Presentació

Una nova disciplina politològica està causant furor: la “trumpologia”.  Escrutar, interpretar i profetitzar sobre la conducta del nou president dels Estats Units ha esdevingut, per grat o per força, una necessitat per tal d’intentar reduir el grau d’incertesa generat per un esdeveniment inesperat i fins i tot força indesitjat. Roger Senserrich ofereix pistes per moure’s enmig de les diverses i contradictòries opinions sobre qui és realment  Donald Trump, tot deixant un dubte inquietant sobre la capacitat del sistema constitucional nordamericà de modular el poder presidencial.

Una bona part de les indagacions sobre el fenomen Trump es centra en l’ús de les xarxes socials en la seva campanya electoral permanent,  i de quina manera els nou media contribueixen a manipular la percepció dels fets i alterar-ne el sentit, obrint així la porta a una nova era de la política no precisament més democràtica (Martin Hilbert). Laura Teruel explica els mecanismes de la campanya de Trump i augura una guerra permanent -ja declarada obertament per Trump- entre la premsa i el president.

Per explicar els esdeveniments polítics imprevistos del 2016 ha fet fortuna una teoria basada en la hipòtesi de la reacció dels anomenats perdedors de la globalització. Pablo Simón ens alerta sobre la manca de rigor d’una generalització d’aquest calibre,  que no tingui en compte les diferències entre els casos dels Estats Units i d’Europa, o que no distingeixi entre pèrdua d’expectatives i pèrdua material objectiva, o que obviï la importància dels factors culturals en les decisions dels electors. I conclou que sobre anàlisis equivocades poden construir-se propostes polítiques que posin en risc la democràcia: “No vaya a ser que, por pensar que la voz de esos supuestos perdedores es la más prístina del ‘pueblo’, se compre una agenda de retroceso en los derechos individuales y colectivos ganados los últimos 30 años”.

Els actors de la “nova política” espanyola i catalana estan inmersos en els seus respectius procesos de definició programàtica i organitzativa, sense obviar les disputes pel lideratge i el poder intern. El cas de Podemos està resultant particularment negatiu, en la mesura que el debat orgànic està desfigurant la novetat de la seva proposta política (Alberto Lardiés). D’un altre caràcter és,  de moment, el procés fundacional dels Comuns, que Sergi Picazo disecciona a Crític, tot identificant 10 reptes, riscos i maldecaps que van des del posicionament sobre el procés sobiranista a la necessitat de nous lideratges, passant per la definició programàtica, l’estructura organitzativa, el rol dels partits preexistents, la política de pactes, l’extensió territorial, la preparació de les futures eleccions o la disputa de l’hegemonia cultural.

Precisament en el camp de batalla per l’hegemonia cultural hem de situar l’article combatiu de Jordi Amat sobre l’exposició “Gelatina dura. Històries escamotejades dels 80” organitzada pel MACBA. Amat és revolta contra la ideologia de la sospita,  subjacent en el plantejament d’una exposició que pretén impugnar la Transició democràtica: “Més enllà de la nostàlgia adolescent per una ruptura alliberadora però tràgica, la trampa de fons de ­Gelatina dura és el contrast tàcit que estableix la ruptura caduca i reescalfada duna banda, i, de laltra, la pervivència del franquisme en democràcia. I això és una fal·làcia histò­rica, una dicotomia parcial, parcialíssima, perquè obvia el que és determinant. Potser va ser menys atractiu que lalternativa d’un romanticisme radical cada vegada més espectral –en el pla individual, social i polític–, però durant aquells anys lordre democràtic en construcció va fer que la societat espanyola fos més justa. Amb desperfectes, esclar, però finalment més justa. Amb una excepció. El projecte que continuava enarborant la ruptura radical era un altre. ETA. I el seu relat de sang s’escamoteja en l’exposició. Fins i tot en la cronologia final on només s’es­criuen els noms de les víctimes de la repugnant violència destat. No les altres. L’elecció és una desfiguració. És la segona mort de Cobi, escamotejat ara no pels seus enemics històrics sinó pels seus potencials hereus”.

I per acabar, atenció a una novetat bibliogràfica que ens aventurem a considerar que serà el llibre de l’any a Catalunya. Es tracta de Nacionalisme espanyol i catalanitat. Cap a una revisió de la Renaixença de Joan-Lluís Marfany (Edicions 62), del que  us deixem l’enllaç al primer capítol: http://static0.grup62.cat/llibres_contingut_extra/35/34416_NACIONALISME_ESPANYOL_I_CATANALITAT.pdf

 

Roger SENSERRICH, “¿Quién es Donald Trump?” a vozpópuli (20-01-17)

http://www.vozpopuli.com/opinion/Donald-Trump_0_991701718.html

Durante la eterna campaña electoral en Estados Unidos emergió en ciertos sectores de la derecha conservadora una disciplina de análisis político que podríamos bautizar como trumpología. Sus practicantes eran a menudo políticos e intelectuales republicanos que habían decidido apoyar la candidatura de Donald Trump, amén de una nutrida cohorte de centristas que insistían en esa vieja tradición de pensamiento presuntamente serio que insiste que ambos partidos americanos son igual de culpables de todo lo malo del país. El objeto de estudio, por decirlo de algún modo, era las motivaciones, pensamiento político y convicciones del candidato Trump, bajo la hipótesis de que casi todo lo que decía durante la campaña eran astracanadas para llamar la atención, y que toda su campaña era un brillante ejercicio de teatro político.

Trump según los trumpólogos

Los trumpólogos se dividían en tres campos distintos. El primero, al que podemos llamar los criptoanalistas, eran de la opinión que Trump era un candidato republicano clásico camuflado de populista. En el momento en que llegara a la presidencia, el hombre de negocios emergería de su caparazón Lerrouxista-Putinista y gobernaría como un conservador ortodoxo de bajar impuestos, eliminar regulaciones y comprar muchos submarinos nucleares para el Pentágono. El segundo grupo, los populistas, creían que Trump en el fondo es un moderado renovador que está a la izquierda del partido republicano en muchos aspectos. Una vez en el poder, adoptaría un tono pragmático, porte y señorío, y gobernaría como alguien que es capaz de combinar ataques a la élite con políticas pro-mercado y libre empresa.

El tercer grupo, los literalistas, fue durante mucho tiempo el más reducido en número. Esta escuela de pensamiento defendía que Donald Trump era exactamente lo que parecía ser, y que su comportamiento durante la campaña electoral iba a continuar sin cambios si acababa por ganar las elecciones. Trump era realmente un tipo vagamente misógino y ocasionalmente racista. Trump no estaba fingiendo ignorancia sobre temas básicos de políticas públicas para decir cosas que eran populares, sino que francamente no tenía ni idea sobre lo que estaba diciendo. Trump era realmente un tipo irritable, vengativo y con un temperamento infantil obsesionado con su propia imagen que se cree todo lo que lee en internet. Trump de verdad tiene las opiniones que decía tener, y estaba tan fascinado con Vladimir Putin como parecía.

Esta semana Donald Trump jurará el cargo de presidente de Estados Unidos. Aunque deberemos esperar los proverbiales 100 días antes de dar el primer veredicto sobre su gestión, sus palabras, decisiones y nombramientos durante el periodo de transición desde las elecciones nos ha dado bastante información sobre cuál de estas escuelas trumpológicas tenía razón.

Entre la moderación, el populismo y… la ignorancia

Para empezar, es cierto que Trump es menos conservador en bastantes aspectos que el resto del partido republicano. En cuestiones como matrimonio homosexual, respeto y devoción al Pentágono y deferencia a los titanes de la industria americana Trump oscila entre la moderación y el populismo, y casi seguro llevará de cabeza a los republicanos en el Congreso en muchos temas. También es cierto que Trump es a menudo un republicano ortodoxo en muchas materias, y comparte la devoción del partido por recortar impuestos a los ricos o reventar cualquier atisbo de regulación empresarial. En cosas donde no tiene opiniones formadas (que son muchas), el nuevo presidente no tiene el más mínimo reparo en ceder la agenda al GOP y dejar que hagan lo que quieran.

En los temas que le apasionan, sin embargo, y en aquellas cosas que consiguen ocupar su atención, Donald Trump parece ser desgraciadamente exactamente la persona que fue durante toda la campaña. Sus nombramientos en el gobierno han sido una extraña combinación entre extremismo casual, amigotes con toneladas de dinero y republicanos de toda la vida aparcados en departamentos que le aburren. Sus intentos de diplomacia han oscilado entre las pataletas infantiles, ejercicios de cuñadismo militante, una visión simplista del mundo como un juego de suma cero y una desconcertante afición a compartir posturas políticas e ideológicas con Vladmir Putin. Su visión sobre comercio internacional y política económica mezcla un voluntarismo infantil con una arrogancia desmesurada contra los expertos. En los temas donde ahora ya como gobernante debe ser capaz de dar respuestas concretas sobre qué políticas va a proponer, Trump sigue hablando como si no tuviera remota idea de lo que habla, probablemente porque realmente no sabe nada del tema.

Hablemos, por ejemplo, sobre comercio internacional y sanidad. Trump lleva insistiendo desde hace meses que China está devaluando su moneda para favorecer sus exportaciones, manipulando el mercado de divisas. No importa cuántas veces le digan que el país asiático lleva años haciendo exactamente lo contrario, manteniendo su moneda artificialmente alta siguiendo la apreciación del dólar. También ha amenazado con levantar aranceles a básicamente todo socio comercial de Estados Unidos que ha sabido mencionar (Japón, México, China, Alemania…), sin prestar atención a las consecuencias que una maniobra así tendría para las empresas americanas.

Es en sanidad, sin embargo, donde la retórica de Trump ha sido más incoherente. Durante la campaña el entonces candidato prometió, una y otra vez, que substituiría la Affordable Care Act (ACA, la reforma de la sanidad de Obama) con una ley nueva que costaría menos dinero público, daría cobertura sanitaria a todo el mundo y reduciría el elevado coste de los seguros privados en Estados Unidos, eliminando todos los elementos impopulares de la ley actual (obligación de comprar seguro, redes de proveedores limitadas, franquicias altas). Trump nunca dio demasiados detalles sobre cómo podría obrar este milagro; en su página en internet sólo daba una breve explicación de un plan que ni de lejos cumplía con nada de lo prometido.

La semana pasada los republicanos en el Congreso iniciaron el proceso para derogar la ACA, sin tener un plan concreto para substituirla. En una entrevista este fin de semana, ante una reforma que puede retirar la cobertura sanitaria a más de 20 millones de personas, Trump siguió diciendo exactamente las mismas vaguedades, prometiendo la misma combinación imposible de medidas y resultados con coste cero imposibles de conseguir. Su partido, mientras tanto, tiene objetivos totalmente distintos a los del nuevo presidente, y desde luego no tiene el más remoto interés en darle seguro médico a nadie.

El verdadero poder del Presidente

Los polítólogos, en sus investigaciones sobre líderes, compromisos electorales y programas de gobierno han llegado a la conclusión que en contra de lo que dice el tópico los políticos casi siempre hacen lo que habían prometido. Hay una cantidadtremenda de literatura al respecto, cubriendo una amplia variedad de países, que deja bastante claro que el mejor predictor del comportamiento de un presidente es lo que dijo que iba a hacer durante la campaña.  Todo apunta que la presidencia de Donald J. Trump hará realidad casi todos los temores de los literalistas.

A efectos prácticos esto quiere decir dos cosas. Por fortuna, el presidente de los Estados Unidos tiene mucho menos poder real de lo que muchos creen. Toda la agenda del ejecutivo tiene que ser aprobada por un Congreso tremendamente celoso de sus prerrogativas, lleno de legisladores asustadizos que no dependen de nadie más que de ellos mismos para conservar el escaño. El proceso de aprobar una ley es tremendamente complicado incluso para un partido con mayorías holgadas, un plan coherente y un presidente que sabe lo que hace. Dado que una parte considerable de la agenda de Trump es impopular, contradice las posiciones tradicionales del partido o exige quitar servicios públicos a millones de personas es posible que muchos de sus planes se topen con bloqueos, dudas y obstáculos en el congreso que hagan que se queden en nada. La agenda doméstica del nuevo presidente es ambiciosa, pero como descubrió Obama el 2008 (alguien que había ganado el voto popular y con su partido con una mayoría mucho más amplia en el senado) el ancho de banda del congreso de los Estados Unidos es mucho más limitado de lo que parece.

Por desgracia, hay una cantidad considerable de temas donde el presidente sí que tiene mucho poder y una autonomía considerable. Tenemos, por un lado, todo lo relacionado con nombramientos a agencias reguladoras e implementación de leyes. Muchas regulaciones medioambientales de la era Obama serán eliminadas, a buen seguro. De forma más preocupante, el presidente tiene un peso enorme en política exterior, casi el único poder presidencial escrito en la constitución de forma explícita. Su autoridad se extiende desde tratados y comercio hasta alianzas, ayuda al desarrollo y uso de la fuerza. Es aquí, sin duda, donde los literalistas creen que Trump puede hacer más daño: el andamiaje de alianzas, instituciones, seguridad y cooperación internacionales de postguerra que tanto ha costado construir y mantener está en peligro.

A finales del siglo XVIII, cuando los redactores de la constitución definieron la presidencia, crearon un ejecutivo torpe en política interior pero ágil en el exterior. La prioridad era mantener la joven república libre de monarcas limitando el poder de su presidente dentro del país, pero dándole fuerza para resistir un mundo hostil fuera. En los próximos años me temo que veremos este brillante diseño constitucional en acción: la presidencia de Trump probablemente hará menos daño de lo que muchos temen dentro de Estados Unidos, y será especialmente peligrosa para los de fuera.

Madison, Jefferson y Hamilton nunca pensaron que algún día su constitución debería proteger al mundo de Estados Unidos, desgraciadamente. Los próximos cuatro años van a ser interesantes.

 

*****

Laura TERUEL, “Trump: asalto al poder desde las trincheras de las redes sociales” a Agenda Pública (23-01-17)

http://agendapublica.es/trump-asalto-al-poder-desde-las-trincheras-de-las-redes-sociales/

La inesperada victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses no tiene una explicación sencilla. El voto de castigo de la corriente anti-establishment, el sistema electoral, la incapacidad de Hillary Clinton de sintonizar con sus votantes potenciales o el peso de las noticias falsas y el feroz uso de las redes sociales por parte de Trump han sido algunas de las razones destacadas por los analistas. Sin poder ponderar el peso de cada uno de estos motivos, lo cierto es que la importancia del debate generado por los candidatos en los social media ha sido incuestionable. El pionero en implementar el uso de Twitter como parte estratégica de su campaña fue Barack Obama -que ya tenía más seguidores en 2012 que los candidatos de 2016 durante la última campaña-, pero la intensidad y polarización con la que se ha planteado la comunicación política de cara a estos comicios ha sido inédita.

Los números y estilos de Clinton y Trump en redes sociales

Según el Pew Research Center, el 44% de los adultos estadounidenses afirmaba haberse informado de la campaña electoral a través de los medios sociales. En un estudio realizado en mayo de 2016 se trazaban las señas de identidad de los dos candidatos en Facebook y Twitter, se afirmaba que ambos usaban redes sociales en cifras similares pero con muy diferentes estilos. Trump contaba, en noviembre de 2016, con más de dieciséis millones de seguidores en Twitter frente a los once de la demócrata.

Ella usaba Facebook para postear información oficial elaborada por su equipo de campaña; él ponía enlaces a medios alternativos o, entre los grandes, sólo a los afines Fox News y el Daily Mail. En Twitter, él retuiteaba al público en general – que alentaba su estilo de campaña-. Clinton estaba sustentada en la estructura del Partido Demócrata y no descuidaba la búsqueda de fondos en sus retweets. Trump, del que relegaron grandes sectores republicanos, no tenía un partido detrás ni necesitaba recaudar apoyos económicos.

Mientras que Hillary Clinton había recibido el respaldo público de famosos como Madonna, Ricky Martin, Beyoncé, Sigourney Weaver… e intercambió algún tweet con ellos; las únicas menciones de Trump eran a periodistas a los que acusaba de maliformar sobre su campaña.

Todo ello da idea de que para el presidente electo, el uso de las redes se planteó como una carrera en solitario en la que su estridente personalidad era el mejor cartel frente a la estrategia de partido, más clásica, de Clinton.

Trump agita Twitter y recoge los frutos

A pesar de tener un gran presupuesto para invertir en publicidad (se estima que unos 56 millones de dólares en Facebook), la campaña le ha salido barata a Trump: incendiaba las redes sociales con comentarios populistas, demagogos y agresivos de tal forma que obtenía eco en todos los medios. Para Schwartzmann y Johnson, del Washington Post,  lejos de ser improvisada, se trataba de una estrategia muy meditada. Según estos periodistas, el 11% de sus tweets han sido insultos a oponentes, medios de comunicación o críticos republicanos con su campaña.

Steve Coll, decano de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia declaraba que, en un primer momento, los medios bajaron la barrera y permitieron que el personalismo y el estilo agresivo de Trump se colara porque generaba audiencia. Hasta que se dieron cuenta de que la candidatura iba en serio habían pasado meses haciéndole el juego -y soportando sus embestidas en campaña con el juego de palabras: “Press-ti-tutes, press-ti-tutes”. Así, desde The Guardian advertían al New York Times, el periódico más crítico con el republicano, de que éste había conseguido aprovecharse gratuitamente de su lista de suscriptores porque el diario se hacía eco al momento de sus estridencias en Twitter.

Sin lugar a dudas no se trata de un debate periodístico sencillo. Siempre que se recoge un tweet deliberadamente falso, como el referido a los votantes ilegales, aunque sea para intentar desmontarlo se está ampliando la cobertura del mensaje.  Era su estrategia para dominar la agenda con declaraciones frente a hechos. En 140 caracteres es más sencillo soltar un titular estruendoso que refrendarlo con datos, a pesar del esfuerzo de portales como Buzzfeed dedicados al fact-checking sobre cada una de las inciertas afirmaciones del político. El problema para los grandes medios tradicionales es que, a pesar de la intensa labor de investigación desarrollada en campaña sobre las mentiras de Trump – el New York Times destapó que no había pagado impuestos durante 18 años, sacó a la luz sus machistas declaraciones sobre las mujeres e, incluso, recopiló las 282 personas, lugares y cosas a las que había insultado durante su campaña- y su importante implantación en la opinión pública norteamericana, los ciudadanos se decantaban por canales menos periodísticos para informarse en campaña. No extraña que, una vez electo, este periódico siga siendo objeto de la más severa crítica de Trump pero ahora toca preguntarse qué consecuencias negativas puede tener esta actitud cuando se ejerza con todos los mecanismos de presión con que cuenta la Casa Blanca.

Las echo chambersy los fakes

Durante la campaña se difundió que Bill Clinton había abusado de una menor de 13 años y que el auge de Hillary venía misteriosamente acompañado de varias muertes, entre ellas, las de un agente del FBI que la estaba investigando y un empleado del partido demócrata que iba a declarar contra ella ante un juez. De estas muertes informó el Denver Guardian, un diario que ni existía. También se dijo que el Papa había apoyado la candidatura de Trump. Todo ello resultó ser falso. Pero los bulos corren muy rápido por la red. Más aún en un país con 300 millones de habitantes donde 200 entran usualmente a Facebook.

Según Buzzfeed, las 20 noticias inventadas sobre las elecciones más virales generaron casi 9 millones de reacciones en Facebook por algo más de 7 millones de las informaciones reales. Las redes sociales son el terreno idóneo para que arraiguen estas mentiras nada inocentes. Y no lo son porque persiguen una doble finalidad clara: por una parte, ir contra Clinton. Por la otra, generar ingresos: un grupo de jóvenes de Macedonia creó más de un centenar de páginas con noticias inventadas que perjudicaban a Clinton porque comprobaron que los bulos se difundían con mayor facilidad entre republicanos y ello, por tanto, le generaba más beneficios en publicidad al correr como la pólvora por Facebook.

Son ejemplos del término posverdad (post-truth), que alude a un concepto político en el que los hechos importan menos que las creencias -saltó a la fama en la cobertura del Brexit-. Estas noticias, aunque eran poco creíbles y tenían fuentes dudosas, a pesar de que fueron desmontadas por los medios de referencia, consiguieron calar en el imaginario colectivo de los norteamericanos y sirvieron para reforzar el frentismo que caracteriza a un sistema bipartidista.

En Facebook se crean las denominadas ‘echo chambers’ o cámaras de resonancia, un concepto que proviene de la teoría de usos y gratificaciones de las Ciencias Sociales. Cada persona teje una red de contactos con los que tiene afinidad personal y el intercambio de contenidos sobre la campaña se daba dentro de estos círculos de confianza. Igual que en Youtube aparece una serie de propuestas de contenidos basados en nuestros consumos previos, la red de Zuckerberg implementó un algoritmo, códigos informáticos, para que su news feed (alimentador de noticias) se inspirara en nuestra experiencia previa y la de nuestros contactos. De esa forma, los fakes (noticias falsas) corrían sin ningún filtro entre grupos que tenían afinidad, retroalimentando las creencias y la polarización del espacio público de debate. Los usuarios se metían en estas cámaras de resonancia y no tenían forma de recibir información que cuestionara su sistema de valores. Mucho más cómodo, desde luego, pero mucho menos enriquecedor para la opinión pública.

La red contaba con editores humanos encargados de valorar estas noticias falsas para que no llegaran a sus usuarios; la tradicional función del gatekeeper adaptada al entorno de las redes sociales, el periodista que evitaría que ‘le colaran bulos’. Sin embargo, Mark Zuckerberg se vio obligado a prescindir de estos periodistas y sustituirlos por algoritmos por la presión, entre otros, del poderoso Wall Street Journal que le había acusado, meses antes, de que los editores imprimían un sesgo de izquierdas a la selección de noticias.

Escenario de futuro tras la tormenta perfecta

Desde la influyente prensa política americana y sectores de la opinión pública se ha pedido a Facebook que retome la edición de sus noticias. A pesar de que Zuckerberg ha afirmado que la idea de que Facebook y sus falsas noticias haya influido en las elecciones es “una locura”, lo cierto es que la polarización del debate a partir de los fakes en los medios sociales ha sido evidente. Le piden que, al menos, esos mismos algoritmos sean modificados para que pueda trazarse el origen de los bulos y se corte su difusión. O para que se abran las ‘echo chambers’ y la selección de noticias recomendadas para cada usuario refleje un mayor pluralismo. Parece difícil, no obstante, que el empresario reconozca la función social de su plataforma web, convertida indiscutiblemente en un portal informativo, en un país cuyo modelo informativo es liberal.

El nombramiento de Stephen Bannon, como director de estrategia de la Administración, no ofrece buenas perspectivas para el periodismo americano: dirigió durante cuatro años el agresivo sitio de noticias de la derecha alternativa  (‘alt-right’) Breitbart News, altavoz de Trump.

Los medios han perdido su función definitoria de seleccionar la agenda pública. Los más de 28 millones de estadounidenses que siguen a Trump entre Twitter y Facebook le permiten comunicarse directamente con la audiencia, sin la labor de intermediación y análisis de la prensa. A pesar de ello, el grupo Gannet tiene 100 millones de visitas únicas al mes, cifra similar a CNN, el Washington Post llega a los 70. La victoria de Trump conllevó unas 50.000 nuevas suscripciones a The New York Times. Así que parece que hay esperanza para los medios que vienen desarrollando una tenaz labor investigadora contra los excesos de Trump. Siempre que el Congreso y el Senado están en manos del mismo partido, como sucede ahora, la labor del periodismo político estadounidense es especialmente importante. Y, en este caso, donde desde la victoria el ataque a la prensa no ha cesado esta función se adivina más importante que nunca cuando tiene que competir con una maquinaria engrasada para difundir noticias falsas e incendiar las redes sociales con comentarios explosivos.

 

*****

Pablo SIMÓN, “Sobre los perdedores de la globalización” a Politikon (23-01-17)

http://politikon.es/2017/01/23/sobre-los-perdedores-de-la-globalizacion/

Esta es una breve nota que, más que aclarar nada, quiere reflexionar un poco en voz alta sobre eso que se ha dado en llamar los “perdedores de la globalización”. La primera vez que me topé con esta idea fue en un artículo clásico de 2006 en el European Journal of Political Research. Su idea básica es que la oposición estructural entre los potenciales “ganadores” y “perdedores” de la globalización, tanto en términos económicos como culturales, estaría afectando de lleno a las democracias occidentales. Aunque nunca fue una dimensión percibida como muy importante en España, y reconozco no haberle prestado mucha atención, a partir de los eventos de 2016 esta tesis ha vuelto a cobrar importancia.

Luego vuelvo al artículo del EJPR pero básicamente la idea se ha simplificado de la siguiente manera:

La integración económica mundial y las decisiones políticas que la han favorecido habrían generado una brecha entre dos sectores de trabajadores. De un lado, aquellos más formados, empleados en sectores tecnológicos o con mayor movilidad geográfica, que se habrían visto beneficiados por la globalización. Del otro lado, obreros manuales tradicionales, perjudicados por los procesos de desindustrialización y deslocalización. Este último grupo, desclasado y abandonado por los partidos tradicionales, sería receptivo a las políticas nacionalizadoras y proteccionistas defendidas por los partidos de extrema derecha. Por lo tanto, la desigualdad pareja a la globalización favorecería su nueva orientación política.”

Esta tesis ha sido apadrinada sin complejos por algunos sectores tanto de creadores de opinión como de politicos a derecha e izquierda. En ocasiones hasta pidiendo “comprensión”, criticando a la “izquierda pija” y señalando como la arrogancia del establishment ha tenido mucho que ver con que estos votantes, que naturalmente debían haber ido a sus partidos, hayan desertado a la extrema derecha. Sin embargo, creo que estamos mezclando muchas cosas a la vez y a veces todo se emborrona. Algunas ideas a las que le doy vueltas en voz alta.

USA y Europa, a poder ser, en cestas separadas

Creo que meter los determinantes del voto de los partidos de nueva extrema derecha en Europa con los del voto a Donald Trump es un error. Es más, creo que a veces se mete la tesis de “los perdedores” con calzador. Es cierto que esta presidencia de Trump va a tener enormes implicaciones – sí, dará pie a muchos artículos académicos – pero lo cierto es que 2016 parece más una elección de continuidad que de realineamiento. Si se lee el análisis de Larry Bartels es evidente que lo que hemos visto en la elección es consistente con el voto pasado a partido demócrata y republicano. La sorpresa ha sido enorme dado el fallo existente en los modelos de previsión de voto, y más con el perfil del candidato republicano. Sin embargo, el principal determinante del voto a Trump sigue siendo el voto a los republicanos la elección Obama-Romney.

Merece la pena tenerlo presente para tampoco liarnos demasiado a sobre-racionalizar el resultado. Aun con menos voto popular, los apoyos del candidato republicano estuvieron más eficientemente distribuidos entre Estados y ganó a Hillary Clinton.

Por otro lado, nuestra “nueva extrema derecha” lleva mucho más tiempo con nosotros, al menos desde ochentas y noventas. La polarización en USA también, es cierto, pero va por otro camino al nuestro. Además, hasta los partidos europeos han sido más móviles ideológicamente (No se recuerda, pero el FN iba a las convenciones de Reagan como ultraliberal en lo económico).  En la mayoría de países europeos la extrema derecha evoluciona al alza y en muchos casos beben de antiguos partidos comunistas y socialdemócratas – ojo, en España eso no ocurre – aunque también de viejas clases medias. En USA el componente racial pesa mucho. En muchos casos los sistemas proporcionales les han ayudado a entrar en los parlamentos a los partidos europeos y, cuando el sistema es restrictivo como Francia o Reino Unido, las elecciones europeas les han venido de maravilla.

En todo caso, que quizá en Europa esta tesis tenga más sentido pero con cautelas a la hora de meterlo en el mismo saco. La internacional de Coblenza puede admirar a Trump (también alguno que no ha ido) pero sus bases electorales son diferentes. No sólo el sentimiento antiestablishment, es que la UE supone un cleavage diferencial que nos marca mucho más a los europeos. El norte-sur (económico) y el este-oeste (cultural)¿Sabemos seguro a quien votan?

Un elemento que también me desconcierta es la certeza sobre que, efectivamente, sean estos “perdedores materiales objetivos” de la globalización los que estén optando por pasar a partidos de extrema derecha. Se afirma de manera muy contundente, normalmente sobre la base de clichés (Cletus en Los Simpson), pero habría que darle una vuelta de tuerca.

Primero, porque podría ser que realmente se trate de perdedores en términos de expectativas. Es decir, que si seguimos aquí a Cas Mudde, todo el mundo se habría beneficiado de un modo u otro de la integración mundial, pero lo que habría habido es sectores que se han beneficiado más que otros. Los que se ven perjudicados por la deslocalización industrial lo que habrían hecho es volverse abstencionistas crónicos (desde Detroit a Charleroi, pero también en los suburbios de España). Por el contrario, serían las segundas generaciones, precarios cualificados, los que como perdedores en expectativas optarían por estos partidos.

Pero además, tal vez no cambian el voto directamente los “perdedores”, sino sus vecinos de buena posición que, alarmados por el avance de guetos en las ciudades, se apoyan en partidos que prometen mano dura. Es decir, que no es el trabajador blanco manual no cualificado, es su vecino  de clase acomodada, para nada perjudicado por esa deslocalización, el que gira en sus apoyos. Por eso creo que siendo una tesis razonable, hay que hacer mucho más esfuerzo por delimitar con precisión de qué segmentos del electorado estamos hablando aquí.

Me temo que hasta ahora nos basamos demasiado en reproducir intuiciones. Es más, es posible que nos estemos basando en falacias ecológicas, es decir, en hacer argumentos individuales sobre datos agregados, de modo que estemos dando vueltas en círculos. Hay que revisarlo mejor.

La dimensión cultural ¿autónoma o interacciona?

Vuelvo a traer aquí el artículo del EJPR. Según este artículo las bases materiales de esta reacción no pueden entenderse sin un temor a la “globalización cultural”.  La presencia de minorías étnicas o religiosas, en muchos casos emigrantes de segunda generación, estaría generando miedo a perder su forma de vida entre un grueso de votantes. Frente a una posición cosmopolita y abierta apadrinada por partidos de nueva izquierda, cada vez moviliza más la identidad nacional y la búsqueda de referentes de corte comunitarista. “Francia para los franceses”. “Los de aquí primero”. En cada caso con formas diferentes, pero siempre con una agenda neo-conservadora y dividiendo a electorados tradicionales – incluyendo al reverdecer de la dimensión de género, edad o rural-urbano.

El asunto clave está en saber si esta dimensión es autónoma o bien interacciona con la anterior (lo que sostienen en ese artículo). Es decir ¿Se activa gracias a movilizar la idea de chauvinismo de estado del bienestar? Por el contrario ¿Depende del contexto y es un eje suficientemente sólido sin temas materiales detrás? ¿Cómo es posible que la extrema derecha si no vaya tan bien en países en los que la desigualdad no se ha disparado? ¿O de nuevo estamos ante una falacia ecológica? Lo que está claro es que no se puede pensar que esta dimensión es un tema menor a la hora de terminar el voto. Sin ir más lejos, la evidencia más reciente sobre el Brexit indica que esto habría tenido más peso que cualquier otra cosa.

Creo que hay que revisar bien estas cuestiones para ser capaz de entender cuanto del total de cambio que vemos hoy depende exclusivamente de cuestiones materiales.

La agenda (que tenemos) pendiente

En resumen, creo que tenemos toda una agenda de investigación pendiente sobre este tema. Es clave rastrear bien los que pertenecen a esta etiqueta, si es que se trata de un concepto analíticamente útil. Ver cómo esto puede o no tener un impacto sobre el voto, teniendo siempre presente las particularidades de cada país. Y más aún, saber en qué medida esto se solapa con la “dimensión cultural”, sea de manera interactiva o autónoma. Esto es clave si se quiere entender bien los fenómenos de transformación en curso.

Finalmente, dos cuestiones fundamentales sobre las implicaciones que tiene.

Primera, que definir bien esta categoría es clave y cuestionar su validez analítica no equivale a pensar que no tienen que corregirse las desigualdades (véase aquí a Branko Milanovic). Obviamente los cambios que estamos viviendo están transformando las dinámicas de la política estatal y esto será decisivo los años próximos. Si no existen unas bases materiales objetivas  es complicado sostener las políticas. Sin embargo, ojo con los discursos “comprensivos”. No vaya a ser que, por pensar que la voz de esos supuestos perdedores es la más prístina del “pueblo”, se compre una agenda de retroceso en los derechos individuales y colectivos ganados los últimos 30 años.

Segunda, que esto es importante si queremos prepararnos para lo que viene. Aquí hay que leer obligatoriamente a Acemoglu para entender la amenaza que supone la llegada de estos partidos/personas al poder. Los contrapesos institucionales llegan hasta donde llegan y la democracia es un bien demasiado frágil y valioso, para nada irreversible. Más allá de que pueda haber un retroceso en la globalización, sabemos bien que el autoritarismo abierto en lo económico es posible (Singapur o China). Quizá algunos quieran movernos hacia allí. Es más, probablemente saben que para ellos será siempre más sencillo amordazar prensa o retroceder en derechos que revertir desigualdades. Por eso habrá quien quizá los defienda pensando en lo último pero acaben por tener lo primero.

Quizá por eso es tan importante no dar un paso atrás. Que nadie se despiste, porque nos jugamos mucho.

 

*****

Sergi PICAZO, Els 10 reptes, riscos i maldecaps dels Comuns a Catalunya per a 2017 més enllà del Procés” a Crític (25-01-17)

http://www.elcritic.cat/blogs/sergipicazo/2017/01/25/els-10-reptes-dels-comuns-a-catalunya-per-aquest-2017/

Els Comuns presentaran aquest diumenge les seves credencials en l’acte ‘Un país en comú’ a la ja emblemàtica sala per a les esquerres catalanes de les Cotxeres de Sants. El grup impulsor encapçalat per Xavier Domènech i Ada Colau confia a tenir aspiracions de governar la Generalitat després d’haver guanyat les últimes eleccions municipals a Barcelona i espanyoles a Catalunya. Tanmateix, per aconseguir els seus ambiciosos objectius, haurà de superar uns quants reptes, riscos i maldecaps.

El procés per construir el nou subjecte polític hauria de culminar a l’abril amb una assemblea fundacional. Tenen temps, però tampoc gaire. La calma política catalana d’aquest 2017 és relativa. En qualsevol moment els esdeveniments s’acceleraran. La Vanguardia deia fa uns dies que dins el mateix Partit Demòcrata Català “donen per segures” unes eleccions aquest mes de setembre. Són temps emocionants. Cordin-se el cinturó.

1. Un full de ruta sobiranista per escapar del frame del ‘processisme

Els Comuns no es definiran ni com a independentistes ni antiindependentistes durant el 2017. Això, per molt que insisteixi Gabriel Rufián, és gairebé segur. No es posicionaran: ni pel sí ni pel no. Sigui per idees… o sigui per tàctica. La qüestió del Procés incomoda bona part dels Comuns. Però, Els Comuns, així com l’ERC més d’esquerres i la CUP, afronten el repte de superar els marcs mentals plantejats per Junts pel Sí i consensuar entre ells un full de ruta que vagi més enllà d’un simple suport formal i teòric al referèndum. Assajar una simple contestació al relat convergent i mantenir-se en l’equidistància no funcionarà i els acabarà situant com el ‘Partit del No’.

Com deia Guillem Martinez en una recent entrevista a CRÍTIC, “Els ‘comuns’ tenen un problema: no ser devorats pel Procés”. Hi ha probabilitats que visquin una situació similar a la que van viure el PSC de Pere Navarro o la Catalunya Sí que es Pot del 27-S. El primer repte en l’eix nacional, el més urgent, és un posicionament clar sobre el referèndum unilateral o vinculant o com es digui; i el segon repte, és definir què carai volen dir quan parlen d’Estat Plurinacional en una Espanya governada per Rajoy i on el cadenat constitucional del 78 sembla tancat amb el suport del PP, el PSOE, Ciutadans, les empreses de l’Ibex 35 i els grans mitjans de comunicació. Aquí ja hi haurà debat intern, i no serà un debat senzill. Hi ha opinions diferents dins el món dels Comuns. Un risc a tenir en compte: evitar que l’espai es trenqui per la qüestió nacional. Només han de veure què ha passat al PSC en els últims cinc anys, tot i que ICV ha demostrat que es pot tenir opinions internes diverses i no dividir-se.  Però el repte de fons és encara més important: com escapar de la teranyina del ‘processisme’ i alhora no caure en el discurs del ‘no’ de PP i Ciutadans.

Barcelona en Comú surt d’un grup d’activistes eminentment barceloní, amb algunes arestes al Baix Llobregat o al Vallès, amb un interès en general baix pel tema nacional. Ni a favor ni en contra. No els interessa gaire. Les dues opcions de presentar-se a eleccions que van plantejar-se inicialment eren les municipals o les espanyoles. Eren conscients que en el marc mental d’unes eleccions autonòmiques catalanes ho tindrien difícil per gravitar sobre l’eix nacional. Els principals problemes per als seus votants (la precarietat laboral, la corrupció política o l’accés a l’habitatge) no són els que semblen dominar l’agenda mediàtica a Catalunya (com el referèndum o els judicis del 9N). Tot i això, segons les enquestes del CEO, un 30% de votants de Catalunya Sí que es Pot donaria suport a la independència i un 55% la rebutjaria.

2. Impulsar ‘nouslideratges sexis

Ada Colau és el capital simbòlic i de lideratge més important dels Comuns. El rol d’Ada Colau, qualificat com “d’hiperlideratge” pel catedràtic de ciència política Joan Subirats, suposa en el moment actual un actiu important en favor de la confluència. Tots els actors tenen clar i valoren, tant en públic com en privat, el seu lideratge. Tanmateix, fins ara, no sembla haver optat per un paper important en l’àmbit català. Òbviament, té les restriccions de ser alcaldessa de Barcelona. Però també la capacitat mediàtica de ser alcaldessa de la capital de Catalunya. Tot indica que els Comuns han decidit protegir Colau dels debats més polèmics o punxeguts. Gerardo Pisarello la cobreix quan hi ha males notícies a Barcelona i Xavier Domènech afronta el risc de cremar-se en la qüestió catalana. Però Colau, que recordem que va dir que havia votat sí-sí a la consulta del 9N fruit de la indignació contra el PP, ha tingut un paper important en la reconstrucció actual del Pacte Nacional pel Dret a Decidir, manté una aparent bona relació amb Carles Puigdemont i té un discurs molt obert en la qüestió nacional.

Es necessitaran, però, més lideratges. Un gran partit en l’àmbit català no es pot limitar a un sol gran lideratge barceloní. La candidatura a Catalunya necessitaria d’unes primàries obertes, amb el nombre més gran de votants possibles, però si fa olor a primàries precuinades en forma de quotes pels partits la cosa no tindrà un efecte multiplicador. Hi ha més noms que mai a l’esquerra: Domènech  -l’arquitecte de la coalició, molt ben valorat per ICV-, Pisarello i Asens, per part del nucli dur de Guanyem Barcelona; Ernest Urtasun, Marta Ribas, David Cid, Laia Ortiz o Janet Sanz, els joves líders de la nova ICV; Albano Dante Fachin, Raimundo Viejo o Àngels Martinez Castells, de Podem; o Joan Josep Nuet, per part d’EUiA. I els noms que vindran i que encara no coneixem! Segurament falten noms de fora de l’àrea de Barcelona, i sobra barcelonacentrisme. Un dels reptes, però, serà resoldre les tensions dissimulades entre alguns d’aquests lideratges i dels seus espais. Als Comuns, com a tots els partits, sobra testosterona, egos i defensa de les sigles.

Fins i tot, reapareix la idea d’apropar-se a activistes independents, com va ser el cas de Lluís Rabell, que venia de la FAVB. Aquell cop van aparèixer noms que al final no es van concretar com el d’Arcadi Oliveres, Teresa Forcades o alguns que són ara al grup impulsor com els politòlegs Vicenç Navarro, Joan Subirats o Paola Lo Cascio. Però segurament també hauran de sortir de la zona de comfort. Recentment, s’han visualitzat sintonies entre Xavier Domènech i un exmilitant d’ERC de la talla de Josep-Lluís Carod-Rovira.

3. Democratitzar la presa de decisions

Fins ara el nucli fundador de Barcelona en Comú ha tingut un pes important en la definició i la presa de decisions malgrat una teòrica estructura assembleària -amb els seus ‘Eixos’ temàtics- i la realització de votacions o consultes internes per prendre grans decisions, com va ser el pacte a Barcelona amb el PSC. Tanmateix, últimament comencen a sorgir veus des de dins que es queixen d’una falta de democràcia interna realment horitzontal. El problema, però, és que mentre no es faci una organització en l’àmbit nacional no hi ha cap estructura formal on poder fer debats urgents -des del posicionament sobre el referèndum a l’opinió sobre els Pressupostos del govern de Junts pel Sí-.

El gran repte serà com fer compatibles els hiperlideratges mediàtics que exigeixen mitjans de comunicació i, de fet, la política actual de declaracions, rodes de premsa i presa de posició cada trenta segons al Twitter, amb la tan reivindicada per la gent provinent dels moviments socials i el 15M democràcia directa, de base, assembleària i de construcció de consensos. Això ho ha viscut, a vegades, la CUP però ho ha sabut solucionar amb assemblees multitudinàries i veritablement decisives. El despotisme il·lustrat -un clàssic de l’esquerra de sempre- no hauria de ser nova política. Segons explicava la periodista Laura Safont a Públic, estan previstos processos participatius per decidir les ponències marc del programa, el nom del nou subjecte -ja registrat amb diversos noms, com ‘Comuns’ o ‘Catalunya en Comú’-, els principals dirigents -a més del portaveu Xavier Domènech- i el model organitzatiu.

4.- Les idees no viuen sense organització

“Les idees i la lluita no viuen sense organització”. Ho deia Gramsci. Però avui reapareix sovint. El professor d’Economia de la UB i compromès amb els Comuns, Albert Recio, reivindicava recentment en un article a ‘Mientrastanto’ titulat ‘Lo viejo y lo nuevo’ la importància del disseny organitzatiu. Recio és contundent al seu text: “On estarà el moll de l’os del projecte serà al disseny organitzatiu i al programa d’acció política. On haurem de saber construir un projecte que no es comporti ni com un club d’amics, ni un espai de baralla entre grups que intenten imposar les seves tesis i el seu control organitzatiu”. Ho reconeixen dirigents importants del món comú. “En un cicle llarg de canvi, necessites organització”, deia un dirigent d’ICV. “L’objectiu no té per què ser a curt termini”, afegeix Marc Parés, un dels ideòlegs dels Comuns.

Actualment, en l’àmbit català, no existeix un espai dels Comuns. Hi ha Catalunya Sí Que Es Pot, però la candidatura només incloïa ICV, EUiA i Podem. El més semblant a un espai de reflexió i de trobada dels futurs Comuns s’està produint ‘de facto’ en les reunions de la coordinadora del grup al Congrés i al Senat d’En Comú Podem. És l’únic espai de país —no municipal— on es poden trobar tots els actors de la confluència. La seva missió és, teòricament, treballar i coordinar el grup parlamentari però allà s’estan fent de forma natural els primers debats d’àmbit polític català entre tots els actors.

Si volen tenir força mediàtica, social i cultural han de construir un sol subjecte. Encara se sent com dirigents de les formacions cridades a la confluència parlen dels “espais”, en plural. Passar de la coalició a la confluència no és fàcil. Ho explicava, en un article a CRÍTIC, el politòleg Enric Miravitlles: “De la confluència a la coalescència: cap a un nou partit de l’esquerra transformadora?”. Deia coses que avui no s’han resolt: “És necessari crear una nova força que sigui clarament identificada com un tot diferent de les parts, on les organitzacions fundadores resolguin la seva dissolució a curt o mitjà termini”. El tema de les quotes de partits hauria de començar a dissimular-se més del que ho fan ara: “Organitzacions amb llargues trajectòries (ICV i EUiA) i d’altres de recent creació (Guanyem, Podem) hauran de renunciar no només a continuar existint com a tals, sinó també com a “quotes estables” en el nou partit”, deia Miravitlles. El més probable és que ICV i EUiA i la incipient Podem Catalunya continuaran vives i organitzades. Cediran, doncs, els seus locals al nou Catalunya en Comú? ICV, i en menor mesura EUiA, tenen desenes de locals arreu de Catalunya, i Podem ha demostrat tenir una força no menyspreable als seus ‘círculos’, sobretot a l’àrea metropolitana de Barcelona.

Un dels riscos, des d’un punt de vista d’esquerres, és un excés d’institucionalització i un allunyament del carrer. Aquesta va ser una de les crítiques que es van llançar durant anys a ICV-EUiA des dels moviments socials alternatius. Ada Colau, en una entrevista a ‘Contexto’, va dir: “La institució va associada a governar allò possible i allò realment existent. No els somnis, ni els objectius, ni les grans metes. La institució va associada a inèrcies que tendeixen al conservadorisme”. Guillem Martinez, el seu entrevistador, em deia: “Em sorprèn la rapidesa amb la qual gent de Barcelona en Comú ha assumit un discurs institucional”.

Això deia l’activista de la PAH del Bages Berni Sorinas al Twitter. No sé si ho deia per la CUP, pels Comuns o per tots plegats.

Berni SorinasGiménez @BerniSorinas

La finestra d’oportunitat era generar estructures de base, fer pedagogia popular, crear des de la defensa.

Fer moviment.

Berni SorinasGiménez @BerniSorinas

Molts van preferir fer reunions i crear estructures que són un despatx.

Ens fotrem cops de cap quan siguem conscients de l’error garrafal.

5.- Un programa d’esquerra socialdemòcrata, anticapitalista o què?

Seria important que Els Comuns es definissin ideològicament en l’eix d’esquerra-dreta d’una forma més concreta. El pes del debat ideològic, sovint tapat pel debat sobre el Procés, hauria de guanyar temps i espais. Xavier Domènech, a l’entrevista pel llibre ‘Camins per l’hegemonia‘ (Icària), explicava que el fracàs de la mal anomenada socialdemocràcia a Europa es devia al fet que havien deixat de ser un instrument útil per a la societat després de la crisi. El pes de la coordinació de les ponències inicials dels Comuns cau sobre dos noms fins ara independents de l’esfera dels comuns: l’investigador de l’IGOP Marc Parés i la periodista Maria Corrales. “L’hegemonia convergent té el domini de l’escenari polític català i nosaltres volem trencar amb això”, deia Parés en una conversa amb la periodista de Nació Digital Sara González.

Hi ha un sector dels Comuns, com succeeix a Podemos, que està convençut que no cal definir-se d’esquerres ni etiquetar-se amb velles paraules del segle XX, sinó que cal construir un bloc històric” amb nous codis i llenguatges com el famós casta-poble o els de dalt-els de baix que apel·li a les classes treballadores i mitjanes. Tanmateix, si més no, cal definir un programa que hauria de revelar un debat profund de reconstrucció de les esquerres tan colpejades després d’anys dedicades a la simple gestió dels serveis públics, a abaixar impostos i inaugurar carreteres, AVE i aeroports. “Programa, programa, programa”, com diria el veterà dirigent comunista Julio Anguita.

Serà crucial saber si ICV i Podem volen convertir-se en una mena de nou PSC del segle XXI o volen ser una altra cosa? Els votants progressistes i socialdemòcrates s’estan quedant orfes davant la crisi del PSC i busquen noves filiacions polítiques que satisfacin les seves expectatives. I qui té l’oportunitat d’ocupar el buit? Doncs el món d’Els Comuns. Hi ha, però, qui creu que oblidar l’esperit rebel i inconformista de la primera Ada Colau no seria bo per aquest nou subjecte polític. Afrontar contradiccions és un repte important per uns activistes que, majoritàriament, provenen dels moviments socials més radicals del país en l’última dècada.

6.- El paper que jugarà ICV (i també EUiA i Podem)

Hi ha una tensió inicial mai resolta entre el nucli impulsor de l’antiga Guanyem Barcelona i un sector d’Iniciativa per Catalunya. Sembla des de fora que les relacions són més fluides entre els Comuns i les actuals direccions d’EUiA amb Nuet i de Podem amb Albano Dante. Cada espai, des d’EUiA fins a Podem passant per ICV, reclama lògicament el seu paper, la seva quota i el respecte per la seva història.

Iniciativa per Catalunya, el partit hereu legalment del PSUC, l’organització amb més militants i que va resistir la travessia del desert dels anys 90 després de la caiguda de tots els partits postcomunistes d’Europa Occidental, té l’orgull tocat. Públicament no hi ha cap conflicte. Tothom ho nega. Però militants de base de seccions locals d’ICV al Baix Llobregat, a Barcelona ciutat o al Vallès confessen sovint fora de micròfon que s’han sentit ferits per comentaris rebuts els últims dos anys. “Com si nosaltres fóssim la casta!”, es queixava un veterà exregidor d’una ciutat del Baix. Un dels reptes, per tant, és saber com els Comuns, junts, gestionen l’herència d’ICV. Des del deute milionari d’ICV amb La Caixa per pagar el local a Barcelona fins al significat polític de l’ecosocialisme.

7.- Assajar una nova política de pactes

Els pactes tripartits entre el PSC, ICV-EUiA i ERC van assajar-se durant molts anys prèviament als municipis. Hi havia una certa gimnàstica de pactes d’esquerres contra Convergència i el PP. Tenint en compte que molt probablement cap partit podrà guanyar ja les eleccions amb majories absolutes, el futur govern català serà fruit d’un pacte. Segons les enquestes hi hauria dues opcions: ERC i Convergència, o ERC i Comuns. Probablement es necessitin, fins i tot, més diputats d’altres formacions per formar govern i, per tant, la CUP tornaria a ser decisiva. Probablement avui no és factible assajar una aliança Comuns, ERC i CUP per entrenar-se en la dialèctica que necessitaria qualsevol pacte. Però avui hi ha dirigents importants de tots els partits que ja estan pensant en això i, a més, saben que qualsevol pas en fals d’aquest 2017 pot fer impossible el pacte en un sentit o en un altre. A l’abril passat, el diputat republicà Joan Tardà deia en una entrevista de CRÍTIC: “ERC hauria de governar els primers 15 anys de la República amb els Comuns i la CUP”.

Però si els pactes municipals determinen el futur pacte català… el pacte de Barcelona en Comú amb el PSC a l’ajuntament de la capital de Catalunya determina futures negociacions d’aliances? La mala relació actual entre Comuns i ERC a la plaça Sant Jaume pot influir negativament en un acord d’esquerres a la Generalitat? Si els Comuns no es posicionen a favor del referèndum, pot ser que les bases dERC vetin qualsevol pacte de futur amb els dAda Colau? Un dels reptes que tenen els que vulguin un govern d’esquerres a Catalunya el 2018 és reconstruir els ponts trencats entre, com diria Carod-Rovira, independentistes i autodeterministes d’esquerres.

8.- Sortir de Barcelonai escoltar Catalunya

Els Comuns han de guanyar protagonisme fora de l’àrea metropolitana de Barcelona, Tarragona o de la franja de costa que va de Mataró a Blanes. Si no construeixen un subjecte català no tindran cap opció de guanyar en unes catalanes. El PSC de les millors èpoques va aconseguir ser un partit d’àmbit català amb presència important a totes les ciutats del país des de Palamós a Lleida passant per Manresa. Ho reconeixen tots els dirigents dels Comuns: el partit avui és massa barceloní o metropolità, massa urbà. Els Comuns, igual que ho intenten ERC o la CUP des de fa temps, ha de ser capaç d’arrelar a Nou Barris i al poble més petit de Catalunya, Sant Jaume de Frontanyà.

Haver guanyat les eleccions espanyoles tant a un lloc com a l’altre en un moment conjuntural no és suficient. S’ha de tenir molt en compte el vot dual històric a Catalunya: gent que votava socialista a les espanyoles i municipals, i donava suport a Convergència o s’abstenia a les catalanes. Les eleccions catalanes, a causa del sistema de la llei electoral catalana, afavoreixen qui suma més vot a les comarques menys poblades de Catalunya. Guanyar a Barcelona no és suficient. Li va passar fins i tot al millor Pasqual Maragall de finals dels 90 i principis del 2000: guanyava en vot a CiU però al final acabava sempre perdent en nombre d’escons.

Però per guanyar vots a la Catalunya no metropolitana cal anar-hi, aprendre, escoltar els problemes de la gent i treure’s prejudicis sobre les carreteres d’interior. Ada Colau hauria de fer un ‘tour’ per la Catalunya catalanoparlant i catalanista afectada per la crisi. Una idea seria conèixer les altres perifèries urbanes postindustrials on ella se sentiria més còmoda: des de l’Atmella de Mar o Ulldecona (pobles amb menys renda per càpita) passant pels barris sud de Tarragona (Bonavista, Campclar, la Canonja…), pujar per la Vall d’Òdena d’Igualada (pobles amb atur bestial), passar pel Vallès (ciutat Badia, referent, però també saber què carai hi passa a Granollers i a Mollet) fins arribar a Salt (immigració), l’eix Blanes-Tordera-Malgrat (indústria, logística d’Inditex) fins a Sallent-Berga (crisi de la mineria) o els pobles del Ripollès (desindustrialització). Això només seria per començar el Tour Social especial per Ada Colau.

9.- Com afronten les municipals de 2019?

El més important és mantenir el poder a la ciutat de Barcelona. Això és el que els dóna força i simbolisme, no només a Catalunya, sinó a l’Estat espanyol i, de fet, internacionalment. Això ho saben els seus adversaris polítics. Debilitant Barcelona, debilites els Comuns a Catalunya. I, seguint el fil, si Els Comuns catalans fracassen, serà més fàcil prendre’ls l’alcaldia. Però, al revés, també funciona. Ho deia, el geògraf marxista, David Harvey, en una entrevista recent a CRÍTIC i la Directa: “Si l’Ajuntament de Barcelona pot demostrar que hi ha una manera diferent de fer les coses, aleshores hi haurà una possibilitat de fer el salt nacional”.

Però, hi ha un detall importantíssim del qual se n’haurà de parlar durant aquest 2017: com afronten la política local? Segons els ideòlegs dels Comuns, “el municipalisme hauria de ser el motor”. De fet, el municipalisme ja l’assaja amb èxit la CUP o, als antípodes, la política municipal va ser la base del poder del PSC. Es faran ara candidatures unitàries dels Comuns per a les properes eleccions d’aquí a dos anys? També es faran a llocs on governa amb gran tradició ICV com Sant Feliu de Llobregat o El Prat? Es faran primàries per escollir candidats dels Comuns municipals? S’incorporen al projecte dels Comuns catalans candidatures municipalistes que podrien semblar afins com Terrassa en Comú o, evidentment, Barcelona en Comú? I d’altres amb molta connexió però que no són ben bé Els Comuns com les llistes a ciutats tan importants com Guanyem Badalona en Comú o les llistes d’esquerres a Cornellà, Santa Coloma o El Comú de Lleida?

10.- Guanyar espais d’hegemonia

Per molt bon lideratge que tinguis, cal guanyar l’hegemonia. Per molt bones idees que tinguis, cal guanyar l’hegemonia. Per molts vots que puguis arribar a tenir, cal guanyar l’hegemonia. Els Comuns necessiten construir un nou marc i un nou relat. Segons el lingüista i científic cognitiu George Lakoff, l’emmarcat no és una qüestió d’eslògans; és una manera de pensar, una forma d’actuar. No són només paraules. Això serveix per a tots els partits d’esquerres, des dels més moderats fins als més radicals, i per al moviment independentista.

Ho vaig escriure fa gairebé dos anys a l’article: ‘Barcelona en Comú té un problema… guanyar l’hegemonia’. Insisteixo en la mateixa idea. En una crisi econòmica, política o nacional com la que viu Catalunya, el que organitza el pensament i la pràctica política de la majoria de la gent és la resposta emocional personal i no un càlcul raonat sobre com respondre millor a la crisi. “Els valors modelen les decisions dels ciutadans amb més freqüència que els seus interessos”, conclou l’historiador i periodista Thomas Frank.

Un dels actors principals per construir hegemonia -a part de l’escola, la cultura, els mites- són els mitjans de comunicació. La majoria de catalans, segons les enquestes del Centre d’Estudis d’Opinió, s’informen dels temes polítics a través de la televisió. Un atac constant i amb raó de ser d’un conjunt de mitjans contra un govern pot acabar destrossant-lo en les enquestes electorals. Manuel Castells, a un llibre com ‘Comunicación y Poder’, assegura que els mitjans de comunicació i, en l’actual context tecnològic, les xarxes socials d’internet, “no són el Quart Poder sinó molt més importants: són l’espai on es crea el poder”. Tanmateix, segons opinava Guillem Martinez a l’entrevista de CRÍTIC, els Comuns han tingut fins ara “un accés molt limitat” als mitjans de comunicació.

El discurs de Gerardo Pisarello, número 2 de BCN En Comú, ja ho anunciava el dia que van arribar a l’alcaldia: “Només si aconseguim acabar amb certs privilegis inacceptables, i sobretot, si emprenem des del primer moment un canvi cultural, de mentalitat, podem avançar”. La batalla pel sentit comú d’època serà una batalla política, cultural i intel·lectual cabdal per realitzar un canvi polític a qualsevol societat. Guanyar l’hegemonia, segons els ideòlegs de Podem, és la clau per a un futur canvi.

 

*****

Jordi AMAT, “Droga’t tu! Radicalisme romàntic i realisme polític als anys vuitanta” a “Cultura/s” nº 761 de La Vanguardia (21-01-17)

http://www.lavanguardia.com/encatala/20170121/413540672226/drogat-tu.html

“Tinc una memòria perfecta de tot el que va significar aquella època. Del que va ser l’estafa terrible de la transició. Una estafa miserable que se li va fer a la societat espanyola. Una traïció miserable. S’obliden –tota aquesta merda de premsa que tenim avui dia, de mitjans de comunicació– dels gairebé 200 morts i gairebé 300 persones que van quedar invàlides en els tres anys que hi ha després de la mort de Franco. Morien a les manifestacions perquè la policia disparava a matar. La transició va deixar moltes ferides físiques, psicològiques i personals a moltíssima gent. Jo recordo un amic d’aquella època que es va suïcidar el 1978, quan la transició ja estava podrida, perquè militava a la Lliga Comunista Revolucionària i es va adonar que no es faria la revolució.” Són paraules de Carlos Gulías –fundador de l’Asso­ciació Lliure Antiprohibicionista– a Morir de (2010). Coproduït amb ajuts de l’ Institut de Cultura de l’Ajuntament de Barcelona i TV3, aquest documental –hereu d’un projecte de Joaquim Jordà– es pot rescatar al web de la televisió catalana. Allà, a la fitxa, es resumeix com “la història de la transició espanyola fins als nostres dies a través d’una de les seves cares ocultes: l’heroïna”.

El documental –trist, impactant, ben documentat– es pot veure ara a l’exposició Gelatina dura. Històries escamotejades dels 80 (a la sala dedicada a Els bells vençuts, és a dir, els centenars de morts víctimes de l’heroïna i la sida). La mostra ha comptat amb el suport del Programa de Cultura de la Unió Europea. L’ha comissariada Teresa Grandas. Conservadora del Macba –museu que organitza i produeix l’exposició–, Grandas ha tingut l’encert d’ensenyar, a través d’una tipologia variadíssima, part dels fons menys coneguts d’aquest museu. Entrellaçant “aspectes estètics i sociopolítics” (copio del full de mà), el propòsit de Grandas està clarament sintonitzat amb la lectura crítica del procés de canvi polític tal com el descriu Carlos Gulías. Es parteix de la convicció que la democràcia va oblidar els discursos i les ac­cions més rupturistes que van suc­ceir durant la transició. Aquell oblit seria una de les conseqüències de l’estafa del canvi i aquesta estafa hauria tingut un preu, individual i col·lectiu, que la cultura política de la democràcia no s’hauria preocupat de saldar. No es tractaria, doncs, d’una amnèsia natural sinó d’un oblit programat. Aquest i no un altre és el sentit d’escamotejar. “Fer desaparèixer amb habilitat (alguna cosa) als ulls dels presents sense que aquests s’apercebin de com ha estat fet”,segons la primera accepció del dic­cionari.

En conseqüència, tot el procés de canvi, social i polític, hauria de ser reconsiderat des de la sospita. Una sospita, ja en voga llavors, que afirmava que les drogues dures eren una arma d’estat (titular d’un article d’ El Viejo Topo, d’un número exposat en una vitrina). La mateixa sospita –i cito el titular d’una revista exposada–, que defineix la cultura com “un instrument d’opressió al servei del poder”. És una hipòtesi atractiva, com ho són les teories conspiradores. S’ha anat consolidant quan les crisis encavalcades (l’econòmica, la institucional, la territorial) han accelerat el desgast de l’estat democràtic. Però és una hipòtesi falsa. Falsa històricament. Però operativa. Sobre ella està construint un discurs antisistema que el sistema, sens dubte en crisi, no té força per contrarestar.

Còctel indigest

L’arc temporal de Gelatina dura són quinze anys. Del 1977 al 1992. De l’ arrencada de l’estafa, seguint aquest revisionisme de la sospita, al soterrament dels discursos alternatius. Un esborrament definitiu amb la màxima projecció internacional de la nova Espanya a través de l’ Exposició Universal de Sevilla –la mascota apareix en un muntatge fotogràfic acompanyant víctimes esborrades– i els Jocs Olímpics –la lectura dels quals és crítica, com sembla que es desprèn de les imatges de Samaranch el dia de la nominació oficial. En termes polítics, la paràbola arrencaria amb les primeres eleccions democràtiques i culminaria amb el principi del final dels anys daurats del felipisme. Els anys, doncs, de la consolidació democràtica que tenen com a moment zenital l’entrada d’ Espanya a la Comunitat Europea –un projecte, l’europeista, criticat a l’obra Habitación Europa (1992) de Isaías Griñolo i Angustias García.

No és, doncs, una exposició sobre la cultura underground, com ho era el documental Barcelona era una ­fiesta de Morrosko Vila-Sanjuán, ni tampoc sobre la subversió durant el tardofranquisme que Pepe Ribas narra en les memòries Los 70 a destajo. No és l’època del Pau Riba a Formentera ni els anys daurats del Sisa de Zeleste. No és el temps que Pau Malvido va explicar a la sèrie Nosotros los malditos, que no sabia passar del 1976. D’alguna manera, encara que ni de bon tros amb la seva coherent unitat temàtica, la cronologia de l’exposició coincidiria amb la que va treballar Julià Guillamon a La . Però en l’exposició, quan es proven de cosir en una mateixa xarxa fils temàtics que no combinen bé, la periodització 77/92 esdevé equívoca en la mesura que pretén unificar períodes i assumptes molt diferents (urbanisme, política, presons, lluita sindical, cultura, drogues, memòria històrica…) difícil de recosir-se junts.

La mostra s’obre amb l’ Informe General de Pere Portabella del 1976 i es tanca amb el segon Informe, estrenat fa pocs mesos. A les parets de l’exposició, i així es dona una certa unitat a un magma heterogeni, estan escrites les Preguntas al pueblo español por un americano ignorante, projecte artístic de Francesc Torres que va tenir una primera fase el 1991 i l’última publicada a El Periódico a començaments de novembre del 2016. Són 46 preguntes la formulació de les quals qüestiona la qualitat de la democràcia espanyola. Una d’a­questes preguntes, del 1991, en­caixa amb el propòsit de l’exposició: “A qui afavoreix l’amnèsia històrica espanyola de l’última dècada? A l’esquerra o a la dreta política?”. La resposta, vista l’exposició, seria que aquella amnèsia estabilitza un sistema neofranquista de baixa qualitat democràtica. La resposta podria ser una altra pregunta retòrica de la sèrie de Torres: “Per què el Gattopardo és l’única espècie ideològica capaç de sobreviure a la selva democràtica espanyola?”.

Com a reacció a la presumpta amnèsia que s’hauria imposat entre el 77/92, Gelatina dura rehabilita relats que es presenten més o menys interconnectats entre si. Aquest exercici d’arqueologia, interessant i complex (en tractar-se en molts casos de materials de l’underground), empalma, implícitament, amb el qüestionament actual de la transició que l’estigmatitza com el règim del 78. Més enllà de la història de la cultura, l’aposta ideològica és evident. La voluntat d’intervenció en el present és explícita al catàleg de mà. Es tracta de problematitzar les arrels d’un sistema avui en crisi. Buscar l’origen de la crisi actual en aquelles arrels. Rescatant un ventall de discursos escamotejats per l’hegemonia del consens transicional, es tractaria de demostrar com aquella presumpta invisibilització va respondre a una lògica amb el pervers objectiu de l’aprimament de la democràcia (en la línia del llibre col·lectiu La cultura de la transición, coordinat per Guillem Martínez, que pot consultar-se a l’última sala). Són diverses històries, en teoria, les escamotejades. Enumero les més rellevants en els espais de l’exposició.

La primera és la d’un passat de ­violència política del franquisme que es va fer desaparèixer de la memòria col·lectiva. Sens dubte aquesta va ser una de les mancances, potser inevitables (la correlació de forces, sempre la correlació de forces), del procés de transició. Aquella memòria seria ocupada pel relat consensual, el paradigma del qual el va mostrar la famosa sèrie televisiva de Victoria Prego, i que aquí es pretén rebatre o impugnar oferint imatges de realitats alternatives als grans pactes polítics. Imatges de les Jornades Llibertàries, quatre fotografies de Colita de manifestacions a Barcelona (des de les que defensaven l’avortament fins a una, impressionant, de l’11 de setembre del 1976) o el documental alternatiu al de Prego que és No haber olvidado; en la mateixa línia adquireix sentit la reproducció, en una sala adjunta, del grafiti El silencio de Amedo está sobrevalorado, que posa el dit a la nafra del tèrbol terrorisme d’estat dels GAL. Però només a aquell terrorisme.

Més endavant es dona veu a la crítica a la transformació de la ciutat, centrant-se en la Barcelona que es modernitzava cap al 92 (una altra visió molt parcial, massa esbiaixada), o es mostren formes de desarticulació de les lluites obreres dures. A més del documental sobre els assassinats dels advocats laboralistes d’ Atocha, aquí s’inclouen més fotografies de Colita que en aquest cas retraten el viatge de veremadors al sud de França (unes instantànies de pobresa i treball que no acaben d’encaixar amb el relat que es pretén construir).

Sobre la cultura invisibilitzada –secció titulada Les lletres arrabassades, títol de l’estudi del meu amic Germán Labrador sobre la relació de poesia i drogues (pot consultar-se també al final)– es posen en valor formes diverses del carnavalesc, ja sigui a través del documental de Ventura Pons sobre Ocaña, obres del Taller Llunàtic, el Cumpelaños felizde Nazario o una paret atapeïda de dibuixos transgressors extrets dels quaderns de Lluís Juncosa (on el ­sexe profana la religió, amb creus que s’allarguen per acabar sent penis o com es veu en un desagradable àngel sodomita). És una paradoxa però hi ha alguna cosa d’opressiu en moltes d’aquestes manifestacions artístiques que, a través de la subversió, buscaven l’alliberament absolut. Hi ha alguna cosa de barroquisme tèrbol, encapsulador, malaltís. De món infern, tètric i terminal. Potser la història més desassossegant de totes, la més fosca i que va acabar als cementiris derrapant pel costat més salvatge de la vida, sigui la de l’heroïna. A més del documental citat, a la sala, fa estremir, inquietant, el poema i el quadre solanesc El del maleït Pepe Sales. Un horror. La desolació d’una generació perduda en un remolí d’experimentació que va acabar devorant-los.

Plantejament acrític

‘PREGUNTAS AL PUEBLO ESPAÑOL POR UN AMERICANO IGNORANTE’. El principal fil de continuïtat de l’exposició és la reproducció íntegra de 46 preguntes formulades per l’artista visual Francesc Torres. El projecte va veure per primera vegada la llum el 1991. Eren 35 preguntes. El 2016 el va ampliar amb 11 més. La suma proposa problematitzar, de manera crítica, la profunditat de la democràcia espanyola

Diguem que l’exposició aconsegueix en bona mesura el seu propòsit: mostrar discursos radicals i alternatius, irònics o subversius, que han estat més o menys oblidats (mai del tot, per cert). Un oblit diria més generacional que institucional. La majoria de vegades la seva absència ha estat indestriable de la desaparició prematura i tràgica de molts dels seus protagonistes. Però, alhora, el treball metòdic de recuperació de l’excentricitat no se sotmet a una revisió crítica sinó que més aviat tendeix a ­mitificar-se sense problematitzar l’abast d’uns discursos que no sempre pretenien el mateix ni es poden explicar simultàniament. O, en qualsevol cas, aquella revisió, segons el full de mà, parteix d’un principi més aviat qüestionable. “El relat oficial dels vuitanta va advocar per una instauració de la democràcia que va ­prioritzar la necessitat per damunt de la raó”. No. Va ser el revés. Amb les seves mancances, esclar, però, paradoxalment, el relat que aquí es vol posar en relleu és, en molts casos, del tot irracional.

Un exemple. Les sacrificades veremadores retratades per Colita o les obreres en una cadena de muntatge (que també va retratar ella) no es manifestaven pel mateix que els gais per la Rambla o que els presos en vaga que protestaven amb raó per la retrògrada llei de Perillositat Social. Ajuntar-ho en un mateix marc, a la fi, acaba configurant més aviat un tòtum revolútum on s’igualen formes de crítica o protesta que no són assimilables. I aquesta no és una operació innòcua. En un museu pot semblar una entretinguda operació arqueològica d’un passat desaparegut. Però aquesta no és la missió de l’exposició. Aquí es dona forma a un relat l’afany del qual és contrahegemònic i diria que pot arribar a ser irresponsable.

Hi ha crítica a la transició, però en general no hi ha crítica als discursos exposats (amb l’excepció del gran documental Macba). Constatar-ho no implica defensar el procés de canvi polític sinó, més enllà de culpabi­litzar el sistema d’un fracàs, provar d’entendre per què aquells discursos, entrats als vuitanta, van acabar sent estèrils. En l’exposició es mostra com a mínim un document que podria ser útil per assajar aquesta problematització que he trobat a faltar. En una vitrina de l’apartat Els angles cecs es mostra el primer número de 1980 de l’esquerrana Triunfo. Es destaca la significació de l’article Los infelices setenta. Es tracta d’una valoració política de la dècada conclusa escrita per la ploma més destacada de la revista, el periodista Eduardo Haro Tecglen. La seva conclusió era rotunda. Havien estat “uns anys en què tot el que va succeir de positiu es va transformar immediatament en negatiu”. Haro va mostrant com els setanta van ser l’època en què els diversos intents de revolució, un rere l’altre, van fracassar aplanant el camí d’una contrarevolució conservadora ja evident en aquell moment.

Acceptat aquest diagnòstic en línies generals difícilment rebatible, quina era la viabilitat, en el seu present, dels discursos de la ruptura a l’ Espanya que havia superat ja una primera etapa, amb moderat èxit però amb fortes dificultats, de la dictadura a una democràcia? Reformulant la pregunta anterior, per evidenciar un dels arguments demagogs inherents al discurs de l’exposició, no és el contrast inquisidor entre la propaganda electoral de les elec­cions generals del 77 amb la projecció d’imatges de la pobresa una deslegitimació implícita del procés de canvi, tan gris com es vulgui, però que va inaugurar els anys de més estabilitat democràtica de l’ Espanya moderna? Les revistes underground que il·lustren aquell curtcircuit, satiritzant la representativitat democràtica de Suárez o fins i tot d’aquell González, diria que reforcen aquesta voluntat de deslegitimació dels primers comicis de la democràcia.

Tendeixo a pensar que els discursos que realça Gelatina dura, sobretot els de la dècada dels vuitanta, van ser els detritus d’una utopia que a Occident havia quedat fortament desgastada durant els anys anteriors. Esclar que a Espanya no hi hauria revolució, com va descobrir desolat aquell militant de l’esquerra radical que el 1978 es va llevar la vida. Però la seva tragèdia personal era utòpica, desgraciadament naïf, no política i segurament no democràtica. La classe mitjana, que a la fi va ser el subjecte social que va encarrilar la velocitat del canvi, volia estabilitat després d’anys d’inquietud i, precisament per això, no va voler que hi hagués revolució. Lògic. Com s’havia demostrat al llarg d’aquella dècada, i encara més en plena crisi del petroli, el preu en vides dels conats revolu­cionaris havia estat elevadíssim. Des del 1976, com va escriure Pau Malvido –un dels maleïts caiguts, combatiu però sagaç, un altre dels protagonistes de Morir de –, es va saber que no hi hauria ruptura. Els cercles que havien lligat la transformació a aquella esperança, des de sectors hippies fins a militants de l’esquerra radical, van entrar, en molts casos, en una espiral fatal i heterodoxa. No estem parlant de l’esperança hippy. Estem parlant d’una dolorosa, en­cara que pogués ser creativa, marginalitat.

L’exposició l’acaben dominant discursos radicals en la fase avançada i més constructiva de la democràcia. Són com epílegs protagonitzats per fantasmes enganxats a la utopia. Quan van ser articulats no pretenien aprofundir en el nou ordre, tan limitat com es vulgui, però a la fi un ordre democràtic. No. El seu propòsit, en consonància i potser degenerant els seus orígens, era la subversió del sistema capitalista –el de la societat del benestar– en tots els ordres. La subversió havia estat i continuava sent el pilar somort sobre el qual pretenien fundar una societat alternativa. No era una lluita social. Tenia poc o res a veure amb la proposta d’un ordre nou, més just, que podria construir-se a través de vies democràtiques.

Més enllà de la nostàlgia adolescent per una ruptura alliberadora però tràgica, la trampa de fons de ­Gelatina dura és el contrast tàcit que estableix la ruptura caduca i reescalfada d’una banda, i, de l’altra, la pervivència del franquisme en democràcia. I això és una fal·làcia histò­rica, una dicotomia parcial, parcialíssima, perquè obvia el que és determinant. Potser va ser menys atractiu que l’alternativa d’un romanticisme radical cada vegada més espectral –en el pla individual, social i polític–, però durant aquells anys l’ordre democràtic en construcció va fer que la societat espanyola fos més justa. Amb desperfectes, esclar, però finalment més justa. Amb una excepció. El projecte que continuava enarborant la ruptura radical era un altre. ETA. I el seu relat de sang s’escamoteja en l’exposició. Fins i tot en la cronologia final on només s’es­criuen els noms de les víctimes de la repugnant violència d’estat. No les altres. L’elecció és una desfiguració. És la segona mort de Cobi, escamotejat ara no pels seus enemics històrics sinó pels seus potencials hereus.

Així, a la fi, d’una manera reiterada, s’obvia o s’introdueix la sospita sobre el projecte polític de construcció de la ciutat democràtica. Una expressió, la de ciutat democràtica, de Manuel Vázquez Montalbán: un intel·lectual comunista que, ja a mitjans dels anys setanta, havia assumit la impossibilitat de l’alternativa revolucionària. Aquella lucidesa seva és el principal angle mort d’aquesta exposició.