Presentació

No hi ha setmana que els embolics de Donald Trump no siguin notícia de primera plana (Roger Senserrich),  fins al punt de preguntar-se com ha estat possible que la gran democràcia americana hagi arribat a elegir aquest personatge com a president i si les institucions republicanes estan en condicions de revertir la situació (Sean Wilentz, Jorge Galindo). En el millor dels casos els Estats Units s’arrisquen a perdre quatre anys (The Economist), i en el pitjor, estariem davant d’un símptoma greu de l’inici de la seva decadència (Lluís Bassets).

Mentrestant, la Xina continua estenent i consolidant la seva influència a nivell mundial, de la que n’és més que un símbol el projecte de la nova Ruta de la Seda (“One Belt, One Road”: Christina Müller-Markus, Jesús A.Núñez Villaverde), una mena d’ambiciós  “Pla Marshall” per convertir-se en la potència hegemònica continental. Per entendre l’abast geoestratègic d’aquesta iniciativa xinesa hem seleccionat una nota de Nicolás de Pedro, publicada fa pocs mesos pel CIDOB.

En el calendari polític internacional del mes de maig ocupa un lloc destacat l’elecció presidencial a l’Iran del 19 de maig, en la que s’espera que l’actual president, el moderat Hassan Rouhani, revalidi el càrrec enfront del principal candidat conservador Ebrahim Raisi. El règim iranià intenta -com d’altres sistemes autoritaris- introduir canvis en la seva política exterior i en l’economia sense posar en perill el seu sistema polític, com explica Mahmmood Sariolghalam en un text que hem seleccionat i que s’ha publicat a l’Anuari Internacional 2016-17 del CIDOB.

Sorprén l’audàcia política d’Emmanuel Macron, amb el nomenament d’un primer ministre de centre-dreta i la formació d’un govern integrat per polítics provinents del centre-esquerra, el centre i el centre-dreta, i per personalitats de la societat civil, amb la vista posada a forjar una majoria preidencial a les legislatives de juny i, més enllà, a modificar radicalment el sistema polític francès. De nou, recorrem al criteri de Gérard Grunberg per interpretar els moviments del nou president de la República Francesa: On pourrait alors considérer que le nouveau clivage progressistes/conservateurs remplacera alors le clivage gauche/droite comme clivage politique principal dans le fonctionnement du système politique français: européanisme contre nationalisme, humanisme contre xénophobie, libéralisme économique contre étatisme, modérantisme contre extrémisme, tolérance contre rigorisme, ouverture à la mondialisation contre protectionnisme”.

Insistim també en la importància del reforçament de l’eix franco-alemany com a condició imprescindible per afrontar el reset de la Unió Europea (Sebastian Dullen, Hans-Helmut Kotz, Andrés Ortega). Daniel Gascón, en una conversa amb Almut Möller (del European Council on Foreign Relations a Berlin) publicada a Letras Libres,  i que reproduïm, ens aporta una visió alemanya de l’actual moment europeu.

A Espanya es planteja obertament la qüestió de si Mariano Rajoy podrà sortir indemne de l’acumulació de casos de corrupció en les que està implicat el Partit Popular (Ignacio Varela). Tot i que les enquestes segueixen dibuixant un mapa electoral inalterat  (Celeste-Tel), el clima social sembla girar-se en contra del Partit Popular, tal com mostra Marta Romero en analitzar la seva evolució des del 15-M, marcada per una fractura generacional cada cop més patent (Gonzalo López Molina).

De les primàries del PSOE en sortirà un partit capaç de sintonitzar amb el nou clima social? O dit d’altra manera, un partit capaç de recuperar els “socialistes mutants” que han migrat cap a Podemos i les seves confluències (Pau Marí-Klose). Ni la mediocritat dels candidats (Antoni Puigverd), ni els seus plantejaments (Mariola Urrea), ni el desenvolupament de la campanya (Juanma Romero, Enric JulianaJoan Tapia) permeten ser gaire optimistes (José Moisés Martín).

També a Catalunya la corrupció irromp com un  factor de distorsió de l’idíl·lic marc del processisme, esquerdant la “unitat sagrada”, a les vespres del gran dia, amb els inoportunts fantasmes dels afers de la família Pujol (Antoni Puigverd) i del cas del Palau/CDC (Jordi Mercader).

Sense que serveixi de precedent, tanquem la selecció d’aquesta setmana, amb una reflexió dAntoni Gutiérrez-Rubí sobre si és possible la política sense partits: “No, la política sin partidos no es mejor, aunque en algunos casos y fases por ejemplo, en la fase electoralsea mucho más atractiva. La política sin partidos es más débil y vulnerable. Seguro que los que prefieren menos política apuestan por partidos de juguete, minusvalorados y fuertemente cuestionados socialmente. Pero la democracia necesita mejores instrumentos, no menos. Esa debería ser la prioridad”.

 

Nicolás de PEDRO, “Eurasia emergente y evanescente: identidades y rivalidades geopolíticas en Asia Central” a “Notes Internacionals” nº 154 (7/2016) del CIDOB

https://www.cidob.org/es/publicaciones/serie_de_publicacion/notes_internacionals/n1_154/eurasia_emergente_y_evanescente_identidades_y_rivalidades_geopoliticas_en_asia_central

La idea de Eurasia resurge con fuerza. El proyecto para una nueva Ruta de la Seda impulsado por China ha revitalizado los debates y las expectativas en torno a la posibilidad de articular una macrorregión de Lisboa a Shanghái. Un asunto del que se lleva hablando más de una década en el Asia Central ex soviética, particularmente en Kazajstán, principal aspirante a consolidar para sí un papel como puente en la conexión terrestre de China con la Unión Europa. A diferencia de iniciativas previas parcialmente coincidentes, el plan chino viene respaldado tanto por la capacidad financiera como por la firme voluntad política de Beijing. Dos elementos que, sin duda, justifican el interés generado y multiplican las opciones para que el plan tenga un impacto real y decisivo.

Los esfuerzos del Gobierno chino por promocionar este proyecto -conocido popularmente como “Una Franja, Una Ruta” (One Belt, One Road, OBOR en sus siglas en inglés)- están propiciando un creciente consenso sobre el éxito de la iniciativa. La publicación sistemática de mapas, plagados de puertos renovados, nuevas líneas férreas y carreteras atravesando Eurasia, fortalece esta impresión . Sin embargo, el éxito no está ni mucho menos garantizado. Ni siquiera las ingentes reservas financieras de China (4 billones de dólares) parecen suficientes para su plena realización. El plan requiere, pues, la participación activa de muchos otros actores y su compromiso a medio y largo plazo.

Las autoridades chinas presentan esta nueva ruta de la seda como un proyecto de naturaleza comercial, ideológicamente neutro y libre de dimensión geopolítica. Pero aun sin ponerlo en cuestión, cabe mencionar que entraña una profunda transformación potencial del panorama estratégico eurasiático, significativamente para un Asia Central redefinida y destacada en el esquema de la nueva ruta de la seda. Además, la confluencia y/o solapamiento en la región con otros proyectos impulsados por otros actores permite abordar sus interacciones y ofrece un marco de análisis propicio para evaluar la dimensión geopolítica y conceptual de estos proyectos. En primer lugar, de la Unión Eurasiática liderada por Rusia, pero también de planes de cooperación regional promovidos por EEUU, la Unión Europea o India, a quien el fin del aislamiento internacional de Irán abre nuevos horizontes en la región.

A pesar de este panorama complejo y dinámico, la mayor parte de los análisis tienden a abordar separadamente cada uno de los proyectos y a considerar escasamente sus interacciones. Es decir, se estudia cada iniciativa, particularmente la nueva ruta de la seda impulsada por China, exclusivamente en su propia lógica, disociada de otras dinámicas y asumiendo algunas premisas –voluntad y capacidad de los países de tránsito por una progresiva integración, interés económico a largo plazo, convergencia estratégica entre China y Rusia– que merecen mayor atención. De igual forma, suelen ignorar los aspectos conceptuales e identitarios, que son, sin embargo, de igual relevancia que todo lo referido al desarrollo de las infraestructuras y la conectividad regional.

¿De qué hablamos cuando hablamos de Eurasia y del espacio eurasiático?

Eurasia es un término de utilización cada vez más frecuente, pero su significado resulta impreciso y variable según cuándo y quién lo emplee. En Europa Occidental, se suele utilizar para referirse de forma neutra –es decir, sin connotaciones geopolíticas– a la gran masa continental que separa aquello que identificamos claramente como parte o de Europa o de Asia, excluyendo a India y a Oriente Medio. Así, Eurasia abarcaría una región desde Turquía hasta Xinjiang (China) pasando por el Cáucaso, Siberia y Asia Central. Pero en ocasiones se emplea como adjetivo (euro-asiático) con un sentido completamente distinto para hacer referencia a los procesos de cooperación interregional entre la UE y Asia-Pacífico (sea el foro ASEM o el diálogo UE-ASEAN), lo que, sin duda, añade confusión.

En el contexto postsoviético, y particularmente en Asia Central, la idea de Eurasia es cualquier cosa menos neutra y remite, sobre todo, a la posición hegemónica de Rusia, tanto desde el punto de vista geopolítico como cultural e ideológico. El término fue acuñado a finales del siglo XIX, conceptualizando Eurasia como un tercer continente claramente diferenciado de Europa y Asia, aunque de límites imprecisos. La idea de Moscú como tercera Roma es una de las múltiples derivadas de estos debates y la articulación del eurasianismo como doctrina política de tintes mesiánicos una consecuencia, probablemente, inevitable.

El pensamiento neo-eurasianista actual es de ideología tradicionalista, ultranacionalista y fascistizante, y su figura más visible es el conocido intelectual Aleksandr Dugin. En el contexto presente, si bien resulta debatible el grado de aceptación real de esta ideología por parte del Kremlin, el eurasianismo es, fundamentalmente, un vehículo para legitimar las aspiraciones hegemónicas de Rusia en el espacio postsoviético y, complementariamente, para atraer el apoyo de grupos nacional-revolucionarios (de izquierda y derecha) en Occidente.

De igual forma, en Kazajstán existe también un eurasianismo propiamente kazajo, pero inspirado, fundamentalmente, en la obra del pensador ruso (soviético) Lev N. Gumilev y su heterodoxa y controvertida teoría de la etnogénesis eurasiática. Con Gumilev se alcanza el apogeo intelectual de la vocación centroasiática rusa por asumir el legado de la estepa y de las civilizaciones nómadas budistas y tengrianistas asimiladas. Esta corriente ha sido impulsada oficialmente en Kazajstán por el presidente Nazarbáyev desde la independencia en 1991, pero ha ido evolucionando paulatinamente hasta convertirse en una variante poética y telúrica del etnonacionalismo kazajo, escasamente compatible con la versión rusa.

La idea de Eurasia también ha calado en el mundo anglosajón, aunque a diferencia de lo que sucede en Rusia y Kazajstán, desde una perspectiva exclusivamente geopolítica y despojada de aspectos culturales y metafísicos. La teoría del heartland y la relevancia del pivote continental –identificado como el territorio de la Rusia asiática desde el Ártico hasta Asia Central– para la supremacía global aparecen perfiladas por primera vez en 1904 en el mítico artículo “The Geographical Pivot of History” de Halford J. Mackinder. Años después lo sintetizaría en su famoso aserto: “Who rules East Europe commands the Heartland/ Who rules the Heartland commands the World-Island /Who rules the World-Island commands the World”. Mackinder ha ejercido una poderosa influencia en pensadores y estrategas diversos. En tiempos recientes, resulta obligado citar al influyente Zbigniew Brzezinski –quien popularizó la fórmula de los Balcanes eurasiáticos para referirse a Asia Central– o al superventas Robert D. Kaplan como autores destacados en difundir de nuevo el concepto de Eurasia.

También conviene referirse al término Gran Asia Central propuesto por el respetado académico S. Frederick Starr en un artículo publicado en 2005 en la revista Foreign Affairs. En él, se propone la conceptualización de una región más amplia que vincule Asia Central y Meridional y la promoción de las infraestructuras y el comercio como vía de estabilización y prosperidad, con Afganistán como hub regional destacado. Siguiendo la lógica de esta propuesta, el Departamento de Estado de EEUU fusionó en 2006 dos unidades para crear el Buró de Asia Meridional y Central. Dada la prevalencia de lógicas de suma cero en las percepciones de los actores regionales (la narrativa del nuevo Gran Juego), esta propuesta y reordenación del organigrama institucional fue recibida con suspicacia por los demás actores al entenderse que “arrastrar” la región hacia el sur implica “alejarla” del norte (Rusia) y el este (China). La polémica fue lo suficientemente intensa como para que tres años después, en 2008, el propio Starr publicara un informe significativamente titulado En defensa de la Gran Asia Central.

China, por su parte, no ha producido a lo largo del tiempo un pensamiento específico sobre la cuestión de Eurasia como tal. Lo que no es óbice para que, como vemos, pueda jugar un papel central en la redefinición conceptual y geopolítica del Asia Central y el espacio eurasiático actuales. De hecho, nada ha cambiado tanto ni evolucionado tan deprisa en estos 25 años desde la desaparición de la Unión Soviética como la relación de las repúblicas centroasiáticas con China.

 Algunas ideas sobre las iniciativas de cooperación e integración regional en Asia Central

La idea de la cooperación y eventual integración ha estado muy presente en los debates centroasiáticos desde las independencias nacionales. Si bien con resultados muy escasos. La falta de cooperación efectiva se mantiene como uno de los principales déficits para abordar los grandes desafíos regionales (degradación medioambiental, migraciones, narcotráfico, terrorismo, etc.), para aprovechar oportunidades comerciales y superar el aislamiento y alejamiento de los mares abiertos. Desde un punto de vista económico y racional, los incentivos para esta cooperación deberían pesar más que los obstáculos. Pero las repúblicas centroasiáticas no suelen cooperar si no es bajo el liderazgo de una gran potencia. Las razones que explican esta falta de cooperación tienen que ver con la naturaleza de sus sistemas políticos, caracterizados por los mecanismos informales de gobernanza y la corrupción; también con aspectos geopolíticos -desconfianza mutua, enfoques de suma cero en la gestión de recursos hídricos compartidos-; e ideológicos -procesos de construcción nacional en marcha, etnonacionalismo y fricciones fronterizas y territoriales determinadas por estas premisas conceptuales-.

Sin embargo, en una más de las paradojas postsoviéticas, las repúblicas centroasiáticas forman parte de numerosos foros e iniciativas destinadas a fomentar esta cooperación regional o subregional (si el marco de actuación de la iniciativa excede el espacio centroasiático). Entre otras se puede citar la Comunidad de Estados Independientes (CEI); la desaparecida Organización de Cooperación Centroasiática (CACO en sus siglas en inglés); la en teoría aún existente Comunidad Económica Eurasiática (EurAsEC); la actual Unión Económica Eurasiática (EAEU); la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS); la Conferencia para la Interacción y las Medidas de Creación de Confianza en Asia (CICA); el Consejo de Cooperación de los Países de Lengua Túrquica (Consejo Túrquico); el Programa Especial para las Economías de Asia Central (SPECA impulsado por Naciones Unidas); la Organización de Cooperación Económica (ECO); el Programa de Cooperación Regional Económica en Asia Central (CAREC, promovido por el Banco Asiático de Desarrollo); el Corredor de Transporte Europa Cáucaso Asia (TRACECA, respaldado por la Unión Europea). Una auténtica ensalada de siglas que ha producido docenas de encuentros, declaraciones y memorandos de entendimiento, pero magros resultados concretos hasta la fecha. Cabe destacar que los objetivos del CAREC y el TRACECA son claramente coincidentes con los del proyecto OBOR, aunque aún está por ver si se generan sinergias en Asia Central. Si nos atuviéramos a los precedentes, no cabría albergar demasiadas expectativas, pero Beijing dispone del potencial para transformar esta escasa predisposición centroasiática para la cooperación real y efectiva más allá de las fotos de familia en las cumbres.

La OBOR es en parte una respuesta a problemas internos chinos -excesiva capacidad de su sector de la construcción y necesidad de internacionalizarlo-, pero es, sobre todo, una manifestación de la creciente ambición y confianza de China en sí misma en el escenario internacional. La OBOR muestra la voluntad de Beijing por definir el espacio y las reglas de juego. Y aunque es un asunto sujeto a debates encontrados -la perspectiva varía mucho si se comparan, por ejemplo, la política que implementa hacia Asia Central o el mar del Sur de China-, Beijing se esfuerza por presentar el plan como inclusivo, no geopolítico y como parte de su ascenso pacífico y de beneficios mutuos para el resto de los 65 países que potencialmente pueden participar.

Desde esta perspectiva, la conceptualización elegida -la revitalización de la Ruta de la Seda- resulta propicia ya que evoca, fundamentalmente, la idea de los intercambios amistosos y el beneficio mutuo, en línea con los principios de coexistencia pacífica con los que China legitima su acción exterior. Con ello pretende, además, mitigar los temores que su potencial -económico, político, militar y demográfico- despierta entre sus vecinos centroasiáticos. China ofrece enormes oportunidades económicas y ha contribuido a que el grueso de los ciudadanos de Asia Central pueda acceder a bienes de consumo. Pero, al mismo tiempo, desincentiva la producción propia. El desarrollo de Xinjiang, sus infraestructuras y, en suma, su transformación en los últimos quince años, visto desde Asia Central, simplemente, apabulla y hace de Urumqi, capital de esta provincia china, el polo de referencia regional.

En este sentido, la OBOR, en su dimensión terrestre, representa la culminación de los grandes planes de desarrollo de la zona oeste lanzados por Beijing a principios de siglo. Y esta voluntad decidida por fortalecer la integración de Xinjiang con el resto de China, y sus vínculos con las repúblicas vecinas, se explica, en buena medida, por el deseo de disipar el auge del malestar uigur. El diagnóstico de Beijing sobre este asunto -la existencia de un desequilibrio en términos de desarrollo entre las regiones costeras y el interior de China- es correcto. No obstante, el sesgo étnico que introducen las políticas de Beijing en favor de los chinos han no hace sino alimentar el malestar uigur y un conflicto que no amenaza la integridad territorial de China, pero sí la estabilidad del oeste del país.

El lanzamiento de la OBOR ha venido acompañado de toda una batería de medidas financieras de gran calado: el anuncio de la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras con un capital inicial de 100.000 millones de dólares (octubre 2014); el establecimiento del Fondo de la Ruta de la Seda con 40.000 millones de dólares (diciembre 2014); y el anuncio por parte del Banco Chino de Desarrollo de su plan de ofrecer financiación por un importe de 900.000 millones de dólares para más de 900 proyectos en el marco de la OBOR (junio 2015). En palabras de los analistas Mario Esteban y Miguel Otero, la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras “señala el inicio de una nueva era en el sistema financiero internacional, en la que las potencias tradicionales ya no llevan la iniciativa a la hora de adaptar el sistema a los cambios estructurales que se están produciendo en la economía global”. Todo ello ha motivado que se tracen paralelismos entre la OBOR y el Plan Marshall y el sistema sinocéntrico de la China imperial, comparaciones que, según estos mismos autores, “confunden más que explican”. Pero, como apunta la sinóloga Christina Müller-Markus, estos movimientos no dejan de reflejar la visión de renacimiento y grandeza nacional impulsada por el presidente chino Xi Jinping.

También se dan, por supuesto, visiones más escépticas sobre la OBOR. En un reciente artículo, el columnista de Bloomberg, David Fickling, cuestiona la idoneidad de apostar por el ferrocarril sobre el flete marítimo, dada la considerable diferencia en costes y volumen de carga, pese a la mayor rapidez de la vía terrestre frente a la marina. De igual forma, afirma con rotundidad que, salvo las infraestructuras relacionadas con el transporte de gas y petróleo “las inversiones que China planea en Asia Central parecen tener una lógica económica reducida”. Y no deja de resultar cierto que, en su conjunto, el Asia Central ex soviética es un mercado pequeño, fragmentado regionalmente, con unos niveles de renta bajos, donde -con la excepción, incluso discutible, de Almaty, Astaná y Tashkent- no existen grandes urbes que ofrezcan economías de aglomeración. A lo que cabe añadir la lejanía y las deficientes conexiones con los flujos comerciales globales. Es decir, la OBOR, pese a todo, no puede disociarse ni de los aspectos domésticos referidos -sector de la construcción, integración nacional, cuestión uigur- ni de su relevancia geopolítica como mecanismo de proyección hacia Asia Central y Meridional.

Este tipo de visiones escépticas no son demasiado frecuentes estos días en los debates europeos. Abatida por el ensimismamiento y la tendencia al autoflagelo, la UE padece además una suerte de ndrome de Marco Polo que le lleva a maravillarse y, en consecuencia, a asumir como inevitable el éxito de toda iniciativa que venga de China. Pero, ni la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) destila únicamente vitalidad, ni la UE sólo decrepitud. Una lectura posible del Brexit no es la decadencia del proyecto europeo, sino la profundidad y densidad de la interdependencia construida a lo largo de décadas de integración. Algo de lo que la OCS -o cualquier otra iniciativa que englobe Asia Central- está aún muy lejos de alcanzar. Conviene no perder de vista que una cosa es la relación bilateral de China con cada uno de los miembros de la OCS y otra los resultados y procesos reales dentro del marco multilateral de esta organización.

Por su parte, la visión de la UE sobre Asia Central ha oscilado significativamente en estas dos últimas décadas. Así, inicialmente se apostó por la progresiva integración regional (TRACECA) bajo el paradigma de la transición democrática y de mercado de las repúblicas como principio orientador. Posteriormente, se han aplicado simultáneamente dos enfoques difíciles de compatibilizar: por un lado, la idea de Asia Central como “vecinos de nuestros vecinos” en el marco de la perspectiva transformadora de la Política Europea de Vecindad y con énfasis en la cuestión de los valores; y por el otro lado, la lógica securitaria en el esquema de los “vecinos del norte de Afganistán”. Como era previsible, las contradicciones entre ambos enfoques, sumados a la agenda de intereses contrapuestos de los diferentes estados miembros, han terminado por anular la política de la UE hacia Asia Central, a pesar de las estrategias adoptadas y los esfuerzos diplomáticos de Bruselas.

La política de Rusia hacia Asia Central también ha variado notablemente en este mismo periodo: ha pasado de percibir Asia Central, fundamentalmente, como un lastre económico en la segunda mitad de los años ochenta y un problema de seguridad en la década de los noventa, a querer recuperar su posición hegemónica desde la llegada de Putin al Kremlin. No obstante, también ha habido vaivenes en este periodo. Así, de acuerdo con la idea lanzada por Putin en octubre de 2011, el proyecto de Unión Eurasiática (EAEU) nacía inspirado en otros procesos de integración regional como la UE, NAFTA, APEC o ASEAN, y con la aspiración de ser “una parte esencial de la Gran Europa unida por los valores compartidos de la libertad, la democracia y la leyes del mercado”.

Sin embargo, a la luz de la guerra en Ucrania, el proyecto ha adquirido una dimensión neoimperialista y étnica que provoca incertidumbres y profundos temores en los otros dos miembros fundadores (Bielarús y Kazajstán). La incorporación de la idea del “mundo ruso” (Russkiy Mir) como uno de los ejes discursivos de la acción exterior del Kremlin rompe los consensos postsoviéticos y pone en cuestión la vigencia de las fronteras formalmente reconocidas frente a unas difusas fronteras históricas, civilizatorias o espirituales. De ahí las crecientes reticencias de Minsk y Astaná a profundizar en el proceso de integración económica y su rechazo a cualquier paso que conlleve una dimensión política. A pesar de este pobre desempeño hasta la fecha de la EAEU, el presidente Putin parece apostar ahora por la “Gran Eurasia”, propuesta a principios de 2016 por el presidente kazajo Nazarbáyev que englobe la Unión Eurasiática, la OBOR y la Unión Europea en un “proyecto único de integración para este siglo XXI”.

En el contexto actual, es fácil perder de vista que la EAEU (gestada en el marco de la Unión Aduanera constituida en enero de 2010) era, en buena medida, una iniciativa para hacer frente a la capacidad comercial y productiva de China. Para Kazajstán, por ejemplo, el establecimiento de la Unión Aduanera con Rusia implicó un aumento considerable de los aranceles impuestos a las importaciones procedentes de China. Tanto Rusia como las repúblicas centroasiáticas han rechazado de plano sucesivas propuestas de Beijing para establecer una zona de libre comercio (ZLC) en el marco de la OCS. Dada esta hostilidad, el asunto de la ZLC ha quedado pospuesto –más allá de las zonas económicas especiales en la frontera con Kazajstán- a pesar de ser, junto con la eliminación de las barreras no arancelarias, parte del acervo de la OBOR.

Un aspecto clave en esta posible integración de proyectos eurasiáticos es la relación entre Rusia y China. Un asunto que va mucho más allá del escenario centroasiático y atañe a la redefinición del orden internacional. En palabras del presidente del Comité de Asuntos Exteriores del Congreso de la RP China, Fu Ying, se trata de una “asociación estratégica [strategic parnertship] estable y en ningún caso un ‘matrimonio de conveniencia’ […] No obstante, China no tiene interés en una alianza formal con Rusia, ni tampoco en la formación de un bloque anti-EEUU o antioccidental de ninguna clase” (diciembre 2015). Y a Beijing tampoco se le escapa que, por razones de tipo económico, geopolítico, pero también identitarias y culturales, Moscú, pese a todo, sigue situando a Washington y Occidente en su conjunto como su primer referente.

En cualquier caso, es su posición común frente a la hegemonía global de Washington lo que ha impulsado el progresivo acercamiento entre Beijing y Moscú en estos últimos años. Para Rusia, China ofrece una alternativa potencial a su dependencia, en términos de inversión y comercio, con la UE. Si bien no ha alcanzado de momento las expectativas anunciadas, el denominado pivote de Rusia hacia Asia ha sido útil para el régimen de Putin para mostrar su capacidad de romper el aislamiento impuesto por Occidente a raíz de la anexión de Crimea y la intervención militar en Ucrania. Y aquí cabe mencionar los grandes acuerdos firmados en mayo de 2014 y 2015 (este último, relativo a la apuesta por la integración entre la EAEU y la OBOR). Estos dos proyectos, como apunta un informe del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) “no son ni estrictamente compatibles ni estrictamente competitivos”. El escenario queda abierto y es importante destacar que, en función de su evolución, la OBOR puede permitir a China evitar el tránsito por Rusia. Así, en noviembre de 2015, China, Kazajstán, Azerbaidzhán, Georgia y Turquía acordaron crear un consorcio para el transporte de mercancías entre China y Europa.

A pesar de que la presencia de Estados Unidos en Asia Central –particularmente durante el tiempo que estuvieron operativas las bases de Karshi-Khanabad (Uzbekistán) y Manás (Kirguizstán)– ha sido el motor de la convergencia entre Rusia y China, lo cierto es que la política y agenda de Washington en Asia Central no ha sido ni particularmente audaz ni ambiciosa. De hecho, ha estado excesivamente mediatizada por la operación en Afganistán. Así, la Iniciativa de Nueva Ruta de la Seda anunciada en julio de 2011 por la entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, resultaba poco prometedora desde el principio, por la evidente falta de compromiso financiero y político real y por concebir a Afganistán como el futuro hub de integración regional en la Gran Asia Central. La nueva Administración que surja de las elecciones presidenciales en noviembre, deberá decidir si EEUU necesita o no una estrategia clara para el espacio eurasiático y cuáles son su agenda e intereses. De momento, y al igual que sucede con la UE, el acercamiento es fundamentalmente reactivo y sin demasiada profundidad conceptual.

Por último, cabe mencionar que el fin del aislamiento de Irán abre para India una prometedora vía de acceso a Asia Central a través del puerto iraní de Chabahar. En palabras del influyente analista indio, C. Raja Mohan, “Chabahar permite a India superar las limitaciones geográficas impuestas por la Partición y la duradera hostilidad con Pakistán”. India muestra interés por la OBOR y el Gobierno del primer ministro Modi confía en atraer inversiones chinas para sus grandes planes de desarrollo doméstico y subregional (eje China, Myanmar, Bangladesh, India). Sin embargo, Nueva Delhi observa, con preocupación e irritación, el plan de desarrollo de un corredor económico, energético y logístico que conecte el sur de Xinjiang (Kashgar) con los puertos pakistaníes de Karachi y Gwadar (a apenas 72 kilómetros de Chabahar). La desconfianza estratégica y la creciente rivalidad entre Beijing y Nueva Delhi en la cuenca del Indo-Pacífico conforman uno de los ejes fundamentales en la configuración de un nuevo orden (euro)asiático y global.

Hasta la fecha, en los procesos de cooperación e integración eurasiáticos ha prevalecido la lógica Oeste-Este, liderada por China (y de la que la reorientación de la exportación de los hidrocarburos de la cuenca del mar Caspio es un buen ejemplo), frente a las lógicas Este-Oeste, impulsadas por Rusia y la UE, y Norte-Sur por EEUU. Veremos si la progresiva irrupción de India consigue modificar esta dinámica. Tenemos así las Eurasiasemergentes impulsadas por Beijing -y veremos si también por Nueva Delhi (y Teherán)- y las Eurasias evanescentes representadas por Moscú, Washington y Bruselas. Pero aún queda mucho nuevo Gran Juego por delante en la aparentemente estable, pero previsiblemente convulsa Asia Central.

 

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Mahmood SARIOLGHALAM, “La posición geopolítica de Irán en Oriente Medio” a l’Anuari Internacional 2016-7 del CIDOB

http://anuariocidob.org/la-posicion-geopolitica-de-iran-en-oriente-medio/

Durante los últimos 150 años la política iraní y la naturaleza de los desafíos de sus sistemas políticos se han caracterizado por una búsqueda de los iraníes de la soberanía nacional. El punto teórico y principal de esta búsqueda ha sido la cuestión de Occidente. ¿Cómo proceder a la hora de definir Occidente? ¿Cuáles son los límites de ser “occidental”? ¿Cómo regular, moldear y dirigir las relaciones con Occidente? Por último, ¿Cómo reducir la influencia política occidental en Irán? La Revolución Islámica de 1979 no solo fue otro intento de abordar esta cuestión de la soberanía nacional, sino que también impulsó otra propuesta política: la reducción o, en el caso de algunos grupos, la finalización de la influencia cultural y política occidental en Irán.

La Revolución de 1979 modificó, paradigmáticamente, el panorama regional y global de Irán. Antes de la revolución, la política exterior de Irán se centraba en las relaciones  estratégicas con Estados Unidos y Europa. Oriente Medio no se consideraba como un escenario estratégico para el bienestar, el desarrollo económico e incluso para la seguridad nacional de Irán. Dada su superioridad en la mayoría de índices y en su relación estratégica con Estados Unidos, Irán mantenía relaciones cordiales con la mayoría de países de Oriente Medio, gestionaba sus puntos de fricción con Irak y Arabia Saudí e incluso tendió la mano para rescatar al régimen de Omán de la oposición comunista.

La combinación de los objetivos y orientaciones de Irán después de la revolución podrían resumirse en las tres siguientes categorías. Tales objetivos abarcan el espíritu de la Constitución iraní de 1979: crecimiento económico y desarrollo, defensa de la integridad territorial y de la soberanía nacional; defensa de los derechos de los musulmanes y de los movimientos de liberación, por una parte, y la confrontación con Israel y Occidente (sobre todo con Estados Unidos) por la otra; y el establecimiento de una política islámica basada en los principios chiíes.

Estos tres objetivos pueden representarse gráficamente en forma de tres círculos concéntricos. El gráfico de la página siguiente describe su interacción y relaciones mutuas.

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Después de la Revolución, el mundo musulmán se convirtió en el punto de atención geopolítico principal de la política exterior de Irán. Las tendencias islamistas de Irán se hicieron eco de los defensores del tercermundismo, significando con ello la autosuficiencia, la soberanía política y una distancia estratégica respecto de las potencias globales. Como todos los demás sistemas revolucionarios, Irán vivió asimismo diversas escuelas de pensamiento con sus distintos grados revolucionarios. Revolucionarios e internacionalistas constituyen dos grupos en el seno del establishment iraní que han resistido hasta el día de hoy. Estos dos bandos surgieron después de la guerra Irán-Irak (1980-1988). Es digno de resaltar que cabe extraer paralelismos similares de la experiencia china y soviética, cuando alcanzaron el punto culminante de sus contradicciones respecto a su posición internacional en los años setenta. Como consecuencia de ello, la Unión Soviética se desintegró y China aceptó la situación vigente. Los que prestaron atención a la posición global de Irán y al bienestar del ciudadano medio se situaron claramente en la escuela internacionalista. Para ellos, el desarrollo económico, la modernización, la riqueza nacional, el acceso a las tecnologías de la información, la salud, la educación, la eficiencia y la globalización eran competencia del Estado. La escuela revolucionaria consideró la historia, la difícil situación del mundo islámico, la lucha contra el imperialismo y la adhesión a un código de conducta ética como cuestiones urgentes. La escuela revolucionaria de pensamiento consideró que el islam era una ideología integral. No había necesidad de echar una mano a los extranjeros. En último término, Irán no había conseguido ningún resultado de la cooperación con los británicos, los rusos y los estadounidenses. El panorama internacional se basa en la opresión, la conspiración y el sentimiento anti-islámico.

Además, el grupo revolucionario cree en la conservación del orden ideológico y en el control estatal de la cultura, de modo que considera el mundo occidental como un enemigo de Irán. El grupo internacionalista, sin embargo, no disocia la estructura interna de la dinámica global, la economía nacional de la política exterior y la seguridad nacional del desarrollo económico. El primer grupo, los revolucionarios, considera que Irán debería concentrarse en su agenda interna y mantener una distancia calculada de la comunidad internacional. El segundo grupo promueve el desarrollo económico nacional y cree que Irán debería ingresar en la OMC y convertirse en un miembro normal de la comunidad internacional. La primera categoría afirma que la seguridad de Irán queda garantizada cuando se aparta de las imposiciones económicas y políticas del sistema capitalista internacional liderado por Estados Unidos. La segunda categoría, sin embargo, presupone que el sistema de seguridad nacional de Irán proviene de su interdependencia económica con respecto a la comunidad internacional y que Irán debería concentrarse en producir riqueza nacional, diplomacia económica y practicar una línea de soft politics. Mientras que las percepciones de amenazas en el caso del primer grupo se sitúan en el área  militar y de la propia existencia del país, el segundo percibe las cuestiones económicas, sociales y de política moderada como amenazas básicas contra el sistema.

A diferencia de la opinión generalmente aceptada, lo esencial de la política exterior de Irán desde 1979 ha corroborado una notable estabilidad y continuidad. El enfoque básico de las políticas iraníes con respecto a Estados Unidos, Rusia, Europa, los principales países árabes y la cuestión palestina ha permanecido fundamentalmente intacto. Buena parte de su coherencia y continuidad guardan relación con el tipo de régimen en Irán, que no siempre se ajusta al característico Estado-nación con intereses y políticas definidos y establecidos sobre la base de realidades políticas y geográficas. En su época ideológica, la Unión Soviética y China mostraron asimismo un cierto grado de universalismo. Aunque se supone que las políticas no son eternas, en el caso iraní las políticas relativas a cuestiones y países importantes se han basado en la naturaleza inmutable de los “intereses nacionales de la República Islámica de Irán”. A diferencia de la mayoría de los otros estados, los intereses nacionales en este caso han seguido una trayectoria permanente. Cabe argumentar que los estados de raíz ideológica no son libres para actuar con flexibilidad en su definición de tendencias e instituciones y, por tanto, se ven obligados a justificar sus enfoques sobre la base de raíces filosóficas o estructurales. Sin embargo, en el caso de Irán, los así llamados “intereses nacionales” del Estado no se limitaron a los límites territoriales del país. Como un “Estado islámico”, Irán estaba obligado a actuar más allá de sí mismo y a servir los intereses de los “musulmanes despojados de sus derechos”. Esta creencia procedía, por supuesto, de una escuela de pensamiento de la teología política chií que llegó a su madurez en los siglos XIX y XX cuando los activistas religiosos y nacionalistas iraníes persiguieron la independencia del país con respecto a las intrusiones occidentales. Los grupos religiosos y nacionalistas lucharon codo con codo durante este período. Sin embargo, sus diferencias no afloraron hasta que el régimen de Pahlavi fue derrocado en 1979. De hecho, el primer enfrentamiento conceptual en Irán después de la Revolución fue sobre los intereses nacionales o islámicos del Estado. Aunque sucesivos gobiernos han intentado centrarse en el desarrollo económico y en las relaciones cordiales con otros países, el Estado en su conjunto ha hecho hincapié en objetivos ideológicos, haciendo del estancamiento un rasgo permanente. Los islamistas argumentaron vigorosamente que al fin y al cabo los principios de la revolución eran islámicos y que el islam no seguía la lógica propia de Westfalia del Estado-nación. El islam político se atuvo a su propia perspectiva sobre el territorio y los intereses. Así, en sentido apropiado, el islam político y el liberalismo no podrían coexistir.

Agravios históricos iraníes e islamistas

Este contexto ideológico islamista fue una ampliación del marco ideológico interno y reforzó los objetivos de la Revolución Islámica. Mientras que en la primera década de la Revolución (1979-1989), la proyección de esta política exterior respondió a una función ideológica, la proyección regional de Irán se propuso otro empeño: la contención de Estados Unidos. Mientras Estados Unidos e Irán experimentaron una escalada de enfrentamiento, las autoridades iraníes llegaron crecientemente a la convicción de que existía un consenso bipartidista en Estados Unidos para deponer la República Islámica. Por tanto, se abrió paso una implicación regional de Irán como instrumento de capital importancia para garantizar la seguridad nacional y del régimen. Cualquier represalia estadounidense topaba con una posible respuesta iraní en Líbano, los territorios palestinos, Irak, la península Arábiga y Afganistán. El paradigma islamista que en su día representó una creencia ideológica se impulsaba ahora como la “doctrina de seguridad del Estado”. En los años noventa, tanto Estados Unidos como Irán desarrollaron complejas estrategias operativas de contención de forma recíproca. Desde esta perspectiva, la política exterior islamista de Irán sobrevivió durante alrededor de tres décadas e incluso obtuvo apoyo debido a las exigencias de seguridad nacional de la República Islámica. Por tanto, puede decirse que las obsesiones procedentes de la política exterior de Irán reflejan las exigencias de seguridad del régimen y reproducen y refuerzan la legitimidad, soberanía, seguridad nacional y necesidades económicas del Estado. Aunque varias administraciones estatales entre 1989 y 2015 pueden haber seguido distintos enfoques, estilos diplomáticos y lenguaje, la dirección general de la política exterior con relación a los principales países y cuestiones ha seguido una línea esencialmente constante. Puede enumerarse, según las siguientes consideraciones: las relaciones económicas extranjeras son independientes de los objetivos de política exterior y de la geopolítica; la supremacía de la orientación ideológica; las interacciones entre ideología y legitimidad; y la interconexión entre ideología y seguridad nacional.

A continuación, se indican cuatro áreas de razonamiento para desarrollar la proposición de que la República Islámica de Irán ha mantenido una política exterior fundamentada en las consideraciones mencionadas anteriormente.

Política económica y política exterior

En cuanto a la separación entre política económica y línea de política exterior, desde el primer día, las autoridades de la República Islámica no dudaron en declarar vigorosamente que el objetivo de la revolución no era únicamente el desarrollo económico del país. De hecho, discurso tras discurso, los oradores revolucionarios sobrepusieron la justicia al desarrollo. En este caso, la justicia emanaba de la espiritualidad y el igualitarismo más que de la distribución económica. Buena parte de esta perspectiva derivaba de las interpretaciones islámicas del hombre, la sociedad y la política. A través de la historia de la revolución iraní, puede argumentarse convincentemente que las cuestiones políticas han eclipsado en todo momento las preocupaciones y prioridades económicas. Los ingresos procedentes del petróleo aportaron la tranquilidad política y de seguridad y se atendieron las necesidades diarias de la población. Los recursos nacionales debían destinarse a enriquecer la moral humana y a liberar el territorio musulmán de cualquier control exterior. Al fin y al cabo, la revolución en Irán era el equivalente de la independencia de los países africanos y asiáticos en los años cincuenta y sesenta. Por tanto, se requerían cambios estructurales; el cambio no era solo un cambio de gobierno. No obstante, los cambios estructurales radicaban más en la institucionalización de nuevos acuerdos políticos y de marcos y posiciones socio-religiosas. Como el tiempo demostró, la economía de Irán siguió basándose en los ingresos procedentes del petróleo. A lo largo de los años, entre el 80% y el 90% del presupuesto nacional se basó en esos insumos. Tras las sanciones, la dependencia en cuestión se redujo aproximadamente a un 55%.

Un perspicaz desarrollo conceptual en el período posrevolucionario de Irán fue centro de atención de la planificación nacional y de la “indigenización” de las relaciones económicas exteriores. El tercermundismo y la autoconfianza –axiomas poscoloniales del movimiento de países no alineados– fueron los pilares de la estrategia nacional de desarrollo. Se encajaron las sanciones y la desconexión de la economía del mundo occidental. La estrategia oficial fue proponer una civilización alternativa al “materialista” mundo occidental. Una economía modelada según los esquemas de Corea del Sur, Brasil, Malasia, o Turquía exigió relaciones de cooperación con los centros de poder económico, comercial y tecnológico. Debido a su enorme mercado interno y superioridad tecnológica, Estados Unidos por sí mismo es un pilar o Estado indispensable para cualquier país que tenga como objetivo el crecimiento económico; de esta manera, las posteriores sanciones estadounidenses unilaterales privaron asimismo a Irán de la obtención de nuevas tecnologías de cualquier país a fin de actualizar su industria petrolífera y gasista. Mientras entraron los ingresos del petróleo, Irán no necesitaba preocuparse por mantener una economía de subsistencia. El desarrollo de industrias de alta tecnología, la expansión de la infraestructura petroquímica, el aumento de la capacidad de exportación de artículos duraderos y no duraderos a los principales mercados, no figuraban ni podían figurar en la agenda política nacional. Incluso en el área de sus vecinos del sur, Irán no podía desarrollar una estrategia para hacerse con una cuota conveniente en los mercados árabes y aprovechar las ventajas de las economías en expansión de la península Arábiga, en la que, dicho sea de paso, trabajan unos seis millones de ciudadanos indios a todos los niveles de estas economías. Las cuestiones de la seguridad y de las diferencias y fricciones religiosas e ideológicas constituyeron importantes obstáculos para la cooperación con los países vecinos. Bajo tales condiciones era impensable la integración económica regional.

Debido al enfoque ideológico hacia Estados Unidos y las crecientes sanciones aplicadas a Irán por parte de Washington, las relaciones económicas iraníes con los países occidentales empeoraron de forma gradual. El conflicto de Irán con Israel y su negación del holocausto representan, tal vez, la causa como tal más digna de atención de su conflicto con Estados Unidos. Esta variable, por sí misma, es una explicación sustancial del modo en que el paradigma islámico dominó el discurso de las instituciones iraníes en política exterior y sentó las bases de su conducta internacional. De haber definido Irán sus intereses nacionales como el fomento de su capacidad económica, debería haber perseguido un rumbo diferente en su política exterior, alentando la transferencia de tecnología y la inversión directa extranjera, sobre todo en el terreno de su deteriorada industria petrolífera y gasista. El desarrollo económico, tal como es practicado por los BRICS o por países de menor tamaño como Turquía, Malasia, Corea del Sur y Singapur exigían una cooperación con los principales países occidentales, en especial Estados Unidos. China no empezó a desarrollarse económicamente hasta que normalizó sus relaciones con Washington. Durante un tiempo después de la revolución, Irán concentró su comercio con países en desarrollo, pero poco después de la guerra con Irak en 1988 lo reorientó hacia sus socios tradicionales en Europa y Asia.

En resumen, la economía de Irán no es interdependiente con relación al resto del mundo. Es, esencialmente, una economía de trueque en la que el petróleo se intercambia con bienes y servicios. La línea política de su política exterior, por tanto, no se entrelaza con las relaciones económicas con el extranjero y, tal vez, tampoco se la puede vincular con ellas. Como Irán desea mantener una distancia estratégica respecto de las grandes potencias, su aislamiento autoimpuesto proporciona espacio y margen de maniobra a sus autoridades políticas. A este respecto, la internacionalización de una economía no solo moviliza la capacidad productiva interna de un país, sino que con el tiempo encauza el sistema para adecuarse a las normas de la estructura global de poder. Desde la perspectiva estatal de Irán, la interdependencia complica la independencia política y provoca una injerencia extranjera gradual, una tendencia contra la que la Revolución Islámica ha luchado denodadamente. Si Irán tratara de emerger como otra Turquía o Malasia, su estructura de poder interno así como sus fuerzas para legitimar este sistema tendrían que alterarse. La política exterior de Irán, por una parte, y sus relaciones económicas por la otra, se dividen en dos férreas líneas. Al reducir sus relaciones económicas exteriores a una mera economía de trueque, Irán ha emergido ampliamente como un Estado situado fuera de los procesos colectivos globales de adopción de decisiones. Se trata de una elección que ha adoptado Irán y que ha sido impuesta sobre su inercia de adopción de decisiones por una dialéctica histórica.

La continuidad ideológica de la política exterior de Irán

Los rasgos esenciales del poder en la República Islámica son ideológicos y, en consecuencia, su política exterior es, asimismo, ideológica. La naturaleza del poder tanto en países industrializados como en los que ha evolucionado recientemente se basa en la promoción del sector privado, la acumulación de riqueza, el fortalecimiento de las clases medias y la expansión del PIB. En estos países, la política exterior está al servicio de tales políticas y es un instrumento de poder nacional. En una serie de países como Corea del Sur, Brasil, Malasia e incluso Turquía, tales objetivos se han generalizado y son ahora universales. Los políticos de esos países están al servicio de un propósito nacional determinado y, posiblemente, definido globalmente. Aunque se pueda entender la expansión de la riqueza económica como ideología, esta se halla al servicio del individuo medio. Como es bien manifiesto, el individuo medio en la Asia actual vive mucho mejor que hace una generación y, a diferencia de Europa Occidental, las clases medias en Asia están en aumento. Un indicador de la salud económica y de la estabilidad política de un país es su capacidad económica, social y administrativa interna de atraer inversión directa extranjera. Cuando un país se define y declara como único y exclusivo, no interesado en hacer participar a otros, pierde competencia para formar parte de coaliciones e identificar objetivos comunes con países vecinos o distantes.

En una era de sociedades e industrias interconectadas, Irán ha permanecido visiblemente fuera de las redes globales. En cierto sentido, el establishment político de Irán no puede desgajarse de la historia, de las prácticas indebidas e intervenciones de las potencias extranjeras en los siglos XIX y XX. La ideología es un medio de combatir a grandes potencias e intentar compensar los perjuicios cometidos en el pasado. En la versión iraní de la ideología islámica, mantenerse a distancia de las grandes potencias es una virtud. Aporta espacio y proporciona un potencial para desarrollar un modelo personalizado de desarrollo y sostenibilidad del sistema. De este modo, la disconformidad con las potencias extranjeras es un principio celosamente guardado en la República Islámica; las consecuencias económicas potencialmente negativas son irrelevantes. Si la República Islámica de Irán traza políticas y economías globales similares a las de Turquía y Malasia, deja de ser la República Islámica de Irán; es, sencillamente, otro país en vías de desarrollo disuelto en el sistema neorrealista global. Los líderes iraníes anhelan mantener un carácter singular y excepcional. En consecuencia, deben defender su autenticidad ideológica a cualquier precio. Es difícil pasar por alto el factor religioso de esta actitud. La bibliografía aparecida en los círculos religiosos de Irán a lo largo del siglo XX ha abogado por la distancia y el particularismo. Con este trasfondo, el islam político evolucionó como una doctrina tanto para oponerse al régimen occidentalizado del Shah como para combatir el comunismo. En cierto sentido, lo que distingue a Irán de otros es su inclinación ideológica, no solo en su configuración interna sino también en su política exterior.

Una repercusión distinta de la política exterior de Irán han sido los conflictos en materia de seguridad con la mayoría de sus vecinos y con muchos otros países en su área cercana. Debido a los principios del islam político según los cuales se aboga por los intereses de una colectividad en lugar de una nación-Estado, Irán ha apoyado un punto muerto en la relación con Israel durante más de tres décadas. Si Irán se atuviera a sus intereses nacionales según el sistema de Westfalia, podría mostrar solamente su simpatía al pueblo palestino. Pero Irán es un bastión del islam político y no puede pasar por alto la difícil situación del movimiento de liberación palestino. Como se ha destacado antes, el islam político sitúa la política y la cultura por encima de los intereses económicos y, por tanto, no puede alinearse con las grandes potencias. En teoría, el capitalismo es rechazado y la expansión del poder nacional comercial y financiero no es valorada. En este contexto, el concepto de poder es equiparado al poder ideológico. Aunque el islam político tiene diversos fundamentos filosóficos, los resultados de sus procesos internos y de su política exterior se parecen a los del bloque del Este de los años cincuenta y sesenta. Mientras que la eficiencia, la productividad y el buen gobierno se han convertido en valores universales para una notable mayoría de países, los mecanismos de la sostenibilidad ideológica constituyen la lógica del islam político. La historia nos dice que las revoluciones no pueden triunfar y experimentar la continuidad sin una fuerza ideológica. La Revolución Iraní no es una excepción. Mientras que en los años ochenta la política exterior y su principio de “exportar la revolución” aportaron mayor vigor ideológico, en el Irán actual la ideología es mucho más necesaria en casa. La política exterior es solo su ampliación natural hacia el exterior.

La interconexión entre ideología y legitimidad

La soberanía y la legitimidad de la República Islámica dependen de la naturaleza ideológica de su política exterior. Todos los países definen su soberanía sobre el fundamento de sus convicciones. La República Islámica se halla establecida sobre el principio de “no normalización” con Estados Unidos y de la ilegitimidad de Israel. Si Irán modificara estas políticas y respondiera positivamente a los gestos de apertura de Estados Unidos, es posible que hiciera frente a crecientes contradicciones en su definición de soberanía nacional y legitimidad del Estado. Aún más, si Irán caracterizara a Israel como Jordania o Egipto, sus credenciales revolucionarias serían cuestionadas por el gran aparato de seguridad adoctrinado sobre bases ideológicas. Irán, inequívocamente, se distancia del nacionalismo, el laicismo y el capitalismo. En cuanto a eso, una configuración del Estado adquiere carácter exclusivo y prolonga su legitimidad y soberanía sobre bases ideológicas y el islam político. El retrato político se vuelve mucho más complejo cuando se analizan los cambios en el seno de la sociedad iraní durante las últimas tres décadas. Un arcoíris de pensamientos y actitudes políticas ha surgido durante este período. La ironía es que una gran mayoría de iraníes son mundanos y materialistas en el sentido occidental de los términos, y se interesan por los productos y servicios de los países ricos y modernos.

Por ello, debido a estas divisiones conceptuales internas, la ideología ha adquirido aún más vigor como dispositivo destinado a reforzar la sostenibilidad del sistema. Análogo a la historia egipcia y rusa, donde el arte de construir procesos de consenso es deficiente, el centralismo ideológico se convierte en la única alternativa para mantener la soberanía nacional y la legitimidad del Estado. Para complicarlo todavía más en el plano teórico, fuentes divergentes y a veces contradictorias de identidad conducen a una compartimentación de las sociedades. Si Irán adopta un enfoque distinto en su política exterior, habrá de recurrir a una distinta fuente interna de sistema de creencias, identidad y grupo de referencia. Cualquier cambio en política exterior conduce de modo natural a un distinto electorado interno. Todos los colaboradores de un sistema político dado deben adaptarse a las políticas de su establishment político. Al fin y al cabo, no está claro si los debates rivales o, aún más ambiguos, los paradigmas rivales, son posibles en un marco ideológico. Las interpretaciones ideológicas de la realidad tienden únicamente a fomentar obsesiones. Las obsesiones a lo largo del tiempo alcanzan altos niveles de solidez y surgen como realidades intocables y sagradas. La fuerza de la rotación de la élite radica en la oportunidad de ajuste y modificaciones. La ideología exige permanencia, lo cual es contradictorio con las constantes variaciones de la condición humana. A este respecto, reorientar la política exterior de Irán obliga necesariamente a un nuevo consenso que alcanza a una diversa disposición de élites que pueden estar integradas por profesionales, empresas y una juventud expuesta a normas internacionales. Construir un consenso sobre las principales cuestiones nacionales es una desventaja esencial de los iraníes en su vieja lucha de un siglo para lograr la independencia y el progreso. Cabe argumentar que el radio de su posible nuevo consenso reemplaza el radio de un consenso ideológico. De llevarse a la práctica, la configuración del poder deberá entonces demarcarse de nuevo. El contrato social entre los iraníes se halla aún en construcción.

La interrelación entre ideología y seguridad nacional

La seguridad nacional de la República Islámica se halla entrelazada con las claves y la dirección de su política exterior. La seguridad de los estados se define sobre la base de sus prioridades nacionales y sus estructuras internas. Los enemigos de Francia, por ejemplo, son el terrorismo, el deterioro medioambiental, el paro y la proliferación nuclear. La Guerra Fría determinó la seguridad y legitimidad global de Estados Unidos para unas cuatro décadas. En el sistema internacional contemporáneo, un pequeño grupo de países señala a otros países como sus “enemigos” nacionales. Sin embargo, a causa del temperamento ideológico de su sistema interno y de su conducta en política exterior, los enemigos de Irán son Estados Unidos e Israel. No obstante, la retórica y la conducta de la República Islámica han servido de chivo expiatorio ideal para que los países de Oriente Medio y los protagonistas de fuera de la región persiguieran el aumento de su poderío militar, el alcance regional, las alianzas políticas y la consolidación de la seguridad. Es interesante subrayar que la normalización de las relaciones con Estados Unidos alterará los parámetros de la configuración del poder interno en Irán. Todos los países precisan un principio organizador esencial de su doctrina de seguridad nacional. El terrorismo adquiere tal consideración en el caso de la mayoría de países occidentales. Aunque existen numerosas cuestiones que amenazan la seguridad nacional de Irán, tales como el narcotráfico, la fuga de cerebros, la desertificación y el aumento de la población joven, ninguna puede equipararse a la importancia de los adversarios externos. La prioridad de tales oponentes sienta las bases del orden social en el país. Se trata de un instrumento altamente eficiente para edificar la razón de ser de un sistema y de todo aquello susceptible de perturbar tal razón de ser. La conducta de la República Islámica de Irán demuestra crecientemente que no puede “mezclarse” con las grandes potencias. En cierto sentido, cabe postular esta conducta sobre la base del islam político, que se considera que no puede coexistir con el capitalismo y el liberalismo. Asimismo, y desde una perspectiva filosófica, tampoco puede aceptar “la regla y primacía de otros”. En consecuencia, desde el punto de vista lógico, el islam político constituye más una reacción que un modelo y, la “democracia islámica”, una jubilosa euforia teórica que no responde a la realidad. Por lo tanto, el enfrentamiento y la denuncia se convierten en un estilo de vida. Por ejemplo, debido a su significación geoeconómica y geopolítica, si Irán se convierte en un país miembro del G20, tendrá que redefinir su identidad, sus procesos de legitimación interna y sus prioridades en materia de seguridad nacional. La consecuencia de tal remodelación será un nuevo consenso en el país, acompañado de nuevos rostros y nuevas ideas.

En sentido más arduo, tal nuevo acuerdo implicará una nueva visión mundial. Para construir un nuevo orden ideológico el compromiso requiere desde un principio una deconstrucción del orden antiguo. China constituye un ejemplo clásico; mientras la interpretación del mundo de Mao marcó la pauta de los debates sobre seguridad y economía, el país no estuvo en condiciones de interrelacionarse con el mundo exterior. Una verdadera deconstrucción del pensamiento de Mao fue un prerrequisito estratégico para emprender un nuevo rumbo. Las divisiones contemporáneas en el plano ideológico y, por tanto, político y social de Irán en función de la tradición y la modernidad no pueden posibilitar ni reunir los requisitos de esta transformación. Además, buena parte de los discursos datan de hace casi medio siglo. Por ejemplo, las concepciones de “Estado”, “Occidente”, “administración”, “disuasión” y “poder” se hacen eco de las ideas difundidas por el movimiento de países no alineados de los años cincuenta. La seguridad nacional, entonces, es la ampliación de una defensa del orden ideológico. Como se ha destacado anteriormente, el apoyo a agentes no estatales y movimientos de liberación es valioso para reforzar la moneda de cambio para asegurar, en última instancia, la salvaguardia de una actitud ideológica. En otras palabras, mantener el modelo ideológico con todas sus derivaciones constituye el fundamento más importante de la seguridad nacional.

Conclusión: la interrelación de la política interior, la seguridad nacional y la geopolítica regional

La idea de la Revolución Islámica fue, fundamentalmente, una respuesta a un legado histórico, el de una amplia intervención exterior en la vida social y política de los iraníes. El notablemente prolongado proceso de intervención extranjera dio lugar a las reacciones constitucionalistas y, en último término, revolucionarias para poner fin a la intervención exterior. A semejanza de otras experiencias revolucionarias, sintonizó las estructuras internas al compás de ciertas orientaciones de política exterior. Existe un singular desequilibrio entre las relaciones prerrevolucionarias entre el Estado y la sociedad y las bases populares de la República Islámica de Irán: las primeras constaban únicamente de un edificio de individuos y una élite estructural pero las segundas, esto es el Estado Islámico, mediante la lógica del proceso revolucionario creó una base social para sus propósitos. Especialmente entre las áreas rurales y la población urbana pobre fue donde la República Islámica encontró legitimidad.

No se precisó al parecer, una normalización para tales niveles elevados de armonización de propósitos y procesos. Pero este inesperado y limitado compromiso se concibió para obtener ventajas a corto plazo, faltas de normalización. Asimismo, para evitar aislarse y para poder ampliar sus relaciones, Irán tendió la mano en el pasado al Egipto de Mubarak, a numerosas autoridades saudíes, a Jordania y a Marruecos. Por otro lado, las relaciones de Irán con Turquía han sido las más estables de toda su política exterior posrevolucionaria, y las relaciones con Rusia y China se han asemejado a unas relaciones formales y pragmáticas. Debería observarse en este punto que ninguna de estas relaciones bilaterales supuso ningún impacto amenazador sobre el carácter ideológico del Estado ni sobre sus estructuras internas. La mayoría de países no tiene ni el interés ni la capacidad para revisar los rasgos sistémicos de la República Islámica.

Estados Unidos sobresale como el único país que posee intereses geopolíticos y estratégicos para llevar a Irán a su órbita. Las generalizadas sanciones unilaterales estadounidenses, acompañadas de las sanciones multilaterales de la Unión Europea y de las Naciones Unidas, han acarreado en conjunto perjudiciales consecuencias a la economía iraní. Esta no puede mejorar a menos que tengan lugar cambios fundamentales de su orientación en materia de política exterior. En esta coyuntura, la cuestión clave es la siguiente: ¿Puede Irán emular el ejemplo chino e introducir cambios en su política exterior y en su economía sin poner en peligro su sistema político? La solución de los conflictos con Estados Unidos se halla en el centro de los desafíos nacionales y de la supervivencia del sistema político a los que hace frente Irán. Y el choque más destacado con Estados Unidos es la caracterización que Irán hace de Israel, que en las tres últimas décadas ha desencadenado una tremenda animadversión hacia Irán en todas las posibles instancias internacionales.

En este marco, el enfrentamiento de Irán con Estados Unidos ha ofrecido incentivo y fuerza para la continuidad tanto de la República Islámica como de su política exterior durante esas tres décadas. La posición iraní sobre Israel y su discurso sobre el conflicto palestino-israelí ha propiciado enfrentamientos entre Teherán y Washington, que a su vez han ayudado a Irán a mantener un legado de legitimidad, soberanía, seguridad y estabilidad. Para los estados que aspiran a proyectar una imagen de singularidad, los conflictos y las crisis pueden tener valor estratégico y aportar consuelo psicológico. Dada la rivalidad entre China y Estados Unidos a propósito de las materias primas y los recursos energéticos, la idea de la República Islámica puede asimismo favorecer numerosos intereses tanto en el caso de las potencias globales en el mundo árabe como en el área más amplia de Oriente Medio. Una duda relevante asoma en el horizonte: ¿Perdurará a medio y largo plazo la rivalidad entre Irán y Estados Unidos que favorece numerosos intereses? Esto puede depender de varias dinámicas: la cuestión de la sucesión en Irán, la aptitud y la habilidad política de las fuerzas sociales del país para redefinir las prioridades nacionales y el precio del petróleo.

Un pilar esencial del desarrollo de un marco no consiste tanto en desafiar el sistema global sino más bien en edificar una sólida estructura interna para beneficiarse de las oportunidades y privilegios del orden internacional. Irán no tiene los amarres necesarios para moldear un orden regional de su preferencia política, pero posee el talento para agotar a los contrincantes. Una razón esencial de este rasgo iraní es su distanciamiento de las grandes potencias y sus continuas fricciones con gobiernos árabes. La tendencia iraní islamista (o chií) de excepcionalismo, insertada históricamente en su psique, es diferente de las orientaciones sociales y políticas de buen parte del mundo árabe.

No es de extrañar, entonces, que el establishment político iraní procure el apaciguamiento más que la normalización con Estados Unidos. Su actual distancia estratégica de Occidente es una calculada política de supervivencia. El resultado es que las preocupaciones por la seguridad dominan todos los aspectos de la política exterior y de la capacidad de decisión geopolítica, que se ve eclipsada por inclinaciones ideológicas. La política de seguridad y la estrategia geopolítica regional iraní actual responden a su política interna y brotan de las exigencias de la legitimidad política. Las políticas de seguridad de la República Islámica responden a la lógica de la disuasión. Mediante un enfoque gradual, los enclaves políticos y de seguridad de la región de Oriente Medio han proporcionado a Irán una franja de seguridad para apaciguar y contener posibles planes ofensivos estadounidenses e israelíes. En este contexto, Arabia Saudí ha emergido como protagonista de realpolitik más o menos independiente en la región, desplazándose desde una actuación entre bastidores a un manifiesto cambio de juego. Es, con diferencia, el país árabe más poderoso, más allá incluso del papel tradicional desempeñado por Egipto. Sus enormes recursos financieros, su alianza militar y de seguridad con Estados Unidos y, de modo más importante, su nueva autoafirmación en materia de política exterior, influirán sin duda en la geopolítica de Oriente Medio durante muchos años. La rivalidad geopolítica entre Arabia Saudí e Irán es la cuestión más importante de Oriente Medio, que eclipsa todos los conflictos en la región. Las tendencias geopolíticas revelan una rivalidad política entre Teherán y Riad en la que la segunda se halla en auge y que se extiende por toda la región desde la península Arábiga al Mediterráneo. Aunque político en su naturaleza, este conflicto entre ambos países responde también a diferencias sectarias y religiosas.

Las relaciones de Irán con Occidente solo mejorarán poco a poco. Las realidades políticas de la estructura interna de Irán, al menos por ahora, no permiten la existencia de relaciones cordiales con Estados Unidos en el futuro inmediato. Debido al acuerdo nuclear, el declive de Irán se ha detenido. El país mejorará su bienestar económico sin dejar de mantener sus conflictos ideológicos con las potencias regionales y globales. En un momento en que los contrastes de la economía política entre países de Oriente Medio se polarizan, las rivalidades geopolíticas pueden incluso ahondar las desigualdades económicas. Algunos países como Arabia Saudí y otros países árabes del golfo Pérsico poseen seguridad financiera y se benefician de las inversiones en sus fondos soberanos por valor de más de dos billones de dólares. Con una población relativamente pequeña y enormes recursos, no solo tienen un futuro más confortable sino que también pueden moldear la geopolítica de Oriente Medio. Irak, Siria y Libia hacen frente a una desintegración política y a la inestabilidad económica; la región de Oriente Medio es la entidad geopolítica más vulnerable de la comunidad global en términos de procesos de construcción del Estado. Casi todos los países de la región experimentan complejos procesos de evolución hacia estados-nación. Agentes no estatales violenta y políticamente motivados son tan influyentes como los estados, una característica no presenciada en ninguna otra región del sistema internacional. Se prevé que en los próximos años el teatro geopolítico de Oriente Medio experimentará más una gestión de los conflictos que su resolución.

 

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Gérard GRUNBERG, “Du ni  gaucle ni  droite au gauche, centre et droite” a Telos (17-05-17)

http://www.telos-eu.com/fr/du-ni-gauche-ni-droite-au-gauche-centre-et-droite.html

Après une campagne présidentielle menée par Emmanuel Macron sous le signe du ni gauche ni droite, le gouvernement qui va affronter les élections législatives a été formé selon une formule différente, celle du gauche/centre/droite. Le changement est logique politiquement et administrativement. Il ne s’agit pas de simples débauchages individuels mais d’une tentative audacieuse de recomposition politique.

Viennent du Parti socialiste le ministre de l’Intérieur, Gérard Collomb, le ministre des Affaires étrangères, Jean-Yves Le Drian, et celui de la Cohésion des territoires, Richard Ferrand ; viennent des Républicains outre le Premier ministre, Edouard Philippe, le ministre de l’Economie et celui des Comptes publics, Bruno Lemaire et Gérald Darmanin. Viennent enfin du centre le Garde des sceaux, François Bayrou, la ministre des Armées, Sylvie Goulard et la ministre des Affaires européennes, Marielle de Sarnez. Tous sont des personnalités politiques importantes. Enfin, Nicolas Hulot, à la Transition écologique, représente la mouvance écologique et le ministre de l’Agriculture, Jacques Mézard, les radicaux de gauche. Notons que l’UDI n’a aucun représentant, le Modem représentant le centre à lui tout seul. À côté de ces ministres politiques, certaines personnalités reconnues pour leurs compétences dans leur domaine occupent les ministères de l’Éducation nationale, du Travail, de la Santé, du Transport et de la Culture, la plupart ayant des attaches partisanes. Bref, dans l’ensemble, et nous ne nous en plaindrons pas, il s’agit d’un ministère formé principalement en fonction du poids et de l’expérience politique. Un ministère pour gagner les élections.

Loin, donc, de représenter le passage du politique professionnel à la société civile, ce ministère, même si certains le critiqueront, traduit le projet politique du nouveau président de concentration républicaine que le mode de scrutin interdit pour l’instant de traduire au moyen de coalitions partisanes, l’union des centres avec cependant un penchant à droite plus fort que le penchant à gauche, les ministères économiques étant donnés à des personnalités clairement de droite alors que les personnalités issues de la gauche avaient déjà quitté leurs partis pour rejoindre En Marche ou s’apprêtaient à le faire.

Un ministère qui penche donc plutôt à droite, ce qui est logique dans la mesure où, la gauche s’étant aujourd’hui détruite d’elle-même, il s’agit pour Emmanuel Macron de diviser maintenant la droite.

Il ne s’agit donc pas de débauchage mais d’une véritable opération de recomposition complète du système partisan qui, après le suicide du Parti socialiste, doit réussir à couper en deux l’électorat des Républicains. L’enjeu politique est donc considérable et si ce gouvernement gagne les élections, la France politique de demain ne ressemblera plus du tout à celle d’hier. Ce gouvernement tripartite gauche/centre/droite a pour objectif d’isoler les différents tronçons de la gauche et le Front national ainsi que la droite des Républicains qui demeure sous l’influence de Nicolas Sarkozy et d’une partie des anciens fillonistes. Si cette équipe gagne les élections, la nouvelle majorité pourra accueillir ceux des Républicains et des centristes de l’UDI qui ont appelé à saisir la main tendue par le nouveau président.

On pourrait alors considérer que le nouveau clivage progressistes/conservateurs remplacera alors le clivage gauche/droite comme clivage politique principal dans le fonctionnement du système politique français : européanisme contre nationalisme, humanisme contre xénophobie, libéralisme économique contre étatisme, modérantisme contre extrémisme, tolérance contre rigorisme, ouverture à la mondialisation contre protectionnisme.

Si ce gouvernement gagne les prochaines élections législatives, le bouleversement de notre système politique pourra être comparé à celui de 1958. Nul besoin donc d’en souligner davantage l’importance.

 

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Daniel GASCÓN, “La vista desde Berlín” a Letras Libres (12-05-17)

http://www.letraslibres.com/espana-mexico/politica/la-vista-desde-berlin

Una conversación con Almut Möller, directora de la oficina del European Council of Foreign Relations en Berlín.

Francia: La victoria de Macron fue una gran noticia. Marine Le Pen habría sido una catástrofe. De manera perezosa, se ha hablado mucho de la debilidad de Francia. Ha sido una especie de profecía autocumplida. Y eso ha sido malo para Europa. Ahora no solo hay muchas esperanzas proyectadas en Macron sino que también está propiciando un debate que deberíamos tener en Alemania. Vengo del país donde para muchos se construye el futuro de la Eurozona y de la Unión Europea. Y, sin embargo, en general, en Alemania hay un debate muy homogéneo. En un año electoral no hemos tenido una conversación política sobre cómo reconstruir la eurozona. Y ahora, como es Francia quien la propone, los políticos alemanes tienen que reaccionar.

Choques: En los medios leemos sobre distintas formas de abordar el problema entre Francia y Alemania. No creo que la confrontación sea tan extrema. Hay una visión en la clase política alemana clara de que la eurozona tal como es ahora no es sostenible. No es una idea tan rígida y estática como la que a veces se presenta. Hay un terreno común desde el que mirar las cosas. Estamos muy acostumbrados a no estar de acuerdo, y a que haya intercambios. Las tradiciones burocráticas son muy diferentes pero se conocen bien. Macron señala que no podemos crear una Unión Europea de manera clandestina. Como experto, a veces tienes que mirar con lupa para saber las posiciones de un ministro o un partido. Hay mucha cautela, porque los políticos saben lo controvertido que es el tema en muchos otros países de Europa.

Elecciones: Desde que Schultz anunció la elección han llegado unas 37.000 nuevas solicitudes para afiliarse al Partido Socialdemócrata. Alternative für Deutschland, el partido populista, va para abajo. A la CDU y el SPD les va mejor. Merkel encabeza las encuestas. Esto contrasta con lo que ha ocurrido en Francia, con un presidente de un partido nuevo y el partido socialista destruido.

Reformas: El lunes estuve en un programa de radio sobre las elecciones francesas. Mucha gente decía: no queremos dar lecciones a los franceses pero tenemos buenas recetas. La gente cree conocer los problemas que tiene Francia, pero saben menos sobre las opciones de la reforma europea o de los problemas de seguridad, que son muy importantes. No forman parte del debate de la misma manera.

Izquierda: A la izquierda alemana le ha costado mucho dar con visiones más parecidas a las de la izquierda europea sobre el euro, porque hay un pensamiento ortodoxo más monolítico que empieza en las universidades. Hay escuelas de pensamiento totalmente dominantes, como el ordoliberalismo. Desde el punto de vista analítico su solidez es fascinante, pero también ponía a los socialdemócratas alemanes en una posición diferente. Han dado con una solución hábil. Habría sido más difícil con Sigmar Gabriel como líder, porque ha sido parte del gobierno, porque incluso en la oposición en la anterior legislatura el SPD a grandes rasgos apoyaba las políticas de Merkel. Pero ese no es el caso de Martin Schulz, que tiene mucha credibilidad. No está empleando en absoluto ese lado europeo, de momento, lo que es interesante. Está mostrando que puede “hacer Alemania” porque ya sabemos que sabe “hacer Europa”.

Cambios: A menudo nosotros pensamos que somos los europeos que llevamos la bandera europea, los que sostenemos los valores y nos preguntamos dónde están los demás. Probablemente no es una percepción muy ajustada. Además, los alemanes no son inmunes a otras formas de pensar. Antes nunca decías, con respecto a Europa: ¿qué hay de lo nuestro? Pero ahora, si miras a Angela Merkel, cuando apuesta por soluciones europeas, por la diplomacia internacional, siempre apunta qué significa esto para los alemanes. Porque le parece que la gente está pensando en eso.

Pasillo: Antes había un corredor de opiniones sobre Europa. Era relativamente estrecho y avanzaba en la misma dirección. Ahora ese corredor es más ancho.

El efecto Trump: Tras la elección de Trump, hubo una entrevista con él en el Bild. Y eso produjo una reacción, porque cuestionó el valor de la integración europea. Las encuestas muestran una reacción: el apoyo a la UE ha subido. Hubo una sensación de conmoción, pero también era una caricatura y eso les ayudaba a entender el peligro que podía amenazar su país.

Nuevo mundo: He estudiado la conciliación francoalemana. Hay un tratado de los años 60, que después tuvo que ser ratificado por los parlamentos. En el Bundestag hubo un debate intenso. Pretendía poner que querían que el Reino Unido entrara en la Unión Europea y que el orden transatlántico tenía una importancia fundamental. Esto molestó mucho a los franceses y ahora, con el Reino Unido abandonando la UE y la situación en Estados Unidos, es como si dijeran: “aquí estamos otra vez. Vamos a ver cómo salen las cosas entre europeos continentales. Sabemos que se equivocaban”.

Seguridad: El gobierno alemán ha entendido que o das formas a las cosas, o pierdes dramáticamente. Lo que era la zona de confort es más hostil. Hay una sensación de urgencia en Berlín. Las cosas se toman muy en serio. Es un debate que comenzó hace diez o quince años por lo menos, y cualquiera que se dedique a estas cosas sabe lo mucho que se hablaba del asunto, de cómo Europa se estaba quedando atrás. Pero ahora parece que se dan cuenta.

Socios: La ministra de defensa habló de liderar desde el centro. Pero ¿qué significa eso? No hay un centro en la UE. El argumento que hacíamos Josef Janning y yo en “Leading from the Centre” era cómo construir otra vez coaliciones y formar un centro político, algo que cree tracción para ideas y enfoques europeos y construya un consenso que hay que renovar cada día. ¿Quién es parte del centro y quién no lo es? Lo que vemos es que el gobierno de coalición ha descubierto que prefiere viajar, escuchar a otros, conocer las preocupaciones. Es importante que España vuelva a ser parte de esta conversación. Es positivo mirar la seguridad europea juntos. Alemania no sería nada sin sus socios europeos. Los líderes inteligentes de mi país saben que si estás aislado te equivocas. Y Alemania ha cometido errores que la han aislado.

Refugiados: No digo que fuera un fallo de Merkel abrir el país. El error fue específico: pensar que con un voto de mayoría cualificada podías tomar una decisión como esa, que afecta a cuestiones muy delicadas como la identidad nacional. Y creo que eso le trajo muchos problemas a Berlín. En España ha habido manifestaciones a favor de los refugiados. Pero cuando Merkel abrió las puertas, tenía enfrente a un primer ministro británico con un mensaje contra la migración. Las posiciones de los alemanes, por un lado, y de los británicos y los franceses, por otro, eran muy distintas. Los países del este también eran contrarios.

Los nuevos autoritarios: Hace un tiempo, habría sido inimaginable una reunión de seguridad sin Polonia, como la que hubo en Versalles, con Italia, España, Francia y Alemania. Pero era una especie de aviso ante las deriva polaca. Y Polonia, por otro lado, es un país muy importante, para Alemania sin duda. Para algunos, las opciones frente a casos como el de Hungría o Polonia son buscar una Europa segura con distintos niveles de valores, o ser menos países y mantener los valores fundamentales europeos.

Me gustaría que este debate ocurriera más en el campo conservador. Lo hemos visto en el Partido Popular Europeo, con Orbán, y no parece que lo estén haciendo muy bien. Hay otras cosas en la izquierda. Pero es importante estudiar cuándo esto ocurre en el terreno de juego común y cuándo no se están respetando los derechos de las minorías, de las mujeres: cuándo se ataca un estilo de vida y cuándo se socavan los fundamentos de la democracia liberal. Creo que es importante escucharlos, aunque puede ser muy difícil hacerlo con partidos y movimientos que de los que como mujer y partidaria de la democracia liberal me siento muy lejana. Pero, además de los mecanismos del derecho y los procedimientos tecnocráticos, que son necesarios,deberíamos encontrar una forma de ser capaces de sentarnos y hablar de eso, y no creo que siempre sepamos. Necesitamos saber cómo piensan.

 

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Antoni GUTIÉRREZ-RUBÍ, “¿Política sin partidos?” a “Micropolítica” de El País (13-05-17)

http://politica.elpais.com/politica/2017/05/12/micropolitica/1494584444_818118.html?id_externo_rsoc=TW_CC

A finales del 2012, un notable grupo de intelectuales escribieron un importante manifiesto: Por Una Democracia Global. Entre los que lo redactaron y lo subscribieron encontramos indiscutibles líderes del pensamiento como Zygmunt Bauman y Ulrich Beck, hoy ya fallecidos. ”Vivimos una era de profundas transformaciones tecnológicas y económicas a las que no ha correspondido una similar evolución de las instituciones públicas responsables de su regulación. La economía se ha globalizado, pero las instituciones políticas y la democracia, no. Con sus muchas peculiaridades, diferencias y limitaciones, las protestas que hoy se extienden por el planeta evidencian un creciente malestar con el sistema de toma de decisiones, las formas de representación existentes y su escasa capacidad para proteger los bienes comunes del sistema político, y expresan una exigencia de más y mejor democracia”.

El Manifiesto, escrito en el contexto inmediatamente posterior al 15M, y las manifestaciones globales de aquel momento, advertía —muy seriamente— de que “este cambio institucional no podrá ser exitoso si es fruto de las acciones de una élite autoelegida. Por el contrario, la democratización del orden mundial debe surgir de un proceso sociopolítico abierto a todos los seres humanos, cuyo objetivo es la institucionalización participativa de una democracia global”. Los autores ponían el dedo en la llaga.

El escritor Roberto Saviano, quien también firmó el Manifiesto, destacaba en esa época, en una entrevista en el semanario L’Espresso, que la palabra partido era una palabra perdedora, hasta el punto de que ningún grupo político puede pensar que, con dicho término —entendido como marca —, consiga hoy hablar a las personas y movilizarlas. En los años posteriores hemos visto la irrupción de nuevas ofertas políticas que rechazan la palabra en su estrategia de marca como Podemos (España), Cambiemos (Argentina), Movimento 5 Stelle (Italia) y la exitosa En Marche! francesa, entre otras.

Por las mismas fechas, y en plena reconfiguración del espacio político italiano, Alessandro Lanni, en su incisivo libro Avanti popoli! Piazze, tv, web: dove va l’Italia senza partiti, iba mucho más lejos de la reflexión sobre las operaciones de marketing electoral y hablaba del problema de los partidos italianos, que habían perdido su centralidad y ya no tenían ese rol de relación filtrada (representativa) entre sociedad civil y sociedad política, de catalizadores de intereses e ideas. Ya solo estarían —en su deriva más claustrofóbica— ejerciendo como defensores de sus audiencias, de sí mismos y de su estatus y poder.

Este proceso de desintermediación política (que también sucede, por ejemplo, en el espacio de los medios de comunicación) abre muchos interrogantes, y no pocas dudas, sobre la contribución del formato partido a la respuesta democrática de los retos a los que nos enfrentamos. Cinco son, en mi opinión, los déficits que deberían resolver los partidos —urgentemente— para que, siendo un instrumento central, muy mejorable pero decisivo, recuperen responsabilidad y capacidad para gestionar el bien común. Algunos de estos partidos están cambiando el nombre y las prácticas, pero no será suficiente.

1. La capacidad de comprender. No se representa, ni se sirve bien, a la sociedad que no se entiende. Los cambios sociales que vivimos son de una profundidad extraordinaria. Modifican las reglas de la construcción del poder que ya no están garantizadas solo por la jerarquía, el tamaño o la posición de personas y organizaciones, sino por la autoridad que se obtiene de ideas, contenidos y relaciones. Estas mutaciones sociales abren nuevas miradas complejas que no se pueden despachar con apriorismos ideológicos, lugares comunes y clichés. Una muestra de este primer déficit es, en el caso de que existan, la debilidad de la mayoría de los think tanks de los partidos.

2. La capacidad de seleccionar. Los partidos están fracasando, mayoritariamente, en su proceso de identificación, captación y selección de capital humano para la gestión de lo público. Algunas de sus prácticas internas, sometidas a un clima de disciplina y lealtades acríticas, acaban expulsando talento interior y no invitan al talento exterior. Muchas personas sienten que su compromiso político se canaliza mejor por causas y no por casas políticas. Hasta que no haya una revisión, muy a fondo, de la mejora de la capacidad de selección de energías y talentos, los partidos perderán, cada vez más, su capacidad de convocatoria. Vacíos y empobrecidos, son vulnerables a la demagogia, el clientelismo y el caudillismo.

3. La capacidad de representar. Los electos y representantes democráticos de los partidos tienen seriamente limitada su capacidad de conexión con la sociedad que les mandata. La escasez de medios materiales y humanos (sí, hay que denunciar la precariedad técnica de los equipos de nuestros representantes) deja a los electos con muy poca capacidad de vinculación con sus territorios, sectores y grupos de interés. Los sistemas electorales contribuyen también a un déficit de capilaridad, debilitando la rendición de cuentas con el electorado y deteriorando sus vínculos de confianza. Parlamentarios sin equipo y sin medios son el escenario perfecto para los que desean una representación pobre, insuficiente o limitada.

4. La capacidad de regular. Nuestros parlamentos, y nuestros grupos parlamentarios, muestran signos alarmantes de desconexión con los problemas, en especial con los nuevos problemas, y sus causas. La ausencia de debates, de fondo, deja a los hemiciclos como cajas de resonancia de la comunicación política, de agitprop o de rodillo aritmético, y no como impulsores del diálogo sobre qué tipo de regulación, cuánta y cómo debe ser aquella que garantice —siempre— la prevalencia del interés general en las sociedades abiertas y complejas. Solo un ejemplo, en España, los debates sobre la inteligencia artificial o sobre la cuarta revolución industrial, con todas sus trascendentales consecuencias económicas y sociales, no pasa de algunas referencias en preguntas o comparecencias, pero no estamos abordando, a fondo, problemas complejos. Los parlamentos, así, (y con ellos los parlamentarios y sus partidos) quedan expuestos a la evidencia de que su tarea puede ser secundaria, pareciendo irrelevante y percibiéndose como prescindible.

5. Finalmente, la capacidad de gobernar. La gravedad de los retos obliga a mecanismos mucho más híbridos entre Administraciones, con una fuerte incorporación de la capacidad empresarial y emprendedora en la tarea de gobernar el bien común. Estamos hablando de cómo las políticas del comportamiento, por ejemplo, pueden ser tan o más determinantes para corregir, cambiar o ampliar comportamientos colectivos. De esto, ni sabemos, ni hablamos, ni nos preguntamos. Además, las competencias y los recursos de las Administraciones, siendo importantes, no alcanzan —en algunos casos ni rozan— la capacidad de transformación. En estas situaciones, administrar lo posible es la solución pragmática que impide, de facto, hacer factible lo necesario.

No, la política sin partidos no es mejor, aunque en algunos casos y fases —por ejemplo, en la fase electoral— sea mucho más atractiva. La política sin partidos es más débil y vulnerable. Seguro que los que prefieren menos política apuestan por partidos de juguete, minusvalorados y fuertemente cuestionados socialmente. Pero la democracia necesita mejores instrumentos, no menos. Esa debería ser la prioridad.