Presentació

A l’hora d’establir el balanç de la presidència de Barack Obama, Marc Bassets assenyala quatre fites rellevants: el fet mateix de la seva elecció,  la reforma sanitària, el desgel de les relacions amb Cuba i el gir en política exterior que ha significat la decisió de no intervenir militarment a Síria, posant final al període d’intervencionisme liberal dels darrers 25 anys.

Per explicar el debat intens i crispat de la societat francesa entorn de la prohibició del burquini, que trenca els clivatges polítics convencionals,  Michel Wieviorka utilitza el concepte de pànic moral: la reacció d’una societat que veu amenaçats els seus valors per un determinat grup de persones, en aquest cas els islamistes rigoristes.

Després de la investidura fallida de Mariano Rajoy persisteix el bloqueig de la situació política espanyola. Els resultats de les dues darreres eleccions i les tendències registrades en les enquestes posteriors confirmen un escenari que requereix d’un acord transversal per fer possible la governabilitat. Roger Senserrich especula sobre les possibilitats d’un pacte tripartit entre el PSOE, Ciudadanos i Unidos Podemos, que veu factible sempre que aquestes forces polítiques abandonin l’actual guerra de posicions guiada per la lògica de defensar la seva identitat per sobre de tot.

En aquesta situació apareix com a endimoniadament complicada la posició del PSOE, com ho demostren les opinions contraposades d’Esteban Hernández i José Luis Álvarez. Per a Hernández el problema de fons de la socialdemocràcia és que no ha estat capaç d’adaptar-se als nous temps i pretén mantenir la vigència d’un projecte del passat. En canvi, per a Álvarez el problema resideix en el seguidisme de l’esquerra populista que -al seu parer- defensa posicions reaccionàries davant la globalització, abandonant així la perspectiva progressista.

 

Marc BASSETS, “Cuando Obama retiró el dedo del gatillo” a El País (4-09-16)

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/09/02/actualidad/1472830375_447818.html

“Si hubiese que elegir una fecha para definir los ocho años de presidencia de Barack Obama, las posibilidades serían múltiples. Podría ser, por su potencia simbólica, el 20 de enero de 2009, el día de su investidura: en el país de la segregación, por fin un negro llegaba a la Casa Blanca. O el 23 de marzo de 2010, cuando firmó la reforma que amplió la cobertura sanitaria a millones de personas sin seguro médico. O el 17 de diciembre de 2014, cuando anunció el inicio del deshielo con Cuba, el fin de la Guerra Fría en América.

Pero quizá la fecha que mejor define no sólo la presidencia de Obama, sino el Zeitgeist, el espíritu de los tiempos, fue el 30 de agosto de 2013. Ese día, el presidente de EE UU dio marcha atrás en la decisión de lanzar una intervención aérea contra la Siria de Bachar El Asad. Llevaba meses repitiendo que el uso de armas químicas por parte de El Asad era la “línea roja” y que cruzarla precipitaría una represalia militar. Y, según la Administración de Obama, el líder sirio la había cruzado. Pero, a última hora, el presidente de EE UU retiró el dedo del gatillo. La amenaza se incumplió. Y aquella decisión —muy meditada, con consecuencias que escapaban al control del comandante en jefe de los Ejércitos estadounidenses— puso fin a una época, 20 años largos, de intervenciones militares contra regímenes hostiles. El enemigo ahora en Oriente Próximo es el Estado Islámico, que también es enemigo de El Asad.

Tres años después de la gran decisión, Siria sigue desangrándose en una guerra civil en la que han muerto 400.000 personas, según las estimaciones. Obama se prepara para abandonar la Casa Blanca. La candidata demócrata Hillary Clinton llega con la reputación de ser más intervencionista que el actual presidente (votó, cuando era senadora, a favor de autorizar la invasión de Irak), pero en líneas generales coinciden. No es fácil racionalizar las propuestas del aspirante Donald Trump, pero la retórica aislacionista de su política exterior apunta a una posición todavía más hostil a las intervenciones extranjeras que la de los demócratas Obama y Clinton. Trump, como Obama, reniega del nation building o construcción de naciones: la estabilización de países extranjeros y la expansión de la democracia y los derechos humanos al resto del mundo.

El intervencionismo humanitario, que fue la bandera de EE UU en la última década del siglo XX y la primera del siglo XXI, vive horas bajas. En los años de Obama ha abundado la literatura sobre el repliegue geoestratégico. Como explica Stephen Sestanovich en su ensayo Maximalist (maximalista), la política exterior de EE UU se ha movido, desde el final de la II Guerra Mundial, entre los presidentes maximalistas, que querían proyectar y afirmar el poder estadounidense en el extranjero, y los minimalistas, o presidentes del repliegue, que abogaban por limitar su huella en el mundo. En The Icarus Syndrome (el síndrome de Ícaro), Peter Beinart describió la historia reciente como un péndulo, o mejor, un movimiento en bandazos, una secuencia repetida de acción y reacción. Toda época de cautela y miedo a involucrarse en el mundo desemboca en otra de confianza excesiva en las propias capacidades que desemboca en la guerra. Escarmentada, la primera potencia mundial regresa a la casilla de salida, a la cautela y el miedo originales. Y así sucesivamente.

Así es como el EE UU que en los años setenta sale humillado de Vietnam se convierte en un país alérgico a las guerras. Incluso Ronald Reagan, recordado hoy como un halcón militarista, evita meter a EE UU en nuevos conflictos. Reagan retira a las tropas de Líbano después del atentado que mató a 241 estadounidenses en 1983, un movimiento clásico de un presidente de repliegue, que cree que verter una gota de sangre por un conflicto lejano en Oriente Próximo no vale la pena. La única guerra terrestre del belicista Reagan fue la invasión de la minúscula isla caribeña de Granada. Cuando abandonó la Casa Blanca, dijo que lo que más lamentaba de su presidencia era haber enviado a aquellos muchachos a Líbano.

El síndrome de Vietnam, el terror a empantanarse en una guerra lejana, pervivía y pervive, pero 15 años después de la retirada de los últimos estadounidenses de Saigón el país había recobrado la confianza. Cuando en 1989 George H. W. Bush ordenó la invasión de Panamá, algunas voces sensatas pronosticaron un nuevo Vietnam. Erraron. La operación fue rápida y nada traumática para EE UU. La guerra del Golfo, otra victoria para Bush, reforzó la confianza. Eran los años del nuevo orden mundial de la incontestada hegemonía estadounidense tras el derrumbe de la Unión Soviética.

En Mission Failure (misión fallida), Michael Mandelbaum explica cómo en aquella década EE UU se encontró de repente como única potencia mundial y con un abanico de posibilidades para actuar muy amplio. Y empezó a intervenir en países donde no estaban en juego sus intereses vitales. Para rescatar a un pueblo en peligro, o para defender los valores de la libertad y la democracia. La tesis de Mandelbaum es que con estas opciones “de elección”, y no “de necesidad”, EE UU ha cosechado pocos éxitos.

La mala conciencia por la inacción en Bosnia o Ruanda impulsó la doctrina de intervención humanitaria y la responsabilidad de proteger, según la cual la soberanía nacional de un Estado no es absoluta: puede vulnerarse si este Estado viola los derechos humanos. El éxito de esta doctrina en Kosovo —y antes, tras años de titubeos, en Bosnia— volvió a mover el péndulo hacia el otro extremo. Ahora a veces se olvida, pero la invasión de Irak no fue una cosa solo del presidente George W. Bush y los neoconservadores. Contaba con un amplio respaldo, incluido el de algunos de los llamados liberal hawks, los halcones liberales. Para muchos halcones liberales, los Balcanes —la experiencia de ver cómo EE UU asistía impasible a un nuevo intento de exterminio en Europa— fueron el despertar de su conciencia política.

Una de estas personas sacudidas por la experiencia en Bosnia fue Samantha Power, una periodista freelance en los Balcances de los noventa que, al regresar, escribió Problema infernal: Estados Unidos en la era del genocidio. El libro, premiado con el Pulitzer, es una historia de la parálisis de   EE UU ante los genocidios del siglo XX. “Me obsesionaba el asesinato de los hombres y niños musulmanes de Srbrenica, mi propio fracaso a la hora de hacer sonar la alarma y el rechazo del mundo exterior a intervenir, incluso cuando el peligro que los hombres corrían era obvio”, escribió Power en el prefacio.

Power no apoyó la guerra de Irak, pero para algunos de sus colegas en el campo progresista, en aquel momento una intervención para deponer al tirano Sadam Husein, y con el noble fin de llevar la democracia a los iraquíes, no parecía tan descabellado. Y EE UU, después del primer triunfo en Irak, del éxito de la operación en Kosovo y de la rápida invasión de Afganistán, se sentía fuerte. Vietnam era un recuerdo lejano. De nuevo, y por citar a Beinart, el síndrome de Ícaro, el héroe griego que quiso volar demasiado cerca del sol y se quemó. El fiasco fue colosal. Como el coste en vidas humanas y dinero. Y de nuevo el péndulo se movió.

Obama ganó en 2008 con la promesa de acabar con las guerras de la década pasada. Era un presidente de repliegue en un país aquejado de la fatiga bélica.

La realidad resultó más compleja. En los últimos ocho años se han reproducido, de forma concentrada, los mismos dilemas que en las décadas anteriores. Obama en Libia en 2011, con el aval del Consejo de Seguridad de la ONU y sin tomar la delantera en las operaciones bélicas (el famoso “liderazgo desde atrás”), pero sin desplegar tropas. Acabó con otro escarmiento geopolítico: la derrota y caída del dictador Muamar el Gadafi no trajo paz y democracia, sino que dejó un Estado fallido en el que se ha hecho un lugar el Estado Islámico, o ISIS.

Cuando, tres años después de la intervención en Libia, en el verano de 2013, Obama se vio ante la tesitura de decidir si intervenir o no en Siria, Power, que era la embajadora de EE UU ante la ONU, una colaboradora estrecha de Obama, pronunció durante aquellos días un discurso en el Centro para el Progreso Americano, el laboratorio de ideas más cercano a la Administración de Obama. “Deberíamos aceptar que hay límites en este mundo que no pueden cruzarse y que hay que preservar, límites al comportamiento asesino, en especial con armas de destrucción masiva”, dijo Power. “Si no podemos ser valientes para actuar cuando las pruebas son claras y cuando la acción contemplada es limitada, nuestra capacidad para liderar el mundo se verá comprometida. La alternativa es dar luz verde a las atrocidades que amenazarán nuestra seguridad, que perseguirán nuestras conciencias; atrocidades que acabarán por obligarnos a usar la fuerza con mayores riesgos y costes para nuestros ciudadanos. Si el último siglo nos enseña algo es esto”.

La causa del intervencionismo humanitario perdió el debate. Porque Obama no es un idealista en política exterior. Se siente más cómodo en la tradición de la realpolitik. En un libro recién publicado, Derek Chollet, que le asesoró en la Casa Blanca, lo compara con el presidente Richard Nixon. Nixon, recuerda Chollet, creía que EE UU “no puede concebir, ni concebirá, todos los planes, ni diseñar todos los programas, ni ejecutar todas las decisiones, ni embarcarse en la defensa de todas las naciones libres del mundo”. El pasado junio, en declaraciones a EL PAÍS, Obama dijo algo similar refiriéndose a las crisis del mundo actual: “Es evidente que ninguna nación —ni siquiera una tan poderosa como Estados Unidos— puede resolver este tipo de problemas transnacionales por sí sola”.

Cuenta el periodista Jeffrey Goldberg, en una amplio perfil de Obama que publicó en abril en la revista The Atlantic, que en alguna discusión interna en la Casa Blanca llegó a decirle a Power: “Samantha, basta ya, he leído tu libro”.

Obama no hizo caso a Power y dio marcha atrás. No habría sido una intervención estrictamente humanitaria, sino para destruir las armas químicas de El Asad. Pero, vista la catástrofe en términos de víctimas civiles y refugiados, que ya entonces había comenzado y que se agravó en los años siguientes, es legítimo plantear si la primera potencia mundial habría podido hacer algo más y si dentro de unos años EE UU deberá reprocharse la inacción como ocurrió en otros episodios del siglo XX”-

 

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Michel WIEVIORKA, “Francia invadida por un pánico moral” a La Vanguardia (5-09-16)

http://www.lavanguardia.com/edicion-impresa/20160905/41111824737/francia-invadida-por-un-panico-moral.html

“Con su debate surrealista sobre el burkini, este traje de baño islámico, Francia ofrece actualmente a los ojos del mundo entero, pasmado, el espectáculo de un verdadero pánico moral.

La expresión “pánico moral” nos llega procedente de un sociólogo estadounidense, Stanley Cohen, que en un estudio consagrado a las bandas y a los rockeros de los años sesenta se interesó de forma especial por el papel de los medios de comunicación, y cito a continuación, en “una situación, un acontecimiento, una persona o un grupo de personas presentadas como una amenaza por lo que se refiere a los valores e intereses de la sociedad (…) de manera simplificada y estereotipada por parte de los mencionados medios” (en Folk Devils and Moral Panics, Londres, Routledge, 2005 [1972], p. 1). Stanley Cohen precisa que el pánico moral implica la intervención de periodistas pero también de líderes religiosos, de políticos y “de otros biempensantes” que erigen barreras morales, o bien asimismo de expertos, o tenidos por tales, que ofrecen diagnósticos, recomendaciones o soluciones.

Recordemos, en primer lugar, de forma somera, el modo en que se ha propagado este verano este pánico moral francés. Nos hemos enterado, en agosto del 2016, de que un parque acuático privado se disponía a acoger un día de septiembre, a iniciativa de una asociación musulmana, a un público de mujeres que deberían vestir un burkini o chilaba (jilbeb), en suma, un traje de baño islámico, y que los chicos asistentes deberían ser menores de diez años. La derecha y la extrema derecha lanzaron la polémica, que tendría una escala nacional vía redes sociales y medios de comunicación clásicos. El alcalde (de izquierda) de Pennes-Mirabeau, el municipio en cuestión, manifestó su intención de prohibir tal jornada y la dirección del parque acuático anunció que renunciaba a su celebración.

El alcalde de Cannes y posteriormente los alcaldes de otros municipios adoptaron bandos municipales de prohibición del burkini debido a posibles riesgos de “perturbaciones del orden público”. Una parte de la izquierda, con el primer ministro a la cabeza, apoyó, al igual que la derecha y la extrema derecha, la decisión adoptada por los citados cargos electos. La Liga de los Derechos Humanos y el Colectivo contra la islamofobia en Francia, por el contrario, interpusieron recursos contra tales bandos, rechazados por la justicia pero a los que el Consejo de Estado, el 26 de agosto, les ha dado la razón.

Mientras tanto, el 13 de agosto, una riña, en Sisco, en Córcega, enfrentó a unos corsos con unos magrebíes en un clima de tensión con el resultado de cinco heridos. Inmediatamente las redes sociales y los medios de comunicación se inflamaron ; se trataba del burkini, casi de un caso de terrorismo y se habría oído por lo visto incluso el grito “ Alahu akbar” (Dios es el más grande).

La crítica de la prenda islámica suscitó ya el pánico moral en Francia, desde 1989, con el primer caso del uso del pañuelo cuando Francia quedó dividida entre posturas a favor y en contra del uso de esta prenda en la escuela. La cuestión descansa sobre tres lógicas de fondo distintas, pero no necesariamente contradictorias : una concepción pura y dura de la laicidad y de los valores republicanos que exige que la religión quede confinada en el espacio privado y querría prohibir los signos religiosos ostensibles en la escuela, pero no sólo en ella; un feminismo que ve en la indumentaria islámica la alienación y la dominación de la mujer y un nacionalismo explícitamente hostil al islam: en este sentido, tales vestidos no serían más que una lucha de esta religión contra la nación francesa.

Estas tres lógicas diseñan un paisaje que con toda probabilidad no puede ser leído a la luz de la oposición derecha-izquierda. Y su eco debe mucho a la forma en que el poder y la oposición dramatizan y rodean de histeria la cuestión. El burkini, a partir de este momento, da la imagen de un fenómeno importante inscrito en una estrategia de enfrentamiento y de conquista político-religiosa, sin que ningún estudio serio diga cuál es el sentido de llevar esta prenda en el caso de las mujeres. Por tanto, ¿por qué tal caldeamiento?

Si ha existido histeria, y aún persiste, en el contexto de la carnicería de Niza y del degüello del sacerdote de Saint-Etienne-du-Rouvray el pasado mes de julio, se debe a que tal reacción incita a interpretar los hechos a riesgo de deformarlos, a dramatizarlos, a amplificarlos situándose en un paisaje ideológico y político dominado en el caso de muchos individuos por el recuerdo cercano del terrorismo, pero también por la obsesión del islam. Más allá de los hechos observables, unas lecturas de los acontecimientos orientadas y movidas por la emotividad más que fundadas en la razón hallan su legitimidad en inquietudes inscritas en las evoluciones en profundidad de las sociedades y avivadas por la actualidad. Si en las redes sociales, en los medios de comunicación, o en una parte de la clase política tales lecturas han podido hallar tal éxito es que resultaba concebible ver en una manifestación o celebración privada (el parque acuático) un acto de guerra yihadista, observar la perspectiva de mujeres cada vez más numerosas en burkini en la playa o imaginar sin embargo de forma equivocada tras una riña más bien banal la expansión territorial del islam conquistador y la resistencia de unos corsos prestos a tomar parte en el asunto. No es minimizar o banalizar el riesgo terrorista decir que la distancia es grande, y tal vez inconmensurable, entre llevar un burkini y el islamismo radical violento. Que en ciertos casos se trate de una provocación: es posible y lamentable. Que en otros casos exista la marca de una alienación de la mujer: es cierto, y esta alienación debe ser combatida; pero la prohibición de la indumentaria islámica no es seguramente la mejor iniciativa o enfoque.

Lo que el pánico moral ha venido a expresar, en fin, es que una parte importante de la población, convencida de la continuidad entre el islam y el islamismo radical, se siente amenazada no sólo por el terrorismo –¿quién no lo va a estar?– sino también por la propia presencia del islam en el territorio nacional. El pánico moral acaba de expresar este sentimiento de amenaza y de apelar a una acción política para –así se considera– combatir el peligro. Es la expresión infrapolítica de una evolución en la que se oponen de forma creciente y más nítida los defensores de una política de seguridad y dureza frente al islam, en general, y los que abogan por un Estado de derecho, el respeto de las leyes y de las libertades, la tolerancia y una concepción abierta de la laicidad. Es una expresión intolerante, paranoica e histérica del endurecimiento y la derechización de la sociedad francesa.

Pero tal sociedad no es la única en avanzar actualmente en este sentido: las derivas de la candidatura de Donald Trump, o bien las cifras récord de la extrema derecha en varias elecciones recientes en Europa, empezando por algunas de carácter presidencial en Europa, indican que existe en este caso un problema global, y no solamente en Europa”.

 

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Roger SENSERRICH, “¿Es posible un tripartito en España?” a Politikon (5-09-16)

http://politikon.es/2016/09/05/tripartito-o-no-wtf-bbq/

“Tras el fracaso de la investidura de Rajoy, los partidos políticos han vuelto al estado en que parecen estar todos más a gusto: la guerra tonta. Las cuatro formaciones de carácter nacional han vuelto cada una a su trinchera, dispuestos a dedicar las próximas semanas a echar la culpa a los otros tres del ridículo colectivo que nos están brindando. No creo en tópicos sobre carácter nacional o cultura política, pero es difícil imaginar algo más español que todo este espectáculo.

Lo más irritante, sin embargo, no es tanto el bloqueo constitucional sino la sensación que casi nadie parece estarse tomando las cosas en serio. Para empezar, el PP cerró la segunda votación con un ejemplo glorioso de cinismo político. Tras pasarse dos semanas prometiendo a Ciudadanos que habían visto la luz y estaban dispuestos a abrazar reformas serias contra la corrupción, el ejecutivo de Rajoy tenía la inmensa jeta de nombrar a un ministro caído en desgracia a un puesto en el Banco Mundial. El día siguiente clamaban que no darle el cargo hubiera sido injusto porque uno es funcionario para toda la vida, incluso después de tener un carro de casos de corrupción a cuestas.

Ciudadanos, tras haber sido tratado como un vasallo de poca monta durante el debate de investidura, han dicho que están hartos, indignados y que vale ya de conductas deshonestas. Acto seguido han pedido al PP educadamente que propongan a otro candidato mejor, al PSOE que apoyaran al partido que lleva toda la semana abofeteándoles, todo ello mientras se negaban a estar en la misma habitación que Pablo Iglesias.

Podemos, mientras tanto, ha decidido que no tiene nada mejor que hacer que exigirle al PSOE una coalición con todo partido bajo el sol fuera del PP y Ciudadanos, por mucho que los socialistas insistan que no están dispuestos a ello. Dado que es poco probable que un número suficiente de nacionalistas voten a favor de una coalición PSOE-Podemos (necesitan al PNV y CDC o ERC, con uno de los catalanes absteniéndose. Si Bildu votara no, por cierto, habría un glorioso empate a 171 en la segunda votación), Pablo Iglesias además se ha permitido el lujo de pedirle a Ciudadanos una abstención a cambio de nada, porque nada dice “negociación” como pedir concesiones sin ninguna contrapartida más allá de contemplar la grandeza de Pablo Iglesias.

Los socialistas, por supuesto, también tienen su dosis de ridículo. Aunque Pedro Sánchez al menos está pidiendo la única coalición ariméticamente viable sin el PP (esto es, un tripartito PSOE-Cs-Podemos), medio partido parece aferrado a la idea que gobernar es malo para la salud. Que el objetivo de un partido político para algunos sea no hacer política es francamente curioso, pero tristemente esta parece ser una corriente ideológica con tradición en el partido.

Con este panorama la pregunta obvia es si hay alguna posibilidad que los partidos se bajen del burro y decidan dejar de lado esta cadena de vetos cruzados de modo que eviten unas terceras elecciones. En condiciones normales la respuesta debería ser sí, pero en el extraño universo del sistema de partidos español, Dios sabe.

Para empezar, ahora mismo sólo hay un partido que parece estar seguro que un adelanto electoral implicaría una mejora de sus resultados: el PP. El mejor predictor del voto en diciembre será casi seguro lo que vimos en las urnas en junio, y la tendencia en esas elecciones fue bastante clara. Dado que los otros tres partidos nacionales se presentan a unos comicios porque no quieren que mande el PP (si quisieran que mandara el PP sin condicionantes, votarían al PP y fuera), es seguramente una decisión racional para ellos tomar acciones que eviten que el PP gane las elecciones con mayor holgura. Eso querría decir no repetir elecciones, algo que, por milagros de la arimética parlamentaria, son capaces de hacer pactando entre ellos.

¿Es un acuerdo entre PSOE, Ciudadanos y Podemos algo remotamente posible? Si escuchamos la retórica de Albert Rivera y Pablo Iglesias, las demandas de ambos partidos son incompatibles. El PSOE debe escoger entre uno u otro, por mucho que hacerlo conlleve coaliciones fantásticamente inviables que los socialistas rechazan (dar el gobierno al PP o un imposible con independentistas). Si alguien en esos dos partidos, sin embargo, se parara a mirar lo que tienen escrito en sus programas electorales, las cosas cambian bastante.

Es cierto que Ciudadanos y Podemos, en muchos temas, tienen propuestas muy distintas. Uno es un partido de centro derecha, el otro es un partido de izquierdas; es algo tan obvio como inevitable. Un país gobernado en mayoría absoluta por Rivera o por Iglesias tendría un presupuesto, leyes y distribución de renta muy diferente. Hay cosas como tamaño del estado de bienestar a largo plazo, forma del estado, configuración del sistema autonómico, diseño del sistema educativo y cientos de otras materias donde las posiciones están encontradas, y el acuerdo es casi imposible.

Las palabras clave en esta última frase, sin embargo, no son ” el acuerdo es casi imposible”, sino “a largo plazo”. Aunque hay muchas cosas donde las visiones a 10-20 años vista son incompatibles, hay una cantidad considerable de temas que ambos partidos consideran urgentes ahora mismo, y así lo reflejan en el contenido de sus programas electorales. Este es el caso, por ejemplo, en cosas como la reforma de la ley electoral, amplios paquetes de medidas para combatir la corrupción (reformar la contratación pública, combatir el capitalismo del BOE, reforzar la justicia y el tribunal de cuentas, regular los lobbies, endurecer penas, despolitizar la administración), reforma del sistema de financiación autonómica, ley de segunda oportunidad, educación infantil universal o incluso en varios puntos de una posible reforma constitucional. La lista de temas y preocupaciones es bastante más extensa de lo que uno se esperaría en vista del debate, y nada impide que Podemos y Ciudadanos firmen un acuerdo sobre estos temas, especialmente cuando el PSOE está de acuerdo en muchos de ellos y no lo está el PP.

Aparte de los temas comunes, es curioso comprobar que las diferencias entre Podemos y Ciudadanos en materias donde dicen estar en desacuerdo son a veces más de grado que de fondo. Hablemos, por ejemplo, sobre impuestos, comparando el acuerdo PSOE-Cs de hace unos meses con el acuerdo de coalición de Unidos Podemos. Garzón e Iglesias señalan de forma acertada que España recauda ocho puntos de PIB menos que la media de la Unión Europea, y se marcan como objetivo aumentar los ingresos fiscales en tres puntos durante la legislatura. El acuerdo entre Rivera y Sánchez señala el mismo dato, y aunque no dan una cifra de recaudación adicional exacta, mirando el gasto pactado y los objetivos del déficit sale un aumento de la recaudación de un par de puntitos de PIB. Hay diferencias en cómo se recauda este dinero (y el acuerdo PSOE-Cs es bastante optimista sobre cuánto dinero sacarían), pero la lista de tributos que se repìte en ambas listas no es corta (subir recaudación en sociedades, impuesto sobre grandes fortunas, eliminar deducciones, impuestos medioambientales). Un acuerdo de mínimos no es imposible.

Estas diferencias de grado se extienden a otras áreas. Aunque UP tiene una visión sobre el mercado laboral distinta a Ciudadanos (e insisto, mucho más conservadora), la realidad es que hay bastantes coincidencias en cosas como la negociación colectiva o incluso en contratos temporales. El acuerdo entre PSOE y Cs incluía un contrato temporal que tras dos años se equiparaba con los indefinidos vía indemnización por despido creciente. En el de coalición de UP el contrato temporal único (¿?) pasa a ser indefinido a los doce meses, aunque no especifican cómo. De nuevo, algo pueden pactar, aquí y en otras áreas.

Lo cierto es que, por mucho que los partidos chillen y se envíen a parir unos a otros, hay un número considerable de temas en los que PSOE, Ciudadanos y Podemos pueden ponerse de acuerdo. Las materias donde realmente coinciden plenamente no dan para un gobierno de coalición de largo recorrido o un pacto de legislatura a largo plazo, pero la lista es lo suficiente extensa y los problemas lo suficiente importantes como para que sea viable un acuerdo de urgencia pensando en una legislatura corta, contando con volver a las urnas en un año o dos. Los tres partidos pueden sentarse, sacar adelante un montón de leyes a las que se opone el PP en 12-18 meses, arreglar un porcentaje nada trivial de problemas institucionales del país en el proceso y dejar las grandes batallas sobre el estado del bienestar para más adelante cuando los presupuestos no nos los redacte Bruselas.

Nadie gana, pero todos pierden menos que con la alternativa. La gente de Podemos tendrá el consuelo que gracias a este acuerdo sólo tendrán que aceptar la en su opinión tímida y débil política social del PSOE y Ciudadanos en vez de la aún peor política social de PP y Ciudadanos. Rivera y los suyos, mientras tanto, deberán resignarse al izquierdismo bobalicón del PSOE (que ya han dicho que les parecía bien hace unos meses) en vez el izquierdismo exaltado de Podemos. El PSOE, mientras tanto, aparte de tener que sufrir el suplicio de tener que gobernar, se ahorrará tanto la humillación de darle el gobierno al PP como el manicomio de tener que gobernar con independentistas.

Parece un escenario incluso gico, realmente, y ese es el problema. Los dirigentes de Podemos temen perder a sus bases si colaboran con el régimen. Los de Ciudadanos temen perder aún más votantes de ley y orden si hacen algo en compañía de radicales con coleta. El PSOE tiene miedo a ser visto en público tomando alguna decisión. La cuestión es que en ausencia de este acuerdo, los tres partidos ya vieron qué sucedió el 26-J. Ahora deben decidir si prefieren continuar con su declive en unos terceros comicios el día de Navidad, y que sea el PP el que mande, o tomar el riesgo de un acuerdo e intentar gobernar y hacer algo medio positivo por el país, no sea que mejoren la vida de algún votante*.

Lo que hemos visto hasta ahora es que Albert Rivera, Pablo Iglesias y un amplio sector del PSOE son aversos al riesgo, y prefieren seguir jugando como nunca y perdiendo como siempre antes que ser objeto de crítica. Si no quieren jugársela y dejar que mande el PP, allá ellos.

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Dos notas finales sobre elecciones en Euskadi y Galicia, y sobre un posible paso atrás de Rajoy. Sobre las autonómicas, el resultado no cambia la ecuación demasiado. El PNV casi seguro podrá escoger entre PP y alguien de izquierdas en el País Vasco. En Galicia, un gran resultado del PP hace que los otros tres partidos teman aún más un adelanto electoral, mientras que un mal resultado hace menos atractivo un acuerdo con Rajoy. La arimética en Madrid, y la tendencia para navidades, no cambia.

Si Rajoy renunciara como candidato, el cálculo para Ciudadanos y PSOE  sí sería distinto. La cuestión es que Rajoy no parece tener la más mínima intención de irse precisamente porque cree que el adelanto electoral le favorece, y porque cree, no sin cierta razón, que los otros tres partidos son demasiado paranoicos para ponerse de acuerdo entre ellos.

Lo dicho, aversión al riesgo. Hoy y siempre, el mayor aliado de Rajoy, sea propia o ajena”.

*Cuenta la leyenda que a los votantes les gustan los políticos que solucionan problemas y hacen que las cosas vayan mejor. Es eso, una leyenda.

 

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Esteban HERNÁNDEZ, “Yo entiendo a Pedro, y más sabiendo lo que va a pasar” a El Confidencial (2-09-16)

http://blogs.elconfidencial.com/espana/postpolitica/2016-09-02/investidura-encrucijada-psoe-tactica-sanchez_1254002/

“Lo que ocurrirá, como todos sabemos, es que va a gobernar el PP. Las especulaciones de estos días tienen que ver con cuándo y cómo lo conseguirá, no con el resultado final. Quién dará su brazo a torcer, quiénes brindarán los apoyos, si será después de unas (improbables) terceras elecciones, etc. Pero el fin del camino está marcado por razones obvias que Rajoy ha repetido insistentemente en estas fechas.

Yo entiendo la triple negativa de Pedro (no a las terceras elecciones, no a una alianza con Podemos, no a investir a Rajoy) en el sentido de ganar tiempo y de resituar a su partido en una travesía que va a ser dura. El PSOE lleva tiempo instalado en una encrucijada en la que, haga lo que haga, pierde. No va a gobernar con Podemos, porque le saldría caro, tendría unos socios que le generarían muchos problemas y debería recabar otros apoyos para su investidura que le saldrían más caros aún; no va a dar el sí a Rajoy porque eso supondría equiparar a su partido con el PP y dejaría a su rival, Podemos, con más opciones de crecimiento de cara al futuro, y las terceras elecciones tampoco les vendrían nada bien, aunque algunos en Ferraz piensen que ese sería el momento de debilitar aún más a los de Iglesias.

Al PSOE le queda esperar que pase el tiempo, en especial las elecciones gallegas y las vascas, intentar que con los votos del PNV y alguno más que rasque el PP por ahí Rajoy sea investido, y jugar el papel de oposición. Eso, u otra jugada similar que permita a Sánchez plantar cara a sus barones, lo que tiene especialmente difícil, y más aún después de todos los golpes mediáticos que está recibiendo por mantenerse firme.

Un caso extraño

Entiendo a Pedro, pero creo que hay algo que no toma en cuenta, porque lo único que está haciendo es intentar conservar el pasado, y eso ya no es posible. Los cambios en la política europea han sido sustanciales en los últimos años, y también en España. Suena raro que un partido en el Gobierno, en época de crisis, con una política continuada de recortes, con la obligación de reducir el déficit, enfadando a todo el mundo con la subida de impuestos, con repetidos casos de corrupción y con una aceptación en continuo descenso, haya soportado de una manera tan sólida la situación. Por supuesto que ha sufrido un deterioro evidente en votos y escaños, pero sigue el primero, con más de 50 parlamentarios que el segundo y con una superioridad aplastante en el Senado. En otras circunstancias, todo el descontento generado por su gestión habría sido canalizado por el partido de la oposición; en este contexto, lo que se ha conseguido es que el segundo partido haya perdido aún más que el primero.

Suena raro, pero es fácil de entender si se comprende el escenario político actual. Hasta poco después de la crisis, en las elecciones competían dos partidos, el que estaba en el poder y el que se ofrecía como alternativa. Es cierto que el voto en algunos países europeos estaba mucho más fragmentado, pero también lo es que, al final, una formación en concreto era la que lideraba la oposición y por lo tanto la que era percibida como alternativa real. Ambos partidos, el que gobernaba y el que quería hacerlo, exhibían sus diferencias, que no eran demasiado grandes, especialmente en lo económico, pero sí las suficientes como para que cuando uno de los dos flaqueaba, el otro estuviera bien situado para reemplazarle en el Gobierno.

Uno de los dos viejos partidos pierde

Ahora no es diferente, solo que de los dos partidos principales, uno tiende a ser extrasistémico en Europa. El ascenso de Le Pen, Beppe Grillo, Syriza, el Ukip y la derecha populista en general está alterando el mapa electoral, que tiende a repartirse entre un partido sistémico, que gana las elecciones, y uno populista que queda en segundo lugar. Eso no solo implica que existan partidos nuevos que se hayan convertido en dominantes, sino que uno de los dos que antes se repartían el gobierno tiende a convertirse en poco relevante. Y, en ese escenario, los viejos partidos socialdemócratas han salido perdiendo.

En España, aunque todo iba por el mismo camino, no ha ocurrido así por varios motivos. La fuerza que los socialistas conservan en algunas autonomías, su vinculación con las generaciones mayores y, sobre todo, la enorme torpeza de Podemos, que les hizo dilapidar las expectativas creadas, evitaron el ‘sorpasso’ y convirtieron a España en una pequeña anomalía.

El PP supo adaptarse mejor a este nuevo contexto y por eso conservó la primera posición. Es decir, utilizar un discurso que entroncaba con los miedos y los deseos de la época. En lugar de insistir en elementos ideológicos, se centró en decir de sí mismo que era un partido responsable y moderado, que iba a cumplir con lo que Bruselas pidiera, que había obligado a los ciudadanos a grandes esfuerzos, pero que lo peor había pasado y que íbamos bien encaminados. Enfrentaba la moderación, la sensatez y la responsabilidad a un rival radical, utópico, inexperto y peligroso (Podemos y, por el mismo precio, el PSOE, que para gobernar tenía que hacerlo con Iglesias). Esta estrategia, que ha sido repetidamente utilizada en los últimos años, y que era fácilmente previsible (hace un año la describí en ‘Nosotros o el caos’) les ha sido muy útil porque enlaza bien con lo que muchos ciudadanos esperaban oír.

La redefinición

El PSOE no ha sabido resituarse, y la mejor prueba es que quiere aferrarse al pasado. Pretende conservar su vieja posición de alternativa típica de gobierno pero con una fuerza social muy menguada. Los tiempos le exigen una redefinición, o al menos un discurso a la altura, y los socialistas parecen incapaces de encontrar la tecla. Hasta ahora, era suficiente con centrarse en aspectos culturales (la religión, la relación de Madrid con las autonomías, los derechos de las minorías) para que se le identificase como partido diferente al PP. Pero ahora no basta con eso, por muchas razones, pero fundamentalmente por una: el acento ya no está puesto ahí.

De manera que el PSOE tiene que decidir qué va a hacer en este nuevo escenario para evitar que le ocurra lo mismo que a gran parte de la socialdemocracia europea y de la vieja izquierda. Y tiene dos opciones: o trata de pelear con el PP por el puesto de partido sistémico, y para ello tendría que apoyarlo en la investidura, respaldar las medidas que proponga Bruselas y adaptar sus promesas económicas a la realidad que le solicitan, u opta por combatir por el espacio extrasistémico, girando a la izquierda, a lo Corbyn, y tratando de vaciar a Podemos de votantes, con lo que la negativa a investir a Rajoy quedaría justificada ahora y después de unas terceras elecciones. Pero Pedro no está haciendo ninguna de estas dos cosas, sino que quiere, como en el pasado, quedarse con las dos; pretende diferenciarse del PP como si fuera radicalmente distinto, pero sin ofrecer la justificación programática que la época exige para que sus votantes aprecien esa diferencia. Y eso sí que es una contradicción insostenible.

Como si nada hubiera pasado

El PSOE y la socialdemocracia tradicional no pueden seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido. El escenario político ha cambiado y ahora les toca a ellos. Yo a Pedro le entiendo, pero lo que quiere no es posible. Y creo que no lo es incluso aunque sus rivales emprendan el camino del suicidio político, que bien podría ser. Ciudadanos puede acabar quemado y Podemos carece de la inteligencia estratégica necesaria para ganarse a las mayorías. Pero incluso si ambos desaparecieran, tampoco sería raro, a juzgar por experiencias cercanas, que una fuerza populista de derechas ocupase su lugar. Quizá dentro de cuatro años las cosas sean muy distintas, los partidos extrasistémicos estén acabados y regresemos a la vieja normalidad. Pero francamente, Pedro, no tiene mucha pinta”.

 

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José Luis ÁLVAREZ, “¿Ha dejado el PSOE de ser progresista?” a El País (7-09-16)

http://elpais.com/elpais/2016/09/02/opinion/1472814664_809112.html#?id_externo_nwl=newsletter_diaria_manana20160907m

“Si la pregunta fuera sobre la izquierda —el Estado como agente económico dominante y, últimamente, una vocación nacionalista antieuropea— la respuesta sería fácil. Sin embargo, el interrogante sobre el progresismo de partidos de centroizquierda, como el PSOE, que durante décadas han corregido el capitalismo vía socialdemocracia, es pertinente, ya que para sobrevivir están luchando —quizás rindiéndose ya— contra la tentación de coincidir con la izquierda, compitiendo en la búsqueda del voto de protesta, emocional, y desinformado sobre las posibilidades de la globalización —un voto no progresista, anclado en el pasado no el futuro—. Como ha dicho Iglesias, la izquierda tiene el corazón antiguo. Tiene razón. Y las políticas.

Abundan los corrimientos del centroizquierda a izquierda. Como la ocupación del liderazgo del laborismo por el negacionismo de Blair, quien superó el thatcherismo asumiéndolo en parte, y del que se resiente más su pragmatismo (la izquierda recela de cualquier ejercicio incremental del poder) que el fiasco iraquí. O el “purismo” anti-Wall Street de Sanders (hay algo de catolicismo medieval en el rechazo de las finanzas por la izquierda). O la fracasada movilización contra los social-liberales Valls y Macron por los sindicatos franceses, esa izquierda que Rocard calificó como la más retrógrada de Europa (aquí, Tardà ha afirmado que la muy anarquista democracia directa —la calle, las asambleas, las huelgas— es superior a la democracia representativa).

El PSOE ha empezado a ceder a la tentación izquierdista. Ha establecido alianzas con quienes quieren eliminarlos, como en la Comunidad Valenciana, como con Colau el PSC (ese partido que se ha autodestruido y al que no importaría arrastrar consigo al PSOE). También ha adoptado el vocabulario dramático de Izquierda Unida —“austericidio”, “emergencia social”— cuando el Estado de bienestar no ha sido eliminado por el PP —no porque no haya querido o podido—. Está habiendo una salida desigual en cargas de la crisis y con recortes, pero el Estado de bienestar persiste (hasta Rajoy se ve obligado a decir que hay que defenderlo). Expresiones como “austericidio” le hacen el juego a Podemos y no se corresponden con la realidad. No son cool. Obama ganó porque era No Drama Obama. Lo progresista no es dramático.

Pero lo que más cuestiona el progresismo del PSOE viene de la demografía. Los votos que han permitido al PSOE superar a Podemos proceden de las cohortes de mayor edad, no urbanas y con menor generación de valor económico. Es decir, el partido que más tiempo ha gobernado la modernización ya no es materialmente progresista porque sobrevive gracias a fuerzas productivas poco avanzadas. El progresismo solo puede surgir de sectores profesionales urbanos, industriales o posindustriales, ganadores en la economía global (Podemos representa al voto urbano que se siente perdedor en la globalización). De manera similar, la militancia del PSOE tampoco proviene de sectores productivos objetivamente progresistas y es, además, emocionalmente izquierdista. El ejercicio de un Gobierno progresista siempre ha necesitado de un acto previo de liderazgo precisamente contra las bases radicales, como cuando González forzó la renuncia al marxismo y el sí a la OTAN. Incluso las condiciones materiales de existencia del grupo dirigente del PSOE —los Sánchez, López, Hernando, Batet, Luena— ponen en duda el progresismo del partido ya que en la mayoría de los casos su apuesta existencial es local: luchar por vacantes en las cadenas de oportunidades de carrera que todo cambio de Gobierno estatal abre. Difícilmente saldrá de ese núcleo una renovación ideológica que adecue el centroizquierda a la globalización.

Progresista es reconocer que no hay alternativa al capitalismo global, pero este ha de ser corregido desde la racionalidad. Es utilizar la fiscalidad para prevenir desigualdades injustas (hay desigualdades justas): todos los impuestos necesarios pero ni un euro más de los necesarios. Por ello, es defender la reforma de la administración sin estar anclado —como la izquierda— en que fines públicos sean servidos por medios públicos. El progresismo es pragmático —como dijo en su día González, siguiendo a Deng Xiaoping, “gato blanco, gato negro, tanto da, lo importante es que cace ratones”—. Es no temer la tecnología y apostar por el crecimiento, porque se ha de partir de la creación de riqueza. Es creer en la igualdad de oportunidades y en una desigualdad basada en el mérito. Por ello las políticas más importantes son las de educación. Es llamativo que haya más pasión en Ciudadanos cuando habla de educación que en el PSOE. Educación para el mérito es la clave progresista del futuro.

Y también es progresista convertir la piedad y compasión que merecen las dos o tres generaciones que han perdido el tren de la globalización —no por su culpa— en políticas de oportunidad para ellos.

La retórica izquierda-derecha ya no captura los dilemas básicos actuales. La escisión fundamental es ahora entre progresistas y reaccionarios. Esta división coincide con la existente entre pragmáticos o racionales por un lado y antisistema o populistas por otro. Y sí, en esta escisión, el PSOE está con el PP y no con Podemos. Pero, sobre todo, coincide con la escisión entre globales y locales, que aleja al PSOE irremediablemente de los nacionalistas y de Podemos. La izquierda ha pasado de ser fundacionalmente “internacional” para ahora, precisamente cuando la globalización es real, volverse “nacional”.

El programa que permitió al PSOE largos años de gobierno fue que a los españoles les fuera bien en su integración en Europa. Era un programa centroizquierdista, no izquierdista. Tal fue la hegemonía de este programa internacionalista que el PP no pudo ir contra él. Para implementarlo, el PSOE contó con un liderazgo carismático y pragmático y con unos cuadros excelentes en la gestión de la administración, que acabaron triunfando en Europa y el mundo, como Solana y Almunia. El PSOE también contó con la ayuda de progresistas-realistas, no todos socialistas ni de centroizquierda, especialistas en capitalismo y sus organizaciones, como Boyer, De la Dehesa y Pastor; y con especialistas en Europa como Solbes. Sin sectores profesionales progresistas y globalizados el PSOE no puede continuar modernizando España. El partido no da para ello.

Hoy sólo hay un programa progresista posible: capacitar a los españoles para que les vaya bien en la globalización. Solo es libre —no alienado— quien pueda elegir dónde trabajar, sin estar limitado por demarcaciones estatales. El ámbito de las posibilidades de los españoles no está limitado a España. Trabajar en Europa, Norteamérica y ciertas partes de Asia es aprovechar las oportunidades de la globalización.

La dirección del PSOE está tentada por el izquierdismo y el localismo. Si elige mal, los progresistas españoles lo considerarán un partido más, ya no el partido modernizador por excelencia. En política, el pasado, la marca, no legitima adhesiones eternas”.