Presentació

A les reunions de caps d’Estat i de Govern de l’OTAN i del G7, Europa ha pogut comprovar que Donald Trump està decidit a aplicar sense miraments el seu propòsit nacionalista del “American First” (José Ignacio Torreblanca), afectant la promoció del drets humans a escala mundial,  les relacions comercials internacionals, la cooperació en matèria de seguretat i de defensa (Andrés Ortega)  i els compromisos de lluita contra el canvi climàtic (Christina Müller-Markus) (Text 1). Però, d’aquesta  manera el president nordamericà està, de fet, minant les bases que havien convertit els Estats Units en la primera potència mundial (Moisés Naím).

Angela Merkel i Emmanuel Macron sembla que n’han extret ràpidament les conseqüències: o Europa és capaç de valdre’s per si mateixa o la Unió Europea no té futur (Josep Oliver). L’agenda del mes de juny està carregada d’esdeveniments que poden confirmar o desmentir aquesta percepció: la cimera Unió Europea/Xina, les eleccions generals al Regne Unit, les eleccions legislatives franceses i les reunions de l’Eurogrup i del Consell Europeu (veure l’Agenda Global que elabora mensualment el CIDOB i on trobareu enllaços a documents sobre tots aquests esdeveniments).

La Unió Europea ha d’afirmar-se enfront de tres adversaris -Trump, Putin i Erdogan- interessats en desestabilitzar-la (Charlemagne a The Economist). En el camp ideològic aquesta afirmació europea passa per donar la batalla i guanyar-la a l’onada nacionalista des de una posició federalista (Lucio Levi) (Text 2). En el camp social, passa per fonamentar la seva legitimitat en un Estat de benestar renovat a escala europea (Antón Costas).

Sobre les eleccions al Regne Unit,  veure l’anàlisi de les enquestes de Kiko Llaneras, el comentari de Berta Barbet sobre la recuperació relativa del Partit Laborista durant la campanya i el de Pablo Sánchez Centelles sobre els problemes dels laboristes britànics.

Sobre les causes de la derrota del Front National a l’elecció presidencial francesa. veure l’estudi publicat per la Fondation Jean Jaurès (Adrien Abecassis, Marie Gariazzo i Chloé Morin). També -al mateix blog- la visió del director de l’observatori polític de la fundació -Émeric Brehier- sobre la carrera fulgurant d’Emmanuel Macron.

En un estudi de Víctor Pérez Díaz sobre les opinions i actituds de la societat espanyola en temps de crisi (La voz de la sociedad ante la crisis. FUNCAS. Madrid, abril 2017) es constata, entre moltes altres coses de gran interès, l’exigència de la ciutadania d’unes maneres civils de fer política, molt lluny de la lògica que apliquen els partits polítics. Pérez Díaz ofereix un tast del seu estudi en un article publicat a El Mundo (Text 3). En un sentit similar es pronuncia Ignacio Martin Granados, tot referint-se a les actituds polítiques de la generació millenial (veure l’informe Millenial  Dialogue promogut per la FEPS i  la Fundación Felipe González).

Precisament, un canvi en la forma de fer política és  un dels molts reptes que té plantejats Pedro Sánchez en la seva segona etapa com a secretari general del PSOE (José Antonio Gómez Yáñez) (Text 4). I està per veure si les iniciatives polítiques d’Unidos Podemos -com la propera moció de censura a Rajoy- contribueixen a millorar la percepció ciutadana de la política (José Luis Álvarez).

També, en l’estudi esmentat es constata l’afecció ciutadana per l’Estat de benestar, sobre el que Agenda Pública ha publicat en els darrers dies tres notes remarcables: la posició de l’EB espanyol en el context europeu (Sergio Espuelas); l’erosió del sistema públic de pensions (Borja Suárez i Antonio González); i la desigual protecció contra la pobresa entre la gent gran i els infants (Irene Lebrusán).

Sobre la situació política catalana destaquem -i no sentim repetir-nos- la mirada distant i escèptica de Kepa Aulestia en un dels seus articles habituals a La Vanguardia.  També, la reflexió de Miguel Pasquau (Text 5) amb l’ànim de punxar les bombolles polítiques en que s’han replegat l’independentisme català i el govern del Partit Popular. Sobre la guerra sorda entre els independentistes i els comuns, veure la detallada crònica de Roger Palà a Crític.

Un dels camps de batalla d’aquesta guerra no declarada és precisament la ciutat de Barcelona, on -segons l’enquesta de Gesop- Ada Colau i Barcelona en Comú arribarien a la meitat del mandat amb una lleuger increment de les seves expectatives electorals, compartit pel seu soci socialista al govern. El canvi més notable detectat per l’enquesta és l’important retrocés de l’antiga CiU en benefici d’ERC, reproduint el moviment de vasos comunicants que es pronostica pel conjunt de Catalunya (veure els comentaris d’Àngels Pont i Jordi Mercader).

 

Christina MÜLLER-MARKUS, “El cambio climático: ¿un cuento chino con final feliz?” a Notes Internacionals nº 174 (5/2017) del CIDOB

https://www.cidob.org/ca/publicacions/series_de_publicacio/notes_internacionals/n1_174/el_cambio_climatico_un_cuento_chino_con_final_feliz

Cuando Donald Trump tildó al cambio climático de “cuento chino” inventado para perjudicar la economía americana, parecía convencido de que, como hombre más poderoso del planeta, podría desafiar al calentamiento global mediante un tweet y hacer “América grande otra vez”. No contaba que, con su bravuconería al anunciar la salida de Washington del Tratado de París, empujaría precisamente a Beijing a llenar el vacío para emerger como líder global en la lucha contra el cambio climático, irónicamente contribuyendo a hacer China grande otra vez.

En el ambiente de malestar que dominaba el Foro Económico Mundial de Davos debido a la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca a principios de año, la delegación china se prodigaba como nuevo líder “sensible y responsable”, obedeciendo así al lema establecido en Davos para este año. Ante el Foro, Nur Bekri, director de la Administración Nacional de Energía china, no solamente contradijo firmemente a la Administración estadounidense con su reconocimiento del cambio climático, sino que también lo atribuyó a la responsabilidad humana y anunció el desarrollo de energías limpias como objetivo primordial del Gobierno chino.

Durante las últimas tres décadas, China, al igual que Trump pretende hacer ahora, ha gobernado el país como si fuera una gran empresa, cegada por el desarrollo industrial y la prosperidad económica, llevándose por delante la salud y la vida de millones de ciudadanos y causando serios perjuicios para el medioambiente y el futuro del planeta. ¿A qué se debe pues este giro repentino en la política energética e industrial china? ¿Qué supone este nuevo liderazgo para Europa, destituida de su rol como líder climático? ¿Con unos Estados Unidos impredecibles y una UE paralizada, ¿cuáles serán los mayores retos para la República Popular y la comunidad internacional?

La guerra contra la polución: de un problema local a un reto global

“Las montañas verdes y las aguas claras no son menos que las montañas de oro y plata (…). Proteger el medioambiente es proteger la productividad, y mejorar el medioambiente es estimular la productividad”. Las poéticas palabras del presidente chino Xi Jinping no podrían suponer un contraste más grotesco con las imágenes apocalípticas de numerosas ciudades chinas envueltas en una nube de polución, que circulaban por las noticias y redes sociales a principios de año, causando decenas de miles de “refugiados del esmog” que abandonaban el país. Sin embargo, Xi y la cúpula del Partido Comunista Chino (PCC) han reconocido la amenaza real que alberga la polución, no solamente para la estabilidad económica del país sino también para la credibilidad de su liderazgo: según un estudio de Berkeley Earth, la contaminación atmosférica en la República Popular es, por sí sola, causante de 1,6 millones de muertes al año (equivalente a un 17% de la cifra total de muertes). Tres octavas partes de la población china respiran aire calificado como “nocivo” por Naciones Unidas, causante de asma, ictus, cáncer de pulmón y ataques cardíacos. La cura de estas enfermedades supone gastos inmensos en sanidad que el Gobierno chino tiene que afrontar, habiendo logrado introducir, durante su primer periodo de legislatura, programas de pensiones y seguridad social que prácticamente ofrecen  cobertura universal. Los costes de la contaminación atmosférica, derivados del impacto en la salud y de la pérdida de productividad laboral, supusieron un 6,5% anual del PIB chino entre los años 2000 y 2010 y alcanzan casi el 10% si contamos la polución de agua y tierra, cifras crecientes, según el think tank Rand Corporation. Adicionalmente, cabe considerar las pérdidas derivadas del sector turístico, la huida de capitales, así como de empresas internacionales y de personal cualificado que abandonan el país a causa de la polución.

Más aún, la sociedad china ejerce una presión creciente que amenaza desestabilizar el liderazgo del PCC, mediante actos de protestas en las redes sociales y manifestaciones a nivel local en contra de la polución de aire, agua y tierra. A las críticas se sumó incluso el canal televisivo estatal CCTV, a quien el Gobierno municipal de Beijing prohibió consecutivamente emitir noticias sobre el esmog en la ciudad. A su vez, la brecha social se dispara, dejando atrás a los ciudadanos más pobres y vulnerables residentes en zonas contaminadas, sin voz política ni medios económicos para salir de la región o del país. Estas imágenes contrastan duramente con el propósito del PCC de eliminar la pobreza en el 2020 y cuestionan seriamente su legitimidad y credibilidad a nivel nacional e internacional.

No por último menos importante, la contaminación del medioambiente deja de ser un problema local y nacional. Bajo condiciones meteorológicas adversas, el esmog chino llega a alcanzar Corea del Sur, Japón e incluso la costa oeste de Estados Unidos. En contraposición de la Administración Trump, Beijing es muy consciente de que los altos niveles de contaminantes que emite como país trasciende los problemas regionales, con un severo impacto sobre el cambio climático a nivel global. De este modo, el investigador de la Universidad de Beijing, Shuai Chen, predijo que la producción de soja en China disminuiría un 19% en el año 2100 a causa del cambio climático, alertando de las consecuencias dramáticas para la seguridad alimentaria de la población del coloso asiático.

Ante dichas amenazas económicas, políticas y alimentarias, el primer ministro Li Keqiang reiteraba en marzo ante el plenario anual de la Asamblea Popular Nacional, su famosa declaración de “guerra a la polución”, prometiendo al pueblo chino y al mundo entero “que el cielo volverá a ser azul”.

Una nueva China ecologista: entre amor por el planeta y amor propio

Las palabras de Li Keqiang no representan una promesa vacía ni un sueño idealista, sino que revelan una concluyente estrategia industrial, en la que el Gobierno chino combina una política climática de trascendencia global con sus propios intereses nacionales, económicos, tecnológicos. Frente a la desaceleración del crecimiento económico, que con un 6,7% en 2016 supuso el más bajo desde 1990 y que tiene previsión de bajar hasta el 6,5% este año, Beijing ha reconocido que para evitar el estancamiento, necesita implementar cambios radicales en su modelo de desarrollo. El eslogan “sociedad ecológica”, (生态文明) establecido en el XII Plan Quinquenal (2011-2015), marcaba el momento de cambio decisivo, declarando obsoleto el modelo económico de las últimas tres décadas dominado por la industria pesada, la exportación y el alto consumo de energías sucias, predominantemente el carbón. China se encaminaba decididamente hacia un nuevo modelo de desarrollo basado en el consumo interno, en una producción más eficiente y sostenible en cuanto al uso de energías y recursos, y en la innovación de tecnologías puntas. Precisamente, Beijing ha identificado en los últimos años las tecnologías con bajas emisiones de carbono como las tecnologías del futuro, y apunta a establecerse como líder global en innovación, producción y exportación de las mismas a lo largo de todos los continentes, como parte de su visión “One Belt, One Road”. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) estima que el mercado de energías limpias crecerá exponencialmente, creando millones de puestos de trabajo y estimulando trillones de dólares en inversiones anuales. Con ese objetivo en mente, la Administración Nacional de Energía china anunció a principios de año que invertiría más de 360 mil millones de dólares en energías renovables para 2020, reduciría los niveles de esmog y emisiones de carbono, y crearía 13 millones de puestos de trabajo en el proceso. En 2015, las inversiones en tecnologías limpias de energía eólica, solar, biomasa y geotérmica por parte de la República Popular ya superaban la suma de las inversiones de EEUU, Reino Unido y Francia combinadas. De este modo China, que junto a EEUU representa actualmente el 40% de las emisiones globales de gases contaminantes, parece estar decidida a cumplir con su compromiso plasmado en el Tratado de París de incrementar su uso de energías no fósiles a un 20% y de reducir sus emisiones a partir del año 2030. Y mientras Trump ve en la lucha contra el cambio climático al enemigo de la prosperidad americana, Xi ha sabido reconocer en ella una oportunidad única para cumplir su famoso “sueño chino” de renacimiento como gran nación.

China y la Unión Europea: ¿juntos en la lucha contra el cambio climático?

“Los políticos europeos deberían de mantener una actitud prudente en sus declaraciones y salvaguardar el desarrollo estable a largo plazo entre China y la UE”. Con esta mordaz advertencia, la agencia estatal de noticias Xinhua tachaba de indignante e infundada la (supuesta) acusación de un alto cargo de la UE, quién habría alertado de la amenaza externa china para Europa a principios de año. “China y Europa deberían de trabajar juntos en temas de gobernanza global, con el cambio climático como ejemplo principal”, proseguía el comentario de Xinhua, insistiendo en que China es una oportunidad para Europa, no una amenaza. Siguiendo este consejo, Miguel Arias Cañete, comisario europeo de Acción por el Clima y Energía, quien tuiteó entusiasmado una foto suya con el ministro de Energía chino durante la Cumbre del Clima de Marrakech en noviembre de 2016, viajaba a Beijing en marzo de este año anunciando que la Unión Europea lideraría junto a la República Popular la lucha contra el calentamiento global.

Sin embargo, mientras la cooperación con Beijing alberga grandes oportunidades y su involucración es vital para poder frenar el deterioro del planeta, cabe tener en cuenta los cambios actuales en el mapa geoeconómico y geopolítico de la escena internacional, reflejadas también en las prioridades climáticas nacionales. En este sentido, el director del think tank alemán Merics, Sebastian Heilmann, argumenta que la Unión Europea, abatida por sus dificultades económicas y su parálisis política, ha perdido su puesto como líder en la lucha contra el calentamiento global. Efectivamente, mientras que a nivel mundial se observan cifras de inversión récord en energías renovables que aproximadamente alcanzaron los 330 mil millones de dólares en 2015, la inversión europea cayó un 21% frente al año anterior, sumando apenas 49 mil millones de dólares. Adicionalmente, el vacío que ha dejado Washington amenaza con desencadenar un entorpecimiento y una ralentización añadida dentro de la ya fragmentada y frágil UE a la hora de cumplir con sus objetivos climáticos. En el extremo se encuentra precisamente Polonia, cuyas ciudades Varsovia, Katowice y Cracovia llegan algunas veces a superar a Beijing y Nueva Deli en la lista de las diez más contaminadas del mundo. Paradójicamente es Polonia el país que auspiciará la siguiente Cumbre del Clima en 2018 mientras su Gobierno amenaza con desestabilizar la base legal de la política climática europea.

Mientras tanto, la República Popular dispone del potencial necesario para adelantar a Estados Unidos y a la Unión Europea en tecnologías de energía, medioambiente y propulsión a medio y largo plazo, y de convertirse en un modelo a seguir por sus reducciones de emisiones de dióxido de carbono. Hace dos años, ya superó a Alemania como líder mundial en instalaciones fotovoltaicas. El dumping de paneles solares chinos en el mercado europeo amaga con desatar una guerra comercial, siendo una piedra en el zapato para la alianza verde entre China y la UE. Al mismo tiempo, el Gobierno chino prevé hacer circular cinco millones de coches eléctricos para el año 2020. La cifra corresponde a una cuota mínima propuesta por el Ministerio de Industria y Tecnología chino a finales del año pasado, según la cual el 8% de las ventas de coches nuevos habría de ser vehículos eléctricos para el 2018, aumentando progresivamente hasta alcanzar un 12% en 2020. Sin embargo, ni siquiera BMW, considerado un pionero de la movilidad eléctrica en China, logrará cumplir con la nueva cuota sin mayores dificultades, ya que entre los 379.000 coches vendidos en la República Popular el año pasado, solamente 1.204 eran eléctricos. En este contexto, la iniciativa de Beijing suscitó una severa respuesta por parte del entonces vicecanciller y ministro de Economía alemán, Sigmar Gabriel, quien en un artículo del periódico Die Welt advirtió de la discriminación por parte del Gobierno chino, cuyo objetivo sería excluir a las marcas de automoción alemanas y europeas para beneficiar a los fabricantes nacionales de “vehículos de nueva energía” subvencionados por el Estado. Este acto no corresponde, afirma Gabriel, a las normas de competencia leal y equitativa. Ciertamente,el objetivo de Beijing para 2020 es obtener el 70% de todos los coches eléctricos de fabricantes domésticos, según el periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung. Ello conllevaría graves pérdidas para la industria europea y en concreto para la automoción alemana, cuyo mercado principal sigue siendo China, con un volumen de compra que supera el 30% desde los últimos años.

Visto desde una perspectiva estratégica a largo plazo, la mencionada subvención y promoción de nuevas energías encajan en un ambicioso plan industrial del Gobierno chino, Made in China 2025 (中国制造 2025): crear una de las economías más avanzadas y competitivas del mundo en base a la producción de tecnologías innovadoras, con el objetivo de convertirse en una “superpotencia de fabricación” (制造强国) en el año 2049. Según Jost Wübke, a corto plazo Made in China 2025 puede crear nuevas oportunidades de negocio para empresas internacionales en la República Popular y generar un impacto positivo en la innovación y difusión de nuevas tecnologías en los mercados globales. No obstante, a largo plazo el plan tiene como meta la discriminación de compañías extranjeras, imponiéndoles rígidas reglas de contratación a la vez que dotando de subvenciones masivas al mercado chino, y logrando finalmente una sustitución tecnológica. De este modo, la prosperidad de los países europeos, cuyo pilar económico es precisamente la innovación de altas tecnologías, corre serio peligro de quedarse fuera de la competición en un futuro no tan lejano.

En conclusión, Sigmar Gabriel subraya en su artículo que Alemania y Europa no deberían señalar a China con arrogancia y pedantería, siendo el objetivo de Beijing convertirse en una nación de exportación tecnológica, un interés completamente justificado y comprensible. La pregunta clave, según Gabriel, gira entorno a los medios empleados para lograr dicho fin.

¿Salvará China el planeta?

“En espíritu de cumplir con su alta responsabilidad de velar por el bienestar del pueblo chino y el desarrollo de toda la humanidad a largo plazo, el Gobierno chino consolidará su respuesta activa al cambio climático. Además, China asume sus responsabilidades internacionales, acorde con la etapa de desarrollo en la que se encuentra actualmente y dentro de las posibilidades realistas, llevando a cabo acciones vigorosas con el fin de contribuir a la protección del planeta”. El esperanzador mensaje que el representante especial para el cambio climático en China, Xie Zhenhua, enviaba al mundo durante una rueda de prensa internacional, parece indicar una determinación clara de Beijing por posicionarse en el centro de la arena mundial y renacer como nueva autoridad cumplidora y consciente, pasando de ser un infractor a un salvador medioambiental. Siguiendo la línea política ultrapragmática y experimental iniciada bajo la era de Reforma y Apertura (改革开放) de Deng Xiaoping hace casi cuarenta años, el PCC demuestra una vez más su sorprendente habilidad de adaptación, enmarcando sus ambiciones nacionales dentro del nuevo mapa geopolítico. De este modo, ante el estancamiento político de Bruselas y la imprevisibilidad de Washington, por un lado, y el inminente llamamiento a la comunidad internacional por forjar una acción común y evitar catástrofes climáticas irrevocables, por otro, Beijing llega al rescate en el momento idóneo. Con el respaldo moral de la comunidad internacional, acepta su compromiso como líder climático, convirtiéndose en líder tecnológico y finalmente en superpotencia económica y política.

Sin embargo, varias piedras entorpecen el camino del PPC. En primer lugar, las directrices de la cúpula en Beijing no siempre son bienvenidas a nivel regional. En vista a la ralentización del crecimiento económico, los gobiernos locales chinos se muestran reticentes a la hora de reducir las industrias intensivas en energía y contaminación. Algunas provincias han llegado a limitar la producción de energías renovables para proteger la industria del carbón, que sigue constituyendo ⅔ partes del abastecimiento energético chino. El año pasado, Beijing ordenó cerrar 335 fábricas, logrando reducir el consumo total de carbón de 23 millones de toneladas en 2013 a 10 millones, según la agencia estatal Xinhua. Sin embargo, el recorte de capacidades en los sectores del acero y el carbón supuso la pérdida de 725.000 puestos de trabajo, con previsión de despedir otro medio millón de personas a lo largo de este año, según el ministro de Empleo chino, Yin Weimin. A pesar del enorme potencial de creación de trabajo que alberga el sector de energías verdes, la transición no ocurrirá de un día para otro, ni la mayoría de los trabajadores de las industrias pesadas dispondrán de la formación necesaria para ser empleados en los nuevos sectores.

En segundo lugar, con el fin de disciplinar a los gobiernos locales, Xi Jinping prosigue decididamente con su campaña de mano dura contra la corrupción, centralizando cada vez más el poder en la cúpula de su partido. Sin embargo, el miedo a represalias y la rígida jerarquía piramidal inmovilizan la flexibilidad y capacidad de experimentación de la política china en sus bases, que justamente fueron claves para el crecimiento y la transición económica de las últimas décadas.

En tercer lugar, mientras que el estancamiento de Occidente en investigación e inversión en tecnologías verdes abre todas las puertas para que Beijing se posicione como líder tecnológico, paradójicamente también frenará su capacidad de innovación: al fin y al cabo, una de las estrategias claves de su avance tecnológico ha sido la integración en sus propios productos de las mejores ideas y prácticas prestadas de empresas americanas y europeas, las cuales han sido competidoras y a su vez modelos a seguir para las empresas chinas.

Por último, a pesar de las megalómanas inversiones que la República Popular ha realizado en nuevas energías durante los últimos años, la energía solar y eólica todavía no supera el 1 y el 4% respectivamente en el mix energético. Actualmente, consume la mitad del carbón mundial y es a la vez su mayor productor, disponiendo del 14% de las reservas mundiales. En este contexto, expertos predicen que la alta dependencia china respecto al carbón prevalecerá durante las siguientes décadas, constituyendo su primera fuente de energía aún en el año 2050. Bajo estas premisas Beijing, al contrario que la UE, no accede a fijar ante la comunidad internacional un límite total para reducir sus emisiones de CO2; su compromiso se reduce a llegar al auge de sus emisiones a partir del año 2030. Para justificar su política, Beijing insiste en basar la cooperación climática con Bruselas y Washington en el principio de “responsabilidad común pero diferenciada”, la cual atribuye a las naciones desarrolladas una mayor responsabilidad y rapidez en sus avances. En la práctica, eso significa que China podría emitir de forma desenfrenada hasta el año 2030 e incluso mantener las emisiones a (muy) altos niveles después de esa fecha. Para el PPC, dicha flexibilidad es vital para encontrar un equilibrio entre su política climática y tecnológica a largo plazo y sus necesidades económicas inmediatas, con el fin de poder abastecer a sus mil cuatrocientos millones de habitantes y minimizar los daños colaterales sociales y económicos. Para el planeta, quedará por ver si los esfuerzos del llamado “nuevo líder responsable” por cumplimentar su transición energética y contener la contaminación medioambiental, bastarán para mantener el calentamiento global dentro de los límites que eviten su deterioro irreversible.

 

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Lucio LEVI, “Politics Returns: Global Clash Between Nationalism And Federalism” a Social Europe (30-05-17)

https://www.socialeurope.eu/2017/05/return-politics-global-clash-nationalism-federalism/

There is a striking analogy between the current global economic and political crisis and the world crisis that occurred between two world wars. Then the great depression of 1929, Mussolini’s and Hitler’s ascent to power and WWII, today financial and economic instability, the growth of populism and nationalism, the decline of consent towards democratic institutions, including in Europe, the terrorist attacks, ISIS massacres on behalf of the cult of death – a trait very similar to Nazism – the return of war at the periphery of Europe from Ukraine to Syria…

Both crises have their systemic origins: the change in the mode of production and the change in the international political order. The first half of the 20th century saw the transition from the first to the second phase of the industrial mode of production. The production techniques introduced by the assembly line and the conveyor belt together with the use of oil, electricity and the internal combustion engine brought about the decline of nation states and the rise of multinational and federal states of macro-regional dimension. The rise of the US and the then Soviet Union to the top of the world power hierarchy marked that transition from the epoch of nation states to one of macro-regional states and to international bodies grouping several nation states. The EU and other international organizations are part of this process.

The late 20th century saw the start of the transition from the industrial to the scientific mode of production. Scientific knowledge is the driving force of economic and social progress. Automation relieves workers from industrial fatigue, increases the quantity of goods necessary to satisfy material needs and reduces their price. The revolution in communications and transport technologies intensifies the flows of goods, capitals, persons, information and cultural models. The scientific revolution generates global markets and a matching civil society and dwarfs sovereign states, even the largest ones we used to call superpowers, and creates the need for global institutions. It is to be noted that European unification and globalization belong to two different phases of history: the second phase of the industrial mode of production and the scientific mode of production, respectively.

These changes in the mode of production have been matched by equally deep changes in political structures. After the end of WWII, the European state system codified by the peace of Westphalia (1648) was replaced in 1945 by a world system led by the US and the USSR. The nation states of Europe became satellites of the two superpowers. Today, the transition to a multipolar world order is underway. The history and theory of international relations teaches that in multipolar systems a balance of power tends to take shape in which it is unlikely that an individual state could become stronger than the coalition of all the other members of the system. This system favours the respect of shared rules. On the other hand, if a dominant power forms, it is emboldened to disregard the rights of the others.

What distinguishes the emerging multipolar world system from similar international systems such as the European concert (1648-1945) is that states have to face an unprecedented challenge: competition with non-state actors – first of all, the financial oligarchies and multinational firms, but also organized crime and international terrorism – for decision-making power at international level.

Unlike in previous cycles of world politics, which underpinned the international order with the hegemonic stability of a single great power – first pax britannica in the European system of states, then the pax americana in the world system – today a power redistribution is underway between a plurality of global actors, none of which has the resources to aspire to world hegemony. If this tendency is confirmed, we will be able to assert that the Cold War was the last old-style conflict over global hegemony. Therefore, from now on, the international order will be ensured only through cooperation based on legal rules among the protagonists of world politics and multilateralism within the framework of international institutions. This is the way in which politics may regain the upper hand over the economy and govern globalization. The global financial and economic crisis has marked the failure of the concept of self-regulated markets and neoliberal ideology. Politics, that had given up governing the economy and society, is re-occupying the stage.

Two political answers to globalization are competing: nationalism and globalism.

The only alternative is the adjustment of political institutions to the dimension taken by economy and society so as to pave the way for a regulated globalization. In today’s transitional period, the US and Russia represent the old order, ride the wave of nationalism with the purpose of defending their old privileges. But their efforts are vowed to defeat, since it is impossible to go against the course of history.

On the other hand, China and the EU have vital interests in maintaining open markets, regulating their modus operandi and correcting their distortions. Even though it is incomplete, the EU experiment is a model for the world. It has proved capable of governing a multinational space through institutions tending to evolve in a federal direction. The EU has been able to join the principles of a market economy with those of the rule of law and constitutionalism and spread them at the European level. If it becomes a global actor speaking with one voice, it will acquire the power to promote democratic values beyond its borders either where democracy has never been achieved (China, Saudi Arabia, North Korea, Sudan etc.) or where it is retreating (Russia, Turkey, Hungary, Poland etc.) within the framework of a regulated globalization.

At global level a new dividing line between the progressive and reactionary forces is outlining – one that echoes that traced by the Ventotene Manifesto: the dividing line between nationalism and federalism.

 

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Víctor PÉREZ DÍAZ, “Afinidades electivas: nos tenemos a nosotros” a El Mundo (31-05-17)

http://www.elmundo.es/opinion/2017/05/31/592dae7b268e3e95038b4774.html

A veces los políticos aciertan en sus expresiones. De uno de ellos (francés, procedente de la sociedad civil, Nicolas Hulot) escuché hace unos días estas palabras: “La esperanza es una locura necesaria”. Desafía las meras expectativas razonables prendidas de la inercia de las cosas, y se atreve a lo imposible, como (casi) ocurría en las “afinidades electivas” de Goethe. Bajando de la novela a las prosaicas aguas turbias de la política, las palabras en el caso actual reflejan la situación de un ecologista que cambia de pareja política, entra en un gobierno inédito y se prepara para lidiar con el tema de la energía nuclear. Y entonces imagina que “el milagro” puede realizarse, mediante una suerte de conversación, reconstruyendo la decisión política en términos de un proceso, un camino, que puede alumbrar incluso un entendimiento entre los opuestos, pensando quizá que el entendimiento no es, muchas veces, sino el fruto de rectificar una y otra vez una serie de malentendidos.

Claro está que encerrarse en el sí o el no parece más fácil. Sobre todo a los políticos voluntariosos, los medios de comunicación dramáticos y los sectarios de turno. Y el público se puede dejar llevar. Todos hacen como que saben. En realidad, no sabiendo mucho de las razones de las cosas, creen que basta con afirmarse de izquierdas o derechas, de arriba o abajo, del centro o la periferia, de los (muy) indignados o los (casi) satisfechos, de los populistas o los globalistas, de la sociedad abierta o la cerrada, de los que miran al futuro o al pasado, etcétera. De algo que se entendería con poco más que un golpe de intuición y se asumiría como un acto de decisión, evitando las preguntas sobre el qué y el por qué y con qué efectos, para concentrarse en un ordeno y mando, en un “lo que hay que hacer” es esto.

Pero mira por donde, contra todo pronóstico, he aquí el aparente milagro por el que ha surgido Emmanuel Macron, no con el respaldo de una modesta suma de 70.000 militantes sino de la 300 veces más rotunda de 20 millones de votantes. Con una idea clave de rassemblement, integración o confluencia de izquierda, centro y derecha, de gentes de diversa edad y condición, con un lenguaje de reconciliación incluyendo una apelación al amor (nada menos), y un lenguaje de dar razones, sugiriendo un programa de ajustes y reformas prudentes, que, no empañadas por cargos de corrupción, son grosso modo sencillas de entender (de hecho han sido prometidas, e incumplidas, en una variante u otra, desde hace más de una generación). Y con ello, los electores le han tomado la palabra, y él ha conseguido la aquiescencia y el voto favorable de dos tercios del electorado. Dos tercios renuentes a aceptar justo lo opuesto: un lenguaje incivil y de confrontación, confuso, aparentemente hecho menos de razones que de desplantes.

Lo ocurrido en Francia hasta ahora (porque de lo que ocurra luego, habrá que dar razón en su momento) llama especialmente la atención visto desde la España de estos últimos años.

Sugiere el espectáculo de un juego de parecidos y contrastes, de espejos invertidos. Aquí, en España, la voz de los políticos es extraña. Unos apenas hablan; y otros son héroes poco menos que monosilábicos del “no es no” y el “yo es yo” y lo que “se puede se puede” y cosas semejantes. Estentóreos, reiterativos, muy a tener en cuenta, pero algo vacuos. Y sin embargo, a la postre, hay una voz de la sociedad menos audible pero que está ahí, en el espacio público, y es bastante articulada y bastante numerosa. Mira por dónde es también la voz de dos tercios (por no decir tres cuartos) de la sociedad, digamos que como el electorado de Macron, que nuestras elites apenas escuchan, entretenidas en escucharse a sí mismas.

Y aquí lo que podría ocurrir es… un milagro. O por volver a la imagen de las afinidades electivas: un cambio, o una serie de cambios, de parejas. ¿Cuál era el mensaje de la novela de Goethe? Que a veces las relaciones establecidas, digamos, convencionales se rompen porque surge, o resurge, la atracción, la afinidad, por otra persona a la que uno se siente (se supone, mucho) más cercano, en el fondo. Razones de fondo, con sus dudas y dramas consiguientes. Esto es obvio que se aplica a la vida política. En el continuo baile de la política los cambios de parejas son frecuentes; y se dan entre los segmentos sociales más variados y los partidos que se supone les han representado, y a los que han sido fieles, largo tiempo. Como pueden atestiguar los socialistas franceses: de ser tanto a quedar en tan poco, en un tiempo tan breve. Una parte de las clases populares se les ha ido, sintiendo más afinidad con Marine Le Pen, o Mélenchon; y una parte de su electorado de clases medias, con Emmanuel Macron.

Cada país es diferente y no se trata de aplicar el mismo esquema a todos. Pero da que pensar que ese mensaje de reconciliación y de racionabilidad (todavía sin testar), que parece haber encontrado (en buena medida por azares del destino) su eco y su simbolismo político (quizá precario) en Francia, es análogo con lo que sabemos del mensaje que se expresa en la voz de una amplia mayoría de la sociedad española del momento, quizá a la espera de sus variedades de Macron (o Macrones) de turno.

Con lo cual ya tendríamos una buena noticia que darnos. No es seguro que tengamos los políticos que necesitamos. Pero por lo pronto nos tenemos a nosotros mismos. Tenemos dos tercios del país relativamente preparados para “cambios de parejas”, no por mero capricho, un cruce de miradas, sino con palabras cargadas de razones.

No hablo metafóricamente. Me baso en datos de encuesta, que tienen su límite pero también su alcance. No en los votos, que responden a las ofertas partidistas como pueden, con un sí, un no o un no contesto. Se trata de los datos analizados en mi trabajo La voz de la sociedad ante la crisis (Funcas 2017).

Por ejemplo, no hay duda de que en torno a tres cuartos de los españoles se sienten europeístas bastante convencidos. No es una mera adscripción coyuntural, interesada. Es hacer nuestra la dirección última en la que avanza el barco que nos lleva, con nuestro consentimiento, como algo que pertenece al orden natural de las cosas, o mejor, al tiempo histórico en el que estamos instalados desde hace siglos. Además, lo que imaginamos de ese futuro (que nos afanamos por adivinar) sólo nos hace ser más europeos, más un “nosotros” europeo, aun con su diversidad interna. La necesidad de responder a los retos inmediatos, obvios y graves de crisis, desempleo, terrorismo, pero también la de cumplir las promesas de transparencia, justicia, impulso y sentido de la comunidad, no hacen sino reforzar, directa o indirectamente, esta experiencia.

Ello se conecta con el sentimiento de un estar en el mundo juntos de una determinada manera, organizados por un entramado institucional que se define en buena parte por lo que no es: no es una economía estatista y colectivista, no es un régimen autoritario o bonapartista. Es alguna variante de una economía de mercado ‘cum’ Estado de bienestar, es una democracia liberal con un espacio público (ideal o potencialmente) protagonizado por los ciudadanos mismos, por la sociedad civil, es una sociedad plural poblada de grupos y redes sociales e individuos diferentes y libres. Y es el legado de una modernidad cultural complicada y dramática, pero con una matriz cultural que contiene la esperanza (“locura necesaria”) de “un mundo mejor”. Todo ello es susceptible de degradación (a menudo) y de perfección (posible…), pero al menos con frecuencia, es más bien habitable. Y lo es por contraste con regímenes totalitarios de los que se tiene una memoria relativamente cercana. Inolvidables. Porque para nosotros, los europeos, “olvidar el ser” del ser humano (esa preocupación de algunos filósofos) tiene ese sentido histórico próximo: el de olvidar los totalitarismos que han troceado, confundido y desangrado nuestro siglo XX, y lo que nos condujo a ellos.

La sociedad suele tener sus reservas respecto al diseño específico de ese entramado y su modo de funcionar, y muchos piensan que la democracia y el capitalismo ‘cum’ sistema de bienestar en particular, necesitan de rectificaciones importantes. De hecho, adoptan posiciones a este respecto que, sin ser las de los políticos y los expertos, aportan su sentido común, su sentimiento de justicia, sus saberes específicos y sus conocimientos locales y prácticos. Ello es indispensable para llevar adelante una conversación cívica y un ajuste y reajuste continuo de las decisiones colectivas, que permitan aprender, experimentar, reflexionar sobre lo que vamos haciendo. Sobre el rumbo.

No es asunto fácil de prever y explicar; pero no es un misterio insondable. No hay arcana imperii a los que sólo los poderosos tengan acceso. Nadie tiene acceso a ellos. Pero caben imaginaciones y aproximaciones, que se vayan corrigiendo. Por eso es preciso combinar los rituales que refuercen los sentimientos morales justos, y con ello la confianza en uno mismo, con los razonamientos que den lugar a un continuo ensayar y una suerte de aprendizaje colectivo.

En consonancia con ello, la voz de la sociedad aboca a expresar y poner de relieve la necesidad de crear y recrear una y otra vez una comunidad de gentes libres, justa y razonable, implicada en una suerte de conversación, aunque sea a medias. De ahí la apelación al Estado como el símbolo de la nostalgia y la aspiración de la sociedad por verse a sí misma como una comunidad capaz de resolver problemas, de representar las diferencias de sentimiento y de interés, y de unir los diversos segmentos del conjunto.

Fundamental a este respecto es el cuidado de las formas, porque la comunidad es imposible sin ese cuidado. Aquí, de nuevo, pero con mucho más énfasis, la voz de la sociedad es inequívoca y rotunda. Y en pocas ocasiones como ésta se hace más palpable lo que los ciudadanos entienden como una diferencia profunda entre el tenor de su voz y el de la voz de los políticos.

Los ciudadanos piensan que los políticos no se escuchan entre sí, o lo hacen sólo para rebatirse (89%), mientras que ellos creen que el debate público debería ser una oportunidad para que todos aporten algo y aprendan (83%). Los ciudadanos afirman que los políticos no se preocupan por lo que ellos piensan (77%). Incluso imaginan que los políticos intensifican los sentimientos de hostilidad de sus bases sociales hacia los partidos contrarios para hacer imposible un compromiso con ellos (63%); o, yendo más lejos, que los políticos descalifican a sus adversarios para desviar la atención del público de modo que éste no vea que no son capaces de resolver los problemas del país (59%). Y, por descender a un tema particular, los ciudadanos creen que, en las controversias sobre autonomías y nacionalismos, la mayoría de la gente tendería a llegar a acuerdos, mientras que los políticos promueven los conflictos (71%). Tampoco es que apuesten por que los políticos tengan una gran visión y energía para impulsar su realización; lo que priman es que tengan sentido moral y sentido común (77%).

Todo esto no lo dicen desde la altura de su autosuficiencia. Son conscientes de que saben poco de historia, de economía, sobre Europa. No saben qué hacer con su ambivalencia hacia unos políticos de los que desconfían pero a los que votan. Son un vaso medio lleno o medio vacío en lo que concierne a su interés por la política y su asociacionismo. Y, punto débil de todo el edificio, no confían mucho en los demás, en que se hagan bien las cosas, en que nos tratemos con generosidad.

Nadie es perfecto. Pero si lo reconocemos, al menos no nos engañamos a nosotros. Lo que es un posible punto de partida para iniciar un largo recorrido con objeto de recuperar la confianza, mejorar nuestros conocimientos, manejar la ambivalencia hacia la política. Tareas, por otra parte, muy urgentes si tenemos en cuenta el tiempo que nos toca vivir: la “nueva normalidad” del terrorismo yihadista, el riesgo de separación de Cataluña, la falta de empleo, la frágil gobernanza europea, lo poco que las élites saben sobre cómo manejar los imprevistos, lo confuso de los debates públicos. En fin, esos “detalles”, que pueden apuntar muy lejos. Siempre a complementar, por supuesto, con las (muchas) buenas noticias correspondientes. En primer lugar, la de que nos tenemos a nosotros mismos.

 

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José Antonio GÓMEZ YÁÑEZ, “Un nuevo partido con viejas siglas” a El País (31-05-17)

http://elpais.com/elpais/2017/05/29/opinion/1496077931_024076.html

El retorno de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE, último episodio, de momento, de la crisis crónica que arrastra este partido desde hace década y media, suscita reflexiones que conviene ordenar.

Algunos comentaristas presentan a los afiliados de los partidos como un conjunto de individuos distorsionado por radicalismos o sesgado por intereses personales que no representaría a los votantes. Sin embargo, el resultado de estas elecciones “internas” refleja las preferencias de los votantes del PSOE. Desde febrero, las encuestas publicadas, y otras no publicadas, mostraban que la mayoría se inclinaba por Pedro Sánchez. La razón es que los afiliados no forman una cápsula ajena al entorno social, hay una ósmosis con los votantes. Es más, aunque entre ellos hay, sin duda, quienes anteponen sus intereses personales, en tales casos operan con racionalidad: votan a los candidatos que entrevén que tienen más posibilidades electorales, porque son los que aseguran el poder o cargos públicos, al fin, la materia prima que producen los partidos.

Los viejos estandartes del PSOE han cometido muchos errores durante los últimos lustros. Pero nada comparable a su gestión de esta crisis y sus intentos de influir en ella con discursos gastados y declaraciones que abrasaron su crédito. Es una lástima cómo han destruido su patrimonio.

Las inversiones de alianzas en la élite socialista que han mostrado estas elecciones revelan un conjunto carcomido por conveniencias e intereses personales. Desde 2010, todas las lealtades y confianzas personales han saltado. Quien debía su mayor éxito político a un candidato apoyaba a otro, quien apoyó a un candidato hace tres años se presentaba como irreconciliable alternativa, etcétera. Han volcado a la opinión pública un partido dominado por los resentimientos, carente del mínimo de confianzas personales para hacer política. Renovar esta élite política es imprescindible.

En toda elección se vota futuro. La campaña de Díaz estuvo lastrada por el pasado invocando a los anteriores secretarios generales, apoyándose en aparatos con poco prestigio entre sus afiliados, recordando la gestión de los Gobiernos socialistas que, a estas alturas, está amortizada. Sin ideas sobre el futuro, salvo hablar de un partido ganador que es historia desde 2011. Recordó a Bono en el congreso del 2000: solo ofrecía una salida autoritaria y aparatista a la crisis del partido y eso no lo pueden votar los afiliados.

Muchas interrogantes sobre el futuro del PSOE se despejarán en pocas semanas. Al contrario de lo que se dice, es dudoso que se desencadene una pugna entre facciones. Muchos de los que hasta la noche del 21 apoyaron a Díaz o López correrán en socorro del vencedor. La mayoría de la que hoy dispone Sánchez dentro del “nuevo partido” es abrumadora. Ahí residen los riesgos, porque el futuro de esta nueva criatura se va a decidir en la cabeza de Pedro Sánchez. Lo que proponga será aprobado sin discusión. El terreno en el que se va a despejar el futuro del PSOE es su organización, su modelo de partido. Ahí se va a dilucidar si opta por ser una institución o convertirse en el séquito de un líder.

Ese es el camino por el que transitan todos los partidos españoles, y la política está como está. Dependerá de la generosidad de Sánchez, de su capacidad para comprender que el liderazgo debe tener contrapesos y escenarios en los que hacer pedagogía política a través del debate, confrontando ideas, eludiendo unanimidades.

Los mensajes que Sánchez ha dejado en la campaña suscitan aprensiones. Bajo la capa de participación de los afiliados, sus propuestas sobre el partido tienden a convertir al líder en el único resorte: elección del líder por los afiliados, pero no de los demás dirigentes, lo que le da un plus de legitimidad avasallador; consultar a los afiliados para ratificar las decisiones fundamentales, naturalmente tomadas antes por el líder; excluir al líder del control del parlamento interno, el comité federal, mediante el recurso de que solo pueda ser destituido por los afiliados, etcétera.

Un partido así acaba en un cortejo de amigos y conocidos encabezados por el ungido. Cuando el centroizquierda necesita desesperadamente nuevas ideas y mejores dirigentes surgidos de una competición democrática entre sus afiliados, estas propuestas conducen a un partido silente, con dirigentes cooptados por el líder o sus delegados, en el que cualquier debate sobre alianzas, programas, etcétera se reduce a representación teatral para loar al líder.

Pero podría ser lo contrario. Pudiera ser que el poder absoluto que en este momento tiene Sánchez sobre lo que queda de la organización del PSOE lo utilice para reorganizarlo bajo patrones democráticos y autolimitar su poder. Que propusiera un partido para producir ideas y personal político de calidad, con resortes de control sobre los dirigentes, líder incluido.

Podría basarse en la ley de partidos alemana y plantear congresos anuales o bienales en los que se elija a la ejecutiva, se vote su gestión y se renueve el discurso del partido; que los parlamentos internos —comité federal y los regionales— voten cada seis meses la gestión de las ejecutivas y si perdieran se convocara un congreso —como fue en el PSOE hasta los años noventa—, que estableciera reglas por las que todos los cargos internos —miembros de las ejecutivas y de los parlamentos internos— y candidatos a los cargos públicos —desde las Cortes hasta los Ayuntamientos— fueran elegidos mediante voto de los afiliados a las personas, no a listas cerradas o influidas desde arriba.

El equilibrio de poder resultante de estas reglas es la única garantía de un partido democrático. Porque la democracia interna no son las primarias sino el equilibrio de poder dentro del partido. No garantiza la eficacia electoral del partido, pero es condición imprescindible. Dada la situación de la izquierda en España, es la única vía para sentar las bases de una nueva alternativa a la coalición implícita de PP y Ciudadanos.

Pocas veces el futuro político de un país se ha concentrado tanto en un hombre. Hay que desearle generosidad y suerte.

 

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Miguel PASQUAU, “Puentes sobre el río Ebro” a CTXT (31-05-17)

http://ctxt.es/es/20170531/Firmas/13058/cataluña-pasquau-ctxt-referendum-DUI-desconexion.htm

Dos enormes burbujas se van inflando a uno y otro lado del Ebro. Dentro de cada una de las burbujas hay confort y autocomplacencia. Allá se esgrime la democracia, como si pudiera haber democracia sin ley; acá se habla de ley, como si la ley no fuera el resultado de una decisión política.  Hay una autoalimentacion constante de argumentos y convicciones a uno y otro lado de una línea cada vez más gruesa. Nos damos continuamente la razón por separado y no acabamos de atrevernos a discutir unos con otros a cara de perro (es decir, lealmente, porque nada hay más leal que exponerse a una confrontación de argumentos sin burladeros). ¿Para qué hacerlo, si unos y otros tienen la impresión de ir ganando volumen, protegidos por esa incomunicación confortable? Hace falta un punzón que pinche esas burbujas. Hace falta un puente. Y no, por favor, esto no es buenismo. No es una tópica invocación a un diálogo blando de quien no sabe lo que piensa. Hablo de pinchar burbujas. Si alguien cree que estar dispuestos a discutir a fondo es buenismo, es que tiene un grave problema mental de infantilismo, que es la enfermedad de los hoolligans.

En las asambleas de Facultad me irritaban quienes tenían prisa y, a los diez minutos, pedían la palabra para decir que todo estaba claro y lo que había que hacer era “votar ya”: generalmente ya habían contado, y sabían que ganaban. También me irritaban quienes no paraban de plantear “cuestiones de orden” porque habían contado y sabían que iban a perder si se llegaba al final. Aquí está ocurriendo lo mismo: prisas por votar, frente a cuestiones de orden. El caso es que no llega a entablarse una conversación de calidad que permita de una vez una competencia de argumentos. Hay que someter a crítica los lemas de barricada que se esgrimen los actores principales, y para ello es importante que hablen sin pedir permiso y sin miedo a ser anatemizadas las fuerzas políticas capaces de salir de la famosa dinámica del choque de trenes, que en realidad es un choque de burbujas. Ahí están los Comunes, el PSC (ojalá que también el PSOE), Podemos, Compromís, el PNV: ellos también son España, y no tienen por qué resignarse a ser espectadores del choque ni a exhibir tímidamente sus enmiendas: referéndum pero no, declaración de Granada, profundizar el autogobierno… Todas las propuestas, las maximalistas y las complejas, deberían entrar con decisión en el terreno de juego y abandonar la protección del vestuario, donde cada grupo se conjura en su fe.  Y sin miedos electorales: a la larga, tanto los votantes de Girona como los de Albacete quizás premiasen a quienes se esfuercen en pinchar las burbujas y desenmascarar a las posiciones maximalistas que se sienten bien dentro del laberinto. Quién sabe. Hace falta audacia.

Del lado de allá.

Preguntaron a Junqueras en un programa de radio (creo que Onda Cero) si “su” referéndum no suponía una transgresión del Estado de Derecho, al proponerse aún después de la prohibición dictada por el Tribunal Constitucional. Su respuesta fue la menos inteligente de toda la entrevista. Dijo que “la democracia nunca puede ser ilegal”. Esa afirmación es un disparate y encierra al independentismo en un laberinto sin salida.

Supongamos que en el Ayuntamiento de Tossa de Mar una mayoría de grupos municipales consideran que la legalidad urbanística de la Generalitat está frenando las potencialidades económicas y turísticas de la ciudad e impidiendo el modelo de ciudad que los habitantes de Tossa mayoritariamente quieren. Se abre, entonces, el debate sobre si tiene sentido que la competencia en materia de urbanismo la ostente la Comunidad Autónoma en vez de la ciudad. Finalmente, someten a consulta de los censados en Tossa de Mar si aprueban o no un plan urbanístico que ha sido rechazado por la Consejería por no respetar la legalidad urbanística; en la consulta se vota mayoritariamente a favor del plan, y el Ayuntamiento comienza a dar licencias con arreglo al mismo. En un programa de radio preguntan al alcalde si no cree estar vulnerando la legalidad, y el alcalde contesta que está cumpliendo un mandato democrático, y que por tanto no puede ser ilegal. ¿Es, o no es un disparate ese “por tanto”?

Cualquier otro ejemplo valdría tanto como este para comprender que no sólo es posible que decisiones mayoritarias puedan ser ilegales, sino que más bien la democracia necesita estructuralmente una ley (o una constitución) que reparta cartas y atribuya poderes, es decir, que determine algo tan elemental como quién es competente para decidir qué. Por tanto, también para delimitar sobre qué no se puede decidir por mayoría: los alumnos matriculados en un curso no pueden decidir por mayoría sobre las asignaturas a cursar; los ciudadanos de un municipio no pueden decidir sobre cómo pagan el IRPF; una mayoría absoluta del Congreso no puede decidir el restablecimiento de la pena de muerte sin suprimir la prohibición constitucional de la misma; y los miembros de una Comunidad Autónoma no pueden decidir sobre la frontera de España.

Esto puede parecer demasiado obvio, y podría objetarse que hay aspiraciones populares que, cuando no encuentran cauce para convertirse en propuesta, deben abrirse camino de forma disruptiva. No tendría argumentos contra esta tesis: el independentismo catalán (como el corso o el de Lombardía) puede sostener que no hay ningún cauce real dentro de la ley para conseguir democráticamente un objetivo político legítimo, y puede decidir estrellarse contra el marco legal y constitucional para romperlo. La historia muestra no pocos ejemplos de cambios provocados por la vía de hecho: revoluciones, golpes de Estado, proclamaciones tumultuarias. ¿Es eso lo que han decidido los líderes del independentismo? Sería, desde luego, una apuesta arriesgada, porque sin duda supone una desconexión del Estado de Derecho, una expulsión del árbitro y un borrado de las líneas del campo de juego, y eso tiene consecuencias desastrosas, mucho peores que la frustración de una parte de la sociedad catalana de no poder constituirse en Estado. Por eso acompañan su discurso rupturista de justificaciones legales confusas y retorcidas: pero eso es hacer trampas. Utilizar el instrumento de la ley autonómica para obtener la independencia es un fraude. Si se trata de ley, hay que someterse a ella para cambiarla; si se trata de vía de hecho, hágase con todas las consecuencias.

Hay algo que no debe dejar de recordarse. Los partidos catalanes que llevaron en su programa la independencia de Cataluña (Junts pel sí y CUP) y que ahora pretenden aprobar, al parecer, una ley de desconexión, no alcanzaron la mayoría del voto popular. La traducción en escaños de los votos obtenidos por circunscripciones sí les ha dado mayoría absoluta de diputados, pero esa mayoría sólo lo es por virtud de una Ley Electoral aprobada en un marco estatutario y constitucional determinado. No vale, pues, atribuirse una legitimidad democrática para decidir la desconexión cuando la mayoría se tiene no por los votos, sino por un marco legal del que pretenden desconectar.  Ninguna razón habría entonces para que los ciudadanos o los ayuntamientos de Tarragona tuvieran que respetar la ley que emane del Parlamento catalán si éste autodecide cuáles van a ser las reglas del juego al margen de la ley que lo crea y lo regula. Este es el enorme talón de Aquiles del independentismo, y lo saben. No hay que dejar de repetirlo.

Del lado de acá.

En el otro lado, algunos parecen encantados. Su respuesta al reto soberanista tiene sólo tres letras: “ley”. Una buena parte de los medios se pasa el día hablando del artículo 155 de la Constitución y de la suspensión de las instituciones de autogobierno en Cataluña a modo de exhibición de fuerza y escarmiento. A veces Rajoy añade algunas letras más, y dice que ni aunque quisiera podría negociar nada que vaya contra la ley. Eso es correcto cuando de lo que se habla es de desconexión, o de un referéndum vinculante de independencia convocado unilateralmente por la Generalitat (lo que fue declarado inconstitucionial por el árbitro, es decir, por el Tribunal Constitucional),  pero no tanto para explorar otras fórmulas que, primero, reconozcan el conflicto, y, segundo, hagan posible una legítima pretensión de una inmensa mayoría de las fuerzas políticas catalanas (según su composición parlamentaria actual) y de ciudadanos catalanes (según sondeos): una consulta pactada sobre cuál sería su preferencia sobre el modo de pertenecer (o no) a España. Es cierto que esa consulta no podría ser vinculante, porque la relación entre Estado y (actuales) Comunidades Autónomas no puede ser decidida unilateralmente para cada parte según la Constitución vigente. Pero si las cosas se hacen bien, tendríamos un retrato de calidad sobre la voluntad popular que habría de ser considerada sin duda al acometer (o no) una posible reforma constitucional. Eso sí es negociable, y habría muchas fórmulas para conseguirlo, que pincharían las insoportables burbujas que no están dejando espacio para mejores soluciones. Piénsese, por ejemplo, que ningún precepto legal ni constitucional y ninguna sentencia del Tribunal Constitucional se opone a un pacto político por virtud del cual se convocase, en toda España, un referéndum consultivo sobre diversas alternativas de la relación entre Cataluña y España; y piénsese que ese referéndum nacional sería también un referéndum en Cataluña, y la respuesta que se dé allí puede ser considerada como expresión cabal de lo que quieren los catalanes, por lo que, aunque no sea inmediatamente vinculante, sí conseguiríamos saber algo importante, que es si la sociedad catalana tiene de verdad una voluntad política de independencia, o si la tiene más mayoritariamente de una configuración constitucional diferente a la actual. ¿Qué tiene eso de inconstitucional? ¿No sería un ejercicio de buena política el preguntar (en Cataluña y en toda España) si queremos o no afrontar ya una reforma constitucional del Estado de las autonomías? ¿No es ya imprescindible hacernos esa pregunta de una vez? ¿Es que sólo tiene sentido preguntar cuando se sabe que la respuesta va a ser la que nos interesa?

Son tiempos de audacia y de ambición política, también en el lado de acá. Mi aplauso, desde luego, iría para quienes, liberados de miedos electoralistas, se propusieran el objetivo de avanzar hacia una España más atractiva, con todas sus naciones (o nacionalidades, que en el siglo XXI es lo mismo sólo que con más letras) dentro, capaz de más distinciones y diferencias que las que permite el Estado de las autonomías: una España pactada incesantemente entre quienes la perciben de modo diferente, que deje al mismo nivel la nación castellana (con sus regiones) de otras nacion(alidad)es no menos españolas. Muchos objetarán que de nada serviría, porque del lado de allá ya están determinados al “todo” y no se conformarían con soluciones intermedias: no lo creo, y bueno sería salir de esa duda. Pero aunque así fuera, tampoco estaría seguro de que del lado de acá estemos satisfechos con el “nada” ni con una España que, aferrada a la respuesta de hace cuarenta años casi exactos, no se atreve a hacerse de nuevo la pregunta, invocando sólo “cuestiones de orden” por miedo a que no le guste la nueva respuesta. Los catalanes son españoles, y es bueno procurar no sólo que lo sigan siendo, sino que quieran seguir siéndolo.