Presentació

Aquesta setmana recollim la conversa entre Esteban Hernández i Moisés Naím arran de la publicació de l’últim llibre de l’assagista “Repensar el mundo”, on aplica una mirada llarga als esdeveniments del procés de canvi i on reitera la seva reflexió sobre el poder: “més fàcil d’obtenir, més difícil d’usar i més fàcil de perdre”.

La necessitat de copsar la complexitat de l’entorn en que ha d’operar la política és el punt de partida de Víctor Lapuente per trobar una concepció de la política que permeti entendre’s sobre el que pot esperar-se d’ella, que no és ni la hiperpolitització populista ni la despolitització tecnocràtica.

Una acció política que malda per trobar el seu espai en una intrincada xarxa d’interdependències on  les sobiranies clàssiques es dilueixen, com ens explica Joan Subirats.

Més concret és l’anàlisi de Pau Marí-Klose sobre el que hi ha de mite i de realitat en la creença generalitzada del declivi de les classes mitjanes a Espanya, en un article on constata en termes generals no s’ha produït un empobriment, però si canvis significatius en les dinàmiques internes en perjudici dels més joves. Uns canvis que estarien en la base dels nous comportaments polítiucs i electorals.

Finalment, Òscar Barberà reflexiona, arran de la consulta de Podemos als seus incrits, sobre els pros i contres de la democràcia directa i sobre les seves implicacions en el funcionament del conjunt sistema, entre les que apunta un increment de les probabilitats de bloquejos institucionals com el que portarà -si no hi ha una sorpresa d’última hora- a la repetició de les eleccions generals.

 

 

Conversa d’Esteban Hernández amb Moisés NAÍM a El Confidencial (19-04-16)

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2016-04-19/el-poder-hoy-la-realidad-es-que-nadie-esta-a-cargo-y-eso-asusta-a-mucha-gente_1185782/

Moisés Naím se hizo popular en los tiempos de Facebook cuando Mark Zuckerberg recomendó como primer volumen de su club de lectura, ‘A Year of Books’, un libro del autor venezolano, ‘El fin del poder’ (Ed. Debate). Pero Naím ya contaba con gran prestigio fuera de la red, ya que su trayectoria incluía el paso por el Gobierno venezolano como ministro de Fomento, por el Banco Mundial como director ejecutivo o por la revista ‘Foreign Policy’ como máximo responsable, además de una incesante tarea como columnista. Esa fama se debía, entre otros factores, a una capacidad de análisis que le permitía dar la vuelta a numerosas certezas de sentido común. ¿Que la clase media desaparece? Al contrario, crece más que nunca. ¿Que hay desigualdad? Sí, pero mucho menos de lo que pensamos. ¿Que el entorno global va a peor? En absoluto, estamos avanzando. Acaba de publicar ‘Repensar el mundo. 111 sorpresas del siglo XXI‘ (Ed. Debate), un texto en el que recoge ejemplos prácticos de los cambios en los que estamos inmersos, dándoles siempre esa vuelta de tuerca que tanto agradecen sus seguidores. El Confidencial conversó con él en Madrid acerca de cómo es el poder en el nuevo contexto y de los beneficios y perjuicios que trae consigo.

PREGUNTA. Los papeles de Panamá son un buen ejemplo de cómo los estados nación han perdido buena parte de su capacidad de acción, y de cómo la política se debilita gracias a la globalización. Al mismo tiempo, no hay una organización global que pueda dar respuestas serias y efectivas a grandes problemas, desde el fraude fiscal hasta el terrorismo internacional. 

RESPUESTA. La esencia de lo que describes es el cambio. Todos estamos seguros de que el mundo está cambiando y, al mismo tiempo, tenemos una total incertidumbre acerca de cómo quedará después de todas las transformaciones. Esa brecha genera muchas de las ansiedades que sacan a la gente a las calles y crea mucha incertidumbre política. Este fin de semana ha tenido lugar el ‘impeachment’ de Dilma Rousseff, que dejará de ser presidenta de Brasil dentro de poco: es el fin del poder para ella. También se ha reunido la OPEP, algo que antes producía temor y hoy bostezos, lo que indica el fin del poder de la OPEP. Y han seguido publicándose los papeles de Panamá, lo que supone el fin del poder para muchas personas que han tenido que abandonar sus cargos. Todo en el mismo fin de semana. Esta es la tendencia que estamos viviendo, de la que ya hablé en mi anterior libro y que continúa en este a través de ejemplos concretos.

P. Pero cuando un poder se marcha, llega otro. ¿Cómo es el nuevo?

R. El poder, al igual que la naturaleza, no tolera los vacíos. Y el que llega es un poder degradado. que es más fácil de obtener, más difícil de usar y más fácil de perder. Podemos es un buen ejemplo: apareció de pronto, acumuló un poder sorprendente, descubrió lo difícil que es usarlo y hoy tiene mucho menos que hace un año. El poder de Podemos es mucho menor del que tuvieron el PSOE o el PP en otras épocas. Pues esto mismo es lo que ocurre en el mundo de la empresa, de los militares, de la cultura o del deporte.

P. Puede que algunos actores, por ejemplo los políticos, estén perdiendo peso. Sin embargo, hay otros que lo ganan, como el sector financiero. Y hay empresas nuevas, como Amazon o Facebook, que poseen una capacidad de influencia enorme.

R. No digo que todo el mundo sea débil, no hay duda de que las empresas acumulan gran poder. Sería necio debatir eso, pero si esta conversación la hubiéramos tenido hace cinco años, el tema de conversación habría sido Microsoft, que era el actor que pensábamos que iba a dominar la tecnología durante muchos años; si hubiéramos hablado un poco antes, nos habríamos referido a Hewlett Packard, y un poco más atrás a Kodak, que parecía un monopolio. Los casos que mencionas son importantes, pero ¿te atreves a pronosticar que dentro de cinco años Alibaba no será un rival importante para Amazon? La familia Botín siempre ha sido importante y muy poderosa, ¿pero lo es hoy más que hace 10  o 20 años? No digo que no tengan poder, sino que se enfrentan a más restricciones para ejercerlo.

P. Sin duda, apostar por el futuro de una empresa en concreto es algo arriesgado. Pero a pesar de que puedan desaparecer grandes firmas, también es cierto que las estructuras en las que se insertan sí parecen perdurar. Las grandes consultoras eran cinco, y ahora son cuatro, pero siguen marcando la pauta. Los grandes bancos de inversión son menos, alguno tuvo que cerrar por las ‘subprimes’, pero siguen siendo la referencia. Y eso ocurre en muchos ámbitos.

R. Esto es estadísticamente incierto, las cosas no son tan estables. Existe la percepción de que los grandes nombres están ahí, pero los estudios econométricos señalan que la probabilidad de que perdurase una empresa que estaba en lo más alto de su sector era del 90% y ahora es mucho más baja. La variabilidad ha aumentado. Si te hubiera dicho hace años que la principal empresa de aseo del mundo iba a ser de la India, que la principal compañía cervecera iba a ser brasileña, o que una de las grandes empresas de comercio electrónico iba a a ser china, no lo hubieras creído. Hay que ser muy cautelosos, porque lo que antes parecía permanente se ha hecho variable y lo transitorio se ha hecho permanente.

P. Hay quienes afirman que por muchos cambios geopolíticos que se hayan producido con la aparición de los BRICS, EEUU sigue siendo la potencia hegemónica, y ahora más que nunca, porque carece de un rival que esté a la altura de su capacidad militar.

R. Los países que se suponía que iban a remodelarlo todo, los BRICS, están cayendo. Brasil está en mala situación, Rusia es débil y Putin no es el hombre más poderoso del mundo, China está en una etapa de desaceleración, y solo India cuenta aún el dinamismo suficiente. Uno de los debates más importantes en EEUU hoy es el del declive de su importancia en el mundo. Lo que quiero subrayar es que el tiempo de las hegemonías ha pasado. Por supuesto que hay actores internacionales que tienen importancia, como Europa, China o Rusia, pero todos cuentan con un poder que es más difícil de usar y que es más efímero. China dice que va a construir unas islas en el mar de China Meridional y ¿qué va a hacer EEUU? Nadie cree que vaya a la guerra con China por esas islas. Putin invadió Crimea y EEUU no fue a la guerra con Rusia. El problema es que hoy vivimos en un mundo en el que nadie está a cargo y eso es difícil de entender y asusta a mucha gente. Que no haya ningún jefe va en contra de todo lo que hemos vivido hasta ahora y le añade mucha incertidumbre. Publico mis columnas en diferentes países y eso me permite ver cómo reaccionan los lectores de lugares muy distintos. Todos comparten esa búsqueda de quién está detrás de todo esto, y lo cierto es que no hay nadie. ‘No one is in charge’, y eso es muy difícil de aceptar.

P. Usted ha sido ministro en Venezuela y conoce muy bien Latinoamérica, a la que dedica varios artículos de su nuevo libro. La desigualdad profunda en la que vive el continente ha provocado que surjan varias formaciones populistas que han triunfado y que la criminalidad se dispare. No sé si es una experiencia de la que Occidente deba tomar nota.

R. Hay conexiones entre los tres aspectos, pero preferiría darte tres respuestas, una para cada uno de los temas. En cuanto a la desigualdad, hay estadísticas definitivas que demuestran que el nivel mundial está bajando. En segundo lugar, hay estadísticas que señalan que la desigualdad en EEUU y Europa está subiendo a niveles sin precedentes, y EEUU es una potencia exportando sus angustias. Cuando algo es un problema para EEUU se convierte en un debate mundial. ¿Por qué discutimos sobre la desigualdad en América Latina hoy y no cuando era más baja? Porque EEUU está exportando sus ansiedades y ha impuesto ese debate al mundo. Es un problema importante, sin duda, pero sobre el que no hay consenso acerca de cuáles son los remedios para afrontarlo. Las causas son diferentes en cada país. En EEUU tiene mucho que ver el peso del sector financiero, en Venezuela con la corrupción de Gobierno y militares, en Italia y Rusia tiene causas distintas. No puedes enfrentarte a ella con las mismas medidas en todas partes. Y esa es otra de las características de nuestro mundo: las generalizaciones sufren siempre, porque cuando las vas a aplicar a diferentes países, no funcionan.

En cuanto al populismo, siempre ha existido, y no solo en América Latina. Allí ha habido maestros como Perón, Chávez, Lula o los Kirchner, pero no perdamos de vista a Donald Trump y a muchos de los nuevos líderes europeos. El populismo es prometer lo que se sabe que no se puede cumplir o prometer algo que es muy atractivo pero que se sabe que va a tener efectos negativos a largo plazo. Aparece cuando hay malestar económico y se degradan los estándares de vida, y eso provoca que surjan lo que llamo ‘terribles simplificadores’, que dicen a la gente lo que quiere oír. Trump dice que va a extraditar a 11 millones de personas si llega al Gobierno, lo que no es ni logísticamente posible ni financieramente viable, pero Trump lo repite y millones de personas le votan.

P. Entendido así, el populismo sería una característica de la política contemporánea, y no solo un arma electoral de los actores extrasistémicos. Por poner un par de ejemplos cercanos, el PP ganó el poder prometiendo que iba a bajar los impuestos cuando sabía que no era posible, y Hollande llegó al Gobierno francés prometiendo acciones económicas que no iba a poder realizar.

R. Rajoy, Francia, nadie está inoculado contra el populismo. Está en la derecha, en la izquierda, en los verdes, en los industrialistas, en los que creen en el cambio climático, en los que piensan que no existe… Ningún país es inmune al populismo: está demostrado que las naciones con mejor educación siguen creyendo en promesas que son imposibles de cumplir.

P. Estas promesas imposibles demuestran algo más. Porque si el poder político no puede hacer algo es porque otro poder se lo impide. En el caso europeo es evidente: Rajoy tuvo que subir impuestos y hacer reformas porque se lo exigía la UE y Tsipras tuvo que dar marcha atrás porque su país carecía de soberanía real. Quizás el poder actual sea débil en un sentido positivo, cuando se trata de hacer, y fuerte en el negativo, cuando se trata de impedir.

R. Así es, esa es mi tesis. Hay centros de veto en todas partes, en la política, en las empresas, en la cultura o en el entorno militar. Cada vez hay más protagonistas que no pueden imponer un punto de vista, pero que sí tienen en sus manos la capacidad de bloquear a los demás. Fíjate en el Tea Party, que nunca tuvo la opción de llevar a cabo sus políticas, pero bloqueó el Congreso estadounidense. Vivimos en una proliferación de bloqueadores, que tienen mucho impacto y que se salen con la suya con mucha más frecuencia que quienes tratan de construir.

P. Le quedaba por contestar un tercer punto, el de la delincuencia.

R. En América Latina es un tema importantísimo, porque cuenta con el 8% de la población mundial y el 31% de los homicidios. Es la campeona de los asesinatos: mueren más personas en un mes por armas de fuego que en las zonas de guerra. Desde luego, hay factores importantes, como la producción, el tráfico y consumo de drogas o la debilidad institucional de la policía, pero la principal es la vergonzosa coexistencia pacífica con el asesinato. La criminalidad y la delincuencia no tienen que ver con la pobreza, porque si fuera esta la explicación, países como India o China tendrían más homicidios que América Latina. Son las sociedades las que deben romper esta coexistencia pacífica con el asesinato: no lo puede hacer ningún Gobierno actuando en solitario, sino que tiene que ser apoyado por ONG, las escuelas, las universidades, el sector privado y quienes escriben telenovelas. Tiene que ser un movimiento nacional, donde la glorificación de los asesinos y de los sicarios, y del sicariato como estilo de vida, sea repudiada.

P. También hay una dimensión ligada a esa ausencia del poder que citaba. Cuando nadie está a cargo, surgen inmediatamente poderes locales que lo ocupan, y las bandas y los narcos representan esos poderes en determinados países. En China puede haber pobreza, pero existe un Estado fuerte muy represivo, lo cual podría explicar también por qué allí no hay tanta delincuencia existiendo gran desigualdad.

R. Eso es así, tienes razón, pero no es el único factor. Si solo contase eso, Rusia tendría índices de homicidio similares a los de América Latina, o Japón con la Yakuza o Italia con la ‘Ndrangheta.

P. Con esta nueva clase de poder, ¿el mundo va a ir a peor o a mejor?

R. A mejor, sin duda. Uno de los artículos del libro habla del milagro del año 2000, cuando los países se reunieron y firmaron un documento con los objetivos del milenio. No se le hizo mucho caso, porque las declaraciones de la ONU no producen grandes terremotos mediáticos, pero esa declaración cambió el mundo para mejor: identificó un número concreto de objetivos sociales y les puso fecha, como disminuir la pobreza y la desnutrición infantil, y resulta que no solo se alcanzaron sino que se fue incluso más allá. En el mundo hoy hay menos pobres, y tenemos la clase media más grande que ha existido en la Historia de la humanidad. Por supuesto que hay tragedias cotidianas que siguen horrorizándonos, como la de los inmigrantes, pero es intelectualmente mucho más fácil hacer la lista de los horrores que la de las cosas que van bien. Lo difícil es escribir una columna para demostrar que a pesar de las tareas que están pendientes, el mundo está progresando.

P. Es difícil porque la gente no lo cree. En Europa, y en Occidente en general, la gente tiene la percepción muy asentada de que se han reducido las opciones vitales, de que los hijos vivirán peor de lo que han vivido sus padres y de que el ascensor social se ha parado. Quizás haya gente con más dinero en China que antes, pero piensan que se debe a que las fábricas que antes estaban aquí ahora están allí. Es complicado percibir los avances.

R. Tienes razón, y la tienes aún más cuando dices que es una sensación muy europea. Pero, como tercer aspecto, habría que cuestionar que los europeos hoy viven peor. Hay que tener mucho cuidado con el ‘parroquialismo’ temporal, porque la gente cree que lo que ha pasado en los últimos 10 años es lo que va a pasar siempre. La crisis económica ha dejado a millones de familias en mala situación, el trabajo precario es la norma y los padres están convencidos de que sus hijos vivirán peor que ellos, pero no es razonable extrapolar esta situación al futuro. Creer que hay una línea directa entre lo que está pasando y lo que va a pasar es un suposición de la que hay que desconfiar. A mí me gusta escribir columnas optimistas, no todo lo que viene es negro, amenazante y malo. Hay mucho que celebrar.

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Víctor LAPUENTE, “¿Qué es la política?” a El País (17-04-16)

http://elpais.com/elpais/2016/04/17/opinion/1460908839_095978.html

“Andamos confundidos. Los ciudadanos no queremos elecciones, pero nos disgustan todas las coaliciones sobre la mesa. Los políticos no ponen líneas rojas, pero levantan muros a los del otro bando. Y los periodistas sueltan el “pónganse de acuerdo de una vez” en sus sermones matinales para, a continuación, pasar a destripar las declaraciones de fulanito de tal contra menganito de cual. Montañas de nobles aspiraciones políticas paren ratones de cotilleo.

Cuando todos los integrantes de un ecosistema están despistados suele deberse a que falla algo básico. Como el aire o el agua. Algo tan primordial que lo damos por descontado. Y, en nuestro caso, creo que lo que nos falla es una definición compartida de política. Los españoles no nos ponemos de acuerdo sobre qué es la política. Y, si no sabemos qué es, no podemos mejorarla.

No es que carezcamos de definiciones teóricas. Tenemos muchas reflexiones escritas sobre el sentido de la política. Lo que nos falta es una definición operacional que nos permita navegar en un contexto socioeconómico crecientemente complejo e impredecible. Hasta hace poco vivíamos en un mundo con muchos riesgos. Por ejemplo, no sabíamos si tendríamos un año de vacas gordas o de vacas flacas. Y, en ese contexto, era relativamente fácil ponerse de acuerdo en cuál es el ámbito de la política. En realidad, se trataba de continuar con la lógica anticipada ya en la Biblia: guardar en los años de vacas gordas en previsión de los años de vacas flacas. Pero ahora vivimos en una realidad con muchas incertidumbres, que son más amenazantes que los riesgos. No sabemos si nos aguarda un año de vacas o de patos. O de cisnes negros. La labor de la política no está tan clara. Las fronteras entre lo que nos concierne a todos y lo que concierne sólo a los individuos son más difusas que nunca.

Así, en España se han consolidado dos visiones antagónicas de la política que, una por defecto y otra por exceso, dificultan la comunicación entre los adversarios políticos. Y polarizan el país hacia dos tentaciones igualmente peligrosas: el populismo, para quienes la política debe impregnarlo todo, y la tecnocracia, para quienes la política debe evaporarse y dejar paso a los expertos.

Unos, sobre todo idealistas de izquierdas, piensan que “todo es política”. Su objetivo es “conquistar espacios para la política”, arrebatándoselos a los mercados. Cuantos más aspectos abarque la política, más justa será una sociedad, pues política es sinónimo de justicia. De forma que, cada conflicto aislado (de los retrasos de los trenes y los accidentes de tráfico en autopistas de peaje a las cuentas offshore en paraísos fiscales), cualquier molino de viento, se convierte en una excusa para emprender una quijotesca batalla contra los gigantes mercados. Los problemas son sistémicos. Los casos de corrupción no son hechos aislados o contingentes a unas instituciones determinadas, sino el resultado de un sistema corrupto. Esta actitud es la antesala de populismo, el “poscapitalismo” o cualquier otro “ismo” que nos salvará de este valle de lágrimas.

Los otros, fundamentalmente realistas de derechas, achican tanto la definición de política que la reducen a su factor humano. La política son los políticos. Si hay corrupción es porque hay políticos deshonestos. En toda cesta habrá algunas manzanas podridas. Se quitan y ya está. La política consiste en sustituir a los individuos (o partidos) malos por los buenos. Luego, los más conservadores propondrán oposiciones hasta para el cargo de ministro y los más aperturistas mecanismos de selección propios de una start-up, pero con el mismo sustrato de fondo: el gobierno de los mejores.

Pero la buena política no es ni una cosa ni la otra: ni cuestionar el sistema” en general ni a unas personas en particular. La política es lo que está en medio, entre el sistema y el individuo. La política es la discusión sobre las normas formales, las instituciones, que regulan el comportamiento de los miembros de una comunidad. Las sociedades que circunscriben el ámbito de la política a este terreno intermedio tienen más posibilidades de superar los problemas colectivos que aquellas, como la española, donde no existe un consenso mínimo sobre cuál es la esfera de actuación de la política.

Veámoslo con la discusión entorno a los papeles de Panamá. En España predominan dos visiones. Por un lado, se discuten hasta la saciedad los casos individuales. De forma justificada o no, hemos hecho juicios mediáticos a numerosas personalidades con relevancia política. La asunción de fondo es que se trata de un problema de moralidad individual: hay buena gente, que paga sus impuestos, y mala gente (o una mala tribu político-empresarial), que crea sociedades offshore para evadirlos. Y, por el otro, abundan las grandes reflexiones sobre el sistema económico global y la imperiosa necesidad de coordinar una acción internacional contra los paraísos fiscales. Aquí la asunción de fondo es que falla el sistema capitalista o la globalización en su conjunto. La sed de sangre de unos y otros es saciada: sabemos que hay unos individuos (y algún partido político) pérfidos o un sistema global perverso. Pero, como es fácil de imaginar, ni de una visión ni de la otra salen prescripciones útiles.

Al contrario, en otros países europeos la discusión transcurre más en el ámbito propio de actuación de la política, sin caer en los casos individuales y, a la vez, sin elevarse a las nubes abstractas del sistema. Obviamente, también se ha hablado de personas particulares y se ha especulado sobre la globalización económica, pero periodistas y analistas han puesto el foco sobre las reglas impersonales que han permitido la fuga de capitales a paraísos fiscales. La asunción de fondo es que el problema no es individual ni sistémico, sino institucional. ¿Qué normas y protocolos de actuación de las instituciones públicas, pero también de las privadas como los bancos, han propiciado la evasión de impuestos? Y, en consecuencia ¿qué cambios normativos habría que introducir para revertir esta situación? En estos países se habla más de, y con, representantes de bancos y de reguladores públicos que de evasores concretos. Más de las instituciones que han fomentado el pecado que de los pecadores.

Algo similar ocurre con muchos otros debates políticos, como, por ejemplo, la lucha contra la corrupción. Nos obsesionamos con los casos particulares (de personas o partidos) o nos dejamos arrastrar en meditaciones vagas sobre el sistema. Olvidando que la política es la gestión de las reglas comunes y no de los nombres propios”.

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Joan SUBIRATS, Soberanía e in(ter)dependencia” a El País (17-04-16)

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/04/16/catalunya/1460820487_429996.html

“Estamos en un periodo en el cual la constatación de las enormes interdependencias que cruzan nuestras vidas no nos impide reclamar constantemente más soberanía, más capacidad para decidir sobre lo que nos afecta. Palabras o términos como “empoderamiento”, “prosumidor”, “emprendedor”, hacen referencia a la necesidad de cambiar la distribución de roles que otros nos asignaron. Rechazamos ser considerados como meros objetos de la decisión de otros, y reclamamos ser sujetos, protagonistas de lo que vivimos. Reforzar nuestro poder, pasar de mero consumidor a productor, cambiar nuestras vidas iniciando nuevos proyectos, son parte del discurso emancipador.

Ese fenómeno se da tanto en la esfera personal como en la colectiva e institucional. Los países están sometidos a constantes limitaciones sobre la dinámica económica o social. La mundialización financiera es un hecho irreversible, como lo es la conexión informativa o la interdependencia tecnológica. Y es también irreversible el flujo constante de gentes andando de un lugar a otro, por las más distintas razones.

Los Estados sufren ese gran cambio desde hace tiempo y son ya pocos los que se atreven a alardear o presumir de soberanía. Lo que el jurista Jellinek definía como atributos del Estado (territorio, población y soberanía), son hoy espacios mixtos, híbridos y constantemente sometidos a lógicas que les afectan y condicionan.

A pesar de todo ello, muchos siguen refiriéndose de manera engolada a “independencia” y “soberanía” como conceptos absolutos, alcanzables y plenamente operativos. Esa mirada alimenta la dimensión mágica de lo que conseguiríamos efectivamente cuando llegáramos a ser independientes y soberanos. Es evidente que arrastramos expresiones y conceptos que servían para describir una realidad que se ha ido modificando. ¿Quién es hoy soberano?, ¿quién es hoy el “nosotros” sobre el que se fundamenta la versión constitucional y democrática de la soberanía? Estamos en un escenario de pluralismo de poderes y de interdependencias tanto internas como externas a los Estados. Hemos cedido poderes a la Unión Europea sin que tengamos un “nosotros” europeo ni podamos hablar seriamente de constitución, de asunción de responsabilidades y de democracia plena en la toma de decisiones comunitarias.

Pero, dicho todo lo cual, también es cierto que no es lo mismo tener un Estado propio que no tenerlo. La soberanía tiene una dimensión institucional. Es una forma de describir un conjunto de reglas persistentes que prescriben los formatos de acción, que los limitan y que de esta manera modulan lo que es o no posible. Disponer de proyectos ampliamente compartidos internamente, permite acceder con mayores garantías a influir en los flujos de decisiones interdependientes constantemente en marcha. Disponer del instrumento “Estado” permite ser invitado a mesas, foros y debates a los que de otra manera solo se accede por persona o institución interpuesta. Tener soberanía hoy no es tener supremacía. Es disponer de un estatuto de autoridad legal que te da un plus de capacidad para negociar las condiciones y los impactos de la innegable interdependencia.

En Cataluña necesitamos disponer de ese plus, lo cual no pasa forzosamente por la plena independencia, pero sí por disponer del reconocimiento de ser sujeto político, de ser el “nosotros” necesario para adquirir el estatuto legal que permita el plus de negociación y poder antes mencionado. Y lo necesitamos sobre todo para preservar elementos propios de identidad, y para establecer coaliciones con otros sujetos políticos que compartan valores e intereses en la defensa de las múltiples soberanías hoy en cuestión. Nos referimos a soberanías como la energética, tecnológica, alimentaria o la estrictamente social y vital. Un conjunto de soberanías que llenen de contenido la palabra democracia.

No hay una esencia intrínseca en el concepto de soberanía, sino un componente relacional que puede permitir afrontar la despolitización y desdemocratización que la lógica neoliberal y global ejerce en todas partes, sustituyendo protagonismo ciudadano por formas tecnocráticas y autoritarias de gestión que, además, levantan cada vez más murallas y barreras. Es insostenible el mantenimiento de la distinción “interior” y “exterior” que es básica en la concepción tradicional de la soberanía. Lo que está en juego es si la creciente interdependencia en la que vivimos puede democratizarse y dar así respuesta colectiva a la cuasisoberanía de los mercados financieros”.

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Pau MARÍ-KLOSE, “El declive de las clases medias, ¿realidad o mito?” a Agenda Pública (20-04-16)

http://agendapublica.es/el-declive-de-las-clases-medias-realidad-o-mito/

“En los últimos años ha surgido con fuerza la preocupación por el futuro de la clase media. Proliferan agoreros que hablan del fin de las clases medias, su muerte, o cuanto menos su declive o contracción, que las condena a la pérdida de relevancia social y política. El final o el declive de la clase media no sería un asunto baladí. Mucho hay en juego si se produjera. Desde hace décadas, son muchos los sociólogos y economistas que defiende el papel primordial que juegan las clases medias en la promoción del desarrollo económico y la estabilidad social. No son menos los filósofos políticos y los politólogos que han argumentado que las clases medias son un pilar fundamental de las democracias liberales. Los orígenes de esta idea se encuentran ya en Aristóteles, y en la modernidad en Montesquieu, Adam Smith o Tocqueville. En muchos países democráticos, las clases medias han sido condición necesaria para la emergencia de la democracia, han sido sus valedores frente a los grupos de la reacción, su sostén frente a la amenaza de involución, y en alianza con el mundo del trabajo, han jugado un papel protagonista en el desarrollo de los derechos sociales reconocidos por los modernos Estados de bienestar. Existen dudas justificadas de que la democracia liberal pudiera sobrevivir a su declive. Quizás lo que algunos perciben como el deterioro de la calidad democrática de los regímenes occidentales, o lo que lleva a algunos a hablar de posdemocracias, esté empujando a muchos a preguntarse si la raíz de los problemas se encuentra en el declive de las clases medias.

¿Qué evidencias tenemos de que la clase media está próxima a su fin, a su muerte, o esté en franco declive en España? Las visiones más catastrofistas se suelen referir a un presunto empobrecimiento de la clase media, que estaría comprometiendo su poder adquisitivo, abonándola a apretarse el cinturón y el consumo low-cost. Con ello se estarían transformando por completo sus estilos de vida, lo que les impediría sostener sus identidades de clase, y alteraría sus valores y orientaciones constitutivos. Aunque ese empobrecimiento fue imposible de constatar en la etapa de expansión económica de los primeros años de siglo, los años de crisis (2008-2014) habrían representado un giro copernicano en la situación de las clases medias. Vale la pena, pues, comenzar examinando la veracidad de la premisa: ¿se han empobrecido las clases medias en la crisis?

Para responder adecuadamente a esta pregunta lo primero que hay que saber es que son las clases medias. El término clase media tiene diversas acepciones, desde aquellas que ponen el énfasis en dimensiones socioeconómicas a aquellas que privilegian una dimensión sociocultural. En un espacio por fuerza tan limitado como éste nos limitaremos a examinar un aspecto puntual de la primera dimensión: la distribución de ingresos.

En principio, agarrándose a una acepción de tipo socioeconómico de uso muy común, las personas de clase media serían personas que se sitúan en la gama media de ingresos. En función de la amplitud del intervalo escogido el diagnóstico puede diferir. La forma  más sencilla (y necesariamente limitada y parcial) de aproximarse al fenómeno es averiguar qué ocurre con los ingresos equivalentes medianos, es decir los de la persona situada en el punto que deja la mitad de la población a un lado (con menores ingresos) y la mitad en el otro (con mayores ingresos)?

En España, en los años de crisis se reduce la renta equivalente mediana, pero difícilmente se puede hablar de un desplome. Esta caída se produce también en otros países en crisis, como el Reino Unido, Irlanda o Grecia, donde el descenso es incluso más acusado (en Portugal e Italia los ingresos aumentan ligeramente, a pesar de la crisis). Pero en gran parte de Europa (países como Polonia, Suecia, Dinamarca, Alemania o Francia) los ingresos de la clase media (en paridad de poder de compra) siguen aumentando, aunque a ritmos inferiores a lo que ocurría en las etapas inmediatamente anteriores.

¿Cuál es la magnitud relativa de ese descenso en España? El siguiente gráfico muestra la caída de los ingresos en cada decila de ingresos en los años de crisis.

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Como puede observarse la caída de ingresos se produce en todos los grupos de ingresos, pero las clases medias no son los grupos más afectados. Los incrementos de la desigualdad reflejan ante todo, el desplome de las rentas más bajas. Durante los años de crisis, los ingresos equivalentes de las primera decilas cayeron por debajo de las de decilas superiores. Los más pobres han perdido entre 2008 y 2014 más del 25% de sus ingresos, mientras que, en las decilas superiores, el porcentaje se sitúa en torno al 15%. En las decilas intermedias se producen caídas significativas, más pronunciadas en la decila 3 y en la decila 4, que en la 6 y la 7.

La pérdida de ingresos de las clases más desfavorecidas se refleja de manera muy diáfana en la disminución de la participación de esa primera decila en el volumen total de ingresos. Mientras en 2008 los ingresos de la primera decila representaban el 2,5% del total, en 2014 ya solo son el 1,8%. En las decilas inmediatamente posteriores también se producen descensos, aunque bastante menos acusados.

En contraste, como se puede observar en el gráfico, las decilas centrales mantienen su participación en los ingresos totales. La decila 8 (al igual que la 9 y la 10, aquí no representadas) incrementan su participación en el total de ingresos.

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A la luz de estos datos, es difícil afirmar que las clases medias están atravesando una crisis que pone en peligro su existencia. Sin embargo, sería ingenuo negar que algo le ocurre a la clase media, y los datos que hemos visto hasta ahora ya nos sugieren alguna cosa. Una exploración un poco más a fondo nos ofrece alguna pista más para caracterizar las consecuencias de la crisis para las clases medias.

El primer factor a tener en cuenta es que se ha ensanchado la diferencia de ingresos dentro de la clase media. Así, la ratio entre los ingresos de personas situadas en el punto de corte superior del séptimo decil (clase media alta) y los que se sitúan en el punto de corte superior del tercer decil (clase media baja) ha aumentado. Mientras en 2008 el primero ingresaba 1,8 veces más que el segundo, en 2014 era 1,96. Más se ha ensanchado todavía la distancia entre el punto de corte superior del tercer decil y el del decil 8 (de 2,14 a 2,36) o el del decil 9 (de 2,71 a 2,97). Dicho de otro modo, en la crisis, los segmentos superiores de la clase media han abierto distancia con los segmentos inferiores (por no hablar de la distancia que han abierto con las clases más desfavorecidas).

Por otra parte, los grupos en los tramos elevados de ingresos tienen edades cada vez más avanzadas. Mucho se ha hablado de la mejora de la situación económica de las personas de 65 y más años. A lo largo de la crisis, las tasas de riesgo de pobreza de las personas mayores han disminuido sustancialmente (mientras aumentaban las de las personas más jóvenes). Lo que no se ha apuntado es que su posición económica también ha mejorado en los tramos de ingresos más altos. Un amplio conjunto de los mayores forman parte de grupos de ingresos medios, y dentro de estos segmentos, tienden a concentrarse en tramos de ingreso elevadas. Como consecuencia de ello las clases medias han encanecido.

Consideremos dos tramos de ingresos a menudo manejadas en la literatura. El primero lo conforman las personas que viven en hogares con ingresos situados entre el 75% de la mediana de ingresos equivalentes (los ingresos equivalentes son los ingresos del hogar ponderados por las unidades de consumo) y el 125%. Constituirían un grupo de personas situadas en posiciones medias y medias-bajas. El segundo lo formarían personas con ingresos situados entre el 125% y el 200%. Conformarían una clase media adinerada.

En 2008 la edad media de las personas en el tramo 75%-125% era de 40,1 años. En 2014 de 43,9. En el tramo 125-200%, la edad media subió de 38,2 a 42,7 años. En este último grupo de clase media adinerada, el porcentaje de personas de más de 64 años ha pasado del 10% al 20,4% (también ha subido en el grupo opulento de personas con ingresos superiores al 200%, donde pasa del 8,4% a 13,9%). En cambio, en el tramo bajo de ingresos (<75% de la mediana), la edad media disminuyó (de 41 a 38,6), y las personas de 65 y más años pasaron del 21,9% al 14%.

En la siguiente tabla comparamos la distribución de personas por grupo de ingresos en cuatro franjas de edad.

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Como podemos apreciar, una gran proporción de personas de 65 y más años en 2014 se sitúan en el grupo de ingresos medio-altos (45,2%), donde su presencia se ha incrementado sustancialmente en el período de crisis (también se ha incrementado en el grupo de ingresos más alto).

Por tanto, aunque aparentemente pocas cosas se muevan, y las clases medias sigan pobladas de aproximadamente el mismo número de personas que en el pasado, y reciben aproximadamente el mismo nivel agregado de recursos, en la trastienda se adivinan cambios que pueden tener consecuencias significativas. Las clases medias se han polarizado. Muchos jóvenes que solían incorporarse al primer tramo de ingresos de la clase media (75-125% de la mediana) han visto bloqueada su entrada en este grupo. En cambio, un número creciente de personas de edad más avanzada se han posicionado sólidamente en el tramo alto de ingresos de la clase media. La fractura que se abre en la clase media tiene un claro perfil edatario. Un perfil edatario que contribuye a explicar las grandes dinámicas que están reconfigurando el panorama sociopolítico de nuestro país”.

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Óscar BARBERÁ, “La consulta de Podemos: luces y sombras de la participación ‘low cost’” a Agenda Pública (19-04-16)

http://agendapublica.es/la-consulta-de-podemos-luces-y-sombras-de-la-participacion-directa-low-cost/

“El grado de participación era seguramente el principal interrogante político de la consulta organizada por Podemos a sus miembros. El éxito de participación de esta convocatoria, con un porcentaje cercano al 50% del censo, aleja uno de los principales fantasmas de la dirección del partido que había visto como ésta baja de modo drástico en todas las votaciones y consultas desde la asamblea de Vista Alegre en 2014. La ingeniosa distinción entre miembros activos e inactivos con la que el partido pretendía leer los resultados no será necesaria por el momento, aunque probablemente volvamos a este debate en el futuro. Más allá del éxito en las cifras de participación, la consulta ofrece luces y sombras que conviene examinar.

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Luces

Podemos no es pionero ni de las consultas internas a los miembros, ni del uso de las TIC como mecanismos de voto (el premio seguramente le correspondería a ICV). Sin embargo, nadie puede negarle el mérito de haber sido el gran difusor de ambas herramientas. Su uso desacomplejado de las TIC ha permitido masificar la participación en los partidos políticos españoles: que 150.000 miembros hayan participado directamente en la toma de decisiones de un partido hoy será un efímero titular en la prensa, pero esto solo ha pasado cuatro o cinco veces en toda la historia de España (de las cuales sólo dos corresponden al PSOE).

La participación masiva también es resultado de un cambio en la noción de miembro de los partidos. Podemos no tiene miembros en el sentido clásico (duvergeriano) del término porque tradicionalmente esta se vinculaba al pago de cuotas regulares. Los miembros de Podemos son inscritos pero no están obligados a contribuir a la financiación del partido (aunque puedan hacerlo voluntariamente). Para algunos esto explicará los niveles de participación… sin embargo conviene recordar que esto tampoco lo inventó Podemos sino el PP y el PSOE: Desde principios de los años 2000 ambos partidos incluyen entre los afiliados a aquellos que no pagan su cuota. Sospecho (pero no puedo probarlo) que por esta razón España es una excepción en la crisis de afiliación que viven prácticamente todos los partidos occidentales.

Podemos también tiene el mérito de haber normalizado y desdramatizado el uso de la democracia directa entre los grandes partidos. Mientras que buena parte de los partidos españoles, con las importantes excepciones de ICV e UPyD, ha recurrido a la participación directa como meros experimentos o en cuentagotas, Podemos la ha hecho obligatoria y ha removido todas aquellas barreras normativas que la impiden, como los polémicos avales en las primarias. Atrás quedan ya los debates tremendistas sobre la democratización de la participación interna, aunque de vez en cuando nos vengan ecos del pasado.

A medio camino entre las luces y las sombras está la cuestión del fair play y la seguridad. En términos generales los procesos de participación electrónica en los partidos han sido poco cuestionados. Sin ser un experto, las garantías de seguridad parecen suficientes. Y, cuando ha habido sospechas de manipulación, estas han sido investigadas y los procesos se han repetido, como en la Rioja. Sin embargo, quizás deberían mejorarse los sistemas para garantizar la independencia en las agencias encargadas de certificar los procesos internos.

Sombras

Como sus oponentes se han encargado de recordar, la principal sombra de esta consulta radicaba en las opciones que se ofrecían a votación. Sin entrar en este tipo de consideraciones más inmediatas, cabe recordar que el principal problema de las consultas internas es el poder que tiene quien formula la pregunta. Esto hace que muchas veces puedan usarse por parte de la dirección como un mero instrumento de ratificación formal de decisiones ya previamente tomadas. Especialmente si la dirección toma partido explícito por una de las opciones como ha sido el caso en Podemos y hace unas semanas en el PSOE. De todos modos, es bien sabido entre los políticos que los referéndum los carga el diablo porque este mismo ejercicio de ratificación puede volverse en contra de quien lo promueve si no sale el resultado esperado.

De todos modos, la sombra más alargada de todos los mecanismos de participación directa es la referida a las desigualdades en la participación. Cuando esta es muy baja plantea importantes problemas en la legitimación de los resultados. Recordemos, por ejemplo, que Pablo Iglesias y su equipo fueron elegidos como candidatos a las generales con menos de un 20% de los votos. Algo parecido les ha sucedido a los tres últimos líderes regionales elegidos por el partido en Euskadi (22%), Rioja (17%) y Galicia (16%). ¿Hasta que punto una baja participación debería invalidar los resultados? El problema para los partidos es que más allá de remover obstáculos normativos y/o tecnológicos la decisión final de participar depende de los miembros. Y lo que sabemos sobre el comportamiento político nos dice que esta esta relacionada con sesgos sociales que no son tan fáciles de cambiar.

Implicaciones

El éxito de participación sin duda tiene importantes consecuencias internas porque refuerza a Pablo Iglesias y amplia su por otro lado ya grandísimo margen de maniobra interno. Más allá de su impacto dentro de la organización, la consulta se convierte en una importante herramienta de presión al PSOE. Si Pedro Sánchez utilizó la consulta en el PSOE para imponerse a los barones territoriales, Pablo Iglesias parece haber hecho lo propio para legitimar su toma o daca al PSOE, lo que sin duda parece ir en la dirección contraria a un acuerdo entre ambos partidos.

Más allá del corto plazo, hay unas cuestiones de fondo que deben subrayarse. La primera tiene que ver con el dilema señalado por Peter Mair entre partidos responsables o responsivos en tiempos de crisis. Esta es una disyuntiva que afecta a buena parte de los partidos del Sur de Europa y que les obliga a actuar de acuerdo con lo establecido por los mercados y organismos intergubernamentales supra-nacionales (i.e. control del déficit) o atender a la voz de sus miembros y votantes (i.e. políticas sociales). La introducción de una mayor democracia interna tiene un componente técnico, pero también una dimensión política innegable que los hace más responsivos. a costa de ser menos responsables. Si, como parece, las consultas internas están para quedarse, hay que esperar que el margen de maniobra y de responsabilidad de los partidos se reduzca. En un sistema multipartidista como el español, la derivada de todo esto probablemente sea un aumento de los bloqueos institucionales”.