Presentació

D’una manera abrupta i desordenada la presidència Trump certifica una realitat incubada de fa temps: el final de la Pax Americana (Ian Buruma). Un fet que obliga a Europa a reaccionar i decidir si accepta el risc de ser un actor en el nou mapa global que s’esta configurant o bé si es resigna a la decadència i la irrellevància. Aquesta és la qüestió que centra el debat que van protagonitzar Jürgen Habermas, Sigmar Gabriel i Emmanuel Macron el passat 16 de març i que ara publica la revista Letras Libres. (Text 1)

Els esdeveniments posteriors han dipositat en Emmanuel Macron, com a nou president de la República Francesa, la responsabilitat d’impulsar novament l’eix franco-alemany amb l’objectiu de fer possible aquest salt endavant europeu, una responsabilitat que Macron no defuig com es pot comprovar una entrevista concedida a alguns dels diaris europeus de referència. Veure també sobre l’impacte internacional del canvi polític a França l’article de Gilles Andréani a Telos.

El 39è congrés federal del PSOE ha ratificat sense entrebancs el nou lideratge de Pedro Sánchez, que ha estat rebut positivament per l’opinió pública com indiquen les enquestes (Sociométrica/El Español). El significat i l’abast del nou rumb del PSOE és objecte de l’escrutini dels analistes polítics: el proclamat gir a l’esquerra és estratègic o tàctic? (Iñaki Gil); els canvis organitzatius que s’anuncien suposaran la substitució de la democràcia representativa per una democràcia directa amb risc d’una deriva cesarista? (Juan Rodríguez Teruel); l’aposta per la plurinacionalitat suposa un canvi copernicà en la visió socialista d’Espanya? (Enric Juliana, José Manuel García Margallo). I, també, fins a quin punt són compatibles les cultures polítiques de l’esquerra socialdemòcrata i de l’esquerra populista? (Enrique Gil Calvo) (Text 2). Per a una explicació raonada de la línia política de la nova direcció socialista, veure l’entrevista de Manuel Escudero a CTXT.

El passat diumenge el diari Ara publicava una enquesta sobre el referèndum d’independència unilateral: un 68.5% es mostra d’acord amb la celebració d’un referèndum (la pregunta no especifica si legal o il·legal, acordat o unilateral); un 64.2% manifesta la intenció de participar-hi; i, entre aquests, un 67% es decantaria per la independència. Aquest percentatge es redueix amb 42.3% si es té en compte el cens total.

Amb mirada llarga, té un gran interès l’estat de la qüestió sobre el debat entorn de la desigualtat global que publica Alfonso Novales a la Revista de Libros (Text 3).

També la ressenya de Daniel Gascón sobre la reedició del llibre d’Isaiah Berlin, “La recuperación de las ideas” (Text 4).

I finalment, l’avenç editorial del nou llibre de Mark Lilla, “La mente naufragada. Reacción política y nostalgia moderna” (Text 5), un brillant assaig sobre el nou pensament reaccionari, on podem llegir: “Y los reaccionarios de nuestro tiempo han descubierto que la nostalgia puede ser una motivación política poderosa, quizá más poderosa que la esperanza. Las esperanzas pueden verse defraudadas, pero la nostalgia es irrefutable” (p.16).

 

Jürgen HABERMAS, Sigmar GABRIEL i Emmanuel MACRON, “El futuro de Europa” a Letras Libres (19-06-17)

http://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/el-futuro-europa

Este acto, titulado “¿Qué futuro para Europa?”, fue organizado el 16 de marzo de 2017 por la Hertie School of Governance en Berlín y moderado por Henrik Enderlein, el vicepresidente de la Hertie School.

rgen Habermas: Se me ha concedido el honor de invitarme a pronunciar unas palabras introductorias sobre el tema de la conversación entre nuestros distinguidos invitados Emmanuel Macron y Sigmar Gabriel, nuestro ministro de exteriores que recientemente ascendió desde las cenizas como el fénix proverbial. Los dos nombres están asociados con reacciones valientes a situaciones difíciles. Emmanuel Macron se ha atrevido a cruzar una línea hasta entonces intacta desde 1789. Ha roto la consolidada configuración de los dos campos políticos de la derecha y la izquierda. Dado que es imposible en una democracia que un individuo esté por encima de los partidos, hay curiosidad por ver cómo se va a reconfigurar el espectro político.

En Alemania podemos observar un impulso similar, si bien bajo auspicios diferentes. Aquí también, Sigmar Gabriel ha elegido a su amigo Martin Schulz para una tarea heterodoxa. El público ha dado la bienvenida a Schulz como un candidato a canciller en buena medida independiente y se espera que lleve su partido en una nueva dirección. Aunque las situaciones políticas, económicas y sociales de los dos países son diferentes, la mentalidad fundamental de los ciudadanos parece responder a un sentimiento similar de enfado, un enfado ante la inercia de los gobiernos que, a pesar de la palpable y creciente presión de los problemas a los que nos enfrentamos, continúan hechos un lío y sin ninguna perspectiva de reestructurarse. Sentimos que la falta de voluntad política para actuar es paralizante, especialmente teniendo en cuenta aquellos problemas que solo pueden resolverse colectivamente, a un nivel europeo.

Emmanuel Macron representa la antítesis de la pasividad de los actores políticos de hoy. Sigmar Gabriel y él, cuando eran los dos ministros de economía, propusieron una iniciativa para aumentar la cooperación fiscal, económica, social y política en Europa, que desafortunadamente no tuvo éxito. Si no recuerdo mal, defendieron la creación de un ministro de finanzas para la eurozona y un presupuesto conjunto independiente, controlado por el Parlamento Europeo. De ese modo esperaban crear oportunidades a nivel europeo para una acción política y económica flexible, con la intención de superar los obstáculos que han impedido una mayor cooperación entre los Estados miembros también en otras áreas. Con esto quiero decir que las significativas diferencias en los ritmos de crecimiento, los niveles de desempleo y la deuda pública entre las economías del norte y el sur de un sistema monetario se predican desde la convergencia aunque las economías se separen. Mientras, la cohesión política de esta unión monetaria está agotándose por las persistentes y todavía crecientes divergencias en la actividad económica. Durante la implementación de un régimen de austeridad que estaba destinado a tener efectos dramáticos y asimétricos en las economías del norte y sur de Europa, las experiencias y relatos contrarios de los países han hecho que surjan reacciones agresivas en ambos lados, y han dividido profundamente Europa.

Iniciativas como estas puede fallar por numerosas razones, incluidas las institucionales. Por ejemplo, los gobiernos de los Estados miembros, que tienen que justificarse ante sus respectivos electorados, son los peor equipados para reivindicar los intereses de la comunidad al completo; y sin embargo, mientras no haya un sistema de partidos paneuropeo, son los únicos órganos que pueden marcar la diferencia. Lo que me interesa es si la negativa a aceptar las consecuencias de una potencial política de redistribución significa que cualquier ampliación de las competencias europeas está condenada al fracaso una vez que la recolocación de las cargas financieras se extienda más allá de las fronteras nacionales. Por decirlo de manera sencilla: ¿la reacción de, por ejemplo, la población alemana al sintagma “unión de transferencias” significa que apelar a la solidaridad es algo destinado al fracaso? ¿O solo estamos dándole una patada hacia delante al problema de la crisis financiera todavía latente, porque nuestras élites políticas carecen de la valentía necesaria para afrontar el espinoso tema del futuro de Europa?

Sobre el concepto de solidaridad, simplemente diría que desde la Revolución francesa y los primeros movimientos socialistas esta palabra se ha usado no como un concepto moral sino político. Solidaridad no es caridad. Solidaridad –una acción combinada de apoyo a tus aliados– significa aceptar determinadas desventajas en lo que respecta a los intereses propios, con la confianza de que tus compañeros actuarán igual en situaciones parecidas. La confianza recíproca, en nuestro caso una confianza que trasciende las fronteras nacionales, es una variable relevante, pero también lo es el interés propio a largo plazo. A pesar de lo que asumen muchos de mis colegas, no hay una razón natural inevitable por la que los temas de justicia redistributiva deban detenerse en las fronteras nacionales y no deban discutirse dentro de la comunidad de naciones europeas, aunque estos países formen desde hace tiempo una jurisdicción, y diecinueve de ellos hayan estado durante mucho tiempo sometidos a las mismas restricciones sistémicas que conlleva una unión monetaria, si bien con consecuencias asimétricas.

Hasta el día de hoy, la unificación europea se ha mantenido como un proyecto de élites porque las élites políticas han evitado involucrarse en un debate informado con el público sobre los escenarios alternativos para el futuro. Las poblaciones nacionales solo serán capaces de reconocer y decidir lo que les beneficia en el largo plazo cuando empecemos a discutir –mucho más allá de las revistas académicas– las trascendentales alternativas que hay entre abandonar el euro, o volver a un sistema monetario que permita un pequeño margen de fluctuación, u optar por una cooperación más estrecha.

Crisis globales y un Occidente dividido

Mientras tanto, otros problemas que ahora atraen mayor atención pública demuestran que los europeos deberían cooperar más. Existe la percepción de una escalada en temas globales e internacionales que ha alcanzado lentamente el límite de tolerancia incluso en los miembros del Consejo Europeo, y que les está haciendo salir de su mentalidad nacional. Las crisis, que deben como mínimo hacernos pensar en una mayor cooperación, son obvias: la situación geopolítica de Europa ya había sufrido cambios dramáticos con la guerra civil siria, la crisis en Ucrania y la retirada gradual de los Estados Unidos del papel de potencia reguladora global. Pero ahora que la potencia global que representa Estados Unidos parece alejarse de su antaño dominante escuela de pensamiento internacionalista, la postura de Europa es aún más impredecible. Con la presión de Trump a los miembros de la otan para que aumenten su contribución militar, los interrogantes sobre la seguridad externa son aún más relevantes.

Además, la amenaza terrorista no va a desaparecer en el medio plazo, y la presión migratoria en Europa se ha convertido en un problema que puede definir el siglo. Estos dos acontecimientos claramente exigen una mayor cooperación entre europeos.

Finalmente, el nuevo gobierno de Estados Unidos amenaza no solo con dividir Occidente en lo que respecta al comercio global y la política económica. Los prejuicios nacionalistas, racistas, antiislámicos y antisemitas que gracias al estilo comunicativo y la ideología del nuevo presidente estadounidense han ganado peso político suponen, junto con el avance del autoritarismo en Rusia, Turquía, Egipto y otros países, un reto para la manera en que Occidente se ve a sí mismo política y culturalmente. Europa de pronto se ve obligada a arreglárselas por sí misma, en el papel de guardiana de los principios liberales y apoyando a una mayoría del electorado estadounidense apartada del poder.

Hasta ahora, la única reacción clara a esta tremenda presión han sido los intentos de promover una Europa de varias velocidades en el área de cooperación militar. Tal y como lo veo, este intento también está destinado a fracasar, a menos que Alemania esté dispuesta al mismo tiempo a desactivar la bomba de relojería que son las disparidades económicas estructurales en la eurozona. Mientras finjamos que este conflicto no existe, no seremos capaces de conseguir una cooperación más estrecha en cualquier otra área política. Además, la noción vaga de una Europa “de varias velocidades” está dirigida a objetivos erróneos, dado que podemos esperar una disposición a cooperar por parte de la mayoría de los Estados miembros que tienen el euro, es decir los Estados que desde que comenzó la crisis bancaria han sido dependientes unos de los otros.

En absoluto deseo sugerir que Alemania es la única que tiene buenas razones para reevaluar sus políticas. Otra manera en la que Emmanuel Macron destaca entre los políticos europeos es en que llama por su nombre a los problemas que solo pueden afrontarse en la propia Francia. Pero ahora le toca al gobierno alemán –aunque no eligió ese papel– tomar la iniciativa junto a Francia, para que juntos puedan darle la vuelta a la situación. La bendición de ser el mayor beneficiario de la Unión Europea es también una maldición porque, desde una perspectiva histórica, el fracaso del proyecto de unificación europeo se atribuiría a la indecisión de las políticas alemanas, y con razón.

Henrik Enderlein: Emmanuel Macron, ha escuchado lo que Jürgen Habermas ha dicho: usted es el único político lo suficientemente valiente para decir alto y claro lo que Francia tiene que hacer en casa para impulsar el debate. Así que, ¿qué es lo que hay que hacer?

Emmanuel Macron: Hola a todos. Antes de nada me gustaría agradecerles que me permitan hablar en francés, ya que mi alemán no es lo suficientemente bueno. Cuando tuve la suerte de ser invitado a la Universidad Humboldt recientemente, hablé en inglés, confiando ingenuamente en que al menos se me entendería. Pero eso molestó a mucha gente en Francia, especialmente a mis oponentes en el Frente nacional, que lo consideraron un gran insulto a nuestra lengua. Me encanta la lengua francesa, la defiendo, pero también pienso que Europa fue creada para que podamos entendernos unos a otros. Ahora me están dando una doble oportunidad: hablar en mi propio idioma y además que se me entienda. Se lo agradezco.

Jürgen Habermas ha tocado varios temas importantes. Creo que nos enfrentamos a un doble desafío hoy, un reto al que debemos enfrentarnos a nivel nacional. El primer desafío es que Europa ha dejado de funcionar como debería. Desde el “no” francés y de los Países Bajos al tratado constitucional hace diez años no ha habido nuevas propuestas. Y el hecho de que no haya una agenda con nuevas propuestas europeas debilita Europa enormemente, porque ahora toda la conversación es sobre la división.

Y sin embargo la aventura europea está dirigida por una lógica de la voluntad. Siempre habrá algunos miembros que sugerirán algo que antes parecía inconcebible, pero luego tienen éxito y traen a los demás con ellos. Y esta lógica incluye gradualmente a todos, de acuerdo con el principio de los círculos concéntricos. Pero como no se ha propuesto nada nuevo en diez años, se establece la apatía, todo el mundo se echa atrás y tenemos que hablar de Grexit y Brexit. Si no hacemos nada, tendremos más debates similares.

Tenemos que ofrecer una agenda europa, y tenemos que ceñirnos a ella. Creo que los europeos se equivocan si piensan que pueden apelar al público en general diciendo “Europa es muy impopular, no hablemos sobre ella”. O “tratemos de no ser muy europeos”. O “seamos europeos, pero antes de nada un poco nacionalistas”. Si eres un europeo tímido, ya eres un europeo derrotado, así que no recomiendo esta opción. Porque hoy Europa es lo que nos protege de nuevos peligros.

Reivindiquemos una agenda europea en los debates nacionales

En respuesta a las apreciaciones de Jürgen Habermas quizá puedo subrayar dos puntos. Primero: Europa está atascada, porque no se propone nada nuevo, pero por encima de todo porque no somos ya capaces de reconciliar la ética de la responsabilidad con la justicia social, como ha dicho muy bien. En nuestro país estamos inmersos en muchos debates en los que la justicia social se entiende en su sentido clásico, como una redistribución entre las clases sociales de un país. Este no es un debate que estemos teniendo a un nivel europeo o en la eurozona. Y sin embargo tenemos un problema de desigualdad a nivel europeo y especialmente en la eurozona: porque este es un momento en el que nuestros ingresos se acumulan en diferentes áreas, porque algunos países están realizando reformas pero no las están usando de la mejor manera, porque la eurozona es disfuncional. Así que si no tenemos un verdadero debate sobre distribución y justicia –y al mismo tiempo sobre responsabilidad– no avanzaremos.

El principal riesgo es debilitar fatalmente los propios gobiernos que están persiguiendo las reformas. Porque mientras estos países están al borde de la desigualdad, las reformas son demasiado lentas como para obtener resultados que son política y socialmente visibles, y entonces son los reformistas los que se equivocan. Y eso sirve a los populistas y extremistas.

Enderlein: ¿Entonces Francia tiene que hacer reformas para recuperar la confianza de otros países?

Macron: Sí, y esto me lleva a mi segundo punto. Europa al mismo tiempo nos permite protegernos de los mayores riesgos que menciona Jürgen Habermas, especialmente riesgos internacionales. Creo que el ímpetu que tenemos que redescubrir –y en cualquier caso el renacimiento del proyecto europeo– se conseguirá a través de una alianza francoalemana.

Hoy, la responsabilidad descansa en los hombros franceses. ¿Por qué? Porque hemos perdido la confianza de la gente. Esto pasó hace unos quince años, cuando Francia no realizó reformas. En ese momento Francia se había comprometido a llevar a cabo esas reformas junto a Alemania, y negoció excepciones al tratado de Maastricht para poder hacerlo. De alguna manera hemos intentado alcanzar esta historia durante quince años. Francia tiene que recuperar su credibilidad en temas económicos y presupuestarios, como una precondición para esta discusión. Pero al mismo tiempo Francia debe desencadenar un movimiento hacia más inversiones, hacia una recuperación económica y hacia una solidaridad mayor. Para mí la solidaridad no se limita al plano económico, sino que en el lado alemán también se refiere a la inmigración, a la seguridad y a la defensa.

Lo que nos preocupa hoy es la falta de confianza, causada por la lógica de la responsabilidad directa en la que Europa está atascada. Sigmar Gabriel y yo nos posicionamos en contra de esto hace casi dos años en un artículo conjunto, cuando ambos éramos ministros de economía en nuestros países. Así que tenemos que resolver los problemas de la realidad y de la confianza.

Enderlein: Hablemos entonces sobre si esta indecisión va a continuar o no. Emmanuel Macron acaba de decir que Francia está preparada para actuar. Ministro de exteriores Gabriel, ¿qué es lo que Alemania está dispuesta a hacer?

Sigmar Gabriel: Creo que antes de lograr lo que el profesor Habermas ha pedido, específicamente ganar mayorías para un aumento de competencias europeas, primero tenemos que cambiar algunos relatos. Porque la política comienza diciendo qué es lo correcto. Ahora nos gusta señalar a la gente que produce fake news, pero hay fake news que se han establecido aquí en los últimos treinta años, quizá más. La primera parte de estas fake news dice que Alemania es el burro de carga de la Unión Europea: “¡Somos los contribuyentes netos! ¡Somos los que apoyan a todos los demás!” Por desgracia esta es una historia que se ha contado durante décadas, en la política, en los medios, en la economía, en general sin importar quién estaba en el poder en cada momento.

Cada vez que se hablaba de la estructura financiera de la Unión Europea, nos quedábamos atrapados en una visión estándar y transversal de que tenemos que reducir nuestra contribución neta: un saldo que asciende a casi 12.000 millones de euros. Así que cada vez que me dicen, con razón, lo importante que es el proyecto europeo, 12.000 millones de euros no es una cifra que me deje perplejo. En el presupuesto federal alemán pagamos más por cosas mucho menos importantes. Por eso tenemos que detener este relato de Alemania como el burro de carga de la Unión Europea. Al final sirve solo para complacer los supuestos intereses nacionales. El aumento del sentimiento nacionalista que vemos en la actualidad no es el principio, sino el resultado de treinta años de falsos relatos. La raíz del problema son relatos estrictamente nacionales de los Estados miembros de la Unión Europea, especialmente en nuestro país. Mientras que la verdad es que Alemania es la gran beneficiada, incluso la beneficiaria neta, de la Unión Europea.

En términos políticos, no existiría una Alemania unida sin Europa –eso es muy obvio–, pero también culturalmente, en términos de paz, y por supuesto mucho más que eso, comercial, financiera y económicamente. Sí, enviamos más dinero de nuestros impuestos a Bruselas del que vuelve. Pero es obvio que no te conviertes en un campeón exportador europeo, incluso mundial, si antes no produces suficiente acero, su- ficiente tecnología eléctrica, suficientes productos químicos y suficientes máquinas y si esos productos no se venden en otros países además de Alemania.

Y solo cuando a otros les va bien y tienen suficiente dinero pueden comprar coches alemanes; son caros, en parte porque nuestros salarios y seguridad social son altos. Y esperemos que se mantengan así. No queremos salarios o prestaciones sociales más bajos. Como alemanes, debemos tener un interés real –y además puramente económico– en que al resto de Europa le vaya bien. Porque solo así a nosotros nos puede ir bien.

Alemania como beneficiaria neta de la UE, no contribuyente neta

Así que, lejos de ser contribuyentes netos, somos beneficiarios netos de la Unión Europea. Pero ¿cuál es la mejor forma de romper con este falso relato? Mi sugerencia a mi propio partido es esta: en las próximas elecciones generales tenemos, por primera vez, que defender agresivamente que estamos dispuestos a invertir más en Europa más del 1% del pib europeo acordado. Deberíamos incluso estar preparados para soportar las presiones nosotros si es necesario, o nosotros junto a otros, sin aplicar el mismo criterio a toda Europa. Solo con el mensaje provocador “¡Estamos dispuestos a pagar más!” conseguiremos un debate sobre por qué, en Europa, deberíamos tener un interés común en esto.

El segundo relato falso es decir que las políticas de defensa y seguridad es lo que de verdad te hace ganar los votos, porque esto presupone una visión del mundo común. Con esto quiero decir que realmente necesitamos, en primer lugar, un concepto común de política exterior. No solo porque mejorar nuestras políticas de seguridad y defensa no conseguirá nada sin un progreso social y económico en la ue, como dice Jürgen Habermas, sino también porque no deberíamos comenzar a forjar abruptamente proyectos de defensa en un plano meramente nacional sin tener una visión europea común de cómo deberían ser nuestras políticas de exteriores. Si no, esto podría llevarnos en la dirección equivocada. Eso también es un relato falso, creo. En Europa, la política exterior siempre fue la cumbre, especialmente la política de defensa, y digo esto no solo porque soy ministro de exteriores, sino porque debería ser una regla general. La política comienza con no contarle a la gente fake news, que es algo que en general solo se hace porque se cree que funciona mejor en una campaña electoral. Los alemanes tenemos que entender que una ue fuerte y unida nos interesa. Nuestros hijos y nietos no van a volver a tener voz en el mundo a no ser que esa voz sea europea, y por eso estamos preparados para invertir más, en nuestro propio interés y en el de Europa.

Para concluir, un punto más sobre el tema de la solidaridad –un concepto que, como socialdemócrata, conozco bien–. Solidaridad significa actuar responsablemente, tanto con uno mismo como con la comunidad a la que uno pertenece. Todo tiene que ver con actuar de manera responsable. Y estoy seguro de que si perseguimos este relato conseguiremos también las mayorías que necesitamos para ponerlo en práctica.

Enderlein: Jürgen Habermas ha dejado muy claro en su intervención que es importante no solo hacer más por Europa desde Alemania, sino que hay que gastar más dinero en otros países, esto es, que hay que abandonar las políticas de austeridad que predominan. Pero si gastas más dinero, tienes más deudas, y tarde o temprano alguien tiene que pagar esas deudas. Quizá sean los Estados nación, que están en crisis, y en ese caso el pacto de estabilidad ha de abandonarse. Quizá sea Alemania, pero eso no ayuda a los países a un nivel fundamental. Quizá sea la ue, pero tenemos que valorar qué pasará al final con esas crecientes deudas europeas. Entonces, ¿cómo deberían abandonarse las políticas de austeridad?

Gabriel: Aquí también creo que es importante empezar con el relato adecuado. En Alemania la gente siempre dice que al principio de los 2000 realizamos todas esas grandes reformas y que nuestro único error fue romper los criterios de deuda del Tratado de Maastricht. La verdadera historia es que las reformas sociales solo fueron posibles porque estábamos invirtiendo a la vez, y no reduciendo nuestras deudas. El éxito de Alemania es el resultado del hecho de que cuando estábamos reformando el país, no condujimos el desarrollo económico hacia un muro, sino que invertimos: en educación –la coalición del SPD y Los Verdes entonces desarrolló el primer programa de escuela todo el día–, en energías renovables, en investigación y desarrollo.

Roza lo irresponsable justificar las políticas de austeridad mirando a Alemania como un ejemplo, con el argumento de que solo puedes salir de una crisis si ahorras suficiente. Nosotros hicimos lo contrario. Combinamos reformas políticas y sociales, por muy polémicas que fueran, con más deudas de las que la ue nos permitía en ese momento. Esta es la única razón por la que evitamos que nuestro crecimiento colapsara y el empleo aumentara aún más. Por cierto, diría que de otra manera no habríamos podido hacer las reformas.

Y lo mismo puede decirse de Europa. Aquí también tenemos que promover el relato adecuado: si haces reformas, necesitas tiempo –o un tiempo muerto– para reducir los déficits. Si acaso, necesitas más inversiones para estabilizar el crecimiento y el empleo. Porque al final, por mucho que hagamos por Europa, no marca la diferencia: si la presión espuria de la austeridad provoca que el desempleo juvenil aumente hasta un 40% en países como Italia, ¿cómo va a interesarse alguien de esa generación en la Unión Europea?

Para mí Europa siempre ha representado algo esperanzador. Pero para muchos jóvenes, Europa ahora representa un peligro, porque tienen la impresión de que nadie les está ayudando a encontrar trabajo y ganarse la vida. Por eso pienso que necesitamos contar la historia adecuada aquí. El ahorro consigue inhibir las reformas en vez de fomentarlas. Por eso necesitamos más flexibilidad e inversiones a la vez, y no menos. Esto me lleva finalmente a la cuestión de cómo vamos a financiar todo esto: y es, por supuesto, cambiando el debate sobre política fiscal que estamos teniendo ahora. Es asombroso que la Unión Europea pierde 1,5 billones de euros al año por evasión fiscal y que damos bonos a los bancos irlandeses, pero el Estado ahí puede negarse a recaudar 14.000 millones de euros de Apple que este “actor global” debería haber pagado. No es que no haya dinero: la cuestión es si estamos preparados para permitir que todo el mundo participe de manera justa en nuestra comunidad. ¿O debería cada panadero de Berlín pagar más impuestos que las grandes empresas? Esa es la pregunta importante.

Si no luchas por Europa, la das por perdida

Enderlein: ¿Este discurso proeuropeo puede ser convincente en Francia, Emmanuel Macron? En este momento hay un intenso debate sobre la identidad nacional y sobre la cuestión impositiva, sobre la solidaridad y sus límites. Y sin embargo en Francia el partido más popular entre la gente de entre 18 y 24 años es el Frente nacional.

Macron: Creo que esta línea de argumento a favor de Europa puede ser absolutamente convincente. Porque si no luchas ya has perdido. Y hasta ahora no ha habido ninguna austeridad en Francia. Sin duda, mucha gente cree que ha habido una política de austeridad en Francia, pero no es cierto. Fue Europa del sur la que sufrió la austeridad. Por continuar con lo que decía Sigmar, las críticas en Francia derivan del hecho de que tras la crisis de 2008-2010, nosotros, el gobierno de Hollande, corregimos los errores del pasado, y la desconfianza que produjeron, con reformas.

No puedes abordar el problema de la justicia social en Europa si no encaras el problema del “riesgo moral”, de la tentación moral e irresponsabilidad económica. Se ha perdido mucha confianza por ello. Si queremos ver una revitalización europea, la verdadera cuestión es: ¿Cómo pueden realizar reformas los países cuando no hay presión para ello? ¿Estamos invirtiendo en el lugar correcto al apoyar a países que realizan las reformas correctas o deberíamos aceptar la pérdida y apostar por países que no? Ese es el verdadero debate que tendremos. Y será muy intenso. En Alemania todavía más que en Francia.

Por eso solo lograremos progresar, más allá de la flexibilidad que ha reclamado Sigmar Gabriel, que pueden tener algunos países, a través de la capacidad conjunta de inversión, es decir, por medio de un presupuesto para la eurozona. Es la única manera de reconciliar la justicia social con el problema del riesgo moral, porque entonces habría una institución europea capaz de restaurar el dinamismo y la confianza en Europa. Si las reglas ya no permiten el progreso, necesitamos instituciones compartidas para llegar a la siguiente fase. Por tanto necesitamos esta institución a nivel de la eurozona, para crear crecimiento y alimentar la solidaridad.

Enderlein: ¿Ha hablado de esto con la canciller Merkel?

Macron: Sí, he hablado con la canciller de esto. Le he dicho que la primera etapa es obviamente la reforma en Francia, pero que esta reforma no puede funcionar si no hay un nuevo punto de partida europeo en todos los asuntos que he comentado. Y ahí está la respuesta que los alemanes deben dar, más o menos simultáneamente.

Podemos ganar este debate y convencer a nuestros conciudadanos de que Europa sigue siendo la solución. Me impresiona que en tantos otros países –esto se aplica a Francia, a Italia y muchos otros–, el compromiso con Europa continúa y hay un amor por Europa y la idea europea, incluso después de tantos años de crisis y enormes dificultades. En Italia, España y Portugal toda una generación –la más joven– no ha conocido otra cosa que desempleo masivo directamente vinculado con Europa. Y sin embargo, esta generación sigue unida a la idea de Europa y por tanto simplemente necesita un proyecto europeo que opere a un nivel digno de su compromiso.

Pero esto solo puede ocurrir si explicamos cómo podemos crear un futuro de crecimiento y seguridad. Por tanto, el relato europeo que debemos crear –y este es exactamente el mismo desafío que yo afronto en esta elección presidencial francesa– es esta explicación: Europa no es una visión ultraliberal de un mero mercado común, hacia la que, si repasamos con honestidad nuestra historia, nos han llevado a menudo los británicos y algunos más. Se trata de un mercado común libre de barreras, para que pueda funcionar como un bloque de veintiocho países hoy y veintisiete mañana, y una empresa cooperativa basada en unas mínimas reglas compartidas y estándares comunes y por tanto extremadamente ambiciosa.

Pero, lo que es todavía más importante, esta Unión Europea es una Europa que protege –en seguridad e inmigración– y con ese objetivo debe desarrollar una política de asilo común y salvaguardar de forma adecuada las fronteras europeas. Esta es una Europa que protege el comercio. Cuando éramos ministros de economía e industria, luchamos para que Europa salvaguardara su industria del acero frente al dumping chino. Solo Europa puede hacer eso. Ni Francia ni Alemania pueden resistir ante China. Pero Europa puede. Así que si volvemos a nuestro relato de riqueza y protección, Europa tiene un futuro en nuestras esferas públicas. Pero tenemos que aceptar este relato, abrazarlo y defenderlo. Y esto es algo en lo que insisto frente al derrotismo que está demasiado extendido en la actualidad. Inicialmente, después de lanzar mi movimiento En Marche!, la gente decía: “Está loco. Nunca llegará a ningún sitio.” Ahora la gente se pregunta cómo gobernaremos, y eso ya es una indicio de cuántos obstáculos hemos superado.

Pero todavía hay mucha gente que dice en Francia, Alemania e Inglaterra: “Eres un ingenuo total. Crees que puedes ganar unas elecciones defendiendo Europa”. Pero no soy nada ingenuo, más bien al contrario. Creo que puedes ganar unas elecciones defendiendo Europa, siempre y cuando lo hagas honestamente. No una Europa que no funciona, en otras palabras, sino un proyecto europeo.

Necesitamos debates feroces

Antes Sigmar me ha enseñado un archivo del spd en la casa de Willy Brandt. Ha sido emocionante ver el Tratado del Elíseo. ¿Dónde estaba la opinión pública en Alemania y Francia cuando se lanzaron las primeras iniciativas europeas? Diría que si en esa época la gente hubiera hablado como demasiados hacen ahora, nunca habríamos visto la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, o los Tratados de Roma, o el Tratado del Elíseo.

No debemos engañarnos: que nuestras democracias dependan tanto de la opinión pública y que los medios sean tan importantes no significa que nuestros representantes políticos deban simplemente seguir la opinión pública. En vez de eso, deberíamos explicar qué maneras podemos encontrar para tener éxito, aunque molesten a la opinión pública. ¡Debemos resistir esta traición de los intelectuales contemporánea! Esta se manifiesta hoy en la creencia de que Europa está acabada, de que ya no es un concepto relevante para los desafíos de nuestro tiempo y de que el nacionalismo o la brutalidad son las respuestas correctas a nuestras experiencias actuales.

Enderlein: También podemos perder este debate sobre la idea de Europa. Eso es lo que hemos visto en Gran Bretaña.

Macron: Es el peligro que afrontamos si no dirigimos este debate. Si no salimos a dar la batalla y admitimos la derrota, perderemos. Eso es seguro. Así que debemos dirigir la conversación. Necesitamos debates feroces. Tenemos que decir cosas que a algunas personas les pueden parecer desagradables.

Por cierto, lo mejor es asumir ese papel en tu propio país en este complejo debate. Para ser sincero, no voy a dar lecciones a los alemanes ni a explicarles que tienen que invertir. Muchos franceses lo han hecho antes. Se nos da muy bien dar lecciones a los alemanes. Pero es mucho más útil si explico a los franceses lo siguiente: si queremos redescubrir nuestra dignidad, nuestra capacidad de actuar y defender la idea de Europa, necesitamos realizar reformas en casa, para iniciar algo mucho más poderoso en Europa. Por eso pienso que lo que los dos habéis hecho es muy valioso, que los intelectuales y los políticos digan al unísono: “Necesitamos más inversión y más solidaridad.” Tampoco deberíamos hacer un fetiche de la consolidación presupuestaria, o incluso de los potenciales riesgos de inflación, que, para ser sincero, no me parecen el mayor riesgo al que en este momento se enfrente Alemania.

Enderlein: Quiero hacerle la misma pregunta a Sigmar Gabriel. ¿Podemos perder el debate político sobre Europa? ¿Se puede siquiera asumir el riesgo de salir a la ofensiva?

Gabriel: Emmanuel Macron tiene razón, por supuesto: si no lo intentas, ya has perdido. Y, además, creo firmemente que este es un debate que solo podemos ganar. Eso es lo que hemos aprendido de la Ilustración francesa. En último término, quien tenga la visión ilustrada triunfa. A veces sufrían retrocesos, y a veces derrotas. Pero la historia de la Ilustración muestra que al final prevalecen. ¿Por qué no iba a suceder lo mismo aquí?

Enderlein: Jürgen Habermas dijo en su introducción que no hay una ley natural que dicte que las cuestiones de la justicia distributiva deban detenerse en las fronteras nacionales. Bueno, podemos hacer la pregunta: ¿por qué es Europa, específicamente, la categoría correcta? También podría ser el Estado-nación, o una región, o todo el mundo. ¿Por qué es esta Europa tan importante?

Habermas: La historia está llena de accidentes: más razón para confiar en los caminos por los que ya estamos caminando. Hemos dedicado medio siglo –sesenta años, para ser exactos, desde que se firmaron los Tratados de Roma– a un proyecto extraordinariamente exigente. Y ahora la pregunta no es: “¿Por qué Europa?” sino más bien: “¿Hay alguna razón para abandonar este proyecto que ha avanzado hasta aquí?” –incluso aunque sus éxitos ya no se vean de la manera que merecen porque, en el curso de una política equivocada frente a la crisis, hemos llegado a un estado de profunda división en Europa.

Estamos hablando sobre la cuestión del futuro de Europa porque hemos alcanzado un momento históricamente crítico. Tras haber hecho tantos esfuerzos por crear una jurisdicción legal en Europa que funcione y a la que todos pertenezcamos no solo por virtud de nuestro pasaporte, y después de hacer tantos esfuerzos por crear un área económica común y una moneda común, cuyo abandono resultaría infinitamente más costoso que cualquier otra alternativa, tras haber hecho todo eso tenemos que ver cómo queremos conservar las cosas que hemos conseguido, pero sobre todo corregir los errores que nos han llevado a una situación bastante difícil. Estos errores son en buena parte el resultado de las asimetrías económicas entre las economías nacionales de los Estados miembros, que se volvieron todavía peores por el programa bastante elaborado y tecnocrático que el Consejo Europeo diseñó para resolver el programa. Sigmar Gabriel tiene razón: para implicar por fin al público general en las políticas que tienen un impacto tan grande en sus vidas, necesitamos los relatos que corrijan las preconcepciones que ahora están muy arraigadas. Por desgracia, ante la creciente oposición que afrontamos, no tenemos mucho tiempo.

Emmanuel Macron argumentaba, comprensiblemente, a partir del statu quo: su posición es que los franceses no pueden decirle al gobierno alemán qué hacer –ni deberían querer hacerlo– y que en primer lugar deberían resolver sus problemas racionales. Pero, señor Macron, tal como yo lo veo esto no es suficiente en la situación actual. ¿No debería pensar sobre lo que conseguirá en y por Europa la próxima vez que visite a Martin Schulz o Angela Merkel como presidente francés? En otras palabras, lo que solo se puede conseguir trabajando juntos.

Renovar una relación francoalemana basada en la confianza

Enderlein: Antes de que Macron responda, me gustaría combinarlo con una pregunta final y tomar algo que Jügen Habermas acaba de decir: ¿Cuál sería la primera iniciativa que introduciría un presidente Macron? ¿Cuál es la iniciativa más importante, en lo que respecta a Europa, el día posterior a la elección?

Macron: En primer lugar, no quiero que haya ningún malentendido: no me he abandonado al derrotismo en este asunto, y tampoco tengo dudas de que necesitamos crear un relato diferente. Sigmar y yo hemos hablado de esta idea una y otra vez. He escrito sobre lo que quiero para Europa y la eurozona. Pero digo esto en un estricto orden de prioridades: si queremos ser creíbles, necesitamos realizar primero la reconstrucción que se necesita en casa. Pero no considero que eso sea un estado inalterable.

Lo que intento explicar es que, sí, estoy comprometido con las reformas en Francia y las considero necesarias para mi país. Pero no es suficiente detenerse ahí. En primer lugar, es insatisfactorio para Francia. No resolveré todos los problemas de Francia: el futuro de Francia está en una política centrada en Europa y la inversión. En segundo lugar, no resolveré yo solo todos los problemas. Y el mapa que marca el camino que necesitamos recorrer juntos –y con el que, por cierto, ya nos hemos comprometido en la UE– es mucho más ambicioso. Así que en este asunto no hay ninguna ambivalencia. Y hablé con la misma claridad cuando hablé con la canciller Merkel.

Pero ahora, la precondición esencial es la restauración de la credibilidad francesa y una relación francoalemana basada en la confianza. Porque la situación en la que me encuentro no es la de un intelectual independiente, sino la de un político que debe rendir cuentas y que se presenta a las elecciones y busca una cooperación exitosa con nuestros aliados alemanes. La clave, para mí, está en reconstruir un nivel de confianza que ya no existe. Esto puede tener que ver con el hábito que ha tenido Francia en el pasado: ofrecía lecciones, relatos u opiniones sin aportar las condiciones necesarias para que se pusieran en práctica.

Soy sincero conmigo mismo, y por eso quiero tratar ambos proyectos en el orden correcto. Quiero convencer a mis conciudadanos de que necesitamos reformas para volvernos más fuertes, y quiero convencer a nuestros socios europeos de que eso debe ir de la mano con objetivos mucho más asertivos a nivel europeo y en la eurozona –es decir, con un nuevo relato, una nueva historia común– a fin de que podamos ir hacia delante.

Es este relato común lo que quiero encarar en primer lugar. Quiero ver una cooperación francoalemana mucho más estructurada en al menos tres aspectos: inversión, seguridad común en las fronteras y defensa, sobre todo en Oriente Medio y África. Y creo que esto debe ser reforzado con actos de simbolismo.

Si creamos este “New Deal francoalemán”, habremos dado un paso muy importante. También nos permitirá poner en marcha un progreso adicional entre los veintisiete Estados y a nivel de la eurozona. Pero incluso en nuestros dos países, la iniciativa llevará a que invirtamos en algo que se acerca a una nueva respuesta a los grandes riesgos que afrontamos.

Porque, ¿de qué tienen miedo nuestros conciudadanos, en este momento? De los problemas de la seguridad y el terrorismo, de las olas migratorias y de la seguridad en nuestras fronteras, así como de los problemas con la inversión y el bajo crecimiento. Las tres respuestas a estos problemas que he descrito están a nuestro alcance si decidimos operar de otro modo, y si decidimos actuar juntos y confiamos de verdad unos en otros.

La opinión pública en nuestros dos países es consciente de los riesgos globales, pero no está automáticamente dispuesta a avanzar por la carretera europea. Estoy seguro de que si pidieras al público alemán que apoyara una política de inversión a gran escala para Europa, eso no funcionaría. Y si le pidiera a la gente en mi país que realizara una política a gran escala de defensa común, los franceses no estarían entusiasmados. Pero ¿había un gran apetito entre los franceses y los alemanes de unir sus recursos de acero y carbón hace tantos años? No. Sin embargo, había que hacerlo.

Las tres acciones de solidaridad que he descrito están en áreas donde en parte Alemania y en parte Francia son marginalmente predominantes. Lo que quiero hacer es actuar de forma rápida y decidida tras las elecciones para impulsar estos proyectos juntos. ~

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Este artículo apareció en Blätter für deutsche und internationale Politik en abril de 2017.

Versión en inglés de Eurozine.

Traducción del inglés de Ricardo Dudda y Daniel Gascón.

 

 

 

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Enrique GIL CALVO, “Las dos culturas de la izquierda” a El País (21-06-17)

http://elpais.com/elpais/2017/06/20/opinion/1497974261_479766.html

Que el PP pueda gobernar pese a su patológica corrupción se debe a la división de la izquierda que le impide sumar fuerzas. ¿Por qué Podemos y PSOE resultan incapaces de negociar acuerdos mayoritarios? Es evidente que comparten tanto sus bases sociales, apenas separadas por una mera barrera generacional, como sus principales reivindicaciones y sus programas políticos, claramente compatibles al basarse ambos en un reformismo socialdemócrata en absoluto revolucionario. Entonces, ¿por qué no son capaces de negociar un programa común? Las razones que se dan son accesorias, al fundarse en cuestiones formales como el tipo de representación, o personalistas, dada la dificultad de confiar en alguien como Iglesias Turrión. Pero es posible que exista un factor más profundo, una especie de carencia congénita que veda, dificulta o hace problemático cualquier posible acuerdo.

Me refiero con ello a que en la herencia cultural de la izquierda coexisten dos culturas políticas disímiles y opuestas que resultan insolubles entre sí, en el sentido de que son tan incapaces de mezclarse como el agua y el aceite. Esto no es solo un problema español, pues se viene dando un poco por toda Europa. En el pasado ese criterio de demarcación separó y opuso al comunismo frente al socialismo, pero hoy se manifiesta preferentemente por la dicotomía entre populismo y socialdemocracia, que ha venido a heredar todo un legado histórico de incomprensiones e incompatibilidades mutuas. Y para caracterizar mejor ese infranqueable criterio de demarcación entre las dos culturas de la izquierda europea, lo sintetizaré en tres rasgos definitorios.

Ante todo la identidad colectiva, el quiénes somos nosotros, como cemento capaz de construir, integrar y erigir un sujeto político. Ambas culturas interpelan a unas mismas bases sociales heterogéneas entre sí, definibles como de clase media urbana (funcionarios y profesionales asalariados), de clase obrera (trabajadores de cuello azul) y de clase popular (empleados de servicios temporales y precarios). Pero mientras la tradición socialdemócrata trata de articularlas, estructurarlas y cohesionarlas apelando a sus intereses comunes, el populismo en cambio intenta hacerlo apelando a sus aversiones comunes, tal y como teorizó Laclau. Esto hace que la identidad populista se caracterice por su negatividad, pues necesita fabricar un enemigo del pueblo del que depende su propuesta de sujeto político. Mientras que la identidad socialdemócrata propone como objetivo positivo la creación política de oportunidades viables de ascenso social.

En segundo lugar, la estrategia o modelo de sociedad que se espera construir en el ejercicio del poder. La cultura socialdemócrata aspira al pluralismo universal incluyente, de tal modo que todos los sujetos sociales por diversos que sean logren cumplir sus aspiraciones. Un pluralismo que para Juan Linz es el mejor criterio de demarcación para trazar la frontera entre democracia y autoritarismo. Mientras que el populismo no busca desarrollar la pluralidad sino construir la hegemonía de Gramsci entendida como homogeneidad cultural, y de ahí su propensión a las purgas y las limpiezas excluyentes. Por eso la calidad democrática de la cultura populista deja tanto que desear.

Y por último, la táctica o método de competir por el poder, una vez que la lucha armada quedó descartada y las elecciones se convirtieron en “el único juego en la ciudad” (según la metáfora de Linz para definir la democracia). Pero como teorizó Elias, la competición electoral es la continuación de la guerra civil por medios incruentos. Y esto hace que competir por el poder resulte ambivalente, al basarse tanto en la negociación, el acuerdo y el pacto como en la lucha, el conflicto y el antagonismo. Pues bien, de estas dos dimensiones de lo político (que también definió Mouffe), la cultura socialdemócrata se basa en la búsqueda de compromisos de suma positiva por consenso mutuo, mientras que la razón populista tiende a exacerbar el conflicto antagónico. Y ello no tanto por una afinidad electiva con la épica del heroísmo viril (que como el valor se le supone al militante) como por puro marketing político, pues la violencia simbólica de la lucha sin cuartel parece un espectáculo más eficaz para captar la atención de la audiencia. De ahí que los populistas desprecien la tibieza del compromiso socialdemócrata y opten por la dialéctica del enemigo antagónico.

 

 

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Alfonso NOVALES, “Presente y futuro de la desigualdad global” a Revista de Libros (21-06-17)

http://www.revistadelibros.com/articulos/presente-y-futuro-de-la-desigualdad-global

1.La preocupación por la desigualdad1

Los setecientos expertos mundiales que participaron en la elaboración del informe Global Risks 2014 durante el Foro Económico Mundial celebrado en Davos (Suiza) designaron la desigualdad en los ingresos como el asunto que mayor impacto podría tener sobre la economía mundial en la próxima década, por delante de los eventos climáticos extremos, el alto desempleo, las crisis fiscales y los riesgos geopolíticos. Más recientemente, el mismo Foro de Davos incluyó la desigualdad global entre los ocho temas clave sometidos a discusión en 2016. Cuando parece vislumbrarse la salida de la profunda crisis económica y financiera vivida en el mundo desarrollado, pocas preocupaciones son tan visibles como los actuales niveles de desigualdad, que alcanzan en muchos países valores no conocidos desde finales de la Primera Guerra Mundial, en un proceso de elevación que se inició a comienzos de siglo y que se vio acentuado por la incidencia de la crisis económica.

Paradójicamente, se escuchan, asimismo, con cierta frecuencia, incluso en círculos académicos, opiniones respecto a que el verdadero problema es la pobreza, y que es la carencia de bienes materiales lo que debe preocuparnos. Consecuentemente, la política económica debería ocuparse de generar crecimiento, el cual reducirá o incluso eliminará la pobreza y corregirá significativamente los actuales niveles de desigualdad. Afirmaciones de este tipo pueden deberse a una cierta pereza intelectual en distinguir ambos conceptos, pobreza y desigualdad, que con frecuencia aparecen mezclados en el debate2.

Con frecuencia, pobreza y desigualdad aparecerán juntas, y una elevada desigualdad implicará que una parte significativa de la población sufre carencias materiales; pero también puede imaginarse una sociedad rica en la que existe alta desigualdad, pero apenas carencia de bienes materiales. Es todavía más sencillo imaginar un país en África subsahariana, por ejemplo, con una reducida desigualdad, pero una carencia material extendida a la mayoría de la población. Por tanto, pobreza y desigualdad pueden manifestarse, asimismo, por separado. A diferencia de la pobreza, la desigualdad es un concepto relativo, basado en comparaciones entre personas. Mientras que la lucha contra la pobreza persigue que todas las personas tengan satisfechas sus necesidades materiales básicas, lo cual puede analizarse individuo a individuo, la lucha contra la desigualdad busca que las condiciones en que vive cada persona no sean injustificadamente inferiores a las que disfrutan las personas de su entorno.

La distinción entre desigualdad y pobreza no es una cuestión menor, pues hay varias razones para preocuparse directamente por reducir la incidencia de la desigualdad:

a)Richard Wilkinson y Kate Pickett aportan abundante y variada evidencia empírica, sugiriendo que el nivel de desigualdad en la distribución de la renta pudiera ser un determinante adicional de la incidencia de problemas sociales y sanitarios en economías desarrolladas. Examinando datos procedentes de un conjunto de economías desarrolladas, así como de los diversos Estados dentro de Estados Unidos, obtienen sistemáticamente una relación entre el nivel de desigualdad en la distribución de la renta y la incidencia de un amplio número de problemas sociales o médicos: mortalidad prematura, tasas de homicidios, nivel de emisiones CO2, tasas de encarcelamiento, abandono escolar, embarazos en adolescentes, resultados escolares, confianza en los demás, obesidad, movilidad social, enfermedades mentales, uso de drogas, esperanza de vida, mortalidad infantil, deteriorándose todos los indicadores considerados de estos conceptos al aumentar el nivel de desigualdad en la distribución de la renta.

b)Algunos elementos cruciales en las relaciones entre crecimiento económico, desigualdad y pobreza sugieren cuestiones importantes3. En primer lugar, parece claro que el mejor instrumento para luchar contra la pobreza es el crecimiento económico. En segundo lugar, existe clara evidencia empírica acerca de que un mayor nivel de desigualdad en un país es un obstáculo para el crecimiento económico. En tercero, la capacidad del crecimiento económico para reducir la pobreza está inversamente relacionada con el nivel de desigualdad de un país. Por eso puede decirse que la reducción de la desigualdad entraña un «doble dividendo» en la lucha contra la pobreza, puesto que no sólo estimula el crecimiento, sino que aumenta su efecto reductor de la pobreza.

c)Razones éticas: quienes hemos tenido la suerte de nacer en el mundo desarrollado no podemos sino interesarnos por quienes no han tenido igual suerte y disponen de una renta muy inferior a la nuestra o unas oportunidades de desarrollo personal y profesional mucho más limitadas que las que nosotros disfrutamos.

Los dos primeros argumentos consideran las nocivas consecuencias del nivel de desigualdad dentro de un país, mientras que los argumentos de tipo ético contemplan la desigualdad global entre todos los ciudadanos del mundo. La desigualdad interna a un país ha sido tradicionalmente el objeto de estudio, pero, en los últimos años, el análisis de la desigualdad global ha cobrado una importancia mucho mayor. Una de las razones es puramente técnica: sólo recientemente hemos comenzado a disponer de encuestas realizadas a hogares en una mayoría suficiente de países y con una metodología común, lo cual permite establecer comparaciones de renta per cápita entre países y cuantificar los niveles de desigualdad entre todos los ciudadanos del mundo. Antes de disponer de este tipo de encuestas, los análisis de desigualdad previos a los años ochenta se basaban en desagregar la renta nacional imponiendo algún supuesto sobre la forma de su distribución de renta4. Evidentemente, tal supuesto condiciona decisivamente las estimaciones resultantes. Existen también análisis históricos de desigualdad muy interesantes por la antigüedad de las épocas a que se refieren, pero que exigen un cierto esfuerzo de interpretación, pues la escasez de datos obliga a utilizar indicadores indirectos de desigualdad, como pueda ser la estatura de la población.

Una segunda razón que explica la mayor relevancia actual del debate sobre desigualdad global se debe a que el proceso de globalización de la información que estamos viviendo constituye una auténtica revolución que está alterando drásticamente muchas de nuestras concepciones. Parece razonable pensar que el bienestar que siente una persona depende de sus posibilidades de desarrollo en términos relativos respecto de su entorno. En el actual mundo globalizado, donde prácticamente todas las personas conocen las condiciones de vida de los demás ciudadanos del mundo, la evaluación de su propio bienestar no es la misma que cuando sólo se conocían las condiciones de vida de entornos próximos. En tal contexto, la preocupación por conseguir unas condiciones dignas de vida debe extenderse a todas las personas, no importa cuál sea su país de residencia. De ahí la preocupación por la desigualdad global, la que existe cuando comparamos a todos los ciudadanos del mundo de acuerdo con conceptos como renta, riqueza, bienestar, consumo o nivel de educación5.

La desigualdad global, la que afecta a los distintos habitantes del planeta, se nutre de dos elementos: la desigualdad entre las rentas per cápita de los diferentes países, y la desigualdad interna a cada país. La desigualdad entre países estará lógicamente relacionada con la disparidad de tasas de crecimiento económico de los distintos países, y se reducirá si se produce un proceso de convergencia en renta, es decir, si las economías pobres crecen más rápidamente que las economías ricas, de manera sostenida. La desigualdad interna a un país estará condicionada por el mecanismo distributivo vigente, el cual a su vez dependerá de varios factores, que van desde la naturaleza del crecimiento económico hasta la calidad de las instituciones formales e informales, políticas y económicas6. Como ya he mencionado, la desigualdad interna en un país suscita importantes dificultades, por lo que merecería ser considerada como un objetivo político.

Las dos secciones siguientes del artículo examinan algunos aspectos relativos al modo en que ambos tipos de desigualdad −la desigualdad entre países y la desigualdad interna a los países− inciden sobre la desigualdad global. Posteriormente, me referiré a la evolución reciente y el futuro previsible de la desigualdad global, con especial atención a Estados Unidos y China, y finalizaré con referencias a las consecuencias del declive que está produciéndose en la clase media de los países ricos.

2.Desigualdad entre países: prima de ciudadanía, desigualdad de oportunidades y emigración

En su libro Global Inequality, Branko Milanović denomina «prima de ciudadanía» a la diferencia en la renta per cápita de un país respecto del promedio global o a la diferencia entre la renta per cápita de dos países, en el caso de que se establezcan comparaciones bilaterales. En unos países será positiva y, en otros, negativa, indicando el beneficio o pérdida de renta debidos al lugar de nacimiento. La existencia de una prima de ciudadanía constituye el «efecto localización», el componente de renta que viene explicado por el lugar de nacimiento de un individuo, y es consecuencia de la desigualdad entre países. El «efecto clase» es el componente de la renta de una persona debido al entorno social en que nace dentro de su país y refleja la desigualdad interna a un país. Si los pobres y los ricos estuvieran uniformemente distribuidos entre países, el efecto clase sería predominante; por el contrario, si existe una concentración de ricos en un conjunto de países y de pobres en otro conjunto de países, el efecto localización será el factor más relevante para explicar la desigualdad global. Pues bien, el efecto localización era casi despreciable en 18207, y sólo un 20% de la desigualdad global se debía a la diferencia entre países. Había ricos y pobres en todos los países, y la pertenencia a una clase social era lo que importaba. Esto cambió por completo durante el siglo siguiente: a mediados del siglo XX, un 80% de la desigualdad global se debía al lugar en que una persona había nacido, mientras que el 20% se refería a la clase social. El mundo ha ido desgajándose en zonas cada vez más dispares, que van desde el mundo más desarrollado hasta lo que Paul Collier denomina The Bottom Billion, Estados fallidos, países que no tienen ninguna posibilidad de desarrollo. Esta situación perdura, y hace que exista una «prima de ciudadanía» positiva si se nace en un país rico, y negativa si se nace en un país pobre, que resultan difíciles de defender en términos de justicia.

Más adelante veremos que se ha producido una notable convergencia en la renta per cápita entre países en las últimas décadas, a pesar de lo cual el país de nacimiento es todavía el principal determinante de la renta de una persona. También es un hecho que la crisis económica ha acentuado el repunte de desigualdad interna que se inició a finales del siglo pasado en muchos países ricos8. De hecho, el factor que condiciona actualmente la evolución de la desigualdad global no es la diferencia en renta per cápita entre países, sino el aumento de la desigualdad dentro de los países. Si ambos procesos continúan, podríamos regresar a la situación del siglo XIX, en el que la pertenencia a una determinada clase social era la principal causa de desigualdad, pero aún estamos lejos de tal situación.

¿Qué implica la prima de ciudadanía para la desigualdad de oportunidades y la emigración? En ocasiones se ha tratado de justificar la mayor renta percibida por los ciudadanos de los países ricos afirmando que a estos se les paga mejor porque trabajan más. Pero el argumento del esfuerzo tiene difícil soporte empírico, pues el número de horas trabajadas es, si acaso, mayor en países pobres, y si comparamos ocupaciones que implican el mismo nivel de esfuerzo, existen grandes diferencias de salarios entre países. Por tanto, una prima de ciudadanía más bien refleja una carencia de igualdad real de oportunidades y, lo que es peor, incita a dudar de que la igualdad de oportunidades pueda mejorar sustancialmente en el mundo desarrollado en el futuro. Esta sensación constituye el principal incentivo a emigrar desde los países pobres.

Los ciudadanos de países pobres pueden multiplicar su renta por un elevado factor si emigran a un país rico. Pero la ganancia potencial depende de la posición que dicha persona ocupe en la distribución de renta de su país y la que pueda aspirar a ocupar en la distribución de renta del país de acogida. Si una persona considera dos países como posible destino migratorio, su decisión podría basarse en el tramo de la distribución de renta en el que confía en situarse y, por tanto, depende del nivel de desigualdad de cada país. Por ejemplo, si un emigrante espera acabar en algún percentil bajo de la distribución de renta, estará mejor en Suecia que en Estados Unidos, puesto que en la primera los pobres están mejor situados en relación con la renta media que en la segunda o, lo que es lo mismo, la prima de ciudadanía, evaluada en los percentiles bajos de la distribución de renta, es más alta. Por el contrario, si espera terminar en un percentil superior, sucederá lo contrario. Esto es malo para los países ricos más igualitarios, que atraerán emigrantes de escasas capacidades técnicas que esperan terminar en la parte baja de la distribución de renta. Tener un Estado de bienestar más desarrollado podría tener este efecto perverso. Otro elemento a tener en cuenta será el grado de movilidad social. Un país desigual, pero con alta movilidad, será más atractivo para trabajadores con mayores capacidades.

Ante estas consideraciones, algunos países ricos aceptan únicamente a inmigrantes “cualificados” con altos niveles educativos o con habilidades artísticas o deportivas. En otros casos, se intenta atraer a inmigrantes ricos, como también ha hecho el Gobierno español, concediéndoles la ciudadanía si invierten determinada cantidad en el país receptor. Con este tipo de estrategias, la nacionalidad se compra, lo cual puede ser éticamente debatible, en el sentido apuntado por Michael Sandel9. Este tipo de políticas es atractivo para el país, pero desde el punto de vista de la desigualdad global es doblemente discriminatorio: a la existencia de una prima de ciudadanía añadimos que dicha renta pueda ser disfrutada por personas que, no habiendo tenido la suerte de nacer en un país rico, disponen de habilidades excepcionales o de riqueza, aunque no por las demás personas que no cuentan con tales recursos. Además, puede favorecerse que los ciudadanos más educados o más ricos de los países más pobres abandonen su país de origen, debilitando todavía más, de este modo, las posibilidades de desarrollo del mismo.

Las barreras a la emigración son la contradicción más flagrante de la globalización. Teóricamente, la globalización implica la posibilidad de que los factores productivos, los bienes, la tecnología y las ideas puedan moverse entre países sin restricciones. Esto es prácticamente cierto en la actualidad, incluyendo también al capital financiero y al comercio en servicios, pero no lo es para el factor trabajo. Allí donde existe en el mundo una frontera entre un país rico y un país pobre, surge un conflicto migratorio. La respuesta ha sido en muchos casos la construcción de barreras físicas de uno u otro tipo, que pueden truncar o aminorar el flujo de personas, pero nunca van a resolver el problema. Tenemos ejemplos en la propia frontera sur de España, y el presidente Trump hizo de la muralla con México uno de los temas estrella de su campaña que, además, está tratando de materializar en los inicios de su mandato. El reflejo más próximo de las barreras a la inmigración fue la más que tibia y descoordinada respuesta de la Unión Europea ante el fuerte incremento en los flujos migratorios provenientes de Oriente Próximo el pasado verano, así como ante la continua tragedia que se vive en el Mediterráneo desde hace unos años, que ha convertido nuestro querido mar en una trampa mortal para miles de personas.

Estas situaciones reflejan la tensión que existe entre el derecho de los ciudadanos a abandonar su propio país y la falta de derecho a ir donde quieran, el tratamiento diferenciado del trabajo en relación con otros factores productivos que tienen casi perfecta movilidad, así como la dicotomía entre políticas que persiguen el desarrollo de las personas dentro de su país de origen frente a la posibilidad de que cada ciudadano busque su mejor ubicación en el mundo.

Branko Milanović se pregunta en su libro: ¿por qué no se entiende la emigración como parte del desarrollo? (p. 149) Su sugerencia es que, aun manteniendo cierto nivel de discriminación, un tratamiento menos duro de los inmigrantes en los países receptores podría ser beneficioso a nivel global. Pero para ello debería considerarse la posibilidad de conceder dos o tres niveles de derechos de ciudadanía, al menos durante un tiempo. La ciudadanía no debería ser una variable dicotómica: o se tiene la nacionalidad con todos los derechos derivados de la misma, o no se tiene la nacionalidad y ninguno de los derechos que de ella se derivan. Algo así ya sucede en Estados Unidos y en algunos países de la Unión Europea, en los que los residentes legales no votan pero sí pagan impuestos. Podrían considerarse distintas alternativas: una parte de sus impuestos podría destinarse a los nacionales del país receptor que pueden verse perjudicados por la inmigración, o podría remitirse a sus países de origen para compensar el gasto incurrido en la educación de quienes han emigrado. Milanović también ha sugerido la posibilidad de que los emigrantes tuvieran que trabajar a intervalos en sus países de origen hasta cubrir un cierto período de tiempo. Esta situación puede proporcionar una mejor y más estable solución que la habitual alternativa de permitir tan solo un reducido flujo de inmigrantes que tienen prácticamente los mismos derechos que los ciudadanos del país de acogida. Estas propuestas son sin duda polémicas y ciertamente contradictorias con las expectativas de lograr avanzar en la igualdad real de oportunidades dentro de un país, pero quizá valga la pena considerarlas si ese es el precio que hay que pagar por aceptar una mayor inmigración. No parece que el tipo de solución que la Unión Europea alcanzó con Turquía para alejar la tensión migratoria sea una solución preferible.

3.La desigualdad interna de los países: las ondas de Kuznets

El segundo capítulo de Global Inequality es un excelente ejercicio de historia de la desigualdad interna a los países. Comienza describiendo la curva de Kuznets, en forma de U invertida, como el paradigma acerca de la evolución previsible del nivel de desigualdad en un país a lo largo de sus fases de desarrollo, y comentando su rechazo empírico. De modo simple, a partir de una economía agrícola con un nivel reducido de desigualdad como consecuencia del escaso desarrollo social, los inicios de la industrialización comienzan a desarrollar núcleos urbanos a los que acuden trabajadores que reciben salarios por encima de los generados por las actividades agrícolas. Esto induce una elevación en el nivel de desigualdad, que continúa creciendo al tiempo que un mayor contingente de población va desplazándose a las ciudades a trabajar en el sector industrial. Alcanzado un cierto nivel de desarrollo, las actividades productivas agrícolas ocupan a un número reducido de personas, mientras que la mayoría de la población está ocupada en actividades productivas de distinto nivel de sofisticación, con salarios relativamente homogéneos que generan un reducido nivel de desigualdad. La existencia de la curva de Kuznets se ha visto claramente refutada por las experiencias de distintos países que han avanzado en su fase de desarrollo a la vez que aumentaba su nivel de desigualdad interna, como Estados Unidos, Reino Unido e incluso países tradicionalmente igualitarios, como Suecia y Alemania. La reciente experiencia muestra que la desigualdad salarial es importante y es una de las causas del repunte observado en las últimas décadas en el nivel de desigualdad en muchos países desarrollados.

A juicio de Branko Milanović, tampoco otros modelos alternativos permiten explicar el comportamiento observado en el nivel de desigualdad, lo que le lleva a reformular la teoría, proponiendo lo que denomina el modelo de las ondas de Kuznets, una de las contribuciones más originales del libro. Según esta propuesta, a una curva en forma de U invertida seguiría otra, y antes de que a lo largo de una de tales curvas el nivel de desigualdad se redujera a mínimos, el país entraría en una nueva U invertida, a lo largo de la cual el nivel de desigualdad comenzaría a elevarse nuevamente.

Milanović examina la evidencia acerca de la existencia de tales ondas en dos tipos de sociedades. En la época preindustrial, en la que fue habitual que las sociedades experimentaran un estancamiento secular en su renta media, las causas de los aumentos y de los descensos en los niveles de desigualdad fueron mayoritariamente idiosincrásicas. Tras la Revolución Industrial, con sociedades que han experimentado fases de crecimiento sostenido en su renta media, pueden encontrarse causas comunes a las ondas en desigualdad, que habría aumentado en una primera onda en línea con la hipótesis de Kuznets, debido a un cambio estructural que desplazó actividad productiva de la agricultura al sector de manufacturas, y población de los núcleos rurales al medio urbano. En el tramo descendente de la onda, la desigualdad se redujo como consecuencia de «fuerzas benignas»: una mayor oferta de mano de obra educada, una demanda por una mayor redistribución de renta, y un descenso en las rentas del capital, así como de «fuerzas malignas», principalmente guerras, enfermedades y revoluciones, un ejemplo de lo cual fue el descenso en desigualdad tras la Primera Guerra Mundial.

El aumento observado en los niveles de desigualdad interna en muchos países desarrollados desde comienzos de los años ochenta hasta el inicio de la segunda década del presente siglo representaría el tramo creciente de una segunda onda de Kuznets. Según Milanović, se trata de un proceso que guarda alguna similitud con la primera curva, pues, al igual que entonces, este nuevo episodio surge como consecuencia de una revolución tecnológica (en esta ocasión, los grandes avances logrados en las tecnologías de la información), que crea rentas en distintos sectores: telecomunicaciones, farmacéutico, financiero. En esta segunda onda estamos ante un progreso tecnológico intensivo en mano de obra cualificada que ha producido un desplazamiento sectorial del trabajo, en este caso desde el sector manufacturero a los servicios, el cual, siendo más heterogéneo en términos de ocupaciones y de salarios, ha hecho que la desigualdad interna en los países aumente. La menor afiliación sindical en el sector servicios debilita la posición negociadora de los trabajadores, lo cual condiciona la distribución de la renta, favoreciendo una mayor desigualdad interna.

El progreso tecnológico intensivo en mano de obra cualificada genera una demanda de trabajo que no puede satisfacerse por la insuficiente oferta existente, lo que hace que se eleven los salarios de los trabajadores cualificados, generando dispersión salarial. Esto puede haber ocurrido de dos maneras diferentes: a) la prima salarial aumenta a lo largo de la distribución de salarios, ampliando la brecha entre todos los niveles salariales, b) la computarización y la robótica reemplaza a los humanos en las tareas rutinarias, pero no en las tareas sofisticadas que requieren alta cualificación o en los servicios no rutinarios de baja cualificación. La brecha salarial entre el trabajo de cualificación media y baja debería decrecer en el segundo caso, mientras que, según el primero, aumentaría10.

También se ofrecen elementos nuevos para explicar la elevación de la desigualdad interna en el tramo creciente de esta segunda onda de Kuznets, como la globalización, y una política económica que ha reducido la imposición sobre las rentas del capital y los tipos marginales sobre la renta, limitando con ello la capacidad redistributiva del Estado. Y, en los países en que dicha capacidad ha aumentado, no lo ha hecho suficientemente para compensar el aumento de desigualdad registrado en las rentas de mercado (rentas antes de impuestos y transferencias) como consecuencia de una mayor dispersión salarial, una mayor concentración del capital y una cierta coincidencia de rentas elevadas del capital y del trabajo en los mismos individuos.

No es siempre sencillo separar el cambio tecnológico intensivo en cualificación y la globalización como causas de desigualdad interna en un país. Lo que parece un cambio tecnológico podría estar reflejando el hecho de que la globalización facilita a las economías desarrolladas el acceso a capital productivo fabricado en Asia a precio reducido. Ello incentivaría la sustitución de trabajadores en ocupaciones rutinarias por capital; al hacerlo, la complementariedad entre capital y trabajo cualificado elevaría la demanda de este tipo de trabajadores y, con ella, sus salarios, generando desigualdad salarial entre trabajadores de alta y baja cualificación en los países ricos11.

También apunta Milanović cuáles son las fuerzas que podrían frenar el actual aumento en desigualdad interna y empujar a los países ricos al tramo decreciente de la segunda onda de Kuznets, con reducción de la desigualdad: a) las «fuerzas malignas», como sucedió en la primera onda, si bien no son deseables, b) cambios políticos conducentes a una imposición más progresiva, c) un aumento significativo de trabajadores cualificados junto con una educación de más calidad, d) la disipación de las rentas que surgen en las primeras fases de una revolución tecnológica, que comienzan muy concentradas, pero que se dispersan posteriormente según van permitiéndolo las patentes, e) la convergencia en renta a nivel global, que podría aproximar los salarios de China e India a los que se perciben en los países ricos, y frenaría el vaciamiento de la clase media en países ricos, y f) un posible cambio tecnológico intensivo en baja cualificación, incentivado por el encarecimiento de costes del trabajo cualificado y el abaratamiento de la mano de obra no cualificada. Se trataría de la invención de tecnologías estimuladoras de la productividad que pueden ser utilizadas por trabajadores de cualificación media-baja.

4.Presente y futuro de la desigualdad global12

Examinemos ahora la desigualdad a nivel global, el objeto del libro de Branko Milanović. En él se examina la evolución de la desigualdad global utilizando datos de François Bourguignon y Christian Morrisson entre 1820 y 1992, y encuestas de hogares entre 1992 y 2011, analizando la relevancia que para la desigualdad global han tenido la desigualdad entre países y la desigualdad interna a los países. El análisis de Bourguignon y Morrisson está sujeto al supuesto de lognormalidad de la distribución de renta que antes comenté y muestra que la desigualdad global aumentó de modo continuado a lo largo del siglo XIX, debido al crecimiento de la renta media en Europa Occidental, Norteamérica y Australia, mientras que el resto de los países, especialmente China e India, permanecían estancados, lo que hizo que la desigualdad entre países aumentase, siendo el principal determinante del aumento en desigualdad global.

El incremento en desigualdad global se frenó en el período de entre guerras del siglo XX y alcanzó su máximo y permaneció estabilizado en dicho nivel hasta finales de siglo. Un primer factor explicativo de dicha estabilización fue la convergencia en renta entre países: la brecha entre la renta per cápita de algunos países significados probablemente alcanzó su máximo alrededor de 1970. China e India tenían en ese momento un PIB per cápita similar, con una gran distancia respecto del de Estados Unidos. Estos tres países dominan la evolución de la desigualdad en el mundo por razón de su población y de su participación en la renta mundial. Entre los años cincuenta y mediados de los setenta del pasado siglo, el PIB per cápita de Estados Unidos, en dólares internacionales, excedía del de China en un ratio de 20 a 1; sin embargo, al final de la primera década del presente siglo, dicho ratio es de 4 a 1, el mismo que en 1870.

Si consideramos grupos más amplios de economías emergentes y desarrolladas, la convergencia en renta per cápita era un beneficio que cabía esperar de la globalización, al facilitar ésta el acceso de los países más pobres a la tecnología y al capital productivo, así como la adquisición de los bienes que necesitan para desarrollarse. Pero, ¿está produciéndose realmente la convergencia en renta entre países pobres y ricos? Aunque así debiera ser, hasta el año 2000 esto no era obvio. Si se cuenta cada país como una unidad, el índice de Gini de los PIB per cápita de los distintos países se elevó, de hecho, entre 1980 y 2000, el período conocido como la «alta globalización», debido a que Latinoamérica y Europa del Este, que estaban en la zona media de la distribución de renta internacional, experimentaron recesiones o depresiones durante ese período. Así, el PIB per cápita de Rusia descendió un 40% entre 1989 y 1998. Brasil prácticamente no creció entre 1980 y 2000, y el PIB real per cápita de África en 2000 estaba un 20% por debajo de su nivel de 1980. Mientras, los países ricos continuaban creciendo, con un PIB per cápita superior en un 50% en 2000 con respecto a 1980. Por el contrario, desde el año 2000, Rusia, Brasil y África han repuntado su crecimiento, mientras que el mundo rico se veía inmerso en la crisis financiera, lo que, efectivamente, ha facilitado que se produzca una cierta convergencia en renta per cápita y, con ello, una menor desigualdad global.

La evidencia acerca de la convergencia en renta es mucho más clara si ponderamos la renta per cápita de cada país por su población, es decir, si contabilizamos todos sus ciudadanos, asignándoles una renta igual a la renta per cápita del país. Cuando se efectúa tal ponderación, que es necesaria si quiere analizarse la desigualdad global, la evidencia de convergencia es clara, incluso si excluimos a China. Esto es importante, porque muestra que la convergencia no depende de lo que suceda en un solo país. Si bien es cierto que el futuro de la convergencia económica global estará muy influido por las tasas de crecimiento de China, India y Estados Unidos, otras economías con una elevada población, como Indonesia, Bangladesh y Vietnam, que han crecido en las últimas décadas más que los países ricos, también importan. Para la convergencia en renta y el desarrollo de una clase media global es preciso que los países pobres y emergentes crezcan más rápidamente que los países ricos, y que esto suceda parece ahora más probable que lo contrario, incluso si el crecimiento en China se ralentiza algo. Sin embargo, otros países han quedado irremediablemente atrás, con escasas posibilidades de recuperación, haciendo que, desde el punto de vista ético, el crecimiento económico sea una solución sólo parcial al problema de la elevada desigualdad.

El segundo factor amortiguador de la desigualdad en el tramo final del siglo XX fue la propia mejoría de la renta en China, India y otros países del sudeste de Asia. Consideremos la distribución de renta global, ordenando de menor a mayor la renta de ciudadanos del mundo para los que disponemos de dicha información, y contabilizando el número de personas que tiene un nivel de renta comprendido en sucesivos intervalos. Piénsese que, en este ejercicio, los ciudadanos pobres de los países ricos tendrán generalmente un nivel de renta superior a los ciudadanos más favorecidos de muchos países pobres. En países pobres, tan solo unos pocos ciudadanos tendrán un nivel de renta comparable a los ciudadanos que ocupan la clase media de los países ricos. El aumento de renta en China en las últimas décadas ha desplazado a una parte significativa de su población desde los puestos más bajos en la distribución global de renta hacia el centro de dicha distribución. Con una población tan importante, tal desplazamiento permite contrarrestar casi cualquier tendencia al aumento de desigualdad.

Si examinamos el período comprendido entre 1988 y 2008, para el que se dispone de encuestas de hogares, la renta de las personas entre los percentiles 30 y 70 de la distribución global de renta13 aumentó en más de un 50%. Estas son personas principalmente de los países más poblados de Asia (China, India, Tailandia, Vietnam e Indonesia) y el avance de su nivel de renta ha significado el ascenso de lo que puede considerarse la clase media global. En particular, la aparición de la clase media global está vinculada al fuerte crecimiento que ha experimentado China en las últimas décadas y que ha sacado a muchos millones de ciudadanos de situaciones de pobreza. De hecho, la impresionante reducción que se ha producido en los últimos años en el número de pobres se ha producido principalmente en dicho país.

Mientras, la renta de las personas entre los percentiles 75 y 99 no creció o lo hizo de manera moderada. Esto implica el estancamiento de los grupos de población de países ricos que, teniendo renta alta en comparación con el resto de los ciudadanos del mundo, son clase media en su país. Efectivamente, la clase media de los países ricos, y especialmente la clase media-baja, ha visto estancada su renta en las últimas décadas. Desde luego, ellos no son los beneficiarios de la globalización: los beneficiarios han sido los pobres y las clases medias de Asia. Por el contrario, la riqueza de quienes constituyen el 1% de la población mundial de mayor renta creció por encima de un 60%. Este grupo puede considerarse el otro beneficiario de la globalización.

Este desigual comportamiento de la renta de distintos segmentos de la población mundial refleja, entre otros factores, dos efectos de la globalización mencionados en la sección anterior: a) elevación de salarios en algunas clases trabajadoras de Asia que perciben salarios reducidos, favoreciendo así el desarrollo de una clase media global y la reducción de la desigualdad global; y b) una reducción en el crecimiento de la renta en la clase media-baja de economías avanzadas hasta niveles casi nulos.

El diferenciado crecimiento de los tramos de renta ha contribuido a reducir la desigualdad global, lo cual queda confirmado en las encuestas de hogares. El índice de Gini calculado a partir de las encuestas de renta realizadas a los hogares en todos los países14 descendió desde 72,2 en 1988 a 70,5 en 2008, la primera vez que descendía desde la Revolución Industrial. Todavía más notable fue el descenso hasta 67,0, aproximadamente, en 2011, debido a que el estancamiento de las economías más desarrolladas tras la crisis económica coincidió con un continuado crecimiento en el resto de las economías, especialmente en Asia. El hecho es que se ha producido un claro descenso en desigualdad global desde el año 2000, aproximadamente, un período en el que India está desempeñando el papel estabilizador de la desigualdad global que antes le correspondió a China.

Como país más poblado del mundo, lo que sucede en China afecta al estado global de cualquier cuestión. A pesar del actual freno en el ritmo de crecimiento económico en dicho país, todo hace esperar que China continúe creciendo a un ritmo superior al de los países ricos. Bajo esa tendencia, aun a pesar de que la diferencia en rentas per cápita es todavía importante, en algunos tramos de la distribución de renta está produciéndose una clara convergencia. Según datos contenidos en Global Inequality, la diferencia entre la renta media de la octava decila en China y la segunda decila en Estados Unidos en 2011 era ya muy reducida15. Este proceso está reduciendo la desigualdad global, aunque, a partir de determinado momento, la continuada mejoría en la renta de China tenderá a incrementar la desigualdad global, al pasar grupos importantes de población a tener niveles moderadamente altos de renta.

La reciente evolución de la desigualdad global nos permite ser actualmente optimistas acerca de su futuro, si bien con algunos riesgos potenciales: en primer lugar, si se frenase significativamente el ritmo de crecimiento en Asia, la tendencia de reducción de la desigualdad global podría cambiar; en segundo lugar, la reducción observada recientemente en el índice de Gini global se refiere todavía a un período relativamente corto, por lo que es pronto para saber si indica una tendencia permanente.

5.La desigualdad en Estados Unidos y China

Como vemos, lo que suceda con la desigualdad interna en Estados Unidos y China condiciona la evolución de la desigualdad global, además de que puede servir de orientación para el devenir de la desigualdad en otras economías desarrolladas y emergentes. Aunque continúa siendo fragmentaria, la evidencia disponible sobre China sugiere que su nivel de desigualdad interna no ha aumentado en los últimos años. Parecería estar en el punto alto de la primera onda de Kuznets, habiéndose producido un aumento de la desigualdad en el período de transformación estructural de la economía, que en el caso de China ha consistido en la transición desde el socialismo hacia un incipiente capitalismo. Factores como la generalización de un mayor nivel de educación, el acceso a las prestaciones sociales de una creciente población jubilada y la elevación salarial en las zonas urbanas industrializadas podrían ser los factores que motivasen una próxima reducción en desigualdad.

Otras fuerzas opuestas podrían contrarrestar los factores mencionados: una extendida corrupción, contra la que está tratándose de tomar medidas; y un alto crecimiento relativo de la renta de la reducida población que tiene la propiedad del capital puede generar tensiones, al estar esta población concentrada en unos pocos centros urbanos. De hecho, la implantación de un plan regional de actuación para reducir la desigualdad que se observa entre regiones costeras y del interior refleja la preocupación que dichas diferencias despiertan en la clase política, que percibe la desigualdad como un peligro para su propia supervivencia. Más de un observador político ha sugerido que las notables desigualdades generadas durante la transición al capitalismo podrían constituir un peligro para la propia unidad del país, escenario que no debe considerarse completamente descartable a largo plazo.

Por su parte, Estados Unidos está sujeto a algunos elementos que pueden continuar tensionando al alza su nivel de desigualdad: 1) una facilidad para la sustitución entre capital y trabajo que hará que, en la denominada «distribución funcional de la renta», sea elevada la parte de la renta nacional que remunera a los propietarios del capital frente a la que remunera a los trabajadores; 2) una elevada concentración de las rentas del capital en una parte reducida de la población; 3) el hecho de que quienes reciben elevadas rentas del capital y del trabajo están siendo cada vez más los mismos; 4) el «emparejamiento selectivo» es ahora más frecuente: individuos de alta formación y capacidades que son ricos en términos de capital y trabajo se casan entre sí; 5) la concentración de renta reforzará el poder político de los más ricos y dificultará cambios en impuestos, política educativa, asistencia sanitaria e infraestructuras que podrían haber beneficiado preferentemente a los más pobres. Todos estos elementos tienden a elevar el nivel de desigualdad y pueden hacer que Estados Unidos se vaya desplazando a lo largo del tramo ascendente de su segunda onda de Kuznets.

6.El declive de la clase media en países ricos: consecuencias

En Estados Unidos, la clase media, definida como las personas con renta en un intervalo de un 25% alrededor de la renta mediana del país, ha disminuido desde un 33% de la población en 1979 a un 27% en 2000. En dicho período, la renta media de este grupo pasó de ser un 80% de la renta media a un 77% de la misma. En 1979, la clase media estadounidense representaba el 26% de la renta total del país; en 2000, ese porcentaje era del 21%. Un fenómeno similar, quizás algo más atenuado, se ha observado en muchos países, y en la mayoría de los países miembros de la OCDE.

Este declive hace que los bienes y servicios consumidos por la clase media pierdan importancia a ojos de los productores de los mismos. Otra consecuencia es que disminuye el apoyo en favor de las políticas de provisión de servicios públicos como la educación y la sanidad, cuyo destinatario principal es la clase media. Los más ricos pueden preferir un menor gasto en este tipo de servicios, con la consiguiente reducción de impuestos y sustituirlos por una provisión privada de los mismos. El fuerte incremento del gasto privado en seguridad es otro fenómeno que se ha producido en paralelo con los anteriores. Todo esto conduce a una sociedad polarizada: la clase media se hace políticamente más irrelevante; la producción desplaza cierta actividad hacia bienes de consumo de lujo. Una parte del gasto social se desplaza desde la educación y las infraestructuras hacia la seguridad, y la sociedad se agrupa en dos clases que no tienen mucho contacto entre sí.

Una posible consecuencia es la plutocracia, bastante evidente en Estados Unidos. Es bien conocido el elevado coste de las campañas al Congreso y Senado estadounidenses, que además se llevan a cabo a título individual. Aunque las donaciones privadas a dichas campañas son importantes, los candidatos cuentan habitualmente con un patrimonio familiar que puede asegurar una parte significativa de la financiación. Contar con dichos recursos propios es una condición casi necesaria para poder atraer las donaciones necesarias para cubrir los gastos de la campaña. Por otra parte, la distribución de la participación de voto en las elecciones es muy asimétrica: vota el 80% de las personas en la decila superior de renta, pero sólo el 40% de las personas en la decila inferior. Esto puede ser consecuencia de una mayor conciencia cívica de los más ricos, de un desencanto de los más pobres o del modo en que se llevan a cabo las elecciones. El hecho es que grupos importantes de población quedan desconectados del proceso, facilitando que quienes resulten elegidos representen otros intereses diferentes de los suyos. Que en el pasado reciente la política estadounidense haya mostrado toques dinásticos evidentes refleja que el desencanto de la clase media y su pérdida de poder económico pueden tener como consecuencia la plutocracia.

La situación en Europa es distinta, ya que el desarrollo de una plutocracia sería bastante más difícil en sociedades con múltiples partidos políticos. Más específico de Europa es que los recortes en el Estado de bienestar como consecuencia de las políticas de austeridad han desplazado a una parte de la clase media hacia posiciones ultraderechistas. Bien es cierto que en España y en otros países también han surgido movimientos que han recogido un desplazamiento de otra parte de la clase media en la dirección contraria. El segundo elemento europeo es la tensión generada por la inmigración, que se añade al estancamiento de la clase media. La inmigración reviste una especial importancia en Europa porque es una región que ha sido origen de emigración, más que receptora de emigrantes, y carece de la experiencia de Estados Unidos en este tema. El dramático repunte en las olas migratorias, tanto procedentes de los conflictos bélicos, especialmente en Siria, como las que ya venían produciéndose desde el África subsahariana, ha generado tanto la solidaridad de una parte de la sociedad europea como un rechazo frontal de otra parte de la misma. Han surgido movimientos populistas ultraconservadores en muchos países que han sido protagonistas en las elecciones recientes, y que van a continuar siéndolo. Estos movimientos se aferran a los argumentos simplistas de que los inmigrantes expulsan de los puestos de trabajo a los trabajadores nacionales y que su uso de los sistemas de bienestar −en particular, educación y sanidad− deterioran irremediablemente su calidad, a pesar de que existe evidencia empírica que rebate ambos argumentos.

Para Branko Milanović, Estados Unidos y Europa gestionan de distinto modo el equilibrio entre globalización y democracia. Con un gobierno plutocrático, existe un intento de avanzar en la globalización, ignorando las opiniones y necesidades de la clase media y de los menos favorecidos, quienes configuran la mayor parte de la distribución de la renta, haciendo que la democracia pierda mucho de su sentido. Por otra parte, el populismo reduce la exposición a la globalización, dificultando el tránsito de personas y protegiéndose de flujos de capitales y de bienes no deseados, a la vez que redefiniendo el concepto de ciudadanía y los derechos asociados a ella. En síntesis, la plutocracia intenta mantener la globalización a la vez que sacrifica elementos importantes de la democracia; el populismo preserva un simulacro de democracia a la vez que reduce la exposición a la globalización.

Desde la óptica de la desigualdad global, el nuevo libro de Branko Milanović examina distintas cuestiones técnicas y aporta medidas actualizadas de desigualdad entre países, desigualdad interna a los países y desigualdad global. Se posiciona acerca de algunos de los temas actuales más conflictivos y delicados, para cuyo tratamiento hace algunas propuestas. A lo largo de los años, Milanović nos ha suministrado información estadística y ha introducido nuevos conceptos e ideas acerca de la medición de la desigualdad, así como del análisis de sus implicaciones y sus posibles soluciones, y nadie puede permanecer indiferente frente a sus propuestas. Sus escritos siempre aportan originalidad y suscitan temas nuevos que nos ayudan a formar una opinión, coincidente o no con la suya, acerca de muchas cuestiones relativas a la desigualdad. Este nuevo volumen no es una excepción, por lo que su aparición debe ser saludada nuevamente con interés, con independencia del grado de aceptación que se tenga de las propuestas y métodos de análisis del autor.

Alfonso Novales es profesor de Fundamentos del Análisis Económico en la Universidad Complutense y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Es autor de Econometría (2ª ed., Madrid, McGraw-Hill, 1993), Estadística y econometría (Madrid, McGraw-Hill, 1996) y, con Carlos Sebastián, de Análisis macroeconómico (Madrid, Marcial Pons, 1999).

__Notas al pie del artículo completo

1. Este artículo se basa en un análisis del libro Global Inequality, de Branko Milanović. Tras exponer algunos puntos de vista propios, haré un recorrido comentado sobre lo que considero que son las principales aportaciones del libro al estudio de la desigualdad global. ↩

2. En muchos casos, incluso se mezclan las referencias a desigualdad y pobreza, indistintamente, en una argumentación. La confusión puede surgir porque existen dos conceptos de pobreza: la pobreza absoluta y la pobreza relativa. La primera se refiere a todas aquellas personas que reciben una renta inferior a un determinado umbral, por ejemplo, 1,50 dólares por día, transformada por el tipo de cambio de cada país, y corregida por el precio de los bienes de primera necesidad. Así, una persona que reciba tres dólares por día puede ser muy pobre en Estados Unidos, mientras que una persona que recibe la renta equivalente en India no lo sería tanto. La pobreza relativa se refiere a aquellas personas que reciben una renta inferior al 60% de la renta mediana del colectivo de referencia, que suele ser el país que habitan. La desigualdad no es condición necesaria ni suficiente para que exista pobreza absoluta. Es decir, podrían observarse países con reducida desigualdad pero elevada pobreza absoluta, del mismo modo que podría darse un país con un alto nivel de desigualdad pero escasa pobreza absoluta. Por el contrario, si existe pobreza relativa, es seguro que existirá cierto nivel de desigualdad, ya que hay entonces personas que reciben una renta inferior al 60% de la renta mediana de la población. De hecho, la pobreza relativa puede considerarse más un indicador de desigualdad que de pobreza. ↩

3. Yo mismo he tratado de sintetizar una amplia cantidad de rigurosos trabajos académicos sobre estos temas. ↩

4. Habitualmente, suponiendo que la distribución de la renta del país entre la población responde a una estructura lognormal, con una desviación típica estimada a partir de datos históricos. ↩

5. Aunque conviene pensar qué tipo de desigualdad es la que debe preocuparnos de manera prioritaria y en la que debemos de concentrar nuestros esfuerzos. La desigualdad interna a un país, cuando refleja una desigualdad de oportunidades de desarrollo personal y profesional, motiva fuertes debates y parece razonable que su corrección debiera ser tenida en cuenta como un objetivo de política económica. Este concepto ha ocupado muchos trabajos académicos y tiene indudable relevancia, pero no considera a todos los individuos separadamente y, por tanto, difícilmente puede satisfacer por sí sola los estándares éticos que subyacen al análisis de la desigualdad. La desigualdad entre todos los ciudadanos del mundo que trata Milanović en su nuevo libro, y que se estima a partir de encuestas individuales realizadas a una amplia muestra de personas de distintos países, es, sin duda, una muy útil referencia y su reducción debe ser un objetivo a largo plazo. Sin embargo, al combinar aspectos de desigualdad interna a los países y desigualdad entre renta media de los países resulta difícil pensar en qué tipo de actuaciones específicas podrían diseñarse para su reducción, más allá de favorecer el crecimiento de los países más pobres. Si bien todos ellos proporcionan información muy relevante, no parece que los distintos tipos de desigualdad deban tener una misma consideración, pues no todos ellos se prestan a intervenciones que puedan aminorar su intensidad. ↩

6. Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson, «Institutions as a fundamental cause of long-run growth».

7. Estimación obtenida por Branko Milanović mediante descomposición del índice de desigualdad de Theil, que, a diferencia de otras medidas, permite una descomposición entre efecto localización y efecto clase. ↩

8. Como muestra la comparación de los valores numéricos del índice de Gini o la relación de rentas recibidas por el 10% de mayor renta y el 10% de menor renta en las bases de datos de Eurostat y del Banco Mundial. ↩

9. Michael Sandel, What Money Cant Buy. The Moral Limits to Markets, Nueva York, Farrar, Strauss y Giroux, 2013. ↩

10. Un análisis de la OCDE favorece la segunda hipótesis. ↩

11. Milanović apunta que otros autores también han sugerido que fue el elevado coste del factor trabajo lo que motivó la sustitución de trabajo por capital que estuvo detrás de la primera revolución tecnológica (Robert C Allen, Global Economic History, Oxford, Oxford University Press, 2011). Véase también «Growing Unequal? Income Distribution and Poverty in OECD Countries» 2008, «Divided we stand. Why inequality keeps rising». ↩

12. Milanović propone que las ondas de Kuznets, junto con el proceso de convergencia entre países pobres y ricos, serán los principales motores que determinarán la evolución futura de la desigualdad global. Cabe pensar, sin embargo, si las ondas de Kuznets pueden considerarse un motor de progreso o no se trata más bien de una mera descripción de la senda seguida por el nivel de desigualdad en países a lo largo de sus distintas fases de desarrollo. Más bien creo que lo segundo, puesto que Milanović no aporta un único mecanismo que justifique su existencia.  ↩

13. Estas son todas las personas que quedan tras excluir de consideración al 30% de la muestra de mayor renta y al 30% de menor renta. ↩

14. Indicador habitual de desigualdad en una distribución. ↩

15. Aquellos que ocupan un lugar entre el 80% y el 90% de los ciudadanos de mayor renta en China y quienes ocupan un lugar entre el 20% y el 30% de los ciudadanos de menor renta en Estados Unidos. ↩

 

 

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Daniel GASCÓN, “Isaiah Berlin y el poder de las ideas” a Letras Libres (22-06-17)

http://www.letraslibres.com/espana-mexico/politica/isaiah-berlin-y-el-poder-las-ideas

Lo más interesante de Isaiah Berlin, y quizá lo más interesante de cualquiera, está en sus contradicciones. Durante un tiempo se le tuvo por una especie de filósofo casi ágrafo, un orador brillante y un analista de talento que nunca se decidía a escribir una obra importante. La tarea editorial de Henry Hardy hizo mucho por cambiar esa percepción.

Berlin es un ejemplo -como todos lo somos, pero quizá en su caso es más visible- de una identidad compuesta: era un profesor de Oxford, un estudioso judío, un pensador ruso. Esos tres mundos y algunos otros están en el libro.Es llamativo que en España se intentara apropiar de Berlin una parte dogmática de la derecha, convencida de que el mercado era la respuesta para todas las preguntas: quizá la observación esencial de Berlin -cuyo desinterés por la economía puede verse como una limitación- es que no hay una respuesta única para todas las preguntas, que no todos los bienes son compatibles en último término. En su obra hay casi siempre una actitud cautelosa, a veces frustrante, y en el desdén que sentía por él Christopher Hitchens -Timothy Garton Ash los ha comparado aquí- hay una cuestión casi de temperamento.

Para Garton Ash, las palabras que Berlin dedicó a Turguéniev podrían aplicarse al autor de Pensadores rusos: “el grupúsculo de hombres dubitativos, autocríticos, no siempre muy valientes, que ocupan un espacio a la izquierda del centro y que sienten repulsión moral tanto por las caras rígidas que hay en su derecha como por la histeria y la violencia ciega y la demagogia que hay a su izquierda”. Pero Berlin también, dice Garton Ash, fue un paladín elocuente de la necesidad del pluralismo.

Página Indómita ha publicado recientemente su selección de ensayos breves, El poder de las ideas, editado por Henry Hardy, prologado por Avishai Margalit y traducido por Roberto Ramos y Alejandro Limeres. El volumen, sobre el que ha escrito Ramón González Férriz, incluye algunos de los grandes temas y obsesiones del pensamiento de Berlin. Hay piezas originales y valiosas; otras son resúmenes útiles o aproximaciones complementarias a asuntos que trató en otras partes.

Berlin dedicó mucho esfuerzo y tiempo a explicar la obra y la manera de pensar de quienes no estaban de acuerdo con él. Aunque no coincidiera en sus posiciones, sabía explicar su punto de vista y reconocer el valor de sus observaciones. Los textos que dedicó a los románticos y los prerrománticos, o su ensayo sobre Herder, son ejemplos claros. Era un heredero de la ilustración que aceptaba, o que al menos escuchaba atentamente, algunas de las críticas de los enemigos de la Ilustración.

Uno de los temas centrales de El poder de las ideas es la influencia de estas en la historia, frente a una concepción que presentaría las visiones como algo derivado de las condiciones materiales (más cercana a Marx pero también, por ejemplo, a un historiador actual como Ian Morris). Un ejemplo, que Berlin dio en otros lugares, es el valor que se da a la sinceridad: en otras épocas, del adversario no se valoraba que fuera sincero en sus creencias; a partir del romanticismo, se reconocía la fidelidad a una visión aunque se considerase errónea. “Los conceptos filosóficos -escribía parafraseando a Heine- alimentados en la quietud del estudio de un profesor podrían destruir una civilización.” Y uno de los textos más singulares del volumen es “Mi trayectoria filosófica”, una especie de resumen donde presenta los contextos y encuentros más importantes de su carrera, que pasó de la filosofía analítica a la historia de las ideas.

La otra idea central es la crítica del monismo, que a juicio de Berlin “se halla en la raíz de todo extremismo”. Se opone a la visión de los demócratas liberales, “quienes desean alcanzar un equilibrio necesariamente precario entre ideales incompatibles, un equilibrio basado en el reconocimiento de que todas las aspiraciones humanas tienen igual, o casi la misma, validez, y de que ninguna debe subordinarse a un principio único y aceptado incondicionalmente”. La mirada que predomina en el volumen es una mirada pluralista, que reconoce distintos valores. Berlin no cree que existan patrones en la historia pero sí abundan las ironías. A veces, un puñado de personas convencidas pueden provocar un cambio decisivo, pero lo normal es que ese cambio no se produzca en la dirección que ellos habían anticipado.

Berlin, que dice que la historia del pensamiento se puede ver como una larga serie de parricidios, glosa en varios lugares del libro una de sus aportaciones más famosas: su trabajo sobre los dos conceptos de libertad; la libertad negativa (con respecto a) y la libertad positiva (para). Margalit, autor del prólogo, cuenta que “fue acusado de multiplicar los sentidos de la libertad más allá de lo necesario”. Para ellos “el concepto de libertad, como la Trinidad (trina y una) es un concepto con tres elementos. A es libre si no existe un obstáculo B creado por el hombre que le impida hacer o convertirse en C; es decir, si no existe coacción, si puede buscar su objetivo sin trabas”. Un día, Margalit y Berlin caminaban y se encontraron una valla. “Berlin reaccionó inmediatamente: se trata de un obstáculo a mi libertad. La valla no me impide alcanzar mi meta. No deseo llegar a All Souls o a cualquier otro lugar concreto. Solo quiero seguir y que no me corten el paso”.

El primer libro de Berlin trataba sobre Karl Marx, y el marxismo es uno de los temas de El poder de las ideas. Habla de algunos de sus exégetas y herederos. También le dedica un ensayo, en el que describe una ambivalencia en las ideas morales y políticas de Marx. A veces, explica, los valores morales y los juicios de valor se presentan como meras armas en la lucha para el poder o la supervivencia; otras veces, habla de ellos como si “fueran indistinguibles de los hechos”, porque “La humanidad avanza en una dirección única”.

Otro ensayo interesante es el que dedica al realismo en la política. El realismo puede ser un antídoto frente al exceso de optimismo, pero también puede resultar ilusorio:

El punto de vista según el cual aquello que es más cruel y más desagradable suele ser más verdadero o real” que su opuesto es una forma de pesimismo sardónico (o cruel) tan romántico, y tan poco apoyado en la evidencia de la observación empírica, como el humanitarismo optimista de la Edad de la Razón; y los movimientos políticos que derivan de ambas visiones -el fascismo y el comunismo (por mucho que este último afirme valerse de métodos científicos objetivos)- han fracasado, en general,a la hora de demostrar que pueden interpretar o modificar los hechos con más éxito del que tienen otras visiones ad hoc y no sistémicas.

A Vico -“fue él quien, prácticamente, inventó la idea de cultura”, dice- le dedica uno de los mejores ensayos del libro. Y hay toda una sección sobre el mundo ruso: desde un clima intelectual que no producía muchas ideas originales, pero que sabía adaptar las que llegaban de fuera con una pasión particular, hasta las diferencias entre el mundo cultural de Rusia y del continente de Europa. Escribe semblanzas admirables de críticos como Belinski o de Alexander Herzen, uno de sus héroes, “el revolucionario sin fanatismo” que alertaba de los peligros de aceptar sacrificios reales por un futuro posible. El texto sobre Herzen tiene un apéndice de 1979, con una coda ibérica:

Desde la otra orilla sigue siendo una de las declaraciones más agudas y vívidas de lo que hay en juego para quienes no estén dispuestos a sacrificar su derecho a dudar y a disentir en aras de la obediencia y la seguridad. Hombres valientes y civilizados como Sájarov o Mijáilov, o los socialistas españoles y portugueses, son hoy los verdaderos herederos de Herzen. Puede que, a pesar de todos los trágicos ejemplos que sugieren lo contrario, el antiguo adagio de que las herejías son invencibles mediante la fuerza bruta no sea finalmente, como John Stuart Mill afirmó de manera sombría, una falacia piadosa.

Aunque Berlin -“el profeta Isaiah”, como lo llamaba en un prólogo Enrique Krauze- tiene piezas más conocidas sobre el nacionalismo, el breve ensayo que le dedica -donde lo define como “sin duda la más poderosa y quizás la más destructiva fuerza de nuestro tiempo”- es esclarecedor. Dedica dos ensayos a temas judíos: uno a Israel y otro a la emancipación y esclavitud judías. Este último, que tenía alguna comparación incómoda y que en alguna cosa ha envejecido (está escrito justo antes de la novela judía en Estados Unidos, por ejemplo), incomodaba a Berlin, que se negó a republicarlo durante décadas. Para Margalit, se trata de uno de los ensayos más brillantes que escribió Berlin.

El poder de las ideas tiene momentos extraordinarios de escritura, como las semblanzas de Vico o Herzen, e incluye glosas claras y disfrutables del pensamiento de los otros. Berlin es un escritor aparentemente repetitivo, con un mundo extrañamente familiar, pero del que siempre aprendes algo nuevo y en el que siempre encuentras observaciones estimulantes, iluminadoras y precisas sobre la aventura de las ideas.

 

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Mark LILLA. La mente naufragada. Reacción política y nostalgia moderna. Debate. Barcelona, 2017

Avenç editorial a Letras Libres (19-06-17): “Solo un apocalipsis puede salvarnos ahora”

http://www.letraslibres.com/mexico/revista/solo-un-apocalipsis-puede-salvarnos-ahora

No digas: “¿Cómo es que el tiempo pasado fue mejor que el presente?” Pues no es de sabios preguntar sobre ello.

Eclesiastés 7, 10

No mucho después de salir a correr sus primeras aventuras, don Quijote es invitado a compartir una comida frugal con un grupo de cabreros. Un poco de guiso de carne y mucho vino. Cuando terminan, los cabreros sacan queso duro y una gran cantidad de bellotas, todos empiezan a abrirlas para tomarlas como postre. Todos salvo don Quijote, que toma un puñado con la mano, perdido en sus pensamientos. Se aclara la garganta. “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados”, dice a los campesinos que mastican. Era una edad en la que el fruto de la naturaleza estaba listo para ser recogido. No había tuyo ni mío, ni granjas, ni fabricantes de herramientas. Simples zagalas ataviadas con sencillez recorrían las colinas sin ser molestadas, y solo se detenían para escuchar la poesía espontánea y sencilla de sus castos amantes. No se promulgaban leyes porque no eran necesarias.

Esa era terminó. ¿Por qué? Los cabreros no preguntan y don Quijote no los abruma con su conocimiento esotérico. Solo les recuerda lo que ya saben: que ahora ni las damas ni aun los huérfanos están a salvo de los predadores. Cuando terminó la Edad Dorada, las leyes se volvieron necesarias, pero como no quedaron corazones puros que pudieran hacerlas respetar, los fuertes y los feroces eran libres de aterrorizar a los débiles y los buenos. Por eso se creó la orden de los caballeros andantes en la Edad Media, y por eso don Quijote ha decidido resucitarla en los tiempos modernos. Los cabreros escuchan “embobados y suspensos” a este hombre con su bacía por yelmo. Sancho Panza, acostumbrando a las arengas de su amo, sigue bebiendo.

Don Quijote, como Emma Bovary, ha leído demasiado. Ambos son mártires de la revolución de Gutenberg. El Caballero de la Triste Figura ha absorbido tantas historias de deseo sublimado y proezas que ya no distingue lo que le rodea; Emma lee sobre fortunas ganadas y perdidas, sobre damas arrancadas de la oscuridad por condes galantes, sobre una vida como una fiesta sin fin. “Anhelaba viajar; anhelaba regresar al convento. Quería morir. Y quería vivir en París.” Ambos sufren, como todos nosotros, porque el mundo no es como debería ser.

Sin embargo, Mary McCarthy se equivocó al escribir que “madame Bovary es don Quijote con faldas”. El sufrimiento de Emma es platónico; busca, en todos los lugares equivocados y con toda la gente equivocada, un ideal que solo es imaginario. Hasta el final cree que obtendrá el amor y el reconocimiento que merece. El sufrimiento de don Quijote es cristiano: se ha convencido de que en el pasado el mundo era realmente lo que debía ser, de que el ideal se hizo carne y luego se desvaneció. Como ha probado un anticipo del paraíso, su sufrimiento es más agudo que el de Emma, que anhela lo improbable pero no lo imposible. Don Quijote aguarda la Segunda Venida. Su búsqueda está condenada desde el principio porque se rebela contra la naturaleza del tiempo, que es irreversible e inconquistable. Lo pasado, pasado está; esa es la idea que no puede soportar. Las novelas de caballerías le han robado la ironía, la armadura de los lúcidos. La ironía puede definirse como la capacidad de reconocer la distancia entre lo real y lo ideal sin violentar ninguno de los dos. Don Quijote es presa de la ilusión de que la distancia que percibe es producto de una catástrofe histórica, no que sencillamente tiene su raíz en la vida. Es un mesías tragicómico, que vaga en el desierto de su propia imaginación.

La fantasía de don Quijote se sustenta en una suposición sobre la historia: que el pasado está previamente dividido en eras discretas y coherentes. Una “era”, por supuesto, no es otra cosa que un espacio entre dos puntos que señalamos en la línea del tiempo para que la historia nos resulte legible. Hacemos lo mismo tallando “acontecimientos” a partir del caos de la experiencia, como descubrió el Fabrizio del Dongo de Stendhal en su fútil búsqueda de la batalla de Waterloo. Para poner algo de orden en nuestros pensamientos, debemos imponer un orden improvisado en el pasado. Hablamos metafóricamente del “amanecer de una era” o del “fin de una era”, sin pensar que en cierto momento cruzamos una frontera. Cuando el pasado es remoto somos especialmente conscientes de lo que estamos haciendo y nada parece particularmente en peligro si, digamos, trasladamos las fronteras del Pleistoceno o de la Edad de Piedra un milenio para adelante o para atrás. Las distinciones están para ayudarnos, y cuando no lo hacen las revisamos o las ignoramos. En principio la cronología debía ser para la historia lo que la taxonomía es para la biología.

Pero cuanto más nos acercamos al presente, y cuanto más se acercan nuestras distinciones a la sociedad, más cargada está la cronología. Esto también ocurre con la taxonomía. El concepto de “raza” tiene unas connotaciones cuando lo aplicamos a las plantas y otras cuando lo aplicamos a los seres humanos. El peligro en el último caso es la cosificación, algo que ocurre cuando, para comprender la realidad, desarrollamos un concepto que distingue cosas (como el grupo lingüístico “ario”, por ejemplo). Estamos aprendiendo a no hacerlo con la raza, pero cuando se trata de entender la historia todavía somos criaturas incorregiblemente cosificadoras.

El impulso de dividir el tiempo en eras parece inscrito en nuestra imaginación. Vemos que las estrellas y las estaciones siguen ciclos regulares y que la vida humana sigue un arco de la nada a la madurez y luego de regreso a la nada. Este movimiento de la naturaleza aportó irresistibles metáforas para describir el cambio cosmológico, sagrado y político de civilizaciones antiguas y modernas. Pero a medida que las metáforas envejecen y migran de la imaginación poética al mito social, se solidifican en certidumbres. No hace falta haber leído a Kierkegaard o Heidegger para conocer la ansiedad que acompaña a la conciencia histórica, ese calambre interior que llega cuando el tiempo se lanza hacia delante y nos sentimos catapultados hacia el futuro. Para relajar ese calambre nos decimos que sabemos en verdad cómo una era ha seguido a otra desde el principio. Esta mentira piadosa nos da esperanzas de alterar el curso futuro de los acontecimientos, o al menos aprender a adaptarnos a ellos. Parece incluso que proporciona cierto solaz pensar que estamos atrapados en una historia predeterminada de decadencia, mientras podamos esperar un nuevo giro de la rueda, o un acontecimiento escatológico que nos lleve más allá del tiempo.

El pensamiento que divide el tiempo en épocas es pensamiento mágico. Hasta las mejores mentes sucumben a él. Para Hesíodo y Ovidio las “edades del hombre” eran una alegoría, pero para el autor del Libro de Daniel los cuatro reinos destinados a gobernar el mundo eran una certeza profética. Los apologistas cristianos, de Eusebio a Bossuet, vieron que la mano providencial de Dios daba forma a distintas eras que marcaban la preparación, la revelación y la diseminación del Evangelio. Ibn Jaldún, Maquiavelo y Vico pensaban que habían descubierto el mecanismo por el cual las naciones surgen de toscos comienzos antes de alcanzar su cúspide y decaer en la lujuria y la literatura, para después regresar cíclicamente a sus orígenes. Hegel dividía la historia de prácticamente todas las empresas humanas –política, religión, arte, filosofía– en una serpenteante red temporal de tríadas dentro de tríadas. Heidegger hablaba elípticamente de “épocas en la historia del Ser” que abren y cierran un destino que escapa a la comprensión humana (aunque a veces dejan señales, como la esvástica). Ni siquiera nuestros profetas académicos menores del posmodernismo, al utilizar el prefijo pos-, parecen superar la compulsión de separar una era de otra. O de considerar culminante la suya, en la que descubrimos que realmente todos los gatos son pardos.

Los relatos del progreso, el retroceso y los ciclos dan por sentado un mecanismo por el que ocurre el cambio histórico. Pueden ser las leyes naturales del cosmos, la voluntad de Dios, el desarrollo dialéctico de la mente humana o de fuerzas económicas. Una vez que entendemos el mecanismo, estamos seguros de comprender lo que ocurrió de verdad y lo que está por venir. Pero ¿y si no existe ese mecanismo? ¿Y si la historia está sujeta a repentinas erupciones que no se pueden explicar por medio de ninguna ciencia de la tectónica temporal? Esas son las preguntas que surgen frente a los cataclismos para los que ninguna racionalización parece adecuada y ningún consuelo parece posible. En respuesta, se desarrolla una visión apocalíptica de la historia que ve una corriente en el tiempo que se ensancha cada año que pasa, distanciándonos de una época que era dorada, heroica o simplemente normal. En esta visión, en realidad, solo hay un acontecimiento en la historia, el kairós que separa el mundo que nos correspondía del mundo en el que debemos vivir. Esto es todo lo que podemos y debemos saber del pasado.

La historia apocalíptica también tiene una historia, que constituye un registro de la desesperación humana. La expulsión del Edén, la destrucción del primero y el segundo templos, la crucifixión de Jesucristo, el saqueo de Roma, los asesinatos de Huséin y Alí, las cruzadas, la caída de Jerusalén, la Reforma, la caída de Constantinopla, las guerras civiles inglesas, la Revolución francesa, la guerra de Secesión, la Primera Guerra Mundial, la Revolución rusa, la abolición del califato, la Shoah, la Nakba palestina, “los sesenta”, el 11-s; todos estos acontecimientos están inscritos en las memorias colectivas como rupturas definitivas de la historia. Para la imaginación apocalíptica, el presente, no el pasado, es un país extranjero. Por eso se siente tan inclinada a soñar con un segundo acontecimiento que abra las puertas del paraíso. Su atención se centra en el horizonte que aguarda al Mesías, a la Revolución, al Líder, al fin del tiempo en sí. Solo un apocalipsis puede salvarnos ahora; frente a la catástrofe, esta convicción morbosa puede parecer simple sentido común. Pero a lo largo de la historia también ha suscitado esperanzas exageradas que se vieron inevitablemente frustradas, dejando a aquellos que las tenían todavía más desolados. Las puertas del Reino permanecen cerradas, y todo lo que quedaba era el recuerdo de la derrota, la destrucción y el exilio. Y fantasías del mundo que hemos perdido.

Para quienes nunca han experimentado la derrota, la destrucción o el exilio, la pérdida posee un encanto innegable. Una agencia de viajes alternativa de Rumania ofrece lo que llama “Tour Hermosa Decadencia” de Bucarest, que ofrece al visitante una visión del paisaje urbano poscomunista: edificios llenos de escombros y cristales rotos, fábricas abandonadas invadidas por la hierba… ese tipo de cosas. Los comentarios en internet son efusivos. Jóvenes artistas estadounidenses, que se sienten ignorados en la gentrificada Nueva York, se trasladan a Detroit, el Bucarest de Estados Unidos, para apretar de nuevo los dientes. Caballeros ingleses sucumbieron a algo similar en el siglo XIX, y compraban abadías y casas de campo desiertas donde temblaban de frío los fines de semana. Para los nostálgicos, la decadencia del ideal es el ideal.

La nostalgie de la boue es ajena a las víctimas de la historia. Situadas al otro lado de la fractura que separa el pasado y el presente, algunas reconocen su pérdida y miran hacia el futuro, con esperanza o sin ella; el superviviente del campo que nunca menciona el número que lleva tatuado en el brazo mientras juega con sus nietos un domingo por la tarde. Otras permanecen al borde de la fractura y observan cómo retroceden las luces en el otro lado, noche tras noche, mientras sus mentes rebotan entre la ira y la resignación: los viejos rusos blancos sentados en torno a un samovar en una chambre de bonne, con las gruesas cortinas corridas y los ojos húmedos mientras cantan sus viejas canciones. Algunos, sin embargo, se vuelven idólatras de ese cisma. Se obsesionan con vengarse del demiurgo que hizo que se abriera. Su nostalgia es revolucionaria. Puesto que la continuidad del tiempo ya se ha roto, empiezan a soñar con producir una segunda ruptura y escapar del presente. Pero ¿en qué dirección? ¿Deberíamos encontrar el camino de regreso al pasado y ejercer nuestro derecho de retorno? ¿O deberíamos movernos hacia delante, en dirección a una nueva era inspirada por la edad dorada? ¿Reconstruir el Templo o fundar un kibutz?

La política de la nostalgia solo trata de estas cuestiones. Tras la Revolución francesa, los aristócratas desposeídos y el clero acampaban al otro lado de la frontera francesa, confiados en que regresarían pronto y volverían a ponerlo todo en su sitio. Tuvieron que esperar un cuarto de siglo, y para entonces Francia ya no era lo que había sido. La Restauración no fue tal. Pero el monarquismo católico nostálgico siguió siendo una corriente fuerte en la política francesa hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando movimientos como Action Française cayeron finalmente en desgracia por colaborar con Vichy. Todavía existen pequeños grupos de simpatizantes, y el periódico L’Action Française 2000 sigue llegando a los quioscos, como un espectro, cada dos semanas. La derrota de los alemanes en la Primera Guerra Mundial impulsó a Adolf Hitler en dirección opuesta. Podría haber proyectado la imagen de una vieja Alemania restaurada de pueblos conservadores en valles bávaros, poblada de Hans Sachses que sabían cantar y luchar. En vez de eso hablaba de una Alemania inspirada por las tribus antiguas y las legiones romanas, ahora a bordo de tanques Panzer que desataban tormentas de acero y gobernaban una Europa industrial hipermoderna limpia de judíos y bolcheviques. Adelante hacia el pasado.

La historiografía apocalíptica nunca pasa de moda. Los conservadores estadounidenses de la actualidad han perfeccionado un mito popular sobre cómo la nación salió de la Segunda Guerra Mundial fuerte y virtuosa, solo para convertirse en una sociedad licenciosa gobernada por un amenazador Estado laico tras la Nakba de los años sesenta. Están divididos sobre la respuesta correcta. Algunos quieren regresar a un pasado tradicional idealizado; otros sueñan con un futuro libertario donde las virtudes de la frontera nacerán de nuevo y la velocidad de internet será tremenda. La situación es más grave en Europa, sobre todo en el este, donde viejos mapas de la Gran Serbia guardados desde 1914 fueron sacados y publicados en internet poco después de la caída del Muro de Berlín, y donde los húngaros han empezado a contar viejas historias sobre lo mucho mejor que era la vida cuando no había tantos judíos y gitanos. La situación es crítica en Rusia, donde ahora todos los problemas se atribuyen a la catastrófica desintegración de la Unión Soviética, lo cual permite que Vladímir Putin venda sueños de un imperio restaurado bendecido por la Iglesia ortodoxa y sostenido por el pillaje y el vodka.

Pero es en el mundo musulmán donde esa creencia en una Edad Dorada perdida es más poderosa y relevante. Cuanta más literatura del islamismo radical lee uno, más aprecia el atractivo del mito. Es más o menos así: antes de la llegada del Profeta el mundo se encontraba en una era de ignorancia, la jahiliyya. Los grandes imperios estaban sumidos en la inmoralidad pagana, el cristianismo había desarrollado un monasticismo que negaba la vida y los árabes eran bebedores y jugadores supersticiosos. Mahoma fue elegido como el vehículo de la revelación final de Dios, que elevaría a todos los individuos y pueblos que lo aceptaran. Los compañeros del Profeta y los primeros califas eran impecables portadores del mensaje y empezaron a construir una nueva sociedad basada en la ley divina. Pero pronto, asombrosamente pronto, se perdió el impulso de esta generación fundadora. Y nunca se ha recuperado. En las tierras árabes, los conquistadores iban y venían: omeyas, abasíes, cruzados cristianos, mongoles, turcos… Cuando los creyentes eran fieles al Corán había cierta apariencia de justicia y virtud, y hubo unos siglos en que las artes y las ciencias progresaron. Pero el éxito siempre traía lujo, y el lujo engendraba vicio y estancamiento. La voluntad de imponer la soberanía de Dios murió.

Al principio, la llegada de las potencias coloniales en el siglo XIX parecía ser solo otra cruzada occidental. Pero presentó un desafío totalmente nuevo y mucho más grande para el islam. Los cruzados medievales querían conquistar militarmente a los musulmanes y forzarlos a convertirse. La estrategia de los colonizadores modernos era debilitar a los musulmanes alejándolos de la religión e imponiendo un orden laico inmoral. En vez de enfrentarse a guerreros sagrados en el campo de batalla, los nuevos cruzados simplemente exponían los principios de la ciencia y la tecnología modernas y cautivaban a sus enemigos. “Si abandonas a Dios y usurpas su legítimo gobierno sobre ti –ronroneaban–, todo esto será tuyo.” Muy pronto, el talismán de la modernidad laica surtió efecto, y las élites musulmanas se volvieron fanáticas del “desarrollo” y enviaron a sus hijos –chicas incluidas– a escuelas y universidades laicas, con los resultados previsibles. Los animaron los tiranos que los gobernaban con el apoyo de Occidente y que siguiendo sus órdenes oprimían a los fieles.

Todas estas fuerzas –laicismo, individualismo, materialismo, indiferencia moral, tiranía– se han combinado para producir una nueva jahiliyya que todo musulmán fiel debe combatir, como el Profeta en las postrimerías del siglo vii. Él no hizo concesiones, no liberalizó, no democratizó, no persiguió el desarrollo. Divulgó la palabra de Dios e instituyó su Ley, y debemos seguir su ejemplo sagrado. Una vez que hayamos conseguido eso, la era gloriosa del Profeta y sus compañeros regresará para siempre. Inshallah.

Hay poco que sea exclusivamente musulmán en este mito. Incluso su éxito a la hora de movilizar a los fieles y de inspirar actos de violencia extraordinaria tiene precedentes en las cruzadas y en los esfuerzos nazis por regresar a Roma pasando por el Valhalla. Cuando la Edad Dorada se encuentra con el Apocalipsis, la Tierra empieza a temblar.

Lo que resulta llamativo en la actualidad es la poca cantidad de anticuerpos que el pensamiento islámico contemporáneo tiene contra este mito, por razones históricas y teológicas. Entre las joyas de sabiduría y poesía del Corán también aparece un elemento de inseguridad, inusual en textos sagrados, sobre el lugar que le corresponde al islam en la historia. Desde las primeras suras se nos invita a compartir la frustración de Mahoma por el rechazo de los judíos y cristianos, cuyo legado profético él iba a cumplir y no abolir. En cuanto el Profeta empieza su misión, la historia se aparta un poco de su rumbo y se debe hacer un ajuste para las “gentes del Libro”, ciegas al tesoro que les pone ante los ojos. San Pablo afrontó un desafío similar en sus epístolas, en las que aconsejó una coexistencia pacífica con los cristianos paganos, los cristianos judíos y los judíos no cristianos. Algunos versículos del Corán son generosos y tolerantes sobre la resistencia al Profeta. Muchos otros no lo son. El Corán muestra un resentimiento inconfundible por haber llegado tarde, y quienes están resentidos con el presente pueden explotarlo con facilidad. Lectores sin preparación e ignorantes de las profundas tradiciones intelectuales de la interpretación coránica, que por la razón que sea pueden sentirse enfadados por sus condiciones de vida, son presa fácil de quienes utilizan el Corán para enseñar que los rencores históricos son sagrados. A partir de ahí no se necesita mucho para empezar a pensar que la venganza histórica también es sagrada.

En cuanto termine la carnicería, como al final ocurrirá, por agotamiento o por derrota, el pathos del islamismo político merecerá tanta reflexión como su monstruosidad. Uno casi se ruboriza al pensar en la ignorancia histórica, la piedad mal dirigida, el exagerado sentido del honor, la impotente pose adolescente, la ceguera ante la realidad, y el miedo a esta, que hay tras esta fiebre asesina. El pathos de don Quijote es bastante distinto. El Caballero de la Triste Figura es absurdo pero noble, un santo que sufre, varado en el presente, que deja a quienes encuentra mejorados aunque levemente magullados. Es un fanático flexible, que de vez en cuando le guiña el ojo a Sancho Panza como si quisiera decir: “No te preocupes. Me controlo.” Y sabe cuándo parar. Tras ser derrotado en un combate simulado por sus amigos, renuncia a la caballería, enferma y nunca se recupera. Sancho intenta resucitarlo proponiendo que se retiren al campo y vivan juntos como sencillos pastores, como en la Edad Dorada. Pero no sirve de nada; afronta su muerte con humildad. Un don Quijote triunfal y vengativo es impensable.

La literatura del islamismo radical es una versión de pesadilla de la novela de Cervantes. Quienes la escriben se sienten también incómodos en el presente, pero tienen la garantía divina de que lo que se perdió en el tiempo puede encontrarse en el tiempo. Para Dios, el pasado nunca es pasado. La sociedad ideal siempre es posible, porque existió una y no hay condiciones sociales necesarias para su realización; lo que ha sido y debe ser puede ser. Lo único que hace falta es fe y voluntad. El adversario no es el tiempo en sí, sino aquellos que en todas las épocas históricas han obstaculizado el camino de Dios. Esta idea poderosa no es nueva. Al analizar las reacciones conservadoras a las revoluciones de 1848, Marx escribió que en épocas de crisis revolucionarias “conjuramos ansiosamente el espíritu del pasado” para tranquilizarnos frente a lo desconocido. Confiaba, sin embargo, en que esas reacciones fueran temporales y en que la conciencia humana estaba destinada a alcanzar lo que ya ocurría en el mundo material. Hoy, cuando los cuentos infantiles políticos parecen más poderosos que las fuerzas económicas, es difícil compartir su confianza. Somos demasiado conscientes de que los eslóganes revolucionarios de nuestra época empiezan diciendo: “Érase una vez…” ~

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Traducción del inglés de Daniel Gascón.