Presentació

Una manera útil d’aproximar-se a quina serà la conducta de Donald Trump com a president és fixar-se en el precedent que tenim més a mà, que no és altre que Silvio Berlusconi. Tots dos coincideixen en la seva condició d’empresaris immobiliaris, carregats de conflictes d’interessos entre les seves activitats privada i política, i en la projecció d’una imatge de potentat populista. Bill Emmott extreu sis lliçons del precedent berlusconià: no subestimar Trump de cap manera … que estarà en  campanya permanent a la TV i a les xarxes socials … i que no dubtarà a presentar-se com a víctima dels seus adversaris … i no renunciarà a l’ús dels insults i les mentires … que primarà les lleialtats personals sobre les institucionals … i que exercirà una diplomàcia personalista atret pel mite de l’home fort. De la mateixa manera poden extreure’s lliçons del fracàs de l’antiberlusconisme, com apunta Luigi Zingales, evitant centrar l’oposició a Trump en la seva personalitat i procurant tractar-lo com un polític ordinari amb el que pactar i dissentir segons cada política concreta.

La mort de Fidel Castro pot ser interpretada com un final simbòlic del mite de la revolució romàntica (Lluís Bassets) que el “Comandante” va saber conrear amb una gran capacitat histriònica i mediàtica. Però el mite no pot amagar la realitat frustrant dels resultats de la revolució cubana tant a la mateixa illa de Cuba com al conjunt de Llatinoamèrica. Enrique Krauze va escriure fa un any i mig, arran del desgel de les relacions entre Cuba i els Estats Units, un lúcid assaig -basat en la bibliografia més recent- sobre l’evolució des de la “terra promesa” de l’alliberament antiimperialista a la dictadura comunista, sense obviar l’ús arbitrari del poder per part de Fidel Castro. En la segona part de l’assaig, Krauze analitza les reformes introduïdes per Raúl Castro i l’evolució de la política nordamericana sobre Cuba.

En el debat inacabable sobre el caràcter dels nous fenòmens polítics i dels esdeveniments que els expressen és recurrent l’ús del concepte de populisme, esdevingut un lloc comú i devaluat de significació. Manuel Arias Maldonado intenta un exercici de clarificació en el seu llibre recent “La democracia sentimental”, en el que identifica el “gir afectiu” en la política i en les ciències socials com un dels components essencials de la nova política que posa en qüestió el model de la democràcia representativa. Un exemple d’aquest esforç de clarificació conceptual el tenim en l’article en que disecciona el concepte de liberalisme en cinc estrats (govern limitat, mercat lliure, autorrealització personal, interdependència i heterogeneïtat) i distingeix entre “el liberalismo como método (uso público de la razón, neutralidad moral estatal, conversación entre ideologías rivales) y el liberalismo como concepción del bien (una determinada concepción del sujeto y de la sociedad)”.

Des d’una convicció profundament democràtica i oposada al populisme “purificador”,  Miguel Pasquau adverteix contra la falsa resposta tecnocràtica al desafiament populista, en tant que substreu del debat i la decisió democràtica qüestions fonamentals per a la ciutadania i es complementa amb una exacerbació de les polítiques de seguretat i amb una manipulació de la informació. Al mateix temps es mostra crític amb la deriva de Podemos:  “estaríamos defendiendo más que a “Podemos”, a “Podríamos”, es decir, a una socialdemocracia tan dura como consciente de las dificultades, liberada de los dogmas comunistas (no se confundan tales dogmas con el análisis marxista de la realidad) y capaz de oponer resistencia a los intereses elitistas en un forcejeo para el que requeriría altas dosis de energía popular. Añado, con todas mis fuerzas: y sin pretender la construcción de un “nosotros” redentor y éticamente superior por hipótesis, porque entonces sí se aproximaría al populismo purificador”.

En el mateix sentit, Pierre Rosanvallon, un clàssic de la reflexió sobre la democràcia i el populisme, considera que la manera més eficaç de combatre el populisme és afirmar la raó democràtica tot aprofundint en una concepció de la democràcia postelectoral: no s’ha de simplificar la democràcia, sinó fer-la més complexa, multiplicant els registres d’expressió de la voluntat general, ampliant les modalitats de la representació i desenvolupant noves formes de deliberació pública.

 

Bill EMMOTT, “El Berlusconi de Estados Unidos” a Project Syndicate (26-11-16)

https://www.project-syndicate.org/commentary/berlusconi-lessons-about-trump-by-bill-emmott-2016-11/spanish

En las últimas semanas el mundo ha estado tratando de adivinar la conducta que tendrá Donald Trump una vez asuma el cargo y las políticas que impulsará tras una larga campaña de declaraciones contradictorias. Los ex presidentes estadounidenses que también fueron empresarios (Warren G. Harding y Herbert Hoover) ejercieron hace demasiado tiempo como para dar alguna orientación. Pero hay un precedente en Europa: el italiano Silvio Berlusconi.

Berlusconi fue pionero de lo que Trump ha logrado. Como él, es un empresario que inició su fortuna en el negocio inmobiliario. Cuando entró a la política en 1994 era un forastero aunque, igual que Trump, durante largo tiempo había estado rodeado de personas que conocían bien el sistema.

Los parecidos no acaban allí. Tanto Trump como Berlusconi estaban muy familiarizados con los entresijos de los tribunales; Trump se ha movido rápido desde las elecciones para resolver las demandas por fraude contra la Trump University, pero tiene abiertas cerca de 70 otras demandas contra él y sus empresas. Y ambos tienen una serie de conflictos de interés con su papel de jefe de gobierno debido a la extensión de sus imperios comerciales.

Al igual que Trump, Berlusconi se las arregló para presentarse al mismo tiempo como un potentado y un populista. Prefería comunicarse directamente con la gente, por encima de los medios tradicionales y las estructuras partidarias. De alguna manera, su preferencia por las mujeres glamorosas y las residencias ostentosas elevaba su arrastre popular.

La comparación entre Trump y Berlusconi está lejos de ser superficial. De hecho, la experiencia de Italia con Berlusconi -o il cavaliere (el caballero), como se lo conoce en su país- da seis claras lecciones sobre lo que los estadounidenses y el mundo pueden esperar de Trump.

Primero, nadie debería subestimar al próximo presidente de EE.UU. Ya ha desafiado las expectativas: pocos esperaban que siquiera ganara las primarias republicanas. Sin embargo, muchos siguen prediciendo su inminente caída, suponiendo que no durará más de cuatro años en la Casa Blanca, si es que antes no se le destituye mediante un juicio político.

La experiencia de Berlusconi cuenta una historia diferente. También sus contrincantes lo subestimaron una y otra vez. Los comentaristas lo consideraban demasiado ignorante e inexperto para durar como primer ministro, suponiendo que no sobreviviría al tira y afloja de la política o las presiones del gobierno.

Sin embargo, Berlusconi sigue siendo una de las figuras centrales de la política italiana. En los últimos 22 años ha ganado tres elecciones generales y sido primer ministro durante 9 años. Cada vez que los periodistas o intelectuales han intentado llevarlo a un debate público, han perdido. Los críticos de Trump (de hecho, todos los observadores estadounidenses) deberían tener eso en mente.

La segunda lección es que probablemente Trump lleve en lo esencial una campaña política permanente, imponiendo su presencia sobre la mesa. A menudo Berlusconi ha hecho uso de la televisión para tal fin, en especial sus propios canales comerciales. En lugar de conceder entrevistas que no puede controlar, solía trabajar con sus acólitos preferidos, o simplemente hablaba en directo a la cámara. Más de algún programa de debates políticos se ha visto interrumpido por una llamada del primer ministro exigiendo intervenir.

De Trump podemos esperar no solo que siga con sus ráfagas de tuits, sino el uso de la televisión especialmente programas de tertulias y otros canales para hablar directamente a la gente. La decisión de Trump de hacer público un vídeo de YouTube de dos minutos y medio en que enumeraba sus prioridades, en lugar de una conferencia de prensa, refuerza esta idea. Si bien puede parecer una actitud poco presidencial, funciona… al menos si la ejecuta un maestro del mercadeo que no se toma los hechos muy en serio.

La tercera lección del éxito de Berlusconi es que incluso alguien muy rico y poderoso puede presentarse como víctima. De hecho, incluso estando en el cargo, denunciaba ser atacado por el poder judicial, sus rivales de negocios, los “comunistas” o el sistema político.

Podemos esperar que Trump haga lo mismo cuando se dé el caso. No importa que sea un multimillonario nacido en cuna de oro o que en las próximas elecciones sea el mandatario en funciones. Se presentará como víctima de los ataques de enemigos egoístas e interesados.

La cuarta lección es que va a haber insultos. Berlusconi usó sus periódicos y canales de televisión para ensuciar con tanta fuerza a sus oponentes que el escritor Roberto Saviano las llamó macchina del fango o “máquinas de enlodar”.

Los ataques de Trump a los medios de comunicación, a menudo a través de Twitter, anuncian esto, así como sus promesas de campaña de “abrir las compuertas” de las leyes antidifamación. Es probable que su principal agente en este ámbito sea su recién nombrado estratega en jefe, Stephen Bannon, ex director de la ultraderechista Breitbart News.

La quinta lección es que probablemente Trump aprecie la lealtad por sobre todo en su gobierno, tal como lo hiciera Berlusconi. Ya ha convertido a sus tres hijos mayores (que se supone han de administrar sus negocios durante su mandato) en actores clave de su campaña y equipo de transición.

Puede que las leyes federales prohíban a Trump nombrar a sus hijos en cargos de gobierno, pero no hay duda de que seguirán al centro de la toma de decisiones. Ya su hija Ivanka Trump y su esposo, Jared Kusher, estuvieron presentes en el primer encuentro de Trump con un jefe de gobierno, el japonés Shinzo Abe. Hasta los nombramientos de Trump que no pertenecen a su familia (a menudo figuras polémicas o radicales que no tendrían cabida en ningún otro gobierno) reflejan un énfasis en la lealtad personal.

La última lección de Berlusconi es que hay que tomarse en serio las expresiones de admiración hacia hombres fuertes como el Presidente ruso Vladimir Putin.  Las narcisistas que van por libre, como Berlusconi y Trump, suelen preferir llegar a acuerdos a título personal y a otros autócratas como interlocutores. Las visitas favoritas de Berlusconi al exterior mientras se desempeñaba en el cargo eran a la dacha de Putin y a la tienda del ex dictador libio Muammar Gadafi, no a tediosas reuniones del Consejo Europeo ni cumbres del G-20.

No obstante, en último término hay una diferencia clave entre Silvio Berlusconi y Donald Trump. El primero no tenía un verdadero programa estando en el cargo, excepto beneficiar sus intereses empresariales y personales y fortalecer su propio poder dando recursos y haciendo favores a sus partidarios. Su mayor perjuicio a los italianos fue su inacción ante el estancamiento económico, pero al menos no lo empeoró. En contraste, Trump sí lo tiene, por difícil que sea de descifrar. Está por verse si las cosas mejorarán o empeorarán con él.

 

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Enrique KRAUZE, “¿La nueva Cuba?” a Letras Libres (11-04-2015)

http://www.letraslibres.com/espana-mexico/politica/la-nueva-cuba

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El novelista e historiador estadounidense Waldo Frank fue un partidario entusiasta de la Revolución cubana. Fascinado por América Latina, a lo largo de tres décadas había transferido a ella algunos de los temas centrales del profetismo hebreo. La imaginaba como una nueva Tierra Prometida donde todas las repúblicas de América reencontrarían su raíz política, “la visión democrática, judeocristiana, del hombre total”. En enero de 1959, cerca de sus setenta años, quiso ver el cumplimiento de su visión en el triunfo de la Revolución cubana. En el otoño de ese mismo año, por voluntad expresa de Fidel Castro, el gobierno cubano firmó con él un contrato para escribir una “biografía de Cuba”. Frank cobraría cinco mil dólares. Se titularía Cuba, isla profética. (1)

Frank retrataba vívidamente lo que a sus ojos era el renacimiento de Cuba: el reparto de la tierra, las campañas de alfabetización, el combate a las enfermedades y la mortandad infantil, la desecación de pantanos, la introducción de nuevos plantíos, la apertura de playas al pueblo, la construcción de hoteles, granjas, industrias, viviendas. Lo fascinaba sobre todo “el abrazo” entre Fidel, el redentor, y el pueblo cubano: “la multitud tenía de algún modo la forma de Castro [...] uno podía advertir su sentimiento de posesión, como si tuviera realmente la isla en sus brazos, ¡la isla entera!”. (2)  Pero, a juicio de Frank, Fidel no era un dictador, sino “un artista del poder que sin piedad rechazaba, seleccionaba y finalmente le daba forma”. (3) Ante semejante despliegue de creatividad y justicia, Frank opinaba que las elecciones eran un “retraso engorroso” y la libertad de prensa una “molestia”.

La historia del libro no tuvo un final feliz para Waldo Frank. Incómodos con algunas críticas que deslizaba sobre la evidente acumulación de poder personal por parte de Castro, los cubanos se rehusaron a publicarlo. Cuando una pequeña casa editorial de extrema izquierda, Marzani & Munsell, lo dio a luz en Nueva York, las críticas de izquierda y derecha fueron feroces. Solitario y amargado, Waldo Frank murió en 1967. (4)

La visión redentora de Frank fue similar a la de varias generaciones de jóvenes latinoamericanos (y a la de muchos de sus maestros) inspirados por la hazaña del David cubano que desafió al Goliat yanqui. La adopción formal del comunismo no afectó este amplio apoyo inicial, pero el entusiasmo fue mermando poco a poco, debido a las noticias y testimonios desconcertantes que llegaban de la isla: el proyecto de instalar misiles rusos, la creación de campos de trabajo en 1965, el alineamiento con los países de la órbita soviética en apoyo a la invasión rusa a Checoslovaquia en 1968, la represión de escritores críticos en 1971. En 1980, el éxodo a Miami de 125,000 cubanos dañó aún más la reputación del régimen. Pero la opinión pública en Latinoamérica tardó mucho en ver de frente el carácter dictatorial del gobierno cubano. Y en muchos casos no lo reconoció nunca, o lo relativizó (y lo relativiza aún ahora) realzando los logros sociales y educativos del régimen y el oneroso embargo de los Estados Unidos. A esta última categoría pertenece el libro Cuban revelations: Behind the scenes in Havana, cuyo autor es Marc Frank, nieto de Waldo y actual corresponsal del Financial Times y Reuters en Cuba.

Inspirado por el ejemplo de su abuelo, Frank llegó a Cuba en 1984, nos cuenta él mismo, a la “tierna edad de 33 años [como] un incansable cruzado de la justicia social”. Ahí ha vivido desde entonces. En 1995 se casó con una enfermera cubana, testigo y protagonista de la calidad de los servicios médicos cubanos. Con ellos viven las dos hijas de sus primeros matrimonios, de cuya formación escolar escribe: “sus maestros eran un ejemplo de dedicación, profesionalismo y seriedad en tiempos difíciles. El currículo era más que adecuado. Había poca propaganda”.

Cuban revelations se ocupa principalmente de la economía cubana en los últimos veinte años. Arranca con un breve pero intenso retrato de Fidel Castro en el ejercicio del poder absoluto: de 1994 a agosto de 2006, cuando una severa enfermedad limitó su participación en el gobierno. En 1993, con la desaparición de la Unión Soviética y la pérdida del subsidio (65 mil millones de dólares entre 1960 y 1990, 40% en préstamo, el resto un regalo), Cuba sufrió un colapso económico cuyos efectos no tenían precedente. Frank no deja de registrar algunos: huesos rotos operados sin anestesia, remate de los últimos y exiguos tesoros de las familias (libros, joyas), desaparición de los productos más necesarios (jabón, cerillos, toallas sanitarias) y el retorno de la prostitución abierta. Lo que siguió fue el “periodo especial en tiempos de paz”, eufemismo que implicó un repliegue ideológico (el abandono parcial del marxismo-leninismo, el acento en el nacionalismo antiestadounidense y la figura de Martí) acompañado de ciertas concesiones económicas toleradas por Fidel, como la circulación de dólares o los permisos a algunas actividades (mercados campesinos, pequeños restaurantes) prohibidas desde la extinción total de toda empresa privada en 1968.

Lo que Frank no registra es la directa responsabilidad de Fidel Castro en la crisis de 1993. La desastrosa política de “rectificación” que instrumentó entre 1986 y 1990, como reacción a la perestroika de Gorbachov (que detestaba), expandió el racionamiento, prohibió los mercados campesinos, acotó el autoempleo y revivió el llamado guevarista al trabajo voluntario. Todas estas medidas fueron contrarias a las que ahora ha puesto en marcha Raúl Castro. En opinión de Carmelo Mesa-Lago (experto ampliamente respetado en el estudio de la sociedad cubana, profesor emérito de la Universidad de Pittsburgh, cuya obra Frank no menciona), la “rectificación” fue quizá el error económico más grave y costoso en la trayectoria de Fidel porque impidió que Cuba realizara ajustes similares a los actuales que habrían podido amortiguar el retiro del subsidio soviético y evitar el terrible sufrimiento del “periodo especial de paz”. (5)

Lo más significativo para Frank fue la ausencia de agitación social. El único conato de violencia ocurrió en agosto de 1994: las manifestaciones conocidas como “el Maleconazo”. “Sin gases lacrimógenos, ni policía antimotines –escribe Frank–, la calma se restauró con la llegada (en camiones) de trabajadores armados con tubos.” Y finalmente llegó Fidel para controlar la situación. Ese mismo verano (en parte para aliviar la presión interna pero también para presionar al gobierno estadounidense a llegar a un acuerdo migratorio formal) Fidel permitió el éxodo masivo de cubanos que se conoció como “la crisis de los balseros”. Frank califica la escena como “bastante espectacular”. En realidad, fue mucho más: la desesperada irrupción del sector social más vulnerable de la población –los afrocubanos emigrados de Oriente– dispuesto a cruzar las noventa peligrosas millas que separan a la isla de Miami en balsas improvisadas construidas con viejos neumáticos, planchas de madera y sábanas.

La voz de esos cubanos, a quienes al parecer movía menos la falta de libertad política que la aguda necesidad y el hambre, no se escucha en el libro de Frank. Por lo demás, en ninguna parte del libro documenta –o siquiera consigna y menos condena– el sistemático control del aparato estatal sobre la vida de los cubanos que pudo haber inhibido la libre manifestación de descontento en ese o en cualquier otro episodio. Lo que sí leemos es una larga conversación entre Frank y una joven estudiante de psicología a la que en noviembre de 2007 dio un “aventón”. “¿Piensas que Fidel puede continuar?” La joven contestó: “Si tiene que venir otro, que sea exactamente como él, con sus mismas ideas, con su misma personalidad.” Frank no piensa muy distinto: llama a Castro “el último revolucionario romántico” y llega al extremo de compararlo con Nelson Mandela (paralelo absurdo, dado el compromiso de Mandela con la democracia genuina, los votos y los derechos humanos).

Sin explicar cómo obtiene la cifra, Frank calcula en un 30% la “zona gris” de los inconformes, pero aduce que el desencanto no radica en la aplicación dictatorial de la “ideología purista”, que explícitamente encomia, o en el miedo a la represión o la delación. El descontento, afirma, tiene su origen en las penurias materiales. Algo anda mal, reconoce, cuando una botella de aceite comestible cuesta el equivalente a tres días de trabajo. Y, para explicarlo, propone una analogía según la cual Cuba es como una company town estadounidense cuya tienda funciona mal: “tomaba horas de trabajo comprar medio kilo de arroz o frijoles, una cabeza de ajo, un pepino, un solo mango, algo de cebolla o unos tomates”.

Uno esperaría de Frank algún pasaje concreto sobre el sufrimiento material (de una familia, de una persona) dentro de la company town. No lo hay. Para encontrar esas imágenes de extrema necesidad y desesperación la alternativa es consultar a Yusnaby Pérez, joven ingeniero desempleado cuyo blog (yusnaby.com ) y cuentas de Twitter, Facebook e Instagram llegan a decenas de miles de personas. Armado con su teléfono celular operado desde España, Yusnaby se dedica a retratar hombres y mujeres que, bolsas en mano, vagan por las calles para “resolver” la subsistencia (“resolver” es un verbo esencial en la vida diaria en Cuba); el estante con botellas recicladas que contienen magras porciones racionadas de arroz, frijoles, chícharos; los ruinosos edificios de la vieja Habana; la madre soltera de cuatro escuálidos hijos que vive con veinte dólares al mes; los profesionistas jubilados que venden plátanos o encendedores en las calles; los jóvenes que escapan a Florida desafiando el riesgoso mar del Golfo. Cuban revelations no expone esa dimensión de la vida cubana: la oculta.

El libro de Frank no hace referencia a la amplia y sólida bibliografía académica que existe sobre la Cuba de hoy. Se trata de un largo reportaje de investigación periodística basado sobre todo en documentos de política interna provenientes del hermético sistema político, así como en testimonios de gente común en diversos nichos de la sociedad. A partir de 2007, ha emprendido un viaje anual de mil quinientos kilómetros desde La Habana hacia el este de la isla, con el objeto de observar los cambios en la vida económica a raíz de las reformas que comenzó a instituir Raúl Castro tras su inesperado arribo al poder en el verano de 2006, cuando Fidel Castro cayó víctima de una grave enfermedad intestinal que lo ha mantenido cada vez más alejado de los asuntos que, por cerca de medio siglo, fueron de su absoluto dominio.

Raúl nunca fue como Fidel ni tuvo su misma personalidad. Silencioso, pragmático, con una disciplina marcial y el apoyo de cuadros leales en el ejército y el partido, echó a andar una era de reformas midiendo la cobertura, la intensidad, los tiempos. Entre 2007 y 2009 operó cambios administrativos (cierre de los comedores gratuitos) o simbólicos pero importantes para los cubanos (acceso a hoteles antes exclusivos para turistas). Pero lo significativo fue la instrumentación política interna y externa, que Frank reconstruye minuciosamente. A partir de un discurso de Raúl y un documento elaborado por una comisión académica, se invitó a los ochocientos mil miembros del Partido Comunista a debatir las taras de la economía cubana. Fue el banderazo a una prolongada discusión de cuatro años originada desde arriba y limitada, desde luego, al funcionamiento económico de la company town, no a su estructura política y, menos aún, a su razón de ser.

Las modestas reformas de los noventa (aunque revertidas por Fidel a principios del siglo XXI) habían propiciado una lenta recuperación. Pero Cuba emergió de aquella crisis gracias a la exorbitante ayuda del gobierno chavista. El apoyo anual combinado de petróleo subsidiado, inversiones y pago en efectivo (por los servicios médicos sobre todo) sobrepasaría el subsidio soviético: solo en 2010 totalizó casi trece mil millones de dólares. No es casual que en su periplo anual Frank advirtiera las primeras señales de reanimación inducidas por el dinero de Venezuela: hornos eléctricos chinos, luz, gas, bicicletas. Pero llegó el verano de 2008, con devastadores huracanes naturales (Gustav e Ike) y financieros (la crisis en Wall Street, el derrumbe de las economías, caída del precio del petróleo) ante los cuales Raúl reaccionó avanzando un paso más en su peculiar “autocrítica”, muy común en la tradición soviética: había que salvar a la Revolución corrigiendo los “vicios”, los “errores” en que ella misma había incurrido. De pronto, los únicos periódicos de Cuba –Granma y Juventud Rebelde–, hasta hacía poco tiempo guardianes de la ortodoxia, entraron de lleno a la discusión pública fustigando a la burocracia. Según su propio diagnóstico, el gobierno de Raúl decretaba que el problema no era de estructura ni de modelo sino de “actitudes”.

La estrategia de legitimación tuvo su contraparte en la política exterior. La Unión Europea, que había cortado sus lazos de cooperación con Cuba a raíz del encarcelamiento de disidentes en 2003, restableció relaciones. El papa Benedicto XVI visitó la isla en 2012 y concertó la liberación de presos políticos que partieron al exilio en España. También América Latina cerró filas. La exitosa operación tuvo el propósito de forzar un cambio en la política de Estados Unidos frente a Cuba.

A partir de 2010 Raúl introdujo una batería de reformas estructurales: racionalización de las empresas estatales, despido de empleados innecesarios; expansión del empleo no estatal (el llamado “cuentapropismo”) y aliento a las cooperativas autónomas de producción agrícola y no agrícola; libre compraventa de autos y vivienda. En la segunda mitad de 2010, Raúl lamentó que Cuba fuese “el único país del mundo en que la gente puede vivir sin trabajar” y denunció “el enfoque excesivamente paternalista, idealista e igualitario que, en busca de la justicia social, instituyó la Revolución”.

Frank ilustra a lo largo del libro lo absurdo de muchas prácticas burocráticas. A partir de ahí explica la instrumentación de las reformas, registra los avances que percibe y sugiere algunos obstáculos. Ese largo reportaje analítico es el contenido principal del libro. Había que comenzar a desmontar al monstruo de las 3.700 empresas estatales que han manejado todos los ámbitos de la economía cubana (níquel, hoteles, tabaco, azúcar, agricultura, banca, transporte, comercio exterior, etcétera) a través de un enjambre de uniones ligadas a ministerios y al Partido Comunista. Según un reporte oficial 50% de estas empresas operan con pérdidas. Para encarar el problema, se ha planeado la creación de compañías holding más autónomas del gobierno. (Frank no se pregunta quién las manejará, pero parece claro: los hijos de la nomenklatura política y militar.) Paralelamente, el gobierno tuvo que reconocer la inflación en las plantillas laborales. Según cifras oficiales de 2011, alrededor de 1.8 millones de trabajadores eran superfluos. En el Ministerio de la Construcción, por ejemplo, veinte mil empleados se ocupaban de la seguridad y solo ocho mil de poner ladrillos. Había que transferir a estas personas al sector no estatal de la economía, ya sea al “cuentapropismo” o a las cooperativas no agrícolas o de servicios.

No sin lamentar los daños estéticos infligidos por la pequeña irrupción capitalista sobre el paisaje de antiguas ciudades señoriales como Santiago de Cuba, Frank observa la extraordinaria profusión de quioscos, carritos de refrescos y golosinas, pequeños restaurantes familiares y vendedores callejeros voceando de todo en las calles y caminos de Cuba: tomates, cebollas, yuca, ajo. Una visita a una cooperativa de taxis le revela las tensiones de la transición: antes, a cambio de unos cuantos pesos, los empleados mataban el tiempo sin hacer nada y podían llevar a la familia a la playa con todos los gastos pagados. Ahora hay que trabajar. Pero es difícil acomodarse a las nuevas reglas e impuestos, más aún si –como se quejan los cooperativistas agrícolas con quienes habla– la burocracia opuesta a las reformas los acosa por temor a perder su trabajo.

Frank cree que en Cuba se ha operado ya un cambio de mentalidad que ha dejado atrás el antiguo sistema soviético y avanza de manera irreversible hacia una forma de economía mixta y descentralizada. Carmelo Mesa-Lago, que ha monitoreado de cerca las reformas de Raúl Castro, es menos optimista. (6) Son similares a las que él ha venido aconsejando al régimen desde hace cuatro décadas. En términos generales, lo animan tres hechos: apuntan en el sentido correcto, no tienen precedente bajo el régimen de la Revolución y (ya sin el peso ideológico de Fidel) parecen irreversibles. Pero analizadas, en particular, las reformas pecan de excesiva cautela y lentitud, y enfrentan obstáculos (legales, burocráticos, profesionales, crediticios) que limitan su impacto de manera severa.

Los usufructuarios de la tierra, por ejemplo (alrededor de 174.275, según cifras oficiales), no han podido aumentar significativamente la producción por varios motivos: limitación temporal de sus contratos (en diez años el Estado puede o no renovarlos a discreción), obligatoriedad de vender parte de sus productos al Estado (que a su vez fija el precio de la cosecha), límite de inversión hasta 1% del tamaño de la parcela (aunque su dimensión máxima es de 67 hectáreas, esta disposición desincentiva obviamente el crecimiento de la producción). Otros obstáculos son la falta de experiencia y crédito, la prohibición de contratar empleados fuera de la familia y de vender con libertad productos básicos como carne, leche, arroz, frijoles, papas, naranjas. No es casual que los resultados de “cuentapropistas” y cooperativas hayan sido, hasta hoy, decepcionantes.

Al final de 2014 habían sido despedidos cerca de seiscientos mil empleados estatales (10% de la fuerza laboral, 36% de la meta oficial de 1.8 millones para el periodo 2014-2015). Pero la creación de empleos no estatales ha sido insuficiente para absorberlos. Los “cuentapropistas” autorizados pertenecen sobre todo al mundo de los oficios (payasos, mimos, cuidadores de baños, “desmochadores de palmas”), pero a los graduados universitarios (doctores, arquitectos, maestros) se les impide ejercer libremente su profesión: un arquitecto puede conducir un taxi pero la práctica libre de la profesión para la cual fue entrenado le está vedada (lo cual es un desperdicio del capital humano formado por la propia Revolución). A juicio de Mesa-Lago, el gobierno cubano debería emular la experiencia vietnamita o china, donde la propiedad privada, la capacidad de contratación y, en general, las libertades económicas de empresas e individuos son mucho mayores.

¿Qué ocurriría en Cuba si Venezuela sufre un colapso económico o político? Sería muy grave pero quizá no catastrófico, opina Mesa-Lago. Aunque nadie puede calcular con certeza la dimensión del subsidio de Venezuela a Cuba oculto tras los quince mil millones de dólares que ha alcanzado la relación comercial, se sabe que Venezuela absorbe ahora el 35% del déficit total de Cuba, cifra significativa pero nada comparable con el 72% que absorbía la urss. Aunque Venezuela satisface el 40% de la demanda de petróleo cubano, Cuba refina ya parte del petróleo y ha diversificado sus socios comerciales lo suficiente como para prevenir un colapso similar al de los años noventa. El gobierno cubano ha atribuido sus problemas al embargo estadounidense. Mesa-Lago lo ha denunciado siempre y su dictamen general es terminante: “la causa fundamental de los problemas de Cuba es la política económica del último medio siglo”. Y aunque los posibles cambios en la relación con Estados Unidos podrían mejorar el cuadro, nada le parece más importante (incluso para preservar los logros sociales) que el cambio de modelo económico. (7)

“La mayoría de los cubanos son disidentes, no ‘disidentes’”, escribe Frank. La disidencia respetable, la disidencia sin comillas, “busca cambiar las cosas mediante la reforma y evolución del sistema, no a través de una alianza abierta con el establishment político de Miami y Washington que quiere un cambio de régimen”. La disidencia entre comillas le parece una “mezcla de almas valientes, agentes oficiales y charlatanes en busca de dinero y visas”. Por eso celebra que los emisarios de la Unión Europea les nieguen audiencia. Las huelgas de hambre que practican, aunque han conducido a la muerte de alguno de ellos, le parecen una “táctica”. Este despectivo tratamiento –para decirlo con franqueza– degrada la legitimidad, la autenticidad y el valor de los disidentes que –en el pasado y el presente– han arriesgado su libertad y hasta su vida en una protesta hondamente sentida y justificada. Sobre el misterioso accidente de carretera que quitó la vida a Oswaldo Payá (el principal líder disidente de la isla cuyo plan de paulatina democratización interna, llamado “Proyecto Varela”, reunió veinticinco mil firmas y recibió un notable apoyo internacional), Frank solo emplea una palabra: “murió”. Las “Damas de Blanco”, que suelen marchar por la liberación de quienes “en opinión de ellas mismas” son presos políticos, le provocan cierta impaciente conmiseración. La intensa labor social, intelectual y militante de laicos ligados a la Iglesia no aparece en el libro.

Frank sostiene que en Cuba –sociedad mestiza– no hay un problema de racismo. Hace catorce años, en Una nación para todos, el historiador Alejandro de la Fuente demostró que, a partir de la crisis de los noventa, los prejuicios y tensiones raciales repuntaron en la mentalidad, las oportunidades profesionales, los medios, los círculos políticos, las encuestas, el humor popular y las pautas matrimoniales de Cuba. (8) Frank no lo cita, como tampoco hace referencia a las organizaciones opositoras como Arco Progresista o Unión Patriótica de Cuba, que reivindican derechos de la población afrocubana cada vez más enajenada de la dirigencia blanca.

La disidencia también se despliega en las redes. Pero, como es “disidencia”, no le da voz. Es el caso de Yoani Sánchez. Desde 2007, su blog Generación Y (traducido a diecisiete idiomas), su cuenta de Twitter (@yoanisanche , que en marzo de 2015 contaba con 657,000 seguidores) y su reciente periódico digital 14ymedio documentan casos de abuso, corrupción, ineficiencia, malos servicios, censura, etcétera, a la vez que exponen los afanes de los cubanos dedicados a “resolver” la subsistencia cotidiana por los vericuetos del mercado negro. Yoani es una discípula de Orwell en el trópico, una filóloga que desnuda el doublespeak de la gerontocracia cubana. Frank nunca ha hablado con ella y en su libro apenas la menciona.

Ningún cubano puede conectarse directamente con Yoani Sánchez, Yusnaby Pérez y otros blogs de la disidencia que, sin embargo, circulan de manera subrepticia mediante dispositivos usb que pasan de mano en mano. Varios de estos blogueros son vigilados, interrogados y aun encarcelados. Una policía especializada revisa en el aeropuerto la importación de computadoras, teléfonos móviles y tabletas. En los cibercafés oficiales (había ochocientos en 2013) los precios de acceso resultan exorbitantes para cualquier cubano (4.50 dólares la hora) y el personal burocrático anota la cartilla de identidad del usuario, su dirección, el contenido de la búsqueda. (9) Navegar en Facebook está prohibido.

Frank no toca estos ángulos del problema. Lo que lo exaspera es la lentitud de las conexiones. El tema le sirve para poner en juego su habilidad retórica: “¿cómo puede uno explicar que la nación seguramente más avanzada en el área en términos de educación, salud, paz social y defensa civil tenga las peores comunicaciones?” Una vez más, Frank sigue la simple pauta de aceptar la existencia de serios problemas que enseguida relativiza ostentando los logros del régimen, incluida una “paz social” impuesta por una dictadura (palabra que no está en su vocabulario). A su propia pregunta retórica, Frank responde: la explicación sobre la falta de libertad en internet está en el temor –justificado, a su juicio– de que la apertura de comunicación desate una ciberguerra, una suerte de Playa Girón en la red. Según Frank, los cubanos padecen el control oficial de las comunicaciones pero no ignoran la incidencia del embargo estadounidense en el problema: “el cubano promedio culpa a ambos por tenerlos fuera del ciberespacio”.

Esta paridad de responsabilidades en el drama cubano es una tesis central de Frank, no solo en los problemas que atañen a la comunicación sino a la naturaleza misma del régimen:

¿El Partido Comunista cubano reprime a sus oponentes? Sin ninguna duda. ¿El embargo estadounidense está diseñado para que los cubanos sufran al punto de que en su desesperación –eso se espera– derroquen al gobierno? No hay duda alguna.

Los intentos de subversión de los Estados Unidos contra la naciente Revolución cubana inspiraron el desarrollo de los servicios de inteligencia y el Estado policial cubano (aunque los primeros pasos en esa dirección los tomó Cuba a través de Raúl Castro y su trato muy temprano con las autoridades soviéticas en la materia). Pero la represión desatada a lo largo de más de cinco décadas contra la amplia oposición política y social de la isla no puede considerarse un hecho equivalente. El inaceptable embargo estadounidense no justifica esas violaciones a los derechos humanos más elementales.

“La vida es un libro, simplemente hay que pasar la página y seguir adelante”, dijo un oficial vietnamita aludiendo al trato con quienes, en su país, habían sido partidarios de los Estados Unidos. La frase impresionó tanto a Frank que la incluyó como epígrafe de sus conclusiones. Aplicada a Cuba equivale a una invitación a la amnesia. Convendría sobre todo a Fidel y Raúl Castro, cuyas decisiones a lo largo de cincuenta años de dictadura no han tenido otra sanción que su propia autocrítica, es decir, no han tenido sanción alguna.

De aplicarse la máxima, nadie recordaría que antes de la Revolución Cuba producía el 80% de sus alimentos. (Hoy importa esa misma proporción, por un valor de 2.5 mil millones de dólares.) Si se “pasara la página”, nadie se preguntaría por qué la producción industrial entre 1959 y 1989 cayó 45% y la azucarera 80%. Estas y otras cifras económicas no son resultado del embargo. Y, sin negar los avances considerables del régimen en materia de educación y salud, nadie se atrevería tampoco a recordar lo que incluso algunos historiadores marxistas han terminado por admitir: el hecho de que Cuba en los años cincuenta, a pesar de la dictadura de Batista y de las desigualdades sociales, regionales y étnicas de la época, mostraba índices claros y crecientes de progreso económico y social: tenía el tercer producto bruto per cápita más alto de la zona (superado por Venezuela y Uruguay), la mayor ingesta de proteínas (detrás de Argentina y Uruguay), y era uno de los países líderes en servicios médicos y educativos (si bien el régimen actual expandió ambos aspectos). (10) Pasar la página, en fin, significaría ignorar la inmensa responsabilidad personal de Fidel en la ruina de la economía cubana y en los efectos que su larga dictadura personal ha tenido sobre generaciones de cubanos.

Pero quizá la frase del oficial vietnamita deba aplicarse también al propio Frank, que en el prólogo a Cuban revelations describe así a su abuelo: “fue un hombre bendecido y condenado por el valor de ser distinto”. En Cuba (donde se le silenció) y en Estados Unidos, Waldo Frank pagó caro su atrevimiento de defender a Castro y al mismo tiempo criticarlo por sus tendencias dictatoriales. En sus Memorias, (11) Waldo recuerda que, antes de embarcarse en el libro sobre Fidel, “podía escribir sobre el tema que quisiera, pequeño o grande [...] hasta que mi defensa de Castro me privó de esa libertad. La corriente en mi contra fue amplia. Bajó la marea, y me encontré solo en la arena”.

Frank no corre riesgos en Cuba, donde según él mismo confiesa ha seguido la regla de oro: “sé bueno con ellos para que ellos sean buenos contigo”. En su primer libro, Cuba looks to the year 2000 (publicado en 1993), Frank defendió con firmeza el liderazgo político, económico y moral de Fidel Castro con todo y su proceso de “rectificación”. En la introducción a esa obra aporta algunos datos biográficos que revelan su postura en aquellos años: “en enero de 1990 recorrí veinte estados en los Estados Unidos para hablar de Cuba. Tenía detrás de mí cinco años de experiencia y mil artículos bajo el cinturón, como corresponsal para Latinoamérica (radicado en Cuba) del Peoples Daily World”. (12) Tras haber sido un defensor de hierro del régimen soviético en Cuba, Frank es ahora un reformador convencido. Pero fuera de notar que, por algún motivo (como en la canción de Bob Dylan), the times they are a-changin’”, su análisis general de las reformas cubanas no incluye reflexión alguna sobre su antigua fe en el control estatal ni sobre el posterior tránsito de sus ideas.

Marc Frank nunca admite de manera explícita (mucho menos documenta) los costos terribles que han tenido que pagar generaciones de cubanos: aislados del mundo, sujetos a vigilancia y temerosos de ser reprimidos, limitados a la verdad oficial, imposibilitados de ejercer las libertades cívicas esenciales, de protestar con libertad o emigrar sin correr altos riesgos. Esa falla en el modo de abordar la larga historia pasada y presente del pueblo cubano (no solo la de los disidentes) es, en sí misma, una revelación por omisión. En el caso de Cuba no se puede simplemente “pasar la página y seguir adelante”.

2

Los libros de historia que se leen en las escuelas cubanas exaltan el papel redentor de la Revolución cubana y en general la reducen a la biografía de Fidel Castro. Alguna vez, quizá, los estudiantes cubanos tendrán acceso a otras versiones de la historia. (13) Si llega el día, Visions of power in Cuba: Revolution, redemption, and resistance, 1959-1971, de la historiadora estadounidense de origen cubano Lillian Guerra, será una lectura obligada y pesarosa. Escrito, por momentos, en una cansada jerga académica que contrasta con el valor de sus hallazgos, el libro cuenta cómo se construyó la dictadura más larga de la historia latinoamericana.

No es una historia política convencional. Es una historia social del régimen político cubano en la década crucial de los años sesenta. A partir de una investigación de casi veinte años en archivos de Cuba y fondos del exilio (como la Cuban Exile Collection y la Cuban Revolution Collection de la Universidad de Yale), Guerra reconstruye el modo en que Castro fue acotando las libertades civiles y las instituciones autónomas de la sociedad, hasta dominarla por entero.

Cuando los revolucionarios ascendieron al poder había en la isla un aparato de radio por cada seis personas y una televisión por cada veinticinco. (Solo Estados Unidos la superaba.) Circulaban ciento veinte publicaciones periódicas, como la revista política Bohemia, que en las tres primeras semanas de 1959 vendió un millón de ejemplares celebrando como una apoteosis el triunfo de la Revolución. Con esa impresionante cobertura –la mayoría favorable a la Revolución– Castro multiplicó el efecto de sus discursos mientras un millón de personas lo aclamaban votando a mano alzada. Fue el primer líder de masas en gobernar por televisión.

Una de las revelaciones de Lillian Guerra es el uso político de la religión por parte de Fidel. “Hablan mal de mí –decía repetidamente– porque he dicho la verdad. Crucificaron a Cristo por decir la verdad [...] Quien condena a la Revolución traiciona a Cristo y se declara a sí mismo capaz de crucificar de nuevo al propio Cristo.”

Aunque había sido educado por los jesuitas, Castro no creía en los dogmas religiosos. Sin embargo, afirmaba e imponía sus creencias como si fueran dogmas afines a los de la religión católica. A su alrededor comenzó a surgir una nueva fe, el “fidelismo”: se organizaron misas revolucionarias, peregrinajes a los sitios sagrados en la Sierra Maestra y al monte Turquino (al que Fidel había ascendido), se publicaron representaciones de Fidel en escenas del Evangelio. Un viejo campesino, llamado Fidel Blanco, sostuvo en La Habana esta conversación con una periodista de la revista Carteles:

–¿Qué piensa de la Reforma Agraria?

–Que es una bendición de Dios.

–¿Quiere decir, de Fidel, de la Revolución?

–Quiero decir de Dios, a través de Fidel.

La nueva fe creó un amplísimo repertorio verbal para fustigar y aterrorizar a los “malos” cubanos (“traidores”, “vendepatrias”) y, al grito de “¡Fidel, sacude la mata!” o “¡Paredón!”, actuar en consecuencia. Las ejecuciones de agentes batistianos llamadas “justicia revolucionaria” contaron con un inmenso apoyo popular. Pero tras ellas Fidel instauró lo que llamó el “terror revolucionario”. Una de sus primeras víctimas fue el popular comandante revolucionario Huber Matos. Por criticar el ascenso evidente del Partido Socialista Popular (versión del Partido Comunista) en el régimen, Matos, quien nunca se sublevó, fue arrestado en octubre de 1959 y condenado a veinte años de prisión.

En términos políticos, Fidel actuó con igual celeridad: asumió el cargo de primer ministro, descartó la celebración de elecciones y el sistema republicano de división de poderes, instauró la “verdadera democracia” (votación a mano alzada en la Plaza de la Revolución, que capta una de las imágenes que rescata Guerra) y realizó las primeras purgas internas en el grupo que lo había secundado en la Revolución. En marzo de 1959, Raúl Castro tuvo contacto con Moscú para establecer un programa soviético de entrenamiento para el ejército cubano y la organización de una policía secreta que se conocería como la g2.

Con todo, hasta finales de 1959, la Revolución cubana parecía –al menos en sus fines declarados– una versión radical de la mexicana, una revolución nacionalista, “humanista”, igualitaria y social. Pero la visita del premier soviético Anastás Mikoyán en febrero de 1960 y el convenio de cooperación (cinco millones de dólares, intercambio de azúcar por petróleo) firmado con la urss fueron señales inequívocas del rumbo que tomaría el régimen. Lo que siguió fue la supresión de los medios de comunicación independientes, las instituciones civiles y la libertad de expresión, y la severa erosión del mercado.

De manera forzada o voluntaria, entre mayo y julio de 1960 desaparecieron los diarios de todas las tendencias (uno de ellos fundado en 1827). También las revistas. Un caso particularmente dramático fue el de Bohemia, cuyo director Miguel Ángel Quevedo se asiló en Venezuela para años después suicidarse, dejando un testimonio escrito de su experiencia. Solo quedó Revolución, el diario oficial, que en 1965 se fundiría con el nuevo periódico Granma. La Universidad –institución clave para la libertad de crítica en las sociedades civiles latinoamericanas– perdió su autonomía; las organizaciones estudiantiles expulsaron a quienes habían reprochado a Mikoyán la represión en Hungría (octubre de 1956) y exigieron la adhesión irrestricta a los principios revolucionarios; se confiscaron las estaciones de televisión y radio. La Iglesia católica fue neutralizada. Entre agosto y noviembre de ese año el gobierno expropió decenas de empresas y bienes de ciudadanos estadounidenses y, entre octubre y noviembre, quinientas cincuenta empresas nacionales y norteamericanas, el 80% de la planta productiva. Los sindicatos dejaron de representar a los obreros para volverse garantes de la productividad en las empresas estatizadas.

Fidel proyectó la vida guerrillera a la sociedad civil, transformándola en una sociedad de milicianos de la fe. Parecía encabezar una nueva Iglesia militante integrada por frailes con uniforme verde olivo y botas (nunca se las quitaron) que creen que es posible convertir al mundo a la pureza radical por la vía de las armas. Lillian Guerra describe en detalle la actividad purificadora de esas organizaciones militantes, una selva de siglas creadas por Fidel a principio de los años sesenta para integrar verticalmente a la sociedad: mujeres, estudiantes, agricultores, obreros, burócratas, escritores, artistas, hasta niños, que marchaban rifle en mano.

Una de esas organizaciones fueron los cdr, Comités de Defensa de la Revolución, creados en septiembre de 1960 para que, en cada cuadra, los ciudadanos cuidaran la pureza revolucionaria de sus vecinos o denunciaran sus desviaciones. Fidel los definió como “la retaguardia civil de la vanguardia armada de las milicias y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en la lucha contra el enemigo interno y externo” y agregó: “es imposible que los gusanos y los parásitos puedan moverse si el pueblo [...] los vigila por sí mismo”. (14)

Entre 1962 y 1965 las ciudades cubanas fueron escenario de una lucha de clases entre los llamados “gusanos” y los “cederistas” (miembros de los cdr) que ejercieron lo que Guerra llama “dictadura en las bases”. Los “gusanos” se rehusaban a integrarse a las instituciones revolucionarias pero criticaban la invasión de Playa Girón y llamaban a los exiliados de Miami “criados de los gringos”. Crearon su propio lenguaje: “bolas”: noticias o rumores; “radio bemba”: informes de boca en boca. Además de la vigilancia ideológica, los cederistas absorbieron muchas funciones: movilizaban a la población para cortar caña, donar sangre, confiscar “tesoros” de los exiliados, vacunar niños, impartir el evangelio revolucionario en su cuadra. Por su eficacia para prevenir la crítica a la Revolución, Fidel los llamó “un millón de tapabocas”. A quienes los cdr consideraban impuros el gobierno los sometía a tratamientos de electrochoques en hospitales psiquiátricos. En 1964, un tercio de los adultos cubanos eran cederistas. Para 1967 habían logrado erradicar –por la intimidación o el convencimiento– la causa o al menos la visibilidad de los “gusanos”.

Fincada en el agravio histórico de Estados Unidos a Cuba (de cuya gravedad nunca fueron conscientes los gobiernos estadounidenses), la propaganda antiyanqui acompañó todo el proceso y subió de tono: “Qué tiene Fidel / que los yanquis no pueden con él.” Luego de la fallida invasión de Playa Girón (financiada por la cia) el prestigio histórico de Fidel y la Revolución alcanzó su clímax: el triunfo del David caribeño frente al Goliat imperial.

No obstante, en días anteriores a la invasión se había desatado en Escambray el alzamiento de miles de campesinos que se negaban a convertirse en obreros de las “granjas populares”. Lillian Guerra sugiere que tenían apoyo de la cia y documenta la violencia de la operación militar contra los “bandidos”. Se llamó la “Limpia de Escambray”: cerca de tres mil muertos en ambos lados. En el verano de 1963 el gobierno llevó a cabo el envío masivo de todos los campesinos varones de Escambray a Pinar del Río, y de sus mujeres y niños a Miramar, en La Habana. Un total de 35,000 personas fueron reubicadas. Escambray se convirtió en una zona militar y un parque nacional. En 2005, Raúl Castro se refirió a aquellos hechos, por primera vez en cuarenta años, como una “guerra civil”.

Paralelamente, y sin intervención de la CIA, los campesinos de Matanzas se levantaron también. “La ausencia total de latifundios y la armónica relación entre los empresarios agrícolas y sus trabajadores (educados y bien remunerados) –escribe Guerra– impedía que Matanzas fuese una provincia revolucionaria.” Las guerrillas de Matanzas sobrevivieron en su mayor parte hasta principios de 1963. Hubo encarcelamientos masivos, “juzgados rurales”, campañas de proselitismo revolucionario, militarización de los hijos. En 1963, la Segunda Reforma Agraria forzó la conversión del modelo capitalista de Matanzas –excepcionalmente igualitario– a la norma comunista.

En 1965 comenzó a ocurrir un fenómeno generacional que Guerra recrea de manera admirable. Al lado de las obedientes milicias revolucionarias, había una sociedad difusa, variada, no regimentada aún, en la que destacaba la gente joven. Esta nueva generación había sido testigo en su infancia del triunfo de la Revolución y a mediados de los sesenta buscaba afirmarse (como en todo el mundo occidental, aun en la Europa del Este) usando sandalias y pelo largo, escuchando a los Beatles, practicando una irrestricta libertad sexual. Su rebeldía no era contestataria: era cultural y, para ellos, revolucionaria. Guerra narra la historia de sus revistas fugaces, sus reuniones y polémicas, sus críticas a lo que ahora (en la era de Raúl) se ha vuelto moneda corriente hasta en los medios oficiales cubanos: los abusos de la burocracia, la negligencia de los funcionarios, el despilfarro de recursos.

Fidel no tuvo paciencia con la generación joven y desde 1965 convirtió la idea guevarista del “hombre nuevo” en política de Estado. Las publicaciones juveniles (El Sable, El Puente) fueron clausuradas y muchos de sus miembros enviados a campos de trabajo donde se les “reeducaba”. Fidel llegó al extremo de pedir a los jóvenes que denunciaran a sus padres si expresaban deseos de abandonar Cuba, pero no bastaba la persuasión: en 1968 envió a diez mil voluntarios en edad escolar y “predelincuentes” a la Isla de Pinos, que rebautizó como la “Isla de la Juventud”, donde el corte de caña sería la ocupación más prestigiosa.

También en 1965, Fidel creó las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), campos de trabajo forzado donde fueron a parar muchos de aquellos jóvenes “dementes”, “gusanos”, “antisociales”. Abundaban entre estos los testigos de Jehová, adventistas del séptimo día, grupos protestantes, bautistas, practicantes de las religiones afrocubanas. Pero el régimen dirigió su mayor inquina contra los homosexuales. En su obra Antes que anochezca, el gran escritor cubano Reinaldo Arenas ha dejado un testimonio desgarrador de su experiencia en esas “unidades”, pero Lillian Guerra la complementa con testimonios invaluables, de primera mano. Aparte del trabajo forzado, la “higiene revolucionaria” en las umap sometió a los homosexuales a tratamientos pavlovianos para “curar su enfermedad”. Se calcula que entre 1965 y 1968 pasaron por las umap 35,000 personas. La homofobia oficial llegó hasta los años ochenta.

Para Fidel las pequeñas empresas que quedaban representaban el germen del capitalismo que era preciso extirpar. En unos cuantos días de 1968, las delegaciones de los cdr expropiaron 58.000 pequeños negocios (incluyendo puestos ambulantes de comida, reparación de calzado, academias de música, salones de belleza, talleres de costura, lavanderías, peluquerías, bares, clubes nocturnos). Paradójicamente, la mayor parte de esos negocios habían sido creados después de la Revolución. Muchos de aquellos empresarios “pequeñoburgueses” fueron obligados a realizar trabajos de labor intensiva en agricultura o construcción. Y, aunque nunca desaparecieron del todo, ese año se confiscaron también la mayoría de las pequeñas parcelas campesinas.

Fidel tuvo siempre la manía de jugar el papel del único empresario, del empresario total, en una isla sin empresarios. No es casual que algunos críticos hayan hablado de la “isla finca” de Fidel. (15) (Su padre había sido dueño de una inmensa hacienda.) Él solo ordenó la cruza de cebúes cubanos con vacas Holstein (que redujo en un 60% la inmensa riqueza ganadera de Cuba). Él solo decidió la destrucción del anillo de árboles frutales y cítricos que rodeaba La Habana para sembrar una variedad de café (que resultó un desastre). Y él solo decretó que, para Cuba, cosechar diez millones de toneladas de caña era “cuestión de honor para la Revolución”. La “zafra de los diez millones” del año 1970 fue el momento límite del voluntarismo económico de Fidel Castro. Nunca como entonces reveló su manejo personal y patrimonial de la economía y su capacidad de movilizar a cientos de miles de personas de todos los sectores sociales y económicos para cumplir su objetivo. Un estudiante que había participado en aquel episodio declaró: “no trabajamos por Fidel o por su honor”. Tras el fracaso Fidel lamentó que el “aprendizaje” haya salido caro a la Revolución y, ante el alza de ausentismo laboral en el campo y la ciudad (forma última del derecho de huelga), decretó una Ley contra la Vagancia y selló las fronteras de la isla: según Castro, ya no había ciudadanos que quisieran salir de Cuba. La emigración se detuvo hasta el masivo éxodo de Mariel, en 1980.

La señal definitiva de incorporación al bloque soviético fue el famoso Caso Padilla, versión tropical de los juicios de Moscú. Desde 1967, el poeta Heberto Padilla se había atrevido a criticar “nuestra versión en miniatura del estalinismo, nuestras umap” y en un libro de poemas había deslizado versos como estos (“Sobre los héroes”):

‘Los héroes no dialogan,

pero planean con emoción

la vida fascinante de mañana.

Los héroes nos dirigen

y nos ponen delante del asombro del mundo.

Nos otorgan incluso

su parte de Inmortales.

[...]

Modifican a su modo el terror.

Y al final nos imponen

la furiosa esperanza’.

En marzo de 1971 Padilla fue arrestado y, después de cinco meses de prisión y diarios interrogatorios, “confesó” sus crímenes contra la Revolución. Varios escritores de fama protestaron públicamente y Castro ordenó la censura de todos ellos en Cuba. La consigna pronunciada por Castro en 1961 era ya definitiva: “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.

Lo sigue siendo hasta ahora. En Cuba, es verdad, la sociedad ha recobrado un cierto espacio: se tolera (con muchos límites) la actividad económica privada y la libertad de movimiento (aunque los cubanos no pueden subir a embarcaciones turísticas). Tampoco se persigue a la gente por su atuendo, sus gustos musicales, sus preferencias sexuales o creencias religiosas. Pero, igual que los Ford o Chevrolet que circulan por las calles de Cuba, así quedó congelada la vida política y las libertades civiles bajo la dictadura que Fidel construyó entre 1959 y 1971. En 1960 se acalló a la prensa, la radio, la televisión, las universidades, los movimientos estudiantiles, los sindicatos. Hoy se acalla cualquier manifestación de disidencia.

Hoy ya no se manda a los disidentes a campos de trabajo, pero en 2014 hubo en Cuba 8.899 arrestos políticos temporales, cuatro veces más que en 2010 y 40% más que en 2013. (16)  En Cuba “tenemos un concepto distinto de los derechos humanos”, dijo la canciller cubana Josefina Vidal a Roberta Jacobson en su primera reunión en La Habana, el 22 de enero de 2015.

Esa es la Cuba con la que el presidente Barack Obama, en un gesto valeroso e inteligente aunque lleno de riesgos políticos, ha decidido normalizar relaciones diplomáticas.

A la luz de la historia económica y social de Cuba se entienden mejor los avatares diplomáticos y políticos del diferendo con Estados Unidos, tema del libro Back channel to Cuba: The hidden history of negotiations between Washington and Havana, de William M. LeoGrande y Peter Kornbluh. La impresionante investigación (archivos privados y públicos, documentos desclasificados, entrevistas con sobrevivientes) les llevó diez años y su registro de fuentes ocupa 65 páginas. No es casual que haya aparecido meses antes del acuerdo entre Raúl Castro y Obama: parece su prolegómeno intelectual.

Del cruce de ambas historias queda claro que un acuerdo como el actual habría sido prácticamente imposible en el largo periodo de la Cuba alineada con la URSS y sus satélites. Siempre hubo canales traseros de comunicación, personajes e historias que parecen inspiradas en las películas de James Bond, buscando con afán un acercamiento. A veces sus intentos tuvieron algún éxito, sobre todo en temas migratorios y liberación de presos. Pero lo cierto es que antes y después de aquella etapa solo se entreabrieron dos ventanas de oportunidad: en la primera administración de Clinton y en el remoto periodo de Kennedy.

Entre 1971 y la caída del Muro de Berlín, Cuba no solo gozó de un subsidio generoso y un comercio exterior boyante y estable sino que desde 1972 –“año de la emulación soviética”– comenzó a adoptar la ideología y las instituciones de la urss. La Constitución de 1975 decretó el régimen de partido único basado en la doctrina del marxismo-leninismo. Se reescribió la historia de acuerdo con el libreto soviético, se adoptó el “ateísmo científico”, se establecieron programas culturales e intercambio de estudiantes. No obstante, sin dar aviso a Nixon ni a Ford, Henry Kissinger tendió algunos puentes que se cerraron súbitamente tras el anuncio del apoyo militar cubano al régimen de Agostinho Neto en Angola. En 1976, con un gabinete dividido entre “halcones” y “palomas” pero con la intervención de diversos asesores y personajes del exilio, la administración de Jimmy Carter quitó restricciones de viaje a Cuba, abrió oficinas de representación (“interest sections”) en Washington y La Habana, cesó los vuelos de reconocimiento sobre la isla y obtuvo a cambio liberaciones de presos y un dique a la avalancha humana que había comenzado en 1980 desde el puerto de Mariel. Por desgracia, los desacuerdos con respecto a la presencia cubana en Mozambique y Angola y la persistencia del embargo estadounidense (impuesto en 1962) impidieron que las decenas de conversaciones secretas que se llevaron a cabo en La Habana, Washington, Nueva York y hasta en Cuernavaca tuvieran éxito. Según los autores, Carter fue un presidente de la post-Guerra Fría cuando esta no había terminado.

Justo lo contrario a Ronald Reagan, su sucesor. En marzo de 1981, Alexander Haig declaró su deseo de “convertir la maldita isla en un estacionamiento”. A lo largo de esos ocho años, el diferendo ya no incluía solo a Angola sino sobre todo el apoyo que Castro prestaba al gobierno sandinista de Nicaragua y a la guerrilla centroamericana en El Salvador. En el clímax de su poder interno y del renovado prestigio de la Revolución socialista entre una nueva generación de jóvenes latinoamericanos, Castro asimiló sin mayor problema el endurecimiento de Estados Unidos, que registró a Cuba en la lista de Estados terroristas, apretó el embargo y abrió la estación Radio Martí. Aun en ese periodo los canales se mantuvieron abiertos y hubo avances en temas migratorios. Tras el fin de la guerra de Angola (donde triunfó la causa de Cuba y sus aliados), la caída del Muro de Berlín y las elecciones en Nicaragua y El Salvador (ambos reveses históricos para la política exterior cubana), George H. W. Bush exigió abiertamente el cambio de régimen.

En 1993, con un 50% de inflación, una caída del 35% en el PIB y del 78% en el gasto por habitante, Cuba parecía estar a punto del colapso. La Enmienda Torricelli de 1992 –con exaltación– lo olfateó así. Prohibía a cualquier empresa extranjera con subsidiarias en Estados Unidos realizar negocios con Cuba, a los ciudadanos estadounidenses viajar a la isla y a las familias cubanoamericanas enviar dinero a sus parientes en Cuba.

El presidente Clinton decidió bajar el tono de agresión verbal y restablecer vuelos entre Miami y La Habana. Fidel, a su vez, aceptó la repatriación de cubanos con historia criminal que Cuba había enviado a Estados Unidos como parte del éxodo de Mariel. En agosto de 1994, al estallar la “crisis de los balseros”, ante la llegada de embarcaciones Clinton buscó la intermediación del presidente de México Carlos Salinas de Gortari. En dos álgidas semanas se resolvió el grave conflicto. Sin el obstáculo de la urss (ya desaparecida) ni guerras en África o Centroamérica, Castro no tenía más fichas que los presos (cuya libertad concedía a discreción), la amenaza de los migrantes potenciales y el embargo, que simbolizaba su último bastión ideológico: David contra Goliat. El Congreso, dominado por los republicanos, aprobó en 1996 la Ley Helms-Burton, que endureció el embargo. Durante la administración de George W. Bush la política frente al régimen castrista volvió a la pauta de su padre, pero para entonces Castro había encontrado, a su vez, a un acólito ideológico y político que se convirtió en el nuevo mecenas: Hugo Chávez. Hubo que esperar la segunda administración de Obama para que se entablaran nuevas negociaciones que han desembocado en el acuerdo –esperanzador, pero complejo e incierto– perfilado en las páginas finales del gran libro de LeoGrande y Kornbluh.

La otra oportunidad de arreglo se había abierto en la época de Kennedy. En agosto de 1961, después de la invasión de Playa Girón y la adopción formal del comunismo por parte del régimen de Castro, el Che Guevara envió al presidente Kennedy una caja de puros y un mensaje con cinco concesiones sorprendentes: pago de propiedades nacionalizadas, renuncia a la alianza con el Este, elecciones en un futuro (después de la consolidación revolucionaria), disposición a revisar su actividad en otros países de Latinoamérica y no atacar Guantánamo. Más tarde, habiendo negociado la liberación de 1.214 prisioneros de la invasión, Fidel reiteró a Tad Szulc, reportero del New York Times, y a otros personeros (como James B. Donovan) su deseo de reanudar de alguna manera los vínculos. A pesar de la “crisis de los misiles” (y de los intentos de la cia de asesinar a Castro) esa posibilidad existió: “Si les da una patada a los soviéticos podríamos convivir con él”, decía una nota del National Security Council. Era una época fluida, de opciones abiertas, de relativo distanciamiento cubano con la URSS y los primeros indicios de crisis económica en Cuba. El acuerdo no parecía imposible. Así lo veían Lisa Howard (la activísima corresponsal de ABC News, cercana a Fidel) y Jean Daniel (editor de Le Nouvel Observateur), que en una reunión con Kennedy lo escuchó lamentar los numerosos “pecados” de su país con la isla y mostrar su disposición de negociar. “Quizá las cosas sean posibles con este hombre”, dijo Castro a Daniel, el 20 de noviembre de 1963. Kennedy podía ser “el líder que finalmente comprenda la posibilidad de coexistencia entre capitalistas y socialistas en América”, añadió Castro, quien se mostró “claramente feliz”. Dos días más tarde, la bala que mató a Kennedy mató también, quizá, la posibilidad de un arreglo.

Hoy se presenta un nuevo momento plástico, por diversas razones: la crisis venezolana, la penuria económica cubana, la menor influencia (y los cambios internos) del electorado de origen cubano en Florida. Y los protagonistas centrales de la discordia han pasado a segundo plano. No hay duda de que la intransigencia de Fidel Castro fue un obstáculo permanente para la “normalización”. Su fijación personal en la figura de David venciendo a Goliat, y su definición de la identidad cubana en términos negativos (permanecer eternamente opuesta a –y asediada por– Estados Unidos), se justificó en su momento y por largos años, no ahora. No menos intransigente fue el lado estadounidense que –como recuerdan LeoGrande y Kornbluh en sus conclusiones–, a pesar de avances sustanciales de parte de Cuba, incumplió sus promesas. Basta recordar que la administración de Carter –que fue la más anuente a la “normalización”– se negó a abrir una rendija en el embargo para vender a Cuba medicinas que comprobadamente era imposible conseguir en otro país. Ese extremo sigue vivo en el Partido Republicano que ostenta la mayoría en el Senado estadounidense.

Las voces más sensatas de la oposición cubana dentro y fuera de la isla han dado su bienvenida al acuerdo. Conocen y padecen la política represiva del régimen y saben que costará mucho hacerle ceder un milímetro de poder. Pero confían en lo que Obama llamó el “empoderamiento de la gente” que resultará del mayor contacto con personas del exterior cuya sola presencia (además de sus remesas, ideas, información, y las empresas e inversiones que, dentro de las restricciones actuales, pudieran echar a andar) romperá la insularidad de Cuba. Piensan que este contacto desatará por sí solo una exigencia general de libertades frente a la cual el régimen –encabezado por una nueva y ya próxima generación– tendrá finalmente que transigir. La aparición de banderitas estadounidenses y cubanas en las ventanas de La Habana –tuiteadas por Yusnaby Pérez– parece un presagio de los cambios por venir.

Pero no hay que engañarse. El camino será pedregoso y el proyecto de reacercamiento puede fracasar. Hay señales preocupantes en ese sentido. En la III Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que se celebró en Costa Rica a fines de enero, Raúl Castro contradijo la postura del restablecimiento de relaciones a pesar de las diferencias y optó por condicionar el acuerdo a cuatro puntos: la devolución de la base naval de Guantánamo, el cese de las transmisiones radiales y televisivas (Radio y TV Martí) hacia el territorio cubano, la eliminación del embargo y la “compensación al pueblo cubano por los daños humanos y económicos sufridos como resultado de la política estadounidense”. La primera medida debería ocurrir pronto; la segunda toparía con la oposición republicana, pero sería obsoleta si hubiese libertad de expresión en la isla; la tercera (deseable, ciertamente) es remota pero no imposible; pero la cuarta demanda es totalmente imposible. Aferrarse a esa postura (sin la más mínima concesión de libertad política interna) es la actitud que uno esperaría de Fidel, no de Raúl, sobre todo en vista de las grandes expectativas que ha provocado el solo anuncio del acercamiento con Estados Unidos. Es comprensible que las autoridades cubanas discutan estos temas en privado. Lo que no se entiende es su uso retórico en discursos públicos. (Y a menos que la intención de fondo sea, en efecto, abortar el arreglo, tampoco se entiende el apoyo cubano a las continuas medidas represivas del presidente venezolano Nicolás Maduro, que enrarecen el ambiente latinoamericano.) ¿Será posible que, viendo mermado el comercio y el apoyo venezolano, Cuba aborte la oportunidad dorada de normalizar sus relaciones diplomáticas con Estados Unidos?

Sería lamentable, porque Obama ha dado un paso de verdad histórico, no solo ante Cuba sino ante América Latina. El antiamericanismo –una de las más profundas y comprensibles pasiones políticas del continente– nació en la Guerra Hispano-Estadounidense en Cuba en 1898, llegó a su clímax en Cuba en 1959, y ha comenzado a desvanecerse con los acuerdos con Cuba en 2014. A la reunión de la oea, llevada a cabo este mes de abril en Panamá, Obama llega con una legitimidad moral mayor que cualquier presidente estadounidense en el siglo XX, incluido Roosevelt. Debe usarla para persuadir con firmeza a los países de América Latina sobre la necesidad de que Cuba honre los acuerdos sobre derechos humanos que firmó en 2008 y despenalice las libertades conculcadas, entre ellas la libertad de contratar internet. Porque solo así, con el estante virtual lleno de los libros que no han circulado en la isla, los cubanos podrán decidir si la historia absolverá al viejo líder que guarda silencio en algún lugar de La Habana. ~

 

Agradezco el apoyo de Javier Lara Bayón, Armando Chaguaceda,Rafael Rojas, Andrea Martínez Baracs, Fernando García Ramírez y Carmelo Mesa-Lago en la elaboración de este texto.

Este artículo apareció originalmente en The New York Review of Books.

 

1 Buenos Aires, Losada, 1961.

2 Rafael Rojas, Translating utopia: The Cuban Revolution and the New York left, Nueva Jersey, Princeton University Press, en prensa.

3 Michael A. Ogorzaly, Waldo Frank, prophet of Hispanic regeneration, Lewisburg, Bucknell University Press, 1994, p. 156.

4 Rojas trata a detalle la relación entre Waldo Frank y la Revolución cubana en el capítulo “Naming the hurricane”.

5 Carmelo Mesa-Lago, Economía y bienestar social en Cuba a comienzos del siglo xxi, Madrid, Editorial Colibrí, 2003, pp. 28-30.

6 Carmelo Mesa-Lago, “Los cambios institucionales de las reformas socioeconómicas cubanas” en Richard Feinberg y Ted Piccone, El cambio económico de Cuba en perspectiva comparada, Institución Brookings/Centro de Estudio de la Economía Cubana/Universidad de La Habana, 2014, pp. 49-69.

7 Carmelo Mesa-Lago, “Balance económico-social de 50 años de la Revolución en Cuba” en América Latina Hoy, n. 52, Universidad de Salamanca, 2009.

8 Una nación para todos: raza, desigualdad y política en Cuba, 1900-2000, Madrid, Editorial Colibrí, 2001.

9 Frédéric Martel, Smart. Internet(s): la investigación, México, Taurus, 2014, 408 pp.; Emily Parker, Now I know who my comrades are: Voices from the Internet Underground, Nueva York, Farrar, Straus and Giroux, 2014, pp. 120-181.

10 Rafael Rojas, “Problemas de la nueva Cuba”, El País, 26 de julio de 2008; Mesa-Lago, “Balance económico-social de 50 años de la Revolución en Cuba”.

11 Buenos Aires, Editorial Sur, 1975.

12 Marc Frank, Cuba looks to the year 2000, Nueva York, International Publishers Company, 1993, p. 3.

13 Rafael Rojas, La máquina del olvido. Mito, historia y poder en Cuba, México, Taurus, 2012, 264 pp.

14 Rafael Rojas, Historia mínima de la Revolución cubana, México, El Colegio de México, próximo a publicarse.

15 Emilio Ichikawa, La heroicidad revolucionaria, Washington, Center for a Free Cuba, 2001, p. 24.

16 Jennifer Hernandez, “Human rights violations in Cuba” en Cuba Facts, n. 64, febrero de 2015, Cuba Transition Project, Institute for Cuban & Cuban-American Studies, University of Miami.

 

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Manuel ARIAS MALDONADO, “De qué hablamos cuando hablamos de liberalismo” (y II)  a Revista de Libros (30-11-16)

http://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/de-que-hablamos-cuando-hablamosde-liberalismo-y-ii?&utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=nl20161130

Decíamos que definir con precisión qué sea el liberalismo es una tarea de sobresaliente dificultad, por razones que tienen que ver, primero, con el uso propagandístico del término y, después, con la propia complejidad del liberalismo même. La victoria de François Fillon en las primarias de Los Republicanos, nueva denominación del partido conservador francés, ha venido a ratificar la confusión dominante al respecto. Y es que se ha dicho del político francés que es «ultracatólico» y «ultraliberal», lo que equivale a afirmar que ostenta simultáneamente dos atributos aparentemente contradictorios: el conservadurismo y el liberalismo. Puede matizarse esto diciendo −como se dice− que es «conservador cultural» y «ultraliberal económico», pero eso no resuelve el problema: la destrucción creativa del capitalismo que un programa económico ultraliberal estaría llamado a facilitar es culturamente disruptiva y acelera por distintas vías, entre ellas la tecnológica, el cambio que un conservador desea evitar o minimizar.

Bien puede ser entonces que Fillon, al igual que otros conservadores culturales, defiendan una parte de la ideología liberal, pero no su totalidad, sin percatarse de la posible contradicción en que con ello incurren. No tanto porque uno haya de ser un «liberal», un «conservador» o incluso un «socialista» de una pieza, sino debido a la aludida relación entre libertad económica y cambio social. Por otro lado, claro, Fillon no dejará de ser liberal en sentido amplio si es partidario del liberalismo como marco general para el debate entre distintas concepciones del bien, entre las que se situaría el propio catolicismo del que se reclama practicante. Si deseara, en cambio, restringir ese debate en favor del catolicismo, privilegiando con ello una de las concepciones del bien existente en una sociedad plural, estaría siendo menos liberal que conservador. Obsérvese que se plantea aquí una curiosa dificultad, que es la de determinar qué significa entonces ser liberal en sentido restringido, es decir, cuál es el contenido de la ideología liberal más allá de la defensa del marco que, proclamando la neutralidad moral del Estado y defendiendo una sociedad abierta, suministra el propio liberalismo para la búsqueda de la verdad pública y la discusión entre distintas ideologías rivales.

Dicho de otra forma, el liberalismo como método y el liberalismo como concepción del bien no son exactamente lo mismo, aunque no dejen de solaparse. Ya que un conservador o un socialista pueden defender el método liberal para organizar la conversación pública, sin por ello adscribirse al ideario liberal; al mismo tiempo, la existencia de un método liberal está íntimamente conectada con la visión liberal del mundo, pero no la agota. Por ejemplo, la convicción de que las sociedades progresan material y moralmente cuando son abiertas incluye la idea de la conversación entre ideologías rivales, pero se extiende lógicamente también a la defensa de los derechos individuales y a un grado variable pero extenso de libertades económicas que sirven a varios fines a la vez: al desarrollo de los proyectos vitales individuales, a la estimulación de las innovaciones tecnológicas y al más general proceso de prueba y error que sostiene la concepción epistemológica liberal. Matices aparte, que los hay. Y los hay por causa de la diversidad interna a la tradición liberal, con arreglo a la cual diferentes liberalismos darán un diferente peso relativo a los distintos conceptos políticos cuya suma da forma al liberalismo en singular.

Podemos servirnos de la descripción que hace Michael Freeden, insigne estudioso de las ideologías políticas, para desentrañar ese contenido del liberalismo. Aunque, como ha quedado claro desde el principio, eso no nos indique automáticamente de qué hablamos cuando hablamos de liberalismo, porque éste, en el fragor de la lucha propagandística, rara vez será dicho con rigor. Freeden habla de cinco estratos que van sedimentándose con el tiempo de manera sucesiva, componiendo en su conjunto el contenido básico de la filosofía liberal; al margen, como acaba de decirse, de los énfasis introducidos por cada pensador o escuela. Siendo el caso que esos distintos estratos responden por lo general a la aportación de algún pensador que crea escuela y que responde, por lo general, a un desafío histórico concreto: ya sea el absolutismo regio contra el que escribe John Locke, la aurora de la sociedad liberal en que se enmarca John Stuart Mill, el conflicto contra el enemigo soviético que sirve de contexto a Friedrich Hayek o Isaiah Berlin, la pluralización social a la que dan vueltas John Rawls y Richard Rorty.

Lógicamente, el primer estrato al que alude Freeden es una teoría del gobierno limitado que tiene por objeto proteger los derechos individuales y asegurar un espacio de libre disposición en el que la gente pueda vivir sin sufrir opresión estatal. Hablamos así de la lucha contra el absolutismo, que después mutará en enfrentamiento con los autoritarismos y totalitarismos, así como en la sospecha permanente contra aquellas extensiones del poder estatal que, aunque se produzcan en regímenes formalmente liberales, amenazan con vulnerar la autonomía o intimidad individuales. Serán pocos quienes, se declaren liberales o no, se muestren contrarios a este principio general. Las diferencias estribarán en la delimitación de los poderes legítimos del gobierno para regular según qué aspectos de la vida individual y social; diferencias que encontraremos también entre liberales. Esas diferencias responderán a conflictos entre distintos bienes (¿puede o debe el Estado prohibir la prostitución o el burka, por ejemplo?) o al impacto de ciertas novedades tecnológicas (¿qué sucede cuando el propio ciudadano entrega datos personales a cambio de servicios?).

Un segundo estrato corresponde a la dimensión económica del liberalismo. Más exactamente, a una teoría de las interacciones económicas y el mercado libre que permita a los individuos beneficiarse del intercambio de bienes. Aunque ya se ha dicho que resulta dudoso separar el proyecto político liberal de su programa económico. Para empezar, porque sólo el individuo que goza de independencia material puede someter a crítica a las autoridades y exigirle rendimientos; por otro lado, porque los mercados son también sistemas de información no centralizados que hacen las veces de mecanismos epistemológicos colectivos no formalizados y, por tanto, contribuyen al buen funcionamiento de la sociedad. Hay que recordar también que el propio Adam Smith reconocía un importante papel al Estado en el diseño y control de los mercados, que, como tales, son instituciones humanas de origen inmemorial. De nuevo, cuestión distinta es de qué modo hayan de intervenir exactamente los poderes públicos para regular los mercados, sin cercenar con ello su relativa pero notable eficiencia.

Un tercer estrato puede leerse como un refinamiento del primero. Si aquel se ocupa de demarcar un espacio de libre disposición para el ejercicio de la libertad individual, sin entrar a valorar el contenido de esa libertad, autores como Mill pasan a preocuparse por lo que un individuo haga de su libertad. Se introduce así una dimensión temporal, ligada al autodesarrollo personal: los individuos han de ser capaces de realizar su potencial y sus capacidades con plena libertad, siempre y cuando no hagan con ello daño a otros. Podemos hablar de un giro romántico del liberalismo, en la medida en que el énfasis previo en las relaciones comerciales se ve aquí complementado por la atención hacia la capacidad de autoexpresión individual. Por esta rendija entrarán John Rawls o Martha Nussbaum, por cuanto la posibilidad del autodesarrollo depende de la capacidad para el autodesarrollo. Es aquí donde entra en juego el cuarto estrato: una teoría de la interdependencia mutua y del bienestar público que se hace necesario para que los individuos puedan ejercitar su libertad y florecer como sujetos. Algo que un liberal hayekiano quizá no acepte fácilmente, al menos en el plano teórico, y que un libertario rechazará de plano. Pero, guste o no a los liberales más clásicos, el papel asistencial del Estado ha sido asumido por el liberalismo contemporáneo: sobre las bases dispuestas tempranamente por Mill y desarrolladas después por Rawls.

Nótese que está respondiéndose aquí a la pregunta sobre qué significa exactamente ser libre, identificándose uno de los dos obstáculos que con más claridad el ejercicio de esa facultad, a saber: las desigualdades involuntarias que sitúan al individuo en una posición de desventaja irrecuperable. Andando el tiempo, el liberalismo termina por admitir que no basta con la proclamación formal de la libertad, pues esta se produce en una sociedad desarrollada ya de un modo específico y como herencia de sociedades no democráticas cuyos privilegios no han sido del todo erradicados; la acción correctora del Estado se hace necesaria si de procurar una “igual libertad” se trata. Porque las condiciones de partida no equivalen a las imaginadas por el liberalismo cuando concibe una sociedad donde todos los individuos puedan desarrollar sus planes de vida en razonable igualdad de condiciones. Y de ahí la legitimidad de la acción pública, que no obstante ha de observar ciertos límites.

Más difícil es dar respuesta al segundo obstáculo, que es el representado por la cualidad heterónoma de la autonomía individual, denunciado al alimón por el posestructuralismo y el feminismo. Se alude con ello al hecho de que no nos formamos aisladamente, sino como el confuso producto de la interacción entre una carga genética, una organización subjetiva individual y un entorno social cuyos contenidos −digámoslo así− nos dan contenido. La solución milliana es seguramente la única posible: insistir en la capacitación intelectual de los individuos, a fin de que se los haga así autoconscientes y reflexivos, de tal forma que puedan identificar las fuentes de su subjetividad y no se tengan por individuos «naturales» que se hacen exclusivamente a sí mismos. Es un tema abordado también en este blog y que remite a un asunto más amplio, que es la antropología política que sostiene al sujeto liberal. Lo que vamos sabiendo sobre el ser humano parece militar en contra de ese sujeto autónomo que atiende a razones descrito por la tradición kantiana (que no por la humeana), lo que inmediatamente suscita la cuestión de si el entero andamiaje −los estratos− del liberalismo no serán defectuosos. Esta es, por ejemplo, la conclusión extraída por César Rendueles en su último libro, en el que reivindica un materialismo histórico a su juicio validado por los últimos descubrimientos. Yo mismo he explorado otra vía en otro trabajo recién publicado, consistente en reformular el principio de autonomía para un sujeto postsoberano. Pero el debate está abierto y no puede tener más actualidad.

Finalmente, un quinto estrato cobra forma como respuesta a la creciente heterogeneidad social. Es este un rasgo bienvenido por la tradición liberal, en la medida en que debilita la capacidad del Estado para monopolizar el poder y hace posible reconceptualizar el mercado como mercado −ahora− de ideas e identidades. Hablamos, por tanto, de una teoría que reconoce la diversidad de concepciones del bien, formas de vida e identidades dentro de un cuerpo social forzosamente pluralista y tolerante. Freeden subraya que este estrato plantea no pocos problemas dentro del corpus liberal, al representar una inyección de particularismo dentro de un marco con aspiraciones universalistas. Basten las polémicas sobre el burka o la representación satírica de Alá para dar prueba de estas complicaciones.

Identificar el liberalismo con sus distintas caricaturas o encarnaciones propagandísticas, en fin, sólo tiene sentido en el plano de una lucha política que se complace en esas simplificaciones. Cualquier aproximación mínimamente seria a la ideología o la filosofía liberales, en cambio, exige un mayor grado de refinamiento analítico y la aceptación de una heterogeneidad que no impide la identificación de un núcleo de convicciones históricamente desarrolladas. Dicho esto, aunque el liberalismo posee coherencia interna, hay muchas formas de ser liberal. Alan Ryan distingue entre un liberalismo clásico y otro moderno, así como entre un libertarismo y un liberalismo bienestarista; Jan Harald Alnes y Manuel Toscano, por su parte, subrayan la complicación adicional que supone el distinto entendimiento del término «liberal» en diferentes culturas políticas nacionales. Podemos añadir a esas distinciones la sugerida más arriba entre el liberalismo como método (uso público de la razón, neutralidad moral estatal, conversación entre ideologías rivales) y el liberalismo como concepción del bien (una determinada concepción del sujeto y de la sociedad). El método liberal es de prescripción obligatoria en sociedades democráticas; su concepción del bien, en cambio, no puede imponerse a nadie.

Por añadidura, en ningún sitio está escrito que uno haya de ser −¡o sentirse!− liberal, especialmente si eso significa adherirse a un paquete ideológico que debamos aceptar como un todo. También la libertad, en fin de cuentas, es un mito político susceptible de deformaciones e idealizaciones, como muestran Alfonso Galindo y Enrique Ujaldón en su trabajo sobre las mitologías democráticas. Así que bien puede Fillon, aunque defienda con ello dos valores que no mezclan del todo bien, decirse conservador y liberal; igual que un socialista puede aceptar que la planificación centralizada es menos eficaz que el mercado, sin dejar por ello de defender un credo igualitarista. Pensar políticamente en el siglo XXI debe ir acompañado de un aligeramiento de las identidades ideológicas, con su correspondiente obligación de coherencia interna, para dejar que el protagonismo recaiga sobre los problemas y las ideas: sin prejuicios paralizantes ni fronteras infranqueables. De subrayar las contradicciones insuperables, en definitiva, ya se encargará la realidad.

 

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Miguel PASQUAU, “El enroque tecnócrata” a CTXT (30-11-16)

http://ctxt.es/es/20161123/Firmas/9735/tecnocracia-populismo-pasquau-podemos-democracia-capitalismo.htm

No es pensable una democracia sin algún grado de demagogia, por la misma razón por la que la libertad de expresión servirá de cauce tanto para la verdad como para la mentira. Los derechos políticos abren espacios formales de participación y de libertad, y llevan dentro el germen de su degradación. La democracia no asegura en absoluto el acierto en las decisiones públicas, porque su valor es procedimental (cómo, quién y cuándo se decide sobre qué), y por tanto neutro (no determina el qué se decide): es claro que sobre un mismo asunto un dictador (golpista o revolucionario) podría tomar una decisión más eficiente que el pueblo en referéndum o mediante sus cámaras de representantes. El pueblo no tiene la obligación de ser sabio o prudente. Lo será o no, pero lo que importa es que es soberano y por tanto no responde ante ninguna instancia superior. Por eso la valoración de un régimen político en función de sus resultados funcionales lleva dentro una perversión: confunde planos distintos. La democracia es superior a la autarquía no porque nos haga más felices ni mejores, sino porque no hay ninguna razón que justifique la atribución a una persona o a un grupo oligárquico del poder de decisión sobre algo que concierne a todos. De igual modo, la libertad de expresión es superior a la censura, incluso aunque el resultado sea el triunfo mediático de una gran memez: exponerse a la libertad y a la democracia es estar dispuesto a perder. De lo que se trata no es de blindar la pureza o la verdad, sino de cómo combatir el vicio y la mentira. En términos políticos el método para seleccionar argumentos no es la ortodoxia, sino el pluralismo, es decir, la libre competencia (de opiniones) en igualdad de condiciones. Esto llama a un combate ideológico que no puede dejar de librarse.

El populismo purificador

Los tres reveses sufridos recientemente por lo políticamente esperable y favorecido por el conjunto de medios influyentes (el Brexit, el no al acuerdo de paz en Colombia y la victoria electoral de Trump en Estados Unidos), y la amenaza real de ascensión al poder de movimientos y fuerzas políticas crecidos dentro de la democracia a caballo del descontento, la inseguridad y el recurso a atajos tan primarios como la identidad nacional, la mano dura y el carisma del líder, son síntomas preocupantes de una degradación demagógica de la democracia a la que, por moda, se le pone la etiqueta de “populista”. Se trata de un riesgo cierto para la misma democracia, porque trae la marca de su simplificación, reduciéndola a una “voluntad popular” libre de procedimientos y equilibrios, como si entre voluntad popular y bien común hubiese una continuidad incontaminada (personificada en el líder) y hubiese que suprimir cualquier mediación (un parlamento, un sistema judicial, una administración reglada por ley, percibidos como carcasas tan aparatosas como ineficientes). Así, las ansias de pureza de una sociedad desarmada, miedosa e infantilizada arrancan de raíz todas las plantas apenas algunas de sus hojas estén enfermas, con el resultado de un campo yermo, sin estorbos para “la virtud” del pueblo bueno.

Es como si de repente una mayoría popular emergente se viera arrastrada por una pulsión “purificadora” y por tanto destructiva, como antesala de una virtud “directa”, libre de los condicionamientos pegajosos de las sociedades complejas. El concepto de legitimación democrática que esgrimen estos movimientos es simplemente electoral: una mayoría debería de poderlo todo, luego cualquier límite a la mayoría sería antidemocrático. El profundo error de estas concepciones democráticas degradadas es que escinden la democracia del marco que la hace posible: las constituciones. Una constitución no es más que la gran regla que atribuye competencias y poderes de decisión blindando, frente incluso al criterio mayoritario, derechos y principios sobre los que no se puede votar, porque protegen derechos y bienes en posición minoritaria que, por mayoría constituyente, habíamos acordado. Por volver a ejemplos conocidos: no sería posible un referéndum sobre la pena de muerte o la tortura, porque sobre la vida y la integridad física del delincuente o del sospechoso no se puede votar, por más que a una inmensa mayoría le apeteciese unirse a la lapidación.

La respuesta tecnocrática” 

Pero si el riesgo de las pulsiones demagógicas y autoritarias surgidas en el seno de la democracia es evidente, no menos preocupante es el modo en que se está reaccionando. Cada vez son más, y más autorizadas, las voces críticas que advierten de que lejos de enfrentarse con lucidez y a largo plazo a este proceso de degradación de la democracia, lo que se está haciendo por parte de los partidos tradicionales es abundar en su deterioro, con una estrategia que alimenta el círculo vicioso. Lo diré a modo de etiqueta: la respuesta a la demagogia populista está siendo la tecnocracia, complementada con políticas represivas de seguridad y con estrategias mediáticas de manipulación. Se defiende el poder adquirido, pero no la democracia.

La tecnocracia no es encomendar a los técnicos las decisiones técnicas. Eso es simplemente sentido común. La tecnocracia es la utilización de la coartada de la complejidad técnica para sustraer a la política (y por tanto a la democracia) ámbitos de decisión que son políticos porque condicionan la suerte de intereses en conflicto. La tecnocracia aparece cuando las élites desconfían de la idoneidad de la democracia para elegir lo que ya han convenido en sus ámbitos privados privilegiados como mejor y más conveniente (para sí mismas en todo caso y, contingentemente, para el interés general). El método no es suprimir las elecciones, sino generar un espacio “técnico” de funcionamiento autónomo, exento de control, a cubierto de las contingencias propiamente políticas, en el que determinados intereses particulares despliegan a sus anchas una estrategia ventajista, lo que de hecho supone una total subordinación de los intereses débiles, es decir, aquellos que en un momento histórico son incapaces de competir con los fuertes. Hay intereses fuertes que no tienen necesidad de políticas activas (les basta la no intromisión), y hay intereses débiles que sí necesitan la acción política, y si no entendemos esto, estaremos pisando un suelo de imágenes ficticias. Cuando hablo de un “espacio de funcionamiento autónomo” y despolitizado no me estoy refiriendo al que quiso preservar el virtuoso liberalismo económico clásico (libertad de intercambios económicos, propiedad privada, iniciativa empresarial y libre competencia dentro de ámbitos políticos y constitucionales bien definidos), sino a sus derivaciones en el ámbito del capitalismo financiero globalizado y desconstitucionalizado (porque ninguna frontera, salvo acaso las de Corea del Norte y similares, pueden sujetarlo eficazmente a un poder superior de naturaleza política).

Esta lógica tecnocrática, parasitaria de la democracia mientras le interese, fortalece a las élites, produce víctimas, invisibiliza alternativas y destruye los pactos sociales. Por eso necesita dos complementos imprescindibles: la seguridad y la manipulación.

Por un lado está la exacerbación de la política de “seguridad ciudadana”, concebida ésta como un estrechamiento de los márgenes de disidencia, a fin de desalentar el ejercicio normal –aunque enérgico– del derecho a la participación política y del derecho a la protesta de las víctimas de la tecnocracia. La técnica es conocida: se tipifican delitos o infracciones administrativas de forma imprecisa, para que así puedan servir en momentos calientes para reprimir desproporcionadamente conductas situadas en la frontera de lo disruptivo.

Por otro lado está la manipulación informativa bien programada en los trasantlánticos de las corporaciones mediáticas, que silencia sistemáticamente versiones de la realidad consideradas heterodoxas, y reduce el pluralismo a una cómoda competencia/alternancia entre las élites al estilo de Schumpeter, a fin de convencer al pueblo de que su menguante bienestar puede quedar más comprometido aún si no se resigna a seguir gobernado por “lo de siempre”.

El discurso de Podemos” y Podríamos”

En España, donde afortunadamente no logran cuajar los movimientos de ultraderecha (el Partido Popular puede albergar a algún energúmeno sin que se note demasiado, pero no es un partido de ultraderecha), los excesos retóricos de Podemos sirven de magnífica excusa a los “ortodoxos” para defender al poder establecido de una impertinente intromisión popular. Podemos (o más bien la mejor de sus versiones) trae en sus señas de identidad una reivindicación genuinamente democrática: la desamortización del poder y la recomposición de un pacto social. Porque denuncia la deriva tecnocrática (en el sentido antes indicado), se le arrincona en la etiqueta de populismo (con adjetivos añadidos como bolivariano, perroflautista, visionario, y en el mejor de los casos utópico). Su discurso sobre la “casta” es un discurso peligroso para el poder, porque puede alimentar un ánimo vindicativo no demasiado diferente al que ha llevado a Trump al poder; sin embargo lo que (el mejor) Podemos propugna nada tiene que ver con la ultraderecha, ni se toca con ella por ningún extremo: una lectura no contaminada de los textos y programas de Podemos, así como un análisis tranquilo de sus orígenes (no tanto algunos gestos, discursos y prácticas), evidencia que lo que Podemos reivindica es democracia política, pacto social y Constitución (o proceso constituyente), es decir, una corrección al alza de la degradación política y la entropía sufridas por el sistema político del 78, que se está llevando por delante al viejo PSOE. No es ni mucho menos una vuelta a la nación identitaria, a la seguridad frente al extranjero o al liderazgo redentor, sino asumir el riesgo de la democracia. Creo que esto puede decirse así, no exactamente para defender a Podemos (que últimamente parece empeñado en defenderse a trincherazos, aceptando el juego de su marginalidad), sino más bien para recuperar lo más saludable de su discurso y significado políticos: si me permiten la licencia, estaríamos defendiendo más que a “Podemos”, a “Podríamos”, es decir, a una socialdemocracia tan dura como consciente de las dificultades, liberada de los dogmas comunistas (no se confundan tales dogmas con el análisis marxista de la realidad) y capaz de oponer resistencia a los intereses elitistas en un forcejeo para el que requeriría altas dosis de energía popular. Añado, con todas mis fuerzas: y sin pretender la construcción de un “nosotros” redentor y éticamente superior por hipótesis, porque entonces sí se aproximaría al populismo purificador.

La respuesta a la demagogia no puede ser la tecnocracia, sino la voluntad política. Ningún antídoto mejor al populismo de pulsiones primarias, aquí y ahora, que la subida de salarios y rentas, el fortalecimiento de derechos, la mejora de las prestaciones públicas pagadas con impuestos, la dignificación del discurso político, la recuperación del proyecto de construcción de la Europa democrática de los derechos humanos tomados en serio, y aquello que hace décadas llamábamos “justicia social” como objetivo político (podemos llamarlo lucha contra la pobreza). No se logrará con editoriales de piel de elefante, ni con la bunkerización del poder, ni con la búsqueda precipitada de liderazgos nuevos extraídos de las lógicas internas de los partidos (caras jóvenes para parecer nuevos): esto sólo servirá para hinchar el globo del populismo purificador, y así hacer inevitable que España llegue con retraso al proceso de descomposición de las democracias liberales que hoy se sufre en otros países en cuyo espejo ya tendríamos que ir mirándonos. Triste sería que cuando allá se haya superado este sarampión, en España estemos en plena infección.

 

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Entrevista  Pierre ROSANVALLON: Une grande détresse démocratique” a L’Obs (1-7/12/16)

Depuis l’élection de Donald Trump, la notion de « populisme » a connu une brutale explosion de popularité. Est-ce un simple effet de mode?

Si le populisme est à l’ordre du jour, c’est parce que la démocratie ne tient pas ses promesses. La classe politique s’est coupée de la société. Elle a pris le visage d’une partitocratie ou d’une oligarchie gouvernante, et les citoyens ont le sentiment de ne plus être écoutés, et encore moins représentés, d’être délaissés en matière économique et sociale. L’actualité du populisme, c’est l’actualité d’une fatigue démocratique, c’est l’ombre noire des dysfonctionnements démocratiques.

On dénonce avec véhémence le populisme, mais sa définition est très floue. Comment le définissez-vous?

Je distingue trois usages différents de la catégorie « populisme ». Elle peut désigner un style politique, une rhétorique politique ou un régime politique. Parler d’un style populiste renvoie à un comportement démagogique, à des promesses irréalisables. Par ailleurs, la dénonciation du style populiste voisine souvent, en filigrane, avec la vision méprisante d’un peuple-populace irrationnel et malléable. En cela, le populisme comme style est une notion problématique, plus polémique que descriptive, utilisée pour disqualifier un camp, une personne ou une population. Finalement, cette définition apparaît comme floue et très pauvre.

Votre deuxième niveau est celui de la rhétorique…

Là, je crois qu’on peut parler de façon rigoureuse du populisme. La rhétorique populiste se caractérise par sa façon d’apporter une réponse discutable et dangereuse à une question légitime : celle de l’insatisfaction démocratique. Cette réponse est dangereuse parce qu’elle procède de plusieurs simplifications.

Tout d’abord, les groupes sociaux sont réduits aux seules figures du « peuple » et des « élites » (définies de façon très floue), les multiples divisions sociales étant de fait niées pour exalter un peuple conçu comme un bloc homogène. Cette conception ouvre la prétention du leader populiste à représenter à lui seul le peuple tout entier, à l’incarner. Un autre élément de la rhétorique populiste consiste à simplifier l’exercice de la souveraineté du peuple. Carl Schmitt parlait de la « démocratie d’acclamation » : c’est un type de démocratie directe et immédiate qui s’épargne le filtre des institutions démocratiques complexes et préfère l’acclamation du chef et le recours au référendum, par opposition à ce que j’appelle pour ma part la « démocratie d’exercice », qui suppose au contraire la démultiplication des formes de souveraineté.

Enfin, dans la rhétorique populiste, l’émancipation passe par le combat contre les ennemis du peuple, que ce soit l’étranger, l’immigré, le réfugié, avec tout ce que cela implique de xénophobie et de « nationalprotectionnisme » (à ne pas confondre avec des éléments techniques de politique protectionniste, qui sont tout à fait légitimes). Opposition peuple-élite, exaltation du référendum et national-protectionnisme : voilà les trois dominantes de la rhétorique populiste. A cette aune, on voit que le populisme peut être de droite autant que de gauche. La grande différence concerne la redistribution des richesses : quoi que l’on pense de lui, nul ne niera que Chávez, populiste archétypique, de gauche, a redistribué la rente pétrolière (avant, il est vrai, de faire s’effondrer l’économie), alors que Poutine, populiste de droite, ne redistribue rien.

Historien des idées, professeur au Collège de France, PIERRE ROSANVALLON a travaillé sur l’autogestion et le rôle de l’Etat, avant de consacrer ses derniers ouvrages à la démocratie, comme « la Contre-Démocratie » (2006), « la Société des égaux » (2011) et « le Bon Gouvernement » (2015), tous publiés au Seuil. Avec Chávez et Poutine, on entre dans la catégorie des leaders populistes devenus chefs d’Etat. Est-ce que le fait d’accéder au pouvoir change le discours d’un populiste?

Lorsque le populisme devient un régime politique, cela se traduit dans presque tous les cas par un passage à l’autoritarisme. On voit comment les régimes de Chávez, d’Erdogan, d’Orbán ou le PiS polonais sont devenus autoritaires, en général en modifiant la Constitution. Parvenue à ce stade, la rhétorique populiste devient une figure de légitimation du régime autoritaire. « L’atmosphère populiste » contribue en elle-même à une dégradation des démocraties, même si elle ne donne pas naissance à un régime populiste à proprement parler. A cet égard, le cas de Trump est intéressant. Durant sa campagne, il a manié la rhétorique populiste classique. Est-ce que cela en fait un nouveau Chávez ou un nouveau Poutine ? Je ne crois pas. Car, pour passer au régime populiste, il lui faudrait changer la Constitution de son pays. Or, aux Etats-Unis, cela est quasiment impossible. Il n’en reste pas moins qu’il participe par son discours et ses foucades à une destruction de la vie démocratique.

Dans vos travaux sur la démocratie, vous accordez une grande importance aux cours constitutionnelles. Sont-elles les garde-fous du populisme?

Les leaders populistes ont en commun de détester les cours constitutionnelles, et ils n’ont de cesse, lorsqu’ils accèdent aux responsabilités, qu’elles ne soient disqualifiées. Or, qu’est-ce qu’une cour constitutionnelle ? Elle a une fonction représentative, celle d’être la mémoire de la volonté générale, de ses principes fondateurs. C’est aussi l’expression de la volonté générale en tant que pouvoir de n’importe qui. Tout le monde peut en effet saisir une cour : elle est la gardienne des droits et des libertés de chaque individu pris séparément. L’existence même d’une cour constitutionnelle pose une limite à l’idée, souvent reprise par les populistes, que la majorité sortie par les urnes suffit à elle seule à définir la volonté générale.

En fin de compte, peut-on parler dune vague populiste qui menacerait lexistence des démocraties?

Je parlerai plutôt d’un tournant interne des démocraties. Au XXe siècle, les dysfonctionnements de la démocratie ont engendré le totalitarisme ; au XXIe siècle, c’est le populisme. Il faut certes critiquer le populisme, mais simultanément réfléchir au développement de la démocratie, au dépassement de ses imperfections et de ses travers. C’est la façon la plus efficace de le combattre. Nous assistons au déclin de la performance démocratique de l’élection, qui est moins qu’avant capable de légitimer les pouvoirs issus des urnes. Nous sommes à la recherche d’une démocratie postélectorale. Face au populisme, il ne faut donc pas simplifier la démocratie, mais la rendre plus complexe. Il faut multiplier les registres d’expression de la volonté générale, élargir les modalités de la représentation, développer de nouvelles formes de délibération publique.

LORSQUE LE POPULISME DEVIENT UN RÉGIME POLITIQUE, CELA SE TRADUIT PRESQUE TOUJOURS PAR UN PASSAGE À L’AUTORITARISME. Au point de remettre en question le rôle central de l’élection?

Non, le vote reste toujours in fine le juge de paix. Car si l’on peut discuter sans fin de ce qui est bon pour la société, de la définition de la justice, personne ne contestera que 51 est supérieur à 49. L’élection forme un pouvoir du « dernier mot », et même les conservateurs du XIXe siècle, qui ont longtemps dénoncé le suffrage universel comme expression de la masse irrationnelle et dangereuse, ont fini par comprendre que le vote majoritaire permettait de mettre pacifiquement un point final aux discordes.

Il y a quelques années, déjà à propos du populisme, vous estimiez quil fallait se garder de tomber dans le « moralisme flou et le mépris hautain ». Quand Hillary Clinton qualifie de « pitoyables » les électeurs de Trump, ne tombet- elle pas dans ce mépris?

Certainement, et c’est terrible de dire cela. Sur ce point, il faut être clair : la démocratie ne fonctionne que si l’on refuse de hiérarchiser les raisons des actions de chacun. Même si le choix d’un individu est irrationnel, il faut l’admettre comme légitime. Les Lumières rêvaient d’un citoyen rationnel et croyaient que l’éducation publique réaliserait ce rêve. Non seulement chacun aurait le droit de vote, mais chacun deviendrait égal aux autres dans sa capacité à choisir rationnellement. Eh bien non. Dans nos sociétés très éduquées, l’irrationalité continue de jouer un rôle fondamental. Et il faut admettre cette réalité, même si on peut la déplorer et tout faire pour y remédier. Il ne faut surtout pas prétendre ramener les droits de chaque citoyen à une même échelle de jugement rationnel. Car qui serait le juge de ces critères ? Certains citoyens votent après avoir lu les programmes des candidats crayon à la main, d’autres parce que telle ou telle tête leur plaît ou ne leur revient pas… La démocratie n’a pas à s’en mêler, elle ne peut exister que dans l’indifférence à ces motifs et dans la ferme volonté de ne pas chercher à séparer le bon citoyen du citoyen indigne. C’est la condition première de sa légitimité. Mais c’est en même temps ce qui fait sa fragilité, en la rendant perméable aux puissances de la démagogie.

Venons-en au populisme en France. Marine Le Pen en est l’incarnation la plus évidente, mais est-ce la seule?

Marine Le Pen coche toutes les cases de la rhétorique populiste : il y a l’exaltation du « peuple-Un », la dimension d’incarnation, le national-protectionnisme, la mise en avant d’une vision polarisée et simplifiée de la démocratie dont le référendum est la clé absolue. Mais l’idée nationale-protectionniste se retrouve ailleurs dans la société française, sous des modes non xénophobes et non racistes, par exemple avec le thème de la démondialisation, lancé par Arnaud Montebourg. De même, le rapport ambigu au référendum n’est pas l’apanage du Front national, puisque François Fillon a annoncé son intention d’en organiser cinq ! Certaines simplifications typiquement populistes émergent aussi chez Jean-Luc Mélenchon, voire chez Emmanuel Macron, lorsque ce dernier se présente comme le candidat antisystème. Mais ces accents populistes, largement répandus, ne suffisent pas à constituer le populisme.

Et pourtant, ces accents savent trouver des oreilles pour se faire entendre…

Certes, mais pourquoi ? A cause du sentiment diffus d’une démocratie confisquée et qui ne fonctionne pas. Il est légitime et nécessaire de critiquer les élites et les phénomènes oligarchiques. Mais il faut en même temps apporter des éléments de rénovation de l’organisation démocratique, ce que le populisme ne fait jamais. Marx disait de la religion qu’elle est l’opium de peuple, car il y voyait l’« expression de la misère réelle et la protestation contre cette même misère ». En paraphrasant cette célèbre formule, on pourrait dire que le populisme est l’opium du peuple parce qu’il est à la fois l’expression de la détresse démocratique et ce qui empêche d’y remédier. Le populisme est un symptôme qui laisse impuissant. A quoi il faut ajouter, en miroir, que la plus grande partie des gens qui critiquent le populisme ne se préoccupe pas de développer une démocratie d’exercice qui permettrait aux citoyens d’exercer plus directement des fonctions démocratiques trop longtemps accaparées par le pouvoir parlementaire. La société civile regorge d’expérimentations passionnantes sur ce plan. Pourquoi un silence radio de la gauche sur ces expériences-là? Pour ma part, j’y vois le seul chemin pour répondre au défi populiste.