Presentació

La selecció d’articles comença per un text de Julia Kristeva sobre la cultura europea, inclós en el llibre col·lectiu La búsqueda de Europa, en el que exposa que el fonament de la identitat europea està en el dubte, el qüestionament i el diàleg. Una identitat plural i multilingüe que requereix, alhora,  respecte a les identitats nacionals i religioses i intercanvi obert: la multiculturalitat nacional com antídot a la banalització cultural d’un fals cosmopolitisme.

La trobada anual del Cercle d’Economia constitueix un bon termòmetre de l’estat d’ànim de les elits polítiques i econòmiques del país. John Müller exposa les conclusions que en va treure, entre les que destaca la percepció generalitzada de la fortalesa política de Rajoy i d’Iglesias ( la nova “Pinza”), en contrast amb la situació de feblesa dels protagonistes del “Pacto del Abrazo”.

El trencaclosques del procés independentista català intenta ser explicat per Fidel Masreal en un article en el que desfilen fulls de ruta, declaracions unilalerals d’independència, referèndums unilaterals d’independència, eleccions plebiscitàries, processos constituents i plans B. Un garbuix que confirma l’estat de confussió, el predomini del tacticisme i una convicció minvant sobre el desenllaç desitjat del procés.

Antoni Gutiérrez-Rubí publica un balanç crític del primer any del govern de Barcelona en Comú a l’Ajuntament de Barcelona, en el que destaca les dificultats dels moviments socials per adaptar-se a la política institucional i a la complexitat de tota mena que caracteritza una gran ciutat. Ressalta la conveniència de seguir les principals lliçons del maragallisme: convertir el consens polític en consens social i construir un projecte que combini els nivells micro i macro.

Finalment, proposem un text llarg de Manual Arias Maldonado en el que reflexiona sobre el que anomena la política heroica, entesa com el resultat d’una voluntat política omnipotent capaç de vèncer tota classe de restriccions i, per tant, com il·lusió de poder crear la realitat per ella mateixa.  La conseqüència seria una subordinació indesitjable de la vida social a la vida política. D’aquí la necessitat de límits i contrapesos, de manera que “la política se vea obligada a negociar con la realidad, en lugar de crearla por sí sola”.

Podeu focus press setmanal 9

 

Julia KRISTEVA, “Homo europaeus: ¿existe una cultura europea?” a La búsqueda de Europa: Visiones en contraste. Fundación BBVA. Madrid, 2016

https://www.bbvaopenmind.com/articulo/homo-europaeus-existe-una-cultura-europea/

“¿Está Europa KO? Todo lo contrario: sin Europa reinaría el caos. ¿Por qué?

Como ciudadana europea, de nacionalidad francesa y origen búlgaro y norteamericana de adopción, no soy insensible a la crítica acerba, pero también oigo el deseo de Europa y su cultura. Frente a la crisis financiera, ni griegos, ni portugueses, ni italianos, ni siquiera los franceses, han reaccionado poniendo en tela de juicio su pertenencia a la cultura europea: se “sienten” europeos. ¿Qué significa este sentimiento, tan interiorizado que ni siquiera se menciona en el Tratado de Roma? Hasta hace poco no tenía cabida en la agenda política, sin embargo, ahora se incluye a través de iniciativas en favor del patrimonio, por ejemplo, aunque estas carecen de una visión prospectiva. La cultura europea puede ser la avenida central que logre conducir a las naciones del continente hasta una Europa federal. Pero, llegados a este punto, debemos preguntarnos, ¿qué es la cultura europea?

¿Qué identidad?

En contraste con determinado culto a la identidad 2 , la cultura europea se enfrenta siempre a una paradoja: existe una identidad, la mía, la nuestra, pero se puede construir y deconstruir infinitamente. A la pregunta “¿quién soy yo?”, la mejor respuesta, desde un punto de vista europeo, evidentemente no es la que se basa en certezas, sino la que plantea con pasión interrogantes. Tras haber sucumbido a los dogmas identitarios hasta caer en el crimen, está surgiendo ahora un “nosotros” europeo. Aunque Europa, después de haber cedido a la barbarie en el pasado –y no debemos dejar nunca de recordar y estudiar esos acontecimientos–, pudo hacer un análisis más profundo que muchos otros al respecto, y por esa razón transmite ahora al resto del mundo una idea y praxis en términos de identidad como una curiosa inquietud.

Es posible reformular el patrimonio europeo en un antídoto contra la crispación identitaria, tanto la nuestra como la de cualquier otro. Sin pretender enumerar todas las fuentes de esta identidad 3, recordemos que estar constantemente cuestionándola puede derivar en duda corrosiva o en odio de sí mismo: una autodestrucción que Europa dista mucho de haberse ahorrado. Con frecuencia, este legado de la identidad como duda se reduce a una permisiva “tolerancia” del otro. Pero la tolerancia no es más que la base de la pregunta, que no se queda en una generosa acogida del otro, sino que lo invita a cuestionarse también a sí mismo: a llevar la cultura del cuestionamiento y del diálogo en los encuentros comunes, extendiendo el problema a todos los participantes. No hay fobia en el cuestionamiento mutuo, sino una lucidez sin fin, única condición del “vivir juntos”. La identidad así entendida puede devenir en identidad plural y en el multilingüismo del nuevo ciudadano europeo.

La diversidad y sus lenguas

“La diversidad es mi lema”, decía Jean de La Fontaine en su fábula El embuchado de anguila 4. Hoy, Europa es una entidad política que habla ya tantas lenguas como países contiene, si no más. Este multilingüismo es el fondo de la diversidad cultural; se trata de protegerlo, de respetarlo –y con él, a las idiosincrasias nacionales–, pero también de intercambiarlo, mezclarlo y cruzarlo. Esta es una novedad para el hombre y la mujer de Europa, que merece una reflexión.

Después del horror del Holocausto, tanto el burgués del siglo xix como el revolucionario del xx se empezaron a enfrentar a otra época. La diversidad lingüística europea está creando personas caleidoscópicas, capaces de desafiar el bilingüismo del globish English. ¿Es eso posible? Actualmente, todo nos lleva a negarlo. Sin embargo, está surgiendo poco a poco una especie nueva, un sujeto polifónico, y ciudadano políglota de una Europa plurinacional. El europeo ¿será un sujeto singular, de psique intrínsecamente plural, trilingüe, cuatrilingüe, multilingüe? ¿O se limitará al globish?

El espacio plurilingüe de Europa invita más que nunca a que los franceses se conviertan en políglotas para comprender la diversidad del mundo y para dar a conocer a Europa y al mundo su singularidad. Lo que digo de los franceses vale, evidentemente, para todas las demás lenguas de la polifonía europea a veintiocho. Solo a través de las lenguas ajenas será posible despertar una nueva pasión por cada idioma (el búlgaro, el sueco, el danés, el portugués…), la cual no se recibirá ya como a una estrella fugaz, folclore nostálgico o vestigio académico, sino como el indicio supremo de una diversidad renacida.

Salir de la depresión nacional 5

Independientemente de su arraigo, la idiosincrasia nacional puede atravesar una auténtica “depresión”, al igual que las personas. Europa está perdiendo su imagen de gran potencia, y la crisis financiera, política y existencial se vuelve palpable. Pero lo mismo ocurre con las naciones europeas, incluidas las de más reconocimiento histórico, entre ellas Francia.

Cuando un psicoanalista trata a un paciente deprimido, empieza por restablecer la confianza en sí mismo. De esa manera, puede crearse una relación entre los dos protagonistas de la terapia, para que la palabra vuelva a ser fecunda y aliente un verdadero análisis crítico de la dolencia. Del mismo modo, la nación deprimida necesita una imagen óptima de sí misma antes de ser capaz de hacer esfuerzos por emprender, por ejemplo, la integración europea, o la expansión industrial y comercial, o una mejor acogida de los inmigrantes. “Las naciones, como los hombres, mueren de descortesías imperceptibles”, escribió Giraudoux. Un universalismo mal entendido más la culpabilidad colonial han llevado a numerosos personajes políticos e ideológicos a cometer a menudo, so pretexto de cosmopolitismo, este tipo de “descortesías imperceptibles”. Actúan con un resentimiento arrogante en cuanto respecta a la nación, y contribuyen así a agudizar la depresión nacional antes de arrojarla a la exaltación maníaca, nacionalista y xenófoba.

Las naciones europeas esperan a Europa, y Europa tiene necesidad de unas culturas nacionales orgullosas, valoradas, que materialicen en el mundo esta diversidad cultural para la cual hemos dado mandato a la Unesco. La multiculturalidad nacional es el único antídoto contra el mal de la banalidad, esta nueva versión de la banalidad del mal. La Europa “federal” así entendida podría tener entonces un papel importante en la búsqueda de nuevos equilibrios mundiales.

Dos concepciones de libertad

La caída del muro de Berlín en 1989 demarcó con claridad la diferencia entre dos modelos: la cultura europea y la cultura norteamericana. Se trata de dos conceptos distintos de libertad que las democracias aplican. Distintas pero complementarias, las dos versiones están igualmente presentes en los principios e instituciones internacionales, sea en Europa o en ultramar.

Al identificar “libertad” con “autocomienzo”, Kant abre camino a una apología de la subjetividad emprendedora, subordinada no obstante a la libertad de la Razón (pura o práctica) y a una Causa (divina o moral). En este orden de pensamiento, que propicia el protestantismo, la libertad aparece como una libertad de adaptarse a la lógica de causas y efectos o, en palabras de Hannah Arendt, como una adaptación, o “cálculo de las consecuencias”, a la lógica de la producción, de la ciencia, de la economía. Ser libre sería, de esta manera, ser libre de producir los mejores efectos de esta secuencia de causas y efectos para adaptarse al mercado de la producción y del beneficio.

Pero existe otro modelo de libertad, también de procedencia europea. Aparece en la Grecia clásica: se desarrolla con los presocráticos y por medio del diálogo socrático. Sin subordinarse a ninguna causa, esta libertad fundamental se manifiesta en el Ser de la palabra que se entrega, se da, se presenta a sí misma y al otro y, en este sentido, se libera. Esta liberación del Ser de la palabra, por y durante el encuentro entre el Uno y el Otro, se inscribe como cuestionamiento infinito, antes de que se fije la libertad en el encadenamiento de causas y efectos. Sus experiencias por antonomasia son la poesía, el deseo y la revolución, que revelan la singularidad inconmensurable (y sin embargo, compartible) de cada hombre y de cada mujer.

Existen riesgos en este segundo modelo, basado en una actitud cuestionadora: ignorar la realidad económica, esconderse tras exigencias corporativas, ceñirse a la tolerancia y tener miedo de cuestionar las reivindicaciones y los cultos identitarios de los nuevos actores políticos y sociales; desentenderse de la competencia mundial y refugiarse en la pereza y en los arcaísmos. Pero también encontramos ventajas en este modelo del que hoy se hacen valedoras las culturas europeas y que no culmina en un proyecto, sino en el placer de la vida humana en su singularidad compartible.

En este contexto, Europa vuelve a estar lejos de la homogeneidad y de la unidad. En primer lugar, es fundamental que la “vieja Europa”, y en concreto Francia, se tome en serio las dificultades económicas y existenciales de la “nueva Europa” 6. Pero también es necesario reconocer las diferencias culturales, y sobre todo religiosas, que desgarran a los países europeos en su propio interior y que los separan entre sí. Tenemos que aprender urgentemente a respetar más las diferencias (por ejemplo: la Europa ortodoxa y musulmana, el malestar persistente de los Balcanes y el sufrimiento de Grecia por la crisis financiera).

Necesidad de creer, deseo de saber

Entre las múltiples causas que conducen a los problemas actuales, hay una que los políticos suelen pasar por alto: se trata de la negación que pesa sobre lo que yo llamaría “necesidad de creer” universal, prerreligiosa y prepolítica, inherente a estos seres hablantes que somos nosotros, y que se expresa como una “enfermedad de idealidad” específica del adolescente (sea oriundo o de origen inmigrante).

A diferencia del niño curioso y juguetón que busca el placer, interesado en saber de dónde viene, el adolescente no es tanto un indagador como un creyente: tiene necesidad de creer en ideales para sobrepasar a sus padres, separarse de ellos y superarse a sí mismo (al adolescente lo he tildado de trovador, cruzado, romántico, revolucionario, tercermundista, extremista, integrista). Pero la decepción conduce a este enfermo, aquejado de idealidad, a la destrucción y a la autodestrucción a través de la exaltación: toxicomanía, anorexia y vandalismo por un lado, y precipitado hacia los dogmas del extremismo fundamentalista por el otro. Idealismo y nihilismo: la ebriedad vacía y el martirio recompensado por el paraíso absoluto caminan de la mano en esta enfermedad de idealidad inherente a toda adolescencia, que en determinadas condiciones estalla en los más frágiles. Hemos comprobado su manifestación en los medios: la convivencia entre tráfico mafioso y exaltación yihadista que reina hoy a nuestras puertas, en África, en Siria.

Si una “enfermedad de idealidad” recorre la juventud, y con ella, el mundo, ¿podría Europa proponer un remedio? ¿De qué ideal es portadora? El tratamiento religioso de la desazón, de la angustia y de la rebelión se halla asimismo inoperante ante la aspiración paradisíaca de esta creencia paradójica, nihilista, que blande el adolescente desintegrado, desocializado en el contexto de la implacable migración mundializada. Este fanático que rechazamos indignados nos puede amenazar desde dentro. Es la imagen que conservamos de la “revolución de los jazmines”, desatada por una juventud ávida de libertad y de reconocimiento de su dignidad singular; pero su anhelo está asfixiado por otra necesidad de creer, distinta y fanática.

Ante Europa se alza un desafío histórico. ¿Será capaz de enfrentarse a esta crisis de creencias, que ya no logra contener la compuerta de la religión? El terrible caos vinculado a la destrucción de la capacidad de pensar y asociarse, que el tándem nihilismo-fanatismo instaura en diversas partes del mundo, afecta al propio fundamento del vínculo entre los seres humanos. Es la concepción del ser humano forjada en la encrucijada que forman las tradiciones griega, judía y cristiana, con su aportación musulmana, la inquietud de universalidad singular y compartida, la que parece amenazada. La angustia que paraliza a Europa en estos tiempos decisivos expresa la incertidumbre de este trance. ¿Seremos capaces de movilizar todos los medios a nuestro alcance –jurídicos, económicos, educativos y terapéuticos–, para combatir, dispuestos a prestar nuestros oídos y con la formación y generosidad necesarias, esta acuciante enfermedad de idealidad que nos invade y que en la propia Europa es expresada de forma dramática por adolescentes excluidos,–y no solamente ellos–?

En la encrucijada del cristianismo (católico, protestante, ortodoxo), del judaísmo y del islam, Europa está llamada a tender “puentes entre los tres monoteísmos”, comenzando por encuentros e interpretaciones recíprocas, pero también, y sobre todo, por dilucidaciones y transvaloraciones inspiradas por las ciencias humanas. Más aún: erigida hace ya dos siglos en punta de lanza de la secularización, Europa es el lugar por excelencia que debería iluminar la necesidad de creer. El Siglo de las Luces, en su precipitación por combatir el oscurantismo, ha subestimado su pujanza.

Una cultura de los derechos de la mujer

De la Ilustración a las sufragistas, pasando por Marie Curie, Rosa Luxemburgo, Simone de Beauvoir o Simone Weil, la emancipación de la mujer por vía de la creatividad y de la lucha por los derechos políticos, económicos y sociales ofrece un terreno conciliador para las diversidades nacionales, religiosas y políticas de los ciudadanos europeos. Este rasgo distintivo de la cultura europea actúa también como inspiración y sustento para la emancipación. Recientemente, el premio Simone de Beauvoir a la libertad de las mujeres ha sido concedido a la joven pakistaní Malala Yousafzai, gravemente herida por los talibanes porque reclamaba en su blog el derecho de las jóvenes a la educación.

Contra los dos monstruos –el bloqueo político causado por la economía y la amenaza de la destrucción ecológica–, el espacio cultural europeo podría ser una respuesta audaz; tal vez sea la única que se tome en serio la complejidad de la condición humana, incluyendo las lecciones de su memoria y los riesgos de sus libertades.

¿Soy demasiado optimista? Para poner en evidencia los caracteres, la historia, las dificultades y las potencialidades de la cultura europea, imaginemos alguna iniciativa concreta, por ejemplo, organizar en París un foro europeo sobre el tema “Il existe une culture européenne”, con la participación de intelectuales, escritores y artistas destacados de los veintiocho países europeos, que puedan representar este caleidoscopio lingüístico, cultural y religioso. Se trataría de reflexionar sobre la historia y la actualidad de este conjunto plural y problemático que es la UE, de plantear preguntas sobre su originalidad, sus puntos débiles y sus ventajas. Este foro conduciría a la creación de una academia o colegio de las culturas europeas, quizás incluso a una federación de las culturas europeas, que podría ser trampolín y precursor de la federación política. El multilingüismo sería un actor principal de este sueño”.

Notas:

1 Este texto está extraído en su mayor parte de una intervención dictada en la reunión internacional Europe ou le chaos (Europa o el caos), celebrada en el Théâtre du Rond-point des Champs Elysées el 28 de enero de 2013.

2 En nombre del cual la moderna conciencia políticamente correcta sigue librando aún hoy guerras liberticidas y mortíferas.

3 Esta actitud, para mí, se deja oír en la palabra del Dios judío: Eyeh asher eyeh (Éxodo, 3, 14), retomada por Jesús (Juan, 8, 23): una identidad sin definición, que remite el “yo” a un eterno e inefable retorno sobre sí mismo. La oigo asimismo, de modo distinto, en el diálogo silencioso del Yo pensante de Platón consigo mismo, siempre “dos en uno”, cuyo pensamiento no ofrece nunca una respuesta, sino que la desmenuza. También en la filia politikè aristotélica, que anuncia el espacio social y un proyecto político apelando a la memoria individual y a la biografía personal. En el viaje en el sentido de San Agustín, para quien no hay más que una patria, que es precisamente el viaje mismo: In via in patria. Los Ensayos de Montaigne consagran la polifonía identitaria del Yo: “No somos más que seres fragmentarios de una contextura tan informe y diversa, que cada pieza de las que nos forman, y cada momento de nuestra vida, hacen un juego distinto”. En el Cogito de Descartes, donde se oye: “solo soy porque pienso”. Pero, ¿qué es pensar? Lo sigo oyendo en la rebelión del Fausto de Goethe : Ich bin der Geist der stetz verneint (¡Yo soy el espíritu que siempre niega!), en el “análisis interminable” de Freud : “Donde estaba el ello, debe advenir el yo”.

4 Véase “Diversité c’est ma devise” (Diversidad es mi lema), en Kristeva, J., Pulsions du temps, Fayard, 2013, pág. 601.

5 Véanse “Existe-t-il une culture européenne?” (¿Existe una cultura europea?) y “Le message culturel français” (El mensaje cultural francés), en Kristeva, J., Pulsions du temps, Fayard, 2013, págs. 601 ss.; 635 ss.

6 Según la polémica fórmula elaborada por el secretario estadounidense de Defensa, Donald Rumsfeld, con ocasión de los enfrentamientos diplomáticos sobre la guerra de Iraq.

 

 

John MÜLLER, “La pujanza de Rajoy e Iglesias y otras nueve cosas que aprendí en el Círculo de Economía de Sitges” a El Español (28-05-16)

http://www.elespanol.com/espana/20160528/128237335_0.html

Pues bien, la distinción política específica, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción de amigo y enemigo”. Carl Schmitt.

“Rajoy e Iglesias contra Sánchez y Rivera. Había consenso entre los empresarios convocados en Sitges por el Círculo de Economía de que tanto el presidente del Gobierno en funciones como el líder de Podemos se vieron más fuertes que sus rivales del PSOE y Ciudadanos. “Es lo mismo que dicen las encuestas”, dijo un asistente.

“PP y Podemos suben mientras que PSOE y Ciudadanos se mantienen con pequeñas variaciones”. Entre los empresarios, la Pinza triunfa frente al Pacto del Abrazo, no porque les guste especialmente, sino porque la ven ganadora.

Esta es la principal conclusión de un encuentro empresarial en el que ha habido consenso en que ha sido “el más político y el menos económico de los últimos años”. Y era lógico que así fuera. Era casi obligado tras el fracaso de los partidos a la hora de formar Gobierno con las cartas que los españoles les dieron el 20-D. Y Antón Costas, presidente del Círculo, no cesó de repetir que “tenemos derecho a tener un Gobierno” y a los cuatro líderes nacionales les planteó si estarían dispuestos a dejar gobernar a la lista más votada si no hay un acuerdo con mayoría parlamentaria.

El presidente del Gobierno en funciones clausuró el encuentro el sábado y lo hizo con una arremetida contra las alcaldesas de Barcelona y Madrid que gobiernan con apoyo de la izquierda. “Ponen en peligro la economía”, dijo Rajoy que recitó una larga lista de las trabas burocráticas introducidas en el sector turístico barcelonés por Ada Colau y de las operaciones urbanísticas frustradas por Manuela Carmena en Madrid. El aviso gustó a los empresarios, muchos de ellos del rubro de la hostelería en Cataluña.

“El año pasado, Rajoy vino mucho más humilde, quizá porque acababa de llevarse el palo de las municipales y autonómicas”, recordó una economista. “Esta vez ha sido diferente. Se siente reforzado en su estrategia”.

EL PASO DE IGLESIAS, SÁNCHEZ Y RIVERA

El mensaje de Pablo Iglesias el jueves no gustó a los empresarios, como es natural, pero tomaron nota de su implacable disposición a gobernar el país. El líder de Podemos entiende claramente que lo que la política debe ofrecer a la sociedad es gobierno, dirección, y no vacila en hacerlo. La gente no quiere un Ejecutivo que produzca cháchara política, sino que tome decisiones. De hecho, hasta le viene bien que le critiquen por ambicionar cargos y poder.

Por el contrario, Sánchez que dijo no anteponer los cargos a nada, hizo un discurso muy moderado ante los empresarios. Ya ni siquiera habla de derogar la reforma laboral del PP, sino sólo de un par de elementos de ésta que le irritan: la negociación colectiva y el poder que los empresarios han adquirido para modificar unilateralmente las condiciones de trabajo.

Rivera, cuyo discurso es el favorito de los empresarios, mostró una sensibilidad social aumentada y también una preocupación mayor por los asuntos de política internacional. Ambos coincidieron en que si de ellos depende, habrá gobierno rápidamente y que no tienen líneas rojas.

El contraste entre las dos estrategias es enorme. Una busca el poder sin disimulo, la otra pretende crear nuevos consensos y se presenta como una fuerza conciliadora. Esta clave de análisis surgió en una conversación con el profesor Francisco Longo, de Esade. Longo aludió de pronto a la “visión schmittiana” de la política de Pablo Iglesias, buscando confrontar a amigos y enemigos, típica de los populismos. El famoso jurista alemán insistía en su obra El concepto de lo político que amigo-enemigo era la dualidad básica de lo político.

“El enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo, no hace falta que se erija en competidor económico, e incluso puede tener sus ventajas hacer negocios con él. Simplemente es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intenso”, escribía Schmitt en su obra de 1927.

En esta lógica también se inscribe, aunque con énfasis muy distintos, la estrategia del PP. Por el contrario, PSOE y Ciudadanos intentan huir de la dualidad amigo-enemigo y se presentan como facilitadores de un pacto y agentes de una modernización.

LAS OTRAS NUEVE CLAVES DE SITGES

Además de la visión ganadora que los empresarios tienen de los partidos de la Pinza por encima de los del Pacto del Abrazo, en Sitges surgieron otras nueve claves:

1.- Los empresarios aceptan el Pacto del Abrazo.

En términos generales las 200 medidas acordadas por PSOE y Ciudadanos y las matizaciones socialistas sobre la reforma laboral, son admisibles por los empresarios. “El Pacto del Abrazo no es perfecto, pero en el cabe el 80% de los españoles”, comentó un alto cargo de una organización empresarial. Pero nadie está dispuesto a perder productividad o a pagar más impuestos, si no es por una razón muy poderosa. “La economía española no puede seguir perdiendo oportunidades”, sostienen.

2.- Un gobierno de emergencia.

Existe, sin embargo, disposición a considerar una solución subóptima. Aceptar esa pérdida de competitividad y productividad por un tiempo limitado -dos años, por ejemplo- a cambio de que surja un gobierno que reforme el marco institucional a fondo y lo deje en disposición de afrontar una nueva etapa de prosperidad. Y después de esos dos años, se celebrarían unas elecciones donde los españoles podrían confirmar, rechazar o introducir matices al nuevo modelo.

3.- La fuerte convergencia entre Ciudadanos y el PSOE.

La negociación del Pacto del Abrazo ha dejado huella entre los dos partidos. Sánchez y Rivera se mueven al mismo compás. Las horas de trabajo de sus equipos han creado un ámbito de entendimiento y aunque no lo reconozcan, cada paso que dan lo hacen pensando en el otro.

4.- La financiación autonómica, más clara.

El PSOE ha resuelto sus tensiones internas sobre la financiación autonómica. A diferencia del mes de febrero, cuando las discrepancias entre las federaciones andaluza y valenciana hacían casi imposible fijar una posición sobre este asunto, ahora Sánchez ha ofrecido incluirlo en una reforma constitucional y además ha detallado los principios que está dispuesto a salvaguardar. Estos son: simplificar el modelo para hacerlo más transparente, garantizar la financiación per cápita, proteger el gasto sanitario y educativo frente a los vaivenes del ciclo económico, mayor control de las comunidades autónomas sobre sus ingresos y modificación de la Ley de Estabilidad Presupuestaria en lo que se refiere al reparto del déficit entre Administraciones y otros aspectos.

5.- El discurso territorial de Sánchez tiene nuevos matices.

En su intervención ante los empresarios, Pedro Sánchez exhibió matices al referirse a la cuestión territorial que no marcó en diciembre. Dijo que el debate sobre el derecho a decidir ya no se circunscribe únicamente a Cataluña. Que el asunto de la autodeterminación está en la agenda de otras regiones de España y que se ha generalizado (probablemente por culpa de Rajoy aunque a éste no lo citó expresamente) y pareció lamentarlo. Ofreció la solución del PSOE de siempre, una reforma constitucional sin mucha concreción, pero su diagnóstico ha cambiado. De alguna manera, Sánchez ha hecho suyo el límite que le marcó el Comité Federal de su partido no apoyar un referéndum que disgregue a España.

6.- Junqueras cree que Cataluña tendrá presupuestos.

El conseller de Economía de la Generalitat, Oriol Junqueras, intervino en las jornadas de Sitges el viernes y circunscribió únicamente a las rentas medias y bajas la oferta de Puigdemont de reducir el IRPF que había formulado el día anterior. Junqueras se mostró extraordinariamente confiado en que conseguirá sacar adelante los presupuestos de 2016. Sabe que tendrá que hacer concesiones a la CUP, que ha dicho que no cederá los dos votos que había prometido en el pacto de investidura de Puigdemont, pero no cree que el Ejecutivo catalán caiga por esta razón.

7.- La banca, otra vez en el centro de las preocupaciones.

Ocho años después de la quiebra de Lehman Brothers se vuelve a hablar de los bancos con preocupación. Esta vez la amenaza se llama tipos de interés negativos. Los márgenes operativos de las entidades financieras se han reducido tanto que éstas se han quedado sin su principal fuente de beneficio. El problema ya no sólo es de eficiencia o del llamado shadow banking (banca en la sombra o sistemas de financiación no sometidos a regulación). Las transformaciones tecnológicas amenazan con dar un vuelco al sector donde nuevos competidores se muestran más innovadores.

8.- China, la otra gran incógnita.

Es el otro gran tema de discusión. Los cambios en la economía china, que está evolucionando de una economía productiva a una de consumo, y su política monetaria destinada a convertir el Renminbi en moneda mundial de reserva en unas décadas, son algunos de los asuntos de los que más se habla. Nadie escapa a los cambios en China, ya que sus dimensiones son colosales. Si el gigante chino estornuda, el mundo se resfría.

9. La supervivencia política de Rajoy.

En los corrillos de Sitges se especulaba con el futuro de Rajoy. Sin duda que si gana con mayoría absoluta, su presencia en el próximo gobierno es obvia. Pero si tiene que negociar con PSOE o con Ciudadanos y buscar su apoyo, es muy probable que su continuidad pase a ser moneda de cambio. El asunto es mucho más visible cuando se considera que Rajoy (1955) tiene 17 años más que el candidato más viejo que le sigue que es Pedro Sánchez (1972). Los empresarios le preguntaron por la renovación en el PP y Rajoy puso como ejemplo a Soraya Saénz de Santamaría y a María Dolores de Cospedal. También citó el nombramiento, el año pasado, de cuatro nuevos vicesecretarios”.

 

 

Fidel MASREAL, “Manual pe rentendre el galimaties del full de ruta independentista” a El Periódico (31-05-16)

http://www.elperiodico.cat/ca/noticias/politica/full-ruta-independencia-catalunya-5168794

“¿Com i quan s’ha de proclamar la independència de Catalunya? Cada vegada hi ha més respostes diferents a aquesta pregunta en el si del sobiranisme, que viu moments de certa cacofonia i confusió, tot i disposar de més poder que mai a Catalunya. Els anomenats fulls de ruta es multipliquen i es van adaptant a les circumstàncies, fins al punt que cada vegada és més difícil identificar un fil conductor. Vegem-ho.

EL PROGRAMA DE JUNTS PEL SÍ

En primer lloc existia el full de ruta que havia de ser el prioritari: el de la coalició que va guanyar les eleccions, Junts pel Sí. El seu programa electoral prometia el següent si aconseguia majoria absoluta d’escons: declarar l’inici del procés, elaborar una nova constitució, proclamar la independència, aprovar la llei de transitorietat jurídica (que ha de regular de manera provisional les estructures del nou estat), aprovar la llei del procés constituent (que regiria la fase parlamentària i d’aprovació constitucional) i finalment convocar les anomenades eleccions constituents. Tot això en 18 mesos.

LES ESMENES DE PUIGDEMONT

El president Carles Puigdemont ha sigut el primer a introduir esmenes a aquest pla. Va afirmar que no hi haurà declaració unilateral d’independència (DUI) perquè el programa de Junts pel Sí no ho preveia. Això és cert a mitges. Sí que parla de proclamar la independència, i se suposa que si es fa és sense l’aval de l’Estat espanyol. ERC va recordar primer el que s’havia firmat en el programa i finalment es va arribar a un acord salomònic: es farà una “declaració d’intencions”.

ELS PLANS DE L’ASSEMBLEA

D’altra banda hi ha el full de ruta de l’Assemblea Nacional Catalana (ANC), principal referent cívic de l’independentisme que passa per hores baixes de divisió i de certa letargia mobilitzadora. Amb tot, l’ANC assegura que l’any que ve s’ha de proclamar la independència. En el seu últim document, l’entitat advoca perquè “al llarg del 2017 el Parlament proclami la independència”. Un termini sens dubte ambiciós, tenint en compte que el Govern de Junts pel Sí ja ha deixat clar que els 18 mesos per arribar a Ítaca és un marge que es pot allargar.

Però l’ANC creu que l’any que ve Catalunya serà independent, a continuació aprovarà les lleis de transitorietat jurídica i “les altres eines de l’Estat” i es convocaran eleccions constituents. Es donarà pas, llavors, al nou Estat que culminarà amb l’aprovació de la constitució en un referèndum.

Sempre existeix un pla B, i el de l’Assemblea es diu “assemblea de càrrecs electes”, que “en cas de necessitat” assumirà la representació institucional màxima de Catalunya per completar la independència, inclosa la capacitat d’una DUI quan ho cregui oportú.

EL ’RUI’ DE LA CUP

Després hi ha el full de ruta de la CUP, que exigeix un referèndum unilateral d’independència (RUI). Així ho ha ratificat en assemblea aquest cap de setmana passat. El cas és que la CUP també exigeix gestos de desobediència, com uns pressupostos que incloguin totes els impostos impugnats pel Tribunal Constitucional, i que en menys de mig any es desplegui la declaració rupturista del 9-N. Els anticapitalistes denuncien que Junts pel Sí ha “rebaixat el valor” d’aquesta declaració parlamentària.

LES IDEES D’ARTUR MAS

Paral·lelament a tot això, s’hi han d’afegir les aportacions de dirigents gens menors com és el cas d’Artur Mas, que dies enrere es treia de la màniga altres eleccions plebiscitàries. Uns comicis que evitarien, segons ell, la unilateralitat d’un referèndum com el que reclama la CUP. En aquestes noves eleccions, Mas creu que s’haurien de comptar, aquesta vegada sí, vots i no només escons.

Una altra aportació singular ha sigut la del vicepresident del Govern i líder d’ERC, Oriol Junqueras, l’ independentista més vehement en els últims anys i flagell de les posicions més moderades de CDC, que es va despenjar fa unes setmanes reconeixent que no hi haurà independència de forma unilateral, sinó d’acord amb l’Estat i la comunitat internacional.

ELS DUBTES JURÍDICS (I POLÍTICS)

Tingueu en compte en aquest repàs que una de les ments pensants de l’arquitectura de les estructures d’Estat, Carles Viver Pi-Sunyer, era poc partidari del full de ruta de Junts pel Sí en la denominació d’algunes de les anomenades lleis de desconnexió. I que a CDC s’insisteix una vegada i una altra que les coses s’han de fer “bé” i no de pressa.

Tots aquests fulls de ruta són, a més, susceptibles de ser esmenats, ja que el procés viu moments de transitorietat com ho demostra, sense anar més lluny, la incògnita sobre la continuïtat del Govern en el que es refereix al suport de la CUP als seus primers pressupostos. Finalment, però no menor, Catalunya i l’Estat estan a les portes d’una nova convocatòria electoral decisiva també per al procés.

ELS PLANS B

Si el nou inquilí de la Moncloa obre vies de diàleg amb Catalunya, tots els fulls de ruta -o gairebé tots- s’hi adaptaran perquè, com s’ha esmentat anteriorment, sempre existeix un pla B. En el cas de Junts pel Sí, es tracta d’aquella frase del programa que mostra la disposició a negociar amb l’Estat un possible referèndum pactat.

Una consulta que està en el full de ruta de Catalunya Sí que es Pot i En Comú Podem, que pot tornar a guanyar les generals a Catalunya, segons els sondejos, i que reclamaran que això es posi en l’epicentre del debat del procés. No en va, va ser el mateix Mas qui, la nit electoral del 20-D en què CDC es va clavar una sonora patacada, va exhibir sense embuts la bandera del referèndum pactat amb l’Estat com a via alternativa.

LA SOCIETAT CIVIL

I per acabar el bosc de propostes i vies, anoteu també l’anomenat procés constituent, el que ha de forjar un text constitucional. Compta amb diferents versions i s’està coent a foc lent en una comissió parlamentària i en un nucli d’entitats (reinicia.cat) que vol travar una aliança entre l’impuls de la societat civil i el paper dels partits.

Partits, moviments, Parlament i poder. Fulls de ruta sota un denominador comú: a l’expectativa i presidits per les mirades de reüll entre tots els actors, cap dels quals disposa actualment de cap convenciment sobre on estarà el procés sobiranista en els pròxims mesos… o setmanes”.

 

Antoni GUTIÉRREZ-RUBÍ, “Barcelona en Comú: més que un primer any” a Crític (2-06-16)

http://www.elcritic.cat/blogs/observatoridelcanvi/2016/06/02/mes-que-un-primer-any/

“La Radiografia del Canvi que Crític i Districte 11 han posat en marxa pren tot el sentit en un moment on la idea de la política vigilada es va generalitzant. Es tracta d’una revisió purament quantitativa que, en el cas de Barcelona, ens ha donat una nova perspectiva sobre el primer any de Govern.

Tot i això, el balanç del primer any de Govern d’Ada Colau a l’Ajuntament de Barcelona no es pot fer, només, des de l’avaluació del que ha fet o ha deixat de fer en 365 dies. Aquest primer any transcorregut —un temps de fonamentació política— val molt més que un any natural de gestió. No és un temps qualsevol: és l’inici, l’aterratge, el contrast, l’aprenentatge, els errors, els encerts, els reptes… i els límits.

Ada Colau i el seu equip han après —ràpidament— que una cosa és guanyar les eleccions municipals i una altra, ben diferent, és governar l’Ajuntament. I que el que es pot fer —i aprovar— a la Comissió de Govern és un ventall d’opcions limitades. Barcelona es governa des de la Comissió del Ple. És el camí que et separa, i et condiciona, des dels teus 11 regidors als 41 del plenari. I aquest òrgan té unes atribucions assignades —per llei— que no té una Comissió de Govern. Ignorar-les, menystenir-les o evitar-les és una mala drecera, un mal camí. Un error. Algunes de les primeres decisions d’aquest govern han obeït a aquesta confusió o ignorància dels límits i possibilitats de les legitimitats democràtiques (guanyar no és el mateix que governar) que un sistema regulat i de garanties proposa i articula.

En aquest primer any, Ada Colau està comprenent que cap revolució democràtica pot ignorar les reformes democràtiques, si vol ser sostenible, majoritària i profunda. És el camí que separa les victòries (electorals) dels canvis (polítics). L’alcaldessa ha reconegut fa pocs dies que no poden anar tan ràpid com voldrien. Hem sentit afirmar que aquella victòria de fa un any va ser èpica (heroica, extraordinària). I és cert. La pel·lícula —molt recomanable— que s’acaba d’estrenar, Alcaldessa (Bisnaga de Plata al millor director de documentals en el Festival de Màlaga), ho explica brillantment, amb un format colpidor, emocionant, fidel i molt transparent. Tot i que emmirallar-se (o refugiar-se o enyorar-se) en l’èpica és un mal camí. Els herois tendeixen a sentir-se superiors (moralment), creuen —irremeiablement— que guanyen perquè guanyen les seves raons (sublimades en una força única i excepcional), raons que transformen la seva ètica en estètica política. Guanyen perquè són millors, sí; però això no sempre significa tenir tota la raó, ni tot el poder.

La primera gran lliçó d’aquest primer any té a veure amb l’equilibri entre poder i competències, poder i representació, poder i responsabilitat. Colau ja no és Ada. És l’Alcaldessa, i això no significa trair orígens ni principis, ni lleialtats. Significa entendre que l’agenda —i les obligacions i les responsabilitats associades— no poden ser una llosa o un càstig. Ni una rèmora, ni un inconvenient. Ni un perill per a l’autenticitat o la desitjada coherència.  Representar-nos a tots és la primera de les obligacions d’una alcaldessa. Governar per i des de la majoria, és la segona. Liderar un projecte polític, la tercera. Aquest és l’ordre. Inalterable, insubstituïble, des d’una voluntat i vocació democràtica de fons.

L’objectiu de tot govern és servir la ciutadania, amb tota la seva complexitat social, d’orígens, de sensibilitats… i interessos. Entendre que Barcelona, com tota gran ciutat, és molt complexa i que no pot governar-se des duna estricta visió ideològica. Fins i tot, en el cas de disposar d’una majoria política suficient, governar una ciutat requereix ampliar la base del consens polític i transformar-lo en consens ciutadà (lliçó número 1 del maragallisme).

El pacte Colau-Collboni

Això no implica renunciar a les prioritats pròpies d’una majoria progressista, però cal construir aquesta majoria que, ara per ara, no existeix políticament, si es vol convertir l’espai polític en un espai fundacional. Cap pilar s’aguanta sobre terra inestable i poc sòlida. Òbviament, treballar per construir aquesta majoria és incompatible amb el sectarisme. Si es tracta de construir una hegemonia «d’esquerres, sobiranista i constituent», com intueix en Roger Palà, serà impossible trobar la majoria progressista necessària per a governar la ciutat. Les hegemonies són processos lents, d’acumulació, agregació i superació. No de força. L’entrada de Jaume Collboni al govern significa una aposta molt més que numèrica. Collboni (el que representa, representava i representarà) val més que els 4 regidors que augmenten la majoria fins a 15. Aquesta suma és potencialment multiplicadora.

Hi ha una qüestió fonamental derivada d’una lliçó de la història de la Barcelona democràtica: han fracassat sistemàticament totes aquelles forces polítiques que han subordinat el servei a la ciutat a altres prioritats polítiques (és el cas recurrent de CiU i dERC … i podria ser la temptació d’Els Comuns). Colau té molts reptes: construir un partit, és un d’ells. I molt absorbent. Però governar Barcelona —amb nous models, estils, i prioritats— reclamarà tota la seva energia, entusiasme i vitalitat. El més important serà construir un projecte de ciutat a l’alçada dels nous temps. Un projecte que ha d’integrar els nivells macro i micro (lliçó número 2 del maragallisme); que tingui l’ambició de ser un node rellevant en la xarxa de ciutats europees i mundials; que es proposi aprovar d’una vegada per totes l’assignatura pendent de la governació metropolitana, entre moltes altres.

El pacte Colau-Collboni (que sense la seva complicitat personal, sense la seva confiança mútua no hauria estat possible) té un gran desafiament per davant, més enllà del govern diari. Es tracta desclarir si éun pacte de necessitat (una crossa que cal suportar, un temps i una mica de poder que cal guanyar, respectivament) o si és una oportunitat per a crear el tàndem de la nova política progressista a Barcelonai a Catalunya. No ho sabem.

Les tensions internes, les contradiccions i les estratègies de cada partit, o els horitzons de cada líder, poden reduir aquest pacte a un acord conjuntural, d’aritmètica. El repte és saber si hi ha la possibilitat de convertir la matemàtica en política. Una política que reconegui que la revisió del passat —i la seva culpabilització— no pot ser més rellevant que el futur per construir, que hi ha tant per a aprendre com per descobrir. Una política que reconegui que Els Comuns representen una llavor de canvi polític instituïble per a una socialdemocràcia esgotada i desorientada. Una política que permeti més que treballar plegats, construir plegats. El tàndem. És possible?

Barcelona pot ser un exemple de construcció de majories polítiques que funcionen. Ho ha estat en el passat, pot ser-ho en el futur. Però el repte fonamental és com no renunciar a una Barcelona de sempre (èxit, reconeixement, excel·lència i atracció) amb la nova Barcelona, la que faci present les persones, els temes i els barris «invisibles». Una nova Barcelona que no renuncia a les obligacions ni a les ambicions d’una metròpoli que competeix en el món global, i, alhora, no està disposada a que el preu a pagar sigui la ruptura social o el desequilibri econòmic. Construir, però, un nou model és molt més que oposar-se al vell. Aquest salt, de resistir, oposar, lluitar contra… a proposar, impulsar i gestionar el que és nou és un pas que reclama tanta paciència, com gosadia; tanta humilitat com intel·ligència. Tanta revolució com reformes sigui capaç d’integrar.

Els processos de participació sobre els quals s’articula gran part del sorgiment de Barcelona en Comú i que constitueixen la seva lògica i metodologia són lents i, a voltes, entren en contradiccions amb la funció que se li suposa a l’Administració. L’aplicació d’aquests processos per a promoure el diàleg amb el teixit social i fer-lo partícip de la construcció del Pla d’Acció Municipal és un encert, un camí estimulant i indicatiu.

Aquest any ha estat molt més que un any. Però el tema de fons és saber si avui comença un nou Govern o es reforça l’inicial, simplement. Si les urgències d’uns i les necessitats dels altres els fan conservadors o arriscats… Si es vigilen o col·laboren. Si sumen o multipliquen”.

 

 

Manuel ARIAS MALDONADO, “Actualidad y refutación de la política heroica” a Revista de Libros (25-05-16 i 1-06-16)

http://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/actualidad-y-refutacion-de-la-politica-heroica-i?&utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=nl20160525

http://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/actualidad-y-refutacion-de-la-politica-heroica-y-ii

“Una de las ventajas del conocimiento histórico es que nos previene contra la repetición –que, por lo demás, nunca es idéntica– de fenómenos ya acontecidos. Al menos, en principio: si conocemos el pasado, no nos comportaremos como sonámbulos en nuestros días, por emplear la feliz metáfora con que el historiador Christopher Clark describe a los actores políticos cuyas acciones simultáneas condujeron al estallido de la Gran Guerra (aunque el novelista Hermann Broch la había usado ya para describir el fin del mundo burgués alrededor de la misma época) (1). Y es que el sonámbulo carece de conciencia, moviéndose de manera inconsciente hacia el peligro. Nosotros, los contemporáneos, estaríamos mejor equipados para identificar aquellas formaciones históricas que amenazan con sacudir la siempre precaria estabilidad social. Sabemos lo que no sabían quienes nos precedieron y eso es –debería ser– un seguro de vida contra accidentes históricos. Aunque rara vez lo sea.

Viene esto a cuento de un panorama nacional e internacional plagado de signos ominosos, que traen a la memoria –precisamente– las primeras décadas del siglo pasado. Los efectos perversos de la globalización y la digitalización han oscurecido, a ojos de muchos votantes y grupos sociales, los enormes beneficios que esos mismos fenómenos han venido proporcionando. Y el resultado es un inquietante regreso de lo reprimido: del nacionalismo al populismo, del soberanismo al proteccionismo. Aunque terminó por perder las elecciones por la mínima, el candidato de la extrema derecha austríaca fue votado por el 86% de los obreros manuales del país: un dato que, dada la claridad con que ilustra algunas de las tendencias dominantes en la actual coyuntura política, parece de encargo. A la misma hora en que se cerraban las urnas, el Festival de Cannes premiaba el cine social del británico Ken Loach, que no dudó en presentar su programa político personal en la ceremonia de clausura: «Otro modelo de sociedad es posible y hasta necesario al impuesto estos años por el neoliberalismo». Finalmente, en nuestro país, las primeras encuestas reflejaban el aplauso de los votantes a la coalición formada por Podemos e Izquierda Unida, que supera al PSOE y se acerca al PP en intención directa de voto.

En todos estos casos, nos encontramos con elementos comunes. Ante todo, un sentimiento anti-establishment que dimana del déficit de legitimación de los gobiernos representativos, a los que se supone títeres de los poderes económicos o perversos, agentes ellos mismos de políticas extractivas destinadas a desposeer al hombre común de su más elemental dignidad. Es, quizá, la convicción más extendida en tiempos de crisis: los ciudadanos de a pie seríamos víctimas de una gigantesca conspiración mundial donde unos manejan los hilos y otros creen mover sus manos. Es una conclusión que tiene su lógica, ya que ante procesos multicausales y complejos tendemos a identificar causas únicas que facilitan la explicación primero y la atribución de culpa después. Y aquí es donde entra en juego el discurso populista.

Frente al secuestro de la verdadera democracia, surgen discursos y movimientos que reivindican una actividad política diferente, capaz de romper con lo establecido y ofrecer los resultados socioeconómicos que el «sistema» no sabe producir. Esta alternativa, como es sabido, conoce dos grandes variantes. Por un lado, la del hombre fuerte o cirujano de hierro que habla claro y no duda en actuar allí donde otros hablan sin actuar: Trump, Putin, Le Pen. Por otro, el movimiento popular de izquierda que defiende la necesidad de reemplazar la mera gestión administrativa de los asuntos socioeconómicos por una actividad política sustantiva de carácter democrático y colectivo: Podemos, el Movimiento 5 Estrellas, Bernie Sanders. De una parte, el líder; de otra, la gente. Aunque la gente no va a ninguna parte sin su líder ni el líder existe sin gente que lo aplauda.

Subyace a estos ultraísmos una imagen de la política radicalmente distinta a aquella a que estamos acostumbrados en el funcionamiento cotidiano de nuestras sociedades; una alternativa que, como es de esperar, cobra fuerza durante los períodos de crisis económica e institucional. Esa otra política carece de límites prefijados: ¿cómo que no puede erigirse un muro en la frontera con México, o crearse empleo abundante y bien pagado con la máxima protección para el empleado a cargo de la empresa? ¿Quién dice eso? ¡Sólo falta voluntad política! Se expide así un pasaporte a la frustración: se subestiman las dificultades del consenso, se sobrevalora la capacidad de la política para actuar autónomamente y se desprecian como inaceptables las constricciones impuestas por la lógica económica. Quizá no haya mejor ejemplo de este ciclo de ilusión y desencanto que el protagonizado por Syriza en Grecia en un tiempo récord.

Vaya por delante que la solución no radica en la completa claudicación de la política ante las constricciones materiales, ni en la resignada aceptación de un gobierno de expertos: en absoluto. Se trata más bien de refinar los instrumentos políticos existentes, evaluando de manera realista sus nada menores posibilidades. Ya que los problemas de los que hablan Trump y Pablo Iglesias son reales, como reales –aunque no necesariamente razonables o fundadas– son las frustraciones que expresan amplios segmentos del público. El peligro no estriba en los problemas que nos presenta la realidad, sino en la posibilidad de agravarlos aplicando a ellos soluciones imaginarias.

Sucede que la propia política, como tal, está asentada implícitamente sobre la premisa opuesta: su plena competencia para la realización de fines colectivos. ¿O acaso sería concebible una campaña electoral donde los partidos contendientes rivalizasen en moderación y cautela? En las democracias, la posibilidad de actuar decisivamente está sobreentendida como elemento estructural del sistema y se materializa en promesas de cambio que los partidos formulan a sus votantes. Podríamos argüir que tal es la función básica de una democracia: abrir el abanico de lo posible. En palabras de Nikolas Kompridis:

Si la política democrática no fuera capaz de desvelar nuevas posibilidades, de dar forma a nuevas esperanzas allí donde las esperanzas se han agotado, ¿en qué sentido podríamos hablar rectamente de una política democrática? (2)

Desde este punto de vista, un poder democrático que se ejerciese sin cortapisas sería políticamente omnipotente. Y de ahí la seducción que ejercen aquellos líderes y movimientos que denuncian que, si la democracia realmente existente no funciona a pleno rendimiento, es debido a una falta de voluntad política capaz de derribar la resistencia de los poderes en la sombra. Si quisiéramos, en otras palabras, bien que podríamos.

Nos hemos ocupado ya en este blog de los límites de la política http://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/la-impotencia-de-la-politica-i , es decir, de las razones por las cuales la política es constitutivamente impotente. Pero es también fructífero preguntarse de dónde proviene la creencia contraria, a saber, la de que la política es omnipotente o está cerca de serlo. Sin ánimo alguno de exhaustividad, podemos identificar tres causas que nos ayudan a explicarla.

1.La subordinación de lo social a lo político

Tal como la historia se ha encargado tantas veces de demostrar, a menudo amargamente, el anhelo romántico de nuevas posibilidades sociales, que corresponde a la política descubrir y llevar a la práctica, encuentra uno de sus principales obstáculos en la esfera socioeconómica. La vulgar administración de las cosas –vale decir, una eficaz administración de las cosas capaz de asegurar un mínimo nivel de bienestar material y protección social a los ciudadanos– es la condición de posibilidad para el funcionamiento de una sociedad mínimamente desarrollada. Cuando los supermercados se vacían, el gobernante tiene razones para preocuparse. Nada más alejado de la concepción romántica de la política, empero, que enfangarse en semejantes detalles técnicos.

En ese sentido, pocas ideas de lo político se han revelado más influyentes durante el último medio siglo que la defendida por la gran filósofa alemana Hannah Arendt (3). Sobre todo, a la vista de su esfuerzo por separar lo político de lo social: la nobleza del vulgo. Por una parte, Arendt lamenta «el ascenso de lo social» y sus consecuencias, tales como la reducción de la política al gobierno, su abdicación ante las demandas biológicas y el reemplazo de la acción personal por la mera conducta individual. Ya que la conducta normaliza y neutraliza, mientras la acción singulariza y distingue; somos masa en la conducta y personas en la acción. Pues bien, sólo la acción estrictamente política, despegada de lo social, es digna de su nombre. Y ello porque las acciones propiamente políticas, «a pesar de su futilidad material», poseen un valor superior a las protagonizadas por un homo faber que se empeña en «hacer el mundo más útil y hermoso», o un animal laborans que hace la vida «más fácil y larga». Fines ambos, para la filósofa alemana, obviamente menores. Huelga decir que su modelo es la polis ateniense, debidamente idealizada.

Queda así dibujado de manera transparente el choque entre la razón poética del romanticismo político y la razón administrativa del estatalismo moderno. Porque, ¿quién se ocupa, en un espacio político como el prescrito por Arendt, de la administración de las cosas? La provisión de servicios públicos, la administración de justicia, la recaudación fiscal, la cartografía y el censo, la conservación del patrimonio, el diseño de los mercados, la seguridad alimentaria, las infraestructuras… Todo aquello que Arendt llama «lo social» no puede ignorarse cuando se plantea una concepción alternativa de la actividad política basada en la conversación entre iguales. Y es que esos prosaísmos nunca aparecen en las proclamas revolucionarias, cuya poesía movilizadora difícilmente deja sitio a los detalles organizativos: seguramente, porque los damos por supuestos en una sociedad acostumbrada a disfrutarlos. Pero basta un mes de hiperinflación para que cambie el signo de las encuestas.

En sociedades de masas atravesadas por múltiples flujos globales, con clases medias que demandan educación y servicios públicos, se produce una fricción inevitable entre las coloristas apelaciones a la politización y la grisácea dimensión administrativa de la vida social. Naturalmente, se incluye dentro de ésta una esfera en absoluto excluida de la conversación política, pero que no parece someterse fácilmente a los dictados de la «voluntad política» allí donde ésta trata de ejercitarse: la economía. Y es que la razón administrativa no es productora directa de las natividades anheladas por Arendt, pero sí crea las condiciones esenciales para que aquellas se produzcan. Si la autocreación individual es una tarea privada de raigambre romántica, la sociedad pluralista y abundante donde ese proyecto puede llevarse a cabo es una tarea pública de origen ilustrado y desarrollo social-liberal.

En realidad, estas dos lógicas –la romántica y la administrativa– están obligadas a coexistir, porque sería ingenuo pensar que el discurso administrativo puede absorber un conflicto político de naturaleza mutante e inerradicable: ni puede hacerlo, ni sería deseable que lo hiciera. Ahora bien, sus discursos respectivos son más bien impermeables: la concepción nativista de la política sólo difícilmente –a costa de debilitar su capacidad de seducción– puede incorporar elementos de la razón administrativa, mientras que esta última no puede abrazar el romanticismo sin quebrantar su propio carácter. Más problemático resulta que el romanticismo político sustraiga sistemáticamente de su discurso aquellos límites que le impone la razón administrativa, alimentando con ello unas expectativas infundadas sobre su poder transformador: fingiendo que todo lo puede. Al hacerlo, se rebela contra unas constricciones que Arendt tampoco reconocería, por entender que lo político –fuente de grandeza personal y colectiva– no puede abdicar ante las servidumbres de lo social. Igual que el marqués no puede condescender a hablar del precio de las viandas que consume en sus banquetes, el sujeto deliberante que participa en la conversación pública en defensa de valores abstractos no debe sentirse concernido por los datos de desempleo.

Es evidente que nuestra filósofa lamentaba, justamente, aquello que ha sucedido: que la política ha sido colonizada por lo social y la conversación pública versa ahora de facto sobre datos de desempleo. Pero una cosa es reivindicar la nobleza de la política sobre los números y otra es afirmar que los números pueden ser derrotados por la política. Irónicamente, quien así lo afirme debe traer las cuentas hechas; o, al menos, ser honesto acerca de las consecuencias materiales que traería consigo prestar una menor atención a los aspectos económicos de la vida colectiva. En cambio, afirmar simplemente que lo político debe prevalecer sobre lo social no implica que pueda decidir eficazmente sobre él sin limitación alguna: la inflación no se somete a los decretos. Por más tentador que resulte abrazar las tesis de Arendt sobre la primacía de la política, sus limitaciones, como el famoso dinosaurio, seguirán ahí cuando nos despertemos.

No ha querido con esto decirse que la política no haya de ocuparse de lo social, como de hecho hace con éxito desigual; se ha afirmado que la exaltación de la acción política desentendida de lo social que lleva Arendt a término –o que Arendt sintetiza ejemplarmente– puede ayudarnos a explicar la creencia en la omnipotencia de la política, cuyo correlato es un romanticismo político que considera realizable cualquier posibilidad política imaginable. Será la semana que viene cuando completemos esta tentativa de explicación. Para, por lo menos, caminar bien despiertos a los abismos”.

__Notas al pie del artículo completo

1. Christopher Clark, Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, trad. de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2014; Hermann Broch, Trilogía de los sonámbulos (Pasenow o el romanticismo, Esch o la anarquía y Huguenau o el realismo), trad. de Angels Grau, Barcelona, Debolsillo, 2009-2012. ↩

2. Nikolas Kompridis, «Political Romanticism», en Michael T. Gibbons (ed.), The Encyclopedia of Political Thought, Malden, Wiley-Blackwell, 2014, pp. 2.796-2.804. ↩

3. Véase, al respecto, La condición humana, trad. de Ramón Gil Novales, Barcelona, Paidós, 1993. ↩

¿Por qué creemos que la mayor parte de los problemas sociales podrían resolverse si concurriese la suficiente «voluntad política», capaz de poner en marcha las acciones decisivas correspondientes en cada caso? No cabe duda de que buena parte de la fuerza que han ganado los populismos contemporáneos procede de su autodescripción como actores políticos no convencionales dispuestos, ante los titubeos o los pretextos de los partidos mainstream, a hacer aquello que hay que hacer: las crisis aumentan la demanda de héroes. Y si en un par de entradas anteriores de este blog exploramos las razones por las cuales la política no es omnipotente y se encuentra –tanto constitutiva como sobrevenidamente– sujeta a límites crecientes, la semana pasada abríamos una reflexión distinta: la que trata de encontrar algunas causas que nos permitan explicar la creencia en lo contrario. Es decir, las raíces de la idea de que la voluntad política basta para moldear la realidad conforme a nuestros deseos.

En primer lugar se apuntó hacia la queja formulada por Hannah Arendt, nostálgica de la polis griega que asociamos a una práctica política noble y persuasiva, ante el ascenso de lo social como tema fundamental de la política moderna. Dado que lo social –vale decir, el campo de las necesidades económicas– ha opacado lo político, habríamos olvidado la capacidad de ésta para afirmarse autónomamente como conversación pública de tintes agonistas en torno a distintas concepciones del bien. Quedan por señalar, sin ánimo exhaustivo, otras dos posibles razones.

2. La excepcionalidad de la acción política

Un segundo problema que plantea la influyente concepción de la acción política defendida por Hannah Arendt tiene que ver con su excepcionalidad. Ya que sólo mediante la acción política, según la filósofa alemana, descubrimos quiénes somos y nos revelamos a los demás: el resto es oscuridad. Se lleva así a término una romantización de la acción política cuya premisa es la propia romantización del individuo, obligado, en una sociedad de masas, a distinguirse de los demás. Una prescripción, por distintas razones, altamente problemática.

Para empezar, la acción estrictamente política descrita por Arendt se desarrolla en la esfera pública, «único lugar donde los hombres podían mostrar real e invariablemente quiénes eran» con arreglo a su modelo ateniense (1). Arendt es consciente del inevitable problema de la escala y reconoce que cuanto mayor sea la población en un determinado cuerpo político, «mayor posibilidad tendrá lo social sobre lo político de constituir la esfera pública». Se deduciría de aquí, no sin razón, que lo local es el único posible refugio del romanticismo político. En todo caso, el tipo de política cuyo declive lamenta nuestra autora tiene en su centro la acción del individuo:

Mediante la acción y el discurso, los hombres muestran quiénes son, revelan activamente su única y personal identidad y hacen su aparición en el mundo humano, mientras que su identidad física se presenta bajo la forma única del cuerpo y el sonido de la voz, sin necesidad de ninguna actividad propia.

De este modo, la acción política es una forma de natividad. Se trata de un segundo nacimiento, que se produce cuando el individuo se mide a los demás en la esfera pública. De modo que quien carece de vida política permanece sin identidad. Pero, dado que en las modernas sociedades de masas no podemos institucionalizar la acción pública de cada sujeto por razones de escala, Arendt suaviza los requisitos para considerar como pública una acción: la esfera pública no es ya un espacio formal más o menos delimitado institucionalmente, sino un «espacio de aparición» en sentido amplio, esto es, «el espacio donde yo aparezco ante otros como otros aparecen ante mí, donde los hombres no existen meramente como otras cosas vivas o inanimadas, sino que hacen su aparición de manera explícita».

Obsérvese cómo se plantea aquí un problema relacionado también con la escala y la pluralidad de las sociedades. Si cada individuo tiene que implicarse en acciones políticas de contenido deliberativo para volver a nacer, esta vez como ciudadanos, ¿cómo conceder visibilidad a todos los individuos en una sociedad de masas? La solución de Arendt no parece suficiente, porque la realización política de todos los ciudadanos a través de la acción pública sólo puede conducir a la ingobernabilidad, salvo que evitemos toda formalización y reduzcamos drásticamente el criterio de la visibilidad.  Desembocaríamos entonces en algo parecido a la esfera pública contemporánea: un espacio amorfo y magmático donde la acción de contenido explícitamente político es tan solo una de muchas posibilidades para la realización del individuo, inclinado también a salir a patinar o apuntarse a clases de yoga.

Por otro lado, sostener que no ha nacido el sujeto incapaz de distinguirse de los demás supone incurrir en una concepción romantizante de la individualidad que en nada se diferencia de los llamamientos publicitarios a ser uno mismo o rebelarse contra el conformismo ambiental. Se otorga así prioridad a una concepción expresiva del sujeto, en la misma medida en que se desdeña a quien permanece recluido en su esfera privada sin molestar a nadie. En realidad, una sociedad cuyo funcionamiento dependiera de la individuación de todos sus ciudadanos a través de una acción política institucionalizada tendrá graves problemas operativos: una gran asamblea permanente es, sencillamente, inviable.

Por eso mismo, pensadores como Jürgen Habermas y Peter Sloterdijk localizan en la esfera estética el espacio adecuado para que el sujeto romántico despliegue su subjetividad rebelde. Si ésta da el salto a la política, el canal adecuado será a su vez la esfera civil, donde los movimientos sociales o las acciones informales contribuyen al cambio cultural que preludia –o al menos trata de preparar– el cambio político. Todos no podemos ser políticamente románticos: he ahí, si bien se mira, otro problema de escala. Así que podríamos incluso pensar en el romántico como un especialista, alguien que cumple una determinada función en las democracias reformistas, proporcionando maximalismos retóricos que sirven para influir sobre los marcos culturales vigentes y facilitar con ello los minimalismos subsiguientes.

De hecho, la acción individual significativa se ha desplazado en nuestra sociedad de masas hacia otras esferas distintas de la política. Eso incluye la esfera pública, que conoce ahora un nuevo vigor expresivo a consecuencia del giro digital; la esfera cívica, donde los movimientos sociales y las prácticas de solidaridad no han dejado de aumentar en número; la esfera económica, donde la digitalización crea posibilidades nuevas para el autoempleo o el intercambio global; y, señaladamente, la esfera cultural, donde individuos y grupos se ocupan de practicar juegos de lenguaje y transmitir contenidos simbólicos que operan como mecanismos de distinción, en el sentido de Pierre Bourdieu (2). Hay, pues, otras formas de natividad en el sentido que da Arendt a este concepto: son formas potencialmente relacionadas con la política, pero no explícitamente políticas.

3. La plasticidad de lo real

También podemos establecer una relación entre la ilusión de potencia que acompaña a la imagen romántica de la política y el éxito del giro lingüístico que hace posible concebir la realidad como una construcción discursiva.  Ya que, si la realidad ha sido construida lingüística y simbólicamente, ¿no podemos reconstruirla por completo a través de otro lenguaje y otros símbolos? Si la realidad es plástica, ¿no es infinitamente plástica?

El marxismo de veta gramsciana, con su énfasis en la cultura popular como depósito lingüístico y semántico, ha dado nueva vida a esta idea. Así, por ejemplo, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe conciben la política como una actividad que permite desvelar que el orden social existente es siempre, por definición, contingente; aunque nos parezca natural (3). Porque no puede sino ser contingente, ya que evidentemente podría ser distinto a como es si la historia hubiera tomado algunos giros diferentes. Resulta de aquí la impresión de que, con la debida articulación política, ninguna finalidad social es irrealizable, porque para realizarla bastaría con cambiar el lenguaje que le da forma: cambiar el discurso, en definitiva, es cambiar la realidad.

Para Laclau y Mouffe, el entero orden social es concebido como un discurso, esto es, como un sistema simbólico estructurado de manera análoga al lenguaje y referido por ello al conjunto de prácticas y significados que constituyen el orden social. Ya que las identidades de los grupos sociales y los significados de los términos políticos son variables, la sociedad nunca está del todo cerrada, permanece siempre abierta al cambio. Los distintos discursos que la constituyen están construidos mediante la fijación de fronteras políticas entre distintos sujetos mediante el ejercicio del poder, de forma que algunos elementos son incluidos en el discurso y otros no. La fuerza hegemónica trata de universalizar sus valores y normas, haciendo que parezcan naturales y no contingentes. Sin embargo, esa contingencia puede ser redescubierta por medios políticos, por ejemplo a través de un liderazgo que así lo señale. De ahí, contra Marx, la primacía de la política.

Sin embargo, frente a la hipótesis de una realidad infinitamente maleable, que convierte a la política en pura potencia creadora de realidades, se alzan algunos escepticismos liberal, conservador, evolucionistaque descreen de semejante plasticidad. Especialmente interesante es la idea liberal de que existen ciertos «órdenes espontáneos», que para un evolucionista fungirían como «cualidades emergentes»: configuraciones sociales que, a pesar de ser creación humana, no obedecen a un diseño consciente originario. Ejemplos son el lenguaje, el mercado, las costumbres. Ahora bien, que estos órdenes hayan surgido espontáneamente como el producto no coordinado de la interacción social no significa que escapen a la jurisdicción de la política, ni que sea imposible someterlos a control y rediseño. Sucede que la capacidad de la política para lograr los efectos deseados con su intervención es limitada. Digamos que, en todos estos casos, la política se ve obligada a negociar con la realidad, en lugar de crearla por sí sola.

Naturalmente, solemos experimentar recelo ante aquellos procesos y mecanismos sociales que operan espontáneamente a partir de la coordinación automática de múltiples actores, en lugar de descansar en procedimientos definidos de decisión y desarrollados en el marco de instituciones formalizadas. Necesitamos causas, responsables, explicaciones. Y solemos pensar que, si nos sentamos a tomar decisiones concertadas, éstas serán forzosamente mejores que las derivadas de una interacción no reglada entre distintos actores, individuales y colectivos bajo el marco regulador establecido por el Estado. Esa coordinación espontánea, que naturalmente produce también episodios de descoordinación, no sólo es producto de nuestras acciones: también lo es de las argumentaciones y acuerdos privados que abundan en la vida social. Sucede que no son acciones concertadas, o lo son solamente entre algunos actores. Y pareciera que solamente la política concertada, institucionalizada, puede ser categorizada como tal.

En relación con esto, Mark Pennington se ha referido a un «liberalismo epistemológico» que, con autores como Friedrich Hayek a la cabeza, subrayaría la importancia de las formas extralingüísticas de comunicación, poniendo de manifiesto de paso la función comunicativa de los mercados (4). Éstos no sólo serían mecanismos de asignación de recursos a partir de la expresión de preferencias, reflejadas en el sistema de precios, sino todo un sistema de información a través del cual la sociedad se da forma a sí misma. Es, sostiene Pennington, un sistema que organiza descentralizadamente una cantidad y variedad de información que un organismo centralizado no podría planificar eficazmente. Los mercados son, en este sentido, epistemológicamente productivos (aunque, como sabemos, también disruptivos). En palabras de Hayek himself:

El proceso intelectual es en la práctica sólo un proceso de elaboración, selección y eliminación de ideas ya formadas. Y el flujo de nuevas ideas, en gran medida, proviene de la esfera en que la acción, a menudo una acción no racional, y los sucesos materiales influyen unos sobre otros (5)

Ya hemos visto que Arendt no admitiría bajo ningún concepto la nobleza de acciones semejantes, aunque no niega su utilidad. Habermas, por su parte, aunque escéptico con el romanticismo político, prima asimismo las formas deliberativas de comunicación. Sin embargo, como ha señalado Peter Sloterdijk, sería conveniente no desatender la dimensión material de la acción comunicativa:

Habermas nunca ha querido admitir que entre nosotros, cuando nos «comunicamos», no se trata de un simple intercambio de frases con pretensiones de verdad, sino igualmente, o más aún, de la entrega, devolución y transmisión de bienes, tanto en el sentido material como simbólico de la palabra (6).

Resulta así, por tanto, que una gran parte del conocimiento relevante necesario para el aprendizaje social es tácito y permanece inarticulado. Tratar de regularlo desde la política suele tener efectos contraproducentes, como pone de manifiesto cualquier análisis del control estatal de precios. La idea contraria, que suele enraizarse en una negación de la complejidad de los mecanismos espontáneos descritos, alimenta la creencia en la omnipotencia de la política, algunas de cuyas causas se han tratado de presentar aquí.

Nada de esto, conviene insistir, va en detrimento de la potencia de la política, que constituye el imprescindible instrumento de que disponen los seres humanos para organizar su vida colectiva. ¡En absoluto! Pero sí que alerta sobre la necesidad de reconocer que esa potencia está sometida a límites o constricciones que conviene reconocer a fin de evitar frustraciones innecesarias o aventurerismos destructivos. Los cementerios no sólo están llenos de hombres imprescindibles; también descansan en ellos las víctimas de muchas creencias prescindibles. Y la fe en una política heroica, plenipotenciaria, es una de ellas.”

__Notas al pie del artículo completo

1. Hannah Arendt, La condición humana, trad. de Ramón Gil Novales, Barcelona, Paidós, 1993. ↩

2. Pierre Bourdieu, La distinción. Criterio y bases sociales del gusto, trad. de María del Carmen Ruiz Elvira, Madrid, Taurus, 2012. ↩

3. Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy, Londres, Verso, 1985; Ernesto Laclau, New Reflections on the Revolution of Our Time, Londres, Verso, 1990. ↩

4. Mark Pennington, «Hayekian Political Economy and the Limits of Deliberative Democracy», Political Studies, vol. 51, núm. 4 (2003), pp. 722-739. ↩

5. Friedrich Hayek, The Constitution of Liberty, Londres, Routledge, 2008, p. 32. ↩

6. Peter Sloterdijk, Fiscalidad voluntaria y responsabilidad ciudadana, trad. de Isidoro Reguera, Madrid, Siruela, 2014, p. 69. ↩