Presentació

Excepcionalment aquest recull setmanal sobrepassa el límit dels cinc articles que ens havíem fixat , degut a la coincidència de dos esdeveniments altament rellevants com el Brexit i les eleccions generals del 26-J.

Chris Patten qualifica el Brexit de tragèdia pel Regne Unit,  més per les seves conseqüències polítiques que per les econòmiques, en obrir-se la porta a un govern més populista, a un nou referèndum escocés i a una relació molt menys avantatjosa amb la Unió Europea.

Mark Leonard adverteix que l’exemple del Brexit pot suposar un allau de referenda en els països de la Unió Europea, de manera que   els progressos de la democràcia directa amenacin els fonaments de la integració europea, considerada com la màxima expressió de la democràcia representativa.

Santiago Muñoz Machado explica la complexitat jurídica i constitucional d’una hipotètica desconnexió d’un Estat membre de la Unió Europea. Així, el Brexit suposaria l’abandonament de les institucions per part dels britànics, que seguirien, però,  regint-se en una majoria de matèries pel corpus normatiu europeu incorporat durant dècades.

Sobre els eleccions generals del 26-J, hem seleccionat l’anàlisi de Joan Rodríguez Teruel, que constata la solidesa del vot al Partit Popular, la resistència del PSOE a l’OPA llançada per Unidos Podemos i la no verificació de la suma mecànica de la coalició de Podemos, Izquierda Unida i les confluències territorials.

Carles Castro, compara la gestió del temps polític del PP de Mariano Rajoy i de Podemos, i troba en la capacitat de Rajoy de mantenir-se immòbil mentre es deteriorava la situació política una de les claus del seu èxit electoral relatiu. En canvi, els vaivens ideològics i estratègics de Podemos poden haver resultat perjudicials per assolir les seves altes expectatives.

Ignacio Jurado i Lluís Orriols intenten trobar una explicació a la pèrdua de més d’un milió de vots d’Unidos Podemos. Apunten a dues hipòtesis no contradictòries: d’una banda, la coalició no hauria generat la suma mecànica dels vots de Podemos i d’Izquierda Unida; d’altra banda, s’hauria produït una desmobilització dels electors de Podemos per causes difícils d’identificar.

Alberto Penadés formula les seves hipòtesis sobre els greus errors de les enquestes demoscòpiques, sense trobar una explicació plausible a perquè es van ignorar la tendència que apuntava a un descens de Podemos abans de l’anunci de la coalició amb IU, com també les experiències històriques que demostren que gairebé mai les coalicions assoleixen el ple dels vots dels partits que les integren.

Pablo Simón gosa fer algunes prediccions sobre la propera legislatura, augurant un govern en minoria del PP presidit per Rajoy, amb un Parlament que pot convertir-se en un contrapoder efectiu i, així, tenir la possibilitat d’imposar una agenda reformista. Tot plegat en un contetx europeu i interior sumament complicat.

 

 

Chris PATTEN, “Tragedia británica en un acto” a El País (29-06-16)

http://elpais.com/elpais/2016/06/28/opinion/1467136306_236450.html

“Dicen que la noche del jueves fue trascendental para los que hicieron campaña por dejar la Unión Europea y volver la espalda de Gran Bretaña al siglo XXI. En eso, al menos, puedo estar de acuerdo. En palabras de Cicerón: “Trágico e infeliz fue aquel día”.  La decisión de abandonar la UE dominará la vida nacional británica durante la próxima década, o tal vez más. Se puede discutir acerca de la magnitud exacta de la conmoción económica (a corto y largo plazo), pero es difícil imaginar alguna circunstancia en la que el Reino Unido no se volverá más pobre e insignificante en el mundo. Muchos de los que fueron alentados a votar, presuntamente, por su “independencia” hallarán que en vez de ganar libertad perdieron el empleo.

En primer lugar, los referendos reducen la complejidad a una sencillez absurda. El vínculo entre cooperación internacional y soberanía compartida que supone la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea se tradujo a una serie de afirmaciones y promesas mendaces. Se le dijo al pueblo británico que abandonar la UE no traería ningún costo económico ni ninguna pérdida para aquellos sectores de la sociedad a los que la pertenencia a Europa benefició. Se prometió a los votantes un tratado comercial ventajoso con Europa (el mayor mercado de Gran Bretaña), menos inmigración y más dinero para el Servicio Nacional de Salud y otros valiosos bienes y servicios públicos. Sobre todo, se dijo que Gran Bretaña recuperaría la vitalidad creativa necesaria para tomar el mundo por asalto.

Uno de los horrores que nos esperan es la creciente decepción de los partidarios del Brexit conforme todas estas mentiras queden expuestas. Se les dijo a los votantes que “recuperarían su país”. No creo que les guste el país con el que se encontrarán.

Un segundo motivo del desastre es la fragmentación de los dos principales partidos políticos británicos. Por años, el antieuropeísmo erosionó la autoridad de los líderes del Partido Conservador. Además, toda noción de disciplina y lealtad partidaria se derrumbó hace años, conforme menguaba la cantidad de simpatizantes conservadores comprometidos. Aún peor es lo que sucedió en el Partido Laborista, cuyos simpatizantes tradicionales dieron impulso a la gran victoria del voto por la salida de la UE en muchas áreas de clase trabajadora.

Con el Brexit, hemos visto al populismo a lo Donald Trump llegar a Gran Bretaña. Es obvio que hay una difundida hostilidad, mezclada en una ola de resentimiento populista, hacia cualquiera al que se estime miembro del establishment. Exponentes de la campaña por el Brexit, como el secretario de justicia Michael Gove, desacreditaron la opinión de todos los expertos, por considerarlos miembros de una conspiración interesada de los que más tienen contra los que menos tienen. Tanto si era la opinión del director del Banco de Inglaterra, del arzobispo de Canterbury o del presidente de los Estados Unidos, sus consejos no valieron nada. A todos se los pintó como representantes de otro mundo, sin relación con las vidas del pueblo británico ordinario.

Eso apunta a un tercer motivo del voto pro-Brexit: la creciente inequidad social contribuyó a una revuelta contra una presunta élite metropolitana. La vieja Inglaterra industrial, en ciudades como Sunderland y Manchester, votó contra una privilegiada Londres. A esos votantes se les dijo que la globalización solo beneficia a los que están arriba (cómodos trabajando con el resto del mundo), a costas de todos los demás.

Además de estas razones, por años casi nadie defendió vigorosamente la pertenencia de Gran Bretaña a la UE. Esto creó un vacío que permitió ocultar los beneficios de la cooperación europea tras un manto de espejismos y engaños, y alentar la idea de que los británicos se habían vuelto esclavos de Bruselas. A los votantes pro-Brexit se los imbuyó de un concepto de soberanía ridículo, que los llevó a anteponer una pantomima de independencia al interés nacional.

Pero ahora no sirve de nada lamentarse y rasgarse las vestiduras. En estas circunstancias difíciles, las partes involucradas deben tratar de asegurar honrosamente lo mejor para el RU. Solo nos queda esperar que los partidarios del Brexit tengan al menos la mitad de razón, por difícil que sea imaginarlo. En cualquier caso, las cartas están dadas y hay que hacer lo mejor que se pueda con ellas.

Pero nos salen a la mente tres desafíos inmediatos.

En primer lugar, ahora que David Cameron dejó en claro que renunciará, el ala derecha del Partido Conservador y algunos de sus miembros más acérrimos dominarán el nuevo gobierno. Cameron no tenía elección: no podía de ningún modo ir a Bruselas como representante de unos colegas que lo traicionaron, para negociar algo en lo que no cree. Si su sucesor es un líder del Brexit, a Gran Bretaña le espera ser gobernada por alguien que se pasó las últimas diez semanas esparciendo mentiras.

En segundo lugar, los lazos que mantienen unido al RU (en particular a Escocia e Irlanda del Norte, ambos lugares donde ganó el voto a favor de la permanencia) comenzarán a sufrir grandes tensiones. Espero que la revuelta proBrexit no conduzca inevitablemente a un referendo por la ruptura del RU, pero sin duda ahora es una posibilidad.

En tercer lugar, Gran Bretaña tendrá que empezar a negociar su salida muy pronto. Es difícil imaginar que pueda terminar en una relación con la UE mejor que la que tiene hoy. A todos los británicos les aguarda la difícil tarea de convencer a sus amigos en todo el mundo de que no abandonaron también la sensatez.

La campaña del referendo revivió la política nacionalista, que en definitiva siempre gira en torno de la raza, la inmigración y las conspiraciones. Todos los que estamos en el campo proeuropeo tenemos por delante la tarea de tratar de contener las fuerzas que el Brexit liberó y afirmar la clase de valores que en el pasado nos ganaron tantos amigos y admiradores en todo el mundo.

Esto comenzó en los años cuarenta, con Winston Churchill y su visión de Europa. Para describir el modo en que terminará, nada mejor que uno de los aforismos más famosos de Churchill: “El problema con el suicidio político es que uno queda vivo para lamentarlo”.

En realidad, muchos votantes pro‑Brexit tal vez no vivan lo suficiente para lamentarlo. Pero es casi seguro que lo lamentarán los jóvenes británicos que en abrumadora mayoría votaron por seguir siendo parte de Europa”.

 

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Mark LEONARD, “Un tsunami de plebiscitos en Europa” a El País (30-06-16)

http://elpais.com/elpais/2016/06/28/opinion/1467138323_672597.html

“Aún queda por asimilar la conmoción causada por la votación británica a favor de salir de la Unión Europea. No obstante, los líderes europeos deben blindarse frente a lo que está por venir. De hecho, el Brexit podría ser el temblor inicial que desencadene un tsunami de referendos en Europa durante los próximos años. En toda Europa, hay 47 partidos políticos que hacen que la política vaya de cabeza. Se están haciendo con el control de la agenda política, dándole forma según sus intereses. Y ganan poder en el proceso. En un tercio de los Estados miembros de la UE, esos partidos forman parte de los gobiernos de coalición, y su éxito ha impulsado a los partidos tradicionales a adoptar algunas de sus posiciones.

A pesar de que estos partidos tienen raíces muy diferentes, todos ellos presentan un aspecto en común: todos tratan de provocar un vuelco en el consenso sobre política exterior que ha definido a Europa desde hace varias décadas. Son euroescépticos; desdeñan a la OTAN; quieren cerrar sus fronteras y detener el libre comercio. Están cambiando la cara de la política, sustituyendo las batallas tradicionales entre izquierda y derecha por enfrentamientos entre su propio nativismo enojado y el cosmopolitismo de las élites que desprecian.

El arma favorita de estos partidos es el referéndum, ya que mediante los referendos pueden obtener rápidamente apoyo popular para sus pequeños temas. De acuerdo con el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, hay 32 convocatorias solicitadas de referendos en 18 países de la UE. Algunos, como el Partido Popular Danés, quieren seguir el ejemplo de Reino Unido y realizar una votación sobre la pertenencia a la UE. Otros quieren escapar de la eurozona, o bloquear la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP) con Estados Unidos, o restringir la movilidad laboral.

El esquema de reubicación de los refugiados de la UE ha demostrado ser un tema particularmente divisor. El primer ministro húngaro, Viktor Orban, ha declarado que va a celebrar una votación sobre las cuotas propuestas. Y, el partido de la oposición polaca Kukiz’15 está recogiendo firmas para su propia consulta sobre el tema.

Devolver el poder a las masas a través de la democracia directa puede realmente ser la propuesta más revolucionaria que ofrecen estos partidos. De hecho, refleja una comprensión de las frustraciones que han impulsado una oleada mundial de protestas populares durante los últimos años. Unas protestas que, en el mundo árabe, provocaron auténticas revoluciones. El mismo espíritu de protesta que condujo, por ejemplo, a españoles, griegos, y neoyorquinos a salir a las calles —en verdad con diferentes demandas— está alimentando el apoyo a estos nuevos referendos y a los nuevos partidos que los provocan.

Se trata de una pesadilla no solo para los partidos tradicionales, sino también para la gobernabilidad democrática. Tal como ha demostrado la experiencia de California con varios referendos, el público a menudo vota por cosas contradictorias. Por ejemplo, a favor de impuestos más bajos y a favor de más programas de bienestar; o, por la protección del medio ambiente y por tener gas más barato.

Sin embargo, para la UE, esta dinámica es exponencialmente más difícil; de hecho, anula los cimientos de la Unión Europea. La UE es, al fin y al cabo, la máxima expresión de la democracia representativa. Se trata de un organismo ilustrado que se sustenta sobre valores liberales básicos, tales como los derechos individuales, la protección de las minorías,y una economía basada en el mercado. Pero las capas de la representación sobre las que se asienta la UE han creado la sensación de que una especie de élite-sobre-la-élite es la que está al mando. Una élite que está muy alejada de los ciudadanos comunes. Esto ha proporcionado a los partidos nacionalistas el blanco perfecto para sus campañas contra la UE. A esto hay que añadir que el temor alarmista sobre temas como la inmigración y el comercio hace que la capacidad que tienen los partidos nacionalistas para atraer a votantes frustrados o ansiosos sea fuerte.

Hay pues dos visiones de Europa —la diplomática y la demótica— que ahora se enfrentan una a la otra. La Europa diplomática, encarnada por el padre fundador de la UE Jean Monnet, es la que sacó de la esfera popular las cuestiones más sensibles y las transformó en aspectos técnicos que los diplomáticos podían manejar mediante compromisos burocráticos a puerta cerrada. La Europa demótica, ejemplificada por el Partido de la Independencia del Reino Unido —la punta de lanza para el Brexit—, es como Monnet, pero a la inversa, ya que toma compromisos diplomáticos como el TTIP o el acuerdo de asociación con Ucrania, y los politiza intencionalmente.

Mientras la Europa diplomática se caracteriza por la búsqueda de la reconciliación, la Europa demótica se caracteriza por perseguir la polarización. La diplomacia es un ámbito donde todos ganan; la democracia directa es un ámbito de suma cero. La diplomacia trata de bajar la temperatura; el paradigma demótico la eleva. Los diplomáticos pueden trabajar unos con otros; los referendos son binarios y fijos, no dejando nada de espacio para la maniobra política y para llegar a un compromiso creativo necesario para resolver los problemas políticos. En la Europa demótica, la solidaridad es imposible.

El alejamiento de Europa de la diplomacia comenzó hace más de una década, cuando se rechazó el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa en los referendos populares en Francia y Países Bajos. El resultado es que la UE puede haber dejado la actividad de elaborar tratados, lo que significa que la esperanza de una futura integración también puede haberse esfumado. Sin embargo, en la estela del Brexit, la futura integración no es la mayor preocupación de Europa. En vez de ello, tiene que lidiar con fuerzas cada vez más poderosas que socavan la integración ya lograda. Fuerzas que intentan empujar atrás a Europa. De hecho, solo hay que recordar lo que había antes de la UE para realmente darse cuenta de cuán peligroso puede ser este camino. En esta nueva era de vetocracia en Europa, la diplomacia que sustentó la creación del proyecto europeo ilustrado y progresista no puede funcionar, dejando a la UE en una situación ingobernable. Ahora que los euroescépticos se han salido con la suya en el Reino Unido, la vetocracia se hará más fuerte que nunca. Las votaciones directas sobre temas como las normas de comercio o la política de inmigración destriparán la democracia representativa de Europa, de la misma forma que las votaciones directas sobre pertenencia amenazan las entrañas de la propia UE. En una novela popular escrita por el premio Nobel José Saramago, la península Ibérica se desprende de la parte continental de Europa y se aleja flotando por el mar. Con un tsunami de plebiscitos sobre al continente, esta puede llegar a ser una metáfora profética.”

 

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Santiago MUÑOZ MACHADO, “Retirarse de la Unión Europea” a El Mundo (1-07-16)

http://www.elmundo.es/opinion/2016/07/01/57754c15468aeb075c8b461b.html

“Entre los muchos asombros que ha provocado el Brexit acaso no sea el mayor la comprobación de que un país culto y civilizado tiene un primer ministro completamente insensato, capaz de subordinar a sus conveniencias de partido los deberes de gobernante. Al fin y al cabo esta clase de especímenes políticos proliferan por doquier, en un ambiente populista y referendario pletórico de extravagancias. Tampoco es pequeña la estupefacción que produce la falta de oportunidad que refleja el planteamiento de la consulta. Ni es desdeñable la irresponsabilidad de poner en solfa un mercado y un proyecto de unión política que lleva 60 años fraguándose y que está en la etapa final de realización. Pero, por encima de todo ello, quizá haya que situar la cuestión más simple: ¿de verdad se han creído que se puede abandonar la Unión Europea?

Un analista avisado contestaría de inmediato que desde luego que se puede. Para confirmarlo basta con consultar el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea que prevé la posibilidad de que cualquier Estado, de conformidad con sus normas constitucionales, decida retirarse de la Unión. Pero es recomendable leer ese artículo despacio y, para valorar como puede llegar aplicarse, tener en cuenta el probable punto de vista de un Prime Minister doliente y fracasado, y la actitud de una oposición lastimada y contraria a la retirada. Y a todo ello sumar las amenazas de secesión que llegan de Escocia.

El artículo 50 indica que la “intención” de retirada tiene que notificarse al Consejo Europeo. Sería lógico pensar que cuando el propósito ha sido declarado por el pueblo en un referéndum celebrado con la mayor notoriedad, los facta concludentia podrían hacer innecesaria la notificación formal. Pero no es así, de modo que jurídicamente nada habrá ocurrido en Gran Bretaña hasta que su Gobierno comunique que ya existe “intención”. Mientras tanto hay que disimular; como si nadie supiera nada.

La notificación tendrá lugar cuando el Estado interesado lo tenga a bien y, cuando ocurra, se abrirá un proceso de negociación que debe concluir en “un acuerdo que establecerá la forma de su retirada”. Hasta entonces se siguen aplicando los tratados y el resto del derecho de la Unión. Si después de notificada la intención no se negocia, la continuidad de la aplicación de los tratados concluye a los dos años contados desde que se comunicó la “intención” de retirada. Pero si la negociación se inicia, como es lo seguro, empieza un procedimiento complejo, el mismo previsto para la celebración de acuerdos internacionales, que no tiene plazos para la terminación (artículo 218 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea). Durará lo que sea preciso hasta alcanzar el “acuerdo de retirada”. El desenganche ocurrirá, en el mejor de los casos, sin premuras.

Cuando se alcance este final, el Estado saliente dejará de participar en las instituciones y órganos de gobierno de la Unión. Pero el derecho de la Unión seguirá siendo aplicable en su territorio. Precisamente la negociación del acuerdo o tratado de salida ha de versar sobre la legislación que se mantiene y los matices, si los hay, con que será aplicada. Puede augurarse que serán muchas las normas que serán reconocidas como comunes. La parte saliente sólo tiene interés en zafarse de algunos compromisos pesados (las políticas de inmigración y acogida, por ejemplo), pero no de las regulaciones que favorecen los intercambios y el mercado, que son casi todas las demás.

La continuidad de las regulaciones comunes no sólo es consecuencia de que el acuerdo de salida se ocupará de establecerlo así para amplios sectores de la economía, sino también de las enormes dificultades jurídicas que plantea la separación. Esto último no es difícil de comprender: el Reino Unido ingresó en la antigua Comunidad Europea en 1973. Desde entonces ha llovido sobre las islas legislación comunitaria a raudales hasta abarcar infinidad de materias. El Parlamento británico y los Gobiernos de Su Majestad se han sometido, al principio a regañadientes pero desde hace tiempo sin objeciones de principio, a toda esa legislación. Las regulaciones europeas presentan la peculiaridad de que, ordinariamente, se hacen efectivas a través de la legislación de los Estados miembros y son ejecutadas por sus administraciones públicas. De forma que, cuando se consume la retirada, todo el ordenamiento jurídico británico seguirá inundado de principios y reglas europeas que no hay razón alguna para cambiar. Incluso si se pretendiera depurar el sistema de estas adherencias europeas se tardarán muchos años en conseguirlo. El Parlamento británico ha sido siempre un legislador mucho menos compulsivo que los continentales, de modo que es probable que se derrumbe de pereza sólo con pensar en la tarea. La cultura jurídica de la Unión ha ocupado el espacio isleño y la situación no es ya reversible.

Los nostálgicos de las viejas particularidades inglesas son, en su mayoría, personas mayores, sin fuerzas ni posición adecuada para poder recuperarlas. Tendrían que asumir el reto los jóvenes, que son precisamente los que se sienten decepcionados por los resultados del referéndum que consideran retrógrados, faltos de generosidad y miopes respecto de la necesidad de una Europa políticamente unida.

Aunque quisieran, pese a tantos obstáculos, desembarazarse de la cultura desarrollada en Europa en los últimos sesenta años, tampoco podrían. Hay decisiones que han escapado en nuestro tiempo a la soberanía de los Estados porque se sitúan en la órbita de un constitucionalismo cosmopolita que los abarca y condiciona. El Reino Unido, si quiere mantener relaciones intensas con la Unión Europea, no sólo ha de aceptar las regulaciones forjadas a lo largo de varias décadas sino también principios y normas atinentes a derechos fundamentales que están por encima de su poder de disposición y que no puede desconocer si quiere seguir perteneciendo al club de las naciones que cuentan con un Estado de Derecho desarrollado.

Recordaré que la primera vez que el Parlamento británico, donde reside toda la soberanía, sin límite alguno, fue sometido a un sistema de derechos ajeno a su tradición y a su legislación, fue cuando el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictó varias sentencias seguidas condenando al Reino Unido porque su legislación vulneraba derechos como la libertad de expresión (a partir de las Sentencias Handyside de 7 de diciembre de 1976 y Sunday Times de 26 de abril de 1979). No se aplicaba entonces el derecho de la Comunidad Europea, sino el Convenio Europeo de Derechos Humanos de 1950, y el conflicto hizo ver al Parlamento, por primera vez en la historia, que su soberanía quedaba debajo de otras reglas constitucionales externas y cosmopolitas de obligada observancia. Terminaron aceptándolo e incorporando todos los principios del Convenio a su derecho interno.

Esta situación de indisponibilidad, de restricción de la soberanía por razones de orden supranacional o internacional abarca actualmente un número creciente de decisiones en la medida que afecten a regulaciones globalizadas, como los derechos fundamentales, el comercio, el medio ambiente, los datos personales, y no pocas cuestiones relacionadas con las políticas de seguridad.

Hay, pues, un sinfín de condicionamientos para la ejecución sin matices de la decisión adoptada en referéndum en el Reino Unido.

Pero son también relevantes los obstáculos que restringen la decisión de abandonar la Unión Europea cuando, como ocurre en el Reino Unido, la estructura territorial del Estado incluye unidades dotadas de fuertes poderes autonómicos. En este caso, la posición política de Escocia es tan relevante que hasta ha celebrado un referéndum de independencia hace menos de dos años. ¿Puede el Estado abandonar la UE contra la voluntad de una comunidad infraestatal dotada de un estatuto de autonomía política? Las dificultades son enormes, por las razones que resumo a continuación.

Vaya por delante un motivo de orden práctico: Escocia, aunque el Reino Unido salga de la Unión Europea, puede seguir tomando como modelo el derecho de la Unión, y no el inglés, en todas las materias que sean de su competencia exclusiva.

La salida forzosa de Escocia, junto con el Estado a que pertenece, de la UE, supone un cambio radical del estatuto jurídico de aquel territorio. Suele sostenerse que la estructura federal de un estado no merma el treaty making power de la federación. Pero aunque ello sea así con carácter general, no puede aplicarse la misma prerrogativa para generar, mediante un nuevo tratado, un cambio constitucional radical, que afecte a la organización, a las competencias y al derecho de Escocia. El poder de hacer tratados implica la posibilidad de establecer nuevos compromisos o cambiar los existentes en el área internacional, pero no puede llevar a un cambio radical del pacto constitucional existente en el seno de la federación, de modo que produzca un efecto de demolición de aspectos esenciales de la Constitución y, en un caso hipotético y extremo, incluso la sustitución de un régimen federal por otro centralista.

El artículo 72 de la Ley Fundamental de Bonn ofrece un buen ejemplo de lo que quiero explicar: restringe el poder de reforma constitucional declarando irreformable la organización de la federación alemana ennder. La federación carece de soberanía para decidir un cambio que contradiga esa regla, sea directa o indirectamente. Trasladada esta consideración al caso que examino, permitiría sostener que una decisión de abandonar la Unión Europea, adoptada por un Estado compuesto, sería contraria al principio de perpetuidad de la organización política territorial de ese Estado.

Esta regla es aplicable, en mi criterio, en todos los Estados de estructura federal o asimilable, como es el caso británico o el nuestro. No es preciso que esté explicitada en la Constitución. Los mites a la reforma constitucional resultan a veces de convenciones o se construyen al margen de los preceptos concretos que la regulan. Por ejemplo, no está previsto que en el procedimiento de reforma constitucional regulado en los artículos 167 y 168 de la Constitución española tengan que intervenir las comunidades autónomas. Pero, ¿es concebible que una reforma constitucional que implique cambios decisivos en los estatutos de autonomía pueda llevarse a cabo sin la participación de aquéllas?

Como el poder de reforma constitucional no abarca un cambio de esa naturaleza sin consentimiento de los territorios dotados de autonomía política, la resistencia de Escocia, en el caso británico, será un fortísimo obstáculo a la retirada. Escocia, mientras no sea un Estado independiente, no puede pertenecer a la Unión Europea, por lo que en el acuerdo de retirada que negocie el Gobierno británico tendría que conseguir que se mantuviera la situación escocesa, lo que es jurídicamente imposible. Esta dificultad estimulará las reivindicaciones de que vuelva a someterse a referéndum su independencia. O, como alternativa, que se trabaje para rectificar los resultados del referéndum, celebrando otro o disimulando sus consecuencias mediante una regulación acomodaticia y continuista en el acuerdo de retirada.

La conclusión es que no cambiarán en muchos años las relaciones entre el Reino Unido y sus socios europeos, salvo el abandono a medio plazo de las instituciones por los representantes de aquel. Mientras tanto los Estados que se mantengan fieles a la Unión deberían acelerar su federalización. Será lamentable que el pueblo y el Gobierno británico se queden al margen de este proceso. Se hace difícil creerlo”.

 

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Juan RODRÍGUEZ TERUEL, “El miraje y la realidad: Rajoy gana gracias a la división de la izquierda” a Agenda Púbiica (27-06-16)

http://agendapublica.es/el-miraje-y-la-realidad-rajoy-gana-gracias-a-la-division-de-la-izquierda/

El miraje de las encuestas

Tras un ciclo 2014-2015 trepidante, de importantes realineamientos electorales, parecíamos abocados al cambio electoral perpetuo (elecciones europeas, andaluzas, municipales, autonómicas, catalanas, generales…) y a la ruptura continua de los patrones tradicionales del voto. Las elecciones del 26 de junio marcan, en ese sentido, un primer cambio de tendencia, porque es la primera ocasión en la que vemos un retroceso sustancial de Ciudadanos y Podemos.

Es cierto que la lectura de los resultados del domingo 26 ha estado tan marcada por el error de las encuestas, que el interés inicial ha sido comprender por qué no pasó lo que se esperaba. Un error limitado: acertaron con PSOE y Ciudadanos, pero erraron al identificar el efecto de la polarización. Tiempo habrá para saber qué le pasó a esas encuestas, curiosamente mediante estudios basados en nuevas encuestas.

Todos los que hemos tratado de no distanciarnos de lo que señalaba la mayoría de encuestas nos hemos equivocado al dar credibilidad a escenarios de sorpasso que luego han sido completamente desmentidos. No parece aceptable recurrir a fenómenos de última hora que expliquen el cambio súbito de voto de centenares de miles de votantes: ni efecto Brexit ni votantes volatilizados en el espacio. Más bien la irrupción de la candidatura Podemos-Unidos pareció interferir en la identificación de un electorado que ya venía moviéndose desde enero. Hasta el minuto antes de que se conformara esa coalición, los sondeos señalaban un retroceso sustancial de Podemos. Y el domingo ese retroceso se confirmó: un millón de votantes.

En realidad, no debería sorprendernos excesivamente que los resultados de las elecciones del 26-J sean tan parecidos a los de hace solo seis meses, como argumentaba claramente Fernando Casal-Bértoa. Al fin y al cabo, las encuestas esporádicas hasta mayo señalaban una tendencia general estable, donde ya se apuntaba la caída de Podemos y la recuperación de PP. No había sucedido casi nada que transformara la percepción que cada uno de los electorados respectivos tenía de los partidos a los que habían votado en diciembre, a excepción del acuerdo PSOE-Ciudadanos y del fracaso de la investidura de Pedro Sánchez, que la mayoría de electores atribuyó a Podemos.

Si tratamos de dejar de lado ese miraje demoscópico, los resultados señalan un cambio de tendencia. Era la primera vez,  desde que Podemos y Ciudadanos irrumpieron en las encuestas a nivel estatal, que se repetía el mismo tipo de comicios, aunque fuera por motivos forzados. Y el primer test ha sido negativo: no han logrado mantener el nivel de movilización inicial, mientras que PP y PSOE detienen la sangría electoral y demuestran estar aprendiendo a adaptarse al nuevo contexto. En ese sentido, las elecciones de junio registran el primer cambio ante el período 2014-2015: se recupera la estabilidad a favor de los partidos tradicionales, que juntos suman más porcentaje que en diciembre.

y el baño de realidad

El período 2014-2015 nos había mostrado la política posmoderna inédita en España: partidos virtuales que escalaban en las encuestas con descaro, emergencia súbita de nuevos votantes que se coordinaban electoralmente mediante liderazgos mediáticos y activismo de calle, redefinición imaginativa de las categorías políticas e ideológicas tradicionales, una moral muy exigente como principio (aparente) de acción política, representación política difusa… Las elecciones de junio han significado un enfriamiento de esa dinámica. La ‘nueva política’ ha topado con la realidad, personificada en tres razones disimuladas por las encuestas.

Por un lado, no hemos sabido valorar acertadamente una obviedad: el PP es el partido con el espacio electoral más sólido a nivel estatal en España (podríamos decir lo mismo del PNV en el País Vasco). No hay alternativa para unos cuantos millones de españoles en el centroderecha y derecha. Ciudadanos no ha abierto boquete en el espacio menos centrado. Por eso, el partido de Rajoy calculó –bien- que sus abstencionistas de diciembre o sus votantes infieles que dudaban de la capacidad de Ciudadanos para detener a la izquierda, solo tendrían una opción en junio: votar al PP. Y ante esa posición de solidez, la división del voto en la izquierda se ha demostrado el correlato principal de la victoria del PP. El retorno de Anguita a los escenarios en esta campaña facilita el paralelismo con la estrategia de IU sobre las dos orillas en los 90s, que culminó con la mayoría absoluta de Aznar. Veinte años después, Rajoy gana gracias a la división de la izquierda.

Muchos votantes de izquierda se preguntan hoy por el impacto nulo de la corrupción, olvidando quizá que ese es uno más de los diversos temas sobre los que los votantes decidirán su voto, y probablemente no es el más importante o fácil de valorar. Ni siquiera los datos (¡de encuestas, por supuesto!) parecen apuntar que ese haya sido un factor distintivo clave en el voto de centro a Ciudadanos, como mostramos en un artículo académico. Sin olvidar que en diciembre de 2015 ya se produjo ese castigo, en buena medida.

Por otro lado, también hemos subestimado la capacidad de resistencia del PSOE, que nos sugiere un elemento importante: que la implantación social y organizativa de los partidos importa, y que los grandes partidos tienen un suelo más resistente –que no eterno- de lo que los nuevos partidos creían. Esto habría evitado la idea de un PSOE convertido en PASOK abruptamente. Esto no significa que se haya detenido el riesgo de sustitución de los partidos del siglo XX en España, pero quizá los más de 100 años de historia del PSOE o los 40 del PP-AP no son tan vulnerables ante estrategias calculadas de movilización política basadas meramente en estados demoscópicos de opinión excepcional.

Desde esa perspectiva, el PSOE quizá ha resistido ante este primer intento de sorpasso porque aún posee fuertes argumentos para ejercer su liderazgo en el centro-izquierda: gobierna en varias autonomías, sus electores no simpatizan mucho con Podemos y tiene mayor capacidad de dialogar con sus adversarios, por muy incómodo que luego esto resulte. Además, ahora posee a un líder fogueado y con cicatrices.

Y, por último, el miraje de la coalición en las encuestas nos ha hecho olvidar, por momentos, algunas lecciones básicas de los estudios electorales: asumir acríticamente que la coalición Unidos Podemos iba a rentabilizar completamente su representación por circunscripciones frente a diciembre, un win-win sin costes. Quizá deberíamos haber tenido más presente lo difícil que resulta que las coaliciones sumen lo mismo que cada partido por separado, sobre todo si suman actores enfrentados, de naturaleza política distinta y que compiten entre sí. No habiendo ocurrido nada exógeno que transformara el escenario de la competición, como dijimos antes, Podemos apostó a que, alterando la oferta electoral –con una nueva candidatura-, podrían provocar que centenares de miles de electores cambiarían drásticamente su voto; pero esa apuesta se ha visto completamente fracasada. Permanece el dilema existencial de los creadores de Podemos: ¿ser IU-2 o un nuevo PSOE? Ambas cosas, Marx y Engels socialdemócratas, Anguita y Zapatero, no ha resultado creíble.

Además, como habíamos mencionado hace algunas semanas, la suma entre Podemos e IU podría tener efectos irrelevantes allí donde Podemos se mostraba más fuerte, y en cambio generaba dudas para rentabilizar la representación allí donde IU, pero también el PSOE, resistía con más fuerza. Al final, a Susana Díaz le ha superado el PP, no Podemos. En Cataluña Ada Colau tiene más motivos para incrementar su autonomía respecto a Podemos.

¿Y ahora qué?

A pesar de todo, las elecciones de junio sí han servido para algo: han clarificado un poco el escenario parlamentario, reforzando algunas opciones y debilitando otras. La apuesta por un gobierno PP-Ciudadanos, que Agenda Pública identificaba como más verosímil desde noviembre en sus notas de prospectiva, tiene más base de apoyo ahora, y queda al alcance de una mayoría parlamentaria con PNV y CC (y la abstención de un diputado del grupo mixto). En cambio, el acuerdo de izquierdas o un tridente PSOE-Podemos-Ciudadanos parece ahora menos viable, porque los tres actores han quedado debilitados.

De ello pueden derivarse otras novedades políticas, en términos de liderazgo y de organización en los partidos, especialmente en los que queden en la oposición. Pedro Sánchez tiene más opciones parta consolidarse como líder de la oposición, e interlocutor privilegiado en caso de reformas políticas y constitucionales. De esta forma, su partido salva el riesgo, sugerido por las encuestas, de encontrarse descabezado y arrodillado en la oposición nada más comenzar la legislatura. En cambio, Pablo Iglesias aparece, por primera vez, como un político vulnerable. Su apuesta ha sido derrotada, y él mismo puede aparecer como una de las causas de ese fracaso. En ese contexto, Iglesias podría iniciar el declive de su estrella carismática.

Más allá de su líder, Podemos encara, a partir de ahora, su proceso de afianzamiento organizativo (lo que los politólogos denominan su institucionalización) en peores condiciones de lo que esperaba. Recordemos que la candidatura Unidos Podemos aglomeraba a casi una veintena de partidos. Y que los mejores resultados de Podemos los obtiene en algunas regiones donde son otros, y no Podemos, quienes llevan el timón. A favor, tiene altas expectativas de cara a consolidar el anclaje generacional de su voto y tratar de rentabilizar un contexto de austeridad que puede mantenerse en la próxima legislatura.

El primer dilema de Podemos surgirá en pocos días: ¿apoyará de nuevo un presidente del Congreso del PSOE?”.

 

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Carles CASTRO, “El magisterio del tiempo” a La Vanguardia (28-06-16)

http://www.lavanguardia.com/politica/20160628/402806987041/masgisterio-tiempo.html

“No se puede viajar al pasado. Lo impide la paradoja imposible de situar el efecto antes que la causa. En cambio, viajar al futuro es perfectamente posible. Sólo se trata de quedarse inmóvil. De ese modo, el tiempo pasa más rápido (como ya anticipó Einstein). Y, simultáneamente, el reloj va más despacio para quienes no paran de moverse. La apuesta por la inmovilidad como un atajo para llegar antes al futuro fue la estrategia de Mariano Rajoy a la vista de los resultados del 20-D (que le dejaron un presente imposible). Y lo que vio el presidente en funciones en el horizonte del porvenir era lo que ya se imaginaba a la luz de su experiencia: electores fatigados, votantes abrumados por la incertidumbre y una ciudadanía envuelta en una silenciosa atmósfera de decepción ante la incapacidad de los nuevos partidos para armar una fórmula de gobierno alternativo.

En el otro extremo del arco político, Pablo Iglesias tampoco se movió inicialmente, pero luego hizo algo peor: intentó viajar al pasado anterior al 20-D para encontrar allí el futuro de lo que pudo haber sido y no fue: los seis millones de votos (cinco, más uno de los “cenizos” de IU) que le habrían dado la primogenitura de la izquierda. Pero se olvidó de que no se puede cambiar el pasado. Y así perdió el futuro, víctima de sumas que restan (la imprevisible aritmética electoral) y de electorados volátiles e inmaduros que se mienten a sí mismos y a las encuestas (aunque no hayan sido los únicos).

Buena prueba de ello es que de los 14 escaños más (y un total de 85) que prometían los resultados de diciembre a una coalición de Podemos con IU, el domingo no se materializó ni uno solo (y de ahí el mismo techo de 71 diputados). En muchos casos eso ocurrió porque la prometida suma no se produjo o porque directamente se desencadenó una resta; es decir, provincias donde Unidos Podemos sumó el 26-J menos votos que Podemos, en solitario, el 20-D. Las grandes cifras evitan entrar en detalles: Iglesias obtuvo el domingo menos papeletas (alrededor de 160.000) que seis meses atrás, cuando concurrió sin la compañía del comunista Alberto Garzón (y cosechó un millón menos si se toma como referencia la suma de Podemos e IU en diciembre).

Sin embargo, si Unidos Podemos dejó de ganar 14 escaños y el PP sumó justamente 14 más a su contingente de diciembre pasado, ello se debió a que los populares sumaron casi 700.000 sufragios a su resultado del 20-D. ¿De dónde salieron esos votos si la participación cayó en más de un millón de electores con respecto a los anteriores comicios? Las cifras lo dicen con bastante claridad: casi 400.000 de Ciudadanos que sustituyeron la cálida retórica de la regeneración por el cálculo frío del voto útil, y quizás más de 100.000 del PSOE (curiosamente de sus mayores feudos: Andalucía, Extremadura o Castilla-La Mancha). Y aún quedarían por cubrir 150.000 papeletas que pudieron proceder perfectamente de las pérdidas de Podemos e IU

Parece evidente, por tanto, que Rajoy conocía mucho mejor a sus votantes potenciales –galvanizados por el anhelo de estabilidad y cada vez más impermeables a los ­pecados capitales de sus siglas de referencia ideológica– que Iglesias a los suyos. La inconsistencia del electorado de izquierda –y su tendencia a la fatiga crónica, la dispersión y el vértigo– se aprecia en el hecho de que, llegada la hora decisiva, un millón de votantes de ese espacio se ocultó en la abstención.

Ahora bien, si los contrapuestos caminos del PP y Unidos Podemos se explican por el fracaso de la “nueva política” y de sus actores, aún queda por explicar otra parte del drama: ¿qué les ha ocurrido a las esforzadas formaciones de centro y centroizquierda, cuyas pérdidas han favorecido directamente al PP?

La respuesta está en la historia. En el caso de Ciudadanos, la experiencia del CDS de Suárez y de otros partidos liberales europeos ya reveló que la frágil encarnadura ideológica de sus seguidores puntuales no resiste las llamadas al voto útil ante un sistema electoral implacable.

En cuanto al PSOE, la historia reciente explica también que resistir no es necesariamente sinónimo de vencer. Los socialistas siguen siendo víctimas impotentes de la brecha generacional (un agujero negro que se abre en la franja de edad entre los 18 y los 40 años), pero también de la fisura territorial, con profundas simas electorales en algunas comunidades periféricas. La nomenclatura socialista pensó que en el 2008 Zapatero no obtuvo la mayoría absoluta porque los 25 escaños que le brindó la Catalunya del nuevo Estatut le restaron en la España profunda los al menos siete que le faltaron hasta los 176. Ocho años más tarde y con la nueva “reina del sur” explotando sin rubor supuestos agravios con Catalunya, la realidad no puede ser más reveladora: los socialistas no sólo han caído de 25 a 7 diputados en Catalunya (en beneficio de las confluencias de Podemos), sino que también han retrocedido de 36 a 20 en Andalucía. Y a diferencia de diciembre pasado, ahora no han ganado en ninguna autonomía.

Frente a todos, Rajoy controla el tiempo, y quien controla el tiempo también controla el espacio”.

 

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Ignacio JURADO/Lluis ORRIOLS, “¿Qué ha pasado con Unidos Podemos?” a Piedras de Papel (28-06-16)

http://www.eldiario.es/piedrasdepapel/caida-Unidos-Podemos_6_531656858.html

El pasado domingo votamos solo seis meses después de las anteriores elecciones. Además de la victoria del PP, más clara de lo esperado, la gran sorpresa de la noche ya no fue la ausencia de sorpasso, sino la caída en votos de la coalición Unidos Podemos frente a lo que Podemos (con sus confluencias) e Izquierda Unida ya sumaron en diciembre.

Una de las hipótesis más comentadas para explicar esta caída es el efecto que ha podido tener la unión con Podemos en los electores de Izquierda Unida. Si echamos la vista atrás, la coalición electoral entre Podemos e IU no parecía muy beneficiosa para retener a los votantes de los primeros. Durante la pasada legislatura, el partido de Alberto Garzón consiguió muchas adhesiones (demoscópicas) provenientes del Podemos. Entonces algunas estimaciones le otorgaban tres escaños más de los que obtuvo el 20D una cifra inferior a los que se esperaba que perdería Podemos. La coalición con IU generó gran desafección en una porción de los votantes de IU. Las encuestas mostraban tasas de fidelidad de incluso el 50-60% e importantes transferencias hacia el PSOE. Este descontento era particularmente presente entre las mujeres de IU, las cuales suspendían a Pablo Iglesias y tenías una tasa de lealtad inferiores al 50%.

Además, muchos votantes de Izquierda Unida eran explícitamente muy hostiles hacia Podemos. En la pasada encuesta preelectoral del CIS, se preguntaba a los votantes de Izquierda Unida cuál era la probabilidad de 0 a 10 de que votaran alguna vez a Podemos. Más del 70% declaraba una probabilidad de 5 o menos (un 35% decían que la probabilidad era cero). Obviamente, algunos de estos votantes seguirían votando a Unidos Podemos porque la coalición contenía a su propio partido, pero esta hostilidad tan evidente es un factor al que hemos podido dar poca importancia durante el período pre-electoral. Ignacio Sánchez-Cuenca muestra, además, en este artículo  que la caída de Unidos Podemos ha sido más grande allá donde Izquierda Unida había obtenido mejores resultados en diciembre. Parece evidente que, al final, uno más uno no ha sido dos en términos electorales.

1 Datos: Pre-electoral del CIS, 2016

Sin embargo, aunque los votantes desafectos de IU se hubieran finalmente abstenido o votando a otros partidos, esto sólo podría explicar una parte de la debacle electoral de Unidos-Podemos. Los resultados indicarían también una desmovilización del electorado de Podemos, algo que no estaba recogido en las encuestas. Esta sí es sorprendente. Desde que se anunció la coalición, todo indicaba que esta había conseguido neutralizar la crisis electoral que sufría Podemos (al menos en las encuestas) durante el proceso de gestión de pactos electorales de la pasada legislatura. Antes del pacto, las encuestas mostraban cómo los votantes de Podemos eran los más críticos con la actuación de su partido. Según la empresa demoscópica MyWord, uno de cada cinco votantes de Podemos consideraba que su partido era el responsable de la situación de bloqueo que vivía España, una cifra muy superior a la del resto de partidos. Debido a ello, había claros indicios en las encuestas de que muchos votantes desafectos estaban dispuestos a votar a IU (y algo menos al PSOE) si se repetían las elecciones. Con la coalición, Podemos consiguió taponar la hemorragia y le devolvió altas tasas de lealtad. De hecho, uno de los elementos más inauditos en estas elecciones es que los votantes más movilizados eran los que votaron a Podemos en diciembre, por encima incluso de los votantes populares.

¿Por qué estos se desmovilizaron al final? Aquí entramos más en el terreno de la especulación y tardaremos en saber qué ha ocurrido exactamente. Una parte de la explicación del resultado final es que probablemente las encuestas y sus estimaciones de voto no han conseguido capturar bien al votante de Podemos. Esto claramente invita a la reflexión sobre cómo se han hecho estas encuestas. Dejando a un lado esta explicación, la narrativa predominante de la desmovilización ha sido el efecto del Brexit. Pensamos que esto es poco sospechoso de haber tenido un impacto amplio sobre el voto. Por un lado, no parece muy probable un efecto directo de la salida de la UE del Reino Unido, dado que la Unión Europea no es un asunto con potencial electoral en España. El consenso alrededor de la UE sigue estando muy asentado en España.

Por otro lado, el efecto del Brexit podría haber sido indirecto, es decir, como consecuencia de las turbulencias financieras, pero tampoco nos convence este argumento. Primero, porque si bien es cierto que la inestabilidad financiera puede tener efectos sobre el voto, lo razonable es que tengan un impacto electoral solo cuando se sostienen en el tiempo. Una caída en la bolsa el viernes, sin efectos inmediatos en el bienestar de los votantes, es poco probable que haya provocado un cambio en el comportamiento electoral del domingo.

Segundo, no es tan evidente por qué el miedo desmovilizaría al votante de Podemos. Podría ser plausible un efecto a la contra, en que el voto a otros partidos, como el PP, pudiera activarse ante la amenaza de Unidos Podemos (aunque lo lógico es que ese miedo ya lo hubiera activado antes y no hubiera sido necesario el Brexit para ello). En cambio, queda menos claro por qué un votante que estaba dispuesto a votar a Podemos deja de votarlo y se queda en su casa. Por último, el Brexit no deja de ser un acontecimiento político complejo. Si los efectos económicos necesitan de más tiempo para tener efectos reales sobre el voto, gran parte del efecto del Brexit debería ser sobre su interpretación. Y aquí sabemos que los votantes suelen adoptar las narrativas de sus partidos para interpretar este tipo de acontecimientos. Pensemos en el referéndum de hace un año en Grecia. Un evento tan incierto y arriesgado como aquel fue interpretado de manera totalmente distintas por los votantes de los partidos del Sí y lo partidos del No. La estrategia de Podemos de explicar el Brexit como un fracaso de una Unión Europea poco solidaria, si bien no tiene reflejo en la realidad del voto británico, era acertada porque contribuía a interpretar el Brexit en términos favorables a Podemos. Un electorado que le ha sido tan fiel a la hora de leer la realidad, es poco probable que le haya dado la espalda en estos argumentos. En cualquier caso, estamos en el terreno de la especulación. Cuanto tengamos las encuestas postelectorales tal vez podamos dar algo más de luz a esta cuestión”.

 

Alberto PENADÉS, “La mejor encuesta son las urnas … del 20-D” a Piedras de Papel (27-06-16)

http://www.eldiario.es/piedrasdepapel/mejor-encuesta-urnas_6_531306901.html

“El título es un poco exagerado, pero no tanto. Si tomamos como medida de acierto el número de puntos que se desvía la predicción de una encuesta para las cuatro primeras candidaturas, entonces, si alguien hubiera publicado como si fuera una encuesta el resultado de diciembre de 2015 – desviándose con ello en ocho puntos- habría hecho una predicción mejor que la media de las 20 encuestas que se publicaron en la última semana (del 13 al 20 de junio), que tiene 9,8 puntos de error total. Es más, las urnas de diciembre habrían quedado a la par que la cuarta mejor predicción de las veinte, y a poca distancia de la cabeza. También habría hecho mejor papel que la del CIS, publicada el 9 de junio, y que la gran mayoría de las publicadas antes.

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Inercia de diciembre, CIS, y última semana de encuestas…

 

En realidad, la media de las últimas encuestas publicadas en España se parece mucho a la encuesta del CIS, publicada unos días antes, aunque su trabajo de campo fue bastante anterior, del 4 al 22 de mayo. ¿Será que no hubo cambios en las semanas siguientes, es decir, durante la campaña? Es posible, pero poco probable.

Las encuestas se han equivocado, además, todas del mismo lado. No han visto venir la subida del PP y creen haber visto venir a UP en segundo lugar, adelantando al PSOE, cuando esto no ha pasado.  Así el CIS, como las demás. Qué digo, así las urnas de diciembre como las demás. Lo que las encuestas han aportado con respecto a la inercia, en dos pasos, primero el CIS y luego el grupo, ha sido, por un lado, amplificar el adelantamiento (el sorpasso), haciéndolo aún mayor que la simple repetición de los resultados de diciembre, que ya tenía mérito; por otro lado, se ha elevado un poco la intención de votar al gobierno, con respecto a diciembre, lo que ha sido una mejora, aunque no suficiente. Individualmente, cuando más hincapié han puesto en el sorpasso, peor, y cuanta más confianza en el gobierno, mejor, como es lógico.

Es interesante subrayar que la encuesta que menos se ha equivocado es una encuesta independiente, realizada online y alejada de la industria tanto como de la metodología convencional. No lo digo para recomendarlo, pero es interesante. La encuesta del GIPEyOP, en la que modestamente colaboro, también está entre las mejores, y también es independiente y sigue una metodología poco habitual. Les dejo la lista para su curiosidad.

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Ranking de las encuestas publicadas entre el 13 y el 20 de junio, más la encuesta del CIS

¿Por qué se equivocan las encuestas? ¿Se equivoca una y van todas detrás? ¿Tienen todas los mismos datos y están todos equivocados? ¿Siguen todas los mismos métodos para corregir y analizar los datos? Dar una respuesta a esto es demasiado arriesgado, porque la evidencia que tenemos es limitada. En este blog insistimos en que las encuestas miden tendencias; no lo digo yo, es un hecho que define a las encuestas de opinión pública. Atinar con resultados no es su especialidad, medir los cambios sí lo es. Los indicios que teníamos, por ejemplo, mirando la evolución del CIS, apuntaban en la dirección de una gran continuidad para el PP, PSOE y C’s, si acaso con tendencia al alza del PP y a la baja de C’s, pero muy estable para el PSOE. Solo sorprende que la subida del PP haya sido mayor de la que cabía prever. La causa no se ha sabido anticipar, y tal vez la averigüemos cuando haya encuestas postelectorales. Pero de que al PP le iba bien, considerando lo que hay que considerar, no hay duda.

Luego está el asunto de la coalición y del adelantamiento al PSOE. Bien, lo que se veía en las encuestas es que la tendencia de Podemos y sus aliados era a la baja desde comienzos de año, y apenas suponía un aumento con respecto a la encuesta pre-electoral de diciembre. Aquí era necesario hacer alguna hipótesis, pues el casi siempre sólido CIS no había recogido aún el efecto de la coalición, ya que, por las fechas de su trabajo de campo, se habían hecho entrevistas tanto antes como después de que se anunciara el acuerdo que dio lugar a Unidos Podemos. Teníamos algunas experiencias previas. ¿Sumó votos Almunia en su alianza con IU? No. ¿Sumó votos la Entesa Catalana del Progrès? Tampoco. Esto segundo se enmascaró por el éxito resonante que tuvieron al barrer el resultado en escaños, pero perdieron votos. Tal vez las encuestas post-CIS anunciaban el éxito de la coalición, con lo que se habría detenido o hasta invertido su tendencia a la baja, y es la obligación del encuestador dar cuenta de lo que dicen sus datos, pero había razones para la prudencia.

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Mini-serie del CIS: voto más simpatía para la legislatura que no fue (diciembre 2015-junio 2016)

Los resultados, en definitiva, han sido de continuidad, y los cambios de tendencia podían vislumbrarse en la mini-serie del CIS. En todo caso, algo mejor que en las encuestas publicadas.  Ni que decir tiene, al PSOE y a Ciudadanos apenas les ha sucedido nada, electoralmente hablando. Las sorpresas las ha dado el reparto de escaños, que, nos pongamos como nos pongamos, es muy rebelde a las encuestas”.

 

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Pablo SIMÓN, “La legislatura que se nos viene” a Politikon (29-06-16)

http://politikon.es/2016/06/29/la-legislatura-que-se-nos-viene/

“El fracaso estrepitoso de las encuestas ha sido lo más comentado estos días y, sin duda, hay que abrir un proceso de reflexión sobre lo que ha ocurrido. Yo mismo asumo mi parte de responsabilidad por no haber puesto más énfasis en la incertidumbre demoscópica y haber hecho algunos análisis con demasiada rotundidad. Hay que hacer propósito de enmienda. Sin embargo, la polvareda levantada en estas sorpresivas Elecciones Generales corre el riesgo de que no reparemos en algunas cuestiones que marcarán el devenir de la política española en los próximos años.

1. Partido Popular, la mayor minoría

El bipartidismo ha recobrado vigor en estas elecciones y eso ha sido esencialmente gracias al importante crecimiento de los populares. PP y PSOE suman hoy el 55% de los votos – bien lejos de 2008 cuando eran el 84%, pero más del 50% del 20D. El Partido Popular es el único que ha crecido estas elecciones, engrosando unos 700.000 votos y llegando a los 137 escaños, con lo que es normal su sensación de claro vencedor. Pero cuidado, es la segunda mayoría parlamentaria más minoritaria que logra el primer partido en unas elecciones desde 1977.

Esta fragilidad parlamentaria hace que vaya a ser un verdadero calvario para los populares no sólo superar la investidura, sino también ser capaces de gobernar. Si Aznar aprendió a hablar catalán en 1996 fue porque empezó de menos a más – la absoluta llegaría la siguiente legislatura. Ir de más a menos es  algo más difícil – se han quemado muchos puentes entre 2011 y 2015. Además, una curiosa paradoja es que con o sin sorpasso no cambia demasiado la previsión del gobierno resultante: uno débil encabezado por el PP.

2. Gobierno ¿en qué forma?

La iniciativa para formar gobierno le debe corresponder al partido que ha crecido, lo que coloca la pelota en el tejado del Partido Popular – a diferencia del 20D, difícil inhibirse de ser el formador. Lo más previsible es que primero se siente con Ciudadanos (32 escaños) y luego vea por dónde expandir sus apoyos. La paradoja de estas elecciones es que toda formación de gobierno pasa por el PP pero su resultado ha reforzado justamente al principal escollo: Mariano Rajoy. Asumamos que el PP insiste en que sea su candidato. Es muy posible que haya un pacto de investidura con Ciudadanos pero esto hace más probable un gobierno en minoría y no en coalición minoritaria – creo que sería más complicado para Albert Rivera justificar ser vicepresidente de Rajoy.

Sólo la retirada del candidato popular podría hacer más sencillo un gobierno PP-Cs, que sería 169 diputados, y podría intentar gobernar más cómodamente (aunque aún alejaría más a los partidos nacionalistas y les siguen faltando 7 escaños). En todo caso, a continuación le correspondería al PP mover para conseguir la abstención de otros grupos. Por lo tanto, hoy asignaría algo más de probabilidades a un gobierno en minoría de Rajoy, lo que ellos mismos ya contemplan.

3. Que viva el parlamentarismo

Hoy recuerdan muy bien Roger Senserrich y Victor Lapuente que el Congreso de los Diputados va a ser clave porque estamos frente a un gobierno débil. Desde ahora el parlamento se va a convertir en un contrapoder efectivo y vamos a ver como mociones, presupuestos y proyectos de ley del gobierno son derrotados en el Pleno. Por eso importa no sólo darle más medios para que haga mejor su trabajo y vele por el cumplimiento de los pactos, también fijarse bien en quienes tienen los puestos clave de la cámara. Las Cortes se abrirán el día 20 de julio y desde ahí habrá que elegir al presidente del Congreso, la mesa, los grupos y las comisiones.

Atención porque esto es importante; ningún bloque va a tener total capacidad para imponer su voluntad en la cámara y las mayorías van a ser variables según la votación. En la pasada legislatura la presidencia la tuvo el segundo partido ¿La recuperará el PP, la conservará el PSOE o la ganará Ciudadanos? No es un tema menor para darnos pista sobre por dónde van los tiros.

4. Si saben pactar, gobierna San Jerónimo

Si asumimos que el gobierno será débil y que el Congreso está fragmentado, va a ser posible hacer una legislatura bien diferente a la que el PP planea. Si Ciudadanos y Podemos son capaces de superar su vetos mutuos para ponerse de acuerdo en temas esenciales con el PSOE, si Ciudadanos además no entra en el gobierno, se puede venir un juego interesante. No es ya que los populares suden la gota gorda para sacar adelante cada ley, es que pueden gobernarle a la contra en temas, sobre todo, de reformas institucionales. Por poner un ejemplo, en Murcia la ley electoral la aprobaron desde la Asamblea – y el PP se debió sumar.

¿Podrían hacerse cosas? Listado provisional: Comisión de investigación de la Gürtel, despolitizar RTVE, nombramiento CGPJ, reforma justicia, reforma TC, cambio ley educativa, cambio reforma laboral… Siempre será más fácil el acuerdo de la oposición en temas de regeneración que socioeconómicos. Y es verdad, Romanones tiene los reglamentos. Pero ojo, que otros tienen las leyes y algo sí que importan.

5. Tiempos de tribulaciones

Gobernar no va a ser nada fácil en la legislatura que inauguramos. Hay turbulencias en el contexto internacional (Brexit, inestabilidad financieras, la Comisión presionando para más ajuste), tenemos una recuperación económica en precario y problemas estructurales sin afrontar (desde laborales a educativos o de modelo productivo). El previsible gobierno además afronta una legislatura fragmentada con la mayoría de comunidades autónomas en manos de sus rivales. Nadie debería perder de vista este hecho. Gobernar va  a ser muy complicado y el Partido Popular va a tener muy difícil sumar partidos para compartir el desgaste de sus decisiones – algo que todavía hace más probable un gobierno en minoría. Por lo tanto, no perdamos la perspectiva. Lo que se le viene encima a los populares es de aúpa. Veremos si completan la legislatura”.