Presentació

Entrem en unes setmanes decisives pel futur de la Unió Europea, en la que s’encadenen el referèndum del Brexit al Regne Unit i les eleccions generals a Espanya, amb un teló de fons conformat per la crisi dels refugiats, l’agònica situació financera de Grècia i l’amenaça del terrorisme djihadista.

Álvaro Imbernón i Berta Barbet en una llarga conversa  amb Daniel Gascón sobre el referèndum del Brexit  al Regne Unit, analitzen la incertesa del resultat, les divisions provocades a la societat britànica, els termes de l’acord Cameron/Unió, les dificultats per imaginar l’escenari Brexit, la incidència del tema de la immigració i, finalment, les repercussions en el conjunt de la Unió i a Espanya.

Daniel Innerarity apunta les dificultat de transformar la indignació i l’exasperació ciutadanes en acció política reformadora: Una sociedad exacerbada puede ser una sociedad en la que nada se modifica.

Aurora Nacarino-Brabo contraposa el moment populista defensat per Chantal Mouffe amb el moment pluralista, criticant el caràcter excloent del populisme, que necessita sempre identificar un enemic per poder homogeneitzar una majoria. Per contra, defensa la democracia pluralista per la seva capacitat inclusiva, en la que són compatibles els valors de la llibertat i la igualtat.

Ignacio Sánchez-Cuenca emmarca el declivi electoral i polític del PSOE en la davallada de la socialdemocràcia europea, que ha passat d’aplegar gairebé el 40% dels vots en els anys cinquanta i seixanta del segle passat al 25% actual.

Jordi Mercader comenta el final del fals cas de l’hotel del Palau, que ha reparat la injustícia personal i política que havia recaigut en la cúpula de l’urbanisme barceloní i que havia posat en qüestió la gestió urbanística de les esquerres a l’Ajuntament de Barcelona.

 


 Entrevista a Álvaro IMBERNÓN y Berta BARBET a Letras Libres (16-06-16): “Para entender el Brexit”

http://www.letraslibres.com/blogs/serial/para-entender-el-brexit?page=full

“El 23 de junio, los británicos votarán para decidir si su país sigue formando parte de la Unión Europea o no. Para hablar del asunto, de sus posibilidades y consecuencias, tanto para el Reino Unido como para la UE, Daniel Gascón, editor de la edición española de Letras Libres, habló con Álvaro Imbernón, investigador de ESADEgeo, y con Berta Bartet, editora de Politikon.

En un principio parecía que, a lo largo de la campaña, tenía cierta ventaja la opción de quedarse en Europa. Sin embargo las encuestas han cambiado un poco. No sé si podrías contarnos eso y también, Berta, resumirnos cómo ha sido todo este proceso.

Berta Bartet: Ha habido mucho movimiento en las encuestas desde el principio. Para empezar distintas clases de encuestas muestran resultados muy distintos y emplean distintos métodos. Incluso las dinámicas no han mostrado una tendencia muy clara y homogénea a lo largo de la campaña. Lo que sí es verdad es que cada vez estamos más cerca de la votación, cada vez encontramos menos indecisos y por lo tanto, en principio, tendría que haber cierta homogeneización y las encuestas deberían encontrar algo parecido.

Y esta última semana sobre todo, ha parecido que el Leave está consiguiendo captar más indecisos que el Remain, lo que les ha puesto por delante en algunas encuestas que tradicionalmente les habrían puesto por detrás. Está por ver hasta qué punto ha sido un tema contextual o no: al principio, por ejemplo, hubo un debate sobre si se debía al hecho de que había habido una fiesta y por lo tanto mucha gente podría estar fuera de casa el fin de semana que se hacían las preguntas. No parece que esto sea así, pero no significa que se vaya a sostener. Hay mucha incertidumbre. Lo que sí parece es que no hay mucha distancia actualmente.

La otra pregunta: la respuesta se puede remontar a la creación de la Unión Europea. Para entender el referéndum la clave es entender la situación en la que se encontraba David Cameron en la anterior legislatura: un liderazgo muy debilitado por el resultado que sacó en 2010, que pone en cuestión la bondad del giro que él le intenta dar a partir de 2005. El intenta que el Partido Conservador deje de ser el nasty party, el partido desagradable, e intenta dar un mensaje de modernización, huyendo del tema europeo, de la inmigración… Los resultados del 2010 ponen en cuestión hasta qué punto es una buena estrategia. Y sobre todo el hecho de que a lo largo de la legislatura parece que el Ukip se va comiendo su espacio. Esto le pone en una situación en la que decide que la mejor forma de gestionarlo es proponer un referéndum. En un primer momento parece que no se va a poder celebrar, porque va a necesitar hacer una coalición con los liberal-demócratas, pero en 2015 se acaba proponiendo. Entonces se ve forzado a tirar adelante con el debate, abre el periodo de negociación e intenta conseguir un mensaje, una propuesta, que una al Partido Conservador, que está muy dividido al respecto. En febrero se ve claro que esto va a ser muy complicado. Lo que acaba pasando es que llega el referéndum en una guerra civil abierta bastante importante que veremos cómo se gestiona a partir del 24.

El partido conservador está dividido. Figuras muy importantes apoyan posiciones contrarias. Luego hay también diferencias entre los grupos que apoyan cada una de las dos opciones.

Berta Bartet: El debate lo ejemplifica perfectamente el partido Conservador, que tiene gente importante como Michael Gove y sobre todo Boris Johnson en el bando del Leave; y a su líder, David Cameron, y a su ministro de economía, George Osborne, en el Remain. A parte de estas figuras del partido conservador, en el Leave está el UKIP, que de hecho había pensado una campaña muy distinta. Hubo una cierto conflicto sobre cuál tenía que ser el carácter de la campaña por el Brexit y este conflicto se llevó a una disputa legal sobre de quién era la campaña oficial. Luego hay una pequeña parte de lo que se llama Lexit, donde están el Respect party y algunos partidos de extrema izquierda. Con Cameron, Osborne y los partidarios de quedarse están todos los partidos mayoritarios, con peso real, del Reino Unido, empezando por el Partido Laborista, aunque se puso muy en duda qué iba a hacer Corbyn. Ya sabemos que Corbyn era euroescéptico desde el principio, pero al final ha optado por un perfil bajo pero una posición clara a favor de quedarse. Y luego están los Liberal Demócratas, que no es ninguna sorpresa, los partidos nacionalistas como el escocés, y los verdes. Tienen un perfil un poco más disimulado del que tiene Cameron porque la campaña en general ha generado unas dinámicas en las que la izquierda no se ha acabado de sentir especialmente cómoda.

Álvaro Imbernón: Esta es una elección un poco existencial para los británicos. Eligen entre una versión más little englander, más de repliegue, de vuelta a lo tradicional, frente a una versión más cosmopolita del Reino Unido, que cree no solo en el pasado imperial sino también en la idea del melting pot. Por eso una de las claves va a ser el comportamiento del Partido Laborista. Aunque en general toda las figuras del partido han apoyado la campaña, no han hecho con el mismo entusiasmo. Corbyn, aunque ha apoyado la campaña del Remain, ha sido acusado de no hacerlo con mucha fuerza. Sin embargo los sindicatos sí se han volcado con la campaña por el Remain. Esa dicotomía viene entre aquellos que conciben el proyecto europeo como un proyecto neoliberal, antagonista con la izquierda tradicional, lo que sería un poco el caso de Corbyn, y los que tienen otra visión, como los laboristas que son eurodiputados en Bruselas y Estrasburgo, o los propios sindicalistas de Unite, que ven a la UE como un salvoconducto para preservar la parte social del Reino Unido. En el caso de no existir sería más fácil para un Partido Conservador con mayoría absoluta destruirla. Es muy importante la participación de los laboristas el día 23.

Berta Bartet: De hecho las encuestas muestran eso. Muestran a un Partido Conservador con unos votantes muy divididos pero suficientemente movilizados y a unos votantes laboristas que sí están a favor de quedarse pero muestran un interés muy bajo por ir a votar y por el referéndum. Es una de las claves de lo que pase el 23: si esta gente va a acabar saliendo o se va a quedar en su casa.

También me gustaría que nos explicárais el acuerdo entre Reino Unido y la Unión Europea, y que es una de las cosas que supuestamente vende Cameron y que ha despertado cierta polémica dentro de la Unión Europea.

Álvaro Imbernón: El acuerdo de renegociación con el Reino Unido en febrero tiene cuatro canastas o baskets en distintos ámbitos: soberanía, economía, mercado laboral, etc. El más polémico es el del freno de emergencia, que implica negar las prestaciones sociales a todos aquellos nuevos inmigrantes comunitarios. No es algo que solo sea del ámbito del Reino Unido sino que se podría generalizar, de hecho ya ha habido una sentencia similar en el caso alemán, pero rompe varias lógicas del proyecto europeo. Una es la de la libre circulación de personas. Se comienza a limitar, a poner puertas al campo, supone un poco a volver a la cultura de las fronteras. Y por otra parte también rompe esa lógica de que todos, aunque no avancemos a la misma velocidad, tenemos un horizonte común, que es la famosa frase de ever closer union, una unión cada vez más estrecha, que al final significa que la moneda propia del proyecto europeo es el euro.

Cameron consiguió la gran mayoría de sus reivindicaciones, aunque hay opiniones para todos los gustos: para algunos europeístas es inaceptable el acuerdo, para aquellos más pragmáticos es un precio a pagar.  Se ha firmado de tal forma que no entraría en vigor en el caso de que hubiera un Brexit. Pero hay muchas dudas acerca de cuál es el papel del Parlamento Europeo: hasta qué punto lo acordado puede cambiar al pasar por el parlamento. El presidente Martin Schulz ha hecho alguna alusión al respecto. Con lo cual, aunque está cerrado no está cerrado.

Hay una cosa que no han sabido o querido explicar bien los propios defensores de la salida: qué sucedería después. Por una parte, no se sabe cuál sería el camino. Y por otra, cuáles serían las consecuencias para el propio Reino Unido.

Berta Bartet: Todo debate de estas características acaba en el mismo sitio. No estoy segura de que alguna vez los votantes hayan ido a votar en un referéndum pensando que lo tienen clarísimo. Pero es verdad que la campaña por la salida ha hablado muy poco de cuál es su modelo de relación con la Unión Europea, por ejemplo. O hasta qué punto se buscaría un acceso al mercado común después. Los motivos son evidentes, no tienen ningun interés. Una votación de estas características implica generar coaliciones de gente muy diversa y, cuanto más abierto lo dejes, más puede cada uno proyectar lo que le dé la gana. Aquí se ve el relativo fracaso del Remain -veremos hasta qué punto se da-: no  explicar a la ciudadanía que no hay ningún escenario positivo, que ninguno es bueno, que ninguno les daría a los ciudadanos británicos lo que quisieran.

Álvaro Imbernón: Yo estoy parcialmente de acuerdo en el sentido de que veo un fracaso de la campaña por la salida de la Unión Europea al no presentar un modelo alternativo. Cuando tú eres el que rompe el statu quo, tienes que proponer alguna solución viable. Entonces no sabemos qué modelo sería, si sería el noruego, el suizo, el turco, o cualquier otro modelo. Esto puede parecer que sirve para atraer a más votantes. Pero en el último instante, a la hora de introducir la papeleta, la falta de seguridad acerca de cuál podría ser el futuro de la relación del Reino Unido con la UE es clave: ya no es solo que el Reino Unido tenga ciudadanos británicos viviendo en la Unión Europea, la mayoría en España, sino que también tienen ahorros, inversiones, no saben cómo afectaría a la libra, etc. No es tan fácil creer en algo que no está muy determinado.

Por otra parte, la campaña por el Remain, por permanecer, no ha sabido venderse, porque realmente es muy complejo y no se conoce muy bien el proceso, qué implicaciones tiene la salida de la UE. Sea cual sea el acuerdo al que lleguemos y el tiempo que tardemos en el proceso, que también es relevante, uno de los tres pilares en los que se ha basado la campaña del brexit ha sido recuperar soberanía, recuperar fronteras, etc. Esto no va a ser tan así, porque al final si quieres tener acceso al mercado único, si quieres que tus conciudadanos en el resto de la Unión Europea sean tratados de una forma razonable y tengan acceso a prestaciones sociales, es prácticamente seguro que vas a tener que aportar presupuesto comunitario, mucho menos que ahora por supuesto, pero tendrías que aportar. También es muy probable que los británicos tuvieran que dar algún trato de favor a los comunitarios en el Reino Unido, con lo cual al final todo aquello que han defendido de salir de la UE no lo logran.  Tendrán que aceptar mucha de la legislación proveniente de Bruselas y Estrasburgo pero sin tener ni voz ni voto, que es un poco el caso noruego. Y esto supongo que no es tan atractivo para aquellos que están votando soberanía.

Berta Bartet: Es un discurso que Cameron ha intentado hacer pero es verdad que no ha calado nada. Seguramente porque ha empezado muy tarde, tiene un punto de poco popular el aceptar que no hay ningun escenario en el que tú puedas ser totalmente soberano a no ser que optes por la autarquía. Pero es verdad que seguramente, si miráramos las encuestas, los ciudadanos británicos seguirán pensando que se es más soberano fuera.

Álvaro Imbernón: Y al final, que eso lo ha medido muy bien Berta, es la idea de cuáles van a ser las razones del votante cuando vaya a depositar su voto. Si se vota por la parte económica, que es lo que ha enfatizado la campaña del remain,es muy poco probable que el Reino Unido termine por salir de la Unión Europea. Y si se vota desde el punto de vista no solo de la soberanía sino también de la inmigración es mucho más fácil que ocurra el Brexit.

Se ha hablado a menudo sobre esa gran preocupación de la ciudadanía británica por la inmigración.

Berta Bartet: Es un tema complejo. Básicamente el debate se ha estructurado mucho alrededor de la idea bastante crítica de que la inmigración se tendría que reducir a decenas de miles, que le llama Cameron. O sea que la entrada de extranjeros en el país tiene que disminuir y básicamente se liga a dos crisis: la del sistema británico de salud y la de vivienda, hay una gran burbuja inmobiliaria que incapacita que los jóvenes puedan acceder a la vivienda. Y se han ligado estas dos crisis a que ha habido un aumento de la población debido a la inmigración.

Ha habido un debate sobre hasta qué punto es factible reducir estos números dentro de la Unión Europea. Por qué el discurso es así y hasta qué punto conecta bien con la ciudadanía es ligeramente complejo. El Reino Unido es un país bastante crítico con los efectos de la inmigración, creo que esto es bastante incontestable. No es el único país crítico y creo que es uno de los países que tiene uno de los discursos más duros contra la inmigración a nivel político. Hay cierto escepticismo y es muy poco popular defender que la inmigración es positiva, sobre todo en Inglaterra. Seguramente es un tema que está muy ligado a la percepción por parte de las clases bajas de que compiten con los inmigrantes y a la idea de que por su culpa bajan los sueldos, de que por su culpa no hay suficientes recursos. Esta competición es la que perciben los perdedores de la globalización: esa gente que no puede irse y que siente que la apertura de mercados solo hace que vengan a robarle cosas.

Como has señalado, en esa desconfianza de la inmigración no están solos pero sí quizá hay un elemento que es particular del Reino Unido frente a otras partes de Europa, España sobre todo pero también Francia o Alemania. En la Europa continental pensamos en la UE como algo que permite superar los nacionalismos que han provocado los enfrentamientos, y en Reino Unido creen que ese nacionalismo es el que permite, en determinados momentos de la historia, responder a unas ansias de dominación del continente.

Álvaro Imbernón: Estoy totalmente de acuerdo con esa afirmación. El proyecto europeo se basa en la reconciliación franco alemana y la superación de los nacionalismos, que el último siglo y medio nos han llevado a las grandes conflagraciones bélicas. Pero no es solo el nacionalismo sino también la idea de democracia, la idea de un parlamento ininterrumpido en Gran Bretaña desde 1688. El nacionalismo no es percibido de una forma tan negativa ni la Unión Europea tan necesaria para superar esos nacionalismos. Esa idea del proyecto europeo como un proyecto de paz no tiene tanto sentido en el Reino Unido, y es una concepción mucho más utilitarista. La idea que dan en la campaña por el Brexit es: nosotros no entramos en una unión política, entramos en un mercado único y nos conformamos con ello. El problema es que para el resto de Europa hemos avanzado mucho más allá.

¿Cómo combinar ambos términos? Es complicado. En cualquier caso, sea cual sea el resultado, el voto por el sí, y se ha demostrado durante la campaña, es un voto utilitarista y pragmático, no es un voto convencido. Como he escuchado alguna vez a Berta decir, los unicos politicos que han hecho la campaña en positivo son aquellos que no están en activo, como Gordon Brown o John Major. Pero también es que lo hemos visto en los resultados previos, los liberal-demócratas tienen unos resultados catastróficos en las elecciones europeas entre otras razones porque uno de sus líderes era uno de los mayores federalistas. En el Reino Unido es muy complicado sacar rentabilidad de un discurso europeísta, y aunque gane la permanencia no tenemos que pensar que el problema está solucionado.

Berta Bartet: Hay una idea que ayuda a entender mucho la concepción de la Unión Europea. Cuando hablan del continente, el continente es el continente europeo: todos los países menos ellos e Irlanda. Ellos no forman parte del continente. Yo me acuerdo de una amiga que vino a visitarme y me decía: “Ahh, esto es muy europeo”. Y yo le decía: “pero si es una panadería francesa”. Y ella me decía: “es europeo” (risas). Ellos perciben esta idea de que están en un cierto espacio intermedio entre Europa y por un lado la Commonwealth y por el otro sus relaciones con Estados Unidos. Hay un bloque que es el continente y ellos están un poco como satélite. Esta idea ayuda mucho a entender sus reticencias a muchas cosas que se están dando en la Unión Europea. Nunca se han sentido parte del territorio que se supone que explica la Unión Europea.

Álvaro Imbernón: Solo un apunte: creo que somos un poco injustos, porque siempre, yo también lo he hecho, nos olvidamos de Escocia, donde este paradigma quizá sea muy distinto. Es interesante pensar un poco en Escocia, porque no ha salido mucho en campaña. Es muy gracioso porque visto desde los ojos españoles pensaríamos: en el caso de que el Brexit se consumara, sería muy razonable pensar que podríamos tener un segundo referéndum escocés, y esta vez tendría mucha más fuerza. Sin embargo no sale mucho en campaña ni tampoco parece preocuparles demasiado. Aquí estaríamos mucho más nerviosos.

Berta Bartet: Creo que hay dos cosas que explican la falta de interés por el tema escocés. El primero es que es un tema que está muy caliente y creo que los políticos no han querido entrar demasiado. No se cerró bien el tema después del referéndum y hay pocas ganas de removerlo. Y el segundo es que en Inglaterra, donde el euroescepticismo es más duro, la gente con la identidad fuertemente inglesa es la más partidaria de salir de la Unión Europea. Y a esta gente Escocia les da igual. Se ha hecho un poco el cálculo de que hablar de Escocia a la gente que quería salir de la Unión Europea era relativamente inútil. Yo no estoy segura. Es probable que hubiera sido un cierto miedo al que a lo mejor se hubiera podido apelar. No he sentido ni a Cameron ni a ningún líder sacar ese tema que yo también pensaría que es un gran debate: romper el país solo para salir de la Unión Europea.

Hemos hablado un poco de lo que podría pasar para el Reino Unido si sale, ¿qué podría pasar para la Unión Europea?

Álvaro Imbernón: Bueno, se puede enfocar de muchas formas. Vote Watch, que es una plataforma muy interesante, sacó un informe recientemente con datos empíricos sobre cómo se comportaba el Reino Unido tanto en el Consejo como en el Parlamento Europeo. Los datos confirmaban las impresiones previas que teníamos, lo que nos ha tranquilizado: su comportamiento es mucho más similar a Países Bajos, Dinamarca y Suecia. Es factible que estos países perdieran un buen aliado.

Siempre se ha pensado en el Reino Unido como una potencia más liberal dentro de la Unión Europea, entre una Francia que tiende más hacia un cierto proteccionismo y una Alemania que tiene un capitalismo renano y ordoliberal. Y también a su vez como una potencia cultural pero también militar. Reino Unido es una de las grandes potencias militares a nivel mundial, cosa que no es Alemania. Representa un contrapeso al eje francoalemán, y si se saliera, quedaría cojo. Tendríamos menos interés en el libre comercio, eso es inevitable, y también se reforzaría el papel de liderazgo de Alemania. Esto suele conllevar ciertos problemas y no es bien percibido por toda la población.

Luego hay otro punto mucho más importante que no solemos ver porque estamos en nuestra propia burbuja española pero sobre todo europea: somos el 7% de la población mundial. Tiene que ver con cómo nos percibe el resto, el 93% desde la población mundial. Visto desde Washington o desde Beijing o desde Moscú especialmente, pero también desde Kiev o cualquier capital balcánica, esa idea del poder blando de la UE como una potencia atractiva a la que quiero asociarme, a la que quiero integrarme, caería por completo. Y eso en nuestro vecindario es muy relevante, porque la Unión Europea ha generado ciertos procesos hacia los derechos humanos y la economía de mercado. Eso se podría perder porque ya no seríamos atractivos para nada. Estoy pensando que la tendencia por ejemplo de Moscú o Beijing de relacionarse país a país y no con las instituciones europeas puede ser reforzada. Y sobre todo la proyección al exterior de la Unión perdería mucho. Porque Reino Unido es una potencia cultural, lingüística, de medios, audiovisuales, desarrollo, etc, que tiene mucha más proyección que por ejemplo Alemania, que siempre ha sido mucho más reticente a influir en el extranjero. Desde luego, sería un impacto muy, muy duro.

 También podría quizá alentar los movimientos euroescépticos de otros países en Europa.

Álvaro Imbernón: Sin duda. Uno de los grandes problemas es el efecto contagio. Estamos en una ola de nacionalismos y extrema derecha en el continente. Precisamente algunos de esos países que había comentado previamente son los que más relación y cercanía sienten hacia el Reino Unido. Un ejemplo es Países Bajos, donde hemos tenido recientemente un referéndum sobre el acuerdo de asociación entre Ucrania y la Unión Europea. La propia organización que lo convocó, que proviene de un blog, solo necesitó 300.000 firmas en Países Bajos para convocar un referéndum. Ellos me dijeron que por supuesto ese no era el tema, lo que interesaba era debatir sobre Europa. Con Geert Wilders y el Partido de la Libertad en cabeza no sería descabellado pensar que este tipo de cosas iban a pasar, por no hablar de toda Europa oriental.

Pero también en países como Dinamarca, que ya tienen al partido del pueblo danés, Dansk Folkeparti, como segunda fuerza, y tercera en caso de los demócratas suecos, extrema derecha ambos, que tuvieran una regresión muy, muy considerable. Esto tiene que ver también con las salvaguardas que solicitó Cameron y con la renegociación. De los países que no están en el euro pero sí en la Unión Europea (hay 19 en el euro, 28 en la Unión Europea), si sale el Reino Unido el único gran país que no tiene el euro dentro de la UE es Polonia, y luego quedarían los otros países ricos como Dinamarca y Suecia, los más relevantes. Esto haría que fueran mucho más reticentes a decir: oye, la zona euro está integrándose, ella decide y nosotros simplemente tenemos que acatar las decisiones. Generaría bastantes problemas. Por un lado el contagio hacia la extrema derecha y hacia esa idea de hacer a referéndums, pero también provocaría que ciertos países se vayan separando de lo que representa la Unión Europea. El tema de los parlamentos nacionales, del que ha hablado Berta, es también relevante.

Berta Bartet: Cameron consiguió la mayoría de sus demandas porque eran muy realistas. Sabía un montón de temas que se les habían pedido. No se planteó la limitación de la libertad de movimiento. La opinión pública le estaba pidiendo que Westminster solo pudiera bloquear legislación y él ya pidió que necesitaba coordinarse con otros parlamentos. Pero es evidente que ese tipo de demandas van emergiendo y habrá que ver hasta qué punto se pueden ignorar.

¿Cómo creéis que esto podría afectar a España también? Tenemos una población británica grande, de hecho no se sabe bien cuál es. El otro día oí que la embajada británica trabajaba pensando que había un millón de personas.

Álvaro Imbernón: Según el censo son poquito más de trescientos mil. La realidad es que no lo sabemos. Hay quince, dieciséis millones de entradas, entradas que no sabemos cuánto se repiten, británicas anuales. Es decir, quince millones de veces pasa por el aeropuerto y la frontera española un británico. En algunos sectores, en el sector del turismo en toda la costa levantina, sería una catástrofe. Pero es un poco la idea de la incertidumbre: no sabemos qué podría pasar. Sabemos que la libra sufriría profundamente y al final cuando tienes una hipoteca en libras, prestaciones sociales en libras y pagas en euros, eso llevaría unas consecuencias que no tenemos para nada claras. Uno de los problemas de este debate es que no sabemos cómo se haría ni de qué manera. Dando la vuelta a tu pregunta, es interesante resaltar que la economía británica es una economía de servicios. Las exportaciones son relevantes pero lo que es verdaderamente relevante son los servicios.

Alguna vez he dicho que Londres es la teoría de Richard Florida: servicios y gente que trabaja para ellos. Si no tienen acceso al mercado único, no tenemos claro si este modelo es posible. Tampoco sabemos, a la hora de renegociar los tratados de libre comercio, cómo se haría ni cuánto tardaría en hacerse. Tenemos muchas incertidumbres y en general esto a España, que tiene una gran inversión directa -es uno de los mayores destinos de inversión extranjera y Reino Unido es uno de los mayores inversores-, no le resulta nada positivo, pensemos en las grandes empresas del Ibex, como Santander o Iberdrola que han hecho importantísimas inversiones allá.

 ¿Cómo están contando los medios allí el debate y qué atención le estamos prestando?

Berta Bartet: Aquí creo que le estamos prestando poca atención. Teniendo en cuenta las consecuencias y los riesgos a los que nos enfrentaríamos, la situación que nos encontraríamos el día 24, los medios le están prestando una atención muy moderada, cosa que acostumbra a pasar. Cuesta tener interés por lo que sucede fuera de nuestras fronteras.

En el Reino Unido hay una serie de medios que son tradicionalmente muy euroescépticos y han estado movilizando el debate.. Para entender esta lógica, un empresario de éxito dijo que fuera de la Unión los precios subirían, y el Daily Mail puso en su portada que fuera de la Unión Europea subirían los sueldos. Ha habido unos medios haciendo una campaña claramente a favor de la salida, cosa que es común en los medios británicos, que se posicionan mucho en los debates. El resto lo han tratado, pensemos en The Guardian, quehan hecho cierta campaña a favor, han publicado muchas cosas. Pero han dado un enfoque -y esto explica muchas cosas del debate- que es el enfoque de Cameron: el discurso de Cameron, su clave. El debate ha sido caliente, toda la gente que conozco está cansada de él… Ha sido un debate arduo, poco fluido…

Álvaro Imbernón: Las cifras, por ejemplo.

Berta Bartet: Los bailes de cifras son inevitables hasta cierto punto. Pero también estaba ese punto de ver apocalipsis en todas partes, la tercera guerra mundial. Se ha puesto el foco en las declaraciones grandilocuentes, el choque de trenes. A nivel económico ha sido un debate entre “Vamos a recuperar todo lo que no tendremos que dar a la Unión Europea” frente a “La economía se va a ir a la mierda”. No ha habido un debate pausado, aunque no sé hasta qué punto se puede pedir esto a alguien en campaña.

Álvaro Imbernón: Pensando en la relación tan intensa económica y personal entre España y el Reino Unido, lo lógico habría sido que tuviéramos esto mucho más en cuenta. Pero, como estamos en este momento de impasse político, donde no queremos mirar mucho hacia fuera con todos nuestros problemas, a lo mejor no nos lo hemos tomado muy en serio. Tampoco el gobierno español hizo un gran esfuerzo (tampoco estaba en ese momento en una posición para hacerlo) cuando se renegoció con Reino Unido.

Berta Bartet: Ninguno de los partidos tiene muchas ganas de hablar de Europa. Ninguno tiene un gran interés o ganas de hablar, enfocar lo que está pasando con la Unión Europea. Era un tema que nos permitiría abrir el debate, pero ningún partido se siente cómodo en él y supongo que cuesta muchísimo.

Álvaro Imbernón: Sí va a tener impacto en muchos temas que afectan especialmente a España.

Estoy pensando, por ejemplo, en que aunque el Reino Unido permanezca en la Unión Europea, si no es por un resultado aplastante, que es muy poco probable, sobre todo si la participación no supera mucho el 60%, Berta conocerá los datos mejor…

Berta Bartet: Sí, en las nacionales se sitúa en el 65-68%.

Álvaro Imbernón: Y es bastante participación…

Berta Bartet: Pero estos cinco puntos serían de un lado. Los partidarios de salir no se van a quedar en casa. No tendremos resultados el jueves, y la participación va a ser el mejor indicador. Con la participación deberíamos saber si podemos tener pesadillas o dormir tranquilos.

Álvaro Imbernón: En ese caso, si la permanencia no gana por un margen muy abultado, el gobierno se verá obligado a tomar una postura en los grandes debates europeos que no es la posición más común. Estoy pensando, por ejemplo, en un gran debate, que es el de los refugiados. Una de las razones por las que hemos tenido tantos problemas en el Mediterráneo central es porque cuando la misión italiana, Mare Nostrum fue a ser sustituida por una misión de la UE, el Reino Unido hizo mucha fuerza en contra, porque decía que producía un efecto llamada. Y lo hacía porque tenía que contrarrestar a Ukip. Esto ocurre muchas veces. Aunque los populistas o la extrema derecha no ganen, influyen en los gobiernos. Si tenemos un Reino Unido que solo ha ganado por un 55% o así la permanencia, el gobierno se va a ver forzado a presionar mucho a Europa en los grandes debates. Y esto es muy relevante para nosotros”.

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Daniel INNERARITY, “Sociedades exasperadas” a “Ideas” de El País (12-0-16)

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/06/08/actualidad/1465403932_549636.html

“No creo exagerar si afirmo que vivimos en sociedades exasperadas. Por motivos más que suficientes en algunos casos y por otros menos razonables, se multiplican los movimientos de rechazo, rabia o miedo. Las sociedades civiles irrumpen en la escena contra lo que perciben como un establishment político estancado, ajeno al interés general e impotente a la hora de enfrentarse a los principales problemas que agobian a la gente.

Probablemente todo esto deba explicarse sobre el trasfondo de los cambios sociales que hemos sufrido y nuestra incapacidad tanto de entenderlos como de gobernarlos. Asistimos impotentes a un conjunto de transformaciones profundas y brutales de nuestras formas de vida. Hay quien culpabiliza de estos cambios a la globalización, otros a los emigrantes, a la técnica o a una crisis de valores. Hay decepcionados por todas partes y por muy diversos motivos, frecuentemente contradictorios, en la derecha y en la izquierda, a los que ha decepcionado el pueblo o las élites, la falta de globalización o su exceso. Este malestar se traduce en fenómenos tan heterogéneos como el movimiento de los indignados o el ascenso de la extrema derecha en tantos países de Europa. Por todas partes crece el partido de los descontentos. En la competición política, tienen las de ganar quienes aciertan a representar mejor la gestión de los malestares. Y no hay nada peor que parecer ante la opinión pública como quien se resigna ante el actual estado de cosas, lo que probablemente explique a qué se deben las dificultades de los partidos clásicos, que son más conscientes de los límites de la política, menos capaces de hacerse cargo de las nuevas agendas y con unas posiciones equilibradas que resultan incomprensibles para quienes están enfurecidos.

La extensión de tal estado emocional no sería posible sin los medios de comunicación y las redes sociales. En esta sociedad irascible, gran parte del trabajo de los medios consiste precisamente en poner en escena los ataques de ira, mientras que las redes sociales se encienden una y otra vez dando lugar a verdaderas burbujas emocionales. En esta mezcla de información, entretenimiento y espectáculo que caracteriza a nuestro espacio público, se privilegian los temperamentos sobre los discursos. Las virulencias son vistas como ejercicios de sinceridad y los discursos matizados como inauténticos; quienes son más ofensivos ganan la mayor atención en la esfera pública. Gracias a los medios y las redes sociales, hay una plusvalía que se concede a quienes saben asegurar el espectáculo.

Deberíamos comenzar reconociendo la grandeza de la cólera política, de esa voluntad de rechazar lo inaceptable. La realidad de nuestro mundo es escandalosa, en general y en detalle. Mientras que la apatía pone los acontecimientos bajo el signo de la necesidad y la repetición, la cólera descubre un desor­den tras el orden aparente de las cosas, se niega a considerar el insoportable presente como un destino al que someterse.

El cuadro de las indignaciones estaría incompleto si no tuviéramos en cuenta su ambivalencia y cacofonía. El disgusto ante la impotencia política ha dado lugar a movimientos de regeneración democrática, pero también está en el origen de la aparición de esa “derecha sin complejos” que avanza en tantos países. Hay víctimas pero también victimismos de muy diverso tipo; además el estatus de indignado, crítico o víctima no le convierte a uno en políticamente infalible.

Para ilustrar en variedad de iras colectivas, pensemos en cómo la política americana ha visto nacer después de 2008 dos movimientos de auténtica cólera social de signo contrario (el Tea Party y Occupy), así como en el hecho de que los últimos ciclos electorales han estado marcados por la polarización política y el ascenso de los discursos extremos. El éxito de Donald Trump ha sido interpretado como la gran cólera del pueblo conservador. Pero a veces se olvida que lo que impulsó al Tea Party fue el anuncio del Gobierno de Obama de nuevas medidas de rescate financiero a los grandes bancos, exactamente lo mismo que puso en marcha a los movimientos de protesta en la izquierda altermundialista.

A la indignación le suele faltar reflexividad. Por eso tenemos buenas razones para desconfiar de las cóleras mayoritarias, que frecuentemente terminan designando un enemigo, el extranjero, el islam, la casta o la globalización, con generalizaciones tan injustas que dificultan la imputación equilibrada de responsabilidades. Hay que distinguir en todo momento entre la indignación frente a la injusticia y las cóleras reactivas que se interesan en designar a los culpables mientras que fallan estrepitosamente cuando se trata de construir una responsabilidad colectiva.

El hecho de que la indignación esté más interesada en denunciar que en construir es lo que le confiere una gran capacidad de impugnación y lo que explica sus límites a la hora de traducirse en iniciativas políticas. Una sociedad exacerbada puede ser una sociedad en la que nada se modifica, incluido aquello que suscitaba tanta irritación. El principal problema que tenemos es cómo conseguir que la indignación no se reduzca a una agitación improductiva y dé lugar a transformaciones efectivas de nuestras sociedades.

Ante el actual desbordamiento de nuestras capacidades de configuración del futuro, las reacciones van desde la melancolía a la cólera, pero en ambos casos hay una implícita rendición de la pasividad. En el fondo estamos convencidos de que ninguna iniciativa propiamente dicha es posible. Los actos de la indignación son actos apolíticos, en cuanto que no están inscritos en construcciones ideológicas completas ni en ninguna estructura duradera de intervención. Lo político comparece hoy generalmente bajo la forma de una movilización que apenas produce experiencias constructivas, se limita a ritualizar ciertas contradicciones contra los que gobiernan, quienes a su vez reaccionan simulando diálogo y no haciendo nada. Tenemos una sociedad irritada y un sistema político agitado, cuya interacción apenas produce nada nuevo, como tendríamos derecho a esperar dada la naturaleza de los problemas con los que tenemos que enfrentarnos.

La política se reduce, por un lado, a una práctica de gestión prudente sin entusiasmo y, por otro, a una expresividad brutal de las pasiones sin racionalidad, simplificada en el combate entre los gestores grises de la impotencia y los provocadores, en Hollande y Le Pen, por poner un ejemplo (la Hollandia y la Lepenia, como decía Dick Howard).

La miseria del mundo debe ser gobernada políticamente. Se trataría de acabar con las exasperaciones improductivas y reconducir el desorden de las emociones hacia la prueba de los argumentos. Nos lo jugamos todo en nuestra capacidad de traducir el lenguaje de la exasperación en política, es decir, convertir esa amalgama plural de irritaciones en proyectos y transformaciones reales, dar cauce y coherencia a esas expresiones de rabia y configurar un espacio público de calidad donde todo ello se discuta, pondere y sintetice”.

 

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Aurora NACARINO-BRABO, “El momento pluralista” a El País (14-06-16)

http://elpais.com/elpais/2016/06/13/opinion/1465837457_915535.html

“Chantal Mouffe, referente ideológica de Podemos, ha defendido recientemente en estas páginas que vivimos un momento “pospolítico”, en el que la globalización ha desdibujado la frontera entre derecha e izquierda. Esta pérdida de antagonismo entre los dos polos que sostenían la democracia liberal ha degradado el demos a categoría de “zombi”, y su lugar ha sido ocupado por el capital financiero. Para devolver al pueblo la voz confiscada por las élites, Mouffe propone el populismo, apelando a “la movilización de los de abajo frente a los de arriba”.

Caben varias objeciones. Es cierto que las fronteras tradicionales entre izquierda y derecha se han transformado, pero de ello no se colige que el capital haya tomado el poder que antes ostentaba el pueblo. El día 26, España celebrará unas nuevas elecciones que hace pocas semanas muchos analistas descartaban porque los partidos estaban sometidos a la presión de los mercados, los organismos económicos internacionales y la Unión Europea, y al final tendrían que ceder para poner en marcha un Gobierno. Sucedió lo contrario. Los partidos demostraron que gozaban de soberanía y autonomía, antepusieron sus incentivos políticos y mandaron la conspiración al diablo.

Donde Mouffe dice pospolítica, es mejor hablar de escenario posmoderno. La posmodernidad ha diluido los clivajes ideológicos tradicionales, pero no ha llevado a la homogeneización del pueblo. Al revés, la división izquierda-derecha ha dado paso a un escenario pluralista, que es el reflejo de una sociedad individualista. Las sociedades modernas han experimentado un poder creciente de decisión en todas las esferas vitales, del consumo de ocio al cultural o de medios de comunicación. Y esa demanda se ha llevado también a la política: no es que la democracia haya menguado ante el avance del capitalismo, es que el individualismo exige ahora un papel mayor en la democracia.

Ya no hay una división única y antagónica izquierda-derecha, hay decenas de divisiones que han fragmentado el demos y el sistema de partidos. Las clases sociales se han multiplicado y la conciencia de clase se ha mitigado. Los votantes ya no quieren comprar el paquete ideológico completo tradicional (progresista o conservador), sino tomar un puñado de cerezas de cada árbol político. La paradoja es que este empoderamiento posmoderno del individuo lo convierte en un votante volátil y, por tanto, difícil de representar.

Ante esto, el populismo retoma la vieja política de bloques. Mouffe sostiene que la democracia liberal se asentaba sobre la pulsión antagónica de dos principios “irreconciliables”: la libertad, que defendía la derecha; y la igualdad, que abanderaba la izquierda. Y que, diluida la frontera izquierda-derecha, urge encontrar una nueva división en sujetos políticos antagónicos. Sin embargo, la democracia no se sostiene sobre la idea de una libertad y una igualdad irreconciliables, sino complementarias y necesarias.

Montesquieu define la libertad como el derecho a hacer “todo lo que las leyes permiten”. Afirma que “los hombres nacen iguales, pero no podrían conservar esta igualdad (…) si no es en virtud de las leyes”. Es decir, que igualdad y libertad no son irreconciliables, sino premisas necesarias del estado de derecho.

Además, libertad e igualdad son los cimientos de la democracia pluralista. Y el pluralismo no se ve amenazado por la globalización ni el capitalismo. En cambio, parece que el populismo sí encuentra difícil encaje en la democracia plural. Con los ideólogos del populismo sucede, de algún modo, como con los del comunismo. Sus patrocinadores aseguran que la teoría es virtuosa pero, por algún motivo, cada vez que se lleva a la práctica, degenera en una aberración monstruosa. Ocurre, claro, porque la teoría no era tan virtuosa.

Mouffe afirma que hay un populismo malo, de derechas, xenófobo, que excluye a los inmigrantes; y un populismo bueno, progresista, que defiende “la igualdad y la justicia social”. Pero no hay tal diferencia. En tanto que el populismo se construye cavando un abismo moral entre el pueblo y el antipueblo, ha de ser siempre excluyente. Los excluidos pueden ser los inmigrantes, las élites económicas, los judíos o los que no son de mi clase social, pero el populismo necesita excluir a una parte de la sociedad para hacerse fuerte.

Es la dialéctica amigo-enemigo de la que hablaba Carl Schmitt, en la que el pueblo se construye por oposición a un “enemigo político”. Una lógica contraria al principio pluralista de la democracia que tiene consecuencias políticas y sociales fatales. Manuel Álvarez Tardío cuenta, en El precio de la exclusión, cómo el discurso del odio en la Segunda República hizo de los adversarios políticos el enemigo del pueblo, contribuyendo a un clima de crispación e inestabilidad.

Afortunadamente, existen diques contra la exclusión. Íñigo Errejón ha explicado las dificultades que encuentra el populismo para avanzar en un Estado donde la sociedad percibe sus instituciones y sus partidos como legítimos. Efectivamente, el descontento político en España no se ha traducido en una crisis de legitimidad de nuestra democracia. Esto es lo que nos diferencia del país que éramos en los años treinta y de los Estados latinoamericanos donde triunfa el populismo. Por eso es el momento de actualizar y reformar nuestras instituciones: son nuestra coraza contra la exclusión, nuestro gran baluarte del pluralismo”.

 

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Ignacio SÁNCHEZ-CUENCA, “La caída de la socialdemocracia” a infoLibre (15-06-16)

http://www.infolibre.es/noticias/opinion/2016/06/15/la_caida_socialdemocracia_51261_1023.html

“Según apunta la mayoría de las encuestas, el PSOE afronta una situación complicada, con alta probabilidad de quedar tercero en las elecciones del 26-J. Nada indica que esté recuperándose de la caída de voto entre 2011 y 2015, aunque tampoco parece que vaya a perder mucho más. Da la impresión de que el PSOE se encuentra en una posición relativamente estable, entre el 20% y el 22%.

Como es habitual, el grueso de las lecturas y diagnósticos que se están ofreciendo se realizan en clave exclusivamente nacional. Las hipótesis que se manejan son muy variadas: la erosión del bipartidismo, la pérdida de credibilidad que se produjo durante los dos últimos años del gobierno de Zapatero, la falta de un liderazgo efectivo (primero Alfredo Pérez Rubalcaba, ahora Pedro Sánchez), el peso de la corrupción en Andalucía, etcétera.

Estoy seguro de que todos estos factores son importantes y explican las dificultades del partido socialista para recuperar la posición de liderazgo que tuvo durante tantos años en la política española. Pero conviene mirar más allá y tratar de entender la crisis del PSOE en un contexto más amplio. El PSOE no es el único partido socialdemócrata que pierde apoyos en Europa. La crisis electoral de la socialdemocracia es más bien un fenómeno generalizado.

He reunido datos de los resultados electorales obtenidos por los partidos socialdemócratas en doce países de Europa occidental entre 1950 y 2015 (en España, Grecia y Portugal no hay datos antes de la llegada de la democracia a mediados de los 1970s). Se trata de un periodo extenso, de casi setenta años. En una nota final ofrezco alguna explicación técnica sobre la preparación de los datos.

Pues bien, he calculado la media anual de voto a partidos socialdemócratas y la he representado a lo largo del tiempo, estimando además una línea de regresión local (lowess). El resultado aparece aquí:

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 Las conclusiones que pueden extraerse del gráfico son las siguientes:

1.Desde 1950 hasta el presente, los partidos socialdemócratas de Europa occidental han perdido, por término medio, doce puntos de apoyo electoral.

2.La fase dorada de la socialdemocracia europea se corresponde con el periodo 1950-1970. A partir de 1970 se produce un cambio paulatino y continuo. Son varias las razones que habitualmente se aducen para explicar la tendencia bajista: la crisis del petróleo de 1973, que pone en cuestión el modelo keynesiano de crecimiento; la ruptura del sistema de Bretton Woods (el dólar pasa a flotar libremente, abandonando la convertibilidad en oro); y el inicio de la libertad de movimiento del capital. Se sientan entonces las bases de un periodo de globalización en cuyo desarrollo estamos todavía inmersos.

3.Aunque la socialdemocracia europea pierde votos desde 1970, la tendencia se acelera a partir del siglo XXI. La década del boom económico estimulado por el exceso de crédito y deuda no supone un respiro para los partidos socialdemócratas, más bien al contrario. Y tras la crisis de 2008 el declive se vuelve mucho más rápido.

Cabría pensar que el descenso tan pronunciado en la fase final de crisis económica se debe fundamentalmente a los partidos socialdemócratas del sur de Europa, como PSOE y PASOK (el Partido Socialista portugués resiste bastante mejor y, de hecho, gobierna en la actualidad con el apoyo de las fuerzas a su izquierda). Sin embargo, en el centro y norte de Europa se observan experiencias muy llamativas de pérdida de músculo electoral: el SPÖ austriaco llegó a tener el 51% del voto en 1979 y hoy se encuentra en el 27%; el SPD alemán obtuvo el 46% en 1972 y hoy tiene veinte puntos menos, 26%; hasta el SAP sueco, que alcanzó el 50% en 1968, en la actualidad cuenta solamente con un 31% de apoyos.

En el gráfico siguiente se pone en perspectiva la evolución electoral del PSOE con respecto a la tendencia europea.

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 Se ve claramente que el PSOE sufre una caída prolongada después de alcanzar su máximo en 1982 (con un 48%), siendo las dos victorias de Zapatero en 2004 y 2008 una especie de paréntesis temporal. En cualquier caso, el PSOE estuvo por encima de la media europea durante el periodo 1982-2011, si bien el impacto de la crisis (y de la reacción de los socialistas ante la misma) ha sido tan enorme que en las últimas elecciones el PSOE aparece ya por debajo de la media europea.

Si nos centramos en los años de crisis, el PSOE es el partido socialdemócrata europeo que más ha caído después del PASOK. En 2009, el PASOK consiguió el 43,9% del voto, en 2015 tan sólo el 7%: la caída fue de 37 puntos porcentuales. En 2008, el PSOE ganó las elecciones también con el 43,9% de los votos, bajando en 2015 hasta el 22%, una caída de 22 puntos.

Teniendo en cuenta la tendencia a la baja de la socialdemocracia europea, el PSOE debe reflexionar sobre las experiencias exitosas de 2004 y 2008. En un contexto ciertamente negativo para este tipo de partidos, el PSOE consiguió entre 2004 y 2008 aumentar su base electoral tras cuatro años en el poder (cosa que no sucedió jamás en la atapa de Felipe González, marcada por un declive constante tras la victoria arrolladora de 1982). En la primera legislatura de Zapatero, el PSOE actuó al margen de las servidumbres mediáticas habituales y acertó con unas políticas arriesgadas que despertaron la complicidad del votante progresista. El electorado premió la osadía y el proyecto transformador del gobierno. Aquel espíritu desapareció rápidamente con la crisis económica: el PSOE hizo ajustes centrados casi exclusivamente en el gasto (apenas se tocó el ingreso), no mostró una actitud crítica hacia los poderes europeos y realizó reformas estructurales ortodoxas sin establecer mecanismos de compensación para los colectivos más perjudicados. De esta forma, como ya había sucedido en la etapa de González, el PSOE quedó como un partido consumido por una contradicción interna entre sus credenciales socialdemócratas y unas políticas económicas liberales. Y ahí sigue.

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Nota técnica: los 12 países seleccionados son Alemania, Austria, Bélgica, España, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Noruega, Portugal, Suecia y Reino Unido. En el caso de Bélgica he sumado los votos de los partidos socialistas (el valón y el flamenco) en los años en que se han presentado por separado. Irlanda ha quedado excluida por no contar con un auténtico partido socialdemócrata. También he excluido Italia por la complicación que supone que fuera el único país en el que el Partido Comunista fuese el partido dominante en la izquierda.

 

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Jordi MERCADER, “El fals cas de l’hotel del Palau” a El Periódico (14-06-16)

http://www.elperiodico.cat/ca/noticias/opinio/fals-cas-lhotel-del-palau-5201842

“El fiscal del cas de l’hotel del Palau ha aconseguit una cosa que semblava impossible: fer de Millet i Montull dos innocents. I no ho són, perquè són delinqüents confessos en la seva llarga trajectòria com a espoliadors del Palau de la Música. La sentència del Suprem, que declara que en la causa oberta pel projecte de l’hotel no hi havia delicte en els fets denunciats, confirma la sospita inicial: el procés no ha sigut més que una torna política del gegantesc sumari del ‘cas Palau’, un intent d’ampliar el ventall ideològic dels afectats (bàsicament CDC) penalitzant l’urbanisme municipal.

La sentència descriu la construcció d’un cas basat, segons el tribunal, en un inexistent tràfic d’influències, mantingut viu durant sis anys per la fiscalia a partir d’una denúncia assessorada per l’advocat Jaume Asens abans de ser tinent d’alcalde. Fent seure al banc dels acusats la cúpula d’Urbanisme (García-Bragado, Massaguer i Lambies) s’enfosquia jurídicament i políticament la transformació urbana de Barcelona sota els mandats de Maragall, Clos i Hereu. El tret ha sortit per la culata, amb l’efecte col·lateral de donar una alegria a Millet i Montull i, de passada, danyar la credibilitat de la persecució dels verdaders corruptes.

La justícia és molt lenta; els judicis paral·lels, molt ràpids, i les penes mediàtiques, irreparables. ¿Com es compensa les víctimes d’un procés infundat? I no solament per les falses acusacions a la seva integritat professional i política, també pels insults a ells i les seves famílies per part de ciutadans àvids de mossegar i fer mal. El mecanisme social de reparació de l’honorabilitat dels tres dirigents municipals encara s’ha d’inventar. L’ajuntament ho té més senzill: ¿es felicitarà públicament l’alcaldessa per la sentència que deixa intacte el prestigi jurídic de l’urbanisme barceloní i el dels seus gestors?