Presentació

Amb ocasió del 60è aniversari dels Tractats de Roma proliferen els articles que valoren les sis dècades d’integració europea, que recapitulen els problemes de la Unió en el nou context internacional, que s’alarmen de la involució nacionalista o que miren cap el futur amb propostes innovadores (Francisco de Borja Lasheras, Dani Rodrik, Pol Morillas, Lamo de Espinos-Sartorius-Cassinello-Bacaria). Hem seleccionat l’article publicat per Luuk van Middelaar (veure el dossier de Taller de Política) a diversos mitjans europeus en el que esbossa alguns criteris sobre la nova Europa. Amb un plantejament realista van Middelaar pensa que l’Europa del futur ha de trobar un equilibri entre les llibertats que crea i la protecció que ofereix; que ha de dotar-se d’instruments per poder decidir i actuar davant de situacions crítiques i imprevistes; i que ha d’assumir que l’acció que comporta la política dels esdeveniments no pot gestionar-se des del consens tradicional, sinó que ha d’admetre el dissens democràtic.

En sintonia amb la idea que la pitjor política és la inacció davant dels esdeveniments imprevistos i les emergències, resulta de gran interès la conversa pública (video)  mantinguda entre Jürgen Habermas, Emmanuel Macron i Sigmar Gabriel a Berlín (16 de març), de la que reproduïm la introducció d’Habermas, recollida per Social Europe.

Sobre l’actualitat política europea apuntem algunes pistes: la selecció de Cass Mudde sobre els resultats de les eleccions als Paísos Baixos;  els articles de Chris Bickerton i de Pablo Pombo sobre Angela Merkel i Martin Schulz, respectivament; les reflexions d’Eugenio Scalfari arran d’una conversa amb Matteo Renzi; el comentari de John Carlin sobre l’actitud del laborisme britànic davant del Brexit; i l’article de Simon Jenkins sobre l’atemptat terrorista a Londres.

Per entendre l’èxit sorprenent de la candidatura presidencial d’Emmanuel Macron (veure l’evolució de les enquestes), és interessant la nota de Gilles Finchelstein de la Fundació Jean Jaurès, que afegim a la nostra selecció, en la que assenyala que el posicionament de Macron en l’escala ideològica és coincident amb la de l’elector mig, sense patir la competència dels candidats dels dos grans partits que en les seves primàries van elegir polítics més polaritzats ideològicament. Sobre les contradiccions del sistema de primàries veure l’article de Pierre Bréchon a The Conversation.

Pel que fa a la política espanyola, destaca l’anunci d’ETA sobre el seu desarmament definitiu (Kepa Aulestia, Luis R.Aizpeolea) i l’inici del procés de primàries del PSOE (Gonzalo López Alba, José Moisés Martín Carretero, José Fernández-Albertos). Especialment interessant és la versió de Jordi Sevilla sobre els intents de Pedro Sánchez de configurar una majoria progressista, recollida en el llibre Vetos, pinzas y errores. ¿Por qué no fue posible un gobierno del cambio? (Deusto. Barcelona, 2017): en trobem un tast en l’entrevista a Sevilla que reproduïm.

En la política catalana tot sembla encaminar-se a crear una situació catàrtica -“els fets de setembre” en paraules d’Enric Juliana- que culmini l’etapa processista i desencadeni totes les contradiccions … per entrar en una terra incognita. Si els actors del procés, el sistema institucional i la societat catalana aguantaran aquest sotrac està per veure … una incertesa que de moment no sembla inquietar massa a ningú.

Per finalitzar, hem seleccionat un text de David Rieff que -contracorrent- es qüestiona les polítiques de memòria històrica, que en molts casos constituixen l’aliment dels pitjors rebrots nacionalistes: “Qué ocurre si la memoria histórica colectiva, tal como la emplean las comunidades y las naciones, ha conducido demasiadas veces a la guerra más que a la paz, al rencor y al resentimiento más que a la reconciliación y a la determinación de vengarse por los agravios reales e imaginarios en lugar de comprometerse con la ardua tarea del perdón? En suma, ¿no hay épocas en que es mejor olvidar algunas cosas?”

Rieff acaba de publicar el llibre Elogio del olvido. Paradojas de la memoria histórica (Debate. Barcelona, 2017)

 

Luuk van MIDDELAAR, “La nueva Europa” a La Vanguardia (22-03-17)

http://www.lavanguardia.com/internacional/20170322/421078763381/nueva-europa.html

Una idea del alcalde de Roma en 1957: hacer repicar todas las campanas de la Ciudad Eterna el 25 de marzo para celebrar la firma de los tratados. Esta animación festiva, expresión del deseo de un nuevo comienzo, inauguró de manera irónica una era en la que la Europa del Mercado buscó su salvación en el aburrimiento silencioso, espectáculo sonoro antes de la construcción de un mecanismo regulador que dejó a la gente sin voz. Nadie discutirá el éxito de una aventura que contribuyó a la prosperidad y a la estabilidad de un continente devastado por dos guerras mundiales y después dividido por la guerra fría. Desde 1989, no obstante, el mundo ha cambiado.

Ahora no es momento de la regulación, sino de la acción. Una revuelta electoral sin precedentes pone a prueba a la Unión. Farage, Le Pen, Wilders, Petry o Salvini apuntan a su destrucción: de su moneda, de su mercado, de su unidad frente a Putin.

Aunque las recientes elecciones holandesas han roto la dinámica Brexit-Trump con una neta victoria del centroderecha, las presidenciales francesas prolongan el suspense. Para responder de forma creíble a las aspiraciones que se expresan a través de esta revuelta, los 27 presidentes y primeros ministros que se van a reunir el próximo sábado 25 de marzo en Roma, en lugar de exponer lo de siempre, deberán iniciar una triple conversión europea.

La nueva Europa debe protegerse, improvisar y tolerar las ideas opuestas. Todo lo contrario, pues, a lo que sabe hacer bien: crear libertades, previsibilidad y consenso. Esta maniobra es a la vez difícil e indispensable, pero no es imposible. Está en juego la supervivencia de Europa. La protección, en primer lugar.

Europa es el mascarón de proa de todos aquellos que aman la apertura, el intercambio, las oportunidades ofrecidas por el gran espacio de libre circulación: empresarios, estudiantes, turistas, jóvenes, políglotas, las personas afortunadas y las desamparadas que no tienen nada que perder. Alentada por este impulso, Bruselas ha perdido de vista a los ciudadanos más sedentarios que ven en esta Europa no una oportunidad, sino un caballo de Troya de la globalización que amenaza sus puestos de trabajo, su seguridad y su día a día. No se trata tanto de una cuestión de las elites contra el pueblo cuanto de una profunda divergencia entre una mitad del pueblo y la otra mitad. El referéndum británico se ha dirimido por 48% contra 52%.

Para recuperar la confianza de la opinión pública con mayorías sólidas, Bruselas no puede contentarse con actuar únicamente de cara a su propia clientela. La Unión Europea debe encontrar un mejor equilibrio entre las libertades que crea y la protección que ofrece. Ejemplo emblemático: las fronteras. No existe espacio común libre de toda frontera interior si no se comparte la responsabilidad respecto a las fronteras exteriores. En su defecto, se pierde todo Schengen. Dura realidad revelada por la crisis de los migrantes del invierno 2015-2016. Desde entonces, los estados miembros se ocupan de la frontera exterior. Tímidamente, desde luego.

En ocasiones, la sensatez reside en una forma de contención, como en el área de la protección social. Puesto que Bruselas no podría sustituir a los estados nacionales del bienestar sin convertirse en el superestado que los pueblos rechazan, el mejor equilibrio que proponemos supone mitigar los efectos perturbadores de las nuevas libertades sobre los sistemas de protección social o de sanidad pública existentes. Este es el desafío de la libre circulación de los trabajadores que tanto ha preocupado a los electores británicos durante el referéndum, y que preocupa a muchos en otros lugares.

Una vez identificados estos dilemas políticos, hay que afrontarlos a cara descubierta. A continuación, improvisar. ¿Qué hacer cuando un país miembro de la zona euro corre peligro de entrar en quiebra y es necesario encontrar 500.000 miles de millones de euros en un fin de semana? ¿Qué hacer cuando misteriosos hombrecillos verdes invaden un país vecino en el Este y hace falta ponerse de acuerdo cuanto antes sobre las sanciones al agresor? ¿Qué hacer cuando una multitud de refugiados afronta el Mediterráneo e inicia una marcha a través de los Balcanes, haciendo caso omiso de las normas de Schengen o de Dublín? He aquí tres ejemplos recientes que han requerido la intervención de las instituciones y de los dirigentes europeos ante un sistema tradicional que no estaba preparado: tomar decisiones y actuar, sin disponer del tiempo necesario para suavizar las diferencias, afinar los puntos de vista, ponerse de acuerdo y redactar, ya sea libros verdes o libros blancos.

Estas crisis no hacen referencia al queso de cabra ni al precio de los cereales tan apreciados por la querida y vieja Comunidad Económica Europea, sino a miles de millones de euros y a la solidaridad, la guerra y la paz, la identidad y la soberanía. Bajo la presión de tales situaciones, la política del acontecimiento emerge poco a poco en el seno de la Unión, sin reemplazar la política de la norma del gran mercado sino acompañándola y sumándose a ella. Se trata de una verdadera metamorfosis que no se ha calibrado.

La Europa del mercado está mal preparada para hacer frente a la adversidad, a los peligros o a lo imprevisto. Sin embargo, a veces no hay elección. ¿Qué hay peor, en efecto, que no hacer nada ante una emergencia? Es en estos casos donde cristalizan las formas del poder ejecutivo, incluso de las nuevas instituciones. Se comprende, a partir de ahí, el lugar central que ocupa el Consejo Europeo, en cuyo seno los principales dirigentes nacionales, que son también los máximos responsables ante sus opiniones públicas, afrontan juntos los caprichos de la fortuna. Durante la crisis del euro, por ejemplo, las instituciones bruselenses no tenían ni la legitimidad ni los medios financieros para gestionar la tormenta. Al escapar del corsé del tratado, los jefes de Estado o de gobierno pueden desbrozar un territorio inexplorado y entrar juntos en el porvenir.

La Europa que actúa sólo puede hacerse junto a los estados y no contra ellos. Así pues, se perfila una nueva Europa. Proteger: se reconoce a partir de ahora la necesidad. Improvisar: a partir de ahora los dirigentes lo hacen bajo la presión de los acontecimientos. En cambio, tolerar la oposición, último aspecto de la metamorfosis, es algo que sigue siendo complicado. A pesar de ello, esta cuestión es tan vital como las demás. Como no se admite una oposición política organizada en el seno de la Unión, se actúa contra ella. Este es el fenómeno que presenciamos en la actualidad.

Mientras que la Europa del mercado fundada en Roma hacía frente como máximo a la indiferencia, a inocentes burlas sobre la forma de los pepinos, la nueva Europa, la de la moneda, la de las fronteras y de la potencia, genera poderes y contrapoderes, elevadas expectativas y una desconfianza agravada. La política del acontecimiento implica tomar decisiones que no están escritas en los tratados ni figuran entre las recomendaciones de los expertos. Son respuestas a las necesidades de cada momento, la consecuencia a una disparidad entre posiciones o valores contrapuestos.

Por este motivo precisan el apoyo de la sociedad. Una sociedad que, en el marco de unas elecciones o de referéndums nacionales, cada vez hace oír más su voz. Y con toda la razón: cuando la sabiduría convencional pierde su monopolio, surge la oposición. Cuando el poder ejecutivo se manifiesta, debe poder contar con un sólido apoyo de la sociedad. Ya hemos experimentado las vías fáciles para introducir una dinámica entre gobierno y oposición, por ejemplo pasando por el Parlamento de Estrasburgo. Sin embargo, la ofensiva de cada Estado no hace más que reforzar el nacionalpopulismo antieuropeo e interpreta muy mal los desafíos del momento. ¡Hay que dejar de blandir la amenaza de excomulgar a los disidentes y de reducir cualquier crítica a Bruselas como si fuera antieuropea! El exceso de consenso bruselense ahoga la vida política europea.

Los grandes picos del momento –de Tsipras y Varufakis (crisis del euro) a Viktor Orbán (crisis de los refugiados)– desempeñan un papel importante: hacen visibles a los ojos de la sociedad las verdaderas decisiones y dilemas, y quiebran la lógica de despolitización. Retorno de la Historia, resurgimiento de lo político. Además de ser un mecanismo de decisión, la democracia permite escenificar y gestionar los conflictos sociales y políticos, e incluso hacer de ellos una fuente de libertad.

El dissensus puede dar a Europa el dinamismo que tanto necesita la política del acontecimiento. Como las otras dos, esta ruptura presupone una continuidad con los fundadores de Roma sobre una condición previa esencial: la convicción de que lo que nos une, como europeos, es más fuerte de lo que nos separa.

 

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Jürgen HABERMAS, “Why The Necessary Cooperation Does Not Happen: Introduction To A Conversation Between Emmanuel Macron And Sigmar Gabriel On Europe’s Future” a Social Europe (20-03-17)

https://www.socialeurope.eu/2017/03/pulling-cart-mire-renewed-case-european-solidarity/

Henrik Enderlein has granted me the privilege of making a couple of introductory remarks on the topic of the conversation between our illustrious guest Emmanuel Macron and Sigmar Gabriel, our Foreign Minister who recently rose like a phoenix from the ashes. Both men’s names are associated with courageous responses to a challenging situation. Emmanuel Macron has dared to cross a red line that has remained sacrosanct since 1789. He has broken open a constellation between the camps of the political Right and the political Left that seems to have become deadlocked beyond compromise. Since nobody in a democracy can stand above the parties, it will be interesting to see how the political spectrum is rearranged after a victory in the French presidential election.

We are witnessing a similar impulse in Germany, albeit under different auspices. Here Sigmar Gabriel has also chosen his friend Martin Schulz to play an unorthodox role. Schulz is being acclaimed in public as a largely independent Chancellor candidate who is supposed to open up new horizons for his party. Although there are stark differences between the political, economic, and social situations in our respective countries – indeed, as regards the economy, the differences are too stark – it seems to me that the general sentiment among the citizens reflects a similarly irritable mood. There is widespread irritation at the frenzied stagnation of governments which, in spite of the marked increase in the pressure of problems, are muddling through without developing any perspective for shaping the future. We find the lack of political will numbing, especially in the face of those problems that could only be solved jointly at the European level.

Emmanuel Macron personifies the antithesis to the quietism of those authorized to act. During their overlapping terms as economics ministers, he and Sigmar Gabriel promoted an initiative to strengthen cooperation in fiscal, economic and social policies within the eurozone, though this has remained without consequences. If I remember correctly, they proposed to establish a finance ministry for the eurozone and a shared European budget controlled by the European Parliament. With this proposal, they sought to create room for maneuver at the European level for a flexible economic policy designed to overcome the primary hurdle blocking closer cooperation between the Member States – namely, the sharp differences in levels of rates of growth, unemployment and public debt, especially between the economies of the northern and southern members of a monetary union which must enforce convergence even as the countries concerned are drifting apart – and whose political cohesion is also being eroded by persistent, indeed widening, differences in economic performance. In the course of imposing the present austerity regime, which was bound to have a dramatically asymmetrical impact on national economies in the North and the South, contrasting experiences and opposing narratives in the corresponding public spheres promoted mutual aggressions and a deep split running through the eurozone.

Initiatives for addressing this dangerous development can fail for many reasons, including institutional reasons. Thus, for example, the governments of the Member States, which must derive their legitimacy from their respective national publics, are the least suited to implementing Community interests; and yet, as long as we lack a European party system, they are the only actors who can achieve anything at all. What interests me is whether an extension of European competences is bound to fail because of a lack of acceptance of possible redistributive consequences if restructuring the burdens reaches across national borders. Concisely put: Are appeals to solidarity, for example in Germany, condemned to failure because of the population’s response to the “transfer union” club that certain politicians as so fond of wielding? Or are political elites avoiding the problem of the still simmering financial crisis because they simply lack the courage to address the burning topic of the future of Europe?

On the concept of solidarity, I would just like to point out that, since the French Revolution and the early socialist movements, this expression has been used in a political rather than a moral sense. Solidarity is not the same thing as charity. Someone who acts in solidarity accepts certain disadvantages in his or her long-term self-interest in the expectation that the other will behave likewise in similar situations. Reciprocal trust – in our case: trust across national borders – is indeed a relevant variable; but so too is long-term self-interest. It is not a fact of nature, as some of my colleagues assume, that political issues of distributive justice are exclusively national issues and could not be fairly disputed within the wider family of European peoples across national borders – especially since these peoples have already formed a legal community and most of them are affected by the systemic constraints of a shared monetary union – though in rather different ways.

European unification has remained an elite project to the present day because the political elites did not dare to involve the general public in an informed debate about alternative future scenarios. National populations will be able to recognize and decide what is in their own respective interest in the long run only when discussion of the momentous alternatives is no longer confined to academic journals – e.g. the alternatives of dismantling the euro or of returning to a currency system with restricted margins of fluctuation, or of opting for closer cooperation after all.

At any rate, other current problems that attract more public attention speak in favor of the need for Europeans to stand and act in common. It is the perception of a worsening international and global political situation that is slowly driving even the member governments of the European Council to their pain threshold and startling them out of their national narrow-mindedness. There is no secret about the crises that, at the very least, necessitate reflection on closer cooperation:

• Europe’s geopolitical situation had already been transformed by the Syrian civil war, the Ukraine crisis, and the gradual retreat of the United States from its role as a force for maintaining global order; but now that the superpower seems to be turning its back on the previously prevailing internationalist school of thought, things have become even more unpredictable for Europe. And these questions of external security have acquired even greater relevance as a result of Trump’s pressure on NATO members to step up their military contributions.

• Furthermore we will have to cope with the terrorist threat in the medium term; and Europe will have to struggle with the pressure of migration for an even longer time. Both developments clearly require Europeans to cooperate more closely.

• Finally, the change of government in the United States is leading to a split in the West not only over global trade and economic policies. Nationalist, racist, anti-Islamic, and anti-Semitic tendencies that have acquired political weight with the program and style of the new US administration are combining with authoritarian developments in Russia, Turkey, Egypt, and other countries to pose an unexpected challenge for the political and cultural self-understanding of the West. Suddenly Europe finds itself thrown back upon its own resources in the role of a defensive custodian of liberal principles (providing support to a majority of the American electorate that has been pushed to the margins).

These crisis tendencies are not the only thing impelling the EU countries to cooperate more closely. One can even understand the obstacles to closer cooperation as just as many reasons for accelerating a shift in European politics. It will become more difficult to effect such a shift the longer the unresolved crises foster right-wing populism and left-wing dissidence as regards Europe. Without an attractive and credible perspective for shaping Europe, authoritarian nationalism in member states such as Hungary and Poland will be strengthened. And unless we take a clear line, the offer of bilateral trade agreements with the US and – in the course of Brexit – with the UK will drive the European countries even farther apart.

The only response to these tremendous pressures that I can see to date takes the form of groping attempts to promote a “Europe of different speeds” in the field of military cooperation. In my estimation, this attempt is bound to fail if Germany remains unwilling to entertain simultaneous measures to defuse the ticking time bomb of structural imbalances among national economies in the eurozone. As long as it suppresses this conflict, cooperation will not be possible in any other area of policy either. Moreover, the vague formula of “different speeds” misses the proper addressees. The willingness to cooperate is most likely to be exhibited by the member states of the monetary union, hence where the populations, since the onset of the banking crisis, have experienced their mutual dependence on each other. I am not of the opinion that Germany is the only country that needs to reconsider its policy. Emmanuel Macron stands out from the ranks of European politicians also because he frankly acknowledges the problems that can be addressed only in France itself. But, even though it did not choose this role, it is now up to the German government to join France in taking the initiative to pull the cart out of the mire. The blessing of being the greatest beneficiary of the European Union is also a curse. For, from a historical perspective, a possible failure of the European project would be attributed with good reason to German indecision.

A non-decision is also a decision; and it is hard to exaggerate the implications of such a non-decision. The institutionalization of closer cooperation is what first makes it possible to exert democratic influence on the spontaneous proliferation of global networks in all directions, because politics is the only medium through which we can take deliberate measures to shape the foundations of our social life. Contrary to what the Brexit slogan suggests, we will not regain control over these foundations by retreating into national fortresses. On the contrary, politics must keep pace with the globalization that it set in motion. In view of the systemic constraints of unregulated markets and the increasing functional interdependence of a more and more integrated world society, but also in view of the spectacular options we have created – for example, of a still unmastered digital communication or of new procedures for optimizing the human organism – we must expand the spaces for possible democratic will-formation, for political action, and for legal regulation beyond national borders.

This article was the introduction to a conversation between Emanuel Macron and Sigmar Gabriel on 16 March 2017 at the Hertie School of Governance in Berlin.

 

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Gilles FINCHELSTEIN, “Comprendre en deux graphiques le succès d’Emmanuel Macron” al blog de la Fondation Jean Jaurès (15-03-17)

https://jean-jaures.org/nos-productions/comprendre-en-deux-graphiques-le-succes-d-emmanuel-macron

I – LE POSITIONNEMENT RELATIF DES CANDIDATS

Il a été demandé aux Français d’attribuer une note sur une échelle allant de 0 à 10 pour positionner[1] sur une échelle gauche-droite chacun des candidats. C’est un exercice qui est couramment pratiqué et il est toujours frappant de constater la finesse de ces jugements construits à partir de ce que les Français perçoivent d’un responsable politique, de son parcours, de ses projets, de ses déclarations, de son attitude, de son style.

Voici les résultats tirés de la dernière vague du panel CEVIPOF/Fondation Jean-Jaurès/Le Monde réalisé par l’institut IPSOS :

1

 

 

Quelles conclusions en tirer ?

L’effet des primaires

Jamais les candidats de la gauche et de la droite de gouvernement n’avaient été perçus comme aussi à droite et aussi à gauche que ne le sont Benoît Hamon (2,8) et François Fillon (8,1). C’est l’effet de ces deux élections primaires très particulières. Là où une logique électorale avait dominé en 2011 (choisir le meilleur candidat pour l’emporter), c’est une logique identitaire qui a cette fois prévalu (à droite, parce que ses électeurs étaient sûrs de gagner ; à gauche, parce qu’ils étaient sûrs de perdre). Les électeurs des deux primaires ont ainsi préféré François Fillon à Alain Juppé et Benoît Hamon à Manuel Valls – les deux vaincus auraient vraisemblablement été positionnés par les Français plus au centre.

Ce faisant, ils ont choisi des candidats qui, du point de vue du positionnement perçu par les Français, se trouvent sur des territoires qui ne sont guère éloignés de Marine Le Pen (qui n’est plus à droite de François Fillon que de 1 point) et de Jean-Luc Mélenchon (qui n’est plus à gauche de Benoît Hamon que de 1,4 point).

Le positionnement dEmmanuel Macron

Emmanuel Macron est positionné à 5,2 – c’est-à-dire très légèrement à la droite du centre. C’est le résultat du choix qu’il a fait de construire un mouvement qui n’est « ni à gauche ni à droite » et d’être candidat à l’élection présidentielle sans passer par les primaires de la « Belle alliance populaire ».

Ce faisant, il se trouve quasiment à équidistance des candidats PS et LR et, surtout, loin de l’un et de l’autre, seul à occuper l’espace central : il n’y a aucun candidat entre 3 et 8.

II – L’AUTO-POSITIONNEMENT DES FRANÇAIS

Les Français remettent majoritairement en cause la pertinence du clivage gauche-droite dans la vie politique. Malgré tout, lorsqu’il leur est demandé de se positionner eux-mêmes sur une échelle gauche-droite, une immense majorité d’entre eux (93 %) accepte de le faire.

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Quelles conclusions tirer de cet auto-positionnement ?

La droitisation 

La droitisation de la société française est une réalité. Avec une moyenne à 5,5, jamais celle-ci n’avait été aussi à droite – même en l’espace d’une année, la droitisation s’est légèrement accentuée : la moyenne était de 5,4 en novembre 2014. Et si l’on regarde plus loin en arrière, la moyenne penchait systématiquement du côté gauche.

L’espace central

L’espace central – appelons-le l’espace des « modérés » – est largement occupé par les Français (34 % sur les cases 4-5-6) alors qu’il est tout aussi largement déserté par les candidats.

Benoît Hamon

Benoît Hamon se trouve sur un espace qui est à la fois réduit (22,5 % sur les cases 0-1-2-3), concurrentiel et décalé par rapport au positionnement de son propre parti (classé à 3,6 par les Français).

François Fillon

François Fillon se trouve sur un espace moins réduit (36 % sur les cases 7-8-9-10), tout autant concurrentiel et moins éloigné de son propre parti (classé à 7,9 – donc perçu très à droite).

Pour minorer l’importance de ces deux critères, on rétorquera que l’auto-positionnement des Français n’est pas le seul déterminant du vote. C’est évidemment vrai mais il n’en demeure pas moins qu’il s’agit d’un déterminant… déterminant ! Il s’agit même sans doute du critère le plus prédictif du vote.

III – LES INTENTIONS DE VOTE EN FONCTION DE LAUTO-POSITIONNEMENT

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Le tableau peut paraître complexe, mais il est simple.

Le cœur du territoire

Sur le cœur du territoire qui leur est attribué par les Français, les différents candidats réalisent tous un score massif : aux alentours de 40 % pour Benoît Hamon (cases 2-3), pour Emmanuel Macron (cases 4-5-6), pour François Fillon (cases 7-8) et même près de 50 % pour Jean-Luc Mélenchon (cases 0-1) et plus de 60 % pour Marine Le Pen (cases 9-10).

Les marges

Sur les marges de leur territoire, on voit que:

Benoît Hamon fait un score honorable sur les deux cases à sa gauche (29 % sur les cases 0 et 1) et sur la case immédiatement à sa droite (25 % sur la case 4 pourtant à gauche) mais, au-delà, ses scores deviennent marginaux.

François Fillon est exactement dans la situation symétrique mais à un niveau légèrement inférieur (24 % sur les cases 9 et 10 à sa droite, 17 % sur la case 6 immédiatement à sa gauche) – quasiment rien au-delà (4 % sur la case centrale 5…).

Marine Le Pen obtient quant à elle un score honorable assez loin de ses bases (29 % juste à sa gauche sur les cases 7-8 mais encore 20 % sur la case centrale, position refuge d’électeurs qui se disent ni de gauche ni de droite)

Emmanuel Macron enfin a non seulement le territoire le plus vaste mais aussi le spectre le plus large puisqu’il obtient 22 % sur les cases 2-3 sur sa gauche et 16 % sur les cases 7-8 sur sa droite.

IV – CONCLUSIONS

            Les raisons du succès d’Emmanuel Macron peuvent être ainsi résumées : il se trouve au bon endroit au bon moment. Au bon endroit, c’est-à-dire là où se trouvent majoritairement les Français. Au bon moment, c’est-à-dire quand les candidats des partis de gouvernement ont, de manière surprenante, laissé vacant cet espace central.

            Le résultat n’est pas encore acquis pour lui (parce que la mobilité électorale reste forte jusqu’au dernier moment, parce que l’abstention reste élevée et que la droite y dispose de davantage de réserves, parce que nul ne peut anticiper les aléas d’une campagne qui n’en a pas manqué) mais le positionnement relatif des candidats comme l’auto-positionnement des Français le placent structurellement dans une situation forte.

À l’occasion de cette élection présidentielle « hors norme », la Fondation Jean-Jaurès s’associe au Huffington Post pour apporter son éclairage sur la campagne électorale : rapport de forces, thèmes et enjeux structurants, opinion des Français. La Fondation mobilisera un certain nombre de chercheurs et de personnalités pour fournir des analyses jusqu’au premier tour du scrutin. 

 

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Entrevista a Jordi SEVILLA a eldiario.es (21-03-17)

http://www.eldiario.es/politica/Todas-Ibex-35-parece-engana-bobos_0_624688427.html

Jordi Sevilla (Valencia, 1956) ha aprovechado su situación privilegiada en la sala de máquinas de Ferraz durante la última etapa de Pedro Sánchez como secretario general para escribir el libro ‘Vetos, pinzas y errores’ (Editorial Deusto) sobre las negociaciones frustradas de la investidura y lo que pasó en el PSOE tras las elecciones del 26J. Redactó junto a José Enrique Serrano un informe con el que los socialistas podían defender la abstención pero Sánchez decidió mantener el “no es no”. Él era partidario de pedir la cabeza de Rajoy, pero el exsecretario general no quería interferir en la vida de otros partidos.

Dice que el libro no va contra nadie, pero tampoco es una defensa cerrada del que fue su jefe. Reconoce que tuvo parte de responsabilidad en la “incomunicación” con los líderes territoriales del PSOE y entiende las causas de la rebelión que acabó con la dimisión de Sánchez, aunque lamenta que los socialistas llegaran a tal punto. Evita decantarse en público por uno de los aspirantes a hacerse con los mandos del partido, aunque ya ha decidido a quién votará. “Los tres candidatos que de momento se postulan son buenos”, dice en un momento de enconamiento total.

Usted acusa a Podemos de que el gobierno de Pedro Sánchez no fuera posible. ¿Se equivocó el PSOE al no intentarlo primero con Podemos?

No es una acusación, es una evidencia. Pedro Sánchez se presenta a una investidura y el señor Pablo Iglesias vota no. Por tanto, si Pedro no fue presidente fue responsabilidad del señor Iglesias. Podemos discutir las causas. Si, como ellos dicen, fue culpa de que pactamos con Ciudadanos o, como digo yo, porque no quería pactar con nosotros desde el principio. Lo que pasa es que ellos no dan razones y yo las doy citando a los medios de comunicación. Nosotros empezamos negociando con IU y Compromís a la par. Nuestra estrategia era, a través de IU y Compromís, llegar a Podemos, pactar con ellos y a partir de ahí dirigirnos a Ciudadanos. Cuando empezamos con IU y Compromís y las relaciones fueran muy bien y había bases para el acuerdo, llegamos a Podemos y no quiere. Empiezan a darnos hasta seis portazos.

Muy personalmente Pablo Iglesias dijo que no de manera a veces un tanto estentórea, como aquella de la sonrisa del destino haría a Pedro Sánchez presidente o con ofensas de vez en cuando recordando que para ellos era imprescindible el referéndum catalán, cuando eso no podía ser. Cuando nosotros constatamos que Podemos no quiere pactar con nosotros y luego hemos sabido por qué y es porque esperaban el sorpasso en otras elecciones, como hemos sabido que una parte importante de Podemos, que es la de Iñigo Errejón, considera aquello un error, es cuando decidimos centrarnos en Ciudadanos para acudir a la investidura con más votos.

Tras la investidura fallida, ¿por qué no se empezó desde cero para intentar conseguir un acuerdo que pudiera avalar Ciudadanos aunque fuera con la abstención?

Siempre dijimos que los bloques no daban -PSOE y Podemos no daba una suma suficiente- y que había que buscar la transversalidad. Tras la investidura fallida, entramos en un proceso de negociación distinto en el que hubo una reunión a tres en la que Podemos nos entregó un viernes un documento. Ciudadanos y nosotros quedamos en darles una respuesta y sin esperarla el sábado Pablo Iglesias dio una rueda de prensa rompiendo. Esto está en las hemerotecas. Lo que me sorprende es que Pablo Iglesias no tenga la gallardía de asumir que él no quiso que Pedro Sánchez fuera presidente del Gobierno porque esperaba derrotarlo en las elecciones y que se esté buscando coartadas absurdas que no responden a la verdad recogida en la historia y los periódicos.

Si la decisión hubiera dependido de Iñigo Errejón, ¿Pedro Sánchez sería presidente?

Visto lo que he visto en los papeles de Vistalegre II seguramente sí. Claramente reconoce que fue un error no facilitar la investidura de Pedro Sánchez y da la razón al hablar claramente de viejos enconos antisocialistas del viejo comunismo en un personaje como Iglesias que se reivindicó de Anguita en esas fechas. No lo digo yo, lo dicen el 40% de los miembros de Podemos que votaron a Errejón. Salvo que Errejón también forme parte de la trama, pues a lo mejor resulta que los que están equivocados son ellos y no yo.

¿Pero en febrero-marzo de 2016?

Nuestra percepción era que iban a apoyar porque eso es lo que estábamos viendo en IU y Compromís; nuestros contactos con Ada Colau, nuestras conversaciones paralelas con En Marea… Creímos que había un clima que sería capaz de vencer la resistencia de Pablo Iglesias. Su convicción de que en otras elecciones lograría vencer al PSOE debió convencer a los demás y la evidencia es que el PP y Podemos votaron no.

¿IU y Compromís no llegaron a votar un acuerdo para no quedarse descolgados de Podemos?

Tengo la impresión, porque en contenidos no teníamos grandes diferencias y trabajamos en las bases de IU para una investidura y las propuestas de la agenda valenciana de Compromís, que el acuerdo era posible. Creo que les dio miedo acordar con el PSOE si no lo hacía también Podemos.

¿El acuerdo que propuso Pedro Sánchez en septiembre de 2016 era imposible?

Es el gobierno que propusieron también en un manifiesto centenares de artistas, intelectuales y políticos que estaban atónitos de que una demanda mayoritaria para un cambio no se recogiera. Pedían expresamente un acuerdo entre Podemos, Ciudadanos y el PSOE. En ese momento era ya mucho más difícil entre otras cuestiones porque afloraron los vetos entre Podemos y Ciudadanos que se presentaron a las elecciones como regeneradores y renovadores de la política y cuando se sentaron en el escaño se convirtieron en lo más rancio y lo más antiguo de la clase política.

Si ya se había demostrado imposible, ¿por qué dijo que lo iba a intentar?

Porque nos costaba mucho resignarnos a que Rajoy volviera a ser presidente y nos parecía que era la obligación intentarlo hasta el final.

¿Quería Pedro Sánchez terceras elecciones?

Cuando ves que la posibilidad de un gobierno del cambio no es fácil entramos en un escenario del mal menor. Si como todos estamos de acuerdo rechazamos el apoyo de las fueras independentistas, solo quedaban dos opciones: facilitar la investidura de Rajoy o intentar ir a terceras elecciones. Los dos como mal menor. No conozco ningún socialista de los defensores de la abstención o que se hayan abstenido como diputados que lo haya hecho convencido de que fuera magnífico que Rajoy fuera presidente sino como desbloqueo. Hubo gente del PSOE, que fueron mayoritarios, que acordaron que el mal menor era abstenerse y había otros que pensaban que el mal menor era abstenerse.

¿El PP hubiera tenido mejor resultado en unas terceras elecciones?

Es posible que el PP hubiera tenido algo mejor de resultados y no hubiera hecho falta la abstención del PSOE y es muy probable que el PSOE hubiera tenido mejor resultado a costa de Podemos. Pero esto nunca lo sabremos.

Antes del 26J defendió que los partidos deberían dejar gobernar al candidato que más apoyos recabara. Fue el caso de Mariano Rajoy. 

Y el de Pedro Sánchez en marzo.

Pero en agosto fue Rajoy. ¿Está de acuerdo con la decisión de la abstención?

En un momento en el que es evidente que había un bloqueo porque no estaba prevista esta situación, quiero insistir en lo excepcional del momento. En algunas comunidades tienen resuelto el problema en situaciones como esta pero nuestra Constitución no lo tiene previsto. Por tanto, creo que esa puede ser una formula de desbloqueo, pero esa fórmula se tiene que acordar entre todos y llevar a una modificación de la Constitución y del Reglamento. Hasta que no se haga pactado con el resto de partidos. Esa fórmula en marzo hubiera hecho presidente a Pedro Sánchez.

Entonces le parece bien que se hiciera en octubre en el caso de Rajoy. 

No, porque en ese momento esa norma no estaba en vigor. No se hizo por esa razón. Si se hubiera hecho por esa razón no hubiera hecho falta la abstención del PSOE porque Rajoy tenía más votos a favor que cualquier otro candidato porque no hubo más candidatos. Creo que fue un mal menor en un contexto muy complicado. Se produjo en un momento, como estamos viendo estos días, que Rajoy tenía más alternativas. Había en el Parlamento votos suficiente para que fuera presidente sin recurrir a la abstención del PSOE. Esos votos son los que está intentando sumar para el apoyo a los Presupuestos. Rajoy no hizo todo lo posible para ser investido presidente porque, en parte, contemplaba con cierta satisfacción las peleas que se estaban produciendo en el seno del PSOE.

En cualquier caso, en Ferraz llegaron a plantearse la abstención de manera seria y elaboraron un informe. ¿Hubo un momento en el que Pedro Sánchez la valoró?

Era una opción, claro. Como había otra opción que era un gobierno de cambio y otra que eran unas terceras elecciones. Lo sorprendente es que no se hubiera estudiado. Lo relevante es por qué después de estudiarse de rechazó.

En aquel momento nadie nos dijo que se estuviera estudiando. ¿Por qué se rechazó?

Hay una parte importante de los procesos de reflexión interna de los partidos que no siempre se tienen que hacer públicas. Se rechazó por tres razones: había una mayoría alternativa que podía hacer presidente a Rajoy sin necesidad de la abstención del PSOE -desde las primeras elecciones democráticas nunca el primer partido de la oposición se ha tenido que abstener, ni con el golpe de Estado de Tejero, ni en ese contexto-; dos, el militante y el votante socialista estaba radicalmente en contra, no tanto del PP, sino de la figura de Rajoy, muy ligada a los recortes y a los escándalos de corrupción; y, en tercer lugar, cuando Sánchez se reúne con Rajoy en julio, le plantea que no quiere la abstención para la investidura, que quiere cogobernar con el PSOE, que le apoye los presupuestos, el techo de gasto…

Esto es un abrazo del oso porque el PSOE, desde 2008, hasta ahora ha perdido seis millones de votos y muchos los ha perdido porque alguna gente considera que PP y PSOE se parecen demasiados. Una estrategia de cogobernar con el PP, dejando como portavoz de la oposición es Podemos, es una estrategia que debilita al PSOE. Se llegó a la conclusión de que no por esas tres razones. Había razones y argumentos a favor del “no es no” como lo estamos viendo ahora: ¿por qué el PSOE no pacta los presupuestos con el PP? ¿Por qué no ha pactado el decreto de estiba? Porque no es fácil cuando eres el portavoz de la oposición estar pactando la gestión diaria del gobierno con el gobierno sobre todo si quieres mantener una imagen y una diferencia perceptible para esos seis millones de votantes que quieres recuperar.

Cuando se hace toda esa reflexión interna, ¿a Pedro Sánchez le hubiera ido de otra forma si en esa primera semana de julio en la que se reúne con los barones les hubiera contado esto, que se está planteando la abstención, para ver cómo lo ven?

No lo sé, pero tengo que reconocer que ningún barón, salvo Fernández Vara, lo planteó y que en el Comité Federal del 9 de julio se reafirmaron todos en la declaración de diciembre que era “no” Rajoy y “no” a ningún candidato del PP. Es verdad que ha fallado comunicación en el seno de la dirección del PSOE porque los canales de comunicación y confianza venían oxidándose desde hace tiempo. Es verdad que se pudo haber gestionado de manera distinta la abstención, las terceras elecciones o el gobierno alternativo. Siempre el secretario general tiene más responsabilidad, pero no es el único responsable.

¿Se bunkerizó Pedro Sánchez tras las elecciones del 26J?

Creo que no. En el periodo de julio y agosto estamos barajando qué hacer. Recuerdo la frase del presidente de la gestora de que todos sabíamos lo que había que hacer pero no sabíamos cómo ganar un congreso después. La pelea interna estaba condicionando mucho la actuación externa del PSOE y lo ha reconocido Javier Fernández. Hasta el debate de investidura de Rajoy en agosto la posición mayoritaria, al menos la pública, era votar “no” a Rajoy. A partir de ahí empieza a correr el tiempo de las elecciones y se producen las elecciones vascas y gallegas. Entonces la dinámica fue distinta. En el momento en el que hubo negociaciones hubo un equipo que actuaba como equipo asesor pero como no hubo negociaciones no lo hubo y la dirección estaba muy centrada en las elecciones vascas y gallegas.

¿Intentó Pedro Sánchez perpetuarse en el poder con esa propuesta de congreso exprés para el 1 de octubre?

Me parece que no. Si Pedro Sánchez hubiera querido ser presidente le bastaba con aceptar las condiciones de Pablo Iglesias o le bastaba con aceptar el referéndum para Cataluña y si hubiera querido ser vicepresidente le bastaba haber aceptado el gobierno de coalición. No estamos hablando de ambiciones personales. Estamos hablando de que si todos sabemos lo que hay que hacer pero entonces no sabemos ganar el congreso, rompamos este nudo gordiano: hagamos el congreso y una vez despejado el liderazgo, quien gane que decida lo que hay que hacer. Intentó invertir el orden para liberar al partido.

Pero jugaba con ventaja…

No lo sé. A los hechos me remito.

¿Venden mejor unas tercera elecciones que la abstención ante los militantes?

No parece que jugara con mucha ventaja cuando dimitió como secretaria general.

¿Entiende la rebelión de los barones contra él?

Entiendo por qué se produce pero me cuesta comprender cómo se llegó a un punto de enfrentamiento e incomunicación que nos llevara a esta situación. El nivel de incomunicación que yo he visto ahora no sé dónde se originó pero me llama mucho la atención.

¿Es la persona adecuada para liderar el partido ahora tras haber sido parte de esa incomunicación?

Estamos en una etapa nueva. Todo lo que ha pasado abre un periodo en el que espero que todo el mundo sea capaz de entender lo que ha pasado para evitar que se vuelva a repetir. Los tres candidatos que de momento se postulan son buenos candidatos. Los tres tienen larga trayectoria y experiencia y los tres tienen una gran capacidad de liderazgo. No me asusta que gane uno, otro u otro. Los tres van a estar con los mismos deberes al día siguiente: unir al partido, conseguir que me apoyen los que no me han votado y ofrecer a esos seis millones de votantes que no votaron al PSOE un proyecto creíble e ilusionante para volver a ganar las elecciones. Ese va a ser el objetivo de los tres. No creo en proyectos personales, el PSOE no es una cuestión de una persona; por tanto, creo que serán capaces de generar equipos, entornos y dirección suficientes para hacerlo.

¿A pesar de que Pedro Sánchez no fue capaz de conseguirlo al no hablarse con seis de los siete presidentes socialistas al final de su mandato?

Entramos en una etapa distinta en la que todo el mundo ha aprendido. Es verdad lo que usted dice y lo lee bien, pero también se puede leer desde el otro sentido: había presidentes que no se hablaban con el secretario general. Todo el mundo ha debido de aprender. No conozco a ningún socialista que este contento con lo que pasó el 1 de octubre ni que esté entusiasmado con que Rajoy sea presidente. No creo que nadie vuelva a cometer esos errores.

¿Qué le parece que Pedro Sánchez haya cambiado de gurú económico?

Hace diez años que dejé de ser ministro y ocho de ser diputado. En estos ocho años he trabajado siete en el sector privado y uno en el PSOE. Volví al PSOE desde el sector privado y dije claramente que no volvía a la política, que volvía a la campaña electoral de Pedro Sánchez. Eso era mi compromiso. A nadie le sorprendió que cuando ese compromiso desaparece yo me vuelvo a donde estaba, al sector privado. Dejo la política fuera. Pedro Sánchez es libre de elegir…

¿No le ha pedido ayuda?

Sí, él y no es el único candidato que me lo ha pedido. Pero a todos les dijo lo mismo: yo ya no estoy en esa guerra, ya no estoy en la política de partido, como militante voy a votar pero no tengo ningunas ganas de volver.

¿Se puede saber a quién va a votar?

Se podrá saber después de votarlo.

En el libro es muy crítico con el periódico El País. ¿Cree que trató de influir en la opinión pública y en los socialistas en esos días de septiembre y octubre?

No soy consciente de ser muy crítico con El País, soy muy crítico con dos titulares y un editorial de El País, que no es exactamente lo mismo. Desde mi punto de vista, se hicieron para influir, claro. Pero seguro que usted también quiere influir desde su medio. A mí me sorprendió que eso lo hiciera un diario como El País porque mi interpretación de lo que estaba ocurriendo era radicalmente contraria a la que vi reflejada en esos dos titulares y una editorial.

¿O sea que no fue una presión como dijo Pedro Sánchez?

Entiéndalo como quiera. Yo no digo que hubiera presión o no presión. A mí no presionó nadie; a lo mejor porque no era tan importante como para presionarme y tampoco lo hubiera aceptado. En la democracia uno debe ser capaz de resistir incluso de los populismos y creo que sí es verdad que cuando pones en un titular algo que va en contra de los estatutos del partido en el sentido de que das una interpretación a los estatutos que no es la correcta creo que no es un error sino que se juega a favor de parte y creo que sí, que hubo un momento en el que el periódico El País voluntaria y conscientemente tomó partido por una de las facciones que peleaban en el PSOE y a mí, como lector de El Pais, no me gustó.

Esas presiones que dijo Pedro Sánchez debieron producirse en reuniones a las que asistió usted porque acudía a los encuentros con los denominados poderes fácticos. ¿Puede ser que él interpretara que fueran presiones cuando no lo eran?

No he ido a todas. Él ha ido a algunas en las que yo no estuve y yo tuve muchas en las que él no estaba. En aquella época creo que me entrevisté con casi todos los altos dirigentes del llamado Ibex-35 y tengo que decir dos cosas y si molestan a alguien pues lo siento. Primera, yo no noté una unanimidad ni una posición unánime en el seno del Ibex-35. De hecho, yo creo que no existe como tal. Ahí hay gente que vota a partidos distintos, que tiene visiones distintas, que tiene intereses muy distintos y que juega cada uno en una cuestión distinta.

Por tanto, todas estas ideas del Ibex-35, la trama, me parece que son engañabobos. Segunda, no recibí ni percibí ninguna presión. La gente te expresa su opinión, como cuando cogía un taxi o me iba a tomar un café a un baro o cuando hablaba con los periodistas. La gente expresa su opinión e incluso sus preferencias. Pero no me siento presionado porque alguien discrepe o no con lo que estoy haciendo. No me parece ni que sea cierto que los poderes económicos influyan en la política ni me parecería adecuado que los políticos se plegaran a los intereses del Ibex-35.

Cuando dice que no había unanimidad en el Ibex-35 entiendo que es sobre lo que tenía que pasar en España. 

Claro. Había gente de todos los partidos, las opiniones y las creencias. En cualquier colectivo hay gente que discrepa -lo hemos visto incluso con el congreso de Podemos-. En el Ibex-35 lo mismo, cada uno tiene sus intereses, sus preferencias, sus opiniones y, por cierto, representan a empresas en las que trabajan miles de personas, muchos de los cuales seguro que votan a Podemos.

 

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David RIEFF, “Cumplir con el deber de olvidar” a El País (19-03-17)

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/03/17/actualidad/1489750131_452411.html

La mayoría de la gente decente en España, como en casi todas partes, convendría con el célebre precepto de George Santayana: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. La consecuencia de esto es que hoy la memoria se ha convertido en una de las devociones más inatacables. Se nos ha inculcado que el recuerdo del pasado y su corolario, la conmemoración de la memoria histórica colectiva, es una de las más elevadas obligaciones morales de la humanidad.

Sin embargo, ¿qué ocurre si, no siempre pero con mucha frecuencia, esto es una equivocación? ¿Qué ocurre si la memoria histórica colectiva, tal como la emplean las comunidades y las naciones, ha conducido demasiadas veces a la guerra más que a la paz, al rencor y al resentimiento más que a la reconciliación y a la determinación de vengarse por los agravios reales e imaginarios en lugar de comprometerse con la ardua tarea del perdón? En suma, ¿no hay épocas en que es mejor olvidar algunas cosas?

Es lo que pasó en el sur de EE UU después de 1865, cuando tras la guerra de Secesión, otra modalidad de batalla se libró sobre la versión del conflicto que prevalecería: la victoria de la Unión o la derrota de la Confederación. Esa batalla por la memoria, aunque atemperada, continúa, como quedó demostrado en el reciente debate sobre la bandera confederada. Y así como la memoria histórica colectiva arrasó a la exYugoslavia en los años noventa, lo mismo ocurre hoy con Israel-Palestina, en Irak y en Siria, con el populismo nacionalista hindú del partido Bharatiya Janata de India y entre yihadistas e islamistas, tanto en el mundo musulmán como en la diáspora musulmana en Europa occidental, Norteamérica y Australia.

No hay una solución sencilla. Al contrario, es probable que el ansia de comunidad de los seres humanos, ya imperiosa en tiempos de paz y abundancia, llegue a sentirse como una urgencia psíquica y moral en tiempos difíciles. Pero, al menos, no se ha de hacer la vista gorda al tremendo sacrificio que las sociedades han de asumir y siguen asumiendo en aras del consuelo de la rememoración.

Que la memoria histórica colectiva no respeta el pasado debería ser evidente. Y para que quede claro, no se trata solo de inexactitud, voluntaria o involuntaria, como la que abunda en las actuales series de televisión que pretenden recrear un periodo histórico —como Los Tudor o Roma—. Cuando los Estados, los partidos políticos y los grupos sociales hacen un llamamiento a la memoria histórica, sus motivos no son triviales. Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, el objetivo de dichos llamamientos, casi invariablemente, era alentar la unidad nacional. Resultaría reconfortante creer que los regímenes reprobables han sido más propensos a esta práctica que los decentes, pero la realidad es que casi todos se han empeñado en la movilización y manipulación de la memoria o en su creación.

Incluso movimientos políticos rivales han llegado a disputarse la propiedad de una figura histórica particular, que supuestamente encarna a la nación, como ocurrió con Juana de Arco en la Francia del siglo XIX. La derecha la tenía por emblema de la determinación francesa que rechazó a los invasores extranjeros; en cambio, para la izquierda, mayoritariamente anticlerical, fue una víctima de la Iglesia católica que la condenó a morir en la hoguera. Cuando fue beatificada en 1909 (y canonizada en 1920), la izquierda no pudo reclamarla como propia. Pero la memoria de Juana de Arco continuó en el centro de la controversia; fue un referente para la derecha, primero para el extremista movimiento conservador católico, Action Française, y el Gobierno de Vichy y, en los ochenta, para el ultraderechista Frente Nacional, que conmemora a Juana de Arco cada 1 de mayo, coincidiendo no por casualidad con la fiesta anual más importante de la izquierda.

En la mayoría de los casos al menos, el olvido comete una injusticia con el pasado. El problema se agrava cuando al recordar se incurre en una injusticia con el presente. En este caso, cuando la memoria colectiva condena a las comunidades a sentir el dolor de sus heridas históricas y el enconamiento de sus agravios, no es preciso cumplir con el deber de recordar, sino con el deber de olvidar. En este tipo de situaciones, ¿se puede decir qué es peor, el recuerdo o el olvido?

No existe una respuesta categórica. Pero dadas las tendencias agresivas de la humanidad, es posible como mínimo que el olvido, a pesar de todos los sacrificios que impone, sea la única respuesta prudente; y en ese sentido debería ofrecer cierto consuelo más que causar consternación. Sobran los ejemplos históricos en que dicho olvido se produce más pronto de lo que razonablemente cabría esperar. Sirva para ilustrar esto el momento en que el general De Gaulle decidió que Francia tendría que aceptar la independencia de Argelia; se cuenta que uno de sus asesores protestó exclamando: “Se ha derramado demasiada sangre”. De Gaulle respondió: “Nada se seca tan pronto como la sangre”.

Con lo anterior no estoy prescribiendo una amnesia moral. Estar desprovisto de memoria es estar desprovisto de un mundo. Tampoco se discute la decisión de los colectivos de recordar a sus muertos o exigir el reconocimiento a los sufrimientos causados, sobre todo por los estados nacionales. Hacerlo sería recomendar una suerte de mutilación moral y psicológica de proporciones trágicas. Por otra parte, el exceso de olvido no es con mucho el único riesgo. También lo es el exceso de recuerdo, y a comienzos del siglo XXI, cuando en todo el mundo la gente está, en palabras del difunto Tzvetan Todorov, “obsesionada con un culto nuevo, el de la memoria”, lo último parece haberse convertido en un riesgo mucho mayor que la primero.

Para presentar el dilema de forma más cruda: la conmemoración puede ser aliada de la justicia, pero no es una amiga fiable de la paz, y el olvido sí puede serlo. Un ejemplo de ello es el llamado pacto del olvido en España entre la derecha y la izquierda que, si bien nunca se formalizó, resultó esencial para el acuerdo político que restauró la democracia tras la dictadura de Franco. La transición democrática aterrizó sobre las alas de la reescritura y del olvido. La mayoría de avenidas y paseos —aunque por supuesto no todos los miles de calles— que tras la victoria fascista de 1939 ostentaban el nombre de Franco y otros subordinados suyos fueron rebautizados. En lugar de sustituirlos con los nombres de héroes y mártires republicanos, se eligieron denominaciones que se remontaban más atrás.

El pacto del olvido pretendía apaciguar a los leales a Franco en una época en que la disposición de la derecha a consentir siquiera la transición no estaba garantizada. Desde un principio el pacto tuvo numerosos detractores, no sólo de la izquierda. Incluso una parte importante de los que no se opusieron de entrada pensaban que no tendría éxito a menos que fuera acompañado de una comisión de la verdad parecida a la sudafricana o a la argentina. Pero finalmente le tocó a un magistrado intentar iniciar por medio de procesos judiciales lo que los políticos se habían negado categóricamente a plantearse. En 2008, el juez Baltasar Garzón emprendió la investigación de la muerte de las 114.000 personas que se estima fueron asesinadas por el bando fascista durante la guerra y en las décadas posteriores. Se ordenó la exhumación de 19 fosas comunes.

Casi sobra recordar a los lectores españoles la controversia desatada por los empeños de Garzón, y no sólo porque muchos aún estaban convencidos de que el pacto del olvido había sido eficaz, sino también porque la Ley de Amnistía de 1977 mantenía que los asesinatos y atrocidades cometidos por cualquiera de los dos bandos, con “intención política”, estaban protegidos de la acción judicial. Garzón argumentó que “toda ley de amnistía que busca encubrir un crimen de lesa humanidad es inválida ante la ley”. Sus partidarios, los más apasionados de los cuales pertenecían a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, estaban de acuerdo. Y, aunque a la postre el Tribunal Supremo no sólo desautorizó a Garzón, sino que se empeñó en suspenderlo de la judicatura (en 2014 fue uno de los principales abogados defensores que representó al fundador de Wikileaks, Julian Assange), sus partidarios siempre han estado convencidos de que sus acciones representan la única respuesta ética lícita. Lo anterior quedaba compendiado en la pregunta retórica que se publica de forma intermitente en la parte superior de la web de esa asociación: “¿Por qué los padres de la Constitución dejaron a mi abuelo en una cuneta?”.

Los defensores de los derechos humanos, entre ellos algunos miembros de la judicatura, como Garzón, en general han presentado la ley y la moral como inseparables, al menos en los casos en que el asunto examinado compete con toda claridad al ámbito jurisdiccional de un tribunal. Y puesto que la mayoría de ellos supone que la justicia es el requisito esencial de una paz duradera, tienden a restar importancia al riesgo de que sus acciones tengan consecuencias políticas y sociales negativas. Cuando estas consecuencias se han hecho efectivas, su postura ha solido ser declarar que la responsabilidad de solucionarlas es de los políticos, no suya.

No sería honrado limitarse a señalar las ocasiones en que el recuerdo todavía no es útil (para la paz o la reconciliación), o en que ha dejado de ser provechoso, sin reconocer también los abundantes casos en los que el olvido también tiene fecha de caducidad, a veces muy cercana. Otro tanto reiteró la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica en su campaña de apoyo a lo que intentaba lograr Garzón. Desde un punto de vista analítico, además, el grupo tenía razón cuando sostenía que “la Ley de Amnistía fue clave para avanzar hacia la democracia tras una dictadura atroz y gozó durante años de un gran apoyo social. Pero a finales de esta década [la primera del siglo XXI], las víctimas empujaban a un Gobierno de izquierdas para que los crímenes de lesa humanidad [cometidos en la Guerra Civil y bajo la dictadura de Franco] no siguieran gozando de impunidad”.

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica probablemente estaba en lo cierto cuando sostenía que la España del siglo XXI ya no necesita el pacto del olvido; una situación semejante a la de Francia cuando, tras la emisión televisiva de Le Chagrin et la pitié, pronto quedó claro que el país había cambiado lo suficiente para que la verdad sobre lo ocurrido durante la Ocupación no causara un daño tan grave a la ecología moral o histórica del país.

Incluso en el supuesto de que lo dicho sea ahora el caso en España, es demostrablemente falso en otros lugares. En los Balcanes, en Israel-Palestina (y gran parte del resto del Medio Oriente), hasta hace poco en Irlanda del Norte, no es tanto una cuestión de “olvidar ahora” como de darse cuenta de que en algún momento del futuro, independientemente de si el momento llega más o menos pronto o se aplaza mucho tiempo, sería mejor abandonar las victorias, las derrotas, las heridas y los rencores que se conmemoran.

Ese listado incluiría a Sri Lanka, Colombia y Ucrania. También a EE UU y el recuerdo de los ataques del 11 de septiembre de 2001. Pese a que los estadounidenses aún no están preparados para afrontar aquello, la llamada guerra mundial contra el terror terminará algún día, al igual que la II Guerra Mundial, y tarde o temprano el 11-S no tendrá más resonancia que el ataque japonés contra la flota estadounidense en Pearl Harbor en 1941.

El crítico social estadounidense Leon Wieseltier advirtió en una ocasión que la política nacionalista fundada en la memoria colectiva puede “destruir la actitud empírica necesaria para el responsable ejercicio del poder”. Los acontecimientos en Oriente Próximo —campo de pruebas del uso irresponsable del poder— parecen confirmar esa afirmación todos los días. Para citar un solo ejemplo, cuando las fuerzas israelíes rodearon Beirut en 1982, el primer ministro israelí, Menahem Begin, anunció que tenían a los “nazis rodeados en su búnker”, aunque los que estaban atrapados en la capital libanesa eran Yasser Arafat y los combatientes de Fatah. Se trata de un ejemplo paradigmático de lo que ocurre cuando la memoria colectiva nacida del trauma encuentra una expresión política y sobre todo militar.

Israel es un ejemplo del desastroso modo en que la memoria colectiva puede deformar una sociedad. El movimiento de los colonos recurre rutinariamente a una versión de la historia bíblica cuya distorsión de lo ocurrido en realidad es flagrante. En la entrada del asentamiento de Givat Assaf, en Cisjordania, hay un letrero en le que se lee: “Hemos vuelto a casa”. Benny Gal, uno de los dirigentes de los colonos, en una entrevista reciente reiteraba que “en este lugar exacto, hace 3.800 años, la tierra de Israel fue prometida al pueblo hebreo”. ¡Tres mil años de historia! ¿Cómo puede rivalizar con ello la actitud empírica necesaria para el ejercicio responsable del poder? Y las fantasías en el lado árabe del conflicto son tan históricamente absurdas como para que los yihadistas se refieran a los cruzados y comparen Israel con el reino de Jerusalén del siglo XII.

Pero nada de lo anterior debería sorprendernos. Si la historia algo nos enseña es que, ni en la política ni en la guerra, los seres humanos están dispuestos a la ambivalencia; responden a la lealtad y a la certeza. Y como sostenía el historiador francés del siglo XIX Ernest Renan, en la medida en que puedan ser fortalecidos por la memoria colectiva, no importa si los recuerdos son históricamente fieles.

El gran historiador y filósofo judío Yosef Yerushalmi pensaba que el problema fundamental de la edad moderna es que sin alguna forma de autoridad dominante, o ley moral, la gente ya no sabe lo que necesita ser recordado y lo que sería posible olvidar sin percances. Pero si los temores de Yerushalmi están justificados y toda continuidad real entre el pasado, el presente y el futuro ha sido sustituida por memorias colectivas del pasado que no son más reales que las tradiciones inventadas, entonces sin duda ha llegado el momento de escudriñar nuestras heredados devociones sobre la rememoración y el olvido.

Un buen precedente podría ser el edicto de Nantes, proclamado por Enrique IV en 1598 con el propósito de poner fin a las guerras de religión en Francia. El monarca se limitó a prohibirle a sus súbditos, tanto católicos como protestantes, que revivieran sus recuerdos. “Que la memoria de todos los acontecimientos ocurridos entre unos y otros, tras el comienzo del mes de marzo de 1585 —decretaba el edicto— y durante los convulsos precedentes de los mismos, queden disipados y asumidos como cosa no sucedida”. ¿Habría podido funcionar? ¿Habría logrado atemperar semejante resentimiento la orden real? Como Enrique fue asesinado en 1610 por un católico fanático opuesto al edicto, revocado al poco tiempo, nunca lo sabremos. Sin embargo, ¿no sería concebible que si nuestras sociedades dedicaran al olvido una parte mínima de la energía que ahora dedican a recordar, la paz en algunos de los peores lugares del mundo podría estar más cerca?

Presencié la guerra de Bosnia entre 1992 y 1995, que fue sobre todo una masacre avivada por la memoria colectiva o, más concretamente, por la incapacidad para olvidar. Allí siempre llevaba conmigo dos poemas de la poeta polaca Wislawa Szymborska. En ellos —‘Fin y principio’ y ‘La realidad exige’— la más antidogmática y humanitaria de los poetas, una mujer que dijo que su frase predilecta es “no sé”, entendía el imperativo moral del olvido. Nacida en 1923, vivió el desesperado sufrimiento de Polonia bajo los nazis y los rusos. Y, sin embargo, escribe:

La realidad exige

que también se diga:

la vida sigue.

Sigue en Cannas y en Borodino

y en Kosovo Polje y en Guernica.

Szymborska expresa el imperativo ético del olvido, si la vida ha de continuar, como corresponde. Y tiene razón. Porque todo debe llegar a su fin, incluso el duelo. Si no la sangre nunca se seca, el fin de un gran amor se convierte en el fin del amor mismo y, como solían decir en Irlanda, mucho después de que la disputa haya dejado de tener sentido, perdura el recuerdo del rencor.