Presentació

Malgrat que les prediccions electorals més solvents -com les de RealClearPolitics o de FiveThirtyEight- donen per fet que Hillary Clinton guanyarà l’elecció presidencial a Donald Trump, el fenomen polític que representa la candidatura de Trump és simptomàtic d’un canvi social i cultural que molt probablement no sigui específic dels Estats Units. Paul Berman considera que les explicacions centrades en factors socioeconòmics no són prou satisfactòries i proposa una lectura centrada en la crisi cultural accelerada per la mutació de les tecnologies de la comunicació que ha dissolt les jerarquies del prestigi social i polític: tot un col·lapse cultural que invalida la noció de veritat.

Quan la investidura de Mariano Rajoy com a nou president del Govern sembla un fet consumat, Marta Romero es pregunta per la capacitat de resistència del Partit Popular, malgrat haver aplicat una política econòmica i social antipopular, estar immers en un gavadal de casos de corrupció, afrontar una nova competència electoral … I, encara més, tenir un candidat que ha estat el president pitjor valorat  i un partit força allunyat del promig de l’electorat. Dos factors concorren en l’èxit relatiu del PP: el relat que el presenta com a garant de l’estabilitat en temps de crisi i els errors reiterats de tots els seus adversaris.

Resulta paradoxal que sent Espanya un dels països amb major desigualtat en els ingressos sigui al mateix temps un dels menys desiguals en la distribució de la riquesa. Manuel Alejandro Hidalgo exposa les diferents hipòtesis que expliquen aquesta paradoxa, tot remarcant com a factor clau l’alt percentatge d’habitatge en propietat, distribuït de forma bastant homogènia, que fa d’Espanya un país de propietaris. Una realitat afavorida per l’estructura de les llars, els incentius de l’entorn econòmic i la persistència dels valors familiars, però amb conseqüències negatives en l’ocupació a causa de la baixa mobilitat de la població.

La proliferació de “batalles (i batalletes) culturals” pot ser interpretada com operacions de diversió per emmascarar impotències polítiques, però poden ser signes d’una lluita sorda per assolir l’hegemonia cultural necessària per conquerir l’hegemonia política. Aquesta és la interpretació que Marc Andreu proposa de les batalles entorn de les polèmiques del Born i del pregó de la Mercè: la lluita entre el món independentista i el món dels comuns per fer-se amb l’hegemonia del catalanisme.

Coincidint amb el 30è aniversari de la nominació olímpica de la ciutat de Barcelona, el diari Ara, publica una llarga entrevista amb Josep Anton Acebillo -el “disc dur del model Barcelona”- on adverteix contra les concepcions estàtiques i parcials del fenomen urbà i defensa la seva idea de la ciutat com un sistema obert i complex i necessitat d’un metabolisme eficient.

 

Paul BERMAN, “Trump y el colapso cultural” a Letras Libres (15-10-16)

http://www.letraslibres.com/mexico/politica/trump-y-el-colapso-cultural

1

Ningún periodista, comentarista político o historiador respetado predijo un modesto éxito político para Donald J. Trump: es algo que resulta asombroso. El propio Trump siempre ha alardeado de sus ambiciones presidenciales, del mismo modo que se jactaba de su riqueza. Ha pensado en temas vinculados a la Casa Blanca desde la década de los ochenta. Pero nadie lo tomó en serio.

Incluso después de que empezasen las elecciones primarias republicanas y de que la imponente escala de sus victorias resultara obvia, todo el mundo estaba de acuerdo en que sus éxitos solo eran una moda, y en que la nominación republicana sería finalmente para un republicano y no para Donald Trump, el intruso.

Los líderes y los sabios republicanos fueron igual de ciegos. Un extraordinario grupo de republicanos, Jeb Bush y todos los demás, ofrecieron sus candidaturas: dieciséis personas, en total, muchas de ellas visiblemente talentosas, entrenadas por curtidos veteranos del partido, cuyas experiencias se remontaban a los tiempos de Richard Nixon, el más astuto de todos los políticos estadounidenses. Y ni uno de ellos parece haber sospechado que Trump, el candidato diecisiete, el bárbaro, iba a aplastarlos a todos. Los republicanos lo trataron como a una mascota y ahora todos deben estar arrepentidos. Quizá podrían haberlo detenido, si hubieran visto su potencial. Pero no lo hicieron.

¿Cómo se ha producido este fracaso a la hora de reconocer el peligro? Creo que se debe a que Trump se presentó como el héroe de su propia mitología, extraña y llena de capas; y la mitología –que resultó atractiva para una porción del público– carecía de una dimensión política y por tanto fue invisible para la clase política. Es, por supuesto, una mitología de la riqueza. Es la historia de un poderoso multimillonario del sector inmobiliario de Nueva York cuyas maneras brutales y cuya arrogancia personal denotan un genio sobrehumano para el juicio empresarial y la acción ejecutiva: las maneras de un dios de los negocios cuya superioridad ha atraído a las rubias despampanantes que van de su brazo, un tema central de la fama inicial de Trump. El millonario, además, ha envuelto ese relato básico en una segunda mitología, y lo ha hecho persiguiendo una carrera adicional como estrella de reality shows. En su programa televisivo, Trump se presenta como Donald Trump, que encarna a un ficticio multimillonario neoyorquino llamado “Donald Trump”, quien demuestra su genio visionario y su superioridad personal despidiendo a sus empleados en actos de crueldad gratuita.

De nuevo, en sus negocios reales, Trump ha colocado otra mitología sobre su mitología presentando comentarios sobre sus negocios. El concepto central de su imperio empresarial ha sido decorar el paisaje con su propio nombre, como en la Trump Tower, los hoteles Trump y los campos de golf Trump. Son negocios que llevan su nombre porque él es el dueño, o porque otro es el dueño y ha alquilado el nombre de Trump para fingir que Trump es el dueño. Se supone que la propiedad de Trump significa buena calidad, como muestra el césped de sus campos de golf, combinada con un gusto execrable. Quedarse en un hotel Trump o jugar en un campo de golf Trump es para reírse de uno mismo o quizá burlarse de uno mismo por arrodillarse en el santuario de Trump. Y, en caso de que alguien no vea la invitación al desprecio a uno mismo, Trump ha comercializado en ocasiones objetos que animan a los compradores a identificarse como víctimas desdichadas de un grotesco culto a la personalidad. Ha vendido una loción bajo la etiqueta ridículamente agresiva “Trump: la fragancia para los hombres”, junto con un perfume masculino llamado “Éxito: Trump”, junto a “Trump”, el vodka.

Trump se ha presentado, en suma, como un estafador que desea ser visto como un estafador, y que desea que te reconozcas como su víctima. En la Convención Nacional Demócrata, Michael Bloomberg, el exalcalde de Nueva York, que es a su vez un multimillonario (a mayor escala que Trump) creador de su propia mitología, lo denunció como estafador. Pero Trump no necesita que Bloomberg haga esto. The New York Times ha informado que el imperio empresarial de Trump está construido sobre una montaña de deuda, lo que no sorprenderá a nadie. Trump es famoso por declararse en bancarrota, lo que significa que es famoso por estafar a sus compañeros y por no pagar sus cuentas pendientes. Y ha llamado la atención sobre este tipo de cosas al negarse a revelar sus datos fiscales aunque, en los tiempos modernos, haya sido una costumbre de los candidatos a presidente dar a conocer sus declaraciones de impuestos.

Naturalmente, reconoce que, al negarse a seguir la costumbre, invita a todo el mundo a preguntarse qué está ocultando. Quizás intente encubrir que su imperio empresarial es menor de lo que ha sugerido, lo que sería una muestra de inferioridad. Una ansiedad por este asunto encajaría con el hecho delirante de que, en los debates republicanos, alardeó de su pene, mientras mostraba inseguridad sobre el tamaño de sus dedos, que estaban a la vista de todos. De nuevo, al negarse a revelar sus declaraciones de impuestos, quizás invitaba al público a especular sobre posibilidades más agradables. ¿Acaso Trump no paga impuestos en absoluto? Eso sería una señal más de su superioridad sobrehumana. ¿Tiene negocios con oligarcas y gánsteres rusos? Esto también sería una señal de superioridad, al estilo gánster, a la altura de la jactancia sobre su pene.

En cualquier caso, la clase política nunca ha sabido tratar con la mitología envuelta en mitología. Esto no se debe a su naturaleza teatral per se. Ronald Reagan era todavía más histriónico, y recurría a su experiencia como estrella de Hollywood. Pero Reagan también era un hombre serio, en términos políticos, y utilizaba su talento teatral para presentarse como la democracia encarnada: el hombre modesto de orígenes humildes, sin pretensiones y amable, el virtuoso vecino, impermeable a las seducciones de los timadores de la ciudad y dispuesto, si es necesario, a tirar a un matón soberbio de su caballo.

Nada de esto está en Donald Trump. Es el anti-Reagan: el rugiente señor del crimen, el aristócrata arrogante, el legitimista. Es, en pocas palabras, todo lo que la tradición política estadounidense ha detestado siempre. El propósito de las campañas políticas estadounidenses durante los últimos doscientos años ha sido etiquetar al otro candidato como una caricatura similar a Trump: el plutócrata malvado y deshonesto, que carece de valores morales y de decencia común, arrogante, corrupto, cínico y falto de patriotismo. La clase política siempre lo ve con claridad perfecta. Pero la sabiduría de una clase política consiste en razonar a través de la analogía histórica.

Y, de este modo, la clase política estadounidense –y me incluyo en ella– miró a Trump, contempló la historia de Estados Unidos y concluyó: No. Estados Unidos es un país en el que la gente como Donald Trump no gana la nominación de los partidos políticos importantes.

2

No hace falta decir que, cada vez que ocurre algo inédito e imprevisto, una legión de respetables eruditos, aferrados a las ciencias sociales, se apresura a señalar que, al contrario de lo que indican las apariencias, todo era previsible, aunque nada se predijera. En el ejemplo presente, en cuanto Trump empezó a cosechar sus sorprendentes victorias, los sociólogos y los economistas explicaron que había conectado con la infelicidad de la clase trabajadora blanca, afectada por los salarios estancados o decrecientes y por la desaparición de las viejas industrias, y que no hay nada insólito en el fenómeno Trump.

Pero nunca he visto la lógica de ese análisis. El primer concepto político que Trump expresó en la campaña fue su aborrecimiento hacia los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos. Ese odio lo llevó a acusar a México de mandar a violadores y criminales a Estados Unidos; y lo hizo proponer reunir a once millones de inmigrantes ilegales y deportarlos; y lo condujo a plantear la idea de construir un muro en la frontera entre Estados Unidos y México y hacer que el gobierno mexicano lo pague; y lo impulsó a denunciar a un juez mexicanoestadounidense por su origen étnico. Fue la animosidad contra los inmigrantes mexicanos lo que generó la inicial y duradera oleada de apoyo por Trump: una animosidad que ha llevado a la gente que asiste a sus mítines a aclamar la construcción del muro. Y, sin embargo, ¿qué sentido tienen en realidad esas ovaciones?

La tasa de desempleo entre los trabajadores blancos es excepcionalmente baja (un 4.3%), lo que significa que la gente que busca trabajo no descubre que la competición de los inmigrantes esté arruinando su vida. Tampoco hay razón para pensar que los inmigrantes mexicanos están contribuyendo a una oleada de crímenes en Estados Unidos. El crimen en Estados Unidos lleva tiempo disminuyendo, en general, aunque no en todas partes; y los barrios de inmigrantes mexicanos no han sido un foco del crimen en particular. Tampoco hay razón para suponer que los blancos estadounidenses y los inmigrantes mexicanos se estén disputando el terreno. Existen todos los motivos para pensar, por otro lado, que los inmigrantes mexicanos realizan una enorme contribución a la economía estadounidense. Si Trump fuera elegido presidente y lograra reunir a los ilegales y deportarlos, industrias enteras entrarían en crisis. Además, en tiempos recientes más mexicanos han regresado a México de los que han llegado a Estados Unidos.

¿Por qué aclamar al muro, entonces? Creo que la gente lo hace para expresar una especie de odio muy extraño: un odio sin conexión significativa con los intereses o las ansiedades económicas, un odio casi arbitrario que se dirige contra los inmigrantes mexicanos pero podría estar tranquilamente dirigido contra otros. El propio Trump llegó a vacilar en torno a su propuesta de deportar a millones de personas, como si, en su cabeza, nunca hubiera habido una razón concreta para proponer algo así. Imagino que, si vacila en los próximos días o incluso abandona ese plan, podría desanimar a sus partidarios, pero solo porque ya no sabrán quién aplaude qué.

Sus simpatizantes perderán lo que de verdad les ha dado, el permiso para regresar al tipo de odios racistas que, en décadas recientes, se han considerado inaceptables en Estados Unidos. Pero supongo que no decepcionará mucho tiempo a sus agitados seguidores y que pronto se le ocurrirá otra manera de mantener el agua hirviendo. Sin duda a estas alturas reconoce que sectores completos de la población ansían su permiso para gritar cosas repulsivas e inaceptables. Son personas que lo apoyan precisamente porque es grosero, arrogante y violento, lo que permite que ellas también lo sean. Lo miran como su liberador, como el hombre que les permite, al fin, dar rienda suelta a los odios que expresan su angustia y su infelicidad. Solo que, ¿cuál es el origen de su angustia y su infelicidad? ¿Los salarios que no crecen o se reducen? Quizá. ¿O la oleada de drogadicción, la oleada de obesidad, la fragilidad del matrimonio? Estas también son posibilidades, aunque no sé por qué la ira por esas cosas llevaría a masas de gente a votar por alguien tan repulsivo como Donald Trump.

3

Pienso que el apoyo a Trump no deriva de una crisis económica, sino de una crisis cultural. Es una crisis de la autoridad y la información, y ha vuelto a mucha gente incapaz de identificar su propia situación o de imaginar formas realistas de afrontarla, incapaz incluso de reconocer lo extraño e inapropiado que es su impulso de votar por Donald Trump.

Todos los periodistas estadounidenses entienden de manera intuitiva un aspecto de esta crisis, que es el colapso de la industria periodística. Los días en que cada localidad mediana en Estados Unidos tenía un periódico, y en los que cada ciudad tenía dos, han desaparecido. Ni siquiera el puñado de periódicos de las ciudades que sobreviven tienen los grandes equipos que tenían, y lo mismo puede decirse de los noticieros de televisión. De nuevo, mucha gente prestaba atención a los sindicatos, que aportaban su propia interpretación autorizada de las noticias; pero el destino de los periódicos ha sido el destino de los sindicatos.

O quizá la crisis está en el aire, sin ningún aspecto institucional particular. En las universidades de élite, los profesores han lanzado un ataque contra los conceptos de la verdad autorizada y de la tradición política estadounidense, con el efecto final de que el director del periódico de la ciudad pequeña y el equipo del noticiario televisivo y el líder sindical, el catedrático de universidad y su discípulo, el profesor de instituto, han perdido cualquier autoridad que habrían podido tener. Y en lugar de todo se ha alzado la tecnología infernal que considera que cualquier cosa tiene la misma validez que otra.

Este es el mundo de Trump. Su primer gran éxito político, anterior a la campaña de 2016, fue difamar a Barack Obama diciendo que no era ciudadano estadounidense: la insinuación de que Obama, nacido en Estados Unidos, había nacido en Kenia (una mentira), y por tanto no podía ser legalmente presidente. El presidente Obama hizo caso omiso a las acusaciones de Trump al principio, o las despreció como un chiste. Y, sin embargo, al final el presidente se vio obligado a reconocer que mucha gente parecía creer las acusaciones de internet, y tuvo que tomarse la molestia de conseguir su certificado de nacimiento para demostrar su ciudadanía. Esta fue una de las victorias de Trump que los comentaristas sofisticados tardaron en aceptar. Con su campaña de difamaciones, Trump consiguió poner en entredicho la legitimidad de un presidente afroamericano. Y Trump pudo trasladar a la discusión general una ficción derivada del mundo de las teorías de la conspiración de internet, y logró hacerlo con impunidad, ahora que las jerarquías del prestigio social y político se han disuelto y las viejas instituciones del periodismo ya no están en posición de emitir refutaciones contundentes.

Incluso ahora, en plena campaña contra Hillary Clinton, es evidente que Trump pasa una buena parte del día en Twitter, leyendo y enviando mensajes. Puede ser que, frente a la maquinaria de los Clinton y del Partido Demócrata, su cuenta de Twitter y su inmersión en el mundo online no basten, como ocurrió durante las primarias republicanas. Pero sus fracasos en los días pasados parecen haberlo llevado a hacer cambios cuestionables. Ha tenido que despedir al primero de los jefes de su campaña, y al segundo, y ahora ha recurrido a un tercer equipo que está al menos parcialmente dominado por el director de un sitio web de extrema derecha llamado Breitbart. Y, en este momento, la crisis cultural puede estar a punto de tragarse al propio Trump.

Esto se debe a que la crisis de la autoridad cultural y el periodismo ha socavado una institución estadounidense en particular, el Partido Republicano. Los núcleos periodísticos de la vieja escuela eran los semanarios National Review y The Weekly Standard, junto al Wall Street Journal y varios periódicos regionales. Pero la influencia de esos medios fue superada hace unos años por la cadena de televisión Fox, desacomplejadamente derechista y periodísticamente inferior. Y, a su vez, Fox se ha visto superada por Breitbart, una mera expresión de las teorías de la conspiración de internet y de la difamación desatada. Breitbart presenta los comentarios de gente de la alt-right, lo que quiere decir “derecha alternativa”, donde tienen cabida ultraderechistas influidos por el nazismo y racistas del Ku Klux Klan, cuyo mundo nunca fue exactamente el de Trump, aunque de manera consistente él se ha aventurado a promover las teorías de la alt-right. Ahora ha tenido que apelar a Breitbart para que le ayude en su campaña. De este modo, la campaña republicana bajo Trump ha terminado resucitando a una extrema derecha estadounidense cuya edad de oro fueron los años veinte, con un momento de resurgimiento bajo el infame senador Joseph McCarthy a principios de los años cincuenta. Aquí, al fin, hay un mundo político en el que los racismos explícitos de toda clase pueden manifestarse sin complejos ni inhibiciones. En algún momento, el propio Trump podría desear no ir demasiado lejos en esas direcciones. Por lo pronto, ha dejado claro que quiere evitar cualquier deslizamiento hacia el mayor de todos los racismos antiestadounidenses, el odio abierto y violento hacia los afroamericanos. Pero se han abierto las esclusas, y quizá, bajo la presión de la maquinaria de los Clinton y los demócratas, Trump pierda el control de su propio barco, y se deslice corriente abajo, donde lo espera el fango de las teorías de conspiración.

Las encuestas hacen ahora mismo difícil imaginar que Trump gane la elección. Su campaña resultará, aun así, el episodio más delirante de la historia política estadounidense. Habrá dado un golpe terrible al Partido Republicano. Habrá devuelto la vida a las doctrinas moribundas del anticuado racismo estadounidense. Habrá hecho más que nadie en la historia de Estados Unidos por promover la cultura de la teoría de la conspiración. Habrá dado un golpe al prestigio de Estados Unidos en todo el mundo, especialmente en las regiones musulmanas, entre los países que bordean Rusia y en la frontera sur de Estados Unidos. Y quizá habrá enseñado al mundo que un colapso cultural, que ya ha ocurrido en el Partido Republicano de Estados Unidos, puede producirse en cualquier sitio”.

 

 *****

Marta ROMERO, “A la espera de un (nuevo) gobierno del PP” a Piedras de Papel (18-10-16)

http://www.eldiario.es/piedrasdepapel/espera-nuevo-gobierno-PP_6_570852940.html

“Si se cumple el guión, tras el giro dado por el cambio de timón en el PSOE, a principios de noviembre se habrá constituido un gobierno en minoría del Partido Popular. Y si el guión no se cumple, por un nuevo giro político, el país se verá abocado a unas terceras elecciones generales en las que, de acuerdo con los últimos sondeos ( Celeste-Tel para eldiario.es y Metroscopia para El País), el PP saldría (nuevamente) fortalecido y estaría más cerca de La Moncloa. Por tanto, en el actual escenario político todo parece indicar que, más tarde o temprano y con más o menos escaños, el PP estará en condiciones de formar un gobierno. Un gobierno con el que Mariano Rajoy dará continuidad a un segundo mandato y a una nueva legislatura de signo conservador en España.

La aparente buena salud del Partido Popular resulta llamativa si tenemos en cuenta que, sin hacer aparentemente nada, es la única fuerza política de ámbito nacional a la que parecen irle bien las cosas.

Por la izquierda, su principal rival, el PSOE, atraviesa una profunda crisis de (aún) incierto final. Más a la izquierda del PSOE, encontramos que, en Podemos, las divisiones ideológicas han emergido tan pronto como el pegamento de “asaltar ( rápidamente) el cielo” se acabó diluyendo por la fuerza (o más bien por la falta) de los votos. Una unidad que, no obstante, puede volver a recomponerse por la oportunidad que los problemas de los socialistas pueden brindar a la formación morada para erigirse (al menos, a corto plazo y de facto) en el partido líder de la oposición.

Por el centroderecha, el Partido Popular se enfrenta a un adversario, Ciudadanos, que no consigue rentabilizar electoralmente la estrategia de aparecer como un partido dialogante y abanderado de la regeneración democrática en una sociedad que, en términos demoscópicos, parece mostrarse ávida de consensos y harta de corrupción. Especialmente cuando la sombra de la corrupción afecta de lleno al Partido Popular y ha reaparecido además,  en forma de juicio por el caso Gürtel, en el momento en el que este partido está más cerca de continuar en el poder.

Bien es cierto, que el segundo mandato se presenta para los populares en un entorno más hostil, dado que ya no contarán con la cómoda mayoría absoluta en el Congreso que les permitió gobernar durante cuatro años sin necesidad de alcanzar consensos. El PP tendrá que aprender a gobernar en minoría y si, finalmente, en los próximos días, Rajoy pasa con éxito la sesión de investidura, será la primera vez, en la democracia, que un partido gobierne con menos de 156 escaños.

También es cierto que, en poco más de cuatro años y medio, los populares han perdido el apoyo de casi 3 millones de electores, al pasar de obtener cerca de 11 millones de votos en los comicios generales del 20 de noviembre de 2011, a no superar la cifra de los 8 millones de papeletas en las elecciones celebradas el pasado 26 de junio.

Pero, en todo caso, el PP ha mostrado una gran capacidad de resistencia. Primero, por su condición de partido gobernante que ha aplicado un duro e impopular paquete de reformas y recortes sociales en un contexto europeo en el que la mayoría de los partidos en el gobierno han sufrido severas derrotas en las urnas. Segundo, por la singularidad de ser un partido gobernante salpicado por escándalos de corrupción que han puesto en cuestión su ejemplaridad. Y, tercero, por su condición de fuerza política tradicional que ha tenido que hacer frente a nuevos competidores políticos. Por ello, cabe plantearse cuáles son los factores que explican la resiliencia de los populares en los últimos años.

Con Rajoy, no se confirma, en modo alguno, la hipótesis de que para ganar unas elecciones un partido tenga que contar necesariamente con un líder carismático o bien valorado. Cuando los populares alcanzaron su mejor resultado histórico en las elecciones de 2011, lo hicieron, de acuerdo con los datos del CIS, con un líder que suscitaba una gran desconfianza (casi el 72% de los ciudadanos reconocía tener poca o ninguna confianza en él) y recibía una puntuación media inferior al aprobado (4,43 puntos en una escala de 0 a 10).

Posteriormente, la imagen de Rajoy como Presidente del gobierno lejos de mejorar, siguió empeorando. En la antesala de las pasadas elecciones del 26 de junio, en las que el PP fue el único partido que consiguió mejorar sus resultados respecto a los comicios de diciembre, Rajoy recibía una puntuación media de 3,09 puntos; siendo, entonces, el líder de ámbito nacional peor valorado por la ciudadanía. En términos comparados, Rajoy ostenta el récord de ser el Presidente del gobierno peor valorado de la democracia.

Tampoco se puede decir que el éxito del PP resida en la gran simpatía que despierta como partido, ni en que sea la fuerza que ideológicamente más se parezca a la sociedad española. En la antesala de los comicios generales de 2011, el PP era percibido por el conjunto del electorado como un partido claramente de derechas (con una posición media de 7,89, en una escala de 1 a 10 donde 1 es extrema izquierda y 10 es extrema de derecha). Y en la antesala de los pasados comicios de junio era percibido como un partido aún más escorado a la derecha (posición media de 8,35). Muy alejado de una sociedad que sigue situándose en el centroizquierda (posición media de 4,66, de acuerdo con el último registro del CIS correspondiente a septiembre). Incluso ideológicamente los votantes del PP se ubican en una posición menos escorada a la derecha (7,09), de la que perciben que está situada el PP (7,68).

No obstante, los populares parecen haber sido exitosos en la construcción de un relato sobre su buena capacidad de gestión, puesto que, de acuerdo con las encuestas postelectorales del CIS de los comicios generales de 2011 y 2015 (última disponible), ser el partido más capacitado para gobernar es la principal razón que esgrimen (hasta un tercio de) los votantes del PP para haberse decantado por esta formación. Ni una recuperación económica tras la que sobresalen numerosos desequilibrios, ni el incremento de la desigualdad social, ni una tasa de paro que sigue siendo muy elevada y que se ha reducido a costa de un preocupante aumento de la precariedad, ni los escándalos de corrupción y de injerencias políticas, han conseguido echar por tierra la imagen de un partido “solvente”.

El PP ha sabido conectar con los miedos de una importante parte de sociedad que, ante la incertidumbre, antepone el valor de la seguridad y la estabilidad a cualquier otra consideración. La estrategia del PP en los últimos seis años y medio, cuando comenzaron a aplicarse las políticas de austeridad en España y el PSOE empezaba a dar muestras de una profunda desconexión con su electorado tradicional, ha sido la de erigirse en el “mal menor”. Desde ese planteamiento, se puede explicar el bajo perfil político que los dirigentes del PP han mantenido calculadamente, en estos años, con el fin de que nada empañara la imagen tecnocrática de su gobierno.

Por otro lado, también es evidente que los populares han sabido sacar provecho de los errores cometidos por sus adversarios. La polarización que llevó hasta las últimas consecuencias Podemos para conseguir, sin éxito, adelantar electoralmente al PSOE y convertirse en el referente del electorado de izquierda, acabó beneficiando al PP. Al igual que la incapacidad de las fuerzas de la izquierda para construir un gobierno alternativo, tras la celebración de los primeros comicios de diciembre, también ha beneficiado al PP al inclinarse nítidamente la balanza hacia las fuerzas de la derecha (ahora con 169 escaños, frente a 156 de la izquierda).

El hecho de que los socialistas pospusieran hasta después de las elecciones gallegas y vascas el “dilema” al que sabían que tenían que enfrentarse desde la misma noche electoral del 26 de junio ha sido otro gran error, que sólo ha servido para fortalecer la posición del PP. Asimismo, la aparente flexibilidad, o talante negociador, de Ciudadanos en el ámbito de la lucha contra la corrupción ha contribuido también a reforzar a los populares.

Pero más allá de los últimas ventajas con las que ha contado el Partido Popular para estar hoy a las puertas de poder formar un gobierno en minoría, su principal punto fuerte ha sido la incapacidad de la oposición en estos últimos años y, particularmente, del PSOE, acuciado por sus propios problemas internos, para desmontar la imagen de los populares como (buenos y meros) gestores.

Más que ver en la resistencia del PP un (anómalo) premio del electorado, ésta se podría entender como un rotundo fracaso de la oposición. Y, precisamente, de lo que más necesitado está el país es de la consolidación de una oposición que sea activa y controle eficazmente al gobierno. Esperemos que, a diferencia de lo que ha pasado en los últimos años, no sea la debilidad de la oposición el principal activo con el que cuente el PP para seguir gobernando. En principio, la situación de un ejecutivo en minoría sería una gran oportunidad para que la oposición se revitalizara. Aunque, de momento, ante una izquierda enfrentada y con un PSOE en peligro de descomposición, no hay ninguna razón para pensar que así vaya a ocurrir”.

 

*****

Manuel Alejandro HIDALGO, “La distribución de la riqueza en España” a Agenda Pública (16-10-16)

http://agendapublica.es/la-distribucion-de-la-riqueza-en-espana/

“La pasada semana un tuit de Bernie Sanders llamó la atención de muchos. En este tuit,  basado en un gráfico muy interesante, Sanders decía que resultaba increíble que la clase media norteamericana poseyera menos porcentaje de riqueza que la de India, Brasil o China. Pero lo que más llamaba la atención era que, en dicho gráfico, España lideraba la clasificación de igualdad en la distribución de la riqueza. Rápidamente, tanto en los Estados Unidos como en nuestra querida España, los comentarios no tardaron en aparecer, así como intervenciones, posts, columnas y demás. Todo sobre una cuestión que, entre tanta mala noticia, pilló desprevenido a muchos.

Es evidente que la distribución de la riqueza es muy igualitaria en España. Así lo dicen los datos. Sin embargo, algunas preguntas surgen cuando uno reflexiona sobre esta cuestión. En particular resulta paradójico que uno de los países con menor desigualdad en riqueza, sea a su vez un país con una elevada desigualdad en ingresos (o al menos mucho mayor de lo esperado dada dicha distribución de la riqueza). Los ingresos de los individuos son una “realización” de la riqueza, por lo que deberíamos esperar que la distribución de los primeros reprodujera la distribución de la segunda. Si esto es lo que debiéramos esperar, entonces ¿por qué observamos en España una significativa mayor igualdad en riqueza que en renta? Una respuesta emerge sobre otras posibles.

Como todos sabemos, España es un país de propietarios. Gran parte de la riqueza de las familias está materializada en viviendas. A diferencia de muchos de nuestros vecinos, en España el porcentaje de hogares que son propietarios es superior a la media de los mismos, un 78,8 % de los hogares frente al 72,9 % de la media europea en 2014. En particular, tanto Alemania como Suiza muestran cifras muy bajas comparadas con la media española, con porcentajes del 52,5 % y 44,5 % respectivamente. Nuestro porcentaje es así mismo superior al de Estados Unidos, 65,2 % a finales de 2013, y que en buena parte explicaría estas diferencias que tanto sorprenden al excandidato demócrata (ver figura 1).

1

La razón de que una elevada tasa de propiedad reduzca la desigualdad en riqueza se debe a que este activo se distribuye muy uniformemente a lo largo de muy diferentes estratos sociales y económicos,  algo que no ocurre con otros activos, en particular los financieros. Así, en otros países, donde un mayor parte de la riqueza está depositada en activos financieros, la desigualdad de renta también es mayor (ver figura 2). Por lo tanto, es posible afirmar con moderada seguridad que parte de la mayor igualdad en riqueza en España se explica porque somos mayoritariamente propietarios.

2

Sin embargo, esta respuesta no es satisfactoria. Tan solo refleja una evidencia de que algo más profundo nos diferencia de parte de nuestros “vecinos económicos”. En un trabajo de 2010, Olimpia Bover, economista del Banco de España, comparaba la desigualdad en riqueza entre España y Estados Unidos. En su análisis, Olimpia concluía que al menos la mitad de dicha diferencia para las rentas bajas se explicaba por la diferente composición de los hogares españoles comparados con los norteamericanos y en su influencia sobre el régimen de tenencia de la vivienda. Así, mientras en España el hogar tipo es, como se suele afirmar, de carácter mediterráneo, donde bajo un mismo techo confluyen hasta varias generaciones de una misma familia y donde la emancipación es tardía; en los hogares anglosajones (también escandinavos) existe una mayor variedad, precisamente de hogares más susceptibles de ser “pobres”, como son los uniparentales, de jóvenes que inician su proyecto de vida o de madres solteras. Esta diferente composición es, al parecer, determinante de una parte de las diferencias en el régimen de tenencia del hogar. Curiosamente, muchos países con elevadas tasas de propiedad comparten estas características con los españoles, como así también refleja el trabajo de Chirstelis, Georgarakos y Haliassos de 2013.

Por ejemplo, usando datos de Eurostat sobre propiedad y estructura del hogar, si en España tuviéramos la misma estructura de hogares que tiene Suecia, país con baja tasa de propiedad, el porcentaje de hogares que son propietarios en nuestro país caería unos 4 puntos, el 50 % de la diferencia con este país. O si tuviéramos la estructura de Alemania, 3 puntos, los mismos que Suiza. Por lo tanto, una parte de la mayor tasa de propiedad se explica por la demografía de los hogares españoles.

Pero no toda, como la misma Olimpia afirma y como dicen los datos expuestos en el párrafo anterior y como otros trabajos demuestran. El diferente tipo de composición de hogar explica una parte sustancial pero no toda. Otros trabajos señalan a lo que ellos llaman el “ambiente económico”, es decir, la confluencia de determinantes como son el sistema fiscal, la estructura productiva, el mercado de trabajo, los programas públicos de vivienda, el estado de bienestar, … Según Christelis y coautores, este “ambiente económico” podría ser determinante de otra buena parte de estas diferencias. Por ejemplo, en España, se ha favorecido desde las AA.PP. la propiedad frente al alquiler (VPO frente a renta social, muy presente esta última en otros países). Las desgravaciones fiscales o los tipos impositivos bajos a la adquisición (IVA), así como las dificultades para crear un adecuado parque de alquiler, incentivan a las familias hacia la adquisición. Además, un sistema financiero donde la asunción de riesgo en la concesión de préstamos es profundamente desequilibrado (de ahí otros problemas relacionados como el elevado impacto social de los desahucios), genera paradójicamente un mercado hipotecario muy “democrático” donde las diferentes características de los deudores, los que se hipotecan, afectan poco a la probabilidad de concesión de la misma. Esto ha debido favorecer y permitir la propiedad no solo entre aquellos con elevados recursos, sino en el conjunto de la distribución de la renta.

Finalmente, otros trabajos como el de Angelini, Lafferère y Weber, de 2012,  incluyen otros factores como son la cultura, la tradición y la estructura socio-familiar de bienestar como explicaciones. Según estos autores, la tipología mediterránea favorece ciertos elementos que no todos son los necesariamente esperados: los valores de la familia, de la ayuda entre sus miembros, y el propio esfuerzo y ahorro como base para la adquisición de una vivienda. Por el contrario, y curiosamente, el uso (y abuso) del endeudamiento en la adquisición del hogar ha sido tradicionalmente más bajo que en el norte de Europa, al menos entre aquellos que ahora poseen propiedad y tienen más de 50 años,  lo que explicaría a su vez parte de la mayor igualdad en renta (neta) de los hogares españoles.

En resumen, la mayor igualdad en la riqueza se explica en gran parte por la propiedad de la vivienda, y esta a su vez por tres factores: composición de hogares, entorno económico favorecedor que crea incentivos y cultura o tradición socio-familiar. Sin embargo, la estructura de tenencia de la riqueza no es inocua. Ciclo, desempleo y movilidad se asocian a esta. Paradójicamente, un porcentaje elevado de propiedad de la vivienda se ha asociado al desempleo o a ciclos más intensos. Sabiendo esto, quizás, relativicemos esta particular “ventaja” española y nos incentive a reflexionar con mayor profundidad no solo sobre las posibles razones que la determinan, sino además, sobre las posibles consecuencias que genera”.

 

*****

Marc ANDREU, “El que amaga la polèmica del Born: la pugna històrica per l’hegemonia del catalanisme” a Crític (20-10-16)

http://www.elcritic.cat/blogs/sentitcritic/2016/10/20/el-que-amaga-la-polemica-del-born-la-pugna-historica-per-lhegemonia-del-catalanisme/

“‘Haurem d’insistir en la història dels homes, perquè gairebé tota la ideologia es redueix o bé a una concepció falsejada d’aquesta història o bé a una abstracció d’ella’. S’escau recordar aquesta cita de Marx i Engels perquè aquest estiu passat ha emergit una polèmica sobre la memòria històrica que, molt més política i mediàticament interessada que historiogràfica o acadèmicament seriosa, el que en el fons amaga és una pugna per l’hegemonia ideològica o cultural a Catalunya de molt llarg recorregut. La discussió va ser suscitada inicialment per l’exposició “Franco, Victòria, República. Impunitat i espai urbà”, projectada per l’Ajuntament de Barcelona al Born aquesta tardor. Però, en paral·lel, també el debat sobre el full de ruta del procés sobiranista, la participació o no en les diferents manifestacions de l’11 de setembre d’aquest 2016 i, fins i tot, el pregó de la Mercè a càrrec de Javier Pérez Andújar han reobert una caixa de Pandora on bufen fort vents creuats entre l’independentisme transversal i l’esquerra en general. Els corrents d’aire i les tormentes són especialment intenses a l’espai d’intersecció on políticament conviuen i competeixen ERC, la CUP i les confluències d’esquerres d’ICV, EUiA, Podem i Barcelona en Comú o, per simplificar, l’anomenat món dels comuns. Però, més enllà de sigles o picabaralles circumstancials, convé analitzar amb calma l’ull de huracà: la història i el futur del país i dels seus homes i dones, sempre lligats al binomi de llibertat i cohesió social.

Ho ha definit molt bé Jordi Amat a ‘El día inexorable’, un text no viral publicat en paper al número 8 de la revista ‘La maleta de Portbou però tan imprescindible de llegir com el seu llibre ‘El llarg procés’ abans de parlar o piular sobre el moment polític català actual. És útil i lúcida la visió d’Amat sobre el procés com una “innegable mutació” de la cultura del catalanisme definida per un caràcter espasmòdic i per ser “un desafiament de les classes mitjanes debilitades a l’obtús establishment centralista” que ha elaborat “un relat històric legitimador” destinat a “la conquesta de l’hegemonia per part de l’independentisme”. La clau de volta de moltes coses, com apunta Amat, és que el catalanisme, malgrat ser el moviment social i nacional dominant a Catalunya, “no ha aconseguit ser permeable a tota la societat catalana i és precisament aquest límit el que ha provocat i segueix provocant cert miratge hegemònic”.

La batalla de fons fa molts anys que està plantejada. I no parlem del conflicte entre Catalunya i Espanya, que és secular, sinó de la pugna per l’hegemonia cultural i política a l’interior del catalanisme. Aquesta pugna està latent ja des del seu naixement com a moviment polític i social durant la segona meitat del segle XIX i, amb comptades excepcions, sempre ha resultat favorable al catalanisme conservador. No són alienes a aquesta batalla cultural les diferències entre el que puguin representar les idees de Valentí Almirall, Josep Narcís Roca i Ferreras, Enric Prat de la Riba i Josep Torras i Bages; o bé l’acció política de Francesc Cambó, Francesc Macià i Lluís Companys; o, fins i tot, les aportacions i el paper d’Antoni Rovira i Virgili, Rafael Campalans, Andreu Nin i Joan Comorera.

Menys alienes encara, i prou conegudes però en bona mesura per historiar, són les influències, derivades i algunes interrelacions del catalanisme propiciades per noms com Jaume Vicens Vives, Raimon Galí, Josep Benet, Jordi Solé Tura i el món obrer i de la immigració del que es va fer altaveu Paco Candel. És aquest un magma intel·lectual més relacionat del que sembla amb la pugna actual perquè va nodrir la contraposició –potser desfasada però encara viva en molts subconscients- entre el catalanisme de Jordi Pujol (proper però no estrictament coincident amb els límits de la tradició montserratina, democristiana i àdhuc liberal) i el del PSUC, Comissions Obreres i l’esquerra marxista en general, tant diversa (i no sempre estrictament catalanista) com allò que va del PSAN al PSC, passant per totes les variants maoistes i trotskistes.

L’imaginari antifranquista i la praxis unitària de l’Assemblea de Catalunya, així com la divisa Catalunya, un sol poble i la famosa sentència “és català qui viu i treballa a Catalunya [i té voluntat de seguir-hi vivint]” són espais de trobada compartits per ambdues tradicions catalanistes. Però espais compartits no vol dir necessàriament consensuats ni exempts de conflictivitat. I tampoc significa que el copyright d’aquest mínim comú denominador del catalanisme modern s’hagi de dividir al 50%. És cert que la paternitat de la sentència d’esperit candelià tan sovint citada és de Jordi Pujol. Com cert és que la idea de l’Assemblea de Catalunya com a organisme unitari antifranquista és del líder del PSUC Antoni Gutierrez Díaz, el Guti. Però la posada en escena de tot plegat i la feina, la lluita sorda i constant van anar a càrrec principalment de militants obrers i veïnals, singularment comunistes i catòlics amb consciència social, ajudats per alguns companys de viatge amb estudis universitaris i/o de família burgesa. El resultat és que l’hegemonia cultural que es va imposar en el catalanisme durant els anys 60 i 70 va ser la de l’esquerra i en clau molt popular.

Això va ser possible a partir d’una presa de consciència social i d’una impugnació històrica del paper de la burgesia i la cultura liberal, posant al mateix nivell la reivindicació nacional i la social. A banda de l’Església més compromesa, només el PSUC va poder integrar i difondre les dues reivindicacions amb èxit teòric i social, una “fita històrica” que Jordi Amat assenyala pel fet que, com no havia succeït mai abans de la guerra civil, un sector majoritari del món obrer explotat que procedia de la immigració espanyola va naturalitzar en la seva protesta social la reivindicació nacional catalana. La historiadora Carme Molinero ho va sintetitzar prou bé en la seva conferència de la Diada a l’Ajuntament de Barcelona, després de recalcar la importància que va significar que una quarta part de la població catalana s’establís al país provinent de la immigració espanyola durant el franquisme: “Aquest canvi demogràfic –de magnitud extraordinària- va ser paral·lel a l’extensió de la reivindicació catalanista en l’espai polític antifranquista. Això s’explica per múltiples factors de caràcter polític, cultural i social, però, per raons de síntesi, destacarem el fet que el nou moviment obrer va assumir com a pròpia la reivindicació nacional, i que entre els treballadors mobilitzats es combinaven els conceptes de classe, democràcia i reivindicació nacional”.

Després hi tornarem en analitzar l’estigma del soleturisme per l’esbiaixada lectura política (o no lectura) de ‘Catalanisme i revolució burgesa’, però així com són inapel·lables (pel segle XIX i principis del XX) els orígens populars del catalanisme que Josep Termes va posar sobre la taula en oberta discussió amb Jordi Solé Tura dins l’entorn intel·lectual del PSUC, també és difícil de rebatre la tesi segons la qual la dreta conservadora o el liberalisme burgès havien hegemonitzat sempre el catalanisme fins la “fita històrica” assolida pels comunistes als anys 60 i 70. Així doncs, quina hegemonia hi havia als anys 30, a la Catalunya republicana dels presidents Macià i Companys?

Al marge de que la guerra civil i el feixisme acabessin amb aquella experiència democràtica, convindria revisar mites sostinguts per la historiografia frontpopulista des de la transició. Hi contribueixen José Luis Martin Ramos al díptic ‘La rereguarda en guerra i Territori capital’ (L’Avenç) i José Luis Oyón a ‘La quiebra de la ciudad popular. Espacio urbano, inmigración y anarquismo en la Barcelona de entreguerras’ (Serbal): mostren una fractura social brutal a la societat catalana i una hegemonia política en disputa a tres bandes entre els móns dERC, la CNT i el PSUC. Sobre això parlava clar i català Josep Benet en un text inèdit recuperat el 2014 per Publicacions de l’Abadia de Montserrat: “En realitat, l’Esquerra era un partit burgès, molt mancat de sentit social […]. De fet, sense forçar les coses, pot dir-se que la majoria de dirigents de l’Esquerra –no tots- varen mirar el moviment obrer només des de l’angle interessat i curt de mires del nombre de vots que els podia aportar. Alguns altres –els menys- tenien, en canvi, una autèntica preocupació social i uns quants fins i tot perseguien l’objectiu d’incorporar el moviment obrer al catalanisme a través de l’Esquerra”.

Seria injust menystenir l’enorme tasca feta per les tradicions del republicanisme federal, el liberalisme progressista i lincipient separatisme dEstat Català (a banda d’elements “feixistoides”, segons adjectivació d’Anna Murià a la premsa de l’època en referència als germans Badia) de cara a la construcció d’un catalanisme popular abans de la guerra civil. Les formacions marxistes Unió Socialista de Catalunya i Bloc Obrer i Camperol, i després el POUM, jugarien cartes més minoritàries però rellevants. I clau per a aquest catalanisme va ser el pont que van intentar bastir entre el moviment obrer (majoritàriament anarcosindicalista) i l’esquerra política (majoritàriament republicana) tres personatges morts per acció de la reacció conservadora, patronal o militar: Salvador Seguí, el Noi del Sucre, Francesc Layret i Lluís Companys. Ara bé, si convenim que ERC era el que Benet definia com “un partit mancat de consciència social” i constatem el seu antagonisme amb la CNT-FAI durant la República i amb el PSUC durant la guerra, és com a mínim discutible que l’hegemonia política i electoral republicana de 1931 i 1936 arribés a consolidar una hegemonia cultural clara del catalanisme popular dins d’un país socialment fracturat i, després, militarment destrossat.

Això i, més enllà de l’exili, el paper gairebé testimonial d’ERC durant els anys de lluita antifranquista acaben per fer ressaltar l’hegemonia del gruix de l’esquerra marxista en el catalanisme des dels anys 60, justament quan la immigració proletaritzada d’arreu d’Espanya podia fer perillar alhora tant les tradicionals bases populars del catalanisme com l’hegemonia o l’ordre burgesos. Pujol i el seu món nacionalista, especialment temorencs davant d’aquests dos perills, no van pair mai una hegemonia del catalanisme desquerres que cauteritzava el primer risc però accentuava el segon. I, sorprenentment, ni en dictadura ni en democràcia Pujol no va saber confrontar a aquesta hegemonia cultural de les esquerres catalanistes un aparell intel·lectual ben organitzat. Això sí, aprofitant les seves successives majories a la Generalitat i una ERC subalterna, va jugar-hi molt efectivament a la contra des de l’administració autonòmica.

La realitat és que aquella hegemonia catalanista d’esquerres forjada durant la dictadura i la transició va anar decaient progressivament en democràcia, malversada políticament pels seus marmessors del PSC i ICV, amb responsabilitats alíquotes diferents. Hi van impactar negativament, a mig i llarg termini, els dèficits democràtics congènits de la Constitució de 1978, el desenvolupament autonòmic no federalista ni plurinacional posterior al 23-F de 1981 i el progressiu rearmament del nacionalisme espanyol: del PSOE al PP, passant per Ciutadans. Però el declivi de l’hegemonia cultural del catalanisme popular va ser, sobretot, causat per divisions, renúncies i errors propis de lesquerra catalana. I alhora propiciat per mèrits atribuïbles al nacionalisme conservador i liberal que, en última instància, ha mutat cap a l’independentisme (una petita part de l’esquerra ja ho era des de molt abans).

Com Vicenç Villatoro va confessar en una entrevista a CRÍTIC, el pujolisme no es va preocupar mai de consolidar una hegemonia intel·lectual nacionalista (potser en va tenir prou amb guanyar eleccions i desplegar TV3?). Però el sobiranisme en ascens sí que s’ho va fixar com a prioritat. A tall d’exemple, Jordi Amat relata “una aposta gramsciana” que, el 2007, el director de la Fundació Ramon Trias Fargas (rebatejada CatDem) Agustí Colomines va plantejar a un grup de joves intel·lectuals com a “pretensió, honesta i legítima, de conquerir l’hegemonia”. Senyal que ni CDC ni el catalanisme conservador la tenien, més enllà d’haver perdut el poder polític a mans de l’esquerra catalanista liderada per Pasqual Maragall, el 2003. Més o menys per la mateixa època, quan el tripartit governava Catalunya -sense proposar cap actualització estratègica i unitària del catalanisme popular que no fos la tempestuosa i enrevessada agenda política del nou Estatut-, destacats dirigents d’ERC orquestraven un altre pols per l’hegemonia. Era potser menys elaborat que el de la CatDem però, en darrera instància, d’èxit còmplice o complementari. L’objectiu dels republicans era substituir les restes importants d’hegemonia psuquera al món cultural, periodístic i universitari. En paral·lel, i amb l’auge del sobiranisme, l’estratègia política d’una ERC socialdemòcrata o liberal, segons el dia, no ha oblidat ni els seus vasos comunicants amb CiU ni les picades d’ullet a un flanc esquerre on la CUP ha crescut i el PSC s’ha trencat.

És evident que la crisi econòmica global i les de l’estat del benestar, del model autonòmic i de la democràcia espanyola en general, coincidents a Catalunya amb el debat i la retallada de l’Estatut, han incidit, i molt, en aquesta batalla per l’hegemonia. La sociòloga Marina Subirats va encertar el diagnòstic en definir l’independentisme com a l’única utopia disponible en temps de crisi i d’incertesa, especialment útil i permeable com a esperança o il·lusió màgica per a les classes mitjanes i els joves. Aquesta mutació en el catalanisme i les seves derivades sociopolítiques es va covar entre el 2006 i el 2010 i va cristal·litzar a la manifestació de l’11 de setembre del 2012. El clam d’independència va ser unànime. El mateix ha passat en les successives diades fins aquest 2016, organitzades per l’Assemblea Nacional Catalana (ANC) i Òmnium en el que ha esdevingut un moviment social sense precedents a Europa però cada cop més institucionalitzat i mediàtica i políticament instrumentalitzat.

La singularitat de l’11 de setembre del 2012 és que, per primer cop, en una gran manifestació als carrers de Barcelona, hi va haver moltes més estelades que senyeres, banderes roges o qualsevol altra mena de pancartes. I moltes més estelades de triangle blau que d’estrella roja. Vet aquí la constatació plàstica del canvi d’hegemonia en discussió i, en aquell moment, viscut amb sorpresa per gent provinent de l’heterogènia tradició del catalanisme marxista, fossin d’ICV, del PSC, de la CUP o, fins i tot, d’ERC. Tota mena d’enquestes i els successius tests al carrer o en urna realitzats fins ara, inclosa la consulta del 9-N del 2014 i les eleccions pretesament plebiscitàries del 27-S del 2015, han confirmat aquesta mutació del catalanisme i l’auge de l’independentisme interclassista o transversal, que ha maquillat el seriós retrocés del centre-dreta nacionalista tradicional i la seva corrupció. No obstant, també han quedat clars l’estancament electoral de l’independentisme al voltant del 50% i la necessitat democràtica, més enllà de frivolitats de fulls de ruta i de passar o retrocedir pantalles, de celebrar un autèntic referèndum d’autodeterminació.

En paral·lel, durant aquest temps ha semblat conjurar-se a Catalunya (no pas a Espanya) el risc de consolidació d’una hegemonia alternativa espanyolista, tot i el fantasma del lerrouxisme apuntat en el creixement de Ciutadans, el manteniment del PP i l’aparició d’entitats com Societat Civil Catalana. Per contra, i malgrat quedar políticament en fora de joc tant la socialdemocràcia com la democràcia cristiana de tradicionals pedigrís catalanistes, sí s’ha forjat una hegemonia alternativa a l’independentisme interclassista. Té la curiosa condició de sorgir a parts iguals de dins mateix del catalanisme i de les brases del 15-M, i de mantenir bona relació amb sectors emergents de l’esquerra espanyola. Genealògicament emparentada amb el catalanisme popular dels anys 70 i alhora impulsora d’una revisió crítica dels anys de la transició com a forma de legitimar-se, aquesta hegemonia alternativa és la de l’anomenat espai dels comuns.

Així doncs, a la Catalunya on encara conserven el poder polític els hereus gairebé innominats del pujolisme (en aliança tàctica amb l’esquerra independentista i alguns socialdemòcrates), de cop ha emergit un nou i complex espai polític d’esquerres, també sobiranista però no necessàriament independentista. Encara en fràgil construcció al voltant d’ICV, EUiA, Podem i Barcelona en Comú, aquest espai polític ha estat capaç de guanyar per sorpresa a Catalunya les dues darreres eleccions espanyoles i, a les municipals del 2015, l’alcaldia de la capital i d’altres ciutats metropolitanes. És just en aquesta complexa situació d’empat i d’impàs polític i sociològic que la pugna per l’hegemonia cultural a l’interior del catalanisme s’ha intensificat.

Fins fa no res, la partida semblava clarament guanyada per uns. A finals d’estiu, així ho descrivia Albert Recio a ‘Mientras tanto’: “A Catalunya, l’esquerra està sotmesa a un relat dominant del que és difícil sortir: el de la independència. Es tracta d’un relat que ha aconseguit l’hegemonia en àmplies capes de la societat, clarament fora de l’àrea metropolitana i de forma notable entre les capes mitjanes barcelonines”. Precisa Recio que l’independentisme disposa de “poderosos mecanismes culturals i organitzatius, així com una base social consolidada per neutralitzar i menystenir les propostes intel·lectuals que venen d’aquest espai que els resulta incòmode”, en referència al dels comuns. El pregó de la Mercè hagués pogut ser el penúltim exemple d’això si no fos perquè el genial relat i l’habilitat de Javier Pérez Andújar, contraposats a l’astracanada del pregó alternatiu de Toni Albà, ha evidenciat el que ja era un fet: la pugna per l’hegemonia dins del catalanisme no està ni molt menys resolta.

Alguns -i amb tots els matisos que, per exemple, a CRÍTIC han exposat Sergi Picazo i Montse Santolino– argumentem que és clau la batalla de les ciutats invisibles i garantir la cohesió social. N’hi ha d’altres, de batalles. I molt entrecreuades sobre la complexa malla dels eixos social (esquerra-dreta), nacional (Catalunya-Espanya) i de regeneració democràtica (que és molt més que la tramposa dicotomia vella-nova política). Però tot es complica encara més quan, des d’arreu, alguns compareixen al combat per l’hegemonia amb tacticismes polítics o amb poc elaborats arguments classistes, historicistes o fins i tot etnicistes, fàcils per desqualificar l’oponent i per lluir en un tuit, titular o tertúlia però molt poc útils per entendre la complexitat del moment. D’exemples de tacticisme n’hi ha a cabassos: són pur càlcul polític la llista i el Govern de Junts pel Sí i els seus fulls de ruta; ho són les anades i vingudes de la CUP, i ho és també el marejar la perdiu d’alguns actors comuns sobre el referèndum i la conveniència de manifestar-se alhora al costat de l’ANC a Barcelona i, a Sant Boi, un dia amb la CUP i ERC i un altre amb els hereus del PSUC, bo i apel·lant sempre al catalanisme popular.

Igualment nombrosos, però més preocupants, són els arguments classistes, historicistes o, en algun cas, etnicistes o supremacistes. És gruixut desqualificar la memòria popular, obrera i de barri, que en bona mesura és la de la Catalunya metropolitana, menystenint la seva capacitat transformadora en benefici de les classes mitjanes suposadament més il·lustrades. També és gruixut menysprear aquesta memòria titllant-la de simple nostàlgia o, fins i tot, despatxant-la com a subcultura al servei de la ideologia dominant espanyola per poder mantenir subordinada la cultura catalana. És comprensible que a determinats sectors del catalanisme no li agradi la síntesi culturalment alternativa i amb apel·lació a l’hegemonia internacionalista i de classe que va fer Javier Pérez Andújar en castellà: “Barceloneses del mundo, ¡uníos!”. Però està per veure si reivindicar la cultura popular, obrera i de barri dels anys 60, 70 o 80 és menys legitimador (i més nostàlgic) pel lliure futur i la cohesió social del país que recórrer al 1714, a polèmiques fàcils sobre la guerra civil o a manifestos lingüístics que acusen la immigració castellanoparlant de ser “instrument involuntari de colonització lingüística”.

Hi ha qui fa esforços per mantenir ponts entre diferents imaginaris de referència històrica catalanista com són els de 1714 i 1939. No són contradictoris i, segons com es llegeixin ambdues derrotes, conformen un mateix relat nacional sobre Catalunya: sotmesa primer per l’absolutisme borbònic i, dos segles més tard, pel feixisme i el nacionalcatolicisme franquista. No obstant, convé no perdre de vista que les èpoques i els contextos històrics són molt diferents i que segons quines analogies o solucions de continuïtat són fàcils de fer però també equívoques i poc rigoroses. La polèmica mantinguda a l’agost, al diari digital Ctxt, entre Núria Alabao (‘Guerras culturales en Cataluña: el 1714 contra el antifranquismo‘) i Jordi Graupera (‘Memorias en común u olvido excluyente‘) és segurament l’exemple de més nivell en un debat sovint enfangat, de poca volada intel·lectual i encara menys rigor històric. El problema és que en la guerra de posicions per l’hegemonia, sobretot en l’esfera comunicativa, sembla que valgui tot: sectarisme, reduccionisme, distorsió argumental, mala caricatura… En el catalanisme, qui ha cavat còmodament trinxeres amb moral de victòria en els darrers anys i ara es veu amenaçat per foc que voldria amic no té manies en sortir a la càrrega.

“És normal que els hereus del comunisme i del món llibertari s’inflin com a paons després de la fallida del capitalisme ultraliberal. És normal que no se’n sàpiguen avenir, de tenir una companya a l’alcaldia de Barcelona, de guanyar les eleccions generals a Catalunya. Però les seves conviccions són, com a mínim, tan granítiques com les dels independentistes. I a diferència d’ells, ja saben el que és l’hegemonia cultural (la que tenia el PSUC) i, redéu, com la trobaven a faltar. L’intervencionisme del món dels comuns va més enllà de l’emotivitat de les estelades: porta al darrere tota una visió del món i una arquitectura moral. […] Tot plegat genera una maquinària propagandística que revela la voluntat d’una hegemonia que només és popular mentre quedi clar qui és classe popular i qui no ho és”. Aquesta acalorada cita d’agost és del bloc de Toni Soler: resumeix prou bé el nerviosisme de l’independentisme mainstream enfront de la lluita per l’hegemonia dins del catalanisme. Més resolutiva i sofisticada és la sortida per la tangent de Jordi Graupera (Ara, 25/9/2016), que intenta argumentar la mort del catalanisme i en separa o, fins i tot, confronta l’independentisme. El risc de decretar la mort del catalanisme (popular o conservador, tant se val), de renunciar als seus valors morals i d’unitat, i de desitjar amb infantilisme la desqualificació o incompareixença del rival per atorgar directament la nova hegemonia a l’independentisme transversal és que es poden convocar els fantasmes del lerrouxisme. I no és només que s’afavoreixi l’espantall que l’espanyolisme voldria agitar, sinó que alhora s’anima el soleturisme precisament per part d’aquells que critiquen un concepte, d’altra banda, mal encunyat.

Des dels sectors de l’independentisme que saben qui era Solé Tura (que no vol dir que l’hagin llegit) se l’acusa de defensar que els catalanistes havien de ser burgesos o rics i que els autèntics obrers mai no podrien ser catalanistes. Res més lluny de la realitat perquè, com resumeix Xavier Domènech a ‘Camins per l’hegemonia‘, “el llibre acaba dient que la realitat nacional no és exclusivament burgesa i que, perquè Catalunya pugui assolir les màximes aspiracions nacionals, qui ha de prendre en les seves mans la lluita nacional és la classe obrera”. Al marge del debat historiogràfic suscitat per Josep Termes el 1974, la qüestió de fons és, com diu Domènech, que s’ha codificat la història de les classes populars dins de la història del catalanisme, jutjant-la en la mesura que era més o menys catalanista i fent difícil d’entendre en tota la seva dimensió la història mateixa del catalanisme popular. En síntesi simplificada per Domènech, vet aquí el problema: “Hi ha una part de l’independentisme d’esquerres a qui els independentistes de dretes han explicat el passat. I se’ls han cregut. […] I si els de Podem s’ho empassen ja és l’hòstia”.

Afortunadament, en l’espai dels comuns hi ha independentistes i també una ICV, hereva del PSUC i de l’Entesa dels Nacionalistes d’Esquerra, que, si s’escau, poden donar testimoni a companys de viatge, a propis i a estranys; és la mateixa força política a qui ningú pot donar lliçons de catalanisme o defensa del dret a l’autodeterminació. Una altra cosa és que a algú li convingui atacar o estigmatitzar els ecosocialistes en refregues espúries d’un combat per l’hegemonia que inclou la lluita per l’herència del PSUC i el catalanisme popular. Afortunadament, tampoc no tot l’independentisme transversal ha caigut en la trampa de caricaturitzar o menystenir la memòria del catalanisme popular per la via polisèmica fàcil de posar en evidència que allò que ara és popular és el moviment social que –pacíficament i de forma massiva, com mai i enlloc- es manifesta cada 11 de setembre. Més enllà de si el referèndum torna a estar en el centre del debat polític per tacticisme o convenciment, la prova de que lindependentisme reconeix que lhegemonia cultural es juga en el camp social, de la memòria històrica i de la cohesió nacional és la campanya que Òmnium endega aquesta tardor amb el nom de Lluites compartides’. El seu objectiu declarat és conèixer el passat i reconèixer tothom per fer qualsevol pas endavant, admetent la contribució de tota mena de lluites socials a la cohesió del país i a la seva diversitat, ja que uneixen persones de procedències diverses en una causa compartida i plasmen la visió candeliana de “Catalunya, un sol poble”.

“Saber que el relat propi és dèbil, que l’hegemonia està fora, és el primer pas per situar una tasca crucial. […] Però quedar-se paralitzat per aquesta hegemonia i no tractar de construir un relat diferent és el que no ens podem perdonar”. La cita és d’Albert Recio a ‘Mientras tanto’ i, per tant, emesa des d’un espai proper als comuns. Però segurament és reversible i de lectura similar des de l’independentisme mainstream. Als dos sectors principals en lluita per l’hegemonia els ha de pesar la consciència de saber que, independentment dels seus orígens, l’hegemonia del catalanisme ha estat gairebé sempre a la dreta. Però ara, com excepcionalment va succeir durant el franquisme, sembla clar que es guanyarà a l’esquerra.

Per això, d’un temps ençà i fora de context, sectors del sobiranisme tracten d’apropiar-se de la memòria de l’anarcosindicalista Salvador Seguí, el Noi del Sucre, per un discurs de 1919 a l’Ateneo de Madrid de qui un vell company després afí a ERC en va reconstruir una cita, el 1949, a l’exili de Montevideo, en clau d’ucronia protoindependentista: “Als treballadors, com sigui que amb una Catalunya independent no hi perdríem res, ans al contrari, hi guanyaríem molt, la independència de la nostra terra no ens fa por”. I per això, també, hi ha un penúltim intent de l’independentisme transversal de dotar d’èpica històrica i contingut social la seva batalla per l’hegemonia tot reivindicant el federalista d’esquerres Narcís Roca i Ferreres, el primer a preconitzar la creació d’una República Catalana al servei de les classes populars. “Aquí va néixer tot”, resava la convocatòria de l’ANC, la Comissió de la Dignitat, la revista Sàpiens i el Cercle Català de Negocis quan, el 25 de juliol, es va rememorar el centenari del míting del teatre Novetats organitzat el 1886 contra el tractat de lliure canvi entre la Gran Bretanya i l’Estat espanyol i en el que Roca i Ferreras va intervenir per carta.

Mitificar un míting proteccionista i Roca i Ferreras és una opció legítima que, un cop més, barreja interessos diversos en pro d’un relat independentista interclassista. Però també confronta hegemonies i, fins i tot, dóna cobertura als qui signen certificats de defunció al catalanisme. Recordem que, precisament, el 1886 Valentí Almirall va publicar la seva obra seminal ‘Lo catalanisme’. Aquesta seria una altra opció, més clàssica i més procliu a un federalisme de tall confederal, però també escorada a l’esquerra. I allunyada igualment del catalanisme conservador de Prat de la Riba que, sota una forma o altra, gairebé sempre ha estat hegemònic. Amb l’única excepció del catalanisme popular dels anys de l’antifranquisme i l’incertesa sobre el futur actual.

És en aquest context de combat per l’hegemonia cultural i política, i sense haver d’anar tant enrere a buscar referents, que reviscola la memòria del catalanisme popular: el de Cipriano García i la Comissió Obrera Nacional de Catalunya, que als anys 60 van treure del testimonialisme la celebració de la Diada abans de passar el testimoni a l’Assemblea de Catalunya. Aquella Assemblea de Catalunya que, sota el paraigües del moviment veïnal, el febrer de 1976 va convocar a Barcelona les manifestacions per la llibertat, l’amnistia i l’Estatut d’Autonomia que van posar la mortalla al franquisme. Escollir uns o altres referents (1714, 1886, 1931-1939 o 1976) comporta una opció i segurament porta a relats diferents, no excloents però tampoc innocents. Tot són opcions. Per això cal tornar a insistir en la història dels homes. I de les dones”.

 

*****

Entrevista a Josep Anton ACEBILLO a Ara (16-10-16)

http://www.ara.cat/suplements/diumenge/Barcelona-del-que-ciutat-no_0_1669633156.html

Va ser el cervell de Barcelona durant dècades. És el disc dur del model Barcelona, artífex duna manera dentendre lurbanisme que ha creat escola i que ha rebut, es queixa, més reconeixements fora que dintre. Josep Anton Acebillo va entrar a lAjuntament de Barcelona el 1980 de la mà d’Oriol Bohigas, quan era alcalde Narcís Serra, i va ser el responsable durbanisme i arquitectura, en diferents càrrecs, fins al 2006, quan amb la marxa de Joan Clos a Madrid va decidir deixar una feina que va tenir el seu moment més àlgid durant els anys de Pasqual Maragall. L’agost passat es va jubilar de la càtedra de Cultura del Territori que ha exercit els últims 12 anys a l’Acadèmia d’Arquitectura de Lugano, a Suïssa, i al setembre va començar una nova etapa com a codirector internacional dinvestigació sobre urbanisme a la Universitat Tongji de Xangai. La conversa es va fer aquest estiu, abans que se n’anés a la Xina, i va quedar clar que tot i l’interès i els coneixements que té sobre levolució global de les ciutats, el que realment li dol és Barcelona, una ciutat que coneix perquè, en gran part en el tombant de segle, se lha inventada ell.

Com ha canviat la perspectiva de la ciutat vista des de fora?

Han sigut uns anys molts fèrtils. Ja quan estava a Barcelona dedicava un semestre a l’any a donar classes com a professor visitant a Lugano, a Yale, a Harvard. Després, quan em vaig instal·lar a Suïssa a temps complet, només venia a Barcelona els caps de setmana, i va ser llavors quan vaig poder visualitzar tota la immensa feina que havíem fet durant aquests 25 anys. Vaig tenir ocasió de posar això en relació amb les noves tesis de com s’havia de transformar la ciutat moderna-industrial, que diem els urbanistes, i potenciar tècnicament una ciutat de societat neoterciària i global. Ja vam començar a fer-ho amb Pasqual Maragall i arriba fins ara. Aquests anys he pogut contrastar la teoria amb la pràctica que vaig fer, una cosa que pocs poden fer.

Ciutat postindustrial terciària… ¿Ha canviat gaire el model de ciutat en aquests anys?

En l’evolució de la disciplina urbanística internacional, el canvi entre una societat industrial i una neoterciària i globalitzada és dràstic. Això ha sigut un canvi radical en l’economia. I la reacció des de l’antropologia, la sociologia o la filosofia també ha sigut dràstica. Des del camp de l’urbanisme i de l’arquitectura internacional, en canvi, no es reacciona. Simplement el que es fa és temperar-se i dir: “Mira, tu, si aquesta gent en lloc de fer fàbriques de xoriço volen fer casinos, mentre me’ls encarreguin a mi jo els faré”. El canvi de concepte de ciutat es produeix sense la crítica necessària des de la disciplina teòrica. Encara més, entre el 2000 i el 2008, en la formació urbana postfordista es feia servir el paradigma FIRE ( finantial, insurance, real estate, enterprise ). Cap d’aquestes paraules té a veure amb l’arquitectura i l’urbanisme. Tenen a veure amb les finances, les assegurances, les companyies immobiliàries, i l’ enterprise amb la creativitat i la imaginació que vénen com a conseqüència de les noves tecnologies. I fins al 2008 la ciutat subsisteix amb aquest paradigma. Llavors es produeix un cataclisme, provocat perquè els financers i capitalistes, en lloc de fer de banquers, es dediquen a fer de promotors immobiliaris. Els substitueixen, i quan donen els diners diuen també el que s’ha de fer, que és construir allò que farà més hipoteques. I ve la crisi, sobretot a l’Amèrica del Nord, de les hipoteques porqueria i de tot el que ho envolta, que causa la debacle del sistema econòmic transnacional. Es parla de l’especulació, però el model està erosionat en l’origen, que és aquesta intromissió del món financer en la producció urbana. I això passa més als Estats Units que a Europa.

Doncs aquí va passar amb molta força. El boom de construcció que hi va haver entre el 2000 i el 2010 va ser espectacular.

Sí, però no hauria sigut tan greu si no hagués estat en la salsa del boom de les hipoteques. Les clàusules terra, les hipoteques porqueria, les preferents… Encara cuegen, aquestes històries. La conseqüència no és que la ciutat sigui més pobra, és que per primera vegada des del model modern industrial els fills són més pobres que els pares. La meva filla, per exemple, amb el seu marit i el seu fill, amb carreres universitàries i més de 40 anys, encara no tenen el futur assegurat.

És un problema global.

Sí i, paradoxalment, l’únic model de transformació solvent que conec del model industrial a neoterciari es produeix a Barcelona. Jo l’explico a fora com el nostre model. Una mica abans del 92 estàvem parlant i deia l’alcalde Maragall que si teníem èxit i venia molta gent, en quins hotels s’estarien? Explico això perquè és paradigmàtic. Els hotelers d’aquí deien que no es podien fer hotels, que miréssim les estadístiques perquè la gent venia un dia a veure Montserrat i la Sagrada Família i després se’n tornava. No venia ningú, no hi havia hotels. I els que hi havia estaven quasi sempre a plena ocupació i no en van voler saber res. Com a conseqüència d’això nosaltres vam proposar fer un pla d’hotels en terrenys públics. Els privats s’hi van negar, ens van dir que érem d’ultradreta i ens van posar a parir. Avui en dia ningú vol recordar aquest episodi, però vam fer aquell projecte i va ser l’inici d’una política turística que ara és molt fàcil qualificar d’obsoleta -si ho està, que la canviïn-, però que tinguin en compte que en depèn l’economia de Barcelona. Que mirin de triar quin turisme tindrem, però que no diguin que tindrem economia del coneixement perquè, que jo sàpiga, una universitat no dóna fruits en menys de 50 anys.

Tanmateix, aquest és lobjectiu.

Parlar d’intangibles és molt fàcil. Substituir una economia industrial per una altra no tant. Després de nosaltres hi ha hagut altres passos de l’economia industrial a la del coneixement o, com diuen els americans, cap a la societat bohèmia; com a Seattle, que han fet de la música i la indústria puntera el seu eix, però allà tenen Microsoft i Boeing. A Barcelona vam fer la transformació del 92 i encara que tant jo com Maragall coneixíem molt bé Amèrica, aquí vam fer coses que allà no se sabien. Per exemple, la política d’espais públics, el que anomenàvem acupuntura urbana, que va suposar, entre altres coses, 150 nous espais públics fins al 1987. Els americans van trigar uns anys a aplicar-ho en algunes ciutats, i els europeus encara més. I això explica l’èxit de la gran transformació de la ciutat, reconegut arreu excepte a Barcelona, on està manipulada i tergiversada, i és dramàticament criticada per molts o per gairebé tothom. Al món no és així.

Què hi va a fer a la Xina?

Tinc 70 anys i m’han fet jubilar, però em trobo bé i volia seguir. Tenia dues possibilitats: o els Estats Units o la Xina. Als Estats Units ja havia ensenyat molt i fa anys que em decep molt la seva política. Llavors vaig parlar amb un amic a la Xina perquè em digués quines possibilitats tenia allà i em va dir que no calia que busqués, que hi anés. Em va explicar una cosa bastant simptomàtica: “Nosaltres hem traslladat 450 milions de persones en menys de 15 anys des del centre de la Xina fins a la costa. I no ho hem fet en 400 ciutats d’un milió, sinó en 20 o 30 ciutats de 20 milions. Aquesta construcció gegant de ciutats i trasllat de població l’hem feta seguint models occidentals, però en aquest moment en què l’economia xinesa és adulta i ja investiguem a nivells que a Occident pràcticament no es poden seguir, ara ens correspon analitzar el que hem fet i proposar models urbans nous”. Per fer això no tenen gent preparada, em va dir, i van considerar que per la meva experiència teòrica i la pràctica a Barcelona era la persona adequada. I han creat un espai internacional d’investigació del qual sóc codirector amb un arquitecte local. Estaré a la Xina des d’ara fins al setembre del 2018. I no sé gaires coses més perquè tot encara és nou.

Allà investigarà projectes urbans nous?

Una cosa curiosa és que quan els vaig demanar quina línia volien no em van deixar acabar la frase. Van dir: “Això és el que volem que decideixis”.

I quina és la línia argumental més important en aquest moment?

El boom demogràfic és la punta de llança de la nova ciutat i la nova urbanitat. A Europa, a Espanya i a Barcelona, per descomptat. Les exagerades manifestacions de l’equip de l’alcadessa sobre el tema de la bicicleta són com a mínim arriscades. El que s’ha de fer és llegir que a Barcelona en 30 anys el 50% de la població tindrà més de 70 anys. I no podran anar en bicicleta, o no seran gaires els que ho facin. Per tant, es poden preparar per tenir això que no els agrada: patinets especials per als vells, cadires de rodes… Tot això és el que s’acosta i ja s’està produint. Perquè aquí combinem dues coses explosives: una esperança de vida llarguíssima, les dones al Mediterrani ja arribeu als 85 anys, amb una natalitat baixíssima. I això combinat fa una ciutat gairebé sense nens o amb pocs nens i molts vells. La perspectiva demogràfica és bàsica. L’altra línia que porto anys investigant té a veure amb el metabolisme urbà.

I què vol dir metabolisme urbà?

La ciutat és un sistema obert i complex, i des d’un punt de vista termodinàmic tot el que hi entra després ha de sortir. Ara bé, si és un sistema obert, això vol dir que els que el formen interactuen. I, a més, és complex, així que interactuen molt. El que entra a la ciutat es processa -massa, energia i informació- i en surt un producte. Com entra la pell i en surten sabates. Però per fer-ho fa falta informació, energia, coneixement… Aquest procés és el típic del món animal i el mateix passa en una ciutat. Al llibre que vaig escriure, Urban metabolism, analitzo l’eficiència metabòlica d’una ciutat i Barcelona, per exemple, és la desena d’Europa. Que està molt bé, perquè en el rànquing de les 30 ciutats que hem estudiat les primeres són petites i del nord: Copenhaguen, Oslo…

Copenhaguen s’està convertint en un referent.

Hi vaig estar l’any passat a l’estiu i no és que s’estiguin convertint en un referent, és que ja ho són. Tot això que surt ara a la premsa que dia sí dia també s’espatlla un tren no és admissible al segle XXI. Passa perquè l’administració central responsable no fa el que ha de fer, i el que hauríem de fer els catalans és plantar-nos molt més fermament davant d’aquest desastre diari, i que ens portin al Constitucional o allà on vulguin. Això no passa a Copenhaguen, i no és que tinguin trens de levitació magnètica sinó que els trens convencionals funcionen i arriben a l’hora. Es tracta de millorar contínuament la quotidianitat abans d’emprendre noves accions de gran volada.

Noves accions? Com quines?

El que es fa pel món no és posar tramvies sinó nous sistemes disruptius de transport subterranis i aeris. Som en un moment en què un avió fa la volta al món sense combustible, en què a la Xina hi ha trens a l’àrea metropolitana que van a 500 quilòmetres per hora, en què ja parlem de tracció electromagnètica. Això és el futur. No és dir que a Barcelona s’han de treure els cotxes. El futur és dir que a Barcelona han d’existir els cotxes perquè si no no ens podrem moure, ni existirà l’economia ni un sistema social complex i progressiu. S’ha d’evitar l’excés incontrolat del trànsit de cotxes però sobretot s’ha d’aconseguir que els cotxes no contaminin. Com a conseqüència de les investigacions de la Universitat de Haifa, a Israel, estan a punt de comercialitzar un nou sistema d’“asfalt elèctric” que permet que quan els cotxes roden produeixin electricitat per fregament elèctric i se la quedin. Ja no diem si seran híbrids, de gas o elèctrics, probablement s’autoabastiran entre aquest sistema i l’energia solar. El tema del transport està avançadíssim. ¿Aquest és el model de Copenhaguen? Bé, almenys procuren que sigui aquest. Molt diferent és fer propostes de posar un trasto a la Diagonal perquè no puguin passar els cotxes, un tramvia que és un disbarat que arruïnarà el trànsit del carrer Mallorca i el carrer València. A més, el Tram ha sigut sempre un depredador de l’espai públic. Aquesta és la diferència.

Vostè va firmar una carta oberta a lalcaldessa en defensa de Ramon Garcia-Bragado un cop lhavien exculpat del cas de lhotel del Palau de la Música. Exigien a Colau una disculpa i un elogi públic de la feina urbanística anterior.

Sí. Em va saber molt greu el que van fer a aquests senyors perquè els conec personalment. He signat poques cartes a la vida sense coneixement de causa. Ramon Garcia-Bragado era un advocat joveníssim que treballava amb el Síndic de Greuges quan hi havia Frederic Rahola. I vaig demanar-li al síndic si el podia deixar marxar perquè necessitava una persona absolutament rigorosa des del punt de vista legal i ètic per controlar tots els contractes d’obres del 92. I aquest era Ramon Garcia-Bragado. Poso la mà al foc que no ha fet res dolent. Una altra cosa és que algú pensi que no està bé el projecte de l’hotel del Palau, que de cap manera allà hi pot haver un hotel. No obstant això, jo puc argumentar el contrari perquè crec que, al món, és normal que aquest tipus d’equipaments tan importants tinguin un hotel annex. Això és una trampa que va posar Convergència per desviar l’atenció i, en lloc de fer el judici sobre el saqueig del Palau, van fer un judici sobre l’hotel. Aquesta és la punyetera realitat d’aquest país. Jo a Ada Colau no la coneixia. I quan vaig veure que guanyava vaig reaccionar de manera expectant i optimista. Després sembla que tot és una mica decebedor. Però a l’inici em va intrigar perquè volia resoldre els problemes de la ciutat des d’una perspectiva diferent de la urbanística, que és el que vam fer nosaltres en el període Serra-Maragall-Clos, que és el que m’interessa, perquè després ha sigut tot un fiasco.

Inclosa l’etapa de Jordi Hereu?

Aquella va ser una etapa irrellevant.

I com veu la situació ara?

Al principi em va agradar que la nova alcaldessa parlés del dret a la ciutat, de la sensibilitat de tothom, d’una nova política d’immigració, d’un repartiment més equitatiu i d’una lluita contra la pobresa. Això m’interessava. Per a una persona que ha utilitzat el maquinari i el programari d’una manera endimoniadament dirigista com jo, pensava que resoldre els problemes d’una ciutat a partir dels intangibles era una incògnita que obria grans expectatives. ¿Serà capaç aquesta alcaldessa de gestionar així una ciutat com Barcelona, amb tota la seva complexitat? Però, encara que estigués a Suïssa, cada cap de setmana venia, llegeixo els diaris i parlo amb els amics quan puc. I veig contradiccions flagrants. A l’inici pensava que eren entre ideologia i acció. Entre el que penses i el que fas. Al principi pensava que era això, però després veig que no, que és per un desconeixement considerable del seu equip de treball. I així veig la patinada del congrés de telefonia mòbil, la patinada dels creuers, posar en contradicció les terrasses i l’espai públic… En general la incomprensió contra un fenomen turístic de gran dimensió. Som els tercers d’Europa en turisme. A París estaven preocupats perquè havien perdut un milió de turistes amb els atemptats. Aquí sembla que estarien encantats. Em quedava perplex.

Ara es torna a parlar molt de microurbanisme: la idea és que no és el moment de fer grans projectes sinó de centrar-se en intervencions puntuals.

Això és el que havíem fet des dels anys 80 fins al 2005. La idea compartida pels tres primers alcaldes socialistes, i especialment per l’alcalde Maragall, era donar continuïtat a la política d’espais públics, que molts han anomenat acupuntura urbanística, encaixant noves escales i, sobretot, nous programes funcionals.

Però sembla que Colau està reivindicant Maragall en aquest moment.

Sí, jo crec que això és molt positiu. Encara que penso que només reivindiquen parcialment el Maragall que vivia temporalment als barris, i el que defensava políticament el concepte de subsidiarietat. No crec que reivindiquin tant el Maragall de polítiques urbanes contundents com els Jocs o la rambla del Raval.

Dels Jocs encara, però on hi ha el gran trencament amb grans sectors és al Fòrum.

Doncs és el projecte més important en millora del metabolisme urbà que s’ha fet. El problema és que els barcelonins no ho saben. No saben el balanç energètic positiu de l’àrea del Fòrum ni la quantitat d’edificis que es nodreixen d’aigua freda i calenta elaborada sense costos addicionals al Fòrum. Ni la manera com s’ha tractat tot el litoral. A mi constantment el que em demanen al món són conferències sobre la transformació del riu Besòs. Treure les torres d’alta tensió, posar-les a les galeries de servei, la depuradora… I aquí es critica.

Em comenten que està implicat en el procés?

Com molta gent, penso que és l’únic camí possible. Pensa que el retir a Suïssa d’un professor universitari treballant 12 anys és un 50% superior al que reps a Espanya treballant 35 anys. A més, els trens funcionen a l’hora i no hi ha problemes lingüístics. Per a un català que va anar a viure a Suïssa, això ho diu tot. Diguem que estic emocionalment implicat en el procés però no en la pràctica perquè quasi no visc a Barcelona.

Però ara creu que l’únic camí és la independència?

Molta gent opinem així. Fins i tot alguns bancs estrangers expliquen que no seria un problema el finançament dels primers anys d’independència. No entenc per què no s’exhibeix més el model polític suís. Si a mi em donessin a triar entre la independència i un model confederal (no federal) m’ho pensaria, encara que reconec la dificultat per discutir els límits de la confederació. Però és evident que tal com estem ara no podem seguir. El model estat nació del segle XIX no té una llarga vida amb la globalització. Crec que a Europa els estats formats per l’aglomeració de petits estats i territoris autònoms s’anirà dissolent a poc a poc. Tant Catalunya com Escòcia són només a l’inici d’aquest procés. Caldria redoblar els esforços en la revisió profunda de l’actual Unió Europea, que avui està en una situació tan insuportable com el mateix estat espanyol.

I quin paper hi jugarà Barcelona?

No hi ha procés sense la capital, i aquí és on ens ho juguem tot amb l’Ajuntament de Barcelona. És crucial per al procés. El problema ara ve per l’acord amb el PSC, perquè al partit mana el Baix Llobregat i això no és indiferent. És més antiindependentista que Ciutadans. I s’està creant un metropolitanisme imperfecte en relació a les tesis modernes de ciutat regió. Eduard Soja, un gran expert en aquests temes, em deia que la distància entre Portbou i la frontera amb València és si fa no fa la mateixa que entre San Bernardino i Malibu a Los Angeles. El que passa és que en aquesta distància a Catalunya hi viuen set milions i mig de persones i a la conurbació regional de Los Angeles n’hi viuen 20. Imagina el marge de maniobra que encara hi ha! Ha canviat el concepte d’espai i temps. El metropolitanisme que s’està fent ara és demencial des del punt de vista teòric.

No està d’acord amb la gestió de lAMB?

Una cosa és que l’AMB hagi actuat eficientment d’acord amb els mitjans disponibles, en relació als seus components locals, i una altra és que ha actuat sempre d’esquena a la ciutat de Barcelona, només intentant esgarrapar pressupost i competències. Per això a mi em preocupa tant la relació entre la ciutat de Barcelona i el seu context regional. No és que pugui ser una pedra a la sabata del procés del nou estat de Catalunya, és que pot resultar una autèntica massa devastadora si no s’integra sense ambigüitats en el procés. La ciutat de Barcelona en un nou context regional adequat està en condicions perfectes per ser la capital de Catalunya i estructurar el procés des del punt de vista territorial.

Què creu que caldria fer?

Aquí hi ha dues coses diferents. Barcelona ciutat i Barcelona conurbació. L’ordre no és indiferent. Sense establir un model clar regional no funcionarà el futur estat. Si veus un mapa nocturn de la NASA, o els mapes de fluxos, no ets capaç de distingir les ciutats ni els estats. Ara bé, sobre la riba del Mediterrani tens clar que on hi ha més llum hi ha Barcelona. Contràriament al que diu Mariano Rajoy, la realitat és que la globalització menysprea l’estat nació, perquè no el necessita per a res. Però, d’altra banda, la ciutat resulta petita i tothom busca la ciutat regió. Aquesta és la conurbació sobre la qual podem parlar en sentit sistèmic. Hem de parlar de sistemes, pràcticament poc d’infraestructures i gens d’arquitectura. Però després hi ha la Barcelona ciutat. El concepte de sostenibilitat crec que s’està plantejant incorrectament, perquè s’hi hauria de contraposar el concepte de disruptivitat. Només ha de ser sostenible allò que funciona bé. D’altra banda, està fatal en temes d’educació, amb un grau de penetració d’idiomes estrangers que és increïblement baix. Aquestes són les funcions que el nou estat podria fer amb més facilitat que l’estat espanyol. En realitat, tots aquests problemes són qüestions intangibles, cosa que implica que en el present i futur immediats els programaris urbans han de prevaler sobre el maquinari, però això significa aportar capacitat d’anàlisi i intel·ligència i, evidentment, no s’aconsegueix amb el populisme demagògic.

***

Nascut a Osca el 1946, va estudiar arquitectura i història de lart a Barcelona i entre el 1975 i el 1981 va col·laborar a l’estudi MBM, d’Oriol Bohigas, amb qui va entrar a lAjuntament de Barcelona el 1980 a l’àrea d’urbanisme. Des de llavors, la seva carrera ha estat lligada sempre a la ciutat. Ha sigut director de programes urbans, director del Holding Olímpic i de l’Institut Municipal de Promoció Urbanística, conseller delegat de Barcelona Regional, arquitecte en cap de la ciutat i responsable de l’àrea d’arquitectura i infraestructures del Fòrum. Paral·lelament ha donat classes en diverses universitats internacionals i entre el 2004 i el 2016 ha sigut catedràtic a l’Acadèmia d’Arquitectura de Lugano, de la qual va ser degà. Ara és codirector internacional dinvestigació sobre urbanisme a la universitat de Tongjin, a Xangai. És soci del despatx suís Architectural Systems Office.