Presentació

Aquest  primer número de Focus Press setmanal, s’obre amb un article de Manuel Arias Maldonado dedicat a esbrinar quines poden ser les tendències i els debats ideològics del futur més pròxim, amb una reflexió ordenada en una sèrie d’antinomies: capitalisme/postcapitalisme, cosmpolitisme/nacionalisme, tecnocràcia/populisme, reformisme/immobilisme, democràcia partipativa/democràcia representativa, posthumanisme digital/humanisme, individualisme/comunitarisme, antropocentrisme/ecologisme.

Algunes d’aquestes qüestions travessen, tant l’anàlisi de Pierre Rosanvallon sobre el fracàs de la gestió política de François Hollande a França, com els plantejaments de Joan Subirats sobre les diferències i les compatibilitats entre la vella i la nova política.

Més concreta és la mirada d’Oriol Bartomeus sobre els resultats hipotètics d’una repetició de les eleccions generals a Espanya, en el cas que fracassin les negociacions en curs per trobar una fórmula viable de govern.

Finalment, la historiadora Paola Lo Cascio analitza el manifest del grup Koiné a favor del monolingüisme a Catalunya, tot recordant quin ha estat el consens bàsic de la Catalunya autònoma i democràtica sobre la llengua.

 

 

Manuel ARIAS MALDONADO, “Congreso de futurología” a Revista de Libros (6-04-16)

http://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/congreso-de-futurologia?&utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=nl20160406

“Entre las figuras de la mitología griega, quizá ninguna posea la fuerza irónica que distingue a Casandra, toda ella un comentario tragicómico sobre la relación de los seres humanos con su propio conocimiento. Ya que es precisamente al clarividente a quien no se presta atención, incapaces como somos de distinguir con precisión los contornos del futuro inmediato. Podríamos hablar de los árboles del presente, cuya acumulación dificulta que nos hagamos una imagen certera del conjunto de sus relaciones y la consiguiente fuerza causal por ellos acumulada. Huelga decir que la densidad de nuestras sociedades globales hace aún más difícil todo ejercicio de predicción, no digamos ya distinguir entre el coro de Casandras que ejerce a diario sus dotes de adivinación en las tribunas públicas. Tampoco es necesario abundar en la fuerza performativa que tienen las aseveraciones sobre el futuro: según esperemos del mañana una u otra cosa, actuaremos hoy de maneras distintas. De hecho, podríamos definir la contemporaneidad como el espacio en que se desarrolla la contienda sobre la definición del futuro, algo que nos convierte en una especie paradójica, que se ocupa sin pausa de un tiempo venidero que nunca viene.

Pensaba en todo esto tras ser invitado recientemente a reflexionar sobre las ideologías llamadas a protagonizar el futuro próximo. En lugar de atenerme estrictamente a la letra del encargo, preferí pararme a pensar en los principales ejes del conflicto ideológico –o del debate de ideas sobre cómo organizar la sociedad– que se dibujan en el horizonte, con todas las cautelas que demanda cualquier ejercicio de futurología. A partir de aquí, puede considerarse el modo en que cada ideología política (de la socialdemocracia al conservadurismo) se ubica en relación con esos problemas o conflictos. La idea es trabajar con tipos ideales, en el sentido weberiano: constructos derivados de la realidad observable, que no se corresponden con ésta al detalle debido a la simplificación o exageración de algunos de sus rasgos, pero sirven para describirla. Inevitablemente, se dan múltiples solapamientos y concomitancias entre las contraposiciones resultantes. Asimismo, podrá apreciarse cómo la tradicional distinción entre izquierda y derecha sólo nos ayuda parcialmente a comprender el mapa del futuro sociopolítico. Por lo demás, se trata de un futuro próximo, ya que de otro modo no podría siquiera bosquejarse, y abierto a acontecimientos disruptivos capaces de arruinar la más certera de las clasificaciones.

Se me ocurre que las oposiciones o antinomias que se dibujan en nuestro presente como definitorias de la forma futura de la sociedad son, aproximadamente, las siguientes:

1. Fin de la historia versus insurreccionismo antiliberal

Se trata del conflicto entre quienes aceptan –informada o intuitivamente– la tesis de Francis Fukuyama sobre la cualidad definitiva de la forma sociopolítica dominante (consistente en la combinación de democracia liberal-representativa, economía de mercado y Estado del bienestar) y quienes anhelan otro orden social sustancialmente distinto. Fracasado el socialismo de Estado en el siglo XX, no se avizora esta alternativa completa, pero son muchas las voces que reclaman su formulación. Esto es especialmente cierto en el caso de la Teoría Crítica, que ve en el capitalismo global una ideología que da forma al sujeto contemporáneo tanto como a sus relaciones sociales y demanda un futuro poscapitalista capaz de asegurar su verdadera emancipación. Las tesis que combinan decrecentismo económico y comunitarismo organizativo son quizá las que más claramente dibujan esa alternativa. En el plano geopolítico, ésta vendría representada por China, cuya modernización económica es impulsada por un sistema político autocrático, sin que podamos adivinar todavía nada parecido a una transición hacia la democracia pluralista.

2. Cosmopolitismo universalizante versus nacionalismo particularista

Es evidente que ya en nuestros días –ahora mismo– está produciéndose un choque frontal entre las concepciones abiertas (universalizantes o globalizadoras) y las cerradas (nacionalistas o particularistas) de la organización social. Éstas últimas pueden entenderse como una reacción defensiva contra las primeras, debido a la incertidumbre que produce carecer de un suelo firme bajo los pies. Huelga decir que no es preciso tener una tal «concepción» para encarnarla en actitudes, opiniones y votos concretos. Esta antinomia lleva implícita la oposición entre el Estado contenedor y el Estado membrana: heroico el primero a ojos de sus ciudadanos por su capacidad de ordenación, posheroico el segundo al aceptar el debilitamiento de facto de su soberanía. Además de la dimensión puramente cultural, entran aquí en escena los problemas de migración y terrorismo. Ahí está el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea para demostrar la dolorosa paradoja de la soberanía declinante: los partidarios de la salida defienden ante todo la recuperación de la soberanía, mientras los defensores de la permanencia subrayan que una soberanía privativa no implica en nuestros días mayor capacidad de control, sino, en todo caso, apenas una mayor sensación de control.

3. Razón administrativa versus razón populista

Es decir, la tensión entre el racionalismo político y su impugnación sentimental: entre los imperativos de la eficacia en la era de la complejidad y las simplificaciones que apelan a la base irracional de la sociedad. Esta simplificación puede tener como fundamento el conservadurismo cultural de base nacionalista o la apelación a una democracia radical capaz de atacar los problemas en su raíz: en ambos casos, la autodeterminación se pone por delante de la gestión tecnocrática. Esta antinomia puede formularse también como tensión entre el dato del tecnócrata y la abstracción del demagogo: entre el detalle contable y la apelación al pueblo. Es evidente que una democracia oscila de manera perpetua entre ambos: precisamente por ser un régimen de opinión y un régimen afectivo, no puede eliminar el fantasma populista ni descansar únicamente –a la manera platónica– sobre el gobierno técnico del saber. Pero se trata de un equilibrio difícil de mantener y la tensión entre ambos polos posee aristas cada vez más afiladas.

4. Experimentalismo estatal versus bienestarismo defensivo

Si las sociedades cambian, ¿no habrían de hacerlo también los Estados? Esta pregunta tiene especial pertinencia ahora que la crisis ha pues de manifiesto otra vez la fragilidad del Estado de bienestar. Y ello a la vista de los patológicos niveles de endeudamiento estatal y del peligro que supone el doble proceso de envejecimiento y robotización: cada vez menos cotizantes para cada trabajador jubilado con derecho a pensión. Pero la reconfiguración de las sociedades avanzadas trae consigo otros problemas que demandan respuesta estatal, como la integración en la red de protección social del creciente número de autoempleados o la modernización de los servicios públicos. Por eso se dibuja desde hace ya un tiempo un enfrentamiento entre los partidarios de experimentar con las formas y los procedimientos estatales –incluyendo la introducción de mecanismos de competencia entre proveedores de servicios públicos– y aquellos que se limitan a defender las formas existentes de estatalismo de esas agresiones sobrevenidas.

5. Experimentalismo democrático versus representativismo defensivo

También en el plano de la organización democrática podemos encontrar una clara tensión entre experimentalismo y conservadurismo. En este caso, habría que diferenciar entre quienes sostienen que la representación política basta para articular democráticamente la sociedad, aun aceptando su ensanchamiento progresivo (visible, por ejemplo, en la normalización de la movilización colectiva como medio de expresión de demandas), y quienes apuestan por un mayor grado de innovación política: minipúblicos deliberativos, referendos, empleo de las redes digitales con fines participativos, etc. Tanto la polarización del debate público como la intensificación del pluralismo social parecen requerir nuevas soluciones institucionales, mientras que la demanda emocional de participación como ingrediente de la legitimidad del sistema presiona en la dirección de un mayor autogobierno. ¡Voluntad general! El problema, claro, es la escala: las ventajas que presenta el municipalismo para la experimentación democrática no pueden ser reproducidas en la esfera nacional, no digamos ya en la multinacional. Análogamente, la dificultad para distinguir entre las esferas formales de decisión y los espacios informales de producción de opinión (esto es, de influencia sobre esa decisión) aumenta la presión sobre las instituciones representativas.

6. Digitalismo poshumanista versus humanismo conservador

Esta antinomia presenta la oposición entre dos grandes actitudes hacia el cambio sociotecnológico: una favorable prima facie a los frutos de la innovación técnica y otra recelosa de sus consecuencias disolventes. Es claro que este continuo admite muchas gradaciones: del early adopter al tecnófobo amish. Así, es posible ver con buenos ojos el desarrollo de los coches sin conductor, pero mostrarse contrario al mejoramiento del cuerpo humano por medio tecnológicos. No obstante, sí pueden dibujarse dos tomas de posición principales, según uno abrace la ruptura con el modelo cultural heredado o lo defienda frente a la disrupción tecnológica; según, en fin, uno sea futurista o nostálgico. A su vez, el nostálgico puede ser ilustrado o conservador: precaverse contra la aceptación irreflexiva de la novedad o defender irreflexivamente la tradición. Se trata de una línea divisoria relevante, dada la extraordinaria influencia que la tecnología del futuro próximo tendrá –tiene ya– sobre las formas sociales. Y aunque nada detendrá, a largo plazo, un cambio tecnológico cada vez más acelerado, las reacciones al mismo podrán frenarlo o modularlo: pensemos en los transgénicos o en el debate sobre el uso de los datos personales derivados de la interacción digital.

7. Fragmentarismo postradicional versus tradicionalismo cohesivo

Son muchos los factores que pueden ayudarnos a explicar la alteración de los patrones sociológicos modernos, pero todos ellos pueden resumirse en uno: el aumento de la libertad individual, que produce más desorden social. O lo que es igual: la mayor capacidad de decisión individual, que trae consigo la revolución de la mujer, desemboca en el debilitamiento de la unidad familiar tradicional, aumenta el número de hogares y singletons, propicia un mayor aventurerismo biográfico y el florecimiento de nuevas formas de vida, que hacen nuestras sociedades aún más plurales. Aunque, evidentemente, Londres es más mestiza que Worcester: hay distintos niveles, a menudo superpuestos, de fragmentación. En contra de ésta se sitúan quienes afirman la capacidad cohesionadora de la tradición, ya sea cultural o religiosa. Su fuerza reside en gran medida en el deseo de significado que caracteriza a los seres humanos. La persistencia de las religiones, tras los repetidos vaticinios de su crepúsculo, apunta en esa misma dirección.

8. Continuismo antropocentrista versus ilustración ecológica

En la esfera de las relaciones socionaturales, transformada desde hace varias décadas en objeto de controversia pública y acción política, hay que distinguir entre continuismo y reforma: la continuidad de la apropiación típicamente moderna de la naturaleza (que da lugar al surgimiento de un entramado socionatural caracterizado por la hibridación), frente a una reorganización consistente en el refinamiento del dominio humano sobre aquella (lo que incluye el aumento sustancial de la protección del mundo natural). En este marco, el antimodernismo romántico representado por el ecologismo radical será menos protagonista directo de ese debate que una fuerza maximalista que empuja involuntariamente hacia el reformismo. Y ello porque resulta impensable que una sociedad compleja de fuerte base tecnológica pueda emprender una regresión arcádica a gran escala. Al mismo tiempo, empero, la moralización de las relaciones socionaturales propugnada por el ecologismo ejerce, en conjunción con las noticias que nos trae la ciencia sobre la capacidad sintiente de los animales, una notable influencia sobre las percepciones públicas.

Puede así decirse que la forma del futuro, ese momento siempre aplazado que nunca llegamos a vivir, vendrá determinada por el juego entre estas antinomias. A ello habrá que añadir, como se ha dicho, el dominio de lo impredecible, si bien los acontecimientos imprevistos que puedan producirse empujarán a las sociedades en un sentido o en otro, pero no alterarán significativamente este catálogo. Claro que, como demuestra el mito de Casandra, en la relación con el futuro sólo podemos equivocarnos”.

 

Entrevista a Pierre ROSANVALLON a L’Obs (31-03/6-04/2016): “Hollande, autopsie d’une présidence”

http://bibliobs.nouvelobs.com/idees/20160331.OBS7509/hollande-autopsie-d-une-presidence.html

A un an de la présidentielle, lhistorien Pierre Rosanvallon, auteur du Bon Gouvernement, dresse un bilan du quinquennat et se demande pourquoi le président normala tant déçu

Votre dernier ouvrage, publié en septembre dernier, sappelle « le Bon Gouvernement ». Alors que François Hollande termine sa quatrième année à l’Elysée et que la présidentielle commence à se profiler à l’horizon, on peut dresser un premier bilan et se demander sil a « bien gouverné » ? A en croire les sondages, ce nest pas lavis des Français…

Le bilan est en effet assez sombre. Domine le constat d’un flottement permanent, d’une sorte d’incapacité à maintenir un cap. Les projets mal ficelés et les reculs désordonnés n’ont pas cessé de s’enchaîner depuis quatre ans, le psychodrame de l’écotaxe ayant constitué la première illustration spectaculaire de ces jeux de balancier. On disait autrefois : « Gouverner cest prévoir. » Il faudrait plutôt dire dans le cas présent que cela a été de naviguer à vue, de réagir au jour le jour, de multiplier les effets d’annonce sans suite. Des changements positifs n’ont été opérés que dans les cas où il y avait un choix binaire à trancher, opposant deux visions bien identifiées, entre lesquelles l’arbitrage arithmétique était simple à opérer. Cela a été le cas pour le mariage pour tous. Mais cela ne marche pas comme cela dans la plupart des domaines.

Disant cela, je suis aussi conscient qu’il ne faut pas être naïf. Il est objectivement difficile de réformer le pays tant les coalitions négatives sont toujours les plus faciles à former. Il en résulte mécaniquement une certaine préférence pour l’immobilisme. Il faut aussi tenir compte du fait qu’avec la globalisation, le monde est devenu plus complexe, plus incertain et qu’elle limite l’autonomie de décision des Etats. Mais il faut en même temps bien insister sur le défaut de méthode qui n’a pas cessé de produire ses effets délétères : l’insuffisance de délibération, de consultation. « Bien gouverner » aujourd’hui, ce ne peut plus être gouverner d’en haut, c’est faire avancer une société en l’impliquant, en la faisant travailler sur elle-même.

Dans ce contexte, quelle a été sa façon de gouverner ? A-t-il été le « président normal » quil avait promis d’être durant la campagne ?

Le thème du « président normal » était l’expression d’un désir de démocratisation, de rendre le pouvoir moins lointain. François Hollande a réussi sur ce point en termes que je dirais comportementaux et psychologiques. C’est un homme direct et chaleureux, sans arrogance ; on le sent plutôt proche des gens. Mais la normalité aurait aussi dû signifier une présidence qui descend de son piédestal en termes institutionnels : c’est-à-dire qui rend des comptes, qui mène une action lisible, fixe un cap, qui fait preuve de responsabilité. C’est là que le bât blesse, car le rapport entre les citoyens et le pouvoir n’a pas été modifié dans le sens de ce que j’ai appelé un « bon gouvernement ». Ce déficit s’est d’autant plus fait sentir que la fonction du Parlement s’est atrophiée. Il ne fait dorénavant plus qu’approuver ou repousser les projets de lois.

Cela conduit à une simplification et à un appauvrissement de la vie démocratique. Soit on est dans la majorité, soit on est dans l’opposition. Il n’y a pas de position intermédiaire. C’est la tragicomédie des frondeurs. Ils veulent peser dans le débat, mais sans aller jusqu’à prendre le risque de faire tomber le gouvernement. Ils sont donc condamnés à l’impuissance. Il y a certes toujours des débats parlementaires, mais qui relèvent du marchandage de détail et se traduisent généralement par l’enflure des textes : pour calmer la grogne de tel individu, de tel petit groupe, de telle région, on rajoute des articles pas forcément utiles. L’adoption parlementaire des textes est du même coup de plus en plus longue et il en résulte des lois qui partent dans tous les sens, sans que l’on puisse parler de progrès du débat démocratique. C’est le résultat d’une succession de petits arrangements qui sont de l’ordre de la corruption douce. Il est probablement impossible de revenir à la vision parlementaire d’autrefois. Mais il faut faire revivre et agrandir les « fonctionnalités démocratiques » qui étaient les siennes, en matière d’évaluation des politiques publiques, de surveillance des pouvoirs, d’animation du débat. Il y aurait sur ce point une véritable révolution démocratique à accomplir. Elle n’a été esquissée qu’en matière d’intégrité de la classe politique avec la création de la Haute Autorité pour la Transparence de la Vie publique, décidée à la suite de l’affaire Cahuzac. C’est une avancée qu’il faut saluer, d’autant plus que l’institution, qui a l’oeil sur la nomenklatura (9.000 personnes sont surveillées), a vite fait la preuve de son utilité.

Certains affirment quil y a aussi une demande de pouvoir fort, d’autorité.

Il y a une double demande des citoyens : une attente de normalité et de proximité d’un côté, et de l’autre la volonté d’être rassuré et protégé par un commander in chief. A l’heure où se multiplient les tensions internationales et les menaces terroristes, c’est essentiel. On peut dire que François Hollande a été à la hauteur des situations qu’il a fallu affronter. Mais on peut remarquer en même temps que la tentation pour les pouvoirs est aujourd’hui de mettre l’accent sur cette fonction.

Quand on envoie des avions bombarder une cible, la parole se fait acte, la volonté s’accomplit immédiatement. Ce pourrait être aussi la voie d’une dérive, celle d’un substitut aux difficultés internes, qui valoriserait cette vision « militaire » de la volonté.

Venons-en maintenant aux grands choix de politique intérieure du mandat Hollande. A-t-il manifesté une vision pour la France ?

Sur ce terrain – celui des politiques économiques, sociales, sociétales – nous sommes en panne. Et pas simplement les Français. Le problème est plus largement celui des grandes démocraties qui font face à l’épuisement du modèle social du xxe siècle. Nous sommes du même coup en manque d’une redéfinition de ce que veut dire le progrès social au xxie siècle.

Il n’y a plus aujourd’hui de véritable pensée de gauche opérationnelle. Surnagent seules des nostalgies et des impatiences. Aujourd’hui, il n’y a dans la gauche de gouvernement que deux voies qui s’affrontent. D’une part, ce qu’on pourrait appeler une « gauche de l’adaptation », qui se définit surtout par la lutte contre les « archaïsmes », dont le seul objet est « la modernisation » au sens le plus large du terme, et qui ne s’inscrit pas dans une vision progressiste, au sens propre – c’est typiquement la posture de quelqu’un comme Macron. Et, d’autre part, une « gauche de l’autorité », qui réinvente le vieux radicalisme et l’intransigeance laïque, incarnée par Manuel Valls : une gauche qui ne se définit plus tant dans le domaine économique et social que sur le terrain de la sécurité et de l’identité. Et vous voyez bien que, lorsque je dis « gauche de l’autorité », « gauche de l’adaptation », on peut enlever le mot « gauche » et mettre simplement « politique de l’adaptation » ou « politique de l’autorité ».

Hollande est-il plus près de Valls ou de Macron ?

De Macron, probablement. Valls tient un discours sécuritaire et d’intransigeance républicaine très traditionnel que ne semble pas partager le président de la République.

On a parfois limpression quil gère la France comme les congrès du PS, avec des calculs de courants et des synthèses qui finissent par vider les décisions de leur contenu.

Tel qu’on peut le voir, c’est un homme de la réactivité au quotidien, pas de la vision. Un homme totalement immergé dans l’espace politicien aussi. Or avoir barre sur ce milieu, c’est s’intéresser prioritairement aux susceptibilités et aux carrières de quelques centaines de personnes qui forment le petit cercle des caciques du parti et des grands élus. C’est ce qu’il faut faire pour gérer le milieu politique et conserver l’appui du Parlement, autant que celui du parti. Mais ce milieu vit de plus en plus coupé de la société (il est même aussi coupé de la plupart des élus de terrain). Pour ceux qui le composent, ce qui compte c’est en effet d’abord de prendre des positions et d’adopter des postures qui feront croître leur influence. C’est toute la différence avec gouverner un pays, où ce sont les forces sociales enracinées dans le réel qui comptent.

Vous avez signé l’appel à l’organisation dune primaire à gauche : est-ce une solution aux maux que vous diagnostiquez ? Et comment le chef de lEtat peut-il sy inscrire ?

J’ai signé la pétition non pas au premier chef pour faire rentrer le président sortant dans ce qui serait le carcan de la désignation par les militants, mais parce qu’il y a un besoin impératif de délibération et de discussion dans le pays. La primaire conjugue deux vertus : elle permet de sortir du choix des appareils et d’ouvrir un débat dans la société. Nous avons grand besoin de cela, pour réduire l’écart des citoyens à la chose publique. Quant au président en place, il est évident que s’il a une forte légitimité, il n’a pas à craindre ce type d’épreuve.

Cela déboucherait sur une situation tout de même compliquée…

Ce qui est compliqué, ce sont les conditions de l’acquisition de la confiance du public. Celle-ci ne se décrète plus. La définition classique de l’autorité, c’est le fait de pouvoir s’imposer sans discussion et sans violence.

Alors, j’espère qu’on peut s’imposer sans violence, mais sans discussion, non. Le propre de la démocratie c’est justement la discussion. L’autorité à l’ancienne n’a plus sa place dans les démocraties. Dans une primaire, on peut reconnaître une forme de prééminence à celui qui est encore dans les habits de la fonction présidentielle, mais l’on ne saurait admettre l’a priori d’autorité que donnerait en soi une position. Ou ce serait alors avoir bien peu de considération pour la personne concernée.

Héritier de Mitterrand, Hollande lest aussi de Delors. On aurait pu imaginer que cette filiation lincite à se soucier du dialogue social et notamment à prendre soin du lien avec la CFDT. La réforme du Code du Travail a montré au contraire une fracture avec lensemble des syndicats et la tentation de passer en force. Comment comprendre une telle stratégie ?

Il y a eu une erreur de méthode fondamentale. Tout d’abord du point de vue du dialogue social, ce qui est, sur un sujet comme celui du travail, assez surprenant. Mais surtout, il y a eu un problème dans la conception même de la loi. On a voulu mettre trop de choses dedans, ce qui a rendu la discussion plus confuse et l’adoption plus difficile. Lorsqu’on additionne cinquante sujets, chacun va plus facilement y trouver matière à opposition. C’est le problème des lois fourretout : elles sont illisibles et cumulent du même coup les procès d’intention et de multiples oppositions localisées.

La gauche est en coma artificiel et le gouvernement y a toute sa responsabilité.

On a tort de présenter pour de grandes lois des textes qui ne sont qu’obèses. Le Premier ministre a affirmé que le compte personnel d’activité (CPA) était « la grande réforme sociale du quinquennat », c’est son expression. Mais, à ce moment-là, pourquoi ne pas avoir fait une loi centrée sur cette innovation ? Les organisations syndicales n’auraient peut-être pas suivi à 100%, mais sachant que la CGT est pour la sécurité sociale professionnelle [dont le CPA est présenté par le gouvernement comme la première étape, NDLR], on aurait pu alors avoir une véritable discussion et aller de l’avant. Et discuter ensuite de flexibilité en ayant fait la preuve de son attention à la protection des gens.

Au total, peut-on parler de gâchis pour qualifier la présidence Hollande ? Ou en tout cas doccasion manquée ?

C’est certain. L’histoire a patiné, et le lien entre le mot « gauche » et les mots « exercice du pouvoir » et « avenir » s’est évaporé. Cette démonétisation de l’idée de gauche est très grave, car elle nourrit les nouvelles formes de populisme, d’extrême droite, mais aussi le populisme d’extrême gauche.

Lorsque Manuel Valls dit que la gauche peut disparaître, il oublie donc seulement que la politique suivie par son gouvernement y a contribué

La gauche est en coma artificiel et le gouvernement y a sa très grande part de responsabilité. Mais la faute en incombe aussi à la gauche de posture, la gauche du « c’était mieux avant », qui idéalise les années Mitterrand, le vieux programme commun, les Trente Glorieuses… Cette gauche est hélas très puissante dans le monde intellectuel et dans le milieu des salariés les mieux protégés. Dans l’électorat de Mélenchon il y a plus de profs et de fonctionnaires retraités qui regrettent les enthousiasmes militants de leur jeunesse que de jeunes précaires.

Dans quel état Hollande va-t-il laisser la France ?

Dans un état de sidération et d’inquiétude. Inquiétude, parce que celle-ci naît de l’indétermination. Pour la combattre, il faut rendre le monde plus intelligible et surtout plus prévisible. Prenons la question des réfugiés : si on dit de façon très vague, avec un air menaçant, que des millions de réfugiés vont arriver à nos portes et nous envahir, on alimente l’angoisse. Les choses se présentent différemment si on adopte clairement une vision prospective du problème en le rationalisant, en voyant comment il va se poser dans le temps, en discutant des solutions de long terme. Le même raisonnement vaut pour la peur du déclassement social. Le déclassement, c’est le fait de se trouver en situation de descente sociale par rapport à ses parents ou par rapport à sa propre situation précédente.

Cette menace ne concerne au final qu’un petit nombre de gens. Pourtant la peur de ce déclassement touche la majorité de la population, parce que, ce qui est perçu n’est pas la probabilité de l’événement, mais sa gravité. Peu de Français, en termes statistiques, finiront au RSA, mais être au RSA est une telle catastrophe morale et matérielle qu’on le ressent comme une menace immédiate.

On attribue à Hollande une personnalité calme. Est-ce un facteur qui aide à raisonner les inquiétudes ?

La sérénité qui émane de sa personne, en particulier dans les épreuves les plus dramatiques, est en tout cas plus rassurante que l’agitation déstabilisante de son prédécesseur. Cela dit, la façon dont le pouvoir exécutif canalise les attentes ne peut qu’engendrer la déception. Il faut en même temps agir au sommet et « décentraliser » les impatiences. Prenons l’exemple des inquiétudes liées au climat. C’est très bien de réussir la COP21, mais si la mise en oeuvre concrète implique des décisions publiques immédiates fortes (voir le débat récent sur les pesticides), elle doit aussi se faire au niveau local ; qu’il s’agisse par exemple des économies d’énergie ou du traitement des déchets. A cet échelon, les citoyens peuvent avoir le sentiment d’avancer par eux-mêmes et de ne pas être toujours en position d’attente que le sommet agisse à leur place. Raisonner les inquiétudes, c’est voir que l’on peut avoir concrètement prise sur les réalités, devenir un acteur du changement. Personne ne pense que tout va être résolu d’un coup de baguette magique. Les Français peuvent comprendre les contraintes à condition d’avoir un récit qui les organise, de partager une vision qui donne du sens quotidien à ce qu’ils vivent. Voilà ce qui nous manque, voilà ce que la gauche, écartelée entre la dynamique de l’adaptation et la dynamique de l’autorité, est aujourd’hui incapable de produire. Notre société civile est très vivante, la France de 2016 ne marcherait d’ailleurs pas sans toutes les associations d’entraide, d’alphabétisation, de prise en charge des plus démunis qui agissent sur le terrain. La société civile est en marche, la société politique est en panne.

Après les attentats de Bruxelles, nous sommes sans doute entrés dans une nouvelle ère de demande de sécurité. Comment concilier ces impératifs avec la défense des libertés et la vitalité démocratique ?

Nous aurons besoin de plus en plus de mesures durables de sécurité. Nul ne saurait lésiner sur les moyens à déployer en la matière. Mais nous aurons aussi besoin d’une société plus solidaire, plus forte, qui fasse davantage corps, pour résister aux intimidations et aux chantages des terroristes. Et il y a du travail à faire pour cela ! Il nous faut également veiller à la solidité des garanties constitutionnelles à déployer pour que la gestion des situations d’urgence ne dérive pas insidieusement vers des formes d’État autoritaire. Plus un pouvoir est fort, plus il faut de contre-pouvoirs, d’Etat de droit et de vigilance citoyenne.

 

 

Entrevista a Joan SUBIRATS a CTXT (6-04-16)

http://ctxt.es/es/20160406/Politica/5241/España-Entrevistas-Elecciones-20D-¿Gatopardo-o-cambio-real.htm

¿Qué está pasando en Europa y qué está pasando en España? ¿Son el mismo ciclo, son dos ciclos diferentes? ¿De dónde venimos, dónde puede acabar todo esto?

Está pasando lo mismo: el fin de una época. Han coincidido, como ha ocurrido otras veces en la Historia, crisis económica, cambio tecnológico y cambio o conflicto social. Ocurre un poco lo que dice Ulrich Beck, cuando hablaba de conceptos zombi, conceptos que seguimos utilizando pese a que no explican lo que pasa. O lo que apunta Bauman cuando habla de interregno. El modelo europeo durante tantos años tiene algunas dificultades para mantenerse. En qué consistía ese modelo, un poco lo que explica el gran milagro de 1945 a 1975. Un Estado-nación, capaz de garantizar unas condiciones básicas para el mercado nacional, políticas fiscales redistributivas que permitieran evitar el conflicto y, digamos, redistribuir riqueza, y una clase capitalista o élite dirigente que entendía que todo eso le favorecía porque reducía el conflicto, aumentaba las capacidades de consumo de la gente, y todo el mundo salía ganando.

Pero a partir de 1973 todo cambia. Con la crisis del petróleo, con Thatcher en 1979, con Reagan en 1980, con la sensación de que ese peaje redistributivo que pagaban las clases dirigentes era excesivo, en comparación con las potencialidades que una globalización naciente permitía. Esto, y un cambio tecnológico en el comercio y la producción mundial, ponen en cuestión muchísimos elementos del llamado “modelo europeo”, del que aún hoy seguimos hablando como un referente, si bien ya no existe desde hace años. Esto es específicamente europeo, y se agrava en el caso español, porque no tuvimos toda la fase de plenitud redistributiva que tuvieron en Europa de 1945 a 1975. Nosotros llegamos tarde a esa situación. Es más, la crisis de los noventa y del inicio de los 2000 permitió en Europa, con políticas de ajuste mucho anteriores a las nuestras –Schröeder en Alemania, o incluso la socialdemocracia nórdica– repensar modelos, lo que hizo que, cuando viene de verdad la hostia, de alguna manera el nivel de impacto fuera menor. Aquí estábamos creciendo, o intentando recuperar nuestro atraso histórico en políticas sociales. Me gusta recordar que cuando murió Franco en 1975 estábamos 20 puntos en gasto social por debajo del resto de Europa. Teníamos mucho terreno que recuperar, evidentemente no lo hemos recuperado nunca, pero seguíamos creciendo en esta política incrementalista a nivel de gasto público durante muchos años, y entonces llegó la hostia de 2007, muy potente. Aquí digamos que todo lo hemos vivido con un cierto retraso, y con una cierta mayor intensidad.

Volviendo a la pregunta inicial. ¿Qué está pasando? Pues el final de una época, necesitamos cambios muy profundos, no sabemos en qué dirección, lo que sabemos es que este cambio de época está redistribuyendo costes en la humanidad mucho más bestias de lo que estábamos acostumbrados. Los que estaban mal están mucho peor, y los que estaban bien están mucho mejor. Y eso es algo que durante la fase de la posguerra en la II Guerra Mundial en Europa fueron capaces de acomodar y amortiguar. Y ahora es mucho más difícil.

En España esto tiene características similares y en parte distintas, porque en cada país esta crisis es de carácter distinto.

Suponiendo que todo empiece oficialmente en 2010, con el fin del Estado de bienestar, ¿este ciclo qué es? ¿Un ciclo de reacción, de convulsión? ¿En qué fase estamos? ¿Un ciclo de postdemocracia, un ciclo de beligerancia democrática? ¿Qué estamos haciendo, qué está pasando?

Estamos en fin de ciclo y estamos en inicio. Es fin de ciclo porque no nos funcionan las recetas que estábamos acostumbrados a utilizar, de matriz socialdemócrata y democristiana, básicamente. La deriva de la socialdemocracia-democristiana, neoliberal a partir de la tercera vía, se ha demostrado que tampoco da respuesta. Pero no estamos en fin de ciclo de un modelo productivo, de un modelo económico, de unas relaciones sociales determinadas.  Estamos en inicio de ciclo porque, precisamente, necesitamos reconsiderar y reconstruir esas relaciones. Fíjate en una cosa que es bastante evidente, que es la ruptura generacional. Que se está dando en toda Europa y, diría, en todo el mundo. La gente de más de 45-50 años tiene comportamientos políticos, lógicas de acomodación, situaciones y posiciones sociales que les permiten, de alguna manera, buscar procesos de acomodo en la situación. Y de 45 hacia abajo, con niveles formativos muy superiores, niveles de interiorización del nuevo ciclo mucho mayores, son un grupo de personas con muchas más incertidumbres frente al futuro y mucho más dispuestas a salir de las zonas de confort. Yo creo que eso se está viendo en casi todas partes. Y eso demuestra un poco la ruptura. Es un ciclo de ruptura, una fase de cambio de ciclo entre dos momentos históricos determinados. ¿A esto le llamaríamos postcapitalismo? En el fondo, llamarle postalgo es no saber cómo definirlo. Sabemos que ya no nos funciona la lógica capitalismo industrial, sabemos que estamos en otra dimensión del capitalismo financiero, global, basado en la lógica de la deuda, con dificultades para mantener las tasas de beneficio por el cambio productivo, pero no sabemos cómo va a desembocar. Porque no hay instrumentos claros para saber qué va a pasar.

Los partidos españoles en el Congreso, ¿dibujan esta ruptura generacional?

En parte sí y en parte no. Es decir, el PSOE y el PP, Convergencia y el PNV son ejemplos de partidos que siguen funcionando con una clave básicamente del ciclo anterior. Sus cambios son muy epidérmicos, muy de imagen. Yo lo expreso diciendo: “Su forma de adaptación es contratar a un community manager”. Siguen creyendo que Internet son tecnologías de  la información y la comunicación. En cambio, sobre todo Podemos y las confluencias territoriales, también en parte Ciudadanos, son partidos ya nacidos en otra fase. Entienden que Internet no es un instrumento, sino que es algo que rompe las estructuras generacionales. En el Congreso, este inicio de esta legislatura, se ha visto una ruptura en las formas, en las maneras de vestir, cosas que son más epidérmicas, pero que demuestran un poco que el promedio de edad del votante del PP es 59 años, el del PSOE 55, el de C’s 47, y el de Podemos 45. Ya ves que esa dimensión generacional tiene expresión en las formas de relación y en los tipos de discurso. El discurso de Rajoy era de matriz básicamente decimonónica, y el discurso de Pablo Iglesias, que te gustará más o menos, tiene ya un tipo de matriz distinta. Eso tiene expresiones múltiples. Las formas de acomodación, o de impacto institucional, o de realidad de cambio, son distintas.

¿Qué cree que les pasará a los partidos viejos en este ciclo? ¿Y a los nuevos? ¿Existen ya los partidos del próximo ciclo?

Creo que no. Seguramente el ejemplo de partido nuevo más reciente que hemos tenido en España, y que todo el mundo considera que de alguna manera era un partido que iba demasiado rápido en relación a lo que estaba pasando, era el Partido X, un partido que surgió en un momento determinado, con una lógica muy 15-M, con la voluntad de construir un partido a imagen y semejanza de la Red. Es decir, que su formato de organización fuera la Red incluso. Había toda una lógica muy pensada en clave de construir un partido de matriz distinta. Muy por encima de las posibilidades reales de arraigo que tenía esa lógica. En el fondo, la sorpresa del Partido X fue que un partido como Podemos, que surgió de las mismas bases sociales, y de la capacidad de utilizar las redes, pero al mismo tiempo los medios convencionales como la televisión, fue lo que le hizo dar un salto. Aún estamos en un proceso de transición, y por tanto el imaginar que ya estamos totalmente en una sociedad digitalizada, en la cual tú puedes trabajar con lógicas de intermediación distintas, pues no pasa. En el fondo no podemos tener partidos nuevos, como no tenemos universidades nuevas, o como no tenemos periódicos del todo nuevos. Estamos en un proceso de cambio, en el cual las instancias de intermediación tradicionales están perdiendo peso, tienen dificultades para mantener su valor añadido, y las nuevas formas de comunicación, de relación, de producción, aún están de alguna manera en proceso de consolidación.

Sin entrar en detalles puntuales, ¿qué le parece que ilustran, dentro de todo este ciclo, las negociaciones para un gobierno entre PSOE, C’s y Podemos/Confluencias?

Creo que ilustran lo entrampados y bloqueados que estamos. No hay capacidades. Si miramos hacia atrás, todo el proceso 15-M, hay un ciclo, una parte de movilización creciente que es 2010-2013. El zénit es 2013. Si miras las cifras del Ministerio del Interior verás que a partir de 2013 baja el número de manifestaciones y de movilizaciones, hay una cierta sensación de cansancio, de que no se están consiguiendo resultados a través de la movilización, porque el sistema está muy controlado. A partir de inicios de 2014 está esa nueva fase de asalto a los cielos, llámalo así literariamente: la candidatura de Podemos al Parlamento Europeo, el inicio de la construcción de las candidaturas en Barcelona. Hay todo un proceso de cambio de ciclo con el cual se intenta relacionar la fase de movilizaciones y de lucha con un cambio en la lógica institucional. Y esto tiene un punto culminante en esa lógica, que es mayo de 2015. A partir de mayo de 2015 y la secuela que es el 20 de diciembre, ahí tenemos un hasta aquí hemos llegado, por así decirlo. Pero ahora falta ver cómo se mantiene la tensión entre lo que es practicable desde las instituciones, y lo que es necesario y deseable desde el punto de vista social. Y esa capacidad de disfunción, de romper las zonas de confort, es muy difícil de lograr solamente en las instituciones. Tienes que saber combinar esas dos realidades. Y no es nada fácil. Ni en España ni en ningún sitio. Tenemos nueva economía, nueva sociedad, y seguimos teniendo vieja política. Y unas instituciones muy poco capaces. Respondiendo a tu pregunta, los partidos o la negociación que aludías expresa en parte ese bloqueo, esa dificultad de combinar dinámicas de cambio muy acelerado en la sociedad y en las relaciones económicas. Porque seguimos estando atrapados en una lógica, que tiene mucho que ver con el XIX y con el XX, de construcción de decisiones públicas. Y eso no es fácil de resolver.

No sé si comparte que en cierta medida lo nuevo parece que se paraliza cuando llega a lo institucional.

Los ritmos son totalmente distintos. Los ritmos, los rituales, los lenguajes, los procesos, los procedimientos más que los procesos. Hay como una cierta parálisis fruto de una estructura muy pensada en claves distintas. Tenemos una matriz de actuación pública burocrática, que está pensada en una clave de no intervención, cuando necesitamos una Administración pública y unos poderes públicos que sean mucho más capaces de adaptarse y de hacer procesos de actuación conjunta con los movimientos sociales, con las organizaciones, etc.

Y esto es muy complicado porque todo el procedimiento que hay detrás es un procedimiento para que esto no pase fácilmente. Lo que dices, que da la sensación de que cuando llegan allí queda todo atrapado y bloqueado, es porque la propia máquina, la propia arquitectura institucional, no está pensada en esa clave. No está pensada para responder rápidamente. Está pensada para proceder procedimentalmente. Yo creo que hay un problema de fondo. Porque los mismos que defendemos la actuación de lo público y la defensa de lo público, cuando estás en las instituciones te das cuenta de que esos instrumentos de lo público están muy poco adaptados para dar respuesta a lo que necesitamos ahora.

La sensación es que quizá el paso del 15-M en la institución ha sido un poco traumático para el 15-M.

No sería justo decir que el 15-M ha pasado a la institución, porque ha sido más que eso. Aquellas opciones que se reclaman del 15-M, que están en instituciones, están teniendo hoy muchas dificultades lógicamente en esa adaptación, porque los formatos de actuación, de relación y de dinámica son totalmente distintos. Yo aún confío en que no quedarán capturados. Hay una frase del alcalde de La Coruña que me gustó cuando vino aquí a Barcelona hace unos meses. Dijo “nosotros somos intrusos. El día que dejemos de ser intrusos, habremos dejado de ser lo que éramos, habremos perdido nuestra capacidad de transformación”. Esta idea de ser intruso, de ser algo que no cuadra en las salas, en los salones, en las sillas, en la estructura, creo que es algo importante. Si algo se tenía claro aquí en Barcelona en el momento de iniciar el proceso hacia las municipales del 2015 es que era importante no caer en los vicios que se habían dado en 1979, en la primera Transición, cuando se dijo aquello de que el pueblo entraba a los ayuntamientos, y  que, por tanto, muchos líderes vecinales y sociales entraron como alcaldes y concejales en los ayuntamientos, y en ese momento se le dijo a la gente: “No os preocupéis porque ya estamos nosotros, y  vamos a preocuparnos de vuestros problemas, no hace falta que sigáis movilizándoos”.

Situados hoy, de las mejores cosas que se podrían hacer, desde aquellas candidaturas, partidos, grupos y confluencias que se reclaman del 15-M es fortalecer la capacidad de arraigo y de enraizamiento social de muchas iniciativas, y no pensar que el tema clave es solamente la institución.

¿Se está haciendo eso?

¿Cuántos meses llevamos desde las municipales? ¿Nueve? ¿Diez? Creo que es pronto aún para decirlo, pero creo que está en la mente de esos grupos. Otra cosa es que se consiga hacerlo. Un poco lo que estamos comentando es que esa confianza, en relación a que la transformación social se basa solamente en ocupar el poder y transformar, eso está en cuestión. Cuando se habla de lo común o de lo colectivo se está utilizando un formato de reforzamiento de esa capacidad colectiva. No solamente de confianza en el Estado o en las instituciones.

¿Lo nuevo puede pactar con lo viejo y salir indemne?

La política tiene mucho de transacción, de situar el tema siempre en lo posible, no en lo deseable. En el momento que tú aceptas la idea de la realpolitik, estás aceptándolo, en el fondo.

¿Es fatal aceptar eso?

Creo que tienes que mantener la tensión entre la practicabilidad de las políticas que propones y la capacidad de disfunción. No aceptar siempre el marco de juego en el que se plantean las cosas, porque ese marco de juego te está marcando de alguna manera los límites de lo que puedes hacer. El debate, si retrocedemos en la teoría política, es un debate de Maquiavelo. La PAH es un ejemplo de esto. La no aceptación del marco y la ruptura de ese marco es lo que permite dar saltos. Saltos que parecían impensables solamente unos meses antes. Si tú aceptas la realpolitik, lo que hizo la PAH no es posible. Si tú no lo aceptas porque crees que es imposible buscar soluciones dentro de ese marco, estás cambiando digamos la ventana de lo que es  aceptable. Y eso solamente lo puedes hacer desde fuera de la institución. O con una combinación de dentro y fuera. Desde la institución es muy difícil que lo puedas hacer.

¿Se está haciendo?

Creo que no, en el sentido de que aún hay un proceso de acomodación de los propios nuevos actores a las instituciones. La pregunta no es tanto si se está haciendo o no se está haciendo, sino sobre si ese proceso de adaptación acabará anulando esa capacidad de disfunción. La duda aún está en pie. Hay elementos aún muy de lenguaje, de forma de hacer que han cambiado. Hay un cambio. Un cambio en las prioridades, en el lenguaje, en la forma de relación. ¿Hasta qué punto eso es sustantivo? Este es el punto. Pero decir que hay simplemente digestión o que se está haciendo todo lo que se quería son dos límites en los cuales yo no aceptaría esa lógica.

Cuando el ciclo ya tenga nombre y haya terminado ¿cómo cree que debería ser un partido transformado?

No se caracterizaría tanto por no tener liderazgo y jerarquía, que es bastante difícil en un modelo como el nuestro, sino por ser más horizontal en el sentido de no tener muchas estructuras piramidales. Este sería un elemento. Un segundo elemento sería estar igual de preocupado por el control y el acceso al poder, como por la capacidad de convertirse en articulador social. No en monopolio social, sino en articulador. El tercer elemento, mucho más permeable a la multipertenencia. Personas que puedan ser de varias cosas al mismo tiempo. Un cuarto elemento sería una dimensión más deliberativa y constructora de debates y de formación. Hay un tema que ahora los partidos nuevos han abandonado –bueno, los nuevos y los viejos–, que es la formación, ser escuelas de debate. No en el sentido de la escuela de verano del partido  socialista, sino de debates alrededor, que no tiene por qué organizarlos el partido o la formación, sino aprovechar los debates que están en marcha. Que su lógica no sea simplemente la numérica o la de militar cuando hay campañas electorales. Que haya espacios  que puedan aportar cosas. No es fácil esto.

¿Catalunya es un proceso aparte o está dentro de los mismos terrores y la misma dinámica?

Si hablamos de Catalunya como situación política quizá hay algo mejor que es una cierta tradición de confluencia. De mantenimiento de la pluralidad y de construcción de espacios de confluencia comunes. Pero si lo trasladamos al ámbito nacionalista esto no sería tan verdad. Si hablamos en cuanto a las formas de hacer política aquí hay más espacios grises entre colores. Hay más espacios compartidos. Si te referías al tema nacionalista o al tema del conflicto territorial, sí que es un cierto espacio aparte, en el sentido de que hay una dimensión que en otras partes no está. Y esta dimensión territorial y de identidad que está en juego. Seguramente ya no estará en juego igual que lo estuvo hace dos años o tres, pero sigue estando en juego. Por tanto, es un ámbito también especial. Pero tampoco tan distinto del que puede darse en otras partes de España.

 

 

Oriol BARTOMEUS, Escenario congelado a la espera de elecciones” a Agenda Pública/El Periódico (3-04-16)

http://agendapublica.es/escenario-congelado-a-la-espera-de-elecciones/

“Con un solo día de diferencia los periódicos El Español y El Pais han publicado sendos sondeos de intención de voto en España, que coinciden en sus conclusiones principales. La primera es que los posibles resultados de unas nuevas elecciones aportarían diferencias muy pequeñas con los del pasado 20D, lo que en principio (teniendo en cuenta lo arriesgado que resulta atribuir representación en un sistema de base provincial como España) no supondría una modificación significativa de la correlación de fuerzas en el Congreso de los Diputados.

Ahora bien, los dos sondeos coinciden en señalar claras diferencias por lo que respecta al apoyo a las principales fuerzas. En primer lugar, en caso de celebrarse nuevas elecciones Podemos obtendría un peor resultado del conseguido en Diciembre (un 3,2% menos según El Español, un 4,6% menos según El Pais), mientras que tanto C’s como IU conseguirían mejorar su resultado claramente (alrededor de tres puntos ambos, menos C’s según El Pais, que subiría un 5%).

Por su parte, ambas encuestas vaticinan un sensible empeoramiento del resultado de PP y PSOE.

Estimaciones de las encuestas publicadas desde el 20D

07-04-2016 18-31-40

La coincidencia general en las estimaciones de voto sigue la línea de la mayoría de encuestas publicadas con posterioridad al debate de investidura de Pedro Sánchez. En todas se repite un escenario similar: descenso significativo de Podemos y aumento de C’s y de IU. Claramente parece que las réplicas de la investidura frustrada del líder socialista continúan. Podemos paga por su negativa a dar apoyo al pacto entre PSOE y C’s, lo que favorece el trasvase de parte de su voto a IU, mientras que los de Rivera sacarían rédito de su posición central y conciliadora.

Lástima que las dos encuestas publicadas este fin de semana no puedan recoger las reacciones de los votantes a la entrevista entre Sánchez e Iglesias del 30 de Marzo, puesto que ambos trabajos de campo (electrónico el de El Español, telefónico en el caso de El Pais) finalizaron ese día. De aquí que se entienda mejor la coincidencia de las estimaciones de estos sondeos con los realizados después del debate de investidura. Lo mejor hubiese sido esperar a hacer las entrevistas la semana próxima, de manera que entonces sí se podría analizar el impacto del encuentro entre los líderes de PSOE y Podemos, sobretodo en el espacio de la izquierda, que muestra una intensa movilidad.

Diferencias de las estimaciones de las encuestas publicadas con el resultado del 20D

07-04-2016 18-32-00

Precisamente este espacio sigue viviendo en plena efervescencia, con IU como recolector de las simpatías, sobretodo de votantes de Podemos. Alrededor de medio millón de votantes del partido morado ahora votarían por IU, a tenor de lo publicado por El Español. Aún así, puede que este no sea un voto nuevo sino un apoyo que ya quería votar a IU el 20D pero que acabó optando por Podemos porque tenía mayores opciones de obtener representación. Este medio millón, pues, podría responder a un cierto retorno de votante útil a su pertenencia de origen. Estaría por ver si unas nuevas elecciones romperían el maleficio de los de Garzón como fuerza deseada pero no votada, aunque es muy posible que su actuación previa a la investidura de Sánchez le haya granjeado nuevos apoyos entre la izquierda (además de darle una envidiable visibilidad).

Por lo que respecta a la otra pareja de baile de la izquierda, parece evidente que el debate de investidura ha favorecido al PSOE frente a Podemos, pero no en una magnitud relevante. Tanto el sondeo de Gesop para El Periódico de Catalunya como el de El Español perciben un claro trasvase de voto de Podemos a los socialistas, pero al mismo tiempo se produciría un movimiento en sentido contrario. Ciertamente este último es de menor magnitud y por tanto el saldo de los trasvases cruzados es favorable al PSOE (en ambos casos alrededor de doscientos mil votantes), pero no consigue recuperar todo el voto cedido a los de Pablo Iglesias ni cerrar la hemorragia.

En el espacio del centro, donde compiten PSOE, C’s y PP, las cosas parecen más calmadas. De hecho, las estimaciones para el PP muestran una ligerísima bajada sin significación estadística ninguna. Los populares resisten, a pesar de haber quedado fuera del juego de negociaciones y acuerdos desde que Rajoy renunciara a la invitación del rey a someterse a la investidura. Incluso según los datos de El Español, C’s cedería a los populares más de doscientos mil de sus votantes del 20D (que compensaría con la ganancia de un número prácticamente igual de votantes populares).

Por lo que respecta a la pugna entre C’s y PSOE parece, según El Español, que su acuerdo para la investidura la ha dejado en tablas. Aún así, este es un espacio sensible a los movimientos, y sobre todo a las posibilidades de gobierno, puesto que una parta importante del voto centrista se decide en función de este elemento.

Por eso posiblemente la clave de todo el escenario esta en el PP y su pugna interna. Ahí está la posibilidad de romper los equilibrios que parecen conducir a una reproducción del resultado del 20D. El aislamiento de Rajoy y los suyos no le augura nada bueno entre este votante de centro, que se decide en base a las opciones de hacer gobierno. Si el PP se mantiene fuera de las negociaciones y no se percibe un cambio en su rol, es posible que el voto oscilante con C’s que finalmente optó por los populares el 20D esta vez no haga caso de los cantos de sirena del voto útil y se vaya con Rivera. Sin este apoyo, la posición final del PP puede ser débil, aunque no se tema por su victoria.

En cualquier caso, los equilibrios en la izquierda y en el centro no están aún fijados y es muy probable que no acaben de cuajar hasta que estemos muy cerca de las elecciones… si es que hay elecciones.

¿Quién quiere elecciones?

Precisamente, todas las encuestas preguntan a los electores si prefieren un pacto o nuevas elecciones pero la experiencia nos dice que este enigma se resolverá no tanto en función de la voluntad de la ciudadanía sino de los incentivos de las diferentes fuerzas políticas. Así pues, sólo se evitarán las elecciones si la mayoría de los partidos cree que éstas pueden perjudicarles. En cambio, si consideran que unas nuevas elecciones les beneficiarían maniobrarán para que éstas se realicen. La pelota está en su tejado, pero no está muy claro a qué quieren jugar.

IU parece el partido más favorecido en el caso de celebración electoral. Ahora bien, su crecimiento tiene una parte de virtual, ya que expresa más una intención de voto que un transvase de apoyo real. A IU le sigue fallando la ley electoral, que penaliza su representación, lo que tiende a una parte de su apoyo a optar por otras fuerzas colindantes (PSOE o Podemos) para maximizar su voto.

También a C’s le convendría una nueva convocatoria, ahora bien sólo si el PP no es capaz de renovarse y presentar un nuevo cartel electoral, sin Rajoy y sin ninguna sombra de corrupción. En ese caso los de Rivera podrían sacar partido de su rol de opción de centro sensata y nueva, recogiendo parte del voto que trasvasaron al PP en el último tramo de la campana y situándose más cerca de la tercera plaza que les auguraban las encuestas de Noviembre y primer Diciembre. Si, por otro lado, en el PP se produjera el golpe interno contra la vieja guardia, y pudiera presentarse como una opción renovada, es probable que C’s sufriera por asegurar su voto, teniendo en cuenta que la victoria popular se da por descontada.

Por lo que respecta al PP, necesita unas nuevas elecciones, tanto para Rajoy y los suyos como para los jóvenes que aspiran a desplazarle del mando. La situación actual de los populares en el escenario de pactos y acuerdos es insostenible. Ha quedado claramente fuera de juego, a pesar de ser la fuerza más votada y la que cuenta con más escaños en el Congreso. Los populares necesitan una nueva legitimidad para empezar de cero y deshacer las malas decisiones tomadas desde el 21D (sobre todo la renuncia a la investidura, una opción táctica de Rajoy que se ha rebelado infausta).

En el PP están convencidos, y no les falta razón, que volverán a ser la fuerza más votada en unas nuevas elecciones, y eso les va a proporcionar la centralidad necesaria en la nueva ronda de acuerdos (centralidad que perdió Rajoy con el rechazo al encargo real de presentarse a la investidura). Ahora bien, la clave está no tanto en el primer lugar como en la fuerza sobre la que se asentará esta victoria, y aquí puede haber disparidad de opiniones en el seno del partido. Si se presenta Rajoy en un ambiente dominado por los casos de corrupción (casos taula, púnica, gürtel) es probable que el resultado final sea peor el 20D y la posición de los populares, a pesar de quedar primeros, sea aún más débil, con lo que sus opciones de liderar la nueva ronda de acuerdos sean menores.

Aquí aparecen dos opciones para los jóvenes del PP. La primera era la de un golpe interno que llevara a un cambio de dirigentes y a una limpieza general del PP, lo que conferiría a una nueva convocatoria electoral un cierto aire de legitimación del “nuevo PP”. El rechazo a la investidura de Rajoy y su consiguiente soledad parecía allanar el camino de esta opción, pero como es habitual en él, Rajoy ha resistido mejor de lo que sus enemigos esperaban (como ya pasó en 2008), incluso después de la ofensiva contra sus principales valedores, la vieja guardia del PP valenciano con Barberá a la cabeza. Entonces se abre paso la segunda opción, que es la de dejar que Rajoy se queme en unas nuevas elecciones y tumbarlo a posteriori con la excusa de un peor resultado electoral. El problema para los jóvenes del PP es que esta opción tiene evidentes riesgos, ya que un peor resultado electoral de los populares puede dar alas a sus contrincantes (claramente C’s) y no le asegura un rol central en la conformación de acuerdos de gobierno, además de perder el efecto legitimador que tendrían las elecciones en cas de dar el golpe antes de que éstas tengan lugar.

Aún así, como en política todo son vasos comunicantes, un reforzamiento de C’s en base al debilitamiento del PP podría, paradojas de la vida, hacer inviable un gobierno de izquierda entre PSOE y Podemos, sobre todo si estos últimos pierden fuerza en unas nuevas elecciones. Los de Pablo Iglesias podrían apostar por nuevos comicios incluso si sus pronósticos fueran a la baja, ya que el resultado global podría dejarlos como única oposición a un bloque moderado conformado por PSOE, C’s y el nuevo PP. Si C’s se alzara con la tercera plaza y en el seno del PP se emprendiera la renovación post elecciones, es posible que al PSOE no le quedara más remedio que aceptar un acuerdo entre moderados, con lo cual Podemos podría acaparar, aunque obtuviera menos representación que ahora, el rol de principal partido opositor, lanzando una opa al territorio del PSOE.

Teniendo todo esto en cuenta, es posible que el PSOE sea el único partido realmente interesado en mantener la actual legislatura, puesto que el actual equilibrio de fuerzas, junto a los tropiezos de Rajoy y la habilidad de Sánchez, goza de una centralidad que los resultados no parecían otorgarle. En un escenario como el que parece dibujarse en caso de nuevas elecciones, lo más probable es que los socialistas vuelvan a la casilla de salida. Ahora bien, tal como pasa en el PP, podría darse que dentro del PSOE no todo el mundo esté interesado en mantener el actual estado de cosas y prefiera unas nuevas elecciones que puedan desencallar la pugna interna por el liderazgo socialista”.

 

 

Paola LO CASCIO, “Un manifest. I un pronunciament necessari” a elpais.cat (3-04-16)

http://cat.elpais.com/cat/2016/04/03/opinion/1459674720_102653.html

“Un dels consensos més forts que hi ha hagut des del restabliment de la democràcia i de l’autonomia a Catalunya després del franquisme ha estat sobre la normalització lingüística.

Un consens que va tenir plasmacions normatives diverses al llarg de les dècades, però que es va basar en un acord previ, construït al caliu de la mobilització antifranquista, sobretot a partir de la segona meitat dels anys seixanta i que involucrà tant el catalanisme d’arrel burgesa i catòlica (només es pensi al paper jugat per Òmnium Cultural) com un moviment obrer hegemònic gràcies al PSUC i a Comissions Obreres, que promocionaren la llengua catalana entre la immigració, considerant-la un element de cohesió. La celebració del Congrés de Cultura Catalana entre el 1975 i el 1977 demostrava tota la transversalitat de la voluntat de superar el efectes d’allò que que Josep Benet havia anomenat “l’intent de genocidi” contra la llengua i la cultura catalanes.

A nivell polític es pot dir que tots els partits catalans antifranquistes convergien en algunes idees bàsiques: la recuperació de la llengua catalana era element consubstancial a la reconstrucció de la democràcia i l’autogovern; el català i el castellà havien de ser cooficials per respectar la realitat lingüística del país; sobretot, amb la llengua no era permès fer partidismes, perquè era una qüestió massa important.

Els fruïts es veurien aviat: primer durant el govern d’unitat presidit per Tarradellas, quan –dins de les escasses competències de les que disposava aquell organisme preautonòmic– es va tornar a introduir gradualment la llengua catalana a l’espai públic i després en la aprovació de l’Estatut de 1979. Encara més a partir de 1980, un cop constituït el Parlament de Catalunya: la recuperació de la llengua es va transformar en un dels temes centrals de la primera legislatura. Val la pena aturar-se un moment i recordar com la gestació de la Llei de Normalització Lingüística a Catalunya (LNLC) de 1983 va ser un dels tràmits legislatius més llargs de tota la història de Catalunya, que es perllongà durant més de dos anys. Les raons que expliquen l’aparent lentitud d’aquella tasca parlamentària tenen a veure amb el caràcter convuls d’aquella conjuntura –en termes macro, el cop d’estat del febrer de 1981 i el següent procés recentralitzador, que cristal·litzà amb l’aprovació de la LOAPA; en termes micro, l’oposició (real o magnificada) d’un grup d’intel·lectuals capitanejats per Federico Jiménez Losantos que alertaven contra els perills de “desaparició del castellà” –, però també amb el fet que tots els partits eren conscients que s’anava a regular una qüestió central en termes de reconstrucció nacional i alhora en termes de cohesió social. Per aquesta raó els partits utilitzaren tot el temps necessari, protagonitzant un curós procés d’inclusió de les diferències d’opinions que donà peu a un text la primera i més important virtut del qual fou la unanimitat amb el qual fou aprovat (s’ha de recordar que Aliança Popular en aquell primer Parlament no tenia representació). Simplificant molt es podria dir que aquella llei fixava alguns principis claus: la indicació del català com a llengua pròpia del país i la cooficialitat de les dues llengües (ja inclosos a l’Estatut de 1979), l’adopció del català com a llengua de la administració i, sobretot, l’aposta perquè el català fos la llengua vehicular a l’escola, dins d’una única xarxa. Aquest últim element sembla ser molt important, per com es va gestar i pels efectes que va tenir. En un bon principi CiU (així com UCD, per altra banda) havia plantejat una doble xarxa escolar, una en català i una segona en castellà. PSUC i PSC en canvi plantejaven una única xarxa, mentre que ERC no acabà de pronunciar-se. Finalment, CiU decidí desistir dels seus plantejaments inicials, constatant que el model de l’esquerra (finalment es va aprovar una proposta del PSUC) era aquell que podria aglutinar el màxim del consens. Les conseqüències d’aquella opció (al cap dels anys plenament assumida i fins i tot reivindicada pel nacionalisme moderat), han estat decisives: la xarxa única en català ha permès mantenir alhora un bon ritme de creixement de les competències lingüístiques al llarg de les dècades i la cohesió social, en front d’altres models emprats arreu que han produït la cristal·lització de comunitats separades per raons de llengua.

El consens era profund i destinat a aguantar la competició electoral i política: quan en el bienni 1992-93, mitjançant un decret, es va generalitzar el model d’immersió lingüística possibilitat per la llei de deu anys abans i es van utilitzar de manera barroera els comptadíssims casos de queixa, tots els partits excepte el PP –que agafà la qüestió com a eina de desgast del govern de Felipe González–, van sortir a defensar sense matisos la política seguida fins al moment. Com és sabut, una sentència del Tribunal Constitucional de 1994 –resultat d’un recurs presentat anys abans– declararia totalment conforme a la Constitució el model lingüístic escolar català.

I quan al 1998 es va reformar la LNLC, eixamplant els preceptes de normalització a camps que fins al moment havien quedant fora (com els mitjans de comunicació i, en certa mesura, l’administració general de l’Estat), i incorporant el model resultant del decret d’”immersió” del 1992, tot i que, finalment, ERC i PP per motius oposats votaren desfavorablement, el gruix del consens es va mantenir, sobretot en torn als principis fonamentals establerts des de 1983.

En realitat, la única gran oposició al model de regulació lingüística encetat a principi dels vuitanta (i en concret a la seva aplicació a l’escola) va ser protagonitzada al llarg dels anys pel PP i per C’s, que en torn a l’explotació d’un suposat conflicte, que la realitat s’ha encarregat de desmentir repetidament, han construït una part de les seves fortunes electorals, sobretot al llarg de la discussió estatutària, a partir de 2004.

Tot i així, el consens sobre els pilars del model (cooficialitat i discriminació positiva a l’ensenyament obligatori), la voluntat de promoció de la llengua i alhora la exigència d’abordar la qüestió amb extrema cura, ha estat clarament a l’ADN de totes les forces catalanistes. I es diria també de la gran majoria de la ciutadania. Bona prova d’això és el fet que al menys fins ara la llengua havia quedat fora dels aferrissats debats del Procés, assumint de fet tots els partits favorables a la independència tant el model escolar com la cooficialitat. Fins al document dels 170 lingüistes del grup Koiné presentat recentment, que demana que en un hipotètica Catalunya independent el català sigui la única llengua oficial. Tot i que aquesta posició sempre havia existit de forma minoritària en alguns cercles nacionalistes, històricament sempre ha topat amb una gramàtica majoritària del catalanisme –també d’aquella part que ha evolucionat cap a posicions independentistes–, del tot inclusiva. És raonable pensar que quan un moviment es troba en una conjuntura difícil –com a totes llums és aquesta per l’independentisme–, les posicions minoritàries i excloents tinguin més espai. Ara bé, més enllà d’allò que han dit als programes electorals del setembre, s’agrairia a hores d’ara un pronunciament oficial (a títol personal ja ho han fet alguns diputats i dirigents de la administració de la Generalitat) per part de les forces independentistes majoritàries sobre el manifest, per treure qualsevol dubte sobre les seves intencions respecte al tema. Ja que això acaba afectant no només el futurible “endemà” d’un estat independent, sinó la realitat de la societat catalana actual”.