Presentació

En el complicat procés de recomposició de l’ordre mundial en curs,  a més de la redefinició de les relacions entre els Estats Units i Xina (Miguel Solana, Brahma Chellaney, Xulio Ríos),   és especialment rellevant la relació entre la Unió Europea i Rússia. Nicolás de Pedro -en una nota del CIDOB-  reconeix que l’actual fractura és profunda i l’emmarca en el joc triangular entre els Estats Units, Rússia i la Unió Europea, on,  a més dels aspectes geoestratègics tradicionals, s’hi afegeix la confrontació de models polítics alternatius.

Rússia juga a fons per desestabilitzar el model democràtic i social inherent a la Unió Europea, recolzant els moviments populistes, antieuropeus, antiliberals i xenòfobs que sorgeixen en els països de la Unió. Luis Sanzo examina a Agenda Pública la reconfiguració del sistema polític europeu, amb la davallada dels partits tradicionals sobre els que s’ha fonamentat l’Estat del benestar europeu, dedicant una atenció especial a la pèrdua de pes electoral de la socialdemocràcia. No  només els canvis socials estructurals explicarien aquest fenomen, sinó també la incapacitat per adaptar-se a nous corrents de pensament: “La sociedad post-socialdemócrata no sería tanto una sociedad de la que habrían desaparecido las fuerzas del progreso sino una en la que las propuestas y valores tradicionales de la izquierda habrían dejado de constituir un referente decisivo. En esta sociedad, podrían subsistir algunos partidos socialistas o comunistas pero, como sucede en Estados Unidos, no serían determinantes ni necesarios para la reformulación del pacto social. En tal caso, el final de estos partidos sería la marginalidad política, en beneficio de los más adaptados a las dinámicas estructurales de un mundo cuyas élites apuestan por los nuevos derechos individuales, la regulación a través del mercado y modelos de desarrollo sostenible frente a los derechos de dimensión más social, la regulación pública de la economía y la garantía de las necesidades económicas y de integración de las personas”.

Víctor Lapuente a Piedras de Papel repassa alguns indicadors socials que demostren com la innegable recuperació econòmica espanyola no repercuteix de forma equitativa en tota la societat. Es mantenen taxes d’atur juvenil i de llarga durada anormalment altes, les taxes de pobresa relativa i de pobresa infantil estan per sobre de la mitjana de la OCDE, i el nostre Estat del benestar no prioritza l’ajuda als més desfavorits: “…las rentas medias y altas disfrutan de una combinación positiva entre una buena coyuntura económica y de un estado de bienestar que, además de proveer unos servicios básicos que, como la sanidad pública, siguen siendo una referencia internacional, gozan de unas transferencias sociales relativamente generosas. Por otra parte, los grupos vulnerables –niños, parados de larga duración, y aquellos que viven por debajo del umbral de la pobreza– sufren del coctel negativo entre su mala situación económica y un estado que, en lugar de privilegiarles en la redistribución de transferencias, les trata comparativamente peor”.

El quart text de la nostra selecció setmanal és la intervenció de Josep Maria Bricall en l’acte commemoratiu del 40è aniversari del restabliment de la Generalitat, en el que glossa el pensament polític del president Josep Tarradellas. Per a molts probablement es tracti d’un pensament extemporani i superat, però tenim la impressió que més d’hora que tard tornarà a ser d’actualitat.

I la cinquena lectura que us proposem és el manifest de Jorge Carrión a Jot Down, en el que crida a resistir modestament la invasió abassegadora de les grans multinacionals del comerç com Amazon: “No soy ingenuo. Veo series de Amazon. Compro libros que no se pueden conseguir de otro modo en iberlibro.com, que pertenece a abebooks.com, que en 2008 fue comprada por Amazon. Busco constantemente información en Google. Y le regalo constantemente mis datos, más o menos maquillados, a Facebook también. Sé que son los tres tenores de la globalización.

Sé que su música es la del mundo.

Pero creo en la resistencia mínima y necesaria. En la preservación de ciertos rituales. En la conversación, que es arte del tiempo; en el deseo, que es tiempo hecho arte. En silbar, mientras paseo entre mi casa y una librería, melodías que solo yo escucho, que no pertenecen a nadie más …”

Tanquem amb l’obituari de Giovanni Sartori publicat al Corriere della Sera i l’enllaç a les columnes d’opinió que hi publicava.

… I per als que tingueu “mono” de l’actualitat política més immediata, us apuntem algunes referències:

-   Sobre el Brexit: Jonathan Portes, Joseph H.H.Weiler i Richard Dawkins

-   Sobre l’elecció presidencial francesa: Thomas Vitiello, Serge Raffy i Matthieu Croissendeau

-   Sobre les primàries socialistes: Fernando Vallespín, Lluís Orriols i Miguel Pasquau

-   Sobre el procés independentista: Lluís Mauri i Paola Lo Cascio

Nicolás de PEDRO, “Sin reset a la vista: el conflicto UE-Rusia en la era Trump” a “Notes internacionals” nº 170 (abril 2017) del CIDOB

http://www.cidob.org/ca/publicacions/series_de_publicacio/notes_internacionals/n1_170/sin_reset_a_la_vista_el_conflicto_ue_rusia_en_la_era_trump

La ruptura entre la Unión Europea y Rusia es profunda. Bastante más de lo que intuyen quienes desde la UE, por convicción ideológica o por intereses económicos, defienden una rápida normalización de las relaciones con Moscú. Y aunque no es probable que esto suceda en 2017, conviene no perder de vista qué entraña desde el punto de vista político y estratégico. Lo que está en juego no es –o, al menos, no exclusivamente- la relación bilateral sino el futuro de la propia UE y el de Rusia.

Moscú espera que la falta de respaldo desde Washington, junto con un nuevo reparto de fuerzas dentro de la UE, termine por quebrar la posición firme de Bruselas con relación a Ucrania y el frágil consenso en torno a las sanciones. Su levantamiento es el principal objetivo inmediato de Rusia. Pero a la UE y los estados miembros deben preocuparles, sobre todo, posibles objetivos de mayor calado estratégico como son la propia supervivencia del proyecto europeo y la fortaleza del vínculo transatlántico y su expresión más tangible, la OTAN. Si algo ha sabido explotar Moscú en tiempos recientes son las vulnerabilidades y contradicciones euroatlánticas. Y el momento de crisis y confusión que viven Europa y Estados Unidos parece especialmente propicio para que el Kremlin –que afronta una situación doméstica cada vez más complicada– apueste por una huida hacia delante audaz y ambiciosa.

¿Dónde estamos? La incógnita Trump y los dilemas para Moscú 

Los cien primeros días del Gobierno Trump no han despejado demasiadas incógnitas. Persiste la incertidumbre sobre las líneas maestras de la política exterior que impulsará la nueva Administración. No existen precedentes de una presidencia como la suya. Quienes le comparan con Reagan, o bien no recuerdan su figura con la suficiente nitidez o bien no vislumbran la ruptura que puede suponer el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Trump cuestiona algunos de los, hasta ahora, considerados pilares de la hegemonía global de EEUU como son el orden liberal internacional, el libre comercio o la atracción de talento de todos los rincones del planeta.

Con relación a la UE, la Casa Blanca emite mensajes contradictorios. Parte de su equipo apuesta por el mantenimiento de un vínculo transatlántico fuerte y el respaldo estratégico a Bruselas. Sin embargo, el propio Trump ha saludado el Brexit y dado muestras de evidente hostilidad hacia el proyecto europeo, el liderazgo alemán, y ha tildado a la OTAN de “obsoleta”. Por consiguiente, su llegada al despacho oval deja a la UE en una situación muy incómoda. Guste o no, Bruselas mantiene una considerable dependencia estratégica y militar respecto a Washington. El tiempo dirá si Trump se convierte en un revulsivo para esta UE anquilosada o, por el contrario, precipita su debilitamiento. Las opciones están abiertas, pero la falta de liderazgo en la UE no invita al optimismo.

Al menos, lo que sí parece haberse desvanecido en estas primeras semanas de mandato es la posibilidad de un reacercamiento rápido entre Washington y Moscú, a costa de Bruselas. La victoria de Trump en noviembre de 2016 generó una ola de euforia en las principales cadenas de televisión rusas que se ha evaporado casi con la misma rapidez con la que llegó. El 13 de febrero, apenas 23 días después de su nombramiento como Consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn fue destituido a resultas de sus conversaciones con el embajador ruso en EEUU y los pagos de origen ruso recibidos. La caída de Flynn marca el punto de inflexión. Desde entonces, estos mismos medios oficialistas rusos han recuperado una narrativa de tono conspirativo sobre la fortaleza del “Estado profundo” (deep state) en EEUU en manos de una supuesta elite “globalista y rusófoba”.

Aparte de Flynn, los vínculos de otros miembros del equipo de campaña y el propio Trump se encuentran bajo escrutinio. El verdadero alcance de la injerencia e influencia rusa en las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre de 2016 está aún por determinar. En el momento de escribir estas líneas, los Comités de Inteligencia del Senado y el Congreso indagan sobre el asunto. Hasta la fecha, consta la combinación de una cierta injerencia –medidas activas en forma de ataques informáticos contra los servidores del Partido Demócrata- con un empeño por tener la máxima influencia: filtración a través del portal Wikileaks de correos comprometedores de Hillary Clinton, campañas intensivas de desinformación y empleo de miles de trolls y bots en las redes sociales-. Por supuesto, el Kremlin rechaza de plano que haya jugado ningún papel. Pero se da un raro, por infrecuente, consenso al respecto en la comunidad de inteligencia de EEUU y en los círculos de expertos sobre la actividad rusa alrededor de estas elecciones.

Existen, no obstante, diferentes puntos de vista sobre el alcance y objetivos de estas actividades. En mi opinión, el Kremlin trabajaba -como el resto del mundo- con la hipótesis de una victoria de Hillary Clinton y buscaba, fundamentalmente, erosionar la credibilidad del sistema electoral estadounidense. La victoria de Hillary, según repetían machaconamente las cadenas de televisión rusas, había sido decidida por el establishment y la voluntad de la gente, simplemente, era irrelevante. Es decir, cuando todas las encuestas, incluso las internas elaboradas por cada uno de los dos grandes partidos norteamericanos, daban por seguro el triunfo demócrata, los medios rusos preparaban el terreno fijando una narrativa que cuestionaba su legitimidad. Y en este empeño contaban, nada menos, que con el propio candidato republicano que durante la campaña advertía del fraude que, según él mismo, se estaba preparando. Era fácil intuir que, si el triunfo de Hillary era ajustado, el propio Trump llevaría la voz cantante y eso deslegitimaría el sistema electoral y tensionaría el panorama político estadounidense.

Más que entusiasmo por Trump, a pesar de los elogios mutuos que se habían dedicado él y Putin durante la campaña, lo que resultaba evidente era la animadversión profunda del Kremlin hacia Clinton. Su etapa como secretaria de Estado, está vinculada con dos sucesos fundamentales para entender la evolución del régimen de Putin y el contexto bilateral actual: el derribo del régimen de Gadafi y la oleada de protestas en Moscú, ambos en el año 2011. Con relación a Libia –que, a su vez, explica el enfoque ruso sobre la cuestión de Siria–, el Kremlin insiste, y no sin razón en este punto, en que Francia y el Reino Unido abusaron del mandato del Consejo de Seguridad (Resolución 1973) y fueron mucho más allá del establecimiento de una zona de exclusión aérea en virtud de la aplicación del principio de “responsabilidad para proteger”, para acabar contribuyendo decisivamente en la caída de Gadafi actuando como fuerza aérea de uno de los bandos del conflicto. Con respecto a las protestas de 2011 –que juegan un papel central en la reconfiguración institucional e ideológica del régimen de Putin– a Moscú le irritó profundamente el respaldo explícito a estas que mostró la entonces secretaria de Estado. En la percepción del Kremlin, todo ello formaba parte de un gran plan orquestado por Washington que no persigue otra cosa que un «Maidán en la Plaza Roja» y la “demolición del poder ruso” en palabras del propio Putin, lo que a su vez explica también la reacción de Moscú ante los sucesos en Kíev desde finales de 2013. De esta manera, tal y como apunta el analista ruso Fyodor Lukyanov, desde la perspectiva del Kremlin, Putin está dando a probar a Estados Unidos su propia medicina.

Para los medios rusos, la victoria demócrata era tan inevitable como la guerra contra Rusia que desataría Hillary Clinton al aterrizar en la Casa Blanca. Es de suponer, por ello, que parte de la audiencia doméstica rusa respirara aliviada con el triunfo de Trump. Sin embargo, tanto el Kremlin como la comunidad de analistas y expertos rusos se han mostrado prudentes y, en algunos casos, escépticos ante un posible acercamiento rápido. Trump es impredecible para todos. Por no mencionar que su retórica agresiva con China e Irán pueden plantear dificultades a Rusia. Con Beijing, Moscú está forjando una asociación estratégica plagada de contradicciones y del lado ruso temores, pero cimentada en su rechazo compartido frente a la hegemonía estadounidense. En cuanto a Irán, pese a algunos desacuerdos, Moscú combate en Siria codo con codo con Teherán. Así que, toda tensión entre Irán y EEUU puede tener un impacto en Rusia y su despliegue sirio. Y aquí cabe mencionar a un Israel con ascendiente sobre Trump y que muestra inquietud ante lo que considera una alianza de facto entre Rusia y Hezbollah y el suministro a éste de armamento ruso avanzado.

No obstante, más allá de estos dilemas, Trump ofrece también algunas oportunidades potenciales que Moscú, indudablemente, querrá explorar: el fin de la promoción de una agenda exterior basada en valores; la aceptación de un área exclusiva de influencia rusa en el este de Europa, el Cáucaso  y Asia Central; el socavamiento del vínculo transatlántico y, con ello, un intento por aprovechar el aturdimiento europeo para redefinir la arquitectura de seguridad continental en los términos que desea Moscú.

La búsqueda de un nuevo paradigma en la relación UE-Rusia 

Bruselas y Moscú ya no se conciben mutuamente como socios estratégicos -si es que alguna vez lo fueron más allá de la retórica- y no lo harán en un futuro previsible. La desconfianza y el choque de percepciones lastrarán cualquier iniciativa en un contexto en que las bases y los principios que deben regir la geopolítica europea están en disputa. No obstante, seguirán siendo de importancia estratégica mutua. La evolución de cada uno tendrá un impacto directo y significativo en el otro. Además, el Kremlin muestra una creciente determinación por rivalizar estratégicamente con Bruselas en dos ámbitos sensibles: el vecindario compartido -aunque ésta es una fórmula que no es del agrado de Moscú- y la dimensión ideológica.  

El choque de percepciones y los aspectos simbólicos juegan un papel central en la disputa geopolítica entre Bruselas y Moscú y constituyen un primer factor a tener muy en cuenta. Desde la óptica europea, el dilema es cómo contener la agresividad rusa y estar seguro, al mismo tiempo, de cuáles son sus objetivos y hasta dónde está dispuesto a llegar el Kremlin. Es decir, Bruselas considera que reacciona frente a las incertidumbres que genera una Rusia amenazante. Por su parte, Moscú concibe sus movimientos, tanto en Ucrania como en Siria, como defensivos y con vistas a “restaurar” un equilibrio previamente violado por Occidente. El origen de estos malentendidos puede trazarse hasta las postrimerías de la Unión Soviética y las expectativas rusas frustradas con respecto a su lugar en el orden de la post-Guerra Fría.

Constatar esta frustración rusa no debe conducir, como sucede en no pocas ocasiones, a asumir acríticamente la narrativa victimista de Moscú sobre estos últimos veinticinco años y que puede resumirse en la idea de que la culpa es de Occidente por aprovecharse de la debilidad rusa en los años noventa sin ninguna generosidad ni visión de futuro. De igual manera, también conviene evitar algunas de las fórmulas retóricas que emplea el Kremlin y que contribuyen, sobre todo, a emponzoñar las discusiones y enquistar el conflicto. Entre éstas cabe citar algunas como “la indivisibilidad de la seguridad europea”; “los legítimos intereses rusos en el espacio postsoviético”; “el lugar que por derecho le corresponde a Rusia”, etc. Es decir, formulaciones que, desde un supuesto realismo geopolítico, enmascaran el nudo gordiano del asunto, que no es otro que la relación de Rusia con el resto de repúblicas ex soviéticas. Ésa es la cuestión central y, mientras Moscú no tenga voluntad o capacidad para redefinir la relación con sus vecinos sobre la base del reconocimiento real, no sólo formal, de su plena soberanía e independencia, las tensiones y conflictos persistirán.

La centralidad que cabe conferir a las narrativas y las percepciones no es óbice para no confrontarlas con los hechos y las realidades geográficas. La insistencia del Kremlin, por ejemplo, en la idea de un supuesto intento de cercar y aislar a Rusia resiste mal frente a un análisis factual y algunas realidades geográficas. Asimismo, desde el inicio de la crisis ucraniana, Moscú insiste en la necesidad de defenderse frente a la amenaza que supuestamente representa la OTAN. Resulta por ello interesante comparar las docenas de maniobras agresivas y violaciones del espacio aéreo europeo por parte de aviones militares rusos frente a ninguna acción similar por parte de la OTAN o algún Estado miembro. Esta asimetría refleja el deseo del Kremlin por elevar la tensión, testar los límites de la reacción europea y situar la crisis en el ámbito militar. Es decir, allá donde Moscú se siente cómodo y con ventajas operativas y políticas frente a los estados europeos. Más allá de los discursos que trata de inocular en su opinión pública, Rusia sabe que los países europeos hace mucho que se han desentendido de los asuntos de defensa y confían en el paraguas proporcionado por Estados Unidos.

Por otra parte, resulta incongruente que en los  debates en la UE, y más tras el triunfo de Trump, se asuma que los europeos deben hacer esfuerzos creíbles en materia de defensa, pero cuando el debate es sobre Rusia se acepte su victimismo frente a una amenaza militar inexistente. La OTAN, por cierto, es una comunidad de defensa colectiva cuya fortaleza radica en el Artículo 5 de su Tratado fundacional sobre la respuesta solidaria frente a un ataque armado. De igual forma, Moscú sabe que tanto los líderes europeos como sus respectivas opiniones públicas no contemplan en ningún caso la escalada militar. Es decir, en esta disputa en el continente europeo, el Kremlin siempre conoce las intenciones de la UE y hasta dónde está dispuesta a llegar. A la inversa, en cambio, domina una enorme incertidumbre sobre los objetivos y límites que contempla Moscú. Infravalorar el peligro militar que puede representar Rusia, basándose en el tamaño del PIB ruso o la comparación con el presupuesto de defensa estadounidense, es un grave error. Por un lado, se obvia que a escala europea, tomando como referencia las cifras de SIPRI, Rusia ostenta el mayor gasto en defensa (66.000 millones de dólares) por encima del Reino Unido (55.000), Francia (50.000) o Alemania (40.000). Por otro lado, y más relevante aún, se pierde de vista que la voluntad política por usar el brazo militar cuenta tanto o más que el volumen del presupuesto.

Indudablemente, los sesgos cognitivos juegan un papel central en este asunto e impulsan a Moscú a asumir su propia narrativa de fortaleza asediada frente a ese Occidente perverso que no busca otra cosa que “demoler y usurpar el poder ruso”. Pero aquí conviene señalar que la percepción de peligro para el Kremlin tiene que ver con la sostenibilidad del régimen de Putin y no, como insiste la narrativa oficial, con la dimensión militar. No existe mejor garantía para el mantenimiento de la paz en el continente europeo que la UE. Por no mencionar que, sea cual sea su percepción sobre Rusia, existe un consenso implícito entre los estados miembros en cuanto a que una Rusia estable y próspera es de su interés estratégico. Ésa es la lógica que subyace en las políticas hacia Rusia implementadas por la UE en las dos últimas décadas y que buscan su modernización estructural. Por consiguiente, aunque el régimen putinista juegue a confundir su destino con el del país e insinúe que “sin Putin no hay Rusia”, sus intereses no son necesariamente coincidentes.

Ucrania ocupa el primer lugar en la agenda bilateral de Bruselas y Moscú. Al contrario de lo que suele creerse, es más una consecuencia que una causa de la ruptura entre ambas. Pero, en el contexto actual, es un asunto que no puede obviarse y seguir adelante con otros, porque están en cuestión los fundamentos mismos del orden de seguridad europeo. De forma un tanto inesperada, Bruselas ha mantenido una posición firme frente a Moscú con relación a Ucrania. Firmeza que no puede explicarse sin el liderazgo de la canciller alemana, Angela Merkel. No obstante, la UE sigue aferrada a los acuerdos de Minsk como vía de resolución del conflicto. Y, tal como apuntaba ya en febrero de 2015, “sólo un exceso de voluntarismo, de desconocimiento o las ganas de pasar página en el conflicto ucraniano permite considerar Minsk II como el principio del fin o las bases para una paz duradera entre Rusia y Ucrania”.

No es solo que, desde la firma de ambos protocolos, la cifra de víctimas se ha multiplicado, es que las interpretaciones de Kíev y Moscú sobre lo que entraña su cumplimiento íntegro son absolutamente divergentes. Y, en el contexto actual, el Kremlin parece confiar en que una combinación de presión bélica junto con las disputas en el seno de la oligarquía ucraniana genere la suficiente inestabilidad como para provocar el descarrilamiento de la agenda reformista en Kíev y hacer más receptiva a la UE a su visión de Ucrania “como un Estado fallido” –otro de los mantras de la propaganda y desinformación rusas–.

Y a la crisis ucraniana se le pueden sumar otras en Belarús o alguno de los países Bálticos. En este último caso, el escenario que genera más inquietud no es una invasión rusa a gran escala, sino algo parecido a lo sucedido en el este de Ucrania. Es decir, una intervención que Moscú niegue, pero lo suficientemente grave como para desestabilizar un país y testar la credibilidad del mencionado Artículo 5. Ante la posibilidad de un escenario de este tipo, que podría potencialmente erosionar gravemente la solidez de la OTAN –y de ahí el reciente despliegue de cuatro batallones multinacionales en las repúblicas bálticas y Polonia como medida disuasoria– algunas voces arguyen en favor de un rápido acuerdo con Moscú. Pero no queda claro qué puede ofrecer Rusia, más allá de lo que se supone que ya existe, al menos sobre el papel: respeto por la integridad y existencia de países como Ucrania o las repúblicas bálticas.

A corto y medio plazo, la falta de confianza mutua se mantendrá como el principal escollo en la relación entre Bruselas y Moscú. El régimen de Putin percibe a la UE y sus valores como una potencial amenaza existencial. Mientras, la UE constata, para su sorpresa, que Moscú alienta, y en algunos casos respalda activamente, a todas las fuerzas europeas con una agenda anti-UE. De esta manera, ya no se trata únicamente de la incompatibilidad de sus enfoques geopolíticos: el área de influencia (léase control) que reclama Moscú frente a la progresiva integración europea que inspira la acción exterior de Bruselas. Ahora, a ello se le suma la voluntad del Kremlin por presentarse como un potencial modelo político alternativo que, por caminos distintos, seduce, sobre todo a la derecha xenófoba en la UE, pero también a la izquierda populista. Todo lo cual entraña que el paradigma de la modernización rusa y su progresiva integración en un espacio común europeo que ha guiado la relación UE-Rusia en los últimos veinticinco años, está obsoleto. Y, por consiguiente, es necesario construir uno sobre nuevos fundamentos.

 

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Luis SANZO, “Una sociedad post-socialdemócrata” a Agenda Pública (4-04-17)

http://agendapublica.elperiodico.com/una-sociedad-post-socialdemocrata/

Los cambios que se observan en la configuración de los sistemas políticos en Europa suelen interpretarse en términos de avance de un populismo de raíz xenófoba, antiliberal y antieuropea. Esta reconfiguración esconde sin embargo una realidad más compleja, caracterizada por una crisis general de los partidos políticos tradicionales. Esta crisis se inicia en la izquierda de origen comunista, pero se extiende al espacio socialdemócrata y a los grupos que, en el centro-derecha, habían protagonizado la alianza que dio lugar al Estado de Bienestar europeo. Como reflejan los siguientes gráficos, en el núcleo principal de lo que ha sido hasta ahora la Unión Europea (los países de la CEE original, España y Reino Unido), la pérdida de peso político y electoral de los partidos del sistema resulta más relevante que el revival nacional-derechista en el que se centra la mayoría de los analistas.

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Fuente: Elecciones generales; (presidenciales en Francia): ESP-España, 1986/2015; IT-Italia, 1987/2013; FR-Francia, 1986/2012; D-Alemania, 1990/2013; UK-Reino Unido, 1979/2015; B-Bélgica, 1985/2014; NL-Países Bajos, 1986/2017

La percepción de ruptura afecta sobre todo a un bloque de izquierdas cuyo papel político central en Europa parece cada vez más en entredicho. Hasta el punto de que en algunos países estos procesos parecen anticipar un tipo de sociedad, post-socialdemócrata, en la que podrían dejar de tener relevancia las referencias clásicas de la izquierda socialista y comunista. Las recientes elecciones en los Países Bajos indican una dinámica de clara marginalización política que podría reproducirse en las presidenciales francesas.

Con la excepción de España, sin embargo, la quiebra del modelo político está teniendo un impacto mayor en algunos partidos del bloque de centro-derecha. El hecho de que la crisis parezca afectar más a la izquierda se debe a que, de nuevo con la excepción española, el punto de partida -a finales de los setenta o en los ochenta- ya era muy desfavorable para este bloque socio-político.

Diversos factores explican el papel cada vez más secundario de los partidos de la izquierda. El primero de ellos se relaciona con la pérdida de importancia de la acción estatal en la economía. La creciente liberalización de los mercados, con una política de privatizaciones que ha llevado a la casi total liquidación de la empresa y de la banca pública, ha limitado el papel de los estados en la producción de bienes y servicios. Prácticamente sólo los grandes servicios públicos, en particular en la sanidad o la educación, han quedado hasta ahora al margen del proceso privatizador.

La privatización de la economía no ha sido el único factor que ha reducido la capacidad de los estados para intervenir en la economía. En unos mercados cada vez más globalizados, con empresas supranacionales con poder creciente, la toma de decisiones económicas se sitúa cada vez más al margen de los estados nacionales (e incluso de la Unión Europea). Consolidado el principio de independencia de los bancos centrales respecto a las instituciones políticas, esto es particularmente evidente en la definición de la política monetaria.

La dinámica social también ha jugado en contra de los grupos de izquierda. Como consecuencia de sus propias políticas, el acceso al bienestar se ha extendido a una parte mayoritaria de la población, ampliando el volumen de personas satisfechas con sus condiciones de vida en las actuales sociedades de consumo. La mayor complejidad de la economía ha contribuido, por su parte, a una diversificación de las condiciones laborales de los colectivos asalariados. Las sociedades modernas se caracterizan por un significativo incremento del peso de una población altamente cualificada y bien remunerada que acompaña a otro sector igualmente relevante de población propietaria. La dualidad clásica entre proletariado y clase burguesa se ha hecho así más difusa.

El paso a una sociedad posindustrial, basada en los servicios, más fragmentada y con un sistema de empresas y establecimientos de menor tamaño que el que caracterizó a la industria, resulta igualmente determinante. En los países de la UE analizados, en 2010 se contabilizaban 11,5 millones menos de empleos industriales que en 1975, un 34,5% de los entonces existentes. Si en 1975 la industria daba trabajo a un 30,4% de la población ocupada, la proporción se había reducido al 13,8% en 2013.

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Fuente: OIT.

Esta evolución ha tenido importantes consecuencias sobre las estructuras de poder en las que se sustentaba la izquierda europea. El menor peso de la clase obrera industrial ha contribuido a la pérdida de influencia de los sindicatos en la vida económica, con un retroceso paralelo en la preeminencia de valores que, como el comunitarismo o la solidaridad de clase, constituían la base cultural del movimiento obrero.

El fracaso de los países socialistas también ha debilitado culturalmente a la izquierda. La completa deslegitimación del comunismo ha facilitado la ilegalización de sus partidos herederos en muchos países del este de Europa, así como una injusta relativización del decisivo papel de la resistencia comunista en la caída del nazismo. La histórica dependencia de la URSS ha reducido además la capacidad de adaptación de los partidos comunistas, o de sus herederos políticos, a la nueva situación.

Con todo, ha sido la incapacidad de la izquierda socialdemócrata para hacer frente a la crisis financiera, reflejada tanto en un aumento del paro, la desigualdad y la pobreza como en un deterioro de los servicios públicos, la que explica la reciente caída electoral de sus partidos. La izquierda no parece tener respuestas claras para abordar la pérdida de expectativas que, en el contexto de la globalización, afecta a importantes sectores profesionales, grupos sociales y espacios territoriales.

Lo que podría no ser sino una fase coyuntural de inadaptación a situaciones cambiantes oculta, por tanto, problemas de fondo que podrían llevar a la izquierda a una posición marginal. Ésta no sólo se enfrenta a cambios estructurales que reducen su base de apoyo político potencial, también a corrientes de pensamiento que están en auge en Europa.

Resalta, en este contexto, la mayor capacidad de adaptación al cambio de los partidos liberales, en contraste con unos partidos de inspiración cristiana que sufren el desapego religioso de una parte creciente de la sociedad. Destaca también, en el nuevo proceso político, la centralidad recuperada por algunas alternativas nacionalistas. Evidente en el avance de partidos xenófobos y antieuropeos como el UKIP británico o el PVV neerlandés, el nuevo vigor del nacionalismo también es reflejo de procesos clásicos de autodeterminación en los que se fundamentan las victorias del SNP escocés o de los partidos flamencos. Además de movimientos más indefinidos, como el M5S italiano, surgen igualmente grupos que tratan de resituar el discurso progresista. Es el caso de organizaciones que, como Podemos en España, pretenden ofrecer una alternativa a los partidos tradicionales de la izquierda o de las que plantean un modelo de sociedad en torno a presupuestos distintos a los de esos partidos. En este punto, el repunte ecologista en los Países Bajos o en Bélgica resulta sin duda significativo.

Como los grupos poscomunistas que se resisten a desaparecer, los partidos socialdemócratas no están siendo capaces de dar respuesta al doble reto que supone la pérdida de las bases sociopolíticas en las que se apoyaban y la falta de instrumentos para afrontar los retos de la globalización. En el terreno ideológico, tratan de reinventarse acudiendo a otros paradigmas progresistas, en el ámbito del feminismo, el ecologismo o los derechos individuales. Un intento abocado al fracaso si lo que se pretende es resituarse en un terreno dominado por esos paradigmas alternativos, renunciando a la primacía de una política cuyo sentido histórico no ha desaparecido (como nos recuerda la dinámica del desempleo, la pobreza y la desigualdad). En cierta forma, la profundidad de la crisis política de los partidos de la izquierda europea no se manifiesta tanto en la pérdida de poder político y electoral como en sus interminables vaivenes ideológico-programáticos.

La dinámica electoral reciente pone de manifiesto que la izquierda tradicional corre el peligro de dejar de aportar a una sociedad en la que las ideas de un nacionalismo no siempre reaccionario, del liberalismo y de los nuevos movimientos progresistas, centrados en el ecologismo o en una visión abierta y cosmopolita de la sociedad globalizada, acaben por imponerse como referentes dominantes. Lo que no sería equivalente de forma automática a oscurantismo o barbarie. La sociedad post-socialdemócrata no sería tanto una sociedad de la que habrían desaparecido las fuerzas del progreso sino una en la que las propuestas y valores tradicionales de la izquierda habrían dejado de constituir un referente decisivo. En esta sociedad, podrían subsistir algunos partidos socialistas o comunistas pero, como sucede en Estados Unidos, no serían determinantes ni necesarios para la reformulación del pacto social.

En tal caso, el final de estos partidos sería la marginalidad política, en beneficio de los más adaptados a las dinámicas estructurales de un mundo cuyas élites apuestan por los nuevos derechos individuales, la regulación a través del mercado y modelos de desarrollo sostenible frente a los derechos de dimensión más social, la regulación pública de la economía y la garantía de las necesidades económicas y de integración de las personas.

 

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Víctor LAPUENTE, “Primavera económica, otoño del bienestar” a Piedras de papel (3-0-17)

http://www.eldiario.es/piedrasdepapel/Primavera-economica-otono-bienestar_6_629297080.html

La primavera ha llegado. La economía española se está recuperando. El proyecto de presupuestos presentado por el Gobierno es celebrado. Pero muchos españoles no se sienten partícipes de esta primavera económica. Sienten que alguien les ha robado el mes de abril. ¿Tienen razón? ¿O simplemente deben tener un poco de paciencia y esperar a que la marea del crecimiento nos empuje a todos hacia arriba?

Para responderlo, tomemos cuatro fotografías de la sociedad española y de nuestro estado de bienestar a partir de datos de la OCDE:

Tenemos un paro juvenil y de larga duración muy alto.

Con una economía que lleva dos años creciendo al 3,2%, y que ha creado 1,2 millones de puestos de trabajo en los últimos tres años, es preocupante ver la resiliencia de dos de los problemas más importantes de nuestro mercado laboral: el paro juvenil y el de larga duración. Ambos han iniciado una tendencia descendente pero se mantienen en niveles muy altos. Casi la mitad de los desempleados llevan más de un año en el paro y el paro entre los jóvenes todavía está por encima del 40%.

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 Tenemos muchos pobres.

En España la tasa de pobreza relativa (el porcentaje de la población española que gana menos de la mitad de la renta mediana del país) continúa en la franja más alta de los países de la OCDE. Todavía sigue siendo más alta que la tasa en 2007.

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Tenemos particularmente muchos niños pobres.

La situación es todavía más preocupante cuando desagregamos esos datos y analizamos a un colectivo especialmente vulnerable: los niños. La tasa de pobreza infantil, que ya antes de la crisis se situaba por encima de la media europea, ahora se encuentra sensiblemente por encima.

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Tenemos un estado de bienestar que ayuda poco a quien más lo necesita.

Uno de nuestros grandes problemas es que nuestro estado de bienestar le da la espalda a los más pobres. El 10% de españoles con menos ingresos recibe menos del 5% de las transferencias sociales. Menos que países tan poco sospechosos de abrazar ideas socialdemócratas como, por ejemplo, Polonia y Hungría. Por el contrario, en países como Nueva Zelanda o Finlandia el 10% más pobre recibe más del 20% de las transferencias.

Pero es que en España quienes reciben más transferencias del estado son el 10% de ciudadanos más ricos. Por ejemplo, gracias a nuestras (relativamente) generosas pensiones. A diferencia de lo que ocurre en otros países, en España hay una relación positiva entre tu nivel de ingresos y el porcentaje de transferencias que recibes del estado: cuanto más rico, más recibes.

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Estas cuatro postales dibujan un escenario dual para el bienestar en España. Por una parte, las rentas medias y altas disfrutan de una combinación positiva entre una buena coyuntura económica y de un estado de bienestar que, además de proveer unos servicios básicos que, como la sanidad pública, siguen siendo una referencia internacional, gozan de unas transferencias sociales relativamente generosas. Por otra parte, los grupos vulnerables –niños, parados de larga duración, y aquellos que viven por debajo del umbral de la pobreza– sufren del coctel negativo entre su mala situación económica y un estado que, en lugar de privilegiarles en la redistribución de transferencias, les trata comparativamente peor. Les hemos robado el mes de abril y les hemos regalado el mes de noviembre.

 

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Paraules de Josep Maria BRICALL  en l’acte commemoratiu del 40è aniversari  del restabliment de la Generalitat de Catalunya

Palau de la Generalitat, 20 de març de 2017

En una de les paradoxes posades en boca  del Father Brown , Chesterton introdueix una distinció entre allò que és impossible i allò que és improbable. I afegeix “ és més natural creure en una historia sobrenatural , que tracta de coses que no comprenem , que en una historia natural que contradiu allò que sí entenem. Digueu-me que el gran Gladstone , en les seves darreres hores, va ser assetjat pel fantasma de Parnell i no em penso manifestar sobre el tema; però si m’explica que Gladstone , quan va ser presentat a la reina Victoria , no es va treure el capell davant seu , li va donar un copet a l’esquena i la va oferir un puro , no m’ho creuré de cap manera. Això, no és impossible, només és increïble”.

Sorprèn el retorn a Catalunya de les institucions de la Generalitat, vigent  un sistema jurídic conformat per lleis de la Dictadura – que si alguna cosa no havia previst era la presència a Catalunya de la Generalitat – i per un sistema militar encara intacte. Ara no es tracta de rememorar uns fets  ans d’analitzar una manera de controlar els esdeveniments que donen més d’una lliçó a una història com la nostra, no sempre reeixida. Vistos els resultats obtinguts, podem perfectament atribuir la idoneïtat als procediments emprats pel president Tarradellas.

M’agradaria posar-los a la vostre consideració no com anècdotes d’un passat sinó com a meditacions sobre la nostra vida quotidiana, sobre el nostre capteniment polític no precisament  de cara a un futur , sempre incert, sinó davant  d’un avui que pot reduir la incertesa d’aquest futur.

Per l’assoliment d’aquest objectiu – el  retorn de les nostres institucions d’autogovern , prèvies a les Constitucions espanyoles de 1931 i de 1978 -  el president Tarradellas va subordinar a aquest objectiu tota la seva activitat , assumint íntegrament tots els costos que calia encarar, atès que l’ardidesa del projecte no admetia compromisos de bany maria ni acords previsiblement escadussers, que acabarien per rebaixar la dignitat i la independència  de la Institució nacional que ell representava.  Els costos son sempre proporcionals a la magnitud dels projectes dissenyats i res no ens es perdonat per defugir d’aquesta molesta proporció exigida per la lògica de les coses. Tanmateix atenir-se fidelment a aquesta regla és una condició necessària per abastar allò que sembla  impossible. Però el President va tenir cura de no traspassat mai la delicada ratlla que discrimina entre el que és increïble i el que és impossible : és aquesta precaució la que ens dona els indicis del que son les condicions suficients i  els mètodes que aquestes condicions imposen.

A això em voldria cenyir i em limitaré  – no disposo de temps per a res més – a tres comentaris, que he escollit per organitzar la meva intervenció.

El primer comentari gira en torn d’una expressió seva  ben sovintejada i a la que jo m’he hagut de referit – i de practicar , dintre de les meves limitacions – freqüentment. No la vàrem entendre inicialment ni Manuel Ortínez ni jo. Però la pràctica ens va permetre endevinar el seu sentit : Tarradellas era una persona que advertia  a partir de l’ experiència. M’estic referint a l’expressió “ Fer les coses d’una certa manera”. Ho va aplicar de manera considerable i ho va repetir insistentment. Fer les coses d’una certa manera tenia un camp d’experimentació molt significatiu – i a la llarga ben decisiu – en  les relacions amb el govern espanyol.

En la lliçó d’investidura com a doctor honoris causa a la Universitat de les Illes Balears el passat més de setembre, el Professor Josep Lluis Sureda va escollir com a tema les negociacions del govern grec amb els responsables de l’euro-grup . En el decurs de la seva intervenció va fer una al·lusió a la seva experiència amb Tarradellas i va servir-se d’unes notes que havia conservat. En transcric el text: “Em permetré el record , l’últim, d’una experiència personal de finals de juny de 1977 , quan el president Josep Tarradellas em demanà que em desplacés a Madrid durant les negociacions amb el president Suárez sobre el restabliment de la Generalitat de Catalunya i vaig estar a la seva disposició fins el final exitós de la negociació. El president Tarradellas, en el que crec que es pot descriure com la seva estratègia negociadora, em va fer entendre que , a tota negociació, el més important es tenir sempre presents tres principis: primer, tenir ben clar lobjectiu que es vol aconseguir; segon, tenir presents les necessitats de l’altra part per satisfer-les en tot el que sigui compatible amb el principi anterior; tercer, evitar tot enfrontament aspre durant la negociació tant si la provocació ve de laltre part com si surt de les teves pròpies files”.

El meu segon comentari gira en torn de l’expressió “Ciutadans de Catalunya” que va pronunciar en iniciar el seu discurs a la Plaça de Sant Jaume just al moment de la seva arribada el 23 d’octubre  de 1977. Probablement aquesta frase és una de les més citades entre les del que  President va pronunciar juntament amb la de faré tot menys  el ridícul” , esmentat a tort i a dret , fora del context en que sembla que  va ser dita.

L’expressió “Ciutadans de Catalunya” s’ha interpretat com una benvinguda amable i sense donar lliçons  a tots el ciutadans sense distinció  que en virtut del dret eren a Catalunya. I és més que possible que aquest va ser el sentit que volia donar a les seves paraules. Però hi ha en l’expressió un altre significat que no ens passa desapercebut. L’espontaneïtat en la referència a “ciutadans” palesa un rerefons ideològic que en  aquells moments emotius de la seva arribada i des del balcó del Palau de la Generalitat li devia  aflorar com a manifestació d’un pensament  profundament liberal. “Ciutadà” és una paraula  que reporta una   pertinença comunitària, no de qualsevol tipus, sinó configurada pel dret , per la ciutadania en una herència afaiçonada pel llegat  de  la Revolució francesa. Segons aquesta tradició, res pot quedar al marge de la discussió, del respecte i de la reverència pels drets humans inclosos els de les minories i  res es celebra més que  les virtuts de la raó i del debat, del compromís i de la preeminència del dret com a contrapès a la violència  i al dogmatisme.

Crec que insistim molt en la democràcia sense adonar-nos que la democràcia és un concepte equívoc si no va acompanyat d’algunes altres tradicions. La democràcia no és un sistema confús de votacions espaiades sinó l’expressió jurídica  d’una voluntat ciutadana que neix d’una societat lliure amb una opinió pública que practica la crítica del poder. El liberalisme sembla que es bat en retirada a moltes societats i no tan sols del est i centre d’Europa on es dona el que en els nostres dies es conegut   com a “democràcia no liberal”. I no estic tan segur que el liberalisme polític el tinguem gaire  arrelat aquí  – no em refereixo pas al liberalisme econòmic que és tota una altre cosa .Crec que va ser el gran perdedor de la guerra civil i la pèrdua del seu rastre ens segueix pesadament de manera per a mi  intolerable – si aquesta expressió es permesa a un liberal.

Des que vaig conèixer el President, em va sobtar – sobre tot per contrast amb els ambients que jo havia conegut aquí en els anys seixanta – el seu respecte a l’expressió de les idees , de totes les idees. Podria aportar-hi un debat ideològic – que no concretaré -  en torn d’alguns llibres publicats  que van provocar esgarips, esgarips que el seu pensament liberal no entenia. També soc testimoni del que li coïen alguns comentaris de la premsa – que despatxava dient que no ho havia llegit – però també de la seva al·lèrgia a intervenir a prop de periodistes o directors, no si per liberal o pel seu sentit de la dignitat (ara que hi penso). Per a  ell , el debat i la discussió  és fonamental a  la vida política, i per això negava la qualificació de “polítics” als personatges autoritaris, ni que fossin autoritaris de baixa graduació.  Quan la col·lecció de “Diàlegs a Barcelona” li va proposar la seva participació en un dels volums i li van suggerir el meu nom per dialogar amb ell  , delicadament em va comunicar  que s’ho havia repensat i que havia escollit a Antoni Gutiérrez, perquè – em va dir -  “amb vos no discutiríem”.

El meu tercer i darrer comentari es circumscriu a la reiterada voluntat d’exercir l’autogovern. “Vàrem governar-nos, volem governar-nos i tornaren a governar-nos” és un lema ben repetit per la seva part.

En el anys trenta, Josep Tarradellas tenia fama d’organitzador i la fama d’organitzador i d’ordenat se li atribuïa a la seva activitat professional d’home d’empresa i del comerç , lluny dels polítics dels que no se’n sabia cap altre professió que la política o molt lligada amb ella. Per això se li van encomanar aquelles  funcions que implicaven  posar ordre on calia, al partit ERC o al govern. Li molestava la improvisació  , els mals endreços, la grolleria . La  guerra civil li va oferir un camp insòlit per organitzar i donar forma jurídica a les conquestes revolucionaries per una banda i , per l’altre,  per adaptar mitjançant els coneguts com  decrets de S’Agaró la nova estructuració que s’imposava al sector públic català.

Tornat al Palau de la Generalitat, maldava per construir les peces i els elements propis d’un estat normal  – segons l’expressió emprada per  Manel Ortínez en una entrevista a la televisió -  en la nostra administració. De seguida,  va restaurar la Comissió Jurídica Assessora que va poblar d’excel·lents juristes, també procedents de l’Administració de l’Estat o de la judicatura. Quan va celebrar els seus vuitanta anys es va vanar d’haver rebut la  Comissió Jurídica assessora, les dues  Comissions de traspassos, l’incipient consell de les terres de l’Ebre i el consell de l’Institut d’Investigacions econòmiques que li expressaven els seus bons desitjos: hi veia  la pedrera dels grand commis de l’etat. Em va estimular – no era d’estranyar – quan  vaig  entrar en contacte amb l’ENA francesa per agençar cursos  de formació d’alts funcionaris, interromput després de les eleccions de 1980.

Ningú pot expressar millor que ell el seu pensament . Reprodueixo el text d’unes paraules de 1985 referides retrospectivament

Jo no renuncio mai a res. Havia fet un gest aleshores perillós i difícil. El que nosaltres havíem de fer era governar i tenir el poder, tot obtenint-lo gràcies a la nostra unitat, que es base de tot per tenir la confiança de Madrid. Un cop aconseguits els traspassos , ja organitzaríem la manera d’exercir-los, però no abans… En Macià tenia caràcter però era molt influïble en la qüestió nacionalista quan arribaven els joves d’Estat Català amb totes aquelles banderes i aquells esveraments. S’hi entusiasmaven. A mi els d’Estat Català no em tenien simpatia, perquè jo volia disposar del poder de debò , no el poder que se’n va enlaire”.

El text dona una síntesi de tot el seu pensament d’home de govern. Hi ha aquí una prevenció sobre els entusiasmes perquè temia que els catalans, que disposen de reserves considerables de sentiments i ideals , més aviat patim –després de segles d’allunyament -  d’un dèficit del que suposa la pràctica  política i la lògica del poder. La política te uns trets específics, té una lògica que estructura el poder i les relacions d’aquest poder amb ell mateix – i amb la seva Administració -  i amb tercers i governar no es pot basar només en els entusiasmes. No hi ha un viarany  que dugi directament dels entusiasmes a la pràctica d’aquesta lògica, la lògica que  va permetre tornar la Generalitat ara fa quaranta anys. L’entusiasme i la lògica de la vida publica, dissortadament,  no son substituïbles entre sí sinó complementàries.

Molts cops, quan despatxava amb ell i jo li esmentava els defectes que veia en decisions de l’administració espanyola, m’argumentava que ells es podien permetre  el luxe de fer-los perquè governaven per segles; nosaltres no podíem distreure’ns.

La intel·ligència pràctica, el seny que practiquem amb èxit en la vida quotidiana amb les regles que aquesta vida quotidiana imposa, no el traspassem immediatament i sense pegues a la vida pública on hi ha unes regles i una dinàmica que exigeixen una pràctica i una historia que no hem tingut.

Per això, se’m acut un text del seu admirat Montaigne

Les dificultats i l’obscuritat en tota ciència no son descobertes més que pels que hi han entrat. Car encara cal algun grau d’intel·ligència per a poder remarcar  el que hom ignora i per saber que una porta ens es tancada , cal empènyer-la.

Moltes gràcies per la seva atenció.

 

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Jorge CARRIÓN, “Contra Amazon: siete razones/manifiesto” a Jot Down (1-04-17)

http://www.jotdown.es/2017/04/amazon-siete-razones-manifiesto/

I: Porque no quiero ser cómplice de la expropiación simbólica.

Durante cincuenta y cinco años ese edificio, uno de los pocos ejemplos de arquitectura industrial moderna de Barcelona, fue la sede de la editorial Gustavo Gili. Ahora, tras una remodelación que ha costado varios millones de euros, se ha convertido en la central de operaciones de Amazon en esta ciudad. Gracias a toda esa tecnología de la eficiencia y la inmediatez que ahora alberga, Barcelona es ya una de las cuarenta y cinco ciudades del mundo en que la empresa asegura la entrega del producto en una hora. La librería Canuda, que cerró en 2013 tras más de ochenta años de existencia, es ahora un Mango de proporciones faraónicas. La centenaria librería Catalònia es ahora un McDonald’s con decoración modernista y kitsch. La expropiación es literal, física, pero también simbólica.

Si escribes en Google «Amazon librería» te aparecen decenas de links a páginas de Amazon donde se venden estanterías. No me cansaré de repetirlo: Amazon no es una librería, sino un hipermercado. En sus almacenes los libros están colocados al lado de las tostadoras, los juguetes o los monopatines. En sus nuevas librerías físicas los libros están colocados de frente, porque solo exhiben los cinco mil más vendidos y valorados por sus clientes, muy lejos de la cantidad y del riesgo que caracterizan a las auténticas librerías. Ahora se plantea repetir la misma operación con pequeños supermercados. Para Amazon no hay diferencia entre la institución cultural y el establecimiento alimenticio y comercial.

La historia de Bezos es la de una larga expropiación simbólica. Escogió la venta de libros y no de aparatos electrónicos porque vio un nicho de mercado: no todos los títulos disponibles cabían en las librerías y él sí podía ofrecerlos todos. En los años noventa había pocos competidores de gran tamaño (sobre todo Barnes & Nobles y Borders) y los distribuidores ya tenían el catálogo adaptado a la época digital, con los códigos ISBN incorporados. Por eso hizo un curso de la Asociación de Libreros Americanos y se apropió en un tiempo récord del prestigio que los libros habían ido acumulando durante siglos.

Todavía hoy, cuando Amazon produce series de televisión, ofrece música online, acaba de incorporar a su oferta piezas de coches y de motocicletas y se plantea ser operador de telefonía móvil, todo el mundo vincula esa marca con el objeto y el símbolo que llamamos libro. El Kindle, desde su lanzamiento en 2007, ha imitado la forma de las páginas y el tono de la tinta. Por suerte, el tacto vegetal y el olor a lignina no son de momento reproducibles en la pantalla. Para bien o para mal, todavía no somos capaces de recordar con la misma precisión lo que leímos en papel y lo que leímos en e-book. Las transiciones arquitectónicas son rápidas; no tanto, por suerte, las mentales.

II: Porque todos somos cíborgs, pero no robots.

Todos llevamos implantes.

Todos dependemos de esa prótesis: nuestro teléfono móvil.

Todos somos cíborgs: bastante hombres, un poco máquinas.

Pero no queremos ser robots.

El trabajo que deben realizar los empleados de Amazon es robótico. Lo ha sido desde el principio: en 1994, cuando eran cinco personas trabajando en el garaje de la casa de Jeff Bezos en Seattle, ya estaban obsesionados con la rapidez. Lo ha sido durante veinte años, llenos de historias de estrés laboral y de acoso y de trato inhumano para lograr la maldita eficiencia extrema que solo es posible si eres una máquina.

Ahora los amazonians son auxiliados por robots Kiva, capaces de levantar trescientos cuarenta kilos de peso y de moverse a metro y medio por segundo. Sincronizados con los trabajadores humanos a través de un algoritmo, se ocupan de elevar los estantes para facilitar la recogida de los productos. Una vez se han reunido los productos que el cliente ha comprado, otra máquina, llamada Slam, con su gran cinta transportadora, se encarga de escanearlos y empaquetarlos.

Kiva y Slam son los productos de años de investigación. Amazon ha convocado competiciones de robots, en el marco de la International Conference on Robotics and Automation de Seattle, para perfeccionar su procesamiento de los pedidos. En una de las ediciones las máquinas diseñadas por el MIT o la Universidad Técnica de Berlín tenían que recoger en el menor tiempo posible un patito de goma, una bolsa de galletas Oreo, un perrito de juguete y un libro. Para Amazon no hay diferencia sustancial entre esas cuatro cosas. Son mercaderías de rango equivalente.

Pero no para nosotros.

Amazon ha eliminado progresivamente el factor humano. Durante los primeros años contó con redactores que escribían reseñas de los libros en venta; ahora ni siquiera hay mediación en el procedimiento de maquetar y subir a la red un libro autoeditado. Ha robotizado la cadena de distribución y pretende que los consumidores actuemos del mismo modo.

Pero no.

Porque para nosotros un libro es un libro es un libro.

Y su lectura —atención y regalo— es un rito, el eco del eco del eco de lo que fue sagrado.

III. Porque rechazo la hipocresía.

La gran vergüenza de Barcelona, ciudad de muchas y muy buenas librerías, ha sido la existencia durante veinticuatro años de la librería Europa, regentada por el neonazi Pedro Varela y un centro relevante de difusión de ideología antisemita. Por suerte, cerró el pasado mes de septiembre. En Amazon hay a la venta multitud de ediciones de Mein Kampf, muchas de ellas con prólogos y notas la mar de cuestionables. De hecho en 2013 el Congreso Mundial Judío alertó a la empresa de las decenas de libros negacionistas de que disponen sin cortapisas. Es decir, la librería Europa es cerrada por, entre otros delitos, incitar al odio, pero Amazon no. Pese a que en muchos países donde actúa sea delito negar el Holocausto.

Amazon defiende que no cree en la censura. Por eso mantuvo en venta, pese al clamor en contra, The Pedophile’s Guide to Love and Pleasure: a Child-lover’s Code of Conduct, de Phillip R. Graves, aunque finalmente tuvo que retirarlo. Antes ocurrió algo similar con Understanding Loved Boys and Boylovers, de David L. Riegel. Abogó por la posibilidad de que sus clientes accedan a esos libros que defienden el amor sensual a los niños, como lo hacen a los que promueven las ideas nazis, porque supuestamente no desea censurar. Sin embargo, lo cierto es que censura o privilegia los libros según le interesa. Durante su controversia con el grupo editorial Hachette de hace un par de años, la escritora Ursula K. Le Guin denunció que sus libros fueron más difíciles de encontrar en Amazon mientras duró la disputa.

Aparentemente lo único que importa es la rapidez y eficacia del servicio. Parece que no hay mediación. Que todo es automático, casi instantáneo. Pero detrás de todas esas operaciones individuales existe una gran estructura económica y política. Una estructura que presiona a las editoriales para obtener el máximo beneficio del producto, como hace con los fabricantes de monopatines o con los productores de pizzas congeladas. Una macroestructura que decide la visibilidad, el acceso, la influencia: que está moldeando nuestro futuro.

IV: Porque no quiero ser cómplice del neoimperio.

En Amazon no hay libreros. La prescripción humana fue eliminada por ineficaz. Por torpedear la rapidez, el único valor de la empresa. La prescripción está en manos de un algoritmo. El algoritmo es el colmo de la fluidez. La máquina convierte al cliente en prescriptor. «Los clientes que compraron este producto también compraron…». La autoedición deja el proceso en manos del productor. Amazon elimina a los intermediarios o los hace invisibles (equivalentes a robots). Parece una máquina de ordenar. Aspira a ser tan fluida que parezca invisible. Eliminando los gastos de envío, regateando con sus grandes clientes para conseguir el menor precio posible para el cliente individual, Amazon parece barato. Muy barato. Pero ya sabemos que lo barato sale caro. Muy caro. Porque la invisibilidad es un camuflaje: todo es tan rápido, tan transparente, tan fluido, que parece que no hay intermediación. Pero sí la hay. La pagas en dinero y en datos.

Demanda, objetos, precios, envío: los procesos individuales se deshacen en la lógica inmaterial de la fluidez. Para Jeff Bezos —como para Google o Facebook— el píxel y el link pueden tener un correlato material: el mundo de las cosas puede funcionar del mismo modo como lo hace el mundo de los bytes. Las tres empresas comparten la voluntad imperialista de conquistar el planeta, defendiendo el acceso ilimitado a la información, a la comunicación y a los bienes de consumo, al mismo tiempo que hacen firmar a sus empleados contratos de confidencialidad, pergeñan complejas estrategias para no pagar impuestos en los países donde se radican y construyen un Estado paralelo, transversal, global, con sus propias reglas y leyes, con su propia burocracia y jerarquía, con sus propios policías. Y con sus propios servicios de inteligencia y con sus propios laboratorios ultrasecretos. Google [x], el centro de investigación y desarrollo de proyectos futuros de la empresa, se encuentra en un lugar indeterminado, más o menos cercano a los cuarteles centrales de la compañía. Su plan estrella es el desarrollo de unos globos estratosféricos que aseguren en diez años el acceso a internet de la mitad de la población mundial que actualmente está desconectada. El proyecto paralelo de Amazon es Amazon Prime Air, su red de reparto con drones, que actualmente son híbridos de avión y helicóptero, con un peso de veinticinco kilos. Desde el pasado mes de agosto ha cambiado la regulación de la Federal Aviation Administration de Estados Unidos, facilitando el vuelo de drones con motivos comerciales y haciendo que sea muy sencillo acceder al certificado de piloto de drones. Viva el lobbying. Que el cielo se llene de repartidores robóticos de galletas Oreo, perritos de peluche, monopatines, tostadoras, patitos de goma y… libros.

A diferencia de Facebook y de Google, que tienen que lidiar con la posibilidad de que tu nombre y tus datos sean falsos, que hacen todo lo posible para conseguir tu número de teléfono porque no te lo pidieron cuando abriste la cuenta, Amazon posee desde el principio todos tus datos reales, físicos, legales. Hasta tu número de tarjeta de crédito. Tal vez no accedan con tanta facilidad a tu perfil sentimental, emocional e intelectual como lo hacen Google o Facebook, pero en cambio saben casi todo lo que lees, lo que comes, lo que regalas. Es fácil deducir el perfil de tu corazón y de tu cerebro a partir de tus cosas. Y el imperio nació de las cosas que más prestigio cultural atesoran: los libros. Amazon se apropió del prestigio del libro. Construyó el mayor hipermercado del mundo con una gran cortina de humo en forma de biblioteca.

V: Porque no quiero que me espíen mientras leo.

Todo empezó con un dato.

En 1994 Bezos leyó que la World Wide Web crecía a un ritmo mensual de nuevos usuarios del 2300%, dejó su trabajo en Wall Street, se mudó a Seattle y decidió empezar a vender libros por internet.

Desde entonces los datos se han ido multiplicando, se han ido agrupando orgánicamente en forma de monstruo con tentáculos o de nube tormentosa o de segunda piel: nos hemos ido convirtiendo en datos. Los dejamos en las miles de operaciones cotidianas que dibujan nuestras huellas dactilares por internet. Los emiten los sensores de nuestro móvil. Estamos escribiendo constantemente nuestra autobiografía con nuestros teclados, con nuestras acciones, con nuestros pasos.

El pasado Día del Libro Amazon reveló cuáles son las frases más subrayadas durante estos cinco años de plataforma Kindle. Si lees en su dispositivo, lo saben todo sobre tus lecturas. En qué páginas las abandonas. Cuáles concluyes. A qué ritmo lees. Qué subrayas. La gran ventaja del libro en papel no es su portabilidad, su duración, su autonomía ni su relación íntima con nuestros procesos de memoria y aprendizaje, sino su desconexión permanente.

Cuando lees un libro en papel la energía y los datos que emites a través de tus ojos y tus dedos son solo tuyos. El Gran Hermano no puede espiarte. Nadie puede quitarte esa experiencia ni analizarla ni interpretarla: es solo tuya.

Por eso Amazon ha lanzado la campaña mundial «Kindle Reading Fund»: supuestamente para incentivar la lectura en los países pobres, en realidad para acostumbrar a una nueva generación de consumidores a leer en pantalla, para poder estudiarlos, para tener datificados los cinco continentes. Por eso el Grupo Planeta —corporación multimedia que aglutina a más de cien empresas y que es el sexto grupo de comunicación del mundo— está invirtiendo en escuelas de negocios, academias e instituciones universitarias: porque quiere mantener niveles altos de alfabetización que aseguren las ventas en el futuro de las novelas que hayan ganado el premio Planeta. A ver quién gana.

Y sobre todo: a ver si ganamos todos.

VI: Porque defiendo la lentitud acelerada, la relativa proximidad.

Ha llegado nuestro momento.

Amazon se apropió de nuestros libros. Nosotros nos apropiaremos de la lógica Amazon.

Primero, convenciendo al resto de lectores de la necesidad del tiempo dilatado. El deseo no puede ser inmediatamente colmado, porque entonces deja de ser deseo, se vuelve nada. El deseo debe durar. Hay que ir a la librería; buscar el libro; encontrarlo; hojearlo; decidir si el deseo tenía razón de ser; tal vez abandonar ese libro y desear el deseo de otro; hasta encontrarlo; o no; no estaba; lo encargo; llegará en veinticuatro horas; o en setenta y dos; podré echarle un vistazo; lo compraré finalmente; tal vez lo lea, tal vez no; tal vez deje que el deseo se congele durante días, semanas, meses o años; ahí estará, en el lugar que le corresponde en la estantería correspondiente; y siempre recordaré en qué librería lo compré y cuándo.

Porque la librería te regala el recuerdo de la compra. Comprar en Amazon, en cambio, iguala una experiencia a la anterior y a la siguiente. Difumina el contorno de cada lectura, las vuelve borrosas.

Una vez hayamos conquistado nuestro tiempo y nuestro deseo, tal vez llegue el momento de dar un paso más y poner en las estanterías de todo. No temamos la mezcla —que es lo que nos hace humanos—. Que en las librerías haya café y vino. Que las botellas de vino argentino estén junto a las obras completas de Borges, los cedés de Gotan Project, El Eternauta, la filmografía de Lucrecia Martel, los libros de Eterna Cadencia, un vinilo de Mercedes Sosa, El hambre de Martín Caparrós y tres biografías de Carlos Gardel (aunque no fuera argentino).

O, mejor aún, olvidemos las categorías nacionales como olvidamos los géneros aristotélicos. No existen ya las unidades de tiempo ni las de espacio. En el siglo XXI no tienen sentido las fronteras. Ordenemos los anaqueles temáticamente, mezclemos en ellos los libros con los cómics, los DVD con los CD, los juegos con los mapas. Apropiémonos de la mezcla de los almacenes de Amazon, pero creando sentidos. Itinerarios de lectura y de viaje. Porque, aunque dependamos de las pantallas, no somos robots. Y necesitamos las librerías de cada día para que sigan generando las cartografías de todas esas lejanías que nos permiten ubicarnos en el mundo.

VII. Porque no soy ingenuo.

No: no lo soy.

No soy ingenuo. Veo series de Amazon. Compro libros que no se pueden conseguir de otro modo en iberlibro.com, que pertenece a abebooks.com, que en 2008 fue comprada por Amazon. Busco constantemente información en Google. Y le regalo constantemente mis datos, más o menos maquillados, a Facebook también.

Sé que son los tres tenores de la globalización.

Sé que su música es la del mundo.

Pero creo en la resistencia mínima y necesaria. En la preservación de ciertos rituales. En la conversación, que es arte del tiempo; en el deseo, que es tiempo hecho arte. En silbar, mientras paseo entre mi casa y una librería, melodías que solo yo escucho, que no pertenecen a nadie más.

Los libros que no están descatalogados siempre los compro en librerías físicas, independientes, de confianza.

Eso hice, por ejemplo, el otro día. Fui a Nollegiu, la librería de mi barrio, y me compré Acerca de la ciudad, del arquitecto y pensador Rem Koolhas. Y mientras me tomaba un café, allí mismo leí: «A veces una ciudad antigua y singular, como Barcelona, al simplificar excesivamente su identidad, se torna genérica». «Transparente», añade. Intercambiable: «como un logotipo».

El libro, por cierto, fue editado por Gustavo Gili en esta misma ciudad, cuando su sede era otra de la que ahora es.