Presentació

L’elecció general al Regne Unit ha configurat un Parlament sense majoria absoluta (Alma Agustí): Theresa May ha fracassat (Oriol Bartomeus) -malgrat absorbir bona part del vot de l’UKIP- en el seu intent de reforçar la majoria conservadora que legitimés la seva aposta per negociar un Brexit dur; Jeremy Corbyn amb el seu gir a l’esquerra (Soledad Gallego-Díaz) ha assolit el millor resultat laborista des de Tony Blair (Ricardo Dudda, Pablo Simon, José Fernández-Albertos/Ignacio Jurado) amb un èxit remarcable entre l’electorat jove (Lidia Brun/Guillem Murcia,(Text 1),  Joaquín Estefanía); els liberal-demòcrates no han reeixit a capitalitzar el vot pro Remain; i el nacionalisme escocés pateix un sever retrocés,  que envia  a les calendes gregues la demanda d’un nou referèndum.

La qüestió important és com aquesta nova correlació de forces influirà en la negociació del Brexit (Berta Barbet, Pol Morillas), davant d’una Unió Europea disposada a teure profit de la debilitat britànica (Michel Barnier)

A França,  la primera volta de les legislatives -amb una abstenció récord de més del 50%- ha confirmat la marea electoral en favor de La République en Marche, que està en condicions d’obtenir una super-majoria parlamentària a la segona volta (Claude Patriat). Algunes veus han expressat la preocupació per la pràctica desaparició d’una oposició operativa: el segon grup de la cambra serà el centre-dreta que no s’ha arreglenrat amb Macron, mentre que el Parti Socialiste queda ferit de mort (Jean Daniel, Matthieu Croissendeau) i l’esquerra insubmissa de Mélenchon i el Front National passen a ser grups testimonials.

Òbviament, aquest resultat  que reforça extraordinàriament el president Emmanuel Macron (Chloé Morin) també fa més exigent l’expectativa sobre l’aplicació del seu projecte reformista, tant a França com a Europa (Philippe Aghion/Benedicte Berner).

Resulta paradoxal que en aquestes dues eleccions que han capgirat amb més o menys intensitat els mapes polítics respectius, es produeix una certa asimetria dels comportaments electorals: al Regne Unit la revifada d’un Partit Laborista amb un programa d’esquerra clàssica (Josep Oliver) i que ha activat la mobilització electoral dels joves; a França  l’escombrada dels partits tradicionals en favor d’un moviment polític nou que té per bandera la superació del clivatge dreta/esquerra (Gérard Grunberg) (Text 2)

La moció de censura de Unidos Podemos contra Mariano Rajoy  (Joan Tapia, Gemma Ubasart) es produeix en un moment en que les expectatives electorals del Partit Popular comencen a erosionar-se a cop de casos de corrupció (veure les útimes enquestes de Celeste-Tel/eldiario.es i My Word/SER). Després de l’impacte positiu per al PSOE de l’elecció de Pedro Sánchez, Podemos intenta recuperar posicions i consolidar la seva hegemonia en les noves generacions d’electors (Javier Padilla), amb la mirada posada a Portugal i amb la plurinacionalitat com a bandera (Enric Juliana). Veure l’opinió crítica d’Esteban Hernández sobre el que considera una gesticulació sense projecte de Podemos. Per contra, Josep Ramoneda hi veu la possibilitat -difícil- d’una realineació  de la política espanyola sobre l’eix dreta/esquerra. D’altra banda, Sebastián Lavezzolo llegeix el veto creuat entre Podemos y Ciudadanos com una incompatibilitat entre la resposta populista i la resposta tecnocràtica a la crisi de la democràcia representativa.

La polarització política en benefici propi que intenten representar el Partit Popular i Podemos s’escau en els dies que es commemora el 40è aniversari del 15-J, de les primeres eleccions democràtiques després de la Dictadura: veure el dossier del diari El País, “La voz de todos”,  les reflexions de Santos Julià i Enric Juliana, i la crítica de Jordi Gracia (Text 3) a la denostació de la Transició dels  nostàlgics del purisme revolucionari.

Un cop anunciada la data i la pregunta del referèndum unilateral que diu que vol convocar el president de la Generalitat, el seu govern i la majoria independentista del Parlament, seguim sense conèixer sobre quina base legal es pensa fer la convocatòria i, per tant, sense notícia de les mínimes garanties exigibles per validar-lo (Albert Branchadell, Gabriel Colomé). El que sí sabem és que la maquinària propagandística dels partidaris de la independència funciona a tot drap, amb els excesos hiperbòlics propis del cas (Roger Palà, Lluís Mauri).

En tot cas, no es pot banalitzar la magnitud del desafiament a l’ordre constitucional (José Antonio Pérez Tapias, Joan Tapia), al mateix temps que s’insisteix en la necessitat de minimitzar-ne els costos i trobar una sortida política viable, un “arreglo” i no tant una solució definitiva, com suggereix Antón Costas. (Text 4)

Per acabar, proposem de nou un altre dels magnífics articles de Manuel Arias Maldonado (Text 5) a la Revista de Libros, aquesta vegada sobre la complexa relació entre la democràcia representativa i la democràcia directa.

Lidia BRUN y Guillem MURCIA, “Rebeldes con causa: juventud y desigualdad en las elecciones británicas” a Agenda Pública (13-06-17)

http://agendapublica.elperiodico.com/rebeldes-causa-juventud-desigualdad-las-elecciones-britanicas/

Si el lema de Theresa May durante la campaña electoral británica fue el de proveer al país con un liderazgo “fuerte y estable”, se podría decir que la situación política en buena parte del mundo occidental es su opuesto diametral. Casi una década después de la Gran Recesión, la irrupción de nuevos fenómenos políticos en países europeos y en Estados Unidos han dejado a numerosos analistas políticos y opinadores desconcertados. A lo largo de toda Europa y Estados Unidos, las sorpresas políticas se han sucedido, con la victoria de Syriza en Grecia, la entrada de actores como Podemos o el Movimiento Cinco Estrellas, la presidencia de Trump, el voto favorable al Brexit o la llegada a la segunda vuelta de las presidenciales francesas del Frente Nacional, y han supuesto el giro hacia una nueva época en la política representativa occidental.

Y elección tras elección, el patrón parece repetirse. Una brecha social cobra protagonismo. De un lado, la reacción corta de miras ante el progreso, de base eminentemente rural y con bajos niveles educativos, que protestan contra un proceso de globalización que les ha permitido tener iPhones pero que les hace sentir escalofríos al ver el tono de piel de sus nuevos vecinos. De otro lado, un cohorte de jóvenes mejor educados, que han vivido la diversidad internacional, étnica y profesional, saben abrir la vista hacia el inevitable progreso social y económico y votan opciones que no buscan construir muros ante el diferente.

Si bien es cierto, tal y como hemos señalado anteriormente, que el impacto desigual de la globalización, la destrucción de espacios de articulación de la clase trabajadora como los sindicatos, y el abandono del discurso de clase por parte de la socialdemocracia, han configurando una tendencia hacia el voto conservador por parte de la clase trabajadora blanca, en nuestra opinión el marco interpretativo que recogemos arriba es simplista, y esconde una realidad más compleja. Y es que, como muestra el gráfico del Institute for Fiscal Studies, la redistribución de recursos que han producido las decisiones políticas post-crisis han tenido un fuerte componente generacional. Los partidos conservadores incumbentes, conscientes de las características demográficas de su base de votantes, han primado mantener el poder adquisitivo de pensiones y ahorros a apoyar la formación o el inicio de una vida adulta con garantías.

Durante las últimas semanas, las encuestas en relación a las elecciones británicas del 8 de junio mostraban serias discrepancias. Los márgenes de la ventaja conservadora sobre Labour variaban desde los 12 puntos en ICM hasta el escaso punto en Survation. Esta enorme diferencia residía en las estimaciones de participación que las distintas encuestas imputaban al voto joven. Y es que respecto a las elecciones de 2015, 1.05 millones más de votantes jóvenes se han registrado para votar. La encuesta pre-electoral de Survation mostraba un incremento del 100% en la intención de ir a votar por parte de la población de entre 18 y 24 años, y de ellos, un contundente 66% se inclinaba por el partido de Jeremy Corbyn.

Así, el éxito de Jeremy Corbyn el 8 de junio se explica en gran medida por este apoyo extraordinario del voto joven, que habría votado en proporciones históricamente elevadas. Puede parecer absurdo hablar del “éxito” de un partido que quedó segundo y a 56 parlamentarios del primero. Sin embargo, Theresa May, que convocó unas elecciones en plena caída de los salarios reales que no había visto símil desde hace varias décadas, ganó 2.3 millones de votos, subiendo 5.5% respecto al 2015, consolidando la fidelidad de sus votantes y beneficiándose del derrumbamiento de los anti-europeístas UKIP. Si Jeremy Corbyn no hubiese conseguido contrarrestar esto con un aumento de 3.5 millones de votos y 9.5% respecto a 2015, la debacle Labour hubiera sido histórica. Así, los conservadores consiguieron 318 escaños (12 menos que en 2015) mientras los laboristas subieron 30 hasta llegar a los 262.

Aunque las estadísticas definitivas sobre el comportamiento sociodemográfico de los votantes aún tardarán semanas en aparecer, distintos datos empíricos confirmarían este apoyo extraordinario de la juventud al Labour Party. Por un lado, el aumento de la participación electoral, que se ha situado en el 69%, se ha recuperado de una caída hace un par de décadas liderada por el aumento de la abstención en el voto joven. También lo indica el hecho de que Corbyn haya mejorado su apoyo respecto a las encuestas que estimaban una baja participación del voto joven. En este artículo en Piedras de Papel, José Fernández Albertos e Ignacio Jurado muestran que el swing al partido laborista (el diferencial entre el incremento de voto a laborista y el incremento al voto conservador respecto a las últimas elecciones) está significativamente correlacionado con el porcentaje de población joven y con la densidad de población. Estos autores explican también que mientras el Brexit pudo ser un componente importante en el voto al partido conservador, las políticas socioeconómicas han sido un determinante más importante del voto laborista.

Lejos de interpretaciones simplistas, que atribuyeran el comportamiento electoral de los millennials a una rebeldía irracional fruto de la edad o a diferencias de valores intergeneracionales, el director de la Resolution Foundation, Torsten Bell argumenta que hay elementos suficientes para interpretar el apoyo de la juventud a Corbyn como una decisión coherente desde un punto de vista material. En lo relativo a las condiciones laborales, el paro juvenil no llega a los extremos de los países meridionales, pero aún así muestra diferenciales por grupo de edad. Entre los jóvenes es del 12.5% (frente al 4.8% de media). Sin embargo, el problema para los jóvenes quizás no se halle tanto en la tasa de desempleo tomada aisladamente, sino en las condiciones laborales y económicas a las que se enfrentan. Sabemos que la precariedad laboral es un fenómeno que se suele cebar con los trabajadores jóvenes. El Reino Unido no es una excepción. Un estudio del Centre for Population Change con datos del UK Household Longitudinal Study de 2014 da testimonio de la precarización de las condiciones económicas de la juventud británica: los jóvenes se ven más afectados por el crecimiento de los empleos con salarios bajos y a menudo a tiempo parcial. Según la Office for National Statistics británica, la generalización de los contratos ultra-precarios de 0 horas (una contrato atípico en el que el empresario no tiene el deber de emplear al trabajador si no lo necesita, quedando éste a merced de las fluctuaciones del sector), afecta desproporcionadamente a los trabajadores jóvenes. Además, un 11.5% ni estudian ni trabajan.

Aunque la intersección entre juventud y condiciones socioeconómicas peores es hasta cierto punto inevitable, ya que no han tenido tiempo de acumular experiencia ni ahorros, las expectativas de mejora a lo largo de la vida han caído significativamente en los últimos años. Un estudio de la Equality and Human Rights Commission de 2013 encuentra que los trabajadores menores de 34 años han sido quienes han sufrido una caída mayor tanto en los salarios (13%) como en su participación en el mercado laboral (9%) desde la Gran Recesión, condiciones que se acentúan en la franja de 16 a 24 años. Como se ha repetido hasta la saciedad, y no por ello es menos cierto, la generación millennial enfrenta unas perspectivas económicas peores en comparación con las generaciones anteriores.

Además, como explica Marcus Barnett en la revista Jacobin, este aumento de la incertidumbre vital en adultos jóvenes derivada de la precariedad ha venido acompañada por un progresivo deterioro de las políticas públicas de apoyo a esta franja de edad que permitieran contrarrestar unas expectativas vitales mermadas. Específicamente, las políticas de educación y las de vivienda tienen un importante componente de redistribución hacia las generaciones más jóvenes. En cuanto a las políticas educativas, el gobierno británico surgido de las elecciones de 2010, basado en la coalición LibDem+tory, triplicó las tasas universitarias hasta las 9000£ al año, además de la abolición de la Education Maintenance Allowance, que suponía un apoyo definitivo a la formación para jóvenes de origen trabajador. Estas medidas fueron la chispa que prendió la mecha de las protestas estudiantiles de 2010 en el Reino Unido. En cambio, en Labour Party incluyó en su manifesto (programa electoral) una reversión de estas políticas, presupuestando 11.000M£ para abolir las tasas universitarias.

Con respecto a la vivienda, cabe hablar de la brecha campo/ciudad. Labour saca históricamente buenos resultados en las urbes, pero ha mejorado sus resultados en Londres (¡por encima del 50%!), Manchester, Birmingham, Cardiff y Edimburgo. El incremento de los precios de los alquileres y la propiedad en las principales ciudades británicas, y especialmente en Londres, hace sospechar de una burbuja inmobiliaria. Un estudio de la Resolution Foundation estimaba que este aumento del precio de la vivienda iba a imposibilitar el acceso a la propiedad de las personas menores de 35 años: de hecho, el porcentaje de familias con vivienda en propiedad se ha reducido a la mitad en las grandes ciudades desde los años 90, y según el Comité de Trabajo y Pensiones de la Cámara de los Comunes, la generación nacida entre 1983-87 tiene menores tasas de propiedad inmobiliaria que cualquiera anterior nacida a partir de 1958.

En un exhaustivo análisis cuantitativo, el Financial Times arrojaba datos que dan cuenta de la complejidad de interacciones entre clase social, edad y cohorte que han determinado el comportamiento electoral. En el panel izquierdo del gráfico se muestra una descomposición del voto por “clase social”, la clásica categorización NRS, realmente derivada de la clase ocupacional. El grupo ABC1 se aproxima a la clase media y contiene profesionales liberales, administrativos y de gestión, o lo que vendrían a ser “trabajadores de cuello blanco”. Este grupo votaba un 30% más tory en los años 70, pero este apoyo ha ido disminuyendo hasta situarse en una diferencia de sólo 3% respecto a Labour en estas últimas elecciones, según una estimación del Lord Ashcroft. Por otro lado, el grupo C2, clase trabajadora cualificada, y el grupo DE, clase trabajadora sin cualificación y desempleados, solían votar Labour de manera muy mayoritaria, pero esta brecha se ha ido cerrando. El grupo C2, siempre según la misma encuesta, habría votado más a tory, mientras el grupo DE sigue dando su apoyo a Labour con más de 15 puntos de diferencia.

Paralelamente, aunque los jóvenes han votado siempre más a Labour, mientras que los más mayores tradicionalmente son votantes tory, el panel derecho del gráfico muestra como este gap se habría amplificado exponencialmente en las últimas elecciones. Así, mientras la brecha “de clase” ha pasado del 72% en las elecciones de 1974 al 15% en las de 2017, la brecha generacional habría pasado del 14% al 83%. La encuesta de YouGov recientemente publicada va en la misma dirección: los laboristas se imponen entre los británicos de 49 años o menos, pero de forma especialmente rotunda entre los menores de 30 años, entre los que superan los 60 puntos porcentuales. Por otro lado, el apoyo a los conservadores es superior al que reciben los laboristas entre los mayores de 50 años, pero lo es especialmente entre el grupo de 70 años o más (que ya no incluye a ningún miembro en edad laboral) donde el cierre de filas tory es abrumador. En función del análisis sobre la precariedad juvenil hecho hasta ahora, para hacer una explicación conjunta de estas gráficas se podría hipotetizar que la composición generacional de los grupos de clase ha cambiado. Así, parte del declive en el apoyo tory en el grupo ABC1 podría explicarse por un aumento de jóvenes muy bien formados que acceden a puestos de trabajo administrativos en condiciones de mayor precariedad, mientras que el aumento del voto conservador en el grupo C2 podría explicarse por un envejecimiento de sus miembros que no obstante han comprado el discurso conservador que individualiza las desigualdades materiales como fracasos personales.

Esta interpretación coincidiría con las encuestas que arrojaban que el votante a favor del Brexit fue desproporcionadamente blanco, en categorías ocupacionales de trabajador manual y más pesimista respecto al futuro para sus hijos. Un perfil que se combina con el de los nuevos votantes que el el UKIP había conseguido seducir en su ascenso post-2009, con su mezcla de liberalismo derechista, xenofobia y euroescepticismo. En las pasadas elecciones del 8 de junio, sin embargo, para el partido de Nigel Farage y Paul Nuttal, este ascenso vio su abrupto fin. Tras el referéndum del Brexit, el apoyo al UKIP se ha derrumbado, y sus votos han sido capitalizados mayoritariamente los conservadores de Theresa May.

Es en esta perspectiva donde tenemos que introducir la idea de que crecimiento económico post-Gran Recesión tampoco ha beneficiado a buena parte de la juventud trabajadora, que ha accedido al mercado laboral en unas condiciones muy precarias a pesar de su alta formación, razón por la cual la clasificación NRS los situaría en clase media. Si se tratara puramente de una división cultural (mayores nacionalistas vs jóvenes globalistas) no se explicaría por qué ha sido el partido de Jeremy Corbyn, un candidato laborista de la vieja escuela de 68 años, con propuestas de corte socialista y fuertes vínculos con sindicatos, y no el partido de socio-liberal Lib-Dem, o incluso las facciones que enarbolaron la llamada Tercera Vía (los llamados blairitas) del New Labour, quienes han recogido su descontento. Si la economía británica tiene visos de entrar en estancamiento, y de nuevo los trabajadores jóvenes vuelven a verse perjudicados, el descontento no haría más que aumentar.

A pesar de esto, cabe suponer que algunos factores culturales pueden haber sido importantes en el comportamiento del voto juvenil. El fantasma de un hard Brexit ha recorrido la campaña, atizado por los conservadores. Los jóvenes votaron inequívocamente por el Remain, pero las características demográficas así como los diferenciales en participación por edades en el referéndum, impusieron un resultado que además, cuando se materialice, por el cambio demográfico producido por el simple paso del tiempo, tendrá una mayoría consolidada en su contra. Por otro lado, a pesar de ser el líder de uno de los partidos del bipartidismo británico, Jeremy Corbyn es de todo menos establishment, con un récord de haber roto la disciplina de su propia partido en cuestiones tan sensibles como la Guerra de Irak, o la privatización del NHS (Sistema Nacional de Salud). Quizás esto es lo que ha hecho que, como recoge Luke Stobart, muchos británicos lo vean como un “intruso nuestro” con un programa transformador para la política. Finalmente, el diseño modernizado de su campaña, adaptado a las nuevas tecnologías y a las redes sociales, así como las oportunidades de participación juvenil en plataformas como Momentum o Young Labour, le han imprimido un carácter de “nueva política”.

En conclusión, creemos que afirmar que las condiciones socioeconómicas tienen cada vez menos peso en el comportamiento electoral puede tratarse de un análisis apresurado. La creciente correlación entre edad y desigualdad socioeconómica, y la creciente precarización de la juventud, de hecho, apunta todo lo contrario: sigue tratándose de un factor fundamental. Y sin embargo, esto no quiere decir que las condiciones materiales se traduzcan automáticamente en una conciencia o simpatía política determinada: la forma en que estas condiciones se interpreten o medien será fundamental. En este contexto, la narrativa que asimila pobreza, paro y precariedad a fracasos personales y no a características sistémicas, que resuena con cierta clase trabajadora envejecida y con una situación relativamente menos expuesta a los envites de los vaivenes económicos, ignora las condiciones económicas boyantes de posguerra y la red de protección pública en las que ellos desarrollaron su proyecto vital. Y en consecuencia, es profundamente injusta hacia las nuevas generaciones. Los jóvenes, a menudo criminalizados por no alcanzar unas expectativas de reproducción y de mejora del estatus socioeconómico, han vivido una progresiva decadencia del sistema de protección social y deben desarrollar sus proyectos vitales en plena Gran Recesión. Su comportamiento electoral en estas elecciones británicas da cuenta de ello.

Gérard GRUNBERG, “Le clivage gauche-droite est-il dépassé?” a Telos (9-06-17)

http://www.telos-eu.com/fr/le-clivage-gauche-droite-est-il-depasse.html

Les caractéristiques idéologiques très particulières de l’électorat macroniste affaiblissent significativement la capacité du clivage gauche/droite à structurer le champ idéologique. C’est ce que montre la récente enquête électorale IPSOS/Cevipof datée du 1er juin. La constitution de cet électorat produit cet affaiblissement de trois manières différentes. En en émoussant le tranchant, en en brouillant la clarté et en lui opposant un clivage nouveau.

Pour simplifier l’analyse, nous n’avons retenu que les intentions de vote aux élections législatives de cinq électorats, France insoumise (FI), PS, En Marche (LREM), Les Républicains (LR) et FN, l’électorat communiste différant très peu idéologiquement de l’électorat FI, celui de EELV très peu de l’électorat socialiste tandis que celui de l’UDI est proche de celui de LR.

Du clivage gauche/droite au continuum gauche/droite

Sur certains thèmes, l’électorat LREM se positionne au centre, transformant le clivage gauche/droite en un continuum gauche/droite. Ce continuum apparaît sur les thèmes sociaux, qu’il s’agisse de la redistribution, de la réduction du nombre de fonctionnaires ou de la perception des comportements des chômeurs. Ainsi, par exemple, les répondants qui sont d’accord avec la formulation « les chômeurs pourraient trouver du travail s’ils le voulaient vraiment » représentent 13% des électeurs de FI, 21% de ceux du PS, 35% de LREM, 48% de LR et 51% du FN. Ceux qui sont d’accord avec la formulation « en matière de justice sociale, il faudrait prendre aux riches pour donner aux pauvres » représentent 72% de ceux de FI, 52% de ceux du PS, 31% de ceux de LREM, 16% de ceux de LR mais 41% de ceux du FN.

Le continuum gauche/droite se retrouve également à propos de la conception de l’exercice du pouvoir politique. Ainsi, s’agissant de l’item « la France devrait avoir à sa tête un homme fort qui n’a pas à se préoccuper du Parlement et des élections », les électeurs qui approuvent cette formulation représentent 28% de FI, 33% du PS, 44% de LREM, 50% de LR et 51% du FN. La composante « homme providentiel » de la personnalité politique d’Emmanuel Macron, ainsi que son rejet des partis et son affirmation selon laquelle le régime de la Ve République n’est pas parlementaire, trouvent ainsi un fort écho chez ses électeurs potentiels. La position centrale occupée par les électeurs macronistes sur ces différentes questions atténue ainsi la profondeur du clivage gauche/droite.

La déstructuration idéologique du clivage gauche/droite

Jusqu’ici, deux grands ensembles de valeurs, les valeurs universalistes (humanistes et libérales culturelles) et les valeurs économiques, se rabattaient, les unes et les autres, sur le clivage gauche/droite. Les électeurs qui adhéraient aux valeurs universalistes se situaient clairement à gauche de ce clivage tandis que les libéraux économiques se situaient clairement à droite. L’irruption du « macronisme » perturbe très fortement cette structuration. Les électeurs macronistes se situent en effet tantôt d’un côté du clivage et tantôt de l’autre. Tandis qu’ils partagent très largement les valeurs universalistes, se situant alors du côté des partis de gauche, ils partagent tout aussi largement les valeurs du libéralisme économique, se situant alors aux côtés des partis de droite. Ainsi, à propos des questions relatives aux immigrés, ces électeurs se situent aussi nettement à gauche que ceux de FI et du PS. C’est notamment le cas sur les items suivants : « l’immigration est une source d’enrichissement culturel », « l’islam est une menace pour l’Occident », « les enfants d’immigrés nés en France sont des Français comme les autres », « il y a trop d’immigrés en France », « en matière d’emploi, on devrait donner la priorité à un Français sur un immigré ». Sur ce dernier item, par exemple, les électeurs qui sont en accord avec cette formulation représentent 22% des électeurs FI, 20% des électeurs socialistes et 26% des électeurs macronistes, mais 58% des électeurs LR et 86% des électeurs FN. On retrouve la même structure à propos du rétablissement de la peine de mort. Les électeurs favorables à ce rétablissement sont 17% de ceux de FI, 14% de ceux du PS, 20% de ceux de LREM, mais 52% de ceux de LR et 73% de ceux du FN.

En revanche, si nous observons les attitudes à l’égard de la politique économique, l’électorat macroniste se situe clairement du côté des électeurs des partis de droite. Ainsi sur l’item « pour faire face aux difficultés économiques, l’Etat doit faire confiance aux entreprises et leur donner plus de liberté », les électeurs qui sont en accord avec cette formulation représentent 24% de ceux de FI, 47% de ceux du PS, 78% de ceux de LREM, 83% de ceux de LR et de 59% de ceux du FN. Ici, les électorats LREM et LR sont semblables.

Nous avions antérieurement caractérisé le macronisme comme une pensée politique social-libérale, c’est-à-dire comme une synthèse de deux grands ensembles de valeurs que le clivage gauche/ droite avait opposées jusqu’ici, le libéralisme économique, classé à droite, et le libéralisme culturel, classé à gauche. S’appuyant sur des études d’opinion antérieures à l’élection présidentielle, certains analystes assuraient que la force du pouvoir organisateur du clivage gauche/droite était telle que cette synthèse politique ne pouvait trouver sa traduction au niveau électoral, interdisant la constitution d’un large électorat social-libéral. Cette étude dévoile au contraire la formation d’un tel électorat à l’occasion des élections législatives de 2017. Elle confirme par là même le caractère décisif de l’offre en politique.

L’offre social-libérale d’Emmanuel Macron a permis à un grand nombre d’électeurs, venant de droite et surtout de gauche, de rompre avec une structuration du champ idéologique qui leur était imposée par le système partisan et qui opposait ces deux dimensions essentielles de la pensée libérale, affaiblissant du même coup la prégnance du clivage gauche/droite. Contrairement à certains commentaires qui niaient la spécificité et la réalité de cette nouvelle offre politique, la séquence électorale en cours suggère fortement que cette offre répondait à une demande latente dans l’électorat. La constitution d’un tel électorat constitue ainsi une rupture importante au niveau de la structuration des idéologies politiques qui pourrait modifier durablement la nature des affrontements politiques.

Mais par un étonnant paradoxe, c’est au moment où pour la première fois se constitue en France un large électorat libéral à la fois culturellement et économiquement que la troisième composante du libéralisme, le libéralisme politique, semble beaucoup moins assumée du fait du désir de « verticalité » du pouvoir qui est exprimé par de nombreux électeurs macronistes, loin d’une vision du libéralisme qui privilégie le parlementarisme et le rôle des partis politiques et traduit une grande méfiance à l’égard du pouvoir d’un seul. Tout se passe ainsi comme si notre problème collectif avec le libéralisme, après s’être formulé dans la partition quelque peu schizophrène entre un libéralisme économique porté par la droite et un libéralisme culturel porté par la gauche, se retrouvait sous une autre forme (des choix économique et sociétaux libéraux, un pouvoir fort), et qu’elle était internalisée au sein de LREM. Cette contradiction n’est pas forcément explosive mais elle pourrait fragiliser à terme la construction politique du président Macron du fait des ambiguïtés de son électorat vis-à-vis d’un vrai libéralisme.

La concurrence du nouveau clivage société ouverte/société fermée

L’offre macroniste ne constitue pas seulement la réalisation d’une synthèse nouvelle des deux libéralismes, empruntant à la fois à la gauche et à la droite et brouillant ainsi le clivage gauche/droite. Il tire aussi sa spécificité et sa force de sa défense explicite du projet européen, acceptant l’affrontement avec les souverainistes et dessinant ainsi un clivage concurrent, le clivage société ouverte/société fermée, clivage dont il occupe l’un des deux pôles, le Front national occupant l’autre. Lors du second tour de l’élection présidentielle, ce nouveau clivage s’est manifesté clairement, la nouvelle offre correspondant, ici aussi, à une demande latente dans l’électorat. Par exemple, invités à dire, dans l’hypothèse où l’on annoncerait demain que l’Union européenne est abandonnée, s’ils éprouveraient « de grands regrets, de l’indifférence ou un vif soulagement », les électeurs de LREM sont 86% à choisir la première option, ceux du PS 78%, ceux de LR 63%, ceux de FI 48% et ceux du FN 9%. Sur ce nouveau clivage, Emmanuel Macron peut donc compter sur des soutiens au centre-gauche comme au centre-droit, ce qui explique pour partie la très nette victoire qu’il a remportée sur Marine Le Pen. La question européenne divisant profondément à la fois la gauche et la droite, l’apparition de ce nouveau clivage concourt au processus d’affaiblissement du clivage gauche/droite.

Cette évolution se confirmera-t-elle dans les années à venir ? On peut le penser. Certes, après la déroute des partis traditionnels en 1962, s’était reformés progressivement une bipolarisation gauche/droite et un nouveau système partisan qui ont remis en cause la stratégie de rassemblement autour d’un homme – ni gauche ni droite – qui avait été celle du général de Gaulle. Mais si demain la stratégie Macron se heurtait à de graves difficultés, le retour d’une bipolarisation gauche/droite signifierait qu’auraient été refondées une gauche et une droite de gouvernement. Or on ne perçoit pas clairement pour l’instant sur quelles bases politiques une telle recomposition pourrait s’effectuer, d’autant plus que le processus de décomposition n’est pas encore arrivé à son terme !

Jordi GRACIA, “La Transición trágica” a El País (14-06-17)

http://elpais.com/elpais/2017/06/08/opinion/1496915063_108847.html

La palabra democracia estuvo muy viva desde antes de la muerte de Franco, pero el sentido que cada cual le dio fue equívoco y hasta contradictorio, sin nada que ver con la base estable e incuestionada de la noción de democracia en la actualidad. Es precisamente la renovada exigencia democrática que auspició el 15-M y Podemos, lo que asfixia hoy a gobernantes con las vergüenzas expuestas a todos los plasmas imaginables, y no son las irrelevantes vergüenzas genitales.

El régimen (el verdadero Régimen) abusó obscenamente de esa imaginativa plasticidad cuando habló de democracia orgánica. La oposición, articulada y sin articular, hizo lo mismo. Para unos, muchos, democracia equivalía a democracia radical, que a su vez equivalía a revolución democrática. Para otros, escasos, dispersos y muy mal vistos, democracia empezó a significar desde 1976-1978 la sumisión voluntaria a las reglas del juego de la representación parlamentaria porque asumía la negociación política como tablero exclusivo y expresión legítima de la opinión de la calle, movilizada y no movilizada. La convencida ilusión revolucionaria que fraguó entre las juventudes universitarias más politizadas desde finales de los años sesenta no dio el menor crédito a la democracia como sistema de pactos, contrapesos y transacciones: eso era claudicación socialdemócrata y pequeño-burguesa, como poco.

El ideal era otro porque la revolución no se pacta ni se negocia, se impone. La revolución vino a ser, así, un ideal del despotismo ilustrado sin respeto ni por las formalidades democráticas ni por la herencia presencial, biográfica, activa, de los equipos procedentes del franquismo. El sueño solo tenía cara A porque no había lugar para la cara B. La revolución democrática había de vencer a las fuerzas del franquismo reformista y a la vez a las formaciones políticas burguesas y pequeño-burguesas, tan alegremente dispuestas a plegarse a los enjuagues de una democracia parlamentaria a la europea.

No hay la menor duda: la Transición constituyó una traición sangrante, despiadada, a aquellas juventudes revolucionarias que con la literatura, la ideología, los cómics, el ideario libertario, el comunismo maoísta o soviético, la cultura hippy y la contracultura entera habían construido el programa de un futuro sin contar con una población no exactamente adicta ni a Rimbaud, ni a Lautréamont, ni a Fidel Castro, ni a Janis Joplin, ni a Allen Ginsberg. La población real, cuantificable, votó masivamente a Adolfo Suárez, compró desatadamente los abyectos libros neofranquistas de Vizcaíno Casas e ignoró los ensueños de la grifa y la marihuana o los viajes de la psicodelia débil del principio y el jaco letal de los ochenta.

El fracaso fue estrepitoso porque la población de una democracia en construcción no soñó con revolución alguna ni se adhirió a sus condiciones despóticas. Esa precaria democracia acabó con el aparato legislativo del franquismo y fundó otro nuevo desde 1978: hizo una ruptura democrática. El desnortamiento de la revolucionaria contracultura fue entonces descomunal porque la revolución empezaba a ser ya sólo una fantasía derrotada, pero no un objetivo viable con las cifras electorales y no electorales en las manos. Fue entonces cuando los lectores de la revolucionaria Anagrama abandonaron a Anagrama diez años después de su fundación: “De golpe y porrazo” —cuenta Jordi Herralde—, “buena parte de aquellos lectores inquietos que se interesaban por todo, dejaron de leer no sólo textos políticos sino también libros de pensamiento, de teoría, lo cual provocó la desaparición de la totalidad de las revistas políticas y el colapso de la mayoría de editoriales progresistas”. Los ideales de la minoría más politizada y progresista, más europeísta, culta y urbana, más asimilable a las vanguardias políticas radicales de la Europa de entonces, desembocaron en una funesta neurosis de autodestrucción por fallo general multiorgánico. Nada había sido como lo soñó Ajoblanco o Star.

Precisamente por eso Podemos no tiene nada que ver con aquella raíz hoy enterrada de la revolución: aquella lo era de verdad porque quiso cambiarlo todo. Hoy Podemos carece del gen revolucionario porque su biotipo democrático negocia, discute, amaga, recela, engaña, traiciona y marrullea como las demás fuerzas políticas. Los planes de la revolución se vinieron abajo en un santiamén pero sus víctimas fueron infinidad de jóvenes. No hay ninguna buena noticia en esas muertes con y sin apellido, sino un largo duelo ante la angustiosa lista de muertos en los años duros del caballo químico y del caballo ideológico: Eduardo Haro Ibars, Aníbal Núñez, Eduardo Hervás, Antonio Maenza, Marta Sánchez Martín, Carlos Castilla Plaza.

Pero es seguro que para la mayoría de la población fue una buena noticia el fracaso de la revolución: el demos no fue revolucionario, o fue democrático de acuerdo con las democracias realmente existentes en la Europa de su tiempo. La primera clase del curso de nueva democracia trataba del desengaño de las utopías revolucionarias y la segunda tocaba otro tema, también delicado: la democracia es imperfecta, torpona y algo cegata, además de no ser nunca ni pura ni inmaculada.

Pero la fantasía de la pureza siguió viva y la frustración también. Muchos de aquellos jóvenes no renunciaron a que la vida y la literatura fuesen lo mismo: es un ensueño fascinante y adictivo pero no le veo ejemplaridad alguna ni es siquiera un plan de vida compensador. Sí es en cambio un potente objeto de estudio antropológico y cultural, como el que ha emprendido Germán Labrador en un libro que contiene el más completo elogio y la más sentida elegía de la contracultura: Culpables por la literatura. Imaginación política y contracultura en la transición española (1968-1986). La demonización de sus protagonistas como bichos marginales y enfermos está ampliamente reparada en este libro, el mejor posible sobre aquel mundo y sus supervivientes.

Lo que no remedia es el trágico error que anidaba en los planes líricos e ideológicos para una Transición que sin duda los traicionó, pero no se equivocó. Si el éxito de la Transición se mide sobre el romanticismo de la revolución democrática fue un gran fracaso, y es justo y hasta conmovedor evocar a las víctimas de sus propias utopías. Pero no ilumina cuáles fueron y dónde estuvieron las renuncias de la izquierda democrática y socialdemócrata desde 1978. Ese me parece el campo de maniobras más productivo para una crítica de la Transición, sin confundirla con una traición a las utopías trágicas o restitutivas del pasado de la Segunda República.

Antón COSTAS, “Buscar arreglos, no soluciones” a La Vanguardia (14-06-17)

http://www.lavanguardia.com/opinion/20170614/423381785900/buscar-arreglos-no-soluciones.html

Quizá si cambiásemos nuestro lenguaje en relación con la forma de analizar la realidad catalana podríamos encontrar mejores vías para el tratamiento del conflicto político que hoy empantana y fatiga nuestra vida política.

Quizá la palabra solución no sea la más adecuada para abordar los conflictos del tipo como el que existe en Catalunya. Los conflictos no son ecuaciones matemáticas a las que se les pueda buscar una solución única. Son situaciones que admiten equilibrios múltiples. De ahí que quizá sea más útil utilizar el término arreglo que el de solución. “Busquemos un arreglo” es una expresión habitual en la vida de cada uno de nosotros.

Buscar un arreglo puede parecer una actitud poco ambiciosa para la magnitud del reto. Pero no es así. Buscar un arreglo es algo más que conformarse con “ir tirando” o con “salir al paso” en los conflictos. Es buscar activamente la negociación que ha de llevarnos a avanzar.

Un arreglo remite a la noción de contrato social. Un contrato es un acuerdo con el que, por definición, todos ganan. Si no es así, no sería un contrato, sería una imposición. Pero, también, donde todos ceden en algo. Las constituciones son contratos sociales para lograr que personas que tenemos diferentes preferencias e intereses podamos encontrar arreglos a nuestras diferencias y así poder convivir pacífica y productivamente. Las constituciones, como los contratos, hay que adaptarlas cuando cambian las circunstancias que les dieron origen.

Por otro lado, no nos debería asustar la palabra conflicto. Los conflictos son realidades cotidianas a las que hay que atender buscando arreglos que funcionen durante un tiempo. De hecho, un conflicto bien resuelto acaba siendo el cemento de una sociedad armoniosa. En el ámbito laboral, los conflictos entre empresa y trabajadores, cuando son bien atendidos, no destruyen la empresa sino que la hacen más cooperadora y productiva. Y lo mismo ocurre en otros ámbitos de la sociedad.

En todo caso, ¿cuál es esa realidad catalana a la que tenemos que encontrar un arreglo?

Llegados a este punto, deberíamos hacer el esfuerzo de no caer en el vicio de razonamiento de la sinécdoque, consistente en atribuir al todo (es decir, al conjunto de la sociedad catalana) lo que son sólo las preferencias de alguna de sus partes. Y esforzarnos también en utilizar datos contrastados que apoyen nuestros razonamientos.

En este caso utilizo los datos de la última encuesta de Metroscopia sobre “¿Qué piensan los catalanes del procés?” (Metroscopia. Pulso de España, 25 de mayo del 2017). Los datos de esta encuesta son claros: los catalanes encuestados prefieren mayoritariamente la negociación antes que la ruptura. Ante las dos opciones que ofrece el encuestador: a) seguir optando por el actual proceso negociador, o b) optar por una estrategia negociadora del tipo que se ha seguido en el País Vasco, un 31% son partidarios de seguir con el proceso, mientras que un 60% opta por la alternativa de un arreglo negociado, que en el sondeo se formula como “nuevas y blindadas competencias en exclusiva para Catalunya”.

La opción de no cambiar de estrategia es, como es lógico, mayoritaria entre los votantes de las tres formaciones independentistas (ERC, PDECat y CUP). Pero lo más significativo es que, de convocarse ahora elecciones, la cuarta parte de quienes votarían a ERC y un tercio de quienes darían su voto al PDECat se muestran también propicios a un intento negociador “a la vasca”.

Por lo tanto, la idea de un arreglo negociado es una alternativa que podría satisfacer a la mayoría, en la que se incluyen votantes de ERC y PDECat, a la vez que sería una salida válida para la actual situación de empantanamiento.

Esa salida, en mi opinión, se irá abriendo paso, aunque de forma lenta y quizá turbulenta en algunos momentos. Será así porque los partidarios de la independencia no podrán resolver la cuestión que impide su avance y les hace retroceder en apoyos: ¿cómo se logra la independencia de España y, a la vez, mantenerse en el euro y en la UE? Es un dilema irresoluble. Por eso, poco a poco, se irá abriendo camino la vía de un contrato político de soberanía compartida que profundice en los grandes avances que ha traído el Estado de las autonomías.

Naturalmente, para buscar un arreglo alguien tiene que querer negociar. Pero parece claro que, hoy por hoy, la negociación entre los gobiernos o entre partidos políticos no es posible. En estas circunstancias, ¿podemos hacer algo desde la sociedad para activar esa negociación?

Manuel ARIAS MALDONADO, “Pardon My Freedom” a Revista de LIbros (14-06-17)

http://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/pardon-my-freedom

«Hace nueve o diez años que no tocamos esta canción, no es fácil volver a ella», anunció Nic Offer, enérgico frontman de la banda californiana !!! al público que llenaba el Bowery Ballroom de Nueva York el pasado sábado. Se referían a «Pardon My Freedom», incluida en Louden Up Now, álbum de 2004: una explosiva mezcla de funk y post-punk que −de ahí su regreso al repertorio− viene a exigir libertad para los libertarios frente a la vigilancia moral de los gobiernos conservadores. Sobre el escenario, el incansable Offer enfatizó uno de los versos: «And you can tell the president / To suck my fucking dick». Desde luego, no es Garcilaso. Pero es una actitud que dice cosas sobre el modo en que funcionan nuestras democracias y sobre el modo en que no pueden funcionar. Y es que, oyendo esa canción, yo me acordé de Pedro Sánchez, de Emmanuel Macron, de Pablo Iglesias; de todos ellos y del dilema irresoluble de la democracia liberal. Pero vamos por partes.

Si hay dos quejas habituales entre los ciudadanos en relación con su sistema político, son éstas: que los representantes sólo piensan en su provecho personal; y que el ciudadano sólo cuenta el día de las elecciones. Se deduce de ahí que el político profesional dispone de cuatro o cinco años, según los casos, para extraer todo el beneficio posible; también que el ejercicio de la ciudadanía carece de sentido en ausencia de mecanismos participativos o, incluso, de formas directas de democracia. Esta desafección habría sido explotada por los partidos populistas y por cualquier líder que haya echado mano de los elementos definitorios del populismo: la solución estaría en devolver el poder al pueblo o a la gente, formar una voluntad popular de abajo arriba y no al revés. Más Rousseau y menos Schumpeter.

La creencia en que tal es la dirección a seguir ha sido reforzada en los últimos años por el desarrollo de las redes sociales, que entrega a cada ciudadano una herramienta mediante la cual puede expresar sus opiniones y plantear sus demandas de manera individualizada, así como estar en contacto directo con el líder correspondiente. Arabesco digital: hace un par de semanas, Pablo Iglesias pedía que le recomendasen una serie televisiva a través de Twitter. En cualquier caso, cunde la idea de que una democracia con componentes asamblearios es ahora no sólo deseable, sino también posible. Y lo mismo vale para los partidos: frente a la formación tradicional, con sus órganos intermedios y su tendencia a la oligarquía, asomaría en el horizonte el partido abierto a la militancia y asentado en la consulta permanente a las bases. En un texto reciente, Aurora Nacarino anunciaba el retorno del militante: desligado del partido y organizado espontáneamente alrededor de una causa o de un líder. Pareciera que el militante hubiese redescubierto la «felicidad política» de que hablaba Hannah Arendt: el gozo de participar en una causa colectiva, de concertarse con otros, de construir significados compartidos. Aunque esa nobleza resulta difícil de discernir en muchos de los movimientos políticos contemporáneos, que en su iracunda disposición se parecen antes a la Marcha sobre Roma que a la Marcha sobre Washington.

Sea como fuere, esta tendencia encuentra expresión en no pocos fenómenos políticos de nuestros días. Pedro Sánchez no sólo apeló al militante para derrotar en las primarias del PSOE a Susana Díaz, sino que se ha propuesto reformar su partido para hacerlo menos vertical y más horizontal. Por su parte, Emmanuel Macron tiene la intención de cambiar por completo la política francesa por la vía de incorporar a su recién fundado partido, La Republique en Marche, a ciudadanos ordinarios sin experiencia política; aunque una vez elegidos serán, a su vez, representantes de otros ciudadanos. También el Partido Demócrata norteamericano está recurriendo al movimiento grassroots en esta fase de transición, a la espera de que se dibuje su futuro candidato presidencial; algo parecido a lo que hizo el Tea Party durante los años de Obama. Frente a la naftalina de los partidos tradicionales, la adrenalina de la movilización permanente.

Pero nadie puede estar siempre en movimiento. Y la propia experiencia de Podemos demuestra que la fatiga participativa termina por afectar al militante más entusiasta una vez que la política pasa de su fase redentora a su fase administrativa: la tesis de Robert Michels sobre la inevitable oligarquización de los partidos −si no de cualquier organización− sigue vigente. Sin embargo, lo que me interesa destacar es cómo la llegada de las nuevas tecnologías y la creciente atomización social, que se refleja en un voto más volátil y unas lealtades partidistas menos rígidas no puede traducirse en una democracia más directa. O, mejor dicho, que emplear las nuevas tecnologías para hacer más directas las democracias y más horizontales los partidos no es ninguna solución al problema irresoluble de la democracia de masas: entendiendo por democracia de masas aquella que sirve para organizar el gobierno de sociedades a partir de una cierta escala. Es un tema recurrente en este blog, donde se ha señalado más de una vez que nada impediría, sobre el papel, que todas las decisiones relevantes dentro de una comunidad política se adoptasen mediante el voto directo a través de las herramientas digitales: posible, es. Sucede que el resultado sería una democracia profundamente disfuncional, donde la satisfacción del autogobierno se vería pronto truncada por unos resultados caóticos. El mecanismo representativo no es ningún capricho histórico.

Diría entonces que defender la intensificación de los mecanismos directos de participación en la toma de decisiones −ya sea mediante referéndum u horizontalizando los partidos− implica haber extraído la conclusión incorrecta de las transformaciones sociales en curso. Y ello, seguramente, porque se arranca de una premisa falsa: la idea de que los ciudadanos nada tienen que decir si no es en las urnas. Esto quizá pudo ser así en los orígenes de la democracia liberal, pero, desde luego ,ha dejado de serlo: la vitalidad de la opinión pública y de la movilización colectiva, sumada a la fuerza expresiva de unas redes sociales capaces ahora de crear estados de opinión que paralizan al más arrojado de los ministros, indican justamente lo contrario. Tal como sugería The Economist hace unos días en relación con el declive de la clase política británica, la profesión de representante no es la más apetecible en nuestros días: horas interminables, salarios modestos, tensión excesiva. Súmese a todo ello el más poderoso de los incentivos imaginables para atender a las demandas de la opinión pública −el deseo de un gobierno de ser reelegido− y nos encontramos con que los ciudadanos quizá manden, incluso, demasiado. En ningún modo podemos decir que una sociedad democrática resulta demasiado democrática, pero es un hecho que cada vez es más fácil organizar coaliciones negativas contra la acción de gobierno y más difícil hacer reformas significativas por más evidente que sea su necesidad.

Por emplear los términos utilizados más arriba: que exista la posibilidad técnica de usar las nuevas tecnologías como medio para hacer las democracias más participativas no significa que ese objetivo sea políticamente deseable. Nuestras sociedades civiles están más atomizadas, son más plurales, tienen más capacidad para expresar demandas sectoriales e incluso individuales; pero el carácter mismo de la conversación pública en las redes sociales nos alerta acerca de la distancia entre expectativas y resultados en este terreno. Tampoco por esta vía podemos cerrar la brecha que se abre entre las preferencias individuales y las decisiones sociales. Y no hay salvación en ningún sujeto colectivo capaz de reconciliar esas dos dimensiones irreconciliables de la vida política, por más que lo invoquemos: el pueblo, la gente, la nación. De hecho, cabría preguntarse si canalizar la vitalidad pública mediante procedimientos institucionalizados no obstruiría las vías a través de las cuales ese inevitable descontento puede expresarse en toda su negatividad.

Así, cuando el cantante de !!! se dirige en términos obscenos al presidente de su país, en presencia de un público que parecía estar de acuerdo con él, da salida a una insatisfacción que no puede eliminarse; porque si gobernase Hillary Clinton existirían otros depósitos de frustración distintos, pero equivalentes. Es una frustración a menudo primitiva, tribal; sólo a veces dispuesta a presentar una alternativa constructiva. En la cultura, pues, se ventilan los afectos políticos que el normal funcionamiento de la democracia no puede −ni debe− absorber. Simultáneamente, claro, esa conversación pública −que incluye discursos articulados, expresiones artísticas, movilizaciones políticas, formas de vida− produce cambios sobre la vida social e influye sobre las decisiones públicas. No queramos arruinar esa caótica riqueza vinculándola a procesos formales de decisión.

¿No hay entonces espacio para ninguna innovación institucional ni para una mayor implicación de los ciudadanos en la vida pública? Sí que lo hay. Pero sólo a condición de que conozcamos sus limitaciones y entendamos que su función es, sobre todo, simbólica: crear foros o comunidades donde algunos ciudadanos puedan, en representación de todos los demás, informar al sistema político de sus preferencias o deliberar acerca de las mismas. Estos experimentos son complementarios del sistema representativo y no pueden ser otra cosa. Distinto es que los líderes políticos apelen a la participación o a las bases para legitimar su proyecto en tiempos de descontento. Pero la distancia entre la realidad y el deseo seguirá en su sitio. Una distancia que expresó involuntariamente una estudiante que, en el transcurso de una clase, elogió al entonces presidente Barack Obama por mantener contacto directo con sus votantes a través de Twitter. Yo sugerí que difícilmente podía ser Obama quien se encargase de esa cuenta y que, en todo caso, los intercambios de opinión eran meramente superficiales: la estudiante rechazó mi escepticismo y añadió que ojalá todos los presidentes fueran como Obama. Irónicamente, el tiempo le ha entregado a un presidente norteamericano que sí lleva −¡vaya que sí!− su propia cuenta en Twitter.

acabar, proposem de nou un altre dels magnífics articles de Manuel Arias
Maldonado (Text 5) a la Revista de Libros, aquesta vegada sobre la complexa relació
entre la democràcia representativa i la democràcia directa.
Lidia BRUN y Guillem MURCIA, “Rebeldes con causa: juventud y desigualdad en las
elecciones británicas” a Agenda Pública (13-06- 17)
http://agendapublica.elperiodico.com/rebeldes-causa- juventud-desigualdad- las-elecciones- britanicas/
Si el lema de Theresa May durante la campaña electoral británica fue el de proveer al país con
un liderazgo “fuerte y estable”, se podría decir que la situación política en buena parte del
mundo occidental es su opuesto diametral. Casi una década después de la Gran Recesión, la
irrupción de nuevos fenómenos políticos en países europeos y en Estados Unidos han dejado a
numerosos analistas políticos y opinadores desconcertados. A lo largo de toda Europa y
Estados Unidos, las sorpresas políticas se han sucedido, con la victoria de Syriza en Grecia, la
entrada de actores como Podemos o el Movimiento Cinco Estrellas, la presidencia de Trump, el
voto favorable al Brexit o la llegada a la segunda vuelta de las presidenciales francesas del
Frente Nacional, y han supuesto el giro hacia una nueva época en la política representativa
occidental.
Y elección tras elección, el patrón parece repetirse. Una brecha social cobra protagonismo. De
un lado, la reacción corta de miras ante el progreso, de base eminentemente rural y con bajos
niveles educativos, que protestan contra un proceso de globalización que les ha permitido
tener iPhones pero que les hace sentir escalofríos al ver el tono de piel de sus nuevos vecinos.
De otro lado, un cohorte de jóvenes mejor educados, que han vivido la diversidad
internacional, étnica y profesional, saben abrir la vista hacia el inevitable progreso social y
económico y votan opciones que no buscan construir muros ante el diferente.
Si bien es cierto, tal y como hemos señalado anteriormente, que el impacto desigual de la
globalización, la destrucción de espacios de articulación de la clase trabajadora como los
sindicatos, y el abandono del discurso de clase por parte de la socialdemocracia, han
configurando una tendencia hacia el voto conservador por parte de la clase trabajadora blanca,
en nuestra opinión el marco interpretativo que recogemos arriba es simplista, y esconde una
realidad más compleja. Y es que, como muestra el gráfico del Institute for Fiscal Studies, la
redistribución de recursos que han producido las decisiones políticas post-crisis han tenido un
fuerte componente generacional. Los partidos conservadores incumbentes, conscientes de las
características demográficas de su base de votantes, han primado mantener el poder
adquisitivo de pensiones y ahorros a apoyar la formación o el inicio de una vida adulta con
garantías.
Durante las últimas semanas, las encuestas en relación a las elecciones británicas del 8 de
junio mostraban serias discrepancias. Los márgenes de la ventaja conservadora sobre Labour
variaban desde los 12 puntos en ICM hasta el escaso punto en Survation. Esta enorme
diferencia residía en las estimaciones de participación que las distintas encuestas imputaban al
voto joven. Y es que respecto a las elecciones de 2015, 1.05 millones más de votantes jóvenes
se han registrado para votar. La encuesta pre-electoral de Survation mostraba un incremento
del 100% en la intención de ir a votar por parte de la población de entre 18 y 24 años, y de
ellos, un contundente 66% se inclinaba por el partido de Jeremy Corbyn.
Así, el éxito de Jeremy Corbyn el 8 de junio se explica en gran medida por este apoyo
extraordinario del voto joven, que habría votado en proporciones históricamente elevadas.
Puede parecer absurdo hablar del “éxito” de un partido que quedó segundo y a 56
parlamentarios del primero. Sin embargo, Theresa May, que convocó unas elecciones en plena
caída de los salarios reales que no había visto símil desde hace varias décadas, ganó 2.3
millones de votos, subiendo 5.5% respecto al 2015, consolidando la fidelidad de sus votantes y
beneficiándose del derrumbamiento de los anti-europeístas UKIP. Si Jeremy Corbyn no hubiese
conseguido contrarrestar esto con un aumento de 3.5 millones de votos y 9.5% respecto a
2015, la debacle Labour hubiera sido histórica. Así, los conservadores consiguieron 318
escaños (12 menos que en 2015) mientras los laboristas subieron 30 hasta llegar a los 262.
Aunque las estadísticas definitivas sobre el comportamiento sociodemográfico de los votantes
aún tardarán semanas en aparecer, distintos datos empíricos confirmarían este apoyo
extraordinario de la juventud al Labour Party. Por un lado, el aumento de la participación
electoral, que se ha situado en el 69%, se ha recuperado de una caída hace un par de décadas
liderada por el aumento de la abstención en el voto joven. También lo indica el hecho de que
Corbyn haya mejorado su apoyo respecto a las encuestas que estimaban una baja
participación del voto joven. En este artículo en Piedras de Papel, José Fernández Albertos e
Ignacio Jurado muestran que el swing al partido laborista (el diferencial entre el incremento de
voto a laborista y el incremento al voto conservador respecto a las últimas elecciones) está
significativamente correlacionado con el porcentaje de población joven y con la densidad de
población. Estos autores explican también que mientras el Brexit pudo ser un componente
importante en el voto al partido conservador, las políticas socioeconómicas han sido un
determinante más importante del voto laborista.
Lejos de interpretaciones simplistas, que atribuyeran el comportamiento electoral de los
millennials a una rebeldía irracional fruto de la edad o a diferencias de valores
intergeneracionales, el director de la Resolution Foundation, Torsten Bell argumenta que hay
elementos suficientes para interpretar el apoyo de la juventud a Corbyn como una decisión
coherente desde un punto de vista material. En lo relativo a las condiciones laborales, el paro
juvenil no llega a los extremos de los países meridionales, pero aún así muestra diferenciales
por grupo de edad. Entre los jóvenes es del 12.5% (frente al 4.8% de media). Sin embargo, el
problema para los jóvenes quizás no se halle tanto en la tasa de desempleo tomada
aisladamente, sino en las condiciones laborales y económicas a las que se enfrentan. Sabemos
que la precariedad laboral es un fenómeno que se suele cebar con los trabajadores jóvenes. El
Reino Unido no es una excepción. Un estudio del Centre for Population Change con datos del
UK Household Longitudinal Study de 2014 da testimonio de la precarización de las condiciones
económicas de la juventud británica: los jóvenes se ven más afectados por el crecimiento de
los empleos con salarios bajos y a menudo a tiempo parcial. Según la Office for National
Statistics británica, la generalización de los contratos ultra-precarios de 0 horas (una contrato
atípico en el que el empresario no tiene el deber de emplear al trabajador si no lo necesita,
quedando éste a merced de las fluctuaciones del sector), afecta desproporcionadamente a los
trabajadores jóvenes. Además, un 11.5% ni estudian ni trabajan.
Aunque la intersección entre juventud y condiciones socioeconómicas peores es hasta cierto
punto inevitable, ya que no han tenido tiempo de acumular experiencia ni ahorros, las
expectativas de mejora a lo largo de la vida han caído significativamente en los últimos años.
Un estudio de la Equality and Human Rights Commission de 2013 encuentra que los
trabajadores menores de 34 años han sido quienes han sufrido una caída mayor tanto en los
salarios (13%) como en su participación en el mercado laboral (9%) desde la Gran Recesión,
condiciones que se acentúan en la franja de 16 a 24 años. Como se ha repetido hasta la
saciedad, y no por ello es menos cierto, la generación millennial enfrenta unas perspectivas
económicas peores en comparación con las generaciones anteriores.
Además, como explica Marcus Barnett en la revista Jacobin, este aumento de la incertidumbre
vital en adultos jóvenes derivada de la precariedad ha venido acompañada por un progresivo
deterioro de las políticas públicas de apoyo a esta franja de edad que permitieran contrarrestar
unas expectativas vitales mermadas. Específicamente, las políticas de educación y las de
vivienda tienen un importante componente de redistribución hacia las generaciones más
jóvenes. En cuanto a las políticas educativas, el gobierno británico surgido de las elecciones de
2010, basado en la coalición LibDem+tory, triplicó las tasas universitarias hasta las 9000£ al
año, además de la abolición de la Education Maintenance Allowance, que suponía un apoyo
definitivo a la formación para jóvenes de origen trabajador. Estas medidas fueron la chispa que
prendió la mecha de las protestas estudiantiles de 2010 en el Reino Unido. En cambio, en
Labour Party incluyó en su manifesto (programa electoral) una reversión de estas políticas,
presupuestando 11.000M£ para abolir las tasas universitarias.
Con respecto a la vivienda, cabe hablar de la brecha campo/ciudad. Labour saca
históricamente buenos resultados en las urbes, pero ha mejorado sus resultados en Londres
(¡por encima del 50%!), Manchester, Birmingham, Cardiff y Edimburgo. El incremento de los
precios de los alquileres y la propiedad en las principales ciudades británicas, y especialmente
en Londres, hace sospechar de una burbuja inmobiliaria. Un estudio de la Resolution
Foundation estimaba que este aumento del precio de la vivienda iba a imposibilitar el acceso a
la propiedad de las personas menores de 35 años: de hecho, el porcentaje de familias con
vivienda en propiedad se ha reducido a la mitad en las grandes ciudades desde los años 90, y
según el Comité de Trabajo y Pensiones de la Cámara de los Comunes, la generación nacida
entre 1983-87 tiene menores tasas de propiedad inmobiliaria que cualquiera anterior nacida a
partir de 1958.
En un exhaustivo análisis cuantitativo, el Financial Times arrojaba datos que dan cuenta de la
complejidad de interacciones entre clase social, edad y cohorte que han determinado el
comportamiento electoral. En el panel izquierdo del gráfico se muestra una descomposición del
voto por “clase social”, la clásica categorización NRS, realmente derivada de la clase
ocupacional. El grupo ABC1 se aproxima a la clase media y contiene profesionales liberales,
administrativos y de gestión, o lo que vendrían a ser “trabajadores de cuello blanco”. Este
grupo votaba un 30% más tory en los años 70, pero este apoyo ha ido disminuyendo hasta
situarse en una diferencia de sólo 3% respecto a Labour en estas últimas elecciones, según
una estimación del Lord Ashcroft. Por otro lado, el grupo C2, clase trabajadora cualificada, y el
grupo DE, clase trabajadora sin cualificación y desempleados, solían votar Labour de manera
muy mayoritaria, pero esta brecha se ha ido cerrando. El grupo C2, siempre según la misma
encuesta, habría votado más a tory, mientras el grupo DE sigue dando su apoyo a Labour con
más de 15 puntos de diferencia.
Paralelamente, aunque los jóvenes han votado siempre más a Labour, mientras que los más
mayores tradicionalmente son votantes tory, el panel derecho del gráfico muestra como este
gap se habría amplificado exponencialmente en las últimas elecciones. Así, mientras la brecha
“de clase” ha pasado del 72% en las elecciones de 1974 al 15% en las de 2017, la brecha
generacional habría pasado del 14% al 83%. La encuesta de YouGov recientemente publicada
va en la misma dirección: los laboristas se imponen entre los británicos de 49 años o menos,
pero de forma especialmente rotunda entre los menores de 30 años, entre los que superan los
60 puntos porcentuales. Por otro lado, el apoyo a los conservadores es superior al que reciben
los laboristas entre los mayores de 50 años, pero lo es especialmente entre el grupo de 70
años o más (que ya no incluye a ningún miembro en edad laboral) donde el cierre de filas tory
es abrumador. En función del análisis sobre la precariedad juvenil hecho hasta ahora, para
hacer una explicación conjunta de estas gráficas se podría hipotetizar que la composición
generacional de los grupos de clase ha cambiado. Así, parte del declive en el apoyo tory en el
grupo ABC1 podría explicarse por un aumento de jóvenes muy bien formados que acceden a
puestos de trabajo administrativos en condiciones de mayor precariedad, mientras que el
aumento del voto conservador en el grupo C2 podría explicarse por un envejecimiento de sus
miembros que no obstante han comprado el discurso conservador que individualiza las
desigualdades materiales como fracasos personales.
Esta interpretación coincidiría con las encuestas que arrojaban que el votante a favor del Brexit
fue desproporcionadamente blanco, en categorías ocupacionales de trabajador manual y más
pesimista respecto al futuro para sus hijos. Un perfil que se combina con el de los nuevos
votantes que el el UKIP había conseguido seducir en su ascenso post-2009, con su mezcla de
liberalismo derechista, xenofobia y euroescepticismo. En las pasadas elecciones del 8 de junio,
sin embargo, para el partido de Nigel Farage y Paul Nuttal, este ascenso vio su abrupto fin.
Tras el referéndum del Brexit, el apoyo al UKIP se ha derrumbado, y sus votos han sido
capitalizados mayoritariamente los conservadores de Theresa May.
Es en esta perspectiva donde tenemos que introducir la idea de que crecimiento económico
post-Gran Recesión tampoco ha beneficiado a buena parte de la juventud trabajadora, que ha
accedido al mercado laboral en unas condiciones muy precarias a pesar de su alta formación,
razón por la cual la clasificación NRS los situaría en clase media. Si se tratara puramente de
una división cultural (mayores nacionalistas vs jóvenes globalistas) no se explicaría por qué ha
sido el partido de Jeremy Corbyn, un candidato laborista de la vieja escuela de 68 años, con
propuestas de corte socialista y fuertes vínculos con sindicatos, y no el partido de socio-liberal
Lib-Dem, o incluso las facciones que enarbolaron la llamada Tercera Vía (los llamados blairitas)
del New Labour, quienes han recogido su descontento. Si la economía británica tiene visos de
entrar en estancamiento, y de nuevo los trabajadores jóvenes vuelven a verse perjudicados, el
descontento no haría más que aumentar.
A pesar de esto, cabe suponer que algunos factores culturales pueden haber sido importantes
en el comportamiento del voto juvenil. El fantasma de un hard Brexit ha recorrido la campaña,
atizado por los conservadores. Los jóvenes votaron inequívocamente por el Remain, pero las
características demográficas así como los diferenciales en participación por edades en el
referéndum, impusieron un resultado que además, cuando se materialice, por el cambio
demográfico producido por el simple paso del tiempo, tendrá una mayoría consolidada en su
contra. Por otro lado, a pesar de ser el líder de uno de los partidos del bipartidismo británico,
Jeremy Corbyn es de todo menos establishment, con un récord de haber roto la disciplina de
su propia partido en cuestiones tan sensibles como la Guerra de Irak, o la privatización del
NHS (Sistema Nacional de Salud). Quizás esto es lo que ha hecho que, como recoge Luke
Stobart, muchos británicos lo vean como un “intruso nuestro” con un programa transformador
para la política. Finalmente, el diseño modernizado de su campaña, adaptado a las nuevas
tecnologías y a las redes sociales, así como las oportunidades de participación juvenil en
plataformas como Momentum o Young Labour, le han imprimido un carácter de “nueva
política”.
En conclusión, creemos que afirmar que las condiciones socioeconómicas tienen cada vez
menos peso en el comportamiento electoral puede tratarse de un análisis apresurado. La
creciente correlación entre edad y desigualdad socioeconómica, y la creciente precarización de
la juventud, de hecho, apunta todo lo contrario: sigue tratándose de un factor fundamental. Y
sin embargo, esto no quiere decir que las condiciones materiales se traduzcan
automáticamente en una conciencia o simpatía política determinada: la forma en que estas
condiciones se interpreten o medien será fundamental. En este contexto, la narrativa que
asimila pobreza, paro y precariedad a fracasos personales y no a características sistémicas,
que resuena con cierta clase trabajadora envejecida y con una situación relativamente menos
expuesta a los envites de los vaivenes económicos, ignora las condiciones económicas
boyantes de posguerra y la red de protección pública en las que ellos desarrollaron su proyecto
vital. Y en consecuencia, es profundamente injusta hacia las nuevas generaciones. Los
jóvenes, a menudo criminalizados por no alcanzar unas expectativas de reproducción y de
mejora del estatus socioeconómico, han vivido una progresiva decadencia del sistema de
protección social y deben desarrollar sus proyectos vitales en plena Gran Recesión. Su
comportamiento electoral en estas elecciones británicas da cuenta de ello.
Gérard GRUNBERG, “Le clivage gauche-droite est-il dépassé?” a Telos (9-06- 17)
http://www.telos-eu.com/fr/le- clivage-gauche- droite-est- il-depasse.html
Les caractéristiques idéologiques très particulières de l’électorat macroniste affaiblissent
significativement la capacité du clivage gauche/droite à structurer le champ idéologique. C’est
ce que montre la récente enquête électorale IPSOS/Cevipof datée du 1er juin. La constitution
de cet électorat produit cet affaiblissement de trois manières différentes. En en émoussant le
tranchant, en en brouillant la clarté et en lui opposant un clivage nouveau.
Pour simplifier l’analyse, nous n’avons retenu que les intentions de vote aux élections
législatives de cinq électorats, France insoumise (FI), PS, En Marche (LREM), Les Républicains
(LR) et FN, l’électorat communiste différant très peu idéologiquement de l’électorat FI, celui de
EELV très peu de l’électorat socialiste tandis que celui de l’UDI est proche de celui de LR.
Du clivage gauche/droite au continuum gauche/droite
Sur certains thèmes, l’électorat LREM se positionne au centre, transformant le clivage
gauche/droite en un continuum gauche/droite. Ce continuum apparaît sur les thèmes sociaux,
qu’il s’agisse de la redistribution, de la réduction du nombre de fonctionnaires ou de la
perception des comportements des chômeurs. Ainsi, par exemple, les répondants qui sont
d’accord avec la formulation « les chômeurs pourraient trouver du travail s’ils le voulaient
vraiment » représentent 13% des électeurs de FI, 21% de ceux du PS, 35% de LREM, 48% de
LR et 51% du FN. Ceux qui sont d’accord avec la formulation « en matière de justice sociale, il
faudrait prendre aux riches pour donner aux pauvres » représentent 72% de ceux de FI, 52%
de ceux du PS, 31% de ceux de LREM, 16% de ceux de LR mais 41% de ceux du FN.
Le continuum gauche/droite se retrouve également à propos de la conception de l’exercice du
pouvoir politique. Ainsi, s’agissant de l’item « la France devrait avoir à sa tête un homme fort
qui n’a pas à se préoccuper du Parlement et des élections », les électeurs qui approuvent cette
formulation représentent 28% de FI, 33% du PS, 44% de LREM, 50% de LR et 51% du FN. La
composante « homme providentiel » de la personnalité politique d’Emmanuel Macron, ainsi
que son rejet des partis et son affirmation selon laquelle le régime de la Ve République n’est
pas parlementaire, trouvent ainsi un fort écho chez ses électeurs potentiels. La position
centrale occupée par les électeurs macronistes sur ces différentes questions atténue ainsi la
profondeur du clivage gauche/droite.
La déstructuration idéologique du clivage gauche/droite
Jusqu’ici, deux grands ensembles de valeurs, les valeurs universalistes (humanistes et libérales
culturelles) et les valeurs économiques, se rabattaient, les unes et les autres, sur le clivage
gauche/droite. Les électeurs qui adhéraient aux valeurs universalistes se situaient clairement à
gauche de ce clivage tandis que les libéraux économiques se situaient clairement à droite.
L’irruption du « macronisme » perturbe très fortement cette structuration. Les électeurs
macronistes se situent en effet tantôt d’un côté du clivage et tantôt de l’autre. Tandis qu’ils
partagent très largement les valeurs universalistes, se situant alors du côté des partis de
gauche, ils partagent tout aussi largement les valeurs du libéralisme économique, se situant
alors aux côtés des partis de droite. Ainsi, à propos des questions relatives aux immigrés, ces
électeurs se situent aussi nettement à gauche que ceux de FI et du PS. C’est notamment le cas
sur les items suivants : « l’immigration est une source d’enrichissement culturel », « l’islam est
une menace pour l’Occident », « les enfants d’immigrés nés en France sont des Français
comme les autres », « il y a trop d’immigrés en France », « en matière d’emploi, on devrait
donner la priorité à un Français sur un immigré ». Sur ce dernier item, par exemple, les
électeurs qui sont en accord avec cette formulation représentent 22% des électeurs FI, 20%
des électeurs socialistes et 26% des électeurs macronistes, mais 58% des électeurs LR et 86%
des électeurs FN. On retrouve la même structure à propos du rétablissement de la peine de
mort. Les électeurs favorables à ce rétablissement sont 17% de ceux de FI, 14% de ceux du
PS, 20% de ceux de LREM, mais 52% de ceux de LR et 73% de ceux du FN.
En revanche, si nous observons les attitudes à l’égard de la politique économique, l’électorat
macroniste se situe clairement du côté des électeurs des partis de droite. Ainsi sur l’item
« pour faire face aux difficultés économiques, l’Etat doit faire confiance aux entreprises et leur
donner plus de liberté », les électeurs qui sont en accord avec cette formulation représentent
24% de ceux de FI, 47% de ceux du PS, 78% de ceux de LREM, 83% de ceux de LR et de 59%
de ceux du FN. Ici, les électorats LREM et LR sont semblables.
Nous avions antérieurement caractérisé le macronisme comme une pensée politique social-
libérale, c’est-à- dire comme une synthèse de deux grands ensembles de valeurs que le clivage
gauche/ droite avait opposées jusqu’ici, le libéralisme économique, classé à droite, et le
libéralisme culturel, classé à gauche. S’appuyant sur des études d’opinion antérieures à
l’élection présidentielle, certains analystes assuraient que la force du pouvoir organisateur du
clivage gauche/droite était telle que cette synthèse politique ne pouvait trouver sa traduction
au niveau électoral, interdisant la constitution d’un large électorat social-libéral. Cette étude
dévoile au contraire la formation d’un tel électorat à l’occasion des élections législatives de
2017. Elle confirme par là même le caractère décisif de l’offre en politique.
L’offre social-libérale d’Emmanuel Macron a permis à un grand nombre d’électeurs, venant de
droite et surtout de gauche, de rompre avec une structuration du champ idéologique qui leur
était imposée par le système partisan et qui opposait ces deux dimensions essentielles de la
pensée libérale, affaiblissant du même coup la prégnance du clivage gauche/droite.
Contrairement à certains commentaires qui niaient la spécificité et la réalité de cette nouvelle
offre politique, la séquence électorale en cours suggère fortement que cette offre répondait à
une demande latente dans l’électorat. La constitution d’un tel électorat constitue ainsi une
rupture importante au niveau de la structuration des idéologies politiques qui pourrait modifier
durablement la nature des affrontements politiques.
Mais par un étonnant paradoxe, c’est au moment où pour la première fois se constitue en
France un large électorat libéral à la fois culturellement et économiquement que la troisième
composante du libéralisme, le libéralisme politique, semble beaucoup moins assumée du fait
du désir de « verticalité » du pouvoir qui est exprimé par de nombreux électeurs macronistes,
loin d’une vision du libéralisme qui privilégie le parlementarisme et le rôle des partis politiques
et traduit une grande méfiance à l’égard du pouvoir d’un seul. Tout se passe ainsi comme si
notre problème collectif avec le libéralisme, après s’être formulé dans la partition quelque peu
schizophrène entre un libéralisme économique porté par la droite et un libéralisme culturel
porté par la gauche, se retrouvait sous une autre forme (des choix économique et sociétaux
libéraux, un pouvoir fort), et qu’elle était internalisée au sein de LREM. Cette contradiction
n’est pas forcément explosive mais elle pourrait fragiliser à terme la construction politique du
président Macron du fait des ambiguïtés de son électorat vis-à- vis d’un vrai libéralisme.
La concurrence du nouveau clivage société ouverte/société fermée
L’offre macroniste ne constitue pas seulement la réalisation d’une synthèse nouvelle des deux
libéralismes, empruntant à la fois à la gauche et à la droite et brouillant ainsi le clivage
gauche/droite. Il tire aussi sa spécificité et sa force de sa défense explicite du projet européen,
acceptant l’affrontement avec les souverainistes et dessinant ainsi un clivage concurrent, le
clivage société ouverte/société fermée, clivage dont il occupe l’un des deux pôles, le Front
national occupant l’autre. Lors du second tour de l’élection présidentielle, ce nouveau clivage
s’est manifesté clairement, la nouvelle offre correspondant, ici aussi, à une demande latente
dans l’électorat. Par exemple, invités à dire, dans l’hypothèse où l’on annoncerait demain que
l’Union européenne est abandonnée, s’ils éprouveraient « de grands regrets, de l’indifférence
ou un vif soulagement », les électeurs de LREM sont 86% à choisir la première option, ceux du
PS 78%, ceux de LR 63%, ceux de FI 48% et ceux du FN 9%. Sur ce nouveau clivage,
Emmanuel Macron peut donc compter sur des soutiens au centre-gauche comme au centre-
droit, ce qui explique pour partie la très nette victoire qu’il a remportée sur Marine Le Pen. La
question européenne divisant profondément à la fois la gauche et la droite, l’apparition de ce
nouveau clivage concourt au processus d’affaiblissement du clivage gauche/droite.
Cette évolution se confirmera-t- elle dans les années à venir ? On peut le penser. Certes, après
la déroute des partis traditionnels en 1962, s’était reformés progressivement une bipolarisation
gauche/droite et un nouveau système partisan qui ont remis en cause la stratégie de
rassemblement autour d’un homme – ni gauche ni droite – qui avait été celle du général de
Gaulle. Mais si demain la stratégie Macron se heurtait à de graves difficultés, le retour d’une
bipolarisation gauche/droite signifierait qu’auraient été refondées une gauche et une droite de
gouvernement. Or on ne perçoit pas clairement pour l’instant sur quelles bases politiques une
telle recomposition pourrait s’effectuer, d’autant plus que le processus de décomposition n’est
pas encore arrivé à son terme !
Jordi GRACIA, “La Transición trágica” a El País (14-06- 17)

http://elpais.com/elpais/2017/06/08/opinion/1496915063_108847.html

La palabra democracia estuvo muy viva desde antes de la muerte de Franco, pero el sentido
que cada cual le dio fue equívoco y hasta contradictorio, sin nada que ver con la base estable e
incuestionada de la noción de democracia en la actualidad. Es precisamente la renovada
exigencia democrática que auspició el 15-M y Podemos, lo que asfixia hoy a gobernantes con
las vergüenzas expuestas a todos los plasmas imaginables, y no son las irrelevantes
vergüenzas genitales.
El régimen (el verdadero Régimen) abusó obscenamente de esa imaginativa plasticidad cuando
habló de democracia orgánica. La oposición, articulada y sin articular, hizo lo mismo. Para
unos, muchos, democracia equivalía a democracia radical, que a su vez equivalía a revolución
democrática. Para otros, escasos, dispersos y muy mal vistos, democracia empezó a significar
desde 1976-1978 la sumisión voluntaria a las reglas del juego de la representación
parlamentaria porque asumía la negociación política como tablero exclusivo y expresión
legítima de la opinión de la calle, movilizada y no movilizada. La convencida ilusión
revolucionaria que fraguó entre las juventudes universitarias más politizadas desde finales de
los años sesenta no dio el menor crédito a la democracia como sistema de pactos, contrapesos
y transacciones: eso era claudicación socialdemócrata y pequeño-burguesa, como poco.
El ideal era otro porque la revolución no se pacta ni se negocia, se impone. La revolución vino
a ser, así, un ideal del despotismo ilustrado sin respeto ni por las formalidades democráticas ni
por la herencia presencial, biográfica, activa, de los equipos procedentes del franquismo. El
sueño solo tenía cara A porque no había lugar para la cara B. La revolución democrática había
de vencer a las fuerzas del franquismo reformista y a la vez a las formaciones políticas
burguesas y pequeño-burguesas, tan alegremente dispuestas a plegarse a los enjuagues de
una democracia parlamentaria a la europea.
No hay la menor duda: la Transición constituyó una traición sangrante, despiadada, a aquellas
juventudes revolucionarias que con la literatura, la ideología, los cómics, el ideario libertario, el
comunismo maoísta o soviético, la cultura hippy y la contracultura entera habían construido el
programa de un futuro sin contar con una población no exactamente adicta ni a Rimbaud, ni a
Lautréamont, ni a Fidel Castro, ni a Janis Joplin, ni a Allen Ginsberg. La población real,
cuantificable, votó masivamente a Adolfo Suárez, compró desatadamente los abyectos libros
neofranquistas de Vizcaíno Casas e ignoró los ensueños de la grifa y la marihuana o los viajes
de la psicodelia débil del principio y el jaco letal de los ochenta.
El fracaso fue estrepitoso porque la población de una democracia en construcción no soñó con
revolución alguna ni se adhirió a sus condiciones despóticas. Esa precaria democracia acabó
con el aparato legislativo del franquismo y fundó otro nuevo desde 1978: hizo una ruptura
democrática. El desnortamiento de la revolucionaria contracultura fue entonces descomunal
porque la revolución empezaba a ser ya sólo una fantasía derrotada, pero no un objetivo viable
con las cifras electorales y no electorales en las manos. Fue entonces cuando los lectores de la
revolucionaria Anagrama abandonaron a Anagrama diez años después de su fundación: “De
golpe y porrazo” —cuenta Jordi Herralde—, “buena parte de aquellos lectores inquietos que se
interesaban por todo, dejaron de leer no sólo textos políticos sino también libros de
pensamiento, de teoría, lo cual provocó la desaparición de la totalidad de las revistas políticas
y el colapso de la mayoría de editoriales progresistas”. Los ideales de la minoría más politizada
y progresista, más europeísta, culta y urbana, más asimilable a las vanguardias políticas
radicales de la Europa de entonces, desembocaron en una funesta neurosis de autodestrucción
por fallo general multiorgánico. Nada había sido como lo soñó Ajoblanco o Star.
Precisamente por eso Podemos no tiene nada que ver con aquella raíz hoy enterrada de la
revolución: aquella lo era de verdad porque quiso cambiarlo todo. Hoy Podemos carece del gen
revolucionario porque su biotipo democrático negocia, discute, amaga, recela, engaña,
traiciona y marrullea como las demás fuerzas políticas. Los planes de la revolución se vinieron
abajo en un santiamén pero sus víctimas fueron infinidad de jóvenes. No hay ninguna buena
noticia en esas muertes con y sin apellido, sino un largo duelo ante la angustiosa lista de
muertos en los años duros del caballo químico y del caballo ideológico: Eduardo Haro Ibars,
Aníbal Núñez, Eduardo Hervás, Antonio Maenza, Marta Sánchez Martín, Carlos Castilla Plaza.
Pero es seguro que para la mayoría de la población fue una buena noticia el fracaso de la
revolución: el demos no fue revolucionario, o fue democrático de acuerdo con las democracias
realmente existentes en la Europa de su tiempo. La primera clase del curso de nueva
democracia trataba del desengaño de las utopías revolucionarias y la segunda tocaba otro
tema, también delicado: la democracia es imperfecta, torpona y algo cegata, además de no ser
nunca ni pura ni inmaculada.
Pero la fantasía de la pureza siguió viva y la frustración también. Muchos de aquellos jóvenes
no renunciaron a que la vida y la literatura fuesen lo mismo: es un ensueño fascinante y
adictivo pero no le veo ejemplaridad alguna ni es siquiera un plan de vida compensador. Sí es
en cambio un potente objeto de estudio antropológico y cultural, como el que ha emprendido
Germán Labrador en un libro que contiene el más completo elogio y la más sentida elegía de la
contracultura: Culpables por la literatura. Imaginación política y contracultura en la
transición española (1968-1986). La demonización de sus protagonistas como bichos
marginales y enfermos está ampliamente reparada en este libro, el mejor posible sobre aquel
mundo y sus supervivientes.
Lo que no remedia es el trágico error que anidaba en los planes líricos e ideológicos para una
Transición que sin duda los traicionó, pero no se equivocó. Si el éxito de la Transición se mide
sobre el romanticismo de la revolución democrática fue un gran fracaso, y es justo y hasta
conmovedor evocar a las víctimas de sus propias utopías. Pero no ilumina cuáles fueron y
dónde estuvieron las renuncias de la izquierda democrática y socialdemócrata desde 1978. Ese
me parece el campo de maniobras más productivo para una crítica de la Transición, sin
confundirla con una traición a las utopías trágicas o restitutivas del pasado de la Segunda
República.
Antón COSTAS, “Buscar arreglos, no soluciones” a La Vanguardia (14-06- 17)
http://www.lavanguardia.com/opinion/20170614/423381785900/buscar-arreglos- no-soluciones.html
Quizá si cambiásemos nuestro lenguaje en relación con la forma de analizar la realidad
catalana podríamos encontrar mejores vías para el tratamiento del conflicto político que hoy
empantana y fatiga nuestra vida política.
Quizá la palabra solución no sea la más adecuada para abordar los conflictos del tipo como el
que existe en Catalunya. Los conflictos no son ecuaciones matemáticas a las que se les pueda
buscar una solución única. Son situaciones que admiten equilibrios múltiples. De ahí que quizá
sea más útil utilizar el término arreglo que el de solución. “Busquemos un arreglo” es una
expresión habitual en la vida de cada uno de nosotros.
Buscar un arreglo puede parecer una actitud poco ambiciosa para la magnitud del reto. Pero no
es así. Buscar un arreglo es algo más que conformarse con “ir tirando” o con “salir al paso” en
los conflictos. Es buscar activamente la negociación que ha de llevarnos a avanzar.
Un arreglo remite a la noción de contrato social. Un contrato es un acuerdo con el que, por
definición, todos ganan. Si no es así, no sería un contrato, sería una imposición. Pero, también,
donde todos ceden en algo. Las constituciones son contratos sociales para lograr que personas
que tenemos diferentes preferencias e intereses podamos encontrar arreglos a nuestras
diferencias y así poder convivir pacífica y productivamente. Las constituciones, como los
contratos, hay que adaptarlas cuando cambian las circunstancias que les dieron origen.
Por otro lado, no nos debería asustar la palabra conflicto. Los conflictos son realidades
cotidianas a las que hay que atender buscando arreglos que funcionen durante un tiempo. De
hecho, un conflicto bien resuelto acaba siendo el cemento de una sociedad armoniosa. En el
ámbito laboral, los conflictos entre empresa y trabajadores, cuando son bien atendidos, no
destruyen la empresa sino que la hacen más cooperadora y productiva. Y lo mismo ocurre en
otros ámbitos de la sociedad.
En todo caso, ¿cuál es esa realidad catalana a la que tenemos que encontrar un arreglo?
Llegados a este punto, deberíamos hacer el esfuerzo de no caer en el vicio de razonamiento de
la sinécdoque, consistente en atribuir al todo (es decir, al conjunto de la sociedad catalana) lo
que son sólo las preferencias de alguna de sus partes. Y esforzarnos también en utilizar datos
contrastados que apoyen nuestros razonamientos.
En este caso utilizo los datos de la última encuesta de Metroscopia sobre “¿Qué piensan los
catalanes del procés?” (Metroscopia. Pulso de España, 25 de mayo del 2017). Los datos de
esta encuesta son claros: los catalanes encuestados prefieren mayoritariamente la negociación
antes que la ruptura. Ante las dos opciones que ofrece el encuestador: a) seguir optando por el
actual proceso negociador, o b) optar por una estrategia negociadora del tipo que se ha
seguido en el País Vasco, un 31% son partidarios de seguir con el proceso, mientras que un
60% opta por la alternativa de un arreglo negociado, que en el sondeo se formula como
“nuevas y blindadas competencias en exclusiva para Catalunya”.
La opción de no cambiar de estrategia es, como es lógico, mayoritaria entre los votantes de las
tres formaciones independentistas (ERC, PDECat y CUP). Pero lo más significativo es que, de
convocarse ahora elecciones, la cuarta parte de quienes votarían a ERC y un tercio de quienes
darían su voto al PDECat se muestran también propicios a un intento negociador “a la vasca”.
Por lo tanto, la idea de un arreglo negociado es una alternativa que podría satisfacer a la
mayoría, en la que se incluyen votantes de ERC y PDECat, a la vez que sería una salida válida
para la actual situación de empantanamiento.
Esa salida, en mi opinión, se irá abriendo paso, aunque de forma lenta y quizá turbulenta en
algunos momentos. Será así porque los partidarios de la independencia no podrán resolver la
cuestión que impide su avance y les hace retroceder en apoyos: ¿cómo se logra la
independencia de España y, a la vez, mantenerse en el euro y en la UE? Es un dilema
irresoluble. Por eso, poco a poco, se irá abriendo camino la vía de un contrato político de
soberanía compartida que profundice en los grandes avances que ha traído el Estado de las
autonomías.
Naturalmente, para buscar un arreglo alguien tiene que querer negociar. Pero parece claro que,
hoy por hoy, la negociación entre los gobiernos o entre partidos políticos no es posible. En
estas circunstancias, ¿podemos hacer algo desde la sociedad para activar esa negociación?
Manuel ARIAS MALDONADO, “Pardon My Freedom” a Revista de LIbros (14-06- 17)
http://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de- marfil/pardon-my- freedom
«Hace nueve o diez años que no tocamos esta canción, no es fácil volver a ella», anunció Nic
Offer, enérgico frontman de la banda californiana !!! al público que llenaba el Bowery Ballroom
de Nueva York el pasado sábado. Se referían a «Pardon My Freedom», incluida en Louden Up
Now, álbum de 2004: una explosiva mezcla de funk y post-punk que −de ahí su regreso al
repertorio− viene a exigir libertad para los libertarios frente a la vigilancia moral de los
gobiernos conservadores. Sobre el escenario, el incansable Offer enfatizó uno de los versos:
«And you can tell the president / To suck my fucking dick». Desde luego, no es Garcilaso. Pero
es una actitud que dice cosas sobre el modo en que funcionan nuestras democracias y sobre el
modo en que no pueden funcionar. Y es que, oyendo esa canción, yo me acordé de Pedro
Sánchez, de Emmanuel Macron, de Pablo Iglesias; de todos ellos y del dilema irresoluble de la
democracia liberal. Pero vamos por partes.
Si hay dos quejas habituales entre los ciudadanos en relación con su sistema político, son
éstas: que los representantes sólo piensan en su provecho personal; y que el ciudadano sólo
cuenta el día de las elecciones. Se deduce de ahí que el político profesional dispone de cuatro o
cinco años, según los casos, para extraer todo el beneficio posible; también que el ejercicio de
la ciudadanía carece de sentido en ausencia de mecanismos participativos o, incluso, de formas
directas de democracia. Esta desafección habría sido explotada por los partidos populistas y
por cualquier líder que haya echado mano de los elementos definitorios del populismo: la
solución estaría en devolver el poder al pueblo o a la gente, formar una voluntad popular de
abajo arriba y no al revés. Más Rousseau y menos Schumpeter.
La creencia en que tal es la dirección a seguir ha sido reforzada en los últimos años por el
desarrollo de las redes sociales, que entrega a cada ciudadano una herramienta mediante la
cual puede expresar sus opiniones y plantear sus demandas de manera individualizada, así
como estar en contacto directo con el líder correspondiente. Arabesco digital: hace un par de
semanas, Pablo Iglesias pedía que le recomendasen una serie televisiva a través de Twitter. En
cualquier caso, cunde la idea de que una democracia con componentes asamblearios es ahora
no sólo deseable, sino también posible. Y lo mismo vale para los partidos: frente a la
formación tradicional, con sus órganos intermedios y su tendencia a la oligarquía, asomaría en
el horizonte el partido abierto a la militancia y asentado en la consulta permanente a las bases.
En un texto reciente, Aurora Nacarino anunciaba el retorno del militante: desligado del partido
y organizado espontáneamente alrededor de una causa o de un líder. Pareciera que el militante
hubiese redescubierto la «felicidad política» de que hablaba Hannah Arendt: el gozo de
participar en una causa colectiva, de concertarse con otros, de construir significados
compartidos. Aunque esa nobleza resulta difícil de discernir en muchos de los movimientos
políticos contemporáneos, que en su iracunda disposición se parecen antes a la Marcha sobre
Roma que a la Marcha sobre Washington.
Sea como fuere, esta tendencia encuentra expresión en no pocos fenómenos políticos de
nuestros días. Pedro Sánchez no sólo apeló al militante para derrotar en las primarias del PSOE
a Susana Díaz, sino que se ha propuesto reformar su partido para hacerlo menos vertical y
más horizontal. Por su parte, Emmanuel Macron tiene la intención de cambiar por completo la
política francesa por la vía de incorporar a su recién fundado partido, La Republique en Marche,
a ciudadanos ordinarios sin experiencia política; aunque una vez elegidos serán, a su vez,
representantes de otros ciudadanos. También el Partido Demócrata norteamericano está
recurriendo al movimiento grassroots en esta fase de transición, a la espera de que se dibuje
su futuro candidato presidencial; algo parecido a lo que hizo el Tea Party durante los años de
Obama. Frente a la naftalina de los partidos tradicionales, la adrenalina de la movilización
permanente.
Pero nadie puede estar siempre en movimiento. Y la propia experiencia de Podemos demuestra
que la fatiga participativa termina por afectar al militante más entusiasta una vez que la
política pasa de su fase redentora a su fase administrativa: la tesis de Robert Michels sobre la
inevitable oligarquización de los partidos −si no de cualquier organización− sigue vigente. Sin
embargo, lo que me interesa destacar es cómo la llegada de las nuevas tecnologías y la
creciente atomización social, que se refleja en un voto más volátil y unas lealtades partidistas
menos rígidas no puede traducirse en una democracia más directa. O, mejor dicho, que
emplear las nuevas tecnologías para hacer más directas las democracias y más horizontales los
partidos no es ninguna solución al problema irresoluble de la democracia de masas:
entendiendo por democracia de masas aquella que sirve para organizar el gobierno de
sociedades a partir de una cierta escala. Es un tema recurrente en este blog, donde se ha
señalado más de una vez que nada impediría, sobre el papel, que todas las decisiones
relevantes dentro de una comunidad política se adoptasen mediante el voto directo a través de
las herramientas digitales: posible, es. Sucede que el resultado sería una democracia
profundamente disfuncional, donde la satisfacción del autogobierno se vería pronto truncada
por unos resultados caóticos. El mecanismo representativo no es ningún capricho histórico.
Diría entonces que defender la intensificación de los mecanismos directos de participación en
la toma de decisiones −ya sea mediante referéndum u horizontalizando los partidos− implica
haber extraído la conclusión incorrecta de las transformaciones sociales en curso. Y ello,
seguramente, porque se arranca de una premisa falsa: la idea de que los ciudadanos nada
tienen que decir si no es en las urnas. Esto quizá pudo ser así en los orígenes de la democracia
liberal, pero, desde luego ,ha dejado de serlo: la vitalidad de la opinión pública y de la
movilización colectiva, sumada a la fuerza expresiva de unas redes sociales capaces ahora de
crear estados de opinión que paralizan al más arrojado de los ministros, indican justamente lo
contrario. Tal como sugería The Economist hace unos días en relación con el declive de la clase
política británica, la profesión de representante no es la más apetecible en nuestros días:
horas interminables, salarios modestos, tensión excesiva. Súmese a todo ello el más poderoso
de los incentivos imaginables para atender a las demandas de la opinión pública −el deseo de
un gobierno de ser reelegido− y nos encontramos con que los ciudadanos quizá manden,
incluso, demasiado. En ningún modo podemos decir que una sociedad democrática resulta
demasiado democrática, pero es un hecho que cada vez es más fácil organizar coaliciones
negativas contra la acción de gobierno y más difícil hacer reformas significativas por más
evidente que sea su necesidad.
Por emplear los términos utilizados más arriba: que exista la posibilidad técnica de usar las
nuevas tecnologías como medio para hacer las democracias más participativas no significa que
ese objetivo sea políticamente deseable. Nuestras sociedades civiles están más atomizadas,
son más plurales, tienen más capacidad para expresar demandas sectoriales e incluso
individuales; pero el carácter mismo de la conversación pública en las redes sociales nos alerta
acerca de la distancia entre expectativas y resultados en este terreno. Tampoco por esta vía
podemos cerrar la brecha que se abre entre las preferencias individuales y las decisiones
sociales. Y no hay salvación en ningún sujeto colectivo capaz de reconciliar esas dos
dimensiones irreconciliables de la vida política, por más que lo invoquemos: el pueblo, la
gente, la nación. De hecho, cabría preguntarse si canalizar la vitalidad pública mediante
procedimientos institucionalizados no obstruiría las vías a través de las cuales ese inevitable
descontento puede expresarse en toda su negatividad.
Así, cuando el cantante de !!! se dirige en términos obscenos al presidente de su país, en
presencia de un público que parecía estar de acuerdo con él, da salida a una insatisfacción que
no puede eliminarse; porque si gobernase Hillary Clinton existirían otros depósitos de
frustración distintos, pero equivalentes. Es una frustración a menudo primitiva, tribal; sólo a
veces dispuesta a presentar una alternativa constructiva. En la cultura, pues, se ventilan los
afectos políticos que el normal funcionamiento de la democracia no puede −ni debe− absorber.
Simultáneamente, claro, esa conversación pública −que incluye discursos articulados,
expresiones artísticas, movilizaciones políticas, formas de vida− produce cambios sobre la vida
social e influye sobre las decisiones públicas. No queramos arruinar esa caótica riqueza
vinculándola a procesos formales de decisión.
¿No hay entonces espacio para ninguna innovación institucional ni para una mayor implicación
de los ciudadanos en la vida pública? Sí que lo hay. Pero sólo a condición de que conozcamos
sus limitaciones y entendamos que su función es, sobre todo, simbólica: crear foros o
comunidades donde algunos ciudadanos puedan, en representación de todos los demás,
informar al sistema político de sus preferencias o deliberar acerca de las mismas. Estos
experimentos son complementarios del sistema representativo y no pueden ser otra cosa.
Distinto es que los líderes políticos apelen a la participación o a las bases para legitimar su
proyecto en tiempos de descontento. Pero la distancia entre la realidad y el deseo seguirá en
su sitio. Una distancia que expresó involuntariamente una estudiante que, en el transcurso de
una clase, elogió al entonces presidente Barack Obama por mantener contacto directo con sus
votantes a través de Twitter. Yo sugerí que difícilmente podía ser Obama quien se encargase de
esa cuenta y que, en todo caso, los intercambios de opinión eran meramente superficiales: la
estudiante rechazó mi escepticismo y añadió que ojalá todos los presidentes fueran como
Obama. Irónicamente, el tiempo le ha entregado a un presidente norteamericano que sí lleva
−¡vaya que sí!− su propia cuenta en Twitter.