Presentació

El denominador comú dels partits i moviments que estan protagonitzant el terrabastall polític que viuen les democràcies occidentals és el rebuig a la globalització, especialment d’unes classes mitjanes que veuen revertir les seves expectatives de progrés econòmic i social. Miguel Otero y Federico Steinberg sistematitzen les explicacions d’aquest rebuig a la globalització en cinc causes: el declivi econòmic relatiu de les classes mitjanes, el creixement del sentiment xenòfob, la inadaptació als canvis tecnològics, la crisi de sostenibilitat de l’Estat del benestar i el desprestigi de la democràcia representativa.

Unes causes que configuren un estat d’ànim col·lectiu presidit per la desconfiança en les institucions del sistema per trobar les solucions necessàries, però també desconfiança entre les persones. Per això, la revista Esprit, en el seu editorial del mes de desembre, defineix la nostra època com l’era de la desconfiança. Per superar aquest paisatge de devastació moral i confrontació,  com diu Fernando Vallespín, “no cabe otra salida que ofrecer un diagnóstico frío y desapasionado del mundo en que vivimos; organizar cuáles son las opciones que están a nuestra disposición y buscar formas de elegir las mejores mediante el entendimiento y la discusión. Esta es la fórmula auténticamente ilustrada. Carece de épica, pero nadie dijo que ese debía de ser uno de los rasgos de la política democrática. El fundamental es pensar que no hay un único mundo posible y que en nuestras manos está el decidir cómo queremos vivir. Pero para saberlo tendremos que poder entendernos, no negar las evidencias fácticas, tolerar a los disidentes en vez de demonizarlos o calificarlos de indignos desde posiciones de superioridad moral. Y ‘respetar’ la opinión de cada cual”.

En la línia d’avaluar críticament les opcions disponibles és interessant l’article de José Antonio Noguera que reclama abandonar els laments reiterats sobre la crisi de la socialdemocràcia i es proposa avançar cap a una renovada agenda igualitarista que innovi en quatre àrees: regulació (predistribució), despesa (garantia de rendes), ingrés (fiscalitat) i gestió (desburocratització).

Però potser no n’hi hagi prou en fiar-ho tot al retorn a una racionalitat humil, i faci falta -segons Laura Tedesco- un rearmament cívic, moral i emocional en favor dels valors i les actituds  del que s’ha caricaturitzat amb una certa frivolitat com el políticament correcte.

Finalment, ens fem ressò del treball de Francisco Camas i Marcos Sanz sobre les actituds polítiques dels votants del PP, PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos durant l’any 2016, en base a les enquestes de Metroscopia.

 

Miguel OTERO y Federico STEINBERG, “Causas del rechazo a la globalización: más allá de la desigualdad y la xenofobia”, ARI nº 81  del Real Instituto Elcano (22-11-2016)

http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/web/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari81-2016-oteroiglesias-steinberg-causas-rechazo-globalizacion-mas-alla-desigualdad-xenofobia

Resumen

En este trabajo planteamos cinco hipótesis que explican el apoyo a partidos y movimientos anti-establishment y anti-globalización. A la percepción dominante de que el declive económico de las clases medias y la creciente xenofobia imperante en Occidente explican la victoria de Donald Trump en EEUU, el Brexit o el auge del Frente Nacional en Francia, ente otros, añadimos otras tres causas: la mala digestión que grandes capas de la población están haciendo del cambio tecnológico, la crisis del Estado del Bienestar y el creciente desencanto con la democracia representativa.

Análisis

Hace décadas que existe un consenso entre las principales fuerzas políticas de EEUU y Europa en torno a la idea de que la apertura económica es positiva. Así, de forma paulatina, se han ido liberalizando los flujos de comercio e inversión y, en menor medida, de trabajadores. Gracias a este orden liberal, las sociedades occidentales se han vuelto más prósperas, más abiertas y más cosmopolitas. Aunque la apertura económica generaba perdedores, la mayoría de los votantes estaban dispuestos a aceptar un mayor nivel de globalización. Podían, como consumidores, adquirir productos más baratos de países como China y, además, entendían que el Estado del Bienestar les protegería de forma suficiente si, transitoriamente, caían del lado de los perdedores (en economía política esto se llama la “hipótesis de la compensación”,1 según la cual los países más abiertos tienden a tener Estados más grandes y que redistribuyen más). Los países en desarrollo, por su parte, también se han venido beneficiando de la globalización económica exportando productos al rico mercado transatlántico (que cada vez es más abierto) y enviando remesas desde Occidente a sus países de origen. El invento parecía funcionar.

Sin embargo, en los últimos años, y muy especialmente desde la crisis financiera global y la crisis de la zona euro, los defensores de estas políticas (social-demócratas, demócrata-cristianos y liberales) se encuentran cada vez más acorralados electoralmente por nuevos partidos extremistas que abogan, en mayor o menor medida, por el cierre de fronteras, tanto al comercio como a la inmigración. En su mayoría se trata de partidos de extrema derecha (aunque también los hay de extrema izquierda), que reivindican la recuperación de la soberanía nacional que sienten que han perdido a manos de los mercados globales, de una disfuncional UE o de unas políticas migratorias que consideran demasiado liberales. “Recuperar el control del país” es un eslogan que comparten Trump en EEUU, los partidarios más nacionalistas del Brexit en el Reino Unido y el Frente Nacional francés. Todos ellos aspiran a conseguirlo reduciendo el comercio internacional y expulsando a los inmigrantes. Sus mensajes proteccionistas, nacionalistas y xenófobos, pretenden dar soluciones simples a cuestiones complejas, y están atrayendo a cada vez más votantes desencantados con la marcha de sus sociedades.

En las siguientes páginas planteamos cinco hipótesis que explican el apoyo a estos nuevos partidos. A la idea de que el declive económico de las clases medias y la creciente xenofobia imperante en Occidente explican la victoria de Donald Trump en EEUU, el Brexit o el auge del Frente Nacional en Francia, ente otros, añadimos otras tres: la mala digestión que grandes capas de la población están haciendo del cambio tecnológico; la crisis del Estado del Bienestar; y el creciente desencanto con la democracia representativa.

Declive económico y xenofobia

En general, los expertos y medios de comunicación se centran en dos hipótesis (no necesariamente contradictorias) para explicar por qué el electorado está apoyando con cada vez más intensidad a los nuevos partidos y movimientos anti-establishment. Por una parte, tenemos a quienes sostienen que la revuelta populista se alimenta de votantes de clase media y baja que ven como sus ingresos están estancados y que están convencidos de que sus hijos vivirán peor que ellos. Como ha demostrado Branko Milanovic 2 (véase el Gráfico 1), estos son los perdedores de la globalización. Se trata en su mayoría de trabajadores poco cualificados de los países occidentales, que no se están pudiendo adaptar a la nueva realidad económica y tecnológica global y que, al perder sus empleos por la competencia de los productos de países con salarios bajos y ver cómo el Estado del Bienestar no les ayuda lo suficiente, optan por dar su apoyo a quienes prometen protegerlos cerrando las fronteras. Esta hipótesis explicaría por qué, por ejemplo, el Frente Nacional francés se nutre cada vez más de votantes socialistas, de clase trabajadora o incluso de clase media, desencantados con las políticas económicas de Hollande, o por qué muchos trabajadores en paro o mal pagados de zonas en declive industrial, tradicionalmente laboristas, apoyaron el Brexit con la esperanza de que una Gran Bretaña fuera de la UE y con mayor margen de maniobra político podría protegerlos mejor de la competencia exterior.

1

La segunda hipótesis, también plausible, es que los votantes no se están yendo a la derecha por cuestiones económicas, sino por elementos identitarios y culturales. Así, el racismo y la xenofobia latentes que siempre han existido en Occidente (pero cuyas expresiones eran políticamente incorrectas desde el final de la Segunda Guerra Mundial) estarían saliendo del armario debido al impacto social y cultural del aumento de la inmigración de las últimas décadas. Los votantes apoyarían así a partidos con líderes fuertes (cuyos postulados rozan el autoritarismo, como vemos en el caso de Orbán en Hungría) que ofrecen recetas para proteger la “identidad nacional” y frenar el proceso de cambio y disolución de los valores y la cultura tradicionales que la apertura y el multiculturalismo han traído. El miedo a los ataques terroristas de grupos islámicos extremistas facilita este discurso porque permite concentrar el odio al extranjero en el inmigrante de origen musulmán (que se mezcla con el debate sobre los refugiados en Europa) colocando a la seguridad en el centro del debate político, algo que no sucedía desde hace mucho tiempo en Europa. Así, los líderes fuertes y con ideas simples y claras (con discursos como el “nosotros contra ellos”) seducen al votante temeroso, alimentando la ilusión de que la respuesta a sus miedos pasa por colocar a un padre protector al frente del gobierno, cuyo máximo exponente sería Putin en Rusia, figura a la que tanto Trump como Le Pen dicen admirar.

Por el momento, existe evidencia empírica para corroborar ambas hipótesis. En un reciente estudio, la consultora Mckinsey mostraba que entre 2005 y 2014, la renta real en los países avanzados se había estancado o había caído para más del 65% de los hogares, unos 540 millones de personas.3 Asimismo, varios estudios demuestran que aquellas regiones de EEUU que importan más productos de China tienden a desindustrializarse más rápido, generando bolsas de desempleados que, lejos de encontrar trabajo rápidamente en otros sectores, se ven excluidos del mercado laboral de forma permanente. Además, son precisamente esas zonas las que tienden a votar a políticos más radicales y con propuestas más proteccionistas.4

Por otra parte, otros estudios han demostrado que los votantes de los partidos de extrema derecha en Europa y de Trump en EEUU, lejos de ser los perdedores de la globalización, son en su mayoría clases medias y altas blancas cada vez más abiertamente xenófobas. Así, según un estudio de comportamiento electoral en siete democracias europeas, el mejor predictor del voto de extrema derecha sería el apoyo a las políticas restrictivas contra la inmigración, no las preferencias económicas de centro-derecha o la desconfianza hacia los políticos en general o hacia las instituciones europeas en particular. Otro estudio demostró también que los hombres son más proclives a apoyar a estos partidos que las mujeres, aunque sean estas últimas quienes más perjudicadas se han visto por el aumento del libre comercio al ocupar en mayor medida empleos de salarios bajos.5

Para muchos, discernir cuál de las dos hipótesis es correcta es importante para poder diseñar políticas públicas que hagan frente al auge de los partidos anti-establishment que amenazan con revertir décadas de políticas económicas que han generado riqueza y prosperidad. Pero tal vez ambas hipótesis sean correctas, en cuyo caso habría que atajar las dos causas conjuntamente. Sin embargo, es posible que reducir el problema al declive económico, la desigualdad y la xenofobia sea demasiado reduccionista. La realidad es más compleja y hay otras razones que podrían explicar el rechazo a la globalización y orden liberal. A continuación las exploramos.

El impacto de las nuevas tecnologías

La robotización y la inteligencia artificial se presentan normalmente como grandes avances para nuestras sociedades. Aumentan la productividad y generan enormes oportunidades. El robot está presente en muchos sectores, desde la industria del automóvil y la aeronáutica hasta los astilleros. En el futuro conducirá por nosotros, cocinará y reparará averías en el hogar. El simple uso cotidiano del teléfono móvil ya nos ha liberado de muchos quebraderos de cabeza. Desde él, podemos chatear instantemente, realizar operaciones bancarias, ver un partido de fútbol o una película y saber cómo llegar lo más rápidamente posible a cualquier lugar. La llegada de Uber como sustituto del taxi convencional, así como otras aplicaciones, están transformando nuestra vida. Pero justamente este progreso, y lo rápido que avanza, asusta a mucha gente. En Nueva York el sindicato de conductores ya ha anunciado que va a luchar contra la implantación de coches sin conductor de Uber. Y el sector hotelero está inquieto ante el crecimiento de Airbnb.

La tecnología aumenta la productividad, pero también reduce empleo en el corto plazo, sobre todo el rutinario que no requiere de una alta cualificación. Esto lleva a muchos ciudadanos de clase obrera, pero también cada vez más de clase media, a mirar con desconfianza o incluso resistirse a la modernidad y los grandes cambios tecnológicos que promueve el orden liberal, como ya hiciera el movimiento ludita que abogaba por la destrucción de las máquinas durante la Revolución Industrial. Los robots ya no sustituyen sólo a los empleados en las cadenas de montaje, poco a poco están desplazando también a los trabajadores administrativos como las secretarias, los empleados de banca, los contables e incluso los abogados y los asesores financieros (véase el Gráfico 2).

2

Muchos millenials (nacidos entre 1980 y el 2000), por ejemplo, raramente van a la sucursal del banco y la gestión de la cartera de sus ahorros la hacen a través del logaritmo de un robo-advisor (es decir, a través de la pantalla del ordenador). Todo esto está creando una brecha tecnológica importante entre los profesionales más cualificados, que ven cómo sus ingresos suben y por lo tanto se encuentran cómodos en un mundo cada vez más competitivo, cosmopolita y globalizado, y los que no lo están. Esta división explica en parte por qué el medio rural haya votado a favor de Trump y el Brexit mientras que las grandes ciudades se hayan decantado por Hillary Clinton y la pertenencia del Reino Unido a la UE.6

En este caso, el temor que se expresa en el voto de protesta no refleja tanto un rechazo a los empleos perdidos, sino el miedo a perder los empleos del futuro o a entrar en la categoría de los trabajadores pobres. Millones de votantes poco cualificados o del mundo rural sienten que el Estado no se preocupa suficientemente de ayudarles a subirse al tren de la modernidad. Cada vez hay una brecha formativa mayor. Los que se pueden permitir invertir en una educación que los prepare para el siglo XXI, tienen todas las de ganar. Quienes no puedan, tendrán cada vez más dificultades para encontrar trabajo y se quedarán en la cuneta, incluso si tienen un título universitario. Esto crea una enorme frustración y podría explicar el voto anti-sistema.

El Estado del Bienestar crea proteccionismo

Otra posible causa del descontento de una gran parte del electorado es la apuntada por Robert Gilpin en los años 80: que el progresivo aumento del Estado del Bienestar puede crear grupos de interés proteccionistas.7 Pensemos en los pensionistas. Otto von Bismarck introdujo el primer sistema de pensiones en 1881. Entonces, la gente se jubilaba a los 65 años porque la esperanza de vida en aquella época estaba justamente en los 65 años. Hoy, sin embargo, la jubilación se mantiene en los 65 años (o se ha subido a los 67), pero la esperanza de vida en la mayoría de los países desarrollados está en el entorno de los 80 años. En un mundo cada vez más competitivo y globalizado, ese nivel de gasto social es difícil de mantener. Habría que subir la edad de jubilación, aumentar los años de cotización o reducir el valor de las pensiones, pero la resistencia es enorme. En muchos países europeos la mayoría de la población considera las pensiones como un derecho adquirido irrenunciable. Para protegerlas, se plantea como solución levantar aranceles a los productos provenientes de Asia, introducir controles de capital para retener la riqueza dentro el país y aumentar los impuestos para sufragar el gasto social.

Otro grupo que se podría estar volviendo cada vez más proteccionista es el de los funcionarios. Hasta ahora, los trabajadores del sector público estaban mucho menos expuestos a la competencia foránea que los del sector privado, lo que permitía que sus salarios fueran relativamente altos. Sin embargo, una vez que la globalización de la actividad económica pasa del sector secundario de las manufacturas industriales al sector servicios, incluidos los servicios públicos, la competencia se va a notar también en el sector público. Y como los funcionarios tienen sindicatos más organizados, la resistencia a la liberalización tendrá a ser mayor. La reciente oposición al acuerdo de libre comercio entre EEUU y la UE (TTIP, por sus siglas en inglés) y al TISA (acuerdo plurilateral de liberalización de servicios negociado en el seno de la Organización Mundial del Comercio), que son acuerdos que buscan liberalizar servicios, se puede explicar desde este ángulo. Del mismo modo, la apertura del mercado de la contratación pública a proveedores extranjeros se ve como una amenaza porque se entiende que la tendencia a privatizar los servicios públicos puede empezar por concesiones de años limitados que actúen como caballos de Troya para privatizar completamente sectores como la educación, la sanidad y el agua.

Precisamente, los profesores –trabajadores– y estudiantes de la educación pública forman otro grupo de interés que se resiste cada vez más a la globalización. Los primeros no quieren verse expuestos a la competencia que hay en el sector privado. Y los segundos demandan educación pública, de calidad y apoyada con fondos públicos. Al igual que muchos pensionistas, consideran que se debe impedir la competencia en salarios con los países emergentes y retener vía control de capitales la generación de riqueza y su tributación para poder costear la educación pública. De nuevo, esta lógica explicaría el rechazo que se ve en muchas universidades a los tratados de libre comercio y servicios como el TTIP y el TISA. La sensación es que la globalización beneficia sobre todo a las clases altas del establishment porque pueden dar una mejor educación a sus hijos e integrarlos en la elite transnacional ganadora de la globalización. Pueden costearles una educación en Harvard o Berkeley en EEUU, Oxford, Cambridge y la London School of Economics en el Reino Unido o las Grandes Écoles en Francia, por poner solo algunos ejemplos, mientras que los hijos de las clases medias y medias-bajas se educan en universidades públicas con recursos menguantes.

La crisis de la democracia representativa

Finalmente, la quinta causa que puede explicar el rechazo al orden liberal es la creciente desconfianza que amplios grupos de la población tienen en las instituciones democráticas. Esto se debe a varios factores. Por un lado, en muchos países occidentales se ha desarrollado una especie de partitocracia,8 principalmente de los partidos de centro-izquierda y centro-derecha, que ha dominado excesivamente la vida política. Para muchos electores, este centro liberal se turna en el poder, pero sus políticas son muy parecidas. Además, existe cada vez más la sensación de que esta partitocracia está a merced de una plutocracia, formada por grandes intereses económicos, que se beneficia desproporcionadamente del funcionamiento del sistema. Esto hace que haya una falta de conexión y confianza entre las elites y el resto de la población. El principio de autoridad mismo está en entredicho. Muchos ciudadanos piensan que la clase política no los representa, que no tienen voz (ni altavoces para expresar sus ideas como lo hacen a través de las redes sociales) y además piensan que los expertos forman parte de esa elite que se beneficia del sistema actual, por lo que no ofrecen soluciones que vayan a favor de la mayoría.

Según esta hipótesis, la crisis financiera global de 2008 y su gestión posterior habrían tenido unos efectos sociales cuya dimensión solo estaríamos empezando a vislumbrar. La credibilidad de los expertos, sobre todo de los economistas, la profesión más influyente en el debate público, se ha visto dañada al no ser capaces de predecir la crisis. Acto seguido, la percepción de que el sistema político y judicial actual beneficia a las elites se habría visto confirmada cuando el contribuyente tuvo que rescatar a los bancos mientras que muy pocos de sus gestores han tenido que pagar por sus errores. Al contrario, la sensación de muchos votantes es que los altos directivos de la banca se han llevado unas compensaciones por jubilación anticipada de millones de dólares o euros, mientras que el trabajador común tiene que trabajar toda su vida y nunca podrá llegar a esas cifras. La reputación de los expertos se ha visto todavía más dañada después de la crisis. Muchos telespectadores o lectores de periódicos se dieron cuenta que los expertos no eran neutrales. Cada experto explicaba las causas de la crisis desde un ángulo muy distinto y aportaba soluciones en muchos casos contrapuestas. Unos pedían más estímulo fiscal, mientras que otros defendían la austeridad. Eso ha creado mucha confusión, al tiempo que ha deslegitimado el papel de los expertos. Para muchos, la sensación es que cada experto tiene su propia agenda, y que casi todos defienden el orden liberal porque les beneficia. Del mismo modo, se piensa que muchos de estos expertos, formados en las mejores universidades y por lo tanto muy distantes del ciudadano medio, tienen valores liberales en relación a la religión, el aborto, el matrimonio homosexual, la diversidad racial y la equidad de género que no son compartidos por gran parte de la población, sobre todo en EEUU.9

La deslegitimación de los expertos y los tecnócratas es consecuencia de la falta de soluciones políticas a los problemas de nuestras sociedades. Durante mucho tiempo, los políticos se han escondido bajo el velo de las soluciones técnicas. Han acordado que los bancos centrales sean independientes y encabezados por tecnócratas protegidos del escrutinio público y democrático. También han delegado la negociación de tratados de libre comercio e inversiones a expertos y cedido soberanía a organizaciones internacionales coma la Organización Mundial de Comercio y el Fondo Monetario Internacional. En el caso de Europa, este traspaso de soberanía al Banco Central Europeo y la Comisión Europea (todavía muy distantes del votante) ha sido todavía mayor. Esta delegación funcionó bien mientras la economía y el empleo crecían. Pero con la llegada de la crisis, la autoridad y la legitimidad de los tecnócratas se ha empezado a cuestionar mucho más, sobre todo porque, a falta de una respuesta política, estos han acaparado cada vez más poder. Hasta el punto de que se puede decir que los políticos han dejado que los bancos centrales resolvieran la crisis con las inyecciones monetarias. Pero, lamentablemente, se está haciendo cada vez más evidente que sólo con política monetaria no se pueden resolver los problemas estructurales que tienen las sociedades desarrolladas.

Todo este cuestionamiento ha llevado a que se ponga en duda la sociedad abierta y que muchos votantes estén dispuestos a dar su apoyo a candidatos que usan un lenguaje más próximo al ciudadano de a pie y que prometen soluciones fáciles a problemas complejos. El discurso anti-sistema logra así aglutinar a una amalgama de votantes muy heterogéneos, pero con una base cada vez más amplia. Engloba a aquellos que se sienten desprotegidos y dejados atrás, pero también a quienes les va bien económicamente pero que están desilusionados con los políticos y los tecnócratas y que, por lo tanto, quieren reducir el peso del Estado y su establishment para liberar a las fuerzas del mercado. El cuestionamiento de los expertos ha quedado evidente, sobre todo en la campaña del Brexit.10

Conclusiones

La victoria de Donald Trump en las elecciones de EEUU, el Brexit británico y el auge de partidos como el Frente Nacional francés o Alternativa por Alemania han sorprendido al establishment y han puesto en cuestión décadas de alternancia política entre fuerzas moderadas en los países de Occidente. Las causas de este fenómeno son múltiples. Engloban desde el enfado de los perdedores de la globalización, el temor de muchos a la pérdida de la identidad nacional en sociedades cada vez más diversas y cosmopolitas, la ansiedad en relación al cambio tecnológico y su impacto sobre el empleo, la frustración ante los menguantes recursos para mantener el Estado del Bienestar y la indignación ante la falta de representatividad de muchos aspectos del sistema democrático en un mundo cada vez más globalizado que ha dejado obsoleto el concepto de soberanía nacional.

Todas ellas se combinan y amenazan a la sociedad abierta y al orden internacional que ha imperado durante décadas y que ha generado un espectacular desempeño económico pero que producido también crecientes desigualdades materiales y de oportunidades en las sociedades avanzadas.

Dar respuesta a los fundados temores de la ciudadanía es tal vez el reto más importante al que se enfrentan los países occidentales. La deriva nacionalista, proteccionista, xenófoba y autoritaria de los nuevos planteamientos de muchos de los partidos anti-establishment debería ser combatida atendiendo a las causas que las originan. Mirar para otro lado esperando que capeara el temporal, como se ha venido haciendo en los últimos años, es una receta para el fracaso. Desarrollar mejores políticas de integración de los emigrantes y refugiados es clave en este sentido. También es necesario redistribuir mejor los enormes niveles de riqueza que genera la globalización, subrayar las ventajas de la diversidad y preparar a la ciudadanía contra el cambio tecnológico dándole recursos para adaptarse al cambio. No se trata tanto de proteger frente a los efectos de la globalización como de empoderar a los ciudadanos para que puedan aprovecharla lo máximo posible. Finalmente, también hay que explicar mejor los límites a los que se enfrenta el Estado del Bienestar y qué reformas necesita para poder ser sostenible y abrir nuevos espacios y canales públicos para que la ciudadanía pueda sentirse más y mejor representada.

Miguel Otero Iglesias
Investigador principal, Real Instituto Elcano | @miotei

Federico Steinberg
Investigador principal, Real Instituto Elcano | @Steinbergf

 

1 Véase Dani Rodrik (1998), “Why Do More Open Economies Have Bigger Governments?”, Journal of Political Economy, nº 106, pp. 997-1032.

2 Branco Milanovic (2016), Global Inequality. A New Approach for the Age of Globalization, Harvard University Press.

3 Mackinsey Global Institute (2016), Poorer than their parents. A new perspective on income inequality, junio.

4 David Dorn y Gordon H. Hanson (2013), “The China Syndrome: Local Labor Market Effects of Import Competition in the United States”, American Economic Review, vol. 103, nº 6, pp. 2121-2168; David Dorn y Gordon Hanson (2016), “Importing political polarization? The electoral consequences of rising trade exposure”, Working Paper nº 22637, NBER; y Yi Che, Yi Lu, Justin R. Pierce, Peter K. Schott y Zinghan Tao (2016), “Does trade liberalization with China influence US elections?”, Working Paper nº 22178, NBER.

5 Estos y otros ejemplos se encuentran sintetizados en Zack Beauchamp, “White Riot”.

6 Un buen resumen del impacto de la tecnología sobre el mercado laboral se puede encontrar en David Rotman (2013), “How technology is destroying jobs”, MIT Technology Review, 12/VI/2013.

7 Véase el segundo capítulo de Robert Gilpin (1987), The Political Economy of International Relations, Princeton University Press, Princeton.

8 Para este concepto, véase Peter Mair (2013), Ruling the Void: the Hollowing of Western Democracy, Verso Books, Nueva York y Londres.

9 Esta idea está explicada en Charles Camosy (2016), “Trump won because college-educated Americans are out of touch”, The Washington Post, 9/XI/2016.

10 Sobre el auge y la caída de la figura de los expertos, véase Sebastian Mallaby (2016), “The cult of the expert – and how it collapsed”, The Guardian, 20/X/2016.

 

*****

Fernando VALLESPÍN, “Trompetas de guerra y sedición” a El País (13-12-16)

http://elpais.com/elpais/2016/11/15/opinion/1479215468_803237.html

Lo sabemos bien, la primera víctima de cualquier guerra es la verdad. Y lo es porque en ella, como bien nos anticipara Tucídides, se impulsa a modificar, “en relación con los hechos”, el significado habitual de las palabras “con tal de dar una justificación”. Así, por seguir con el griego en su relato de la Guerra del Peloponeso, la “audacia irreflexiva pasaba por ser valiente lealtad; una prudente cautela, cobardía enmascarada; la moderación, disfraz de cobardía”; etcétera.

Hoy a eso le damos el nombre de “enmarques” (frames) y lo hemos trasladado desde la excepcionalidad bélica a la política cotidiana. Cada parte contendiente en la lucha política porfía por ajustar la representación de la realidad a aquello que más le conviene para avanzar su posición respectiva. Por eso hablamos de política pos-verdad. No importa que algo sea o no mentira, que no se ajuste a los hechos; lo único relevante son los efectos que se consiguen a través de lo expresado. El mundo de lo político se condena así a ser objeto de una multiplicidad de representaciones, a una “guerra de definiciones”.

El dictum de Nietzsche de que no existen hechos, sino solo interpretaciones es ya lo único que vende. Se desvanece así el único asidero sobre el que construir la argumentación. No es posible discutir sobre algo cuando se niegan los datos fácticos a partir de los cuales construimos nuestras opiniones, aunque luego estas se vean influenciadas por valores, emociones, intereses. Sin ese asidero, una realidad objetiva mínimamente consensuada, todo se abre a una sistemática manipulación y distorsión del mundo. Como decía H. Arendt, “la libertad de opinión es una farsa a menos que garantice la información factual”.

El lugar donde se está produciendo la hoy polarización política es el espacio público regulado por los medios de comunicación y las redes sociales. Ahí es donde resuenan, por tomar prestada una expresión de Hobbes, las “trompetas de guerra y sedición”. La lucha política, como acabamos de decir, ha devenido en una batalla diaria donde las armas han sido suplidas por las palabras. Pero palabras —y sigo con Hobbes— “que ya no tienen el significado que es el natural suyo, sino otro que proviene de la naturaleza, disposición e interés de quien habla”. Al argumento lo reemplaza la descalificación grosera, a la razón la graceja enmarcada en un tuit. Vamos a acabar dando la razón a Laclau y los posmodernos, todo es discurso. De ahí que la lucha por la hegemonía política se haya trasladado a una hegemonía por las definiciones. Se ataca menos a los contendientes políticos que a quienes supuestamente les proveen de argumentos o definen el mundo de forma contraria a la que creen que les favorece. A la prensa, por tanto, sobre todo a la que insiste en cumplir su función tradicional, que es vilipendiada casi con mayor fruición que el propio adversario político.

Esto no es nuevo. El mismo Hobbes lo llamaba la “guerra de las plumas”, equivalente a lo que hoy calificaríamos como la contienda de los intelectuales o de los escribientes, quienes crean realidad a través de sus intervenciones. La diferencia es que en estos momentos cualquiera puede entrar en esa disputa; cada móvil es un arma. Dicho en otros términos, “soberano es quien dispone de los shitstorms en la Red” (Byung-Chul Han). Pero ahí está el problema, nadie dispone de ellos; cada enjambre en la Red se mueve como si fueran divisiones de un nuevo ejército sin generales ni caudillos. Por eso es tan difícil disciplinar los temas de discusión y enhebrarlos en posiciones susceptibles de ser debatidas. Tampoco interesa. Cuanto mayor sea el griterío y la envoltura emocional, tanto menor será nuestra capacidad de someterlo mediante el fact-checking. O este se instrumentaliza mediante otros supuestos estudios “científicos” que ofrecen una visión de la realidad alternativa.

En este mar de palabras libres de una semántica clara navegan mejor, ¡cómo no!, las proclamas populistas, mezcla de emocionalidad y simpleza; y naufraga nuestra herencia ilustrada, que siempre propugnó la fuerza del mejor argumento. Gracias a ello Donald Trump se ha convertido en el primer presidente posverdad. O posfactual. Lo estremecedor es el precedente del Brexit, ocurrido en otro país anglosajón. Si los dos grandes países de más antigua tradición democrática caen en esta deriva, ¿qué no ocurrirá en los otros?

Es posible que los historiadores del futuro describan la caída de Occidente a partir del símil de la Torre de Babel. En cierto modo así es como Tucídides nos narra la decadencia de la Atenas democrática: perdimos el significado de las palabras, dejamos de aspirar al entendimiento mutuo y permitimos que los demagogos y retóricos de diverso pelaje subvirtieran sus significados para conseguir espurios fines políticos.

Desde una perspectiva más politológica se puede decir que esta guerra civil discursiva no surge de la nada. Claro que no. Una democracia no puede vivir sin que todo sea cuestionado y que la guerra por las definiciones no sea una de las formas en las que se traducen los conflictos de base social. Pero no creo que pueda reducirse a la simple confrontación entre élites y masas populares. Estas últimas son guiadas también por otras élites. Como bien sabía Lenin, el “buen pueblo” requiere ser dirigido por quienes se erigen en su vanguardia, y a eso aspira todo buen caudillo populista.

No, el problema está en la política misma, que ha caído en la mera administración de un poderoso sistema que ya apenas admite alternativa alguna. La frustración se convierte en resentimiento y este deriva en un rechazo primario a sus gestores habituales, los políticos de profesión. O buscamos otros, tecnocracia europea, minorías étnicas, medios de comunicación de referencia, refugiados o inmigrantes. O una mezcla de todo, como hizo Trump. Lo curioso es que esto no sirve ya para gestionar la política cotidiana una vez en el poder. Ahí vuelven a primar los imperativos sistémicos. Lo ha experimentado Tsipras, lo está viviendo Theresa May —Farage se quitó de en medio— y ahora le toca a Trump.

El problema es que por el camino dejan un paisaje de devastación moral y confrontación que abre nuevas fracturas sin ser capaz de cerrar las que les dieron origen. Añadimos fuego al fuego. Por eso no cabe otra salida que ofrecer un diagnóstico frío y desapasionado del mundo en que vivimos; organizar cuáles son las opciones que están a nuestra disposición y buscar formas de elegir las mejores mediante el entendimiento y la discusión. Esta es la fórmula auténticamente ilustrada. Carece de épica, pero nadie dijo que ese debía de ser uno de los rasgos de la política democrática. El fundamental es pensar que no hay un único mundo posible y que en nuestras manos está el decidir cómo queremos vivir. Pero para saberlo tendremos que poder entendernos, no negar las evidencias fácticas, tolerar a los disidentes en vez de demonizarlos o calificarlos de indignos desde posiciones de superioridad moral. Y “respetar” la opinión de cada cual. Sí, antes de que me lo recuerden los trolls, los viejos e imprescindibles valores de la democracia liberal.

 

*****

Laura TEDESCO, “La reivindicación de lo correcto” a Agenda Pública (11-12-16)

http://agendapublica.es/la-reivindicacion-de-lo-politicamente-correcto/

Desde los años 80 comienza a expandirse el pensamiento, la actitud y el lenguaje políticamente correcto. Los sectores progresistas de izquierda impulsaron estos cambios que no hacían desaparecer la xenofobia, el machismo o  la homofobia pero los señalaban como socialmente ofensivos y políticamente condenables. Nuevos términos reemplazaron palabras y actitudes despectivas que parecían condenadas al ostracismo. Así como aprendimos que fumar nos mataba, entendimos que lo diferente no era despreciable, que la discapacidad podía superarse, que la inclusión social era un logro que nos enriquecía a todos. El costo era controlar los instintos más primitivos que todos tenemos: reírnos de la dificultad ajena, despreciar rasgos diferentes, señalar a los más débiles. Fue un paso más para alejarnos del estado de la naturaleza donde el hombre puede ser lobo para el hombre.

La actitud “políticamente correcta” modificó nuestro contrato social frente a comunidades cada vez más diversas respecto a razas, idiomas, religiones, capacidades e inclinaciones sexuales. La globalización ha profundizado la diversidad. Lo políticamente correcto fue una actitud que nos ayudaba a aceptar y nos enseñaba a esconder nuestros rasgos más egoístas, nuestros pensamientos más separatistas. El nazismo y el apartheid fueron la imagen de lo que podía pasar si no sabíamos controlar nuestras miserias. Adoptamos nuestro lenguaje a nuevos términos como afro-americanos, Síndrome de Down, comunidad LGBT. Cuánto más diversas se convertían nuestras sociedades, más palabras teníamos que aprender. Una de las últimas fue burkini. Se popularizó el pasado verano.

No todos abrazaron lo políticamente correcto. Lo soportaron y se resignaron para no ser tachados de intolerantes o retrógrados. Parecería ser que, internamente, nunca modificaron su actitud, aún cuando hayan adoptado el nuevo lenguaje. Timur Kuran, profesor de Economía y Ciencia Política en Duke University, lo llamó preference falsification que puede traducirse como “falsificación de preferencias”.  En su libro Private Truths, Public Lies publicado en 1995, analiza la tendencia de esconder los verdaderos pensamientos debido a la presión social. Para ser educados y amables algunos tuvieron que ocultar sus sentimientos. La libertad de expresión se auto-limitaba por esta falsificación de preferencias. Sin dudas, con el fin de mantener la cordialidad no siempre decimos lo que pensamos. No lo hacemos con nuestra familia ni con nuestros compañeros de trabajo. Un poco de hipocresía o una mentira bondadosa pueden facilitar la convivencia.

La globalización nos trajo la diversidad a nuestro barrio. Muchos ciudadanos quizás empezaron a sentir su identidad desdibujada. Y en los últimos años, el terrorismo global acrecentó los miedos. ¿Quizás esto explica por qué las últimas votaciones tuvieron resultados tan sorprendentes? ¿No nos atrevemos ni a contar a quién votamos? Esta disociación ¿adónde nos conduce? Bastó que alguien se burlara de un discapacitado, despreciara a las mujeres, insultara a los inmigrantes para que muchos se sientan libres y legitimados. Especialmente cuando ese alguien era el candidato presidencial del Partido Republicano de los Estados Unidos. Y ahora es el Presidente electo.

La actitud y la creencia histórica de la supremacía del hombre blanco (anglo-sajón o ario) estuvieron agazapadas en hombres y mujeres que detestaron el corsé de lo políticamente correcto. Muchos se cansaron de no poder expresar sus temores frente a la nueva diversidad de su ciudad. Otros se sintieron amenazados y solos, inmersos en sociedades cada vez más ajenas a sus tradiciones.

Cuando Donald Trump en su campaña electoral desprecia lo políticamente correcto al imitar los gestos de una persona enferma, al insultar a los mexicanos, al desconfiar de los musulmanes y al denigrar a las mujeres, legitimó lo políticamente incorrecto, el estado de naturaleza de Hobbes, la ley del más fuerte. Ese daño ya está hecho. Esa brecha ya se abrió. Mientras los que simulaban ser lo que no eran están ahora envalentonados, otros que habían logrado el respeto y la inclusión tienen miedo.

Los progresistas, los tolerantes, los respetuosos y amantes de la diversidad debemos reaccionar. Ha habido mucha lucha, mucha sangre y muchos ideales que ayudaron a controlar nuestros instintos más básicos. No podemos permanecer horrorizados y paralizados. Las últimas semanas nos hemos dedicado a llorar y a escribir. De ahora en más hay que pensar en cómo proteger lo que se ha logrado.

Una sociedad civil movilizada puede ayudarnos a defender la tolerancia y el respeto. Lo “políticamente correcto” no era un postureo de la elite intelectual, era una actitud necesaria para sociedades cada vez más eclécticas, enriquecidas por las diferencias y los contrastes. Nuestra “falsificación de preferencias” nos hacía inclusivos. Aprendíamos a controlar nuestros prejuicios. Actualmente hay que apostar por la participación. Participar en asociaciones civiles que defienden los derechos de las minorías, que protegen a los homosexuales, que capacitan a los diferentes.  Seguir educando en la tolerancia mientras no toleramos el racismo, el machismo o la misoginia. No hay que volver a inventar una utopía, hay que defender lo que hemos logrado. Salir a la calle a defender nuestro contrato social inclusivo, liberal, tolerante y democrático.

 

*****

José Antonio NOGUERA, “Socialdemocracia y redistribución: la dura realidad” a Agenda Pública (11-12-16)

http://agendapublica.es/socialdemocracia-y-redistribucion-la-dura-realidad/

“Socialdemocracia” es hoy un concepto disputado en nuestro país, pero sería fácil admitir que dos de los objetivos declarados de la misma han sido la lucha contra la pobreza y la reducción de las desigualdades, y que uno de sus instrumentos fundamentales (si no el principal) para conseguirlos son las políticas de redistribución de la renta. Muchos partidos y políticos socialdemócratas se complacen en repetir que, cuando ellos gobiernan, a diferencia de cuando lo hace la derecha, esos objetivos guían su actuación, y que sus gobiernos consiguen avances sustanciales hacia los mismos.

Sin embargo, aunque concediéramos la honestidad y buena voluntad de muchos de quienes esgrimen tal discurso, los datos son tercos: en el caso de España (pero también de otros países) muestran la enorme dificultad de alterar sustancialmente la desigualdad en la distribución de la renta y de reducir de forma drástica la tasa de pobreza. Incluso durante los años más pretendidamente “socialdemócratas” que ha vivido España en tiempos recientes (la primera legislatura de gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, de 2004 a 2008), los avances conseguidos en la reducción de la tasa de pobreza monetaria y de la desigualdad de renta (medida por el índice de Gini) han sido momentáneos y estadísticamente nimios (véase tabla adjunta).

3

Es cierto que si comparamos tanto el índice de Gini como el de pobreza antes y después de impuestos y prestaciones, observamos que la acción redistributiva del Estado mitiga de hecho alrededor de un tercio de la desigualdad de renta primaria y entre un tercio y casi la mitad de la pobreza. Aún así, la medida en que ello ocurre parece haber dependido más de factores estructurales y de coyunturas como la crisis económica que del color político más o menos “socialdemócrata” del gobierno de turno. De hecho, y debido a esa crisis económica, el mayor “esfuerzo relativo” por parte del Estado en la reducción de estos índices se observa precisamente durante los años 2012 y 2013, cuando gobernaba la derecha. Adicionalmente, si observamos la evolución de la brecha de la pobreza (la distancia que separa la renta disponible media de los hogares pobres del umbral de la pobreza), podemos constatar que tampoco ha sufrido alteraciones sustanciales durante este período, esto es, que la intensidad de la pobreza que sufren los hogares pobres prácticamente no ha variado.

La resistencia de los índices de pobreza y desigualdad a caer por debajo de un “suelo” elevado parece empeñarse en contradecir la pretensión de muchos socialdemócratas de que sus políticas son efectivas. El objetivo declarado de la socialdemocracia nunca fue detenerse y darse por satisfecha con niveles de desigualdad y pobreza tan elevados como los existentes en España. Las causas de este fenómeno son variadas y han sido muy bien expuestas en estudios recientes como los de L. Ayala, P. Marí-Klose, D. Rueda y P. Beramendi, F. J. Goerlich y otros muchos: además de factores coyunturales como la crisis, hay otros estructurales que tienen que ver con la arquitectura de nuestro Estado del bienestar, nuestro sistema fiscal y nuestro mercado de trabajo. Si se ignoran, la viabilidad de las metas redistributivas socialdemócratas en una sociedad capitalista estará seriamente hipotecada.

Puede que en otros países y períodos históricos la socialdemocracia consiguiese avances redistributivos importantes. Pero hoy quedan lejos; los datos reflejan que desde hace prácticamente cuatro décadas el índice de Gini y las tasas de pobreza no han caído sustancialmente en los principales países de la OCDE, y en muchos han aumentado, a pesar de haber contado con importantes períodos de gobiernos socialdemócratas (véase, por ejemplo, el estudio de Wang et al., con datos de 20 países desde mediados de los 80).

Es cierto que los “socialdemócratas” en el gobierno a menudo lo son sólo nominalmente. El hecho de que traten de contentar a las clases medias y a los trabajadores acomodados o insiders les aleja sistemáticamente de una mayor audacia redistributiva. Pero también es verdad que sus instrumentos tradicionales se han oxidado: el pleno empleo estable basado en la ética del trabajo, las prestaciones asistenciales pensadas para situaciones transitorias y las prestaciones contributivas respaldadas por sólidos historiales de cotización son supuestos que se desvanecen. Si todo lo que los socialdemócratas tienen que ofrecer es preservar el Estado del bienestar que conocemos con leves retoques más o menos generosos, sus avances en la lucha contra la pobreza y la desigualdad continuarán siendo escasos.

¿Hay alternativas? Existen sin duda propuestas igualitaristas que aúnan viabilidad y ambición redistributiva (como muchas de las defendidas por Atkinson o Piketty), pero ante las cuales, curiosamente, los partidos socialdemócratas sólo se atreven a “abrir debates” en su think tanks y escuelas de verano. Pero en algún momento hay que dejar de debatir y empezar a implementar. Una renovada agenda igualitarista debería innovar en cuatro áreas: regulación, gasto, ingreso y gestión.

En regulación, apostando por políticas de predistribución que combatan la desigualdad en la distribución primaria de la renta, de modo que sean necesarios menores esfuerzos redistributivos: reducir los diferenciales salariales, dignificar el salario mínimo, reforzar el poder negociador de los trabajadores, combatir la herencia de clase, o regular la prestación de servicios básicos desde el sector privado.

En gasto, impulsando sistemas de garantía de rentas menos condicionales y más universalistas, que, sin llegar necesariamente al límite de una renta básica universal, exploren formas de renta garantizada, dividendos sociales, capital básico, sabáticos remunerados, o créditos fiscales que apoyen a los working poor, en la linea de una mayor integración entre impuestos y prestaciones. Urge reorientar las políticas de bienestar hacia los outsiders y las generaciones más jóvenes, remediando una tremenda injusticia generacional.

En ingreso, ensanchando las bases fiscales y aprobando figuras impositivas dirigidas a las grandes concentraciones de riqueza y las grandes bolsas de fraude, y hacerlo no sólo vertical, sino también horizontalmente (el fraude en IVA y autónomos está extendido). Con valentía, podría explicarse a las clases medias acomodadas (que han disfrutado de jubilaciones más que dignas en edad temprana y de relativos lujos como las segundas residencias) que si quieren mayor seguridad e igualdad de oportunidades para sus hijos deberán pagar un poco más de impuestos.

En gestión, adoptando innovaciones en los sistemas de administración de esas políticas inspirados en las modernas ciencias conductuales, en las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías para la desburocratización, y en las crecientes demandas de transparencia y rendición de cuentas por parte de la ciudadanía.

¿Se atreverán los socialdemócratas nominales a optar por tales alternativas, solos o con nuevos compañeros de viaje? ¿O serán otros partidos los que acaben aplicando esa nueva agenda al servicio de los objetivos igualitarios clásicos de una socialdemocracia, que, queriéndolo o no, los ha dejado huérfanos? Esta es la pregunta que los socialdemócratas sinceros deberían hacerse en la actualidad.

 

*****

Francico CAMAS/Marcos SANZ, “Cómo son y cómo piensan los votantes españoles hoy” a Metroscopia (12-12-16)

http://metroscopia.org/como-son-y-como-piensan-los-votantes-balance-de-2016/#.WE75AuQuZ0e.twitter

 

El año 2016 se recordará, entre otras cosas, por un curso político electoral largo e intenso que consolidó, por primera vez en la historia, un modelo multipartidista competitivo en España. El generalizado descontento con el PP y el PSOE dio entrada en el juego a Podemos y Ciudadanos. Ahora cuatro siglas se disputan el espacio tradicionalmente ocupado por dos.

La clave no está tanto en cuántas papeletas rojas se cambiaron por moradas o cuántas azules por naranjas, sino en la arquitectura que sostiene y da sentido a los giros y pasajes que se han producido. ¿Qué vínculos existen entre millones de personas de distintas partes de España que el día de las elecciones deciden votar por uno u otro partido? ¿Cómo son estos electores? ¿Qué actitudes políticas expresan? Las encuestas realizadas por Metroscopia a lo largo de todo el año 2016 nos permiten definir con cierta precisión la estructura subyacente al comportamiento electoral, es decir, un delineamiento de los perfiles de los votantes para destacar cuáles son sus similitudes y cuáles sus diferencias.

Tres contra uno: temas que unen a votantes de PSOE, Unidos Podemos* y Ciudadanos frente a los del PP

El actual sistema multipartidista, revalidado con el resultado de dos elecciones generales en menos de un año, cuenta con el respaldo mayoritario de los electorados de Ciudadanos (68%), PSOE (71%) y, muy especialmente, de Unidos Podemos –UP– (96%). Para estos tres grupos de votantes lo mejor es que existan varios partidos de tamaño similar porque, aunque pueda hacer más difícil la formación de gobierno, se consigue aumentar el pluralismo en el Parlamento. Sin embargo, este modelo solo encuentra el apoyo del 29% de votantes del PP, ya que al resto le sigue pareciendo mejor un modelo dos grandes partidos. En coherencia con esta añoranza bipartidista, los votantes del PP son justamente los únicos que preferirían seguir obteniendo mayorías absolutas en las elecciones. Tanto es así que el reclamo de más poder para el Parlamento, que expresan dos de cada tres votantes de PSOE, UP y Ciudadanos, no llega a uno de cada dos entre los del PP.

4

El bloque de los tres (PSOE, UP y C’s) no solo muestra una actitud positiva ante el nuevo escenario político sino que comparte también una posición común ante otros temas como es el de la corrupción, uno de los que más preocupa al conjunto de la ciudadanía española. ¿Es la corrupción sistémica, o un problema que atañe solo al comportamiento de algunas personas? La mayoría de votantes socialistas (59%), de Ciudadanos (65%) y, sobre todo, de UP (77%), señala al sistema, algo que solo hace una minoría de votantes del PP (26%). La percepción más extendida entre el electorado popular es que se trata de un problema individualizable.

 PP y UP polarizan, PSOE y C’s sin habitación propia

Uno de los cambios más significativos de la escena política del 2016 es que la polarización ha abandonado la modalidad PP-PSOE para dar paso a la de PP-UP. Esto ha dejado al PSOE dividido internamente y a Ciudadanos sin un espacio distintivo que le permita diferenciarse suficientemente del PP.

Sabemos que, ideológicamente, el votante de Mariano Rajoy es, de media, el que se ubica más a la derecha (6.2 en la escala 0-10 –0, extrema izquierda, y 10, extrema derecha–) y el de Pablo Iglesias, el que lo hace más a la izquierda (3.3, en la misma escala). Y, en efecto, esto tiene resonancia en las actitudes políticas que se observan en los dos grandes espacios ideológicos, aunque de manera especial en el de la izquierda. El electorado del PP sigue siendo el que expresa opiniones más conservadoras, pero ya no es el del PSOE sino el de UP el que representa con mayor consistencia los postulados tradicionalmente progresistas. Hay cuatro cuestiones que pueden revelar esto de forma nítida: el modelo de Estado, el problema Cataluña-España, las relaciones Iglesia-Estado y la política de inmigración.

5

•  ¿Monarquía o República? La preferencia por el modelo actual de una monarquía presidida por Felipe VI, obtiene el apoyo casi universal de los votantes del PP (93%), dos de cada tres de Ciudadanos (63%), la mitad de los del PSOE (50%) y solo uno de cada diez de los de UP (12%). La amplia mayoría de votantes podemistas (86%) y la otra mitad de los socialistas (49%) optarían por un cambio de modelo: una República presidida por una figura pública relevante.

    •      ¿Referéndum en Cataluña? Los votantes de Unidos Podemos son los que más claramente se posicionan a favor (83%) de un referéndum en Cataluña como la mejor forma de resolver el conflicto de la articulación territorial en España. Entre los socialistas, una consulta de este tipo contaría con el beneplácito del 56%, mientras que entre los de Ciudadanos y PP los apoyos son bastante minoritarios (23% y 18%, en uno y otro)

    •      ¿Suficiente o insuficiente la separación actual entre Iglesia y Estado? El 80% del electorado de UP la considera insuficiente, el del PSOE se vuelve a dividir (al 53% le parece insuficiente) y el de PP y Ciudadanos se queda en el 25% y el 26%, respectivamente. Para el resto de electores socialistas, naranjas y populares la separación Iglesia-Estado es adecuada e, incluso en algunos casos, excesiva.

    •      ¿Deben reforzarse las fronteras para frenar la entrada de irregular de personas? El esquema se repite: los votantes socialistas se reparten en dos mitades entre los que piensan que sí (53%) y los que no (47%), los de Ciudadanos son los que más se parecen a los del PP (responden afirmativamente el 70% y el 77%, respectivamente) y los de UP quienes se muestran más reacios (el 30% lo vería bien, frente al 68% que lo vería mal).

El antagonismo entre Rajoy e Iglesias puede ser útil en la búsqueda de réditos electorales para ambos, pero lo cierto es que no solo puede ser un exitoso producto de comunicación política sino que demuestra tener raíces en las mentalidades de sus respectivos votantes.

Pero no todo son diferencias irreconciliables entre PP y UP. Se detecta al menos una cuestión en la que los votantes de los dos partidos se parecen, y mucho: su predisposición a votar. Además, esta similitud se presenta de dos formas. En primer lugar, son quienes más movilización electoral registran, incluso cuando no hay elecciones convocadas: por encima del 80% afirma que iría a votar con toda seguridad en unas nuevas elecciones generales. Y, en segundo lugar, su fidelidad hacia sus respectivas candidaturas es la más alta: también alrededor del 80% asegura que, hoy por hoy, volvería a votar por el mismo partido si se repitieran los comicios. Estos datos cobran relevancia, sobre todo, cuando se comparan con los de PSOE y Ciudadanos, cuya movilización electoral es del 70% y el 69% y cuya fidelidad actual es del 57%y el 71%, en ambos casos respectivamente.

Pericia, inercia y credibilidad: atributos que motivan el voto

Los datos de la encuesta poselectoral de 2016 realizada por el CIS resultan un buen complemento a los aquí presentados en lo que respecta a la razón principal que inspira el voto:

•     Los votantes del PP señalan sobre todo la pericia, es decir, “la capacidad de gobernar España” en términos de habilidad, experiencia y práctica en la gestión y la solución de los problemas políticos.

•     La razón principal del voto al PSOE es una arraigada inercia, resumida en la afirmación “siempre voto a este partido”. Se trataría de un electorado con una identidad firme, poco susceptible a la alteración y, mucho menos, a la sustitución por otra.

•     El estímulo más destacado de quien se inclina por Unidos Podemos es la credibilidad, porque se trata del partido o coalición que “mejor representa mis ideas”. Algo aplicable también al votante de En Comú Podem, Compromís y En Marea.

•     En Ciudadanos también destaca la credibilidad, como razón principal detrás del voto naranja. No obstante, es el partido que más dependencia tiene –con diferencia al resto- del líder y de la actuación política en el día a día. Contiene, probablemente, a los electores más vigilantes y menos entregados.

6

El voto no puede venir motivado por un único atributo, aspecto o idea sino, más bien, por un compendio más o menos amplio de ellos que el elector es probablemente capaz de jerarquizar y, de ahí, priorizar en el momento de decantarse por una u otra opción el día de las elecciones. De hecho, todas las razones señaladas hasta ahora son declaradas en mayor o menor medida por los cuatro electorados. Sin embargo, aquellas que destacan, las mayoritarias, son bien diferentes según el color político y, en cierta medida, también lo son a través del “prisma nuevo-viejo”. Los vínculos entre electores y partidos son más firmes en PP y PSOE, mientras que en Unidos Podemos y Ciudadanos, más precarios.

Para buena parte de votantes populares y socialistas el vínculo es casi un nudo de cuerda gruesa y bien atado y, por ello, más estable. Según los datos de Metroscopia, esta solidez se ajusta a un perfil de votante de mayor edad, personas en el último periodo de su actividad laboral o en la bolsa de inactivos, cuya socialización política se sitúa entre mediados de los 70 y los 90 y con una configuración de actitudes y referencias políticas tan robusta que, en definitiva, no hace otra cosa más que intensificar la labor de los mecanismos de autoafirmación, resistencia y reproducción y aminorar los de refutación, transformación y ruptura. De ahí que, por ejemplo, el suelo del PSOE se mantenga en torno al 18% de los votos, pero con una tasa de reposición escasa: votante que pierde, votante que le cuesta mucho recuperar.

En este esquema, la correlación entre la edad, el nivel de estudios, la ocupación y determinadas actitudes políticas de una parte significativa de votantes del PP y del PSOE delimita una zona de acceso restringido a partidos como Unidos Podemos y Ciudadanos. La dificultad radica en que las nuevas formaciones cuentan solo con algoritmos sofisticados para tratar de abrir cerraduras de toda la vida. Las claves y códigos de entrada a dicho territorio están obsoletos, de ahí que los flujos de entrada y de salida sean tan lentos y reducidos.

Y algo parecido ocurre en el lado contrario, cuando los partidos tradicionales tratan de reconquistar los territorios perdidos. Sucede que la acumulación de bagaje está contraindicado y elementos como el lenguaje, los contenidos y los cauces de transmisión han cambiado. Cualquier mensaje o comportamiento inadaptado a la nueva realidad es captado a la legua por cualquier nativo. Se refuerzan así las fronteras de la otra zona restringida: votantes más jóvenes, con mayor nivel de estudios y laboralmente activos (ya estudien, tengan o busquen empleo). Sus identidades políticas son de más baja intensidad y, por tanto, más porosas, fragmentadas y contingentes. Conseguir el voto de una persona que reúna estas características es un logro precario, en el sentido de que sus motivaciones y actitudes son más susceptibles al cambio. La tasa de reposición también es baja, sobre todo en el caso de Podemos.

Menos inestabilidad no tendría por qué suponer menos intensidad o firmeza en las convicciones, sino más bien reflejaría el abandono de modelos de comportamiento político tradicionales. Los datos indican que esta transformación tiene mucho de generacional, pero tampoco puede entenderse sino imbricada con los cambios profundos experimentados por la sociedad española sobre todo a partir de la crisis económica del 2007.

* En este trabajo la etiqueta Unidos Podemos hará referencia tanto a Podemos como a En Común Podem, Compromís, En Marea y EQUO.