Presentació

Aquesta setmana proposem per començar un article de Timothy Garton Ash en defensa de la renovació de la cooperació entre els Estats Units i la Unió Europea, que -basada en una comunitat de cultura- torni a esdevenr un agent geopolític decisiu per evitar el retrocés nacionalista i proteccionista que proposen els Trump, Putin, Le Pen i tutti quanti.

Seguim amb la reflexió del magistrat Miguel Pasquau sobre l’entropia democràtica provocada, no tant pels defectes de la Constitució del 1978, sinó per fenómens d’abast més general com el que denomina “la gran desigualtat” que està buidant el concepte de ciutadania. El que estaria en crisi no és tant la Constitució, sinó l’Estat democràtic en una lluita desigual amb els poders econòmics.

Pablo Simón revisa amb gran rigor analític els quatre mesos de negociacions per formar govern, assenyalant les dificultats objectives, derivades del marc institucional  i de la fragmentació electoral, i repassant les estratègies utilitzades per les forces polítiques en presència.

I José Ignacio Conde Ruiz explica de quina manera ha augmentat la desigualtat de renda a Espanya durant els anys de la crisi, que l’ha convertit en un dels països més desiguals de la Unió Europea. Aquest increment de la desigualtat es caracteritza per la precarització del 20% d ela població amb menors ingressos, afectada especialment per l’atur de llarga durada, la baixada dels salaris i l’escassa efectivitat del sistema de transferències del nostre Estat del benestar.

 

 

Timothy Garton ASH, “Necesitamos recuperar a Occidente” a El País (3-05-16)

http://elpais.com/elpais/2016/05/02/opinion/1462189626_536894.html

“¿Qué ha sido de Occidente? Barack Obama acaba de visitar Europa para ensalzar y reforzar a Occidente, pedir a Gran Bretaña que permanezca en la UE y a Alemania que apoye el proyecto de acuerdo comercial transatlántico (TTIP por sus siglas en inglés). Las reacciones de los británicos, los alemanes y los estadounidenses indican que ha ensalzado a un fantasma. O al menos, a algo que ya no es lo que era.

En un artículo publicado en The Daily Telegraph, el manual matutino de la clase media conservadora inglesa, Obama recordó todas las instituciones que han ayudado a crear Gran Bretaña y EE UU juntos desde 1945, así como el hecho de que la UE ha contribuido a “difundir los valores y los usos británicos —democracia, Estado de derecho, mercados libres— en todo el continente y su periferia”. Su recompensa fue una crítica feroz de Boris Johnson, alcalde de Londres, en el mismo periódico. Johnson, que ya había insinuado que Obama era antibritánico debido a sus orígenes kenianos, despotricó esta vez contra “los presidentes norteamericanos, líderes empresariales y peces gordos de todo tipo” que quieren que Gran Bretaña siga siendo cautiva de Europa.

Curiosamente, el desdeñoso partidario del Brexit no se molestó en responder al argumento general de Obama sobre los intereses y valores amenazados de Occidente. El centro de sus comentarios era yo, yo, yo. Gran Bretaña estaría mejor con nuestros propios acuerdos comerciales, tendría menos inmigrantes, sería un país más feliz, más soberano, más libre. No preguntes qué puede hacer Gran Bretaña por el mundo, pregunta qué puede hacer el mundo por Gran Bretaña.

Qué diferencia con el debate desarrollado en los primeros años setenta, cuando el Reino Unido decidió entrar en la Comunidad Europea. Por supuesto, los principales motivos para hacerlo eran económicos. Sin embargo, cuando leí las actas de los debates parlamentarios de la época, lo que me impresionó fue que los conservadores de entonces defendieron este compromiso continental como una contribución a la seguridad de Occidente contra la URSS. En aquellos tiempos, los conservadores eran los que solían tener una visión más amplia, mientras que los laboristas tendían a ser más euroescépticos y aislacionistas; hoy ocurre todo lo contrario. El partido de Churchill, o al menos su mitad euroescéptica, ha abandonado a ese Occidente que Churchill ayudó a construir más que nadie.

Obama fue de una comida con los miembros de la Casa de Hannover (hoy Windsor) a una feria industrial en Hannover, Alemania, a probarse unas gafas de realidad virtual con Angela Merkel y defender la necesidad del TTIP. Sin embargo, su intento de reforzar a Occidente volvió a toparse con la oposición y el escepticismo generales. En una extraordinaria columna para la revista Der Spiegel, Jakob Augstein calificó a Obama como el último presidente de Occidente. “La palabra Occidente, antes, significaba algo”, escribía. “Definía los valores y los objetivos de un mundo mejor”. Ya no. Hoy, los europeos “pensamos en Estados Unidos, cada vez más, de la misma forma que en Rusia, China e India”. Lo harás tú, Jakob. Pero es indudable que expresa un sentimiento muy extendido en Alemania, que vive una lejanía política, cultural y emocional cada vez mayor de EE UU.

Mientras tanto, en su propia casa, casi todos los aspirantes a suceder a Obama se oponen al TTIP. Incluso Hillary Clinton, la única que no lo hace y, por suerte, la que tiene más probabilidades de llegar a la presidencia, ha manifestado reservas, por motivos descaradamente tácticos, dadas las tendencias proteccionistas de grandes sectores del electorado y las bases demócratas.

El TTIP no es lo único que critica Donald Trump. También dice que la OTAN está “obsoleta”. El hecho de que Putin se apoderase de Crimea por la fuerza podría hacer pensar que la Alianza sigue siendo importante, pero no. Vlad y Donald se llevarían de maravilla: “Putin siempre me ha parecido muy bien, creo que es un líder fuerte, poderoso, que representa a su país”. En el discurso que pronunció hace una semana sobre política exterior, trató de dar una imagen más de estadista. Pero siguió hablando de llegar a un “acuerdo” con Putin. En cuanto a la OTAN, “los países a los que defendemos deben pagar el coste de esa defensa, y, si no lo hacen, EE UU debe estar dispuesto a dejar que se defiendan solos”; qué más da la garantía dada a Polonia y los Estados bálticos en virtud del Artículo 5 del Tratado. Aseguró que quiere “revitalizar los valores occidentales”, pero inmediatamente los diferenció de los valores universales; la Ilustración, olvidada. Con amigos como Trump, ¿quién necesita enemigos?

Este debilitamiento occidental tiene una explicación histórica clara. Como comunidad cultural, Occidente existe desde hace siglos, pero, como agente geopolítico real, se fraguó en la lucha contra un enemigo común, la Alemania nazi, y se fortaleció después frente a otro, la URSS. Sin embargo, la guerra fría terminó y la Unión Soviética desapareció. Cuando Europa y EE UU se vinieron abajo por la guerra de Irak, un exministro de Exteriores británico me susurró: “Ojalá volviera Brezhnev”. Hablé de esta brecha transatlántica en 2004, en un libro titulado Mundo libre. En él, después de analizar las razones de la desintegración de Occidente, afirmaba que los grandes retos mundiales, desde el ascenso de China hasta el cambio climático, pasando por los traumas de Oriente Próximo, no podían abordarse sin una estrecha cooperación entre Estados Unidos y la UE, los dos mayores grupos de ciudadanos ricos y libres del mundo, y que esa asociación tenía que ser la semilla de otra más amplia, que englobase a todos los que comparten ciertos valores e intereses —India, Brasil, Sudáfrica—: lo que denominé post-Occidente.

Creo que mi análisis sigue valiendo. Incluso con los planes aprobados recientemente en París, es probable que el calentamiento global sobrepase el objetivo de los 2º. China, bajo el gobierno neomaoísta del presidente Xi Jinping, no está asumiendo un liderazgo mundial amable. Nos enfrentamos a una Rusia revanchista y reaccionaria, que comparte un mismo objetivo con Nigel Farage y Marine le Pen: romper la UE. Qué momento tan oportuno para renunciar a Occidente.

Occidente, empezando por Europa y Norteamérica, tiene muchos pecados de los que arrepentirse. Es una noción poco atractiva para muchos miembros de la izquierda europea. Pero la visión de Occidente que defiende Obama es internacionalista y liberal, mucho más atenta que antes a las necesidades del Sur. La alternativa no es una idea más progresista, sino una horrenda amalgama de Putin, Trump y Le Pen: Putrumpen. Entre el Obama internacionalista y el Putrumpen nacionalista, ¿a quién preferirían? Yo no tengo ninguna duda”.

 

Miguel PASQUAU, “Una democracia resignada” a CTXT (2-05-16)

http://ctxt.es/es/20160427/Firmas/5721/democracia-Constitucion-reforma-mercados-resignacion-Tribunas-y-Debates-.htm

“No sé si en 1978 España habría podido darse una Constitución distinta, pero sí estoy seguro de que la que se aprobó es mucho mejor que lo que después se hizo de ella como consecuencia de un bipartidismo de intereses endogámicos que en algún momento comenzó a competir “a la baja” con más interés en controlar la democracia que en desplegarla. Con cuánto agrado leí Democracia de papel, un ensayo de Bonifacio de la Cuadra en el que defiende esa tesis con el valor añadido de quien fue testigo directo de los necesarios equilibrios que se forjaron y del deterioro que se produjo a partir, más o menos, de la segunda legislatura de Felipe González.

Pese a haber quedado empequeñecida y reducida a un mínimo “confortable” en el ejercicio de un poder concebido como gestión resignada del Estado sin grandes objetivos de transformación social, sigo sosteniendo una convicción: en 1978 España se puso de puntillas y constitucionalizó la mejor versión posible “de sí misma” en aquel momento, aunque (o quizás “porque”) no llegó a ser la Constitución que colmase las aspiraciones de unos y de otros. Y añadiría algo más que puede resultar desazonador: nada nos asegura  que la Constitución que pudiera resultar de la España de 2016 fuese de mejor calidad democrática que la de 1978, porque la sociedad civil ha perdido resistencia y, acosada por la incertidumbre, tiene más miedo a perder que ansia de ganar. En todo caso, si se está dispuesto a abrir un proceso de amplia reforma constitucional, sería interesante afinar en el diagnóstico sobre las causas de las disfunciones que quieran corregirse.

Lo que nunca deberíamos olvidar

No deberíamos olvidar algo que ya resulta definitivamente lejano para dos terceras partes de españoles: la Constitución de 1978 sirvió, sobre todo, para pasar de una autocracia a una democracia homologable con su entorno europeo. Ya sé que no basta con dotarse de una Constitución democrática para asegurar el funcionamiento democrático del Estado, ya sé que aquella Constitución no fue suficiente para cegar algunas inercias del régimen anterior, pero no seré yo quien enarbole pancartas queriendo sustituir una democracia “formal” por una democracia “real”. Por dos razones: primero, porque sin democracia formal, es decir, los procedimientos democráticos, el principio de legalidad y la sumisión de todos los poderes a la Constitución, no puede haber democracia real, sino voluntarismo político; y segundo, porque la democracia real no puede asegurarse con textos constitucionales, sino con políticas. El sufragio universal, el pluralismo competencial entre partidos, el blindaje jurídico de los derechos fundamentales, la conversión de los súbditos en ciudadanos, todo esto es el suelo que se alcanzó en 1978 y debería ser un punto de no retorno. Ni un paso atrás en este camino: pocos afanes reformistas, por ello, serían más importantes que fortalecer la cultura de la democracia constitucional en un país proclive cíclicamente a atajos, a liderazgos excesivos, al predominio de lo (pretendidamente) justo frente a lo legal y al sedicente predominio de lo identitario y lo nacional (es decir, la definición del “nosotros”) frente al concepto liberal de ciudadanía. Ese objetivo puede perseguirse, si hay voluntad política y nobleza democrática, con la Constitución vigente. Reformarla será oportuno o no según la dirección que se tome y la base de consenso sobre la que se asiente.

La letra escrita en la Constitución de 1978 no fue el resultado de la ocurrencia de unas élites políticas para que todo siguiera igual, sino la homologación de España con una tradición europea que, entre conflictos, guerras y revoluciones, supo ir decantando las mejores ideas del pensamiento filosófico y político, distinguiendo las voces de los ecos de bisutería. Soy de los que piensan que debemos seguir celebrando más el 6 de diciembre que el 12 de octubre, más la Constitución que la nación y que el pueblo, porque nunca las naciones y pueblos de España han sido mejores que lo que aquella Constitución dice de nosotros.

La entropía democrática y sus causas

El caso es que, es verdad, algo se torció demasiado pronto. La inercia de un despegue económico escondió graves e insidiosos procesos de entropía democrática que se fueron fraguando poco a poco, en una lenta claudicación (en la política económica, en la calidad del debate público, en la permeabilidad del sistema a nuevas reivindicaciones, en la ejemplaridad del ejercicio del poder), y que han aflorado con cierta virulencia cuando la crisis financiera e inmobiliaria rompió la ilusión de una prosperidad permeable de arriba abajo y por tanto beneficiosa no sólo para las élites, sino también para las clases populares, que es la esencia del pacto social.

Cuando los derechos sociales se han topado con el límite de su financiación; cuando los derechos laborales han tenido que convertirse en la principal variable de ajuste de la competitividad; cuando el orden y la ley no han sido tanto la armadura del pacto social como, otra vez, el muro protector de los incluidos frente a los excluidos; cuando la Constitución lejos de integrar la diversidad se esgrime para justificar el inmovilismo en un escenario que quizás ya no es la media resultante de las tensiones entre unos y otros; cuando los partidos políticos se convierten en sedes, aparatos, áreas de influencia en el entorno del poder y puestos de trabajo; y cuando la clase política se ha funcionarizado, se ha corrompido más allá de lo soportable y se ha envuelto en sí misma con puertas giratorias y obsequiosas más hacia los grupos empresariales y los grandes medios que hacia la ciudadanía, empezamos a tener la impresión de que la democracia ha sido colonizada y convertida en un aspecto casi marginal del ejercicio del poder. Es normal, entonces, atribuir el deterioro a una suerte de pecado original, un defecto de origen, una culpa inicial que tarde o temprano acaba manifestándose, de manera que el deterioro de nuestra democracia estaría escrito de antemano en una Constitución que se habría quedado a medias: la monarquía y no la república, la descentralización y no la autodeterminación, los derechos sociales como principios inspiradores pero sin garantía judicial, la aconfesionalidad y no la laicidad, etc.

Si esa explicación resulta confortable para quienes en el 78 defendieron posiciones más audaces, tienen derecho a esgrimirla. A mí, sin embargo, me parece un relato demasiado atrapado en la memoria de lo antiguo, y por tanto distorsionador. La crisis de nuestra democracia no se debe, en mi opinión (y sé que en contra militan poderosos intelectuales), a asuntos mal cerrados” en la Transición, sino a procesos sobrevenidos que no son españoles” ni nada tienen que ver con el 78, sino europeos, o más bien mundiales. Se trata de la gran desigualdad” que está vaciando poco a poco, derecho a derecho, conquista a conquista, el concepto de ciudadanía. Me refiero a la “gran desigualdad” que se va conformando urbi et orbi como efecto de una globalización económica deliberadamente basada en la desregulación de los grandes mercados liberados de los límites políticos (y por tanto de los objetivos democráticamente perseguidos). Me refiero a una desigualdad como efecto subsidiario de un modo de crecimiento que necesita estructuralmente la pobreza de un tercio de la sociedad. Si no somos capaces de comprender esto, si nos aferramos al recuerdo de las batallas ideológicas del 78, podríamos incurrir en un mero reformismo constitucional estético.

Democracia y capitalismo: una pugna desigual

Tantas veces se ha dicho que parece un tópico de salón, pero no me parece posible una reflexión sobre el vigor de nuestra democracia sin reparar en que las fronteras estatales se han abierto con prisa para el tráfico del dinero, de los productos y de los servicios (habilitando territorios de conquista para el capital), pero han permanecido cerradas para lo constitucional, para los derechos y la democracia. Y así, una vez que el ámbito territorial de la ley y los derechos no se corresponde con el ámbito geográfico del gran mercado en el que opera el capital, no pueden sobrevivir las conquistas de un Estado social: los paraísos sociales se desbaratan si el capital encuentra paraísos fiscales o trabajadores que son baratos porque no tienen derechos. Con la extraordinaria acumulación de un capital deslocalizado, huidizo y capaz de eludir controles efectivos, con territorios exentos de pactos sociales homologables a los de la Europa de la segunda mitad del siglo XX y con el burladero de los paraísos fiscales, las democracias nacionales apenas pueden ir más allá de gestionar las consecuencias, sin poder real sobre las causas. Una muestra privilegiada de este proceso fue la reforma del artículo 135 de la Constitución, que, sin perjuicio de lo saludable del principio de estabilidad presupuestaria, nos rindió a la evidencia de que el contexto puede más que el texto constitucional.

A ello debe añadirse la ideología que cuidadosamente ha ido convirtiéndose en hegemónica gracias a la colonización de los medios de comunicación. Esa ideología consiste, en síntesis, en que la injusticia que se causa o que se sufre es “inevitable”. El “bienestar” o, mucho mejor, la universalización de la dignidad humana, ha dejado de ser una aspiración democrática para convertirse, cada vez más, en un asunto privado. Es la ideología de la seguridad y la insolidaridad, la del “sálvese quien pueda”. Es el vértigo de las clases medias, que por primera vez en varias generaciones ha dejado de sentirse a salvo de la pobreza, y en vez de mirar arriba se obsesionan con el precipicio. Y es un indecente uso de los medios de comunicación que invisibiliza el sufrimiento (salvo el que se exhibe impúdicamente en las catástrofes) al tiempo que sobredimensiona la amenaza: la amenaza terrorista, la del desorden, la de la inmigración. De ese modo, finalmente, el nosotros” constitucional se empequeñece, porque el universo moral (aquello que puede conmovernos y nos puede disponer a renuncias) se va haciendo cada vez más mezquino.

La gran política

Podemos, naturalmente, discutir sobre monarquía y república, sobre nacionalidades y regiones, sobre la eficiencia del Senado o sobre el modo de designación del órgano de gobierno de los jueces. No quiero decir que no haya desajustes en estos aspectos: creo que el reconocimiento de la plurinacionalidad de España, que la república (entendida no –sólo– como la antítesis de la monarquía dinástica, sino como la total desamortización del poder), el reforzamiento institucional de una judicatura independiente y garantista,  la transparencia y las fórmulas de control efectivo de la corrupción, o la reforma de las bases del sistema electoral podrían mejorar el funcionamiento de nuestra democracia y no estaría mal que las nuevas generaciones provocaran nuevos y distintos consensos constitucionales a los que tienen derecho. Pero las causas de lo que nos está haciendo tanto daño no están ahí, como no están tampoco en la alternancia de políticas económicas de lo que llamamos derecha e izquierda, siempre que sean decentes. Están en el desarme de una democracia cautiva y resignada, sin energía ni instrumentos para intervenir en causas y procesos que se perciben como si fueran fenómenos meteorológicos: paraguas si llueve, ventilador si hace calor. Nada de eso se resuelve con un mero reformismo constitucional, porque lo que ha entrado en crisis en estas décadas de crisis no es la Constitución: es el Estado.

Sólo la gran política podría ser capaz de enfrentarse a la gran desigualdad. Pero esa gran política trasciende de los marcos de espacio y de tiempo en los que las democracias nacionales están instaladas. Si las fuerzas políticas de cada país no se hacen conscientes de ello y no se deciden a saltar fuera de esos marcos de manera decidida y organizada, la democracia servirá apenas para lo doméstico. La conservación del planeta, la universalización de la dignidad humana y la prosperidad de los (pen)últimos seguirán siempre siendo cosa del futuro remoto, un débil deseo moral sin urgencias,  y un asunto de beneficencia. O de la ONU”.

 

Pablo SIMÓN, “Negociaciones en la primera fase: Desconcierto y líneas rojas” a  Politikon (4-05-16)

http://politikon.es/2016/05/04/negociaciones-en-la-primera-fase-desconcierto-y-lineas-rojas/

A raíz de la repetición de las elecciones estamos escuchando dos tipos de mensajes prevalentes en los medios de comunicación. El primero es el catastrofista, el que dice que estamos ante un fracaso sin paliativo de nuestra clase política que se ha mostrado incapaz de llegar a acuerdos. El segundo es el de aquellos que dicen que desde el 20 de diciembre se sabía que íbamos a tener nuevas elecciones, que todo ha sido un teatro vacuo entre los líderes políticos. A mi juicio, si uno viene a dar alas de la anti-política el otro hace juicios de presentismo. Probablemente la mejor manera de poner ambas ideas en su sitio es intentar hacer memoria de cuatro meses que han parecido una eternidad. Una revisión que puede darnos pistas muy interesantes sobre el escenario que se puede abrir a partir del 26J.

0.Las dificultades objetivas para la formación de gobierno

La magnitud de un fracaso viene pareja al tamaño del reto y lo cierto es que, por diversas razones, jamás había sido tan complicado el formar gobierno en España por razones objetivas. Estos factores pueden agruparse en dos bloques principales.

De un lado están los elementos de carácter institucional en tres aspectos concretos. El primero es que España es un sistema de parlamentarismo positivo, es decir, que requiere un voto expreso de investidura al candidato a presidente del gobierno. Esta regla – aquí se desarrollan de manera maravillosa – es diferente de la que se da en otros países en los cuales la legislatura arranca aunque el gobierno puede caer fácilmente a los pocos meses. El segundo aspecto conecta con que la moción de censura en España sea constructiva en España – más en esta tesis – lo que genera que sea muy difícil tumbar a un gobierno aunque sea sistemáticamente derrotado en el Congreso siempre que no convoque elecciones. Finalmente, el Congreso de los Diputados es una institución débil, con comisiones poco financiadas y profesionalizadas, con pocas instituciones formales e informales que permitan fiscalizar los acuerdos a diferencia de países de centro y norte de Europa. La unión de estos tres elementos hace que los acuerdos sean en inicio complicados.

Sin embargo, dado que las instituciones y reglas han sido constantes desde 1978, es evidente que interactúan con una coyuntura de gran cambio político en diferentes frentes. El primero y evidente es la fragmentación electoral, que llega hasta un número de partidos superior a cualquier otro momento de nuestra historia reciente. Estamos hablando de que el PP hasta hoy ha tenido la mayoría más minoritaria de la historia, con 123 escaños. Es más, si uno mira al número efectivo de partidos hoy tenemos más que en las elecciones fundacionales de 1977 (5.1 del 20D frente a 4.5 de entonces).

A este hecho se suma que la fragmentación no ha sido un proceso gradual, sino que se ha debido a una súbita volatilidad electoral. Muchos votos han cambiado de manos en poco tiempo – casi el 34% de los votos a partidos sin representación parlamentaria. Por lo tanto, estamos en un contexto muy fluido. Es más, en esa tesitura ni el bloque PP-Cs (161) ni el PSOE-Ps-IU (163) se acercaron lo suficiente a la mayoría absoluta. Además todo sazonado por un actor relevante, Podemos, que tiene una plataforma anti-establishment polarizando cualquier dinámica de negociación  mientras que ERC y DiL (antes CiU), tradicionales actores que apuntalaban la gobernabilidad en el Congreso, tienen un mandato de ruptura con el Estado.

Elementos institucionales y específicos del 20D se han combinado generando una dinámica evidente: TODOS los actores han sido muy estratégicos, mirando tanto a la formación de gobierno como a la potencial reacción de sus votantes, dificultando cualquier negociación. Por lo tanto, no hay duda de que formar gobierno era una tarea compleja.

¿Qué puede implicar esto para el post-26J? Aunque lo institucional permanece inalterado, algunas cuestiones se pueden mover. De un lado, puede ser que alguno de los bloques se acerque a la absoluta, reduciendo el número de actores con poder de veto. Por el otro lado, dado que la volatilidad será menor, todos los partidos asumen que las cartas quedarían repartidas sin poder haber tercera elección. El sistema se mostraría como menos fluido y podría ser más sencillo formar gobierno en la siguiente ronda incluso con resultados no muy diferentes respecto al 20D.

Pero sabiendo de esas dificultades objetivas, empecemos a desgranar la primera fase de las negociaciones.

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1.Líneas rojas y el PSOE en su laberinto

La misma noche electoral si producen dos hechos significativos que tendrán implicaciones para todo el proceso de negociación. El primero es que Podemos se manifiesta encantado (sic) ante la posibilidad de que se repitan elecciones – o si se prefiere, que le ha faltado una semana de campaña y un debate. Ello le lleva a marcar la misma noche electoral cinco líneas rojas entre las que se encuentra la realización de un referéndum en Cataluña, la reforma del sistema electoral o recoger en la constitución los derechos sociales. Puede interpretarse que esta declaración de Podemos plantea empezar negociando duro, busca deshilachar internamente al PSOE (aún más), es una genuina señal de las preferencias (o todas ellas), pero lo que es evidente es que el referéndum sobrevolará todo el proceso. Una preferencia que es mucho más intensa en el Podemos en confluencia que en el resto de votantes de este partido.

Es importante recordar algo: el partido magmático que es Podemos tiene diferentes sensibilidades territoriales que no siempre están alineadas. Las confluencias se integran a cambio de tener grupo propio, Compromís gobierna con el PSPV en la Comunitat, En Marea piensa en las próximas elecciones gallegas, En Comú Podem tiene un contexto de ruptura independentista frente a sí (de modo que el derecho a decidir es central)… y ahora se puede sumar también Izquierda Unida. La alianza electoral entre estas sensibilidades es rentable electoralmente, de ahí que casi seguro se reedite, pero dista de ser un espacio asentado. Ni siquiera para negociar todas las líneas son igual de rojas para todos. Esto hace inevitable que tan pronto termine el largo ciclo electoral en el que estamos inmersos deban buscar una fórmula estable para institucionalizarse. No está claro que lo consigan sin cuitas internas.

Por su parte el PSOE con los resultados del 20D se ha convertido en el king-maker, un papel de centralidad que es su bendición y su condena. Puede bien facilitar un gobierno de gran coalición, un gobierno en minoría de PP-CS con su abstención o intentar formar gobierno. Sin embargo, lo más importante que ocurre es cómo la propia noche electoral Pedro Sánchez se adelanta (o provoca) al movimiento interno que intentará descabalgarle del PSOE los días siguientes sacando pecho por su resultado electoral. Esto generó importantes críticas de sus barones territoriales que lleva a que el Comité Federal de este partido que el mismo día 28 de diciembre, en la resolución de “Los Santos Inocentes”, establezca las líneas rojas de los pactos; ni con PP, ni con los independentistas ni con Podemos si insiste en el referéndum. No es novedoso decir que Pedro Sánchez tiene a la mayoría de los dirigentes territoriales en contra.

Dada esta división interna dentro del PSOE durante los meses siguientes se verá como hecho distintivo que Pedro Sánchez trence su calendario orgánico interno con el de la formación de gobierno de modo que, en caso de fracasar, pueda repetir como candidato el 26J. En ese sentido, sus jugadas parecen haber sido exitosas mientras ponía sordina a los críticos para llegar a la siguiente meta volante. Entre las múltiples estrategias de la dirección socialista estará que Pedro Sánchez acabe por recurrir a las bases del partido para validar cualquier acuerdo (como después certificará en el tenso Comité Federal del 30 de enero). Se trata de un recurso de manual para hacer bypass a los críticos del aparato.

En suma; la división del PSOE y la heterogeneidad en Podemos hace que el número de puntos de veto para cualquier coalición por la izquierda sea muchísimo mayor que el de la derecha. Nada apunta a que esto vaya a cambiar con las nuevas elecciones. Sin embargo, no es descabellado pensar que los socialistas volverán a un enfrentamiento abierto la misma noche del 26J, algo que ocurrirá casi al margen de los resultados que obtengan. Esto sus rivales lo saben.

2.Los grupos y las confluencias

Mientras que la mayoría de los medios de comunicación iban hablando de bebés en el hemiciclo, de largos juramentos y de diputados con rastas, cosas que por su novedad dejaron pintorescas imágenes, entre los días 13 y 14 se armó un acuerdo fundamental para el reparto de la mesa y la presidencia del Congreso. Dos eran las cuestiones fundamentales. La primera es el control de la presidencia del Congreso y el color político del mismo; algo clave porque es quien controla el calendario de la investidura. La segunda es la futura conformación de los grupos parlamentarios, que tiene relevancia por sus implicaciones en el funcionamiento de la cámara y, sobre todo, porque Podemos se ha comprometido a que sus coaliciones territoriales tendrán uno propio. Este último llega a ligar el destino de las negociaciones para formar gobierno a tener los cuatro grupos – aunque luego lo matiza más.

Las negociaciones culminan con la presidencia de Patxi Lopez, con mayoría de PP y Cs en la mesa – excluyendo a los nacionalistas de la misma – y con Podemos terminando en un solo grupo confederal fuera del gallinero – y eso que se exploraron algunas fórmulas de última hora incorporando a Izquierda Unida. Ciudadanos aprovecha para salir del K.O. de su pésima campaña electoral y apostar por su futuro leit-motiv, el pacto a tres. Sin embargo, lo más importante en ese momento es cómo el 19 de enero cuatro diputados de Compromís deciden salirse del grupo de Podemos para marcharse al mixto. Esto lo hace en virtud del pacto inicial de coalición por el cual si no era posible obtener un grupo propio deberían buscar voz propia. No haberlo hecho podría haber puesto en riesgo a ese mismo partido que, al fin y al cabo, es la coalición del Bloc, Iniciativa y Verds-Equo.

Cara a la nueva convocatoria electoral aún tenemos que saber si la fórmula de coalición de Podemos va a cambiar. Ya se sabe que con la forma del 20D conseguir los cuatro grupos es tarea imposible – fiarlo todo a la voluntad política es hacerse trampas al solitario. De recurrirse a las coaliciones pre-electorales en las que cada partido tenga su propia entidad jurídica Podemos debería hacer una retirada estratégica (no competir) en determinados territorios o bien darle entidad jurídica independiente a Podem e ir coaligados. Esto podría hacer que incluso siendo segundo en votos terminase como el tercer o cuarto grupo de la cámara. Además, obligaría a establecer mecanismos de coordinación horizontal entre ellos que seguirían haciendo complicada su gestión. De nuevo, la pluralidad de este espacio emerge.

Por último, si el próximo gobierno es débil – cosa que todavía no sabemos – es importante saber la composición de la mesa y de la presidencia del Congreso. Si nos vamos a un entorno más fragmentado es hora de prestar atención a estas cuestiones.

3.Juegos reales y vicepresidencias plenipotenciarias

El día 18 de enero se iniciaron las consultas del rey Felipe VI con los diferentes grupos políticos (de menor a mayor) hasta el viernes 22 de enero. Durante ese periodo se produjo la típica desinformación que asimilaba al Rey a un presidente de la República, como si el monarca pudiera dar la presidencia a quien considerase – aquí para despejar esas cuestiones. Sin embargo, durante este momento y hasta el golpe de efecto del 22 de enero se producen dos hitos que tienen implicaciones para las próximas elecciones.

El primero es el juego del gallina invertido de PP y PSOE para que el otro actor tome la iniciativa y pase primero a la investidura. Para eso los socialistas declaran que hay que respetar a la fuerza más votada, “los tiempo de la democracia”, y declinan moverse hasta que Mariano Rajoy no fracase en la investidura – y mientras intentan pacificar su partido. Si el PSOE hubiera tenido atados los números habría recibido mandato pero renuncia a la iniciativa. La jugada del candidato popular es cambiar de opinión en 48 horas y declarar que no piensa ir a una investidura que sabe seguro que va a perder, redescubriendo el parlamentarismo súbitamente y dejando al Rey con el papelón de hacer otra ronda (innecesaria) de audiencias. Este movimiento coge con el pie cambiado a la dirección socialista, enfadada, que confiaban en que fuera Rajoy quien activase el cronómetro de la disolución automática. Hasta tal punto están desconcertados que le piden a Rajoy que vaya a la investidura o que dimita.

El segundo giro inesperado de la trama es el mismo día 22 de enero, horas antes de que Rajoy declinara ir a la investidura, a la salida de la audiencia del Rey con Pablo Iglesias.  En rueda de prensa el candidato de Podemos le forma el gobierno a Sánchez apropiándose de la vicepresidencia y varias carteras ministeriales (Economía, Educación, Sanidad, Servicios Sociales, Defensa, Interior y la nueva de Plurinacionalidad). De paso, Alberto Garzón también pasa a tener su propio ministerio – todo con unas maneras de negociar que se pueden calificar de todo menos serias. Sin embargo, si excluimos el tema de las formas, lo interesante es que esta propuesta cambia las coordenadas del debate. Por fin está sobre la mesa la necesidad de no hablar sólo de políticas sino también de la forma del gobierno y las carteras de sus integrantes. El falso debate de políticas vs cargos deja paso a un elemento crucial que también saldrá varias veces en la negociación – incluso a Cs se le escapa en un momento dado: no es importante sólo el qué sino el con quién.

Por lo tanto, importante no olvidar cara a las nuevas negociaciones que ya se han roto dos tabúes. Por un lado, que como buen sistema parlamentario lo importante es quien suma escaños, no quien es la primera fuerza. El PSOE va a marcar un hito por esta vía. Por el otro lado, que el 27 J se volverá a hablar de si es preferible un gobierno en minoría o en coalición (sea minoritaria, sea sobredimensionada), convirtiendo en normal en España lo que es en el resto de países de nuestro entorno. Ya no es pecado sino condición necesaria que los nuevos partidos entren en el gobierno.

Algo de lo que se hablará mucho en la fase siguiente de las negociaciones; la fase del formateur”.

 

J.Ignacio CONDE RUIZ, “La desigualdad de renta durante la crisis” a eldiario.es (30-04-16)

http://www.eldiario.es/zonacritica/desigualdad-renta-Crisis_6_510308998.html

“En tiempos de crisis el aumento en la desigualdad se posiciona en el corazón del debate público. En muchos casos, cuando la economía crece, pese a que el nivel de desigualdad aumente, la renta media de prácticamente todos los individuos también lo hace; percibiéndose frecuentemente el aumento de las diferencias en renta como una consecuencia del propio proceso de crecimiento. Adopta así el incremento de la desigualdad tintes casi meritocráticos, apelando a diferencias de esfuerzo, educación o motivación como importantes fuentes de dicho fenómeno. Por el contrario, en épocas de crisis económica, el aumento de la desigualad de la renta suele disparar la alarma social y asociarse a una asignación injusta de los recursos.

En este artículo vamos a hablar, dato en mano, de las tendencias de la desigualdad en España desde la crisis. No vamos a entrar en el interesante debate de las distintas formas de medición de la desigualdad o su verosimilitud para casos individuales, nos centramos en los indicadores y las fuentes más consultadas y, para poner la cifra española en perspectiva, nos comparamos con varios países vecinos.

En primer lugar, es difícil negar que España es uno de los países mas desiguales de Europa. Habitualmente se suelen utilizar dos indicadores para medir la desigualdad: el coeficiente de Gini y la ratio entre el 20% que mas renta tiene sobre el 20% que menos renta tiene. Como se puede ver en el siguiente gráfico ambos sitúan a España a la cabeza dentro de la UE-15.

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Índice de Gini sobre desigualdad.

En dichos gráficos podemos también ver que España es de los países donde más ha aumentado la desigualdad durante la crisis. Antes de la crisis el 20% más rico tenía una renta aproximadamente 5,6 veces más elevada que el 20% más pobre; esta cifra había subido a 6,8 en 2014.

Habitualmente tiende a asociarse este incremento de la desigualdad a un aumento de la renta de los más ricos del país. El 1% más rico de España tiene, de acuerdo con la World Income Database, un 8,5% de la renta en España, aproximadamente lo mismo que solía tener durante la década de los 90. El aumento de los precios de la vivienda y la acumulación de ganancias derivadas del capital desde el cambio de milenio hasta 2006 provocó que dicho porcentaje subiera hasta más del 12%, deshinchándose junto con el pinchazo de la burbuja hasta alcanzar la cifra actual. Para las personas dentro del top 10% pero fuera del top 1% la situación es bastante diferente, no se observa un efecto claro del último ciclo de boom-bust sobre su tendencia bajista a largo plazo. En cualquier caso, podemos concluir claramente que el aumento de la desigualdad durante la crisis no se debe a un incremento de la concentración de la renta en el Top 10%, 5% o 1%. El 10% con más ingresos tiene en su conjunto la desorbitante cantidad de más del 31% de los ingresos totales del país. Pero justo antes de la crisis esta cifra superaba el 36%.

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Concentración de la renta en el top 10% en España (1990-2012).

El problema real de la agudización de la desigualdad radica en la situación del 20% con menores ingresos y su fuerte empeoramiento durante la crisis. Los siguientes gráficos muestran la evolución del 10% con menos ingresos (decil 1 en la distribución de la renta) y del siguiente 10% con menos ingresos (aquellos situados entre el 10 y el 20% con menos ingresos, es decir, el decil 2 en la distribución de la renta) en distintos países europeos y en la UE-15 de media. Francia es un ejemplo de un país en el que aquellos con menores ingresos acumulan una proporción de la renta total por encima de la media europea, pese a que con la crisis han visto su situación relativa ligeramente empeorada. Los más pobres en Italia y España comenzaron la crisis en posiciones muy similares: el decil 1 tenía aproximadamente el 2,5% de los ingresos y el decil 2 aproximadamente el 4,6%.

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Proporción de la Renta Total.

La crisis tuvo un efecto importante sobre el decil 1 en ambos casos, si bien es más pronunciado el caso de España (del 2,5% al 1,8% de los ingresos totales). Es en el decil 2 donde encontramos la mayor diferencia entre ambos países, en Italia apenas hubo cambios en la proporción de la renta total que tiene dicho grupo de personas, mientras en España ésta bajaba del 4,6% al 4,1%. El problema del aumento de la desigualdad en nuestro país es la progresiva precarización del 20% más pobre de la población.

Una de las fuentes más claras del empeoramiento de la desigualdad durante la crisis es nuestro disfuncional mercado laboral, especialmente a través del aumento del paro de larga duración (que ya analizamos aquí). En la actualidad tenemos 2,8 millones de personas que llevan más de 1 año en paro, de los cuales más del 70%, unos 2 millones de personas, no reciben ningún tipo de prestación. La situación de este inmenso colectivo es aún más escandalosa si tenemos en cuenta que las políticas activas contra el desempleo (y especialmente el desempleo de larga duración) han sido las grandes ignoradas durante la crisis. ¿Cuánto tendremos que esperar para que haya un paquete de reformas ambiciosas destinadas a ese colectivo olvidado?

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Parados y Tasa de Cobertura.

Por otro lado, el ajuste salarial interno ha sido mucho más intenso entre los trabajadores con menores ingresos. Como se puede ver aquí entre las personas situadas en los últimos 4 deciles de renta no ha habido prácticamente cambios a nivel salarial entre 2011 y 2014. Frente a ello, el 10% más pobre ha reducido su salario medio real en casi un 15%.

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Crecimiento salarial 2011 vs. 2014.

Finalmente, la tercera fuente de desigualdad que nos gustaría destacar es la escasa efectividad del sistema de transferencias de nuestro Estado del Bienestar en la reducción de la desigualdad. Si bien este tema merece un análisis independiente por su complejidad, en una visión superficial usando datos de la Encuesta Europea de Condiciones de Vida observamos que las transferencias del Estado del Bienestar español son de las menos efectivas de Europa a la hora de reducir la desigualdad, lo que resulta extremadamente preocupante.

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Cambio porcentual en el Índice de Gini antes y después de transferencias (2014).

Por último, nos gustaría hacer una reflexión. La visión de la desigualdad suele ser una instantánea en un momento del tiempo y puede no darnos una visión completa del problema. Existe una fuerte correlación entre movilidad social y desigualdad, tal y como pone de manifiesto el siguiente gráfico extraído de un estudio de la OCDE que relaciona la persistencia intergeneracional de salarios con el índice de Gini.

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Persistencia intergeneracional de salarios con el índice de Gini.

La capacidad de un individuo de progresar económicamente con independencia de la posición económica de su entorno más cercano es básica para fomentar la movilidad social. A este respecto, parece obvio, que recortar un 16% el gasto en educación durante la crisis ha sido un paso claro en la dirección equivocada al debilitar financieramente el principal instrumento en pro de la igualdad de oportunidades. Confiemos que la política económica de la próxima legislatura sea mas sensible a estas cuestiones”.