Presentació

És oportú recordar en aquest any electoral europeu (Andrés Ortega) que entre el 2004 i el 2014 els partits d’extrema dreta han passat  del 5% al 15% en 9 dels països de la Unió Europea.  Aquesta progressió del vot de l’extrema dreta en el conjunt europeu és  analitzada per Jorge Díaz Lanchas a Agenda Pública, amb la qüestió de fons a dilucidar sobre què explica aquest comportament electoral: el malestar econòmic i social originat per l’increment de les desigualtats, o bé el malestar cultural relacionat amb els canvis de valors lligats a la globalització.

Si donem més valor a l’explicació basada en el malestar i la inseguretat econòmica (Esteban Hernández) s’imposa la necessitat d’un replantejament de les polítiques redistributives. En aquest sentit tenen interès les reflexions de Karin Patterson sobre la reformulació de la socialdemocràcia, publicades a CTXT.

Si, alternativament o complementariament, prestem més atenció al malestar cultural és necessari un esforç per entendre la gestació de les idees de la nova extrema dreta i de les seves formes de comunicar-se. Marcos Reguera ens presenta a CTXT una radiografia exhaustiva de la nova extrema dreta nordamericana (“Alt Right”) que alimenta ideològicament el fenómen Trump i que té l’aspiració de transcendir-lo per esdevenir un  moviment global (la “droite divine” de la que parla Jorge Galindo; també la “nova dreta independentista catalana” analitzada per Roger Palà).

Berta Barbet a Politikon ens convida a tornar a pensar sobre l’equilibri tens entre el principi democràtic i el principi de legalitat, inherent a tot Estat democràtic de dret: “Si de verdad queremos afrontar este debate no podemos simplificarlo a grandes proclamas sin demasiado contenido detrás. No se trata de ser más o menos democrático que el otro, se trata de qué modelo de democracia queremos implementar. Ni la voluntad popular es siempre la mejor respuesta a todas las preguntas. Ni los sistemas democráticos pueden vivir de espaldas a la voluntad popular y negar cualquier opción de cambio en el ordenamiento jurídico o legal. Nos vamos a tener que mover en una zona de grises, y cuándo antes mejor o el debate se va a enquistar mucho”.

Roger Senserrich a vozpòpuli aplica aquesta reflexió a la utilització del principi democràtic i del principi de legalitat al cas català.

Per acabar,  la recomanació del llibre de Joan B.Culla sobre la transformació del mapa polític català: El Tsunami. Com i per què el sistema de partits català ha esdevingut irreconeixible. Pòrtic. Barcelona, 2017

Jorge DÍAZ LANCHAS, “Partidos extremistas, ¿esta vez es diferente?” a Agenda Pública (22-02-17)
http://agendapublica.es/partidos-extremistas-esta-vez-es-diferente/

El 2016 ha sido, quizás, el año más incierto políticamente de las últimas décadas. Y el hecho no es para menos pues si algo ha caracterizado a este año ha sido la sensación de rechazo, indignación y preocupación, que se ha respirado a lo largo de la población tanto de Europa como de Estados Unidos. Tal ha sido el clima de incertidumbre que varias han sido las alarmas que han saltado entre los analistas: ¿Por qué está surgiendo un rechazo cada vez más importante al modelo económico actual? ¿Por qué lo que hasta el momento parecía funcionar, ahora se ha convertido en objeto de toda crítica desde los sectores más extremistas del espectro político? Y lo que es más crucial, todo este rechazo, ¿es nuevo?

La respuesta a esta última pregunta no es para nada simple pero, en breve, diré  que este fenómeno de rechazo al modelo económico o a la globalización desde una visión más amplia, no es para nada nuevo. Este malestar no es propio ni del año 2016, ni de la Gran Recesión, ni de la globalización, ni de la historia reciente…al menos desde el siglo XIX. Sin entrar en visiones más pesimistas que ya ven en la actual situación de inestabilidad política, signos y semejanzas con la frustración que llevaron al poder al partido fascista de Mussolini o al partido nazi de Hitler en la década de los años 30 del siglo XX, en estas breves líneas argumentaré que hay razones para pensar que esta situación es tan sólo transitoria y que podría haber motivos para ser más optimista acerca del futuro.

En concreto y de acuerdo a la evidencia disponible, pretendo mostrar que este malestar social que recorre los países desarrollados parece seguir un patrón histórico recurrente tras el estallido de una crisis financiera. De hecho, este rechazo, materializado fundamentalmente a través del voto a partidos populistas de extrema derecha, tiende a durar en torno a diez años, alcanzando su pico a los cinco años desde el inicio de una crisis de este tipo. Con esto querría matizar que los efectos que vamos a comentar únicamente tienen lugar en las crisis financieras y no en otras crisis económicas cuyo origen es distinto del financiero, pues en estas últimas no parece apreciarse dicho patrón posterior de voto a partidos extremistas.

Para ser honestos, tal ejercicio empírico no seré yo quien lo realice, sino que me basaré en un trabajo muy interesante de los investigadores Funke, Schularick y Trebesch publicado recientemente en la European Economic Review. Dichos autores elaboran una base de datos única con la recogen información sobre el tipo de voto a partidos extremistas, de izquierdas y de derechas, para 20 países avanzados y a lo largo de un período de tiempo muy extenso, 1870-2014. Intencionadamente se centran sólo en países avanzados y no en países emergentes pues, aparte de tener más información histórica para los primeros, su interés estriba en conocer cuál es el patrón de voto cuando estallan distintos tipos de crisis. Con este fin, y en el espíritu de Reinhart y Rogoff (2009), distinguen entre crisis financieras, definidas como aquellas cuyo estallido ocurre a los dos años de haberse alcanzado el pico alcista de una burbuja especulativa, y crisis no financieras que llegan a alcanzar, en media, contracciones del PIB del 5,82%. Al disponer de un período de años tan amplio, incluso pueden diferenciar entre crisis y patrones de voto que tuvieron lugar antes y después de la Segunda Guerra Mundial, siendo “curiosamente” las crisis no financieras las predominantes en el primero de estos sub-períodos. A su vez, esta distinción temporal permite a estos autores diferenciar, dentro de los votos de la extrema derecha, aquellos que pertenecen a partidos propiamente fascistas y que son anteriores a la Segunda Guerra Mundial, de los votos a partidos de extrema derecha (“New Right”), más propios de las últimas décadas y que muestran posturas más moderadas y centradas en el nacionalismo, la xenofobia y el secesionismo. Aparte, no sólo se centran en el porcentaje de votos de la extrema derecha, sino que recurren a otras medidas que ofrecen más detalle de la incertidumbre política, como son el número de partidos en el parlamento, la participación de partidos de extrema derecha en el Gobierno, o el nivel de fraccionamiento del parlamento, medido como la probabilidad de que el poder legislativo se lleva a cabo por dos partidos distintos. Finalmente, y como indicador adicional de la agitación social que se vive tras una crisis financiera, el estudio recoge información acerca del número de huelgas generales, manifestaciones y protestas violentas callejeras.

Con toda esta información, el artículo se centra en el patrón de voto a partidos de extrema derecha, aunque también recoge datos sobre el voto a partidos de extrema izquierda (post-comunistas y de izquierda radical). Su énfasis en la extrema derecha estriba en que, históricamente, los partidos de extrema izquierda no han conseguido atraer un mayor porcentaje del electorado tras una crisis financiera. Tal y como muestra la Figura 1, las diferencias en el voto a partidos extremistas antes y después de una crisis, únicamente son significativas para el caso de la extrema derecha, mientras que la extrema izquierda no consigue levantar pasiones entre su electorado menos tradicional.

Figura 1: Porcentaje de votos a partidos de extrema derecha y extrema izquierda antes y después de una crisis financiera. 1870-2014.

Fuente: Funke et al.

Por su actualidad, los autores se encuentran interesados en los patrones de voto a la extrema derecha en las últimas elecciones, fundamentalmente a nivel europeo. Así, tal y como muestra la Figura 2, son estos partidos los que mayor concentración del voto han experimentado en las elecciones europeas, en especial tras el estallido de la crisis de 2008. Es más, este fenómeno de voto a partidos radicales de derechas (no fascistas) es un elemento característico del período posterior a la Segunda Guerra Mundial, llegando a darse en muchos países con incrementos del voto de hasta del 30%. Por el contrario, en los años anteriores a dicha guerra, únicamente fueron Alemania e Italia los que colapsaron dicho patrón de voto. Estos resultados son robustos incluso quitando del análisis crisis atípicas históricamente tales como la Gran Depresión (Crack del 29) y la Gran Recesión (Crack del 2008).

Figura 2: Porcentaje de votos a partidos de extrema derecha en elecciones europeas. 2004-2014.

Fuente: Funke et al.

Como adelantábamos anteriormente, cogiendo una base de datos tan amplia en años y número de países es cuando realmente podemos conseguir mejores evidencias acerca de qué patrones siguen los países tras el estallido de una crisis. En un primer lugar, los autores argumentan que, en las últimas décadas y en cada crisis financiera, los partidos de extrema derecha acumulan un porcentaje importante de votos. Tras ello, las mayorías parlamentarias previas terminan hundiéndose, los parlamentos se fraccionan y un destacable número de partidos de extrema derecha termina entrando en los hemiciclos nacionales. Este patrón parece alcanzar su cenit a los cinco años tras el inicio de una crisis. Posteriormente, esta tendencia al voto de extrema derecha se revierte y es a partir del octavo año cuando los autores del estudio no encuentran que el voto a estos partidos resulte significativamente distinto de cero. De hecho, muestran evidencias de que la radicalización política se va reduciendo con el tiempo, la fragmentación política vuelve a niveles pre-crisis y tan sólo la entrada de nuevos partidos en el parlamento es la única variable que parece mantenerse a lo largo de los diez años de análisis. Este comportamiento puede apreciarse fácilmente en la Figura 3, donde se recoge la tendencia (línea roja) tanto en el voto a partidos de extrema derecha (eje de ordenadas), como en el resto de las tres variables (participación en el gobierno, fraccionamiento del parlamento, número de partidos en el parlamento), para un período temporal de diez años (eje de abscisas) tanto antes como después de la Segunda Guerra Mundial.

Figura 3: Proyección de distintas variables a lo largo de diez años para el conjunto de los 20 países de la muestra. 1870-2014.

Fuente: Funke et al.

Estos resultados que obtienen parecen ir en línea con el clima de malestar social que mencionábamos al principio. Este malestar puede recogerse a través de las variables referidas a protestas callejeras, huelgas y manifestaciones. Si vamos a los datos que ofrecen estos autores y que están resumidos en la Figura 4, es en este punto donde el artículo parece quedarse corto, pues efectivamente nos muestran que estas variables sobre el clima social alcanzan su máximo entre los cuatro y cinco años tras el inicio de una crisis, pero no ofrecen evidencias más detalladas acerca de qué ocurre en un período temporal de diez años.

Nuevamente es necesario remarcar que, todos estos patrones que hemos visto, apuntan a que son propios de las crisis financieras y no de otras crisis económicas como, por ejemplo, las Crisis del Petróleo de los años 70. Los autores llevan a cabo multitud de análisis para conocer la robustez de este resultado, y todos ellos indican que las crisis no financieras, aunque también generan malestar social, únicamente lo hacen en sus primeros dos años sin llegar a resolverse en un voto creciente hacia la extrema derecha. Los autores plantean diferentes hipótesis acerca de por qué las crisis financieras parecen ser percibidas de manera distinta entre la población, llevando con ello al auge de la extrema derecha. Una primera razón podría ser que las crisis financieras son percibidas como más injustas socialmente ya que los gobiernos suelen recurrir a políticas que implican riesgo moral o incluso favoritismos hacia ciertos grupos. Un ejemplo de esto para el caso español sería el rescate al sistema bancario por parte del Estado. Otra segunda razón que plantean, se refiere a la visibilidad que adquieren los conflictos entre deudores y acreedores que surgen dentro de las crisis financieras a diferencia del resto de crisis. Quizás este sea éste el punto más llamativo pues permite ver el auge de los partidos extremistas, tanto dentro de los países como resultado, por ejemplo, de los procesos de impago de hipotecas y de ejecución de viviendas, como a nivel europeo, a través del conflicto entre gobiernos nacionales y supranacionales, como sería el caso de la crisis de deuda griega.

Figura 4: Número medio de incidentes sociales por año, antes y después de una crisis financiera. 1870-2014.

Fuente: Funke et al.

Con todo, el artículo no entra a analizar dos grandes preguntas que deja abiertas: ¿Por qué el apoyo a partidos extremistas parece caer bruscamente después de transcurridos ocho años tras el estallido de una crisis? Y, ¿por qué los votantes optan por posturas extremas cuando los estragos financieros se perpetúan en el tiempo?

Respecto de la primera de estas preguntas y ante mi desconocimiento de evidencias que expliquen esta caída en votos a partidos radicales, permítanme plantear una hipótesis personal que pudiese suscitar debate. Posiblemente uno de los grandes debates que está teniendo lugar en estos momentos es la pregunta acerca de si la economía mundial está entrando en una situación de estancamiento (secular) de largo plazo. Aunque esta tesis posee fuertes defensores, quizás con razón a la vista a los patrones de envejecimiento y aumento de los niveles de deuda y paro que estamos presenciando, está surgiendo una hipótesis alternativa que explica que el estancamiento internacional se debe a ciclos amplios (super-ciclos) de endeudamiento. De acuerdo a esta segunda idea, los países se encontrarían en procesos largos de endeudamiento y desapalancamiento continuos a través de los cuáles adquirirían deuda y, tras años de acumulación y después del estallido de una crisis, estos niveles de deuda irían reduciéndose paulatinamente en un período de aproximadamente unos ocho años a partir del cual se recuperarían los niveles de PIB e ingresos de pre-crisis (Reinhart y Rogoff, 2014), experimentando los países nuevas tasas de crecimiento no esperadas. De este modo, la economía estadounidense ya se encontraría en los últimos años de eliminación de deudas, la europea estaría sumergida en la fase de absorción y pago de las mismas, y la economía china se encontraría en las primeras fases del ciclo de endeudamiento. Si este enfoque, y no el del estancamiento secular, fuese el que mejor nos explicase la situación que estamos viviendo, ¿podría tener esto alguna relación con la inestabilidad política actual? ¿Qué pasaría si, a los ocho años y tras recuperar los niveles de renta de pre-crisis, se apaciguase el apoyo a las posturas radicales? Desconozco la respuesta a estas preguntas y además reconozco que el voto a Trump se habría producido cuando EE.UU. ya estaría saliendo del super-ciclo de deuda. Por ello, lanzo esta hipótesis por la que querría plantear si existiese alguna relación entre los procesos de desapalancamiento y la reducción en el apoyo en votos a partidos extremistas.

Volviendo a la segunda de las preguntas que deja abierta el artículo, cabe que nos preguntemos cuáles son los factores por los que los votantes, ante la frustración derivada de una crisis financiera, se ven seducidos por mensajes simplistas, xenófobos y que, en última instancia, proponen medidas que incluso podrían jugar en contra de ellos mismos. Para entender un poco más estos factores que llevan al auge de los extremismos políticos, tendríamos que movernos hacia otro estudio más reciente. En concreto, los profesores Ronald Inglehart (Universidad de Michigan) y Pipa Norris (Harvard Kennedy School) han analizado las causas por las que, a lo largo de 2016, hemos presenciado el inesperado voto a opciones tales como el Brexit, la presidencia de Donald Trump o, en última instancia, el crecimiento constante de los populismos a lo largo de Europa.

Para este estudio, se centran en analizar dos de las principales vertientes teóricas que pretenden explicar el rechazo social a la globalización económica que estamos presenciando. Por un lado y desde un enfoque de economía política, diferentes visiones (Dani Rodrik y otros) argumentan que el aumento de la desigualdad, la percepción de que los ajustes de la crisis han recaído más en unas capas sociales que en otras, la automatización y la apertura a través del comercio, estarían explicando el auge de los extremismos como forma de rechazo ante el modelo económico imperante en los países desarrollados. De esta manera, serían las capas más desfavorecidas y más expuestas a los efectos negativos de la globalización, las que estarían favoreciendo este patrón de voto a partidos extremistas. Por el otro lado, tanto Pipa Norris como otros autores, argumentan que este malestar social y la tendencia a aceptar mensajes y políticas xenófobas, poco tiene que ver con la economía, sino con valores culturales tradicionales. Así, mientras una parte de la población de estos países ha podido evolucionar hacia posturas propias de sociedades cosmopolitas, multiculturales y en definitiva, post-materialistas, la otra parte de la población ha quedado totalmente desconectada de esta tendencia. Es en esta dicotomía en la que entran los partidos extremistas aludiendo a una vuelta a los valores en los que esta población desconectada y tradicional volvería a encontrarse cómoda y sin cambios culturales fuertes ante los que se sintiesen incapaces hacer frente.

De confirmarse la primera de estas vertientes teóricas, necesitaríamos abrir un debate muy profundo de ideas y políticas redistributivas, como el que estamos presenciando en los últimos años, con el fin de paliar la inseguridad económica de los individuos más desfavorecidos por el proceso globalizador. Con ello evitaríamos además que estas capas de la población recurriesen al voto de posturas más extremistas a través de las cuáles pretendiesen conseguir sus ansiados cambios. Por el contrario, si el segundo enfoque teórico explicase en mayor medida el auge populista, deberíamos enfatizar y perseguir políticas educativas más ambiciosas que permitiesen aumentar, no sólo los niveles educativos de toda la población, sino que transmitiesen de una manera más eficaz los valores relativos al multiculturalismo y la diversidad étnica.

Dentro de este contexto, el valor del trabajo de Inglehart y Norris estriba en analizar con datos de la European Social Survey estos dos enfoques encontrando que, en mayor medida, el auge de los populismos viene explicado por la segunda de estas vertientes, es decir, los cambios bruscos y repentinos en los valores culturales parecen explicar este rechazo a la globalización, llevando la situación política al extremo. De todas formas, esto no quiere decir que la inseguridad económica no juegue un rol pues, tal y como reconocen estos autores, la importancia de los factores que explicarían tal inseguridad es significativa estadísticamente dentro de sus resultados. Siendo este el caso, podemos concluir que, de entre el conjunto de políticas públicas que se pueden llevar a cabo para paliar los extremismos políticos, necesitaríamos potenciar un mix de políticas redistributivas y educativas si queremos que las democracias occidentales no lleguen a estar en tela de juicio, ¿o no es eso lo que buscamos?

Karin PATTERSON, “Sin socialdemocracia, el capitalismo se devorará a sí mismo” a CTXT (15-02-17)
http://ctxt.es/es/20170215/Firmas/11087/Socialdemocracia-capitalismo-izquierda-alternativas.htm

Es una tragedia, pero es inevitable: cuando falta más nos hace, la socialdemocracia se encuentra en su punto histórico más bajo. Pero, ¿qué pueden hacer los progresistas? Veamos cuatro lecciones para el futuro que la izquierda tiene que comprender, y cuatro maneras de pensar en el camino que queda por delante.

Cómo ha cambiado el mundo
Adiós a la edad de oro

En 1979, el demógrafo francés Jean Fourastié acuñó la frase Les Trentes Glorieuses para designar el período que iba desde el final de la 2ª Guerra Mundial hasta la primera crisis del petróleo, en 1973. Fue una etapa de prosperidad económica, aumento de los estándares de vida y crecimiento de los salarios reales en Europa occidental y EE.UU.

Más de 35 años después, todavía existen numerosos políticos de izquierdas que se quedaron anclados en la nostalgia y que fantasean con ese período, aunque esa edad dorada pasó hace más tiempo del que duró y el mundo del que surgió ya no existe.

Quizá la característica más singular de la era de posguerra fue el equilibrio que se estableció entre el trabajo y el capital. Los sindicatos negociaban los salarios con las empresas, el crecimiento de los salarios de los trabajadores generaba una mayor demanda, y esto a su vez aumentaba los beneficios de los empresarios, y por último los gobiernos complementaban este régimen con políticas económicas keynesianas. El único asunto que los científicos políticos no pueden resolver es si se llegó a este acuerdo gracias a la benevolencia de los capitalistas o a la presión de los trabajadores.

Aunque no todo es tan fácil. Como enunciaba Peter Hall, son tres los factores que hicieron esto posible.

En primer lugar, cuando acabó la guerra, el recuerdo de los intensos conflictos de clase estaba todavía fresco en la memoria de la gente. Los políticos, tanto de derechas como de izquierdas, comprendieron la necesidad de adoptar políticas que mejoraran la calidad de vida de una mayoría. En muchos países, los gobiernos conservadores o de derechas resultaron decisivos para implementar redes de protección social y políticas de bienestar.

En segundo lugar, los economistas favorecían la idea de que el pleno empleo era un objetivo que los gobiernos podían alcanzar y esto incentivó que los partidos mayoritarios de la izquierda hicieran las paces con el capitalismo, en lugar de buscar alternativas más radicales.

Por último, existía una trayectoria electoral cuyo objetivo era crear un Estado del bienestar más sólido. La clase social todavía decidía la mayoría de los votos, pero la izquierda política que representaba a la clase trabajadora podía alcanzar acuerdos con los partidos de clase media sobre programas que ofrecieran prestaciones sociales y políticas económicas activas. Hoy en día, no se da ninguna de estas tres condiciones.

No es solo el comercio, tonto

Si se escucha a los populistas de derechas o de izquierdas, se podría erróneamente creer que al cerrar las fronteras regresaremos automáticamente a tiempos más felices. Dejémoslo claro: muchos de los defensores del libre mercado no supieron reconocer los efectos negativos del comercio internacional y la política como instrumento fracasó estrepitosamente en su intento de compensar a los que salieron perdiendo en el proceso. Sin embargo, la gran noticia de los últimos 30 años es algo completamente distinto.

La fuerza impulsora del cambio en las sociedades capitalistas occidentales es la transición entre industrialización y posindustrialización. En comparación con eso, todas las demás consideraciones no son más que superficiales. Cuando los trabajadores pasaron de la cadena de producción al sector servicios, la manera de funcionar de la economía cambió, aunque también cambiaron las relaciones de poder, las identidades y las políticas.

En la época de posguerra, los sindicatos protegían los derechos de los trabajadores. Con la transición a una economía de servicios, su poder ha disminuido y el resultado es que el papel de los sindicatos como contrapeso al poder empresarial se ha debilitado drásticamente, así como su capacidad para apoyar políticamente a los partidos socialdemócratas.

Los trabajos actuales a menudo requieren una alta cualificación, u ofrecen sueldos bajos y poca seguridad. Es difícil encontrar “buenos” trabajos que requieran poca o mediana cualificación. La polaridad de estos dos mercados de trabajo fomenta la desigualdad, pero no solo en términos salariales, sino que también influye sobre quién puede acceder a la estabilidad, a hacer planes y a tener esperanzas en el futuro.

Otro gran cambio es la educación. Hoy en día, en los países occidentales, casi la mitad de la población tiene un título universitario de algún tipo (normalmente, como resultado de políticas establecidas por partidos socialdemócratas). Esto también influye en los valores de las personas y en su sentimiento de identidad, además de añadir un obstáculo adicional al voto de clase.

Por último, el orden económico de la posguerra sufrió una conmoción fundamental, aunque obviada muy a menudo, cuando las mujeres pasaron, en el espacio de una generación, de ser amas de casa a competir con los hombres en el mercado de trabajo. Hoy en día, el discurso público está obsesionado con la inmigración, pero este desafío no es nada comparado con el impacto que provocó el aumento del número de mujeres que competían con los hombres en el ámbito laboral.

Los cambios que aquí se indican son fundamentales e imposibles de revertir. No solo tuvieron consecuencias económicas importantísimas, sino que también supusieron un desafío y alteraron identidades, valores y políticas de tal manera que sus ecos todavía resuenan en nuestras sociedades.

También son las políticas
El aumento del populismo no solo es una reacción a los drásticos, pero inevitables, cambios estructurales, sino que debe entenderse también como la consecuencia de las políticas neoliberales que inclinaron la balanza para el lado del capital o del trabajo.

A finales de la 2ª Guerra Mundial, el sociólogo Karl Polanyi escribió en su célebre texto: “Una sociedad basada solamente en el libre mercado es un proyecto utópico, imposible de llevar a cabo, porque la gente se resistirá a ser convertida en un producto”.

Polanyi estaba convencido de que los mercados no regulados y la mercantilización absoluta de los seres humanos llevaría al fascismo. Su libro La gran transformación se publicó justo antes de que diera comienzo la época de posguerra, época en la que se crearían las redes de protección social y los sistemas de bienestar que respondieron exactamente al miedo que albergaba Polanyi.

Estas políticas se pudieron ejecutar porque los políticos tanto de derechas como de izquierdas comprendían los riesgos que tienen la pobreza y el desempleo en masa. Como señalaba el historiador Tony Judt en Postguerra, el plan Marshall tuvo consecuencias económicas, aunque evitó una crisis política, pues el objetivo era evitar que las garras del fascismo y del totalitarismo atraparan a Europa de nuevo.

Cuando comenzó a popularizarse el neoliberalismo, esta lección se olvidó. En la década de 1980 y 1990, el espectro de la inflación se convirtió en el foco central de las políticas económicas de los partidos en el gobierno.

Al mismo tiempo, mientras que los sindicatos perdían fuerza, el capital se organizaba y movilizaba gracias a la energía que le daban las teorías económicas del fundamentalismo de mercado. Se desarrollaron políticas que contribuyeron al desmoronamiento del contrato social, las políticas económicas de los principales partidos de derechas o de izquierdas convergían y, en muchos casos, los socialdemócratas fueron los primeros en adoptarlas. La consecuencia fue que una gran parte de los votantes de clase trabajadora se quedó sin representación.

El resultado de estos cambios estructurales y de estas políticas neoliberales es la explosión de la desigualdad, que el economista francés Thomas Piketty quizá haya sido el mejor en describir. Su investigación muestra cómo la relativamente justa distribución de la riqueza que se produjo gracias a las instituciones erigidas durante la posguerra está desapareciendo. En un mundo en el que rendimiento del capital está superando al nivel de crecimiento, la acumulación de bienes por parte de los que ya son ricos supone un desafío a las ideas de equidad y justicia que tan fundamentales son en la construcción de las democracias occidentales.

Poco a poco, el capitalismo se está devorando a sí mismo, y sus consecuencias tienen el potencial de ser drásticas en lo que a estabilidad social y democracia liberal se refiere.

El fin del crecimiento
Uno de los supuestos fundamentales de nuestro orden político es la idea de que habrá niveles de crecimiento permanentes y estables. Actualmente, se está poniendo esta idea en tela de juicio. No solo Piketty predice que habrá niveles de crecimiento más bajos en un futuro próximo, sino que el economista americano Robert Gordon sugiere que el rápido progreso que hemos experimentado en los últimos 250 años podría resultar un período irrepetible de la historia.

El crecimiento es el resultado del aumento de la productividad o del aumento de la población. Como demostró Gordon, el aumento de la productividad derivado de la revolución de internet se ha debilitado en los últimos años. En comparación con los inventos de la revolución industrial, los cambios tecnológicos actuales no parecen incrementar de manera significativa la productividad laboral o los estándares de vida. Al mismo tiempo, la población de muchos países europeos está envejeciendo rápidamente.

Con toda probabilidad, los compromisos políticos que se adopten en la próxima generación tendrán de fondo un panorama con recursos más escasos y menor crecimiento. Las políticas que se conciban a partir de esas restricciones serán muy diferentes de las que conocemos.

Lo que dificulta las cosas es el hecho de que los países de la UEM [Unión Económica y Monetaria de la Unión Europea] tienen las manos atadas por una cuerda que combina enorme endeudamiento y objetivos fiscales. El científico político alemán Walter Streeck lo denomina el “estado de consolidación”: cuando los gobiernos perciben que su única opción para cuadrar los presupuestos es recortar todavía más redes asistenciales de la seguridad social.

Al mismo tiempo, el mercado de trabajo está experimentando cambios radicales. Algunos economistas piensan que es posible que el automatismo altere nuestras sociedades, borre de un plumazo muchos trabajos de la clase media y cambie drásticamente el mercado de trabajo y el tejido que compone la sociedad. Otros economistas argumentan que eventualmente un mayor automatismo conllevará tanto a una mayor demanda de nuevos productos como a una mayor creación de trabajos.

Sea cual sea el resultado, los cambios tecnológicos están ejerciendo una presión mayúscula sobre el mercado de trabajo. Como mínimo, estamos iniciando un nuevo período de dolorosa transición en la que los conocimientos de muchas personas pasarán a estar obsoletos. Esta evolución acelerará la ya extendida desigualdad y resquebrajará más todavía el ya frágil contrato social.

El camino por delante
Regreso al Estado
No hay soluciones nacionales a las grandes preguntas de nuestro tiempo: cambio climático, migraciones o la crisis del capitalismo mundial. Los objetivos de los socialdemócratas deben ser las sociedades abiertas, la cooperación internacional y el flujo de ideas y personas a través de las fronteras. Sin embargo, al fin y al cabo, la política es local y aunque las personas estén perdiendo su confianza en la política, los líderes progresistas tienen que recuperar a los votantes y solicitarles un nuevo mandato. Los populistas ya se han dado cuenta, pero extrañamente la izquierda está tardando mucho en responder.
La buena noticia es que el Estado del bienestar ha aguantado los envites mejor de lo que muchas personas habrían podido pensar al principio de la era neoliberal, y las diferencias entre países siguen siendo grandes en lo que a redistribución, niveles de tributación y justicia social se refiere. No existe una confluencia institucional hacia un único modelo de bajos impuestos y Estado del bienestar en su mínima expresión. Es un mito neoliberal que la competitividad entre países y el rendimiento económico dependan de los bajos impuestos y de los mercados liberalizados. Al contrario, el éxito económico es un poliedro en el que tienen cabida políticas nacionales diferentes que permitan avanzar un proyecto progresista.

Inmigración y sus descontentos
¿El populismo es una reacción en contra de la inseguridad económica en las economías posindustriales, o en contra de los valores liberales y progresistas? Los científicos políticos como la académica de Harvard Pippa Norris han encontrado pruebas de lo segundo. El problema de este argumento es que los valores, como es lógico, no existen por separado o independientemente de las realidades económicas o la velocidad del cambio tecnológico.

No obstante, es importante reconocer que la tendencia a largo plazo es que los valores cambien y apoyen más democracia, tolerancia e igualdad de género. Cualquier movimiento político que quiera representar un papel en el futuro tiene que tener esto presente.

Vivimos en una era de globalización y migración, pero al mismo tiempo el Estado-nación seguirá siendo el principio organizativo de la política en el futuro próximo. En ese mundo, las fronteras y los controles fronterizos son necesarios, pero lo que resulta inmoral es la carrera actual en Europa por ver quién cae más bajo con sus políticas, y tiene además poca visión de futuro desde una perspectiva económica. Una de las pocas soluciones al problema del bajo crecimiento es la inmigración.

Un único país no puede aceptar la entrada de un número ilimitado de refugiados, pero al igual que al abrir el mercado de trabajo a las mujeres se trataba de mejorar la igualdad y fomentar el crecimiento a partes iguales, las políticas socialdemócratas sobre la migración deberían estar basadas en la idea de la inviolabilidad de los derechos humanos, y sumar a esto una estrategia visionaria que haga funcionar un mayor aperturismo con una mayor igualdad.

Contrariamente a lo que dicta la intuición, aumentar el nivel de redistribución de un país incrementa el apoyo que le dan los votantes. Parece como si más impuestos y mejores prestaciones incitaran a engendrar una visión del mundo en la que estas políticas encuentren apoyos (como argumenta Peter Hall en un próximo artículo). Sin duda, esto afectará la manera de diseñar políticas para que mantengan intacta la solidaridad entre personas.

Durante los últimos 30 años, muchos países han puesto en duda el Estado del bienestar universal. El argumento en contra ha sido que la universalidad y los grandes niveles de redistribución reducen los incentivos para trabajar y dificultan el crecimiento, pero estas dos afirmaciones no son ciertas. Los políticos tanto de derechas como de izquierdas respondieron a la inmigración apartándose del concepto de derecho a recibir prestaciones y acercándose al concepto de requisitos que cumplir según criterios étnicos. Para aquellos que apoyan la solidaridad, este camino es muy peligroso no solo porque es moralmente inadecuado, sino porque a largo plazo podría poner en peligro el principio de universalidad que hizo posible la redistribución.

La parte positiva de este razonamiento es que un Estado del bienestar universal proporcionará beneficios considerables cuando haya que extender la solidaridad a los inmigrantes y, por tanto, ayudará a integrarlos y a que haya una mayor apertura.

A largo plazo, la única solución posible a la migración es actuar a nivel mundial. A corto plazo, la plataforma progresista deberá romper una lanza y elaborar políticas migratorias (generosas, pero con límites) combinadas con una defensa categórica de la universalidad. De otra manera, el proyecto socialdemócrata podría verse perjudicado.

El dilema
Ya desde la década de 1980, el sociólogo danés Gösta Esping-Andersen se preguntaba cómo las economías posindustriales podrían reorganizar las políticas electorales. Alegaba que la clase cada vez era un factor menos determinante a la hora de votar, y que esto podría afectar al histórico compromiso entre la clase trabajadora y la clase media que hizo posible el Estado del bienestar. Desde entonces, se ha rebatido y modificado esta opinión.

Los científicos políticos Jane Gingrich y Silka Häusermann han demostrado que la clase continúa siendo un factor de pronóstico relevante para conocer las preferencias políticas y las decisiones electorales, aunque responde a nuevos criterios.

Es cierto que los votantes tradicionales de la clase trabajadora suponen hoy en día un porcentaje menor del electorado y que el apoyo a la izquierda ha disminuido, pero también es cierto que la clase media es más numerosa y ha adoptado valores más progresistas.

Para los socialdemócratas, esto es potencialmente una buena noticia, al menos parcialmente, puesto que aunque el conjunto del electorado de clase trabajadora disminuye, su lugar como defensor del Estado del bienestar y de las políticas progresistas lo ocupará la clase media.

El auténtico dilema para la socialdemocracia es que sus miembros potenciales están divididos en dos grupos de votantes con valores e intereses divergentes. Por una parte, están los votantes de la clase trabajadora que están a favor de políticas redistributivas que promuevan la igualdad y, por otra, la creciente clase media progresista que está a favor de invertir en asuntos sociales, pero que no está tan interesada en la igualdad salarial.

Entonces, ¿cuáles son las opciones que tienen los progresistas? Una estrategia sería seguir a la clase trabajadora por el camino del bienestar chovinista y la nostalgia, con los populistas y los partidos conservadores como posibles compañeros de viaje. El único problema, aparte de renunciar a los valores centrales de igualdad y de puertas abiertas, es que la clase media progresista seguramente abandone el barco.

Otra opción sería definir el proyecto progresista como algo basado en la educación y no en la redistribución. Esta fue la respuesta que se dio durante la década de 1990 y puede que se sumen a esta estrategia los partidos verdes y los liberales, aunque dejaría fuera a la clase trabajadora.

Una tercera opción sería reconocer que cualquier proyecto socialdemócrata que deje fuera a la clase trabajadora, aunque cada vez sea más pequeña, perdería su razón de ser, y reconocer también que la lucha obligada contra la creciente desigualdad puede generar nuevas posibilidades de forjar una coalición entre la clase media y la trabajadora.

Antielitismo y no políticas identitarias
“Antielitismo” es un marco político complicado y peligroso, aunque una de las razones que hacen que sea tan poderoso es que aglutina algunos de los problemas a los que nos enfrentamos actualmente.

Es importante comprender que el crecimiento del populismo es una respuesta racional al aumento de la desigualdad y al fracaso de la izquierda en articular políticas económicas creíbles que disputen las políticas neoliberales.

La izquierda debe, por principio, defender, promover y proteger que las mujeres y las minorías tengan mayores derechos, aunque el objetivo principal de las políticas progresistas no debería ser ganar la batalla argumental en esta guerra intelectual, sino crear políticas que cambien las estructuras de poder.

Por una parte, los políticos necesitan activarse para encontrar un equilibrio entre el capital y el mundo laboral y evitar que los factores responsables de la desigualdad actual sigan ganando terreno. Así y todo, una plataforma política que abogue por impuestos más altos y mayores inversiones públicas no será suficiente.

Como ha demostrado el científico político Bo Rothstein, la justicia y la igualdad de oportunidades deben ser elementos fundamentales de cualquier política que tenga como objetivo re-generar confianza y capital social, que son, a su vez, componentes obligatorios de cualquier política progresista. Los socialdemócratas tienen que hacer que la lucha contra la desigualdad sea tanto una lucha contra la búsqueda de rentas y la corrupción económica como una lucha contra la redistribución de los ingresos.

Esto posibilitaría una coalición entre la clase trabajadora y la clase media gracias a una versión del antielitismo construida a partir de una idea de justicia, en lugar de resentimiento.

El punto débil de esta estrategia es que requeriría grandes cambios para que pudiera resultar creíble para una socialdemocracia que en muchos países es sinónima de los grupos de poder. Haría falta ser mucho más ambicioso a la hora de implementar políticas como gravar la riqueza y el capital o regular los mercados financieros, pero esto también conllevaría tomarse en serio asuntos que la mayoría de los partidos socialdemócratas han abandonado, como los sueldos de los políticos y de los ejecutivos empresariales. Y también significaría afrontar el hecho de que los partidos socialdemócratas actuales, en su mayor parte, se organizan y se abastecen entre la clase media.

La izquierda es la única que puede hoy en día salvar al capitalismo
Es evidente que ni los liberales, ni los conservadores, ni los populistas de extrema derecha poseen la respuesta al principal problema actual: la explosión de la desigualdad está limando el crecimiento, la democracia y el contrato social. Estos asuntos no pueden resolverse únicamente defendiendo valores liberales, o aplicando medidas proteccionistas y cerrando las fronteras a los inmigrantes.
Resulta evidente que hoy en día, y desde hace ya mucho tiempo, el creciente poder del capital necesita un contrapeso si queremos salvar la democracia liberal y el capitalismo. El mundo ha cambiado y los votantes lo saben, solo están buscando políticos que lo sepan también.
Los socialdemócratas hablan a menudo de la primacía de las políticas, pero si quieren formar parte del siguiente capítulo de la historia deberían estar convencidos de ello o aceptar su lánguida deriva.

Marcos REGUERA, “Alt Right: radiografía de la extrema derecha del futuro” a CTXT (22-02-17)
http://ctxt.es/es/20170222/Politica/11228/Movimiento-Alt-Right-EEUU-Ultraderecha-Marcos-Reguera.htm

En el primer mes de su presidencia, Donald J. Trump ha confirmado las expectativas más inquietantes sobre las políticas de regresión social y ataque a las minorías.
Pero, de entre todas las medidas regresivas, hubo una cuyas implicaciones a corto plazo podrá no ser tan dramática, aunque en el largo plazo tendrá consecuencias impredecibles. Me refiero a la decisión presidencial adoptada en la noche del 28 de enero por la cual Steve Bannon, el consejero presidencial para asuntos estratégicos, se convertía en miembro nato del Consejo de Seguridad Nacional (órgano que en los Estados Unidos funciona como consejo de ministros para la gestión de crisis y de la política exterior y de seguridad nacional).

Este ascenso vino acompañado por la destitución de Dan Coast, director de la comunidad de inteligencia nacional, el órgano que agrupa a todas las agencias de inteligencia americanas (entre ellas la CIA, la DIA, el FBI o el NSA), así como de Joseph Dunford, el jefe del Estado Mayor Conjunto (el órgano de dirección del ejército y máxima instancia del Pentágono). En otras palabras, tanto el ejército como los servicios de inteligencia han perdido a sus miembros natos en el órgano más importante de toma de decisiones concerniente a la política imperial de Estados Unidos. Es el mayor golpe para el ejército en toda su historia, y el segundo mayor para la CIA desde que George W. Bush reformase su carácter independiente. Y si hay algo que tanto los servicios secretos como el ejército americano han aprendido con su implicación en la política exterior estadounidense es a eliminar gobiernos que no eran de su agrado. No habremos de perder de vista los movimientos de ambas instituciones.

La entrada de Bannon en el Consejo de Seguridad Nacional le permite conocer los secretos de Estado más importantes de la política norteamericana así como la posibilidad de influir en las situaciones críticas de la presidencia en tiempo real, participación que antes tenía vedada, pues ninguna persona que no pertenezca al Consejo de Seguridad Nacional o que sea invitada expresamente por el presidente puede siquiera entrar en la sala de operaciones del ala este de la Casa Blanca.

Si a esto le unimos el hecho de que la mayoría de las órdenes ejecutivas ultraderechistas nombradas anteriormente son obra personal del propio Bannon, nos vemos obligados a aceptar que se están cumpliendo las predicciones más pesimistas sobre la enorme influencia del consejero de la Alt Right en la política del presidente Trump. De este modo, el ideario de los supremacistas blancos ha desembarcado en la Casa Blanca con una fuerza e influencia que no tenían desde que el presidente Woodrow Wilson despidió a los trabajadores federales afroamericanos al asumir la presidencia en 1912.

Todas estas cuestiones, sumadas al auge de la extrema derecha en Europa, que podría alcanzar el poder en países clave como Francia, o con el triunfo del discurso xenófobo entre amplias capas de los sectores más desfavorecidos de la población por el impacto de la crisis económica y los problemas de la globalización, nos urge a considerar la aparición de una nueva ideología de extrema derecha que podría llegar a jugar un papel preponderante en un futuro no muy lejano, y que supone una amenaza para la democracia y el respeto a una sociedad pluralista.

¿Es la Alt Right fascista? Orígenes y características generales del movimiento
La Alt Right es un movimiento juvenil que aspira a reformular la extrema derecha desde moldes creados por la izquierda, tanto desde una perspectiva xenófoba como machista, y está compuesta por dos facciones: la facción Radix, centrada en el racialismo y la facción Breitbart, enemiga declarada del feminismo, el islam y del pensamiento políticamente correcto.

¿Son Donald Trump y la Alt Right fascistas/neo fascistas? ¿O representan un nuevo fenómeno de extrema derecha para el cual no tenemos aún términos y referentes? Estas preguntas han sido recurrentes entre los analistas de actualidad y la población en general. Son preguntas legítimas y pertinentes, pero que no debieran obsesionarnos. Lo que subyace a estas preguntas es el miedo fundado a que la barbarie que vivimos en los años treinta y cuarenta del siglo XX pueda repetirse. A este respecto, la frase atribuida a Mark Twain sobre la historia quizá pueda ofrecer algo de perspectiva: “La historia no se repite, pero rima”.

Habrá cuestiones que nos parezcan recurrentes en ambos casos, y esas recurrencias nos tienen que poner en alerta sobre los peligros implícitos que pueden sobrevenir. Pero al igual que los fascismos en su momento excedían una comparación con los reaccionarios europeos del siglo XIX (por las novedades que planteaban, terribles novedades históricas), la Alt Right y Trump deben juzgarse en base a la especificidad histórica en que han aparecido, con todas sus consecuencias. Esto quiere decir que nunca podrán ser lo mismo que el fascismo, lo que no impide considerarlos como una amenaza para toda sociedad que aspire a un régimen de libertad plural.

Por otra parte es necesario aclarar que aunque Trump y la Alt Right hayan desarrollado una relación de simbiosis política, eso no significa que Trump sea un político de la Alt Right. El extremo individualismo egótico del presidente dificulta encasillarle claramente en una ideología formada, aunque de entre todas las tradiciones políticas norteamericanas, a la que más se aproxima tanto por sus declaraciones como generacionalmente es al paleoconservadurismo. Por el momento bastará con comprender que Trump y la Alt Right no son lo mismo, aunque han conseguido un alto grado de complementariedad. Trump ha permitido salir a la Alt Right de la marginalidad, mientras que la Alt Right ha proporcionado a Trump una base social y el movimiento político del que carecía el multimillonario.

Pero aún subsiste la pregunta sobre qué es la Alt Right. La prensa estadounidense ha creado un relato sobre un movimiento político racista blanco protagonizado por una serie de figuras mediáticas, que pretende iniciar una guerra cultural con las minorías raciales, el feminismo y las mujeres, así como con la izquierda en general. Sin duda esto es  lo que caracteriza a la Alt Right. Sin embargo como denunciaba Andrew Anglin, miembro de la Alt Right  y uno de los máximos referentes neonazis americanos desde su página The Daily Stormer, esta idea es en buena parte una invención de la prensa (más bien una racionalización). Para crear un relato necesitó convertir un movimiento social en una historia de nombres propios y caras reconocibles, gente a la que se le pueda imputar un plan y unas ideas susceptibles de alimentar un relato.

Y en efecto, una revisión de los orígenes y evolución de la Alt Right  confirma la tesis de Anglin, quien se niega a aceptar que la Alt Right no volverá a ser solo el movimiento de base de sus orígenes.

A inicios de la era Obama, mientras los estadounidenses del baby boom de la América profunda se organizaban para crear el Tea Party contra la política del nuevo presidente, los millennials se encontraron con un panorama laboral nada envidiable. A pesar del enfoque algo más heterodoxo de Obama en la gestión de la crisis, una gran proporción de jóvenes vio truncada su entrada al mercado de trabajo, o padeció una mezcla de pluriempleo y trabajo precario que no se correspondía con sus expectativas vitales y el precio que habían tenido que pagar, endeudándose algunos de ellos por decenas de miles de dólares en el sistema universitario estadounidense. Aquellos que ni siquiera tenían formación universitaria se encontraron que el sector industrial había desaparecido y que los trabajos del sector servicios menos cualificados los ocupaban en condiciones de explotación latinos y afroamericanos.

Una generación de jóvenes precarios, muchos de ellos ninis, comenzaron a encontrarse y a converger a través de internet, compartiendo sus frustraciones, experiencias y anhelos, sus odios y reivindicaciones. Para ellos, al contrario que para sus padres y hermanos mayores, el problema no era tanto Obama, sino una sociedad que no ofrecía salidas, y en la que una élite cultural y educativa denunciaba desde los medios de comunicación, las escuelas, institutos y universidades,  la situación de vulnerabilidad de mujeres, minorías raciales y sexuales; pero que no tenía ni una palabra para las problemáticas de los varones jóvenes blancos.

Estos millennials, en parte ninis, en parte precarios, invirtieron mucho tiempo y recibieron estímulos en las redes sociales e internet, y a través de foros como las páginas 4chan, 8chan, /Pol/ o Reddit, entre otras, formaron una subcultura de intercambio de ideas, debates y humor virtual. Ninguna de esta páginas era de extrema derecha (ni políticas en ningún sentido), sino simples foros de internet y páginas donde compartir gifs y memes. De esta manera, y con un cierto “apoliticismo” de origen, estos jóvenes comenzaron a compartir sus experiencias y rabia con altas dosis de humor donde predominaba el machismo, el racismo y la homofobia. El medio principal de protesta era el meme, imágenes encuadradas que suelen estar acompañadas de un breve texto en donde se ironiza sobre cualquier asunto haciendo guiños por lo general a la cultura popular.

Los memes ofrecían un formato muy visual, ágil, desenfadado y ameno de expresar ideas políticamente incorrectas. Algunos comenzaron a hacer circular estas expresiones machistas y racistas en tono jocoso (por trolleo, buscando la provocación para divertirse), otros como síntoma de rebeldía ante lo que detectaban como el discurso institucional políticamente correcto. Y muchos como una forma menos agresiva de promocionar sus ideales políticos excluyentes. Una parte de este último grupo acabaría deviniendo en las actuales figuras mediáticas y líderes de la Alt Right. En lo que todos ellos parecen coincidir es que en estos inicios la mayoría de sus compañeros de la red no eran conscientes de estar participando en el nacimiento de una nueva extrema derecha, sino que todo formaba parte de un ejercicio de provocación y rebeldía, una actividad ociosa que además cumplía la función de servir de terapia colectiva virtual.

Con el tiempo la parte más lúdica y canalla fue reconducida (nunca ha desaparecido) a debates más explícitamente políticos y sociales. De esta manera fue surgiendo el discurso y la ideología Alt Right a través de los chats y los foros de internet. El movimiento tenía sus líderes de opinión y referentes, pero fue bastante horizontal y participativo en su formación y desarrollo. Cronológicamente coincidió con el fenómeno de Occupy Wall Street en los Estados Unidos, el 15-M en España, y las primaveras árabes; y al igual que en estas experiencias la gente se reunía (virtualmente) para criticar al establishment y pensar una nueva política. Pero, al contrario que en las plazas, la comunidad no buscaba verse las caras, sino que todo se desarrolló entre avatares, motes y nombres falsos. Los líderes actuales tienden a explicar esta búsqueda del anonimato como la consecuencia de la represión que viven a causa de sus ideas. Sea cierto o no, esta dinámica no se puede desvincular de un fenómeno muy común en el mundo de la información y la política digital: la proliferación de la visceralidad política en las redes. Perfiles de gente que aprovechan el anonimato que internet ofrece para defender posiciones agresivas, irrespetuosas o radicales, amparados por la seguridad de su avatar.

Esta lógica de la impunidad ante la reprobación social ha sido un elemento muy importante en el proceso de radicalización del movimiento. Relacionarse a través del avatar proporciona el reconocimiento de los seguidores que puedan surgir y evita el ataque directo hacia la persona real. De esta manera resultó mucho más sencillo para los jóvenes de esas páginas exhibir un discurso políticamente incorrecto y comenzar una escalada de radicalización.

Milo Yiannopoulos (Milo a partir de ahora) es un youtuber provocador y una de las máximas referencias de la Alt Right por la facción Breitbart. Milo propuso en un influyente artículo titulado Guía de la Alt Right para conservadores del establishment una hipótesis muy interesante aunque posiblemente exagerada (como todo en él), según la cual el surgimiento de la Alt Right en la actualidad respondería a los mismos motivos que la rebelión de los jóvenes de mayo del 68: un movimiento contestatario ante una sociedad moralista en donde el horizonte de expectativas de la juventud es insatisfactorio, lo que alienta un levantamiento contra las normas establecidas.

¿Tiene sentido esta hipótesis de Milo? En parte creo que abre una perspectiva interesante para reconsiderar la manera en que hemos construido la cultura social progresista hasta el momento.
En las últimas décadas hemos visto surgir y afianzarse movimientos en contra de la discriminación, el racismo, y a favor de los derechos de las mujeres y de la conquista de su legítimo lugar en la sociedad. Estos movimientos han sido y son fundamentales en la construcción de una sociedad mejor. Pero junto a las conquistas necesarias, se ha ido desplegando en algunos casos unas formas y modelos moralistas e intransigentes, transformando parte de un movimiento muy necesario en su radicalidad en una cruzada moral. La consecuencia de esto, en una sociedad que sigue siendo profundamente machista, homófoba y racista (a pesar de las conquistas), ha sido doble: un levantamiento aprovechado por movimientos reaccionarios y la pérdida creciente de la simpatía del gran público, aquellas personas que aprueban el feminismo y el antirracismo por convención y no por convicción (que siguen siendo mayoritarios).

A pesar de que el feminismo, el antirracismo o la tolerancia hacia la diferencia no son aún valores genuinamente hegemónicos en nuestra sociedad, en los medios de comunicación sí predomina una versión convencional y superficial de los mismos que, unida a una actitud cada vez más intransigente y menos dialogante de algunos de los militantes más activos de dichos movimientos, ha generado una oleada de rechazo creciente hacia estas ideas, formándose así un caldo de cultivo propicio para una nueva extrema derecha. Y es en este contexto en el que ha surgido una nueva mentalidad entre muchos jóvenes de una lucha rebelde contra lo que ellos identifican como el pensamiento de lo políticamente correcto. La convención cultural que, a su juicio, enmascara el principal problema social, que es la desaparición de la sociedad blanca y “europea”/americana, su sociedad, la única que creen capaz de ofrecerles un futuro.

Por lo tanto Milo no se equivoca del todo cuando señala que el movimiento de la Alt Right es una respuesta similar a la de los jóvenes de mayo del 68. Unos se rebelaron contra la conservadora sociedad moralista de posguerra, mientras que los otros se rebelaron contra la moralización de la lucha por la justicia social. Ambos se rebelan contra el pensamiento convencional de su momento histórico en nombre de la libertad: en el 68 produciendo una izquierda alternativa, una versión del comunismo antiautoritario; en 2016 una derecha alternativa que, en sus propios términos, dice luchar contra el totalitarismo y la censura de lo políticamente correcto.
El momento clave en la transformación de este movimiento llegó en las elecciones presidenciales de 2016, cuando el candidato republicano y futuro presidente Donald Trump vino a personificar con su discurso irreverente, plagado de racismo, machismo y crítica al establishment todo lo que durante años se había ido gestando en los rincones oscuros de internet. Pero, por una ironía de la historia, no fue Trump quien rescató a la Alt Right del anonimato para lanzarlos al estrellato, sino Hillary Clinton.  En un discurso de campaña en la ciudad de Reno (Nevada) el 25 de Agosto de 2016, Clinton sugirió la vinculación de su oponente con los radicales de la Alt Right a través de su entonces nuevo director de campaña Steve Bannon.

El principal ideólogo y referente de la Alt Right y líder de la facción Radix, Richard B. Spencer, cuenta que, en aquel momento, se encontraba en Tokio cuando su correo personal se inundó de peticiones de entrevistas por parte de la prensa para que explicara qué era la Alt Right. En aquel momento el movimiento había dejado de ser un simple conjunto de ciberactivistas y jóvenes irreverentes para convertirse en una opción política de primer orden.
Algunos en la Alt Right, como Bannon desde Breitbart News, Anglin desde Daily Stormer, o Spencer desde Radix, llevaban tiempo ejerciendo un liderazgo simbólico en el movimiento como figuras de referencia y pasaron a convertirse en líderes del movimiento, tanto a su pesar (Anglin), como por su insistencia (Spencer y Milo) o sin su conocimiento pero por sus conexiones con la nueva presidencia de Trump (Bannon). Y con ello llegó el momento mediático: entrevistas y aparición en programas, con giras universitarias y reuniones de celebración por el ascenso de Trump. Los miembros de la Alt Right van surgiendo del anonimato, pero en el movimiento se sigue manteniendo aún la subcultura virtual que permite coordinar una red de seguidores, aún con bastante horizontalidad y poco a poco ir convirtiendo un movimiento de protesta en un movimiento de masas, tarea en la que se encuentran en este momento sus líderes, en especial Richard Spencer.
Desde el momento en que la Alt Right se ha convertido en un fenómeno de audiencias muestra una serie de elementos comunes que unifican a sus miembros.
Si el lector tiene en mente al típico neonazi anda desencaminado. Uno de los mayores éxitos y características de la Alt Right es que han conseguido generar una imagen alejada del mundo skinhead y de su violencia que tanto rechazo causa en la sociedad. En su lugar nos encontramos con intelectuales trajeados y excéntricos celebrities, que ofrecen un discurso bien estructurado de ideas provocadoras y agudos comentarios, todo ello expuesto con grandes dotes comunicativas. En contraste con el lobotómico mundo de la extrema derecha tradicional, la Alt Right presenta un alto grado de sofisticación intelectual y capacidad discursiva, como si en una clase de instituto los estudiantes frikis y empollones desplazasen a los matones como los reyes del patio. Como el lector imaginará, esto les vuelve mucho más peligrosos, pues su capacidad de persuasión y combate discursivo es mucho mayor.

Esto a su vez permite a la Alt Right poder prescindir de la violencia (al menos por el momento), lo que ha provocado una paradójica respuesta por parte de algunos grupos de la izquierda norteamericana, que por el contrario tiene problemas al gestionar su propia violencia. El 20 de enero del 2017 un sujeto embozado asestó un puñetazo a Richard Spencer mientras contestaba a la CNN en una entrevista en la calle. El puñetazo se hizo viral, apareció en periódicos de medio mundo y provocó que incluso figuras de reconocido prestigio, como el filósofo Slavoj Zizek, entrasen a intentar legitimar el ataque a Spencer. Una semana después, Milo tuvo que cancelar un acto en la Universidad de California Berkeley y ser evacuado por la policía cuando una protesta pacífica contra su presencia en el campus devino en un intento de asalto al edificio por parte de encapuchados armados con palos y lanzacohetes caseros. Y mientras la izquierda debate sobre si se puede o no agredir físicamente a la extrema derecha, la Alt Right ha conseguido instrumentalizar estos sucesos para presentar como verosímil la idea de unos pacíficos conservadores atacados por unos violentos izquierdistas y sus cómplices de los medios de comunicación, que mediante su tiranía del pensamiento políticamente correcto oprimen la libertad de expresión de unos, mientras justifican la violencia de los otros.

De esta manera la Alt Right ha conseguido invertir los papeles, haciendo parecer a la izquierda violenta y totalitaria y a ellos como paladines de la libertad. Con ello van consiguiendo poner de su parte a los medios conservadores convencionales y empiezan a levantar simpatías entre conservadores más moderados, o aquellos radicales de derechas más mayores a los que por un hándicap generacional aún no llegaban. El propio Trump ha intervenido amenazando por Twitter a la Universidad de California Berkeley con que, si se repiten estos actos violentos, revisará su financiación pública.
Con esto vemos otra característica de la Alt Right, su uso constante de la provocación pública, que tensa la convivencia mediante su discurso y, cuando aparece la violencia, se refugia en el victimismo, como si el hecho de extender un discurso del odio no tuviera consecuencias.

Otro elemento muy presente en la Alt Right es el uso prolífico de la ironía y el humor. Vimos que este recurso al humor se encontraba en los mismísimos orígenes de la Alt Right como movimiento de base y que tenía en el uso del meme su principal arma. De un meme surgió precisamente el que ha acabado erigiéndose como símbolo de la Alt Right: la rana Pepe (Pepe the frog). Puede resultar un tanto ridículo que una fea y grimosa caricatura de una rana sea el símbolo de un movimiento de este calibre. Le resta seriedad y credibilidad. Pero eso no es algo que preocupe a los líderes de la Alt Right, pues son conscientes de que la puesta en escena de su discurso es suficiente para dotar de seriedad al movimiento, y con elementos como la rana Pepe o el uso generalizado de los memes restan dureza a su imagen.
En el fondo es un uso calculado de la frivolidad y de la frivolización de los elementos discursivos y las imágenes de la extrema derecha: la rana pepe bebiendo té con un bigote hitleriano, Hillary Clinton con expresiones faciales divertidas o Trump vestido como Napoleón o fusionado con la rana Pepe (y compartido a través de su propia cuenta de Twitter). Todo ello jalonado con frases racistas y machistas, donde los límites entre la broma y la propaganda se difuminan, generando un juego perverso e hipócrita por el cual todo es una broma hasta que se demuestre lo contrario. Pero a la vez, el mensaje llega y cala en la población, y si la recepción es negativa, entonces se alega que en realidad nada iba en serio.
A todo ello se le suma el uso de un argot, un lenguaje especial que sirve para generar una identidad grupal compartida, a la par que se intenta realizar un lavado discursivo de la retórica de extrema derecha tradicional. He aquí unos pocos ejemplos:
– Human biodiversity (biodiversidad humana) = Desigualdad racial (en el sentido de que existen distintas razas, unas superiores, otras inferiores que no deben mezclarse)
– Masculinist/Manosphere (Masculinismo) = Defensa de los derechos de los varones (desde el supuesto de que se encuentran oprimidos por el feminismo)
– Libtard (progre-retrasado) = Progre+retrasado, izquierdista simplón.
– Cuckservative (cornuservador) = Cuckold es el que observa cómo otro hombre realiza el coito con su esposa. Político profesional conservador que defiende el pensamiento políticamente correcto y ataca a la Alt Right.
– Normie (convencional) = Persona normal conservadora que sigue los dictados de una sociedad izquierdista por adherirse a lo políticamente correcto. Potencial seguidor de la Alt Right una vez sea liberado del pensamiento políticamente correcto.

Estos son sólo algunos ejemplos del extenso argot que pueblan los chats y los discursos de la Alt Right. Como se puede inferir a partir de algunos de estos términos, ideológicamente la Alt Right comparte un fondo común, erigido sobre el machismo y el racismo, en el que esos dos principios aparecen disfrazados con un lenguaje que se aleja de los lugares comunes del racismo y el machismo convencional. Hay un espíritu de renovación de ambas ideas por medio de la colonización de los marcos discursivos y la retórica de la izquierda postmoderna al servicio de su radical opuesto.
Pero para hablar de las ideas de la Alt Right es necesario atender a una distinción que es fundamental y estratégica, y es que, existen, a grandes rasgos, dos facciones en el movimiento que se complementan a la par que se encuentran enfrentadas. La facción Radix, o Alt Right pura, que representa a los racistas más convencidos y cuyo centro de preocupación es la raza; y, por otra parte, la facción Breitbart con un perfil más mediático y mainstream, centrada en las luchas culturales, especialmente un discurso de género a modo de machismo militante.
La distinción entre Alt Right Radix y Alt Right Breitbart es una diferenciación mía elaborada a partir de la constatación de que existe, dentro del movimiento, una identidad diferente hacia la etiqueta Alt Right. Los más radicales, con Spencer a la cabeza se referencian a sí mismos como Alt Right a secas, mientras que los periodistas del periódico Breitbart no aceptan la etiqueta y les ha llegado impuesta por la prensa rival. Tras varios meses ya se ha popularizado llamarlos a todos Alt Right, pero los Radix no aceptan que los Breitbart sean parte del movimiento, pues los ven muy moderados, razón por la que Spencer los llama también Alt Light.

Richard B. Spencer y la facción Radix o Alt Right pura
La revista Radix Journal es el principal centro de referencia intelectual de la Alt Right. Está dirigido por su fundador, el brillante y polémico Richard B. Spencer, quien se autodefinió durante un tiempo en su cuenta de Twitter como el Karl Marx de la Alt Right. Radix se encuentra a su vez vinculada al National Policy Institute (NPI), un think tank supremacista blanco, dirigido también por Spencer, desde el que se dedica a la renovación ideológica del racismo como principal objetivo.

Spencer es además el inventor del término Alt-Right. Si bien existe una polémica entre él y Paul Gottfried sobre la autoría del término, todo parece indicar que la idea fue de Spencer en su época como editor en Taki’s magazine, con el artículo The conservative write: una crítica a la burbuja intelectual de Nueva York, a los neoconservadores, y en donde se anuncia el porvenir de una nueva derecha, a la que denomina “derecha alternativa”. El concepto de Alt Right, tal y como explica Spencer en su artículo The Napoleon of the current year, publicado en Radix journal, resultó de una contracción pegadiza que él realizó para hacer más atractivo el término. Existe bastante consenso dentro de la Alt Right acerca de la autoría de Spencer sobre la etiqueta, y el artículo citado con anterioridad es posiblemente el manifiesto mejor logrado de la Alt Right, que además explica la conexión del movimiento con el propio Trump.

Pero ¿qué significa Radix? Tal y como explica la revista anteriormente aludida, radix es una palabra latina que significa raíz, y es la base etimológica de la palabra race (raza en inglés), así como de la palabra radical. Y aunque la revista reivindica el sentido original del término radical (ir a la raíz de un asunto), la página sugiere la fusión de los dos términos (raza y radical, o racismo radical). Este juego de palabras en latín entre el radicalismo y la raza define muy bien al propio Spencer. Nacido en Boston, en su niñez vivió en un suburbio acomodado en la ciudad de Dallas (Texas) y fue vecino de George W. Bush. Estudió un grado en literatura inglesa y música en la Universidad de Virginia y un máster en humanidades en la universidad de Chicago, en la que realizó una tesis de máster sobre la música de Richard Wagner en el pensamiento del filósofo Theodor Adorno.

Este último punto es importante, pues refleja un elemento que va a estar presente en toda la Alt Right, y en especial entre los Radix. Spencer elaboró su pensamiento, al igual que su involuntario maestro Peter Gottfried, a partir de la lectura de las obras de los filósofos de la Escuela de Frankfurt. Un grupo de marxistas heterodoxos alemanes, que en la segunda mitad del siglo XX realizaron la gran crítica intelectual al nazismo y se erigieron como el máximo referente de los jóvenes del 68 y la nueva izquierda. Lo importante de este detalle es la estrategia que han utilizado los Radix. Han acudido a unos de los máximos críticos de sus referentes políticos (el fascismo), que son a su vez los padres intelectuales de sus enemigos directos (la nueva izquierda). Los filósofos frankfurtianos eran, con diferencia, una de las fuentes más complicadas desde donde generar una ideología neofascista, y sin embargo, el gran logro de gente como Gottfried o como Spencer ha sido comprender la estructura del pensamiento frankfurtiano para subvertirlo y ponerlo al servicio del pensamiento reaccionario.

Algo parecido a lo que una parte de la nueva izquierda hizo con el jurista y pensador filonazi Carl Schmitt, solo que en la Alt Right alcanza hitos programáticos profundos.

Si a partir de la Escuela de Frankfurt y la nueva izquierda se desarrolló un modelo de pensamiento que transitó desde la identidad de clases a las identidades en plural (de raza, género y sexualidad), Spencer y los Radix han hecho de la identidad su gran bandera, metamorfoseando el supremacismo blanco en una nueva idea a la que han llamado identitarianismo (la identidad de los varones blancos supuestamente oprimidos en una sociedad que venera el multiculturalismo y la feminización).
Este identitarianismo está fuertemente influido por un pensamiento nietzscheano en el que la voluntad de poder de los sujetos lleva a una colisión inevitable de las razas. Esto recordará al lector a la teoría del darwinismo social de Herbert Spencer, el padre del racismo ‘científico’ del siglo XIX.
La historia en ocasiones muestra un particular sentido del humor al hacer coincidir en apellido al padre del viejo racismo (pseudo) científico con el nuevo racismo, que se pretende científico. Y si el racismo decimonónico se obsesionó con cuestiones como la frenología y la categorización racial por el aspecto fisionómico, este nuevo racismo también ha encontrado sus propios fetiches justificadores.

Estos nuevos racistas evitan referirse a elementos fisionómicos a la hora de justificar sus ideas. El color de la piel, las formas faciales o la estatura no serían para ellos algo importante (aunque en un sentido profundo sea lo único que vean). Ellos alegan que existen diferencias de inteligencia y culturales que hacen que para las distintas razas sea imposible convivir, y que esto justifica la necesidad de separarlas y crear Etno Estados, naciones racialmente homogéneas en donde no se generen conflictos culturales.
Para justificar esta idea se apoyan en estudios neurológicos y psicológicos de una corriente de psicólogos que han popularizado los informes de coeficientes de inteligencias comparados entre distintos grupos raciales en los Estados Unidos. Libros como Race Differences in Intelligence, de Richard Lynn, o The Bell Curve, de Richard J. Herrnstein y Charles Murray, han sido ampliamente utilizados para justificar la existencia “comprobada” de diferencias de inteligencia entre distintas razas. Se han hecho centenares de críticas a estos estudios que no puedo resumir aquí. Todas ellas acaban coincidiendo en que estos estudios utilizan una categoría de inteligencia muy convencional (lógico-matemática) y que hacen un diagnóstico en clave racial para problemas que tienen un origen socioeconómico, de acceso a recursos y deficiencias del sistema escolar público norteamericano, en donde las minorías raciales son la parte más vulnerable.

Junto a esta explicación ‘psicológica’ de diferencia de inteligencias (presente también en el racismo del siglo XIX), encontramos a su vez la idea de que las minorías raciales tienen una cultura distinta a la de los blancos, que en los Estados Unidos aparece como distintas subculturas que reivindican la diferenciación frente a la asimilación en la cultura mayoritaria (y blanca). Esto provoca, según Spencer y el resto de autores, que las minorías raciales no puedan/quieran formar parte de la América genuina, lo que provoca grandes distorsiones en la sociedad por los constantes conflictos entre mayorías y minorías, así como una actitud por parte de las minorías raciales que las debilitan tanto a ellas como al conjunto de la sociedad al instituir una cultura de la reparación. La idea de que la sociedad tiene que indemnizar a las minorías raciales por la opresión que han vivido, y bajo la que siguen encontrándose, y desagraviarlas mediante políticas de discriminación positiva como compensación. Según Spencer, estas políticas vuelven a los miembros de las minorías débiles, dependientes y complacientes. “Parásitos” del resto de la sociedad, que como viven gracias a las facilidades de las subvenciones, entran en un círculo vicioso de dependencia hacia estas de las que no pueden salir, degradándose como individuos y debilitando a la sociedad en su conjunto.

Y como esto es (a juicio de Spencer) un problema estructural de todas las sociedades racialmente mixtas y multiculturales, la única forma de acabar con ello es expulsando a todas las personas racialmente distintas a los blancos de origen europeo del país, generando un país racialmente homogéneo al que denomina Etno Estado.

Un elemento curioso de este delirio racista es que Spencer evita referirse a los blancos como “blancos” (para no sonar racista), y también evita usar el término “americanos”, de manera que no queda del todo claro que sólo se refiera a los estadounidenses blancos. Tanto él como otros miembros de la Alt Right hablan de “europeos” para referirse a la América blanca. Por lo que no es raro encontrar reivindicaciones bastante cómicas entre estos autores de “América para los europeos”, cuando lo que en verdad quieren decir es “América para los blancos”.

Además de Spencer, entre los Radix se encuentran personajes tan diversos como el viejo supremacista blanco Jared Taylor, el editor de la revista Radix, Andrew Joyce, o el gay “masculinista” (machista) Jake Donovan, máximo exponente del tribalismo en la Alt Right. Hay muchos más nombres en la lista, y esta a su vez está compuesta por una diversidad de personas demasiado distintas para poder ser etiquetadas bajo el perfil Radix o Breitbart, por lo que el lector debe entender esto como una primera aproximación más que como una categorización exhaustiva

Steve Bannon, Milo Yiannopoulos y la facción ‘Breitbart’ o ‘Alt Light’
Fue Spencer quien en una entrevista concedida a Mother Jones habló por primera vez de facciones. Se refería de esta manera tanto a sí mismo como a todo el universo de periodistas y celebrities que rodea al periódico digital Breitbart News. Les llamó, “facción Breitbart”, y fue entonces cuando consideré que si existía una facción Breitbart, debía así mismo existir una facción Radix, aunque ellos mismos se identifiquen como la Alt Right sin más adjetivos. En posteriores entrevistas y artículos se ha referido a los Breitbart también como la Alt Light, para expresar la cercanía de ideas de ambos grupos pero también para marcar la diferencia de enfoque e intensidad con respecto a sus propuestas. Por todo ello, tanto él como el resto de los Radix, muestran un abierto desprecio hacia los Breitbart, en especial hacia Milo Yiannopoulos.

Por otra parte, las principales figuras cercanas al periódico Breitbart han negado en alguna ocasión ser parte de la Alt Right, pero también es verdad que en todos ellos la Alt Right aparece como un elemento atractivo, como un deseo prohibido que es conveniente rechazar en público pero al que se adora en privado. Todos han reflexionado sobre la Alt Right y la han defendido de los ataques de la izquierda, y esto ha llevado al periodismo progresista estadounidense a vincularlos con este movimiento. Entre los Breitbart se encuentran el comediante Steven Crowder, el tertuliano Ben Shapiro o el escocés Gavin McInnes, el hipster de la Alt Right. Aunque las dos figuras que más han destacado de entre este ecléctico y polémico grupo han sido dos elementos tan dispares como Milo Yiannopoulos y Steve Bannon.

Lo característico de esta banda es su fuerte carácter mediático y su tendencia al espectáculo, y una sensibilidad especial a la irrelevancia de la verdad, y hacia la importancia de saber crear un mensaje poderoso, una historia que cautive al público y llame su atención. Entre ellos predomina el recurso a la irreverencia y al humor como medio de presentar sus tesis más controvertidas. La ironía es un arma al servicio de una guerra contra el pensamiento políticamente correcto, en donde toda acción o declaración están justificadas y amparadas bajo el manto de una ilimitada libertad de expresión.

Este recurso a la libertad les ha llevado a definirse como libertarios conservadores (conservative libertarian, lo que podría traducirse también como anarco-capitalistas conservadores). Los archienemigos de esta banda son el movimiento feminista, al que acusan de  sabotear la libertad de pensamiento en los EE.UU.,  así como el Islam, cuya visión supuestamente distinta de la sociedad les convertiría en una amenaza para la libertad en occidente.

Según su visión, el feminismo habría creado una inversión de papeles por el cual los varones se encontrarían en la actualidad subyugados y sin posibilidad de liberarse, ya que ante cualquier intento de revertir la situación son acusados de machistas. Por otra parte, los Breitbart han tomado el discurso neoconservador del politólogo Samuel P. Huntington de El choque de civilizaciones para adoptar una visión xenófoba de la sociedad, donde lo importante (al contrario de los Radix) no sería tanto la raza, sino la cultura y la religión. De esta manera, los Breitbart señalan como una amenaza para la libertad todo lo que no sea occidental y cristiano.

Quizás Milo Yiannopoulos sea el ejemplo más exitoso de entre los Breitbart: cuenta con medio millón de seguidores en YouTube, dos millones en Facebook, y una cantidad superior en Twitter (hasta que su cuenta fue cancelada). Milo es un griego emigrado en su niñez a Inglaterra, medio judío por parte de madre y abiertamente gay. Ataviado con chaquetas de lentejuelas, collares de perlas, el pelo teñido de colores fluorescentes y bolsos de alta gama dignos de Rita Barberá. La “marica peligrosa” (“dangerous faggot”, tal y como se hace llamar) lo tiene todo para ser la víctima propicia de la Alt Right  y, sin embargo, se ha convertido en su gurú y estrella mediática. Es famoso por conceder entrevistas a medios y protagonizar charlas en universidades con un tono provocador, irónico y cínico. Ha sido el referente que mejor ha sabido captar y personificar el espíritu transgresor e internauta de los orígenes de la Alt Right para transformarlo en un producto televisivo.

Milo cuenta con grandes dotes comunicativas: rapidez en la réplica, un lenguaje incisivo y claridad en los mensajes. Si bien sus ideas no llegan al refinamiento de las de Spencer, es un comunicador provocativo y de gran eficacia. Un maestro de un uso cínico de la ironía como forma de tensar los límites del convencionalismo social y como medio de extender el discurso del odio cuya existencia él niega. Su machismo roza la patología, lo que le permite convertirse en un gay homófobo con sus ataques a las lesbianas. Se trata de un racista no confeso, pues piensa que con acostarse con gente de otras razas una persona deja de ser racista, lo que equivale a la excusa estúpida que muchos homófobos enarbolan cuando, acusados de homófobos, alegan tener amigos gays. Sin embargo, nadie debería minusvalorar la potencialidad política de Milo, por muy extravagante que sea el personaje o las muchas contradicciones que presente. Se trata de la quintaesencia de la extrema derecha posmoderna, una persona capaz de convertir ideas controvertidas en tendencia viral en las redes, una gran habilidad en el debate público y una capacidad visionaria para reformular el lenguaje político en códigos de consumo cultural de las nuevas generaciones.

El mejor ejemplo de esto es un videoclip sobre la construcción del muro de México prometido por Donald Trump al más puro estilo MTV. En él Milo, junto a dos jóvenes atléticos, comienza a construir el muro de Trump, consiguiendo transmitir a los más jóvenes las ideas del nuevo presidente como algo a la moda. Se trata de un ejemplo genuino de la nueva propaganda política del siglo XXI de la que él es un experto.

Si bien Milo es la gran figura de la facción Breitbart, su discurso irreverente ha terminado por pasarle factura a pesar de su popularidad. El maestro de la ironía ha acabado por ser víctima de su última provocación. El hombre que había creado su seña de identidad en el discurso de que existe una censura pública por parte del pensamiento políticamente correcto de la izquierda, ha debido de quedar noqueado al comprobar que la Conservative Political Action Conference, un think tank conservador,  le retiraba la invitación para hablar de su autobiografía (un libro titulado Dangerous), cuya publicación ha sido también rescindida por la editorial Simon & Schuster. En el centro del escándalo están unas declaraciones en las que Milo frivoliza sobre el problema de la pederastia, negando que la atracción sexual hacia un niño de 13 años físicamente desarrollado sea pedofilia, y bromeando sobre el abuso que sufrió por parte de un cura católico de niño. Estas declaraciones se encontraban en un vídeo que él mismo había subido a internet pero que había pasado inadvertido, y que fue aireado por un grupo, también conservador, llamado The Reagan Batallion. La fuente del ataque es significativa, pues este grupo está conectado a sectores tradicionales del partido republicano que se opusieron a la candidatura de Trump durante las primarias y las presidenciales, y que se han cobrado su primera cabeza en la Alt Right.

Por otra parte, muchos en la Alt Right, desde la facción Radix y grupos neonazis llevaban tiempo pidiendo la cabeza de Milo. Spencer por considerar que con su estilo frivolizaba la causa de la Alt Right, Anglin por considerar que un gay medio judío no podía ser la principal cara mediática de la Alt Right. En todo caso este ajuste de cuentas dentro de la derecha se suma a la dimisión del antiguo consejero de seguridad nacional de Trump Michael Flynn, mostrando que las trayectorias de estos individuos son tan fulgurantes y breves como los destellos de una tormenta. El golpe más duro para Milo ha venido de todas formas desde su medio editorial, Breitbart News, del que ha tenido que dimitir como editor senior. Dudo que esto suponga el fin de su carrera, pues sigue amasando millones de seguidores en las redes con un discurso con mucha demanda y que mucha gente quiere oír. Probablemente le ocurra como a Jiménez Losantos cuando fue despedido de la COPE por sus demandas judiciales y excesos verbales; será un gran batacazo en su carrera, pero encontrará algún otro rincón oscuro desde el que extender su bilis. Este es en todo caso otra de las muestras de ese extraño sentido del humor que gasta la vida. Irónicamente, el rey de la ironía que denunciaba la censura social de la izquierda acabó cayendo por un ejercicio de censura y sectarismo orquestado por la derecha, hacia la que nunca tuvo una sola palabra crítica. Esto, querido Milo, es la pura definición de lo que es la ironía.

Dentro del grupo Breitbart, Steve Bannon es el referente más importante, porque sirve de nexo de unión entre estos y los Radix. Más abiertamente racista que la mayoría de los Breitbart, pero con la mentalidad comunicativa de su facción de origen. Se ha llegado a comparar a sí mismo con Lenin por el deseo compartido por ambos de acabar con el establishment y el Estado. Quienes deseen un buen resumen biográfico y político de Bannon deberían consultar este perfil de Álvaro Guzmán.

En el año 2012 se hizo con las riendas de Breitbart News, un periódico digital fundado por Andrew Breitbart dos años atrás, con el objetivo de promocionar el sionismo en los Estados Unidos y defender las posiciones más extremistas del Estado de Israel. Andrew Breitbart murió cinco años después de fundar su periódico y Bannon viró la línea editorial, desde el sionismo al supremacismo blanco y el discurso del choque de civilizaciones.

Su empeño editorial le llevó a convertir el periódico en uno de los más importantes centros de referencia de la América conservadora. Esta experiencia editorial, unida a su etapa como productor de cine, le han otorgado una experiencia y visión en la comunicación política que pocos consejeros en Washington demuestran poseer. La estrategia de Bannon es doble y se demuestra en el aluvión de órdenes ejecutivas de las primeras semanas de Trump, de las que Bannon es autor tanto en el texto como en la estrategia comunicativa. La filosofía que subyace a esta iniciativa legislativa extrema es la de llevar intencionalmente el aguante de la sociedad al límite, con el fin de testar cuál es el grado de apoyo de sus incondicionales y de sus críticos, así como para comprobar el grado de movilización de los opositores, el nivel de aquiescencia y apoyo de los admiradores y la tolerancia de los grupos neutrales y de las instituciones. De esta manera se dibuja un umbral de reforma política sobre el que Bannon y Trump pueden trabajar como un margen de acción política.

La estrategia, osada y exitosa, no ha sido gratuita para el gobierno, pues les ha valido la cabeza de Michael Flynn, el consejero de seguridad nacional, aunque en contrapartida ha revelado que los servicios de inteligencia se encuentran enfrentados a la actual administración y poco cooperativos a la hora de compartir su información, lo que les sitúa al borde de cometer sedición. Esto ha llevado a Trump a la inaudita decisión de conformar un equipo en la Casa Blanca que estudie la relación del ejecutivo con los servicios de inteligencia y su posible reforma. Todo esto hace prever que existe un campo abonado para un futuro conflicto del ejecutivo con los servicios de inteligencia y el Pentágono, que hacen sobrevolar con más fuerza la posibilidad de un impeachment contra Trump, si no acciones más agresivas por parte de estas instituciones contra la administración.

Lo que parece claro es que Bannon está amasando un poder que no veíamos en un consejero presidencial desde la época Bush. Lo que está llevando a una división en el ejecutivo entre la facción más ideológica de la Alt Right capitaneada por él, y los republicanos institucionales de Reince Priebus. Tras la dimisión de Flynn, Breitbart News pidió la cabeza de Priebus por haber detenido parte de las órdenes ejecutivas, lo que puede convertirse en la antesala de una crisis de gobierno en donde los moderados sean purgados y la Alt Right termine por tomar el poder. Más allá de que este escenario se materialice, el enfrentamiento ha servido para demostrar que Bannon sigue conservando el control de Breitbart News, plataforma que utiliza como medio informal para condicionar de manera decidida la  dirección del gobierno, así como para generar relatos desde los que influir en la opinión pública y mantener el contacto entre el gobierno y sus bases más adeptas.

Con esto queda claro que aunque la Alt Right se encuentre formalmente dividida en su élite dirigente y de referencia, en la práctica todos estos grupos y personajes se complementan y están conformando un movimiento de extrema derecha de proporciones desconocidas en los últimos ochenta años. Un seguidor de la Alt Right medio tiende a informarse por Breitbart News y a través de los referentes más ligeros de la facción Breitbart. Los más ideologizados encuentran a su vez en los Radix un núcleo de pensamiento más duro y elaborado desde el que desplegar su racismo, y Bannon les unifica a todos como el hombre de Estado de la Alt Right.

Para todos ellos, Trump es un primer ariete en la toma de las instituciones, pero todos tienen claro que su porvenir se encuentra más allá de Trump y, tanto los intelectuales de Radix, como los showmans de Breitbart, y por supuesto Bannon desde la Casa Blanca trabajan para que Trump sea sólo la primera piedra de un proyecto que tiene por objetivo transformar la sociedad y no sólo tomar el poder.

La influencia de la Alt Right en Europa y la construcción de una extrema derecha global
El año 2017 puede convertirse en el comienzo de un nuevo proyecto global de la extrema derecha, o en el techo de cristal de sus aspiraciones. La Alt Right americana ha sido pionera en su asalto al poder gracias a su vinculación a Trump, pero en marzo de este año Wilders y el PVV tendrán su prueba de fuego en Holanda, la extrema derecha alemana de la AfD puede asentar posiciones, y lo más importante, en Francia, las elecciones presidenciales de abril y mayo  pueden llevar al poder a Marine Le Pen, quien tiene por primera vez la posibilidad real de conquistar la presidencia francesa para FN.

Todos estos movimientos han generado ya contactos formales con la presidencia Trump e informales con la Alt Right. Las páginas Radix y Breitbart News son consultadas y leídas por la extrema derecha europea, que encuentra en ellas ideas novedosas para su discurso político. Los Radix, por otra parte, tienen una larga relación con los intelectuales europeos de la Nouvelle Droite, de Alain de Benoist, en cuyas ideas se basaron en buena parte para conformar su ideario. Muchos de los miembros de los Breitbart, como Milo o McInnes son de hecho europeos y han ayudado a tender puentes entre la Inglaterra pro-Brexit y la Alt Right.

Con estos elementos, podemos atisbar el posible nacimiento de una extrema derecha global. Cada grupo con sus particularismos, en su discurso de defensa de un Estado-nación fuerte, en contra de la globalización, del Islam, y la izquierda cultural; en definitiva, en su programa y empuje común por la construcción de Etno Estados vemos cómo se conforma con paso decidido una nueva extrema derecha que aunque antiglobalizadora, es producto y resultado de la globalización, y tiene un fuerte contenido de globalización. Porque trasciende las particularidades de los Estados para conformarse como un movimiento internacional. Son el viejo topo del que hablaba Marx, esa corriente revolucionaria que avanza inadvertida hasta que irrumpe en el panorama, sólo que este movimiento no es una revolución, sino el rostro de un monstruo que aún nos elude, un movimiento para el que el término fascista se nos queda pequeño y desactualizado.

¿Conquistarán la Alt Right y sus homólogos europeos las corrientes políticas del año 2017; en el aniversario de la revolución rusa, de la publicación de El Capital, de Marx, y de la reforma protestante? ¿O por el contrario se desinflarán como tantas burbujas políticas que hemos visto desfilar en un tiempo de crisis en donde nada termina por asentarse? El tiempo contestará estas preguntas. El porvenir parece sonreír a la Alt Right, pero no por ello la izquierda ha perdido la última palabra. El carácter profundamente identitario del movimiento ofrece a la Alt Right la clave para crecer y extenderse pero les resta a la hora de conformarse como alternativa de gobierno al neoliberalismo.

A pesar de su discurso proteccionista, la Alt Right no ha ocupado el espacio de una alternativa económica y de gobernanza alternativa a la derecha neoliberal. Este espacio sigue vacío y puede ser aprovechado por la izquierda para imponerse en el medio plazo tanto al neoliberalismo en decadencia como a la Alt Right en ascenso. La izquierda debe demostrar valor en su reformulación y abandonar su identitarianismo para volcarse en la tarea de pensar una alternativa económica y en las lógicas de gobierno. En resumen, debe retomar la idea de enarbolar un programa de transición desde el capitalismo neoliberal a un horizonte de emancipación para el cual aún necesitamos un nombre. Esta es la oportunidad que se abre para la izquierda gracias a la renuncia de la Alt Right de conformarse como una alternativa real al sistema económico en colapso de la economía global. Todos estamos llamados a afrontar este desafío. De lo contrario, allanaremos el camino para la Alt Right.

Berta BARBET, “El difícil equilibrio entre mandato popular y garantía legal, ¿un debate que viene?” a Politikon (22-02-17)
http://politikon.es/2017/02/22/el-dificil-equilibrio-entre-mandato-popular-y-garantias-legal-un-debate-que-viene/

Se ha hablado mucho de populismos en el último año, desde muchos ángulos y con más o menos voluntad de análisis. Sin embargo, a pesar de que parece evidente que la insatisfacción con el funcionamiento la democracia es un elemento explica gran parte del apoyo y auge de estos movimientos, el debate sobre las posibles razones de esta insatisfacción ha pasado bastante desapercibido. Y cuando lo ha hecho ha sido básicamente para hablar de crisis económica o de los fallos de los partidos políticos a la hora de hacer su trabajo. El auge del populismo casi nunca se ha ligado al modelo funcionamiento de la democracia mismo y las instituciones detrás de él. Esta falta de debate resulta algo sorprendente si tenemos en cuenta la crítica que muchos de sus líderes, desde Trump , a los partidarios del Brexit , pasando por algunos independentistas catalanes, han hecho a las instituciones contra-mayoritarias, como instituciones que limitan el funcionamiento de la democracia, un crítica mucho más profunda al sistema de lo que supone la crítica a los partidos o la gestión de la crisis económica.

A pesar del reto que suponen los movimientos populistas a los equilibrios alcanzados por lo que se refiere al tipo de control y límites que deben tener los gobernantes a la hora de aplicar su programa electoral, pocos han querido abrir el debate sobre la necesidad de repensar, replantear o al menos debatir algunos de estos equilibrios. ¿Cómo de legitimador es el mandato popular salido de las urnas? ¿Cómo de necesario es que sigan existiendo tales límites?

Éste es un debate que existe desde las primeras teorizaciones de la democracia y básicamente consiste en encontrar el equilibrio entre dos elementos claves. Por un lado, la idea de que en el sistema democrático la opinión de los ciudadanos debe guiar a los representantes a la hora de definir las políticas del gobierno (representatividad). Algo que debería dar al gobierno poder para poder llevar a cabo las políticas que ha prometido los ciudadanos y por las que éstos han votado. Por otro lado, la idea, presente también desde las primeras teorizaciones de la democracia moderna, de que para que el pueblo pueda dictaminar lo que hace el gobierno, es importante que éste no abuse de su poder y por lo tanto el poder del gobierno debe estar controlado y limitado por otras instituciones. Para asegurar este segundo principio, el gobierno ha compartido tradicionalmente el ejercicio del poder con el legislativo y el judicial. Esta necesidad de controlar el poder también se encuentra detrás de la introducción de cláusulas de derechos y garantías para los ciudadanos que los gobiernos no deberían poder alterar por más elegidos democráticamente que sean. Al fin y al cabo es también un principio básico de la democracia el hecho de que las minorías también deben ser respetadas  y tenidas en consideración.

A pesar de que la democracia se concibe como un sistema en el que el pueblo guía la acción del gobierno, desde sus inicios se ha aceptado que deben existir ciertos límites, aunque sean procedimentales, a la acción de éste. Sin embargo, no es evidente dónde deben estar estos límites. El margen de maniobra del gobierno a la hora de aplicar su programa seguramente un tema abierto al debate y a la competición política, una tensión que no se puede resolver del todo. Y aquí es dónde la emergencia de los nuevos populismos abre (más bien re-abre) un debate que no estamos afrontando: ¿dónde deben estar los límites a la actuación del gobierno? ¿Cuál es el poder de las mayorías y cuál el de las minorías en una votación? ¿Qué mayorías o mecanismos son necesarios para cambiar las normas procedimentales de una democracia?

El motivo de la falta de debate, seguramente sea que la negación casi total de los postulados de los populistas. Se ha actuado como si aceptar que los populismos puedan haber surgido por alguna razón, supusiera negar la necesidad de tener un poder controlado y que garantiza los derechos de las minorías. Pero el debate permite moverse en zonas más grises. Es probable que durante mucho tiempo hayamos optado por respuestas muy restrictivas al poder del gobierno, que hayamos limitado mucho las alternativas entre las que los ciudadanos podían escoger, y que hayamos olvidado un poco que los ciudadanos deben ser capaces de expresar voluntad de cambio a sus representantes para que el sistema permita el cambio y la rendición de cuentas. Es probable que haya un motivo por el que la insatisfacción con el funcionamiento de la democracia ha aumentado especialmente en algunos contextos y que ignorar el debate no sea buena idea.

Ahora bien, es importante recordar que estas posibilidades jamás deberían ir en detrimento del estado de derecho y del respeto a las minorías como algunos líderes y movimientos pretenden hacer creer. El funcionamiento de la democracia es más complejo que la celebración de elecciones. Y ganar unas elecciones da legitimidad para implementar un programa de gobierno, pero no debería darla para romper las garantías que permiten que los perdedores también se puedan ver representados en el sistema. Más cuando tenemos numeroso estudios que demuestran que las elecciones los producen mandatos débiles, circunstanciales a un contexto e instituciones determinados y muchas veces poco claros (tanto porque la mayoría de votantes no tienen los conocimientos, tiempo ni habilidades para poder formarse una idea de cuáles son sus preferencias y votar acorde a ellas, como porqué la lógica de la agregación de preferencias hace que sea imposible alcanzar un equilibrio claro que permita conocer la voluntad del pueblo).

Si de verdad queremos afrontar este debate no podemos simplificarlo a grandes proclamas sin demasiado contenido detrás. No se trata de ser más o menos democrático que el otro, se trata de qué modelo de democracia queremos implementar. Ni la voluntad popular es siempre la mejor respuesta a todas las preguntas. Ni los sistemas democráticos pueden vivir de espaldas a la voluntad popular y negar cualquier opción de cambio en el ordenamiento jurídico o legal. Nos vamos a tener que mover en una zona de grises, y cuándo antes mejor o el debate se va a enquistar mucho.

Roger SENSERRICH, “Cataluña y la importancia de las leyes” a vozpópuli (17-02-17)
http://www.vozpopuli.com/actualidad/nacional/Cataluna-importancia-leyes_0_1000101178.html

La larga retahíla de batallas judiciales entre el gobierno de la Generalitat y el gobierno central estos días tienen un poco de ópera bufa. Los nacionalistas catalanes han hecho la convocatoria de un referéndum el eje de su acción de gobierno; el parlament está dedicando más tiempo a buscar formas de votar como sea sobre la secesión que a cualquier otro tema. Ante cada negativa, derrota judicial o paseo por el banquillo los independentistas se llenan la boca de democracia, diciendo una y otra vez que están oprimidos por el sistema, y que las leyes son injustas.

Esto sería cierto si la Generalitat al menos se preocupara de tomarse en serio sus propias leyes. Hace unos años (apenas una década, aunque parece que fue en otro mundo) el Parlament aprobó un nuevo estatuto de autonomía, con amplio consenso de todos los presentes. Como marca la Constitución, el texto fue al congreso, que retocó algunos puntos, y después fue ratificado por amplia mayoría en referéndum en Cataluña.

Los estatutos de autonomía en España son leyes de rango casi constitucional; aunque deben atenerse a la Constitución, ningún legislativo puede alterarlas sin atenerse al procedimiento marcado por el propio estatuto. De forma más significativa, ni el congreso ni el gobierno de Madrid pueden alterar o reformar el texto estatutario; el único legislador con autoridad para hacerlo es el parlament en la Ciutadella. En circunstancias excepcionales el gobierno central puede suspender una autonomía, pero no forzar una reforma de su estatuto. Esto no quiere decir que los estatutos sean inmunes a cambios; como toda ley salida de un parlamento, el Tribunal Constitucional puede y debe revisar el texto. El Constitucional es una institución contramayoritaria que no se atiene a reglas democráticas; su trabajo es evaluar si la legislación se atiene a los preceptos de la Constitución. La idea central, en este caso, es que los redactores de la Constitución estimaron que hay una serie de principios, normas de convivencia y libertades fundamentales que no están sujetos a decisiones democráticas. Son los bloques legales de las instituciones de una democracia avanzada, desde la libertad de expresión a la separación de poderes, que garantizan que el sistema democrático puede seguir funcionando.

El estatuto catalán, siendo como era una ley (excesivamente) larga, compleja y fruto de un acuerdo entre muchas partes, tenía varios artículos que contradecían la Constitución. El tribunal hizo su trabajo, y ajustó el texto a la ley fundamental, alterando varios artículos que eran obviamente contrarios al texto como el apartado judicial, que contradecía completamente a la Constitución en un par de puntos. Los cambios más relevantes se dirigían a preservar la separación de poderes, especialmente aquellos artículos donde el estatuto catalán establecía normas de gasto público al gobierno central y a otras comunidades.

De forma significativa, el Constitucional dejó intacta la parte más importante de cualquier constitución, el procedimiento que establece para reformarla. Los autores del estatuto decidieron que para redefinir la relación de Cataluña con España mediante una reforma estatutaria sería necesario obtener una mayoría de dos tercios en el Parlament. Ni un diputado más, ni uno menos. Cualquier alteración significativa del pacto entre los dos legislativos exigía una supermayoría clara.
Los nacionalistas catalanes estos días parecen haberse olvidado de sus propias leyes, e insisten en intentar cambiar la estructura fundamental del gobierno catalán (¡a qué estado pertenece!) a golpe de mayoría simple. De nuevo, insisten que ellos sólo quieren democracia, que les dejen votar. En realidad, lo que están pidiendo es que ignoremos esos principios que consideramos demasiado importantes en nuestro sistema político como para ser decididos por mayoría simple.

En una democracia liberal moderna las administraciones tienen restricciones considerables sobre qué pueden y no pueden hacer. El gobierno central no puede alterar los estatutos de autonomía de manera unilateral, prohibir el derecho a formar un sindicato o declarar ilegal escribir con la mano izquierda; la Constitución restringe su capacidad de maniobra de forma considerable. Rajoy no puede hacer cosas que no están en su lista de atribuciones constitucionales; no puede aprobar leyes, subir impuestos o gastar dinero unilateralmente. Un ayuntamiento no puede formar una división acorazada y declarar la guerra a Portugal. Los tribunales no pueden juzgar a alguien usando el código penal polaco.

Esto es así para proteger esa lista de derechos fundamentales que tenemos en la constitución; hay reglas del juego que deben ser respetadas, y reglas sobre cómo reformarlas. El Estado de derecho protege a los ciudadanos de los devaneos ocasionales de sus políticos, y protege a las propias instituciones de ser destruidas. Si un partido anti-autonomista ganara las elecciones un día en Cataluña no podría decretar la disolución de la Generalitat de forma unilateral.

La insistencia de los independentistas en sacar adelante una alteración radical del orden institucional en Cataluña por mayoría simple corre el riesgo de vulnerar los derechos fundamentales de los ciudadanos catalanes. La Constitución, por ejemplo, consagra el derecho a voto; es un componente fundamental de la misma democracia, y permite que todos los españoles puedan participar en elecciones en España. Una secesión unilateral pondría en peligro ese derecho de inmediato; en una hipotética Cataluña independiente nada garantizaría la participación de los catalanes en unas elecciones generales en España. Del mismo modo, bajo una secesión unilateral los residentes en Cataluña se verían privados de todas las protecciones legales y derechos constitucionales contenidos en la ley fundamental española, incluso en el caso que la constitución catalana tuviera preceptos parecidos.
Sobre todo, una secesión unilateral estaría privando a muchos catalanes del derecho a seguir siendo miembros de una comunidad política, España, de la que quieren seguir siendo miembros. Ser forzado a ser extranjero en su propio país es algo que no puede ser impuesto por mayoría simple, en una votación que un gobierno no tiene ni siquiera la autoridad legal para convocarla ni los votos suficientes siguiendo sus propias reglas.

Las constituciones no son sagradas, los países tampoco. Si una mayoría amplia, sostenida y suficiente de habitantes de un territorio quieren la secesión es justo hablar de ella, votarla y concederla. Lo que no podemos olvidar, sin embargo, es que a qué país pertenecemos no es sólo una cuestión de identidad o de dónde pagamos los impuestos. La ciudadanía implica derechos, cuestiones de fondo sobre el funcionamiento de nuestra democracia. Son materias tan importantes que todas las democracias constitucionales, sin excepción, se autoimponen condiciones legales excepcionalmente duras para poder debatirlas y alterarlas. La ciudadanía, el pertenecer a un país, es algo que no puede ser decidido por mayoría simple, porque define no sólo quiénes somos, sino qué derechos tenemos. Hablemos de Cataluña. Negociemos. Pero nunca, nunca perdamos de vista de qué estamos hablando.