Presentació

La primera gira internacional de Donald Trump -a banda de servir de vàlvula d’escapament de la pressió política interior- anuncia canvis significatius que afecten especialment la posició nordamericana a l’Orient Pròxim i Mitjà. Coincidint amb l’elecció presidencial a l’Iran (Javier Solana), el president americà ha reforçat ostensiblement les relacions amb l’Islam sunnita, tot resuscitant un nou eix del mal (Andrea Rizzi),  del que l’Iran en seria un integrant destacat, amb Síria i Corea del Nord. D’aquesta manera, Trump tomba la filigrana diplomàtica de Barack Obama per reinserir l’Iran a la comunitat internacional: veure l’anàlisi de François Ghilès a esglobal (text nº1)

En relació a la iniciativa xinesa de la Nova Ruta de la Seda, comentada en l’anterior Focus Press, veure l’aportació d’Andrés Ortega al blog del Real Instituto Elcano.

A l’agenda europea del mes de juny destaquen les eleccions generals al Regne Unit del 8 de juny,  amb un pronòstic clarament favorable als conservadors (veure la sèrie d’enquestes), i les eleccions legislatives a França del 11 i 18 de juny, on tot apunta que Emmanuel Macron pot assolir la majoria presidencial que persegueix (veure la sèrie d’enquestes).

Sobre el projecte Macron és rellevant el pronunciament de Jean Daniel advertint de l’esterilitat de certes crítiques de l’esquerra intel·lectual francesa. També són d’interès els articles a Social Europe de Bo Rothstein sobre el model social i de  Renaud Thillaye (text nº 2) sobre el liberalisme igualitari que associaria Macron amb Obama. Sobre les possibilitats de reactivar l’impuls europeu des d’un renovat eix franco-alemany, veure l’anàlisi de Gonzalo García Andrés a Agenda Pública.

A Espanya, les primàries per elegir el secretari general del PSOE han donat una victòria contundent a Pedro Sánchez (veure les infografies de Politibot sobre els resultats). Les claus del resultat són analitzades, entre molts d’altres, per Oriol Bartomeus, Lluís Orriols o Ignacio Sánchez-Cuenca.

Sánchez assumeix de nou el càrrec en un moment en que les possibilitats de redreçament electoral socialista passen per recuperar els electors que l’han anat abandonant des del 2011 (Kiko Llaneras, Eduardo Bayón). Però per posar el PSOE en condicions de competir electoralment seriosament una altra vegada a Sánchez li espera una agenda política semblant als  dotze treballs d’Hèracles: construir un lideratge convincent (Antoni Gutiérrez-Rubí); procurar la màxima integració interna a la vegada que es transforma el model de partit (Juan Rodríguez Teruel; José María Ridao); presentar un projecte polític reformista -social i territorial- que connecti amb la nova realitat del país i, molt especialment, amb les generacions més joves (Oriol Bartomeus); exercir una tasca d’oposició compatible amb una visió d’Estat; teixir aliances polítiques guanyadores (José Miguel Contreras (text nº 3),  Aurora Nacarino-Brabo, Ricardo Dudda) …

A Catalunya regeix un  fatalisme que considera inevitable un incident polític greu entre les institucions catalanes i espanyoles (Jordi Mercader, Lluís Bassets) entorn del mes d’octubre (un altre 6 d’octubre!?). Però,  de fer cas a les enquestes que es publiquen (Metroscopia), la via unilateral que impulsa el president Puigdemont i la galàxia sobiranista (Xavier Arbós) no compta ara per ara amb  el recolzament popular necessari. Per tant, tot sembla fiar-se a que una reacció desmesurada de l’Estat espanyol provoqui prou víctimes polítiques per desencadenar el desitjat suport popular incontestable.

Aquesta fatal resignació al fracàs col·lectiu que suposaria una ruptura unilateral de l’actual marc polític i les seves conseqüències de tot ordre, ens porta el record d’una altra manera de fer les coses, com explica Josep Maria Bricall, i d’un temps on hi havia polítics capaços de fer que “passessin coses”, com evoca Esther Vera (text nº 4) en commemorar els Jocs Olímpics de Barcelona sota l’emprenta de Pasqual Maragall. (Veure el magnífic suplement del diari Ara del passat diumenge 21 de maig).

També és hora de passar balanç dels dos primers anys del nou govern municipal de Barcelona: Clara Blanchar repassa el fronts oberts i els pocs resultats obtinguts fins ara; Gerardo Pisarello defensa la gestió de l’equip de govern; Carina Bellver -a Crític- contrasta la gestió municipal amb les expectatives creades en els moviments socials; i Roger Senserrich convida a deixar de mirar-nos el melic per aprendre de les experiències de les polítiques urbanes als Estats Units.

Acabem amb una reflexió de Manuel Arias Maldonado (text nº 5) sobre la vigència del clivatge polític tradicional entre dreta i esquerra: “… es tal el arraigo afectivo y simbólico de la dicotomía izquierda/derecha que hablar de su obsolescencia resulta prematuro. Por el contrario, es todavía dominante: la mayoría de los ciudadanos sigue poniéndose esas gafas para mirar al mundo y nutrir una identidad cuya tribu rival queda así bien definida: ya dijo Hitchcock que cuanto mejor es el malo, mejor es también la película. Pero eso no es razón para desdeñar la importancia que ha cobrado en los últimos años el eje globalismo/soberanismo, como vienen a demostrar las crisis internas en los partidos socialdemócratas y la reconfiguración de los sistemas de partido provocada por la irrupción del populismo. Ni, por tanto, para reconocer las limitaciones inevitables que aquejan a una distinción algo tosca que por momentos parece más basada en los sentimientos que en las razones”.

 

Francis GHILÈS, “La tácita alianza entre Trump y los conservadores de Irán” a EsGlobal (23-05-17)

https://www.esglobal.org/la-tacita-alianza-trump-los-conservadores-iran/

La política exterior de Donald Trump, más tras su visita a Arabia Saudí, va a garantizar que Irán permanezca cerrado, independientemente de quién haya sido el ganador de las recientes elecciones celebradas en el país, que le dieron la victoria a Hassan Rohaní.

El contraste entre el hecho de que el presidente Donald Trump apoyara, el domingo pasado, a la coalición de Arabia Saudí y los suníes contra el malvado Irán, cuando, menos de 48 horas antes, las multitudes manifestaban su alegría por la abrumadora victoria de Hassan Rohaní en las elecciones presidenciales, es prueba —por si hacía falta— de que la estrategia a largo plazo de Estados Unidos en Oriente Medio es un desastre. Barack Obama intentó dialogar con Teherán, e incluso su sucesor no puede querer romper el acuerdo nuclear que firmaron seis grandes potencias (EE UU entre ellas) con el país en 2015. Al insinuar que Irán es el origen de todos los problemas en Oriente Medio, Trump está respaldando una versión suní de la historia que no comparten, ni mucho menos, todos los líderes suníes. Kuwait, por ejemplo, no está de acuerdo, y la mirada de asombro en algunos rostros árabes cuando habló Trump ante ellos el domingo era muy significativa. Tomar partido en el enconado conflicto entre chiíes y suníes no contribuirá a la paz en la región, porque los argumentos religiosos, la mayoría de las veces, sirven para enmascarar intereses regionales, sectarios y económicos. Además, que el presidente estadounidense denunciara el extremismo islamista en la capital del wahabismo —cuyos dirigentes han dedicado 100.000 millones de dólares (unos 88.000 millones de euros) a propagar su intolerante versión del islam en todo el mundo— dejó a muchos observadores veteranos de la política en la región confusos e incluso desolados.

¿Cómo interpretar la reciente elección presidencial iraní ante el decidido apoyo del presidente estadounidense a los gobernantes más estrictos, como los de la mayoría de los Estados del Golfo y Egipto? Los observadores de Europa y Estados Unidos se dividen en dos bandos: los que piensan que todas las elecciones presidenciales celebradas desde la caída del Sha en 1979 son una farsa y los que dicen que hay que matizar. Entre estos últimos, algunos dicen que la contienda enfrentaba a un reformista animoso pero, a la hora de la verdad, ineficaz —el presidente saliente y vencedor, Hassan Rohaní—, y un teócrata de la línea dura, Ebrahím Raisi, antiguo fiscal, del que se dice que fue uno de los jueces que dictó las ejecuciones en masa de casi todos los presos de izquierdas en 1988.

Hassan Rohaní ha obtenido una victoria aplastante. El acuerdo nuclear firmado hace dos años ha permitido que se suavicen las sanciones internacionales y que el país recupere decenas de miles de millones de dólares que estaban congelados. No se han restablecido aún los vínculos de Irán con el sistema bancario internacional, un elemento clave para que lleguen las inversiones extranjeras tan necesarias, porque sigue vigente una segunda batería de “sanciones secundarias” de Estados Unidos por el presunto patrocinio iraní del terrorismo. Ebrahím Raisi prometió que aumentaría los subsidios si salía elegido, pero los votantes comprendieron que eso supondría la vuelta a la inflación galopante que caracterizó el mandato del predecesor de Rohaní, Mahmud Ahmadineyad.

Desde otro punto de vista, se trataba de la disputa entre un candidato —Rohaní— que deseaba abrir Irán al mundo, y su rival, que quería todo lo contrario. En este último bando está la poderosa Guardia Revolucionaria Islámica, una fuerza pretoriana que ha fortalecido su propio imperio comercial, entre otras cosas, gracias a las distorsiones económicas provocadas por las sanciones contra la República Islámica. Cuando Teherán firmó con seis potencias mundiales el pacto para reducir su programa nuclear a cambio de suavizar las sanciones, el presidente Obama confiaba en que la lenta reintegración del país en los mercados mundiales animara a sus dirigentes a otorgar más libertad a sus ciudadanos. Hassan Rohaní cree que esa apertura da más oportunidades a los jóvenes iraníes de talento para que contribuyan a modernizar la economía nacional. Y está claro que su opinión la comparte la mayoría de los votantes, sobre todo los de la clase media educada, pero les aguarda un camino difícil, salvo que la Unión Europea, en una muestra poco frecuente de valentía, decida no mostrarse demasiado estricta con ellos.

La suavización de las sanciones no ha producido los beneficios económicos que prometían los firmantes a los iraníes. Ahora que Trump parece dispuesto a endurecerlas de nuevo y a jugar la baza saudí —que haya escogido el reino al que tan a menudo insultó durante la campaña de 2016 para su primera visita al extranjero dice mucho de su cinismo—, no es probable que Irán obtenga más ventajas del acuerdo a corto plazo. Sin embargo, como demostraron las sanciones vigentes durante décadas contra Suráfrica, para los países que poseen técnicos bien preparados y están muy motivados, el aislamiento internacional, a medio plazo, puede ser ventajoso. Irán no puede ser barrido por las bombas ni mucho menos desaparecer del mapa, conserva estrechos vínculos con India, Rusia, China y tiene relaciones amistosas con Omán y Kuwait.

No está claro si la victoria de Hassan Rohaní aportará más libertad a los jóvenes iraníes, pero es importante en otro sentido: le permite intervenir en la elección del sucesor al enfermo Líder Supremo, el ayatolá Jameneí. También podrá influir en que la guerra implacable entre Irán y Arabia Saudí siga destruyendo Yemen o no y en qué grado de respaldo va a seguir ofreciendo Teherán al régimen de Basher al Assad en Siria.

Los líderes occidentales no se atreven a criticar a Arabia Saudí, un país que les proporciona tantas y tan lucrativas operaciones de venta de armas: no hay más que ver los jugosos contratos firmados en Riad durante la visita de Trump. Prefieren luchar contra lo que denominan el extremismo yihadista sin tener en cuenta las consecuencias destructivas de la política saudí para sus intereses en el Sahel, el Magreb y Oriente Medio. Estados Unidos nunca ha reconocido que los saudíes desempeñaron un papel crucial en el 11S ni que Irán le ofreció una ayuda muy valiosa contra los talibanes en Afganistán. Arabia Saudí está de acuerdo con Israel, uno de los grandes enemigos de los iraníes, en que es preciso impedir que se haga realidad el empeño de la República Islámica de construir un Creciente Chií en tierras árabes. Riad no es el único Estado suní que piensa que Occidente se ha dejado seducir por los argumentos del ministro de Exteriores iraní y principal negociador del tema nuclear, Mohammed Javad Zarif. Y esa misma opinión la comparten muchos asesores de Trump. El verdadero rostro de Irán, afirman, es el del general Qassem Soleimani, el brutal jefe de la brigada Al Quds, el brazo expedicionario de la Guardia Revolucionaria. La utilización que ha hecho de sus tropas para dominar Irak y tener un papel fundamental en Siria hace que la mayoría de los líderes suníes e Israel teman a Irán.

Los detractores de Irán olvidan convenientemente que fue la invasión de Irak encabezada por Estados Unidos la que le dio la oportunidad de intervenir en el país vecino, una oportunidad que la República Islámica aprovechó con gusto, y que fue Occidente el que dio al difunto dictador iraquí, Sadam Huséin, las armas químicas que empleó para matar a decenas de miles de soldados iraníes en los 80, por no hablar de los kurdos. Tal vez ahora resulte útil apoyar a Riad en su lucha contra Teherán, pero ¿es prudente a largo plazo? Irán tiene más de 80 millones de habitantes, una cultura que Arabia Saudí nunca puede aspirar a igualar y un consenso nacional en materia de política exterior que ni EE UU ni los suníes pueden romper con sus sanciones.

Las sanciones están respetándose: la mayoría de las grandes empresas mundiales se mantienen apartadas del país. Los ciudadanos estadounidenses tienen prohibido participar en cualquier actividad relacionada con Irán. Los inversores internacionales no pueden utilizar el sistema bancario internacional para financiar negocios en el país. El banco francés Parisbas tuvo que pagar una multa de 8.900 millones de dólares por infringir las sanciones estadounidenses. Las multinacionales están deseando entrar en un país que tiene unas reservas de hidrocarburos equivalentes a 150.000 millones de barriles de petróleo y más de 1.000 toneladas de pies cúbicos (más de 28 billones de metros cúbicos) de gas natural. Las infraestructuras para desarrollar y exportar el gas y el crudo ya existen, pero necesitan mejoras. Este sector y el de las nuevas tecnologías son una mina de oro para los expertos técnicos y legales. Irán no puede aumentar su producción actual de petróleo, 3,8 millones de barriles diarios, para alcanzar el objetivo del Gobierno de 5 o 6 millones, ni puede producir gas en una cantidad significativa para la exportación, sin la plena participación de empresas internacionales. Al mismo tiempo, las sanciones han obligado a los iraníes a desarrollar su creatividad en ciertos campos, como el de las turbinas de gas. Al contrario de lo que pasa en Arabia Saudí, que se detendría por completo sin las decenas de miles de técnicos y directivos extranjeros que manejan el sector de los hidrocarburos, Irán ha seguido adelante.

La compañía francesa Total sí está haciendo negocios con Irán. Ha acordado la creación de una empresa mixta para desarrollar la Fase 11 del inmenso yacimiento de gas de Pras Sur, en sociedad con la empresa estatal china CNPC y con la financiación de los bancos chinos, que hacen caso omiso de las sanciones estadounidenses. La empresa estatal india ONGC ha presentado una propuesta de 3.000 millones de dólares para desarrollar el yacimiento de gas Farzad B, en la que participan también las rusas Rosneft y Lukoil. Ninguna de estas compañías está técnicamente a la altura de las grandes empresas occidentales, pero quizá muestran por dónde irán las cosas en el futuro. Estados Unidos no va a poder seguir imponiendo sus opiniones eternamente: las empresas chinas e indias tienen cada vez más importancia. No parece probable que los estadounidenses quieran enzarzarse en una nueva guerra en Oriente Medio, y mucho menos con Irán. Si hubiera otra guerra, la estabilidad de Arabia Saudí y los Estados del Golfo, que necesitan a trabajadores extranjeros cualificados y trabajadores nacionales no cualificados para proveer los servicios esenciales, podría correr más peligro que la iraní.

Irán ha demostrado que es un aliado valioso en la lucha contra ISIS, que, según Trump, es su objetivo fundamental en política exterior. Para sus ciudadanos, al margen de sus sentimientos sobre los defectos del régimen (falta de libertad, escasez de agua, carestía en puestos de trabajo cualificados, corrupción, etcétera), la seguridad es su preocupación fundamental. Son conscientes de su importancia geopolítica y quieren mantener sus fronteras seguras. En su mayoría están de acuerdo con lo que hacen sus dirigentes para defender los intereses del país en Oriente Medio, independientemente de lo que opinen sobre su política interna. Existe el consenso de que, desde el derrocamiento del primer ministro, democráticamente elegido, Mohammed Mossadegh, en 1953, hasta el apoyo al difunto Sha y a Sadam Huséin, los británicos —y más recientemente, los estadounidenses— llevan dos siglos de injerencia en el país. Los iraníes no han olvidado el gran juego que enfrentó a Rusia y Gran Bretaña en el siglo XIX y principios del XX, y en el que los intereses de las dos potencias contaron siempre más que los de Irán.

Los iraníes detestan la hegemonía puritana de los teócratas que los gobiernan y la red de poder y privilegios que controla el país, pero están de acuerdo con lo que dijo el líder de la Revolución Islámica de 1979, el ayatolá Ruholla Jomeinií: “Nos importa un pimiento (Estados Unidos)”. Los iraníes conocen su historia, mientras que los estadounidenses no son capaces de recordar lo que sucedió el día anterior. Y Trump es el dirigente más ignorante de la historia de EE UU. Los que le apoyan hoy son los que en 2003 estaban convencidos de que la invasión de Irak iba a ser pan comido, Bashar al Assad no duraría en el poder y Estados Unidos podría construir una democracia estable en Afganistán. Hoy parece que han decidido apoyar a Arabia Saudí. Si nos fiamos de los antecedentes, es posible que la visita de Trump a Riad pase a la historia como otro gran error.

Cuando Barack Obama fue reelegido, llegó a la conclusión de que bombardear las instalaciones nucleares iraníes era una locura y era mejor volver a atraer a Irán al concierto de naciones. Donald Trump no está de acuerdo, y comparte la opinión saudí de que Teherán es el diablo encarnado. El presidente estadounidense va a garantizar que Irán se mantenga cerrado… por ahora, independientemente de quién obtuvo la victoria en las elecciones del viernes pasado. Los iraníes expresaron sus deseos y sus frustraciones en las urnas, algo que no pueden hacer los ciudadanos en ningún otro país suní salvo Túnez. La victoria de Hassan Rohaní ofrece un atisbo de esperanza en una región bañada en sangre.

 

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Renaud THILLAYE, “Can Macron Succeed Where Obama Failed?” a Social Europe (24-05-17)

https://www.socialeurope.eu/2017/05/can-macron-succeed-obama-failed/

For the first time in years, France is being looked at with interest and admiration. The country is having its ‘Obama moment’: the feeling that no ambition is too high for a great nation, especially when it comes to carrying the torch of liberal democracy and optimism.

In fact, the parallels between Obama’s 2008 and Macron’s 2017 victories are staggering. In both cases, a charming new face of exceptional talent and self-confidence emerges against all odds to offer a radical departure from the past. Politically, Macron, like Obama, comes from the centre-left but proposes to work with moderates from both sides and to break away from ideological posturing. Economically, the new French President puts forward the vision of social mobility, innovation economics, and egalitarian liberalism once championed by Obama. Culturally, it is hard not to notice the commonality between Obama’s multicultural patriotism and Macron’s proud promotion of an evolving French identity.

The obvious problem for Macron is that the Obama era ended up badly, if not awfully, with Trump’s victory. Despite all the great achievements Obama presided over, the US is a deeply divided country today. In fairness, he did not initially run for office knowing the worse financial crisis since 1929 would sweep away millions of jobs, accelerate the technological transition and leave many lives shattered. Obama’s recovery plan proved successful on paper, but this does not take into account the social and geographical disparities that ended up further entrenched. Obamacare may have changed many lives for the better, but it has not been popular and is now on the verge of collapse. Obama’s narrative of a reconciled nation did not take off – racial violence and the polarisation of the Trump vote indicate exactly the contrary.

In short, Obama did not find the recipe for inclusiveness and reconciliation. Crucially, he did not install a cultural hegemony for the political centre.

These considerations should logically lead one to pour cold water on Macron’s victory. The centrist leader has set the bar very high with his ambition to move the French political axis, i.e. the open vs. closed divide, or one that pits progressives from both right and left vs. conservatives from both sides. The tactical nomination of a centre-right prime minister in a government that includes centre-left heavyweights sets the scene for the June legislative elections. It is hoped that En Marche, Macron’s new party, will win an absolute majority. If not, a majority will be formed with the support of moderates in the Republican (centre-right) and Socialist (centre-left) groups.

The obvious risk of this experiment is that failure would place the Front National, or a more radical right, in an ideal position for 2022. Macron could herald a backlash à la Trump, be it with Marine Le Pen or another personality. Indeed, the presidential election’s data shows how divided France already is, both socially and geographically, and much more so than in 2012, when François Hollande was elected. Macron owes his election to 43% of registered voters only, of which roughly the same proportion (43% according to IPSOS) voted above all against Marine Le Pen. Bearing in mind that this election was François Fillon’s to win, had the conservative candidate not been placed under investigation, Macron’s mandate is anything but solid.

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The new French president is well aware of this and, therefore, has moved from an initially outspokenly liberal platform, both economically and culturally, to a more balanced one. His agenda rests on an implicit deal between more protection at EU level and more flexibility at home – ironically, the exact opposite of what Theresa May wants to do in Britain. The first pillar includes a more growth-friendly Eurozone, greater attention to social and environmental impacts in trade deals, the reform of the posted workers’ regime, greater control of illegal immigration in the Schengen area, and reinforcing European defence capabilities. Macron has talked numerous times about a “Europe that protects”. His recent press conference with Angela Merkel was an occasion to stress this message, far from the accusations of pro-EU idealism he has been facing.

In parallel, Macron wants more competition, greater public spending efficiency and lower taxes on business in France. This is not the neo-liberal agenda caricatured by some, but his plans for labour market and pension reforms, if pushed through, would take France closer to Germany or Scandinavian countries. They will certainly trigger significant street protests and weaken his parliamentary majority. Macron’s gamble is that, with a little help from Europe, this agenda will quickly deliver a confidence boost, faster growth, job creation.

Assuming this works to some extent, will this be enough to reconcile FN voters with the world as it is today? We have learned from Obama that abstract growth figures and institutional reforms can do little if they do not benefit and reassure in very concrete ways large swaths of the lower middle class electorate. Economically, Macron will need to pay special attention to the quality of growth and jobs; to the winners and losers of his reforms; to the further blasts that technology and automation are going to administrate to thousands of workers trapped in routine jobs.

Crucially, the new French president also needs an agenda that tackles the cultural dimensions of the populist vote, call it ‘cultural insecurity’ or ‘fear of cultural displacement’. During the victory celebration and transfer of power ceremonies, everyone has seen Macron’s ability to embody national symbols and to set his own steps in the long walk of French history, something which is dear to French people’s hearts. These are important markers, but France has been suffering for too long from a gap between rhetoric and reality. Concrete actions to boost social trust and build bridges between communities living in silos are badly needed, be it renewed forms of civic participation or incentives for social engagement.

Macron’s challenge to protect a reasonably open, tolerant model of society, and to promote a Europe that means more than just the sum of its nations’ interests, is a battle shared by many across the political spectrum and across borders. For all these reasons, the new French president deserves widespread support.

 

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José Miguel CONTRERAS, “El dilema del PSOE: ¿desplazarse o ensancharse?” a infoLibre (24-05-17)

http://www.infolibre.es/noticias/opinion/opinion/2017/05/24/el_dilema_del_psoe_desplazarse_ensancharse_65453_1023.html

Llama la atención la audiencia alcanzada por el especial de laSexta dedicado al resultado de las elecciones primarias del PSOE, emitido el pasado domingo. Entre las 21:30 y las 24:00 horas el programa fue lo más visto de todas las cadenas. Parece evidente que para una parte significativa de españoles la política es un asunto de interés, especialmente cuando se producen acontecimientos de especial trascendencia. Me parece gratificante.

La amplia e inesperada victoria de Pedro Sánchez ha vuelto a colocar al PSOE, desde su salida del Gobierno en 2011, en el foco de la atención pública con una repercusión positiva. Hace apenas un par de semanas, el interrogante más extendido era el de si los socialistas españoles se encaminaban irremisiblemente por la senda marcada en los últimos tiempos en Francia o en Reino Unido, tras los desastres electorales vividos por Corbyn y Hamon, después de sus previos triunfos en primarias. Sin embargo, ahora la historia ha dado un giro y la incertidumbre ha cambiado de signo. A día de hoy, se plantea la posibilidad de que el PSOE pueda cambiar la tendencia de caída de los últimos años y vivir un proceso de crecimiento significativo, siempre y cuando no cometa nuevos errores tácticos que acaben por hacerle caer en el abismo. Seguramente, las mejores estrategias pasan por asumir algunas realidades basadas en datos contundentes:

1. El objetivo es ensanchar el campo de actuación, no desplazarlo. Es curioso observar cómo el resto de partidos parece desear y dar por hecho que el PSOE va a desplazarse, a moverse hacia la izquierda. Cabe plantear en ese punto el interrogante de qué significa moverse más o menos a la izquierda, porque hay varios aspectos a considerar:

-   El PSOE tiene un primer gran problema que es el de reunir a un número de votantes demasiado escaso para aspirar a gobernar, por tanto, lo que necesita prioritariamente es aumentar el número de seguidores.

-   En España, cuanto más se desplace hacia la izquierda un partido, más se dirigirá a un auditorio pequeño de electores. Según los últimos datos del C.I.S., aproximadamente casi un 70% de españoles se sitúa entre el centro izquierda más moderado y las posiciones más radicales. El 30% restante se sitúa entre el centro derecha y la derecha extrema. Si nos quedamos con ese 70% de simpatizantes de ideas progresistas y lo repartimos en un gráfico, obtenemos la siguiente tabla:

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-   Como puede verse, la inmensa mayoría de los españoles de izquierdas se coloca en la escala política en posiciones moderadas, que no hay que confundir con los que defienden apoyar al actual Gobierno de Mariano Rajoy.

Finalmente, conviene recordar que los sectores que se sitúan en niveles más radicales están prácticamente monopolizados y cubiertos por Unidos Podemos. Mientras tanto, el área más moderada de la izquierda también cuenta con ofertas alternativas al PSOE. Baste recordar un dato también recogido del último C.I.S.: el 32,2% de los votantes de Ciudadanos (1 de cada 3) se considera socialista, social-demócrata o progresista. Es decir, que abandonar las posiciones moderadas, que es donde se disputa la batalla electoral, tiene el peligro añadido de que existen formaciones dispuestas a ocupar el espacio de inmediato.

 

2. El problema electoral del PSOE es que falta gente, no es que sobre. En 2008, los socialistas ganaron las elecciones generales con un 43,9% de votantes. En la última convocatoria de 2016 apenas alcanzó el 22,6%. Conseguir cambiar la curva decreciente y transformarla en alcista podría hacerse recabando apoyos de tres sectores del electorado:

-   Entre los que se han ido a otras opciones como Ciudadanos y, principalmente, Podemos. Entre los votantes del partido dirigido por Pablo Iglesias hasta un 55% se define como progresista, social-demócrata, socialista, feminista o ecologista, según el CIS.

-   Entre los que se han ido a la abstención en estos años, que suponen casi un 5% más respecto a 2008, desmotivados por la falta de una oferta consistente en la izquierda, en especial tras la incapacidad de las fuerzas progresistas para alcanzar un acuerdo electoral que desalojara a la derecha del Gobierno.

-   Entre los jóvenes que se han incorporado al censo electoral en estos últimos años. En la última década, según los datos del INE, alrededor de 6 millones de jóvenes alcanzaron la mayoría de edad y se incorporaron al censo electoral. El voto en este grupo de edad se ha dirigido a los nuevos partidos, particularmente hacia Podemos, y ha dejado de lado al PP y al PSOE.

3.  Es imprescindible encontrar nuevos portavoces y prescriptores. La amenaza de una batalla interna que termine por quebrar la actual estructura del partido es solamente una parte del problema. La consecución de un partido cohesionado en torno a un liderazgo sólido sería un primer paso indispensable. Pero no se puede olvidar que el actual electorado socialista es el más bajo de la historia democrática. Por tanto, es evidente que hacen falta nuevos dirigentes capaces de atraer de nuevo a un mayor número de electores. La capacidad de atracción de los actuales ya se conoce. Es fundamental contar con portavoces renovados con dotes comunicativas actualizadas y alta capacidad de prescripción.

Hay evidentemente dirigentes de gran valía que pueden seguir aportando su experiencia y su prestigio adquirido durante años. Pero resulta imposible articular una oferta renovadora creíble si no se personaliza en nuevos rostros capaces de representar una actualización y una regeneración del discurso del PSOE. No es sólo una cuestión de añadir nuevas caras, también tienen que ser nuevas sus ideas y las formas de transmitirlas.

4. Se necesita incorporar nuevos ejes discursivos alternativos. Las nuevas formaciones políticas han cambiado los criterios desde los que analizar la sociedad actual. El tradicional eje izquierda-derecha subyace en el fondo una sociedad desigual e injusta, pero el combate contra los abusos del poder, sea político, económico, mediático, etc… necesita nuevos enfoques que permitan abordar los conflictos en sectores cada vez más diversificados y fragmentados.

El PSOE ha perdido a lo largo de la última década una significativa presencia en sectores sociales en los que tradicionalmente había mantenido un soporte de gran fortaleza. Cualquier proceso de crecimiento de su base electoral pasaría por recuperar la presencia en esos segmentos que no se reconocen en la trasnochada alternativa que hoy representa. Algunos de estos grupos son perfectamente identificables:

-   Los jóvenes. Todos los estudios coinciden en el acelerado envejecimiento del votante socialista. Para el PSOE, es urgente la búsqueda de conexión con las generaciones progresistas más jóvenes que en su mayoría se inclinan hacia Podemos con claridad.

-   Los profesionales de prestigio. Tradicionalmente, buena parte de los profesionales más destacados en diferentes campos profesionales solían apoyar al Partido Socialista. Esta tarea era especialmente valiosa a la hora de elaborar y actualizar el programa electoral. Además, servían para conectar con significativos campos del conocimiento de gran influencia social: científicos, arquitectos, médicos, ingenieros, profesores, etc.

-   Los movimientos sociales. El activismo ha recuperado un papel fundamental en la lucha frente a los abusos del poder. La creciente desconfianza en las instituciones de representación ha crecido en paralelo al asentamiento del apoyo al esfuerzo colectivo y solidario de los ciudadanos. El PSOE, asimilado por muchos como parte de la gerontocracia política, ha quedado desplazado de este trascendental territorio de la izquierda.

-   El mundo de la intelectualidad y la cultura. Hace poco más de una década este significativo sector fue determinante para la llegada de Zapatero al poder y para su mantenimiento hasta el estallido de la crisis. Hoy en día resulta inimaginable pensar en un escenario similar. La sociedad de las ideas y de sus expresiones culturales son indispensables para una visión progresista del mundo actual.

5. El PP es el rival. Podemos, un competidor. El nítido resultado de las primarias despeja cualquier duda respecto a la errónea gestión que supuso la forma de pasar del “no es no” a la abstención en la investidura de Rajoy. Parece claro que el principal argumento que obtiene un amplio respaldo entre la militancia y los simpatizantes socialistas es el rechazo a cualquier atisbo de sostenimiento o apoyo al Gobierno de Mariano Rajoy. El PP es el rival directo en la pugna por dirigir este país. No caben componendas, ni acuerdos por debajo de la mesa. En el caso de este gobierno en concreto, marcado por sus vinculaciones con extendidos casos de corrupción y por políticas claramente perniciosas para los más desfavorecidos, no cabe otra estrategia que la oposición absoluta para la mayor parte de los votantes de izquierda.

En el caso del partido de Pablo Iglesias, la situación es diferente. Se trata del competidor para conseguir el apoyo de una parte del electorado, la que se sitúa entre el centro-izquierda, que el PSOE disputa a su vez a Ciudadanos, y la izquierda más radical, que es caladero exclusivo de Unidos Podemos y sus confluencias.

Respecto al PP, la nueva dirección socialista parece que quiere establecer una barrera infranqueable que impida cualquier sensación de que Rajoy se mantiene al frente del Gobierno gracias al apoyo del PSOE. Consideran que esta posición les aportará un doble beneficio. Por un lado, será muy bien recibida por su potencial electorado. Pero, además, cortará de raíz el principal argumento que esgrime Pablo Iglesias para erigirse como jefe de la oposición virtual, al haber podido presentarse hasta ahora como el único partido que se enfrentaba abiertamente al actual gobierno.

 

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Esther VERA, “Fer que passin coses” a Ara (21-05-17)

http://www.ara.cat/opinio/que-passin-coses_0_1799820054.html

Hi ha persones que fan que passin coses. Sí, també n’hi ha d’intensament dedicades a obstaculitzar-les, però avui ens ocupen aquells que saben volar. Personalitats que creen les condicions per envoltar-se dels millors esforços i complicitats per avançar. Aquesta va ser la màgia de la transformació de Barcelona 92. Fa 25 anys alguns van gosar pensar en gran i associar-se en la mateixa direcció, treballar per superar les petites i grans misèries. Pasqual Maragall va posar Barcelona en marxa perquè hi passessin coses i en el projecte olímpic va saber cristal·litzar l’empenta dels millors i més diversos.

Recollint el testimoni de Narcís Serra, Maragall i Samaranch van ser, segons Diana Garrigosa, “dos galls que havien fet una treva”. Dues personalitats antagòniques que es van posar a treballar en la mateixa direcció. Josep Miquel Abad, conseller delegat del comitè organitzador, recorda encara avui Joan Antoni Samaranch com un “gran mestre del pragmatisme”.

Empresaris, professionals i voluntaris de tota mena van obrir la ciutat al món. Van recuperar el mar, van fer una revolució urbanística, van crear infraestructures de telecomunicacions, van construir instal·lacions olímpiques, van inventar una estètica amb personalitat, una mascota que trencava amb la carrincloneria, van evitar un “espectacle marcial”, van hipnotitzar 3.500 milions de teleespectadors i van generar una explosió d’alegria i creativitat mediterrànies irrepetible fins avui. En paraules de Jaume Badia al llibre Pasqual Maragall, pensament i acció, durant els Jocs “l’alegria ho domina tot”, i és que aquells dies de juliol va ser possible entrar en la modernitat.

L’impuls de Maragall va ser determinant. Com escriu Badia, “els Jocs li van permetre posar en pràctica els seus coneixements i el seu programa polític i, alhora, exercir plenament la seva extraordinària capacitat de lideratge”. En paraules d’un altre estret col·laborador, Xavier Roig, “Maragall animava i donava pistes sobre per on s’havia d’anar”. El seu era un lideratge positiu. El llegat polític complet de Maragall encara s’ha d’escriure, i s’haurà de tenir en compte la seva capacitat de fer equips i d’innovar mirant al món. També s’haurà de destacar, a més de la imprevisibilitat, la discreció. El Maragall excèntric del qual tant s’ha parlat és el mateix Maragall discret i fora de focus públic que es traslladava a viure una setmana en cada barri i que sopava cada 24 de desembre en un menjador social de la ciutat. La comunicació política s’ha transformat tant com Barcelona en les últimes dues dècades i ara tot es transmet en directe per Twitter.

Els Jocs van ser un pretext per posar fil a l’agulla i transformar una ciutat industrial en decadència en el que és actualment, un pol d’atracció de persones i d’idees d’arreu del món, però que té el risc de morir d’èxit d’esdeveniment en esdeveniment. Barcelona necessitava un projecte i va tenir una transformació urbanística i una injecció d’autoestima. La ciutat es va reinventar.

Ara, 25 anys després, tenim una ciutat extraordinària, però amb desafiaments que porten a preguntar-se qui està pensant Barcelona i quin és el projecte col·lectiu de la ciutat ara mateix.

L’èxit ha generat alguns malestars ciutadans sobre el turisme o l’accés a l’habitatge, i altres que hi estant indirectament relacionats, com la contaminació.

En els últims 16 anys les pernoctacions han passat de 3 milions a gairebé 8 milions anuals, i l’expulsió de veïns pel preu dels pisos és una evidència. Barcelona continua patint el retard provocat per la dissolució de la corporació metropolitana, restablerta l’any 2010 i formada actualment per 36 municipis i més de tres milions d’habitants de la primera corona. Es concerten serveis, però no polítiques imprescindibles en temes com l’habitatge. La Generalitat encara no ha perdut la por a la gran Barcelona.

La capital ha sigut tradicionalment una ciutat d’esquerres, i l’actual alcaldessa prové directament dels moviments socials. Té instint, capacitat de connectar amb la ciutat i triar els símbols. Però té 11 regidors de 41 i va arribar sense estratègia, més enllà de la percepció de cansament del turisme i l’angoixa per l’accés a l’habitatge i el seu encariment. L’equip de govern comença a percebre la necessitat política d’un instrument fort de coordinació de l’àrea metropolitana, i els anuncis enginyosos (retirada de vestigis franquistes o esclavistes, integració dels manters, perspectiva de gènere en les comunicacions i contes infantils) no tenen prou empenta. Barcelona necessita creixement de qualitat i no decreixement, un equip de govern a qui no facin por les inversions. Això és compatible amb una veritable política d’habitatge social i decisions que millorin els serveis, més enllà d’anuncis de municipalització de serveis que són més ideològics que efectius. L’avantatge d’Ada Colau és que té una oposició dèbil amb un cap que es manté obstinadament com un obstacle a la renovació.

Els ciutadans de Barcelona ja no necessiten operacions espectaculars. Volen recuperar la ciutat i la qualitat de vida que l’ha fet mundialment famosa. Per aconseguir-ho, cal centrar-se en una gran operació que garanteixi serveis bàsics, líders amb ambició disposats a competir i també a cooperar lleialment amb els ciutadans.

 

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Manuel ARIAS MALDONADO, “¿Más allá de la la izquierda y la derecha?” a Revista de Libros (24-05-17)

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Los tiempos interesantes del proverbio suelen ser también tiempos confusos. De hecho, cabe sospechar que son interesantes a fuer de confusos. Y el desafío para un observador contemporáneo consiste en identificar los cambios allí donde se producen, distinguiéndolos de las meras apariencias de cambio. Y es que no pasa día sin que se proclame una nueva época o se den por extinguidos los principios que regían nuestra vida personal o social, pero, como decía el Helicón de Camus, eso no nos impide almorzar. ¿Vivimos momentos históricos o hacemos historia de los momentos? Nadie puede saberlo a ciencia cierta, aunque el tiempo convalide unos análisis y ridiculice otros: todos presentamos aspecto de jugadores de dados.

Entre las incógnitas de nuestro tiempo, se cuenta la relevancia de la línea divisoria izquierda/derecha para explicar el comportamiento de los electores y las estrategias de los partidos; partidos que buscan tanto el voto popular como competir eficazmente contra otros partidos. Se ha convertido en un lugar común afirmar que la separación entre izquierda y derecha está siendo reemplazada por otro eje que distingue a los globalistas (o cosmopolitas) de los nacionalistas (o soberanistas): unos serían partidarios de sociedades abiertas que comparten soberanía a través de organizaciones o tratados multilaterales y defenderían una política migratoria generosa que acepta la hibridación cultural; otros prefieren las sociedades cerradas que recuperan su soberanía a fin de preservar su identidad cultural y cerrar sus fronteras a la inmigración. De acuerdo con la terminología de David Goodhart, liberal reconvertido en comunitarista, los primeros hablan desde cualquier sitio y los segundos desde algún sitio: los enraizados reprochan a los desenraizados −en frase de Theresa May− que no se puede ser ciudadano de ninguna parte. Nada nuevo: la distinción remite a la dicotomía entre Gesellschaft (sociedad) y Gemeinschaft (comunidad) formulada por el sociólogo alemán Ferdinand Tönnies y empleada también, en respuesta a este último, por Max Weber.

Su reaparición se explica por el efecto psicopolítico de la Gran Recesión y su reflejo en los sistemas de partidos occidentales. Quizá la mejor muestra de este fenómeno la tengamos en Francia, donde el nacionalpopulismo del Frente Nacional y el populismo de izquierda de Jean-Luc Mélenchon convergían en los extremos de un tablero en cuyo centro se situaba un globalista que ahora está logrando atraer a su nuevo partido a políticos de izquierda (Manuel Valls) y derecha (Édouard Philippe). En no pocas ocasiones, este nuevo eje parte a los partidos por la mitad: poco tenían que ver entre sí Alain Juppé y François Fillon cuando se disputaban el liderazgo de los conservadores franceses; mientras que Jeremy Corbyn, Bernie Sanders y Pedro Sánchez defienden las esencias de la izquierda ante sus rivales centristas dentro de los partidos socialdemócratas. Para más inri, en el plano sociológico, lo que queda de la clase trabajadora y buena parte del nuevo precariado ha migrado de la izquierda a la derecha en busca de soluciones proteccionistas: así se explica la victoria de Donald Trump en Estados Unidos o el acceso de Marine Le Pen a la segunda ronda de las presidenciales francesas. Esta visión de conjunto puede matizarse, pero responde en líneas generales a nuestro momento político.

Ahora bien, cuestión distinta es que la introducción de nuevas ideas y el consiguiente realineamiento del sistema de partidos −que incluye el surgimiento de nuevas formaciones− pueda interpretarse, de hecho, como el desplazamiento del eje izquierda/derecha a favor del eje globalismo/nacionalismo. Son muchas las voces que han negado que sea el caso, sosteniendo, en cambio, que ese presunto «giro» no es más que un cliché sin fundamento. La razón es sencilla: el modo en que el votante se sitúa en el continuo izquierda-derecha nos permite predecir a quién va a votar. En otras palabras, nadie dice de sí mismo que sea «globalista» o «populista», sino de izquierda o derecha o centro. Desde ese punto de vista, Trump ganó porque era el candidato republicano, no porque fuera un candidato populista o proteccionista. Y Sánchez gana porque opone la izquierda a la derecha, aunque hablara de «mestizaje ideológico» al postularse como jefe de un gobierno en coalición con Ciudadanos hace unos meses: el camino del poder conoce muchos tipos de asfalto. El caso es que, si en el continuo izquierda-derecha, 1 es un 6, actuará como un 6; y si es un 2, como un 2. La vieja brújula sigue funcionando.

Y lo sigue haciendo porque, reza el contraargumento, la identificación ideológica se mantiene aunque cambien sus contenidos. ¿Acaso no dijo Zapatero aquello de que bajar impuestos es de izquierdas? ¿Y no era progresista el sionismo en los años sesenta, siendo ahora progresista la causa palestina? Es así de izquierdas o derechas lo que digan los líderes de la izquierda y la derecha; o la combinación de líderes, estrategas, teóricos y medios de comunicación. De nuevo, lo importante es que el individuo se perciba a sí mismo como miembro de una u otra tribu moral; una pertenencia que algunos estudiosos de la neuropolítica relacionan con rasgos innatos sobre los que no podemos disponer. Para el estratega de partido y el consultor político, pues, nada es más valioso que seguir prestando atención a ese eje tradicional.

Es posible. Pero la pregunta pasa entonces a ser de qué nos sirve esa adscripción a los demás, si parece designar únicamente una identificación emocional que va de una idea a otra según soplen los vientos de las narraciones triunfantes. Más aún, hay motivos para recelar de las virtudes explicativas de un eje que no nos permite comprender los «casos difíciles» ni explicar fácilmente las excepciones. Porque excepciones hay: los blue collar norteamericanos dejaron al Partido Demócrata por el Republicano cuando aquél se convirtió en el partido de las minorías y lo mismo hicieron muchos de sus miembros cuando Lyndon Johnson acabó con el apartheid en el profundo sur. También los obreros franceses han migrado en parte al Frente Nacional y hay jóvenes socialdemócratas españoles que militan en Ciudadanos, mientras encontramos a viejos votantes laboristas tentados de apoyar al Partido Liberal Demócrata ante el euroescepticismo de su actual clase dirigente.

Quizá sean los casos difíciles los que con más claridad muestran la insuficiencia del eje izquierda/derecha para explicar una realidad más intrincada que nuestras categorías. Ahora que se debate la conveniencia de regular la gestación subrogada, ¿cuáles son las posiciones oficiales de izquierda y derecha sobre el tema y en qué medida los ciudadanos las asumen porque se identifican a sí mismos con la izquierda o la derecha? ¿De verdad todos los prohibicionistas son conservadores? ¿Y cómo es que el liberalismo de corte anglosajón se alinea en este caso con aquella sección del feminismo que defiende la libertad de la mujer para disponer de su cuerpo? Otro caso difícil es el protagonizado por los alimentos transgénicos: ¿por qué es de izquierda prohibirlos y de derecha aceptarlos? En realidad, la derecha tampoco los acepta fácilmente; y una izquierda que se reclame ilustrada no debería rechazarlos. En cuanto al proteccionismo económico, es bien sabido que los populismos de izquierda y derecha convergen en su defensa, aun por razones distintas: unos abjuran del capitalismo y otros del internacionalismo. Pero, ¿de qué nos sirve en un caso así saber si un votante es un 2 o es un 8? Si se adscribe a la extrema izquierda, será proteccionista; pero si se adscribe a la extrema derecha puede ser un neoliberal recalcitrante en lugar de un nacionalista fervoroso.

Dicho de otra manera, cuando un votante se retrata a sí mismo dentro del continuo ideológico nos está diciendo cuál es la naturaleza de sus afectos políticos y en la mayor parte de los casos eso nos permitirá saber a qué partido votará con mayor probabilidad. Pero eso no nos dirá lo que piensa y, por tanto, su adscripción adquirirá un cierto valor tautológico: un 6 es un 6 es un 6. Por añadidura, eso tampoco nos permitirá anticipar cuál será su trayectoria allí donde se produzca un corrimiento de tierras como el experimentado en los últimos años: ¿adónde acude un votante socialdemócrata en Francia? ¿A Macron, a Hamon, a Mélenchon? ¿Y cómo ha de tomarse un conservador thatcheriano el giro intervencionista de Theresa May? Es capital, claro, el papel prescriptor de los líderes políticos, capaces incluso de crear su propio electorado: Podemos y Ciudadanos son un buen ejemplo. Pero si los contenidos de izquierda y derecha son contingentes, porque dependen de la coyuntura política y de los liderazgos emergentes en momentos de cambio, el eje izquierda/derecha tendrá como principal utilidad la de señalarnos dónde laten las emociones del votante y no cuáles son sus ideas. No es nada extraño, pues las ideologías son también −¿sobre todo?− emociones. Pero queda entonces en el aire la pregunta sobre el valor prescriptivo de esa línea divisoria.

Dicho esto, quizá lo más razonable sea concluir que ninguno de esos ejes desplaza al otro, sino que lo suplementa y complica. Pensemos en Cataluña o el País Vasco: pocos son los partidos que allí no se dicen catalanistas o vasquistas. El eje izquierda/derecha coexiste allí con el eje centro/periferia. Y lo mismo puede decirse del eje aperturismo/soberanismo: en una fase histórica caracterizada por una globalización que no es sólo económica, sino también cultural, deja sentir su influencia sobre el discurso de los partidos y el votante individual, añadiendo una nueva dimensión a las identidades políticas. Estas son complejas y potencialmente múltiples, de manera que la aparición de nuevos clivajes dificulta la tarea predictiva de la ciencia política: un votante catalán que se sitúe en un 4 en el continuo izquierda/derecha, ¿es nacionalista o antinacionalista? ¿Globalista o soberanista? Mucho depende de dónde viva y a qué se dedique: aunque la geografía no es destino, se le parece.

Ciertamente, es tal el arraigo afectivo y simbólico de la dicotomía izquierda/derecha que hablar de su obsolescencia resulta prematuro. Por el contrario, es todavía dominante: la mayoría de los ciudadanos sigue poniéndose esas gafas para mirar al mundo y nutrir una identidad cuya tribu rival queda así bien definida: ya dijo Hitchcock que cuanto mejor es el malo, mejor es también la película. Pero eso no es razón para desdeñar la importancia que ha cobrado en los últimos años el eje globalismo/soberanismo, como vienen a demostrar las crisis internas en los partidos socialdemócratas y la reconfiguración de los sistemas de partido provocada por la irrupción del populismo. Ni, por tanto, para reconocer las limitaciones inevitables que aquejan a una distinción algo tosca que por momentos parece más basada en los sentimientos que en las razones.