracia representativa, pero una media de un 66% (en los 38 países estudiados) querría mayor participación, más democracia directa. Aunque también un 49% está a favor de un gobierno por los expertos –tecnocracia– y “sólo” (es bastante) un 29% de un líder fuerte o de un gobierno por militares.

Algunos sistemas autoritarios y dictaduras están agravando su carácter. La Rusia de Putin y del putinismo va a celebrar unas elecciones presidenciales el próximo domingo 18 de marzo, que el presidente-candidato hubiera ganado en cualquier caso (aunque probablemente no con el 70% de participación y 70% de votos en su favor que pretende) sin tantas artimañas y limitaciones. Es un caso de país que se estaba democratizando (y hundiendo) con Boris Yeltsin, y ha retrocedido en términos democráticos (recuperándose en los geopolíticos y de autoconfianza) con Putin, al que admiran dirigentes occidentales de extrema derecha como Marine Le Pen.

El caso más paradigmático es el de China con Xi Jinping. Es el sistema que más controla a sus ciudadanos gracias a las nuevas tecnologías de las que éstos son usuarios en un grado extremo. Sus ciudadanos no demandan significativamente democracia, sino más libertad (para consumir, pero también para opinar) y Estado de Derecho (para saber a qué atenerse y frenar la corrupción). El Congreso Nacional Popular ha acatado las órdenes de Xi y del Partido Comunista, y abolido el principio constitucional de la limitación de la presidencia del país y de la secretaría general del partido a dos mandatos. Xi ha hecho, así, caso omiso de las normas que tras los excesos de Mao Tse Tung instauró Deng Xiaoping para limitar el poder, colectivizando su ejercicio a través del Comité Permanente del Politburó y acotando los mandatos, con una renovación constante del liderazgo que había funcionado, evitando el culto a la personalidad… hasta ahora. Aunque el régimen dice apoyarse en que hay demanda social para dar este paso cuasi imperial.

Lamentable resulta el comentario al respecto que, aunque en una reunión privada, hizo Trump sobre Xi: “Ahora es presidente de por vida. Presidente de por vida. No, es grande”, dijo Trump. “Y mira, él fue capaz de hacerlo. Creo que es genial. Tal vez tengamos que dar una oportunidad a eso algún día”. ¿Trump de por vida? En EEUU, aunque se esté convirtiendo en un sistema más retraído, las instituciones están funcionando.

El retraimiento de las democracias puede empezar a resultar preocupante también para un orden mundial (los chinos prefieren siempre hablar más de armonía que de orden) que está regresando a la competencia entre grandes potencias, muy diferentes entre sí. Pues estas retrogresiones democráticas suelen ir acompañadas de un mayor nacionalismo y soberanismo (que también se está registrando en las democracias, como se ha visto con el Brexit o con Trump). Como señala John Ikenberry, la crisis del orden internacional liberal no se debe sólo a razones geopolíticas, o a que las nuevas/viejas potencias estén promoviendo otro orden paralelo, sino a la crisis de las propias democracias tras su aparente “victoria” en la Guerra Fría, y su abandono del debate sobre su legitimidad y los objetivos sociales de sus sistemas y del propio orden mundial. Las democracias se han puesto a la defensiva olvidándose a veces de su razón de ser y de hacer. Peligroso.

 

Sergio MUÑOZ BATA, “Bannon, el populista aspirante a fascista viaja a Europa” a Letras Libres (12-03-18)

http://www.letraslibres.com/mexico/politica/bannon-el-populista-aspirante-fascista-viaja-europa

Desempleado, y abandonado por los grupos ultra conservadores de su país, Steve Bannon, el siniestro ex consejero de Donald Trump, viajó a Europa a “construir la infraestructura global del movimiento populista global”. Su expediente es, en el mejor de los casos, mixto. Si bien su estrategia de campaña para Trump fue brillante, antes y después de este triunfo su carrera ha estado llena de fracasos.

Durante un tiempo fue consejero de la inefable Sarah Palin, la ex candidata a la vicepresidencia del país que presumía su conocimiento sobre Rusia porque desde la ventana de su casa en Alaska podía ver la península de Kamchatka. Su mayor derrota personal, sin embargo, fue que lo corrieran de su puesto como estratega en jefe de la Casa Blanca por sugerir que la reunión de Donald Trump Jr. con un abogado ruso conectado con el Kremlin era “una traición”. Una vez fuera de la Casa Blanca, los dueños de Breitbart News, un sitio web de noticias, amarillista y ultra conservador, le destituyeron de su puesto como presidente ejecutivo y le quitaron su programa de radio en Sirius XM, la potente plataforma de radio satelital.

Con estas credenciales partió a Italia a celebrar el triunfo de los partidos anti Unión Europea y anti inmigrantes, y aunque no pudo reunirse con los dirigentes del Movimiento 5 Estrellas ni de la Liga Norte, aprovechó la ocasión para criticar la postura pro-inmigrante del Papa Francisco. Luego viajó a Zúrich, Suiza donde tuvo una reunión privada con el liderazgo del partido de ultra derecha alemán Alternativa para Alemania en la que ofreció sus servicios como experto en medios alternativos. También en Zúrich dio un discurso en el que abogó por una “revuelta popular”, una exhortación que no cayó bien en Suiza, un país que sobre todas las cosas aprecia la estabilidad política. En Lille, Francia, fue a darle ánimo a Marine Le Pen y a los derrotados militantes del Frente Nacional, anunciando que “La historia está de nuestro lado”, les exhortó a llevar “como una medalla de honor” que les llamen racistas y xenófobos. Su intención es reunirse eventualmente con el Primer Ministro húngaro Viktor Orban, a quien Bannon considera un héroe y el New York Times califica de “autócrata suave que ha transformado a Hungría en una democracia iliberal”. Según Bannon, la batalla de este siglo ha dejado de ser una lucha entre izquierdas y derechas para convertirse en guerra entre nacionalistas a globalistas. Para Bannon, el fortalecimiento de la Unión Europea es un riego para la civilización de Occidente porque diluye la identidad nacional y porque sus políticas fronterizas permiten que el Islam invada a Occidente poco a poco.

El populismo es un movimiento que pretende representar la verdadera voluntad de un pueblo unificado contra las elites domésticas, los inmigrantes, las minorías étnicas, religiosas o sexuales. Hoy en Europa hay gobiernos populistas desde el Mar Báltico hasta el Egeo pero no en Europa Occidental.

En este sentido, muchos observadores se preguntan si ¿Existe una correspondencia entre el populismo y el fascismo? No lo creo, aunque tienen rasgos en común: el nacionalismo exacerbado, el culto al líder carismático, su desprecio a las instituciones democráticas y a los medios de comunicación tradicionales, la demonización de los inmigrantes, la xenofobia, no son lo mismo.

Históricamente, regímenes fascistas como la Italia de Renato Mussolini o la Alemania de Adolf Hitler, empezaron como movimientos populistas que siguiendo su desarrollo natural derivaron en el fascismo. Aunque por otro lado, es evidente que la experiencia en Italia y Alemania no tiene comparación en el mundo. Las dictaduras en la Unión Soviética y en China tienen otros orígenes y otros desenlaces aunque no menos trágicos.

Pero, ¿es el populismo una amenaza a la democracia? Sin duda. Por ello, el mejor antídoto contra los populismos es el fortalecimiento de las democracias reduciendo la desigualdad, evitando el deterioro de las comunidades, el estancamiento de los salarios, la paralización de los Congresos, el respeto a las instituciones, a la diversidad, a los procesos electorales, a los medios de comunicación establecidos. El populismo es un síntoma de la democracia en problemas pero el fascismo sucede solo cuando el sistema democrático entra en crisis. Bannon es un populista hecho y derecho pero es apenas un aspirante a fascista.

 

Marc LAZAR, “L’Italie, laboratoire des populismes” a la pàgina de la Fondation Jean Jaurès (8-03-18)

https://jean-jaures.org/nos-productions/l-italie-laboratoire-des-populismes

Les historiens diront sans doute que le 4 mars 2018 a marqué le passage de l’Italie dans une nouvelle phase politique dont l’issue s’avère incertaine. En effet, cette élection provoque plusieurs grands bouleversements politiques. Les deux des principaux partis en compétition depuis des années ont été battus, le Parti démocrate (PD) de Matteo Renzi et Forza Italia de Silvio Berlusconi. Le premier passe en dessous de la barre des 20 % à la Chambre des députés – seules données que nous utilisons ici –, soit près de 7 points en moins par rapport à 2013. Il recule jusque dans ses traditionnelles zones de force, en Italie centrale. Humiliation suprême, en Émilie-Romagne, son plus fort bastion, il obtient moins de suffrages que le Mouvement 5 étoiles (M5S). Le PD paye une législature de cinq ans qui, malgré une reprise récente de la croissance, laisse derrière elle un chômage encore élevé, de fortes inégalités et de la pauvreté. La personnalisation, la médiatisation à outrance et le style de Matteo Renzi ont provoqué une réaction de rejet. Enfin, les déboires du PD attestent une nouvelle fois de la profonde crise de la gauche réformiste européenne continentale et de l’ampleur de ses déchirements. Le PD, parti qui avait été personnalisé par Matteo Renzi, va donc devoir se refonder et se trouver un nouveau leader puisqu’il a annoncé sa prochaine démission. La gauche de la gauche n’en a pas pour autant profité puisqu’elle ne dépasse que d’un souffle les 3 % nécessaires pour obtenir une représentation parlementaire. Quant à Silvio Berlusconi, il atteint le plus mauvais score de l’histoire de son parti fondé il y a vingt-quatre ans. Les médias annonçaient son retour, les électeurs ont décidé de provoquer sa sortie, sans doute définitive cette fois, de la scène politique. Forza Italia, parti personnel créé par et pour Silvio Berlusconi, entre dans une zone de fortes turbulences. Le dévissement de ce parti, tombé à 14 % des voix, crée un vide pour les modérés de droite en Italie alors que ceux-ci représentaient jusqu’ici une composante souvent décisive de l’électorat.

Face à ces deux perdants se dressent deux vainqueurs. Le Mouvement 5 étoiles, qui était déjà, de peu, le premier parti en 2013, ne se contente pas de conforter sa position avec 32,6 % des suffrages. Il progresse partout dans le pays, mais surtout dans le Sud. Il exprime le cri de douleur de cette partie de la péninsule dont la situation économique, sociale, culturelle s’est profondément dégradée. La Ligue de Matteo Salvini enregistre une progression spectaculaire en passant de 4 % des voix en 2013 à 17,3 %. Elle a dépassé Forza Italia et, avec le parti post-fasciste Fratelli d’Italia qui, avec 4,3 % des voix, double son résultat de 2013, s’opère une droitisation de la coalition dite de centre droit. Elle a aussi fortement progressé dans l’Italie centrale mais n’a pas réussi à s’implanter dans le Sud. Il en résulte une géographie électorale plus contrastée que jamais. Le Nord appartient à la Ligue et à Forza Italia ; le Sud au M5S ; le centre reste au Parti démocrate mais le M5S et la Ligue viennent le concurrencer.

Si la plus grande incertitude règne en ces lendemains de vote sur le gouvernement à venir puisqu’aucune majorité claire ne se dégage pour le moment, en revanche une chose est sûre : l’Italie reste un laboratoire de populismes. Ces mouvements proclament l’antagonisme irréductible du peuple, supposé uni, aux élites dirigeantes, supposées homogènes, complotant en permanence contre le premier. Ils défendent une conception organique de la société, laquelle doit être débarrassée de ses éléments considérés comme allogènes – les étrangers ou les élites justement. Ils suggèrent qu’il n’y a que des solutions simples et point de problèmes complexes. Enfin, le plus souvent, ils s’incarnent à travers la personne d’un homme providentiel. Or l’Italie a vu éclore une grande variété de populismes. Avec des destinées diverses. Il y a le populisme de Silvio Berlusconi, celui de l’entrepreneur fondé sur un empire télévisuel, qui était prémonitoire de celui de Donald Trump, mais qui est désormais affaibli. Un populisme s’épuise, et d’autres prospèrent. Celui de la Ligue du Nord qui, au tournant des années 1990, était régionaliste, expression de la partie riche de l’Italie désireuse de se couper du Sud, et a voulu se transformer en Ligue nationale, sur le modèle du Front national en adoptant des positions dures contre l’immigration, les migrants et l’Union européenne. Par ailleurs, l’Italie a donné naissance à un populisme inédit, celui du Mouvement 5 étoiles, qui défend des positions de gauche, de droite ou encore écologiques : cette formation attrape-tout combine l’horizontalité démocratique via internet et la verticalité de ses dirigeants qui, au final, ont toujours la prééminence absolue. Luigi Di Maio a changé l’ADN de son mouvement en s’efforçant de le rendre crédible et en admettant la possibilité de nouer des alliances pour gouverner. Les populistes de la Ligue et du Mouvement 5 étoiles ont des divergences réelles. Mais aussi des convergences, notamment une grande défiance à l’égard de l’Union européenne même si Luigi Di Maio a atténué ses discours durant la campagne. La Ligue et le M5S ont aiguisé l’euro-morosité voire l’euro-scepticisme des Italiens. Un électeur sur deux a voté pour des partis critiques de l’Union européenne tandis que le PD et la liste d’Emma Bonino, pro-européens, ont rassemblé moins d’un électeur sur quatre. Certes, il y a d’autres motivations pour ces différents votes. Mais ces résultats sont significatifs.

La dynamique des populistes est ascensionnelle. Leur présence et leur force sont en train de modifier les fondements de nos démocraties parce qu’ils imposent leurs thèmes à l’agenda politique, leur style, leur manière de faire de la politique, leur temporalité et l’idée que le peuple souverain est tout puissant, marginalisant ainsi les autres formes et procédures de la démocratie libérale et représentative. Le 4 mars 2018, l’Italie est peut-être rentrée dans une nouvelle phase de la démocratie qu’avec le sociologue Ilvo Diamanti nous appelons la peuplecratie.

 

Carlos SÁNCHEZ, “¿Sirven para algo los partidos de izquierda?” a El Confidencial (11-03-18)

https://blogs.elconfidencial.com/espana/mientras-tanto/2018-03-11/izquierda-derecha-ciudadanos-sindicatos-pp-rivera-podemos_1533673/

Algunos politólogos han situado el origen de la decadencia de la izquierda italiana en 1977. El 17 de febrero de ese año, cientos de estudiantes expulsaron de la Universidad de Roma a Luciano Lama, el poderoso secretario general de la CGIL, el principal sindicato del país con cuatro millones de afiliados. Lama no era un líder cualquiera. El PCI estaba en pleno apogeo —había logrado el 34,4% de los votos en las generales de un año antes— y el prestigio del sindicalista estaba cimentado en la Resistencia.

Los estudiantes, sin embargo, consideraban que la izquierda se había aburguesado, y, aquella mañana fría, muy fría, como recordaban los periódicos de la época, tiraron de ironía. No solo reclamaron trabajar más horas con menos salarios, sino que hicieron circular una frase que se haría célebre: ‘I Lama stanno nel Tibet’. O lo que es igual: ‘Los lamas están en el Tíbet’. En otra pancarta se podía leer: ‘”Andreotti es un rojo, Fanfani lo será”.

Los eslóganes, en realidad, escondían una ruptura. Por primera vez desde 1945, la izquierda institucionalizada se había alejado de ciertos sectores vanguardistas, lo que obligó a Luciano Lama a abandonar La Sapienza escoltado de forma ignominiosa por el servicio de orden del PCI y la propia policía. Una huida atropellada que no solo representaba el fin de una época, sino que era una premonición.

Una década antes, en el mayo del 68, había sucedido algo parecido. Los sindicatos franceses —en particular la poderosa CGT— habían sido desbordados por los estudiantes de la Sorbona y Nanterre, y fue entonces cuando resucitó la figura del sexagenario Sartre, ese pequeño saco de maldades, como le dirían algunos. El filósofo, como es conocido, se convirtió en emblema de la revuelta, y, fruto de ello, nació el diario ‘Libération‘, símbolo de la izquierda no convencional. Lo que no cambió fue la hegemonía del marxismo como canalizador de lo que se llamó ‘cultura de izquierdas’, que era una forma de reconocer tácitamente la pérdida de influencia de la URSS tras las revueltas de Budapest y Praga.

Keynes vs Hayek

Quedó también en pie lo que algunos han llamado de forma despectiva la superioridad moral de la izquierda, basada en su presencia hegemónica en las instituciones y en el pensamiento. La revolución liberal de los 80 —Reagan y Thatcher— significó el principio del fin de esa realidad y, de hecho, acabó suponiendo una derrota histórica.

Hayek, finalmente, se había tomado la revancha de Keynes tras aquel duelo colosal. De hecho, los partidos de izquierda, para sobrevivir, tuvieron que cortejar a los nuevos movimientos sociales. Por primera vez, los viejos partidos obreros se veían desbordados por las nuevas generaciones, que se movilizaban por cuestiones concretas, no por hacer la revolución: el pacifismo, el feminismo, la lucha contra las centrales nucleares, la extensión de los derechos civiles… El trabajo, las fábricas, el tajo, dejaban de ser el epicentro del descontento social.

Salían a la luz movimientos subterráneos ignorados por los partidos tradicionales, cuya pérdida de influencia empezaba a ser evidente. Aquellas protestas, en el fondo, significaban una nueva forma de hacer política. Por primera vez desde 1945, la protesta social no se canalizaba a través de los partidos que usaban la calle para hacer política, fundamentalmente de izquierdas, sino que, por el contrario, surgían revueltas espontáneas de gran significado político articuladas en torno a pequeñas organizaciones sociales.

La llegada de la Gran Recesión hizo el resto. Desde 2007, la crisis de representación no ha hecho más que crecer y hoy los viejos partidos y los sindicatos vuelven a verse superados por la calle. Entre otras cosas, por la capacidad de movilización de las redes sociales, que hace ineficiente la acción política clásica basada en consignas partidarias. Y las protestas del 8 de marzo —mucho más relevantes que la propia convocatoria de huelga— no son más que un paso en esa dirección. Los partidos y los sindicatos van a rebufo y, ni siquiera, las nuevas formaciones como Ciudadanos o Podemos son capaces de capitalizar la respuesta social.

Probablemente, porque en el nuevo esquema de la política —carente de un objetivo estratégico— no encajan las organizaciones cerradas y jerarquizadas, lo que explica el éxito de la acción política canalizada a través de movimientos y no tanto de líderes carismáticos. Muchos de los que votaron el Brexit nunca apoyarían al UKIP de Farage. Trump, en EEUU; Macron, en Francia o Beppe Grillo, en Italia, no tienen un partido detrás, y saben que si lo tuvieran estarían condenados al fracaso, porque muchos electores no se sentirían a gusto dentro de una definición ideológica concreta.

La decadencia de Podemos

La decadencia de Podemos, precisamente, comenzó en Vista Alegre II, cuando Pablo Iglesias impuso un modelo de partido tradicional que no solo no tenía en cuenta la pluralidad de la sociedad, sino que, expulsaba de la acción política y de la agitación social a amplios colectivos movilizados por objetivos concretos, y no tanto por un determinado modelo de sociedad.

Así es como ha nacido lo que muchos han llamado democracia de audiencia, que ha transformado de forma radical la estructura de representación de la política, lo que obliga a los partidos a confeccionar sus agendas a remolque de los fenómenos políticos y sociales y de la demoscopia. Ni las pensiones, ni la discriminación de las mujeres, ni siquiera la prisión permanente revisable, estaban entre las prioridades de los políticos hace pocas semanas, lo que refleja hasta qué punto los partidos van a remolque de la acción política.

Esto hace a los partidos enormemente vulnerables. En particular, a los centristas, cuya indefinición ideológica —ahí está el caso de UCD, el CDS o UPyD, choca a menudo con las nuevas realidades sociales, como históricamente ha sucedido en Europa a los partidos liberales. Algo que puede explicar el viraje de Albert Rivera hacia la derecha, donde se pretende capitalizar el voto conservador que se alza contra la ruptura del ‘statu quo’, como ha sucedido en Cataluña por el desafío independentista. De esta forma, el paso de votar desde el PP a Ciudadanos será menos traumático para el votante conservador.

El tiempo dirá si la estrategia es la correcta, pero por el momento hay una cosa clara. No es seguro que los nuevos partidos vayan a ser tan longevos como los viejos. Entre otras cosas, porque la agenda política la marcan los movimientos sociales, cada vez más vinculados a las grandes urbes, por naturaleza muy dinámicas. La política de alquileres, por ejemplo, puede dinamizar a amplios colectivos sociales y transformar de la noche a la mañana el mapa político.

Se acaba de ver en Italia, donde las dos formaciones que sustituyeron a los partidos hegemónicos desde la postguerra han sucumbido ante el empuje del populismo. Tanto Forza Italia —una formación nacida sobre las cenizas del centro derecha—, como el Partido Democrático —heredero de la DC y el PCI— son hoy formaciones viejas, lo que no deja de ser un toque de atención para Ciudadanos y Podemos, a quienes las movilizaciones del 8-M les han desbordado. Obviamente, también a los viejos partidos —en particular al PSOE de nchez y a los sindicatos, pero esto entraba en el guion.

El sociólogo Manuel Castells recordaba hace algún tiempo que los neurólogos han demostrado que la más potente de las emociones negativas, el miedo, tenía efectos paralizantes, mientras que, por el contrario, la indignación conduce a la acción. No estará de más recordarlo para que los partidos pongan al día su política de prioridades. Algo más que obsoleta. Cuando la izquierda deja de canalizar la movilización social y, además, es parlamentariamente inútil, es perfectamente prescindible para muchos electores. La hegemonía cultural hace tiempo que la perdió.

 

Isidoro TAPIA, “El ‘sorpasito’ y los lunes al sol de la izquierda española” a El Confidencial (13-03-18)

https://blogs.elconfidencial.com/espana/desde-fuera/2018-03-13/psoe-podemos-izquierda-espana-sorpasito_1534268/

En la mayoría de escuelas de negocios, hay un curso bastante popular que consiste en una competición de ideas entre los estudiantes. En Wharton, por ejemplo, se llama ‘the big idea’ (la gran idea). El formato cambia de unos programas a otros, aunque coincide en gran medida. Como se trata de fomentar la creatividad de los alumnos, el curso empieza dando a cada uno un tiempo (digamos, una hora) para que individualmente desarrollen una idea de negocio por sí solos. El objetivo es evitar que la dinámica de la discusión en grupo (‘groupthinking’) marchite las ideas más originales, o silencie a los alumnos más tímidos. En una segunda fase, las ideas se defienden en público, delante de toda la clase, que vota las más prometedoras. En sucesivas rondas, las mejores ideas sobreviven, y se amplía el tamaño de los equipos que trabajan en ellas. El sistema funciona bastante bien. En el curso que yo hice, algunas de las ideas ganadoras acabarían convirtiéndose en exitosos negocios reales.

En la política española, hay una versión de la ‘gran idea’. Déjenme bautizarla como la ‘competición Hernández Mancha’. Para los más jóvenes, hagamos un ejercicio de memoria: Hernández Mancha fue un efímero líder del Partido Popular (entonces, Alianza Popular) que sucedió a Manuel Fraga a finales de los ochenta. No llegó a presentarse a unas elecciones generales: accedió al cargo después de las elecciones de 1986, y, antes de que se celebrasen las siguientes en 1989, fue sustituido por José Maria Aznar. Hernández Mancha (por cierto, el único líder popular elegido en una competición abierta, lo que tal vez explique la alergia de este partido a las primarias) tenía un severo hándicap: en una época en que la vida política estaba muy parlamentarizada (sin Twitter y con solo una cadena de televisión), Hernández Mancha no era diputado. Para compensar esta ausencia informativa, Hernández Mancha improvisó una ristra de ideas originales, una detrás de otra. Una de las más originales fue poner una moción de censura contra un Gobierno que tenía 184 diputados (es matemáticamente imposible ganarla contra un Gobierno que tenga 175 diputados o más; Rajoy sobrevivió a una el año pasado con apenas 137). Hernández Mancha apenas consiguió que sus propios parlamentarios la apoyasen, nadie más. Su puesta en escena fue tan ridícula que ningún miembro del Gobierno se dignó a darle la réplica durante el debate de la moción.

La sombra de Hernández Mancha sobrevuela nuestro escenario político desde que Pedro Sánchez ganó las primarias socialistas tras haber renunciado a su escaño en el Congreso. Como Sánchez no está en el Congreso y no puede asistir a los debates parlamentarios, el día grande de los socialistas suele ser el lunes, tras la reunión de su ejecutiva. Han pasado bastantes lunes desde que los socialistas anunciasen a bombo y platillo el artilugio con el que pretendían solucionar el problema catalán: la ‘nación de naciones’, con versiones mejoradas como “todas las naciones son España” o “en España hay al menos tres naciones”. Como los socialistas parecen haber aparcado esta propuesta, tampoco es cuestión de hacer sangre, pero es difícil olvidar que dedicaron a tan enjundiosa discusión el congreso que alumbró al ‘nuevo PSOE‘, o que pusieron como ejemplos de plurinacionalidad a Bolivia y Bélgica (estados conocidos por su modernidad y eficacia), y cuando tuvieron que rectificar, a Alemania (como es notorio, un ejemplo modélico de un proceso de construcción de la identidad nacional).

Hace varios lunes, los socialistas volvieron a la carga y presentaron su propuesta de pensiones. El problema es que los socialistas parecen aplicar al revés los métodos de las escuelas de negocio: en lugar de desarrollar las ideas en solitario y luego someterlas al escrutinio colectivo, los socialistas copian una idea que anda revoloteando y la desarrollan en grupos cada vez más reducidos. En el caso de las pensiones, copiaron una propuesta de Podemos (el impuesto extraordinaria a la banca) y propusieron utilizarlo para salvar nuestra sistema de pensiones. En este caso, justo es decirlo, los astros fueron benévolos: como los jubilados se echaron poco después a la calle, los socialistas andan como pavos reales por “haber puesto las pensiones en el debate político“. En realidad, más les valdría a los socialistas apartar el foco de su propuesta de pensiones, no vaya a ser que alguien repare que cuando hablan de “racionalizar el gasto” en 4.000 millones de euros, en la letra pequeña explican que de lo que se trata es de pasarlo a los Presupuestos.

El lunes pasado vino la última propuesta socialista, con el aroma inconfundible a Hernández Mancha: Pedro Sánchez exigía a Rajoy que aprobase los Presupuestos o se sometiese a una cuestión de confianza. Una propuesta no solo impracticable (someterse a una cuestión de confianza es potestad exclusiva del presidente) sino que, además, ha tenido el efecto esperado. La presión se ha traslado a los socialistas para que presenten una moción de censura, a la que estos se resisten porque no saben qué es peor: si perderla porque no dan los números o ganarla con el apoyo de la ‘coalición Frankenstein’ (Podemos, independentistas y Bildu). También en este caso, por cierto, los socialistas siguen la estela de Podemos, que ya ensayó su moción de censura ‘a lo Hernández Mancha’ hace un año (una moción que, en realidad, no iba dirigida a desplazar a Rajoy, sino a dividir a los socialistas. Así funciona la fraternidad en la izquierda de la que hablaba la Internacional).

Los ciudadanos están reaccionando a las ocurrencias de los partidos de izquierdas como lo hicieron en su día con Hernández Mancha. Según las últimas encuestas, PSOE y Podemos se disputan el tercer puesto. Entre ambos suman un 35% de apoyo (en las elecciones de 2015, llegaron al 45%, y durante la mayor parte de la anterior legislatura bordeaban el 50%).

¿Qué le pasa a la izquierda? En mi opinión, es una manifestación más del segundo principio de la termodinámica, una de las pocas verdades absolutas de este universo, como dice Steven Pinker en su último libro (‘Enlightenment Now’): en un sistema aislado, la entropía nunca disminuye. Es decir, los sistemas cerrados se vuelven con el tiempo menos estructurados, menos organizados, menos capaces de realizar funciones complejas. Aquí la clave está en el ‘aislamiento’. Y en eso, PSOE y Podemos han conseguido algo que resulta escurridizo incluso para el mejor de los laboratorios. A fuerza de mirarse el ombligo y cerrar las puertas al exterior, la izquierda española se ha convertido en un búnker.

En realidad, hay algo que sí se mueve según las últimas encuestas, aunque está pasando menos desapercibido ante el auge de Ciudadanos. Ya lo apuntaba el CIS, y lo han confirmado las encuestas más recientes. Poco a poco, el PSOE va perdiendo apoyos y Podemos los recupera. El efecto de las ‘primarias’ socialistas se ha esfumado por completo. El ‘nuevo PSOE’ se encuentra ya en los niveles que alcanzó la gestora en sus peores días. Y Podemos, tras dejar atrás lo peor del conflicto en Cataluña, da síntomas de recuperación o al menos de estabilización. Pasito a pasito, nos estamos acercando al ‘sorpasito’: que Podemos se sitúe en tercer lugar en las encuestas, rezagando a los socialistas al cuarto (el diminutivo se explica porque no se puede llamar sorpaso a la disputa por la medalla de bronce). El ‘sorpasito’ no sería más que una anécdota, si no ocurriese que, cuanto menor sea la distancia entre PSOE y Podemos, más probable es que la siguiente ‘gran idea’ de la izquierda sea la confluencia de ambas formaciones. No se alarmen, no es información privilegiada, es simplemente una hipótesis: en los próximos meses, alguno de los dos partidos le propondrá al otro una coalición PSOE-Podemos en las próximas elecciones generales. El razonamiento será algo así: Rivera va camino de convertirse en presidente con apenas un 30% de los votos, y nosotros tenemos un 20% (PSOE) y un 15% (Podemos, o viceversa), ¿por qué no sumamos fuerzas en una lista única de izquierdas que con el 35% gane las elecciones? La fórmula, anticipo, nunca se llevará a cabo, pero su mera discusión bastará para hundir un poco más las expectativas de voto de ambos partidos, enfrascados en una espiral autodestructiva.

Las manifestaciones de jubilados y mujeres han lanzado un inesperado salvavidas a PSOE y Podemos, que llevan meses navegando a la deriva. A la vista de cómo han reaccionado, desempolvando planes huecos de mociones inviables, solo cabe decir que, dentro del debate sobre la crisis de la izquierda, nadie ha golpeado más en el centro de la diana que Carlos Sánchez hace unos días cuando se preguntaba: “¿Sirven para algo los partidos de izquierdas?”.

 

Milagros PÉREZ OLIVA, “Les joves prenen el relleu” a El País (11-03-18)

https://cat.elpais.com/cat/2018/03/10/opinion/1520683870_484477.html

Si en una escola o un institut el director de sobte anunciés que a partir d’ara els nens rebran un punt per cada resposta encertada en un examen i les nenes en rebran 0,75 què passaria? Un atropellament com aquest seria considerat no només una flagrant injustícia per les nenes, sinó una intolerable humiliació. Combatives i segures de si mateixes com són, no trigarien a protagonitzar una rebel·lió. Per fortuna, això no passa. Nens i nenes són tractats igual mentre estan a l’aula, que ara es perllonga bastant més enllà dels vint anys. Les generacions de dones de menys de 40 anys s’han educat en la igualtat. I en algun moment han pogut pensar que, ja que les lleis ja consagren el dret a no ser discriminades per raó de sexe, el feminisme ja no era necessari. Que amb la seva formació i el seu esforç, podien arribar allà on volguessin.

Moltes de les dones que van lluitar per canviar aquestes lleis, les feministes que van dedicar el millor de les seves vides a les lluites dels anys setanta i vuitanta, van haver de sentir-se molt soles aquests últims anys en els quals la manifestació del 8 de març era cada vegada menys concorreguda i tenia més cabells blancs que melics a l’aire. Les seves filles, les seves alumnes, ja no sentien la necessitat de lluitar, i menys de definir-se com a feministes. No era necessari.

Fins que s’han topat amb la realitat del món laboral i professional. S’han adonat que no eren tan lliures ni tan iguals quan ja havien passat 10 o15 anys de lluita individual, d’esforç per demostrar quant valen i quant estan disposades a esforçar-se. Però un dia s’han posat a repassar què ha passat amb els companys i companyes de promoció, amb els col·legues amb els quals van compartir la seva primera feina, i no els ha costat gaire comprovar que, en general, ells han promocionat abans que elles, estan menys a l’atur i pateixen en una proporció molt més baixa la temporalitat involuntària.

La gran manifestació del dijous va ser un gran èxit per moltes raons ja molt repetides. Però el que no ha aparegut en les moltes cròniques que s’han fet de la històrica jornada és l’expressió d’íntima satisfacció que s’apreciava en els rostres de les dones més grans, deixant-se arrossegar, passeig de Gràcia avall, pel corrent vital i desafiador d’una marea juvenil que avançava desenfadada amb les seves improvisades pancartes i la seva exultant radicalitat. Ja tenien relleu. Les joves prenien la torxa.

Han estat anys de travessia del desert. Una vegada aconseguits els canvis legals, semblava que la lluita perdia sentit. Les elits polítiques, en uns casos de forma sincera i en uns altres clarament oportunista, van assumir com a propi el discurs feminista. Si la igualtat estava assegurada en les lleis, era qüestió de temps aconseguir la paritat laboral, política i social. Si l’equiparació no arribava encara era perquè no hi havia prou dones preparades. Aquesta va ser, durant diverses dècades, la gran excusa mentre de forma subtil s’articulava la reacció. Consistia a desacreditar al feminisme com un moviment vell, antimodern, protagonitzat per unes boges radicals que odien els homes, residu del “vell comunisme”. Fa només uns dies, alguns notables carcamals ho expressaven encara d’aquesta forma mentre algunes ministres i lideresses del PP desqualificaven la vaga dient que era elitista, insolidària i retrògrada.

Però la realitat acaba imposant-se i les dades, com s’ha vist, són contundents: no només no s’avança suficient sinó que hi ha indicadors de reculada. Les dones han sortit de la crisi pitjor del que van entrar i l’últim informe sobre igualtat de la Cambra de comerç de Barcelona indica que el percentatge de dones directives en les empreses catalanes ha caigut des del 2015 del 36% al 31%. Ara hi ha menys dones a les juntes d’entitats i col·legis professionals, i també menys catedràtiques.

Dades negatives com la que va aportar Cheryl Miller Van Dyck, directora del Digital Leadership Institute de Brussel·les al Fòrum Femtalent 2018 organitzat aquest divendres passat per Barcelona Activa: malgrat que el sector de les noves tecnologies no para de créixer a Europa, la participació de les dones en ocupacions tecnològiques està estancada des del 2005. Una línia plana, mentre la dels homes és clarament ascendent. Les dones han fet un gran esforç col·lectiu per formar-se, de fet ja són el 57% dels nous titulats universitaris. Però això no ha impedit que es mantingui tant el sostre de vidre com la bretxa salarial.

La jornada del 8 de març va ser, com han titulat alguns mitjans, una explosió de poder femení. Però el poder del carrer no és el poder dels despatxos ni el poder dels escons. Saben que han de seguir lluitant, però moltes dones se senten ara reconegudes en un moviment que és global, trasversal i obert. Un feminisme per al 99%.

 

Enric JULIANA, “Estamos un poco grillados” a La Vanguardia (11-03-18)

http://www.lavanguardia.com/opinion/20180311/441428229719/estamos-un-poco-grillados.html

España está un poco grillada. En las manifestaciones de protestas de los jubilados se escucha el lema fundacional de Podemos –“¡sí se puede”!–, pero también gritos contra la política y los políticos en general. “¡Menos políticos y más respeto!”, exclamaba hace unos días ante las cámaras de televisión un jubilado de Bilbao, la ciudad en la que con más fuerza ha prendido la protesta. (El País Vasco presenta en estos momentos una de las tasas de envejecimiento más altas de España). “¡Menos robar y más pensiones!”, gritaban los jubilados que el día 22 de febrero se concentraron frente al Congreso después de romper el cordón policial.

En la monumental jornada del 8 de Marzo hubo mucha susceptibilidad ante el comportamiento de los líderes políticos. Una susceptibilidad razonable en la era de la piratería digital. Un lema flotaba en el ambiente: “¡No os apoderéis de nuestra protesta!”. Pedro Sánchez cometió el error de querer exhibirse demasiado en la calle y fue abroncado por grupos de feministas, al menos en dos ocasiones: mientras efectuaba declaraciones a los periodistas y al colocarse en primera línea, detrás de la pancarta del PSOE. Sánchez captó el mensaje y al día siguiente ya no compareció ante los medios para evaluar la jornada.

A Albert Rivera le ha caído la del pulpo por querer presentarse tardíamente como líder del “feminismo transversal”, después de haber infravalorado la profundidad y el alcance de la convocatoria. El autoproclamado líder feminista cometió un error importante en vísperas del 8-M. No vio venir la alianza generacional entre madres e hijas. Las madres que vieron nacer la democracia y las hijas que estan viendo crecer la precariedad laboral. Ciudadanos ha dejado pasar una oportunidad de oro. No era necesario que Rivera se pusiese al frente de la pancarta, le bastaba con dar más vuelo a Inés Arrimadas. Adulado día y noche por la prensa de Madrid, el grupo dirigente de Ciudadanos ahora sólo piensa en una cosa: subir en las encuestas mediante la perforación del voto tradicional del Partido Popular en la España interior, con el espantajo del separatismo catalán. Macron habría tenido muchos más reflejos.

Sí, estamos un poco grillados. En Catalunya se empieza a detectar un discurso hostil a los políticos soberanistas en círculos independentistas defraudados por el curso de los acontecimientos. Hay mucha gente con el lazo amarillo que sigue estando dispuesta a creer en el adviento republicano, hay gente de buena fe que sigue viendo una jugada maestra en cada paso atrás, pero empiezan a oírse otras voces: ¡“Nos han engañado!”. La palabra traición se pronuncia y se escribe cada vez con más frecuencia. Catalunya empieza a ser un país demasiado pequeño para tantos traidores. Por un motivo u otro, por una ofensa u otra, hay mucho enfado con la política y los políticos en Catalunya.

España está un poco “grillina”. Enfadada con los que mandan, con ganas de protestar y sin una pasión excesiva por ninguna alternativa concreta. Ganas de decir basta, sin fiarse mucho de nadie. El país está raro. Desconfiado. Esta semana se ha publicado una encuesta significativa, si acierta en los datos. Sólo un 51% apoyaría la actuación del Rey en la crisis catalana. La mitad más uno. Un 38% se manifiesta en desacuerdo y el resto no se pronuncia. Un sondeo de El Confidencial que ha sorprendido.

Hay un cierto “grillismo” en el ambiente. Un “grillismo” difuso que difícilmente se va articular en un movimiento político como el que acaba de ganar las elecciones legislativas en Italia, ante el espanto de los poderes europeos. Un fenómeno como el de Beppe Grillo es impensable en España, al menos por ahora. Lo más parecido al Movimiento 5 Estrellas fue el primer Podemos. El Podemos que clamaba contra la “casta”, se distanciaba de Izquierda Unida y en algún momento insinuaba, sólo insinuaba, que no era de derechas ni de izquierdas. El Podemos transversal y peronista que tenía en la cabeza Íñigo Errejón antes de equivocarse tácticamente en la batalla interna contra Pablo Iglesias.

El 8-M ha sido oceánico. La protesta de los pensionistas volverá a ser muy intensa el próximo sábado. Catalunya puede ir a nuevas elecciones. Viene una primavera de movilizaciones, pero es un tanto arriesgado pronosticar que estamos ante la agonía final del Partido Popular.

Un poco grillados sí que estamos.

 

Raimundo ORTEGA, “De las pensiones en España: solidadridad y demagogia” a Revista de Libros (14-03-18)

https://www.revistadelibros.com/discusion/las-pensiones-en-espana-solidaridad-y-demagogia

Hace no muchos días escuché un programa de radio a la hora del Ángelus en el cual su director, con voz grave y tono magistral, presentaba los dos temas principales que iban a debatirse: la dramática situación de los jóvenes −acosados por los costes de las hipotecas y obligados a seguir viviendo en casa de los padres, ¡o de los abuelos!− y las indignas pensiones recibidas por la mayoría de nuestros jubilados. Pero lo que llamó mi atención es el silencio respecto a la posible relación entre ambos. O, dicho de otra manera, la posibilidad de que no puedan elevarse las pensiones sin agravar aún más la situación de las generaciones más jóvenes, que ya obtienen una remuneración muy escasa en trabajos generalmente temporales o están en paro y, por añadidura, corren el riesgo de no percibir pensión alguna cuando lleguen a los sesenta y cinco años sin lograr un empleo estable. Y de todo ello se hablaba cuando no habían transcurrido muchos días desde la turbulenta manifestación de los jubilados ante el Congreso de los Diputados y se anunciaba ya otra ante el Ministerio de Hacienda. Reflexionando después sobre esas circunstancias, pensé que acaso ello se debía al ambiente apasionado en el cual se ha instalado la cuestión de la «dignidad» de las pensiones y en el que parecen no tener cabida conceptos tales como la solidaridad y la  equidad.

Para explicar por qué traigo a colación nociones tan cargadas de significado me voy a permitir indicar una serie de rasgos económicos que configuran nuestro sistema público de pensiones y su traducción económica, encuadrándolos en el marco de los países miembros de la OCDE y, en consecuencia, de la Unión Europea. Empecemos señalando que nuestros jubilados lo son a una edad efectiva inferior a la media de los países de la OCDE y que el gasto de nuestro sistema público de pensiones es, con matices, algo superior a la media de los países de la Unión Europea, a lo cual se añade que, en nuestro caso, la relación entre pensión media y salario medio –que se conoce como tasa de sustitución− es una de las más altas de la OCDE, superada únicamente en el ámbito de la Unión Europea por el selecto grupo de países formado por Grecia, Chipre y Portugal. Ítem más: los jubilados españoles acumulamos derechos de pensión a un ritmo más rápido que la mayoría de los restantes países de la OCDE; nuestras pensiones se calculan sobre una base de veinte años −si bien está aumentando gradualmente−, cuando lo normal en otros países es tomar en cuenta la totalidad de la vida laboral. Por último, el importe de la pensión máxima respecto al salario medio es en España bastante superior al de los restantes países de la OCDE. En conclusión, no parece que las nuestras sean una pensiones muy «indignas» y puede empezar a sospecharse que asistimos a la manipulación de una cuestión extraordinariamente delicada a la par que de difícil solución, atribuible principalmente al afán de ganar posiciones en el tablero político.

Cierto es que 2017 había concluido con un incremento de los precios al consumo (IPC) del 1,1% y que los pensionistas habían comenzado a recibir pocos días después una atenta carta de la ministra de Empleo y Seguridad Social anunciándoles que sus pensiones se incrementarían un 0,25% en 2018 (¡idéntico aumento, por cierto, que en los cuatro años anteriores!). La reacción de algunos pensionistas fue echarse a la calle, clamando ante tamaño agravio a sus pensiones y olvidando que en el quinquenio 2013-2017 éstas habían experimentado una ganancia real del orden de 2,2 puntos, mientras que las rentas medias de los trabajadores asalariados, por ejemplo, se reducían en términos reales. En este estado de cosas, y con el propósito de encuadrar esas protestas en un marco razonable de discusión, acaso lo más aconsejable sea recurrir a lo que nos dicen los datos1.

Comencemos por recordar que, a finales del año pasado, las pensiones medias de jubilación, viudedad y autónomos ascendían, respectivamente, a 1.071, 649 y 624 euros, respectivamente, alcanzando los 2.574 euros mensuales las máximas de jubilación y las mínimas −con cónyuge a su cargo−, 787 euros. A modo de comparación, esas últimas eran casi un 19% superiores al salario mínimo interprofesional. Pero demos un paso más y fijémonos en las cifras macroeconómicas para recordar que:

1) En 2007, el sistema de pensiones de la Seguridad Social lucía un superávit equivalente al 2,2% del PIB de ese año; en 2017, el déficit alcanzaba el 1,6%.

2) Amén de la caída del empleo, tres son los factores principales que explican el crecimiento del gasto durante los últimos años, relacionados por orden de importancia relativa: a) las mayores pensiones pagadas en relación con el último salario percibido (la ya citada tasa de sustitución); b) el mayor número de pensionistas (entre 2012 y 2017 ha aumentado en 662.000); c) la revalorización de las pensiones percibidas.

3) Entre 2006 y 2017, la pensión media no ha cesado de incrementarse: un 48,1% la de jubilación y un 36% las de viudedad. A la hora de apelar a la solidaridad, conviene tener presente que a lo largo de la última gran crisis económica la pensión media de jubilación suponía aproximadamente el 60% del salario medio percibido por quienes tenían contrato fijo.

4) Según cálculos bien fundados, al cabo de doce años, el pensionista español percibirá una cantidad superior a la totalidad de la aportado en concepto de cotizaciones al sistema: algo a tener muy en cuenta si recordamos que, de acuerdo con las últimas previsiones demográficas, quienes se jubilan a los sesenta y cinco años disfrutarán de su pensión durante casi diecinueve años si son hombres y veintitrés si son mujeres.

En resumen, a juzgar por esos datos, no parece que los pensionistas hayan sido el colectivo peor tratado durante la última década y media, sino más bien lo contrario. Todo ello no es óbice para preguntarse cuál es el futuro de nuestro sistema público de pensiones y si la relativa bonanza que ha caracterizado su evolución puede mantenerse en el futuro, un futuro que se inaugura sin esa red de seguridad que era el llamado Fondo de Reserva, desgraciadamente desvanecido2. Esa preocupación no es nueva y han ido adoptándose respuestas que, por desgracia, parecen amenazadas por la demagogia política destapada en las últimas semanas. Me refiero a las reformas introducidas en agosto de 2011, aumentando escalonadamente la edad legal de jubilación de los sesenta y cinco a los sesenta y siete años, y las posteriores de diciembre de 2013, que incluían un mecanismo de cálculo de la revalorización de las pensiones a partir de 2014 mediante el cual se tenían en cuenta los ingresos y los gastos del sistema, así como un calificado como factor de sostenibilidad −a partir de 2019− en virtud del cual se vinculaba automáticamente la cuantía inicial de las pensiones de jubilación a la evolución de la esperanza de vida y que, por cierto, es aplicado por catorce de los países de la Unión Europea. Ambas reformas presentan una doble ventaja desde el punto de vista de la equidad intergeneracional: el nuevo índice de revalorización supone que cada generación de pensionistas soporta los ajustes necesarios para equilibrar el sistema, mientras que el factor de sostenibilidad relaciona el aumento del gasto con la mayor longevidad de cada generación beneficiada por la pensión.

Me he referido antes a los ataques populistas, cuyo primer envite ha adoptado la forma de proponer la vuelta al IPC como referencia para revalorizar anualmente las pensiones. Según cálculos de FUNCAS, ello costaría unos 1.750 millones de euros, mientras que FEDEA los cifra en 1.600 millones. Cierto es que la revalorización de las pensiones de los jubilados es un principio esencial para asegurar una vejez digna, pero ese objetivo no podrá alcanzarse si no se logra un equilibrio presupuestario. Y ello no es fácil sin modificar alguno de los actuales pilares que lo sostienen, tanto más si tenemos presente el preocupante futuro demográfico que se nos avecina. Resumiendo los cálculos de expertos en este ámbito: de cumplirse las previsiones del Instituto Nacional de Estadística sobre la evolución demográfica, a la cual me referiré enseguida, y alcanzando una tasa de empleo de aproximadamente el 73% de la población entre los dieciséis y los sesenta y seis años, en el año 2050 el gasto en pensiones supondrá alrededor del 17,4% del PIB, mientras que los ingresos, sin aumentar las cotizaciones, se mantendrán en torno al 10%. Cálculos similares incluidos en un documento del Banco de España elevan el gasto hasta el 19,4% del PIB si se llegasen a eliminar las reformas antes mencionadas.

Recapitulemos ahora brevemente al factor demográfico, de capital importancia por situarse en la base de todo tipo de predicciones sobre el futuro de las pensiones, como las que acaban de resumirse, y que son el resultado de unas proyecciones realizadas por el Instituto Nacional de Estadística en 2016. Según las mismas, en el año 2035, los mayores de sesenta y cinco años supondrán el 50,1% de la franja de población comprendida entre los dieciséis y los sesenta y cuatro años, mientras que quince años después ese porcentaje se habrá elevado al 72,5%. Si nos fijamos en quienes superen los setenta años, los porcentajes respecto a quienes se encuentren entre los dieciséis y los sesenta y nueve años serán en esas dos fechas del 33% y el 52,3%, respectivamente. ¡Nada más y nada menos!

¿Qué nos cabe esperar en el futuro? Desde luego, si se implanta de nuevo la evolución del IPC como factor de revalorización de las pensiones, no se alarga la edad efectiva de jubilación y se suprime el factor de sostenibilidad, como ahora propugnan muchos interesados únicamente en obtener réditos políticos, las futuras generaciones de pensionistas van a ver considerablemente reducidas sus pensiones, por mucho que ahora se les prometa lo contrario. Y ello porque gran parte de las soluciones que se proclaman como panaceas son falsas soluciones. Veamos brevemente por qué:

1) Los incrementos de las cotizaciones, ya sea aumentando el tipo legal, elevando la base mínima o eliminando el «tope» máximo, originarían aumentos de los costes laborales de tal magnitud que impedirían la recuperación de niveles elevados de empleo.

2) Si se elevasen los impuestos generales –tales como el IRPF y el IVA− para financiar las pensiones, no sólo se desvirtuaría el carácter contributivo del sistema y se propiciaría que aquellos pensionistas que hayan contribuido poco al sistema reclamasen pensiones superiores a las que les corresponderían de acuerdo con principios estrictamente contributivos, sino que, en general, los jubilados pagarían con mayores impuestos (especialmente IRPF e IVA) la mejora de sus pensiones, reduciendo en la práctica su renta disponible.

3) Mientras el endeudamiento público se mantenga en tasas elevadas −por ejemplo, entre el 75% y el 100% del PIB−, el recurso al endeudamiento para mantener para mantener la «dignidad» de las pensiones parece una solución muy arriesgada a la par que difícil de llevar a cabo durante largo tiempo.

Asegurar el futuro del sistema público de pensiones no es fácil y requiere un amplio consenso entre los representantes políticos de los ciudadanos y las organizaciones sociales. Los efectos del envejecimiento de la población española y la permanencia del déficit entre ingresos y gastos del sistema no van a desaparecer, por muchas propuestas demagógicas que se hagan. Hay realidades que nuestra sociedad debe admitir, mal que le pese. Por ejemplo, la necesidad de impulsar un crecimiento económico equilibrado que nos permita llegar al pleno empleo cuanto antes; mejorar nuestro sistema educativo para incrementar la productividad; fomentar la natalidad; e introducir mecanismos que complementen y mejoren el actual sistema de reparto de las pensiones públicas.

Estas y algunas otras que no se mencionan suponen, indudablemente, tareas difíciles y muy alejadas de las soluciones milagreras que empiezan ahora a proponerse. Si volvemos a mecanismos de revalorización empleados antaño, olvidamos el factor de sostenibilidad, mantenemos los actuales límites en la edad efectiva de jubilación o nos empeñamos en preservar unas pensiones medias cercanas a las últimas retribuciones percibidas en la vida activa, no lograremos equilibrar el sistema de pensiones: ni ahora ni a lo largo de la próxima década.

Una consideración final sobre el concepto de solidaridad. Una sociedad es solidaria no sólo por contar con mecanismos que aseguren una vejez digna a sus ciudadanos. Lo es también si ofrece un sistema público de salud –incluyendo el farmacéutico− como el nuestro, si mantiene un sistema educativo en constante mejora, si incentiva la natalidad, si ofrece una red de carreteras adecuada, una justicia eficaz y rápida, unas fuerzas del orden y un ejército sólidos, y, por último, si no desfallece en la lucha contra la desigualdad.

 

José Antonio NOGUERA, “La Renta Básica, Finlandia y la gaseosa” a Agenda Pública (13-03-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/la-renta-basica-finlandia-la-gaseosa/

Cuentan que estando Eugeni D’Ors con unos amigos en un bar de Barcelona, un camarero poco diestro intentó abrir una botella de cava de tal manera que acabó derramando el líquido sobre el escritor, quien le espetó entonces: “Los experimentos con gaseosa, joven”. La frase ha hecho fortuna para aconsejar prudencia ante reformas sociales de calado, sobre cuyo impacto social y económico existe incerteza. Es el caso de la propuesta de la Renta Básica (RB) universal, que ha atraído un creciente interés en la agenda política en tiempos recientes (no confundir con propuestas de rentas mínimas o garantizadas sólo para la población con ingresos insuficientes, como la ILP actualmente en discusión en el Congreso de los Diputados). Dado que el coste económico y los efectos sociales de todo tipo que (se adivina) podría tener tal medida son sustanciales y a la vez inciertos, una mínima aversión al riesgo parecería recomendar acumular algún tipo de evidencia al respecto antes de aventurarse a implementarla sin más.

De ahí la proliferación actual de experimentos piloto sobre RB o propuestas relacionadas (en Finlandia, la provincia canadiense de Ontario, Países Bajos o Barcelona). Además, políticamente la realización de experimentos piloto con grupos de control parece un buen compromiso para aparcar la confrontación entre partidarios y detractores de la idea: los primeros pueden justificar ante los suyos que están abriendo ventanas de oportunidad para su causa, mientras que los segundos pueden estar tranquilos puesto que se trata sólo de un experimento (con gaseosa) y no de una política real.

Ahora bien, ¿es esperable que la discusión política sobre la RB se incline más de uno u otro lado gracias a los resultados de estas experiencias? En este post argumentaré que hay muchas razones para el escepticismo en ese sentido y que, aunque las pruebas piloto pueden resultar interesantes, no pueden arrojar una prueba decisiva sobre si una RB funcionaría o no.

Empecemos por lo obvio: una RB universal, como tal, no puede por definición  experimentarse, dado que las pruebas piloto consisten en seleccionar una muestra de población a la que se le aplica un tratamiento. Una que intentara testar de verdad la universalidad de una prestación no sería diferente de la simple y llana implementación de la misma. Lo mismo ocurre con otro de los rasgos definitorios de una RB, su duración indefinida: por fuerza, un experimento tendrá una duración determinada, y el conocimiento de la misma puede sin duda afectar a la conducta de los beneficiarios (amén de que muchos de los efectos de una medida como ésta puede que sólo se observen a largo plazo). Un corolario de todo ello es que muchas de las dudas más perentorias que la RB suele generar (¿será sostenible fiscalmente su coste en términos dinámicos?; ¿qué efectos macroeconómicos producirá?; ¿se disparará la inflación?; ¿se producirá una subida/bajada de salarios en determinados sectores? ¿qué efectos distributivos tendrá y cómo reaccionarán ganadores y perdedores?, etcétera) no pueden tener respuesta con una prueba piloto. Será imposible inferir conclusiones sobre cómo funcionaría una RB a escala de sociedad o de país, puesto que multitud de efectos agregados, dinámicos y dependientes de la interacción social a gran escala son imposibles de testar con muestras pequeñas y diseminadas por todo el país.

Sin embargo, otros aspectos consustanciales a la RB sí pueden ser perfectamente incluidos en un experimento piloto: es el caso del grado de individualización de la prestación, de su grado de condicionalidad a medidas de activación y búsqueda de empleo o de su compatibilidad con otros ingresos. La cuestión es que entonces no se podrá decir en rigor que una RB tiene tal o cual efecto, sino más bien que lo tiene algún rasgo de diseño concreto de una política de rentas, que podría o no ser una RB: en efecto, todos esos aspectos pueden perfectamente formar parte (y en muchos casos ya lo hacen) de otros programas de garantía de rentas diferentes a la RB.

Tomemos el caso más conocido: el experimento finlandés. El tratamiento aquí se aplica a una muestra de 2.000 parados que cobran la prestación asistencial por desempleo, y consiste en alterar dos rasgos en el diseño de dichas prestaciones: suprimir cualquier requisito de activación (incluido el de aceptar ofertas de empleo) y mantener la prestación íntegramente si se obtiene cualquier tipo de empleo (ahora sólo se compatibiliza el 50% en caso de empleo temporal o a tiempo parcial). ¿Tiene mucho sentido, aparte de un cierto marketing político, decir que Finlandia está experimentando con una RB?

El ejemplo finlandés también ilustra otro de los motivos que mueven al escepticismo: los condicionantes políticos de todo tipo que envuelven estas experiencias, sobre un tema muy sensible y políticamente cargado. Considérense algunos de ellos. Primero, el Gobierno de Finlandia, fruto de un acuerdo entre un partido de centro-derecha y dos más de derecha dura, mantuvo desde el principio cierta división interna sobre la conveniencia de la prueba piloto. La oposición de izquierdas se opone: los socialdemócratas, porque siempre han sido contrarios a la RB; pero también los verdes y la izquierda, que siempre han sido favorables, ven el programa como insuficiente y/o mal diseñado. De hecho, las motivaciones del Partido del Centro, que es el valedor de esta prueba en el Gobierno finlandés, tienen en realidad poco que ver con las habitualmente esgrimidas por los defensores de una RB. Su principal interés es comprobar si esas dos reformas en el diseño de las prestaciones pueden ahorrar costes administrativos en los servicios de empleo y sociales, así como incrementar la inserción laboral produciendo también un ahorro en prestaciones. Se habla, asimismo, de simplificar el mapa de prestaciones e ir a un Estado del bienestar más pequeño y barato, en la línea del Universal Credit aprobado por los conservadores británicos (con nefastas consecuencias para la población más débil).

Segundo: en un completo y riguroso informe, las principales recomendaciones de una competente comisión de expertos fueron en su mayor parte desestimadas por el Gobierno, que impuso finalmente un diseño muy simple y metodológicamente débil: con sólo un grupo de tratamiento, pero dos variables fundamentales afectadas, será imposible determinar si cualquier diferencia significativa se debe a uno u otro de los dos rasgos alterados, o a ambos en combinación.

Tercero: la administración fiscal se ha negado a participar en el programa, escudándose en la imposibilidad constitucional de tratar de forma desigual a los contribuyentes. Ello impide cualquier inclusión del coste fiscal y, por ende, la extensión de la muestra entre otros colectivos que no fuesen beneficiarios netos de una RB, algo crucial para la propuesta, pues las encuestas disponibles muestran que la mayoría favorable a una RB en Finlandia (pero también en otros países) cambia abruptamente a una mayoría contraria cuando se mencionan los tipos fiscales necesarios para sufragarla.

¿Reforzará políticamente el experimento las posiciones de los defensores de una RB? En mi opinión, sólo lograrían ese efecto unos improbables resultados que mostraran niveles de inserción laboral significativamente mucho más altos en la muestra que en el resto de la población desempleada. Cualquier otro resultado (incluso un nivel de inserción similar, que mostraría que una mayor incondicionalidad no supone un desincentivo laboral) quedaría sujeto a la discusión y la interpretación política, y sería poco concluyente. El programa finaliza en diciembre de 2018, y sólo cuatro meses después hay elecciones generales en Finlandia. Ante resultados no terminantes y poco espectaculares, el Gobierno probablemente decidiría congelar el tema en su agenda, lo que, seguramente, paralizaría durante años cualquier avance en la dirección de una RB.

Quizá hubiese sido más audaz, y también mucho más útil para la población más desfavorecida, haber empezado a implementar algunas de esas reformas de diseño en el sistema de prestaciones mínimas sin necesidad de hacer un experimento piloto, de esperar dos años a su finalización, y de condicionar la adopción de reformas al resultado de la siempre incierta, y políticamente interesada, valoración de unos efectos siempre interpretables. De hecho, muchas reformas de las políticas sociales y los estados de bienestar se han llevado a cabo sin experimento alguno, y nunca han sido adecuadamente evaluadas. No parecería tan atrevido desoír un poco más a Eugeni D’Ors y atreverse a dar pasos de política real; eso sí, evaluando su impacto con rigor.

Ésa es, por ejemplo, la vía que algunos programas de rentas mínimas de algunas comunidades autónomas en España (como Valencia, Baleares, Navarra, Aragón o Cataluña) están explorando o llevan ya años aplicando con interesantes resultados (caso del País Vasco). Existe un amplio margen para medidas viables que mejoren la eficiencia y la utilidad social de estas medidas: compatibilizando prestaciones con salarios para evitar la trampa de la pobreza y combatir la laboral; eliminando condiciones de activación punitivas y neopuritanas de dudosa eficacia insertadora; estableciendo tramos de prestación independientes de planes de inserción junto con otros, complementarios, condicionados a su firma; erradicando controles invasivos o humillantes a la hora de acceder a la prestación o de mantenerla; o introduciendo innovadoras estrategias conductuales para reducir el estigma y el non take-up (esto es, cuando los beneficiarios potenciales no solicitan la prestación). Todo ello nos acerca a la lógica de algunos rasgos de la RB sin incurrir en su abultado coste económico, posibilitando al mismo tiempo una evaluación rigurosa en el campo de las políticas reales.

Los experimentos piloto son sin duda interesantes desde un punto de vista científico para explorar cómo determinadas intervenciones o modificaciones muy concretas en el diseño de los programas pueden influir en la conducta de los beneficiarios. Sin embargo, desde el punto de vista político son mucho menos concluyentes para determinar la elección entre grandes opciones. Un programa de este tipo no nos dirá si optar por una RB universal es mejor o peor que una Renta Garantizada o una Renta Mínima de Inserción sino, por ejemplo, si hacer una prestación compatible con determinados tramos de ingresos salariales favorece una mayor tasa de empleo entre los beneficiarios que las medidas de activación punitivas. En este sentido, la demanda política creciente de experimentos piloto sobre Renta Básica debería tener esto muy en cuenta para no generar expectativas infladas que pueden verse fácilmente defraudadas. Es obvio que cuanta más evidencia tengamos, mejores decisiones podremos tomar, pero también que los recursos son limitados, y que si los programas no están diseñados de manera metodológicamente óptima (algo difícil debido a los condicionantes políticos que afrontan), pueden acabar generando más confusión que claridad y devolviéndonos al punto inicial del debate. No es realista pensar que los resultados de programas como los que se están llevando a cabo otorgarán a los defensores de la RB el arma argumental definitiva para imponerse.

En suma, los partidarios de la RB harían bien en calibrar si es razonable ser muy entusiastas con estos experimentos que no la testan realmente y no está claro en qué acabarán, mientras siguen siendo quizá demasiado críticos con medidas políticas reales que se toman en muchos programas de rentas mínimas en la dirección de una mayor incondicionalidad de las mismas. Una curiosa paradoja, sin duda.

 

Miguel PASQUAU, “Peligrosos antisistema” a CTXT (14-03-18)

http://ctxt.es/es/20180314/Firmas/18395/estado-de-derecho-TEDH-condena-a-espña-libertad-de-expresion-antisistema-pasquau.htm

Este país se está llenando de peligrosos antisistema. El armazón constitucional de la democracia se contempla cada vez más como una armadura anacrónica que entorpece la acción de las mayorías, ya sea para construir una nueva república, ya para recentralizar la monarquía; para dar instrumentos a la policía sin las trabas de jueces y políticos que se pierden en sus laberintos, o para arreglar en dos tardes, con mano más dura, el problema de la delincuencia, que es que aquí con tanta Constitución lo permitimos todo y nos quedamos indefensos; para acabar (también en dos tardes) con la corrupción de los políticos y la impostura de los partidos, o para reducir los parlamentos a la mínima expresión, a fin de ahorrar gastos. No, los antisistema no son sólo los movimientos neonazis, neofascistas o radicales anticapitalistas: estos tienen sus espacios pequeñitos y apenas contaminan, porque son menos que los testigos de Jehová. Hay muchos otros que no lo saben, porque se consideran “demócratas” y van bien aseados.

¿Es posible que los rasgos del sistema constitucional estén perdiendo el carácter hegemónico sin el que no podría pervivir? Naturalmente, y lo aclaro enseguida, no me estoy refiriendo a la Constitución del 78, sino al ‘constitucionalismo’, que es la verdadera seña de identidad de nuestro sistema. No me estoy refiriendo a un régimen, sino a un sistema. Y lo que me pregunto es si no hay más forofismo por el régimen que adhesión al sistema en capas de la opinión pública cada vez más importantes.

En España casi todo el mundo se dice demócrata, pero uno puede creerse demócrata y ser antisistema sin saberlo, porque lo verdaderamente antisistema es desconstitucionalizar la democracia. Es decir, priorizar la regla de la mayoría (la mayoría del “nosotros”) frente a determinadas limitaciones al poder que demarcan ámbitos de protección intocables, “cueste lo que cueste”. O estar dispuestos a que los derechos y las libertades “de los otros” puedan debilitarse para defender… ¡el régimen!.

Disculpen el párrafo que sigue, pero de vez en cuando hay que recordar en voz alta que la mejor Europa se constituyó a raíz de la tragedia de las guerras y los totalitarismos nazi, fascista y estalinista. De aquellos horrores brotó la fuerza para conjurarse en pactos nacionales y supranacionales con un “nunca más” como bandera. Hagamos un repaso de las cláusulas más vehementes de aquellos pactos de posguerra. La separación real de poderes para evitar el poder excesivo del ejecutivo y su policía; la representación parlamentaria para evitar la autocracia y dar cauce a los conflictos sociales en marcos racionales y transparentes de debate y decisión; la cultura de los derechos fundamentales (es decir, no contingentes ni subordinados) para asentar el orden jurídico y la paz social en la dignidad de cada individuo, incluido el menos parecido a uno mismo; el pluralismo militante y la libertad de prensa para ahuyentar el pensamiento único y la represión de la disidencia;  los límites de la represión y del derecho penal (la presunción de inocencia, la proporcionalidad de las penas, la prohibición de la tortura y de la pena de muerte, el derecho de defensa, la desaparición de la venganza como justificación, la inviolabilidad del domicilio, el desiderátum de la reinserción social de los delincuentes) para que el miedo a la delincuencia no sirva de coartada para la construcción de un Estado policial al servicio del Ejecutivo; el principio de legalidad, es decir, el “gobierno de las leyes” para desterrar la arbitrariedad, la demagogia y la dictadura de las mayorías coyunturales; las políticas sociales (jubilación, salud, educación) como cláusulas de garantía contra la exclusión social; la libertad religiosa y de conciencia, la libertad de expresión, la intimidad, el secreto de comunicaciones y el acceso a la propiedad privada como blindaje de la condición humana; el sistema de mercado como método eficiente de abastecimiento; los derechos de asociación, reunión y manifestación como instrumentos de vertebración y participación social; la autonomía política de regiones y países geográfica y culturalmente diferenciados. Todo eso es el constitucionalismo, y ese es el sistema europeo al que España, con algo de retraso, se incorporó decididamente a finales de los setenta después de cuatro décadas de excepción autocrática en un tardío “nunca más” que nos hizo mejores. Por cierto, oportuno es recordar hoy que también forma parte del sistema el Convenio de Europa, fruto de la lúcida convicción compartida de que la garantía última de lo más importante (los derechos humanos) debería residenciarse en una instancia lejana a cada Estado en los asuntos en los que éste esté implicado, creando así un Tribunal Europeo de Derechos Humanos que está por encima de jurisdicciones nacionales, gobiernos y parlamentos. También, claro está, de los españoles, no sólo de los húngaros. ¡Bravo!

Pero ahora hemos perdido el miedo a la guerra y el miedo al poder autoritario, y tenemos otros miedos. Ahora la gente le tiene miedo al delincuente, miedo a la invasión musulmana o inmigrante con pérdida de nuestra identidad cultural, miedo al atentado terrorista, miedo a perder el puesto de trabajo precarizado y la propiedad del piso. A nadie se nos puede reprochar nada por nuestros miedos, pero es bueno saber que si los grandes miedos forjan la valentía y el compromiso moral, los miedos pequeños generan pactos mezquinos alrededor del concepto de “seguridad nacional”, que gana más y más aprecio frente a la valentía de los derechos y las libertades. Los miedos pequeños, amplificados por altavoces mediáticos nauseabundos, por la demagogia electoralista y acaso por conveniencias de quienes más que miedo tienen intereses, se instalan en el territorio que han ido poco a poco dejando los desprestigiados valores públicos de solidaridad (no emotiva, sino real) con los últimos, de compasión con los más desafortunados, de tolerancia con los distintos, y se enrocan en un “nosotros” cada vez más pequeñito y confortable. De pronto, a esos valores se les etiqueta de “buenismo” (acaso porque dejaron de ser útiles y se convirtieron en monserga simplona, incapaz de encontrar instrumentos para tocar los metales de la realidad), y esa maldita palabra, el buenismo, otorga licencia para liberarse del discurso moral y ético.

Y ahí lo tienen. La pena de muerte se fuga del desván en el que la teníamos encerrada, y ya se reclama un referéndum (que nos sacaría de Europa, con la única compañía de Bielorrusia). Cualquier límite a la policía o al derecho penal se percibe como un “tiquismiquis” complaciente con el crimen. Las protestas acaban acorraladas en el discurso de los desórdenes públicos: cállese o rellene una instancia, porque en la calle siempre puede saltar la chispa de la violencia. Emerge, ¡desde la política! (¿se acuerdan de Berlusconi?) un discurso antipolítica que reduce el pluralismo a un nosotros contra ellos, es decir, a un patriotismo vindicativo que tiene más banderas que derechos. Una tertuliana dice que el TEDH –Tribunal Europeo de Derechos Humanos– es un engendro socialista, y sus seguidores claman contra Zapatero por haberlo creado. Los parlamentos no nos representan, los diputados son unos privilegiados ‘que no sirven para nada’, la ley es un estorbo para la eficacia, y la ciudadanía ya no es tanto la dignidad personal de los derechos que se ejercen, como la caja de resonancia de una información tóxica que nos llega por televisiones y periodistas verticalizados de arriba abajo a su pesar. Y en un contexto así, si los partidos políticos han dejado de creer en sí mismos como instrumentos de articulación de pretensiones políticas y sólo necesitan de los ciudadanos su voto, fácil será que compitan por satisfacer más al televidente que al ciudadano: por ejemplo, peleándose por presentarse como los adalides de la prisión por tiempo indefinido como instrumento de restitución moral o, mucho peor aún, por desacreditar ante la opinión pública los más necesarios instrumentos de la política penitenciaria, como son el tercer grado y los permisos con control judicial, o para cuestionar la necesidad de que la policía tenga que pasar por el juzgado para pedir autorización y, por tanto, rendir cuentas: si son delincuentes (es decir, sin una unidad de policía así lo cree), ¿para qué habríamos de darles protección?

Los derechos con sus garantías no son un catecismo. Son un escudo pensado para los momentos peores. Vienen del pasado, y están para el futuro. Son una defensa frente a la prisa y los atajos populistas. Son un depósito de experiencia, una conquista civilizatoria. Pero no se defienden por sí mismos: necesitan ayuda intelectual y política para no ser percibidos como estorbos buenistas contra la eficacia de las soluciones rápidas. Tienen un coste, no salen gratis. Por eso necesitan un impulso ético. Empéñese todo el que pueda, porque es ya no sólo importante, sino también urgente.

Quiero decir, aunque no interese a nadie, que en mi caso la adhesión al sistema del que hablo provino de la tradición cristiana, que suministraba fundamentos sólidos (culturales, filosóficos, morales y religiosos) para situar como piedra angular la dignidad del último individuo, es decir, del individuo más expuesto a la indignidad: el más pobre, el delincuente, el extranjero, el deforme, la prostituta, el leproso contagioso. Pero desde esa marca cristiana me fue facilísimo encontrarme con otras tradiciones: la liberal y la del socialismo democrático. Esa ha sido siempre mi “patria”, y desde esa tradición compartida me siento hoy día un “conservador”. Sí, un conservador frente a tendencias que percibo como involuciones sin memoria. Me siento un conservador porque creo que lo más importante que deberíamos hacer sería reivindicar la memoria frente a los voraces vendedores de todo, frente a los malversadores de ese noble patrimonio a cambio de audiencias y votos, y quizás porque soy pesimista y veo en los defectos de ayer más virtud que en las promesas de mañana.

Antisistema no son sólo los movimientos radicales alternativos que quieren destruir el Estado, sino también aquellos que pugnan por un Estado libre de límites constitucionales. Lo fueron, claro que sí, las autoridades catalanas que diseñaron una ruptura desde las instituciones (¿qué les habría dicho Kelsen?), pero también lo son quienes para defender al régimen, para preservar la seguridad o para defenderse de los delitos, quieren basar el Estado en algo distinto del constitucionalismo: la eficacia, la identidad nacional, la seguridad, la prosperidad de la clase media hacia arriba. Pero si muchos ciudadanos están dejando de ver en los derechos un patrimonio personal, lejos de reprochárselo sin más habrá que pensar en quiénes son los culpables. Algo se estará haciendo mal otra vez. Y algunos deben estar recogiendo los frutos. No los imagino entre los radicales, tampoco en las turbas que claman con rabia contra la asesina de un niño: los imagino más bien en despachos inaccesibles al público. Y por eso soy pesimista.

 

Francesc-Marc ÁLVARO, “Relat incomprensible” a La Vanguardia (12-03-18)

http://www.lavanguardia.com/politica/20180312/441466687854/relat-incomprensible.html

L’escena l’explico com la vaig viure. En un restaurant de qualitat, en un petit poble del Penedès, molt freqüentat per tota mena de persones, naturals de la contrada i gent amb bon gust de Barcelona i arreu. L’establiment –glossat en guies internacionals– és en una zona electoral on el sí a una hipo­tètica independència guanyaria còmodament. El propietari del restaurant és un home ­intel·ligent i ràpid. És un bon auscultador del moment, cada dia parla amb molta gent, amb aquella franquesa que provoca la bona teca. L’altre dia em va donar aquest titular, mentre em servia una carn d’olla tan gustosa que reinventava el ­cànon: “La gent comença a ­estar-ne molt farta, de tot ­plegat; em diuen que, si es repeteixen les eleccions, no aniran a votar, i són precisament els més motivats”.

Doneu el valor que vulgueu a aquest comentari. No és un sondeig d’opinió, no té representativitat estadística, però revela un estat d’ànim. És una petita fotografia d’un instant. La frase em confirma el que jo mateix detecto entre molts ­votants independentistes: incomprensió del que fan i no fan els elegits el 21-D, cansament davant el temps mort i una irritació creixent.

Tenim escrit aquí, des de fa temps, que el gran èxit de l’independentisme va ser crear un relat que va generar il·lusió i que gaudeix d’un avantatge objectiu: no té competència a l’altra banda, ningú ha escrit encara un nou relat d’Es­panya, que pugui seduir els dos mi­lions de catalans que han desconnectat en només sis anys.

També està dit que el relat del sobiranisme ha tingut més èxit que la política realitzada pels seus dirigents, arrossegats per algunes premisses errònies i marcats pel tacticisme, la pressa, la improvisació, el partidisme i la por de parlar clar a les bases. Fins a les eleccions del 21-D, aquest relat resisteix, malgrat que la DUI i el posterior 155 en mostren descarnadament els errors i febleses. La repressió de l’Estat tapa aquesta erosió narra­tiva.

Avui per avui, la discòrdia estratègica de les llistes independentistes, les contradic­cions de discurs, les accions sense coordinació d’uns i altres, la llunyania entre el que es proclama i el que es podrà fer de debò, tot aquest retaule barroc porta a una conclusió: el relat de l’independentisme que gestionen els partits i les entitats s’està fent incomprensible per als mateixos partidaris d’aquesta idea. El factor més atractiu del mo­viment sobiranista era tenir una bona història, però això s’està perdent a cada dia que passa sense fer govern.

De la mateixa manera que s’està malbaratant la majoria parlamentària sorgida dels últims comicis, la manca de visió històrica de l’actual cúpula independentista està cremant el guió que va donar ales a aquest moviment. Tenim escrit també, de fa anys, que és paradoxal que qui vol fer un Estat nou tingui tan poc sentit d’Estat, quan això fa més falta.

 

Santiago MUÑOZ MACHADO, “El Estatut resiste” a La Vanguardia (10-03-18)

http://www.lavanguardia.com/opinion/20180310/441386833367/el-estatut-resiste.html

Pocas observaciones sobre la dinámica de los sistemas políticos pueden competir en precisión y laconismo con la que sostiene que la administración pública se sobrepone siempre a las conmociones, revueltas y cambios constitucionales y que, pese a ellos, nunca se paraliza y continúa atendiendo de modo regular los intereses generales.

Esta capacidad para resistir las grandes alteraciones políticas, que ha caracterizado desde hace más de dos siglos a las administraciones públicas europeas, la elevó un ­eminente jurista alemán, Otto ­Mayer, a la conclusión apodíctica de “el De­recho Constitucional pasa mientras que el Derecho Administrativo permanece”. Quería decir que las instituciones administrativas, en las que reside la responsabilidad de que los servicios públicos sigan funcionado siempre con continuidad, no son objeto nunca de variaciones drásticas y las herramientas e instrumentos jurídicos de que se valen no mutan radicalmente por más que queden envueltas en revoluciones políticas. Estas se concentran siempre en los principios y regulaciones constitucionales, no en las administrativas.

El primero en constatar esta dinámica fue Alexis de Tocqueville. Su comentario se refirió a las transformaciones sucesivas del Estado acometidas en Francia tras la Revolución de 1789. Está hecho en su libro capital L’ancien régime et la révolution ( oeuvres completes II, Gallimard, París, 1954) donde enfatizó: “Desde 1789 la Constitución administrativa siempre ha permanecido en pie sobre la ruina de las constituciones políticas”. Esa “Constitución administrativa” a la que aludía estaba integrada por las instituciones implantadas con la ley de 28 pluvioso del año VIII, y eran todas las que articulaban las líneas de mando que aseguraban la continuidad de los servicios públicos. A su vez, todas estas instituciones y las técnicas de gobierno de que se servían estaban emparentadas con las existentes durante el antiguo régimen, que la Revolución heredó sin beneficio de inventario.

Tales engranajes sobrevivieron a todos los cambios constitucionales y siguieron funcionando, según Tocqueville, como “un cuerpo que camina después de separarse la cabeza”. Creo que puede decirse algo parecido de la resistencia del Estatut del 2006 a las grandes pruebas políticas a que ha sido sometido desde el año 2010. El sistema institucional del Estatut también ha permanecido en pie sobre las ruinas de los experimentos políticos de estos últimos años. Y es innegable que ha dado muchas pruebas de su fortaleza.

No se ha inmutado en todo el procés a pesar de que una de sus premisas era reventar el Estatut, contra el que se han urdido toda clase de invectivas denigratorias. Ha resistido a la abrumadora acumulación de esfuerzos propagandísticos puestos a contribución del propósito de someter a media Catalunya a la voluntad de la otra media, o a la alteración subitánea de algunas normas políticas básicas, como el reglamento del Parlament.

Ha seguido trabajando la administración de la Generalitat a pesar de haber sido descabezada a consecuencia de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. No se ha conmovido porque antiguos líderes del independentismo hayan sido encarcelados por delitos graves o estén huidos de la justicia.

Ha aceptado sin aspavientos que, en la cúspide de cada conselleria se hayan instalado representantes de la administración del Estado, a los que los titulares de los órganos autonómicos tienen que someter todas las resoluciones importantes. Lo hacen con la misma lealtad, con la misma escrupulosa observancia del deber de obediencia jerárquica, que ofrecían a los antiguos mandos políticos. En un ambiente político incierto, extravagante, originalísimo y desnortado, la administración de la Generalitat se mantiene estable. El Estatut y sus instituciones resisten, pese a que una legalidad de excepción haya suspendido el funcionamiento ordinario del autogobierno. Claro que también es pertinente subrayar que nunca en la historia las instituciones descabezadas han acumulado fuerza bastante para sobrevivir largamente. Tanto sea porque se prorrogue la situación de desgobierno como porque el régimen del artículo 155 de la Constitución se estabilice, a la administración pública catalana empezará a faltarle el aliento para resistir más ante a la crisis, si no incardina su actividad en programas políticos nuevos que no le corresponde a ella formular sino al gobierno ordinario o, en su defecto, al gobierno de excepción.

Cuando se constituya el nuevo gobierno comprobará que el largo y doloroso camino por el que sus antecesores han obligado a transitar al pueblo de Catalunya era una senda laberíntica que llevaba de modo indefectible al punto de partida, al Estatut, que se ha mantenido, con su sistema­ ­institucional al completo, incólume ante la tempestad política.

Constatará, o es de esperar que caiga en la cuenta, que no puede seguir poniendo en riesgo la continuidad del autogobierno; es deseable que interiorice que la alternativa al Estatut no es la independencia sino la pérdida temporal o continuada de la autonomía. Hay muchas aspiraciones de la mayoría de los catalanes que pueden satisfacerse si se vuelve a poner en valor el Estatut y se reafirma como la norma institucional básica del autogobierno de Catalunya, se pactan adaptaciones y reformas y se ofrece a la ratificación del pueblo como la expresión posible y eficiente de su derecho a decidir. Está en el Estatut y sus reformas la solución que tanto anhela, según las encuestas, la mayoría de los catalanes. Antes de negociar nada con el Estado, pónganse de acuerdo sobre estas proposiciones elementales las dos Cataluñas enfrentadas.

La pérdida

El Estatut se ha mantenido siempre en pie superando las revisiones externas por los poderes del Estado y los ataques que recibe en Catalunya. Así ocurrió en 1932 cuando las Cortes enmendaron en profundidad el Estatuto de Núria, que había sido aprobado el año anterior, y volvió a suceder con el del 2006, con la Sentencia del TC 3/2010. En pie sigue también pese a los menosprecios del procés.

Regirá todavía por muchos años el autogobierno de Catalunya, a despecho de programas de gobierno como el de JxCat y ERC, que acabamos de conocer. El independentismo irredento da por agotada la vía estatutaria, pero tendrá que regirse por ella por tiempo indefinido. Y quiero creer que para el setenta por ciento de la población de Catalunya, que espera soluciones claras a la crisis, esta vía, explicada de manera seria y objetiva, con propuestas de reformas que evitaran modificaciones no aceptadas y un referéndum final en el que apelara a su derecho a decidir para ratificarlas, constituiría una salida satisfactoria.

 

Jaime RUBIO HANCOCK, “8 filósofas españolas nos recomiendan sus filósofas favoritas” a El País (12-03-18)

https://verne.elpais.com/verne/2018/03/07/articulo/1520435107_683188.html

La imagen típica del filósofo es la de un señor blanco, con barba y muerto. Pero cada vez se ajusta menos a la realidad (y no solo porque haya unos cuantos filósofos aún vivos). A este campo cada vez acceden más pensadores de fuera de Occidente y, por supuesto, mujeres, que ofrecen nuevas perspectivas y puntos de vista diferentes. Queríamos proponer algunos nombres de filósofas y, para hacer la lista, hemos preguntado a ocho de ellas: Eurídice Cabañes, Victoria Camps, Ana Carrasco Conde, Luisa Posada Kubissa, Alicia Puleo, Eulalia Pérez Sedeño, Rosa María Rodríguez Magda y Angélica Velasco. Estos son los 13 nombres que nos han propuesto:

1. Marie de Gournay (1565-1645). Esta filósofa francesa es autora de varios textos precursores del feminismo, muchos de ellos reunidos en Escritos sobre la igualdad y en defensa de las mujeres. En estos textos, la filósofa francesa explicaba “que si no había más mujeres en la ciencia, en la política y demás era porque no las habían educado para eso, pero que no había nada en la naturaleza que se lo impidiera”, tal y como nos cuenta Eulalia Pérez Sedeño, profesora en el Instituto de Filosofía del CSIC y autora de Las ‘mentiras’ científicas sobre las mujeres.

2. Madame de Staël (1766-1817). Anne-Louise Germaine Necker, conocida como Madame de Staël fue también precursora del feminismo y una autora prolífica de ensayos políticos, de novelas y de crítica literaria.

Ana Carrasco Conde, filósofa que está a punto de publicar En torno a la crueldad, explica que el pensamiento de esta autora francesa fue un fiel reflejo del paso del siglo XVIII al XIX. “Cuentan que Napoleón la detestaba porque no se amedrentaba y era, para ser mujer, indomable y hasta tal punto peligrosa que era preciso alejarla de París”, comprensible si tenemos en cuenta que “se atrevió a criticar sus políticas y a describir sus incapacidades (como puede comprobarse en Diez años de destierro)”.

Carrasco Conde añade que “sus obras De la influencia de las pasiones y sus Reflexiones sobre el suicidio han sido determinantes al hacer ver por un lado la importancia de las pasiones en la política y de cómo a veces el ansia de poder y la dependencia servil prefiguran el escenario de la más terrible y gratuita crueldad; y por otro que si hay algo por lo que luchar es la dignidad humana”.

3. Harriet Taylor Mill (1807-1858). A Mill se la recuerda a menudo como la mujer del filósofo John Stuart Mill y como autora de un puñado de textos, la mayor parte publicados tras su muerte. Pero, como explica Victoria Camps, catedrática emérita de la Universidad Autónoma de Barcelona y autora de Elogio de la duda, “Harriet Taylor Mill colaboró mucho con John Stuart en sus textos”, aunque firmó poco de lo que hacían en común. “Mill fue un gran defensor de la libertad de la mujer, pero aun así pensaba que poner la firma de su esposa devaluaría sus libros”.

Los críticos e historiadores aún se debaten acerca de cuánto escribió Harriet Taylor Mill de los libros de su marido. Se considera que El sometimiento de las mujeres, publicado en 1869, debe mucho a su influencia. John Stuart Mill también le dedicó a ella Sobre la libertad, con las palabras “como todo lo que he escrito desde hace muchos años, le pertenece a ella tanto como a mí”. En su Autobiografía, Mill explica que este libro fue “más directa y literalmente nuestra producción conjunta que ninguna otra cosa que lleve mi nombre”.

El autor escocés también firmó La emancipación de las mujeres, publicado en 1851, pero de este texto se suele considerar que la autora principal (o única) es Harriet Taylor Mill. El ensayo recoge muchos de los argumentos de La liberación de las mujeres, profundizando en la conveniencia de que las mujeres puedan trabajar fuera del hogar.

El libro Ensayos sobre la igualdad de los sexos, con prólogo de Camps, “reúne todos los escritos de una, del otro y de los dos sobre este tema”.

4. Hannah Arendt (1906-1975) fue una filósofa nacida en Alemania que huyó del nazismo a Estados Unidos en 1941. Más que su gran ensayo La condición humana, Victoria Camps recomienda de Arendt sus textos sobre temas políticos y culturales, “como Entre el pasado y el futuro, que incluye un texto sobre la educación que deberían leer todos los pedagogos de hoy en día, a pesar de que se escribió en los años 60”. Camps apunta que las ideas de Arendt siempre son provocadoras: “Por ejemplo, de la educación dice que tiene que se conservadora, que no se puede reformar todo continuamente. Hay que conservar lo que debe ser conservado”. También “hace una llamada a los valores, como el esfuerzo y la disciplina”.

En opinión de Camps, Arendt aún no tiene el reconocimiento que debería entre el feminismo, en gran parte porque a la filósofa alemana “esa lucha no le interesaba”. Y añade: “Su filosofía es muy propia. Aunque tiene influencias de Heidegger y del fenomenalismo, lo que dice es inclasificable. Y es polémica siempre, hable de la cultura, de la política, de los judíos… Como en el caso de la banalidad del mal”.

Arendt acuñó este concepto en Eichmann en Jerusalén, donde recoge sus reflexiones durante el juicio en 1961 al el teniente coronel responsable de los transportes de deportados a los campos de concentración. Arendt, de origen judío, no ve a Eichmann como un monstruo, sino como un burócrata poco inteligente que nunca se detuvo a reflexionar en lo que estaba haciendo, más allá del desempeño de su trabajo. “Fue una idea muy mal recibida por colegas suyos y por amigos judíos -añade Camps-. Arendt fue muy valiente. Y su valor ha ido creciendo con el tiempo”.

5. Simone de Beauvoir (1908-1986). Alicia Puleo, autora de Ecofeminismo para otro mundo posible, explica que le interesaba la filosofía “ya desde la infancia”. Pero “de adolescente me regalaron El segundo sexo y se me abrió un mundo nuevo. Vi que la filosofía podía analizar un aspecto de la vida que a mí me interesaba, el de la la libertad de las mujeres”. Y añade: “Me decidió de manera definitiva a estudiar filosofía”. Este texto de Beauvoir, publicado en 1949, está considerado una de las obras fundamentales del feminismo.

Rosa María Rodríguez Magda, autora de De playas y espectros. Ensayo sobre pensamiento contemporáneo, también descubrió el texto de De Beauvoir a los 18 años. Recuerda que, cuando comenzó a escribir el texto, la autora francesa no era consciente de hasta qué punto el género había condicionado la historia del pensamiento: “Ella pensaba que lo liquidaría en 10 o 15 páginas”. De Beauvoir pone de manifiesto que “la historia de la filosofía tiene una visión principal en la que se considera a la mujer como a parte de los otros” y acaba dando la vuelta “al punto de vista tradicional de la filosofía. Nada queda incólume”. La filósofa francesa “amplía y cambia la visión del pensamiento. También cuando dice que la mujer no nace, sino que se construye. La teoría del género parte desde ahí por diversos desarrollos y el sexo se empieza a definir no solo por la biología sino también por la cultura”.

6. Luce Irigaray (1930) es una filósofa francesa nacida en Bélgica, representante del feminismo de la diferencia. Rosa María Rodríguez Magda dice de ella que “me hizo ver las cosas de otra manera, aunque ya difiera de algunas de sus ideas”. Y habla de su primer libro, Speculum. Espéculo de la otra mujer, publicado en 1974 y en el que critica el machismo presente en la filosofía y en el psicoanálisis, incidiendo en que a las mujeres se las excluye de la producción del discurso oficial. Irigaray propone escapar de este silencio creando un imaginario femenino y un lenguaje propio. También es autora de Ese sexo que no es uno y En el principio era ella, entre otros libros.

7. Julia Kristeva (1941) es una filósofa búlgara que ha escrito sobre literatura, feminismo y psicoanálisis, entre otros temas. Para Ana Carrasco Conde, su libro Poderes de la perversión “es sin lugar a dudas una obra clave para entender la relación entre la extraña alianza entre la corporalidad y la abyección, entre la mujer y la exclusión. Desde una perspectiva psicoanalítica en la que convergen filosofía y literatura, Kristeva presenta una propuesta inquietante e interesante: pensar lo impensable e inasible en el modo de una alteridad inexpresable de un singular que no se deja homogeneizar. De ahí su interés –y mi interés en ella– por la apropiación simbólica de lo que, de suyo y paradójicamente, no es analizable”. Además del libro citado, Carrasco Conde recomienda Las nuevas enfermedades del alma.

8. Celia Amorós (1944). Alicia Puleo recuerda estar trabajando en Francia, cuando una compañera le prestó Hacia una crítica de la razón patriarcal, libro de Amorós publicado en 1985. “Después de leerlo decidí que ella tenía que ser la persona que dirigiera mi tesis”, cosa que hizo. Puleo también formó parte del seminario Feminismo e Ilustración que fundó Amorós en la Universidad Complutense de Madrid. “Todas las semanas nos reuníamos 4 o 5 horas y era un festín intelectual”. Puleo apunta que Amorós, “junto con Amelia Valcárcel, es una de las pensadoras más importantes de España en el siglo XX”.

También participaron en sus seminarios (y la recomiendan) Eulalia Pérez Sedeño y Luisa Posada Kubissa, profesora en la Universidad Complutense de Madrid y autora de libros como Filosofía, crítica y (re)flexiones feministas. Posada Kubissa añade que Amorós “aplica una lectura de la filosofía al pensamiento feminista desde el siglo XVIII hasta la actualidad. Tiene una filosofía bastante amplia”, con libros como La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias, Tiempo de feminismo, Salomón no era sabio… “Y no solo de feminismo, también es autora de Diáspora y Apocalipsis, sobre la filosofía de Jean-Paul Sartre. Su pensamiento es decisivo en el panorama feminista y en el feminismo filosófico”.

9. Donna Haraway (1944). La autora de El manifiesto cyborg es una de las favoritas de Eurídice Cabañes, fundadora y presidenta en México de Arsgames, una asociación cultural que gestiona proyectos relacionados con los videojuegos (y la filosofía). Cabañes explica que “Haraway hace una filosofía muy transdisciplinar. Ella también es bióloga y a mí también me gusta esa ruptura de las disciplinas académicas. Me encanta cómo mezcla el lenguaje poético, el biológico, el filosófico… Y cómo rompe categorías y estructuras”.

10. Helen Longino (1944). Eulalia Pérez Sedeño recomienda a esta pensadora estadounidense, “filósofa de la ciencia y también feminista. Me marcó mucho un libro suyo de 1990, Science as Social Knowledge. En él mantiene que los valores sociales (valores no cognitivos, como ella los llama) son una parte importante en la ciencia y no podemos pensar que esté al margen”. Los científicos no solo pertenecen a su propia comunidad, “sino también a otras, ya que viven en un tiempo y en un lugar, por lo que importan y esos valores los importan a su quehacer diario”.

11. Alicia Puleo (1952). Esta filósofa nacida en Buenos Aires no solo es una a las que hemos preguntado, sino que también es una de las recomendadas por Angélica Velasco, que la considera “el referente fundamental del ecofeminismo en español”. Velasco, autora de La ética animal, ¿una cuestión feminista?, explica que Puleo “propone un ecofeminismo crítico que incorpora el legado de la Ilustración”, incluyendo “los principios de igualdad, fraternidad y libertad”.

También apuesta por el “diálogo intercultural, viendo los aspectos positivos y negativos de las diferentes culturas y teniendo en cuenta no solo si son ecológicamente sostenibles, sino también si son discriminatorias desde el punto de vista del género”. Otra idea fundamental de Puleo “es la cuestión de ampliar los valores del cuidado a los animales”. Velasco recomienda la lectura del ya citado Ecofeminismo para otro mundo posible, además de Filosofía, género y pensamiento crítico.

12. Judith Butler (1956). Gran parte de la obra de esta pensadora estadounidense se centra en la perspectiva de género como construcción social “que dio pie al feminismo queer -explica Luisa Posada Kubissa-. Pero me interesa especialmente su segunda parte, dedicada a la vulnerabilidad, como Marcos de guerra. Tiene una obra amplísima, en la que reflexiona sobre muchos aspectos del mundo en el que vivimos. Es muy interesante, muy profunda y da muchas claves éticas”. Butler es también autora de El género en disputa y Deshacer el género.

13. Marina Garcés (1973). De esta filósofa barcelonesa, Eurídice Cabañes recomienda, sobre todo, la lectura de Un mundo común. “Creo que tiene una forma muy clara, muy sencilla, de abordar temas que muestra muy claros y sencillos, pero que en realidad son complejos. O es más bien pasar de la complejidad a lo simple”. Garcés propone en este libro pensar en lo común para analizar la sociedad. “Su pensamiento a ese respecto me gusta mucho. La descubrí cuando estaba haciendo la tesis y en ese momento pensé que todo lo que yo quería decir y ya estaba dicho ahí”. Garcés también es autora de Nueva ilustración radical y Fuera de clase. Textos de filosofía de guerrilla.

La filosofía de la mitad del mundo

La filosofía ha cambiado: al igual que el resto de campos profesionales y académicos, ya no es un área ocupada solo por hombres. Pero aún no podemos hablar de igualdad: “Creo que una de las cosas más importantes que ha ocurrido en España en los últimos años es la incorporación de las mujeres a la filosofía, pero sigue siendo un campo que se comporta como la peor de las ingenierías”, explica Eulalia Pérez Sedeño, que remarca que hay muy pocas catedráticas en las universidades españolas. “Se sigue teniendo la idea de que la filosofía es una actividad masculina por los estereotipos de la racionalidad, el pensamiento… Todavía parece que se nos niega la capacidad de pensar”.

Victoria Camps apunta que a pesar de que más mujeres se han incorporado a la filosofía, “entre los grandes nombres de hoy en día cuesta encontrar mujeres, quizás Martha C. Nussbaum”. Aunque también apunta que “cada vez más difícil encontrar filósofos que destaquen sobre el resto”, cosa que achaca en gran medida a la compartimentación y dispersión del pensamiento filosófico.

Coincide Rosa María Rodríguez Magda, que apunta que “a las mujeres se nos hace caer en una trampa. Se nos pregunta sobre nosotros mismas, pero después la reflexión sobre asuntos de mujeres y el feminismo no se considera ni siquiera parte de la filosofía”. También recuerda que “hay zonas consideradas más apropiadas para las mujeres, como la ética, que se acerca a los cuidados y la atención, y se considera que está cerca de los estereotipos femeninos. En este terreno es más fácil que se acepte la presencia de la mujer y que se la escuche que en otros como la epistemología o en la política”.

Luisa Posada Kubissa recuerda que no solo las mujeres se están incorporando a la filosofía, sino también pensadores no occidentales, por lo general olvidados en el canon y “que proporcionan perspectivas diferentes”.

Y hay también una evolución en los temas, como explica Eurídice Cabañes: ya no se habla de la filosofía desde un punto de vista meramente académico. “Si me hubieras preguntado hace cinco o diez años te hubiera dicho que no, que la filosofía se sigue viendo como el terreno de hombres muertos con bustos de mármol, pero creo que sí está cambiando”. En su opinión, la filosofía ya “se equipara más al pensamiento crítico” y se recurre a ella como una herramienta necesaria “a la hora de hablar de la tecnología y de reflexionar sobre los medios. Toda esa reflexión ha puesto la filosofía en la palestra como lo que es, una forma de pensar en la actualidad de forma crítica”. Y añade: “La filosofía se está abriendo y se está visibilizando como algo que puede ser actual. Espero que más gente se anime a estudiar y a pensar porque estamos en un momento en el que si no pensamos, mal nos va”.