Presentació

En l’anterior Focus Press recolliem la prospectiva per al 2017 del CIDOB, a la que avui afegim la del European Council of Foreign Relations, en la que Mark Leonard i Jeremy Saphiro identifiquen 10 tendències de la política exterior: les eleccions crítiques a països clau de la Unió Europea, el retorn de Rússia al protagonisme internacional, la possible aliança entre la Unió Europea i Xina per mantenir l’ordre mundial, el túnel sense final de la guerra civil siriana, el fràgil acord sobre els refugiats entre la UE i Turquia, l’esquerdament de l’acord amb Iran sobre la seva desnuclearització, l’incerta negociació sobre el Brexit, la progressiva marginalització de la perifèria dela UE, l’activació d’una política europea de defensa, i, finalment, el reconeixement de la inviabilitat de la solució dels dos Estats per resoldre el conflicte israelià-palestí.

L’hora del comiat de Barack Obama és també l’hora d’un primer balanç que,  inevitablement, no pot sostreure’s de l’impacte emocional causat pel contrast amb el nou president Donald Trump. Diversos col·laboradors de The Guardian intenten oferir un balanç mesurat de la presidència Obama: economia, canvi climàtic, Obamacare, política internacional, immigració, drets civils i control d’armes.

La primera ministra britànica Theresa May, amb el seu discurs a la Lancaster House,  ha intentat esvair els dubtes sobre l’estratègia britànica per aplicar el mandat democràtic sobre el Brexit. Luis Bouza ha disecsonat el discurs de May i assenyala que  “`restaurar nuestra democracia parlamentaria, la autodeterminación nacional y ser aún más globales e internacionalistas’ representa un trilema imposible en los términos que explica Dani Rodrik”.

La setmana passada recomanavem el darrer número de La Maleta de Portbou, concretament la conversa entre Josep Ramoneda i Íñigo Errejón. Recollim la versió catalana publicada pel diari Ara. Més enllà del debat sobre temes tàctics i organitzatius que caracterizen l’actual confrontació dins de Podemos, Errejón en aquesta conversa mostra la seva preocupació per trobar els elements mobilitzadors adequats per configurar una nova majoria social alternativa a l’statu quo.

Finalment, proposem l’article de Jorge Galindo sobre le scauses que explicarien l’absència d’un partit d’extrema dreta rellevant a Espanya. Galindo arriba  a la conclusió següent: “Situando este debate en el contexto europeo, las diferencias más concluyentes de España con respecto a sus vecinos se resumirían en la ausencia de una oferta afinada y de una demanda activa tanto en el eje cultural como en el económico. En este último frente, me parece particularmente importante destacar, como hipótesis, que los segmentos más susceptibles a simpatizar con los valores de la derecha reaccionaria han estado comparativamente poco expuestos a la crisis económica en España”.

Mark LEONARD & Jeremy SAPHIRO, “Diez tendencias en política exterior para 2017” a European Council of Foreign Relations (18-01-17)

http://www.ecfr.eu/madrid/post/diez_tendencias_en_politica_exterior_para_2017

El año pasado, comenzamos 2016 con mucha autoconfianza prediciendo 13 tendencias que definirían la política exterior europea en 2016. Terminamos el año con una pequeña dosis de humildad e incluso más decepción, evaluándonos a nosotros mismos y decidiendo que acertar 7,5 de 13 no estaba tan mal. Con el año nuevo, hemos reiniciado el calendario. Así que aquí están nuestras diez tendencias (más una extra) que definirán la política exterior de la Unión Europea en 2017:

1. Las elecciones dominarán la política exterior europea

Europa y la política exterior europea estarán sobrecogidas por las elecciones. No es que en 2017 vayan a celebrarse más elecciones de lo que es habitual. Con 28 Estados miembros y con legislaturas de 4-5 años, cada año tenemos una media de 7-9 elecciones. Pero 2017 será testigo de elecciones clave en Francia, Alemania, Holanda, República Checa y Bulgaria, de las cuáles todas podrían resultar en otra victoria populista inesperada. También es posible que haya elecciones en Italia, donde una victoria del Movimiento Cinco Estrellas podría presagiar un referéndum sobre el euro y una posible crisis financiera.

Pero el mayor acontecimiento serán las elecciones francesas y la posibilidad de que Marine Le Pen pueda convertirse en presidenta de Francia. Parece poco probable por el momento, pero todo el mundo está demasiado escarmentado por los recientes fallos en las predicciones sobre EEUU y Reino Unido como para sentirse confiado. Si Le Pen resultara elegida, sería una crisis mayor para la UE que Brexit y, desde luego, probablemente condenaría a la UE a la irrelevancia geopolítica.

Sorprendente hasta cierto punto, las elecciones en sí mismas se centrarán en cuestiones de política exterior, especialmente en inmigración, terrorismo y comercio; y, por lo tanto, tendrán un gran impacto en la política exterior europea. Y sea cual sea el resultado, podemos estar seguros de que cualquier alegato por una mayor actividad en política exterior por parte de Europa en 2017 se encontrará con peticiones para esperar que la próxima elección haya pasado.

2. El triunfante retorno de Rusia a Occidente

2017 también marcará el comienzo del triunfante retorno de Rusia a Occidente, o quizá el retorno de Occidente a Rusia según la perspectiva. En cualquier caso, ayudado en parte por Donald Trump, el presidente ruso Vladimir Putin volverá a unirse a los clubes que dominan el mundo, comenzado al menos de forma simbólica con su asistencia a la reunión del G-7 en Sicilia a finales de mayo. Este momento marcará el comienzo del fin del consenso transatlántico por mantener juntos el régimen de sanciones contra Rusia.

3. Extraños aliados defienden el orden mundial 

Ante los esfuerzos del presidente de Estados Unidos por redefinir el orden mundial, surgirá una extraña alianza entre Europa y China para defender las partes que importan a ambos.

Esto implica un esfuerzo sino-europeo específico por defender el sistema global de libre comercio y la OMC, y por mantener el Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Esta alianza ganará relevancia cuando el presidente chino Xi Jinping efectúe un discurso globalista en el Foro Económico Mundial de Davos, justo cuando Trump pronuncie un discurso de temática ‘America First’ en su discurso de investidura en Washington.

4.  La guerra civil siria no llega a su fin 

La idea de que la guerra civil siria iba a enconarse ha sido sabiduría popular durante los últimos cinco años. Pero ahora, se asume que de la captura ruso-siria-iraní de Alepo significa que la guerra está entrando en su fase final y que la oposición será eliminada militarmente pronto.

Sin embargo, la victoria en Alepo no se traducirá en una victoria política en 2017 ya que la guerra civil siria avanzará hacia una fase insurgente (aunque las operaciones militares convencionales también continuarán contras los rebeldes en Idlib y contra ISIS en general). A medida que esta insurgencia continúe, los rusos comenzarán a cansarse del goteo de pérdidas entre sus soldados (e incluso entre su cuerpo diplomático). Incluso se hartaran de tener que lidiar con Assad y sus incesantes peticiones de victoria total.

5. El acuerdo EU-Turquía de refugiados se sostiene

El acuerdo de los refugiados con Turquía ya está desgastado y todas las partes han abusado de él. Varios europeos y turcos lo han tildado de inadecuado e incluso de inmoral. Va a recibir más golpes en muchas de las campañas electorales de 2017, en las que varios partidos populistas europeos se burlarán de él como una claudicación ante Turquía y como el resultado del fracaso de Europa para defender sus fronteras.

A pesar de todo, el acuerdo se las apañará para llegar tambaleante hasta 2018 porque es muy importante tanto para el gobierno alemán como para el turco. El gobierno alemán cree que necesita el acuerdo para evitar otra oleada de refugiados. Por su parte, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan es definitivamente ambivalente sobre la UE, pero no puede permitirse cerrar la posibilidad de viajar a Europa sin visado a las clases medias turcas si quiere asegurar los cambios constitucionales necesarios para establecer una presidencia ejecutiva en Turquía.

6. EEUU abandona el acuerdo con Irán, mientras que la UE lucha por mantenerlo

 Los americanos van a abandonar el acuerdo con Irán, si no  de manera formal, lo harán de facto implementando nuevas sanciones o renunciando al levantamiento de sanciones que se le prometió a Irán bajo el acuerdo. Pero los europeos trabajarán para mantener el núcleo del acuerdo. Puede incluso que comiencen una batalla con EEUU sobre las sanciones secundarias que los EEUU tratan de imponer a empresas y bancos europeos. En ese caso, podríamos encontrarnos ante una vuelta a la era Helms-Burton de la década de los noventa cuando las divisiones internas y las contradicciones definían las políticas occidentales hacia Irán.

7. Las negociaciones del Brexit no se dirigen a ninguna parte

 2016 cambió casi todo, excepto cómo los gobiernos de Reino Unido y los europeos pensaban sobre Brexit. En la parte británica, el gobierno de Theresa May actúa como si la única variable que ha cambiado en el orden internacional sea Reino Unido abandonando la UE. Su foco de atención es, por tanto, mantener al partido conservador unido y obtener ventajas marginales para el Reino Unido en las negociaciones, con pocas consideraciones a cómo esto pudiera afectar – o ser afectado por – el despliegue de un nuevo orden global más general.

De forma similar en el lado de la UE, el gran temor es que el Brexit vaya a causar un efecto dominó de peticiones de tratos especiales por parte de la UE. Entonces llegamos al silogismo mortal de que el club tiene reglas y beneficios, que solo obtienes beneficios cuando sigues las reglas y que, por lo tanto, es peor estar fuera del club que estar en él. Como en la crisis griega, esta actitud hace que la UE adopte posturas duras en sus negociaciones. En este contexto, la reciente petición de que Reino Unido pague 60 mil millones de euros a modo de ‘cargos de salida’ no es solo una puja inicial, sino una oferta que empeorará si no es aceptada.

Muchos en el lado británico no creen que la UE vaya a adoptar este enfoque, por lo que es poco probable que las negociaciones progresen en 2017. El peligro más a largo plazo es un Brexit no negociado. Pero por ahora, podemos predecir con seguridad que haremos esa predicción el año que viene.

8. La marginalización de la periferia de la UE 

El núcleo de la UE y la eurozona idearán nuevas formas de mantener a la Unión y al euro vivos en 2017 o serán paralizadas con las elecciones. Mientras tanto, la periferia de la UE y en especial los nuevos estados miembros del este de Europa, se dirigirán hacia la marginalización y se verán obligados a gestionar sus desafíos solos. Esto significará para muchos de ellos, como Bulgaria o Grecia, que la frontera externa de la UE será su responsabilidad y que tendrán que hacerse cargo de crecientes preocupaciones como los refugiados o el reacercamiento entre Turquía y Rusia sin mucha ayuda de sus socios en el núcleo de la UE.

9. Europa finalmente se pone seria en materia de defensa

Parece utópico decirlo después de tantos comienzos en falso, pero 2017 puede ser el año en el que Europa finalmente se ponga seria respecto a sustentar su propia defensa. El caso para un enfoque más conjunto, siempre de peso, se ha convertido casi irrefutable con el retorno de la agresión rusa y el probable desentendimiento de la América de Trump.

Ya se pueden percibir varios indicadores de esta tendencia a medida que cada vez más países invierten un 2% del PIB en defensa tal y como se comprometieron tiempo atrás. En marzo, unos 12-15 países de la UE lanzarán un programa formal de ‘Estructura Permanente de Cooperación’ como permite el Tratado de la UE. Marcarán objetivos sobre cuánto deben gastar colectivamente y establecerán proyectos comunes. La esperanza es que EEUU y la OTAN den la bienvenida a este esfuerzo de la UE, con la probabilidad de que Trump aproveche la oportunidad de jactarse por su victoria de hacer que otros paguen su parte.

10. El fin de la solución de los dos Estados

2017 probablemente también sea testigo del fin de la idea de la solución de los dos Estados en el conflicto palestino-israelí. La solución de los dos Estados ha estado cojeando durante un tiempo, pero ahora está muy claro que el gobierno israelí ya no está comprometido con ella y que los palestinos no tienen capacidad de impulsar el asunto. De una forma parecida, está muy claro que ningún poder externo — EEUU, los europeos o los países árabes — está dispuesto a hacer lo que es necesario para avanzar respecto a ella.

Esto no es una novedad, pero hasta ahora la falta de alternativas ha significado que todas las partes fingían que la solución de dos Estados aún era válida. En 2017, esto se acabará. La principal causa será el traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén y el cambio general en el tono del gobierno de EEUU hacia el gobierno israelí, que básicamente consistirá en ‘haz lo que te plazca’. Puede sorprender a mucha gente en Europa escuchar que este no era el caso hasta ahora, pero pronto empezarán a apreciar la diferencia.

Tendencia Extra: Europa gana influencia a raíz de los intereses empresariales de Trump en Europa 

Se asume que el entrelazamiento de los intereses empresariales de Trump y de la política exterior estadounidense será negativo para Europa y para el mundo. Pero puede terminar por ser una fuente inexplorada de influencia para Europa. Tal y como los rusos y los chinos parecen haber descubierto ya, las inversiones de la organización Trump parecen ser más importante para Trump que cualquier otro resultado de política exterior. En 2017, los europeos descubrirán esto y comenzarán a ganar influencia sobre las inversiones de Trump en Europa, especialmente usando como arma cursos de golf como el de Turnberry en Escocia.

 

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Dossier de The Guardian a eldiario.es (15-01-17): “El verdadero legado de Barack Obama”

http://www.eldiario.es/theguardian/legado-Barack-Obama_0_599840528.html

El 4 de noviembre del año 2008, Barack Obama miró las caras de algunas de las 240.000 personas que habían acudido al Grant Park de Chicago para celebrar su histórico triunfo en las elecciones presidenciales. La televisión llevó el acto a millones de ciudadanos de todo el mundo que compartían en distinta medida el entusiasmo del ‘Yes we can’ (‘Sí se puede’) y su mensaje de esperanza; un mensaje que, a pesar de las expectativas rotas, bastó para darle un segundo triunfo en las elecciones del 2012.

A finales de este mes, Donald Trump asumirá el cargo de presidente de los Estados Unidos. Pocas personas habrían imaginado ese giro de los acontecimientos durante la estimulante noche del Grant Park. Pero, ¿qué ha conseguido Obama durante su presidencia? ¿Su huella será duradera? Ésta esa la opinión de algunos de los columnistas estadounidenses de the Guardian:

Dominic RUSHE,  Economìa

Ocho años después de que Obama llegara a la presidencia, las bolsas baten récords, la tasa de desempleo está en su punto más bajo de la última década (4,6%) y el precio de la vivienda ha subido un 23%, poniendo fin al mayor crack de la historia reciente del país. Si fuera por esos datos, los EEUU deberían estar celebrando el legado del hombre que heredó la peor recesión desde la Gran Depresión de la década de 1930.

A pesar de ello, Donald Trump  ganó las últimas elecciones desde una ola de populismo económico y la promesa de “hacer grande otra vez” a los Estados Unidos, de donde se deduce que las prometedoras cifras mencionadas no convencen a grandes sectores de la población, que no han notado cambio alguno.

En enero del año 2009, el paro estaba en el 7,6%. La recesión destruía empleos por todo el país; el desempleo llegó al 10% en octubre de ese mismo año. Obama se puede sentir orgulloso de haber creado 11 millones de puestos de trabajo durante su presidencia, pero hay estadísticas menos halagüeñas que apuntan a uno de los motivos del malestar de la gente: el índice de población activa (la cantidad de personas que trabajan o buscan activamente un empleo) ha caído a su punto más bajo desde la década de 1970.

La razón no está del todo clara, y hay un gran debate al respecto. Puede ser la demografía, los envejecidos baby boomers que abandonan el mundo laboral o el simple hecho de que la gente ha renunciado a la esperanza de encontrar un empleo digno. A fin de cuentas, gran parte de los empleos creados son del sector sanitario o de servicios. El sector industrial sigue perdiendo empleos por la robotización o la deslocalización y, en consecuencia, los salarios no han crecido nada durante la presidencia de Obama.

La economía estadounidense se ha librado de otro ciclo de burbuja y colapso, pero el crecimiento ha sido muy débil. Dicho esto, hay que añadir que la recuperación ha sido más fuerte y más rápida que la europea, y que se han evitado las medidas de austeridad de dicho continente. Además, la aprobación de la ley Dodd-Frank, que impuso nuevas normas a Wall Street, redujo la posibilidad de que se produjera otra crisis grave en el sector financiero.

Sin embargo, y por muy meritorios que sean sus logros, Obama ha dejado demasiadas personas con la sensación de estar mal pagadas y de vivir en la precariedad. Trump ha prometido liberar otra vez a las fuerzas del capitalismo (mediante la desregulación y la anulación parcial de la ley Dodd-Frank), lo cual acelerará las cosas. Pero todos sabemos lo que pasa después de un boom económico. Puede que la Historia termine siendo más amable con el legado de Obama que los votantes de EEUU.

Oliver MILMAN, Cambio climático

Dicen que Barack Obama ha sido el “primer presidente ambientalista” de los Estados Unidos, pero esa es una medalla por la que sólo se ha preocupado durante la última fase de su Gobierno. El cambio climático estuvo casi ausente de sus dos campañas electorales y, a pesar de ello, deja la Casa Blanca con la afirmación de que es la mayor amenaza que se cierne sobre el mundo. Obama ha intentado recuperar el tiempo perdido con las agonizantes brasas de su presidencia.

El frenesí final ha sido significativo. El acuerdo de París, destinado a reducir las emisiones de 196 países, fue posible porque Obama convenció a China de que se sumara. No era un acuerdo perfecto, pero se firmó y ratificó en un año. El desafío sigue siendo abrumador, pero se han superado los fracasos de Kioto y Copenhague.

Mientras tanto, en Estados Unidos, Obama fracasó en su intento de poner en marcha un sistema de comercio de derechos para reducir las emisiones, y se concentró en la regulación de las centrales eléctricas de carbón. El plan sigue atascado en los tribunales, pero otras de sus decisiones políticas –limitar los niveles de metano, mejorar la eficacia del combustible de los vehículos y conseguir que la enorme burocracia federal se tome en serio el cambio climático– tuvieron más éxito.

Las fuerzas del mercado han salido en su ayuda, porque el descenso de los costes del gas y de las energías solar y eólica contribuye a acelerar el abandono del carbón. Además, justo antes de Navidades tomó la decisión de prohibir con carácter permanente las prospecciones nuevas de gas y petróleo en la mayoría de las aguas estadounidenses de los océanos Ártico y Atlántico, en un esfuerzo ecológico de última hora antes de entregar el poder a Donald Trump.

Obama no estaba bromeando del todo cuando dijo que es él y no Teddy Roosevelt quien debería ser recordado como el presidente conservacionista. Ha protegido más de un millón de kilómetros cuadrados de tierras y aguas, más que ningún presidente de los Estados Unidos, incluida la reserva marina de Hawái, la mayor del planeta.

Sin embargo, quedan problemas muy graves por resolver. La crisis del agua de Flint no es más que un ejemplo de la permisividad con la contaminación, que se ha enquistado tras muchos años de negligencia institucional. Los pueblos y ciudades de EEUU sufren cada vez más tormentas, inundaciones y sequías derivadas del cambio climático, pero no existe ningún plan bipartito para preparar al país o admitir siquiera el problema.

Y, aunque Obama sólo sea responsable de una parte, también es cierto que debería haber limitado la descontrolada financiación de proyectos de combustibles fósiles en el extranjero a través del   Export-Import Bank [la agencia de créditos para exportaciones de los Estados Unidos].

Los errores y éxitos de Obama entrarán en abierta contradicción con el Gobierno de Trump, cuyas posturas en materia de cambio climático provocan alarma entre expertos y activistas. El presidente electo amenazó con anular la práctica totalidad de las decisiones tomadas por su predecesor, que ahora parecen vulnerables. Queda por ver hasta dónde serán capaces de llegar Trump y sus compañeros de partido, pero el cambio climático es indiscutiblemente un aspecto sobre el que Obama no se alegrará de poder decir: “Os lo dije”.

Jessica GLENZA, Obamacare

La asistencia y las carencias sanitarias de los estadounidenses fueron definitivamente un punto central de la campaña presidencial de 2008. En Estados Unidos no había ningún sistema público, lo cual significaba que las personas sin seguros privados se encontraban a merced del sistema de salud más caro del mundo.

Los problemas de salud provocaban la mitad de las declaraciones de insolvencia; había enfermos de cáncer que se quedaban sin seguro por los límites de gasto de las prestaciones de por vida, y se excluía a gente del sistema por “condiciones preexistentes” como el acné. Era un catastrófico modelo que no cubría las catástrofes. Para muchos, la ruina económica estaba a un diagnóstico.

Obama defendió un sistema de salud universal con la esperanza de que el Estado se encargara de su mantenimiento, como sucede en muchos países de Europa. Sin embargo, el Congreso se limitó a aprobar un compromiso entre el Gobierno y la industria que consistía en lo siguiente: los estadounidenses estarían obligados a tener un seguro de salud, que llevaría nuevos y sanos clientes a la industria; pero la industria tendría que renunciar a su vez a algunas de sus prácticas más odiosas, como los límites de gasto en los seguros de por vida, la negativa a dar servicio a partir de “condiciones preexistentes” y la venta de seguros de mala calidad para accidentes de carácter catastrófico.

La Affordable Care Act (ACA), más conocida como Obamacare, pasó por un Congreso con mayoría demócrata durante la primera mitad del mandato de Obama. Era la primera red de seguridad social en más de 50 años; un hito político o, como se oyó decir en su día al vicepresidente Joe Biden, “algo jodidamente grande”.

La ACA aumentaba el alcance de Medicaid, el seguro de salud del Gobierno para los pobres; los impuestos a los ricos mejoraban Medicare, el programa gubernamental para los ancianos y, además, se creaba un mercado financiado por las autoridades federales para que los ciudadanos y las pequeñas empresas pudieran comparar los distintos seguros y adquirirlos con tasas subsidiadas. En conjunto, los cambios ofrecían un seguro de salud a 22 millones de estadounidenses.

Para costear las populares provisiones, la ley exigía que los estadounidenses contrataran un seguro o pagaran un impuesto; y, por otra parte, aumentaba la controvertida cobertura contraceptiva a las mujeres. Pero todo ello, sumado al simple hecho de que la propuesta de ley se abriera paso en un Congreso dominado por los demócratas, indignó a los republicanos.

Los opositores a la ley intentaron desmantelarla en el Tribunal Supremo, y presentaron decenas de revocatorios. Sin embargo, la ley nunca ha estado en una posición tan débil como ahora. Trump hizo campaña por la “anulación y sustitución” de Obamacare, y su partido ha pasado a controlar el Congreso y la Casa Blanca. De hecho, su ministro de Sanidad será un congresista que se opuso fervientemente a la ACA: Tom Price.

Los datos demuestran que la gente está contratando más seguros de salud que antes, aunque el sistema sanitario que Obama ayudó a crear diste de ser perfecto. La epidemia de opiáceos provoca más de 30.000 muertos al año; la población está indignada con el aumento del precio de los medicamentos y las empresas siguen cargando miles de dólares a los pacientes a través de copagos y desgravaciones. Pero, si los republicanos cumplen su promesa de derogar la ACA, los estadounidenses se van a llevar una lección sanitaria tan rápida como dolorosa.

Julian BORGER, Política internacional (I)

La política internacional de Obama recibió un visto bueno general antes de que empezara. Sólo llevaba nueve meses en la presidencia cuando le concedieron el premio Nobel de la Paz, aunque sus principales logros habían consistido en unos cuantos discursos bonitos sobre Oriente Medio y la proliferación nuclear. Cualquiera habría sospechado que le daban un Nobel prematuro por el simple hecho de no ser George W. Bush.

Se daba por sentado que la actitud de Obama sería la antítesis de la posición de su predecesor. Había aprendido la dura lección de la invasión de Irak: que las intervenciones militares estadounidenses, alimentadas por una mezcla de arrogancia e ignorancia, empeoraban radicalmente unas situaciones que ya eran peligrosas.

Si la “doctrina Obama” se pudiera reducir a un lema, sería éste: “No hagamos estupideces”. De hecho, se encargó de que sus funcionarios repitieran esa frase en multitud de reuniones; y cuentan que, en el año 2014, durante un viaje al extranjero, ordenó al equipo de prensa de la Casa Blanca que las repitieran después de que él las pronunciara, como si se estuviera dirigiendo a unos alumnos particularmente torpes en una clase de enseñanza primaria. Pero era una doctrina tranquilizadora tras la etapa de Bush, y tuvo sus logros.

La decisión de amenazar a Irán sin considerar a dicho país la encarnación del mal, sino una sociedad compleja con una veta fuertemente pragmática, llevó en última instancia al acuerdo de Viena (julio del 2015), por el que Teherán se comprometía a aceptar una limitación estricta de su programa nuclear a cambio de un levantamiento parcial de las sanciones. Tuvo la suerte de su parte –la elección del presidente Hassan Rouhani, ese mismo mes–, y también tuvo sus puntos débiles y sus críticos; pero sigue siendo uno de los mayores éxitos diplomáticos de las últimas décadas.

Sin embargo, el mantra de Obama no era una base sólida para una doctrina. Hacia el final de su mandato, se había convertido en una carga y una excusa para la duda y la parálisis. Había gobiernos y líderes que hacían cosas estúpidas por arrogancia, ambición o debilidad, y el resto del mundo se volvía hacia Washington en busca de una respuesta. En tales circunstancias, la inacción cuenta como acción.

Obama maquilló la actitud de EEUU ante el conflicto libio: se mostró a favor de intervenir, pero “dirigiendo desde la retaguardia”. Consciente de los errores cometidos en Irak, acudió a la ONU para que apoyara la intervención militar y, tras conseguir un mandato, abusó de éste –al menos, a ojos de Moscú– y provocó un cambio de régimen. Gadafi cayó, y Obama no hizo gran cosa para evitar que Libia se hundiera en el caos.

La guerra de Libia emponzoñó las relaciones con Rusia, y contribuyó a que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas permaneciera en punto muerto durante la mayor crisis de la era de Obama: la guerra de Siria. Washington apoyaba a los rebeldes de forma renqueante e ineficaz, dudando de los grupos con los que trataba. Además, el presidente cometió un error fatídico con su promesa de intervenir de forma directa si el Gobierno sirio utilizaba armas químicas, promesa que incumplió en agosto del año 2013. Al final, la marcha atrás de Obama llevó a la eliminación de casi todo el arsenal químico de Siria, pero envalentonó a Assad y creó un vacío que llenó Vladimir Putin, con consecuencias funestas para la población.

La guerra de Siria, que ya ha causado medio millón de muertos, ensombrece el legado de Obama del mismo modo en que la guerra de Irak ensombreció el de George Bush. Para un presidente de los Estados Unidos, los pecados de omisión pesan tanto como los pecados de acción.

Spencer ACKERMAN, Política internacional (II)

Obama llegó a la Casa Blanca con el programa más progresista en materia de seguridad nacional desde Jimmy Carter. Se comprometió a poner fin a la guerra de Irak, prohibir las torturas de la CIA, cerrar Guantánamo y establecer un diálogo con los adversarios tradicionales del país. Sin embargo, prometió una escalada de la guerra de Afganistán, violó la soberanía paquistaní para perseguir a Osama Bin Laden, votó a favor de un aumento masivo de los programas de vigilancia y convirtió a John Brennan –un directivo de la CIA que estuvo en el sistema de torturas desde el principio– en su asesor antiterrorista más cercano.

Obama detuvo la guerra de Irak a cambio de seguir con la guerra contra el terrorismo, algo que molestó tanto a sus seguidores como a sus críticos, porque no encajaba en su imagen de progresista ni en la imagen de pacifista ingenuo que los conservadores tenían de él. Su relación con los militares fue bastante precaria al principio, aunque les dio mucho y recibió poco. Retrasó el repliegue de Irak y ordenó el envío de 30.000 soldados a Afganistán; pero se retiró de Irak en el 2011, el mismo año en el que estaba previsto el fin de la escalada afgana. La experiencia dejó al presidente con una sensación de frustración, porque interpretó que había una casta militar que pretendía enredarlo en sus planes. Pero tenía una alternativa.

Convencido de que los militares apoyaban las lentas y costosas guerras terrestres, Obama les dio la espalda y acudió a los drones de la CIA, la red de vigilancia global de la NSA y los sigilosos pero violentos ataques del Jont Special Operations Command. De hecho, permitió que actuaran con restricciones mínimas y extendieran el alcance digital de la guerra contra el terrorismo a todo el mundo, y el alcance físico a Somalia, Yemen, Pakistán, Libia, Malí y la República del Níger. Mientras afirmaba que “la marea de la guerra” se estaba retirando, la llevaba a costas nuevas.

Ni las revelaciones de Edward Snowden sobre la NSA ni el descubrimiento de que los drones habían matado a un menor estadounidense de 16 años sirvieron para que Obama cambiara de actitud. Al final de su mandato, se había limitado a restringir los seguimientos masivos de comunicaciones telefónicas y a limitar modestamente los ataques con drones. La CIA era crucial para su estrategia, y su negativa a procesar a los torturadores le hizo parecer un defensor del programa de torturas.

A pesar de ello, las agencias de espionaje no están contentas con la libertad que Obama les concedió, y Donald Trump está decidido a darles más. En materia de seguridad nacional, Obama traicionó sus promesas progresistas y, en lugar de levantar una barricada entre la era de Bush y la de Trump, les tendió un puente.

Ed PILKINGTON, Inmigración

Obama deja un legado claramente irregular en lo tocante a la inmigración. Por un lado, se ganó el calificativo de “deportador en jefe” y, por otro, se esforzó por legalizar la situación de millones de jóvenes inmigrantes y de sus padres.

El poco halagador calificativo fue un regalo de las comunidades de inmigrantes y los grupos de derechos civiles, consternados ante la deportación de más de dos millones y medio de personas: más de lo que había deportado ningún Gobierno anterior. Los últimos datos del Pew Research Center (PRC) demuestran que el Gobierno de Obama mantuvo un índice de expulsiones muy superior al de George W. Bush.

En noviembre del año 2014, Obama afirmó que las autoridades federales se limitarían a perseguir a los delincuentes peligrosos. “Malhechores, no familias”, dijo. Pero las cifras del PRC implican que incumplió su promesa. Durante sus años en la Casa Blanca, el porcentaje de deportados sin antecedentes penales se ha mantenido alrededor del 60% del total.

Obama será recordado de forma más amable entre los 11 millones de inmigrantes ilegales por sus intentos de   regularizar su situación y proporcionarles permisos de trabajo, aunque la oposición republicana en el Congreso impidió que se llegara a la concesión de la ciudadanía. Más de 700.000 “soñadores” que llegaron a los EEUU cuando eran niños se han beneficiado del programa Deferred Action for Childhood Arrivals (DACA), que retrasa la amenaza de deportación durante dos años y les permite salir a la luz y trabajar a la vista de todos.

El plan avivó el compromiso cultural y político de los jóvenes hispanos ilegales, y contribuyó a la creación de una red de activistas que podría ser crucial para resistirse a Trump y a su mano dura contra los inmigrantes. Sin embargo, ese aspecto del legado de Obama no está exento de problemas. Los tribunales de Justicia impidieron el desarrollo del Deferred Action for Parents of Americans (un programa parecido al DACA, pero dirigido a los padres de los “soñadores”), que pretendía extender el status legal a otros cinco millones de personas.

Obama aprobó los dos planes mediante una orden ejecutiva, haciendo uso de sus poderes presidenciales. De ese modo, pudo puentear al Congreso y asegurar sencilla y rápidamente los derechos de personas que, hasta entonces, estaban condenadas a vivir en las sombras. Pero la táctica llevaba la semilla de su propia destrucción, porque Trump podrá anular los programas y tirarlos al basurero de la historia con la misma sencillez y rapidez.

Molly REDDEN, Mujeres, género y derechos de LGBT

El presidente Obama firmó la ley Lily Ledbetter Fair Pay en enero del año 2009, que abría la posibilidad de que las mujeres que sufrieran de discriminación salarial recibieran compensaciones económicas. Fue la primera ley de Obama, un acto simbólico que anunció un aspecto importante de sus ocho años de Gobierno. Obama ha actuado de forma reiterada en favor de las personas históricamente discriminadas por su sexo o identidad sexual.

El Obamacare prohibió que las aseguradoras cobraran más a las mujeres, y extendió los métodos anticonceptivos disponibles a millones de personas, sin coste añadido. El Gobierno devolvió el golpe a los Estados que pretendían retirar los fondos de los programas de planificación familiar, y se encargó de que el Departamento de Educación obligara a las universidades a tomarse en serio el azote de las agresiones sexuales en los campus, además de determinar cómo debían tratar a los estudiantes transexuales. Por otro lado, el Departamento de Justicia ayudó a que las restricciones del derecho al aborto y las limitaciones al matrimonio de personas del mismo sexo acabaran en el Tribunal Supremo.  Y el propio Obama se convirtió en defensor del matrimonio homosexual, tras “haber evolucionado” en ese sentido.

¿Sobrevivirá alguna de esas conquistas a la era de Trump? El nuevo presidente ha insinuado que respeta la legislación sobre matrimonio homosexual, pero nada más. Los republicanos del Congreso apoyan medidas que permitirían que las empresas discriminen a los LGBT, y están preparando una ofensiva sin precedentes contra el derecho al aborto. Mientras tanto, el destino del Obamacare es incierto, aunque los republicanos pretenden eliminar sus aspectos contrarios a la discriminación de mujeres y transexuales.

Además, los activistas universitarios temen que se pierda lo conseguido en materia de agresiones sexuales, y el propio vicepresidente de Donald Trump, Mike Pence, ha declarado que el Gobierno dejará de exigir que los colegios   den plazas a alumnos transexuales y que las empresas incluyan los métodos anticonceptivos en sus planes de salud. Sobre el asunto de los alumnos transexuales, Pence aseguró en octubre del año pasado que eran “las propias comunidades quienes lo debían resolver, a partir de los patrones que quieran para sí mismas”.

Es posible que la mayor conquista que sobreviva sea el cambio cultural que provocó Obama con su apoyo directo. El presidente demócrata aprovechó su mandato para legitimar a los activistas que luchaban contra los altos índices de agresiones sexuales y a los movimientos de defendían los derechos de los transexuales. Derogó la política de “prohibido preguntar, prohibido decir” en las Fuerzas Armadas; se encargó de que el Pentágono anulara la prohibición de que las mujeres ocuparan puestos de combate y estableció normas para permitir que los transexuales sirvan en el Ejército.

Mara Keisling (directora del National Center for Transgender Equality) declaró hace poco a  the Guardian que los cambios culturales que hicieron posible esas conquistas no van a desaparecer por el simple hecho de que llegue alguien nuevo a la presidencia. “Los transexuales han estado educando a sus familias, sus compañeros de clase y sus compañeros de trabajo durante décadas. Les han hecho ver lo que son y, aunque el Gobierno acabe con algunas de sus conquistas políticas, no les podrán quitar la dignidad que se han ganado por sí mismos.”

Lois BECKETT, Control de armas

“Fue el peor día de mi presidencia”, dijo Obama sobre la masacre de la escuela de primaria de Sandy Hook (diciembre del año 2012) . Pero, antes de aquella masacre, en la que murieron 20 niños, no había hecho prácticamente nada en materia de control de armas. De hecho, cuando su fiscal general mencionó la posibilidad de prohibir los fusiles de asalto, el Jefe de Gabinete de Obama contestó de forma rotunda: “cierre la puta boca”.

Sin embargo, el suceso de Sandy Hook convirtió a Obama en un defensor apasionado del control de armas. Intentó aprovechar su fuerza para que el Partido Demócrata dejara de considerarlo un asunto menor y lo convirtiera en un asunto prioritario. Algunos familiares de las víctimas afirmaron que su compromiso con la causa parecía tan personal como político; y no sólo como presidente de la nación, sino como el padre que había llorado en una rueda de prensa al referirse a la masacre.

Desgraciadamente, los intentos de Obama fracasaron. A pesar de la ofensiva de la Casa Blanca de principios del año 2013, el Congreso rechazó hasta la modesta tentativa de renovar la prohibición de los fusiles de asalto y aumentar los requisitos federales para poder comprar armas. El tiroteo del club Pulse de Orlando (junio del 2016) provocó un nuevo intento, que fue rápidamente rechazado. “Obama hizo lo que pudo, pero su Congreso se mostró impotente”, dijo Mark Barden, que había perdido a su hijo Daniel –de siete años de edad– en Sandy Hook.

Ante la pasividad de la Cámara, Obama optó por decisiones presidenciales de carácter más simbólico que otra cosa. Hasta la National Rifle Association (NRA), que se opone al control de armas con argumentos apocalípticos, estaba asombrada con su actitud. En enero del año pasado, Obama pretendió mejorar las comprobaciones para la venta de armas mediante el procedimiento de sacar un folleto gubernamental donde se explicaban las leyes que debían cumplir los ciudadanos. “¿Eso es todo? –ironizó un portavoz de la NRA–. No se puede decir que estén haciendo mucho”.

Durante los dos últimos años de la presidencia de Obama se ha batido el récord de masacres en la historia reciente del país y, por si eso fuera poco, se ha producido un aumento radical de los asesinatos con armas, que estaban en declive: en Baltimore llegaron a su punto más alto en el 2015, y en Chicago –la ciudad de Obama– se produjo un aumento del 50% al año siguiente, que también afectó a los tiroteos. De hecho, el aumento de los asesinatos en Chicago llega a tal extremo que, durante el año 2016 alcanzó una cifra similar a siete masacres de Orlando.

No obstante, Obama ha prometido que, cuando deje la presidencia, seguirá trabajando con organizaciones de todo el país para prevenir la violencia armada.

Ningún presidente de la historia de los Estados Unidos aumentó tanto el gasto en armas nucleares como Obama, laureado con el premio Nobel de la Paz; ningún presidente de los Estados Unidos deportó a más personas que Obama (de hecho, deportó a más personas que todos los presidentes que ocuparon la Casa Blanca entre los años 1892 y 2008) y, por último, ninguno acudió tantas veces a la ley de Espionaje, que ha usado más que todos los Gobiernos anteriores, juntos.

 

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Luis BOUZA, “El final del principio del Brexit” a Agenda Pública (19-01-17)

http://agendapublica.es/el-final-del-principio-del-brexit/

La primera ministra Theresa May anunció ayer sus planes para terminar los 43 años de pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea en un discurso que pretendía acabar con las especulaciones sobre el tipo de relación con las instituciones y la forma de acceso del Reino Unido al mercado único tras la materialización del Brexit. Dicho discurso descarta el modelo noruego en favor del “Brexit duro”, en la cual el RU se convertirá en un tercer Estado que buscará un acuerdo comercial preferencial, que algunos llaman la vía canadiense. Sin embargo esta vía y el propio discurso están llenos de incertidumbres. No es el final de la partida del Brexit, ni siquiera el principio del final, pero es un movimiento de apertura.

El estatus de Estado no miembro es lo suficientemente laxo como para haber ocupado 7 meses de debate político. La posición más cercana al statu quo actual y por la cual apostaban la mayor parte de analistas era un “Brexit light” en el cual el Reino Unido cumpliría con el mandato popular al abandonar las instituciones pero conservando el acceso al mercado interior y por lo tanto manteniendo un estatus de contribuyente al presupuesto y teniendo que aplicar el acervo comunitario en los asuntos de mercado. Ante la negativa de los 27 a separar la libertad de movimientos de trabajadores del resto del mercado y ante el riesgo de división de los partidarios del Brexit, May anuncia la salida completa de la UE para negociar desde fuera un acuerdo comercial.

El discurso de May está articulado por algunos de los principales significantes del euro-escepticismo británico más clásico junto con ideas nostálgicas del Imperio de los años 50. El discurso se inspira del de Margaret Thatcher en el Colegio de Europa en Brujas en 1988 al reivindicar la identidad europea del Reino Unido mientras que la construcción europea no respeta las identidades nacionales. May concluye que abandonar el mercado interior y comerciar desde fuera es la manera de que las normas británicas solamente se escriban en Westminster y las asambleas de las naciones autónomas. May usa otro de los gritos de batalla del euro-escepticismo al señalar que una de las grandes ventajas de abandonar las instituciones y el mercado único es que “la época de las enormes contribuciones británicas al presupuesto comunitario se ha acabado”. Sin embargo el título – “Un Reino Unido Global” – y la parte introductoria del discurso, señalan que la decisión del 23 de junio no implica un ensimismamiento nacionalista sino que romper amarras con la UE es la mejor forma de abrirse al resto del mundo, asumiendo que la pertenencia a la UE impide que el Reino Unido desarrolle todo su potencial librecambista al estar sujeto a la política comercial común. Además el discurso de May asume una posición parecida a la del Churchill y los EEUU de los años 50 – a diferencia de las recientes declaraciones de Trump – que una Unión Europea exitosa va en el sentido de los intereses del Reino Unido e incluso asume la actitud protectora de una gran potencia al poner la inteligencia británica al servicio de la seguridad de todos los ciudadanos europeos.

Los discursos reflejan la forma de concebir el mundo de los actores políticos, pero también son formas de intervención sobre la realidad política. Una interpretación del discurso es que sea un intento de “subir las apuestas”. Mientras que la negociación sobre el acceso al mercado único dejaba como única carta de negociación el tamaño de contribución presupuestaria británica, el brexit duro permite al Reino Unido presionar a la UE en relación con el acceso de los bienes europeos al mercado británico y a los Estados miembros sobre el estatus y los derechos de sus inmigrantes en las islas. Sin embargo esta interpretación no parece convincente puesto que en el juego del gallina – conocemos sus reglas gracias a Schauble y Varufakis – la capacidad de dañar al otro tiene que ser creíble, mientras que la pérdida relativa de acceso de los bancos británicos a los mercados europeos seria incomparable con la pérdida de acceso al mercado británico para la industria automovilística europea. En 2016 la UE suponía el 43,8% de las exportaciones británicas, mientras que Alemania, España y Francia solo destinan al Reino Unido el 7% de las suyas. Por lo tanto cabe suponer que el discurso tiene como intención demostrar al mismo tiempo firmeza y buena voluntad. Si no es una amenaza a los 27, el discurso de May es una invitación a cooperar para facilitar que el Reino Unido pueda realizar la promesa de abandonar la UE de forma definitiva para recuperar el control de la inmigración y restaurar la soberanía parlamentaria a un coste asumible mediante un acuerdo comercial y garantías migratorias recíprocas. Respecto al liderazgo interno May puede intentar agrupar a todo el euro-escepticismo al tiempo que parece haber conseguido hacer del rechazo a la inmigración y la ruptura definitiva con la UE una posición hegemónica que el propio líder del partido laborista acepta como mandato del referéndum.

El discurso contiene una contradicción entre la voluntad de restaurar la soberanía parlamentaria y la necesidad de cooperación de los 27 para conseguirlo a un coste asumible. Si bien parece improbable que las instituciones y Estados miembros se nieguen a cooperar, es difícil imaginar que esto no implique una serie de concesiones en términos de soberanía, a la propia UE y desde luego a otras grandes potencias comerciales como la UE o China. Los acuerdos comerciales modernos implican la adopción de numerosas normas técnicas, de protección de la propiedad intelectual o de garantía de las inversiones, y suele ser el socio más pequeño, en este caso el Reino Unido, el que tiene que hacer más concesiones para su adopción. Además el acuerdo entre el Reino Unido y la UE será lo suficientemente complejo como para requerir la aprobación de los parlamentos nacionales, lo cual sitúa un acuerdo vital para la economía británica al albur de los baches del acuerdo con Canadá en el parlamento valón, por no hablar de que los parlamentos de los Estados de Europa central y oriental quieran vincular la aprobación de este acuerdo a los derechos de sus nacionales.

El economista belga Paul de Grauwe señalaba ayer en Twitter que la apelación de May de “restaurar nuestra democracia parlamentaria, la autodeterminación nacional y ser aún más globales e internacionalistas” representa un trilema imposible en los términos que explica Dani Rodrik. Si bien es indiscutible que el mandato del pueblo británico debe realizarse y aun reconociendo que la Primera Ministra está intentando cumplirlo de forma sincera al no mantener un pie dentro y otro fuera, parece difícil interpretar el voto del 23 de junio como un mandato para un plan tan arriesgado. Es legítimo rechazar la integración europea, pero necesitamos ideas más originales respecto a cómo compatibilizar un parlamento soberano con una presencia global una vez fuera de la misma.

 

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Conversa entre Josep RAMONEDA i Íñigo ERREJÓN a Ara (15-01-17)

http://www.ara.cat/suplements/diumenge/populisme-patriotisme-democratic-Josep-ramoneda_0_1724227563.html

L’actual secretari de política de Podem va néixer a Madrid el 1983 en el si d’una família fortament polititzada i d’esquerres. Aquest compromís ideològic el va mantenir en la seva etapa d’estudiant a la Universitat Complutense de Madrid, on va estudiar ciències polítiques. Allà es va sumar a moltes plataformes esquerranes i es va acostumar a participar en mobilitzacions de tot tipus, com ara l’antiglobalització de Gènova (2001), contra la guerra de l’Iraq (2003) o contra les mentides del govern del PP per l’11-M (2004). Tot i això Errejón no parla com un activista, sinó més aviat com el doctor en ciències polítiques que és des del 2006 amb una tesi sobre la Bolívia d’Evo Morales. Actualment encapçala la facció interna de Podem que defensa una moderació del discurs per ampliar la base de votants, en contra del criteri de Pablo Iglesias. Del resultat d’aquesta confrontació en dependrà en bona mesura el futur de Podem.

Josep Ramoneda. El populisme ha deixat de ser un concepte descriptiu per passar a ser un terme desqualificatiu. S’utilitza per etiquetar negativament i excloure. Però en algun moment tu mateix t’has reconegut en aquest concepte. Què és el populisme? Quan assumeixes aquesta categoria, per què ho fas?

Íñigo Errejón. Crec que vivim un moment paradoxal en què com més absent està “el poble” com a subjecte col·lectiu, més està en boca de les elits polítiques tradicionals l’acusació de “populistes” a tort i a dret. S’ha restaurat un vell principi de matriu antidemocràtica i conservadora: que hi pot haver una sobrecàrrega de politització o un excés de participació política que estimuli els més baixos instints de la gent senzilla, de la plebs. És un pensament que conceptualitza les masses com un subjecte sempre susceptible de tornar-se infantil o animalesc, com una reunió de subjectes privats de raó que poden ser influïts per qualsevol demagog. Al darrere d’aquesta idea hi ha una utopia conservadora, adoptada per la socialdemocràcia els últims anys: que es poden instaurar sistemes democràtics sense poble, els entramats institucionals dels quals funcionarien prou bé perquè no fessin falta ni els llaços afectius, ni els comunitaris, ni els ideals que forgessin un sentiment d’identitat popular. Com si aquest sentiment fos una espècie de rèmora del passat, una malaltia infantil de la democràcia.

La crisi no ha sigut només econòmica, sinó fonamentalment política: s’ha vist la incapacitat d’una bona part de les lluites polítiques i econòmiques d’encarnar algun model atractiu per a les majories, o de solucionar les pors i les ansietats respecte al futur. Això ho ha fet impossible la utopia tecnocràtica segons la qual l’únic que cal estudiar és com gestionar bé, i ha acabat amb els grans ideals que fan que la gent s’emocioni, canti junta o senti algun tipus de solidaritat amb l’altre.

J.R. En certs sectors de la ciència política està de moda dir que “la democràcia ha d’evolucionar de la sobirania cap a l’aristocràcia, perquè només els experts poden tenir les respostes”.

Í.E. Hi ha èpoques fredes en què preval un tipus de relació institucional, de canalització de les demandes o necessitats, en què sembla que els que governen representen alguna mena d’interès general i els dispositius institucionals existents són alguna cosa mereixedora de confiança. Però hi ha unes altres èpoques, les més calentes, en les quals el tipus de vincle no és prioritàriament institucional sinó popular, que són els moments fundacionals, el moment del “ We, the people ”. És llavors quan es forja un lligam col·lectiu, de vegades molt difús, entre els sectors subalterns, que dibuixa una frontera simbòlica amb els que governen, les elits, definides d’una manera o altra. I fa col·lapsar l’ordenació institucional o vertical de la societat, contraposant-hi la dicotomia, en termes clàssics, poble-elit. Crec que si l’error de la tecnocràcia (tant de centreesquerra com de centredreta) ha sigut suposar que podíem viure en societats tan institucionalitzades que mai emergiria cap pulsió plebea, l’error d’una bona part de les esquerres ha sigut creure que les societats podien viure com en un procés constituent permanent i que la lògica popular perduraria per sempre.

Què em sembla reivindicable del concepte de populisme? No és una ideologia, és una forma de construcció de les identitats polítiques. El populisme recorre, amb major o menor grau, tots els discursos polítics existents. És una forma de construcció d’un nosaltres que requereix sempre la delimitació d’un ells.

J.R . Per tant, estàs parlant de processos d’hegemonia cultural i ideològica.

Í.E. Però necessàriament compatibles amb el pluralisme, en la mesura en què el poble no existeix, no acaba d’existir mai, però sense aquesta idea és molt difícil construir societats democràtiques. Un impossible necessari que no acaba d’estar mai tancat. En els temps convulsos la batalla política fonamental és definir qui és el poble i a qui representa, per tant, un interès general que és més que la suma de les parts.

J.R. ¿És una proposta de construcció d’un nou subjecte polític del canvi?

Í.E. Sabent que aquesta definició de qui és el poble no és ni estadística, ni històrica, ni ètnica, ni geogràfica. Té a veure amb un constructo cultural, la capacitat d’haver construït una voluntat general o un interès general, que articula molts grups que no necessàriament havien d’estar junts, però que han sigut capaços de quedar trenats al voltant d’un horitzó o un programa, d’uns lideratges, d’una estètica, d’uns símbols, d’un enemic. El concepte de populisme serveix per explicar èpoques en què els fenòmens polítics que agiten els sistemes de partits s’expressen a través d’una construcció d’identitat popular que ve a dir: el nucli del poble són els sectors desatesos i, a més, aquest poble representa la nació. Aquesta ideologia o construcció discursiva juga permanentment amb l’ambivalència de poble, que és a la vegada la part i el tot. És un moment democràticament fundador que amplia el demos legítim.

J.R. De fet, el discurs que utilitza la paraula populista per desqualificar, el que fa és demostrar l’estretor del sistema institucional. Si tot el que no siguin els partits tradicionals és populista, molta gent queda exclosa.

Í.E. És la creença per la qual tant la socialdemocràcia com les forces conservadores o liberals donen per clausurada la disputa política. A fora només hi ha irrupcions del passat, com els nacionalismes o les religions, o el codi penal.

J.R. La singularitat de Podem va ser la gosadia no prevista de transformar els moviments socials que van confluir en el 15-M en organització política per disputar el poder als partits de sempre, en el seu propi terreny i en les institucions que delimitaven.

Í.E. Els moviments socials eren una cosa simpàtica mentre no manifestessin voluntat de poder. Hi ha lobis, que són dels poderosos, i després els pobres tenen els moviments socials, que pressionen i donen un aspecte de pluralisme sempre que no qüestionin el monopoli de la representació. Poden tramitar les demandes, però no afectar la divisió artificial entre el que és social i el que és polític. La sobtada explicitació de la voluntat política del 15-M fa encendre les alarmes. Es veu en el tractament mediàtic: al principi érem un simpàtic objecte d’estudi, fins que vam manifestar que volíem guanyar i governar. Es va desfermar una agressivitat que té a veure amb el qüestionament del monopoli de la representació. No tots els populismes són destituents. A Espanya tenim una crisi de règim polític, però l’estat no està en crisi. Les administracions públiques, les carreteres, l’electricitat i l’ordre públic segueixen funcionant. La proposta guanyadora és una combinació de populisme i republicanisme, que entengui que les institucions i els contrapesos són un patrimoni i que cal construir una esfera pública que tingui la capacitat de domesticar els poders salvatges.

J.R. Un empresari català em deia: “Som l’únic país del món que ja tenim els antisistema dins del sistema. Què més volem?”

I.E. Tenim una teoria política que ha errat en el que havia de mirar. Quan es veu un encerclament del Congrés, es diu que la democràcia està en perill. El poder desconstituent no ha sigut el de les masses colèriques al carrer. Són els partits els que es carreguen una bona part de la nostra definició com a estat social i deixen els drets del títol primer de la Constitució, com la sanitat o la educació, com un bé, o un dret, subsidiari, supeditat als dictàmens dels poders financers. Mentre els nostres sistemes democràtics estan sent esquarterats, amenaçats i escanyats per poders que no reten comptes a ningú, tenim una bona part dels nostres politòlegs mirant cap a una altra banda i preocupant-se per l’ascens de Marine Le Pen. L’ascens del Front Nacional mostra la incapacitat absoluta de l’esquerra francesa per bastir una idea de pàtria que protegeixi els que se senten més desprotegits per la integració europea, la globalització i les erosions de les condicions de vida. Les esquerres han regalat a les forces reaccionàries o conservadores la idea força de pàtria. A Espanya cal fer tota una feina de reconstrucció per trobar un fil nacionalpopular i democràtic en la nostra història. Què tenia l’esquerra abans? La classe obrera, el moviment obrer. Però la identitat de classe no és avui la pedra angular sobre la qual es pot basar un projecte de majories.

J.R. En el fons el que ha regit des dels anys 90 és la utopia d’una immensa classe mitjana que es va enfonsar amb l’esclat de la crisi econòmica.

Í.E. Només conec tres grans motius identitaris: la classe, la pàtria i Déu. És evident que a Déu no hi recorrerem, som demòcrates i basem els nostres projectes en el que som capaços de fer com a humans. La classe no mobilitza. Europa està plena de partits d’esquerres que parlen a la classe obrera malgrat que reben tots els seus vots de sectors mitjans urbans intel·lectualitzats. El que queda és la pàtria. Al nostre país, només sobreviuen al gran procés de desmobilització societats civils articulades amb una certa capacitat de masses, on tenen una identitat nacional alternativa com a refugi. Les dues més consistents, la catalana i la basca, comparteixen un vincle que va més enllà de la condició d’electors o de consumidors.

J.R. Castro era l’última icona de la idea clàssica de revolució, un model que comença el 1789 i acaba amb la revolució iraniana. Assalt al cel, construcció d’un món nou, liquidació física de les elits, violència i destrucció de les institucions caduques. Aquest tipus de revolucions fa temps que no està a l’ordre del dia.

Í.E. Crec que les últimes dècades ens han demostrat que als estats articulats del nord hi ha un conjunt de reixats, portes, comportes i desviacions que fan que el poder dels de dalt sigui naturalitzat i assumit com a interès general i sentit comú. Per tant, l’assalt al poder té a veure amb una capacitat d’articular un sentit comú i un horitzó diferent de societat. Un combat cultural, social i institucional, en terrenys que estan marcats per la preeminència de l’adversari, però en els quals es pot guanyar.

J.R. La paradoxa del 68 és que va obrir la via a l’anomenada transició liberal. Va desmuntar els models culturals del passat, tant els conservadors com l’estalinista, però no va construir un model nou.

Í.E. La contrarevolució neoliberal va ser capaç d’agafar i tombar una bona part dels ideals de llibertat, d’emancipació i de flexibilitat del 68, prendre’ls el seu element democràtic emancipador i incorporar-los en clau mercantil.

J.R. La gran inundació, en imatge d’Iván de la Nuez, que és la caiguda del bloc soviètic i del Mur de Berlín, primer va escombrar el comunisme, després la socialdemocràcia, i ara fins i tot podria semblar que amenaça el neoliberalisme.

Í.E. Aquí tinc més dubtes. Si les societats en crisi de representació no construeixen la idea d’un poble de la mà dels sectors progressistes, en un sentit antioligàrquic, la construiran els sectors reaccionaris (el poble contra els de fora o el poble contra els de més avall). El risc més probable és evolucionar cap a societats d’autoritarisme liberal. Societats que reconeixen els drets individuals, el dret a vot i la competició electoral entre grans maquinàries, però que no reconeixen drets d’índole social o col·lectiva; tens dret en tant que votant i en tant que consumidor, no en tant que treballador. L’extrema dreta ja es fa càrrec d’una bona part de l’herència cultural i política de la revolució neoliberal. Europa ha sigut pionera en la convivència dels principis del liberalisme i la democràcia. Però, en les últimes dècades, el principi liberal s’ha menjat el principi democràtic. Evolucionem cap a societats en què les coses fonamentals les decideixen només uns quants al marge de la ciutadania sense cancel·lació dels drets civils tradicionals.

J.R. És l’autoritarisme postdemocràtic, sense cancel·lació formal de drets però amb certes restriccions i amenaces i amb la substitució de la política per la indiferència.

Í.E. Sí, la renúncia al dret a tenir drets en tant que treballador, i la seva substitució pel campi qui pugui, i la por com a element disciplinari (por a la pobresa, a l’exclusió, al fracàs), assenyalen un camí més que possible, a costa de cancel·lar el principi de la sobirania popular. Per això ens trobem en una situació gairebé psicoanalítica: com menys poble hi ha en les polítiques i els discursos, més apareix arreu el fantasma del populisme.

El 15-M en realitat és una mobilització conservadora, en el sentit que no impugna els poders dels de dalt, és bàsicament una mobilització pels drets que ens havien promès i que van tenir els nostres pares. Si volem la restauració d’un pacte social, hem de reconstruir una comunitat popular capaç d’increpar els de dalt perquè es refaci el pacte que ells mateixos han trencat. El 68 va ser una impugnació a l’ofensiva de l’acord social d’entreguerres. En el nostre cas, hi ha una impugnació gairebé a la defensiva, que es dirigeix a les elits.

J.R. Es parla de moralitzar el capitalisme, però moralitzar vol dir posar límits i el capitalisme per definició no en té. O hi ha una pressió popular i un poder polític fort que els marca o és molt difícil establir un sistema de contrapesos que garanteixi la democràcia i la sobirania popular.

Í.E. Les oligarquies han anat tan lluny en la seva ofensiva contra els sectors mitjans i els sectors populars que avui la frontera que delimita un sentit comú alternatiu deixa molt espai. Se’ls en ha anat tant la mà que defensar la sanitat pública, l’educació pública i els convenis col·lectius dibuixa un programa de ruptura. Això fa més fàcil el combat polític per arribar a l’estat, però resulta molt més complicat quan s’hi arriba. Estic d’acord amb els que pensen permanentment en Europa com l’espai de disputa política i econòmica. El problema és que al més alt que poden arribar els pobles en la conquesta democràtica del poder polític són els estats nació.

J.R. Té futur la socialdemocràcia?

Í.E. Crec que com a identitat política no té gaire capacitat d’atracció. Els partits socialdemòcrates han acompanyat durant tanta part del trajecte els seus col·legues liberals o conservadors, que sempre combaten en camp contrari. I han reaccionat amb summa agressivitat davant el sorgiment de forces populars (democràtiques en el nostre cas; reaccionàries en el cas de França), com si aquestes forces fossin la veritable amenaça a la democràcia. Sense adonar-se que això té a veure amb un corriment que ha anat deixant immenses capes de la població òrfenes de representació política. Les polítiques públiques d’algun dels governs progressistes o nacionalpopulars llatinoamericans han assumit les tasques tradicionals de la socialdemocràcia. I la socialdemocràcia no les assumeix. Potser perquè pensa que pot desenvolupar el seu projecte en el marc de l’acord amb els seus iguals conservadors. Em temo que està caminat cap a un món on no té espai polític. No entén que fa falta molta potència popular per equilibrar la balança.

J.R. Això dificulta enormement la possibilitat de trenar les aliances més necessàries, per exemple a Espanya, perquè no governi la dreta durant vint anys.

Í.E. La nostra relació amb el PSOE apareix marcada per la tensió. Però sembla evident que, durant una etapa de transició més o menys llarga, només governarem si anem plegats. Ja és així. A les ciutats amb els ajuntaments més grans governem amb el suport del PSOE, i a les comunitats autònomes, menys a Andalusia, el PSOE governa amb alguna modalitat de suport nostre. Si aquests pactes no arriben al govern estatal, només hi haurà governs del PP. Crec que PP i PSOE acaricien la possibilitat de restablir un sistema de partits normalitzat amb nosaltres i els nacionalistes fora.

J.R. El govern del PP va entrar el 2011 amb un projecte agressiu de restauració conservadora, anticipant el que s’està fent ara en altres països: la Lomce, la llei mordassa, la reforma laboral, la frustrada llei de l’avortament. De cop, es troba sense força parlamentària per sostenir-la. Rajoy sembla disposat a cedir alguna cosa en aquest terreny, a condició que el PSOE assumeixi la seva política econòmica.

Í.E. Ara la coalició restauradora del bloc dels constitucionalistes (PP, PSOE, Ciutadans) deixa fora un terç del Parlament. Aquest intent de restaurar el vell ordre del 78 exclou els espanyols menors de 45 anys (entre els quals nosaltres som la primera força), deixa fora Catalunya i Euskadi i les grans ciutats que ja estan sent governades per forces del canvi. No hi ha fonaments per restaurar. Només per comprar temps, perquè el Partit Popular allargui les seves mesures econòmiques més dures i més cruels. Per això crec que encara no hi ha sortida a la crisi de règim.

J.R. No es pot oblidar que va ser el PSOE qui va cristal·litzar la cultura del règim del 78 (els usos i les pràctiques que l’han configurat) quan va arribar al poder el 1982 amb la màxima autoritat política i moral que s’havia tingut mai en aquest país. En nom de l’estabilitat, es va consolidar un sistema polític rígid i jeràrquic, amb neta hegemonia de l’executiu sobre la resta de poders.

Í.E. El PSOE va ser capaç de projectar un horitzó de modernització que va seduir, i incloc tant les capes subalternes com les nacions perifèriques. Si el règim hagués tingut capacitat d’autoreforma no hauríem existit ni nosaltres ni el 15-M. Som fills de la incapacitat de les elits polítiques del règim del 78. El 15-M com a moviment magmàtic, per sota de la política espanyola, té èxit perquè no qüestiona la Transició. La dona per tancada. Des de l’extrema esquerra no es va llegir bé el que passava amb el 15-M. Creien que era la venjança històrica per la derrota del 78, quan en realitat la força del 15-M va ser que, sense negar la Transició, va llançar la demolidora pregunta que qüestiona la legitimitat del règim actual: la pregunta pel treball precari, pel cada cop més inexistent estat del benestar. El nacionalisme espanyol d’ordre necessita permanentment construir-se contra fantasmes: es construeix contra ETA, malgrat la no existència ara d’ETA; es construeix contra la Guerra Civil, com a exemple de l’última cosa que va passar l’última vegada que no ens vam posar d’acord; i es construeix ara contra l’independentisme català. Són els grans punts forts amb les quals la facció conservadora pretén reconstruir un projecte fort de nació, però, esclar, amb això no n’hi ha prou. I sobretot no n’hi ha prou en un moment de desprestigi de les elits polítiques, dels seus aparells de producció intel·lectual o d’opinió publica, d’erosió dels drets civils i d’enfonsament de les expectatives dels sectors mitjans empobrits. Aquestes esquerdes no es poden suturar al·ludint al que ens va passar el 1939, perquè això només ressona al cap d’una generació d’espanyols. Curiosament la que no ens vota.

J.R. Des que vau arribar a les institucions, la mobilització social ha decaigut del tot. Com ho expliques?

Í.E. Bàsicament tots els nostres bons quadres preparats venen de la militància -entre moltes cometes- social. Però la veritat és que a mi em sembla que el cicle de mobilització col·lectiva iniciat el 15 de maig del 2011, en el moment en què nosaltres naixem, ja està en reflux. El 2014 s’extingeix el cicle de mobilització perquè no té fites per proposar més enllà de les expressives. Un arriba a la trista conclusió que als països amb estats avançats, i amb un control absolut de l’ordre públic quan s’ha mobilitzat molta gent, s’assoleix cert sostre: ja hem dit que n’estem farts, ja hem dit que som molts, i ja hem dit que volem que se’n vagin. Però no se’n van. Se’n van per la força o pels vots. No hi ha més. Arriba un moment que es difícil respondre a la pregunta “I ara què?” Quin és el següent pas? Com aconseguim que les polítiques injustes o antisocials no s’apliquin? Hi ha victòries parcials, a vegades la mobilització social té capacitat de veto. Mai demostra capacitat de construcció d’un horitzó alternatiu. I en el reflux arriba la nostra irrupció política. Una irrupció obertament avantguardista, que no era el resultat d’un procés de maduració dels moviments socials sobre la necessitat de construir una eina electoral. Una aventura d’un grup bastant reduït i amb escasses capacitats organitzatives. Armats amb una certa reflexió sobre la importància de la comunicació audiovisual, amb la lectura del 15-M, i amb alguna experiència dels processos nacionalpopulars recents a l’Amèrica Llatina, ens llancem a una aventura electoral que va desencadenar un procés de construcció d’una organització política que ha d’estar en condicions de plantejar-se com seria capaç de governar el nostre país i de construir una majoria nova que inclogui una bona part dels que encara avui no confien en nosaltres. És veritat que això genera unes expectatives en la gent que ja havia abandonat el carrer. Molta gent es va il·lusionar, es va activar per la perspectiva de la immediatesa, pel fet que podíem guanyar ja. Podem és una força política que aconsegueix espectaculars resultats que la fan entrar en processos permanents d’autoreflexió interna.

J.R. Es va transmetre tant la idea que podíeu guanyar que va acabar sent negativa. Sobretot perquè hi havia una part del vot que era de protesta, no de govern, i es va poder contreure quan pensaven que governaríeu.

Í.E. Només en situacions d’una extrema excepcionalitat ets capaç d’articular aquests dos components de vot tan diferents: un vot que et vol governant ja i un vot que vol picar la cresta a les elits polítiques i sacsejar el tauler, però no necessàriament et desitja a tu governant. En la campanya electoral pel 26 de juny ens trobem cara a cara amb el PP, i el PP va acceptar el repte. Però la va resignificar en una campanya entre el mal conegut o el pitjor per conèixer. Repenjant-se sobretot en les classes passives i en les províncies menys densament poblades, va ser capaç de construir un cert mur. Aquesta experiència defineix una feina crucial: abans de guanyar les eleccions, hem d’haver aconseguit que els espanyols ens imaginin governant. Si no, mai arribarem a guanyar. Aquesta és una part de la discussió que tenim ara: ¿una força de resistència o una força d’ofensiva al govern? Podem és una força política que neix en l’excepció, però ¿necessita l’excepció per progressar? Hi ha companys que pensen que la nostra sort està lligada a mantenir l’excepcionalitat. Jo, per contra, crec que el repte està en la capacitat de ser la força motora d’un nou acord de país, que sigui respectada i prestigiada fins i tot pels seus adversaris.

J.R. Malgrat els signes de dretanització a tot Europa, ¿l’esquerra té futur o ja no cal seguir parlant-ne?

Í.E. L’esquerra té futur on sigui capaç de construir projectes nacionalpopulars pels quals representi la possibilitat d’una refundació més justa del seu país, o pels quals postuli les majories oblidades com el veritable cor de la nació. Crec que amb aquest full de ruta es pot. I ho dic en un país que té l’extrema dificultat de reconstruir un patriotisme democràtic que a més casi amb la plurinacionalitat. Aquest repte, que semblava impossible, és el que intel·lectualment em fa vibrar més: haver sigut capaços de disputar una certa idea de pàtria als sectors més conservadors, que monopolitzaven la idea d’Espanya, al mateix temps que som una força avançada, com mai ha existit, en el reconeixement dels drets a decidir de les nacions sense estat a Espanya. No dic que sigui senzill però crec que la cosa va per aquí.

 

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Jorge GALINDO, “¿Por qué no hay un partido de extrema derecha exitoso en España?” a Politikon (19-01-17)

http://politikon.es/2017/01/19/por-que-no-tenemos-una-extrema-derecha-triunfante-en-espana/

Si hay una pregunta recurrente entre aquellos foráneos que observan la política española con cierta atención es ésta. La sorpresa se sigue normalmente del siguiente razonamiento: tras ser uno de los países más golpeados por la Gran Recesión y por la subsiguiente crisis europea de deuda, con índices astronómicos de desempleo, un sistema de protección lejos de ser perfecto, ¿cómo puede ser que la derecha reaccionaria* no haya encontrado un espacio electoral en España? El último ejemplo lo proporciona Tobias Buck con este interesante repaso en el Financial Times, al que volveré más adelante porque proporciona alguna hipótesis poco frecuentes en este debate. Hace unas semanas, Diego Torres hacía lo propio en Politico. Pero para obtener una panorámica completa vale la pena repasar las respuestas posibles a esta cuestión.

Los argumentos para explicar la presencia de la extrema derecha en un país se dividen normalmente en dos bloques: aquellos que se refieren a la oferta electoral o al entorno institucional, y aquellos que hacen énfasis en la demanda social de este tipo de políticas. En el primer grupo, para el caso español suelen citarse el legado histórico franquista, la aparente incapacidad de los líderes extremos de llegar al gran público, y la integración de muchos de ellos en plataformas mayores (principalmente el PP). Todos ellos comparten espacio con la más reciente idea de Podemos como elemento de contención para nuevas ofertas de extrema derecha durante la crisis. Por el lado de la demanda, la ausencia de un sentimiento nacionalista español fuerte y el no conflicto en torno a la inmigración se unen a la otra cara del “argumento Podemos”, que enlaza con una posible falta de competencia por recursos económicos públicos. Es en este último punto, tras recoger y criticar los argumentos existentes, donde me gustaría aportar un posible giro.

Es culpa de (o gracias a) Franco. Es quizá el argumento más socorrido, o solía serlo: tras un golpe, tres años de guerra civil, 36 de dictadura nacional-católica, tres de compleja transición a la democracia, y un segundo golpe hace menos de cuatro décadas, ser de extrema derecha es poco menos que un tabú. La idea, siendo atractiva, resiste la comparación internacional sólo a medias. Aunque es cierto que nuestra dictadura fue la segunda más larga de Europa Occidental por la derecha (solo superada por la portuguesa, donde la ausencia de una extrema derecha electoralmente fuerte también es patente), tanto Grecia como Italia, Alemania o Hungría, entre otros, contaron con su . [?] Los países del norte de Europa no se libran de haber poseído regímenes afines al nazismo durante la II Guerra Mundial, por no hablar de la Francia de Vichy, si bien tenían un grado de imposición externa nada desdeñable. La cuestión es que el fascismo y otras ideologías afines a la derecha de corte nacionalista tuvo presencia a lo largo y ancho de Europa en el siglo XX, así que es difícil excluir o subrayar su influencia en la política actual en un sentido o en otro en ciertos países. Por lo demás, no queda nada claro el mecanismo por el cual una dictadura que fueron resueltos con la muerte del líder y no por una revolución, siguiendo una transición que incorporó no pocos elementos del régimen anterior a la vida democrática, provoca una ausencia y no una presencia de la extrema derecha en el panorama electoral. Es, desde cierto punto de vista, casi contra-intuitivo. O no. Lo cual nos lleva a la siguiente hipótesis.

Sí hay extrema derecha, pero está integrada. El PP no fue siempre el partido que es hoy. Cuando se le conocía como Alianza Popular, y aún antes de que los antiguos integrantes del régimen franquista que lo conformaron se pusiesen nombre, sus posiciones eran bastante más reaccionarias que conservadoras, y desde luego para nada centradas. El famoso viaje al centro que protagonizó Aznar en la década de los noventa le llevó a llenar un espacio que originalmente no le correspondía, pero en el camino no perdió sus activos en el extremo derecho del espectro. Quizás a estos elementos ya les iba bien manteniéndose dentro de una estructura establecida que era capaz de llegar al poder, influyendo desde ahí en lugar de montar su propia plataforma con un futuro incierto. Josep Anglada, antiguo líder de la fallida PlataformaxCatalunya, expresa esta visión en la pieza de Torres. Prueba de ello es la escasa potencia electoral de Vox. Pero, la verdad, la extrema derecha no ha tenido demasiado éxito (más bien poco) en llevar adelante una agenda específica desde el PP. Así que resulta sorprendente que, si la razón de su bajo perfil es porque están más cómodos dentro que fuera, hayan aguantado tanto. De hecho, Vox nació con los pilares del anti-nacionalismo periférico, el terrorismo y el tradicionalismo familiar como bandera, luchas que están bastante lejos de la piedra de toque de la nueva derecha europea: la inmigración.

La inmigración no es un aspecto contencioso. Si hay un rasgo específico que une a las distintas derechas nacionalistas que proliferan en Occidente es la oposición a los movimientos migratorios. Por tanto, otro argumento bastante habitual para explicar la ausencia de una nueva extrema derecha en España es el perfil particular de nuestra inmigración: más integrada, se supone, con mayor presencia de individuos que compartirían rasgos culturales y lingüísticos, y menos abundante. Pero esta hipótesis topa con dos realidades: por un lado, como destacaba Tobias Buck en su pieza, países como Rumanía o Marruecos contribuyen tanto o más a la inmigración española que los estados latinoamericanos. Por otro, existe bastante evidencia de que no es necesariamente una mayor presencia o contacto directo con el migrante lo que dispara el apoyo a la derecha nacionalista. En numerosas ocasiones, de hecho, se ha observado que los sentimientos anti-inmigración se dan en áreas étnicamente más homogéneas. Es, de hecho, un enorme debate en la literatura especializada, entre quienes definenden la hipótesis del contacto (tener un vecino, compañero de trabajo, familiar de distinto origen disminuye los prejuicios) y quienes apuestan por la idea de la amenaza. Una cuestión no resuelta, pero el contencioso impide establecer una relación causal directa entre nivel de integración o presencia de migrantes y voto a la extrema derecha.

El nacionalismo ausente. La herencia franquista y el tabú que conlleva, la falta de un riesgo de “contaminación cultural” concreta para (digamos) integristas patrios proveniente de la inmigración, y la competencia de nacionalismos periféricos con el central se combinarían para ahuyentar el fantasma de la, llamémosla así, ansiedad cultural contra lo diferente. Es interesante recordar aquí el experimento de PxC, que obtuvo cierto éxito a nivel local al enlazar una identidad definida y apuntar a una amenaza externa. Pero que se vino abajo rápidamente, en gran medida por un liderazgo que no supo consolidar sus ganancias.

La oferta incapaz. Configurar un movimiento político es cosa de dos: quien lo demanda, pero también quien lo ofrece, o quien ayuda a la demanda a darse cuenta de qué está buscando (las preferencias políticas rara vez son claras, cerradas y compartidas desde el minuto cero). Ansell & Art (2010 – pdf) no tienen empacho en afirmar que

When radical right parties are dominated by individuals with blatantly racist views and poor cognitive skills, they are likely to implode even if socio-structural and institutional conditions are favorable.

España ha tenido pocos líderes de extrema derecha que no provengan de un entorno particularmente extremo, valga la redundancia. Sólo muy recientemente se ha visto una nueva cara en este espacio ideológico, pero por el momento tampoco ha tenido resultados demasiado positivos. Es muy probable que la falta de una oferta que haya sabido dar con la tecla adecuada tenga parte de la culpa en el fracaso de la extrema derecha española, pero parece claro que la demanda tampoco ha sido boyante.

El bloqueo por la izquierda. “En España no existe una formación de extrema derecha porque existe Podemos”. La frase es de Pablo Iglesias, y parece presuponer una de estas dos cosas: o bien el electorado de Podemos tiene el perfil para suscribirse a postulados de extrema derecha, o Podemos ha conseguido desactivar una respuesta a la crisis basada en postulados de derecha nacionalista (forzando a su electorado potencial en la abstención o en otras formaciones más tradicionales) y absorber en cambio el descontento por la izquierda. La primera idea me parece poco realista, al igual que a Buck, en tanto que la base de voto de Podemos se encuentra entre jóvenes urbanos de clase media con un marcado perfil ideológico de izquierda, pero la segunda interpretación se me antoja más fructífera. Pero no por mérito de Iglesias o de Podemos, sino por la configuración de los conflictos redistributivos en España.

No hay lucha por recursos públicos. Pepe Fernández-Albertos expresa una interesante hipótesis en la pieza de Buck, apuntalada por Sergi Pardos-Prado: en España no hay por qué competir. Como el sistema de bienestar en cuestiones como vivienda o transferencias monetarias directas es débil, y es aquí donde la competencia (percibida al menos) entre inmigrantes y nativos sería mayor. Además, sigue Fernández-Albertos, la inmigración lo ha pasado “objetivamente peor” durante la crisis en España, y buena prueba de ello es el fuerte cambio de 180 grados en la dirección de los flujos migratorios desde 2009: la gente vuelve a sus países, más que llegar al nuestro.

Esta es, como digo, una idea que me resulta atractiva. Sin embargo, en pocos lugares los inmigrantes han salido mejor parados que la población local durante la crisis, y este mayor sufrimiento no ha impedido la emergencia de la extrema derecha. La hipótesis de la competición directa de recursos tiene más fuerza, pero yo la reformularía para ensanchar su poder explicativo.

En realidad, y aquí viene el giro, la exposición a los vaivenes de la crisis de los grupos sociodemográficos que suelen apoyar a la extrema derecha en otros países ha sido comparativamente baja en España. Ni la clase obrera industrial o de servicios de mediana edad en adelante, ni la pequeña burguesía han sido los más golpeados por nuestra particular forma de recesión. Han sido los jóvenes, con un nivel educativo igual o superior a la media del país, y los grupos más vulnerables (inmigrantes, personas en situación laboral irregular) quienes se han llevado el golpe. Los segundos, en términos puramente materiales. Los primeros, viendo cómo sus expectativas de futuro se venían abajo. Ninguno de estos dos segmentos constituye una fuente de apoyo fácil para la extrema derecha, ya sea por falta de herramientas para la movilización política o por incompatibilidad ideológica. Pero sí (sobre todo los primeros) para una propuesta como la de Podemos.

He aquí la posible verdad escondida en la auto-atribución de mérito de Iglesias. Que allá donde la crisis ha golpeado más las expectativas de un sector no cooptable por la extrema derecha, era la extrema izquierda quien estaba en mejor posición de iniciar un viaje electoral fructífero. No por mérito suyo en la absorción de un voto anti-establishment genérico, carente de ideología, tanto como en la emergencia de un mercado distinto al de otros lugares al norte de los Pirineos. No es que no haya lucha por recursos públicos, es que quien habitualmente lo hace no lo necesita porque está bien protegido por un sistema de bienestar montado para él, y no para el outsider.

Situando este debate en el contexto europeo, las diferencias más concluyentes de España con respecto a sus vecinos se resumirían en la ausencia de una oferta afinada y de una demanda activa tanto en el eje cultural como en el económico. En este último frente, me parece particularmente importante destacar, como hipótesis, que los segmentos más susceptibles a simpatizar con los valores de la derecha reaccionaria han estado comparativamente poco expuestos a la crisis económica en España.

Sin embargo, nada es para siempre. Y, como sugería Torres en Politico,  la oferta puede mejorar en cualquier momento (de hecho, aunque los resultados de Vox sean mínimos comparados con los grandes partidos, le colocan claramente por encima del resto de las formaciones a la derecha del PP). Al mismo tiempo, a pesar de la existencia de ciertas regularidades sociodemográficas, no hay una sola demanda posible para cada ideología. No es descartable que ciertos segmentos pasen a decidir ante una oferta lo suficientemente atractiva que, efectivamente, sí perciben una amenaza cultural o económica externa que requiere de una reacción de corte nacionalista. En definitiva, España no es un país vacunado ni inmunizado contra la extrema derecha. En próximos artículos intentaré explicar por qué con argumentos comparativos, y también con algún que otro dato.

*En este texto empleo los términos derecha reaccionaria”, extrema derecha” y derecha nacionalista” de manera intercambiable. El primero define una estrategia común, el segundo una posición ideológica relativa en el espectro, y el tercero un rasgo definitorio que comprende a todas las formaciones a la derecha del conservadurismo tradicional europeo consolidado tras la posguerra. Los considero complementarios, si bien acepto el debate en torno a la posibilidad de que no sean intercambiables. Sí evito, por el contrario, el uso de otros epítetos, tales como ultras, populistas (polémico y, a veces, vago), xenófobos, autoritarios (referentes a rasgos que se pueden dar pero en diferentes grados), o neofascistas/neonazis (más específicos y restringidos a tipos determinados de formaciones de extrema derecha).