Presentació

Certament i justificadament, l’interès i la preocupació per l’evolució i desenllaç de la crisi política catalana i espanyola esdevenen obsessius aquests dies, però mentrestant el món no para de girar i es succeixen fets força rellevants que, d’una manera o altra, emmarquen i condicionen la nostra pròpia història.

Fets rellevants com el XIXè congrés del Partit Comunista Xinès (Miguel Solana [text 1], Fernando Delage), en el que es consolida el lideratge de Xi Jinping (Lluís Bassets, Xulio Ríos) i es projecta la pacient ambició xinesa (Fareed Zakaria) per substituir en el lideratge global uns Estats Units, avui desnortats.

Una contribució important al desprestigi internacional dels Estats Units és la decisió de descertificar l’acord nuclear amb l’Iran, davant l’estupefacció dels altres països compromesos en contribuir al designi d’avançar cap a la desnuclearització militar (Lluís Bassets) [text 2].

Enaquest contetx, Europa es consumeix en les seves contradiccions que li han impedit fins ara intentar ser un agent determinant en el món global en recomposició. Persisteixen els dubtes sobre si el rellançament europeu és possible a nivell de tota la Unió o si per tenir la potència suficient s’ha de circumscriure a la zona euro (Pierre-André Buigues) [text 3]Indesicions i dubtes que pesen sobre el futur de la socialdemocràcia europea (Andrés Ortega, Elie Cohen/Gérard Grunberg), que condicionen la complicada operació de formar govern a Alemanya (Daniel Vernet, Joschka Fischer), que incideixen en la negociació del Brexit  (David Davis) i que han planat sobre les recents eleccions a Àustria (Claudio Magris, Xavier Casals, Cyrile Bret).

És en aquesta Europa, atrapada entre l’imperatiu de reactivar-se per sobreviure i els condicionants imposats per la seva complexitat, que irromp la qüestió catalana. Per a l’independentisme amb l’esperança que la hipòtesi d’una desestabilització de l’Estat espanyol provoqui una mediació favorable a la seva causa. Per a l’Estat espanyol amb la convicció de comptar amb el suport inequívoc de les institucions comunitàries i dels Estats membres. Ara per ara es tracta d’una batalla ben desigual, a la vista dels reiterats pronunciaments a favor de l’Estat espanyol i dels advertiments contra el que es percebeix com un nou factor de desestabilització d’una Europa que ja té prou maldecaps (Daniel Gros [text 4], Joschka Fischer [text 5],  Paul de Grauwe, Josep Oliver). A més, el record del malson iugoslau contribueix a minar les possibilitats de la causa independentista (Miguel Rodríguez Andreu [text 6], Albert Branchadell).

Al bany de realitat que suposa la reacció europea, l’independentisme hi ha d’afegir el proporcionat pels efectes econòmics provocats per la incertesa creada per la confrontació oberta amb l’Estat (Íñigo de Barrón [text 7],  Antón Costas, [text 8], Xavier Vidal-Folch): el miratge d’una independència sense costos s’esvaeix i s’estén la preocupació -quan no el temor- pel futur. Preocupació que fonamenta les crides al president Carles Puigdemont a fer marxa enrera en la intenció de declarar la independència i avenir-se al requeriment del Govern central (Ferran Rodés [text 9], Francesc-Xavier Mena, editorial de La Vanguardia [text 10]).

Tanmateix, l’erosió provocada en la causa independentista per les reaccions europea i econòmica es veu compensada per la injecció d’emotivitat provocada per l’empresonament dels dirigents de l’ANC i d’Òmnium Cultural, que permet reactivar l’energia del moviment i desplaçar el focus cap a una reivindicació democràtica enfront d’un Estat considerat autoritari. Es reforcen així les hipèrboles que sustenten aquest va-i-vé d’acció/reacció: la desmesurada acusació de sedició  (Jordi Nieva-Fenoll [text 11],  Paz Lloria, Miguel Pasquau) és contestada per la desqualificació democràtica de l’Estat espanyol.

És en aquest clima on els actors polítics principals han de prendre les seves difícils decisions, condicionats pels equilibris polítics dins del seu propi camp (Pablo Simón) [text 12]. El joc de cartes entre Puigdemont i Rajoy sembla orientat a provocar que sigui l’altre el que pitji el botó nuclear i aparegui davant de l’opinió pública com a responsable del daltabaix (Enric Juliana [text 13],  Kepa Aulestia [text 14).

En aquests moments no s’albira cap indici que permeti entreveure alguna possibilitat d’evitar la consumació del desastre polític, malgrat que els dos presidents deuen saber perfectament el que no han de fer (Lluís Foix [text 15]). Desgraciadament el camí del reconeixement mutu  (Joan Subirats [text 16]) imprescindible per arribar amb el temps a un arranjament raonable demà serà més estret i costerut que avui.

 

Miguel SOLANA, “Y mientras tanto, en China” a Agenda Pública (19-10-17)

http://agendapublica.elperiodico.com/y-mientras-tanto-en-china/

… El Partido Comunista celebra su 19º Congreso Nacional. Incluso en un momento tan convulso para España causado por el desafío independentista y también para la Unión Europea, en pleno Brexit y con un auge de la extrema derecha en Alemania, es necesario, por unos minutos, poner la atención en China.

Desde ayer hasta el día 24 el evento reunirá en Pekín a 2.300 delegados del sector público, privado y del ejército. Durante este se debatirán distintos temas de carácter político, económico y social y se designarán los nuevos miembros de los principales órganos de gobierno del Partido: Comité Central, Buró Político y Comité Permanente.

Pese a que hay una gran especulación sobre los nuevos nombramientos, hay consenso sobre que el Congreso servirá para consolidar todavía más el poder del actual secretario del partido y presidente de China Xi Jinping, cuyo segundo mandato de cinco años será ratificado.

El fortalecimiento de su poder vendrá dado por su designación como contribuidor a la ideología del Partido –algo que sus antecesores no consiguieron durante su mandato– y mediante el nombramiento de altos cargos afines; esto rompería el consenso no escrito de dar paso, en los últimos cinco años de mandato de cada secretario general, a representantes de corrientes afines al antecesor en el cargo, algo que ha marcado las transiciones de poder entre las diferentes corrientes del Partido desde el fin del mandato de Mao. Asimismo, el Congreso puede romper algunas de las reglas establecidas desde el periodo de Deng Xiaoping, entre ellas la edad máxima para ostentar un cargo y, sobre todo, eliminar la restricción de la presidencia del partido a dos mandatos, lo que significaría uno de los cambios más relevantes desde la llegado del Partido Comunista al poder.

Pese al descontento que esto generará en ciertas alas del Partido, la acumulación de poder por parte de Xi Jinping hasta la fecha, en particular, su control del ejército y de la agencia anticorrupción –cuyo responsable Wang Qishan, es considerado la segunda persona más importante del gobierno por encima del primer ministro Li Keqiang y candidato a sucederle, hacen poco probable un movimiento de ruptura dentro del Partido que pudiera desestabilizar el sistema político en los próximos cinco años.

¿Qué podemos esperar de China en los próximos años bajo un mandato fuerte de Xi Jinping?

La agenda doméstica vendrá determinada por nuevas políticas que consoliden el ritmo de la transformación del país hacia una sociedad de consumo, que es desde 2015 el principal contribuyente al crecimiento del PIB. En este sentido, se espera que durante el Congreso se anuncien medidas que apoyen esta transición, en particular: primero, priorizar el acceso al crédito a consumidores y pymes mientras se aceleran las medidas para sanear el sistema bancario (enfocadas fundamentalmente en reducir el endeudamiento de empresas ligadas al sector público y gobiernos locales); segundo, nuevas iniciativas para promover y facilitar la transición de trabajadores a sectores con alto crecimiento y mitigar el riesgo de desempleo; tercero, en el área de inversión, se dará prioridad al desarrollo urbano del interior de China y la creación del mayor núcleo urbano del mundo alrededor de Pekín –Xiongan– que podría alcanzar los 100 millones de personas.

Dos iniciativas gubernamentales que merecen mención específica son el plan One Belt, One Road, uno de los pilares geopolíticos de China y que con un presupuesto de 1 trillón de dólares tiene como objetivo desarrollar la infraestructura necesaria para conectar China con Asia Central, África y Europa. Asimismo, destacan los distintos planes que promueven la modernización país: el plan Made in China 2025, con un presupuesto de 150.000 millones de dólares para los próximos 10 años, con el objetivo de modernizar la capacidad de producción china, el desarrollo de la nueva infraestructura de telecomunicaciones de alta velocidad que llegará a todo el país y el liderazgo en el desarrollo del coche eléctrico.

En materia de seguridad, la anexión de territorio en el Mar de China Meridional seguirá siendo una prioridad para China por su valor geoestratégico. Respecto al conflicto con Japón sobre las islas Senkaku, China parece querer evitar la confrontación. Corea del Norte seguirá siendo la gran incógnita y principal preocupación en la región. La probabilidad de conflicto armado sigue siendo baja, pero su impacto sería tan alto (ya que afectaría a las tres principales economías de la región, China, Japón y Corea del Sur) que exigirá particular atención por todos los países involucrados.

La relación con EE.UU. es otro de los elementos principales de la política exterior. Tras una reunión más positiva de lo esperado por muchos analistas en abril y numerosas conversaciones entre los equipos de ambos jefes de estado durante los últimos meses para encontrar una solución al problema generado por Corea del Norte, Xi Jinping recibirá al presidente Donald Trump en Pekín a principios de noviembre, en lo que puede representar otro acercamiento entre ambos países. La cumbre tendrá como resultado concesiones por ambos lados que pueden facilitar la resolución del conflicto con Corea del Norte y una mayor estabilidad del comercio internacional.

El Congreso reconocerá también el papel que ha desempeñado Xi Jinping en aumentar la influencia de China en el exterior. Por méritos propios y decisiones de otros, la presencia de China en el ámbito global ha alcanzado cotas máximas. La participación de Xi Jinping en Davos y la inclusión del yuan en la cesta de monedas del Fondo Monetario Internacional han sido dos hitos que simbolizan este creciente papel. A futuro, el Banco Mundial, el FMI y la UNESCO son organismos en los que China quiere adquirir mayor poder, además de consolidar el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura. En paralelo, seguirá promoviendo, junto con otros países, acuerdos contra el cambio climático, un área que fortalece su papel de potencia internacional y responde también a prioridades de política doméstica, debido a la creciente preocupación de la población por la contaminación.

En materia de libertades y de avance democrático, sin embargo, se prevén pocos cambios. La situación de Hong Kong y numerosas medidas para controlar el acceso a la información indican que el Partido no tiene intención de reducir su control en este ámbito. A esto se une el creciente descontento de la clase media urbana con la contaminación medioambiental, la calidad de la educación y sanidad y la corrupción. La falta de avances y medidas en estas áreas podrían convertir a este segmento de la población, cada vez con mayor poder económico y numeroso, en una fuerza de cambio en el futuro. Esto convertiría a los principales beneficiados por el histórico crecimiento económico de China en la principal amenaza del Partido.

En definitiva, y pese a posibles fuentes de inestabilidad como las anteriormente mencionadas, el Congreso tiene lugar con un gobierno fuerte, altas tasas de crecimiento económico y planes ambiciosos para la modernización del país y su ascenso en el panorama internacional.

El siglo XXI es el siglo de China. Como decíamos en una nota anterior, la capacidad para articular una estrategia que responda a esta nueva realidad marcará en gran medida la prosperidad económica de la UE en el futuro.

 

 

Lluís BASSETS, “La guerra nuclear en manos de un imbécil” a El País (15-10-17)

https://elpais.com/internacional/2017/10/13/actualidad/1507914394_885928.html

Del loco al imbécil. Este es el paso que hemos dado en los nueve meses que lleva Donald Trump en la Casa Blanca. La teoría del loco, inicialmente utilizada para Trump, fue un invento de Nixon durante la guerra de Vietnam: nada sería más disuasivo para el enemigo que la idea de que el presidente es un loco irrefrenable, dispuesto a barrerle del mapa a bombazos aunque no hubiera motivo. La teoría del imbécil es, en cambio, de Rex Tillerson, el actual secretario de Estado y se refiere a su patrón, Donald Trump, con el que se ha enfrentado y de quien piensa que no tiene conocimientos ni inteligencia, ni siquiera madurez suficiente como para controlar el arma nuclear que tiene en sus manos. Es decir, es un “fucking moron”, un “jodido imbécil”, según aseguró irritado el 20 de julio tras escuchar sus desvaríos en una reunión de la cúpula de seguridad en la Casa Blanca.

Las alarmas acerca de la impredictibilidad de Trump vienen sonando desde antes incluso de su victoria en la elección presidencial. Pocos pueden llamarse a engaño acerca de la personalidad del presidente. Pero sus nueve meses en la Casa Blanca son todavía peores de lo que nadie pudo imaginar. De entrada, porque ni se ha moderado ni ha aprendido nada. El poder no ha actuado como factor estabilizador. Al contrario, ha acrecentado su prepotencia y sus desinhibiciones, especialmente con la perturbación de sus improvisaciones en Twitter, actualmente el mayor factor de inestabilidad de la política exterior estadounidense.

Esta semana ha presentado su nueva política de seguridad con Irán, coincidiendo con su decisión de descertificar el cumplimiento de las condiciones del acuerdo nuclear firmado por Obama en 2015. La inconveniencia de retirarse del acuerdo nuclear ha sido reconocida por todos, dentro de la Casa Blanca incluso, no tan solo porque Teherán, en contra de la descertificación, está cumpliendo sus compromisos con los seis firmantes del acuerdo nuclear (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia, China, además de la UE), sino porque dicho acuerdo constituye un factor de estabilidad en una zona de alto riesgo bélico.

Trump ha denunciado el acuerdo nuclear con Irán desde el primer día. Tiene muchas razones para hacerlo. La más elemental, su repugnancia hacia todo lo que sea multilateral. Es la misma que está en la base de la retirada de la Unesco. Hay también un motivo personal. Como sucede con el Obamacare, el TTP (tratado de libre comercio transpacífico) o el acuerdo de París sobre el cambio climático, el pacto con Irán es uno de los éxitos de la presidencia de Obama que Trump quiere obliterar. En su jerga hecha de hipérboles lo ha calificado como “el acuerdo más peligroso y estúpido de la historia”.

La descertificación por parte de la Casa Blanca no debe producir muchos efectos a corto plazo y de hecho no significa su ruptura. La decisión de Trump, aplaudida por los rivales y competidores por la hegemonía regional que son Israel, Arabia Saudí y Emiratos, no tendrá seguimiento por parte de los otros firmantes, que son Rusia, China, Francia, Reino Unido, Alemania y la UE, países interesados en mejorar las relaciones con Irán y en evitar la proliferación nuclear en la región. Pero erosiona el acuerdo y abre un portillo a una ulterior ruptura por parte del Congreso.

Lo peor de todo es el mensaje implícito que contiene, dirigido al líder norcoreano Kim Jong-un: no firmes un acuerdo multilateral porque luego EE UU puede saltárselo. Con la liquidación de Sadam Husein, Corea del Norte aprendió que el arma nuclear es un seguro de vida. Lo confirmó la caída de Gadafi, que había cedido su programa nuclear a cambio de normalizar las relaciones. Ahora desaparece el modelo ejemplar de Irán, que Washington viola apenas dos años después de firmarlo. No es extraño que Corea del Sur se halle aterrorizada.

Pero es todavía más inquietante el mensaje a Teherán: sigan ustedes la vía norcoreana. Primero firmar un acuerdo, y luego incumplirlo y situarse en el umbral de la bomba y de su instalación en misiles intercontinentales. Pyongyang lo firmó en 1994, pero se retiró del Tratado de No Proliferación en enero de 2003, cuando ya estaba preparada la invasión de Irak que empezó en marzo siguiente.

Se da la circunstancia de que el mecanismo de certificación del cumplimiento por parte de Irán de los acuerdos fue ideado por el republicano Bob Corker, presidente del comité de relaciones exteriores del Senado, como cautela para evitar que el régimen de los ayatolas engañara a Obama y a la comunidad internacional. Pues bien, el propio Corker es quien ha hecho unas declaraciones en las que acredita que los comentarios de Trump en Twitter significan un peligro para la paz y podrían llegar a desencadenar la tercera guerra mundial.

El senador encuentra consuelo para su enorme preocupación con un presidente que actúa en la escena mundial como si estuviera en un reality show en el equipo de veteranos que le vigilan en la Casa Blanca, formado por el secretario de Estado, Tillerson, el secretario de Defensa James Mattis y su jefe de gabinete y general como el anterior, John Kelly. Pero no está claro que tal vigilancia sea suficiente para controlar el mayor factor de inestabilidad mundial que es el propio presidente.

El país que vive de forma más traumática la conducta de Trump es un estrecho aliado de EE UU como Corea del Sur, que sería la primera víctima en caso de una conflagración entre Washington y Pyognyang. Los tuits de Trump, según cuenta Se-Woong Ko, director de la revista digital Korea Exposé, “hacen caer ya de forma rutinaria los valores de la bolsa de Seúl”. Sus amenazas provocan el pánico en la población, que solo piensa en planes de evacuación y kits de supervivencia.

La mayor preocupación del establishment de seguridad estadounidense es el inmenso poder personal del presidente, especialmente en relación al arma nuclear, las 4.000 cabezas atómicas con capacidad para destruir el planeta. Tillerson llamó imbécil a Trump, aunque luego ha evitado confirmar o desmentir que utilizara tal insulto, al término de una reunión en la que el presidente se mostró partidario de contar en el futuro con un arsenal nuclear de 32.000 cabezas, el nivel máximo alcanzado por EE UU en plena guerra fría, en la época del equilibrio del terror.

Muchas son las voces, en el Congreso y en la opinión pública (un editorial de The New York Times esta semana), que piden la desposesión de los extensos poderes presidenciales sobre el arma nuclear, que son estrictamente personales y no necesitan autorización de las cámaras ni de los órganos asesores. Las ideas que se están barajando incluyen la aprobación del Congreso y el aval de los secretarios de Defensa y de Estado para autorizar un disparo atómico.

En 1946, cuando el Congreso aprobó los poderes personales del presidente sobre el arma nuclear, por la Atomic Energy Act, eran los militares los que tenían el gatillo fácil. El arma entonces recién inventada, experimentada y lanzada se situaba bajo la autoridad del máximo representante del poder civil que era el presidente. Ahora los papeles se han invertido, los militares son gente fiable y el irresponsable al que hay que vigilar es el presidente surgido de las urnas.

 

 

Pierre-André BUIGUES; “Comment relancer l’Europe: zone euro vs ensemble de l’UE?” a Telos (18-10-17)

https://www.telos-eu.com/fr/comment-relancer-leurope-zone-euro-vs-ensemble-de-.html

Macron a prononcé un discours optimiste et volontariste sur l’Europe en septembre 2017 à la Sorbonne. Il n’en soulève pas moins des questions sur la mise en œuvre et sur les priorités. Doit-on approfondir l’intégration de la seule zone euro ou relancer l’Union européenne dans son ensemble et quels projets privilégier ?

Il pourrait être plus facile de développer une relance pour l’ensemble de l’UE, qu’autour de la seule zone euro. Fortement souhaitable du point de vue économique, la relance de la zone euro se heurte en effet à de nombreux obstacles politiques.

La relance de l’intégration des pays de la zone euro

La consolidation de la zone euro est la priorité de la nouvelle politique européenne de la France. Macron déclarait en Janvier 2017, avant même d’être élu : « nous devons reconnaître collectivement que l’euro est incomplet et ne pourra durer sans réformes majeures. Il n’a pas permis à l’Europe de se doter d’une pleine souveraineté face au dollar. Il n’a pas poussé à une convergence entre nos différents États membres. À l’heure actuelle, l’euro n’est qu’un Deutsche Mark en plus faible. Et le statu quo signifierait le démantèlement de l’euro dans les dix ans qui viennent ». Le dernier Conseil européen reconnaissait d’ailleurs lui aussi, s’agissant de la zone euro, que son « architecture actuelle présente des défauts persistants ».

Le constat de Macron sur la non-convergence des niveaux de vie entre les pays de la zone euro est bien argumenté. Le revenu par tête relatif de plusieurs pays de la zone euro n’a pas cessé de baisser par rapport à l’Allemagne : en Espagne de 63% par rapport à l’Allemagne en 2016, contre 76% en 2008 ; en France de 88% en 2016, contre 100% en 2008 et en Italie de 72%, contre 87%.

Pour certains économistes, cette divergence ne peut que s’accentuer car l’unification monétaire a favorisé une spécialisation de la production, différente selon les pays (effets d’agglomération à la Krugman). Le poids de l’industrie manufacturière dans l’économie est de 21% en Allemagne, 15% en Italie, 12% en Espagne et seulement 10% en France et les écarts s’accentuent entre les pays les plus industrialisés et les autres. Avec des conséquences considérables sur la balance commerciale puisque les produits industriels manufacturés représentent plus de 75% des échanges internationaux.

Le président français a proposé pour la relance de la zone euro la mise en place d’un parlement et d’un ministre des Finances de la zone euro, une harmonisation fiscale et sociale et un budget pour la zone euro. Quels sont les soutiens et les oppositions à ces propositions ?

Un parlement de la zone euro ? Cette proposition se heurte à de nombreuses oppositions. Le président de la Commission Européenne, Jean-Claude Juncker, est tout à fait opposé à l’idée de doter la zone euro d’un parlement propre et d’un budget : « nous n’avons pas besoin de structure parallèle ». Le Parlement européen actuel ne veut pas non plus d’un parlement pour la zone euro et enfin, les pays de l’UE non-membres de la zone euro ne veulent pas devenirdes citoyens européens de seconde zone et sont opposés à tout renforcement de la zone euro.

Certes, la chancelière allemande assurait au dernier Conseil européen qu’« on peut parler » d’un « ministre européen des Finances » de la zone euro et qu’elle n’avait « rien contre un budget de la zone euro ». Cependant, étant donné les résultats des dernières élections allemandes, il faudra attendre le prochain gouvernement pour y voir plus clair sur la position de ce pays.

L’harmonisation de l’impôt des sociétés : la France, l’Allemagne, l’Espagne et l’Italie veulent ouvrir le chantier de l’harmonisation fiscale et sociale à l’intérieur de la zone euro. Dans la zone euro, le taux d’imposition des profits des sociétés va de 12,5% en Irlande à 34% en France. L’harmonisation de l’impôt sur les sociétés est une proposition de la Commission européenne depuis 2011. Merkel soutient ce projet car il « facilitera les activités des entreprises au sein du marché unique mais elle a souligné aussi que ce « travail… n’est pas simple ».

Pour preuve de la difficulté à déboucher sur une position commune, la proposition de Macron de taxer les géants américains du Net en fonction du chiffre d’affaires par pays s’est heurtée à l’opposition de quatre pays. Ces quatre pays, parmi lesquels trois pays membres de la zone euro (Luxembourg, Malte et Irlande) et Chypre, sont ceux où ces multinationales ont basé leurs sièges et où elles rapatrient leurs profits pour bénéficier des faibles taux d’imposition. Pour la fiscalité, la règle de l’unanimité est de rigueur

La mise en place d’un budget de la zone euro soulève aussi beaucoup de difficultés. En principe, ce budget de zone euro devrait permettre des transferts de richesse des pays les plus riches vers les pays les plus pauvres de la zone euro en cas de choc.

Or, l’opposition à un budget de la zone euro est très forte en Allemagne. La montée d’AfD et le poids du parti libéral après les élections allemandes auront de lourdes conséquences. L’AfD au Bundestag va exercer une pression politique permanente sur la CDU contre toute initiative européenne et Christian Lindner, le leader du FDP, a déclaré « avant d’élargir la zone euro, il faut la stabiliser. Les règles en matière de déficit ne sont toujours pas appliquées réellement et il manque un règlement de faillite des États. »

La gestion du budget actuel de l’UE illustre les difficultés pour trouver un accord entre pays. Ce budget de l’UE est bloqué à 1% du revenu national brut de l’UE et il a fallu deux ans et demi de discussions difficiles pour se mettre d’accord sur le cadre pluriannuel 2014-2020. Comment espérer moins pour un budget de la zone euro ?

Comment sortir de cette impasse ? Un budget de la zone euro est un chiffon rouge pour l’Allemagne et d’autres pays du nord de l’Europe. Il faudrait plutôt éviter le terme de budget de la zone euro, trop sensible politiquement, et réfléchir à des programmes très concrets. Par exemple, il pourrait être plus facile pour l’Allemagne d’accepter un budget en vue d’éviter l’effondrement du système éducatif dans les pays en crise de la zone euro, puisque l’immigration d’Italiens ou de Grecs vers l’Allemagne bénéficie économiquement à ce pays. De même, dans le domaine de la santé, des touristes allemands en Grèce ou en Italie ont tout à gagner à empêcher l’effondrement du système de santé dans ces pays, financer des hôpitaux grecs peut dès lors être justifié.

Relancer l’Union Européenne 

Avant l’arrivée au pouvoir de Macron, pour construire l’Europe post-Brexit, Angela Merkel privilégiait l’Europe à 27, pas le noyau dur de la zone euro. La priorité de la chancelière allemande était de préserver l’Union européenne et de revenir à l’approche par petits pas pour renforcer l’Europe dans des domaines comme la sécurité et la défense. L’approche allemande, pragmatique, a toujours favorisé des coopérations renforcées dans plusieurs domaines communautaires. C’est le cas de la défense, de la recherche, du climat ou de l’immigration.

Dans le domaine de la défense, en juillet 2017, Paris et Berlin ont décidé de « développer un système de combat aérien européen » sous leur direction, pour remplacer à « long terme », leurs « flottes actuelles d’avions de combat ». Cet avion verrait le jour vers 2030. Il a aussi été décidé de rapprocher les standards pour les chars, les missiles et de coopérer pour le futur eurodrone. Paris et Berlin ont aussi fixé les critères d’appartenance à la « coopération structurée permanente » des pays européens décidés à renforcer leur contribution à la défense européenne commune.

Dans le domaine de la coopération technologique, en Estonie fin septembre 2017, Macron a poussé le projet de financement d’une agence européenne, dédiée au financement de projets technologiques « comme l’intelligence artificielle ou les voitures autonomes » et cette proposition a reçu, elle aussi, un net soutien de l’Allemagne.

Sur le climat, un programme de recherche conjoint avec un financement déjà décidé a été lancé en juillet 2017, à l’issue d’un Conseil des ministres franco-allemand.

Enfin, pour le développement des start-up dans les nouvelles technologies, la France et l’Allemagne ont aussi confirmé au dernier Conseil européen que ces deux pays mobiliseraient, à travers leurs banques publiques d’investissement, Bpi France et KfW, jusqu’à 1 milliard d’euros

On peut penser que l’Allemagne va donc continuer à coopérer avec la France pour relancer toute une série d’initiatives qui, en principe, sont ouvertes à l’ensemble des pays de l’Union européenne. Ces initiatives seront clairement soutenues par la Commission et le Parlement européen, sans rencontrer d’opposition politique en Allemagne.

 

 

Daniel GROS, “¿El retorno de Europa a la crisis?” a Project Syndicate (11-10-17)

https://www.project-syndicate.org/commentary/spain-catalonia-crisis-european-integration-by-daniel-gros-2017-10/spanish

Hace apenas cuatro meses, cuando el europeísta Emmanuel Macron fue elegido presidente de Francia, parecía que la Unión Europea finalmente podía aspirar a un período de calma. Pero la calma es lo último que se puede ver en las calles de Barcelona, donde las manifestaciones a favor de la independencia catalana -para la cual se llevó a cabo un referéndum que fue reprimido brutalmente por las fuerzas gubernamentales- se han topado con protestas igualmente potentes en su contra.

En la medida que escala el conflicto interno en España, un retorno a la crisis en Europa puede parecer prácticamente inevitable. Sin embargo, lo que está sucediendo en España, en verdad, indica que la recuperación económica europea se está fortaleciendo, a la vez que se ponen de manifiesto los límites de lo que la UE puede alcanzar.

La fortaleza de la recuperación económica de la UE se refleja en la ausencia de alguna reacción significativa del mercado financiero ante las escenas tumultuosas de Cataluña. Si se hubiera producido una situación similar hace unos años, habría habido una corrida sobre los bonos gubernamentales españoles y la bolsa de España se habría derrumbado. Hoy, en cambio, los mercados están tomando con calma la profunda incertidumbre política del país.

Este voto de confianza está erigido sobre cimientos sólidos. Toda la economía de la eurozona está creciendo a tasas que, aunque no son espectaculares, sí son respetables. Y la economía española ha venido creciendo más rápido que el promedio de la eurozona, manteniendo al mismo tiempo sus cuentas externas con un leve excedente.

Esto significa que la recuperación de España se basa en una oferta en ascenso, y no en una creciente demanda doméstica, como fue el caso durante el auge de la construcción previo a la crisis. Si a esto le sumamos la existencia de instituciones de la eurozona que pueden abordar las dificultades financieras temporarias que enfrentan los bancos o los estados, se vuelve más claro por qué la profunda crisis política de España no ha estado acompañada por peligrosas volatilidades del mercado financiero.

Sin embargo, la crisis de Cataluña también subraya las limitaciones del modelo de integración de la UE, que están arraigadas en el hecho de que la Unión, en definitiva, está basada en el estado-nación. No se puede describir este modelo como intergubernamental. Más bien, está basado en una implementación indirecta: casi todo lo que hace y decide la UE es llevado a cabo por los gobiernos nacionales y sus administraciones.

Esta distinción se hace más notablemente visible en el ámbito de la política monetaria, donde el mecanismo de toma de decisiones, definitivamente, no es intergubernamental: el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo opera sobre la base de una mayoría simple.

Pero el mecanismo de implementación es, en efecto, indirecto: una vez que se toma una decisión, ésta es llevada a la práctica por los bancos centrales nacionales -una estrategia que puede tener importantes implicancias-. Por ejemplo, las enormes operaciones de compra de bonos nominalmente realizadas por el BCE en los últimos años han sido manejadas, en gran medida, por los bancos centrales nacionales, que compran los bonos de sus propios gobiernos.

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea en Luxemburgo -otra institución común de crucial importancia- también se basa en un mecanismo de toma de decisiones que no es intergubernamental. Sin embargo, sus jueces son nombrados por los gobiernos nacionales, y las cortes y administraciones nacionales hacen cumplir sus decisiones.

Una comparación con Estados Unidos pone en relieve la debilidad de esta estrategia. Si bien la Reserva Federal de Estados Unidos también tiene una estructura regional, los Bancos Distritales de la Reserva Federal cubren varios estados y no están vinculados a un gobierno o institución estatal. De la misma manera, los jueces de la Corte Suprema de Estados Unidos son nombrados por instituciones federales (el Senado acepta o rechaza a los candidatos sugeridos por el presidente), no por los gobiernos estatales.

Para la UE, depender de sus estados miembro para construir instituciones comunes fue, probablemente, la única manera de empezar el proceso de integración, dada la profunda desconfianza entre los países que se habían enfrentado en tantas guerras brutales. Y, sin embargo, una unión que se basa en el estado-nación, no sólo para la implementación, sino también para la legitimidad, puede funcionar siempre y cuando funcionen sus miembros individuales. Pero hoy, cuando la mayoría de ellos están asolados por luchas internas, ese modelo está alcanzando sus límites.

En Grecia, los sistemas administrativo y judicial débiles han impedido la recuperación económica. En Polonia y Hungría, gobiernos “iliberales” están minando la independencia judicial. Y, en España, el sistema político parece incapaz de resolver el conflicto entre el gobierno regional de Cataluña, con sus aspiraciones a una mayor autodeterminación, y el gobierno central en Madrid, que sostiene que hasta la mera consideración de este cuestión socavaría el orden constitucional.

Inclusive Alemania enfrenta desafíos políticos internos. Tras haber perdido casi una quinta parte de sus votantes en la elección federal reciente, la canciller Angela Merkel tendrá que lidiar con tres socios rebeldes de la coalición durante su cuarto -y probablemente último- mandato. En cuanto a Italia, las encuestas de opinión sugieren que una mayoría de los votantes hoy respaldan a partidos populistas y/o euroescépticos.

Si bien parece improbable que los partidos abiertamente euroescépticos ganen poder en alguna parte, estos giros políticos no favorecen la integración europea. La UE enfrenta una escasa hostilidad manifiesta. Hoy, más bien, enfrenta una “indiferencia obstruccionista”, ya que muchos de sus estados miembro están cada vez más preocupados por sus desafíos internos, lo que hace que la integración europea sea algo a lo que no se le presta demasiada atención en gran parte del continente.

Los líderes de la UE que todavía quieren promover la integración ya no pueden contar con el argumento, utilizado durante la crisis financiera, de que no hay otra alternativa. Y el consenso permisivo de los primeros años de la integración hace mucho que se esfumó. Si se ha de progresar hacia una “unión cada vez más estrecha”, los líderes de Europa tendrán que encontrar un nuevo modelo que pueda superar la apatía cada vez más profunda de sus ciudadanos.

 

 

Joschka FISCHER, “Europe’s Attackers From Within” a Project Syndicate (17-10-17)

https://www.project-syndicate.org/commentary/catalonia-independence-european-union-integrity-by-joschka-fischer-2017-10

Catalonia’s illegal bid for independence, like the United Kingdom’s ill-fated Brexit referendum, amounts to a historical absurdity. After decades of bloodletting in the twentieth century, and in view of competition with economies like the US, China, and India, the need for deeper European integration in the twenty-first century should be obvious.

Europe finally appears to have moved past its multi-year economic crisis, but it remains unsettled. For every reason for optimism, there always seems to be a new cause for concern.

In June 2016, a slim majority of British voters chose nostalgia for the nineteenth-century past over whatever promise the twenty-first century might have held. So they decided to jump off a cliff in the name of “sovereignty.” There is much evidence to suggest that a hard landing awaits the United Kingdom. A cynic might point out that it will take a properly functioning “sovereignty” to cushion the impact.

In Spain, the government of the autonomous region of Catalonia is now demanding sovereignty, too. But the current Spanish government is not prosecuting, imprisoning, torturing, and executing the people of Catalonia, as Generalissimo Francisco Franco’s dictatorship once did. Spain is a stable democracy and a member of the European Union, the eurozone, and NATO. For decades now, it has maintained the rule of law in accordance with a democratic constitution that was negotiated by all parties and regions, including Catalonia.

On October 1, the Catalan government held an independence referendum in which less than half – some estimates say a third – of the region’s population participated. By the standards of the EU and the Organization for Security and Cooperation in Europe, the vote could never be accepted as “free and fair.” In addition to being illegal under the Spanish constitution, the referendum did not even have a voting register to determine who was entitled to participate.

Catalonia’s “alternative” referendum invited a clampdown from Spanish Prime Minister Mariano Rajoy’s government, which intervened to shut down polling stations and prevent people from casting ballots. This proved to be a political folly of the highest order, because images of the police swinging truncheons at unarmed Catalan protesters conferred a spurious legitimacy on the secessionists. No democracy can win in this kind of conflict. And in the case of Spain, the crackdown conjured up images of the country’s 1936-1939 civil war – its deepest historical trauma to this day.

Were Catalonia actually to achieve independence, it would have to find a way forward without Spain or the EU. Spain, with the support of many other member states that worry about their own secessionist movements, would block any Catalan bid for EU or eurozone membership. And without membership in the European single market, Catalonia would face the grim prospect of rapid transformation from an economic powerhouse into an isolated and poor country.

But independence for Catalonia would pose a fundamental problem for Europe, too. For starters, no one wants a repeat of the breakup of Yugoslavia, for obvious reasons. But, more to the point, the EU cannot countenance the disintegration of member states, because these states comprise the very foundation upon which it rests.

The EU is an association of nation-states, not regions. Although regions can play an important role within the EU, they cannot stand in as an alternative to member states. If Catalonia were to set a precedent of secession, encouraging other regions to follow suit, the EU would be thrown into a deep, existential crisis. In fact, one could argue that nothing less than the EU’s future is at stake in Catalonia today.

Moreover, the original purpose of the EU was to overcome nation-states’ deficiencies by means of integration – the opposite of secession. It was meant to transcend the state system that had proved so disastrous in the first half of the twentieth century.

Consider Northern Ireland, which has turned out to be a perfect example of how integration within the EU can overcome national borders, bridge historical divides, and ensure peace and stability. Incidentally, the same could be said for Catalonia, which after all owes most of its economic success to Spain’s accession to the EU in 1986.

It would be historically absurd for the EU’s member states to enter a phase of secession and disintegration in the twenty-first century. The sheer size of other global players – not least China, India, and the United States – has only made strong intercommunity relations and deeper European integration even more necessary.

One can only hope that reason will prevail, particularly in Barcelona, but also in Madrid. A democratic, intact Spain is too important to be jeopardized by disputes over the allocation of tax revenues among the country’s regions. There is no alternative but for both sides to abandon the trenches they have dug for themselves, come out to negotiate, and find a mutually satisfactory solution that accords with the Spanish constitution, democratic principles, and the rule of law.

The experiences of Spain’s friends and allies could be helpful here. Germany, unlike Spain, is organized as a federation. Yet even in Germany, nothing is as cumbersome and difficult as the never-ending negotiations over fiscal transfers between the federal government and individual states – which is to say, between richer and poorer regions. But an agreement is always eventually reached, and it holds until another dispute arises, at which points negotiations begin anew.

To be sure, money is important. But it is not as important as Europeans’ shared commitment to liberty, democracy, and the rule of law. Europe’s prosperity depends on peace and stability, and peace and stability in Europe depend, first and foremost, on whether Europeans will fight for these values.

 

Miguel RODRÍGUEZ ANDREU, “¿Existen similitudes entre Cataluña y la fragmentación yugoslava?” a esglobal (11-10-17)

https://www.esglobal.org/existen-similitudes-cataluna-la-fragmentacion-yugoslava/

Todo lo que puede aprenderse de la experiencia de Yugoslavia.

Un sector de la opinión pública asume que Estados Unidos planeó acabar con Yugoslavia. En realidad, la administración estadounidense preguntada por este extremo antes de la independencia de Eslovenia y Croacia, vino a decirle a los líderes locales que ellos defenderían la democracia y también la unidad de Yugoslavia, pero que si había que elegir entre una de las dos, se decantaban por la democracia. Un mensaje que venía a legitimar las democracias étnicas y, por ende, los independentismos que se habían hecho valer con las primeras elecciones multipartido en Yugoslavia.

La situación en Cataluña ha despertado los paralelismos con los Balcanes, porque en esencia los secesionismos, secesionismos son. En política no se puede evitar que una de las partes interesadas alegue precedentes, y por ese motivo se ha abierto de nuevo el debate entre democracia y unidad nacional al calor de la situación en Cataluña. Sin embargo, ¿cuánto hay de verdad en la comparación entre la situación vivida en Yugoslavia y la que se afronta en Cataluña?

Desequilibrios económicos. Durante la década de los 40 la renta eslovena era cuatro veces superior a la kosovar. Llegados a los 80 ya llegaba a ser ocho veces superior. No obstante, más grave fue la velocidad con la que cayeron los estándares de vida en Yugoslavia. En 1980 el extinto país representaba un 49% del PIB per cápita español –Eslovenia se encontraba casi en la media española–. Diez años después solo representaba el 26% del PIB español. El diferencial en una década da cuenta de la gravedad de la crisis, traducida en una deuda de 19.000 millones de euros. En Cataluña en 2016 el PIB por habitante fue de 28.590, en Andalucía de 17.651. Los desequilibrios económicos en la geografía española no son comparables.

La naturaleza del problema. El conflicto abierto entre el hegemonismo serbio, por un lado, y el secesionismo esloveno y croata, por otro, rompió Yugoslavia. Este conflicto estaba fuertemente polarizado entre los frentes nacionales, que actuaron, súbitamente, con la crisis yugoslava, de una forma compacta, sin grandes divergencias endógenas, mientras que dentro de la propia sociedad catalana se viene produciendo la polarización entre fidelidades nacionales. No parece que el origen étnico marque las divergencias catalanas. La crisis yugoslava supuso que la clase trabajadora serbia o croata, en cada república, se transformara en grupo nacional serbio o croata repartido por el territorio federal. Si nos centramos solo en la independencia kosovar, las cargas policiales o la sensación de opresión sentida por parte de la sociedad catalana dista mucho en gravedad de las medidas de serbianización y restricción de autonomía implementadas por Milošević al final de los 80 que, junto a la determinación del secesionismo albanés, sirvieron para que la declaración unilateral de independencia kosovar fuera más antiserbia, proalbanesa o proamericana que prokosovar.

Derecho de autodeterminación. La Constitución de 1974 establecía que el derecho de secesión correspondía “a las naciones de Yugoslavia”, aunque establecía varios mecanismos para impedirlo. Uno de ellos era que cualquier modificación de fronteras dependía de la Federación y de todas las repúblicas yugoslavas. La regulación internacional permite el derecho de autodeterminación de los pueblos, pero el Derecho constitucional español no contempla la secesión de una parte de su territorio. Solo Etiopía y la del Archipiélago de San Cristóbal y las Nieves incluyen este derecho en sus constituciones. El Tribunal Internacional de Justicia de la ONU, en relación al caso kosovar, dictaminó que la declaración no violaba el derecho internacional porque este derecho no estaba regulado.

Federalismo sin democracia. Yugoslavia era un sistema federal, con un elevado grado de autonomía. Aprobado por la Constitución de 1974, la Voivodina y Kosovo, formando parte de la República Socialista de Serbia, podían vetar las decisiones adoptadas a nivel federal y republicano, alternativa que no ostenta Cataluña en relación a España. Sin embargo, aunque el grado de autonomía catalana es inferior, por decir, al de Croacia o Macedonia en Yugoslavia, los derechos y libertades de sus ciudadanos son muy superiores, empezando por el derecho de asociación, libertad de expresión y elecciones libres. La crítica al Estado desde el catalanismo por antidemocrático no supera la comparación con Yugoslavia, al que los expertos tratan de Estado autoritario.

El trauma bélico. La población yugoslava vivió tres guerras de largo alcance antes de la fragmentación. En 1991 había población que había vivido la Segunda Guerra Mundial donde una de cada ocho personas perdió la vida (una de cada 125 en Gran Bretaña). El genocidio ustaše contra la población serbia, judía y roma, la terrible guerra interétnica que se produjo durante la ocupación nazi y la ausencia de un relato nacional consensuado sobre la guerra, no terminó de fracturar a la sociedad yugoslava, pero sí lo logró la utilización interesada del trauma por políticos, intelectuales y oportunistas durante la crisis del modelo político. No existe un legado de estas dimensiones en Cataluña, aunque el franquismo siga sirviendo como agravio para la causa independentista 40 años después de la muerte de Franco.

Legitimidad internacional. La caída del muro de Berlín y el consiguiente colapso de los sistemas de tipo soviético sentó las bases para la fragmentación yugoslava. Alemania apostó por las independencias de Eslovenia y Croacia basándose en sus propios intereses nacionales, los vínculos histórico-económicos y su reciente integración en el espacio internacional tras la unificación, en un contexto donde el Tratado de Maastricht no había sido firmado aún y la UE tenía todavía menor capacidad de maniobrar unitariamente que ahora. Cataluña hasta el momento no disfruta del apoyo de ningún padrino internacional, entre otros motivos porque se encuentra dentro de España, que está integrada en dos organizaciones de gran alcance como la UE y  la OTAN. La declaración de independencia kosovar, desde el primer momento, se produjo a sabiendas con el apoyo de EE UU, Gran Bretaña, Francia o Turquía.

Resistencias. Las independencias eslovena y croata fueron de naturaleza diversa. Eslovenia tenía una inmensa mayoría de población eslovena. En Croacia había una importante población serbia que se había negado a pertenecer a un nuevo Estado croata, formando para ellos sus propias repúblicas no reconocidas, pero apoyadas en un primer momento desde Serbia. La baja resistencia que ofreció Slobodan Milošević y el Ejército Popular Yugoslavo a Liubliana y a Zagreb, aunque la guerra multiplicara su intensidad por el territorio croata, por Dalmacia, la Krajina y Eslavonia oriental, está fundamentada en que desde Belgrado se privilegió la construcción de una hegemonía nacional, formada por los serbios de las diferentes repúblicas, que no implicaba oponerse necesariamente a las independencias croata y eslovena. El Gobierno central español se opone radicalmente a la independencia catalana.

Hay similitudes. Tanto el gobierno de Artur Mas, y después de Carles Puigdemont, han utilizado el soberanismo para canalizar las tensiones sociales producidas por la grave crisis económica de 2008. Las élites yugoslavas prefirieron utilizar la carta nacionalista antes que implementar las medidas de choque, tan costosas e impopulares, que les hubieran hecho perder el poder. La instrumentalización del nacionalismo para encubrir la corrupción, la mala gestión o los fracasos políticos, desviando la atención hacia la confrontación identitaria o el victimismo nacional es una estrategia habitual, recurso de la clase política tan falta de soluciones como ávida de construir su propio chiringuito.

Y, sin embargo, el ciclo de contestación popular desde el independentismo catalán está ahí, representado por un número suficientemente elevado de población, entregada a la causa, como para que haga falta algo más que la judialización de la política. Mientras se plantean soluciones cortoplacistas en pro del orden y la ley para mantener la estabilidad y se persigue desde el independentismo la confrontación con el Estado, la experiencia yugoslava debería al menos enseñarnos que los problemas más tarde o más temprano se vuelven a revelar, pero con menos margen de maniobra, obligando a las partes a concesiones cada vez más gravosas que adoptan la forma de humillaciones para los implicados.

Desde luego, y la historia del siglo XX es una buena lección de ello, las banderas ni evitan la corrupción, ni reducen las desigualdades, ni combaten el frío. El nacionalismo convirtió el siglo XX europeo en un infierno, y si no logramos compararlo con el momento presente, al menos, no volver a caer en él, que el desenlace sea muy diferente como consecuencia de nuevas formas de hacer política que no estén basadas en el nacionalismo, la lengua o la identidad.

 

 

Íñigo de BARRÓN, “Como y por qué huyó el dinero de Cataluña” a El País (15-10-17)

https://elpais.com/economia/2017/10/14/actualidad/1508004509_046894.html

La decisión de las empresas y de los bancos catalanes de cambiar sus sedes ha supuesto un duro golpe, tal vez definitivo, para los planes secesionistas de la Generalitat. Pero el empujón definitivo no vino de Barcelona o de Madrid. Llegó de las verdaderas capitales del dinero —Nueva York, Londres o Chicago— donde están los gestores de los grandes fondos de inversión, de pensiones y compañías de seguros.

Tras las imágenes del 1-O, el lunes siguiente las empresas recibieron llamadas preocupantes de las agencias de calificación de riesgos y de los gestores institucionales de las principales plazas mundiales, que mueven billones. Ellos son los dueños de gran parte la deuda emitida por las empresas y por los bancos catalanes. Su mensaje fue claro: permanecer en Cataluña suponía un factor de incertidumbre, que ellos no querían asumir. En el mundo financiero, la incertidumbre siempre cotiza a la baja y cuanto más tiempo pasa, todavía más.

Tras desconocer todo sobre el problema catalán, los grandes inversores extranjeros se enteraron del conflicto de la peor forma posible: fotos de violencia policial y un proyecto independentista que llevaba a salir del euro. Eso significaba traspasar la línea roja. Si optaban por vender, darían un duro golpe al coste de financiación de empresas y bancos, un lujo que no se podían permitir.

Una empresaria que lleva la comunicación de varias compañías confirma que “la mayoría de los empresarios jamás creyó que los inversores internacionales se pondrían tan nerviosos. Nunca pensaron que llegaríamos hasta aquí. Nunca”.

Además, existía otro factor desestabilizador: el fantasma de la Hacienda catalana. Si se creaba este organismo, podría llegar la doble tributación para las empresas, una a la Hacienda española y otra a la catalana. Esta posibilidad también forzó la salida acelerada de los gestores de patrimonios, un sector importante en el mundo financiero catalán y los cambios de domicilio de firmas.

Pero la cuestión es qué hubiera pasado si los empresarios no hubieran esperado tanto, a las alarmas que llegaron de fuera, y hubieran dado el paso antes. El 8 de octubre, Josep Borrell, exministro y exvicepresidente del Parlamento Europeo, reprochó el silencio de la clase empresarial: “¿No lo podíais haber dicho antes? Lo que decíais en privado, ¿por qué no las decíais en público? Si lo hubiesen dicho, quizá no estaría pasando lo que está pasando ahora”.

Una voz autorizada entre el empresariado catalán, Antón Costas, catedrático de Economía y expresidente del Círculo de Economía, el lobby empresarial más influyente de Cataluña (y que ha sido más crítico públicamente con el procés), responde a Borrell. “Creo que sí se avisó de que eso ocurriría. Lo hizo José Manuel Lara, expresidente de Planeta; Josep Oliu, del Sabadell; y José Luis Bonet, de Freixenet y de las Cámaras de Comercio. Pero no creo que se deba pedir a los empresarios que se estén pronunciando continuamente sobre cuestiones políticas, y menos en un debate que lleva ya cinco años sobre la mesa. Las empresas tampoco pueden estar lanzando ese tipo de mensajes porque tiene un efecto sobre los inversores y sobre su propia empresa”. Las elecciones del 27 de septiembre de 2015, con victoria independentista, provocaron las primeras fugas de empresas conocidas, como la de los hoteleros Jordi Clos y Pau Guardans, pero dijeron que fue por motivos fiscales. En agosto de este año, Naturhouse dio el paso. Su presidente Félix Revuelta lo justificó por “razones operativas” porque desde la salida a Bolsa, en abril de 2015, las oficinas estaban en Madrid, aunque él siempre ha sido beligerante con el independentismo: “Tiene aterrados a los empresarios”, alertó este mayo.

Eduardo Serra, exministro con Aznar, comentó hace días: “He hablado en los últimos tiempos con muchos banqueros y empresarios catalanes. Me decían: ‘Sé que la independencia será ruinosa para mi empresa, pero si lo digo ahora la Generalitat me hunde mañana mismo”. El temor a la represalia política es otro factor que ha fomentado el silencio.

SE LO DIJIMOS A PUIGDEMONT, PERO NO QUERÍA CREERNOS

Lo que no se dijo en público, se habló en privado. “Yo una vez hablé con Artur Mas y le dije: ‘Salir de la Unión Europea sería muy grave”, confía el profesor Pedro Nueno. “Y me respondió: ‘Jamás saldremos ni un minuto de la UE’. Y entonces le pregunté: ‘¿Y esto por qué no lo dice así de claro?’. Si me lo dijo a mí, también se lo diría a muchos empresarios”.

Al igual que Nueno, otros destacados exponentes de la universidad, la banca y la empresa aseguran que advirtieron a los responsables del Govern de los graves peligros económicos que acarrearía el desafío secesionista. “Es verdad que tal vez no lo dijimos en público todo lo que hubiera sido necesario”, admite un miembro de la patronal catalana, Fomento del Trabajo,“pero sí se lo trasladamos en privado a Mas y Puigdemont. Les dijimos que esto podía pasar, pero no querían creernos. Querían creer a otros que les decían que esto nunca pasaría”.

Fuentes cercanas a Oliu recuerdan que antes del 9-N de 2014, este lanzó un serio aviso en privado al entonces presidente Artur Mas: “Si seguís por este camino, nos vais a obligar a marcharnos de Cataluña”. Mas fue incrédulo ante esta advertencia, relata la misma fuente, y defendió la teoría de que nunca se verían obligados a salir de la UE.

En público, el presidente del Sabadell, el quinto banco español, fue el primero en dar la voz de alarma. Dijo que la situación era “inquietante”, por lo que anunció en la noche del martes 3 de octubre —en un acto público en Oviedo— que estaba dispuesto a abandonar Cataluña para proteger a sus clientes, accionistas y empleados.

Oliu afirmó, con voz temblorosa, que el Sabadell siempre tomará las “decisiones operativas con criterios económicos o regulatorios para potenciar el negocio en el mercado principal, que es el español”. Y añadió: “Les puedo asegurar que el banco, si fuera necesario, tomaría las medidas suficientes para proteger los intereses de nuestros clientes en el marco de Unión Europea y de la supervisión del BCE”. Es decir, ante las dudas, dejaba Cataluña.

En aquel momento, en CaixaBank se mantenía una postura más cauta: “No hay ninguna decisión tomada” sobre la sede. “Cuando se produzca la declaración de independencia, si llega, actuaremos para defender a nuestros clientes, empleados y accionistas”, señalaban. Finalmente, el Sabadell anunció su traslado a Alicante el jueves 5 y CaixaBank a Valencia, el viernes 6.

¿Por qué no reaccionaron antes públicamente los bancos y otras empresas? Lo cierto es que el 13 de enero de 2017 Oliu sugirió que podía llevarse la sede si la Cataluña independiente quedaba fuera de la UE. Sin embargo, el 27 de ese mes dijo que se malinterpretaron sus palabras y sugirió que la sede seguiría en Sabadell. Con más rotundidad se manifestó Jaume Guardiola, consejero delegado del Sabadell, el 13 de septiembre en Bilbao: afirmó que, en el caso de que ganara el sí en el referéndum, habría “cambios de domicilio”.

Pese a todo, ejecutivos de estas entidades admiten ahora que los falsos mensajes del Govern, que auguraba una salida suave y pactada de Cataluña, calaron en algunos miembros de las cúpulas directivas de estas corporaciones. Se habló de que, en el peor de los casos, se podría convivir con dos sedes, Madrid y Barcelona, y atender así a los dos mercados. Siempre se insistía en evitar el boicot interno: CaixaBank tiene 68.000 millones en depósitos en Cataluña, y el Sabadell, 24.000 millones, cantidades capaces de crear problemas muy graves si comenzaran a marcharse.

Sin embargo, el primer golpe llegaría de fuera, del resto de España, donde la fuga de depósitos durante los últimos días les ha obligado a realizar estrategias informativas proactivas para contener a los clientes. Lo que sí tuvieron siempre claro es que los dos bancos deberían irse a la vez, si llegaba el momento. Y así lo han hecho.

Los banqueros también defienden su silencio recordando que ya hicieron un posicionamiento público el 18 de septiembre de 2015, con un comunicado conjunto de la patronal bancaria AEB y la de las cajas de ahorros, CECA. En él advirtieron de que se irían de una Cataluña independiente. “Y el resultado fue nefasto. Sufrimos un boicot de algunas organizaciones y de clientes de Cataluña, que también retiraron su dinero como ahora, y nos dijeron que la banca no era el sector más apropiado para presionar y entrar en el debate, con los problemas de reputación que tiene el sector”, añaden desde un banco catalán.

Algunos banqueros catalanes también apuntan que si hubieran sacado las sedes de Cataluña antes de la declaración, más de uno les hubiera acusado de dar verosimilitud a los planes de Puigdemont. “Se podía ver con una forma de empujar el procés. Era muy arriesgado”, dicen.

¿Nadie vio que la Generalitat y La Moncloa eran dos barcos en rumbo de colisión desde 2014? Banqueros y empresarios catalanes consultados recuerdan que el Gobierno de Madrid siempre aseguró que el rumbo del procés no tendría ninguna validez administrativa porque era ilegal. En los últimos meses, el Govern lo fio todo al referéndum y el presidente Rajoy, por su parte, aseguraba que no se produciría.

“Si se hubiera cumplido la palabra de Rajoy, el plan independentista podría haber quedado casi anulado porque la consulta era su piedra angular, pero, en lugar de eso, se celebró el referéndum ilegal y la policía cargó con brutalidad mientras los medios ofrecieron imágenes muy duras a todo el mundo. Ese día todo saltó por los aires; se activó el plan B, que por cierto, apenas estaba dibujado. Era tierra ignota”, explica un empresario del grupo de CaixaBank.

Pedro Nueno, doctor en Administración de Empresas por Harvard y profesor del IESE, no cree que “muchas empresas tuvieran un plan”. “En algunos casos que conozco, no lo había porque tampoco se imaginaban que la cosa pasara de esta manera”, explica; “todos pensaban que habría negociación. Han salido un poco de estampida”. Cabe recordar que CaixaBank nunca llegó a aprobar un plan para el cambio urgente de sede y necesitó un decreto apresurado del Gobierno para poder hacerlo.

Algunos empresarios admiten que la colisión política y social se preveía tan brutal e imprevisible que prefirieron desentenderse, ponerse de perfil y confiar en una solución pactada. Juan Rosell, que ha tenido un papel clave como catalán y presidente de la patronal CEOE, afirmó que trató de acercar posiciones entre las dos partes, sin éxito, como se ha visto. Suya es la frase de “Cataluña no entiende a Madrid y Madrid no entiende a Cataluña”. Para algunos la prueba del desentendimiento es el llamado Puente Aéreo, la reunión de empresarios madrileños y catalanes con políticos de diferentes partidos, que lleva años tratando este tema sin ningún resultado palpable.

Otro factor importante, recuerdan las fuentes consultadas, es que en Madrid se olvida el perfil independentista de parte del empresariado catalán. “La clase dirigente es un reflejo de la sociedad. Entre ellos hay de todo” y citan a Pimec, colectivo de pymes, y a Cecot, patronal multisectorial de pequeños empresarios. Ambas han estado cerca de la Generalitat en el proceso independentista. En un acto organizado por Pimec, Puigdemont dijo: “Si alguien quiere saber qué piensan los empresarios, que pregunte a las pymes”.

Un empresario catalán recuerda que “algunas pymes se mueven en un mundo soberanista: sus clientes lo son, su entorno lo es y creyeron que con la república llegaría una economía boyante, como dijeron desde la Generalitat”. Y añade: “No se puede olvidar que grandes y pequeños empresarios tienen en Cataluña a sus familias y amigos de siempre; su vecino puede ser un hombre de negocios independentista y significarse en contra del procés era incómodo”.

Y, en muchos casos, prefirieron creer que, aunque fuese in extremis, el Gobierno de Madrid o el de Barcelona evitarían la colisión. “Porque, oiga”, se desahoga José Luis Bonet, presidente de Freixenet, “yo me siento español y europeo, pero no dejo de ser catalán, y tener que tomar una decisión de este tipo resulta muy doloroso. El exilio empresarial es doloroso. Es un desgarro. Soy catalán y me tengo que ir. Es evidente que la mía y otras empresas que han tomado la decisión de irse representamos un símbolo de Cataluña, pero oiga, antes está la supervivencia”.

Otra cuestión es: ¿Qué consecuencias puede tener a medio plazo el traslado? Costas responde: “Hasta ahora teníamos aquí la sala de mandos y la de máquinas. El riesgo es que ahora solo nos quedemos con la sala de máquinas. Cataluña es una economía productiva y no se irán las empresas, pero perderemos la parte empresarial que decide”.

Bonet le da la razón a Borrell. “Ha sido un error importante que la gente no haya hablado en privado y en público. No se hizo para no incomodar al otro, pero así no se resuelven los problemas. Si callas, los que hacen ruido parece que son más”. Antón Costas añade: “Yo sí creía que esto podría pasar y lo dije. Pero siempre había quien te acusaba de estar usando el argumento del miedo”.

EL RAPAPOLVO DE RAJOY A LOS EMPRESARIOS

En la última reunión de Sitges del influyente Círculo de Economía, a finales de mayo pasado, Mariano Rajoy advirtió de que la independencia sería “un trauma de consecuencias económicas terribles”. El presidente del Gobierno acabó su alocución con un aviso a quienes le exigían una salida sin enfrentamientos: “La equidistancia está muy bien, pero no en todo ni en todas las facetas de la vida”.

A algunos de los empresarios presentes no les sentó bien el rapapolvo encubierto de Rajoy. De forma confidencial, alegaron que su función no era tomar partido entre los gobiernos de Barcelona y Madrid, y que ya habían hecho bastante al pedirle a Puigdemont que abandonara la vía secesionista y que acudiera al Congreso. Otros, sin embargo, asumieron el mensaje de Rajoy: “Entiendo que algunos pidan el diálogo, pero, llegados aquí, no es lo mismo estar con quien cumple la ley que con quien pone en riesgo la seguridad jurídica”.

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Antón COSTAS, “Política sin economía” a La Vanguardia (18-10-17)

http://www.lavanguardia.com/edicion-impresa/20171018/432151435462/politica-sin-economia.html

La ley de la gravedad también rige en Catalunya. El presidente Puigdemont y los dirigentes independentistas lo comprobaron estos días, después de cinco años viviendo como astronautas encerrados en una cápsula donde no sentían su efectos. La masiva huida de sedes de empresas de todo tipo, la gran manifestación de partidarios de una Catalunya dentro de España y la evidencia de falta de apoyo europeo e internacional a la independencia unilateral han roto esa cápsula haciendo que se den, de pronto, de bruces con la realidad.

Lo sucedido esta última semana es un ejemplo de manual de dos de los riesgos que traen los gobiernos populistas. Por un lado, el intento de hacer política ignorando sus efectos económicos. Por otro, pretender que hay un solo pueblo con una sola voz, con el riesgo de fractura social. Me limitaré a analizar el primero.

A la hora de enfocar las relaciones entre economía y política el populismo acostumbra a caer en la utopía inversa al cosmopolitismo. En las décadas anteriores a la crisis financiera del 2008 el cosmopolitismo tecnocrático que influyó la filosofía político-económica de los gobiernos –tanto de los liberales como de los socialdemócratas– creyó que podía gobernar la economía sin tomar en consideración la política. Es decir, sin buscar el consentimiento de los ciudadanos. La idea de que los mercados globales significaban el final de la política fue demoledora para la demo­cracia.

El resultado de esa falacia fue la reacción social violenta que, en el caso de España, explotó el 15 de mayo del 2011. El populismo político surgido de ese malestar ha caído en la utopía inversa: la creencia de que es posible gobernar la política sin economía. Que todo es posible, que todo está por hacer, y que hacerlo sólo depende de la voluntad política.

Un buen ejemplo de esa utopía populista es la pretensión de los dirigentes políticos y los líderes civiles independentistas de acabar de raíz con todo lo existente y crear ex novo un nuevo Estado catalán.

La semana pasada esa política utópica se ha topado de bruces con el principio de realidad. Las consecuencias económicas han sido demoledoras. Confieso que esperaba esos efectos, pero me han sorprendido su intensidad y rapidez. La espoleta que activó todos los miedos fue la incertidumbre que proyectó la declaración del presidente Puigdemont. Esa incertidumbre es como una neblina que impide prever el futuro y obliga a las empresas a reaccionar, en ocasiones de forma exagerada. El hecho de que el mercado español sea determinante ha intensificado esos efectos.

Puedo entender que militantes y votantes –y, hasta si me apuran, los dirigentes de la CUP– sin familiaridad con el mundo de la empresa hayan desdeñado esos efectos. Pero ¿cómo entender que dirigentes políticos que han tenido o tienen responsabilidades en el área económica, y profesionales y académicos a los que se supone conocimiento empresarial hayan sostenido durante tantos años que no pasaría nada? Conocíamos la experiencia canadiense de Quebec. Y desde el mundo empresarial se lanzaron avisos. Pero se despreciaron con el argumento de que utilizaban el miedo para frenar el proceso.

Pero, aún más sorprendente, ¿cómo explicar que, a la vista de la evidencia de esta semana, sigan banalizando las consecuencias y sosteniendo que no serán importantes para el dinamismo económico y el bienestar social de los catalanes? Cualquiera con un mínimo conocimiento sobre la toma de decisiones empresariales sabe la importancia práctica que tiene el lugar donde están las sedes a la hora de decidir inversiones o seleccionar cargos directivos.

¿Lo ignoraban, mentían o fabulaban? Creo que han estado bajo la influencia de dos ilusiones. La primera, propia de todo populismo, es la creencia de que la política puede funcionar sin el consentimiento de los actores económicos. La segunda pertenece al campo de la psicología social: algunos dirigentes independentistas tienen un sentimiento de superioridad cultural y económica respecto del resto de España. Ese sentimiento está detrás de la arrogancia intelectual de pensar que se puede crear ex novo un Estado y hacerlo de forma unilateral. Es una ilusión, un wishfull thinking, que quizá esconda un sentimiento de decadencia y miedo al futuro.

En todo caso, el mal está hecho. Catalu­nya ha estado durante el último siglo y medio en la sala de mando de la economía española. Ahora se arriesga a quedarse sólo en la sala de máquinas. En primer lugar, hay que cortar la sangría empresarial y, después, revertir sus efectos, en la medida de lo posible.

 

 

Editorial de La Vanguardia (15-10-17): “No ens ho podem permetre”

http://www.lavanguardia.com/opinion/20171015/432077684376/no-ens-ho-podem-permetre.html

CARLES Puigdemont, president de la Generalitat, s’ha vist sotmès en els últims dies a pressions dels sectors sobiranistes més expeditius. El resultat de la sessió parlamentària del 10- O, en la qual Puigdemont va anunciar la inde­pen­dència de Catalunya i, al cap de pocs segons, la va suspendre, desplau aquests sectors. Prefereixen, i així ho han exigit al president en diverses cartes i declaracions, que proclami ja, de manera inequívoca, la república ­catalana.

La CUP, el grup antisistema que l’aritmètica parlamentària va fer imprescindible per sostenir la majoria independentista, va remetre una missiva a Puigdemont divendres en què l’instava a fer la proclamació. Argumentava que d’aquesta manera una hipotètica intervenció de mediadors internacionals s’efectuaria amb una Catalunya ja reconeguda com a subjecte polític. I ahir va insistir en aquesta línia, i el seu consell polític va exigir a Puigdemont que respongui que sí que va declarar la independència i que demà mateix, dilluns, proclami la república “en un acte solemne”, amenaçant amb una altra setmana de mobilitzacions al carrer. Al seu torn, l’ Assemblea Nacional Catalana ( ANC) havia fet també divendres una petició similar, encara que pel que sembla no unànime, argüint el que ells qualifiquen de negativa del Govern a negociar. Finalment, un sector d’ERC va animar Puigdemont a deixar anar amarres, apuntant que no s’ha arribat tan lluny per aturar-se ara. I ahir Oriol Junqueras (que va ser corresponsable amb el president del text que es va llegir dimarts) va afirmar ahir que l’única negociació ha de ser la de la “construcció de la repú­blica catalana”.

La nostra posició davant aquestes pressions és clara: el president de la Generalitat no s’hi ha d’atenir. Per diferents motius. El primer és que anul·lar la suspensió de la independència forçaria l’ Estat a aplicar de manera immediata l’article 155. No es descarta que finalment ho faci. Però des de la Generalitat no se l’hauria d’empènyer. I és per això que confiem, també, que el president respongui demà al requeriment que li va formular el Govern central de la manera més convenient amb aquest objectiu. El segon motiu és que el president va teixir al seu dia una elaborada decisió sobre això, buscant la solució de compromís, feta pública en la sessió parlamentària del 10- O, després d’avaluar consultes amb diversos agents del món econòmic, empresarial, social i polític preocupats per les conseqüències d’una DUI. I també, que des d’aleshores no s’han produït canvis que justifiquin la seva reversió, més enllà de les presses o el tacticisme independentistes. El tercer motiu, i potser el més important, és que en l’actual conjuntura el president s’ha de comportar amb una prudència exquisida, utilitzant els llums llargs, atenent les necessitats del conjunt de la societat. Si hi ha una cosa que no ha de fer ara és tensar més la corda. En especial, quan la realitat econòmica, davant la pos­sibilitat d’una DUI, s’ha deteriorat molt i augura, en el millor dels casos, llargs anys de re­cuperació.

La radicalitat de certs actors del procés, sumada a la inèrcia d’aquest, sembla estar impossibilitant-los adonar-se dels greus efectes que tindrà per a tothom el que ja va succeir al setembre, el que ha succeït a l’octubre i el que pot succeir abans que acabi el mes. N’hi ha prou i de sobres. Estem atrapats en una deriva infernal que fàcilment pot conduir a enfrontaments indesitjables. El camí institucional seguit per arribar fins aquí ha tingut molt de despropòsit. Va ser un disbarat aprovar les lleis de desconnexió, els dies 6 i 7 de setembre, contravenint la Constitució i l’Estatut, menystenint l’oposició. Va ser un error la convocatòria i el desenvolupament del referèndum de l’1- O. És cert que molts catalans van acudir-hi il·lusionats, assumint riscos amb tal de votar. Però també ho és que va caldre recórrer a un cens universal. Que la Sindicatura Electoral crida- da a controlar la jornada va ser desmantellada abans de poder fer-ho. Que fins i tot els observadors internacionals convidats pels convocants del referèndum van ­posar-ne en dubte l’efectivitat.

Malgrat tot això, les autoritats catalanes van presentar el resultat de la consulta, recomptada sense ga­ran­ties, com la prova que el poble català s’havia guanyat el dret a la independència. Van posar molt d’èmfasi, i aquí sí que tenien raó, en que la repressió policial desplegada als col·legis electorals va ser desmesurada. També el delegat del Govern a Catalunya ho reconeixeria posteriorment. Però, per més que l’independentisme presentés la repressió soferta com un acte legitimador, no ho va ser. El determinant aquell dia va ser que el referèndum es va dur a terme sense garanties i que, per tant, no comporta cap mandat. Siguem seriosos. Van votar, segons els organitzadors, 2,3 milions de catalans, menys de la meitat dels convocats. Van votar amb gran il·lusió, sí, amb ­tenacitat i assumint riscos. Però sense l’aval d’una junta electoral imparcial. Es fa difícil entendre que un moviment que ha fet de la democràcia la seva bandera, i s’ha protegit en ella per defensar el dret a decidir, estigui procedint amb manifest menyspreu per la llei que guarda la democràcia.

La situació és molt delicada. Qualsevol iniciativa dels radicals pot complicar-la encara més. El que de debò busquen les veus que animen a activar ara mateix la independència és aguditzar el conflicte. És no deixar a l’ Estat cap altre remei que aplicar l’article 155, amb el rigor i l’abast més grans possibles. És propiciar el “com pitjor, millor”. És desplaçar el conflicte de parlaments i despatxos al carrer. La volatilitat a què ens exposaríem, si es materialitzés aquesta hipòtesi, és poc controlable i molt elevada. La negra esperança que alimenten alguns activistes és ni més ni menys que crear una situació de conflicte de carrer prou greu per forçar l’ Estat a retrocedir i doblegar-se davant les demandes del sobiranisme. Com si una cosa portés a l’altra ràpidament o sense cap cost. Com si el Govern espanyol no disposés d’instruments per sufocar el que potser ja no seria una revolució dels somriures, pacífica, sinó una subversió de potencial destructiu. Els qui busquen l’enfrontament civil, des de l’ombra, sense haver estat elegits ni tenir càrrec públic, mereixen la més gran reprovació.

El president Puigdemont és sens dubte conscient de tot això. Com ho són la majoria dels catalans que valoren la convivència, ara danyada, com el patrimoni comú més preuat. La independència pot ser per molts un anhel central. Però no justifica el present deteriorament econòmic, davant el qual els responsables dels comptes catalans exhibeixen un silenci inacceptable. I molt menys justificaria un enfrontament entre catalans. Ningú no comprendria que per fer un país millor, com pretenen els independentistes, l’empitjoréssim fins a tal ­extrem. No ens ho podem permetre.

 

Ferran RODÉS, “L’autoritat de la gent de pau” a Ara (15-10-17)

http://www.ara.cat/opinio/Lautoritat-gent-pau_0_1888611149.html

“Escolta, pare, el problema de Catalunya amb Espanya ens el deixareu arreglat, oi?”, em va etzibar el meu fill gran ara fa set anys.

La cadena d’esdeveniments dramàtics viscuts recentment ha deixat la major part de la ciutadania, catalana i espanyola, en un estat de perplexitat ple d’emocions negatives que ens fa pensar que ens hem allunyat més que mai d’una trobada, i que el passat, tot i que insatisfactori, és millor que el futur. És possible. Però també és possible el contrari. El drama en què ara ens trobem té una virtut: ha despertat totes les consciències, també aquelles irresponsablement adormides. Ara, quan no només els catalans sinó gran part de la ciutadania espanyola i europea sap que hi ha un problema greu, tenim el deure de mirar de solucionar-lo intel·ligentment i, si pot ser, com reclamen els fills, per sempre.

Que ens encaminem o no cap a una solució satisfactòria dependrà molt del que passi els propers dies, i ara li toca al president Puigdemont respondre al dilema diabòlic que suposa el requeriment del govern de l’Estat.

Sabem que la resposta ha de ser ferma, d’una fermesa capaç de neutralitzar la violència que el govern central mostra des de l’1 d’octubre. També sabem que ha de tenir la força que dona l’autoritat moral. I des d’aquesta autoritat moral es podran teixir complicitats amb la ciutadania catalana i també amb dos aliats naturals, com són la ciutadania espanyola i l’europea. Perquè l’Europa del segle XXI és també l’Europa dels ciutadans.

La resposta, també ho sabem, ha de ser binària. “Sí a la DUI” o “No a la DUI”. Això sembla un problema, perquè la situació demana matisos, però també pot tenir l’avantatge de la claredat, que va unida a la fermesa.

El “Sí a la DUI” té com a argument a favor que és una expressió de la indignació dels ciutadans davant la violència viscuda l’1 d’octubre. Però en té molts en contra. El principal és que provoca encara més violència. És segur que el govern del PP prendrà la DUI com l’excusa per intensificar encara més la seva campanya per acabar amb l’autogovern i utilitzar la via penal contra qualsevol ciutadà i institució suposadament independentista. Entrarem en una espiral que alterarà la pau social, que és el bé més preuat dels catalans. Qui l’alteri, encara que sigui subjecte passiu de la violència, perdrà autoritat moral. Qui la reforci, en guanyarà.

El segon argument en contra de la DUI és de radicalitat democràtica. L’independentisme arrossega un error: des del setembre del 2015 creu que té una majoria social en vots, quan la té només al Parlament. El referèndum, que no va poder ser pactat, és insuficient per ser homologat a nivell internacional. Fer ara la DUI o canviar el marc legal li restaria al president l’autoritat moral davant d’Europa i davant gran part de la mateixa ciutadania catalana, que és radicalment democràtica.

No es pot menystenir tampoc que la proclamació de la DUI afectaria també la unió social amb Espanya. Entre Espanya i Catalunya hi ha, a part de la unió política, una unió social, i no van necessàriament juntes. Un 70% dels catalans se senten també espanyols en algun grau. La meitat d’aquests catalans volen un referèndum i quasi un terç hi votarien sí a la independència. La ciutadania catalana i l’espanyola estan unides per lligams familiars, culturals, històrics, econòmics i sentimentals profunds que, a causa en part de la dissociació anterior, ignoren barreres polítiques i formen una unió social. Aquesta unió és un actiu que els votants catalans, per descomptat també els independentistes, no volen perdre, i qualsevol opció política l’ha de celebrar i reforçar si vol tenir majoria a Catalunya.

El dia 1 d’octubre el govern central va colpejar com mai abans havia fet ningú en les darreres dècades aquesta unió social amb Espanya, intentant crear una divisió interna que no encaixa en l’imaginari català ni existeix en la nostra societat. El comportament d’alguns mitjans de Madrid va en la mateixa direcció. És un greu error. Però la DUI, sobretot per la falta de legitimitat democràtica, impactaria negativament en aquesta unió i, per primer cop, serien “els catalans” els separadors.

Finalment hi ha l’argument de la superació de l’ statu quo. Després de la sentència del TC del juliol del 2010 contra el nou Estatut, molts catalans volen un estat a favor i pensen que no és l’actual (75%) i que n’haurien de construir un de nou (45%). Segons les darreres enquestes, un 82% dels catalans (i un 57% i un 49% dels votants catalans de Cs i el PP, respectivament) creuen que un referèndum és la millor solució per resoldre el conflicte. I ho és: guanyar per majories en vots dona autoritat moral i per tant poder. De nou, no és el cas de la DUI en les actuals circumstàncies.

Veig la DUI com una trampa colossal, que satisfà l’independentisme més abrandat, els del “tenim pressa”, però que posa en un carreró sense sortida el president, el moviment que lidera i tots els catalans. També la ciutadania espanyola. És evident que hi ha sectors afins al govern d’Espanya que la busquen de fa temps, la DUI, perquè és l’excusa perfecta per intervenir en el moll de l’os de la societat catalana, com és l’educació, els mitjans de comunicació públics i els Mossos. Aquesta evidència ja ens hauria de fer parar a pensar a tots, catalans i espanyols. Però alhora la DUI seria desobeir no només l’Estat, sinó Europa, que ja és l’àrbitre i ha demanat públicament al president que no la faci, regalant-li un salvavides d’un enorme valor. El president deixaria de ser el president de tots, i Catalunya perdria el seu autogovern, em temo que per molts anys. Aquesta opció no seria un “pas endavant”, sinó l’evidència de no saber-se aturar quan toca per parlar amb fermesa.

No hi ha resposta més ferma que la no-violència i la defensa dels drets democràtics. Si el president tria conservar l’autogovern, s’erigirà en el principal garant de la pau social i els drets democràtics a Catalunya, i de la seguretat física i material de tothom. Dirà que no pot admetre la violència generada pel govern central amb els fets del dia 1 d’octubre i la posterior negació de l’existència d’aquests mateixos fets. Una violència que va posar en perill la seguretat dels catalans i la unió social amb la resta d’Espanya. I exigirà responsabilitats a tots nivells. Expressarà també la seva voluntat de protegir l’autogovern i les institucions catalanes, avui amenaçades. I deixarà clar que com a líder de la seva opció política no renuncia a res.

Catalunya demana una solució democràtica. El 82% dels catalans volen votar. I la societat espanyola ha de saber que quan els cossos de seguretat espanyols anaven a realitzar càrregues violentes l’1 d’octubre passat, el que es trobaven al davant era gent que cridava “Som gent pacífica, només volem votar”. La responsabilitat no és només del president Puigdemont sinó també del president Rajoy, que s’hauria d’aplicar la cita de Plató: “La civilització és la victòria de la persuasió sobre la força”. I la persuasió, l’absència de violència i la solució democràtica facilitarien que pogués donar una resposta positiva i esperançada al meu fill gran.

 

 

Jordi NIEVA-FENOLL, “Prisión provisional y contexto histórico” a Agenda Pública (16-10-17)

http://agendapublica.elperiodico.com/prision-provisional-contexto-historico/

En ocasiones parece imposible juzgar objetivamente una decisión judicial. En casos como la prisión provisional de Jordi Cuixart y Jordi Sànchez existe tal carga emotiva e ideológica en los hechos que hay que ser especialmente cautos a la hora de valorarlos “en caliente”. Los unos dirán que la medida era la única posible ante la gravedad de los hechos cometidos, y los otros hablarán de persecución política. Todos se expresarán con vehemencia y difícilmente habrá matices, porque la mayoría optará por ocultarse con los suyos en su propia trinchera. Las balas de ambos bandos alcanzarán a los equidistantes.

El hecho es que desde hace bastante tiempo existe una potente movilización ciudadana en Cataluña en pro de su independencia. Y hasta los pasados días 6-7 de septiembre, dicha movilización, salvo en momentos muy puntuales, no había trascendido del ámbito reivindicativo para situarse en el terreno de la desobediencia, lo que infelizmente ocurrió en los días señalados, como reconocieron los autores de las leyes que en esos días se aprobaron. Desde entonces, el cariz de las cosas ha cambiado extraordinariamente y las emociones se han hecho mucho más vertiginosas hasta el punto de cambiar radicalmente en cuestión de horas o días. Y las reacciones de los poderes establecidos se han radicalizado también a uno y otro lado del conflicto.

En este contexto valora el juzgado central de instrucción de la Audiencia Nacional los hechos que se le someten. El pasado día 20 de septiembre un juez de instrucción de Barcelona ordenó diversos registros de sedes de la Generalitat, que vinieron aparejados de detenciones policiales de varios altos cargos. La indignación de los partidarios de la independencia se manifestó en las calles de forma completamente pacífica, salvando algún incidente aislado de carácter leve y el estúpido destrozo de tres coches de policía por un pequeño grupo de descerebrados, así como las dificultades de la comisión judicial para salir de la sede la conselleria deconomia, por lógica precaución ante la cantidad de personas allí congregadas y el grado de indignación acumulado.

Esos fueron los hechos. Y no tengo dudas de que en cualquier otro contexto -un partido de fútbol, una protesta escolar, una huelga, una manifestación por la construcción de una obra pública, etc-, no habrían merecido, en absoluto, la calificación de “sedición”, que hasta ahora reservábamos a acontecimientos tan graves como la Semana Trágica de 1909 y otras insurrecciones. Lo reconoce el propio auto de prisión: lo que cambia la valoración de sucesos que, observados muy fríamente, no son ni tan graves ni desde luego insólitos, es el hecho de estar relacionados con la movilización para la consecución de la independencia de Cataluña.

En consecuencia, lo que en cualquier otro contexto no hubiera merecido otra calificación que “desorden público”, alcanza unas cotas inimaginables bajo la perspectiva que estamos considerando. Pero ello no obsta a que el hecho, aún si lo consideramos delictivo, es de muy dudosa calificación jurídica, dado que esa calificación, en puridad penal tiene que ser muy desapasionada, completamente objetivada y, en lo razonablemente posible, no contextualizada con tantísima precisión.

Siendo, por tanto, dudoso el delito, aún lo es más la procedencia de la prisión provisional. La misma  es una medida drástica, extrema y en todo caso subsidiaria de cualquier otra que pueda conseguir los objetivos perseguidos por la acción judicial. Requiere la casi total certeza del delito, que como se ha visto no concurre, así como la indudable atribución de los hechos a los imputados que se pretende ingresar en prisión. Y por mucho que esos dos imputados tuvieran una lógica actuación protagonista en el día de los hechos, no cabe suponer en los mismos un liderazgo tal como para poder poner en marcha por sí solos la independencia de Cataluña por la fuerza. O mejor dicho, que no parece que teniendo en cuenta la cantidad de personas movilizadas en Cataluña en pro de la independencia, la prisión de esos dos líderes vaya a evitar la persecución de ese fin político que, por cierto, sorprenda o no, dentro de las vías estrictamente legales y por tanto pacíficas, es perfectamente legítimo.

Por último, la prisión provisional debe establecerse para conjurar un riesgo, existiendo tres posibles: de fuga, de destrucción de pruebas y de reiteración delictiva. El auto se ampara en los tres.

El riesgo de fuga se sustenta en la resolución por la gravedad de las penas a imponer. Aunque considerando que esa amenaza de prisión ya existía desde que se iniciaron las investigaciones hace más de veinte días, es dudoso que tal riesgo concurra aún en quien no ha eludido la acción de la justicia durante ese extenso período y, de hecho, ha comparecido voluntariamente cuando ha sido requerido a presencia judicial, ya en dos ocasiones.

Por su parte, el riesgo de destrucción de pruebas es posible que sea algo efímero, teniendo en cuenta las varias investigaciones judiciales ya abiertas desde hace tiempo por el proceso de independencia de Cataluña, y teniendo presente, además, que difícilmente podrían materializar esa destrucción dos personas solamente, estando al frente de muy concurridas organizaciones.

Por último, el riesgo de reiteración delictiva es, a día de hoy, quizás también difícil de sustentar, toda vez que ya son muchos los actores de la movilización, por lo que privar de libertad a dos líderes quizás no consiga el efecto preventivo que pretende la resolución, y en ese caso devendría ineficaz.

Toda resolución judicial tiene un contexto, ciertamente. Pero cuando ese contexto trasciende del plano puntual y se introduce en una situación que, para bien o para mal, en el futuro estudiará la historiografía, es preciso actuar con extraordinaria y excepcional prudencia, valorando siempre las circunstancias establecidas en la ley de manera extremadamente escrupulosa, más que en ningún otro caso.

No es mi misión juzgar críticamente una resolución judicial, sino solamente ofrecer al lector los elementos que le puedan servir para considerarla. Por ello, dicho todo lo anterior, manifiesto mi máximo respeto por la autoridad judicial, en éste y en cualquier otro caso. Como demócrata tengo la obligación y la necesidad de sentirlo y creerlo así.

 

Enric JULIANA, “Dos cartas que hablan a Europa” a La Vanguardia (17-10-17)

http://www.lavanguardia.com/politica/20171017/432131874181/cartas-rajoy-puigdemont-dui-europa.html

Cambio de rasante. El encarcelamiento de Jordi Sànchez, presidente de la Assemblea Nacional Catalana, y de Jordi Cuixart, presidente de Òmnium, ordenado anoche por la juez de la Audiencia Nacional Carmen Lamela, aumenta notablemente la presión atmosférica en Catalu­nya en el momento más delicado de la crisis en curso. La inflamación vuelve a subir. Los escenarios sociales a corto plazo devienen impre­visibles.

Sánchez y Cuixart han sido enviados a prisión por el presunto delito de sedición, después de haber ejercido un papel dirigente en la enorme manifestación que bloqueó los accesos a la sede de la Conselleria d’Economia de la Generalitat en Barcelona, mientras la Guardia Civil efectuaba un registro por mandato judicial, el pasado 20 de septiembre. Los agentes y la secretaria judicial tardaron horas en poder salir del edificio. Fue la primera señal de desbordamiento civil en la crisis catalana. Sánchez y Cuixart se dirigieron a los congregados megáfono en mano subidos al capó de un coche de la Guardia Civil, vehículo que sufrió serios desperfectos a lo largo de la protesta. Imágenes de los años setenta. Los golpes de cacerola fueron atronadores anoche en muchos barrios de Barcelona y en toda la Catalunya dispuesta a la protesta política, que hoy es mayoría. La crisis es fenomenal.

Las filigranas pactistas con cristal de Murano son cada vez más difíciles. Van a prisión los presidentes de las entidades que han organizado las movilizaciones políticas de mayor envergadura en Europa durante los últimos seis años. Seis Onze de Setembre con centenares de miles de personas en la calle, sin un cristal roto, sin una papelera rota. Los dos Jordis se convirtieron anoche en el nuevo símbolo de la protesta catalana. Atención: no sólo de la protesta soberanista. Cuarenta años después del victorioso regreso del presidente Josep Tarradellas a Barcelona (el aniversario se cumple el próximo martes día 23), un amplío sector de la sociedad catalana puede verse impelida a desempolvar el triple lema de los años setenta: “Llibertat, amnistia, estatut d’autonomia!”.

La libertad política existe y se ejerce, pero ese amplio sector catalán cree que se está restringiendo. La amnistía no está prevista en la Constitución de 1978, pero no tardarán en aparecer las peticiones de indulto para las personas que van a ser procesadas y previsiblemente condenadas como consecuencia de las iniciativas unilaterales del proceso soberanista. El estatuto de autonomía, el Estatut estrujado y entristecido de 2010, no va a ser derogado, pero la Generalitat se halla en estos momentos intervenida económicamente y la próxima aplicación del artículo 155 dejará en manos del Estado sus resortes principales. El presidente de la Generalitat y los miembros del Consell Executiu podrían ser destituidos en las próximas semanas. La crisis es fenomenal.

Y la angustia social, también. Seiscientas empresas han trasladado su sede social fuera de Catalunya en los últimos diez días. Los notarios no dan abasto. La incertidumbre crece y el soberanismo tiene desde anoche un nuevo y potente motivo para la movilización. Vuelven las caceroladas. Habrá nuevas movilizaciones en la calle, hoy mismo, proba­blemente. Se incrementará la presión para que el Parlament de Catalunya efectúe una declaración unilateral de independencia, como respuesta a la aplicación del artículo 155. Los dos en­carcelados dejaron mensajes ­grabados pidiendo calma y civismo al movimiento soberanista.

El jefe de los Mossos d’Esquadra, Josep Lluís Trapero, salió de la Audiencia Nacional en libertad, con medidas cautelares. Trapero acudió a declarar vestido de paisano. Traje y corbata. La semana pasada, con los acontecimientos del 1 de octubre todavía muy calientes, el major efectuó su primera comparecencia judicial en Madrid vestido de uniforme. En los pequeños detalles anidan a veces las grandes verdades.

Trapero acudió a declarar vestido de paisano por consejo de sus dos abogados, según explicó ayer la periodista Mayka Navarro en la edición digital de La Vanguardia. Señal de deferencia ante la juez Lamela. Hace una semana, el major Trapero salió de la Audiencia vestido de uniforme y en libertad sin cargos. Ayer, abandono la sede judicial de paisano, sin pasaporte y con la obligación de comparecer ante el juzgado cada quince días. La fiscalía también pedía prisión incondicional para Trapero.

La crisis sufre una nueva aceleración. Motivo de satisfacción para las tricoteuses de la derecha española, con mucha sed de ar­tículo 155, con sed de castigo ejemplar en las tertulias. “¡A por ellos!”. “¡DUI, DUI!”, responden las tricoteuses apostadas en la Ciutadella. Hay crisis de Estado y las tricotosas quieren hechos irremediables, así en Madrid como en Barcelona. Fascinación por el abismo, mientras decenas de empresas al día firman en las notarías el traslado de su sede social fuera de Catalunya. Fascinación por el abismo de las minorías de combate, mientras en España surgen otros focos inquietantes: la sensación de desamparo en Galicia tras los pavorosos incendios forestales, el reciente motín de Murcia a propósito de las obras del AVE… La relación Estado-sociedad presenta continuas grietas y desajustes en España después de los demoledores efectos de la crisis financiera. Catalunya es el ejemplo más agudo, pero no el único.

La jornada empezó con el esperado intercambio epistolar entre Carles Puigdemont y Mariano Rajoy. El presidente de la Generalitat respondió con términos evasivos al requerimiento del Consejo de Ministros para que aclarase si proclamó o no la independencia el día 10 de octubre. En Madrid esperaban esa ambigüedad. Rajoy contestó de inmediato, invitándole a rectificar su postura antes del próximo jueves a las diez de la mañana, plazo final para encender la segunda fase del artículo 155. Tiempo, tiempo, tiempo. Las dos partes estaban jugando con el tiempo como si enfriasen filigranas de cristal de Murano. La orden de prisión de la juez Lamela altera ese laboratorio del tiempo. El Gobierno pierde presión por la derecha –dos dirigentes soberanistas acaban de ingresar en prisión– y el Govern de la Generalitat ve incrementada la presión rupturista.

Con todo, sería precipitado y ajeno a la verdad de los hechos considerar que la juez Carmen Lamela actuó ayer sincronizada con el Gobierno. Afirmar eso sería desconocer la realidad de la potente Audiencia Nacional, desde cuyas oficinas se ha llegado a ordenar el registro policial de la sede central del Partido Popular por el caso Gürtel. La juez Lamela, perfil independiente, carácter fuerte, actuó conforme a su criterio, sostienen los conocedores de la Audiencia, que este pasado fin de semana ya consideraban posible el encarcelamiento de los dos líderes soberanistas (véase la información de José María Brunet en La Vanguardia de ayer).

La situación avanza, lentamente, hacia el despliegue del artículo 155 de la Constitución, con dos ordenes de cárcel rompiendo filigranas en la cristalería de Murano. Puigdemont respondió ayer por carta lo que el Gobierno de España ya sabía que iba a contestar. No puede afirmarse, de manera tajante, que en estos momentos no exista comunicación alguna entre ambas esferas. Los dos presidentes sólo intercambian cartas, pero hay vías de comunicación laterales. Algunos mensajes, lacónicos, circulan entre Madrid y Barcelona. En algunos momentos, durante estas últimas semanas, el Partido Nacionalista Vasco también ha ayudado al intercambio de mensajes, no sólo entre Madrid y Barcelona. El lehendakari Iñigo Urkullu dispone en estos momentos de buena entrada en Bruselas y dispone de excelentes interlocutores en la Santa Sede.

Puigdemont respondió con ambigüedad el requerimiento del Gobierno y Rajoy mantuvo la vía de aproximación lenta al 155. Ambas cartas parecen también dirigidas a las autoridades europeas. Después de pedir la retirada de las fuerzas policiales extraordinarias enviadas a Catalunya y benevolencia judicial para Sànchez y Cuixart, entre otros inculpados, Puigdemont insiste en el diálogo. Dos meses para el diáloga. Oferta de entrevista con Mariano Rajoy. La carta, en realidad, también está dirigida a Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, que el pasado martes pidió personalmente a Puigdemont que no adoptase medidas que pudiesen dificultar el diálogo. Agarrado a ese mensaje del polaco Tusk, el presidente de la Generalitat dejó en suspenso una declaración de independencia que nunca ha sido proclamada.

La carta de Rajoy también está orientada al auditorio europeo. El Estado español hará cumplir la ley y ofrece diálogo dentro de la Constitución. Ofrece una reforma de la Constitución, de acuerdo con el Partido Socialista. El Gobierno español intenta ser paciente con los catalanes. Este es el mensaje de Rajoy a Bruselas.

La prensa europea titulará hoy que dos líderes soberanistas han entrado en la cárcel.

 

Pablo SIMÓN, “Esto va de ganar” a Politikon (15-10-17)

https://politikon.es/2017/10/15/esto-va-de-ganar/

1. Llegados a este punto la secuencia que podíamos anticipar desde antes del 1 de octubre se está cumpliendo como un reloj. El martes pasado hubo una DUI camaleón pues cada cual vio en ella lo que quiso ver. Algunos, una llamada al diálogo, otros una declaración unilateral. Más que ardid, para mí este formato de DUI es señal es de las restricciones internas dentro del bloque independentista – esa compleja dialéctica calle-despacho. Un bloque que con este estrategia sale con fisuras, pero que ha sido perfectamente capaz de recomponerse sin cesar desde 2015 (desde cuando se apartó a Artur Mas a la aprobación de los presupuestos). Sin duda volverá a hacerlo porque esta (no) DUI lo que busca es ser lo mínimo para no espantar apoyos internos o enajenar internacionales pero que el Estado reaccione. Se ha avanzado demasiado como para romper filas ahora.

2. Mariano Rajoy despejó la pelota de manera inteligente con su reacción del pasado miércoles. Requerimiento formal a la Generalitat para mandar la iniciativa política de vuelta a Barcelona, intentar explotar las diferencias de sus rivales y, de paso, ejecutar el paso previo al artículo 155. Mientras, el PSOE salió a mostrar apoyo y dijo que tenía acuerdo con el PP para la reforma de la Constitución (dejando de paso fuera de juego a Podemos y Ciudadanos). El bipartidismo ha hecho una jugada bien trenzada. Ahora, dicen, la responsabilidad última de lo que pase la tiene el President – un blame game de manual.

3. Atendiendo a lo dicho antes, los intereses de los independentistas coinciden en preferir la aplicación del artículo y desoír cualquier iniciativa de reforma (a la que, obviamente, no dan ninguna credibilidad). Tanto si eres independentista moderado y quieres elecciones como si eres más duro y prefieres que haya el mayor lío posible para que la UE arrastre a España a una mesa, qué menos que pasar por el 155 e intentar capitalizarlo. Por eso tengo muchas dudas de que mañana la respuesta que de Carles Puigdemont sea que no aplicó el artículo 4 de la Ley de Referendum. Puigdemont es un pato cojo (no se presenta de nuevo), los procesos judiciales seguirán imparables y los apoyos tan diversos hacen que esté atado al mástil.

4. Aplicar este precepto va a ser todo un reto para el Estado, pero conviene recordar cuatro cosas. Primera, que no es automático – el Gobierno podría conseguir la autorización del Senado pero no usarlo nunca. Segundo, que las medidas concretas se deben aprobar en esta cámara y no existe, en principio, límites materiales al mismo – aunque fijo que absorben seguridad, administración y presidencia, además de posible disolución del Parlament. Tercero, que se trata de un precepto sin límite de tiempo para su aplicación, pero ojo, tarde o temprano debe devolverse las competencias a la Generalitat. Tarde o temprano los ciudadanos acabarán votando (y si hay mayoría independentista de nuevo ¿Qué se hace? ¿Volvemos a empezar?). Por último, que el artículo 155 plantea un reto operativo importante no sólo para ejercer las competencias desde la AGE, sino también ante la indudable movilización social que habría en protesta. Eso si no hay cámara o gobierno paralelo, boicots varios o demás aparatos de una Cataluña irredenta.

5. El autogobierno de Cataluña, entre todos lo mataron y él solito se murió. La polarización de Cataluña ha saltado por los aires consensos básicos y las cargas por venir serán profundas. El movimiento independentista ha conseguido llevar sus objetivos a cotas jamás soñadas (y creo que es digno de estudio su enorme capacidad de movilización e inteligencia colectiva). En esto la torpeza del gobierno español ha sido puro abono y estoy seguro de que cada vez va a haber menos independentistas instrumentales; cada vez habrá más “insobornables”. Eso sí, el precio a pagar será, como diría la Vida Moderna, el retrocés. Las quejas por la re-centralización de competencias o la interpretación restrictiva de la Constitución se pueden quedar en nada ante un tsunami en forma de cierre del modelo territorial que excluya a los independentistas de la negociación. La lógica de “no ceder al chantaje independentista” se abrirá camino. De paso, el Estado volverá a Cataluña – y eso implicará que penetrará la vida social, organizará a los desafectos y un largo etcétera. Descuidad, porque no hará falta traerlos en autobús, esa Cataluña siempre ha estado ahí y se va a movilizar. Ya no sólo esteladas, también  banderas españolas comenzarán a lucir en los balcones de Cataluña.

6. Modestamente, siempre he pensado que el problema que existe en Cataluña es menos de dialogo y más de las restricciones internas dentro de cada bloque. Se pide lo único que el otro no puede dar sin suicidarse. Pero además, desde el 6 de septiembre el dilema es cómo reestablecer la legalidad en Cataluña sin alejar su eventual encaje en el Estado. Dado que muy probablemente el 155 irá adelante veremos el precio a pagar. Respecto al fondo del asunto, me sigo declarando agnóstico ante el referéndum. Es más, ni siquiera creo que resuelva el problema propiamente dicho (porque, al fin y al cabo, ni creo en la independencia ni en el actual statu quo). La verdad, podríamos haber hablado de esto mucho antes, en especial porque creo que una reforma del Estado sí puede ser un win win y desde 2015 había alguna posibilidad de conseguirlo. Sin excluir, por supuesto, un referéndum antes o después de la reforma. Pero, en cualquier caso ya da un poco igual. Para los concernidos esto no va de resolver el problema, sino de ganar. Y a qué precio…

 

Kepa AULESTIA, “Círculo sin salida” a La Vanguardia (17-10-17)

http://www.lavanguardia.com/opinion/20171017/432131922394/circulo-sin-salida.html

El independentismo ha conducido a Catalunya a sucesivas semanas cruciales, en las que parecía jugarse el ser o no ser de su existencia como realidad diferenciada. Durante estos últimos años –más bien cinco que diez– la reducción secesionista del soberanismo ha procedido a un relato épico de sus propias decisiones y proclamas, tratando siempre de inducir el máximo dramatismo a cada circunstancia. Una mezcla de numantinismo sobrevenido y de resuelta vindicación de valores considerados propios ha llenado calles, plazas, horas y encuentros de algo desconocido en la Catalunya pragmática y átona de las últimas décadas. Emociones que no tenían precedentes, con miles y miles de catalanes afirmando que eran independentistas desde la cuna. La promesa de una “tierra sin mal” ha calado en el ánimo de mucha gente, que así se deshacía de las revelaciones de un pasado reciente no precisamente glorioso por Pujol y los muchos suyos. Es ­inevitable suponer que el procés representa una purga –un purgatorio– para los pecados cometidos por el catalanismo gobernante antes de que se hiciera independentista. La radicalidad de la propuesta de una república independiente confiere autenticidad a los restos del pujolismo y a quienes se han ido confabulando con ellos para dar el salto al “referéndum vinculante”. Sin embargo la presidencia de Puigdemont, emplazado a explicar de qué va esto de la independencia, aparece como una concesión que ERC y –en otro plano– los comunes brindan a una tradición que dejó de ser hegemónica precisamente cuando abrazó el independentismo; sin que pueda establecerse una relación precisa entre causa y efecto.

Ahora que el Govern de la Generalitat se debate entre cómo mantener la llama independentista y cómo preservar su poder autonómico, ha llegado el momento de dirigir una severa mirada hacia el círculo que han acabado conformando Puigdemont y los muchos suyos cuando se han percatado de que no están ya en condiciones de alimentar una espiral de agravios y victimismo. Hasta los episodios más inexplicables de la actuación policial el 1 de octubre parecen haberse quedado en nada frente a la obstinación independentista, cuya tenacidad no se sostiene previendo escenarios casi apocalípticos de colapso económico y social, ineludibles para obtener el premio de un Estado propio, aunque este se presente como la solución definitiva para todos los males.

Catalunya se enfrenta a los catalanes; a su propia pluralidad. Se enfrenta a la sublimación de un poder –el de la Generalitat– cuando no se sabe quién o quiénes toman las decisiones en cada momento, ni cuál es la enjundia de sus gobernantes al tener que afrontar horas tan decisivas.

Cuando Puigdemont se pone ante el espejo de las responsabilidades contraídas desde el momento en que asumió la presidencia de la Generalitat debe sentirse solitario y extraño. La perspectiva de que el gobierno autonómico se limitase a administrar las competencias y los medios ­consignados por el Estado constitucional puede resultar frustrante para muchos ­independentistas, empezando por el president Puigdemont. Pero es muy difícil imaginar un escenario propicio a que el independentismo gobernante ejerza su hegemonía desde el puente de mando de instituciones enraizadas en la Constitución y el Estatut.

Ayer el president consiguió ganar algo de tiempo con la evasiva respuesta dada al requerimiento de Rajoy. Pero el círculo ideado entre el referéndum y el diálogo resulta tan contradictorio en sí mismo que no sirve para sostener la posición de la Generalitat ni a efectos dialécticos. Es el problema que afecta al independentismo y que este traslada al conjunto del país. Después de la reducción secesionista del soberanismo ha venido la reducción publicista de la desconexión. Ya no importan ni la meta ni el camino que seguir en pos de una república propia, mucho menos su viabilidad. Lo que importa es mantener una apariencia de comunión independentista. Un círculo que el vicepresidente Junqueras describió perfectamente al recabar unidad y firmeza al mismo tiempo, cuando resulta evidente que es precisamente ese binomio el que flaquea, porque la firmeza –se entiende que la defensa de una vía unilateral– plantea serias dudas en un sector significativo de la comunión independentista, mientras que la unidad a la baja suscita recelos en el sector opuesto. La prueba más palpable de que la Generalitat ha caído en su propio enredo es que no puede ir más allá de la carta que ayer remitió Puigdemont a Rajoy. Porque su interlocución acaba cuestionada tanto si no se decide a prevenir el ultimátum del jueves como si se dispone a evitar la aplicación del 155.

 

Lluís FOIX, “Saben el que no han de fer” a La Vanguardia (18-10-17)

http://www.lavanguardia.com/opinion/20171018/432151444034/saben-el-que-no-han-de-fer.html

La història és plena d’exemples de personatges públics que sabien perfectament el que no havien de fer i, tot i això, ho feien per a la seva pròpia perdició i per a la perdició dels seus pobles. Els grans conflictes del segle passat van ser errors de càlcul dels seus màxims dirigents. La Gran Guerra va ser un conflicte inesperat pel gran públic però covat meticulosament des de feia molts mesos en l’alt Estat Major alemany.

Neville Chamberlain i Édouard Daladier van anar a Munic el 1938 per apaivagar Hitler i van tornar a la Gran Bretanya i a França amb la seguretat que havien evitat una segona guerra mundial amb un pacte que autoritzava Hitler a ocupar la terra dels sudets de Txecoslovàquia.

Sabien que no es podien ­fiar de Hitler, però no van tenir el coratge de plantar-li cara aquell setembre del 1938. Churchill va sentenciar el futur polític de Chamberlain al tancar el seu discurs al Parlament dient-li que havia anat a Munic per salvar l’honor i evitar la guerra i perdrà l’honor i tindrà la guerra. ­Així va ser. Churchill va ser esbroncat en un Parlament on estava en absoluta minoria i on la pau es creia que s’obtenia amb discursos.

La història dels conflictes, segons la historiadora nord-americana Barbara Tuchman, la van decidir reis o presidents que eren conscients que anaven directes al fracàs. Felip II sabia que no podia sostenir cinc guerres paral·leles igual com Johnson tenia la certesa que la guerra del Vietnam només podia acabar en desastre. De Gaulle va pronunciar la cèlebre frase “ Visca Algèria lliure” el 1958 a Orà per després iniciar la retirada de la colònia deixant abandonats els qui van creure en promeses expressades lleugerament. En les seves memòries no es mostra gaire satisfet d’aquest canvi de posició brusc que justifica per la incapacitat de França per mantenir una colònia que lluitava per la seva emanci­pació.

La gerontocràcia que acampava al Kremlin als anys vuitanta sabia que la invasió de l’ Afganistan significaria una operació inassumible. Va contribuir decisivament a posar fi al règim i a la voladura de la Unió Soviètica.

Els partidaris del Brexit feien anar dades falses i sabien que la sortida de la Unió ­Europea seria perjudicial per a la Gran Bretanya. I, tot i això, es van entossudir en la seva propaganda i les seves mentides a trencar amb Europa. I ho van acon­seguir.

Vivim avui moments de gran desconcert a Catalunya i a Espanya. Tant Mariano Rajoy com Carles Puigdemont saben que el discurs i la política de confrontació no condueixen enlloc, que no hi pot haver vencedors ni vençuts, que la llei ho té difícil per jutjar sentiments, que una independència unilateral és una quimera perquè no tindria el reconeixement internacional. Tots dos saben que després de la confrontació apareixeran els danys econòmics, polítics, judicials i mediàtics que s’observaran després del xoc.

Puigdemont sap que és a temps d’evitar els costos d’una operació que, fins i tot abans de produir-se, està enviant la seu social de centenars d’empreses fora de Catalunya. Algunes són les més importants del país. Les conseqüències d’aquestes fugues empresarials pot ser que no siguin immediates, però no s’ha de ser un expert per deduir que significaran un empobriment de Catalunya. Els líders de l’independentisme saben també que la divisió entre catalans és cada vegada més preocupant i que l’independentisme, fins avui almenys, no té una majoria social suficient. I, tot i això, continuen endavant amb el seu full de ruta al marge dels danys col·laterals que ha causat el procés.

El Partit Popular de Ma­riano Rajoy no ha sabut comprendre la realitat catalana. Des de la recollida de firmes contra l’Estatut del 2006 fins al calculat quietisme de Rajoy passant per les pressions perquè el Tribunal Constitucional decidís a favor de retallar l’Estatut que havia passat per tots els filtres legals es­tablerts a la Constitució, hi ha hagut un desconeixement de la realitat catalana que no s’ha volgut comprendre ni acceptar.

L’ Estat ha posat en marxa tots els seus mecanismes polítics i judicials per desactivar la declaració unilateral d’independència, assumida confusament pel president Puigdemont. L’aplicació estricta de la llei ha situat el problema en l’àmbit internacional on els independentistes han treballat amb més eficàcia i agilitat que els aparells de l’ Estat.

Rajoy i Puigdemont saben que si no cedeixen en les seves posicions anem cap al desastre i, encara que no sigui el més important, el futur dels seus càrrecs serà breu. La presó incondicional per a Jordi Sánchez i Jordi Cuixart és un error que complica encara més la possibilitat d’arribar a un pacte en les pròximes hores. Rajoy i Puigdemont saben que anem cap a la catàstrofe i no volen o no saben evitar-ho. Els grans estadistes coneixen el valor de les cessions en moments excepcionals.

 

Joan SUBIRATS, “Política de reconocimiento” a El País (15-10-17)

https://elpais.com/ccaa/2017/10/14/catalunya/1507999144_931463.html?id_externo_rsoc=TW_CC

La tradición política ve en el conflicto su eje básico. De hecho, la democracia es el sistema político que ha ganado su legitimidad gracias al hecho de que asegura el ejercicio pacífico de la confrontación entre ideas e intereses, entre mayorías y minorías. En un sistema político razonablemente organizado, entendido como el marco común en el que dirimir y decidir, la calidad de la democracia dependerá de la capacidad de disenso que sea capaz de contener sin que resulte dañada la convivencia. La cosa se complica cuando, por las razones que sean, alguno o varios de los actores que operan en ese entramado común, no se sienten incluidos en ese sistema, no sienten reconocidas sus diferencias y no ven posibilidades de defender sus ideas y valores en el mismo. Y así acaban entendiendo como opresivo y asfixiante lo que antes era visto como una arena compartida.

España, desde su consolidación como estado contemporáneo, ha ido pasando por diversas crisis de este tipo. Lo que ahora nos preocupa no es, por tanto, del todo nuevo. Más bien resulta reiterativo. No parece razonable pensar que ello es solo consecuencia de la resiliencia protestona de alguna de las partes, y más bien conviene imaginar responsabilidades compartidas y problemas en la concepción basal del sistema.

No nos sirven ya las soluciones ni las experiencias anteriores. Seguimos atrapados en esquemas (westfalianos) propios del siglo XIX y XX. Y esos esquemas sirven cada vez menos para maniobrar en el gran escenario de interdependencias cruzadas propio de la globalización y del gran cambio tecnológico. Hace unos meses, al recoger el Premio Diario Madrid, la directora de The Guardian, Katherine Winer, expresó su total escepticismo sobre las posibilidades reales de que se pudiera implementar el Brexit, y los hechos le están dando la razón. Las razones proceden de la intersección e interdependencia irreversible que se ha generado en Europa entre empresas, entidades de todo tipos y dinámicas sociales, familiares y comunitarias. No es posible desenmarañar la madeja sin daños colaterales tremendos. Europa es ya una urdimbre de personas y colectivos mucho más interrelacionada de lo que la débil y frágil supraestructura política muestra. Si eso es cierto para toda Europa, ¿puede ser distinto en el caso de España y Cataluña?

Lo que probablemente reunió a centenares y centenares de periodistas de todo el mundo el pasado martes en las estrecheces del edificio del Parlament de Catalunya fue esa anomalía. La anomalía de que un país que es totalmente “Europa” desde el punto de vista social, económico, universitario, sindical e institucional, pudiera “romper” esos vínculos para volver a reconstruirlos poco tiempo después. Y además, que todo ello estuviera sucediendo no por los designios inexplicables de unas élites conspirativas, sino (como mostró el 1 de octubre) por el empuje de centenares de miles de personas capaces de organizarse pacíficamente de modo ejemplar. Algo inexplicable pasaba en Cataluña.

Tenemos un problema de falta de adaptación de nuestro sistema político a los nuevos tiempos. Reducirlo a un tema de soberanía resulta tremendamente esquemático y simplificador. Estamos frente a un problema de reconocimiento. De falta de aceptación de la diversidad intrínseca de un país complejo. Que lo era hace cien años, y que ahora lo es mucho más. Quien quiera seguir defendiendo una concepción de soberanía única y excluyente, por mucha “reforma constitucional” con que se revista, no ha entendido nada de lo que está pasando y hacia qué futuro nos dirigimos.

Decía Amador Fernández Savater en uno de los muchos comentarios que han aparecido sobre lo que acontece en Cataluña: “La lucha final es la expresión que definió la emancipación en el siglo XX, y que pasaba por la destrucción del otro (el enemigo de clase o nacional). La emancipación hoy se hace otras preguntas: ¿Cómo vivir juntos los diferentes?; ¿qué nos une a pesar de lo que nos separa? Porque el otro no va a desaparecer y este mundo compartido es el único que hay”. Esa es la nueva bandera de la izquierda emancipatoria. Lo que debemos hacer es reconocer que igualdad y homogeneidad no son lo mismo. Que hemos de situar la diversidad en nuestra escala central de valores. Y que estamos condenados a vivir juntos, pero eso sí: reconociendo a los otros como distintos y reconociendo y cuidando nuestras interdependencias. Y entonces podremos afrontar el debate clave de las soberanías concretas y reales, que nos interpelan y agreden en el día a día y desde la proximidad.

 

 

 

 

Miguel SOLANA, “Y mientras tanto, en China” a Agenda Pública (19-10-17)

http://agendapublica.elperiodico.com/y-mientras-tanto-en-china/

El Partido Comunista celebra su 19º Congreso Nacional. Incluso en un momento tan convulso para España causado por el desafío independentista y también para la Unión Europea, en pleno Brexit y con un auge de la extrema derecha en Alemania, es necesario, por unos minutos, poner la atención en China.

Desde ayer hasta el día 24 el evento reunirá en Pekín a 2.300 delegados del sector público, privado y del ejército. Durante este se debatirán distintos temas de carácter político, económico y social y se designarán los nuevos miembros de los principales órganos de gobierno del Partido: Comité Central, Buró Político y Comité Permanente.

Pese a que hay una gran especulación sobre los nuevos nombramientos, hay consenso sobre que el Congreso servirá para consolidar todavía más el poder del actual secretario del partido y presidente de China Xi Jinping, cuyo segundo mandato de cinco años será ratificado.

El fortalecimiento de su poder vendrá dado por su designación como contribuidor a la ideología del Partido algo que sus antecesores no consiguieron durante su mandatoy mediante el nombramiento de altos cargos afines; esto rompería el consenso no escrito de dar paso, en los últimos cinco años de mandato de cada secretario general, a representantes de corrientes afines al antecesor en el cargo, algo que ha marcado las transiciones de poder entre las diferentes corrientes del Partido desde el fin del mandato de Mao. Asimismo, el Congreso puede romper algunas de las reglas establecidas desde el periodo de Deng Xiaoping, entre ellas la edad máxima para ostentar un cargo y, sobre todo, eliminar la restricción de la presidencia del partido a dos mandatos, lo que significaría uno de los cambios más relevantes desde la llegado del Partido Comunista al poder.

Pese al descontento que esto generará en ciertas alas del Partido, la acumulación de poder por parte de Xi Jinping hasta la fecha, en particular, su control del ejército y de la agencia anticorrupción –cuyo responsable Wang Qishan, es considerado la segunda persona más importante del gobierno por encima del primer ministro Li Keqiang y candidato a sucederle, hacen poco probable un movimiento de ruptura dentro del Partido que pudiera desestabilizar el sistema político en los próximos cinco años.

¿Qué podemos esperar de China en los próximos años bajo un mandato fuerte de Xi Jinping?

La agenda doméstica vendrá determinada por nuevas políticas que consoliden el ritmo de la transformación del país hacia una sociedad de consumo, que es desde 2015 el principal contribuyente al crecimiento del PIB. En este sentido, se espera que durante el Congreso se anuncien medidas que apoyen esta transición, en particular: primero, priorizar el acceso al crédito a consumidores y pymes mientras se aceleran las medidas para sanear el sistema bancario (enfocadas fundamentalmente en reducir el endeudamiento de empresas ligadas al sector público y gobiernos locales); segundo, nuevas iniciativas para promover y facilitar la transición de trabajadores a sectores con alto crecimiento y mitigar el riesgo de desempleo; tercero, en el área de inversión, se dará prioridad al desarrollo urbano del interior de China y la creación del mayor núcleo urbano del mundo alrededor de Pekín –Xiongan– que podría alcanzar los 100 millones de personas.

Dos iniciativas gubernamentales que merecen mención específica son el plan One Belt, One Road, uno de los pilares geopolíticos de China y que con un presupuesto de 1 trillón de dólares tiene como objetivo desarrollar la infraestructura necesaria para conectar China con Asia Central, África y Europa. Asimismo, destacan los distintos planes que promueven la modernización país: el plan Made in China 2025, con un presupuesto de 150.000 millones de dólares para los próximos 10 años, con el objetivo de modernizar la capacidad de producción china, el desarrollo de la nueva infraestructura de telecomunicaciones de alta velocidad que llegará a todo el país y el liderazgo en el desarrollo del coche eléctrico.

En materia de seguridad, la anexión de territorio en el Mar de China Meridional seguirá siendo una prioridad para China por su valor geoestratégico. Respecto al conflicto con Japón sobre las islas Senkaku, China parece querer evitar la confrontación. Corea del Norte seguirá siendo la gran incógnita y principal preocupación en la región. La probabilidad de conflicto armado sigue siendo baja, pero su impacto sería tan alto (ya que afectaría a las tres principales economías de la región, China, Japón y Corea del Sur) que exigirá particular atención por todos los países involucrados.

La relación con EE.UU. es otro de los elementos principales de la política exterior. Tras una reunión más positiva de lo esperado por muchos analistas en abril y numerosas conversaciones entre los equipos de ambos jefes de estado durante los últimos meses para encontrar una solución al problema generado por Corea del Norte, Xi Jinping recibirá al presidente Donald Trump en Pekín a principios de noviembre, en lo que puede representar otro acercamiento entre ambos países. La cumbre tendrá como resultado concesiones por ambos lados que pueden facilitar la resolución del conflicto con Corea del Norte y una mayor estabilidad del comercio internacional.

El Congreso reconocerá también el papel que ha desempeñado Xi Jinping en aumentar la influencia de China en el exterior. Por méritos propios y decisiones de otros, la presencia de China en el ámbito global ha alcanzado cotas máximas. La participación de Xi Jinping en Davos y la inclusión del yuan en la cesta de monedas del Fondo Monetario Internacional han sido dos hitos que simbolizan este creciente papel. A futuro, el Banco Mundial, el FMI y la UNESCO son organismos en los que China quiere adquirir mayor poder, además de consolidar el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura. En paralelo, seguirá promoviendo, junto con otros países, acuerdos contra el cambio climático, un área que fortalece su papel de potencia internacional y responde también a prioridades de política doméstica, debido a la creciente preocupación de la población por la contaminación.

En materia de libertades y de avance democrático, sin embargo, se prevén pocos cambios. La situación de Hong Kong y numerosas medidas para controlar el acceso a la información indican que el Partido no tiene intención de reducir su control en este ámbito. A esto se une el creciente descontento de la clase media urbana con la contaminación medioambiental, la calidad de la educación y sanidad y la corrupción. La falta de avances y medidas en estas áreas podrían convertir a este segmento de la población, cada vez con mayor poder económico y numeroso, en una fuerza de cambio en el futuro. Esto convertiría a los principales beneficiados por el histórico crecimiento económico de China en la principal amenaza del Partido.

En definitiva, y pese a posibles fuentes de inestabilidad como las anteriormente mencionadas, el Congreso tiene lugar con un gobierno fuerte, altas tasas de crecimiento económico y planes ambiciosos para la modernización del país y su ascenso en el panorama internacional.

El siglo XXI es el siglo de China. Como decíamos en una nota anterior, la capacidad para articular una estrategia que responda a esta nueva realidad marcará en gran medida la prosperidad económica de la UE en el futuro.

 

 

Lluís BASSETS, “La guerra nuclear en manos de un imbécil” a El País (15-10-17)

https://elpais.com/internacional/2017/10/13/actualidad/1507914394_885928.html

Del loco al imbécil. Este es el paso que hemos dado en los nueve meses que lleva Donald Trump en la Casa Blanca. La teoría del loco, inicialmente utilizada para Trump, fue un invento de Nixon durante la guerra de Vietnam: nada sería más disuasivo para el enemigo que la idea de que el presidente es un loco irrefrenable, dispuesto a barrerle del mapa a bombazos aunque no hubiera motivo. La teoría del imbécil es, en cambio, de Rex Tillerson, el actual secretario de Estado y se refiere a su patrón, Donald Trump, con el que se ha enfrentado y de quien piensa que no tiene conocimientos ni inteligencia, ni siquiera madurez suficiente como para controlar el arma nuclear que tiene en sus manos. Es decir, es un fucking moron, un jodido imbécil”, según aseguró irritado el 20 de julio tras escuchar sus desvaríos en una reunión de la cúpula de seguridad en la Casa Blanca.

Las alarmas acerca de la impredictibilidad de Trump vienen sonando desde antes incluso de su victoria en la elección presidencial. Pocos pueden llamarse a engaño acerca de la personalidad del presidente. Pero sus nueve meses en la Casa Blanca son todavía peores de lo que nadie pudo imaginar. De entrada, porque ni se ha moderado ni ha aprendido nada. El poder no ha actuado como factor estabilizador. Al contrario, ha acrecentado su prepotencia y sus desinhibiciones, especialmente con la perturbación de sus improvisaciones en Twitter, actualmente el mayor factor de inestabilidad de la política exterior estadounidense.

Esta semana ha presentado su nueva política de seguridad con Irán, coincidiendo con su decisión de descertificar el cumplimiento de las condiciones del acuerdo nuclear firmado por Obama en 2015. La inconveniencia de retirarse del acuerdo nuclear ha sido reconocida por todos, dentro de la Casa Blanca incluso, no tan solo porque Teherán, en contra de la descertificación, está cumpliendo sus compromisos con los seis firmantes del acuerdo nuclear (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia, China, además de la UE), sino porque dicho acuerdo constituye un factor de estabilidad en una zona de alto riesgo bélico.

Trump ha denunciado el acuerdo nuclear con Irán desde el primer día. Tiene muchas razones para hacerlo. La más elemental, su repugnancia hacia todo lo que sea multilateral. Es la misma que está en la base de la retirada de la Unesco. Hay también un motivo personal. Como sucede con el Obamacare, el TTP (tratado de libre comercio transpacífico) o el acuerdo de París sobre el cambio climático, el pacto con Irán es uno de los éxitos de la presidencia de Obama que Trump quiere obliterar. En su jerga hecha de hipérboles lo ha calificado como el acuerdo más peligroso y estúpido de la historia”.

La descertificación por parte de la Casa Blanca no debe producir muchos efectos a corto plazo y de hecho no significa su ruptura. La decisión de Trump, aplaudida por los rivales y competidores por la hegemonía regional que son Israel, Arabia Saudí y Emiratos, no tendrá seguimiento por parte de los otros firmantes, que son Rusia, China, Francia, Reino Unido, Alemania y la UE, países interesados en mejorar las relaciones con Irán y en evitar la proliferación nuclear en la región. Pero erosiona el acuerdo y abre un portillo a una ulterior ruptura por parte del Congreso.

Lo peor de todo es el mensaje implícito que contiene, dirigido al líder norcoreano Kim Jong-un: no firmes un acuerdo multilateral porque luego EE UU puede saltárselo. Con la liquidación de Sadam Husein, Corea del Norte aprendió que el arma nuclear es un seguro de vida. Lo confirmó la caída de Gadafi, que había cedido su programa nuclear a cambio de normalizar las relaciones. Ahora desaparece el modelo ejemplar de Irán, que Washington viola apenas dos años después de firmarlo. No es extraño que Corea del Sur se halle aterrorizada.

Pero es todavía más inquietante el mensaje a Teherán: sigan ustedes la vía norcoreana. Primero firmar un acuerdo, y luego incumplirlo y situarse en el umbral de la bomba y de su instalación en misiles intercontinentales. Pyongyang lo firmó en 1994, pero se retiró del Tratado de No Proliferación en enero de 2003, cuando ya estaba preparada la invasión de Irak que empezó en marzo siguiente.

Se da la circunstancia de que el mecanismo de certificación del cumplimiento por parte de Irán de los acuerdos fue ideado por el republicano Bob Corker, presidente del comité de relaciones exteriores del Senado, como cautela para evitar que el régimen de los ayatolas engañara a Obama y a la comunidad internacional. Pues bien, el propio Corker es quien ha hecho unas declaraciones en las que acredita que los comentarios de Trump en Twitter significan un peligro para la paz y podrían llegar a desencadenar la tercera guerra mundial.

El senador encuentra consuelo para su enorme preocupación con un presidente que actúa en la escena mundial como si estuviera en un reality show en el equipo de veteranos que le vigilan en la Casa Blanca, formado por el secretario de Estado, Tillerson, el secretario de Defensa James Mattis y su jefe de gabinete y general como el anterior, John Kelly. Pero no está claro que tal vigilancia sea suficiente para controlar el mayor factor de inestabilidad mundial que es el propio presidente.

El país que vive de forma más traumática la conducta de Trump es un estrecho aliado de EE UU como Corea del Sur, que sería la primera víctima en caso de una conflagración entre Washington y Pyognyang. Los tuits de Trump, según cuenta Se-Woong Ko, director de la revista digital Korea Exposé, hacen caer ya de forma rutinaria los valores de la bolsa de Seúl”. Sus amenazas provocan el pánico en la población, que solo piensa en planes de evacuación y kits de supervivencia.

La mayor preocupación del establishment de seguridad estadounidense es el inmenso poder personal del presidente, especialmente en relación al arma nuclear, las 4.000 cabezas atómicas con capacidad para destruir el planeta. Tillerson llamó imbécil a Trump, aunque luego ha evitado confirmar o desmentir que utilizara tal insulto, al término de una reunión en la que el presidente se mostró partidario de contar en el futuro con un arsenal nuclear de 32.000 cabezas, el nivel máximo alcanzado por EE UU en plena guerra fría, en la época del equilibrio del terror.

Muchas son las voces, en el Congreso y en la opinión pública (un editorial de The New York Times esta semana), que piden la desposesión de los extensos poderes presidenciales sobre el arma nuclear, que son estrictamente personales y no necesitan autorización de las cámaras ni de los órganos asesores. Las ideas que se están barajando incluyen la aprobación del Congreso y el aval de los secretarios de Defensa y de Estado para autorizar un disparo atómico.

En 1946, cuando el Congreso aprobó los poderes personales del presidente sobre el arma nuclear, por la Atomic Energy Act, eran los militares los que tenían el gatillo fácil. El arma entonces recién inventada, experimentada y lanzada se situaba bajo la autoridad del máximo representante del poder civil que era el presidente. Ahora los papeles se han invertido, los militares son gente fiable y el irresponsable al que hay que vigilar es el presidente surgido de las urnas.

 

 

Pierre-André BUIGUES; “Comment relancer l’Europe: zone euro vs ensemble de l’UE?” a Telos (18-10-17)

https://www.telos-eu.com/fr/comment-relancer-leurope-zone-euro-vs-ensemble-de-.html

Macron a prononcé un discours optimiste et volontariste sur lEurope en septembre 2017 à la Sorbonne. Il nen soulève pas moins des questions sur la mise en œuvre et sur les priorités. Doit-on approfondir l’intégration de la seule zone euro ou relancer l’Union européenne dans son ensemble et quels projets privilégier ?

Il pourrait être plus facile de développer une relance pour lensemble de lUE, quautour de la seule zone euro. Fortement souhaitable du point de vue économique, la relance de la zone euro se heurte en effet à de nombreux obstacles politiques.

La relance de l’intégration des pays de la zone euro

La consolidation de la zone euro est la priorité de la nouvelle politique européenne de la France. Macron déclarait en Janvier 2017, avant même d’être élu : « nous devons reconnaître collectivement que leuro est incomplet et ne pourra durer sans réformes majeures. Il na pas permis à l’Europe de se doter dune pleine souveraineté face au dollar. Il na pas poussé à une convergence entre nos différents États membres. À l’heure actuelle, l’euro n’est quun Deutsche Mark en plus faible. Et le statu quo signifierait le démantèlement de l’euro dans les dix ans qui viennent ». Le dernier Conseil européen reconnaissait d’ailleurs lui aussi, s’agissant de la zone euro, que son « architecture actuelle présente des défauts persistants ».

Le constat de Macron sur la non-convergence des niveaux de vie entre les pays de la zone euro est bien argumenté. Le revenu par tête relatif de plusieurs pays de la zone euro na pas cessé de baisser par rapport à l’Allemagne : en Espagne de 63% par rapport à l’Allemagne en 2016, contre 76% en 2008 ; en France de 88% en 2016, contre 100% en 2008 et en Italie de 72%, contre 87%.

Pour certains économistes, cette divergence ne peut que s’accentuer car l’unification monétaire a favorisé une spécialisation de la production, différente selon les pays (effets d’agglomération à la Krugman). Le poids de l’industrie manufacturière dans l’économie est de 21% en Allemagne, 15% en Italie, 12% en Espagne et seulement 10% en France et les écarts s’accentuent entre les pays les plus industrialisés et les autres. Avec des conséquences considérables sur la balance commerciale puisque les produits industriels manufacturés représentent plus de 75% des échanges internationaux.

Le président français a proposé pour la relance de la zone euro la mise en place dun parlement et dun ministre des Finances de la zone euro, une harmonisation fiscale et sociale et un budget pour la zone euro. Quels sont les soutiens et les oppositions à ces propositions ?

Un parlement de la zone euro ? Cette proposition se heurte à de nombreuses oppositions. Le président de la Commission Européenne, Jean-Claude Juncker, est tout à fait opposé à l’idée de doter la zone euro d’un parlement propre et dun budget : « nous n’avons pas besoin de structure parallèle ». Le Parlement européen actuel ne veut pas non plus d’un parlement pour la zone euro et enfin, les pays de l’UE non-membres de la zone euro ne veulent pas devenirdes citoyens européens de seconde zone et sont opposés à tout renforcement de la zone euro.

Certes, la chancelière allemande assurait au dernier Conseil européen qu’« on peut parler » d’un « ministre européen des Finances » de la zone euro et qu’elle n’avait « rien contre un budget de la zone euro ». Cependant, étant donné les résultats des dernières élections allemandes, il faudra attendre le prochain gouvernement pour y voir plus clair sur la position de ce pays. 

L’harmonisation de l’impôt des sociétés : la France, l’Allemagne, l’Espagne et l’Italie veulent ouvrir le chantier de l’harmonisation fiscale et sociale à l’intérieur de la zone euro. Dans la zone euro, le taux d’imposition des profits des sociétés va de 12,5% en Irlande à 34% en France. L’harmonisation de l’impôt sur les sociétés est une proposition de la Commission européenne depuis 2011. Merkel soutient ce projet car il « facilitera les activités des entreprises au sein du marché unique mais elle a souligné aussi que ce « travail… n’est pas simple ».

Pour preuve de la difficulté à déboucher sur une position commune, la proposition de Macron de taxer les géants américains du Net en fonction du chiffre d’affaires par pays s’est heurtée à l’opposition de quatre pays. Ces quatre pays, parmi lesquels trois pays membres de la zone euro (Luxembourg, Malte et Irlande) et Chypre, sont ceux où ces multinationales ont basé leurs sièges et où elles rapatrient leurs profits pour bénéficier des faibles taux d’imposition. Pour la fiscalité, la règle de l’unanimité est de rigueur

La mise en place d’un budget de la zone euro soulève aussi beaucoup de difficultés. En principe, ce budget de zone euro devrait permettre des transferts de richesse des pays les plus riches vers les pays les plus pauvres de la zone euro en cas de choc.

Or, lopposition à un budget de la zone euro est très forte en Allemagne. La montée d’AfD et le poids du parti libéral après les élections allemandes auront de lourdes conséquences. LAfD au Bundestag va exercer une pression politique permanente sur la CDU contre toute initiative européenne et Christian Lindner, le leader du FDP, a déclaré « avant d’élargir la zone euro, il faut la stabiliser. Les règles en matière de déficit ne sont toujours pas appliquées réellement et il manque un règlement de faillite des États. »

La gestion du budget actuel de lUE illustre les difficultés pour trouver un accord entre pays. Ce budget de lUE est bloqué à 1% du revenu national brut de lUE et il a fallu deux ans et demi de discussions difficiles pour se mettre daccord sur le cadre pluriannuel 2014-2020. Comment espérer moins pour un budget de la zone euro ?

Comment sortir de cette impasse ? Un budget de la zone euro est un chiffon rouge pour l’Allemagne et d’autres pays du nord de l’Europe. Il faudrait plutôt éviter le terme de budget de la zone euro, trop sensible politiquement, et réfléchir à des programmes très concrets. Par exemple, il pourrait être plus facile pour l’Allemagne d’accepter un budget en vue d’éviter l’effondrement du système éducatif dans les pays en crise de la zone euro, puisque l’immigration d’Italiens ou de Grecs vers l’Allemagne bénéficie économiquement à ce pays. De même, dans le domaine de la santé, des touristes allemands en Grèce ou en Italie ont tout à gagner à empêcher l’effondrement du système de santé dans ces pays, financer des hôpitaux grecs peut dès lors être justifié.

Relancer l’Union Européenne 

Avant l’arrivée au pouvoir de Macron, pour construire l’Europe post-Brexit, Angela Merkel privilégiait l’Europe à 27, pas le noyau dur de la zone euro. La priorité de la chancelière allemande était de préserver lUnion européenne et de revenir à l’approche par petits pas pour renforcer lEurope dans des domaines comme la sécurité et la défense. Lapproche allemande, pragmatique, a toujours favorisé des coopérations renforcées dans plusieurs domaines communautaires. Cest le cas de la défense, de la recherche, du climat ou de l’immigration.

Dans le domaine de la défense, en juillet 2017, Paris et Berlin ont décidé de « développer un système de combat aérien européen » sous leur direction, pour remplacer à « long terme », leurs « flottes actuelles d’avions de combat ». Cet avion verrait le jour vers 2030. Il a aussi été décidé de rapprocher les standards pour les chars, les missiles et de coopérer pour le futur eurodrone. Paris et Berlin ont aussi fixé les critères d’appartenance à la « coopération structurée permanente » des pays européens décidés à renforcer leur contribution à la défense européenne commune.

Dans le domaine de la coopération technologique, en Estonie fin septembre 2017, Macron a poussé le projet de financement d’une agence européenne, dédiée au financement de projets technologiques « comme l’intelligence artificielle ou les voitures autonomes » et cette proposition a reçu, elle aussi, un net soutien de l’Allemagne.

Sur le climat, un programme de recherche conjoint avec un financement déjà décidé a été lancé en juillet 2017, à l’issue d’un Conseil des ministres franco-allemand.

Enfin, pour le développement des start-up dans les nouvelles technologies, la France et l’Allemagne ont aussi confirmé au dernier Conseil européen que ces deux pays mobiliseraient, à travers leurs banques publiques d’investissement, Bpi France et KfW, jusqu’à 1 milliard d’euros

On peut penser que l’Allemagne va donc continuer à coopérer avec la France pour relancer toute une série d’initiatives qui, en principe, sont ouvertes à l’ensemble des pays de l’Union européenne. Ces initiatives seront clairement soutenues par la Commission et le Parlement européen, sans rencontrer d’opposition politique en Allemagne.

 

 

Daniel GROS, “¿El retorno de Europa a la crisis?” a Project Syndicate (11-10-17)

https://www.project-syndicate.org/commentary/spain-catalonia-crisis-european-integration-by-daniel-gros-2017-10/spanish

Hace apenas cuatro meses, cuando el europeísta Emmanuel Macron fue elegido presidente de Francia, parecía que la Unión Europea finalmente podía aspirar a un período de calma. Pero la calma es lo último que se puede ver en las calles de Barcelona, donde las manifestaciones a favor de la independencia catalana -para la cual se llevó a cabo un referéndum que fue reprimido brutalmente por las fuerzas gubernamentales- se han topado con protestas igualmente potentes en su contra.

En la medida que escala el conflicto interno en España, un retorno a la crisis en Europa puede parecer prácticamente inevitable. Sin embargo, lo que está sucediendo en España, en verdad, indica que la recuperación económica europea se está fortaleciendo, a la vez que se ponen de manifiesto los límites de lo que la UE puede alcanzar.

La fortaleza de la recuperación económica de la UE se refleja en la ausencia de alguna reacción significativa del mercado financiero ante las escenas tumultuosas de Cataluña. Si se hubiera producido una situación similar hace unos años, habría habido una corrida sobre los bonos gubernamentales españoles y la bolsa de España se habría derrumbado. Hoy, en cambio, los mercados están tomando con calma la profunda incertidumbre política del país.

Este voto de confianza está erigido sobre cimientos sólidos. Toda la economía de la eurozona está creciendo a tasas que, aunque no son espectaculares, sí son respetables. Y la economía española ha venido creciendo más rápido que el promedio de la eurozona, manteniendo al mismo tiempo sus cuentas externas con un leve excedente.

Esto significa que la recuperación de España se basa en una oferta en ascenso, y no en una creciente demanda doméstica, como fue el caso durante el auge de la construcción previo a la crisis. Si a esto le sumamos la existencia de instituciones de la eurozona que pueden abordar las dificultades financieras temporarias que enfrentan los bancos o los estados, se vuelve más claro por qué la profunda crisis política de España no ha estado acompañada por peligrosas volatilidades del mercado financiero.

Sin embargo, la crisis de Cataluña también subraya las limitaciones del modelo de integración de la UE, que están arraigadas en el hecho de que la Unión, en definitiva, está basada en el estado-nación. No se puede describir este modelo como intergubernamental. Más bien, está basado en una implementación indirecta: casi todo lo que hace y decide la UE es llevado a cabo por los gobiernos nacionales y sus administraciones.

Esta distinción se hace más notablemente visible en el ámbito de la política monetaria, donde el mecanismo de toma de decisiones, definitivamente, no es intergubernamental: el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo opera sobre la base de una mayoría simple.

Pero el mecanismo de implementación es, en efecto, indirecto: una vez que se toma una decisión, ésta es llevada a la práctica por los bancos centrales nacionales -una estrategia que puede tener importantes implicancias-. Por ejemplo, las enormes operaciones de compra de bonos nominalmente realizadas por el BCE en los últimos años han sido manejadas, en gran medida, por los bancos centrales nacionales, que compran los bonos de sus propios gobiernos.

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea en Luxemburgo -otra institución común de crucial importancia- también se basa en un mecanismo de toma de decisiones que no es intergubernamental. Sin embargo, sus jueces son nombrados por los gobiernos nacionales, y las cortes y administraciones nacionales hacen cumplir sus decisiones.

Una comparación con Estados Unidos pone en relieve la debilidad de esta estrategia. Si bien la Reserva Federal de Estados Unidos también tiene una estructura regional, los Bancos Distritales de la Reserva Federal cubren varios estados y no están vinculados a un gobierno o institución estatal. De la misma manera, los jueces de la Corte Suprema de Estados Unidos son nombrados por instituciones federales (el Senado acepta o rechaza a los candidatos sugeridos por el presidente), no por los gobiernos estatales.

Para la UE, depender de sus estados miembro para construir instituciones comunes fue, probablemente, la única manera de empezar el proceso de integración, dada la profunda desconfianza entre los países que se habían enfrentado en tantas guerras brutales. Y, sin embargo, una unión que se basa en el estado-nación, no sólo para la implementación, sino también para la legitimidad, puede funcionar siempre y cuando funcionen sus miembros individuales. Pero hoy, cuando la mayoría de ellos están asolados por luchas internas, ese modelo está alcanzando sus límites.

En Grecia, los sistemas administrativo y judicial débiles han impedido la recuperación económica. En Polonia y Hungría, gobiernos “iliberales” están minando la independencia judicial. Y, en España, el sistema político parece incapaz de resolver el conflicto entre el gobierno regional de Cataluña, con sus aspiraciones a una mayor autodeterminación, y el gobierno central en Madrid, que sostiene que hasta la mera consideración de este cuestión socavaría el orden constitucional.

Inclusive Alemania enfrenta desafíos políticos internos. Tras haber perdido casi una quinta parte de sus votantes en la elección federal reciente, la canciller Angela Merkel tendrá que lidiar con tres socios rebeldes de la coalición durante su cuarto -y probablemente último- mandato. En cuanto a Italia, las encuestas de opinión sugieren que una mayoría de los votantes hoy respaldan a partidos populistas y/o euroescépticos.

Si bien parece improbable que los partidos abiertamente euroescépticos ganen poder en alguna parte, estos giros políticos no favorecen la integración europea. La UE enfrenta una escasa hostilidad manifiesta. Hoy, más bien, enfrenta una “indiferencia obstruccionista”, ya que muchos de sus estados miembro están cada vez más preocupados por sus desafíos internos, lo que hace que la integración europea sea algo a lo que no se le presta demasiada atención en gran parte del continente.

Los líderes de la UE que todavía quieren promover la integración ya no pueden contar con el argumento, utilizado durante la crisis financiera, de que no hay otra alternativa. Y el consenso permisivo de los primeros años de la integración hace mucho que se esfumó. Si se ha de progresar hacia una “unión cada vez más estrecha”, los líderes de Europa tendrán que encontrar un nuevo modelo que pueda superar la apatía cada vez más profunda de sus ciudadanos.

 

 

Joschka FISCHER, “Europe’s Attackers From Within” a Project Syndicate (17-10-17)

https://www.project-syndicate.org/commentary/catalonia-independence-european-union-integrity-by-joschka-fischer-2017-10

Catalonia’s illegal bid for independence, like the United Kingdom’s ill-fated Brexit referendum, amounts to a historical absurdity. After decades of bloodletting in the twentieth century, and in view of competition with economies like the US, China, and India, the need for deeper European integration in the twenty-first century should be obvious.

Europe finally appears to have moved past its multi-year economic crisis, but it remains unsettled. For every reason for optimism, there always seems to be a new cause for concern.

In June 2016, a slim majority of British voters chose nostalgia for the nineteenth-century past over whatever promise the twenty-first century might have held. So they decided to jump off a cliff in the name of “sovereignty.There is much evidence to suggest that a hard landing awaits the United Kingdom. A cynic might point out that it will take a properly functioning “sovereigntyto cushion the impact.

In Spain, the government of the autonomous region of Catalonia is now demanding sovereignty, too. But the current Spanish government is not prosecuting, imprisoning, torturing, and executing the people of Catalonia, as Generalissimo Francisco Francos dictatorship once did. Spain is a stable democracy and a member of the European Union, the eurozone, and NATO. For decades now, it has maintained the rule of law in accordance with a democratic constitution that was negotiated by all parties and regions, including Catalonia.

On October 1, the Catalan government held an independence referendum in which less than halfsome estimates say a third of the regions population participated. By the standards of the EU and the Organization for Security and Cooperation in Europe, the vote could never be accepted as free and fair.In addition to being illegal under the Spanish constitution, the referendum did not even have a voting register to determine who was entitled to participate.

Catalonia’s alternativereferendum invited a clampdown from Spanish Prime Minister Mariano Rajoys government, which intervened to shut down polling stations and prevent people from casting ballots. This proved to be a political folly of the highest order, because images of the police swinging truncheons at unarmed Catalan protesters conferred a spurious legitimacy on the secessionists. No democracy can win in this kind of conflict. And in the case of Spain, the crackdown conjured up images of the countrys 1936-1939 civil war its deepest historical trauma to this day.

Were Catalonia actually to achieve independence, it would have to find a way forward without Spain or the EU. Spain, with the support of many other member states that worry about their own secessionist movements, would block any Catalan bid for EU or eurozone membership. And without membership in the European single market, Catalonia would face the grim prospect of rapid transformation from an economic powerhouse into an isolated and poor country.

But independence for Catalonia would pose a fundamental problem for Europe, too. For starters, no one wants a repeat of the breakup of Yugoslavia, for obvious reasons. But, more to the point, the EU cannot countenance the disintegration of member states, because these states comprise the very foundation upon which it rests.

The EU is an association of nation-states, not regions. Although regions can play an important role within the EU, they cannot stand in as an alternative to member states. If Catalonia were to set a precedent of secession, encouraging other regions to follow suit, the EU would be thrown into a deep, existential crisis. In fact, one could argue that nothing less than the EUs future is at stake in Catalonia today.

Moreover, the original purpose of the EU was to overcome nation-statesdeficiencies by means of integration the opposite of secession. It was meant to transcend the state system that had proved so disastrous in the first half of the twentieth century.

Consider Northern Ireland, which has turned out to be a perfect example of how integration within the EU can overcome national borders, bridge historical divides, and ensure peace and stability. Incidentally, the same could be said for Catalonia, which after all owes most of its economic success to Spains accession to the EU in 1986.

It would be historically absurd for the EUs member states to enter a phase of secession and disintegration in the twenty-first century. The sheer size of other global players not least China, India, and the United States has only made strong intercommunity relations and deeper European integration even more necessary.

One can only hope that reason will prevail, particularly in Barcelona, but also in Madrid. A democratic, intact Spain is too important to be jeopardized by disputes over the allocation of tax revenues among the countrys regions. There is no alternative but for both sides to abandon the trenches they have dug for themselves, come out to negotiate, and find a mutually satisfactory solution that accords with the Spanish constitution, democratic principles, and the rule of law.

The experiences of Spains friends and allies could be helpful here. Germany, unlike Spain, is organized as a federation. Yet even in Germany, nothing is as cumbersome and difficult as the never-ending negotiations over fiscal transfers between the federal government and individual states which is to say, between richer and poorer regions. But an agreement is always eventually reached, and it holds until another dispute arises, at which points negotiations begin anew.

To be sure, money is important. But it is not as important as Europeansshared commitment to liberty, democracy, and the rule of law. Europes prosperity depends on peace and stability, and peace and stability in Europe depend, first and foremost, on whether Europeans will fight for these values.

 

Miguel RODRÍGUEZ ANDREU, “¿Existen similitudes entre Cataluña y la fragmentación yugoslava?” a esglobal (11-10-17)

https://www.esglobal.org/existen-similitudes-cataluna-la-fragmentacion-yugoslava/

Todo lo que puede aprenderse de la experiencia de Yugoslavia.

Un sector de la opinión pública asume que Estados Unidos planeó acabar con Yugoslavia. En realidad, la administración estadounidense preguntada por este extremo antes de la independencia de Eslovenia y Croacia, vino a decirle a los líderes locales que ellos defenderían la democracia y también la unidad de Yugoslavia, pero que si había que elegir entre una de las dos, se decantaban por la democracia. Un mensaje que venía a legitimar las democracias étnicas y, por ende, los independentismos que se habían hecho valer con las primeras elecciones multipartido en Yugoslavia.

La situación en Cataluña ha despertado los paralelismos con los Balcanes, porque en esencia los secesionismos, secesionismos son. En política no se puede evitar que una de las partes interesadas alegue precedentes, y por ese motivo se ha abierto de nuevo el debate entre democracia y unidad nacional al calor de la situación en Cataluña. Sin embargo, ¿cuánto hay de verdad en la comparación entre la situación vivida en Yugoslavia y la que se afronta en Cataluña?

Desequilibrios económicos. Durante la década de los 40 la renta eslovena era cuatro veces superior a la kosovar. Llegados a los 80 ya llegaba a ser ocho veces superior. No obstante, más grave fue la velocidad con la que cayeron los estándares de vida en Yugoslavia. En 1980 el extinto país representaba un 49% del PIB per cápita español –Eslovenia se encontraba casi en la media española–. Diez años después solo representaba el 26% del PIB español. El diferencial en una década da cuenta de la gravedad de la crisis, traducida en una deuda de 19.000 millones de euros. En Cataluña en 2016 el PIB por habitante fue de 28.590, en Andalucía de 17.651. Los desequilibrios económicos en la geografía española no son comparables.

La naturaleza del problema. El conflicto abierto entre el hegemonismo serbio, por un lado, y el secesionismo esloveno y croata, por otro, rompió Yugoslavia. Este conflicto estaba fuertemente polarizado entre los frentes nacionales, que actuaron, súbitamente, con la crisis yugoslava, de una forma compacta, sin grandes divergencias endógenas, mientras que dentro de la propia sociedad catalana se viene produciendo la polarización entre fidelidades nacionales. No parece que el origen étnico marque las divergencias catalanas. La crisis yugoslava supuso que la clase trabajadora serbia o croata, en cada república, se transformara en grupo nacional serbio o croata repartido por el territorio federal. Si nos centramos solo en la independencia kosovar, las cargas policiales o la sensación de opresión sentida por parte de la sociedad catalana dista mucho en gravedad de las medidas de serbianización y restricción de autonomía implementadas por Milošević al final de los 80 que, junto a la determinación del secesionismo albanés, sirvieron para que la declaración unilateral de independencia kosovar fuera más antiserbia, proalbanesa o proamericana que prokosovar.

Derecho de autodeterminación. La Constitución de 1974 establecía que el derecho de secesión correspondía a las naciones de Yugoslavia, aunque establecía varios mecanismos para impedirlo. Uno de ellos era que cualquier modificación de fronteras dependía de la Federación y de todas las repúblicas yugoslavas. La regulación internacional permite el derecho de autodeterminación de los pueblos, pero el Derecho constitucional español no contempla la secesión de una parte de su territorio. Solo Etiopía y la del Archipiélago de San Cristóbal y las Nieves incluyen este derecho en sus constituciones. El Tribunal Internacional de Justicia de la ONU, en relación al caso kosovar, dictaminó que la declaración no violaba el derecho internacional porque este derecho no estaba regulado.

Federalismo sin democracia. Yugoslavia era un sistema federal, con un elevado grado de autonomía. Aprobado por la Constitución de 1974, la Voivodina y Kosovo, formando parte de la República Socialista de Serbia, podían vetar las decisiones adoptadas a nivel federal y republicano, alternativa que no ostenta Cataluña en relación a España. Sin embargo, aunque el grado de autonomía catalana es inferior, por decir, al de Croacia o Macedonia en Yugoslavia, los derechos y libertades de sus ciudadanos son muy superiores, empezando por el derecho de asociación, libertad de expresión y elecciones libres. La crítica al Estado desde el catalanismo por antidemocrático no supera la comparación con Yugoslavia, al que los expertos tratan de Estado autoritario.

El trauma bélico. La población yugoslava vivió tres guerras de largo alcance antes de la fragmentación. En 1991 había población que había vivido la Segunda Guerra Mundial donde una de cada ocho personas perdió la vida (una de cada 125 en Gran Bretaña). El genocidio ustaše contra la población serbia, judía y roma, la terrible guerra interétnica que se produjo durante la ocupación nazi y la ausencia de un relato nacional consensuado sobre la guerra, no terminó de fracturar a la sociedad yugoslava, pero sí lo logró la utilización interesada del trauma por políticos, intelectuales y oportunistas durante la crisis del modelo político. No existe un legado de estas dimensiones en Cataluña, aunque el franquismo siga sirviendo como agravio para la causa independentista 40 años después de la muerte de Franco.

Legitimidad internacional. La caída del muro de Berlín y el consiguiente colapso de los sistemas de tipo soviético sentó las bases para la fragmentación yugoslava. Alemania apostó por las independencias de Eslovenia y Croacia basándose en sus propios intereses nacionales, los vínculos histórico-económicos y su reciente integración en el espacio internacional tras la unificación, en un contexto donde el Tratado de Maastricht no había sido firmado aún y la UE tenía todavía menor capacidad de maniobrar unitariamente que ahora. Cataluña hasta el momento no disfruta del apoyo de ningún padrino internacional, entre otros motivos porque se encuentra dentro de España, que está integrada en dos organizaciones de gran alcance como la UE y  la OTAN. La declaración de independencia kosovar, desde el primer momento, se produjo a sabiendas con el apoyo de EE UU, Gran Bretaña, Francia o Turquía.

Resistencias. Las independencias eslovena y croata fueron de naturaleza diversa. Eslovenia tenía una inmensa mayoría de población eslovena. En Croacia había una importante población serbia que se había negado a pertenecer a un nuevo Estado croata, formando para ellos sus propias repúblicas no reconocidas, pero apoyadas en un primer momento desde Serbia. La baja resistencia que ofreció Slobodan Milošević y el Ejército Popular Yugoslavo a Liubliana y a Zagreb, aunque la guerra multiplicara su intensidad por el territorio croata, por Dalmacia, la Krajina y Eslavonia oriental, está fundamentada en que desde Belgrado se privilegió la construcción de una hegemonía nacional, formada por los serbios de las diferentes repúblicas, que no implicaba oponerse necesariamente a las independencias croata y eslovena. El Gobierno central español se opone radicalmente a la independencia catalana.

Hay similitudes. Tanto el gobierno de Artur Mas, y después de Carles Puigdemont, han utilizado el soberanismo para canalizar las tensiones sociales producidas por la grave crisis económica de 2008. Las élites yugoslavas prefirieron utilizar la carta nacionalista antes que implementar las medidas de choque, tan costosas e impopulares, que les hubieran hecho perder el poder. La instrumentalización del nacionalismo para encubrir la corrupción, la mala gestión o los fracasos políticos, desviando la atención hacia la confrontación identitaria o el victimismo nacional es una estrategia habitual, recurso de la clase política tan falta de soluciones como ávida de construir su propio chiringuito.

Y, sin embargo, el ciclo de contestación popular desde el independentismo catalán está ahí, representado por un número suficientemente elevado de población, entregada a la causa, como para que haga falta algo más que la judialización de la política. Mientras se plantean soluciones cortoplacistas en pro del orden y la ley para mantener la estabilidad y se persigue desde el independentismo la confrontación con el Estado, la experiencia yugoslava debería al menos enseñarnos que los problemas más tarde o más temprano se vuelven a revelar, pero con menos margen de maniobra, obligando a las partes a concesiones cada vez más gravosas que adoptan la forma de humillaciones para los implicados.

Desde luego, y la historia del siglo XX es una buena lección de ello, las banderas ni evitan la corrupción, ni reducen las desigualdades, ni combaten el frío. El nacionalismo convirtió el siglo XX europeo en un infierno, y si no logramos compararlo con el momento presente, al menos, no volver a caer en él, que el desenlace sea muy diferente como consecuencia de nuevas formas de hacer política que no estén basadas en el nacionalismo, la lengua o la identidad.

 

 

Íñigo de BARRÓN, “Como y por qué huyó el dinero de Cataluña” a El País (15-10-17)

https://elpais.com/economia/2017/10/14/actualidad/1508004509_046894.html

La decisión de las empresas y de los bancos catalanes de cambiar sus sedes ha supuesto un duro golpe, tal vez definitivo, para los planes secesionistas de la Generalitat. Pero el empujón definitivo no vino de Barcelona o de Madrid. Llegó de las verdaderas capitales del dinero Nueva York, Londres o Chicagodonde están los gestores de los grandes fondos de inversión, de pensiones y compañías de seguros.

Tras las imágenes del 1-O, el lunes siguiente las empresas recibieron llamadas preocupantes de las agencias de calificación de riesgos y de los gestores institucionales de las principales plazas mundiales, que mueven billones. Ellos son los dueños de gran parte la deuda emitida por las empresas y por los bancos catalanes. Su mensaje fue claro: permanecer en Cataluña suponía un factor de incertidumbre, que ellos no querían asumir. En el mundo financiero, la incertidumbre siempre cotiza a la baja y cuanto más tiempo pasa, todavía más.

Tras desconocer todo sobre el problema catalán, los grandes inversores extranjeros se enteraron del conflicto de la peor forma posible: fotos de violencia policial y un proyecto independentista que llevaba a salir del euro. Eso significaba traspasar la línea roja. Si optaban por vender, darían un duro golpe al coste de financiación de empresas y bancos, un lujo que no se podían permitir.

Una empresaria que lleva la comunicación de varias compañías confirma que la mayoría de los empresarios jamás creyó que los inversores internacionales se pondrían tan nerviosos. Nunca pensaron que llegaríamos hasta aquí. Nunca”.

Además, existía otro factor desestabilizador: el fantasma de la Hacienda catalana. Si se creaba este organismo, podría llegar la doble tributación para las empresas, una a la Hacienda española y otra a la catalana. Esta posibilidad también forzó la salida acelerada de los gestores de patrimonios, un sector importante en el mundo financiero catalán y los cambios de domicilio de firmas.

Pero la cuestión es qué hubiera pasado si los empresarios no hubieran esperado tanto, a las alarmas que llegaron de fuera, y hubieran dado el paso antes. El 8 de octubre, Josep Borrell, exministro y exvicepresidente del Parlamento Europeo, reprochó el silencio de la clase empresarial: “¿No lo podíais haber dicho antes? Lo que decíais en privado, ¿por qué no las decíais en público? Si lo hubiesen dicho, quizá no estaría pasando lo que está pasando ahora”.

Una voz autorizada entre el empresariado catalán, Antón Costas, catedrático de Economía y expresidente del Círculo de Economía, el lobby empresarial más influyente de Cataluña (y que ha sido más crítico públicamente con el procés), responde a Borrell. Creo que sí se avisó de que eso ocurriría. Lo hizo José Manuel Lara, expresidente de Planeta; Josep Oliu, del Sabadell; y José Luis Bonet, de Freixenet y de las Cámaras de Comercio. Pero no creo que se deba pedir a los empresarios que se estén pronunciando continuamente sobre cuestiones políticas, y menos en un debate que lleva ya cinco años sobre la mesa. Las empresas tampoco pueden estar lanzando ese tipo de mensajes porque tiene un efecto sobre los inversores y sobre su propia empresa. Las elecciones del 27 de septiembre de 2015, con victoria independentista, provocaron las primeras fugas de empresas conocidas, como la de los hoteleros Jordi Clos y Pau Guardans, pero dijeron que fue por motivos fiscales. En agosto de este año, Naturhouse dio el paso. Su presidente Félix Revuelta lo justificó por razones operativasporque desde la salida a Bolsa, en abril de 2015, las oficinas estaban en Madrid, aunque él siempre ha sido beligerante con el independentismo: Tiene aterrados a los empresarios, alertó este mayo.

Eduardo Serra, exministro con Aznar, comentó hace días: He hablado en los últimos tiempos con muchos banqueros y empresarios catalanes. Me decían: ‘Sé que la independencia será ruinosa para mi empresa, pero si lo digo ahora la Generalitat me hunde mañana mismo. El temor a la represalia política es otro factor que ha fomentado el silencio.

SE LO DIJIMOS A PUIGDEMONT, PERO NO QUERÍA CREERNOS

Lo que no se dijo en público, se habló en privado. Yo una vez hablé con Artur Mas y le dije: Salir de la Unión Europea sería muy grave”, confía el profesor Pedro Nueno. Y me respondió: ‘Jamás saldremos ni un minuto de la UE. Y entonces le pregunté: ‘¿Y esto por qué no lo dice así de claro?. Si me lo dijo a mí, también se lo diría a muchos empresarios”.

Al igual que Nueno, otros destacados exponentes de la universidad, la banca y la empresa aseguran que advirtieron a los responsables del Govern de los graves peligros económicos que acarrearía el desafío secesionista. Es verdad que tal vez no lo dijimos en público todo lo que hubiera sido necesario, admite un miembro de la patronal catalana, Fomento del Trabajo,pero sí se lo trasladamos en privado a Mas y Puigdemont. Les dijimos que esto podía pasar, pero no querían creernos. Querían creer a otros que les decían que esto nunca pasaría”.

Fuentes cercanas a Oliu recuerdan que antes del 9-N de 2014, este lanzó un serio aviso en privado al entonces presidente Artur Mas: Si seguís por este camino, nos vais a obligar a marcharnos de Cataluña”. Mas fue incrédulo ante esta advertencia, relata la misma fuente, y defendió la teoría de que nunca se verían obligados a salir de la UE.

En público, el presidente del Sabadell, el quinto banco español, fue el primero en dar la voz de alarma. Dijo que la situación era inquietante, por lo que anunció en la noche del martes 3 de octubre en un acto público en Oviedoque estaba dispuesto a abandonar Cataluña para proteger a sus clientes, accionistas y empleados.

Oliu afirmó, con voz temblorosa, que el Sabadell siempre tomará las decisiones operativas con criterios económicos o regulatorios para potenciar el negocio en el mercado principal, que es el español”. Y añadió: Les puedo asegurar que el banco, si fuera necesario, tomaría las medidas suficientes para proteger los intereses de nuestros clientes en el marco de Unión Europea y de la supervisión del BCE. Es decir, ante las dudas, dejaba Cataluña.

En aquel momento, en CaixaBank se mantenía una postura más cauta: No hay ninguna decisión tomadasobre la sede. Cuando se produzca la declaración de independencia, si llega, actuaremos para defender a nuestros clientes, empleados y accionistas”, señalaban. Finalmente, el Sabadell anunció su traslado a Alicante el jueves 5 y CaixaBank a Valencia, el viernes 6.

¿Por qué no reaccionaron antes públicamente los bancos y otras empresas? Lo cierto es que el 13 de enero de 2017 Oliu sugirió que podía llevarse la sede si la Cataluña independiente quedaba fuera de la UE. Sin embargo, el 27 de ese mes dijo que se malinterpretaron sus palabras y sugirió que la sede seguiría en Sabadell. Con más rotundidad se manifestó Jaume Guardiola, consejero delegado del Sabadell, el 13 de septiembre en Bilbao: afirmó que, en el caso de que ganara el sí en el referéndum, habría cambios de domicilio”.

Pese a todo, ejecutivos de estas entidades admiten ahora que los falsos mensajes del Govern, que auguraba una salida suave y pactada de Cataluña, calaron en algunos miembros de las cúpulas directivas de estas corporaciones. Se habló de que, en el peor de los casos, se podría convivir con dos sedes, Madrid y Barcelona, y atender así a los dos mercados. Siempre se insistía en evitar el boicot interno: CaixaBank tiene 68.000 millones en depósitos en Cataluña, y el Sabadell, 24.000 millones, cantidades capaces de crear problemas muy graves si comenzaran a marcharse.

Sin embargo, el primer golpe llegaría de fuera, del resto de España, donde la fuga de depósitos durante los últimos días les ha obligado a realizar estrategias informativas proactivas para contener a los clientes. Lo que sí tuvieron siempre claro es que los dos bancos deberían irse a la vez, si llegaba el momento. Y así lo han hecho.

Los banqueros también defienden su silencio recordando que ya hicieron un posicionamiento público el 18 de septiembre de 2015, con un comunicado conjunto de la patronal bancaria AEB y la de las cajas de ahorros, CECA. En él advirtieron de que se irían de una Cataluña independiente. Y el resultado fue nefasto. Sufrimos un boicot de algunas organizaciones y de clientes de Cataluña, que también retiraron su dinero como ahora, y nos dijeron que la banca no era el sector más apropiado para presionar y entrar en el debate, con los problemas de reputación que tiene el sector”, añaden desde un banco catalán.

Algunos banqueros catalanes también apuntan que si hubieran sacado las sedes de Cataluña antes de la declaración, más de uno les hubiera acusado de dar verosimilitud a los planes de Puigdemont. Se podía ver con una forma de empujar el procés. Era muy arriesgado”, dicen.

¿Nadie vio que la Generalitat y La Moncloa eran dos barcos en rumbo de colisión desde 2014? Banqueros y empresarios catalanes consultados recuerdan que el Gobierno de Madrid siempre aseguró que el rumbo del procés no tendría ninguna validez administrativa porque era ilegal. En los últimos meses, el Govern lo fio todo al referéndum y el presidente Rajoy, por su parte, aseguraba que no se produciría.

Si se hubiera cumplido la palabra de Rajoy, el plan independentista podría haber quedado casi anulado porque la consulta era su piedra angular, pero, en lugar de eso, se celebró el referéndum ilegal y la policía cargó con brutalidad mientras los medios ofrecieron imágenes muy duras a todo el mundo. Ese día todo saltó por los aires; se activó el plan B, que por cierto, apenas estaba dibujado. Era tierra ignota, explica un empresario del grupo de CaixaBank.

Pedro Nueno, doctor en Administración de Empresas por Harvard y profesor del IESE, no cree que muchas empresas tuvieran un plan”. En algunos casos que conozco, no lo había porque tampoco se imaginaban que la cosa pasara de esta manera, explica; todos pensaban que habría negociación. Han salido un poco de estampida. Cabe recordar que CaixaBank nunca llegó a aprobar un plan para el cambio urgente de sede y necesitó un decreto apresurado del Gobierno para poder hacerlo.

Algunos empresarios admiten que la colisión política y social se preveía tan brutal e imprevisible que prefirieron desentenderse, ponerse de perfil y confiar en una solución pactada. Juan Rosell, que ha tenido un papel clave como catalán y presidente de la patronal CEOE, afirmó que trató de acercar posiciones entre las dos partes, sin éxito, como se ha visto. Suya es la frase de Cataluña no entiende a Madrid y Madrid no entiende a Cataluña”. Para algunos la prueba del desentendimiento es el llamado Puente Aéreo, la reunión de empresarios madrileños y catalanes con políticos de diferentes partidos, que lleva años tratando este tema sin ningún resultado palpable.

Otro factor importante, recuerdan las fuentes consultadas, es que en Madrid se olvida el perfil independentista de parte del empresariado catalán. La clase dirigente es un reflejo de la sociedad. Entre ellos hay de todoy citan a Pimec, colectivo de pymes, y a Cecot, patronal multisectorial de pequeños empresarios. Ambas han estado cerca de la Generalitat en el proceso independentista. En un acto organizado por Pimec, Puigdemont dijo: Si alguien quiere saber qué piensan los empresarios, que pregunte a las pymes”.

Un empresario catalán recuerda que algunas pymes se mueven en un mundo soberanista: sus clientes lo son, su entorno lo es y creyeron que con la república llegaría una economía boyante, como dijeron desde la Generalitat. Y añade: No se puede olvidar que grandes y pequeños empresarios tienen en Cataluña a sus familias y amigos de siempre; su vecino puede ser un hombre de negocios independentista y significarse en contra del procés era incómodo”.

Y, en muchos casos, prefirieron creer que, aunque fuese in extremis, el Gobierno de Madrid o el de Barcelona evitarían la colisión. Porque, oiga, se desahoga José Luis Bonet, presidente de Freixenet, yo me siento español y europeo, pero no dejo de ser catalán, y tener que tomar una decisión de este tipo resulta muy doloroso. El exilio empresarial es doloroso. Es un desgarro. Soy catalán y me tengo que ir. Es evidente que la mía y otras empresas que han tomado la decisión de irse representamos un símbolo de Cataluña, pero oiga, antes está la supervivencia”.

Otra cuestión es: ¿Qué consecuencias puede tener a medio plazo el traslado? Costas responde: Hasta ahora teníamos aquí la sala de mandos y la de máquinas. El riesgo es que ahora solo nos quedemos con la sala de máquinas. Cataluña es una economía productiva y no se irán las empresas, pero perderemos la parte empresarial que decide”.

Bonet le da la razón a Borrell. Ha sido un error importante que la gente no haya hablado en privado y en público. No se hizo para no incomodar al otro, pero así no se resuelven los problemas. Si callas, los que hacen ruido parece que son más”. Antón Costas añade: Yo sí creía que esto podría pasar y lo dije. Pero siempre había quien te acusaba de estar usando el argumento del miedo”.

EL RAPAPOLVO DE RAJOY A LOS EMPRESARIOS

En la última reunión de Sitges del influyente Círculo de Economía, a finales de mayo pasado, Mariano Rajoy advirtió de que la independencia sería un trauma de consecuencias económicas terribles. El presidente del Gobierno acabó su alocución con un aviso a quienes le exigían una salida sin enfrentamientos: La equidistancia está muy bien, pero no en todo ni en todas las facetas de la vida”.

A algunos de los empresarios presentes no les sentó bien el rapapolvo encubierto de Rajoy. De forma confidencial, alegaron que su función no era tomar partido entre los gobiernos de Barcelona y Madrid, y que ya habían hecho bastante al pedirle a Puigdemont que abandonara la vía secesionista y que acudiera al Congreso. Otros, sin embargo, asumieron el mensaje de Rajoy: Entiendo que algunos pidan el diálogo, pero, llegados aquí, no es lo mismo estar con quien cumple la ley que con quien pone en riesgo la seguridad jurídica”.


 

Antón COSTAS, “Política sin economía” a La Vanguardia (18-10-17)

http://www.lavanguardia.com/edicion-impresa/20171018/432151435462/politica-sin-economia.html

La ley de la gravedad también rige en Catalunya. El presidente Puigdemont y los dirigentes independentistas lo comprobaron estos días, después de cinco años viviendo como astronautas encerrados en una cápsula donde no sentían su efectos. La masiva huida de sedes de empresas de todo tipo, la gran manifestación de partidarios de una Catalunya dentro de España y la evidencia de falta de apoyo europeo e internacional a la independencia unilateral han roto esa cápsula haciendo que se den, de pronto, de bruces con la realidad.

Lo sucedido esta última semana es un ejemplo de manual de dos de los riesgos que traen los gobiernos populistas. Por un lado, el intento de hacer política ignorando sus efectos económicos. Por otro, pretender que hay un solo pueblo con una sola voz, con el riesgo de fractura social. Me limitaré a analizar el primero.

A la hora de enfocar las relaciones entre economía y política el populismo acostumbra a caer en la utopía inversa al cosmopolitismo. En las décadas anteriores a la crisis financiera del 2008 el cosmopolitismo tecnocrático que influyó la filosofía político-económica de los gobiernos tanto de los liberales como de los socialdemócratas– creyó que podía gobernar la economía sin tomar en consideración la política. Es decir, sin buscar el consentimiento de los ciudadanos. La idea de que los mercados globales significaban el final de la política fue demoledora para la demo­cracia.

El resultado de esa falacia fue la reacción social violenta que, en el caso de España, explotó el 15 de mayo del 2011. El populismo político surgido de ese malestar ha caído en la utopía inversa: la creencia de que es posible gobernar la política sin economía. Que todo es posible, que todo está por hacer, y que hacerlo sólo depende de la voluntad política.

Un buen ejemplo de esa utopía populista es la pretensión de los dirigentes políticos y los líderes civiles independentistas de acabar de raíz con todo lo existente y crear ex novo un nuevo Estado catalán.

La semana pasada esa política utópica se ha topado de bruces con el principio de realidad. Las consecuencias económicas han sido demoledoras. Confieso que esperaba esos efectos, pero me han sorprendido su intensidad y rapidez. La espoleta que activó todos los miedos fue la incertidumbre que proyectó la declaración del presidente Puigdemont. Esa incertidumbre es como una neblina que impide prever el futuro y obliga a las empresas a reaccionar, en ocasiones de forma exagerada. El hecho de que el mercado español sea determinante ha intensificado esos efectos.

Puedo entender que militantes y votantes y, hasta si me apuran, los dirigentes de la CUPsin familiaridad con el mundo de la empresa hayan desdeñado esos efectos. Pero ¿cómo entender que dirigentes políticos que han tenido o tienen responsabilidades en el área económica, y profesionales y académicos a los que se supone conocimiento empresarial hayan sostenido durante tantos años que no pasaría nada? Conocíamos la experiencia canadiense de Quebec. Y desde el mundo empresarial se lanzaron avisos. Pero se despreciaron con el argumento de que utilizaban el miedo para frenar el proceso.

Pero, aún más sorprendente, ¿cómo explicar que, a la vista de la evidencia de esta semana, sigan banalizando las consecuencias y sosteniendo que no serán importantes para el dinamismo económico y el bienestar social de los catalanes? Cualquiera con un mínimo conocimiento sobre la toma de decisiones empresariales sabe la importancia práctica que tiene el lugar donde están las sedes a la hora de decidir inversiones o seleccionar cargos directivos.

¿Lo ignoraban, mentían o fabulaban? Creo que han estado bajo la influencia de dos ilusiones. La primera, propia de todo populismo, es la creencia de que la política puede funcionar sin el consentimiento de los actores económicos. La segunda pertenece al campo de la psicología social: algunos dirigentes independentistas tienen un sentimiento de superioridad cultural y económica respecto del resto de España. Ese sentimiento está detrás de la arrogancia intelectual de pensar que se puede crear ex novo un Estado y hacerlo de forma unilateral. Es una ilusión, un wishfull thinking, que quizá esconda un sentimiento de decadencia y miedo al futuro.

En todo caso, el mal está hecho. Catalu­nya ha estado durante el último siglo y medio en la sala de mando de la economía española. Ahora se arriesga a quedarse sólo en la sala de máquinas. En primer lugar, hay que cortar la sangría empresarial y, después, revertir sus efectos, en la medida de lo posible.

 

 

Editorial de La Vanguardia (15-10-17): “No ens ho podem permetre”

http://www.lavanguardia.com/opinion/20171015/432077684376/no-ens-ho-podem-permetre.html

CARLES Puigdemont, president de la Generalitat, s’ha vist sotmès en els últims dies a pressions dels sectors sobiranistes més expeditius. El resultat de la sessió parlamentària del 10- O, en la qual Puigdemont va anunciar la inde­pen­dència de Catalunya i, al cap de pocs segons, la va suspendre, desplau aquests sectors. Prefereixen, i així ho han exigit al president en diverses cartes i declaracions, que proclami ja, de manera inequívoca, la república ­catalana.

La CUP, el grup antisistema que l’aritmètica parlamentària va fer imprescindible per sostenir la majoria independentista, va remetre una missiva a Puigdemont divendres en què l’instava a fer la proclamació. Argumentava que d’aquesta manera una hipotètica intervenció de mediadors internacionals sefectuaria amb una Catalunya ja reconeguda com a subjecte polític. I ahir va insistir en aquesta línia, i el seu consell polític va exigir a Puigdemont que respongui que sí que va declarar la independència i que demà mateix, dilluns, proclami la república en un acte solemne”, amenaçant amb una altra setmana de mobilitzacions al carrer. Al seu torn, lAssemblea Nacional Catalana ( ANC) havia fet també divendres una petició similar, encara que pel que sembla no unànime, argüint el que ells qualifiquen de negativa del Govern a negociar. Finalment, un sector d’ERC va animar Puigdemont a deixar anar amarres, apuntant que no s’ha arribat tan lluny per aturar-se ara. I ahir Oriol Junqueras (que va ser corresponsable amb el president del text que es va llegir dimarts) va afirmar ahir que l’única negociació ha de ser la de la construcció de la repú­blica catalana”.

La nostra posició davant aquestes pressions és clara: el president de la Generalitat no s’hi ha d’atenir. Per diferents motius. El primer és que anul·lar la suspensió de la independència forçaria lEstat a aplicar de manera immediata l’article 155. No es descarta que finalment ho faci. Però des de la Generalitat no se l’hauria d’empènyer. I és per això que confiem, també, que el president respongui demà al requeriment que li va formular el Govern central de la manera més convenient amb aquest objectiu. El segon motiu és que el president va teixir al seu dia una elaborada decisió sobre això, buscant la solució de compromís, feta pública en la sessió parlamentària del 10- O, després d’avaluar consultes amb diversos agents del món econòmic, empresarial, social i polític preocupats per les conseqüències d’una DUI. I també, que des daleshores no s’han produït canvis que justifiquin la seva reversió, més enllà de les presses o el tacticisme independentistes. El tercer motiu, i potser el més important, és que en l’actual conjuntura el president s’ha de comportar amb una prudència exquisida, utilitzant els llums llargs, atenent les necessitats del conjunt de la societat. Si hi ha una cosa que no ha de fer ara és tensar més la corda. En especial, quan la realitat econòmica, davant la pos­sibilitat d’una DUI, s’ha deteriorat molt i augura, en el millor dels casos, llargs anys de re­cuperació.

La radicalitat de certs actors del procés, sumada a la inèrcia daquest, sembla estar impossibilitant-los adonar-se dels greus efectes que tindrà per a tothom el que ja va succeir al setembre, el que ha succeït a l’octubre i el que pot succeir abans que acabi el mes. N’hi ha prou i de sobres. Estem atrapats en una deriva infernal que fàcilment pot conduir a enfrontaments indesitjables. El camí institucional seguit per arribar fins aquí ha tingut molt de despropòsit. Va ser un disbarat aprovar les lleis de desconnexió, els dies 6 i 7 de setembre, contravenint la Constitució i l’Estatut, menystenint l’oposició. Va ser un error la convocatòria i el desenvolupament del referèndum de l1- O. És cert que molts catalans van acudir-hi il·lusionats, assumint riscos amb tal de votar. Però també ho és que va caldre recórrer a un cens universal. Que la Sindicatura Electoral crida- da a controlar la jornada va ser desmantellada abans de poder fer-ho. Que fins i tot els observadors internacionals convidats pels convocants del referèndum van ­posar-ne en dubte l’efectivitat.

Malgrat tot això, les autoritats catalanes van presentar el resultat de la consulta, recomptada sense ga­ran­ties, com la prova que el poble català s’havia guanyat el dret a la independència. Van posar molt d’èmfasi, i aquí sí que tenien raó, en que la repressió policial desplegada als col·legis electorals va ser desmesurada. També el delegat del Govern a Catalunya ho reconeixeria posteriorment. Però, per més que l’independentisme presentés la repressió soferta com un acte legitimador, no ho va ser. El determinant aquell dia va ser que el referèndum es va dur a terme sense garanties i que, per tant, no comporta cap mandat. Siguem seriosos. Van votar, segons els organitzadors, 2,3 milions de catalans, menys de la meitat dels convocats. Van votar amb gran il·lusió, sí, amb ­tenacitat i assumint riscos. Però sense laval d’una junta electoral imparcial. Es fa difícil entendre que un moviment que ha fet de la democràcia la seva bandera, i s’ha protegit en ella per defensar el dret a decidir, estigui procedint amb manifest menyspreu per la llei que guarda la democràcia.

La situació és molt delicada. Qualsevol iniciativa dels radicals pot complicar-la encara més. El que de debò busquen les veus que animen a activar ara mateix la independència és aguditzar el conflicte. És no deixar a lEstat cap altre remei que aplicar l’article 155, amb el rigor i l’abast més grans possibles. És propiciar el com pitjor, millor”. És desplaçar el conflicte de parlaments i despatxos al carrer. La volatilitat a què ens exposaríem, si es materialitzés aquesta hipòtesi, és poc controlable i molt elevada. La negra esperança que alimenten alguns activistes és ni més ni menys que crear una situació de conflicte de carrer prou greu per forçar lEstat a retrocedir i doblegar-se davant les demandes del sobiranisme. Com si una cosa portés a l’altra ràpidament o sense cap cost. Com si el Govern espanyol no disposés d’instruments per sufocar el que potser ja no seria una revolució dels somriures, pacífica, sinó una subversió de potencial destructiu. Els qui busquen lenfrontament civil, des de lombra, sense haver estat elegits ni tenir càrrec públic, mereixen la més gran reprovació.

El president Puigdemont és sens dubte conscient de tot això. Com ho són la majoria dels catalans que valoren la convivència, ara danyada, com el patrimoni comú més preuat. La independència pot ser per molts un anhel central. Però no justifica el present deteriorament econòmic, davant el qual els responsables dels comptes catalans exhibeixen un silenci inacceptable. I molt menys justificaria un enfrontament entre catalans. Ningú no comprendria que per fer un país millor, com pretenen els independentistes, l’empitjoréssim fins a tal ­extrem. No ens ho podem permetre.

 

Ferran RODÉS, “L’autoritat de la gent de pau” a Ara (15-10-17)

http://www.ara.cat/opinio/Lautoritat-gent-pau_0_1888611149.html

Escolta, pare, el problema de Catalunya amb Espanya ens el deixareu arreglat, oi?”, em va etzibar el meu fill gran ara fa set anys.

La cadena d’esdeveniments dramàtics viscuts recentment ha deixat la major part de la ciutadania, catalana i espanyola, en un estat de perplexitat ple d’emocions negatives que ens fa pensar que ens hem allunyat més que mai duna trobada, i que el passat, tot i que insatisfactori, és millor que el futur. És possible. Però també és possible el contrari. El drama en què ara ens trobem té una virtut: ha despertat totes les consciències, també aquelles irresponsablement adormides. Ara, quan no només els catalans sinó gran part de la ciutadania espanyola i europea sap que hi ha un problema greu, tenim el deure de mirar de solucionar-lo intel·ligentment i, si pot ser, com reclamen els fills, per sempre.

Que ens encaminem o no cap a una solució satisfactòria dependrà molt del que passi els propers dies, i ara li toca al president Puigdemont respondre al dilema diabòlic que suposa el requeriment del govern de l’Estat.

Sabem que la resposta ha de ser ferma, duna fermesa capaç de neutralitzar la violència que el govern central mostra des de l’1 d’octubre. També sabem que ha de tenir la força que dona l’autoritat moral. I des d’aquesta autoritat moral es podran teixir complicitats amb la ciutadania catalana i també amb dos aliats naturals, com són la ciutadania espanyola i l’europea. Perquè l’Europa del segle XXI és també l’Europa dels ciutadans.

La resposta, també ho sabem, ha de ser binària. Sí a la DUI” o No a la DUI”. Això sembla un problema, perquè la situació demana matisos, però també pot tenir l’avantatge de la claredat, que va unida a la fermesa.

El Sí a la DUI” té com a argument a favor que és una expressió de la indignació dels ciutadans davant la violència viscuda l1 d’octubre. Però en té molts en contra. El principal és que provoca encara més violència. És segur que el govern del PP prendrà la DUI com l’excusa per intensificar encara més la seva campanya per acabar amb l’autogovern i utilitzar la via penal contra qualsevol ciutadà i institució suposadament independentista. Entrarem en una espiral que alterarà la pau social, que és el bé més preuat dels catalans. Qui l’alteri, encara que sigui subjecte passiu de la violència, perdrà autoritat moral. Qui la reforci, en guanyarà.

El segon argument en contra de la DUI és de radicalitat democràtica. Lindependentisme arrossega un error: des del setembre del 2015 creu que té una majoria social en vots, quan la té només al Parlament. El referèndum, que no va poder ser pactat, és insuficient per ser homologat a nivell internacional. Fer ara la DUI o canviar el marc legal li restaria al president l’autoritat moral davant d’Europa i davant gran part de la mateixa ciutadania catalana, que és radicalment democràtica.

No es pot menystenir tampoc que la proclamació de la DUI afectaria també la unió social amb Espanya. Entre Espanya i Catalunya hi ha, a part de la unió política, una unió social, i no van necessàriament juntes. Un 70% dels catalans se senten també espanyols en algun grau. La meitat d’aquests catalans volen un referèndum i quasi un terç hi votarien sí a la independència. La ciutadania catalana i l’espanyola estan unides per lligams familiars, culturals, històrics, econòmics i sentimentals profunds que, a causa en part de la dissociació anterior, ignoren barreres polítiques i formen una unió social. Aquesta unió és un actiu que els votants catalans, per descomptat també els independentistes, no volen perdre, i qualsevol opció política l’ha de celebrar i reforçar si vol tenir majoria a Catalunya.

El dia 1 d’octubre el govern central va colpejar com mai abans havia fet ningú en les darreres dècades aquesta unió social amb Espanya, intentant crear una divisió interna que no encaixa en limaginari català ni existeix en la nostra societat. El comportament d’alguns mitjans de Madrid va en la mateixa direcció. És un greu error. Però la DUI, sobretot per la falta de legitimitat democràtica, impactaria negativament en aquesta unió i, per primer cop, serien els catalans” els separadors.

Finalment hi ha largument de la superació de lstatu quo. Després de la sentència del TC del juliol del 2010 contra el nou Estatut, molts catalans volen un estat a favor i pensen que no és lactual (75%) i que nhaurien de construir un de nou (45%). Segons les darreres enquestes, un 82% dels catalans (i un 57% i un 49% dels votants catalans de Cs i el PP, respectivament) creuen que un referèndum és la millor solució per resoldre el conflicte. I ho és: guanyar per majories en vots dona autoritat moral i per tant poder. De nou, no és el cas de la DUI en les actuals circumstàncies.

Veig la DUI com una trampa colossal, que satisfà l’independentisme més abrandat, els del tenim pressa”, però que posa en un carreró sense sortida el president, el moviment que lidera i tots els catalans. També la ciutadania espanyola. És evident que hi ha sectors afins al govern d’Espanya que la busquen de fa temps, la DUI, perquè és l’excusa perfecta per intervenir en el moll de l’os de la societat catalana, com és l’educació, els mitjans de comunicació públics i els Mossos. Aquesta evidència ja ens hauria de fer parar a pensar a tots, catalans i espanyols. Però alhora la DUI seria desobeir no només l’Estat, sinó Europa, que ja és l’àrbitre i ha demanat públicament al president que no la faci, regalant-li un salvavides d’un enorme valor. El president deixaria de ser el president de tots, i Catalunya perdria el seu autogovern, em temo que per molts anys. Aquesta opció no seria un pas endavant”, sinó l’evidència de no saber-se aturar quan toca per parlar amb fermesa.

No hi ha resposta més ferma que la no-violència i la defensa dels drets democràtics. Si el president tria conservar l’autogovern, s’erigirà en el principal garant de la pau social i els drets democràtics a Catalunya, i de la seguretat física i material de tothom. Dirà que no pot admetre la violència generada pel govern central amb els fets del dia 1 d’octubre i la posterior negació de lexistència daquests mateixos fets. Una violència que va posar en perill la seguretat dels catalans i la unió social amb la resta d’Espanya. I exigirà responsabilitats a tots nivells. Expressarà també la seva voluntat de protegir l’autogovern i les institucions catalanes, avui amenaçades. I deixarà clar que com a líder de la seva opció política no renuncia a res.

Catalunya demana una solució democràtica. El 82% dels catalans volen votar. I la societat espanyola ha de saber que quan els cossos de seguretat espanyols anaven a realitzar càrregues violentes l1 d’octubre passat, el que es trobaven al davant era gent que cridava Som gent pacífica, només volem votar”. La responsabilitat no és només del president Puigdemont sinó també del president Rajoy, que s’hauria d’aplicar la cita de Plató: La civilització és la victòria de la persuasió sobre la força”. I la persuasió, l’absència de violència i la solució democràtica facilitarien que pogués donar una resposta positiva i esperançada al meu fill gran.

 

 

Jordi NIEVA-FENOLL, “Prisión provisional y contexto histórico” a Agenda Pública (16-10-17)

http://agendapublica.elperiodico.com/prision-provisional-contexto-historico/

En ocasiones parece imposible juzgar objetivamente una decisión judicial. En casos como la prisión provisional de Jordi Cuixart y Jordi Sànchez existe tal carga emotiva e ideológica en los hechos que hay que ser especialmente cautos a la hora de valorarlos en caliente. Los unos dirán que la medida era la única posible ante la gravedad de los hechos cometidos, y los otros hablarán de persecución política. Todos se expresarán con vehemencia y difícilmente habrá matices, porque la mayoría optará por ocultarse con los suyos en su propia trinchera. Las balas de ambos bandos alcanzarán a los equidistantes.

El hecho es que desde hace bastante tiempo existe una potente movilización ciudadana en Cataluña en pro de su independencia. Y hasta los pasados días 6-7 de septiembre, dicha movilización, salvo en momentos muy puntuales, no había trascendido del ámbito reivindicativo para situarse en el terreno de la desobediencia, lo que infelizmente ocurrió en los días señalados, como reconocieron los autores de las leyes que en esos días se aprobaron. Desde entonces, el cariz de las cosas ha cambiado extraordinariamente y las emociones se han hecho mucho más vertiginosas hasta el punto de cambiar radicalmente en cuestión de horas o días. Y las reacciones de los poderes establecidos se han radicalizado también a uno y otro lado del conflicto.

En este contexto valora el juzgado central de instrucción de la Audiencia Nacional los hechos que se le someten. El pasado día 20 de septiembre un juez de instrucción de Barcelona ordenó diversos registros de sedes de la Generalitat, que vinieron aparejados de detenciones policiales de varios altos cargos. La indignación de los partidarios de la independencia se manifestó en las calles de forma completamente pacífica, salvando algún incidente aislado de carácter leve y el estúpido destrozo de tres coches de policía por un pequeño grupo de descerebrados, así como las dificultades de la comisión judicial para salir de la sede la conselleria deconomia, por lógica precaución ante la cantidad de personas allí congregadas y el grado de indignación acumulado.

Esos fueron los hechos. Y no tengo dudas de que en cualquier otro contexto -un partido de fútbol, una protesta escolar, una huelga, una manifestación por la construcción de una obra pública, etc-, no habrían merecido, en absoluto, la calificación de sedición”, que hasta ahora reservábamos a acontecimientos tan graves como la Semana Trágica de 1909 y otras insurrecciones. Lo reconoce el propio auto de prisión: lo que cambia la valoración de sucesos que, observados muy fríamente, no son ni tan graves ni desde luego insólitos, es el hecho de estar relacionados con la movilización para la consecución de la independencia de Cataluña.

En consecuencia, lo que en cualquier otro contexto no hubiera merecido otra calificación que desorden público, alcanza unas cotas inimaginables bajo la perspectiva que estamos considerando. Pero ello no obsta a que el hecho, aún si lo consideramos delictivo, es de muy dudosa calificación jurídica, dado que esa calificación, en puridad penal tiene que ser muy desapasionada, completamente objetivada y, en lo razonablemente posible, no contextualizada con tantísima precisión.

Siendo, por tanto, dudoso el delito, aún lo es más la procedencia de la prisión provisional. La misma  es una medida drástica, extrema y en todo caso subsidiaria de cualquier otra que pueda conseguir los objetivos perseguidos por la acción judicial. Requiere la casi total certeza del delito, que como se ha visto no concurre, así como la indudable atribución de los hechos a los imputados que se pretende ingresar en prisión. Y por mucho que esos dos imputados tuvieran una lógica actuación protagonista en el día de los hechos, no cabe suponer en los mismos un liderazgo tal como para poder poner en marcha por sí solos la independencia de Cataluña por la fuerza. O mejor dicho, que no parece que teniendo en cuenta la cantidad de personas movilizadas en Cataluña en pro de la independencia, la prisión de esos dos líderes vaya a evitar la persecución de ese fin político que, por cierto, sorprenda o no, dentro de las vías estrictamente legales y por tanto pacíficas, es perfectamente legítimo.

Por último, la prisión provisional debe establecerse para conjurar un riesgo, existiendo tres posibles: de fuga, de destrucción de pruebas y de reiteración delictiva. El auto se ampara en los tres.

El riesgo de fuga se sustenta en la resolución por la gravedad de las penas a imponer. Aunque considerando que esa amenaza de prisión ya existía desde que se iniciaron las investigaciones hace más de veinte días, es dudoso que tal riesgo concurra aún en quien no ha eludido la acción de la justicia durante ese extenso período y, de hecho, ha comparecido voluntariamente cuando ha sido requerido a presencia judicial, ya en dos ocasiones.

Por su parte, el riesgo de destrucción de pruebas es posible que sea algo efímero, teniendo en cuenta las varias investigaciones judiciales ya abiertas desde hace tiempo por el proceso de independencia de Cataluña, y teniendo presente, además, que difícilmente podrían materializar esa destrucción dos personas solamente, estando al frente de muy concurridas organizaciones.

Por último, el riesgo de reiteración delictiva es, a día de hoy, quizás también difícil de sustentar, toda vez que ya son muchos los actores de la movilización, por lo que privar de libertad a dos líderes quizás no consiga el efecto preventivo que pretende la resolución, y en ese caso devendría ineficaz.

Toda resolución judicial tiene un contexto, ciertamente. Pero cuando ese contexto trasciende del plano puntual y se introduce en una situación que, para bien o para mal, en el futuro estudiará la historiografía, es preciso actuar con extraordinaria y excepcional prudencia, valorando siempre las circunstancias establecidas en la ley de manera extremadamente escrupulosa, más que en ningún otro caso.

No es mi misión juzgar críticamente una resolución judicial, sino solamente ofrecer al lector los elementos que le puedan servir para considerarla. Por ello, dicho todo lo anterior, manifiesto mi máximo respeto por la autoridad judicial, en éste y en cualquier otro caso. Como demócrata tengo la obligación y la necesidad de sentirlo y creerlo así.

 

Enric JULIANA, “Dos cartas que hablan a Europa” a La Vanguardia (17-10-17)

http://www.lavanguardia.com/politica/20171017/432131874181/cartas-rajoy-puigdemont-dui-europa.html

Cambio de rasante. El encarcelamiento de Jordi Sànchez, presidente de la Assemblea Nacional Catalana, y de Jordi Cuixart, presidente de Òmnium, ordenado anoche por la juez de la Audiencia Nacional Carmen Lamela, aumenta notablemente la presión atmosférica en Catalu­nya en el momento más delicado de la crisis en curso. La inflamación vuelve a subir. Los escenarios sociales a corto plazo devienen impre­visibles.

nchez y Cuixart han sido enviados a prisión por el presunto delito de sedición, después de haber ejercido un papel dirigente en la enorme manifestación que bloqueó los accesos a la sede de la Conselleria dEconomia de la Generalitat en Barcelona, mientras la Guardia Civil efectuaba un registro por mandato judicial, el pasado 20 de septiembre. Los agentes y la secretaria judicial tardaron horas en poder salir del edificio. Fue la primera señal de desbordamiento civil en la crisis catalana. Sánchez y Cuixart se dirigieron a los congregados megáfono en mano subidos al capó de un coche de la Guardia Civil, vehículo que sufrió serios desperfectos a lo largo de la protesta. Imágenes de los años setenta. Los golpes de cacerola fueron atronadores anoche en muchos barrios de Barcelona y en toda la Catalunya dispuesta a la protesta política, que hoy es mayoría. La crisis es fenomenal.

Las filigranas pactistas con cristal de Murano son cada vez más difíciles. Van a prisión los presidentes de las entidades que han organizado las movilizaciones políticas de mayor envergadura en Europa durante los últimos seis años. Seis Onze de Setembre con centenares de miles de personas en la calle, sin un cristal roto, sin una papelera rota. Los dos Jordis se convirtieron anoche en el nuevo símbolo de la protesta catalana. Atención: no sólo de la protesta soberanista. Cuarenta años después del victorioso regreso del presidente Josep Tarradellas a Barcelona (el aniversario se cumple el próximo martes día 23), un amplío sector de la sociedad catalana puede verse impelida a desempolvar el triple lema de los años setenta: Llibertat, amnistia, estatut d’autonomia!”.

La libertad política existe y se ejerce, pero ese amplio sector catalán cree que se está restringiendo. La amnistía no está prevista en la Constitución de 1978, pero no tardarán en aparecer las peticiones de indulto para las personas que van a ser procesadas y previsiblemente condenadas como consecuencia de las iniciativas unilaterales del proceso soberanista. El estatuto de autonomía, el Estatut estrujado y entristecido de 2010, no va a ser derogado, pero la Generalitat se halla en estos momentos intervenida económicamente y la próxima aplicación del artículo 155 dejará en manos del Estado sus resortes principales. El presidente de la Generalitat y los miembros del Consell Executiu podrían ser destituidos en las próximas semanas. La crisis es fenomenal.

Y la angustia social, también. Seiscientas empresas han trasladado su sede social fuera de Catalunya en los últimos diez días. Los notarios no dan abasto. La incertidumbre crece y el soberanismo tiene desde anoche un nuevo y potente motivo para la movilización. Vuelven las caceroladas. Habrá nuevas movilizaciones en la calle, hoy mismo, proba­blemente. Se incrementará la presión para que el Parlament de Catalunya efectúe una declaración unilateral de independencia, como respuesta a la aplicación del artículo 155. Los dos en­carcelados dejaron mensajes ­grabados pidiendo calma y civismo al movimiento soberanista.

El jefe de los Mossos d’Esquadra, Josep Lluís Trapero, salió de la Audiencia Nacional en libertad, con medidas cautelares. Trapero acudió a declarar vestido de paisano. Traje y corbata. La semana pasada, con los acontecimientos del 1 de octubre todavía muy calientes, el major efectuó su primera comparecencia judicial en Madrid vestido de uniforme. En los pequeños detalles anidan a veces las grandes verdades.

Trapero acudió a declarar vestido de paisano por consejo de sus dos abogados, según explicó ayer la periodista Mayka Navarro en la edición digital de La Vanguardia. Señal de deferencia ante la juez Lamela. Hace una semana, el major Trapero salió de la Audiencia vestido de uniforme y en libertad sin cargos. Ayer, abandono la sede judicial de paisano, sin pasaporte y con la obligación de comparecer ante el juzgado cada quince días. La fiscalía también pedía prisión incondicional para Trapero.

La crisis sufre una nueva aceleración. Motivo de satisfacción para las tricoteuses de la derecha española, con mucha sed de ar­tículo 155, con sed de castigo ejemplar en las tertulias. “¡A por ellos!”. “¡DUI, DUI!, responden las tricoteuses apostadas en la Ciutadella. Hay crisis de Estado y las tricotosas quieren hechos irremediables, así en Madrid como en Barcelona. Fascinación por el abismo, mientras decenas de empresas al día firman en las notarías el traslado de su sede social fuera de Catalunya. Fascinación por el abismo de las minorías de combate, mientras en España surgen otros focos inquietantes: la sensación de desamparo en Galicia tras los pavorosos incendios forestales, el reciente motín de Murcia a propósito de las obras del AVE… La relación Estado-sociedad presenta continuas grietas y desajustes en España después de los demoledores efectos de la crisis financiera. Catalunya es el ejemplo más agudo, pero no el único.

La jornada empezó con el esperado intercambio epistolar entre Carles Puigdemont y Mariano Rajoy. El presidente de la Generalitat respondió con términos evasivos al requerimiento del Consejo de Ministros para que aclarase si proclamó o no la independencia el día 10 de octubre. En Madrid esperaban esa ambigüedad. Rajoy contestó de inmediato, invitándole a rectificar su postura antes del próximo jueves a las diez de la mañana, plazo final para encender la segunda fase del artículo 155. Tiempo, tiempo, tiempo. Las dos partes estaban jugando con el tiempo como si enfriasen filigranas de cristal de Murano. La orden de prisión de la juez Lamela altera ese laboratorio del tiempo. El Gobierno pierde presión por la derecha dos dirigentes soberanistas acaban de ingresar en prisión– y el Govern de la Generalitat ve incrementada la presión rupturista.

Con todo, sería precipitado y ajeno a la verdad de los hechos considerar que la juez Carmen Lamela actuó ayer sincronizada con el Gobierno. Afirmar eso sería desconocer la realidad de la potente Audiencia Nacional, desde cuyas oficinas se ha llegado a ordenar el registro policial de la sede central del Partido Popular por el caso Gürtel. La juez Lamela, perfil independiente, carácter fuerte, actuó conforme a su criterio, sostienen los conocedores de la Audiencia, que este pasado fin de semana ya consideraban posible el encarcelamiento de los dos líderes soberanistas (véase la información de José María Brunet en La Vanguardia de ayer).

La situación avanza, lentamente, hacia el despliegue del artículo 155 de la Constitución, con dos ordenes de cárcel rompiendo filigranas en la cristalería de Murano. Puigdemont respondió ayer por carta lo que el Gobierno de España ya sabía que iba a contestar. No puede afirmarse, de manera tajante, que en estos momentos no exista comunicación alguna entre ambas esferas. Los dos presidentes sólo intercambian cartas, pero hay vías de comunicación laterales. Algunos mensajes, lacónicos, circulan entre Madrid y Barcelona. En algunos momentos, durante estas últimas semanas, el Partido Nacionalista Vasco también ha ayudado al intercambio de mensajes, no sólo entre Madrid y Barcelona. El lehendakari Iñigo Urkullu dispone en estos momentos de buena entrada en Bruselas y dispone de excelentes interlocutores en la Santa Sede.

Puigdemont respondió con ambigüedad el requerimiento del Gobierno y Rajoy mantuvo la vía de aproximación lenta al 155. Ambas cartas parecen también dirigidas a las autoridades europeas. Después de pedir la retirada de las fuerzas policiales extraordinarias enviadas a Catalunya y benevolencia judicial para Sànchez y Cuixart, entre otros inculpados, Puigdemont insiste en el diálogo. Dos meses para el diáloga. Oferta de entrevista con Mariano Rajoy. La carta, en realidad, también está dirigida a Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, que el pasado martes pidió personalmente a Puigdemont que no adoptase medidas que pudiesen dificultar el diálogo. Agarrado a ese mensaje del polaco Tusk, el presidente de la Generalitat dejó en suspenso una declaración de independencia que nunca ha sido proclamada.

La carta de Rajoy también está orientada al auditorio europeo. El Estado español hará cumplir la ley y ofrece diálogo dentro de la Constitución. Ofrece una reforma de la Constitución, de acuerdo con el Partido Socialista. El Gobierno español intenta ser paciente con los catalanes. Este es el mensaje de Rajoy a Bruselas.

La prensa europea titulará hoy que dos líderes soberanistas han entrado en la cárcel.

 

Pablo SIMÓN, “Esto va de ganar” a Politikon (15-10-17)

https://politikon.es/2017/10/15/esto-va-de-ganar/

1. Llegados a este punto la secuencia que podíamos anticipar desde antes del 1 de octubre se está cumpliendo como un reloj. El martes pasado hubo una DUI camaleón pues cada cual vio en ella lo que quiso ver. Algunos, una llamada al diálogo, otros una declaración unilateral. Más que ardid, para mí este formato de DUI es señal es de las restricciones internas dentro del bloque independentista – esa compleja dialéctica calle-despacho. Un bloque que con este estrategia sale con fisuras, pero que ha sido perfectamente capaz de recomponerse sin cesar desde 2015 (desde cuando se apartó a Artur Mas a la aprobación de los presupuestos). Sin duda volverá a hacerlo porque esta (no) DUI lo que busca es ser lo mínimo para no espantar apoyos internos o enajenar internacionales pero que el Estado reaccione. Se ha avanzado demasiado como para romper filas ahora.

2. Mariano Rajoy despejó la pelota de manera inteligente con su reacción del pasado miércoles. Requerimiento formal a la Generalitat para mandar la iniciativa política de vuelta a Barcelona, intentar explotar las diferencias de sus rivales y, de paso, ejecutar el paso previo al artículo 155. Mientras, el PSOE salió a mostrar apoyo y dijo que tenía acuerdo con el PP para la reforma de la Constitución (dejando de paso fuera de juego a Podemos y Ciudadanos). El bipartidismo ha hecho una jugada bien trenzada. Ahora, dicen, la responsabilidad última de lo que pase la tiene el President – un blame game de manual.

3. Atendiendo a lo dicho antes, los intereses de los independentistas coinciden en preferir la aplicación del artículo y desoír cualquier iniciativa de reforma (a la que, obviamente, no dan ninguna credibilidad). Tanto si eres independentista moderado y quieres elecciones como si eres más duro y prefieres que haya el mayor lío posible para que la UE arrastre a España a una mesa, qué menos que pasar por el 155 e intentar capitalizarlo. Por eso tengo muchas dudas de que mañana la respuesta que de Carles Puigdemont sea que no aplicó el artículo 4 de la Ley de Referendum. Puigdemont es un pato cojo (no se presenta de nuevo), los procesos judiciales seguirán imparables y los apoyos tan diversos hacen que esté atado al mástil.

4. Aplicar este precepto va a ser todo un reto para el Estado, pero conviene recordar cuatro cosas. Primera, que no es automático – el Gobierno podría conseguir la autorización del Senado pero no usarlo nunca. Segundo, que las medidas concretas se deben aprobar en esta cámara y no existe, en principio, límites materiales al mismo aunque fijo que absorben seguridad, administración y presidencia, además de posible disolución del Parlament. Tercero, que se trata de un precepto sin límite de tiempo para su aplicación, pero ojo, tarde o temprano debe devolverse las competencias a la Generalitat. Tarde o temprano los ciudadanos acabarán votando (y si hay mayoría independentista de nuevo ¿Qué se hace? ¿Volvemos a empezar?). Por último, que el artículo 155 plantea un reto operativo importante no sólo para ejercer las competencias desde la AGE, sino también ante la indudable movilización social que habría en protesta. Eso si no hay cámara o gobierno paralelo, boicots varios o demás aparatos de una Cataluña irredenta.

5. El autogobierno de Cataluña, entre todos lo mataron y él solito se murió. La polarización de Cataluña ha saltado por los aires consensos básicos y las cargas por venir serán profundas. El movimiento independentista ha conseguido llevar sus objetivos a cotas jamás soñadas (y creo que es digno de estudio su enorme capacidad de movilización e inteligencia colectiva). En esto la torpeza del gobierno español ha sido puro abono y estoy seguro de que cada vez va a haber menos independentistas instrumentales; cada vez habrá más insobornables. Eso sí, el precio a pagar será, como diría la Vida Moderna, el retrocés. Las quejas por la re-centralización de competencias o la interpretación restrictiva de la Constitución se pueden quedar en nada ante un tsunami en forma de cierre del modelo territorial que excluya a los independentistas de la negociación. La lógica de no ceder al chantaje independentistase abrirá camino. De paso, el Estado volverá a Cataluña – y eso implicará que penetrará la vida social, organizará a los desafectos y un largo etcétera. Descuidad, porque no hará falta traerlos en autobús, esa Cataluña siempre ha estado ahí y se va a movilizar. Ya no sólo esteladas, tambiébanderas españolas comenzarán a lucir en los balcones de Cataluña.

6. Modestamente, siempre he pensado que el problema que existe en Cataluña es menos de dialogo y más de las restricciones internas dentro de cada bloque. Se pide lo único que el otro no puede dar sin suicidarse. Pero además, desde el 6 de septiembre el dilema es cómo reestablecer la legalidad en Cataluña sin alejar su eventual encaje en el Estado. Dado que muy probablemente el 155 irá adelante veremos el precio a pagar. Respecto al fondo del asunto, me sigo declarando agnóstico ante el referéndum. Es más, ni siquiera creo que resuelva el problema propiamente dicho (porque, al fin y al cabo, ni creo en la independencia ni en el actual statu quo). La verdad, podríamos haber hablado de esto mucho antes, en especial porque creo que una reforma del Estado sí puede ser un win win y desde 2015 había alguna posibilidad de conseguirlo. Sin excluir, por supuesto, un referéndum antes o después de la reforma. Pero, en cualquier caso ya da un poco igual. Para los concernidos esto no va de resolver el problema, sino de ganar. Y a qué precio

 

Kepa AULESTIA, “Círculo sin salida” a La Vanguardia (17-10-17)

http://www.lavanguardia.com/opinion/20171017/432131922394/circulo-sin-salida.html

El independentismo ha conducido a Catalunya a sucesivas semanas cruciales, en las que parecía jugarse el ser o no ser de su existencia como realidad diferenciada. Durante estos últimos años –más bien cinco que diez– la reducción secesionista del soberanismo ha procedido a un relato épico de sus propias decisiones y proclamas, tratando siempre de inducir el máximo dramatismo a cada circunstancia. Una mezcla de numantinismo sobrevenido y de resuelta vindicación de valores considerados propios ha llenado calles, plazas, horas y encuentros de algo desconocido en la Catalunya pragmática y átona de las últimas décadas. Emociones que no tenían precedentes, con miles y miles de catalanes afirmando que eran independentistas desde la cuna. La promesa de una tierra sin mal” ha calado en el ánimo de mucha gente, que así se deshacía de las revelaciones de un pasado reciente no precisamente glorioso por Pujol y los muchos suyos. Es ­inevitable suponer que el procés representa una purga un purgatorio– para los pecados cometidos por el catalanismo gobernante antes de que se hiciera independentista. La radicalidad de la propuesta de una república independiente confiere autenticidad a los restos del pujolismo y a quienes se han ido confabulando con ellos para dar el salto al referéndum vinculante”. Sin embargo la presidencia de Puigdemont, emplazado a explicar de qué va esto de la independencia, aparece como una concesión que ERC y –en otro plano– los comunes brindan a una tradición que dejó de ser hegemónica precisamente cuando abrazó el independentismo; sin que pueda establecerse una relación precisa entre causa y efecto.

Ahora que el Govern de la Generalitat se debate entre cómo mantener la llama independentista y cómo preservar su poder autonómico, ha llegado el momento de dirigir una severa mirada hacia el círculo que han acabado conformando Puigdemont y los muchos suyos cuando se han percatado de que no están ya en condiciones de alimentar una espiral de agravios y victimismo. Hasta los episodios más inexplicables de la actuación policial el 1 de octubre parecen haberse quedado en nada frente a la obstinación independentista, cuya tenacidad no se sostiene previendo escenarios casi apocalípticos de colapso económico y social, ineludibles para obtener el premio de un Estado propio, aunque este se presente como la solución definitiva para todos los males.

Catalunya se enfrenta a los catalanes; a su propia pluralidad. Se enfrenta a la sublimación de un poder –el de la Generalitat– cuando no se sabe quién o quiénes toman las decisiones en cada momento, ni cuál es la enjundia de sus gobernantes al tener que afrontar horas tan decisivas.

Cuando Puigdemont se pone ante el espejo de las responsabilidades contraídas desde el momento en que asumió la presidencia de la Generalitat debe sentirse solitario y extraño. La perspectiva de que el gobierno autonómico se limitase a administrar las competencias y los medios ­consignados por el Estado constitucional puede resultar frustrante para muchos ­independentistas, empezando por el president Puigdemont. Pero es muy difícil imaginar un escenario propicio a que el independentismo gobernante ejerza su hegemonía desde el puente de mando de instituciones enraizadas en la Constitución y el Estatut.

Ayer el president consiguió ganar algo de tiempo con la evasiva respuesta dada al requerimiento de Rajoy. Pero el círculo ideado entre el referéndum y el diálogo resulta tan contradictorio en sí mismo que no sirve para sostener la posición de la Generalitat ni a efectos dialécticos. Es el problema que afecta al independentismo y que este traslada al conjunto del país. Después de la reducción secesionista del soberanismo ha venido la reducción publicista de la desconexión. Ya no importan ni la meta ni el camino que seguir en pos de una república propia, mucho menos su viabilidad. Lo que importa es mantener una apariencia de comunión independentista. Un círculo que el vicepresidente Junqueras describió perfectamente al recabar unidad y firmeza al mismo tiempo, cuando resulta evidente que es precisamente ese binomio el que flaquea, porque la firmeza –se entiende que la defensa de una vía unilateral– plantea serias dudas en un sector significativo de la comunión independentista, mientras que la unidad a la baja suscita recelos en el sector opuesto. La prueba más palpable de que la Generalitat ha caído en su propio enredo es que no puede ir más allá de la carta que ayer remitió Puigdemont a Rajoy. Porque su interlocución acaba cuestionada tanto si no se decide a prevenir el ultimátum del jueves como si se dispone a evitar la aplicación del 155.

 

Lluís FOIX, “Saben el que no han de fer” a La Vanguardia (18-10-17)

http://www.lavanguardia.com/opinion/20171018/432151444034/saben-el-que-no-han-de-fer.html

La història és plena dexemples de personatges públics que sabien perfectament el que no havien de fer i, tot i això, ho feien per a la seva pròpia perdició i per a la perdició dels seus pobles. Els grans conflictes del segle passat van ser errors de càlcul dels seus màxims dirigents. La Gran Guerra va ser un conflicte inesperat pel gran públic però covat meticulosament des de feia molts mesos en lalt Estat Major alemany.

Neville Chamberlain i Édouard Daladier van anar a Munic el 1938 per apaivagar Hitler i van tornar a la Gran Bretanya i a França amb la seguretat que havien evitat una segona guerra mundial amb un pacte que autoritzava Hitler a ocupar la terra dels sudets de Txecoslovàquia.

Sabien que no es podien ­fiar de Hitler, però no van tenir el coratge de plantar-li cara aquell setembre del 1938. Churchill va sentenciar el futur polític de Chamberlain al tancar el seu discurs al Parlament dient-li que havia anat a Munic per salvar lhonor i evitar la guerra i perdrà l’honor i tindrà la guerra. ­Així va ser. Churchill va ser esbroncat en un Parlament on estava en absoluta minoria i on la pau es creia que sobtenia amb discursos.

La història dels conflictes, segons la historiadora nord-americana Barbara Tuchman, la van decidir reis o presidents que eren conscients que anaven directes al fracàs. Felip II sabia que no podia sostenir cinc guerres paral·leles igual com Johnson tenia la certesa que la guerra del Vietnam només podia acabar en desastre. De Gaulle va pronunciar la cèlebre frase Visca Algèria lliure” el 1958 a Orà per després iniciar la retirada de la colònia deixant abandonats els qui van creure en promeses expressades lleugerament. En les seves memòries no es mostra gaire satisfet daquest canvi de posició brusc que justifica per la incapacitat de França per mantenir una colònia que lluitava per la seva emanci­pació.

La gerontocràcia que acampava al Kremlin als anys vuitanta sabia que la invasió de lAfganistan significaria una operació inassumible. Va contribuir decisivament a posar fi al règim i a la voladura de la Unió Soviètica.

Els partidaris del Brexit feien anar dades falses i sabien que la sortida de la Unió ­Europea seria perjudicial per a la Gran Bretanya. I, tot i això, es van entossudir en la seva propaganda i les seves mentides a trencar amb Europa. I ho van acon­seguir.

Vivim avui moments de gran desconcert a Catalunya i a Espanya. Tant Mariano Rajoy com Carles Puigdemont saben que el discurs i la política de confrontació no condueixen enlloc, que no hi pot haver vencedors ni vençuts, que la llei ho té difícil per jutjar sentiments, que una independència unilateral és una quimera perquè no tindria el reconeixement internacional. Tots dos saben que després de la confrontació apareixeran els danys econòmics, polítics, judicials i mediàtics que sobservaran després del xoc.

Puigdemont sap que és a temps devitar els costos duna operació que, fins i tot abans de produir-se, està enviant la seu social de centenars dempreses fora de Catalunya. Algunes són les més importants del país. Les conseqüències daquestes fugues empresarials pot ser que no siguin immediates, però no s’ha de ser un expert per deduir que significaran un empobriment de Catalunya. Els líders de lindependentisme saben també que la divisió entre catalans és cada vegada més preocupant i que lindependentisme, fins avui almenys, no té una majoria social suficient. I, tot i això, continuen endavant amb el seu full de ruta al marge dels danys col·laterals que ha causat el procés.

El Partit Popular de Ma­riano Rajoy no ha sabut comprendre la realitat catalana. Des de la recollida de firmes contra lEstatut del 2006 fins al calculat quietisme de Rajoy passant per les pressions perquè el Tribunal Constitucional decidís a favor de retallar lEstatut que havia passat per tots els filtres legals es­tablerts a la Constitució, hi ha hagut un desconeixement de la realitat catalana que no s’ha volgut comprendre ni acceptar.

L’ Estat ha posat en marxa tots els seus mecanismes polítics i judicials per desactivar la declaració unilateral dindependència, assumida confusament pel president Puigdemont. Laplicació estricta de la llei ha situat el problema en l’àmbit internacional on els independentistes han treballat amb més eficàcia i agilitat que els aparells de lEstat.

Rajoy i Puigdemont saben que si no cedeixen en les seves posicions anem cap al desastre i, encara que no sigui el més important, el futur dels seus càrrecs serà breu. La presó incondicional per a Jordi Sánchez i Jordi Cuixart és un error que complica encara més la possibilitat darribar a un pacte en les pròximes hores. Rajoy i Puigdemont saben que anem cap a la catàstrofe i no volen o no saben evitar-ho. Els grans estadistes coneixen el valor de les cessions en moments excepcionals.

 

Joan SUBIRATS, “Política de reconocimiento” a El País (15-10-17)

https://elpais.com/ccaa/2017/10/14/catalunya/1507999144_931463.html?id_externo_rsoc=TW_CC

La tradición política ve en el conflicto su eje básico. De hecho, la democracia es el sistema político que ha ganado su legitimidad gracias al hecho de que asegura el ejercicio pacífico de la confrontación entre ideas e intereses, entre mayorías y minorías. En un sistema político razonablemente organizado, entendido como el marco común en el que dirimir y decidir, la calidad de la democracia dependerá de la capacidad de disenso que sea capaz de contener sin que resulte dañada la convivencia. La cosa se complica cuando, por las razones que sean, alguno o varios de los actores que operan en ese entramado común, no se sienten incluidos en ese sistema, no sienten reconocidas sus diferencias y no ven posibilidades de defender sus ideas y valores en el mismo. Y así acaban entendiendo como opresivo y asfixiante lo que antes era visto como una arena compartida.

España, desde su consolidación como estado contemporáneo, ha ido pasando por diversas crisis de este tipo. Lo que ahora nos preocupa no es, por tanto, del todo nuevo. Más bien resulta reiterativo. No parece razonable pensar que ello es solo consecuencia de la resiliencia protestona de alguna de las partes, y más bien conviene imaginar responsabilidades compartidas y problemas en la concepción basal del sistema.

No nos sirven ya las soluciones ni las experiencias anteriores. Seguimos atrapados en esquemas (westfalianos) propios del siglo XIX y XX. Y esos esquemas sirven cada vez menos para maniobrar en el gran escenario de interdependencias cruzadas propio de la globalización y del gran cambio tecnológico. Hace unos meses, al recoger el Premio Diario Madrid, la directora de The Guardian, Katherine Winer, expresó su total escepticismo sobre las posibilidades reales de que se pudiera implementar el Brexit, y los hechos le están dando la razón. Las razones proceden de la intersección e interdependencia irreversible que se ha generado en Europa entre empresas, entidades de todo tipos y dinámicas sociales, familiares y comunitarias. No es posible desenmarañar la madeja sin daños colaterales tremendos. Europa es ya una urdimbre de personas y colectivos mucho más interrelacionada de lo que la débil y frágil supraestructura política muestra. Si eso es cierto para toda Europa, ¿puede ser distinto en el caso de España y Cataluña?

Lo que probablemente reunió a centenares y centenares de periodistas de todo el mundo el pasado martes en las estrecheces del edificio del Parlament de Catalunya fue esa anomalía. La anomalía de que un país que es totalmente Europa” desde el punto de vista social, económico, universitario, sindical e institucional, pudiera romper” esos vínculos para volver a reconstruirlos poco tiempo después. Y además, que todo ello estuviera sucediendo no por los designios inexplicables de unas élites conspirativas, sino (como mostró el 1 de octubre) por el empuje de centenares de miles de personas capaces de organizarse pacíficamente de modo ejemplar. Algo inexplicable pasaba en Cataluña.

Tenemos un problema de falta de adaptación de nuestro sistema político a los nuevos tiempos. Reducirlo a un tema de soberanía resulta tremendamente esquemático y simplificador. Estamos frente a un problema de reconocimiento. De falta de aceptación de la diversidad intrínseca de un país complejo. Que lo era hace cien años, y que ahora lo es mucho más. Quien quiera seguir defendiendo una concepción de soberanía única y excluyente, por mucha reforma constitucional” con que se revista, no ha entendido nada de lo que está pasando y hacia qué futuro nos dirigimos.

Decía Amador Fernández Savater en uno de los muchos comentarios que han aparecido sobre lo que acontece en Cataluña: La lucha final es la expresión que definió la emancipación en el siglo XX, y que pasaba por la destrucción del otro (el enemigo de clase o nacional). La emancipación hoy se hace otras preguntas: ¿Cómo vivir juntos los diferentes?; ¿qué nos une a pesar de lo que nos separa? Porque el otro no va a desaparecer y este mundo compartido es el único que hay”. Esa es la nueva bandera de la izquierda emancipatoria. Lo que debemos hacer es reconocer que igualdad y homogeneidad no son lo mismo. Que hemos de situar la diversidad en nuestra escala central de valores. Y que estamos condenados a vivir juntos, pero eso sí: reconociendo a los otros como distintos y reconociendo y cuidando nuestras interdependencias. Y entonces podremos afrontar el debate clave de las soberanías concretas y reales, que nos interpelan y agreden en el día a día y desde la proximidad.