Presentació

La repetició electoral prevista pel 26 de juny, provocada per l’avortament de la legislatura nascuda de les eleccions del 20D, està suscitant tota mena de comentaris sobre les causes d’aquest fracàs polític. Sens dubte han estat determinants les decisions dels actors polítics, més guiades pels seus interessos a curt termini que en consideracions sobre l’interès general. Però, al mateix temps, s’han de  tenir en compte els factors culturals i institucionals que han impedit que funcionessin els incentius per fer possibles els acords per la governabilitat.

En aquesta línia, destaca la interpretació de Víctor Lapuente que posa l’èmfasi en el factor cultural, concretament a una cultura política divisiva, heretada de la confrontació entorn de la religió, que dificulta enormement el pacte polític transversal.Diferent, és l’accent de José Ignacio Torreblanca quan atribueix a defectes del disseny institucional la manca d’incentius per assolir els pactes. Concretament, la institució de la moció de censura constructiva (art.113 CE) actuaria com un fre als pactes,  en blindar fortament un govern en minoria. Els dilemes del PSOE, compartits en bona part amb la socuialdemocràcia europea, són analitzats per Jorge Galindo, tot destacant l’estret marge de maniobra per impulsar un projecte propi entre el pol liberal representat per Ciudadanos i el pol de l’esquerra proteccionista representat per Podemos i els seus aliats.
Resulta de gran interès el debat -no del tot explícit- a l’interior de Podemos sobre l’estratègia a seguir per la nova formació política. Íñigo Errejón planteja una orientació transversal i una estratègia a llarg termini per tal d’anar absorbint una soicialdemocràcia en decadència. Per últim, Fernando Vallespín proposa -més enllà de les etiquetes- un decàleg del que hauria de ser el mínim comú denominador d’una nova política que prioritzi la regeneració del sistema. 

Víctor LAPUENTE, “¿Por qué es tan difícil pactar en España?” a Piedras de Papel (25-04-16)

http://www.eldiario.es/piedrasdepapel/pecado-original_6_509259087.html

“Ya que nuestros políticos (viejos o nuevos) se comportan como Caín y Abel, se me pasó por la cabeza que nuestros antepasados quizás habían cometido un pecado original. Por el cual fueron expulsados del paraíso y sus descendientes condenados a pelearse fratricidamente. Mientras, en otros países, la política es mucho más consensual. En manos de Abel y Abel. Y lo cierto es que, tras investigar un poco, sí he encontrado un relativo pecado original cometido por nuestros predecesores. Un pecado que explica parte (lo subrayo para remarcar que no lo explica todo) de nuestra forma tan ibérica de entender la política como confrontación, como un juego de suma cero y no de suma positiva. Hay otros factores, como  este que intenté desarrollar la semana pasada. Pero aquí me voy a centrar en el peso de la historia; un legado que no determina nuestro futuro, pero que nos influye y que, por ello, debemos tener en cuenta.

Irónicamente, nuestro pecado original tiene que ver con que nos rebelamos contra Dios. O, para ser más precisos, contra la Iglesia Católica. En el siglo XIX los españoles, como otros países fuertemente católicos, iniciamos lo que Stathis Kalyvas llama “ el ataque liberal contra la iglesia”. El objetivo de los liberales era arrebatar el control que la Iglesia ejercía sobre la educación, la familia y diversos asuntos sociales y dárselo al Estado. La respuesta fue la movilización de los más religiosos en partidos conservadores. Así, el anticlericalismo se convirtió en un pegamento fácil para unir a movimientos de izquierdas que, desde el anarquismo a las izquierdas republicanas, tenía más bien poco en común. Y, a su vez, el clericalismo sirvió para unir a las derechas más variopintas, de los carlistas del XIX a la CEDA.

Esta tensión Iglesia-Estado no se reprodujo en toda Europa. En algunos casos, hubo simbiosis entre el Estado y la Iglesia, como en los países nórdicos, donde las iglesias luteranas se convirtieron en brazos del Estado, que les delegó funciones educativas y sociales varias. Hasta hace cuatro días. Ahí, Iglesia y Estado no fueron competidores, sino cooperadores. Sin entrar en detalles, en Alemania, Holanda y otros países continentales, las tensiones Estado-Iglesia también fueron menores. En ellos tampoco cristalizó una fuerte división cultural entre partidarios y detractores de la Iglesia.

La consecuencia es que, en estos países, la división económica entre izquierdas y derechas que se desarrolló en todo el mundo a lo largo del siglo XX fue, y es, culturalmente libre”. No estaba, ni está, determinada por si eres religioso o no. Tenían, y tienen, partidos de izquierdas religiosos y partidos de derechas ateos. Por el contrario, en España el surgimiento de la división económica con las luchas obreras encuentra ya unos moldes políticos muy estables sobre los que asentarse: la marcada división cultural entre anticlericales y partidarios de la Iglesia. Para llegar a las masas, a los líderes obreros (o a sus némesis en la derecha) les bastaba utilizar el potente silbato que las generaciones anteriores habían creado: el anticlericalismo (o su opuesto). Rápidamente, en España ser de izquierdas se convirtió en sinónimo de anticlerical y ser de derechas de religioso.

¿Qué importancia tiene esa historia para el presente? Mucha. Y, para ello, empecemos mirando el gráfico 1, sacado de este trabajo de Jan Rovny y Jonathan Polk. Muestra la localización de los partidos franceses y suecos en las dos dimensiones políticas básicas: la económica (de izquierda a derecha) y la cultural (de ser socioculturalmente conservador y nacionalista a ser socioculturalmente liberal y cosmopolita).

Gráfico 1.

1 Fuente: Polk y Rovny. 2013.

Francia es un país con una fuerte historia de lucha anticlerical. Es decir, que también cometieron el pecado original de rebelarse contra la Iglesia en el siglo XIX. El resultado es que, a día de hoy, existe todavía una fuerte correlación entre ser de izquierdas en la economía (como los Verdes, el Partido Socialista o el Comunista) y ser liberal en cuestiones socioculturales (abierto frente a la inmigración, respeto a las minorías, partidario de los derechos civiles y la igualdad de género, etc.). Y, si eres económicamente de derechas en Francia, como los gaullistas (UMP) o el Frente Nacional, eres conservador también en lo sociocultural. El contraste con Suecia, que es el ejemplo paradigmático de cooperación entre Estado e Iglesia, es llamativo. Pues ahí encontramos partidos de derechas en lo económico (como el FP-partido liberal) que son liberales en lo sociocultural, y partidos económicamente de izquierdas (como los socialdemócratas del SAP) que son menos liberales en lo sociocultural. Algo similar ocurre en Holanda, Dinamarca, Finlandia y demás países situados a la derecha en el gráfico 2.

Este gráfico nos enseña el nivel de correlación entre la dimensión económica y cultural en la política de un país. Cuanto más bajo, quiere decir que el país es políticamente más complejo: ser de izquierdas económicamente no quiere decir ser cosmopolita y progresista en todo tipo de cuestiones socioculturales como los derechos civiles; y, a su vez, ser de derechas no quiere decir ser nacionalista y conservador culturalmente. Cuanto más alta la correlación, más unidimensional es la política en un país.

Gráfico 2.

2

Fuente: Polk y Rovny 2013.

Y ¿qué país es el más unidimensional de los estudiados? Sí, España. Jonathan Polk ha tenido la amabilidad de pasarme los siguientes gráficos (3 y 4) con los datos para partidos en España para el año 2010 y 2015. Dos notas importantes: el gráfico 4 tiene el eje vertical invertido (o sea que, sustantivamente, sigue el mismo patrón que el 3); además, los valores en el gráfico 4 no están ponderados por los votos de cada partido, con lo que, sin entrar en detalles técnicos, podemos decir que es menos “ajustado” a la realidad que el gráfico para 2010.

Gráfico 3.

3

Fuente: Jonathan Polk

En todo caso, ambos gráficos apuntan a que, políticamente, los españoles somos muy unidimensionales. El gráfico de 2010 es un caso de manual de “super-dimensión” política. Los partidos se alinean de manera asombrosa alrededor de la línea, de nuestra “super-dimensión”. Los partidos de izquierda económicamente también son socialmente liberales (IU, BNG, PSOE). Y a la inversa para los de derechas (CIU, PP). El gráfico más reciente (4) apenas altera esa imagen, a pesar de que los partidos no están en este caso tan literalmente sobre la línea. Si ajustamos por los votos de los partidos, el resultado no distaría mucho del mostrado en el gráfico 3.

Gráfico 4.

4

Fuente: Jonathan Polk

Además, hay que introducir otro matiz a este gráfico 4. De forma parecida a como ha ocurrido en otros países que han experimentado la irrupción de nuevos partidos, este gráfico puede ser más temporal y, al cabo de unos años, los nuevos partidos pueden seguir la estela de los viejos. La razón es que la dimensión de fondo de la política de un país, esa línea que une a los partidos españoles de forma tan nítida, ejerce un brutal poder de atracción. Por algo lleva dos siglos succionando a todos los movimientos políticos

¿Es necesariamente negativo que nuestra política se explique por una sola “super-dimensión” en lugar de las dos dimensiones de otros países europeos? No lo creo. Pero podría estar detrás de dos cuestiones que forman parte de nuestros debates políticos más domésticos. Primero, esto podría explicar las dificultades para llegar a acuerdos y coaliciones entre partidos de izquierdas y derechas. Una gran coalición parece, por ejemplo, mucho más difícil en España que en Alemania o Suecia, donde vemos que los socialdemócratas (SAP) y los conservadores (M) comparten unos idénticos valores culturales, a pesar de sus diferencias en la economía. Por el contrario, en España PSOE y PP parece que habitan mundos económica y socioculturalmente opuestos.

En segundo lugar, también creo que está detrás de las relaciones extrañamente tan conflictivas entre partidos tan ideológicamente cercanos. PSOE e IU, y ahora PSOE y Podemos, están demasiado cerca en todo: son de izquierdas económicamente y también socialmente liberales, con lo que, en lugar de ocupar un nicho distintivo (como el MP-Verdes y el SAP-socialdemócratas suecos del gráfico 2), compiten por un mismo perfil de votante. Son más parecidos y, por tanto, son más cainitas. Uno se puede comer al otro”.

 

 

José Ignacio TORREBLANCA, “Chatarra constitucional” a El País (27-04-16)

http://elpais.com/elpais/2016/04/26/opinion/1461672295_684265.html

“Los expertos hablan de basura espacial para referirse a la chatarra que amenaza la integridad de los satélites. Algo parecido pasa en política, donde también existe la basura institucional, normas diseñadas para cumplir una función que se convierten en chatarra inservible y peligrosa.

Es el caso de la moción de censura constructiva, regulada en el artículo 113 de la Constitución. Para derribar a un Gobierno, la norma exige una mayoría absoluta (176 votos) y un candidato alternativo (y solo se puede usar una vez en la legislatura). Nada que objetar a primera vista. Sin embargo, si lo piensan, en democracia cualquier decisión debería poder ser revocada por una mayoría igual o superior a la que adoptó dicha decisión. ¿Por qué se necesitan 176 votos para derribar a un Gobierno investido con 130? ¿No debiera bastar con 131?

El objetivo del 113, copiado de la Ley Fundamental de Bonn, era blindar al Gobierno frente a la experiencia de Parlamentos caprichosos que caracterizó a la República de Weimar. Y lo logró, pues dicha moción solo fue usada con éxito una vez, en 1982, cuando Helmut Kohl depuso a Helmut Schmidt tras lograr que los liberales cambiaran de bando (y ni siquiera la usó plenamente, porque a continuación convocó elecciones para validar su mayoría).

Pero las normas tienen en ocasiones consecuencias no intencionadas y una norma diseñada para dar estabilidad al Gobierno puede lograr que no haya Gobierno. Mientras que en los sistemas parlamentarios puros como el británico basta que el Gobierno pierda una votación para derribarlo, en España un Gobierno con mayoría simple podría perder cuantas votaciones quisiera sin verse obligado a convocar elecciones. Un Gobierno con mayoría simple se convierte al día siguiente de la investidura en un Gobierno blindado, pues ni siquiera una mayoría absoluta contraria podría derribarlo si no presenta un candidato alternativo. Eso disuade a posibles abstencionistas (PP, Podemos o nacionalistas) de apoyar la investidura de un Gobierno PSOE-Ciudadanos porque saben que más adelante no podrían derribarlo ni siquiera con los 219 votos que lograron aunar para rechazar su investidura. El resultado perverso del artículo 113 es adelantar la inestabilidad e impedir la formación de Gobierno. Por eso vamos a elecciones”.

 

Jorge GALINDO, “No es tarde para el PSOE” a El País (29-04-16)

http://elpais.com/elpais/2016/04/26/opinion/1461690746_611688.html

“La crisis ha traído a la socialdemocracia a un cruce de caminos en el que se juega su futuro. Las viejas respuestas aparecen agotadas, y la gran pregunta se abre ante sus líderes: ¿es hora de volver a conectar con sus raíces de izquierda, o mejor consolidar el viaje hacia el centro? Mientras deciden, la base se deshace. En la última década, los partidos socialdemócratas europeos han perdido uno de cada cuatro votos. En el mismo periodo, el PSOE se ha dejado la mitad, pasando de un 44% en 2008 al actual 22%. Parece evidente que el centro-izquierda se ha perdido, y necesita encontrar un nuevo camino.

Es una búsqueda hecha de varias disyuntivas. La primera es evidente: ¿debe el país abrirse al mundo o, por contra, es más conveniente protegerse de las influencias ajenas, quedarse en casa? Este dilema tiene dos vertientes: una más económica (abrir o cerrar mercados, sectores comerciales, proteger o dejar volar libres las propias industrias) y otra social y cultural, con los flujos migratorios como máxima expresión. El tercer eje es el del papel del Estado frente a las desigualdades: cuánto recaudar, cuánto gastar y, sobre todo, en quién gastar.

Hasta hace unos años, la familia socialdemócrata podía mantener una posición más o menos común frente a estas tres cuestiones: apertura cauta de mercados y fronteras, acompañada de redistribución favorable a los asalariados, tratados como un conjunto más o menos homogéneo. Pero el equilibrio se ha roto. La apertura de mercados y fronteras tiene efectos opuestos entre los trabajadores: beneficia a quienes están preparados para competir y tienen preferencias personales por el multiculturalismo; perjudica a aquellos que no disponen de los recursos para lidiar con la globalización. Como consecuencia, las prioridades redistributivas también son diferentes.

En España, la integración económica consistió en una burbuja de crédito descomunal que trasladamos a un modelo de crecimiento basado en el consumo interno, consolidando la segmentación entre trabajadores cualificados y no cualificados, estables y precarios, que no fue visible hasta que no se cerró el grifo de las finanzas. El frenazo cogió al PSOE a contrapié, sin acceso a mecanismos de redistribución para amortiguar el golpe de los (ahora) perdedores de la burbuja. Y, por tanto, sin respuestas.

Otros partidos europeos sí han movido ficha. El Partido Democrático (PD) italiano, por ejemplo, se ha decidido por la opción centrista, liberal: sí a la apertura económica y social, no al proteccionismo, y cambio en el modelo redistributivo hacia la igualdad de oportunidades. Es una opción que busca su base en un nuevo acuerdo entre ganadores potenciales de la globalización, sean trabajadores cualificados, profesionales liberales o empresarios. La alternativa de contraste la encontramos en el Reino Unido, donde el nuevo liderazgo laborista apuesta por un giro a la izquierda basado en un proteccionismo económico que no se desprende del aperturismo social, y un modelo redistributivo basado en quitar a los ganadores para darle a los perdedores para igualar en resultados.

Por desgracia para el PSOE, estos dos caminos le están vedados en nuestro país: Ciudadanos está construyendo la coalición liberal, mientras que Podemos hace lo propio con el proteccionismo de izquierdas. La situación era bien distinta para Matteo Renzi, quien vio cómo el centro quedaba libre ante la debacle de Berlusconi y su Forza Italia. Mientras, el Movimento 5 Estrellas se presenta como la postura opuesta al PD, haciendo las veces de nueva oposición. Jeremy Corbyn, por su lado, tenía la opción de recorrer terreno hacia la izquierda del laborismo. Decisiones que pueden ser cuestionadas electoralmente, pero que desde luego suponen respuestas ideológicas claras al contexto actual.

Para Pedro Sánchez, por contra, el espacio no hace sino achicarse. Más todavía en el contexto actual de negociación e incertidumbre. En cierto modo, lo que está intentando hacer el PSOE es poner de acuerdo a sus propios herederos, que no solo están profundamente enfrentados entre ellos en los ejes fundamentales de redistribución y apertura de mercados, sino que además no tienen muchos incentivos para llegar a un acuerdo porque esperan poder seguir robando apoyos al viejo socialismo. A ello se añade las divisiones particulares de nuestro país: la línea roja nacionalista por el lado de Podemos, y la imposibilidad de llegar a un acuerdo con un PP (como sí hizo el PD de Renzi con el Nuevo Centroderecha escindido de la formación de Berlusconi) manchado por la corrupción y demasiado escorado al conservadurismo clásico: redistribución escasa y centrada en las clases medias, mercados solo moderadamente abiertos, cerrazón social y cultural.

No es ésta una situación pasajera, que se resolverá con un pacto o con la convocatoria de nuevas elecciones. La fragmentación parlamentaria refleja una división real de posiciones entre los votantes. Mientras el PSOE dudaba hacia dónde dirigirse una parte de su base se desperdigó en dos direcciones distintas. Ahora, ¿qué espacio le queda? De momento, el de aquellos que en el pasado salieron ganando con sus políticas, y ahora tienen demasiado que perder como para moverse hacia un equilibrio distinto. Pero si en el futuro las tensiones actuales se hacen más profundas incluso éstos se verán forzados a tomar posiciones distintas en las cuestiones emergentes. No parece, por tanto, una apuesta muy rentable si la intención es liderar las fuerzas de progreso.

Sin embargo, el nuevo equilibrio político está lejos de cerrarse, como atestigua el vaivén de encuestas y debates internos en los partidos. Más fundamentalmente, los retos de apertura y redistribución están todavía definiéndose: no tienen una forma clara, y como siempre sucede en una democracia, los debates dependen tanto de las demandas de los representados como de la iniciativa y la capacidad de innovación de los representantes.

Es dueño del futuro quien maneja los matices. Quien es capaz de comprender la complejidad y de construir coaliciones sobre ella. La socialdemocracia española, como la europea, nació y creció gracias a una tenaz búsqueda del equilibrio. Si en el pasado la respuesta no fue absoluta, ¿por qué iba a serlo hoy? Tal vez la clave resida en no ser completamente Renzi ni Corbyn, sino en ser ambos en cierta medida: virar hacia el centro en unas cosas, y poner rumbo a la izquierda en otras. Así, queda al menos una posición alternativa por explorar dentro de la esfera progresista: la de una plataforma que proponga abrir el país social y económicamente, y al mismo tiempo construir un sistema redistributivo más robusto y generoso, dedicado a quienes han estado perdiendo y pueden perder desde ahora. Una posición mixta pero evolutiva. Quizás sea demasiado tarde para conseguirlo, pero es igualmente cierto que el PSOE jamás lo averiguará si ni tan siquiera lo intenta”.

 

 

 

Íñigo ERREJÓN, “Podemos a mitad de camino” a CTXT (23-04-16)

http://ctxt.es/es/20160420/Firmas/5562/Podemos-transformacion-identidad-poder-cambio-Tribunas-y-Debates.htm

1. El discurso no es ropaje sino terreno de combate

Hace algunas semanas me encontraba en un supermercado y se acercaron a hablar conmigo, por separado, dos trabajadores del mismo. La primera, dándome ánimos, me pidió, “para cuando estuviéramos arriba”, que no nos olvidásemos de los derechos de los animales, sobre cuya legislación tenía un profundo conocimiento. Poco después el carnicero también me daba ánimos y me decía que teníamos que cuidar más de Chueca, donde no vivía pero hacía mucha vida. En los dos casos se expresaba un apoyo difuso, general, a Podemos, aunque me sorprendió que ninguno hiciera referencia a sus condiciones de trabajo y que expresaran sus demandas en términos no reducibles a una cuestión o pertenencia común. No había ni siquiera un terreno ideológico común que agrupase sus simpatías: éstas se encontraban sobre referentes muy generales, tan amplios como dispersos. Leerlos y nombrarlos no es tarea fácil, sino un momento clave de la lucha política. En general, cuanto más amplio y fragmentado es el conjunto a articular, más genéricos y laxos son los referentes que permiten unificar toda una serie de reclamaciones. En este caso, creo que la simpatía tenía que ver fundamentalmente con una percepción difusa de representar lo nuevo, lo ajeno a las élites tradicionales y una promesa general de renovación del país.

No se trata en absoluto de negar que existan intereses concretos, necesidades materiales asociadas a la forma en la que vivimos y nos ganamos la vida. Sino de reconocer que estas nunca tienen reflejo directo y “natural” en política, sino a través de identificaciones que ofrecen un soporte simbólico, afectivo y mítico sobre el que se articulan posiciones y demandas muy distintas.

En la anécdota que usaba para ilustrarlo, la simpatía y posible voto compartido a Podemos no tenían tanto que ver con una concepción utilitaria ni una traslación mecánica de sus condiciones de trabajo a su posición política, sino con un “plus de sentido”, un excedente simbólico que ponía en común sus reclamos desatendidos y su voluntad general de “un cambio”, identificado con el reequilibrio del contrato social en favor de la ciudadanía y no de la pequeña minoría privilegiada. El éxito parcial de Podemos no se debe sólo a saber escuchar lo que “la calle” dice y trasladarlo a las instituciones. En primer lugar porque “la calle” no dice una sola cosa, sino muchas y a menudo contradictorias. En segundo lugar porque la política siempre ha sido una actividad de construir orden y sentido en medio de voluntades entrecruzadas, contradicciones y posiciones cambiantes. Y en los momentos de crisis, que nunca son de clarificación de bandos sino de fragmentación y colapso de las identificaciones tradicionales, se hace más importante aún la política como construcción colectiva de un relato que agrupe los dolores, postule una visión diferente de la situación y proponga un horizonte y aspiración que condense todo un cúmulo general de reclamaciones frustradas y no canalizadas por las instituciones. Una visión que también produzca lazos afectivos y de solidaridad y pertenencia, así como una meta colectiva e iconos y liderazgos que catalicen una nueva identidad.

Por decirlo de forma provocativa, María Dolores de Cospedal no mentía cuando afirmaba, no sin cierto cinismo, que “el Partido Popular es el partido de los trabajadores”. Más allá de las preferencias subjetivas, el PP fue capaz durante largos años de construir una mayoría electoral, y es más: una identidad, de la que, por fuerza, participan amplios sectores asalariados. Esto supuso una construcción cultural y material compleja en la que se mezclan muchos factores –la decadencia del sector industrial y sus empleos y formas de participación asociados, la sustitución de expectativas de ascenso social tradicionales por las asociadas a la burbuja inmobiliaria y sus rentas, un nuevo relato sobre España, etc.– pero que en ningún caso se trata de una “farsa”, sino de una construcción hegemónica, productora de un nuevo orden. Por eso la política transformadora nunca es la revelación de “una verdad” que ya existe, ni ser altavoz de lo que un pueblo ya construido sabe de antemano, una esencia a la espera de ser proclamada. Este enfoque sólo puede conducir a la resignación, la melancolía o la actitud del profeta molesto. Por el contrario, se trata de, a partir de lo existente, construir identidades diferentes que lo sobrepasen y empujen lo posible.

Hemos expuesto otras veces esta tesis que está en el origen y la capacidad transformadora de Podemos: la de que la política es construcción de sentido y que por tanto el discurso no es un ropaje” de las posiciones políticas ya determinadas en otro lugar (la economía, la geografía, la historia) sino el terreno de combate fundamental para construir posiciones y cambiar los equilibrios de fuerzas en una sociedad.

El segundo pilar de esta tesis es que la política radical, que aspira a generar otra hegemonía y otro bloque de poder, no es aquella que se ubica contra los consensos de su época, en un margen melancólico de impugnación plena, sino aquella que se hace cargo de la cultura de su tiempo y sitúa un pie en las concepciones y verdades” de su época y el otro en su posible recorrido alternativo.

La actividad contrahegemónica no refuta sino que parte de la cultura de su momento y busca rearticular elementos ya presentes en ella para generar un sentido común nuevo, una nueva voluntad popular conformada a partir de “materiales” que ya estaban ahí, en ese terreno de disputa flexible e inacabable que es el sentido común de época. En este sentido, y pese al mito jacobino de la “revolución” como sinónimo de la tábula rasa, todos los grandes procesos de cambio político heredan mucho de lo existente anteriormente y triunfan cuando incluyen en forma subordinada a sus adversarios anteriormente dominantes.

El proceso abierto por el 15M de 2011 es contrahegemónico, por ejemplo, en la medida en que no denuncia “la mentira” del régimen de 1978 –nada en política es “mentira” si construye en torno a sí el equilibrio, las creencias y el acuerdo como para generar estabilidad durante décadas– sino que lo asume y parte de sus promesas incumplidas, cuestionándolo en sus propios términos. La narrativa que entonces comienza a gestarse, que después Podemos condensará en la línea “los de arriba han roto el pacto”, es así la posibilidad de una identificación popular, democrática y republicana –utilizo el concepto en términos teóricos: no relativo a la forma de estado sino a la defensa de la institucionalidad y sus contrapesos– masiva, potencialmente mayoritaria. Este discurso, este sentido que se despliega, se ha demostrado, precisamente por su lectura política y atención a la hegemonía, de mucho mayor recorrido transformador que los principios moralizantes y estéticamente satisfechos de la izquierda tradicional. Los poderes dominantes también lo han entendido así, procediendo a hostigarnos para encerrarnos en etiquetas estrechas.

2. Aclaraciones sobre la hipótesis Podemos”

La paradoja de estos dos años es que esta concepción constructivista de la política y su importancia al lenguaje, las metáforas y la práctica de la contrahegemonía, ha sido tan exitosa en términos prácticos como poco comprendida en términos teóricos. El éxito de la “hipótesis Podemos” no sólo se refleja en sus resultados electorales, sino en que ha cambiado ya gran parte de la disputa política en España, revitalizando la esfera pública, renovando el lenguaje y otorgando una importancia central a la batalla por el relato.

Sin embargo, en el plano del análisis, esta tesis ha tenido dos grandes grupos de objeciones. En primer lugar, se ha entendido esta política hegemónica de forma extremadamente superficial, como una suerte de ambigüedad y prudencia para no posicionarse sobre cuestiones difíciles esperando así cosechar votos de caladeros” muy diferentes y distantes. En segundo lugar, se ha acusado a esta visión de elitista, como si la construcción de un pueblo fuese un proceso de ingeniería retórica enunciada de arriba a abajo. Me ocupo a continuación brevemente de ambas.

El primer grupo de objeciones confunde la política populista con la práctica desideologizada de los partidos que en ciencia política se llaman catch all o “atrápalotodo”. Una evolución de la mayoría de los partidos en las democracias liberales por la cual intentan obtener votos de casi todos los sectores de la población evitando los temas más divisivos o polarizadores. Extrañamente o no, este prejuicio lo comparten los intelectuales conservadores y liberales –que ven en el populismo una aberración plebeya, amorfa y amenazante para la democracia– y algunos opinadores de izquierdas, inquietos ante discursos en los que no encuentran las palabras clave y que les parecen meros “trucos electorales”. Olvidan los primeros que las grandes transformaciones democratizantes y antielitistas, que están en la base de nuestros Estados de derecho, pasan siempre por la postulación de un nuevo demos, como recuerda incluso uno de los principales teóricos de la democracia liberal, Robert A. Dahl. Olvidan los segundos que cada vez que los sectores más desfavorecidos de la sociedad se han hecho mayoría política no ha sido reivindicando ser una parte –la izquierda– sino construyendo un nuevo todo, el núcleo de un nuevo proyecto de país. A esto le llamamos hoy transversalidad y proyecto nacional-popular.

Su diferencia fundamental con el marketing electoral de los partidos “atrápalotodo” es que, en lugar de despolitizar, repolitiza; en vez de intentar disolver las pasiones, las reivindica; y en lugar de difuminar las fronteras “nosotros-ellos” consustanciales al pluralismo, las reconstruye en otra clave. Si el marketing disuelve las diferencias para hablarle a un todo indiferenciado y líquido, la política que aspira a construir un pueblo postula una diferencia fundamental, una frontera, que aísla a las élites y postula una nueva voluntad colectiva que pueda refundar el país a partir de las necesidades de los sectores desatendidos. Si el marketing apela a la decisión volátil del consumidor, la política popular interpela a la emoción de la pertenencia y a la pasión política de los momentos fundacionales. La primera es presente perpetuo y plano, la segunda implica cierta idea de trascendencia y por tanto de religión laica, cívica y democrática en el caso de los proyectos progresistas. Es ese tipo de emoción que se vive en los actos de Podemos y que no se imita.

Sin duda, a la incomprensión ha contribuido el término “significantes vacíos”, donde vacíos ha sido traducido –incluso en espacios militantes–  como “no decir nada que pueda espantar votos”. De nuevo la confusión de discurso con envoltorio. Es preciso librarse de ese error para comprender el papel de las palabras como aglutinantes en una batalla por el sentido que no tiene nada de ambigua pero que comienza, como hemos visto tantas veces, por quién es el que decide los términos de la disputa, pone las etiquetas y construye el terreno de juego. En esa batalla, hay términos -amplios, peleados-  que pueden ser baluartes al servicio de la conservación de lo existente o convertirse en el punto nodal de una nueva representación y propuesta de país.

No se trata de disimulo, se trata de quién y cómo define el nosotros-ellos. La frontera abajo/arriba –en sus muchas formulaciones– es por otra parte mucho más radical, en tanto que es improcesable institucionalmente: no puede tener lugar en los parlamentos, y supone un motivo de queja agresiva permanente por algunos creadores de opinión: nadie nunca nos ha atacado por “intentar representar a la izquierda”, pero sí al pueblo o a la gente. Con ello desvelan qué reparto simbólico es cómodo para el orden y, por otra parte, cuál es la batalla discursiva en marcha: arrebatarle a los poderosos el derecho a hablar en nombre de España, construyendo un nuevo interés general al que no le sobre medio país.

La segunda de estas objeciones tiene que ver con la creencia de que este enfoque, de la primacía de lo discursivo, remite necesariamente a una operación de voluntarismo y elitismo extremo: unos pocos expertos que nombran y convocan al pueblo. Si fuera ésa la forma de construir pueblo, habrían bastado todas las enumeraciones de los dolores sociales y las llamadas a la unidad para que la privación o el malestar se convirtieran en sujeto político. Al menos desde el neoliberalismo sabemos, sin embargo, que ningún aumento de las insatisfacciones produce cambio político sin una cultura diferente, si no es inscrito, articulado y proyectado en un nuevo relato, que desarme y atraviese el que hasta ayer le confería naturalidad al orden tradicional.

Pero este nuevo relato, que no es un truco de magia, ni la obra de unos pocos, no tiene nada que ver con un programa electoral ni con un conjunto de lecturas o una decisión de una u otra organización política. Es una obra multitudinaria y desordenada, en la que se van acumulando capas, nociones que comienzan a ser compartidas, eslóganes que hacen fortuna, novelas, canciones, vídeos, programas, series, películas y libros; artículos, símbolos, momentos que quedan grabados y se convierten en memoria compartida y mitificada, liderazgos, iconos o ejemplos que se cargan de significado universal –de la misma manera que los desahucios en España fueron primero un drama privado, luego un problema en la agenda política y, por último, una gran victoria cultural.

Todo este arsenal cultural, que comienza agrupando los reclamos insatisfechos y continúa dibujando una escisión entre el país oficial y el país real, es lo que llamamos la construcción de una voluntad colectiva. No responde a un plan porque nunca funciona en línea recta, pero no es obra divina ni de las fuerzas de la historia: es el resultado de muchas intervenciones políticas, concretas y contingentes, unas más acertadas que otras, que van produciendo un sentido político nuevo, una identidad nueva. No es una obra de ingeniería sino un proceso cultural distribuido, magmático y constante, sobre el que de todas maneras se puede intervenir. No obstante, saber leer las posibilidades de despliegue de este sentido compartido, interpretar el terreno sobre el que se construye y ser capaz de ser útil poniendo en circulación expresiones, propuestas y horizontes, tareas y mitos, es lo que diferencia la virtud de unas prácticas políticas u otras. De últimas, la construcción política sólo se prueba, a posteriori, por sus resultados.

En todo caso, la construcción de un pueblo, de una fuerza que reclame con éxito la representación de un nuevo proyecto nacional –en nuestro caso, necesariamente plurinacional– no es nunca un cierre. El pueblo, como proyecto, nunca está completo ni excluye la multiplicidad de alineamientos que pueden producirse en torno a diferentes ejes de diferencia o conflicto. Se trata de una actividad permanente de producción y reproducción de sentido: el “we the people” fundacional y su gestión diaria en las instituciones que lo expresan y encierran.

3. Dos carriles, un camino. A por los que faltan 

Podemos nació con un objetivo explícito y declarado: construir una nueva mayoría popular que le devolviera la soberanía a los más que habían sido desatendidos, estafados o injustamente tratados por el secuestro oligárquico –y a menudo mafioso– de nuestras instituciones. Sabíamos que esa tarea constaba, en lo fundamental, de dos recorridos.

Un primer carril, acelerado y vertiginoso, nos exigía estar en forma para librar todas las batallas electorales de estos dos años decisivos. Este carril a menudo lo hemos representado como una –pacífica– carga de caballería, a todo o nada, sobre el poder político. Digamos que es un carril de gica plebiscitaria, que nos llevó a armar la ya famosa “máquina de guerra electoral”. Cualquier evaluación de los costes que tuvo el privilegio de este carril debe hacerse cargo también de manera necesaria del terreno ganado al adversario gracias a esta decisión: comenzando por haber impedido la restauración conservadora y la consolidación de las posiciones conquistadas.

Pese a todas las maniobras de desgaste, los insultos, la campaña del miedo, los errores propios y las zancadillas, una fuerza que desafía claramente a los poderosos obtuvo el 20D 5 millones y el 21% de los votos. Habrá quien pueda pensar que nos quedamos aún a mucha distancia de haber sido la primera fuerza, pero a continuación tendrá que asumir que hemos llegado mucho más lejos de lo que los pronósticos y las encuestas profetizaban; tendrá que admitir que hemos evitado el cierre de la ventana de oportunidad y que hemos contribuido de forma decisiva a un proceso de cambio político que está a mitad de camino pero que ya no parece fácilmente reversible y ha permeado todas las escalas geográficas e institucionales, la cultura política, los hábitos y el paisaje de nuestro país. Precisamente la profundidad de nuestro avance es la causa principal de este período de impasse en el que las fuerzas tradicionales, por primera vez en nuestro sistema de partidos, no se bastan para gobernar en condiciones de normalidad –ni siquiera con Ciudadanos como fuerza auxiliar del bipartidismo. Lo cual nos ha situado en un período de “empate catastrófico” entre las fuerzas del cambio y las de la renovación de lo existente.

El segundo carril, de lógica más cultural, refiere a la tarea más lenta de construcción de una red asociativa, de espacios de ocio y socialización y apoyo mutuo, a una mística compartida, a una comunidad política y un acervo cultural e intelectual que, más allá de los avatares electorales, funde una forma nueva de ser en común, un proyecto de patria. En otras ocasiones hemos hablado del paso de la máquina de guerra electoral al movimiento popular. Estamos en este caso en una lógica más distribuida y horizontal, de construcción de subjetividad e implantación territorial, de multiplicación de militantes, dirigentes, gestores e intelectuales de este proyecto, para conformar un bloque histórico con capacidad de vincular sectores muy diferentes en torno a objetivos compartidos y confiables, con reglas asumidas y procedimientos establecidos. Este carril, como se ve, también implica una arquitectura institucional: la que dificulte los pasos atrás, normalice los derechos conquistados y genere efectos de mayor justicia social y democratización sin requerir a la gente que sean héroes o heroínas –o militantes– todos los días, aspiración condenada históricamente al fracaso. Avanzar a la carrera cuando el viento venga de cola y preparar las condiciones para no ser flor de un día cuando venga de frente.

Sería, en todo caso, un error entender estos dos carriles como mutuamente excluyentes, elegir entre uno u otro en términos morales o creer que el primero refiere al trabajo electoral y el segundo a “la calle”. Estamos en una sociedad desarrollada, con un Estado diversificado y complejo y unas administraciones que, en lo fundamental, funcionan y son apreciadas por la ciudadanía, lo que hace al componente “republicano” e institucional al menos tan importante como el “popular”. En estos contextos, las grandes transformaciones, aún cuando contienen momentos de aceleración, no se dan “en aluvión”, en dos tardes gloriosas, sino en un lento proceso de conquista institucional y demostración de solvencia, de seducción y generación de un país alternativo y de construcción de medios de consenso y de poder para construirlo.

Esto no excluye los audaces golpes de mano o cambios de ritmo, pero otorga a los matices y la capacidad de articulación una importancia decisiva: la que va de un proyecto masivo a uno mayoritario. Por decirlo en forma simple: nuestra construcción de una voluntad colectiva nueva será tanto popular como ciudadana, o no será: tendrá capacidad para tender la mano a los sectores más desfavorecidos pero también a los sectores medios, descansará en los sectores más movilizados pero será capaz de hablar el lenguaje también de los que faltan para una nueva mayoría.

Esto requiere pensar Podemos más allá de las circunstancias de excepción de este ciclo corto. ¿Cómo construir un proyecto nacional-popular, democrático y progresista, en una sociedad altamente institucionalizada en la que la crisis de sus élites y partidos no es crisis de Estado? Quizás la pista tenga que ver con construir un nosotros” blando, tenue y siempre abierto a una composición muy heterogénea, y un ellos” duro, en torno a la ínfima minoría privilegiada que se ha situado por encima de la ley. Escapando así del permanente cerco que tiende a expulsarnos a las dos opciones malas del binomio mentiroso: integración-demolición, que significan desactivación o marginación. Estamos a mitad de un camino que hemos recorrido, no sin esfuerzo, con la capacidad de discutir un rumbo que no estaba escrito, de esquivar los intentos de encerrarnos sobre nosotros mismos y seguir teniendo capacidad de elegir las disputas, seducir y ampliar el campo. Vamos por lo que falta, vamos por los que faltan”.

 

 

Fernando VALLESPÍN, “Decálogo de la ‘nueva política’” a El País (29-04-16)

http://politica.elpais.com/politica/2016/04/28/actualidad/1461867224_196838.html

“1.- No imputar la culpabilidad al otro por no haber llegado al ansiado pacto. La culpa, ese concepto tan judeocristiano, moraliza excesivamente la política, estigmatiza al que se incrimina e impide entendimientos futuros.

2.- Mirar hacia el futuro, no al pasado. Ya nos hemos refocilado bastante en el chapapote de la Transición y sus derivas. La catarsis está hecha, ahora necesitamos pensar hacia delante, plantearnos de una vez qué queremos ser de mayores, no lo que fuimos o dejamos de ser en tiempos pasados.

3.- Hacer prevalecer la regeneración institucional y ética sobre otras propuestas políticas más específicas. Sin una buena canalización no puede circular el agua.

4.- Europeizar la política nacional, no regionalizarla. Las decisiones que nos afectan a todos se adoptan sobre todo en Bruselas, no —con perdón—, en Santiago, Sevilla o Valencia.

5.- Abandonar la arrogancia de la política épica y asumir la humildad de la pequeña gran política. Es la que busca soluciones concretas a problemas específicos. Dejémonos de consignas vacías como “crear pueblo” o universales como España, Cataluña, Izquierda, etcétera, y vayamos a lo que de verdad interesa a la gente; o sea, seamos nominalistas, bajemos a los conflictos y problemas específicos que de verdad importan.

6.- Priorizar la política argumentativa sobre el politiqueo favorecido por algunos medios de comunicación. Esto va a ser difícil, pero si el marketing prevalece sobre las policies concretas, si el espectáculo vacío y resultón predomina sobre las ideas, volveremos a más de lo mismo.

7.- Tomar conciencia de que vivimos en un sistema parlamentario. El más votado no tiene por qué gobernar necesariamente y en un tetrapartito los entendimientos a la hora de gobernar son ya casi inexorables. Si no estamos dispuestos a asumirlo, cambiémoslo por otro mayoritario a dos vueltas. Aunque, por cierto, este también presupone entrar en pactos después de la primera vuelta.

8.- Propugnar una política agonística, no antagónica. Es imposible renunciar a importantes diferencias valorativas, ideológicas, de intereses, etcétera; sin ellas no hay política, hay otra cosa. Pero estas discrepancias no pueden ser tan profundas como para presentar al otro como “indigno” de sostener lo que sostiene. Esto nos conduce a…

9.- Abundar en actitudes liberales de tolerancia y respeto al otro. Somos todavía excesivamente “católicos”, siempre cuestionado dogmáticamente la posición y los valores del adversario.

10. Atender a nuestra realidad sociológica con todas sus contradicciones. Este es un país diverso y plural en todas sus acepciones —nacionales, generacionales, ideológicas—. Y dividido electoralmente en dos mitades casi perfectas en preferencias y actitudes políticas. Tratar de imponer una mitad sobre la otra sólo conduce a la polarización estéril y a la mutua neutralización”.