Presentació

Dani Rodrik [text 1] crida l’atenció sobre el biaix de moltes anàlisis del deteriorament de la democràcia liberal, en considerar que -a més de l’amenaça il·liberal de caire populista (veure l’article de Daniel Gascón sobre el llibre de John.B.Judis, “La explosión populista”)- també contribueix a erosionar-la la suplantació de les decisions democràtiques per les decisions tecnocràtiques.

Aquesta qüestió està en el centre del futur del projecte europeu que ha de trobar, en paraules de Borja Lasheras: “Un punto intermedio entre el voluntarismo, el pragmatismo del corto plazo y el repliegue estratégico (y egoísta) es apostar por construir un espacio público de países democráticos con instituciones, valores y reglas comunes que se respetan, que impulse el crecimiento económico y la competitividad, y con distintos vínculos de seguridad entre sus miembros, además de marcos como la OTAN. Un espacio con lazos sustantivos con vecinos como Túnez. Una red flexible y modernizada de nodos, que incluiría una UE con núcleos de mayor integración política bajo criterios rigurosos, que no excluyan a otros europeos que cumplan sus compromisos. Una Gran Sociedad Europea adaptada al siglo XXI”.

I precisament un aspecte molt rellevant de la construcció de l’espai comú democràtic és el sistema d’elecció del president de la Comissió Europa, ara que es posa en qüestió l’elecció parlamentària, tal com explica Laura Ballarín a Agenda Pública.

Fa unes setmanes un grup d’economistes francesos i alemanys publicaven una conjunt de propostes per reformar l’Eurozona, que van ser rebudes com una guia útil per a l’esperat nou impuls que hauria de proporcionar una nova entente entre França i Alemanya. Gonzalo García Andrés, tot i considerar valuós el document, en critica l’orientació de fons massa inclinada a la concepció alemanya sobre el tractament del deute públic.

Abans de començar-se a aplicar, l’acord sobre la Gran Coalició alemanya està passant factures importants als dos grans partits alemanys: veure els articles de Jonás Fernández [text 2],  Josef Joffe i Henning Meyer.

No menys complicada es presenta la situació italiana, sobre la que el Financial Times ha publicat un interessant estat de la qüestió. Veute també la selecció de recursos sobre les eleccions italianes del 4 de març a la pàgina web d’Antoni Gutiérrez-Rubí.

A Espanya creix la tensió política entre el Partido Popular i Ciudadanos, alimentada per noves enquestes que confirmen les tendències a la baixa dels primers (matisada per Carles Castro) i a l’alça dels segons (Metroscopia/El País, GAD3/ABC, Celeste-Tel/eldiario). Víctor Lapuente defineix la situació de bloqueig de la política espanyola (Ignacio Varela) com la de dues guerres fredes a la dreta i a l’esquerra; mentre que Enric Juliana constata l’enduriment del discurs polític espanyol. Un exemple patent d’aquest enduriment és la proposta del PP d’introduir al Codi Penal la nova pena de “presó permanent revisable”, que Miguel Ángel Presno no dubta en qualificar de populisme punitiu.

La iniciativa de Podemos y Ciudadanos d’impulsar una reforma del sistema electoral també sembla destinada a no prosperar, contribuint a la sensació de bloqueig de les reformes institucionals. Sobre els pros i contres de la proposta, veure els articles d’Angy Galvin, Alberto Penadés i Sebastián Lavezzolo [text 3].

És força interessant la visió d’Ignacio Sánchez-Cuenca [text 4] sobre la situació política espanyola i catalana, exposada en una llarga entrevista a eldiario.es, amb ocasió de l’imminent publicació d’un nou llibre La confusión nacional. La democracia española ante la crisis catalana (Catarata).

Sobre les possibilitats de diàleg catalano-espanyol per superar la profunda crisi actual, veure les posicions contradictòries de Santiago Muñoz Machado [text 5] y Javier Pérez Royo [text 6] També, l’aproximació entre Jordi Amat i Juan Claudio de Ramón.

Pel que fa al bloqueig de la política catalana, veure els articles de Lola García, Enric Juliana, Guillem Martínez, Lluís Bassets, Jordi Juan, Antoni Puigverd … i les entrevistes a Marta Pascal, Ernest Urtasun,  Josep Maria Bricall i Joan Coscubiela.

La setmana passada esmentàvem la sèrie d’articles “Female Gaze”  [text 7] que Manuel Arias Maldonado dedicava a la controversia sobre la redefinició de les regles que han de regir les relacions entre dones i homes. Amb la publicació del cinquè capítol de la sèrie es tanca la reflexió d’Arias Maldonado, que reproduïm sencera,  tot i la seva llarga extensió.

 

 

Dani RODRIK, “Las dos amenazas contra la democracia liberal” a Project Syndicate (13-02-18)

https://www.project-syndicate.org/commentary/double-threat-to-liberal-democracy-by-dani-rodrik-2018-02/spanish

Hoy casi todos denuncian que la democracia liberal está en crisis. La elección de Donald Trump, la votación a favor del Brexit en el Reino Unido y el ascenso electoral de otros populistas en Europa han puesto de manifiesto la amenaza de la “democracia iliberal”: una forma de política autoritaria que tiene elecciones populares pero poco respeto al imperio de la ley y a los derechos de las minorías.

Son menos los analistas que advirtieron que la democracia iliberal o el populismo no son las únicas amenazas políticas. La democracia liberal también está siendo debilitada por una tendencia a poner el acento en “liberal” en detrimento de “democracia”. En esta forma de política, los gobernantes están aislados de su responsabilidad democrática por una multiplicidad de restricciones que limitan la variedad de políticas que pueden implementar; estas son establecidas por organismos burocráticos, reguladores autónomos y tribunales independientes o impuestas externamente por las reglas de la economía global.

En su nuevo y valioso libro The People vs. Democracy [El pueblo contra la democracia], el politólogo Yascha Mounk denomina a este tipo de régimen (estableciendo una oportuna simetría con la democracia iliberal) “liberalismo indemocrático”. Señala que nuestros regímenes políticos han dejado hace mucho de funcionar como democracias liberales, y se muestran cada vez más como liberalismo indemocrático.

Es posible que la Unión Europea sea la máxima expresión de esta tendencia. La institución de un mercado común y de una unificación monetaria en ausencia de integración política obligó a delegar la formulación de políticas a organismos tecnocráticos como la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Tribunal Europeo de Justicia. La toma de decisiones está cada vez más alejada de la gente. Y aunque Gran Bretaña no pertenece a la eurozona, en el llamado de los partidarios del Brexit a “recuperar el control” se reflejó la frustración que sienten muchos votantes europeos.

En Estados Unidos no se llegó a tanto, pero hay tendencias similares que llevaron a muchos a sentirse marginados. Como señala Mounk, la formulación de políticas es ámbito de una sopa de letras llena de organismos regulatorios como la Agencia de Protección Ambiental (EPA), la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), etcétera. El uso que han hecho diversos tribunales independientes de la prerrogativa de revisión judicial para promover los derechos civiles, extender la libertad reproductiva e introducir muchas otras reformas sociales generó hostilidad en importantes segmentos de la población. Y hay una difundida percepción de que las reglas de la economía global, administradas por medio de acuerdos internacionales como la Organización Mundial del Comercio (OMC) o el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), están arregladas en contra del trabajador de a pie.

El valor del libro de Mounk está en resaltar la importancia de las dos condiciones constitutivas de la democracia liberal. Es necesario que haya restricciones al ejercicio del poder político, para evitar que las mayorías (o quienes están en el poder) pisoteen los derechos de las minorías (o de quienes no están en el poder). Pero también es necesario que la política pública responda a las preferencias del electorado.

La democracia liberal es inherentemente frágil, porque la armonización de estas condiciones no lleva a un equilibrio político natural. Las élites provistas de poder suficiente tienen poco interés en reflejar las preferencias del conjunto de la población. Y cuando las masas se movilizan y reclaman poder, no es común que el acuerdo al que llegan con las élites incluya medidas de protección sostenibles para los derechos de quienes no estuvieron representados en la mesa de negociación. De modo que la democracia liberal tiene una tendencia a decaer hacia una u otra de sus perversiones: la democracia iliberal o el liberalismo indemocrático.

En nuestro artículo “The Political Economy of Liberal Democracy” [La economía política de la democracia liberal], Sharun Mukand y yo examinamos los fundamentos de la democracia liberal en términos similares a los que usa Mounk y destacamos las dos líneas de división que pueden atravesar una sociedad: la identitaria, que separa a una minoría de la mayoría étnica, religiosa o ideológica, y la económica, que enfrenta a los ricos con el resto de la sociedad.

De la profundidad y orientación de estas divisiones depende que sea más probable el surgimiento de uno u otro régimen político. La posibilidad de la democracia liberal se enfrenta siempre a los extremos opuestos de la democracia iliberal y de lo que denominamos “autocracia liberal”, según resulte vencedora la mayoría o la élite.

Nuestro esquema ayuda a destacar las fortuitas circunstancias en las que surge la democracia liberal. En Occidente, el liberalismo fue anterior a la democracia: la separación de poderes, la libertad de expresión y el imperio de la ley ya existían antes de que las élites aceptaran ampliar el derecho de voto y someterse al mandato popular. Pero subsistió en las élites el temor a la “tiranía de la mayoría”, que en Estados Unidos, por ejemplo, se contrarrestó mediante un elaborado sistema de controles y contrapesos que en la práctica paralizó al poder ejecutivo por mucho tiempo.

En otros lugares, en el mundo en desarrollo, la movilización popular se dio sin que hubiera una tradición liberal o prácticas liberales, y pocas veces surgió una democracia liberal sostenible. Las únicas excepciones parecen ser estados‑nación relativamente igualitarios y muy homogéneos como Corea del Sur, donde no hay divisiones sociales, ideológicas, étnicas o lingüísticas obvias que autócratas de una u otra clase (iliberales o indemocráticos) puedan explotar.

Lo que está ocurriendo en Europa y Estados Unidos hace pensar en la inquietante posibilidad de que allí también la democracia liberal haya sido una fase transitoria. Al deplorar la crisis de la democracia liberal, no olvidemos que el iliberalismo no es la única amenaza que enfrenta. También debemos hallar el modo de no caer en la trampa de la democracia insuficiente.

 

 

Jonás FERNÁNDEZ, “¿Elecciones o un ministro del SPD para la economía europea?” a Agenda Pública (8-02-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/elecciones-ministro-del-spd-la-economia-europea/

Después de cuatro meses tras las pasadas elecciones alemanas, parece que podría haber gobierno en Alemania. Tras el intento fallido para conformar una coalición “jamaica” con conservadores, verdes y liberales por las notables diferencias en torno a la agenda europea, Merkel ha alcanzado un acuerdo con el SPD. Y digo parece porque la militancia del partido socialdemócrata tiene ahora la última palabra y habrá que esperar a esa consulta para conocer si este periodo de interinidad en Alemania, pero también en Europa, pasa página.

Este artículo presenta los principales compromisos del acuerdo en materia económica y europea, y analiza su idoneidad frente a la situación de la economía germana y del conjunto de la zona euro. De este modo, no abro aquí el debate partidista sobre el comportamiento del SPD y cuál debería ser su última palabra en la consulta prevista. Esa discusión tiene otra profundidad que ocuparía, posiblemente, otra columna completa. Quedémonos, pues, con una valoración más general.

La economía alemana está registrando unas tasas de crecimiento y empleo positivas. La política de expansión cuantitativa del BCE y la suavización de la política fiscal están beneficiando notablemente a la actividad, aun cuando se quejen de su efecto sobre los ahorradores. Por una parte, el euro se mantiene depreciado para la posición de la economía germana en el ciclo y, por otra, las economías de la zona euro más endeudadas están pudiendo elevar su demanda. Todo ello, está conduciendo un boom exportador que, por otro lado, está generando un superávit explosivo en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Ese saldo superavitario se sitúa por encima del siete por ciento del PIB y resume perfectamente los desequilibrios que está acumulando la economía alemana y que afecta negativamente también al conjunto de la eurozona.

En este sentido, Alemania no puede señalar al BCE como causa única de sus desequilibrios por cuenta corriente y mirar para otro lado. El país germano tiene herramientas suficientes para intentar, al menos, mitigarlos. Al igual que la laxa política monetaria durante los años del boom previos a la crisis obligaba a los países cuyos sectores privados se estaban endeudando a tasas aceleradas a una política fiscal que contrarrestara los efectos de esos bajos tipos de interés, en algunos casos negativos en términos reales, ahora Alemania debe hacer lo propio a riesgo de sucumbir a una futura crisis y ahogar, por cierto, el crecimiento del conjunto de la zona euro.

Alemania debe corregir con su política fiscal la imposibilidad de equilibrar su cuenta corriente a través del tipo de cambio. De hecho, en ausencia del euro, el marco ya se hubiera apreciado lo suficiente para equilibrar su cuenta corriente, elevando el valor real de sus exportaciones y suavizando su crecimiento. Y, por supuesto, fuera del euro, los tipos de interés serían otros. Dígamoslo claro: Alemania está actuando como un free-rider; aquello que temía que pudieran hacer terceros países en el terreno fiscal con la llegada del euro, y que intentó evitar a través del Pacto de Estabilidad.

Así pues, la política presupuestaria debería suavizarse para permitir un impulso de la inversión y del consumo público, o bien para implementar una rebaja impositiva, aunque probablemente esto tendría un menor impacto sobre la demanda interna a la vista de las preferencias por el ahorro de los ciudadanos alemanes. En la misma línea, los salarios deberían incrementarse, siguiendo las reclamaciones de las centrales sindicales, especialmente los más reducidos para elevar también el nivel de consumo. Nótese, pues, que esta agenda de gobierno coincide con las principales prioridades de los socialdemócratas alemanes en la última campaña

Pues bien, el acuerdo de gobierno plantea invertir los superávit presupuestarios previstos para los próximos años. Según la Comisión, el sector público registraría en los próximos años saldos fiscales positivos en el entorno del uno por ciento del PIB, cifras que coinciden además con las estimaciones estructurales. Si ese saldo superavitario se eliminase, Alemania estaría ejerciendo una política fiscal discrecional expansiva, respecto a la situación de equilibrio, de una cuantía similar al programa de estímulo de Obama en Estados Unidos tras el impacto del shock financiero. No parece un impulso menor.

Este paquete fiscal estaría destinado principalmente a elevar los gastos sociales en pensiones (especialmente las más reducidas), sanidad (contratación de nuevo personal) y educación. En este último campo, el acuerdo incorpora una revisión constitucional dado que, en la actualidad, el gobierno federal no puede colaborar en la financiación de las escuelas, excepto en municipios muy empobrecidos. También plantea elevar la inversión en vivienda social y cooperar en la expansión de las redes digitales para facilitar el acceso a las redes 5G.  Y por el lado de los impuestos, el pacto propone eliminar para las rentas bajas y medias “el impuesto de solidaridad”, una tasa que se introdujo en la declaración de la renta tras la reunificación de Alemania para sufragar inversiones en la zona oriental.

Esa reorientación presupuestaria permitiría una expansión notable de la demanda interna y una corrección de los desequilibrios por cuenta corriente, colaborando así en la mejora del conjunto de la zona euro. En todo caso, la principal incertidumbre se sitúa en el grado de cumplimiento de ese compromiso, a la vista de la obsesión de su último gobierno, con Schäuble al frente del ministerio de Finanzas, por los superávit presupuestarios.

En lo que respecta a Europa, el acuerdo sale al paso de los debates sobre el futuro de la zona euro y las consecuencias financieras del Brexit. El pacto incorpora la creación de un presupuesto de la zona euro con una línea financiera que pudiera actuar como herramienta fiscal anti-cíclica de manera centralizada, aunque tampoco lo detalla, y también respalda la transformación del actual MEDE en un Fondo Monetario, en línea con la propuesta de la Comisión. Ahora bien, el texto nada dice sobre el futuro de la unión bancaria, que necesita ya de un seguro de depósitos común y un backstop del modelo; unas ausencias alarmantes. Tampoco se ha acordado el respaldo a la creación de un Ministro del Euro, que aúne la presidencia del Eurogrupo y el Comisario del ramo, una propuesta que está encontrado demasiados enemigos en las capitales de los Estados miembros.

Por otra parte, Alemania se muestra dispuesta a elevar su aportación financiera al presupuesto del conjunto de la Unión, en un momento donde se está discutiendo el marco financiero plurianual a partir de 2020, con la salida del Reino Unido en el horizonte. Y en el terreno impositivo, el acuerdo respalda la armonización y consolidación de la base imposible del impuesto de sociedades, en línea con la propuesta legislativa de la Comisión, pero incorpora también la fijación de una tasa impositiva mínima.

Dicho todo esto, y a la espera de mayores detalles, podríamos resumir el acuerdo en tres grandes compromisos: equilibrar los saldos fiscales que supondría una reducción del superávit, no sólo nominal, sino también estructural del uno por ciento del PIB, mayor contribución al presupuesto de la Unión y armonización fiscal en sociedades, y apoyo comedido a algunas reformas en la zona euro.

Ahora los afiliados al SPD tienen la última palabra. Hasta qué punto sería mejor rechazar este acuerdo y acudir a nuevas elecciones es una pregunta que debe responder el SPD. La experiencia reciente nos muestra que un socio junior en una gran coalición tienen mayores probabilidades de salir malparado, tal y como hemos visto en las últimas elecciones. Pero no hace tanto Willy Brandt alcanzaba la Cancillería en 1969 tras un gobierno similar. Veremos

 

Entrevista a Ignacio SÁNCHEZ-CUENCA a eldiario.es (10-02-18)

http://www.eldiario.es/politica/independentismo-enfermedad-preferencia-politica_0_738427076.html

Ignacio Sánchez-Cuenca (Madrid, 1966) es profesor de Ciencia Política la Universidad Carlos III. Está a punto de publicar un nuevo libro. La confusión nacional. La democracia española ante la crisis catalana (Catarata). Nos encontramos en la cafetería de un hotel del norte de Madrid

Jordi Amat contó que Josep Lluís Carod-Rovira, entonces vicepresidente del Gobierno tripartito en Cataluña, se encontró al expresident Pujol tras solucionar el contencioso del Archivo de Salamanca, y le preguntó si estaba contento. Pujol respondió: Es un desastre. Las heridas tienen que estar abiertas para que supuren”. ¿Es esa la base del nacionalismo?

No; esa sería una visión reduccionista del nacionalismo. Es necesario distinguir entre nacionalismo de Estado y nacionalismo sin Estado. El primero tiene muchos recursos para proteger a la nación; el Estado español para proteger a la nación española, no necesita recurrir al victimismo. En el segundo caso es más difícil porque la nación se encuentra en una posición vulnerable ante el Estado y hay tendencia a desarrollar cierto victimismo porque es un instrumento de movilización. Pero sería una simpleza reducir el nacionalismo a victimismo.

Entre el 47% de independentistas catalanes, según los datos de las últimas elecciones, debe haber personas convencidas y otros que se sienten atacados e insultados. ¿Podrían recuperarse con otro tipo de política y otro tipo de lenguaje desde Madrid?

Es evidente. El independentismo no es una enfermedad, es una preferencia política y, por lo tanto, sensible a las circunstancias en las que se desarrolla. Es indudable que si el Estado español ofreciera una alternativa más atractiva que el actual statu quo sería relativamente fácil desactivar a los menos incondicionales, a los independentistas sobrevenidos que han reaccionado así ante la actuación del Estado, que a mi juicio ha estado dominada por la intransigencia y el cerrilismo. Conscientes del coste que tiene la independencia estarían dispuestos a aparcarla unos años o un tiempo indefinido. Recordemos que el statu quo actualmente consiste en la suspensión de la autonomía, 37 procesos judiciales abiertos, varios de sus líderes en la cárcel y otros fugados en Bélgica.

Además de una reforma de la Constitución, que no parece fácil con el PP, existen otras medidas que no requieren una reforma constitucional, pero desde el Gobierno central no hay una sola iniciativa que vaya más allá del no”.

Es una pregunta crucial por lo siguiente. Mucha gente piensa que es un problema de reglas, que tenemos un sistema constitucional que no ofrece espacio suficiente a las reivindicaciones nacionalistas de Cataluña. Esto no es necesariamente así. El principal problema de la democracia española no está en sus instituciones sino en cómo ejercemos la democracia en el día a día, y ahí hay una responsabilidad muy grande, no solo el gobierno sino también del Tribunal Constitucional, de los tribunales de justicia, de los grandes medios de comunicación, y de buena parte de la sociedad civil. En la Constitución cabe mucho más de lo que imaginamos. El problema es que se ha impuesto una interpretación estrecha del problema nacional. La clave del desbloqueo en Canadá fue que su Tribunal Constitucional dijo que la Constitución no era solo unas reglas escritas, era el texto y los principios que subyacen y le dan sentido. Entre esos principios cruciales están el de legalidad y el democrático. El Tribunal dijo que había que conciliarlos. Esto se podría hacer en España con la Constitución que tenemos. Nuestras élites políticas, intelectuales y jurídicas siguen empeñadas en sobreponer el principio constitucional al principio democrático sin permitir un espacio de compromiso entre ambos. No es un problema de reforma constitucional, que no la va a haber porque la derecha la vetará. La cuestión es que no hemos sido capaces de proporcionar una lectura abierta de la Constitución que permita un ejercicio de la democracia más inclusivo. Ese es el drama de la democracia española.

Da la sensación de que la democracia ha ido menguando en estos 40 años.

Sí, ha ido menguando. Bastaría con regresar al espíritu pactista de la Transición para desactivar la crisis catalana. Desde los años 90 hasta aquí —esto sería una historia interesante de reconstruir— hemos ido retrocediendo. Hoy tenemos un sistema más estrecho y cerrado del que teníamos a finales de los 70.

¿Ha participado la izquierda en ese retroceso?

Hasta cierto punto, la izquierda ha sido seguidista del neoespañolismo impuesto por el PP en los años 90. No ha sabido crear un discurso alternativo. El origen está en la estrategia política que propuso Aznar que se basaba en una defensa orgullosa de la nación española como orden democrático abierto integrado en Europa frente a los llamados nacionalismos periféricos, que a su entender son sociedades cerradas, excluyentes, supremacistas y todos los adjetivos ominosos que uno quiera poner. Según esa lógica, solo defendiendo a la nación española se pueden combatir las amenazas a la democracia que proceden de la anti-España. La izquierda no ha tenido un discurso propio, como se ha visto en la crisis catalana y como se vio mucho antes. No encuentra un marco conceptual en el cual se denuncie (o se defienda) el nacionalismo español en los mismos términos en los que se denuncian o defienden los nacionalismos periféricos. Hay un seguidismo en la crisis de otoño de 2017 cuando el PSOE no se atreve a poner condiciones por su apoyo al PP. Y en cuanto Podemos ve que la opinión pública no sigue sus ideas, adopta una posición discreta en la crisis catalana. Lo que ha quedado sin voz en esta crisis es la denuncia del nacionalismo español y sus excesos antidemocráticos. De los excesos del nacionalismo catalán hay toneladas de palabras escritas.

¿Ha perdido Pedro Sánchez gran parte del impulso que tenía después de su segunda elección como secretario general del PSOE? Podemos ha quedado atropellado. El gran triunfador es Ciudadanos.

No soy capaz de explicar bien la reorganización interna en el bloque de derechas. Puede que haya un impacto de la corrupción en el PP, que la acumulación de casos lo haya dejado como un partido insolvente ante los electores. La izquierda ha quedado en mala posición, pero ya venía de antes. Escribí en Infolibre un artículo en octubre de 2016 que se titulaba “Un nuevo desencanto”. En él anticipaba que era inevitable que la desunión entre PSOE y Podemos generara un desencanto en la izquierda, como el que produjo en los últimos años de la Transición. Los votantes progresistas se han ido desanimando vista la impotencia de izquierda para revertir la situación política y echar a Rajoy. Ese desánimo se acelera e intensifica en la crisis catalana.

Ciudadanos arrastra fama de estar inflado en las encuestas, pero en Cataluña las encuestas coincidieron con el resultado. No sé si es extrapolable a toda España. El CIS confirma que una parte significativa de votantes del PP se está pasando a Ciudadanos. Aunque no está claro cuál es su programa, tiene un discurso contundente contra la corrupción aunque en Cataluña es más duro que el del PP.

Esto puede sonar un poco provocador: la prioridad absoluta para España es desprenderse del Gobierno corrupto de Mariano Rajoy. Aunque pudiera reemplazarlo un partido que no me gusta demasiado, como Ciudadanos, me parecería positivo. Cualquier cosa que suponga echarlos del poder es positivo y saludable para la democracia española. Si la única alternancia posible pasa en estos momentos por Ciudadanos, pues mejor Ciudadanos que continuar con Rajoy.

¿Se puede aprender algo del proceso político en el País Vasco?

La experiencia vasca después del plan Ibarretxe es lo que le da mucha confianza al Gobierno central de poder superar la crisis catalana. En los momentos malos en los que ETA asesinaba a representantes políticos se produjo la ofensiva soberanista del PNV, que llega a su máximo en el 2004-2005. Se desactiva rápidamente sin necesidad de una crisis interna en el PNV. El gobierno de Rajoy cree que en el caso catalán puede suceder algo similar, aunque tardará tiempo. Una vez que los independentistas catalanes abandonen la tentación unilateralista, el movimiento no podrá mantener la cohesión y se romperá, evolucionará, como sucedió en el País Vasco, hacia un autonomismo reivindicativo exigente, pero dentro de la Constitución.

¿Se puede decir que lo que estamos viviendo no es tanto un problema catalán, sino la consecuencia de un problema español, de que es España lo que está mal diseñado?

El error más frecuente en la crisis constitucional catalana es que casi todos hablan como si lo que hicieran los líderes catalanes no tuviera relación con lo que hace el Gobierno de Madrid, como si el Gobierno de Rajoy, por el hecho de sentarse a esperar, no tuviera una responsabilidad. No es un problema solo de Cataluña ni solo de España, es un problema de ambos, de cómo encajan y respetan el principio democrático. En España no hay una actitud suficientemente respetuosa hacia las demandas de independencia, que en Cataluña son numerosas, fuertes y constantes en el tiempo, pero tampoco los independentistas catalanes han mostrado mucho respeto por el principio democrático y han intentado avanzar por la vía unilateral teniendo menos de la mitad del apoyo de la población. Hasta que las dos partes no se comprometan a actuar con pleno respeto a lo que son las reglas y los principios filosóficos de la democracia, el conflicto se enconará y se desarrollará por vías judiciales y de desobediencia institucional. Lo que hace falta es que las dos partes asuman cuál es la forma democrática de comportarse cuando el sujeto político está en cuestión. España no reconoce que en Cataluña el sujeto político, que se llama “el demos”, está cuestionado. Y los independentistas catalanes no aceptan que Cataluña está dividida en dos mitades más o menos parecidas.

La educación es uno de los fracasos en estos 40 años. No hemos sido capaces de crear un sistema educativo eficaz y estable. Pero tampoco hemos sabido educarnos en la tolerancia y en el respeto a la diferencia.

Ahí hay un déficit importante de la democracia española. Robert Fishman lleva tiempo insistiendo en que nuestra democracia es poco inclusiva. Pero volviendo a lo que decíamos antes, que había más tolerancia política en la época de la Transición y en los primeros años de democracia que ahora. ¿Por qué hemos retrocedido tanto? La respuesta ha de ser especulativa, porque no contamos con una respuesta científica. Una respuesta posible podría ser que ha sido la reactivación del nacionalismo español a partir de los primeros gobiernos de Aznar lo que ha desbaratado el clima de tolerancia política que hubo en España tras la muerte de Franco y que se mantuvo en buena medida durante casi toda la etapa de Felipe González.

¿Es imposible de recuperar con este Gobierno?

Es muy difícil, porque la intolerancia va más allá del Gobierno; se encuentra en los jueces, en el Tribunal Constitucional, en los medios de comunicación. La propia sociedad civil ha perdido tolerancia. No son edificantes las actitudes que hemos visto en estos meses con respecto a lo que estaba sucediendo en Cataluña. También hemos visto episodios poco edificantes en Cataluña. Debemos plantearnos por qué hemos perdido nervio democrático en estos años.

¿Qué culpa tienen los medios de comunicación?

Los medios de comunicación han tenido en la crisis catalana una actuación lamentable, ha sido un periodismo de trinchera, beligerante y destinado a introducir tensión y polarización entre Cataluña y España. Me parece horrible que se haya extendido la expresión “golpe de Estado” para referirse a lo que es una crisis constitucional. En los medios catalanes también ha habido toda clase de excesos. Me parece injustificable que en los medios catalanes pudiera leerse que España es un sistema autoritario o neofranquista. Ni ha sido un golpe de Estado la crisis constitucional catalana ni España es un sistema autoritario, hay déficit democrático en ambas partes. Ahí los grandes medios de comunicación no han estado a la altura. En España se ha estrechado mucho el espectro ideológico. El País es indistinguible en el tratamiento del asunto catalán de ABC o El Mundo. Si hiciéramos un test ciego de titulares y le dijéramos al ciudadano, “tienes que adivinar a qué medio corresponde”, no sería capaz de saber si es de El País, El Mundo o ABC. Entre los nuevos medios de comunicación, están Eldiario.es, Infolibre, Público , CTXT y otros pequeños que no tienen masa crítica suficiente para corregir las inercias que se han creado con la crisis catalana, y que son muy poderosas.

¿Y los intelectuales?

De los intelectuales ya he hablado bastante en otras ocasiones. Ver a intelectuales catalanes hablar del nacionalismo catalán como si fuera un fenómeno nazi, o del “supremacismo catalán”, dado por supuesto que el nacionalismo es incompatible con la democracia, resulta penoso.  He recopilado una larga serie de textos de intelectuales en estos meses que muestran que no están actuando como intelectuales sino como tertulianos políticos. De nuevo, si hiciéramos un test ciego, no sería fácil distinguir lo que escribe Federico Jiménez Losantos en El Mundo y de lo que dice Félix de Azúa en El País, por poner un ejemplo.

Uno de los problemas estructurales que tenemos, y que va más allá del franquismo, es la incapacidad de saber pensar fuera del marco. Más aún en el caso de Mariano Rajoy y Soraya de Santamaría que son opositores. Aprenden un temario y todo lo que no esté en él no existe. Su temario actual es la Constitución.

Antes hablamos de la falta de tolerancia. En España también hay un legalismo asfixiante en la práctica democrática. Se retrotrae a la ley para la Reforma Política de 1976 redactada por Adolfo Suárez, que presidía un gobierno franquista. En ella se equipara la democracia con el respeto a la ley, y así se mantiene hasta hoy. Es evidente que el respeto a la ley es fundamental en todo el sistema democrático, pero la democracia es mucho más que el respeto a la ley, la democracia es un principio de igualdad política y de autogobierno colectivo. La ley puede entrar en conflicto con los ideales democráticos, y ahí es donde necesitamos salir del marco y pensar en términos más amplios qué tipo de democracia queremos tener. La presión que hace la derecha nacionalista en España para entender la democracia como respeto a la ley, arrastra y atemoriza a los demás partidos. Cuando el Parlamento catalán fue en 2014 al Parlamento español para pedir que se le delegara la competencia de celebrar una consulta, las respuestas de Rajoy, Rubalcaba y Rosa Díez fueron idénticas: ‘La democracia es el respeto a la ley, la Constitución no admite una consulta en Cataluña, por lo tanto, ustedes vuélvanse por donde han venido porque no hay nada que hablar al respecto’.

Casi nadie piensa en una solución creativa, por ejemplo, una reforma de reparto fiscal.

Hay muchas cosas que se podrían hacer dentro de la Constitución. Lo que podríamos llamar el establisment o las élites españolas se han ido cerrando a medida que se profundizaba la crisis porque veían que había la posibilidad de cambio. Han generado una dinámica de ensimismamiento en la cual cualquiera que no comparta sus premisas deja de ser “uno de los nuestros”, queda excluido como “podemita”, “independentista”, insurreccional o provocador. Es muy difícil establecer diálogo con un establisment que es extraordinariamente cerrado, que no reacciona ante las demandas que vienen de la sociedad. Esto se vio con los desahucios. Hasta que no hubo una marea popular y el asunto se les vino encima, no quisieron reconocer que el problema de los desahucios existía en España.

Gran parte de esa élite económica ha salido en los distintos sumarios de la corrupción. Están vinculados al poder político. Lo que está en juego es un negocio.

En el informe sobre la democracia española, que publica anualmente la Fundación Alternativa, hay una encuesta que se realiza a expertos con 57 preguntas sobre lo que funciona bien y lo que funciona mal en nuestra democracia. Obviamente suspendemos en corrupción, pero aparte de eso, el suspenso se produce en aquellas preguntas en las que se le pide al experto que indique hasta qué punto las élites políticas son permeables a las demandas ciudadanas. Ahí es donde suspendemos año tras año. Hay una especie de ensimismamiento que aísla a la élite de las demandas populares y es lo que hace que la democracia española funcione mal, y eso no depende de la Constitución ni se cambia con una reforma, sino que depende del ejercicio de la democracia en el día a día. Ahí es donde tenemos un déficit enorme. También suspendemos en pluralidad en los medios de comunicación. Son las tres asignaturas pendientes de la democracia española y no tiene visos de resolverse a corto plazo.

Por qué tanto miedo de esa élite a Podemos si su programa económico es el del PSOE en 1979.

Hay que decir que Podemos se ha buscado sus desgracias cuando generó expectativas enormes de cambio en la sociedad española en 2015 y 2016. La gente tenía necesidad de saber que su voto valía para algo, pero Podemos puso trabas a un acuerdo con el PSOE; este las puso también, por supuesto. Cuando la izquierda se queda como una opción testimonial, que no sirve para desalojar al gobierno corrupto del PP, pese a que tenía los números para ello, la gente se retrae. Podemos ha tenido impacto en los municipios e indirectamente en las autonomías, pero tuvo la posibilidad de desalojar a Rajoy y no la aprovechó. No fue responsabilidad única de Podemos, también del PSOE. De ahí procede el desgaste paulatino de la izquierda que se ha acelerado en la crisis catalana.

Tras las elecciones de diciembre de 2015 se perdió la oportunidad de un Gobierno formado o apoyado por PSOE, Podemos y Ciudadanos. En algún momento pareció posible, un Gobierno de regeneración. Había un sector de Podemos que estaba a favor de la abstención. Era una situación ganadora, estar de alguna manera en el gobierno y en la oposición. Y al final Podemos se decidió por el no”. ¿Ha sido su mayor error?

Ese ha sido el mayor error de Podemos. Sobrestimó sus fuerzas, pensó que iba a seguir creciendo y se permitió el lujo de unas segundas elecciones que no salieron como esperaban. De ahí viene el desgaste que observamos mes a mes y que no tiene porqué ser irreversible. Se puede corregir, pero lo tiene difícil porque mucha gente piensa que si no sirvió para cambiar el gobierno, para qué votarle ahora. Los más ideologizados van a seguir votando Podemos, pero para aquellos que estaban indignados por las injusticias de la crisis, jóvenes que nunca habían votado antes y que tenían una relación por construir con la política, ha supuesto una decepción. Desde la primavera de 2015 empecé a decir que Podemos y PSOE tenían que llegar a un entendimiento porque la situación pestilente del gobierno, desde el punto de vista democrático, requería una intervención urgente.

Antes de aquellas elecciones de diciembre de 2015 había buen rollo entre Albert Rivera y Pablo Iglesias. Se vio en la entrevista que les hizo Jordi Évole. Parecían dos jóvenes que venían a regenerar España, uno desde la derecha y el desde otro la izquierda.

Me acuerdo de aquella entrevista. Évole les preguntó por políticas concretas; ahí es más fácil estar de acuerdo. En cuanto vas a asuntos en los que operan a los principios ideológicos, se rompen las vías del entendimiento. Aquel buen rollo fue un espejismo porque Podemos y Ciudadanos están destinados a no entenderse.

Ahora tenemos un Podemos con problemas, un PSOE con problemas, un PP que cree que no los tiene y un Ciudadanos que se siente el rey del mambo.

Podemos y los partidos nacionalistas catalanes han ofrecido al PSOE un cheque en blanco para gobernar. Si el PSOE presenta una moción de censura, Podemos, Esquerra y la antigua Convergència i Unió votarán a favor de Sánchez a cambio de nada. Ya no está el referéndum sobre la mesa. La respuesta del PSOE ha sido de un cierto nerviosismo porque coloca a Pedro Sánchez en una tesitura delicada; por una parte dice que quiere llegar a pactos de Estado con el PP, pero por otro lado prometió a sus bases que la prioridad iba a ser desalojar a Rajoy del Gobierno.

¿Ha perdido Sánchez en la crisis catalana el impulso que le dio su elección a través de las bases?

Es demasiado pronto para saberlo. No comparto la reacción del PSOE en la crisis catalana, pero la entiendo porque su opinión pública, sus votantes, su electorado, no estaba por la labor de hacer de oposición al gobierno en la crisis catalana. Los líderes del PSOE se han dejado llevar por lo que indicaban las encuestas. La crisis catalana, con todo, no va a durar siempre. De lo que se trata ahora es de que intenten retomar las promesas iniciales. Algunas de las propuestas que están realizando son un poco extrañas, como la del impuesto a la banca para financiar las pensiones. Está bien que tenga ideas para reforzar el sistema de pensiones, pero su prioridad deberían ser los jóvenes, que es donde tiene un agujero enorme. La de perdonar las tasas universitarias a los estudiantes de primer año es una medida poco redistributiva, lo es mucho más poner el énfasis en la educación infantil y la de 0-3 años. Son medidas erráticas donde no hay un mensaje claro que indique por dónde quiere ir el partido.

Podemos han sido muy buenos leyendo la realidad, pero no tanto en articular propuestas.

Claro, ese es el principal déficit que tiene. Vengo insistiendo desde primavera del 2015 en que Podemos y PSOE son complementarios. Podemos ve con mucha más claridad que el PSOE cuáles son los problemas, por dónde van las nuevas tendencias, qué demandan los jóvenes, pero sigue siendo flojo en políticas concretas, en qué hacer con el poder si alguna vez lo llega a tener. El PSOE tiene una experiencia de gobierno enorme, muchísimos cuadros técnicos muy valiosos, pero parece haber perdido contacto con la realidad. La unión entre ambos les permitiría superar sus déficits, permitiría a Podemos resultar un partido más atractivo en cuanto a las políticas a realizar, y al PSOE lo haría más fresco. Pero no parece que esa sea la vía a la que nos dirigimos, cada uno de los partidos sigue bastante enrocado y sangrando por su propia herida. En el caso del PSOE porque sigue sin conectar con las clases emergentes urbanas y en el caso de Podemos, porque hay muchos votantes no especialmente ideologizados que pueden pensar que Podemos tiene razón en sus denuncias pero que es muy difícil saber qué van a hacer si llegan al poder. Los fundadores y dirigentes de Podemos son muy buenos en todo lo que es la estrategia política, pero nunca han sido tan buenos en el dominio de las políticas públicas (especialmente las económicas), y no han hecho mucho por cubrir ese flanco.

Los últimos casos judiciales parecen demostrar que no tenemos clara la división de poderes.

Cuando a nuestros políticos se les llena la boca con la división de poderes entre el judicial y el ejecutivo hay que recordar lo que dicen los estudios al respecto. Los Consejos del Poder Judicial de los países de la Unión Europea han realizado un estudio, que se repite cada varios años, en el que se entrevista a una muestra representativa de jueces en cada país. Se les pregunta por la forma en la que se protege la independencia judicial, si se respeta el reparto natural de los casos, si van al juez natural o se desvirtúa el proceso, si existen presiones políticas. Si tomamos los 15 países de Europa Occidental, España es el peor en todos los indicadores. No he visto que  ningún medio de comunicación español hable de ello ni que los partidos intenten sacarlo en el debate político. Es un dato muy preocupante. Tenemos los peores resultados en separación de poderes e independencia del poder judicial en Europa Occidental. Si vamos a Bulgaria la situación es aún peor, pero si consideramos que España es un país de Europa Occidental, somos el peor por detrás de Italia, Grecia, Portugal. Y esto es algo que debería ser motivo de reflexión, sobre todo por el tono solemne con el que seguimos hablando de la división de poderes.

Esa separación clara de poderes está en la Constitución que tanto se defiende.

Como ideal está muy bien, pero hay que ejercerlo. Tenemos unos niveles de impunidad en el sistema judicial que son terribles. No entiendo que no haya un gran escándalo en la sociedad española por las decisiones del Tribunal Supremo. Lo que está haciendo va más allá de cualquier consideración jurídica, no soy jurista y no puedo entrar en cuestiones de técnica jurídica, pero el uso cautelar de las encarcelaciones y los criterios para continuar con ellas, así como la Causa General que está construyendo con el delito de rebelión, que es un delito ficticio, porque no ha habido violencia en el procés, debería haber sido motivo de movilización de la sociedad española alarmada por involución judicial. Pero hay una especie de calma o indiferencia que se solo explica por la exaltación que ha habido del nacionalismo español.

Los independentistas hablan de presos políticos. No ayuda a discutir el término que el juez Llanera vincule la cárcel con las ideas de los encausados. 

La expresión “presos políticos” es muy controvertida, pero es evidente que las fundamentaciones jurídicas de los autos judiciales que estamos viendo estos meses son políticas. En algunos autos del juez Llarena aparece criminalizada la movilización popular en la medida en que pueda desembocar en acciones no previstas de violencia o por formar parte de un plan más general para conseguir la ruptura del orden constitucional. Los jueces del Supremo incluso han responsabilizado a los líderes del independentismo catalán por la represión policial del 1 de octubre: ‘Si ustedes no hubieran lanzado a la ciudadanía las urnas, jamás habría habido cargas policiales, por lo tanto, ustedes han generado violencia y esa violencia es la que cuenta como fundamento para acusarles a ustedes de rebelión’. Eso es una monstruosidad política, jurídica y democrática se mire como se mire.

El partido que se ha erigido como defensor de la legalidad no está siendo especialmente cumplidor en los casos de corrupción que le afectan.

Antes mencionaba los datos de las encuestas que les han hecho a jueces de todo Europa y que España queda en la peor posición, pero también hay encuestas que se hacen a los propios ciudadanos sobre percepción de la independencia de la justicia. En el Eurobarómetro, España es, de nuevo, el peor país de Europa Occidental, según la opinión pública. Cuando en esta oleada de nacionalismo español salen los políticos a proclamar que España es una democracia consolidada abierta y constitucional frente a las amenazas que proceden del independentismo catalán, hay que parar un momento y mirar qué tipo de democracia es esa que estamos defendiendo. Porque es una democracia que, por desgracia, está en una fase de retroceso. Desde la sociedad civil tenemos que poner freno a eso porque corremos el riesgo de que nuestra democracia baje muchos escalones.

La sociedad civil no existe.

Existe, pero es débil. El problema está en que esta oleada de nacionalismo español desactiva muchas actitudes críticas que antes se podían escuchar.

¿Ha funcionado mejor el sistema en Cataluña antes de la voladura del Estatut?

No creo que la democracia en Cataluña funcione mejor que en el resto de España. Han salido escándalos de corrupción terribles. La Administración catalana está metida en el cobro de comisiones igual que la española. Eso está bien acreditado. Por otro lado, lo que había sido hasta el año 2015 un movimiento irreprochable, desde el punto de vista democrático, el Procés catalán se acelera a partir de 2015 sin tener la mayoría suficiente. Cometen errores de una magnitud parecida a los del resto de España. No tiene mucho de lo que enorgullecerse como para decir que es una democracia mejor que la del resto de España.

¿Dónde está la izquierda y cuál debería ser su discurso?

Tampoco quisiera contribuir al estado de autoflagelación constante. La izquierda está siempre condenándose a sí misma y acusándose de sus propios fracasos. Pero lo tiene muy difícil en términos objetivos si uno mira la distribución del poder en las sociedades actuales, las restricciones que tiene el poder representativo frente a los grandes poderes económicos. Y si uno contempla el lío en el que nos hemos metido con la Unión Monetaria, y en general, con la integración europea, que no está funcionando como esperaba la izquierda socialdemócrata (¿qué queda de la llamada “Europa social”?), pues, las opciones son escasas. Con discursos puedes activar ciertos segmentos de la población, pero no alterar el actual equilibrio de poder. Esperábamos que la crisis iba a resquebrajar los grandes poderes económicos, pero ha sido al revés, los ha reforzado. La izquierda ha quedado en una posición desfavorable en casi todas las partes.

Ese desencanto con el sistema que en otros países fomenta la extrema derecha, en España se ha canalizado hacia Podemos, que está jugando dentro de las instituciones. Se puede decir que tenemos suerte.

Desde luego. Hay algo que va más allá de Podemos y es que España es el país europeo en el que la inmigración ha crecido más rápido: ha pasado del 2% al 12% en un periodo breve, en poco más de una década, cuando este proceso en otros países ha sido mucho más largo. En España no ha habido grandes conflictos en torno a la inmigración. Así como España es intolerante en la cuestión nacional, no lo es con respecto a la presencia de inmigrantes.

Y muy solidario. Cuando se ha pedido dinero para una catástrofe somos de los que damos más dinero.

Es un país solidario, sí, cuando hay necesidades concretas, pero luego es un país con un fraude fiscal enorme. Y el fraude fiscal es un indicador de insolidaridad.

Debajo de esa élite política hay una sociedad que es mejor de lo que parece.

La sociedad española, comparada con las demás europeas, es una de las más favorables a la redistribución y la igualdad. Otra cosa es que España sea un país desigual pero la ciudadanía querría políticas más retributivas y más igualitarias incluso dentro del electorado del PP. Lo cual nos retrotrae a lo que es el problema principal de la democracia española. que las élites políticas no son permeables a lo que quiere la ciudadanía y las demandas que vienen desde abajo quedan bloqueadas y obturadas, no llegan hasta arriba. Así es como funciona la práctica de nuestra democracia.

 

 

Sebastián LAVEZZOLO, “Cuatro apuntes para discutir sobre la reforma del sistema electoral” a Piedras de Papel (12-02-18)

http://www.eldiario.es/piedrasdepapel/apuntes-discutir-reforma-sistema-electoral_6_739536060.html

Se ha vuelto a abrir el melón de la reforma del sistema electoral. Un melón tan importante y de tanto peso que por ser tan importante y tener tanto peso se ha cerrado siempre con premura y entre paños para conservarlo con cuidado. Las demandas de cambio en el pasado se han quedado en el camino… pero puede que esta vez el desenlace sea diferente.

Hoy, desde una posición más aventajada, dos partidos “pequeños”, Podemos y Ciudadanos, intentarán forzar una reforma del sistema electoral. Utilizo el verbo forzar sin malicia, pues tendrán que hacer palanca para que el PSOE se convenza así mismo de que las pérdidas de este negocio son menores que las ganancias. Esto podría pasar si la disminución de su fuerza en escaños en términos relativos se compensase con una nueva posición que le permita tener un papel central y duradero (lejos del sorpasso) a la hora de formar gobiernos en un nuevo tiempo político sin mayorías absolutas (ahí es nada); o, dejando a un lado el mundo carnal, con argumentos normativos en pro de la proporcionalidad y la representatividad en donde los beneficios del cambio se pagasen con una pátina de brillo justiciero. Algo que, dicho sea de paso, no va nada mal para los partidos que llevan el sambenito de “tradicionales”.

En lo que sigue presentaré cuatro apuntes que, creo, no deberían estar ausentes en la discusión pública sobre esta cuestión. Puede que resulten obvios para muchos, pero que si lo son al menos sirvan para que un ciudadano bien informado no olvide demandarlos en una tertulia improvisada entre compañeros de trabajo, en una discusión con amigos, ante la lectura de un artículo de prensa o ante un político en busca de devotos. Que sirvan para afilar la mirada crítica en el debate que ahora se abre. Aquí van:

1. Mejorar la proporcionalidad. ¿A cambio de qué?

Cualquiera que se asome al estudio de la política comparada descubrirá que, en casi cualquier aspecto del diseño institucional de un país, el legislador se enfrenta a dilemas no siempre de fácil solución. En lo que se refiere al sistema electoral veríamos que, en el plano teórico, mejorar la proporcionalidad, y por tanto la representatividad de las preferencias políticas expresadas en las urnas, tiene como contrapartida, como mínimo, tres cosas importantes. Primero la fragmentación partidista consecuente podría generar situaciones de ingobernabilidad con más frecuencia de la deseada, es decir, situaciones en las que la formación del gobierno sea más difícil, el bloqueo de la legislatura más habitual y los gobiernos menos estables. Aunque esto último no es estrictamente lo que nos indican los datos para los gobiernos de coalición en general, sí lo es para los gobiernos en minoría o de coalición minoritaria, también fruto de la fragmentación.

En segundo lugar, los gobiernos de coalición que esperaríamos se formasen como consecuencia del nuevo sistema multipartidista conllevan como contrapartida a la mejora de representatividad la dificultad de identificar con claridad quién es responsable de qué a la hora de evaluar la gestión del gobierno. ¿Debería premiar o castigar a un gobierno encabezado por un partido de izquierdas por no haber subido los impuestos a los más ricos si éste dependía de un partido liberal para permanecer en el gobierno? Esto implica una disminución de la capacidad de control por parte de los ciudadanos.

Por último, y asociado a lo anterior, debe tenerse en cuenta que la política multipartidista puede también tener como contrapartida, al menos en el corto plazo, una decepción de las expectativas de los votantes en cuanto a su capacidad de determinar las políticas llevadas a cabo por el ejecutivo. Como se argumentaba más arriba, dada la necesidad de mantener determinados equilibrios, lo que promete un partido en campaña puede acabar condicionado por los acuerdos para formar gobierno y permanecer en el poder. A la hora de discutir sobre la reforma, pues, tendremos que ser conscientes que votar al partido A porque defiende la política A pueda acabar en un gobierno de A implementado la política B. En el largo plazo, acostumbrados a un mundo post-bipartidista y de mayorías absolutas, puede que esta pena se disipe.

2. Las instituciones condicionan el comportamiento, amigo.

En aras de aventurar cuáles serían las consecuencia de cualquier tipo de reforma se suele cometer un error menor, pero error al fin. Éste consiste en predecir cómo sería el comportamiento de los votantes con un nuevo sistema electoral sin tener en cuenta que un nuevo sistema electoral condicionaría el propio comportamiento de los votantes. Es decir, sin entender que las instituciones, las reglas de juego, influyen en el comportamiento de los actores.

Recordemos que nos hemos pasado años criticando o alabando, según los gustos, el “voto útil” incentivado por las reglas actuales. Cuántos gritos en el cielo se habrán puesto por cada papeleta que en realidad representaba una segunda mejor opción y no a un “voto sincero”. Sería de locos, pues, que analizando hoy los posibles efectos de una reforma más proporcional olvidemos que –¡ay!– nos desharíamos en parte del voto útil. ¿Recibirían más votos los “partidos pequeños”? Yo digo sí. Por otro lado, cabe destacar que las instituciones no solo condicionan el comportamiento de los votantes, sino también el de los partidos. Un sistema electoral con efectos más proporcionales podría desincentivar la coordinación de plataformas electorales como la de Unidos Podemos. A fin de cuentas, si el argumento de los votos perdidos pasase a la historia ¿de qué serviría diluir la independencia organizativa y política de una formación en una sopa de siglas?

3. ¡Vivan los grises!

Para desgracia del tertuliano medio, difícilmente podamos simplificar a los sistemas electorales entre buenos y malos. Dentro de la categoría conviven un buen número de piezas (fórmula electoral, tamaño de circunscripción, umbral de exclusión, etc.) que, según los diferentes tipos de combinaciones, generan un tipo u otro de sesgos a la hora de transformar voto en escaños, así como de incentivos para regular la vida interna de los partidos. Como señalaba Pablo Simón en un reciente artículo, el sistema electoral español es en este sentido una obra de orfebrería. Por eso, en la discusión pública no sería del todo honesto buscar posiciones rotundas a favor o en contra del cambio, sino más bien de grises, pues el retoque de unos u otros elementos, sin ser un cambio absoluto, podría ayudar a conseguir algunos objetivos que generan menos conflicto que los asociados al mero reparto de escaños. Un buen ejemplo podría ser el de acabar con las listas cerradas y bloqueadas o “listas sábana” como gusta decir en América Latina.

4. El consenso o las dos caras de Jano.

El papel del consenso en la reforma de los sistemas electorales podría ser representado por las dos caras del Dios Jano. Dos caras de perfil que miran hacia lados opuestos. El consenso mira al pasado salvaguardando los equilibrios que dan estabilidad institucional al sistema, a la vez que mira al futuro intentando atender a las nuevas demandas de cambio. Quedarse con una es hacer trampa.

Cuando nos adentramos en una discusión sobre reformas institucionales, como la que nos ocupa, no es deseable minusvalorar sin más el papel del consenso, en tanto y en cuanto las instituciones están para producir cierta estabilidad respecto a la reglas de juego y por tanto para producir expectativas sobre al comportamiento de los actores sin altos niveles de incertidumbre. Sin sobresaltos. Que las reglas, carentes de consenso, estén sujetas a vaivenes, pactos in extremis o a cómo salen los restos en tal o cual circunscripción no puede ser bueno. Del mismo modo que no puede serlo el bloqueo absoluto invocando el vanagloriado consenso anterior (en nuestro caso, el de la Transición).

Si tenemos certezas de que la sociedad ha evolucionado y que existe una demanda de cambio político que se expresa de manera contundente y reiterada, aunque no sea mayoritaria, es deseable atenderla (cualquier paralelismo de esta frase con el conflicto catalán no es mera coincidencia). Como se señalaba antes, para el caso del sistema electoral es posible implementar cambios parciales, graduales, que mejorarían ciertos aspectos del sistema de representación contando con el consenso, ahora sí, de una mayoría social. ¿Estaría dispuesto alguno de los partidos a negar que existe un nuevo consenso para mejorar la proporcionalidad del sistema actual? ¿Sería capaz de negar que los consensos construidos en el pasado se han auto-reforzado por los resultados que ha generado el propio sistema electoral, y que por tanto no sería descabellado que un nuevo consenso, aunque forjado sobre mimbres menos sólidos que los de la Transición, pudiese generar en el medio plazo una estabilidad similar? Es lógico que cada uno defienda lo suyo. Pero no lo es vendar los ojos a unas de las caras de Jano y pretender que aquí no pasa nada.

 

 

Santiago MUÑOZ MACHADO, “Anomia catalana” a La Vanguardia (10-02-18)

http://www.lavanguardia.com/opinion/20180210/44652016033/anomia-catalana.html

Los juristas llamamos anomia a la ausencia de ley. Los médicos denominan de esta manera a un trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre. Los psicólogos y sociólogos consideran que anomia es el conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación. La anomia catalana se compone de todos estos ingredientes.

Pongo por delante de todos sus demás síntomas el trastorno del lenguaje. Hace falta poner mucha atención y esfuerzo para comprender algunos discursos de los más arriscados líderes independentistas: enlazan palabras de significado equivocado en una retahíla de sintagmas dichos de un tirón y con vigor suficiente como para dejar estupefacto al interlocutor o inerme al entrevistador, si la salmodia se produce en programas audiovisuales. El atónito oyente o espectador oye palabras políticas esenciales como soberanía, democracia, derecho a decidir, libertad, golpe de Estado, justicia, ley, constitución u otras atribuyéndoseles un significado que no tienen. Cada uno de estos vocablos ha sido objeto de un largo proceso de depuración en todos los estados de Derecho hasta integrarse en su cultura y lenguaje jurídicos con una significación muy precisa. Pero el soberanismo catalán los ha reinventado, sin más autoridad ni fundamento que el desnudo arbitrio personal o grupal.

La consecuencia es que, siendo las palabras esenciales para la comunicación, no nos entendemos. No podemos alcanzar acuerdos con nuestro interlocutor porque ninguna de las partes sabe de qué habla el otro. Por ejemplo, la palabra democracia no significa que una parte del pueblo pueda derribar la Constitución del Estado en que está integrado; un golpe de Estado lo da quien trata de apoderarse de las instituciones al margen de cualquier procedimiento legal, aunque no medie violencia, no quien aplica previsiones legales o constitucionales, etcétera.

De esta clase de anomia se pasa con facilidad a la otra que consiste en la falta de normas sociales o su degradación. En la sociedad catalana, lamentablemente, se ha degradado la convivencia. El discurso del odio ha hecho acto de presencia y unos ciudadanos reprueban a otros sólo por su manera de pensar, los intimidan, señalan o insultan. Una minoría se cree con poder soberano suficiente para decidir el futuro de Catalunya en su conjunto y, por conexión, de España. Y los demás se defienden como pueden en un ambiente enrarecido que, según las crónicas, se ha apoderado, como el humo de un incendio, de las familias, las empresas y las instituciones.

Todo es muy preocupante, pero me parece que lo es en grado sumo la ausencia de leyes. No hay leyes en Catalunya para responder a sus principales problemas. Lo diré mejor: si las hay se incumplen o se inventan otras alternativas de manera súbita. La poco meditada afirmación de que los tiempos de la autonomía pertenecen ya a la historia justifica el total desafecto por la Constitución y el Estatut, cuya aplicación habría dejado de ser una obligación de los poderes públicos para convertirse en una decisión de conveniencia. Las leyes que elabora el Parlament no tienen límites insuperables y pueden dictarse contraviniendo lo establecido en aquellas otras superiores. Si corrige los excesos el Tribunal Constitucional, tampoco ocurre nada porque, al no concederse valor alguno a la Constitución en el territorio insurgente, tampoco hay que atribuírselo a su máximo intérprete. Y así tantas otras actuaciones de cada día rematadas con piruetas finales de asombroso virtuosismo, como la idea del doble gobierno: uno de la república catalana en el exilio y otro integrado en el Estado del Reino de España en el interior. Con un presidente, jefe del primero, que, a falta de conseguir la independencia del territorio que lo eligió como parlamentario, ha acordado independizarse en persona. Ay, querida Catalunya, sometida ahora al pitorreo de tantos pueblos que te admiran.

Esta actitud política del soberanismo equivale, desde luego, a la ausencia de ley, porque las que se aprueban son efímeras, ocasionales, caprichosas, improcedentes o nulas, y generan tanta inseguridad que nadie puede programar con certeza su futuro personal, familiar o empresarial. De aquí los éxodos y autodestierros de estos últimos meses.

Quizá sea importante añadir que todos estos comportamientos de los máximos responsables del poder producen un imparable efecto demostración. Lo digo en el sentido con que usan los economistas esa locución. Otras organizaciones inferiores imitarán su comportamiento y tratarán de parecerse a ellos. ¿O es que no han empezado a notar que los grandes ayuntamientos también creen que pueden decidir en relación con asuntos sobre los que no tienen competencia, o desatender la legislación con sólo invocar los sacrosantos conceptos de democracia y participación?

No me extiendo a comentar las consecuencias de todo ello porque me parecen fáciles de establecer. Pero sí quiero dejar enunciada la conclusión: Catalunya, o los dirigentes políticos responsables de las tres clases de anomia que padece, tienen que poner en tratamiento urgente esas conductas. Hay que dialogar y negociar, pero nadie se querrá sentar al otro lado de la mesa mientras no se pueda emplear un lenguaje inteligible, se reduzca la tensión social inducida y se reponga la lealtad a las leyes. La responsabilidad de avanzar en la resolución de la anomia es de los gobernantes catalanes. Cuando superen esas graves afecciones, podrán culpar con más razón al Gobierno del Estado de su insoportable indolencia.

 

Javier PÉREZ ROYO, “Anomia catalana. Respondiendo a Santiago Muñoz Machado” a eldiario.es (14-02-18)

http://www.eldiario.es/zonacritica/Anatomia-Respondiendo-Santiago-Munoz-Machado_6_740236013.html

El pasado día 10, Santiago Muñoz Machado publicó en  La Vanguardia un artículo con el título Anomia catalana. En dicho artículo diagnostica que Catalunya padece una triple anomia: jurídica, que se traduce en la ausencia de ley, médica, que implica un trastorno del lenguaje y psicológica/sociológica, que comporta la carencia de normas sociales o su degradación. Tras el diagnóstico viene la atribución de responsabilidad: “…los dirigentes políticos (catalanes) responsables de las tres clases de anomia… tienen que poner en tratamiento urgente (a la misma) … pues la responsabilidad de avanzar en la resolución de la anomia es de los gobernantes catalanes”.

Faltaría a la verdad si dijera que me ha sorprendido el diagnóstico de la situación y la atribución de responsabilidad. El artículo es una síntesis de lo que Santiago Muñoz Machado viene escribiendo sobre Catalunya desde hace unos años.

Sí me ha sorprendido que no se haya interrogado sobre el porqué de la anomia catalana. Porque no hay nada en principio en la sociedad catalana que la empuje a caer en una situación anómica. Es una sociedad con un tejido social y económico muy sólido y muy dinámico, que ha sido capaz de integrar a una población inmigrante de muy diversa procedencia en una convivencia pacífica durante decenios. Dispone de algunas de las mejores Universidades del Estado y de hospitales de referencia. Barcelona es la sede de una parte muy importante de la industria cultural de España…

¿Por qué una sociedad rica, culta, dinámica… ha caído en una situación de anomia? ¿Se han vuelto locos de repente los ciudadanos catalanes hasta el punto de permitir que unos “gobernantes” los hayan conducido a despeñarse hacia la “ausencia de ley”, el “trastorno del lenguaje” y “la carencia y degradación de las normas sociales”?

Sobre el origen de la anomia y el porqué de la misma Santiago Muñoz Machado no dice una sola palabra. Parece como si considerara que esto es algo irrelevante, sobre lo que no es necesario detenerse. Hay anomia en Catalunya y punto final.

El interrogante se impone: ¿Es posible encontrar una solución para la anomia si no se sabe cuál es la causa de la misma? Catalunya ha estado ejerciendo el derecho a la autonomía desde 1980 en el marco previsto en la Constitución y en el Estatuto de Autonomía con absoluta normalidad. Renovó su voluntad de continuar ejerciendo dicho derecho a la autonomía reformando su Estatuto de Autonomía cumpliendo escrupulosamente con el procedimiento de reforma previsto en el propio Estatuto y en la Constitución, pactando la reforma con las Cortes Generales y sometiéndola a referéndum. Entre 2006, año de aprobación de la Reforma, y 2010, Catalunya continuó ejerciendo el derecho a la autonomía sin que se planteara ningún problema digno de mención ni en la convivencia en el interior de Catalunya, ni en la relación entre Catalunya y el Estado.

Tanto la convivencia en Catalunya como su relación con el Estado empiezan a deteriorarse en 2010, a partir del momento en que se hace pública la STC 31/2010. Hasta ese momento el bloque de la constitucionalidad, Constitución+Estatuto de Autonomía, contaba con una aceptación extraodinariamente mayoritaria de la población, en torno al 80%. Así había sido desde 1980 ininterrumpidamente, como la serie de estudios del CIS atestigua. Así continuaba siendo tras la Reforma de 2006, pues no se puede olvidar que fue aprobada por más del 90% de los parlamentarios catalanes y por casi el 80% de los ciudadanos en el referéndum.

Esta adhesión ciudadana al bloque de la constitucionalidad, a la fórmula de integración de Catalunya en el Estado desaparece con la STC 31/2010. A partir de ese momento, los ciudadanos de Catalunya, de acuerdo con los resultados de todos los estudios de opinión solventes, se manifiestan partidarios en torno al 80% en la convocatoria de un referéndum, para que los ciudadanos se pronuncien sobre su relación con el Estado. La STC 31/2010 provocó una transferencia casi exacta del porcentaje que apoyaba el bloque de la constitucionalidad al que apoya el referéndum.

De aquí viene lo que Santiago Muñoz Machado califica de anomia y yo vengo calificando de desorden. Catalunya se ha quedado sin Constitución Territorial, porque la Constitución Territorial era el Pacto entre el Parlament y las Cortes Generales y la STC 31/2010 desautorizó el Pacto y desconoció el resultado del Referéndum. El Estatuto tras la STC 31/2010 dejó de ser el Estatuto pactado por el Parlament y las Cortes y refrendado por los ciudadanos, para pasar a ser Estatuto impuesto a Catalunya por el PP a través del Tribunal Constitucional. Con esa norma no se puede ejercer un derecho que pueda calificarse de derecho a la autonomía.

Santiago Muñoz Machado conoció la dictadura del General Franco. Era catedrático de Universidad cuando murió el dictador y sabe, por tanto, perfectamente, que una Dictadura no necesita una Constitución. Pero sabe también perfectamente que una Democracia no puede vivir sin Constitución. La Constitución no resuelve ningún problema que se le plantea a cualquier persona en su vida en sociedad, pero sin ella no se resuelve ninguna. La Constitución en Democracia es la condición sine qua non para que cualquier problema que se plantee en la convivencia encuentre una respuesta política jurídicamente ordenada. Sin Constitución no puede haber orden en la convivencia en Democracia.

Y en Catalunya no hay Constitución desde 2010. La hay formalmente, pero no materialmente. Porque la Constitución es una norma que exige la adhesión ciudadana para que pueda surtir efectos. Es la única norma del ordenamiento jurídico de la Democracia que exige dicha adhesión ciudadana. La única. Sin ella, la Constitución es estéril.

Aquí, en la esterilidad de la Constitución, está el origen del desorden, de la repetición de elecciones, con resultados que bailan en todas las direcciones imaginables, de la descomposición de la coalición nacionalista, CiU, que había dirigido Catalunya desde 1984 y había contribuido incluso desde antes de esa fecha a la gobernabilidad del Estado, de las innumerables intervenciones del Tribunal Constitucional, de la convocatoria de un referéndum en 2014 y otro en 2017, de una reforma de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional que lo desnaturaliza en cuanto órgano constitucional, de la aplicación del artículo 155 CE, primera vez que se produce una suspensión de la Constitución desde 1978, de la convocatoria de elecciones y activación simultánea de querellas contra los nacionalistas que concurrían a las mismas…Y, por si faltaba algo, de la intervención del Rey desconociendo su posición como Monarca Parlamentario en nuestra Constitución.

Esta es la situación endiablada en que nos encontramos. Y la solución no está en las manos de los gobernantes catalanes exclusivamente, como pretende Santiago Muñoz Machado. O hay una solución pactada o no la hay. Ni para Catalunya ni para España.

 

Manuel ARIAS MALDONADO, “Female gaze” a Revista de Libros (17-01/24-01/ 3-02/7-02/14-02/2018)

https://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/female-gaze-i

https://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/female-gaze-ii

https://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/female-gaze-iii

https://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/female-gaze-iv

https://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/female-gaze-y-v

 

 

I (17-01-18)

Un ejército de mujeres vestidas de novia persigue sin tregua, ramo de flores en mano, a un hombre que huye despavorido por las calles de su ciudad: la memorable imagen pertenece a Siete ocasiones, comedia dirigida por Buster Keaton en 1925. Este novio a la fuga, interpretado por el propio Keaton, heredará una fortuna si se casa antes de que acabe el día, pues así lo dispone el testamento de su difunto abuelo. Ocurre que la negativa de su novia, que preferiría casarse por amor, lleva a su abogado a poner un anuncio en la prensa local y eso provoca una comparecencia masiva de candidatas. La delirante persecución que sigue es ajena a la voluntad del protagonista, que preferiría convencer a su amada y, de hecho, termina por lograrlo. Pero el caso es que Keaton pone en escena, a través de una insuperable sucesión de gags, una ácida representación de la compulsión nupcial que incluye la resistencia masculina a sentar la cabeza.

Una metáfora así no tendría, hoy, tanta fuerza. No porque hayamos dejado de casarnos, sino porque lo hacemos por distintas razones; la vocación matrimonial en ambos sexos tuvo mucho que ver durante siglos con una necesidad económica ahora atenuada. Y aunque el matrimonio es ‒gracias a su funcionalidad‒ una institución llamativamente resistente, lo cierto es que nos casamos menos, al tiempo que aumenta el número de personas que decide voluntariamente no tener hijos: hablar de «la emboscada de la paternidad», como hacía Gregorio Marañón, parece tener poco sentido cuando los ‒pocos‒ hijos se tienen tarde y de manera mucho más meditada. Que subsisten algunas viejas realidades, no obstante, lo demuestra el hecho de que también crece el número de varones que no tienen descendencia porque sus escasos recursos les hacen inelegibles. En cualquier caso, la transformación experimentada por esta milenaria institución es un buen ejemplo de la plasticidad de las normas sociales: casi nada es eterno.

Pues bien, lo que venimos preguntándonos desde hace algunos meses es si estamos asistiendo a la redefinición de las normas que han venido regulando tácitamente otro aspecto central de las relaciones entre hombres y mujeres, a saber, el que se refiere a sus relaciones sexuales. Desde que el magnate hollywoodense Harvey Weinstein fuera acusado de abuso, e incluso violación, por una larga lista de actrices, muchas de ellas ya consagradas en su profesión, las denuncias por acoso y conducta inapropiada se han multiplicado en el mundo del espectáculo, la empresa y la política. Hemos visto dimisiones de ministros y ceses de altos ejecutivos, la caída en desgracia del cómico Louis C.K. y el borrado de Kevin Spacey de una película parcialmente rodada. Las acusaciones van de la violación al exhibicionismo, pasando por el consumo de pornografía o las insinuaciones sexuales no bienvenidas. En ocasiones, se trata de hechos más o menos contemporáneos; en otras, de episodios que se remontan años o décadas atrás. Se publican cientos de artículos sobre el tema y se diría que las redes sociales no hablan de otra cosa. Ha surgido, también, una contrarreacción que alerta contra los excesos de esta oleada reivindicativa: el duelo de manifiestos en la prensa francesa atestigua inmejorablemente la tensión en el interior de la opinión pública. Pero, y esto merece ser enfatizado, no se trata de una opinión pública demarcada nacionalmente: medios y ciudadanos del mundo entero se han hecho eco, por ejemplo, de la controversia francesa. De manera que es razonable pensar que estamos ante la primera guerra cultural global. Ni que decir tiene que esa globalidad se ve facilitada extraordinariamente por las tecnologías digitales, que permiten a innumerables ciudadanos expresar su opinión en blogs y redes sociales.

Para Slavoj Žižek, estamos ante un gran despertar que hará posible «un nuevo capítulo en la historia de la igualdad», siempre y cuando las nuevas normas sociales eviten los peligros asociados a la cultura del victimismo. Para quienes defienden este punto de vista, las revelaciones sobre la conducta de Weinstein servirían como símbolo de un desvelamiento mucho más amplio: lo que ahora saldría a la luz no es otra cosa que una generalizada depredación sexual, a la vez violenta y abusiva, practicada por los varones con perfecta impunidad en el marco de la sociedad patriarcal. Igual que en el pasado pudieron naturalizarse conductas hoy consideradas inaceptables, desde la violencia doméstica al maltrato animal, estaríamos asistiendo ahora a la resignificación del comportamiento masculino en materia erótica y sexual. Aunque mejor no precipitarse: es mejor constatar que está librándose una guerra de significados que dista de haber concluido. Tal como señalaba The Economist, la creación de una nueva «expectativa normativa» difícilmente se producirá si la mitad de la población ‒la mitad masculina‒ discrepa de la justicia o razonabilidad de la nueva norma. Sobre eso, en buena medida, trata el fascinante debate en curso: nadie defiende la permisibilidad de la violación ni del abuso sexual, sino que discutimos sobre la definición de algunos de esos términos y sobre los límites de lo aceptable en un terreno cenagoso donde los haya.

Pero no es un debate fácil, ni ordenado, ni tan racional como sería deseable. De ahí que resulte aconsejable plantear, desde el principio, algunas cautelas epistémicas. Para empezar, y como venía a reconocer Catherine Millet en sus comentarios al manifiesto que encabeza junto a Catherine Deneuve, la controversia se alimenta de argumentos hiperbólicos que persiguen llamar la atención del público. Así hay que entender no solamente la advertencia que ese texto lanza contra la ola purificadora que desembocará en «una sociedad totalitaria», sino asimismo la idea de que vivimos en una «cultura de la violación» caracterizada por la violencia incesante contra las mujeres. Es inevitable: todo debate lleva implícita su propia exageración. En ocasiones, ligeramente apócrifa: la pensadora feminista Andrea Dworkin nunca dijo que «todo acto sexual es una violación», sino más bien que «la penetración es por su propia naturaleza violenta» (a modo de comentario sobre el asunto, tenía en su despacho un cartelito con el eslogan «Los hombres muertos no violan»). Pero incluso quien no recurra con tanta alegría al extremismo argumentativo se encontrará con otras dificultades. A menudo se tiene la impresión de que el debate está menos dirigido a la exploración intersubjetiva de un tema complejo que a la reafirmación ideológica de la comunidad afectiva de que cada uno se reclama parte. Así, uno se inclinará a aceptar todo lo que digan aquellos que pertenezcan a su tribu moral y rechazará en cambio todo lo que digan quienes engrosan la tribu rival. Se hace así difícil el genuino intercambio de razones; pero quizá por eso hablamos, justamente, de guerras culturales.

Simultáneamente, en pocas ocasiones podrá decirse con más justificación que el conocimiento de cada uno es un conocimiento «situado», es decir, uno que junto a las correspondientes adscripciones ideológicas reflejará ‒o se verá informado por‒ la experiencia vital de cada individuo. No es exactamente lo mismo ser hombre que mujer, guapo que feo, rico que pobre, viejo que joven. Simon Kuper, por ejemplo, ha subrayado la profunda discrepancia perceptiva que existe entre las distintas generaciones: los jubilados que se socializaron en los años sesenta o setenta pueden tener dificultades para comprender algunas de las normas emergentes, mientras que a los más jóvenes podrá chocarles la permisividad de sus mayores con conductas que a ellos se les antojan abusivas. Nada de eso quiere decir que uno no pueda formular argumentos que aspiren a tener validez universal, ni que debamos pararnos a identificar las características personales de nuestros interlocutores; ni mucho menos. De hecho, hay mujeres enfrentadas entre sí y hombres que comparten los argumentos del feminismo más radical. Pero no es descabellado suponer que nuestra identidad y nuestra biografía puedan influir sobre nuestra mirada hacia las relaciones entre los sexos, y hacernos conscientes de que así ocurre ‒o al menos intentarlo‒ constituye un saludable ejercicio introspectivo: recomendable para ellos tanto como para ellas.

Por último, puede darse en este terreno una discrepancia entre las opiniones dominantes en público y las convicciones que se albergan en privado. Sobre esto ha llamado la atención la escritora norteamericana Daphne Merkin, quien sostiene que sus amigas feministas

dicen en público las frases adecuadas, expresan su apoyo y se unen al coro de voces que aplauden la caída de los sujetos maléficos que hacen presa de las mujeres más vulnerables en la esfera laboral. En privado, es otra cosa. «Despierta, esto es la vida real», oigo decir a estas mismas amigas feministas. «¿Qué fue del flirteo?» y «¿Qué hay de las mujeres que ejercen como depredadoras?»

Puede que Merkin y sus conocidas se vean afectadas por el sesgo generacional que acabamos de mencionar, aunque su preocupación por la censura horizontal no carece de justificación en una esfera digital donde una frase inoportuna puede atraer al consabido enjambre de tuiteros agresivos. Paradójicamente, el movimiento #metoo, bajo cuyo abrigo son ya multitud las mujeres que han declarado haber sido víctimas de acoso sexual en algún momento de sus vidas. se caracterizaría por lo contrario: por haber dado voz a quienes no la tenían o no se atrevían a usarla para hablar sobre la agresividad sexual masculina. De modo que la ruptura de una espiral de silencio (que aquejaba a las mujeres que no se sentían libres para denunciar el acoso sexual) podría venir acompañada de la formación de otra distinta (que silenciaría a quienes discrepan de los argumentos más radicales que están poniéndose sobre la mesa). Ese temor, sin embargo, se ha disipado en los últimos días a la vista del impacto que ha tenido el manifiesto crítico de las mujeres francesas, quienes, entre otras cosas, han defendido la «libertad de importunar» como ingrediente necesario de las relaciones eróticas y rechazado la victimización automática de la mujer.

No son argumentos que salgan gratis: uno de los rasgos menos agradables de esta conversación es la tendencia a la neutralización moral del adversario, deslegitimado por razones que atañen a su adscripción ideológica o a su presunta falta de autoconciencia. Sobre lo primero, recordemos que la pensadora feminista Judith Butler fue recibida en una universidad brasileña por un grupo ultraconservador que gritaba «¡Quememos a la bruja!» En cuanto a lo segundo, se ha dicho de las firmantes del manifiesto francés que hacen el trabajo sucio del patriarcado, igual que es frecuente acusar a los hombres discrepantes de estar defendiendo sus viejos privilegios patriarcales. Para quien así razona, unas no se dan cuenta de lo que aquí está en juego y los otros se dan cuenta demasiado bien. Viene a la mente el diálogo que la roquera Kim Gordon y el rapero Chuck D mantienen en «Kool thing», la canción de la emblemática banda neoyorquina Sonic Youth: Gordon quiere saber si la minoría negra ayudará a las mujeres a liberarse de la «opresión patriarcal blanca y corporativa», a lo que él responde que hay miedo: «miedo a un planeta femenino».

Pero ya se ha dicho que condenar la violencia sexual no presenta dificultades. Y tampoco cuesta convenir, con los datos en la mano, que la peligrosidad del hombre es mayor que la peligrosidad de la mujer: para la mujer y para los demás hombres. Sería injusto olvidar esta circunstancia fundamental, que proporciona al catálogo de los temores legítimos de la mujer el temor a ser objeto de una agresión sexual masculina. El cine ha dado buena cuenta de ello: desde Mientras Nueva York duerme a El merodeador, de El manantial de la doncella a Perros de paja. Pero aquí, seguramente, acaba el consenso. Ya que el problema está en definir qué constituye exactamente «violencia sexual» y en dibujar sus contornos. ¿Cuándo estamos en presencia de un acoso, o abuso, y cuándo de una maniobra de seducción o alguna forma de galantería? ¿Qué tipo de conductas son inapropiadas y para quién? ¿De qué manera habrían de regularse las relaciones entre hombre y mujer para evitar cualquier malentendido? ¿En qué tipo de sociedad viviremos a consecuencia de ello? ¿Existe de verdad una «libertad de importunar»? ¿Y qué hay de la agencia femenina, o capacidad de la mujer para decidir libremente? ¿Qué hacemos con el deseo sexual? ¿Y con las representaciones culturales del deseo?

De todo esto ‒y alguna cosa más‒ nos ocuparemos en las dos próximas entradas de este blog, con la intención de arrojar alguna luz sobre un asunto lleno de claroscuros. Prosigue así la reflexión iniciada aquí mismo hace dos años, dándole la vuelta al título empleado entonces: en lugar de hablar de una «mirada masculina», en referencia a la conocida tesis de la teórica del cine Laura Mulvey sobre el punto de vista sexual dominante en el Hollywood clásico, se alude ahora a la «mirada femenina» que se proyecta novedosamente sobre las relaciones entre los sexos. En puridad, la novedad no está en la tesis, sino en el notable apoyo social que la tesis ‒la idea de que las mujeres son sometidas a una presión habitual de carácter agresivo‒ está recibiendo. Algo que, bien mirado, sólo podía suceder en una sociedad en la que las mujeres ya ocupan un papel más cercano al que de manera natural les corresponde.

 

II (24-01-18)

Se tiene la impresión, en el marco del intenso debate en curso sobre las normas que regulan las relaciones entre los sexos, de que andan mezclándose dos problemas distintos. Y están mezclándose porque no pueden separarse nítidamente, pues uno de ellos proyecta inevitablemente su sombra sobre el otro. Porque nadie ha salido en defensa de la violencia sexual ni ha sugerido que el chantaje laboral sea un medio legítimo para acceder al cuerpo de otra persona: en eso estamos de acuerdo. ¡Sólo faltaba! La peligrosidad del hombre para la mujer –aunque también para los demás hombres– es un viejo dato de la cultura:  recordemos que Zeus rapta a Europa y que Troya arde porque Paris secuestra a Helena. Pero hoy no estamos discutiendo la legitimidad de estas conductas; el problema se plantea allí donde no parecen concurrir violencia ni intimidación. Porque es allí, justamente, donde, al decir de la crítica feminista, se produciría una intimidación no visible que constituye el sedimento psicosocial de milenios de dominio masculino sobre la mujer. De ahí que algunas comentaristas hablen de una «cultura de la violación» que no puede referirse únicamente a las agresiones sexuales propiamente dichas (tipificadas penalmente y socialmente rechazadas), sino a la sospecha de que la mayoría de las relaciones sexuales incorporan de manera implícita un componente intimidatorio. El rechazo de la violencia, pues, no es la cuestión; la cuestión es cómo definimos la violencia.

No es un problema nuevo, pues esto mismo ha venido discutiéndose de manera intermitente durante las dos o tres últimas décadas; por ejemplo, en relación con la vida sexual de los campus universitarios norteamericanos. Cuestión distinta es que la nueva atmósfera política haya recrudecido el debate, que ha pasado de plantearse en términos más o menos abstractos a incorporar nombres propios con una facilidad pasmosa. Ahí tenemos el caso de Woody Allen, del que tantas actrices reniegan ahora, sin más razón que la nueva impresión anímica que produce hoy un presunto caso de abusos infantiles para los que no se encontró fundamento alguno cuando fue investigado hace un cuarto de siglo. O, más relacionado aún con nuestro asunto, el episodio de la denuncia anónima contra el actor y director norteamericano Aziz Ansari, al que una fotógrafa de veintitrés años acusaba en la página web feminista Babe de conducta sexual inapropiada en el curso de una cita. De acuerdo con su relato, él se mostró demasiado insistente y ella habría dado muestras suficientes de su reticencia a través del lenguaje no verbal; una expresión de incomodidad que él no habría percibido o a la que habría hecho caso omiso.

Para unos, el caso no es más que una «mala cita», una experiencia que puede adoptar muchas formas y que para casi nadie es desconocida; para otros, en cambio, el relato revela un patrón sexista que tiene que ver con las expectativas sociales acerca de lo que un hombre puede esperar de una mujer y lo que una mujer debe esperar de un hombre: disponibilidad en el primer caso, agresividad en el segundo. Huelga decir que la veracidad del relato no ha sido discutida y que nos parece perfectamente natural leer acerca de los detalles de la vida sexual de dos jóvenes norteamericanos mientras nos tomamos un refresco en el salón.

¿Mala cita o violación frustrada? ¿Humano desencuentro o intimidación masculina? ¿Saludable incertidumbre de los encuentros eróticos o inquietante ausencia de fronteras prefijadas? A menudo las distinciones son borrosas y eso plantea un problema elemental de legibilidad. La ensayista norteamericana Daphne Merkin se hizo varias preguntas al respecto tras la gala de los Globos de Oro en la que el gremio hollywoodense protestó contra el acoso sexual:

¿De qué se acusa exactamente a los hombres? ¿Cuál es la diferencia entre acoso, asalto y «conducta inapropiada»? Hay una inquietante falta de claridad acerca de los términos empleados, dado el espectro de conductas objetables existente. ¿No debería el acoso sexual, por ejemplo, comportar un cierto grado de hostilidad? ¿Constituye necesariamente una conducta predatoria dar un beso a alguien, o enseñarle la foto de un torso masculino desnudo?

Merkin tiene sesenta y tres años. Al otro lado de la línea divisoria generacional, Laurie Penny –que está en los treinta y dos– interpreta el caso Aziz, así como el entero movimiento #metoo, de manera muy distinta: como un cuestionamiento de las reglas del juego sexual que venían prescribiendo un determinado tipo de conducta para la mujer. Y escribe:

No debemos ser maleducadas. No debemos enfadar o amenazar al hombre. Debemos decir que no cuando así lo sentimos, pero con cuidado de no ofenderle ni amenazar su masculinidad, porque dios sabe lo que sucedería entonces. Y ahí es donde el contraataque ha sido contraproducente. En lugar de poner en evidencia a un movimiento que habría ido demasiado lejos, en vez de probar que #metoo es sólo –como ha dicho una carta en la prensa francesa que ha recibido mucha atención– un ataque contra los hombres, la historia de Aziz/Grace ha suscitado toda una nueva conversación acerca de lo que esperamos del sexo incluso cuando es técnicamente consensual. Así que estamos lejos de haber terminado con este asunto [la cursiva es mía].

La carta a la que alude Penny es el ya célebre manifiesto de un grupo de mujeres francesas encabezado –al menos publicitariamente− por Catherine Deneuve y Catherine Millet. En él, se plantea un contrarrelato que, a partir del inequívoco rechazo de toda forma de intimidación, desproblematiza las relaciones sexuales ordinarias en términos a ratos provocadores («una mujer puede [...] disfrutar de ser el objeto sexual de un hombre sin ser una “zorra” ni una vil cómplice del patriarcado») y a ratos tradicionalista (cuando habla de «la galantería»). Una de sus expresiones más controvertidas es la defensa de una «libertad de importunar» que, a su juicio, no puede separarse de la libertad sexual. Y que, dicho sea de paso, disfruta la mujer en la misma medida que el hombre. En una entrevista concedida tras la publicación del manifiesto, la escritora Catherine Millet subraya la ambigüedad inherente a los procesos de seducción, en los que no siempre se alinean perfectamente dos voluntades simétricas, razón por la cual los elementos borrosos serían inerradicables:

Cuando me ha intentado seducir un hombre, a veces he sentido una atracción que no era lo suficiente grande para ceder de inmediato. Un momento de dudaA veces terminas cediendo y otras, no. Mientras que esas mujeres dicen que un no siempre es definitivo, yo creo que hay matices. A veces, los hombres tienen una oportunidad si insisten una segunda vez.

Es algo que también ha señalado el historiador de las emociones Javier Moscoso en su último libro. En el curso de su indagación sobre las pasiones vigentes en la Francia revolucionaria, señala que, «por desgracia», la exégesis facial que permite diferenciar entre una mirada cándida o un parpadeo insinuante no es una ciencia exacta: «Más bien al contrario, las actitudes, rasgos y gestos de la mayor parte de las personas tienen lugar en el contexto de un teatro performativo del que no cabe extraer conclusiones definitivas». Y así es. Pero cabe matizar –después volveremos a esto– que Moscoso escribe sobre una época en la que estaba vigente un distinto régimen intersexual, acaso no exento de algunas insospechadas ventajas, diferente del nuestro. De hecho, lo que demandan muchas feministas es introducir una mayor claridad en las reglas que organizan actualmente las relaciones amorosas y eróticas entre hombres y mujeres: para que sea posible extraer conclusiones definitivas sobre quién desea qué.

En ese sentido, es llamativo que el contramanifiesto escrito por la feminista Caroline de Haas en respuesta al texto de Millet y compañía se haya centrado en la aparente banalidad con que ellas abordan el problema de la violencia, hasta el punto de «despreciar de facto a los millones de mujeres que sufren o han sufrido ese tipo de violencia». Para despejar esas dudas, Deneuve ha pedido expresamente disculpas a las víctimas, manteniendo, sin embargo, su apoyo al escrito original. En realidad, lo que dice el manifiesto es que la mujer no tiene por qué situarse necesariamente en el papel de la víctima: algo que vale para las «malas citas» e incluso, a juicio de Millet, para quien ha sufrido una violación. Esta hipótesis es, por cierto, la que pone en escena Paul Verhoeven en Elle, la película protagonizada por Isabelle Huppert acerca de una profesional que, violada por un desconocido, decide ignorar el suceso. Pero Millet está expresando con ello un desideratum –que ni siquiera en caso de ser sexualmente agredida la mujer se «ate» a su sufrimiento–, más que una receta. Lo que resulta interesante, como ha anotado la periodista Masha Gessen, es que la discusión ha ido abandonando gradualmente el terreno de lo objetivable para adentrarse en el terreno de las normas no escritas y las intenciones no declaradas:

La conversación que estamos teniendo acerca del sexo comenzó con incidentes que implicaban una clara coerción, intimidación y violencia. Paradójicamente, parece haber creado la impresión de que el consentimiento significativo es esquivo y quizás imposible.

Aunque parezca que estamos avanzando, advierte, quizás estemos retrocediendo a una era más restrictiva sexualmente hablando: una donde la mujer carecía de agencia. Para Gessen, la victimización de la mujer es un error moral que no refleja la realidad psicosocial de nuestro mundo, donde la capacidad de decisión de la mujer ha aumentado espectacularmente en el último siglo, y no digamos desde la segunda posguerra mundial. Pero, ¿es suficiente? Laurie Penny cree que no, porque establece como objetivo final eliminar la relación entre sexo y poder. En otras palabras, se trata de lograr una genuina liberación sexual basada en la plena igualdad entre hombres y mujeres, superando así la miseria erótica en que, a su juicio, malvivimos:

Esto significa que una gran parte del sexo que es técnicamente consensual resulta, sin embargo, funesto y decepcionante, sobre todo para las mujeres implicadas. Por eso la demanda de mejor sexo es también revolucionaria.

En principio, este argumento tiene poco que ver con la victimización; el caso Aziz debería ser interpretado bajo su luz como una «mala cita» que revela problemas estructurales acerca de las respectivas economías del deseo. Desde ese punto de vista, lo que resulta problemático en las declaraciones de Millet es su afirmación de que, si el hombre insiste, la mujer termina «cediendo», pues sitúa a las mujeres en una posición paradójica de decisión pasiva. En su lugar, el deseo de la mujer debería situarse en pie de igualdad con el del hombre, y esa igualación, a su vez, ha de encontrar reflejo en las normas sociales sobre la seducción. Volveremos sobre esto con más detalle cuando introduzcamos el espinoso tema de los condicionantes sexuales biológicos, pero detengámonos por el momento en la cuestión del poder y su relación con la agencia.

Millet no está describiendo una situación en la que la mujer carezca de poder ni de agencia: sólo una codificación del proceso de seducción que deja al hombre la iniciativa. Pero en su descripción es ella, salvo cuando median la intimidación o la violencia, quien decide: quien «cede» o no cede ante la oferta masculina. Nótese que el argumento de Penny no carece de fuerza: sería mejor que todo fuese mejor. Y mejor para todos, incluido el hombre al que ninguna mujer hace caso. La pregunta es si puede producirse esa transformación: si hombres y mujeres pueden conducirse en este terreno de la misma forma. Ya sea por razones biológicas o culturales, o por una combinación de ambas, el hombre suele adoptar una actitud –¿predatoria?- mucho más explícita a la hora de presentar su candidatura sexual. Eso sitúa a la mujer en una posición en la que escasean los incentivos para comportarse de modo distinto: si hablamos en términos económicos, no le hace falta «pagar» el coste de la iniciativa; le basta con elegir entre sus ofertantes. Dicho esto, la mujer puede señalizar de muchos modos su disposición ante el hombre que le interesa y, como estamos ante una realidad compleja y dinámica, también asumir la iniciativa. ¡Arde Tinder! Sencillamente, no suele tener la necesidad de hacerlo.

En el viejo régimen matrimonial, tal como ha demostrado la socióloga Eva Illouz, también la mujer decidía a quién se entregaba como esposa; por eso, en perceptiva anotación de Georg Simmel, se prolongaba la fase de coqueteo: mientras durase, la mujer gozaba de un poder que luego perdía debido a la posición de superioridad que la ley concedía al pater familias. Pero no se trataba de una organización institucional caprichosa, sino de un ejercicio de realismo orientado a la canalización de los impulsos sexuales y las necesidades reproductivas; a costa, claro, de la libertad individual. En el momento de mayor esplendor juvenil, hombres y mujeres eran sometidos a la disciplina del matrimonio sin divorcio, del que se esperaban hijos y, por tanto, tempranas responsabilidades: he ahí un diseño inteligente que, bajo pretexto de respetar las tradiciones, creaba un orden social estable, aunque injusto. Y es la gradual disolución de ese orden la que nos ha arrojado a un régimen difuso de interacción sexual, marcado por la aparición de un mercado libre de encuentros amorosos al que no se encuentra asociada una institucionalización automática. En ese espacio, así como en el que se abre allí donde se funda una familia, el poder desempeña inevitablemente un papel. Pero, ¿quién tiene ese poder?

Ya hemos mencionado al hombre al que las mujeres no hacen ningún caso; podemos añadir que las relaciones sentimentales establecidas conocen muchas combinaciones posibles y no es rara aquella en que la mujer dispone y el hombre obedece. Seguramente el sexo cuenta menos que el carácter para determinar qué tipo de equilibrio se configura en cada caso: la más somera observación de nuestro entorno inmediato revelará ejemplos variopintos y desmentirá la idea que la mujer está, por definición, sometida al hombre. Asunto distinto es la atracción sexual que ejerce el poder mismo, que admite muchas variantes: económico, político, artístico. Recordemos aquella canción de The Modern Lovers que tomaba a Picasso como emblema del carisma sexual: «Algunos tratan de ligarse a una chica / Y son llamados imbéciles / Eso nunca le sucedió a Pablo Picasso / Podía bajar por tu calle / Y las chicas no resistían su mirada / A Pablo Picasso nunca lo llamaron imbécil». Y, por más que toda la deprimente vulgaridad de Donald Trump asomara en aquellas frases suyas sobre cómo «las mujeres» se dejan hacer cualquier cosa cuando eres famoso, estaba apuntando hacia un fenómeno bien conocido: no hay millonario soltero ni estrella de rock cuando está de gira que duerman solos. Quizás Aziz abusó de ese poder; quizá la chica que salió con él se sintió inicialmente atraída por su celebridad; quizá no pasó ninguna de esas dos cosas. En The Square, la película de Ruben Östlund, el protagonista plantea esa pregunta a la mujer con que ha pasado una noche: «¿Por qué no asumimos que el poder es atractivo?» Y ese poder no está en absoluto restringido a los hombres: ahí tenemos a la mismísima Simone de Beauvoir seduciendo con cuarenta y cuatro años al joven Claude Lanzmann, que tenía veintisiete.

En este contexto, no parece fácil de materializar la aspiración a que las relaciones sexuales estén basadas sin excepción, no ya en un consentimiento auténtico y explícito (pues eso sucede ya a diario de forma mayoritaria en el interior de las sociedades occidentales), sino en un consentimiento que se deriva de una estricta igualdad volitiva y propositiva. Pero no porque sea, así formulado, un horizonte indeseable. Es cierto que, si este ideal llegara a realizarse, quizá desaparecieran por el camino aspectos de las relaciones entre los sexos que les confieren −al menos bajo la mirada contemporánea– parte de su atractivo: todo aquello que asociamos con la seducción y, como veremos más adelante, con los aspectos abismáticos del sexo. Aunque no es menos cierto que autoras como Laurie Penny no aspiran necesariamente a eso, sino que demandan la plena igualdad entre hombres y mujeres en materia sexual. No es lo mismo, y de ahí el énfasis en descartar toda sexofobia: «No somos desfallecientes damas victorianas. No odiamos el sexo. Amamos el sexo y amamos a los hombres, ¿de acuerdo?» Su queja se dirige contra la «injusticia sexual» que obliga a las mujeres a seguir un guion escrito por los hombres: esa «mirada masculina» que Laura Mulvey encontraba en los estereotipos sexuales representados en el Hollywood clásico. Lo que no sabemos es si la cultura tiene la capacidad de suprimir el papel que desempeña en las relaciones entre sexos la distribución, inevitablemente asimétrica, del capital erótico. Y si puede, en relación con eso, hacer desaparecer las diferencias que −según muchos biólogos– persisten entre las estrategias reproductivas y las conductas sexuales de hombres y mujeres. Pero eso será ya la semana que viene.

 

III (3-02-18)

Hay una escena en American Hustle, la película de David O. Russell, que reúne en un despacho al agente del FBI, interpretado por el apuesto Bradley Cooper, y a una estafadora, a la que da vida una sensual Amy Adams: el primero quiere que ésta y su compinche engañen a unos políticos corruptos de Nueva Jersey. Sucede que la tensión sexual entre ellos no es pequeña y, en esta escena, Adams finge querer seducir a Cooper, quien, de hecho, le pregunta si está jugando con él. Ella está sentada en la mesa, en una postura insinuante, y cuando él se acerca parece que las pasiones van a desbordarse; pero, por distintas razones, él debe controlarse. Y lo hace, no sin evidentes dificultades, emitiendo un sonoro resoplido animal y retrocediendo unos pasos mientras trata de rebajar su excitación. Quien desee saber cómo evoluciona esta divertida trama de engaños cruzados habrá de ver la película. Lo que aquí nos interesa es la economía con que esta escena sintetiza la larga historia de la autorrepresión sexual o, lo que es igual, el control civilizatorio de los impulsos carnales más elementales. Dado que la conflictividad de esos impulsos no podrá suprimirse, pues en ellos está cifrada la supervivencia de la especie, ni, por lo tanto, podremos neutralizar por completo aquello que es problemático en las relaciones entre los sexos, el debate habrá de girar en torno a los códigos que regulen esa constante interacción. Y en eso, más o menos, estamos.

La referencia a Hollywood no es casual. Allí ha nacido la campaña #metoo tras salir a la luz las dudosas prácticas empresariales de Harvey Weinstein. Y también allí han proliferado las acusaciones de «conducta inapropiada» dirigidas contra actores y directores: de Kevin Spacey a Woody Allen. La actriz Natalie Portman, por su parte, ha denunciado el «terrorismo sexual» de que fue objeto tras su debut a los trece años:

Comprendí pronto, con apenas trece años, que me sentiría insegura si me expresaba sexualmente. Y que los hombres se sentirían, para mi disgusto, con el derecho a discutir y cosificar mi cuerpo. Así que ajusté mi conducta enseguida. Rechacé cualquier papel que tuviera incluso una escena con beso y hablé explícitamente de esa decisión en las entrevistas. Enfaticé cuán lectora y seria soy. Y cultivé un estilo elegante de vestir. Me construí la reputación de ser mojigata, conservadora, rarita, seria, en un intento por sentir que mi cuerpo estaba a salvo y mi voz sería escuchada.

No es un asunto del que debamos renunciar a tratar sólo porque existen mujeres que padecen un auténtico «terrorismo sexual» en lugares del mundo donde los derechos fundamentales están lejos de garantizarse, aunque no está de más señalar que el vocabulario utilizado podría moderarse para hacer sitio a esa diferencia sociopolítica. Volviendo al asunto: Portman no es la primera mujer que sufre un shock en contacto con la industria del cine, siendo como es una industria del deseo donde la cosificación del cuerpo femenino es un elemento habitual de las estrategias representativas y publicitarias. David Thomson se ha referido en más de una ocasión a la historia de Lauren Bacall, descubierta por la mujer de Howard Hawks en una revista de moda y pronto «arrojada» a un playground masculino liderado por el director y su compinche Humphrey Bogart, con quien terminaría casándose. También es reciente la controversia alrededor de las escenas eróticas de El último tango en París, en las que su joven protagonista Maria Schneider no habría participado ‒según sus declaraciones posteriores‒ con pleno consentimiento. En un artículo en Sight & Sound que aborda el papel de la sexualidad en The Deuce, la serie televisiva de David Simon sobre la prostitución y el cine pornográfico ambientada en el Nueva York de los años setenta, la escritora y crítica Hannah McGill se hace algunas preguntas relacionadas con este asunto:

Al preocuparme por Lori, el personaje, ¿debería también preocuparme por Emily Meade, la actriz de veintiocho años que la interpreta? ¿Fue forzada por hombres mayores y más poderosos que ella a mostrar sus pechos o simular sexo? ¿Se arrepentirá algún día? Y si lo hiciera, ¿es asunto mío?

O lo que es igual: ¿está esa actriz actuando libremente, o nadie que con esa edad interprete ciertos papeles consiente libremente en hacerlo? ¿Debería, quien no desea ser cosificada, dedicarse a otra cosa? ¿O Hollywood debe cambiar radicalmente? ¿Incluiría ese cambio la exclusión de toda forma de cosificación cinematográfica, incluida la de los personajes masculinos? Desde luego, la naturaleza destructiva de Hollywood no es un secreto: es el tema principal de Mulholland Drive o Sunset Boulevard. En el cine, así como en otras formas de celebridad, el ojo público puede ser insoportable. Y los rodajes, como recordaba hace unas semanas Volker Schlöndorff en Die Zeit al defender a Dustin Hoffman de los cargos elevados contra él, son experiencias intensas donde las liaisons son moneda corriente: quien trafica con el deseo no siempre es inmune a él. Huelga decir que nada de esto justifica ni ampara la coacción o el abuso de poder, para cuya denuncia deben arbitrarse los canales que sean necesarios. Algo que sólo podrá suceder cuando la acumulación de denuncias no deje otra opción a gobiernos y empleadores.

Ahora bien, lo que ya planteaba el seminal artículo de Laura Mulvey sobre la «mirada masculina» en el cine clásico es algo distinto. Echando mano de las herramientas del psicoanálisis, Mulvey escribía allá por 1975 que, en un mundo marcado por el desequilibrio entre los sexos, el placer de la mirada se divide entre un hombre activo y una mujer pasiva, de manera que el primero proyecta su fantasía sobre la segunda. En el cine narrativo, la presencia de la mujer es “un elemento indispensable del espectáculo”, si bien su presencia milita contra el desarrollo de la trama al paralizar el flujo narrativo en momentos de contemplación erótica. La mujer, sexualizada y exhibida, es objeto de atención de los personajes masculinos de la película y de sus espectadores. Y esta fetichización constituye, para Mulvey, un mecanismo de dominio patriarcal inseparable del placer visual proporcionado por el cine. Esta forma artística se convierte así en el vehículo privilegiado para el instinto escopofílico, que es aquel que deduce placer cuando contempla a otro sujeto como objeto erótico. Aunque estos mecanismos no son intrínsecos al cine, el lugar central que ocupa en éste la mirada permite su expresión superlativa. Para Mulvey, el declive del cine clásico habría de ser bienvenido por las mujeres, mientras que correspondería al cine independiente ofrecer un contrarrelato eficaz mediante un cine nuevo, que represente a la mujer de otra manera. Un buen ejemplo de este camino alternativo sería Wanda, película dirigida por la también actriz Barbara Loden en 1970 con un presupuesto ínfimo. Loden, esposa de Elia Kazan fallecida a los cuarenta y ocho años de un cáncer, interpreta a una mujer que carece por completo de voluntad propia y depende por completo de los hombres con que se encuentra.

No obstante, la influyente tesis de Mulvey presenta algún punto débil. Por un lado, minusvalora la variedad de las representaciones de la mujer en el Hollywood clásico, donde también podemos encontrarnos con las vigorosas heroínas de la screwball comedy de los años treinta (con los papeles de Katherine Hepburn a la cabeza), las mujeres coraje del melodrama noir de los años cincuenta (ejemplificadas en la Joan Crawford de Mildred Pierce) o incluso algunas «jefas» del western (la propia Crawford en Johny Guitar o Marlene Dietrich en Rancho Notorious). Y antes de que el Código Hays impusiera una censura sobre los contenidos autorizados, ahí tenemos a la ambiciosa Lily Powers (Barbara Stanwyck) de Carita de ángel, que utiliza su conocimiento de las debilidades masculinas para ascender empresarialmente sin el menor escrúpulo y a modo de venganza por el trato recibido de los hombres cuando trabajaba como camarera en la ciudad de provincias donde vivía. Tampoco puede pedirse a aquel Hollywood que estuviera por delante de su época y representase a una mujer que aún no existía. De hecho, como apuntara Stanley Cavell, el modelo femenino de las comedias de los años treinta es a la vez expresión de la «agenda oculta de la cultura» y factor de cambio a través del ejemplo: un cambio que había de llegar y que terminó por llegar.

Por otro lado, convendría preguntarse si ese cine clásico no creaba también estereotipos masculinos de los que el varón podría igualmente considerarse «víctima», aunque fuera menos víctima que la mujer. Del cowboy al gánster, pasando por el galán y el aventurero, también al hombre de su época se le ofrecía un modelo con arreglo al cual comportarse, del que se derivaban asimismo expectativas y limitaciones: no comportarse como un loser, ser capaz de proveer a la familia, no mostrar los propios sentimientos. También aquí, en definitiva, existía un modelo sexual al que no todos los hombres se ajustaban con facilidad. Ha tenido que pasar mucho tiempo, ciertamente, para que el Jeff Daniels de The Squid and the Whale, dirigida por Noah Baumbach en 2005, se sienta acomplejado ante el mayor éxito artístico y económico de su exmujer.

Nada de lo anterior invalida la tesis de Mulvey, que retiene toda su fuerza a pesar de la imposibilidad de falsar las premisas psicoanalíticas de las que arranca. En realidad, ese apoyo tampoco es necesario: una de las acusaciones que dirige Claire Dederer contra Woody Allen en una controvertida pieza reciente sobre «el arte de los hombres monstruosos» es, simplemente, el carácter sexista de sus personajes femeninos. Dederer se centra en Manhattan, donde el maduro profesor interpretado por Allen tiene una relación sentimental con una estudiante de diecisiete años a la que da vida Mariel Hemingway. A la vista de que muchos de sus amigos o conocidos no ven ahí problema alguno, la escritora norteamericana se pregunta: «¿Qué están defendido estos tipos exactamente? ¿Es la película? ¿O es otra cosa?» Esto es: ¿defienden la posibilidad de seducir a una mujer mucho más joven y mantener una relación con ella sin admitir que el consentimiento femenino está viciado en estos casos por un abuso implícito de poder? A lo que otras mujeres responden que no hay por qué presumir que ese consentimiento no es libre.

Pero Dederer se pregunta, sobre todo, qué debemos hacer con los artistas que son, o parecen ser, unos depredadores sexuales, o lo que ella juzga como un depredador sexual. Y cita, entre otros, a Pablo Picasso y a Roman Polanski. Sobre este último sigue pesando una orden de detención en Estados Unidos, acusado como está de haber abusado sexualmente de una chica de dieciséis años en 1973. Irónicamente, Polanski es autor de la película que con mayor acierto ha puesto en imágenes la angustia de la mujer ante una mirada masculina que la convierte en objeto de deseo a su pesar: hablamos de Repulsión, estrenada en 1965 con una deslumbrante Catherine Deneuve en el papel protagonista. La misma Deneuve, sí, que ha defendido estos días «la libertad de importunar» frente a la obligación de autorizar. Sobre esto, el propio cine francés nos ofrece un buen ejemplo en La rodilla de Clara, la película de Eric Rohmer cuyo maduro protagonista es objeto de atracción para una adolescente y se siente atraído por otra: a la primera, cuyos flirteos sabe inexpertos, él mismo le da una lección (moral); la segunda, en cambio, lo ignora. ¿Qué habría pasado con esta última si la atracción hubiese sido mutua? Lo deseable habría sido otra lección, pero no podemos darla por sentada. Y ahí, para Dederer, está el problema: el problema del hombre.

«¿Acaso creemos que los genios son merecedores de una dispensa especial, de un permiso conductual?», se pregunta. Si revisamos la conducta de los grandes autores del pasado con arreglo a este criterio, muchos no pasarían el corte: Luis Buñuel se mostraba celoso y posesivo con su esposa mientras filmaba gloriosos cantos a la libertad personal; Albert Camus tenía múltiples amantes, pese a tener esposa y dos hijos; y de Ernest Hemingway, al decir de sus críticos, mejor no hablar. En todos estos casos, se presume que el hombre puede hacer y deshacer mientras la mujer mira para otro lado. Es justamente lo que recomienda la señora que regenta una cafetería de la Toscana al personaje que interpreta Juliette Binoche en Copia certificada, la película de Abbas Kiarostami: «Ellos tienen su trabajo, sus amigos… y sus amantes, también. ¿Nosotras? Nosotras, mientras, vivimos nuestra vida». Es un pragmatismo ancien régime que no acaba de convencer a su interlocutora, pero que introduce ‒siquiera sutilmente‒ una variante del problema que Dederer plantea: ¿y si no se trata de que los artistas sean monstruosos, sino de que lo sean los hombres? Bien pudiera ser que el poder asociado a la reputación artística permitiera a estos hombres «especiales» hacer lo que otros hombres «normales» también harían, si pudieran. Aquellos pueden entonces ser extremos, pero extremos representativos de aquello que en la sexualidad masculina resulta irritante o desagradable. En otras palabras: ¿y si una parte de la crítica feminista estuviera dando salida a un sentimiento de rechazo hacia las formas que adopta el impulso sexual del hombre? ¿Y si a muchas mujeres no les gusta cómo se comporta el hombre? ¿O, si no el hombre, muchos, y, en todo caso, demasiados hombres?

Interrogado por Financial Times acerca de Shame, su excelente película sobre un hombre de sexualidad desbocada y emocionalidad dolorosa, Steve McQueen dice dos cosas interesantes. En primer lugar, señala que es un tema fascinante sobre el que nadie habla:

¡Seamos realistas! Tantas decisiones importantes en el mundo están relacionadas con los apetitos sexuales de hombres importantes. Ya se trate de JFK, Clinton o Martin Luther King. Es lo que somos. Es parte de nosotros. Pero a veces la gente se siente azorada por sus placeres.

En esa lista se encuentra también Dominique Strauss-Kahn, que iba para presidente de Francia antes de que se hiciera pública su monomanía sexual, explorada con brillantez entre nosotros por Juan Francisco Ferré en su novela Karnaval. También cuenta Steve McQueen que recibió muchas cartas tras el estreno, algunas de agradecimiento y otras menos confesables. Y cuando el periodista le pregunta qué piensan las mujeres de su película, su respuesta ‒la entrevista es de 2014‒ es de una franqueza desbordante:

No sé cuánto saben las mujeres, o cuánto quieren saber, acerca de los apetitos sexuales masculinos. Un amigo mío fue a ver la película con su esposa, quien le preguntó: «¿Estas cosas pasan de verdad?» Y él respondió: «No, no, sólo es una fantasía, es cosa del cine».

La carcajada de McQueen, añade el periodista, sugiere lo contrario. Sobreviene a la memoria Mickey Sabbath, el protagonista de la novela de El teatro de Sabbath, de Philip Roth. Aficionado al sexo casual y al adulterio, Sabbath no puede evitar preguntarse «quién se está follando a esta mujer» al entrar en una casa de tapadillo por razones que he olvidado, igual que el dudoso héroe de Shame busca el contacto visual con cualquier mujer atractiva con la que se cruza: en el metro, en un bar, por la calle. ¿Es esto condenable, si todas las relaciones que resultan de esta incesante actividad erótica son consensuadas? Si es condenable, ¿en nombre de qué? ¿O nos animamos a legislar sobre el deseo sexual? Más aún, ¿podemos decir de esos hombres que son poderosos y libres, o más bien que están a merced de sus pulsiones? Sobre el posible disgusto ante los rasgos del otro sexo volveremos al final de esta serie, pues se me antoja un aspecto clave para la posible reconstrucción ‒sobre nuevas bases‒ de las relaciones entre los hombres y mujeres del futuro.

No puede descartarse que haya en todo esto un fuerte componente generacional, al que ya aludimos la semana pasada. Ha salido a subasta la extraordinaria colección de literatura y parafernalia erótica de Luis García Berlanga, que su propio hijo explica por razón del momento cultural en que vivió su padre. ¿Podría hoy estrenarse sin controversia una película como Tamaño natural, que retrata la obsesión de Michel Piccoli por una muñeca hinchable que lo conduce al suicidio? ¿Y qué hay de El amante del amor, de François Truffaut, cuyo protagonista se dedica a tiempo completo a la seducción en serie? Acaso esta diferencia biográfica nos ayudaría a explicar el contraste entre las mujeres que ven en la campaña #metoo una amenaza para la liberación sexual ganada en los años sesenta, y las que, en cambio, entienden que la lucha contra el acoso sexual es la última etapa de la lucha feminista. Otra posibilidad, claro, es que no se trate de generaciones, sino de momentos vitales. Esto es, que un itinerario vital más largo ayude a ver las cosas ‒incluidas estas cosas‒ de otro modo. Cuando la hija adolescente de su exesposa se lanza a opinar sobre el intento de suicidio de una mujer relacionada con ellos, el exmarido cuyas peripecias relata El pasado, la película de Asghar Farhadi, le replica de manera amable: «No deberías hablar de eso con tanta seguridad, y menos a tu edad». Y, con todo, tal vez las diferencias culturales entre los puritanos Estados Unidos y la licenciosa Europa pesen más que los matices generacionales: es difícil de saber.

Esta duda nos deja a las puertas de una pregunta fundamental, que es la relativa a la naturaleza de esa diferencia sexual que aquí parece decisiva: la que separa el deseo masculino del femenino. O, al menos, la que parece separarlos. ¿Existe realmente esa diferencia, o estamos ante un producto de la cultura? ¿Hay una mirada femenina, igual que hay una masculina, o la distancia entre ambas está llamada a acortarse a medida que la igualdad socioeconómica modifica el entorno en que nos socializamos? Y si la diferencia tiene más bien un fundamento biológico, ¿qué implicaciones tiene eso? ¿Es una diferencia modulable a través de la cultura y las normas sociales, como insinúa la escena de American Hustle con que abríamos este texto? ¿Hasta qué punto? Si pensamos en los «hombres monstruosos», ¿es la biología el último refugio del patriarcado? ¿O realmente no pueden evitar ser como son, o sólo pueden evitarlo en alguna medida? Y, finalmente, aunque concluyamos con las estadísticas en la mano que la sexualidad masculina propende a una mayor agresividad, ¿convierte eso a todos los varones en abusadores en potencia, o está procediéndose aquí a realizar una generalización del todo improcedente? Pero, ¿cómo denunciar a muchos sin implicar a todos?

En contra de lo previsto, tres entregas no han bastado para decir todo lo que hay que decir: seguiremos la semana próxima.

 

IV (7-02-18)

Nos preguntábamos la semana pasada, al hilo del debate sobre el acoso sexual y sus implicaciones, si la biología no se ha convertido en el último refugio del patriarcado. Es decir, si la apelación a las diferencias sexuales innatas entre hombres y mujeres no estaría utilizándose implícitamente para explicar ‒que no justificar‒ la mayor agresividad del varón. Para el escritor conservador Andrew Sullivan, nos equivocaríamos si dejamos la biología fuera de la discusión:

Digo esto porque en el acalorado debate sobre las relaciones de género y el movimiento #MeToo, esta realidad natural reflejada en cromosomas y hormonas que ningún científico pone en entredichorara vez se discute. Se ha convertido, casi, en un tabú. [...] Todas las diferencias entre los géneros, se nos dice, son una función no de la naturaleza sino del sexismo. [...] La naturaleza misma sería una «construcción social» diseñada por los hombres para oprimir a las mujeres.

¡Menudo asunto! Pocas disputas científicas y filosóficas han sido tan duraderas como la relativa a la fuerza conformadora de los rasgos innatos y la capacidad de la cultura para modificarlos. Dada la importancia que, con razón, se concede al consentimiento entre adultos y al hecho de que la relación entre los sexos se describe a menudo como el juego entre la activa mirada cosificante del hombre y la cauta recepción pasiva de la mujer, conviene determinar cuánta verdad hay en ello. Entre otras cosas, porque los rasgos innatos pueden ofrecer resistencia a la moralización (por oposición a la «naturalización») de las conductas. De hecho, si la agresividad sexual masculina no puede explicarse sin recurrir a los factores biológicos, la capacidad reformadora de la cultura quedaría en entredicho: la cultura reprime, sí, pero no suprime. Y, por tanto, habría que abandonar la esperanza de que algunos de los aspectos más problemáticos de la sexualidad masculina puedan desactivarse del todo. Pero vamos por partes.

Eso que llamamos cosificación describe el acto por el cual miramos a otro sujeto como un objeto. Para la crítica feminista, es una conducta típicamente masculina, que contempla a la mujer como objeto erótico sin atender a sus demás cualidades: del valor moral a las capacidades intelectuales. Pero, ¿por qué cosificamos? La filósofa Raja Halwani se preguntaba, en una pieza reciente, si el deseo sexual es cosificante per se y, por tanto, moralmente erróneo. Apréciese el grado de sofisticación de especie que encierra la formulación misma de esta pregunta, que apunta a la posibilidad de que el acto sexual ‒que asegura nuestra reproducción‒ carezca de validez moral. A su juicio, que se apoya en Kant, desear a otro ser humano implica forzosamente la cosificación, pues lo que deseamos es su cuerpo y no otras cualidades. Para colmo, que exista consentimiento no elimina la cosificación, pues dos personas pueden ponerse de acuerdo para mantener una relación estrictamente sexual; ese acuerdo también puede ‒¡o podía!‒ ser implícito. Dicho en términos kantianos, el deseo sexual nos impide tratar a otra persona como un fin en sí mismo, pues la reducimos a la condición de medio para un fin (la satisfacción sexual). Pero lo mismo sucede con el sujeto deseante:

El sexo no sólo te hace cosificar a tu pareja. También te cosifica a ti. Cuando estoy poseído por el deseo sexual, también dejo que otra persona me reduzca a mi cuerpo, me use como un instrumento. Su poder es tal que convierte a la razón en su sirviente: nuestra racionalidad se convierte en el medio para satisfacer sus objetivos.

¿Deja el sujeto de ser sujeto cuando es cosificado? ¿Podemos establecer tan alegremente esa separación? Es probable que Halwani subestime el papel de los sentimientos en la experiencia sexual, pues allí donde esos sentimientos existen influyen forzosamente en la percepción del otro, que se nos presenta como una totalidad antes que como un mero instrumento para la satisfacción del deseo. Asimismo, convendría recordar que el placer del otro ‒el placer que damos‒ suele ser un ingrediente destacado de los intercambios eróticos. Con todo, su conclusión es un saludable recordatorio del papel que el deseo ‒como fuerza autónoma‒ desempeña en las relaciones sexuales: el deseo y la cosificación, que son inseparables, constituyen una fuerza que la moralidad debe reconocer. Y añade: «El sexo es como cualquier buen postre: es delicioso, pero se paga un precio».

En una entrada anterior de este blog se traía a colación el llamado «efecto bikini» observado por los neurobiólogos: cuando un hombre ve una imagen de una mujer en bikini o ropa interior, se activan en su cerebro aquellas partes que también operan cuando lo observado es un objeto. Se sugiere así que la cosificación es un fenómeno natural, ligado a las necesidades de perpetuación de la especie: una suerte de mecanismo automático de orden evolutivo. Resulta de aquí una información valiosa para las empresas de marketing, pues se ha demostrado que la exposición a esas imágenes hace a los hombres más impulsivos: dispuestos a comprar acciones, abrir una cuenta bancaria o viajar a las Seychelles. Que esto no hace de los hombres unos acosadores en serie puede comprobarse pasando un domingo de agosto en la playa, pero esta reactividad masculina ‒no he encontrado estudios que comprueben la hipótesis en la mujer‒ dirige, en todo caso, nuestra atención hacia los fundamentos biológicos del deseo. Porque el deseo no es voluntario, sino espontáneo; no podemos forzarlo, aunque a veces quisiéramos. Es verdad que puede existir con independencia de su objeto: el deseo de sexo, por ejemplo. Pero tampoco ese deseo es voluntario, ni puede proyectarse exitosamente sobre cualquier objeto.

Ahora bien, ¿qué parte de ese deseo está modelada por elementos culturales? Aunque el deseo no sea voluntario, pues aparece o no, ¿podrían sus formas estar culturalmente condicionadas? El filósofo canadiense Ronald de Sousa ha sugerido algo tan chocante como que la biología evolutiva nos convierte a todos en existencialistas. ¡De Darwin a Sartre! La razón es que la evolución no tiene que ver con nosotros, sino con la información genética que trasladamos a nuestros descendientes. Y eso no es algo que tengamos presente en nuestra actividad sexual ordinaria, como prueba el uso masivo de la contracepción. Su conclusión es que la biología enseña que no existe una «naturaleza humana», hecho que da la razón al existencialista: no hay nada que «seguir» en lo natural, somos nosotros quienes debemos crearnos a nosotros mismos. Todo sería, pues, cultura. Y, sin embargo, por limitarnos al tema que nos traemos entre manos, ya hemos señalado que los períodos de abstinencia sexual suelen generar ‒al menos en individuos jóvenes‒ un deseo genérico, no relacionado con objeto alguno y difícilmente negociable. Del mismo modo, aunque los patrones culturales pueden producir modificaciones en los estereotipos más deseables, no parece que el deseo por un miembro del otro sexo ‒o del mismo sexo‒ tenga en sí mismo un origen cultural.

Tal como se insinuaba más arriba, no habría necesidad alguna de negar la autonomía relativa del deseo si no fuera porque el debate en torno a los factores biológicos desempeña un papel en la controversia contemporánea sobre las relaciones sexuales entre hombres y mujeres. Para Laurie Penny, por ejemplo, existe una conexión directa entre los estereotipos culturales y la «cultura de la violación», en la que, a su juicio, vivimos inmersos. Esto se demostraría en el hecho de que los hombres tratan el sexo como algo que se «arranca» de las mujeres. A su modo de ver, los varones operamos con un conjunto de presunciones ‒asimiladas culturalmente‒ sobre el sexo y la sexualidad que requieren urgente análisis:

Presunciones sobre cómo son las mujeres, qué hacen, y qué tienen la capacidad de querer. Presunciones como: los hombres quieren sexo, las mujeres son sexo. Los hombres toman, a las mujeres hay que persuadirlas para que den. Los hombres se follan a las mujeres; las mujeres se dejan follar.

Aunque la generalización ‒según la cual todos los hombres actúan siempre de ese modo‒ es más que discutible, a Penny no le falta razón. Basta con recurrir al lenguaje: las mujeres siempre han sido las que «concedían sus favores» a los hombres, al tiempo que se veía con malos ojos a aquellas que decían sí en lugar de responder, como hace una verdadera dama, que quizá. Pensemos en Don Juan o en Casanova, seductores profesionales dedicados a vencer la oposición de las damas virtuosas. Naturalmente, también es posible que ese sesgo cultural no sea caprichoso, sino que responda a factores como las distintas estrategias reproductivas de cada sexo, el desigual reparto de poder entre ambos o, como ya se dijo en la primera entrega, al hecho de que a la mujer pueda resultarle más «económico» elegir entre las distintas ofertas masculinas en lugar de ser ella quien las formule. De ser el caso, el protagonismo histórico del deseo masculino habría sido menos el resultado de una operación deliberada de dominación que una segregación espontánea de la cultura; una cultura, vale añadir, menos atenta a los problemas que ahora nos preocupan. Habríamos ganado, pues, en reflexividad. Por eso Penny reclama una nueva «cultura del consentimiento» que reconozca a la mujer como sujeto decisor y deseante en igualdad de condiciones:

Esto es lo que significa la cultura del consentimiento. Significa esperar más: exigir más. Significa tratarnos entre sí como seres humanos complejos con agencia y deseo, no sólo una vez, sino de manera continua. Significa ajustar nuestras ideas sobre el dating y la sexualidad más allá del proceso consistente en arrancar un renuente «sí» a otro ser humano.

Pero, ¿hablamos de igualdad moral o de igualdad psicosexual? Porque una cosa es defender una cultura del consentimiento que no haga excepciones y otra es afirmar que no existen diferencias entre hombres y mujeres en materia sexual. Dicho de otra manera: podemos decir que no debería haber diferencias y desear que no las haya, pero eso no implica necesariamente que la cultura tendrá éxito en su empeño por abolirlas. ¿Pueden hombres y mujeres conducirse de manera idéntica en este terreno? ¿Son biológicamente iguales y sólo la cultura ha impedido hasta ahora que esa igualdad se refleje en las conductas socialmente aceptadas? ¿Podrá la cultura del futuro implantar esa igualdad? ¿O se trata más bien de reconducir culturalmente la sexualidad masculina, haciéndola menos agresiva mediante la persuasión moral y la coerción legal?

Candy, la prostituta interpretada por Maggie Gyllenhaal en la serie televisiva The Deuce, aspira a convertirse en directora de cine pornográfico para dejar la calle y canalizar de paso sus inquietudes creativas. En el curso de la reunión con un productor ante el que defiende su punto de vista, sostiene que el cine X vende a los hombres una fantasía: «la de que el apetito sexual de las mujeres es igual al suyo». Pero, ¿es una fantasía? Son las mujeres quienes deben responder a esto: a la pregunta sobre el deseo femenino. Porque es importante distinguir cautelosamente aquello que responde a factores biológicos de aquello que la cultura puede modificar; no para dejar de someter las relaciones entre los sexos al escrutinio moral, sino para aceptar que la moralización puede tener sus límites. ¿Es cultural, por ejemplo, la atención que los hombres prestan a las mujeres más jóvenes? ¿O la vis atractiva del Brando joven? ¿Lo es la atracción que ejerce el poder? ¿O debemos, como sugiere el protagonista de The Square, aceptarlo como un hecho? ¿Deben La Sexta y cadenas similares de televisión dejar de contratar a mujeres atractivas? ¿Debe el cine prescindir de los protagonistas guapos para ofrecer una representación de la humanidad más ajustada a su media estética? ¿Podemos evitar que una mujer o un hombre notablemente atractivos sean juzgados por esa belleza, o que el nerd lo sea por su carencia de atractivo físico? ¿Nos gusta ser deseados, o nos repele?

No son preguntas triviales. Todas ellas giran en torno al problema de la maleabilidad cultural del deseo sexual, que bien podríamos ver como un experimento en marcha. Se ha dicho a este respecto (no recuerdo quién) que quizá sean las mujeres quienes deban dar un paso al frente y decir con claridad de qué modo querrían ‒más allá de condenar el acoso y el abuso‒ reescribir las reglas que organizan las relaciones entre hombres y mujeres. De alguna manera, es lo que están haciendo. Pero no existe todavía nada parecido a la unanimidad y quizá nunca pueda haberla. Un ejemplo de las discrepancias nos lo trae Anna Biller, autora de esa originalísima película que es The Love Witch (2016). Biller ha declarado que uno de los propósitos del film es preguntar al sex symbol, a la mujer cosificada, qué piensa. Y ha denunciado cómo

la izquierda se ha apropiado de la política de la libertad sexual de una forma que no es positiva para las mujeres. Si te quejas de alguno de los problemas que la revolución sexual ha provocado a las mujeres, pareces una mojigata de derechas. Pero la revolución sexual prometió toda clase de libertades a la mujer, ninguna de las cuales se ha alcanzado: al menos, la mujer no.

Su primera película, Viva (2007), trataba sobre un ama de casa de los años setenta arrastrada por su marido a la revolución sexual y obligada por las circunstancias a desempeñar el papel de chica Playboy o, lo que es igual, a satisfacer la fantasía masculina. ¿Puede entonces suceder que la revolución sexual haya tenido un carácter opresivo para las mujeres? Pero, si lo tuvo, ¿es por razón del predominio de las formas sexuales masculinas o por la intensidad que demanda en el ejercicio de la sexualidad? Hablando de Playboy, la combativa Camille Paglia ha elogiado recientemente la figura de su creador, el fallecido Hugh Hefner. Para Paglia, Hefner estaba lejos de ser un misógino y su logro fue transformar al varón estadounidense, despojándolo de la herencia puritana y presentándolo como un connoisseur a la manera continental, situando el sexo dentro de un continuo que incluía el jazz, las ideas o la buena comida. Del granjero al gentleman: una visión que envejeció súbitamente con la explosión psicodélica de los años sesenta. Para la heterodoxa pensadora norteamericana, la demonización de Hefner es una expresión de la «fobia sexual» del nuevo feminismo: cosificar, dice, no es deshumanizar. A su modo de ver, la historia del arte y su prolongación en el cine de Hollywood y las sex symbols del siglo XX así nos lo enseña. También lo indicaría el contraste con la actitud homosexual:

Basta con atender a la larga historia del mundo gay masculino, empezando por la Atenas clásica. Ningún hombre gay ha dicho nunca, contemplando a un joven con un cuerpo perfecto, «Mi mirada está haciéndolo pasivo». Sería una estupidez. Cualquier hombre gay sabe que la juventud y la belleza son principios supremos que merecen nuestra admiración y veneración. Cuando adoramos la belleza, adoramos la vida misma.

He ahí, ciertamente, una cosificación que no merece ningún reproche en el discurso público. Pero, más allá de esta comparación, ¿qué aspecto tendría una sociedad basada simultáneamente en el consentimiento de todos los implicados y en el abandono del rol más o menos pasivo (pero no por fuerza menos decisor) que tradicionalmente se ha atribuido a la mujer en materia sexual, acaso como prolongación de su papel secundario en otros aspectos de la vida social (aunque no en todos)? ¿Son las formas sexuales dominantes, hábitos de dormitorio incluido, una imposición masculina? ¿Se trata acaso de equilibrar el peso de las preferencias de hombres y mujeres en el marco de esa cultura del consentimiento al que se refiere Laurie Penny?

No sabemos si el futuro tendrá ese aspecto. Existen otras posibilidades: la desactivación sexual de la especie; la paulatina forja de una enemistad entre hombres y mujeres que convierta el trato recíproco en un forzado ejercicio de rigidez diplomática; que las cosas sigan más o menos como están. Pero quizá no haya que ser tan pesimista: en los próximos años podría fructificar una reconstrucción de las relaciones entre los dos sexos que sea satisfactoria para ambos. Será la semana que viene, al poner cierre a esta serie, cuando veamos cuáles son las bases sobre las que puede construirse ese nuevo régimen sexual y, en consecuencia, qué forma puede adoptar una sociedad cuya divisa sea la igualdad entre seres diferentes.

 

V (14-02-18)

Durante varias semanas han venido discutiéndose en este espacio las implicaciones que el movimiento #MeToo puede tener para las relaciones entre hombres y mujeres, incluidas las normas y expectativas sociales llamadas a regularlas en el futuro. Por eso es razonable terminar esta reflexión preguntándonos hacia dónde vamos. ¿De qué manera pueden reorganizarse esas relaciones de un modo que sea satisfactorio para ambos sexos?

Desde el primer momento se dejó aquí claro que no había nada que discutir en lo concerniente al abuso, el acoso y cualquier otra forma de chantaje o violencia sexual. Nadie puede defender conductas de esa índole ni oponerse a que se establezcan mecanismos y protocolos eficaces para evitar su ocurrencia o facilitar su denuncia. Lo mismo puede decirse de tantas otras reivindicaciones feministas, por más que algunas de ellas adolezcan de una formulación inexacta (la llamada «brecha salarial», por ejemplo, no es lo que parece). De ahí que haya preferido centrarme en la más interesante cuestión del consentimiento, incluidas sus zonas grises, que de manera natural desemboca en el problema del deseo: sus raíces, sus manifestaciones y eso que podríamos llamar su mercado (o espacio social de encuentro de la oferta y demanda por parte de ambos sexos).

Ahora bien, indagar en los fundamentos biológicos de la conducta sexual en modo alguno implica justificar las conductas inapropiadas del varón, por no hablar de su ocasional peligrosidad, sino que constituye un intento de explicar su mayor agresividad o intentar hacerlo. La confusión entre facticidad y moralidad es una constante en este terreno: la mujer que invoca su derecho a no ser cosificada cuando se pasea en bikini por la playa o la que reclama no ser objeto de violencia sexual cuando se da un paseo nocturno por un suburbio portuario choca de frente con los límites del argumento prescriptivo. Eso no significa que la moralización de las conductas sexuales sea inútil, pero sí sugiere que la completa erradicación de la violencia sexual quizá no sea posible. En cuanto a la llamada cosificación, ya vimos en la entrega anterior que parece constituir un ingrediente necesario de los mecanismos biológicos del deseo. De donde, sin embargo, tampoco cabe deducir que la cultura esté aquejada de impotencia represiva: igual que el papel de la animalidad humana no puede ser ignorado, la biología no puede servir de excusa.

En un coloquio  organizado por la Universidad de Harvard, los eminentes psicólogos Steven Pinker y Elizabeth Spelke debatieron acerca de las diferencias sexuales entre hombres y mujeres, y su influencia sobre el mundo de la ciencia. Y aunque no es ese el tema que aquí nos ocupa, la conversación ofrece alguna pista interesante sobre la incógnita biológica. Es decir, acerca de la medida en que las actitudes sexuales están condicionadas por rasgos innatos propios de cada sexo o, por el contrario, son «construcciones de género» dependientes de la socialización y la cultura. Pinker empieza por señalar que la posición naturalista fuerte, que hace depender por completo la conducta de los factores biológicos, no tiene ya apenas defensores. ¡Pero los tuvo! Frente a ella, existe una postura construccionista fuerte, de acuerdo con la cual hombres y mujeres son biológicamente indistinguibles, explicándose entonces sus diferencias por causas culturales. Y hay, claro, posiciones intermedias que apuntan –razonablemente– a una combinación de diferencias biológicas innatas que interactúan con la socialización y la cultura. Pinker himself es partidario de reconocer la existencia de aquellas diferencias innatas que sean experimentalmente observables y estadísticamente relevantes. «La verdad no es sexista», dice; es la verdad. Y por eso

rersulta crucial diferenciar entre la proposición moral de acuerdo con la cual nadie debería ser discriminado por razón de sexo –que, a mi juicio, es el núcleo del feminismo– y la afirmación empírica que dice que hombres y mujeres son biológicamente indistinguibles.

Salta a la vista que la razonable proposición conforme a la cual se atribuye un papel a los rasgos innatos en la conformación del individuo –distinguiéndose entre los rasgos innatos de hombres y mujeres, en lugar de hacer depender el conjunto de nuestras disposiciones y apetitos del proceso de socialización– sólo nos deja a medio camino. Ya que, al optar por una explicación dialéctica, para la que los rasgos innatos interactúan con la cultura y el ambiente, queda por dilucidar la medida en que conductas concretas puedan ser explicadas como efecto, bien de una propensión biológica, bien de un sesgo cultural, así como de qué manera aquella ha producido este o viceversa. Porque también puede suceder, y así lo señala Pinker, que el sesgo cultural heredado sea un reflejo de las diferencias biológicas (pensemos en el trabajo físico más exigente, por ejemplo) en lugar de un mero capricho histórico. Y eso no es una tarea fácil.

Con todo, Spelke tiene aquí la última palabra. A su juicio, el mayor número de hombres en la carrera científica se debe a factores sociales, pues no habría diferencias en las aptitudes intrínsecas entre sexos en este terreno. Eso no significa, advierte, que los géneros sean indistinguibles: sólo que en este caso, a su juicio, los factores sociales pesan más que los innatos. No obstante, se pregunta si Pinker no tendrá en parte razón, esto es: ¿no será que las diferencias motivacionales de origen biológico empujan a los hombres hacia la ciencia y las matemáticas en mayor medida que a las mujeres? Su respuesta es aplicable también al campo de las relaciones sexuales: ahora mismo, sencillamente, no podemos saberlo:

Puede ser cierto, pero mientras la discriminación y las percepciones sesgadas nos afecten de manera tan generalizada, nunca lo sabremos. La única forma de averiguarlo es haciendo un experimento.

Este experimento es engañosamente simple: deberíamos dejar, sugiere Spelke, que la hipótesis de que hombres y mujeres tienen las mismas capacidades cognitivas permee el cuerpo social e influya en sus arreglos institucionales, incluyendo la organización del sistema educativo. Si, andando el tiempo, sigue habiendo más hombres que mujeres en el mundo de la ciencia, quien tenía razón era Pinker: los rasgos innatos se habrán revelado como determinantes y la cultura como irrelevante. Pero sólo así podremos salir de dudas y zanjar el debate.

Este mismo esquema podría aplicarse a las relaciones sexuales entre hombres y mujeres. Por ejemplo: la criticada sexualización de la mujer en la publicidad, la moda y el cine, que, entre otras cosas, conduce a la discriminación salarial de los modelos frente a las modelos, ¿es un sesgo creado por el llamado patriarcado, o un efecto de diferencias innatas que son explotadas por la industria? Para averiguarlo, tendríamos que seguir avanzando en la igualdad decisora de hombres y mujeres. Si el deseo sexual femenino, liberado de los corsés patriarcales, se revela idéntico al del hombre, ¿no habría que esperar el condigno aumento de la sexualización masculina, e incluso el crecimiento de la prostitución para mujeres o del cine X femenino? Estos fenómenos existen, pero su dimensión es marginal. Por contraste, en las llamadas revistas femeninas, las portadas las ocupan las propias mujeres. ¿Desaparecerá Marie Claire? ¿O el feminismo de mañana hará las paces con la coquetería?

Hay, claro, un futuro alternativo menos basado en la liberación conjunta que en la represión de todos. Aquel donde se neutralizan tanto la male como la female gaze, donde se opta por la censura artística de aquellas obras que puedan reproducir «estereotipos de género» que se consideran desigualitarios, o donde se prohíbe por completo el ejercicio de la prostitución o la producción de cine pornográfico. En Suecia, por ejemplo, se debate incluso la persecución penal del ciudadano sueco que recurra a los servicios de una prostituta en un país extranjero. Hay que suponer que es en este tipo de sociedad, utópica para algunos y distópica para otros, donde sería aconsejable emplear una App como la que unos emprendedores digitales se han apresurado a diseñar al hilo del debate sobre el acoso: una donde dos personas dejan por escrito que consienten en mantener relaciones sexuales y acuerdan ex ante el catálogo de prácticas eróticas que están dispuestas a aceptar.

Estaría apostándose entonces aquí por la capacidad de la cultura para domesticar el instinto sexual masculino, igualando a hombres y mujeres en un marco legal y social donde las prácticas eróticas resultarían fuertemente reguladas. Si esto es o no realizable, ya lo veremos. Para Camille Paglia, a quien citábamos la semana pasada, la gradual igualación de los sexos ya habría causado un creciente desinterés recíproco: la mezcla de hombres y mujeres sería causante de una indistinción de efectos desactivadores. Pero quizá se trate menos de una desactivación de la libido misma –vista la vitalidad del mercado de citas, tecnológicamente facilitadas vía Tinder y aplicaciones similares– que de una deserotización que estaría afectando especialmente a los norteamericanos:

Estamos en un período de inercia y aburrimiento sexual, de queja e insatisfacción, que es una de las razones por las cuales los jóvenes consumen pornografía. El porno se ha convertido en un refugio necesario de la imaginación sexual ante la banalidad de nuestras vidas cotidianas, donde los sexos aparecen mezclados en el lugar de trabajo. [...] Los sexos recelan el uno del otro. No hay presión para que los hombres se casen, porque pueden conseguir sexo fácilmente por otros caminos.

Paglia parece contradecirse cuando contrasta el presunto aburrimiento mutuo con la sexualidad mecánica –como la del Casanova de Fellini– de la llamada hookup culture. Sin embargo, el amor romántico sigue siendo el ideal a que aspiran la mayoría de los individuos occidentales; un ideal tan resistente que ha sobrevivido a una elevada, aunque quizá declinante, tasa de divorcios. Cuestión distinta es que la revolución sexual de los años sesenta se tambalee ante la presión ejercida por las exigencias de la vida cotidiana en las sociedades tardomodernas: ese «sexo cero» del que hablaba hace poco Mariano Gistaín. Por lo demás, hay un país que ejerce desde hace tiempo como laboratorio para la desactivación sexual colectiva: Japón, donde, según las últimas estadísticas, hasta el 47% de los hombres no casados entre veinte y veinticuatro años de edad afirmaban no haber tenido nunca sexo con una mujer (en 2002 ese porcentaje era del 34%: la tendencia es alcista en un país que pierde población a una velocidad de vértigo). Pero incluso en Estados Unidos se observa un cambio en la conducta sexual de los jóvenes: si, en 1991, el 54% de los adolescentes (catorce a dieciocho años) decían contar ya con experiencia sexual, en 2015 sólo lo afirmaba el 41%. Nada de esto significa que nos encontremos a las puertas de una involución conservadora, pero la corriente de fondo parece indicar un descenso del hedonismo juvenil y sugiere, por tanto, que la agudización de la liberación sexual de los años sesenta no es el destino definitivo de las sociedades occidentales. Y ello a pesar de que la oferta de contenidos sexuales o eróticos de todo tipo, desde las imágenes a los juguetes y la lencería low-cost, no ha dejado de aumentar.

En su empeño por «historicizar» al sujeto, esto es, por encontrar en su pasado las razones de su conducta presente y evitar, así, que clasifiquemos como «natural» ninguno de sus rasgos, señalaba Nietzsche que «las necesidades que ha satisfecho la religión y ahora debe satisfacer la filosofía no son inmutables; incluso es posible atenuarlas y erradicarlas». Habría, pues, marcha atrás. Pero, ¿estamos seguros de que las necesidades hormonales, ligadas biológicamente al impulso reproductivo y al nacimiento involuntario del deseo en contacto –visual o real– con el otro sexo, puedan ser equiparadas a esas necesidades que el filósofo alemán describe como «erradicables»? Tenemos razones para dudarlo: aunque las formas del deseo hayan cambiado históricamente, el deseo mismo se ha mantenido más o menos constante. Puede atenuarse y reprimirse, pero no desaparecer. ¿O sí puede? En cualquier caso, no parece que haya razón alguna para tener que elegir entre Japón y una velada infinita en el club de swingers: existen posibilidades intermedias. Me referiré, para terminar esta serie, a dos de ellas: una deseable; otra, no tanto.

La primera consiste en la completa realización de alguna de las posibilidades latentes en el debate contemporáneo. Es decir, en una hipersensibilización de las relaciones entre hombres y mujeres que desemboque en una suerte de enemistad recelosa impulsada por la sospecha recíproca. En este marco, entre Japón y Suecia, la extrema corrección conduciría al anestesiamiento de algunas de las cualidades vitales que han acompañado desde antiguo a las manifestaciones humanas. La búsqueda de la autonomía personal a toda costa nos privaría, entonces, de experimentar las emociones vinculadas a la vida amorosa y sexual. Estaríamos ante una pacificación sólo aparente, lograda por medio de una represión altamente civilizada: angustiados por el desorden amoroso generado por el fin del régimen matrimonial clásico, buscaríamos recrearlo bajo otras formas o emancipar por completo al individuo en la esperanza de que jamás dependa de nadie. Simultáneamente, las representaciones culturales de la sexualidad se verían tajantemente reducidas con objeto de evitar la cosificación ejercida por la mirada masculina.

Se trata, claro, de una caricatura. Pero es una caricatura que sirve para identificar los elementos menos alentadores de algunas tendencias de opinión que gozan de fuerza en nuestra época. Una de ellas es el autoengaño acerca del carácter de las relaciones eróticas, a las que se intenta privar de toda peligrosidad. Esto, bien mirado, es imposible: a no ser que, por el camino, acabemos con el propio erotismo. En su prólogo a la gran novela epistolar de Choderlos de Laclos, Las amistades peligrosas, dice Gabriel Ferrater que la obra somete el erotismo a un juicio moral que suspende con claridad. Y es que el erotismo es siempre disruptivo, destructor de algo: «el erotismo daña, daña siempre». Quizá por eso escribe Laclos –o, mejor dicho, uno de los personajes de Laclos– que peca de imprudencia quien no ve en su actual amante a un futuro enemigo. Tampoco es casualidad que el escritor francés Pascal Quignard cite a Laclos en su deslumbrante ensayo sobre la sexualidad romana, donde señala que el hombre –«acosado por su deseo como por un lobo»– no tiene más remedio que elegir entre Venus y Marte: el amor o la guerra. Y añade:

Hemos nacido animales: es la «brutalidad» de la que la humanidad no consigue liberarse, a pesar de los deseos que albergan sus representantes y de las leyes que las ciudades promulgan para confiscar su violencia [la cursiva es mía].

Pero Ferrater añade que el libro incorpora una valiosa lección moral: entre todos su lectores, sólo los jóvenes pueden llegar a creer el mito de que es posible «manejar a las personas, seducirlas». En el libro nadie maneja a nadie, «a no ser que entendamos que herir o matar es manejar». Todos participan; lo que significa que todos salen, salimos, dañados. Ni siquiera es necesario que haya relaciones eróticas de por medio: basta enamorarse sin ser correspondido. Viene a cuento lo que escribe Vladimir Nabokov en Ada o el ardor en referencia a Lucette, hermana de Ada, que ama a Van pero no es amada por Van, y termina quitándose la vida:

En mundos más profundamente morales que esta bola de cieno, acaso existirían restricciones, principios, consolaciones trascendentales, e incluso un cierto orgullo en hacer feliz a alguien a quien uno no ama de verdad; pero, en este planeta, las Lucettes están condenadas.

Dicho de otra forma: si renunciamos a una concepción del erotismo ligada a la libertad individual, quizá ganemos en seguridad, pero perderemos otros bienes también valiosos. Y quizá no sea necesario. Ya se ha señalado que es preciso evitar que nazca una nueva enemistad entre los sexos. No debería ser tan difícil; quizás estamos en una fase especialmente belicosa que dejará paso tarde o temprano a una nueva síntesis. Pero para que un nuevo régimen sexual se haga posible, el punto de partida tiene que ser la cooperación entre hombres y mujeres: una disposición al entendimiento que asuma que estamos ante un problema de especie y no ante un problema de los hombres o un problema de las mujeres; aunque sea un problema que se manifieste de formas distintas para hombres y para mujeres. Y ello sin olvidar que no todos los hombres ni todas las mujeres son iguales entre sí. Estamos, pues, condenados a entendernos: la alternativa es una desaconsejable incomunicación que dificultaría la realización de algunos fines que necesitan del concurso de los dos sexos.

Sea como fuere, una solución duradera y satisfactoria al problema de los sexos sólo puede provenir de una combinación virtuosa de autoconciencia e ironía. Es decir: de una profundización en los principios ilustrados que incorpore plenamente a las mujeres al contrato sexual. Pero seamos más precisos: la autoconciencia equivale aquí a un ejercicio de reflexividad que nos permite ponernos en el lugar del otro y hacernos cargo de la compleja red de significados y afectos que se entretejen en las relaciones entre hombres y mujeres. Con todo, no se trata de dejarnos aplastar por el peso de esa carga, sino de conocerla a fin de aligerarnos: de saber en qué lugar de la historia común nos encontramos y descartemos –ambos– aquello que ya no es aceptable, para así desenvolvernos libremente en el campo abierto de lo que sigue siéndolo. Y la ironía será lo que nos permita introducir en estas relaciones un elemento lúdico, la posibilidad de ocupar o desocupar los roles sexuales o eróticos que también libremente asumamos, sin miedo a ninguna sanción moral o a someternos con ello «indebidamente» a los deseos del otro. Por el contrario, se trata de una emancipación mutua, un como si que toma elementos del imaginario sexual sin identificarse necesariamente con ellos. Es más bien un juego, una suspensión de las identidades ordinarias que se produce durante el coqueteo, la relación ocasional o la unión más o menos duradera. Excluyendo toda coerción, pero también todo moralismo; o, al menos, no imponiendo a los demás las reglas de nuestro juego. Tal como cantaba Jarvis Cocker en This is hardcore, una canción sobre las ambigüedades del porno privado y casero: «Quiero hacer una película, actuemos juntos en ella / No te muevas hasta que no grite acción / [...] Éste es el ojo del huracán  / Es por lo que pagan hombres de gabardinas manchadas / Pero aquí es algo puro». Aquí: en el espacio creado por el libre consentimiento entre dos adultos.

Naturalmente, el acuerdo no será siempre fácil o posible. Pero debemos crear el marco legal y social adecuado para intentar alcanzarlo, aceptando de paso las ambivalencias que acompañan a las relaciones humanas. Porque nunca somos del todo libres y rara vez somos del todo iguales, pero ante esa realidad lo único que podemos hacer es esforzarnos en serlo.