Presentació

Amb una regularitat inquietant els processos electorals democràtics es salden amb la derrota dels “incumbents” del poder per la decisió d’uns electors que utilitzen el vot com una guillotina justiciera (Raimon Obiols) i que converteixen les eleccions i referenda en una mena de  ritus caníbal (Massimo Gianinni). Estem davant dels símptomes que ens anuncien el final de la democràcia occidental?, es pregunta Paul Mason, tot considerant la possibilitat que el nacionalisme oligàrquic sigui el sistema per defecte per a  les economies declinants.

Sobre el cas italià, amb la derrota fulminant de Matteo Renzi en el referèndum constitucional,  ens sembla pertinent la crítica d’Ezio Mauro a la manera de fer política del primer ministre dimitit, del que destaca la força, l’instint, l’habilitat i el coratge … virtuts mancades, però, de la base cultural sense la que la política deixa de tenir vida pròpia per esdevenir una simple representació que imita la realitat però no la transforma.

La renúncia de François Hollande a competir per la seva reelecció planteja un qüestió complementària: la impossibilitat d’establir un balanç seré i ponderat de l’acció de govern en el temps de la immediatesa i de la transparència absoluta. La pretensió d’esdevenir un president “normal” hauria entrat en contradicció amb la lògica històrica de les institucions de la Vª República (Jean-Claude Monod). En aquestes condicions actuals, François Mitterrand, per exemple, hagués pogut governar durant 14 anys? Pau Marí-Klose intenta fer un balanç de la presidència Hollande, tot rebatent els judicis sumaris que la despatxen amb el tòpic suat d’haver-se entregat al neoliberalisme.

La desafecció constitucional d’una part de l’opinió política s’ha manifestat amb més intensitat que mai en aquest passat 6 de desembre, amb una lent deformada que arriba -en els casos més extrems-  a negar el caràcter democràtic de la Constitució del 1978. En tot cas, la reforma constitucional ha aconseguit situar-se en l’agenda política. Mariola Urrea explica les causes que la fan indefugible, així com  les finalitats, desitjables, l’oportunitat actual  i el mètode per fer-la possible.

Probablement un dels esculls majors per fer possible el consens constitucional necessari per avançar és el debat -de nou!- entre reforma i ruptura (procés constituent). En aquest debat és determinant la posició de Podemos i les seves confluències. Per això és de gran interès seguir el seu procés de definició política, amb la incògnita de si serà capaç d’esdevenir un agent polític amb capacitat transformadora (José Luis Villacañas) o si s’acabarà acontentant amb exercir el rol de tribú de la plebs del sistema polític, tal com apunta Esteban Hernández.

 

Paul MASON, “La URSS desapareció de repente: no creas que la democracia occidental durará para siempre” a eldiario.es/The Guardian (7-12-16)

http://www.eldiario.es/theguardian/Union-Sovietica-desaparecio-democracia-occidental_0_588291466.html

Por debajo de la ciudadela medieval de Kazán, dos grandes ríos congelados pintan de blanco el paisaje. En una tarde de domingo, algunos de los habitantes más tenaces caminan lentamente por el hielo fangoso para sacarse selfies con la mezquita, las luces navideñas y las estatuas de la era soviética de fondo.

Hace 25 años que estuve por última vez en Rusia, intentando (sin éxito) revivir a la izquierda en los caóticos primeros días de las reformas económicas de Boris Yeltsin. Media vida después, he vuelto para dar una charla a una sala llena de gente que quiere hablar sobre cómo sustituir el capitalismo por algo mejor. De pronto, tenemos algo en común: ya todos sabemos lo que se siente al ver cómo se derrumba un sistema que alguna vez pareció inamovible.

Desde que estoy aquí, casi todos los que han decidido venir a escucharme están involucrados en el arte contemporáneo o en la filosofía. Los periodistas que quieren entrevistarme (alguien que critica abiertamente la política de Putin en Siria y Ucrania) escriben en su mayoría para revistas culturales. Si bien no son las revistas más modernas y populares, son los espacios intelectuales más seguros para generar pensamiento crítico.

Desde que Putin robó la elección de 2011 y desde que reprimió el posterior movimiento de protesta, la gente joven que formó parte de ese movimiento se ha retirado a un silencio rabioso. A decir verdad, no es una situación del todo desconocida para los intelectuales rusos. Lenin fue arrestado en Kazán en 1887 por encabezar una protesta de estudiantes y pasó gran parte de los siguientes 30 años en el exilio o en la clandestinidad. Luego, los bolcheviques reprimieron la libertad de expresión y a la oposición política durante otros 70 años. Ahora, los oligarcas capitalistas de Rusia están haciendo todo lo posible para lograr lo mismo.

Ante esta situación, ¿por qué los artistas rusos, los filósofos y los periodistas insisten en creer en el cambio? En pocas palabras, porque ya fueron testigos del derrumbe moral y físico de algo que parecía eterno: la Unión Soviética.

Alexei Yurchak, un antropólogo de la Universidad de California, en Berkeley, lo describe en un libro cuyo título habla por sí solo: Everything Was Forever Until It Was No More (Todo era para siempre hasta que dejó de serlo). A Yurchak le fascinó descubrir que, aunque nadie había predicho la caída, cuando ocurrió, muchas personas se dieron cuenta de que en el fondo estaban esperando que pasara.

Durante la perestroika de Gorbachov, mucha gente experimentó un repentino “despertar de la consciencia”, a medida que se dieron cuenta de la inminencia del colapso. Pero hasta ese momento, la mayoría se comportaba, hablaba e incluso pensaba como si el sistema soviético fuera eterno. A pesar del cinismo con que veían la brutalidad del sistema, desfilaban, participaban en reuniones y celebraban los rituales que demandaba el Estado.

Desde la victoria de Trump en noviembre, se ha hecho más real la posibilidad de pensar que en Occidente ocurrirá un colapso similar, afectando a la globalización y a los valores liberales.

Los paralelismos son obvios. Nosotros también hemos vivido 30 años bajo un sistema económico que proclamó su propia permanencia. La globalización era un proceso natural imparable y la economía de libre mercado, el estado natural de las cosas.

Pero cuando  vota en contra de la globalización el país que la inventó, la impuso y se benefició en mayor medida de ella, hay que considerar la posibilidad de que ésta termine de forma abrupta. También hay que considerar otra posibilidad, aún más impactante para los demócratas humanistas y liberales: que el nacionalismo oligárquico sea el sistema por defecto para las economías en declive.

Cuando Yeltsin provocó la miseria y la posterior crisis a principios de los años 90, fui testigo del caos en que se sumió la sociedad rusa. Nos reuníamos en las instalaciones abandonadas de la academia estalinista, entre restos de libros soviéticos, bustos de Lenin y actas de comités centrales que ya no existían. Había violencia en las calles y las salas de juntas de los monopolios rusos de materias primas se convirtieron en el centro del saqueo: su titularidad recaía en el cleptócrata que tuviera más fuerza en ese momento.

En comparación con el caos de los años 90, el putinismo se vivió como una redención. A costa del aislamiento diplomático y de la represión de los derechos democráticos, Putin restauró el crecimiento, el orden y el orgullo nacional.

Ahora, en todas partes del mundo, hay pequeñas imitaciones de Putin: el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán; el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, y la candidata a presidenta de Francia, la fascista Marine Le Pen. Si, como tanto lo desean, Occidente se sumerge en el nacionalismo económico, todas las personas que tengan menos de 50 años pasarán por el mismo tipo de shock ideológico por el que pasaron los rusos a finales de la década de 1980.

En ciencias económicas, ciencias políticas y en el estudio de las relaciones internacionales, ha existido, durante casi tres décadas, la suposición generalizada de que el estado actual de las cosas es eterno.

Igual que en la academia soviética, si la globalización termina siendo tan solo algo temporal y reversible, los manuales a los que alguna vez se les rindió pleitesía quedarán en el olvido.

Pero hay una gran diferencia: los disidentes de la era soviética lucharon por la democracia y los derechos humanos bajo el concepto general de “Occidente”. Para nosotros, si triunfa el populismo xenófobo, no habrá “Occidente” al que aspirar: si las sociedades democráticas siguen el mismo camino que la Hungría de Orbán, no habrá ninguna potencia externa para ayudarnos.

Nosotros somos nuestra última gran esperanza. Y somos suficientes como para detener este segundo gran derrumbe que nos lleva hacia la oligarquía y el nacionalismo. Estamos conectados, somos conscientes, educados y, por ahora, psicológicamente resistentes. Para conectarnos y resistir, tenemos mucho que aprender de los que ya lo hacen de forma silenciosa en Rusia.

Tal vez la joven generación de críticos de Putin esté cargada de cinismo, cansancio y abstracción, pero su fe en el cambio es firme como una roca.

 

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Ezio MAURO, “Il populismo del potere” a La Repubblica (6-12-16)

http://www.repubblica.it/politica/2016/12/06/news/il_populismo_del_potere-153542712/?ref=HRER2-1

LA SEMPLIFICAZIONE assoluta della politica è stata inventata da Renzi come il post-linguaggio, dopo la fine delle ideologie, delle appartenenze, delle distinzioni di campo tra destra e sinistra. Arrivata alla sua forma estrema nella logica propria del referendum — la riduzione del discorso politico alla scelta basica tra un Sì e un No, senza sfumature — quella semplificazione si è imbizzarrita, disarcionando il suo cavaliere e gettandolo a terra sconfitto, senza rimedio.

Tutti gli elementi della grande semplificazione si erano riuniti in questo scontro referendario, e molti li aveva materializzati proprio il presidente del Consiglio, incautamente. Una riforma della Costituzione è cosa complessa, che va spiegata con pazienza nella sua logica e nella tecnica. Qui ha preso l’aspetto di un mezzo colpo d’accetta contro la “casta”, con riduzione dei senatori, dei loro stipendi, della loro potestà legislativa, senza la costruzione di un paesaggio culturale, storico e istituzionale che trasmettesse la sensazione di una modernizzazione governata del sistema, di una riforma rispettosa della cornice costituzionale, nella quale inserire un principio di innovazione coerente.

Renzi ha scommesso sulla voglia di cambiamento degli italiani, estenuati dall’inefficienza della macchina politica, dall’inefficacia di quella amministrativa e dall’improduttività di quella istituzionale. Ha scelto due bersagli grossi e facili, l’alto numero dei parlamentari e la rigidità del bicameralismo troppo perfetto. Ha pensato di proporsi come l’unico attore del rinnovamento, denunciando come conservatori o parrucconi tutti coloro che avanzavano riserve e obiezioni, o difendevano la Costituzione. Chiuso in questo recinto artificiale perfetto, ha poi esposto la collezione degli avversari rivendicandola, orgoglioso del loro numero e incurante della somma finale, nella convinzione di avere il popolo con sé.

Attacco alla casta, antiparlamentarismo, mozione degli istinti antipolitici: sono tutti elementi di un inedito populismo del potere che Renzi ha provato a impersonare nel tentativo — o nella tentazione — di disegnarsi un doppio profilo di lotta e di governo, usando le armi dell’antipolitica per combatterla. Come se il premier dicesse al sistema che doveva torcersi per salvarsi, e l’atto stesso del cambiamento diventava più importante della sua qualità. Come se fosse semplice parlare contemporaneamente la lingua del governo e quella dell’opposizione. Come se fosse possibile una dose omeopatica di antipolitica nel governo di una democrazia occidentale moderna.

Tutto questo ha prodotto una semplificazione simmetrica nelle opposizioni, ma ben più radicale ed estrema, perché libera nei linguaggi, nelle responsabilità, nelle contraddizioni. In questa raffigurazione del No, la riforma è diventata addirittura una prova di colpo di Stato, di gesto tirannico, di autoritarismo, mentre era evidente semmai la mancanza di autorità del governo, non altro. La mostrificazione di Renzi lo ha trasformato in una sorta di nemico del popolo e della democrazia, figlio naturale di Berlusconi, mentre è chiaro che il premier ha tutti gli altri difetti del mondo, ma nessuna delle quattro anomalie che distinguevano il Cavaliere dai leader moderati d’Occidente: il conflitto d’interessi, la legislazione ad personam, lo strapotere economico che gli ha consentito di comperare parlamentari a grappoli, lo strapotere proprietario del mercato televisivo del consenso.

A questo punto è scattata l’ordalia mortale, e il referendum si è trasformato in un plebiscito a favore o contro Renzi. E qui c’è il peccato capitale del presidente del Consiglio: non aver creduto nella politica, ma solo nel rapporto di forza. Non aver capito che l’ordalia compiva il miracolo di coalizzare l’incoalizzabile. Non aver compreso che solo dando un’anima politica al corpo scomposto della riforma si sarebbero selezionati i consensi e i dissensi su un asse riconoscibile e trasparente, evitando una sommatoria indistinta. Un discorso autenticamente riformista, progressista, sulla necessità di riformare la Carta rispettandone forma e sostanza probabilmente avrebbe perso per strada Verdini ma avrebbe guadagnato coerenza, selezionando anche nel campo del No.

Qui c’è forse il limite maggiore di Renzi. Pensare che la politica sia di volta in volta forza, istinto, tecnica e coraggio — ciò che certamente è —, ma non cultura. Il referendum è il risultato finale di questa visione. Quasi che Renzi avesse rinunciato al tentativo più ambizioso e necessario, l’egemonia culturale. Ma senza una base culturale la politica non vive di vita propria, bensì di rappresentazione. Mima la realtà e non l’impersona. Trasforma se stessa in performance, che si consuma mentre si compie, senza lasciare traccia dopo lo spettacolo, quando si accendono le luci. Coinvolge il cittadino, ma nel ruolo di spettatore seduto in platea, e non di soggetto che pretende rappresentanza. Consente e autorizza un immiserimento della contro-politica, che abbassa il livello del discorso fino agli stilemi della “schiforma”, sostenuta dai “poteri marci”.

Questa debolezza culturale e politica si lega con la rinuncia di Renzi a impersonare e usare il Pd, accontentandosi di comandarlo. Bisognava spendere tempo e impegno — la “grande fatica della democrazia” — per far diventare la riforma una conquista ragionevole di tutto il Pd, capace a quel punto di sostenerla a testa alta nel Parlamento e nel Paese, come aveva fatto con la candidatura di Mattarella al Quirinale. La riforma avrebbe trovato così una base materiale, un’anima culturale e un’identità politica, diventando espressione matura e condivisa di una sinistra di governo, non di un singolo contro tutti. Naturalmente questo avrebbe dato un “colore” alla riforma, il colore del riformismo. Ma avrebbe anche dato un destino di leadership compiuta a Renzi e di responsabilità coerente alla sinistra interna, che oggi compie invece il gesto contronatura di chi applaude la caduta del proprio governo: ancora una volta, e senza sapere se e quando ce ne sarà mai un altro.

Alla fine, dunque, Renzi cade su un problema di identità, inseguendo il tutto e rinunciando a impersonare la parte che gli si è affidata. È una mentalità eternamente minoritaria (titanica e minoritaria insieme), che abbiamo già visto in altri leader incapaci di rivestirsi della maestà di una storia comune, accontentandosi di controllarla. Pesa in questo la dannazione fratricida della sinistra, la sua vocazione cannibale con la delegittimazione permanente del leader da parte della minoranza interna. Ma pesa anche la convinzione che i partiti siano strumenti del Novecento, senza tradizioni e radici, quindi impersonabili a piacere dal leader del momento, come vestiti che si cambiano quando cambia la stagione. In questo disancoramento dalla storia e dalla cultura la politica vive di fiammate estemporanee, nascono gli innamoramenti per un leader subitanei ma senza radici, cresce all’improvviso il disamore, quando si gonfia l’onda delle promesse mancate, del risentimento sociale, della solitudine dei non rappresentati, della crisi più forte di ogni sovranità democratica.

Al fondo c’è il grande errore della post-politica, la convinzione che destra e sinistra siano categorie superate che non servono più per leggere il mondo e per rappresentarlo. Come se Trump e i populismi di casa nostra non fossero destra reale — anzi, realizzata — nei linguaggi, nei disegni, nei programmi, nella cultura. Nell’età del trumpismo, di Salvini e di Grillo ci sarebbe bisogno di una sinistra di governo moderna, occidentale, europea, finalmente risolta invece di inseguire l’indistinto, che è un campo vasto, ma non ha un’anima. E la politica, come un buon diavolo, fa commercio di anime: senza le quali, come dimostra il referendum, va a fondo.

 

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Pau MARÍ-KLOSE, “¿Es Hollande un traidor?” a el diario.es (6-12-16)

http://www.eldiario.es/zonacritica/Hollande-traidor_6_588001204.html

Hollande ha anunciado que no se presentará a la reelección. Se trata de una anomalía en un país donde desde 1974 todos los presidentes (Giscard d’Estaign, Mitterrand, Chirac y Sarkozy) han optado a la reelección tras su primer mandato (y solo Sarkozy fracasó en su intento). Probablemente se trataba de una decisión inevitable para Hollande, que le ahorra una dolorosa derrota en la primera ronda de las presidenciales (en caso de haber superado las primarias de su partido).

Hollande ha sido acusado de defraudar las expectativas de la ciudadanía y de aplicar un programa liberal, alejado de las tradiciones de la socialdemocracia. El juicio que ha merecido su presidencia admite generalmente pocos matices. Las críticas han sido extraordinariamente duras desde el inicio de su mandato, pero se han acentuado especialmente desde que Manuel Valls asumiera la dirección del Ejecutivo. Valls tiene una merecida reputación de político socioliberal, ganada a pulso por su indisimulado empeño en introducir en la agenda socialdemócrata planteamientos liberales. Admirador devoto de Blair y de Clinton, ha prodigado declaraciones en que reivindicaba el papel de la responsabilidad individual, la necesidad de reforzar la seguridad ciudadana o apostaba por el control de la inmigración. Suya es una famosa frase en la City de Londres en que proclamaba solemnemente (en inglés) que su gobierno era pro-business.

No hay que buscar mucho en la etapa de Hollande para encontrar “pruebas” que acreditan un acercamiento a postulados ajenos a la socialdemocracia francesa tradicional. Hollande pertenece a una estirpe de nuevos políticos socialdemócratas que no han escondido su obsesión por fomentar la competitividad. La premisa ideológica de semejante obsesión es que la mejor forma de repartir y promover la justicia social es hacerlo después de haber asegurado cotas elevadas de crecimiento.

Resulta tentador vincular este planteamiento a la reorientación de las políticas socialdemócratas que representó la Tercera Vía en el Reino Unido o la Neue Mitte de Schroeder en Alemania.  Pero el giro programático, que implicó la renuncia a recetas keynesianas y la apuesta por políticas de oferta para mejorar la competitividad, es anterior y mucho más generalizado. Había comenzado ya en la década de los ochenta en diversos países: Hawke en Australia, Lange en Nueva Zelanda, Vranitzsky en Austria, Carlsson en Suecia, González en España, o incluso Rocard en Francia. Todos toman un nuevo rumbo tras comprobar el estrepitoso fracaso de las políticas intervencionistas clásicas adoptadas durante los primeros meses del gobierno Mauroy en 1981, bajo la presidencia de Mitterrand.

Hollande se ha aplicado a fondo para reflotar la competitividad de la economía francesa, bastante maltrecha en los últimos años cuando se la compara con la de países de su entorno, especialmente en sectores empresariales exportadores y de alto valor añadido. Las iniciativas en este campo, que a ojos de muchos tienen un tinte marcadamente “liberal”, coexisten con una agenda bastante ambiciosa de medidas de corte socialdemócrata clásico, encaminadas a promover la justicia social y el horizonte vital de los más vulnerables.

Una de las iniciativas más controvertidas de Hollande ha sido la introducción de desgravaciones por valor de 20.000 millones sobre las cotizaciones sociales de las empresas con el fin de mejorar su competitividad. La iniciativa se enmarca en un paquete (Pacte compétitivité-emploi) encaminado a reducir los costes laborales, que a juicio de muchos analistas son el principal factor responsable de la pérdida de competitividad de la industria francesa.

Pero junto a este tratamiento favorable al tejido productivo francés, Hollande no ha renunciado a buscar nuevas bases fiscales para financiar sus políticas entre los grupos más favorecidos. Aparte de eliminar exenciones fiscales introducidas por los gobiernos de Sarkozy, incrementó el tipo marginal a ingresos superiores a 150.000 euros al 45%. Intentó introducir un “impuesto a millonarios” (con un gravamen del 75%), pero su iniciativa fue declarada inconstitucional, tras levantar gran polvareda entre famosos e influyentes millonarios (la medida provocó una amenaza de huelga de los clubs de fútbol y la petición del actor Gerard Depardieu a Putin de que le fuera concedida la ciudadanía rusa en protesta contra el proyecto). En una segunda intentona Hollande consiguió aprobar una ley que gravaba a las empresas que pagaban sueldos superiores a un millón de euros, aunque el alcance recaudatorio de la ley era significativamente menor.

Hollande y su Gobierno han soliviantado a sectores de su partido y a parte de su propio electorado con una reforma laboral (la ley El Kohmri) que promueve la negociación laboral a nivel de empresa (y con ello la flexibilidad interna) y abarata el despido, lo que en un contexto como el francés caracterizado por su elevada protección laboral, ha sido interpretado como un ataque a conquistas sociales de la clase trabajadora.

Pero no hay que pasar por alto los enormes problemas del mercado de trabajo francés que esta reforma aborda, y en particular, los elevados niveles de segmentación, que condenan a la precariedad y la falta de perspectivas a capas muy importantes de población outsider, especialmente joven e inmigrante. En este sentido, la nueva ley vino acompañada de un tratamiento fiscal desfavorable a los contratos temporales para desincentivar su uso, medidas ambiciosas para reforzar la protección de derechos de los desempleados, generosas subvenciones a los procesos de formación y aprendizaje en las empresas, o la expansión de la “Garantía Juvenil”.

Las iniciativas de Hollande han levantado ampollas en otros colectivos “protegidos”. Un buen ejemplo es la Ley Macron. Promovida con el objetivo de introducir elementos de flexibilidad y competencia en mercados altamente regulados, la ley desató una movilización sin precedentes por parte de profesionales del ámbito legal, encabezados por los notarios.

Pero la agenda de Hollande presenta también enfoques programáticamente más próximos a los que despliega tradicionalmente la socialdemocracia en otros países. Así, unas de sus primeras medidas fue revertir (parcialmente) el aplazamiento de la edad de jubilación desde los 60 a los 62 años (promovido en la etapa Sarkozy), permitiendo que los trabajadores con historiales contributivos de al menos 40 años pudieran anticipar la jubilación a los 60 años.

Igualmente, para dar cumplimiento a una de sus promesas estrella de campaña, una de las primeras medidas de Hollande al llegar al gobierno fue el incremento del salario mínimo para compensar la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores con las remuneraciones más bajas (la medida benefició a unos dos millones de trabajadores). Con ello Francia pasaba a tener el salario mínimo más alto de Europa, después de Luxemburgo.

Una de sus medidas con sello progresista más ambiciosas ha sido una nueva ley educativa, mimada presupuestariamente para dotar a las escuelas de más personal y reforzar apoyos económicos para el estudio. Aunque la reforma resultó enormemente polémica por la intención de la ministra Belkacem de introducir en el currículo la enseñanza de los orígenes y expansión del Islam, el objetivo principal de la misma, explícito en distintas declaraciones de los ministros socialistas, ha sido promover la igualdad de oportunidades para posibilitar que la escuela deje de reproducir desigualdades profundamente arraigadas en la sociedad francesa.

Nada indica que las actuaciones del Gobierno francés en esta etapa hayan incidido negativamente sobre los niveles desigualdad o pobreza. El coeficiente de Gini ha descendido del 30,5 en 2011 al 29,2 en 2014, y la pobreza relativa del 14,1% al 13,6%.  Si bien es indudable el giro centrista que Hollande imprime a alguna de las políticas tradicionales del PS, parece injusto juzgar a sus gobiernos solo por sus declaraciones o iniciativas más controvertidas. Los gobiernos de Hollande han apostado claramente por la contención del gasto público. Pero lo hacen en un marco excepcional. Con un 57% del PIB en 2015, Francia es, junto a Finlandia, el país de la UE que destina partidas más grandes al gasto público. El 33,7% representa gasto social, nivel que se ha mantenido prácticamente inalterado durante toda la etapa de gobiernos socialistas.

Al margen de los desaciertos que sin duda sus gobiernos han tenido, Hollande parece haberse enfrentado a algunos de los fantasmas que hostigan a la socialdemocracia en occidente durante los últimos años de crisis. Las medidas de desregulación que ha promovido para fomentar la competitividad han soliviantado los ánimos tanto de poderosos “intereses creados” como los de algunos de sus bases de apoyo tradicionales, sin que haya sabido construir coaliciones electorales alternativas. Lejos de eso, los socialistas han mostrado torpeza para persuadir a colectivos vulnerables de que sus políticas iban encaminadas a mejorar  su condición actual y sus horizontes vitales, anclados como están en una retórica tecnocrática que les dificulta comunicar los beneficios de sus políticas en términos que sus votantes puedan entender y con los que se puedan identificar.

Frente a ellos, se ha alzado con paso firme la retórica populista y xenófoba del Frente Nacional. Con mensajes simples, maniqueos y cargados de sentimentalismo, Marine Le Pen logra galvanizar los malestares y los miedos de contingentes cada vez más voluminosos de ciudadanos que se sienten vulnerables en un mundo globalizado y expresan desafección frente a unas reformas cuyos objetivos  no aciertan a comprender y cuyos resultados (nunca inmediatos) no terminan de ver.

 

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Mariola URREA, “La reforma de la Constitución: ¿por qué, para qué, cuándo, cómo” a eldiario.es (7-12-16)

http://www.eldiario.es/zonacritica/reforma-Constitucion_6_588351187.html

La conmemoración del día de la Constitución se ha convertido, especialmente en los últimos años, en la ocasión perfecta para reactivar el debate político en torno a la conveniencia, necesidad, oportunidad y, en su caso, urgencia de iniciar un proceso de reforma constitucional. En esta ocasión,  el debate ha venido acompañado por la existencia de rumores, más o menos fundados, sobre la creación de algún mecanismo en el ámbito parlamentario que permita explorar el alcance de una reforma consensuada.

Las declaraciones del presidente de Gobierno el pasado 6 de diciembre no permiten, sin embargo, confirmar su voluntad de afrontar un proceso de reforma cuyo resultado podría ser incierto. No se trata de adivinar las intenciones reales de Mariano Rajoy, resulta más interesante, a mi juicio, ofrecer algunas razones que demuestran la necesidad de la reforma constitucional. Para ello trataré de responder, de una parte, al porqué y al para qué de la reforma y, de otra, al cuándo y al cómo abordarla.

¿Por qué? Porque España necesita abrir una etapa política encaminada a actualizar y mejorar nuestra arquitectura jurídico-institucional siguiendo los mecanismos constitucionalmente establecidos al efecto. Plantear una reforma constitucional no es un ejercicio de frivolidad. Tampoco es honesto atribuir a quien defiende la necesidad de una reforma la intencionalidad de querer destruir el sistema. La reforma constitucional responde, más bien, a la lógica de quien, respetando el sistema actual, utiliza los instrumentos por él previstos para actualizarlo y responder a los desafíos de una sociedad en continuo cambio que aspira a renovar las reglas que regulan su convivencia.

¿Para qué? Para perfeccionar un texto como el de la actual Constitución Española que, habiendo sido muy útil hasta ahora, da muestras de cierto agotamiento en las respuestas a los problemas de una España que se parece poco a la de 1978. Así ocurre con aspectos claves de la arquitectura que sostiene el modelo territorial. También pasa con el modelo de financiación autonómica. Nadie duda tampoco de la conveniencia de perfeccionar el procedimiento mediante el que se garantiza la participacion de España en la Unión Europea. Ni probablemente sobre la exigencia de acomodar el sistema electoral actualmente vigente.

Por último, no es cuestión menor apreciar la necesidad que tiene la monarquía de legitimarse democraticamente, una vez el relevo en  la Corona se ha realizado sin sobresaltos. Y, por supuesto, la ‘cuestión catalana’ nos advierte sobre la conveniencia de afrontar con audacia una reforma para ensanchar los espacios jurídicos que permitan acoger, con garantías para la unidad del Estado, una actualización del modelo autonómico susceptible de corregir ineficiencias y absorber algunas de las actuales tensiones territoriales.

¿Cuándo? Mejor ahora. Somos conscientes de que hay quien aprecia en el momento actual una situación demasiado inestable para afrontar con garantías de éxito una reforma constitucional. Los efectos de la crisis económica, el desafío territorial de Cataluña, la crisis del PSOE, la fragmentación parlamentaria, la desafección hacia la política y sus representantes conforman un escenario, en opinión de algunos, no muy proclive para aventuras políticas. Sin embargo, quienes así se expresan caen, a mi juicio, en el error de convertir en una amenaza lo que en realidad no deja de ser un contexto que puede tener rasgos estructurales y que, en consecuencia, los poderes públicos deben acostumbrarse a administrar con cierta naturalidad.

¿Cómo? La reforma constitucional que parece necesitar España requerirá, por los ámbitos susceptibles de reforma, la puesta en marcha del procedimiento agravado que describe el artículo 168 de la Constitución vigente. Su tramitación requiere la consecución de mayorías muy reforzadas, la disolución de las Cortes, la ratificación de la reforma aprobada por unas nuevas Cortes y la convocatoria de un referéndum. Un proceso largo y difícil de abordar con éxito pero garantiza, sin duda, la consecución de los consensos imprescindibles para validar el resultado al que se pudiera llegar.

Mas allá de todos los elementos expuestos, resulta oportuno recordar que no habrá reforma de la Constitución duradera si la sociedad no acompaña el proceso, lo conoce, lo reconoce como propio y, finalmente, acepta su resultado. El consenso que exige un texto constitucional no es solo el que se deriva del imprescindible acuerdo parlamentario, sino especialmente el que la Constitución obtiene a través del resultado que en su momento arroje el preceptivo referéndum. Este es, en realidad, el verdadero desafío que conlleva cualquier proyecto ambicioso de reforma constitucional. ¿Cómo estamos dispuestos a hacerle frente?

 

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Esteban HERNÁNDEZ, “El final político de Errejón (en el momento de urgencia del sistema)” a El Confidencial (9-12-16)

http://blogs.elconfidencial.com/espana/postpolitica/2016-12-09/final-politico-errejon_1300851/

Nuestro sistema tiene varios problemas, pero quizá el más llamativo sea el de su ineficiencia, o por decirlo de otra manera, la incapacidad gestora de sus élites incluso para conseguir aquellos resultados que pretenden. Los acontecimientos de las últimas semanas son una prueba evidente: toda Europa insiste en el gran peligro que acecha, el del auge de una extrema derecha que puede poner en riesgo la convivencia en el norte de Europa y el de un populismo que puede llevar a la ruptura de la UE en el sur, y sin embargo, nada se hace para limitar su alcance.

Incontables declaraciones del entorno político, reflexiones periodísticas sin fin, y advertencias de grandes males se han citado en el espacio público de los últimos días; parece que el populismo es un gran problema y que todo el mundo está pensando cuáles son las mejores formas de ponerle freno. Pero no, más al contrario. Las reacciones de nuestros mayores responsables económicos han sido ejemplares en este sentido. Wolfgang Schaüble, ministro alemán de finanzas y uno de los hombres con más peso en la eurozona respondió al desafío populista con gran sentido de la oportunidad, asegurando que “Grecia tiene que hacer más reformas o abandonar el euro”. Jeroen Dijsselbloem, el presidente del Eurogrupo, también tiene las cosas claras, y ha venido a decir que no es preocupante, porque hay inestabilidad política pero no económica, que la primera es parte de la democracia y que no pasa nada, porque, como todos sabemos, la inestabilidad política nunca produce inestabilidad económica.

Combustible al fuego

Esta es la clase de respuestas que está provocando que los problemas sociales aumenten, y con ellos fuerzas peligrosas. Todo el ascenso del populismo continental proviene de las dificultades materiales y la falta de perspectivas vitales a las que está abocada buena parte de la población europea. Parece obvio pensar que, para frenar a estas formaciones, bastaría con dar un giro, estabilizar las condiciones materiales de la gente, generar más trabajo y fijar políticas que aumentasen el bienestar. Pero, más al contrario, se ha optado, una vez que el problema se manifiesta, por arrojar combustible al fuego, insistiendo en profundizar en las fórmulas económicas que más nos debilitan como sociedad. Ni siquiera la modesta propuesta del comisario europeo de Asuntos Económicos, Pierre Moscovici, de aportar un estímulo fiscal con el objetivo de generar crecimiento ha sido tomada en cuenta por el eurogrupo, en una decisión absurda.

Pero si en lo económico la ceguera es grande, en lo político no es menor. No han sido especialmente hábiles a la hora de afrontar discursivamente este malestar creciente: el Brexit (como ocurrió con el triunfo de Trump) parte de una muy mala gestión de los argumentos y de la elección de personas poco apropiadas para encarnarlos. En Francia está repitiéndose el error con la elección de Fillon como candidato de la derecha, y es de suponer que estas equivocaciones continuarán produciéndose en un contexto en el que los políticos del establishment pierden legitimidad y carisma frente a sus votantes.

Sin contrapoder

Pero frente a esta torpe gestión de las élites, nada aparece en el horizonte que pueda hacernos pensar en un cambio de rumbo. En este sentido, lo llamativo no es tanto que quienes están al frente se equivoquen como la ausencia de alternativa. La vieja socialdemocracia europea, el contrapoder típico durante estas décadas, se encuentra en retirada, y sus últimos líderes han contribuido a ello. Ni Hollande ni Renzi han variado un ápice la hoja de ruta trazada desde Bruselas, y tampoco las fuerzas socialistas de cada país se adivinan como una opción que pueda alterar el orden de las cosas.

Es decir, que cuando el descontento que los dirigentes de la UE han creado comienza a estallar, de modo que incluso europeístas convencidos comienzan a pensar si a sus países no les iría mejor en solitario, no encontramos nada en el horizonte como alternativa salvo los populismos de derechas, que más que una resistencia real son una aceleración en clave nacional de las mismas fórmulas.

Leyendo el Marca

Sin embargo, esta ausencia de perspectivas no se da sólo en el plano europeo y el caso de nuestro país es ejemplar. Rajoy se ha pasado diez meses leyendo plácidamente el Marca esperando que sus oponentes se despeñasen, y cuando han llegado al grado adecuado de autoinmolación, se decidió a dar el paso adelante y a ponerse al frente del Gobierno. Lo malo es que parece que todo seguirá por el mismo camino: nuestro presidente recogerá la receta de Bruselas, la aplicará con el apoyo de sus teóricos adversarios, como Ciudadanos y PSOE, y volverá a sentarse a leer el Marca. No se adivina quién puede ejercer de oposición en los próximos tiempos: los de Rivera lo tienen muy difícil para sobrevivir a todo el tiempo que pasarán haciendo seguidismo del PP, como ha ocurrido con otros partidos centristas que se aliaron con el gobierno (los de Clegg y Bayrou, por ejemplo) y el PSOE bastante tiene con no hacer crack, cosa que le resultará difícil si acaban eligiendo a Susana Díaz como líder del partido.

Sí, quedaría Podemos, pero eso sí que es un caso aparte. Son el único partido europeo de izquierdas que ha logrado generar esperanza en su estrato ideológico: todo apuntaba a que iban a consolidarse como una fuerza sólida de oposición, al menos situándose como segunda formación nacional, y como el partido que podría enseñar el camino a sus afines continentales, porque tenían la fórmula para pasar de la irrelevancia al papel protagonista. No ha sido así, y nada indica que lo sea en el futuro cercano. Si el PSOE anda en estos momentos enredado en sus peleas internas, Podemos ha decidido, como mejor manera de aprovechar el hueco que dejaban los socialistas, hacer lo mismo.

En algo os habéis equivocado

Han puesto en marcha un nuevo congreso, que llaman Vistalegre II, con un único objetivo, apartar del horizonte a Errejón y los suyos. Y no es una exageración, sino que es una consecuencia de la lógica interna que ha determinado el partido desde que comenzó su andadura, ese “conmigo o contra mí” que ha marcado a su líder. La noche de las segundas elecciones generales debía ser el inicio de la reflexión, de valorar qué se había hecho mal. Porque en algo no se había acertado: si en un contexto de crisis económica, con las clases populares y las medias debilitadas, con un partido en el poder azotado por la corrupción y abandonado por parte de los suyos a causa de su gestión de la crisis, y con los socialistas a punto de implosionar, todo lo que consiguieron fue convertirse en el tercer partido, y eso tras diversas alianzas, es que se equivocaron seguro.

Pero en lugar de abrir esa reflexión prefirieron iniciar la guerra, porque Iglesias pensó que la culpa del fracaso era de Errejón, y este tenía claro que la culpa era de Pablo. De manera que cuando, con la pelea del PSOE, podían ganar de rebote aquello que les habían negado las urnas, se dedicaron a la confrontación pública en clave interna. El resultado será el fin político de los errejonistas, la conversión de su líder en una figura decorativa, y la profundización en la decadencia de Podemos. Pero la operación para acabar con Errejón va más allá de la persona que lo encarna, es la prueba más palpable de la ineficiencia de las organizaciones políticas actuales y de su incapacidad para gestionar el capital humano y simbólico con el que cuentan. No es un problema de Podemos, es generalizado.

Momento histórico

De manera que ahí estamos, con unos dirigentes que hacen todo lo posible para que crezca el descontento social y con ellos los populismos, y unas fuerzas de oposición que se empeñan en no ocupar el lugar que les correspondería. Pero hay algo que quizá no entiendan: estamos en un momento histórico de urgencia, ese en el que Europa puede ir hacia un lugar o hacia otro, y están poniendo todo de su parte para que nos dirijamos hacia el peor destino. Estamos inmersos en un escenario de cambios acelerados, instigados por las finanzas y la tecnología, a los que hay que darles respuesta. Hace poco Stephen Hawking señalaba que vivimos un momento crítico para la historia de la humanidad, y que nuestras élites no están a la altura.

Es cierto, y es incomprensible que gente como Schaüble (y tantos otros) sigan luciendo orgullosos su legendaria miopía social, pero todavía se entiende peor que esa misma estupidez esté presente en quienes deberían plantar cara para que tengamos un futuro mejor. Si van a seguir por el mismo camino, la única salida real es dejarlo. Deberían irse: el momento histórico exige respuestas a la altura, y no gente que, como la del PSOE y la de Podemos, está pensando en términos de quiénes ganarán sus congresos. Vendrán otros, habrá otras posibilidades, que siempre serán mejores que esta situacíon de taponamiento. Si todo lo que se les ocurre es pelearse entre ellos en lugar de escuchar a la gente, es que no han entendido nada. Ni de la política, ni de la economía, ni de nuestra sociedad.