Presentació

Després d’uns dies allunyats de les notícies quotidianes reprenem el Focus Press amb una selecció d’una vintena d’articles.

En l’àmbit internacional destaquem el caràcter més propagandístic que estratègic de l’atac nordamericà, britànic i francés a Síria (Mariano Aguirre), en un context de redefinició geopolítica que segons  (Lluís Bassets) [text 1] no pot interpretar-se com un pas més cap a una nova guerra freda.

També considerem rellevant l’acumulació d’esdeveniments que s’estan produint a l’Amèrica Llatina: canvi de poder a Cuba (Susanne Gratius), [text 2] crisi política a Brasil (Rodrigo González Stumpf) [text 3], eleccions presidencials a Mèxic (Kiko Llaneras), crisi social i política a Nicaragua (Sergio Ramírez) … Moisés Naím [text 4] analitza els factors externs i interns que anuncien un periode de convulsions a Llatinoamèrica.

Emmanuel Macron segueix desplegant les seves iniciatives amb una energia intacta després d’un any d’exercici presdidencial (Salvador Llaudes), especialment en el marc europeu -malgrat les reticències de Merkel- (Andrés Ortega [text 5], Hans-Helmut Kotz) i internacional amb l’intent de crear una relació especial amb Donald Trump (Jean-Éric Branaa; veure també el discurs de Macrón al Congrés dels Estats Units).

Continua inalterat el bloqueig de la situació política espanyola (Soledad Gallego-Díaz), amb un Partit Popular enfangat en el cas Cifuentes (Ignacio Escolar, Lucía Méndez) i  sense reflexes (Enric Juliana, Ignacio Varela, Kepa Aulestia) per frenar el progrés electoral de Ciutadans (enquesta de Gesop) i amb unes esquerres perdudes en el seus laberints particulars (Ignacio Varela, Ricardo Dudda, Jorge Galindo, Roger Senserrich [text 6]). De l’enquesta de Gesop es dedueixen els punts forts de cada partit: C’s i PP competeixen per qui representa millor el nacionalisme espanyol; C’s i UP, per la lluita contra la corrupció; el PSOE, pels problemes socials “materialistes”; i UP, pels problemes socials “postmaterialistes”.

La sensació d’estar assistint a un canvi de cicle es confirma amb l’anunci del final definitiu d’ETA que, malgrat tot, no renuncia a intentar imposar el seu relat (Álex Grijelmo) [text 7]

En el nou cicle que comença destaca el rebrot amb força del nacionalisme espanyol com a reacció al repte independentista català: el digital CTXT hi dedica un monogràfic especial amb un títol ben explícit, “Vuelve la patria”, amb articles d’Ignacio Sánchez-Cuenca, Xosé M.Núñez Seixas, Jordi Amat, Guillem Martínez, Steven Forti, Jordi Muñoz … Una mostra significativa de la diferent percepció i interpretació del procés independentista és la polèmica entre Santos Julià  [text 8] i Ignacio Sánchez-Cuenca [text 9] …

Mentre, la crisi institucional s’estén i afecta al sistema universitari, com analitza lúcidament Francisco Longo [text 10]… I la reconstrucció del pacte social i intergeneracional segueix a l’espera de l’impuls polític i de la voluntat de grans acords: Ignacio Martín Granados [text 11] presenta un informe de la Fundación Felipe González sobre el retrocés de les expectatives de les generacions joves i Borja Barragué [text 12] ressenya a Revista de Libros el tan comentat i lloat llibre de Politikon, “El muro invisible” … Mentre, el sistema de pensions i la seva reforma segueixen presoners de polítiques de curt termini (José Antonio Vega).

A Catalunya, Carles Puigdemont segueix marcant el pas a les forces independentistes, amb la incertesa de si finalment consentirà que s’investeixi un president “efectiu” o de si pretén provocar unes noves eleccions (Guillem Martínez [text 13], Antoni Puigverd, Valentí Puig, Roger Palà). En una llarga entrevista, el professor i president de Federalistes d’Esquerres  Joan Botella [text 14] ofereix la seva interpretació del procés i la seva gènesi i de les seves conseqüències a mig i llarg termini en la societat catalana.

Unes conseqüències que es manifestaran en les pròximes eleccions municipals, especialment a la ciutat de Barcelona, on sembla inexorable que s’emmarquin en un clivatge explícitament nacionalista (Francesc-Marc Álvaro), com mostra el globus sonda llençat per Ciutadans de presentar Manuel Valls com a candidat (Antoni Puigverd, [text 15],  Jordi Mercader, Lluís Foix, Gabriela Cañas). De confirmar-se aquesta possibilitat, seria un incentiu poderós per la formació d’una candidatura independentista unitària i un entrebanc seriòs per a uns  Comuns amb dificultats per presentar un balanç convincent (Sergio de Maya, Miquel Molina [text 16], Gregorio Luri).

Per últim, proposem quatre textos de fons: els consells d’Adam Michnick [text 17] per resistir en temps confusos i ombrívols;  les reflexions de Jan-Werner Müller [text 18] i John Gray [text 19] sobre els problemes del liberalisme; i la nota de Manuel Arias Maldonado [text 20] sobre com reforçar la cultura democràtica.

 

 

1.

 

Lluís BASSETS, “Una nueva guerra fría no tendrá lugar” a El País (15-04-18)

https://elpais.com/internacional/2018/04/13/actualidad/1523639302_756444.html

Regresan los aires gélidos y tenebrosos de una nueva guerra fría, otra vez entre Rusia y Estados Unidos. Soplan desde hace algunos años, especialmente desde el incendio de Ucrania, cuando se produjo la anexión de Crimea por Rusia en 2014, un hecho insólito en territorio europeo desde 1945. Pero se han intensificado en los últimos meses, por un puñado de acontecimientos, todos inquietantes.

Por una parte, Vladímir Putin ha terminado de consolidar su poder al asegurarse la presidencia rusa hasta 2024, camino de superar en longevidad política a Joseph Stalin, la figura histórica en alza con quien el actual inquilino del Kremlin comparte la idea de fortaleza y de protagonismo mundial. La pieza central de su campaña presidencial, ganada antes de librarla en las urnas, fue la exhibición de un nuevo arsenal de armas nucleares que declaró invencibles.

De la otra, el Londongrado de los magnates rusos ha proporcionado escenas que parecen extraídas de las novelas de John le Carré, como el ataque químico a un exespía de Moscú y a su hija y las expulsiones masivas de diplomáticos y agentes secretos rusos por parte de Reino Unido, Estados Unidos y una veintena larga de países aliados, replicadas inmediatamente por la Federación Rusa con medidas simétricas.

Washington y Moscú se hallan enfrentados también en dos contiendas peculiares. Una bien caliente y sangrienta, la de Siria, en la que ambos Estados mayores se coordinan para no dispararse directamente, pero aprovisionan, instruyen e incluso bombardean para favorecer a los bandos enfrentados que apadrinan cada uno de ellos: Rusia a Bachar el Asad e Irán, y Washington a los rebeldes suníes y a los kurdos. La otra, subrepticia pero bien ruidosa, es la que desarrolla Rusia en la ciberesfera, en la que se le atribuyen numerosas interferencias en elecciones y procesos políticos, empezando por la propia elección de Trump.

Atendiendo a las sonoras broncas en el Consejo de Seguridad, donde los embajadores intercambian terribles acusaciones de genocidio y de terrorismo, se diría que el mundo ha regresado a los cincuenta y sesenta. Si entonces fueron la crisis de los misiles de Cuba, Berlín dividido o la guerra de Vietnam lo que suscitaba los vetos y divisiones en el impotente máximo organismo de Naciones Unidas, e incluso una alineación en bloques polarizados, ahora es la guerra de Siria y especialmente el uso de armas químicas por parte de Bachar el Asad.

El miedo que atenazaba entonces al mundo era el de la destrucción mutua asegurada (MAD, en sus siglas en inglés) como resultado de un incidente incontrolado y de una escalada entre Moscú y Washington que condujera a un intercambio de disparos y al consecuente apocalipsis nuclear. Ahora el miedo se ha hecho plural, es más diverso. Persiste el temor nuclear limitado a la península de Corea, ante la escalada nuclear norcoreana y la espiral de amenazas que la ha acompañado hasta hace apenas unas semanas. Pero son el terrorismo, las inmigraciones descontroladas, el ascenso de las ideologías extremas, los brotes de nacionalismo étnico y la crisis de las democracias liberales lo que suscita los mayores temores de inestabilidad, pérdida de riqueza y aparición de conflictos calientes, especialmente en los lindes del continente europeo.

La idea de una guerra fría es una contradicción en sus términos, un oxímoron según el catálogo de las figuras de la retórica clásica. Si es guerra, es caliente. Si no es caliente, es que no es guerra. Fue un término surgido al final de la II Guerra Mundial ante el creciente temor a una inmediata tercera guerra, en la que se enfrentarían los dos aliados de la segunda, Estados Unidos y la URSS.

La aparición del término se produjo en 1947, justo antes de que Moscú fabricara su bomba atómica. Después de Hiroshima y Nagasaki estaba claro que la siguiente guerra sería nuclear. Afortunadamente no sucedió: no se han vuelto a utilizar estas armas y lo que empezó propiamente fue una paz armada, con escalada armamentística y de tensión, que no cejó hasta la llegada de Mijaíl Gorbachov al Kremlin en 1985.

La Guerra Fría era una contienda sin hostilidades abiertas entre las dos superpotencias, que solo se enfrentaban de forma encubierta, en guerras por procuración, especialmente en el denominado Tercer Mundo, pero practicaban una intensa belicosidad psicológica, mediante la propaganda, la infiltración y el espionaje, en una larga partida de ajedrez por la hegemonía mundial, que permite buscar analogías en la renovada rivalidad actual entre Moscú y Washington.

Por encima de la retórica y de las analogías siempre posibles y atractivas, lo que cuenta son las diferencias, que historiadores y politólogos sitúan en cuatro cuestiones. En primer lugar, el actual no es un enfrentamiento global, ni divide el mundo en zonas de influencia como sucedió entonces. No hay, en segundo lugar, un enfrentamiento entre dos ideologías y dos sistemas como eran el capitalismo y el comunismo. La tercera característica es que el actual no es un enfrentamiento bipolar y total, que busque la derrota absoluta y sin compromiso del adversario y con ella la hegemonía mundial. Finalmente, a pesar de los peligros actuales, no hay hoy nada semejante a la MAD, cuando el planeta entero se encontraba bajo la amenaza de entrar en un invierno nuclear después de perder a millones de sus habitantes y de sufrir la destrucción de numerosas ciudades como resultado de los lanzamientos nucleares encadenados.

La más destacada diferencia se concentra en el concepto de globalización, resultado directo del final de la confrontación bipolar y ahora considerada como irreversible nada menos que por el todopoderoso líder chino, Xi Jinping. A pesar de sus averías, que son muchas y serias, es imposible imaginar un mundo dividido en dos hemisferios prácticamente incomunicados y en competencia ideológica como era el planeta en los años de la auténtica Guerra Fría.

No habrá una nueva guerra fría, pero puede haber algo peor, una buena guerra caliente. Así lo cree el ministro de Exteriores ruso, Sergéi Lavrov, o al menos fingió creerlo amenazadoramente ante las represalias suscitadas por el ataque químico de Salisbury. Lawrence Freedman, profesor emérito del King’s College, comparte esta impresión (“La nueva guerra fría de Putin”, en New Statesman). Para este insigne historiador de la guerra, la mayor semejanza con la Guerra Fría es la posibilidad creciente de una guerra caliente, que tiene esta misma semana en Siria su punto de fricción más peligroso.

Hay muchos puntos de ignición para una gran guerra caliente inaugural de la nueva etapa, como fueron la contienda civil griega (1946-49) y la de Corea (1950-53). Algunos se han neutralizado ya, como es el caso de Ucrania. Otros parecen estar en vías de neutralización, como Corea. Destaca en todo caso el escenario de la guerra siria, con su capacidad de seguir ampliando su dimensión sin que nadie, y quien menos Naciones Unidas, pueda frenarla.

Empezó como una revuelta urbana, se convirtió enseguida en guerra civil a varias bandas y ahora ya es una guerra internacional de dimensión sobre todo regional, a punto de adquirir esta semana la categoría de un insólito conflicto directo entre dos potencias mundiales como Rusia y Estados Unidos. Si llega el enfrentamiento entre ambas, lo que empieza ahora no tendrá nada que ver con la Guerra Fría.

 

2.

 

Susanne GRATIUS, “Cambio de poder en Cuba: ¿Un mero trámite?” a “Nota de Opinión” nº 526 (04/2018) del CIDOB

https://www.cidob.org/ca/publicacions/series_de_publicacio/opinio/america_latina/cambio_de_poder_en_cuba_un_mero_tramite

Desde el 19 de abril, Cuba tiene un presidente post-castrista. Con dos meses de retraso, Miguel Díaz-Canel fue elegido, con 603 de los 604 votos posibles, por una Asamblea Nacional del Poder Popular que apenas sirve de caja de resonancia al ejecutivo. El régimen se empeñó en presentar el histórico traspaso de poder como “una legislatura más” o, como lo calificó Granma, la “continuidad del proceso emancipador” para bajar las expectativas de cambio a cero. No sorprendió que el primer discurso del nuevo presidente fuera conservador, combativo, histórico, soberanista y de homenaje a Raúl Castro que, desde su posición de secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) vigilará a su delfín hasta que la salud se lo permita. Consciente de ello, Miguel Díaz Canel aseguró que “aquí no hay espacios para una transición” o “una restauración capitalista”. Aunque nada trascendió de su opaco discurso leído, la mención de la “Revolución socialista y democrática”, la referencia a los artistas, intelectuales y periodistas, la creatividad, la importancia de internet o la participación de la población en las decisiones podrían ser interpretadas como un guiño a posibles cambios.

Entre los 31 miembros electos del Consejo de Estado destaca la continuidad de los “históricos” y los militares. Con ello, el régimen cubano garantizó la continuidad del proceso iniciado desde los años noventa: una transformación gradual y ordenada. Pero, aunque al Gobierno cubano quiso restar importancia al acto y se esforzó en venderlo como un mero trámite para evitar cualquier expectativa y proyectar una imagen de cohesión en el interior y el exterior, ya nada va a ser como antes.

Una nueva etapa

El fin del liderazgo histórico abre un nuevo horizonte político y crea un equilibrio de poder diferente en la cúpula dirigente. Para evitar sorpresas, el ascenso al poder de Miguel Díaz-Canel cuenta con la doble tutela de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que se convirtieron durante los doce años del mandato de Raúl Castro en el principal sostén del régimen, y del mismo Raúl, de 86 años, que actuará desde la sombra como último guardián de la Revolución. Es cierto que el régimen parece tener “todo atado”, pero otras experiencias de delfines y sucesiones, entre ellas la española, enseñan que la historia no se puede predeterminar sino que busca su propio camino. Por varias razones, la presidencia del ingeniero electrónico Miguel Díaz-Canel -un apparátchik de 58 años con una larga carrera en el PCC-, inicia una nueva etapa en Cuba.

En primer lugar, al ser el primer presidente post-revolucionario, su legitimidad ya no será otorgada por el proceso histórico sino que dependerá de los resultados de su gestión que tendrá que ser aprobada por los que ya no serán simples seguidores sino ciudadanos, en un ciclo político y económico diferente. En segundo lugar, su mantenimiento en el poder depende de las Fuerzas Armada Revolucionarias y del PCC que tendrán que apoyar al nuevo presidente. En tercer lugar, ya no será posible poner más frenos al proceso de cambios en marcha desde la presidencia de Raúl Castro y particularmente a partir de los alineamientos del VII Congreso del PCC en 2011. Aparte de implementar el 70% restante del paquete de medidas aprobadas en aquel entonces hay otras más importantes: la unificación monetaria para poner fin a la circulación independiente de dos monedas, el CUC y el peso; mayor espacio para el emergente sector privado; una apertura política que permita nuevos espacios de debate; la “reparlamentarización” de la Asamblea Nacional (que contaría con la resistencia de su presidente Esteban Lazo, que representa el ala más conservadora); una mayor descentralización territorial; y cambios constitucionales y electorales. En el plano económico, dicho proceso de cambio tendría que acelerarse por el difícil contexto internacional que afronta Cuba: sin su aliado, Venezuela, que ya no puede suministrar la cuota de petróleo acordada, con escasas perspectivas de aumentar la cooperación con China y sin la esperanza de mejorar relaciones con EE.UU. durante el mandato de Donald Trump. Sólo queda intensificar las relaciones con economías que operan en condiciones de mercado: Canadá, la Unión Europea y los vecinos latinoamericanos.

El tamaño del paquete de reformas pendientes contrasta con las bajas expectativas de cambio político. Evidentemente, el relevo generacional no es equivalente al relevo de ideas. Hasta el momento, el primer presidente no castrista más bien se había caracterizado por su escaso protagonismo y carisma, así como por su actuación desde la sombra en línea con los postulados oficiales. A partir de ahora, desde la presidencia del país, Miguel Díaz-Canel representa esta zona gris entre el sistema de control conocido y la liberalización de nuevos espacios económicos y políticos.

Escenarios de cambio

De cara al presente y al futuro, el cambio en el poder puede traducirse en cuatro fases diferentes, representadas por cuatro “Ts”:

1) Traspaso de poder. Corresponde a la primera fase del proceso y sería el escenario preferido del gobierno actual para garantizar un mero trámite ordenado sin mayores alteraciones en la agenda política y económica que, en este horizonte, seguiría con escasas reformas y al ritmo actual.

2) Transferencia de poder. Esta etapa se iniciaría después. La trayectoria del mandato de Miguel Díaz-Canel depende en gran medida de su habilidad de negociar con los diferentes facciones dentro de la cúpula dirigente, pero también de cuánto poder estén dispuestos a ceder los líderes actuales, incluyendo a Raúl, y los históricos que todavía representan una mayoría dentro del recién reelecto Consejo de Estado.

3) Transición. Éste sería el horizonte preferible de muchos analistas, pero nada indica que se produzca. Durante el mandato de Raúl Castro se ha iniciado una fase de liberalización política o una limitada apertura democrática por la reducción de presos políticos, la libertad de movimiento de los disidentes y una mayor tolerancia con un espacio político y social más diverso y variopinto. Otras experiencias, entre ellas la “Primavera Árabe” que no tuvo lugar, enseñaron que el camino entre liberalización y transición democrática no es lineal: Según el Informe 2017 de Freedom House, los ciudadanos que viven en regímenes democráticos representan sólo el 39% de la población mundial frente a aquellos con gobiernos híbridos o autoritarios (61%).

4) Transformación. Aunque el gobierno prefiere este término ante la palabra transición, tanto en la teoría como en la práctica significa un proceso de cambio simultáneo dual: la transición política del autoritarismo a la democracia y el cambio del socialismo hacia una economía de mercado. Hasta ahora, Cuba ha iniciado tímidamente la segunda parte de la transformación, pero no ha emprendido la primera. No se ha comprobado que ambas se produzcan simultáneamente ni tampoco que se condicionen mutuamente.

Sólo cuando haya transcurrido el primer año del nuevo gobierno se podrá decidir cuál de estas cuatro “Ts” representa mejor el relevo político de Castro a Díaz-Canel. En este momento, estamos en la fase uno: un traspaso de poder largamente anunciado y planificado cuyo desenlace es difícil de predecir porque depende de la capacidad del nuevo presidente de satisfacer las demandas de reformas de los que prefieren los escenarios 3 y 4 sin provocar el descontento de aquellos que prefieren las opciones 1 y 2. Una tarea nada fácil de realizar y menos en un contexto regional e internacional adverso en el cual Cuba carece de un aliado estratégico -como tradicionalmente, primero la URSS y luego Venezuela, habían garantizado la supervivencia económica de la Revolución cubana-.

Su mandato, sea corto o largo, decidirá  la continuidad o no del creciente abismo entre un gobierno comprometido con el pasado y una sociedad comprometida con el futuro. Unir estos dos espacios independientes, una sociedad muy abierta y diversa y un oficialismo cerrado y monolítico, es una principal tarea del nuevo/viejo liderazgo político. El hecho de que las expectativas de cambio no sean muy altas le da más margen de maniobra, y cualquier gesto de apertura será acogido favorablemente por una población que acepta resignadamente esta dualidad de perspectivas.

 

3.

 

Rodrigo GONZÁLEZ STUMPF, “Lula y el drama brasileño” a Agenda Pública (12-04-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/lula-y-el-drama-brasileno/

No es sencillo explicar las razones que están detrás del encarcelamiento del ex presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva, puesto que hay distintas versiones de los mismos hechos en función la posición de los medios. Podemos compararlas con un drama de Shakespeare, pero cada una nos lleva a uno distinto.

Según el relato de los medios de comunicación conservadores brasileños (el dominante), se trataría de Ricardo III. Después de perder la batalla, al final el tirano se queda solo y derrotado. En esta narrativa, Lula es culpable de liderar una banda de criminales que organizó una red de corrupción en el país. Gracias al incansable trabajo de la Policía Federal y de la Fiscalía, comandadas por el juez súperhéroe Sérgio Moro, se ha hecho justicia y esto prueba la solidez de la democracia en Brasil. Hoy se hacen películas y series de televisión con esta versión. Personas vestidas de verde y amarillo y con banderas brasileñas, predominantemente de las clases medias de las grandes ciudades, han salido a las calles para celebrar la condena.

Para los miembros del Partido de los Trabajadores (PT) y demás simpatizantes de Lula, lo ocurrido está más cerca de Hamlet, el príncipe destronado; aunque cambiarían la venganza del final de la obra del escritor británico por la devolución del trono a su dueño legítimo. Creen que hay una persecución política en su contra por ser el único que puede llevar al Gobierno a una alianza de izquierdas, después del golpe parlamentario que sacó de la Presidencia a su sucesora, Dilma Rousseff, y devolvió el poder a los neoliberales. Los procesos y la condena de cárcel serían parte de la estrategia de una elite conservadora incapaz de vencer las elecciones y que ha utilizado al Poder Judicial como aliado. En esta tragedia, Lula es la víctima de una traición. Los manifestantes de los sindicatos, con sus banderas predominantemente rojas, y de los movimientos sociales de los barrios y regiones más pobres también han salido a la calle.

Pero hay otra posibilidad, y es la más próxima al Rey Lear y -creo- de la realidad. Hay un final en que el antiguo rey está solo y al borde del precipicio, abandonado por aquellos a quienes quiso beneficiar. Pero es tanto víctima como responsable de su situación, pues fueron sus decisiones las que le llevaron a la tragedia.

Se puede decir que la sentencia contra Lula y su encarcelamiento provisional, antes de que se resuelvan los recursos presentados ante las instancias judiciales superiores, son de una legalidad muy discutible.

A diferencia del relato triunfal de la prensa brasileña, la operación Lava Jato, la investigación impulsada por la Policía Federal bajo el mandato de la Fiscalía Nacional, está lejos de ser motivo de celebración. Es cierto que ha destapado una red de corrupción que implica a algunas de las mayores empresas públicas y privadas brasileñas y un mecanismo de financiación ilegal de partidos políticos a cambio de privilegios en contratos públicos. Pero para hacerlo se han utilizado mecanismos que no concuerdan con un derecho penal que garantice los derechos de los investigados. Para empezar, las 50 (sí, 50) actuaciones de la operación han recaído en un único juez en Curitiba, Sérgio Moro, a pesar de que los hechos se produjeron en distintos momentos y en distintas partes del país. Moro, que está actuando más como un aliado de la Fiscalía que como un juez imparcial, ha decretado prisiones provisionales prolongadas antes incluso de que se presentaran las acusaciones. Estos encarcelamientos han sido utilizados para negociar puestas en libertad a cambio de la implicación de otros acusados, una estrategia inspirada en la italiana Mani Pulite (proceso judicial anticorrupción comandado en la década de los 90 por el fiscal Antonio di Pietro). Así, la acusación contra Lula por un hecho ocurrido en São Paulo fue juzgada por Moro en Curitiba y la fundamentación para condenarlo reside, principalmente, en las confesiones de acusados que han negociado penas mucho menores, en algunos casos cumplidas mediante arresto domiciliario.

La acusación por la que Lula fue condenado y entró en prisión suena, per se, ridícula: habría recibido un piso en la playa, que nunca utilizó y no está en su nombre, a cambio de decisiones tomadas cuando ya no era presidente. Los fiscales han valorado el piso, siguiendo un criterio más propio de la burbuja inmobiliaria, en 800.000 euros. No se han encontrado cuentas en Suiza o en las Islas Jersey (como tienen algunos diputados de otros partidos) ni empresas en los Panama Papers (como tenían ministros del presidente Michel Temer). Muy poco comparado con un ex ministro de éste último, Jedel Vieira Lima, que tenía en un piso alquilado maletas con 11 millones de euros en billetes.

Pero Lula no es sólo la víctima inocente de una persecución política para impedir que vuelva a la Presidencia. El Partido de los Trabajadores no creó el sistema de corrupción existente ni las relaciones espurias entre Gobierno y empresas, y el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) de Temer tiene en la operación Lava Jato más investigados en sus filas que el PT. Lula fue presidente ocho años y llegó a ser el gobernante más popular de Brasil de las últimas décadas. Su partido ganó cuatro elecciones y gobernó casi 14 años, pero no utilizó su poder para cambiar el sistema político, sino que creyó que podía manipular a políticos corruptos a cambio de apoyo para hacer políticas en beneficio de la población más humilde. Fueron víctimas de su propia ingenuidad y manipulados por las élites conservadoras que pensaban controlar. Llegado el momento, estos grupos políticos no tuvieron reparos en destituir a la presidenta Rousseff para impedir un candidato incómodo en las elecciones.

La ironía es que la ley que puede impedir a Lula presentarse como candidato (otra aberración legal, la llamada Lei da Ficha Limpa, que impide candidaturas de personas condenadas por corrupción, aunque la sentencia no sea firme) fue en gran parte impulsada con el apoyo del PT, basándose en un discurso maniqueísta de separación entre los puros y los parias. Las víctimas reales en todo este proceso son la democracia y la población de Brasil, que en adelante seguirán padeciendo años difíciles y de inestabilidad política. No es previsible que tengamos pronto sueños de una noche de verano.

 

4.

 

Moisés NAÍM, “Años convulsos para América Latina” a El País (15-04-18)

https://elpais.com/internacional/2018/04/13/actualidad/1523626880_607321.html

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Este es la primera frase de Cien años de soledad, la novela de Gabriel García Márquez que narra la vida de los pocos pero fascinantes habitantes de Macondo, un imaginario pueblo perdido en las selvas de Colombia. Cada cierto tiempo, a Macondo lo sacude lo que los economistas, politólogos y sociólogos de hoy llaman un “choque externo”. Es un invento foráneo que trastoca la economía, las relaciones de poder, los hábitos y costumbres, en fin, la vida del pueblo. Así, además del hielo, a Macondo lo sacudieron la llegada de los imanes, de la pianola, de ideas políticas en conflicto que dispararon una larga y sangrienta guerra civil, o la bananera, una empresa multinacional más poderosa que todos los Gobiernos y todos los ejércitos. La novela es, por supuesto, mucho más que el relato de los “choques externos” que le cambian la vida a la gente del pueblo. Pero las convulsiones de Macondo ofrecen una excelente metáfora para discutir las sacudidas que le vienen a América Latina.

Esta ha sido siempre la región con las economías más volátiles del mundo. Periódicamente, una etapa de expansión y prosperidad es súbitamente reemplazada por otra de estancamiento y miseria.

Estos ciclos de auge y caída suelen estar determinados por los precios internacionales de las materias primas que exporta la región, y por la disponibilidad de préstamos e inversiones que vienen de afuera. Cuando los precios del petróleo, cobre, café, soja, etcétera, suben en el mercado mundial, América Latina prospera. Cuando caen, se empobrece. Cuando los bancos y empresas extranjeras invierten y abren el crédito, las economías latinoamericanas mejoran. Pero cuando los préstamos e inversiones foráneas cesan (y con frecuencia eso sucede al mismo tiempo que bajan los precios de las exportaciones) viene la debacle: devaluación, inflación, desempleo, suspensión de programas sociales y quiebras de bancos y empresas. Naturalmente, los Gobiernos latinoamericanos también son responsables por no hacer que sus economías sean menos vulnerables a las oscilaciones internacionales. Pero es justo reconocer que no es fácil neutralizar el impacto de un masivo choque económico externo.

Los nuevos choques externos

En los próximos años, a las sacudidas económicas que periódicamente agitan América Latina se le van añadir otras. El cambio climático, la revolución digital, una nueva intolerancia a ciertos problemas sociales o la revolucionada política mundial serán las fuentes de estos potentes e inéditos choques externos.

El cambio climático

Ninguna región escapará a sus efectos. Pero según la Organización de Naciones Unidas, América Latina es una de las más vulnerables a los accidentes climáticos que seguirán aumentando en frecuencia, fuerza, fatalidades y costos. Las razones de esta alta vulnerabilidad van de la geografía al clima, de las condiciones socioeconómicas a la demografía. Es la zona más urbanizada del planeta: el 80% de sus habitantes viven en ciudades, la gran mayoría de ellos son pobres y sus viviendas, muy precarias. La corrupción también agudiza la fragilidad de la región ante el cambio climático. Es frecuente, por ejemplo, que funcionarios venales autoricen construcciones en lugares inadecuados o que hagan la vista gorda con las violaciones de normas urbanísticas a cambio de sobornos.

El cambio climático traerá los choques externos más transformadores que ha vivido América Latina. Cambiarán dónde y de qué viven los latinoamericanos, lo que producen y lo que gastan. O a qué conflictos domésticos e internacionales tendrán que enfrentarse.

La revolución digital

Inteligencia artificial, big data, robótica, blockchain, computación cuántica y redes neuronales son solo algunos de los campos en los que se dan las revoluciones tecnológicas que van a cambiar el mundo. Es fácil intuir que se nos avecinan enormes transformaciones. Pero lo que más nos sorprenderá es la rapidez con la que se harán notar sus efectos.

La posibilidades que abren estas nuevas tecnologías son maravillosas. Pero también son enormes los problemas que plantean. Un importante efecto indeseable de la revolución digital es que puede destruir muchos puestos de trabajo existentes, antes de crear otros nuevos. Eso también va a pasar en todas partes. Pero en América Latina el impacto sobre el mercado laboral será más fuerte. Según la ONU, en las próximas décadas dos de cada tres empleos formales en Latinoamérica serán automatizados. El choque externo producido por la revolución digital puede ser tan determinante como el del cambio climático

Nueva intolerancia a viejos males

La desigualdad económica y la corrupción son dos plagas perennes en Latinoamérica. A pesar de que su erradicación ha sido siempre la promesa de populistas y revolucionarios, en la práctica las sociedades las aceptaban como realidades inevitables. Recientemente, esto ha comenzado a cambiar. La coexistencia pacífica de los latinoamericanos con la corrupción y la desigualdad se está acabando. Entre otras razones, el aumento de la desigualdad en Estados Unidos y Europa ha creado un intenso debate mundial que ha reactivado esa discusión en América Latina. Lo mismo sucede con la corrupción. Las fechorías de los corruptos, que siempre han existido, ahora se han hecho más visibles e inaceptables. Las nuevas clases medias, más numerosas, educadas, informadas y conectadas, se han activado y están hartas de los desmanes y de la impunidad. Guatemala, Brasil y Perú se han unido a la lista de países como Corea del Sur, Ucrania, Arabia Saudí y China, donde las acusaciones de corrupción han llevado a la cárcel a políticos y empresarios antes intocables.

Si bien estas acciones son locales, en muchos casos los estímulos que prenden la mecha vienen de afuera. El escándalo de la empresa Odebrecht, por ejemplo, es brasileño pero ha resultado en un choque externo que ha convulsionado la política de muchos países de América Latina. La inestabilidad producida por la lucha de la gente contra la corrupción y la desigualdad va a seguir.

La política

A finales del siglo XIX, un periodo tan caótico como el actual, el pensador italiano Antonio Gramsci escribió: “El viejo mundo se está muriendo. El nuevo tarda en llegar. En ese claroscuro se ceban los monstruos”. Esta frase capta muy bien lo que está sucediendo hoy en el mundo. Es natural que estos nuevos monstruos foráneos también hagan de las suyas en América Latina. Para eso no solo se aprovecharán de las oportunidades que les ofrecen las nuevas relaciones de poder dentro y fuera de la región, sino también de las nuevas tecnologías. Internet está siendo utilizado para polarizar, destruir reputaciones e influir en procesos electorales. El impacto en sociedades aprensivas, que ya están crispadas y confundidas, puede ser enorme. Los protagonistas de siempre pierden influencia y son reemplazados por recién llegados que alteran la agenda y actúan de manera imprevisible. Nuevos caudillos mundiales, como Xi Jinping o Vladímir Putin, mueven fronteras y cambian reglas. Donald Trump desestabiliza a su país y al mundo. ¿A quién creer? ¿Qué es verdad? ¿En quién confiar?

La política es siempre muy local, pero ahora lo local se mezcla con lo global casi instantáneamente, creando contundentes choques políticos externos. Si la principal cadena de transmisión de este tipo de choques externos son las redes sociales, entonces América Latina es, de nuevo, la región más vulnerable. Según un estudio de ComScore, los latinoamericanos pasan en las redes sociales el 29% del tiempo que están en Internet. En ninguna otra parte el tiempo en redes sociales es tan alto. En EE UU es el 14%, y en Asia el 8%, por ejemplo.

Las buenas noticias

Los choques externos que impactarán a Latinoamérica tendrán altos costos, pero también abrirán oportunidades inéditas. Y los latinoamericanos son expertos en sobrevivir a la volatilidad. Llevan décadas, sino siglos, adaptándose, esquivando, improvisando y manejando los efectos de los choques externos. Las empresas latinoamericanas de hoy son ágiles y eficaces sobrevivientes de los periódicos revolcones que súbitamente cambian las reglas del juego.

Además, estos cuatro choques externos también tienen aspectos positivos. La nueva intolerancia con la desigualdad y la corrupción es una buena noticia. El cambio climático trae catástrofes, pero también cambios en los ciclos agrícolas que pueden aumentar la productividad y el rendimiento de las cosechas. Habrá una inmensa demanda de nuevas industrias especializadas en la adaptación a los cambios del clima o la mitigación de sus riesgos.

Lo mismo vale para la revolución digital. Las nuevas tecnologías seguramente crearán nuevos mercados y reducirán las barreras que tanto inhiben la competencia en el sector privado. Y si bien la polarización y la crispación política de la sociedades crea las peligrosas convulsiones políticas de las que se aprovechan los populistas, también es cierto que puede estar abriendo espacios para nuevos líderes democráticos que traigan otras propuestas.

Los choques externos son una amenaza creciente para América Latina. Pero no tanto como las amenazas que constituyen la complacencia y la falta de previsión.

El más de lo mismo ya no va a funcionar. Quienes antes rompan con el conformismo y salgan de su zona de comodidad tendrán más oportunidades de evitar que los choques externos los arrollen.

 

5.

 

Andrés ORTEGA, “Macron, Merkel y las nuevas soberanías europeas” al blog del Real instituto Elcano (24-04-18)

https://blog.realinstitutoelcano.org/macron-merkel-y-las-nuevas-soberanias-europeas/

El único que, de momento, se ha puesto en marche de cara a las elecciones al Parlamento Europeo de mayo de 2019 y con un discurso a favor de bastante más Europa, es el presidente francés Emmanuel Macron. Contaba con que Angela Merkel le acompañara en este camino, pero la canciller alemana está atrapada por la derecha de su partido –la CDU–, sus socios de coalición socialdemócratas –que, con Martin Schulz, se han librado de su mayor europeísta– y, en el Bundestag, una oposición encabezada por el partido euroescéptico AfD al frente de la oposición y unos liberales renuentes.

Aunque aspira a lograr de 20 a 30 eurodiputados y romper con la dinámica habitual de la Eurocámara para construir una gran coalición transversal a favor de más Europa, Macron lo va a tener difícil, incluso si cuenta con la Comisión Europea. En el Este, los de Visegrado y otros son cada vez más euroescépticos y opuestos a una política migratoria común, más nacionalistas y algunos de ellos menos demócratas. En el Norte, con el holandés Mark Rutte a la cabeza, un grupo de siete países ricos, que ya no pueden esconderse detrás de los británicos, se resisten a avanzar en todo lo que pueda significar transferencias de fondos. Y en el Sur, Italia se ha vuelto euroescéptica e ingobernable. Portugal está sacando la cabeza. Y hay una nueva oportunidad, si sabe aprovecharla, para una España con un amplio consenso político y social en materia europea y un duro ajuste realizado. Mariano Rajoy puede aclarar las cosas cuando acuda próximamente al Parlamento Europeo.

Macron estuvo valiente, aunque poco preciso, en su primera comparecencia en el Parlamento Europeo. Puso al frente la democracia y un concepto “reinventado” de “soberanía europea”, “complementaria y no de sustitución” a la nacional. Si citó 23 veces la palabra “soberanía”, el término “federal” no fue mencionado, si bien quizá la idea planeó en la sesión. El presidente francés habló de cinco dimensiones o pilares de soberanía para Europa: la de la seguridad interior exterior y de defensa, la económica y comercial, la climática y energética, la de salud y la de la alimentación, y la digital. Quizá sea esta última –¿quién controla los datos, los algoritmos y la Inteligencia Artificial?– la que acabe tirando de una mayor unidad europea. Nuevos impuestos al respecto pueden acabar nutriendo las arcas comunitarias, como espera Macron, dispuesto a que Francia aporte más a las arcas comunitarias si se reforma el presupuesto europeo, una batalla por librar.

Cuando más se vuelve a hablar del renacer de la primera dimensión, la de la defensa, la operación quirúrgica contra Siria por el supuesto uso de armas químicas por parte de las fuerzas gubernamentales ha puesto de relieve algunas realidades. Fue llevada por EEUU, con Francia y el Reino Unido. Con Brexit o sin él, los británicos van a seguir pesando en términos militares en la nueva Europa. La Alemania de Merkel se ha escondido. Y los 28 no han sido capaces de apoyar la acción abiertamente.

En cuanto al impulso a la Eurozona, las propuestas que Macron lleva esbozando desde hace meses –garantía de depósitos, transformación del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) en un Fondo Monetario Europeo (FME), un presupuesto significativo para el área, un ministro de Finanzas europeo y una convergencia de los tipos impositivos sobre las empresas– están recibiendo una ducha fría por parte de Berlín y de otros. Olaf Scholz, el socialdemócrata sucesor del democristiano Wolfgang Schäuble al frente del poderoso ministerio alemán de Finanzas, se ha mostrado tan escéptico como su predecesor. Ni la derecha de la CDU ni la CSU bávara quieren convertir el Mecanismo de Estabilidad en ese FME –que Merkel quiere que siga siendo intergubernamental y exige antes una difícil y lenta reforma de los tratados–, ni un presupuesto común significativo de la Eurozona. La cuestión es si ésta se reformará antes o habrá de esperar a verse espoleada a ello por la próxima crisis. La propuesta de Merkel de que el Eurogrupo incorpore a los ministros de Economía y Finanzas agigantaría esta formación –ya se habla de jumbo– sin aportar valor añadido evidente. Parece tener más de señuelo que de sustancia.

Macron ha ganado peso europeo, aunque lo tendrá que confirmar en la manera en que gestione las reformas internas en su propio país ante las que se multiplican las resistencias. Merkel, con las largas negociaciones para formar gobierno de coalición, ha perdido una parte de su auctoritas. Aunque por detrás de todo hay en Francia y en otros países, pero no en Alemania, cansancio social con la austeridad. Macron quiere más “solidaridad”, Merkel más competitividad, aunque el francés también la busca. ¿No debería defenderse más solidaridad para una mayor competitividad?

Como se ha señalado, “Macron tiene las ideas, pero Merkel el boli rojo”. Sin embargo, a pesar de sus dificultades internas y externas, Macron y Merkel han vuelto a reafirmar en su cita en Berlín que presentarán una propuesta conjunta de reforma de la UE, y en especial de la Eurozona para el Consejo Europeo de junio. No es el final de la luna de miel franco-alemana, como se ha dicho, pues nunca la hubo, sino el principio de una negociación por un compromiso, por un entendimiento seguramente a medio camino. Los grandes compromisos europeos entre Alemania y Francia, más que en coincidencias, han consistido en concesiones cruzadas. Parten ahora de una premisa común: hay que reformar la Eurozona. Discrepan en cómo. Ahora bien, en esta Europa, el eje franco-alemán sigue siendo esencial, pero no es el único. Y no hay realmente una alianza por más Europa. Quizá las elecciones europeas de 2019 sirvan para dinamizarla y evitar que el Parlamento Europeo se llene de antieuropeos.

 

6.

 

Roger SENSERRICH, “Competencia electoral” a El País (20-04-18)

https://elpais.com/elpais/2018/04/04/opinion/1522855840_780150.html

La fragmentación del sistema de partidos español mejora la calidad de nuestra democracia. Tener dos partidos de izquierdas y dos partidos de derechas permite a los votantes no sólo poder echar a los incompetentes del Gobierno cuando las cosas van mal, sino además poder hacerlo escogiendo a un partido con el que comparten ideología como alternativa.

Los políticos acostumbran a ver las cosas de otra manera. Los partidos quieren ganar elecciones, y para sumar mayorías esto de tener que pelearse por “sus” votantes de “su” espacio ideológico con un partido rival les parece algo casi injusto. Los partidos al otro lado del espectro ideológico son nuestros adversarios; el enemigo es el partido que dice compartir nuestros ideales.

En estas páginas Íñigo Errejón hablaba sobre cómo las fuerzas progresistas debían asumir la necesidad de cooperar; los ataques incesantes entre Podemos y PSOE no hacen más que debilitar el bloque de izquierdas. Los partidos deben competir en las urnas, pero cooperar en las instituciones, siguiendo el modelo de competencia virtuosa de la derecha. El problema va más allá de que Sánchez e Iglesias no quieran votar juntos en el Congreso. Errejón habla sobre cómo la izquierda debe reequilibrar la balanza a favor de los que más sufrieron durante la crisis. La tragedia de los partidos progresistas es que no parecen ser del todo conscientes sobre quién están hablando.

La izquierda lleva años insistiendo en consignas vacías: “presupuestos de la vergüenza”, “neoliberalismo”, “casta” y demás

Los tres grandes perdedores de la crisis económica en España han sido jóvenes, familias de rentas muy bajas y niños. Los jóvenes porque son los que se toparon con un 25% de paro justo cuando empezaban a trabajar y han visto cómo la brutal dualidad de nuestro mercado laboral les ha relegado a empleos inestables y sin opciones de prosperar a largo plazo. Las familias de rentas más baja eran los que incluso antes de la gran recesión vivían ya en esa frontera del precariado. La combinación de desempleo masivo y un Estado de bienestar desesperadamente ineficaz para cubrir a aquellos que no han tenido contratos laborales fijos les han condenado. Los niños han sufrido el impacto derivado del desastre laboral.

¿De quién hablan Podemos y socialistas estos días? De cualquiera, menos de estos tres grupos. A pesar de que el riesgo de pobreza entre mayores de 65 años disminuyó de forma sostenida incluso en los peores años de la crisis, los partidos de la izquierda española se han dedicado a regar de promesas al grupo social que resulta disfrutar de la parte más funcional del Estado de bienestar español. Al hablar de mercado laboral, la obsesión de ambos partidos consiste en preservar un sistema que favorece a las clases medias, en vez de abordar reformas que busquen abolir la dualidad del sistema que tanto perjudica a los jóvenes. Cuando hablan de mujeres y feminismo se meten en inacabables veredas culturales, sin concentrarse en el impacto que este mismo mercado laboral y el torpe Estado de bienestar español tiene en sus vidas.

Esta inatención también se extiende a temas identitarios. Los partidos progresistas reaccionaron con sorpresa cuando los barrios obreros del cinturón industrial de Barcelona votaron a Ciudadanos. En las últimas elecciones estos votantes se sintieron amenazados por un bloque independentista que les estaba excluyendo del sistema político desde las instituciones. PSC y Comunes parecían sentirse avergonzados de que les votaran, y nunca dijeron explícitamente que querían representarles. Ciudadanos, por el contrario, hablaron directamente y sin rubor sobre cómo iban a responder a esos temores e iban a representarles.

La izquierda lleva años insistiendo en consignas vacías: “Presupuestos de la vergüenza”, “neoliberalismo”, “casta” y demás. Los partidos progresistas están alejados de políticas públicas concretas comprensibles para un votante obrero golpeado por la crisis o uno de clase media preocupado por el futuro de sus hijos. Y no hablan de ellas porque no parecen estar seguros sobre a quién quieren representar o defender.

Ciudadanos y populares compiten entre ellos, y pactan de vez en cuando. Lo que hace distinta su competencia a la que vemos entre los partidos progresistas es que ambos partidos están intentando competir por votantes, no por tener el mejor lema electoral. Ambos partidos saben dónde está su electorado (clases medias, jubilados, ciudades pequeñas). La izquierda en España se está quedando atrás porque están más preocupados de intentar salir en la foto en la manifestación de esta semana que de representar a nadie de forma coherente.

 

7.

 

Álex GRIJELMO, “Las trampas lingüísticas de ETA” a El País (22-04-18)

https://politica.elpais.com/politica/2018/04/21/actualidad/1524330545_512705.html

El comunicado de ETA constituye un avance en su vocabulario, porque antes no figuraban en él palabras, locuciones, oraciones o sintagmas como “reconocer”, “provocar dolor”, “respeto a los muertos y a las víctimas”, “sufrimiento originado”, “lo sentimos de veras”, “pedimos perdón”. Pero eso no significa que su lenguaje haya dejado de ser tramposo.

Se hace a continuación un análisis crítico de ese texto.

Retóricas políticas. ETA utiliza en su texto un lenguaje lingüísticamente político. Cae en fórmulas retóricas y estiramientos ineficaces que están presentes en todos los partidos como una especie de dialecto que distingue el habla de los políticos respecto de aquella que usan los ciudadanos: “ETA quiere reconocer” en lugar de “ETA reconoce”; “en el transcurso de” en vez de “durante”; “ETA quiere mostrar su compromiso” en lugar de “se compromete”; “no debió prologarse tanto en el tiempo” en vez de “no debió durar tanto”; “desde la honestidad y el pleno respeto” y no “con honestidad y pleno respeto”.

Incluso quienes sostienen posturas ajenas al sistema político imitan sin rubor el lenguaje del propio sistema, generalmente vacuo y lleno de palabras prescindibles.

Eufemismos. El comunicado evita una vez más palabras como “atentados”, “terrorismo”, “asesinato”…, para usar en su lugar “acciones”, “lucha armada”, “las consecuencias del conflicto”, “trayectoria armada”. En eso no se ha producido ningún cambio.

Manipulaciones. ETA se sigue autodenominando una organización “de liberación nacional”. Asume que es separatista, pero no acude a esa expresión porque no desea poner el foco sobre el hecho de que pretenda escindir el País Vasco de España, sino sobre una supuesta ocupación de la que Euskadi debe defenderse.

Ocultamientos. La técnica más actual de la manipulación consiste en el ocultamiento o el silenciamiento de datos, de modo que se ofrece sólo una parte de la realidad con la esperanza de que el receptor no sea capaz de reconstruir el resto, o al menos se le dificulte ese acceso.

Eso sucede por ejemplo en estos dos pasajes:

— “Las generaciones posteriores al bombardeo de Gernika heredamos aquella violencia y aquel lamento”.

La autoexculpación o la referencia a causas ajenas a la voluntad de quien mata se plasma con toda claridad en esa frase, que juega también con la técnica de la ocultación parcial. El bombardeo de Gernika constituyó una de las mayores muestras de crueldad humana, pero Gernika no fue la única localidad bombardeada en la Guerra Civil. Justificar la existencia de ETA en la “herencia” de aquel bombardeo choca con el hecho de que no se crearon movimientos terroristas en otras zonas arrasadas igualmente por el franquismo; y también con la circunstancia de que entre aquel crimen de guerra y el nacimiento de ETA mediaron más de veinte años.

— “En estas décadas se ha padecido mucho en nuestro pueblo”.

Ese uso del verbo en forma impersonal evita especificar un sujeto. La oración siguiente sí habla de “muertos, heridos, torturados, secuestrados o personas que se han visto obligadas a huir al extranjero”. Pero, tal como se construye el discurso, éste conduce a la inferencia de que es el pueblo vasco el que ha sufrido; y no otro. Y ha sufrido “el pueblo” por sus muertos, sus heridos, torturados y secuestrados; sin que aparezca en el espíritu del mensaje el sufrimiento propiamente de las personas que padecieron muerte, heridas, torturas o secuestros, ya sean vascas o no.

Es una despersonalización habitual en el lenguaje de ETA (por ejemplo, cuando asumía el atentado “contra un cuartel de la Guardia Civil”, evitando referirse a quienes se hallaban dentro). Al mismo tiempo, la enumeración citada invita a incluir la violencia de ETA como parte de una violencia más general. A eso contribuye la palabra “torturados”, que la banda atribuye a sus miembros, mientras que no ha asumido nunca como torturas la privación de libertad y las penosidades que ella impuso a sus secuestrados. Del mismo modo, “personas que se han visto obligadas a huir al extranjero” es un sintagma destinado exclusivamente a la cuota de sufrimiento de ETA, pues “el extranjero” es donde se escondieron los etarras, mientras que los exiliados vascos a quienes perseguía ETA se marcharon a vivir generalmente a otras zonas de España, desde cuya perspectiva jamás se podría pensar que se fueron “al extranjero”.

De ese modo, los términos “muertos”, “heridos” y “secuestrados” se pueden adjudicar tanto a los delitos de ETA como a los cometidos por los GAL, organización terrorista en la que participaron en los años ochenta diversos cargos del Ministerio del Interior que luego fueron condenados por ello. Pero en el lenguaje y la perspectiva de ETA, las demás palabras de la enumeración (“torturados”, “personas que se han visto obligadas a huir al extranjero”) no se usan como asunción, sino como acusación. Y todo ello contribuye a dibujar una falsa simetría.

Dos partes iguales. La organización terrorista no ha renunciado a su disparatada visión del mundo. Vuelve a equiparar sus asesinatos con la actuación de “las fuerzas del Estado y de las fuerzas autonomistas que han actuado conjuntamente” con acciones “totalmente injustas”. Y esas fuerzas del orden utilizaban “el disfraz de la ley”. Así, los jueces, la Ertzaintza o las fuerzas policiales del Estado no representaban a la ley, sino que vestían su disfraz y por tanto se hallaban fuera de ella.

ETA sigue representando, pues, un conflicto entre dos partes iguales enfrentadas entre sí; y no el desatado por la actuación de un grupo terrorista contra la legalidad. Por eso dice: “Reconozcamos todos la responsabilidad contraída y el daño causado”. Y más adelante: “Todos deberíamos reconocer, con respeto, el sufrimiento padecido por los demás”. Y con ese “todos” usado en ambas ocasiones, ETA parece equipararse con quienes sufrían su violencia y se defendían de ella Constitución en mano.

Atenuaciones. Da la sensación de que a cada frase donde ETA reconoce su culpa le debe seguir otra en la que ésta queda contradicha, o se atenúa, o se suprime o se proyecta sobre la responsabilidad de un tercero.

Por ejemplo, en este fragmento: “ETA reconoce la responsabilidad directa que ha adquirido en ese dolor, y desea manifestar que nada de todo ello debió producirse jamás o que no debió prolongarse tanto en el tiempo”. Se lee ahí por un lado la afirmación de que los atentados no debieron producirse jamás, y a continuación se dice que en realidad no debieron durar tanto. La presencia contundente de la palabra “jamás” queda arruinada por “no debió prolongarse tanto en el tiempo”, lo cual constituye una contradicción.

Lo mismo sucede cuando el comunicado señala: “Ojalá nada de eso hubiese ocurrido, ojalá la libertad y la paz hubiesen echado raíces en Euskal Herria hace mucho tiempo”. De tal forma, el noble deseo de que no se hubieran producido nunca asesinatos se vincula con la condición necesaria de que antes reinaran “la paz y la libertad”, en una nueva visión distorsionada de la Euskadi democrática, cuya paz y cuya libertad eran puestas en peligro precisamente por ETA.

Así pues, el terrorismo continuó tantos años porque “este conflicto político e histórico debía contar con una solución democrática justa” que no se daba. De nuevo, el pretexto sigue a la declaración de perdón.

Pero la psicología de quien redacta el comunicado queda más desnuda quizá con una locución de tres palabras: “Un sufrimiento desmedido”, dice el texto al retratar el dolor causado. Es decir, un sufrimiento “desproporcionado, falto de medida”. Eso permite deducir que en la mente de quien lo escribió sí cabía un sufrimiento proporcionado; y que, en definitiva, lo que le pasó a ETA es que se excedió en la dosis.

 

8.

 

Santos JULIÁ, “Doblegar al Estado” a El País (16-04-18)

https://elpais.com/elpais/2018/04/13/opinion/1523620994_139801.html

Hubo una vez en España una generación, de la que aún quedan (quedamos) algunos supervivientes, que por haber nacido poco antes, durante o poco después de la Guerra Civil fue bautizada como la de los niños, luego hijos, de la guerra. Algunos hermanos mayores de esa generación, los nacidos entre 1930 y 1939, cuando llegaron a la edad de la razón política, se presentaron en la escena pública dispuestos a clausurar la guerra de sus padres y abuelos calificándola, en un manifiesto elaborado en Barcelona, de “inútil matanza fratricida”. Lo hicieron reclamando no una nación verdadera, formada por un solo pueblo, sino un Estado democrático, garante de las libertades que con la victoria de los rebeldes habían quedado destrozadas.

Fue, por esa razón, y contando desde principios del siglo XIX, la primera generación de españoles más preocupada por el Estado que por la nación, quizá porque la identificada como nación española única y verdadera había sido secuestrada por los vencedores; o tal vez porque la libertad importaba más, infinitamente más, en los años cincuenta o sesenta que la identidad española o que el sentimiento de pertenencia a cualquiera de las posibles Españas.

No hay más que leer los manifiestos con que fueron sembrando su paso por la política y la sociedad de aquellos años para percibir que a esa generación, o a sus miembros políticamente más activos, les traía mayormente sin cuidado la nación española, que para nada aparecía en sus protestas y reivindicaciones.

Esa generación, al ir alcanzado lo que Ortega llamó la mitad del camino de la vida, los treinta años más o menos, encontró en Cataluña el espejo en que mirarse, pues fue allí donde más avanzado iba el proyecto de Estado al que aspiraba. En Cataluña era, en efecto, desde finales de los años sesenta, donde las mesas redondas en las que se sentaban desde comunistas hasta católicos, pasando por nacionalistas de izquierda y derecha e incluyendo a socialistas y liberales, marcaban el camino hacia un encuentro de todas las fuerzas políticas que pudiera plasmarse en un programa de acción firmado por partidos y sindicatos de todo tipo y procedencia.

Allí fue donde germinó y donde más adelantada estaba la convicción de que a la dictadura solo podría sustituirla un pacto entre demócratas, al modo en que surgió la Assemblea de Catalunya. Cataluña y pacto con vistas a la construcción de un Estado español democrático que garantizara las libertades individuales y colectivas y la autonomía de todos los pueblos, regiones o nacionalidades de España eran, a nuestra mirada, una y la misma cosa.

Es dramático que unos jueces alemanes no vean un delito equivalente a la alta traición

Este fue el proyecto que acabó triunfando en los duros años de lo que, con toda razón y basado en lo que ya era una larga tradición, llamamos transición a la democracia. Fue un pacto en el que los catalanes —comunistas, socialistas, nacionalistas, democristianos, liberales— desempeñaron un papel fundamental. Las voces de Jordi Pujol, Jordi Solé Tura, Joan Reventós, Miquel Roca o Anton Cañellas, y hasta Heribert Barrera, además de sostener ese pacto, fueron las de sus más fervientes —pues algo de fervor había en sus discursos— defensores. Por un momento, pareció como si la ya vieja aspiración de Pere Bosch Gimpera, la de concebir España como una comunidad de pueblos en la que catalanes, vascos y gallegos, pero también castellanos, andaluces, manchegos y todos los demás aparecieran fraternalmente unidos, estuviera a punto de convertirse en realidad.

Agua pasada no mueve molinos, se podrá decir. Y así es. Pero tampoco tiene por qué bloquearlos ni destruirlos. Los molinos allí pueden quedar, señalando parte del camino que hemos recorrido hasta llegar…, hasta llegar ¿adónde? A unos aciagos días de septiembre y octubre, 40 años después, cuando en un Parlamento en el que habían alcanzado una escueta mayoría de escaños sostenidos en una minoría de votos, los nacionalistas catalanes quebrantaron gravemente el pacto que habían sellado, rompiendo con su propio pasado, que era el pasado de todos, y siguiendo la peor tradición política española, se pronunciaron por la independencia violando la Constitución que habían sellado y el Estatuto de Autonomía que les había permitido gobernar legítimamente durante 40 años.

Pues un pronunciamiento civil fue lo que denominaron Declaración Unilateral de Independencia. Hasta entonces, en España, quienes se pronunciaban eran militares, un poder del Estado siempre dispuesto a quebrantar el curso de la política hasta su esperpento final, un día de febrero de 1981. Porque era una exclusiva militar, pronunciamiento significa, en el DRAE, “alzamiento militar contra el Gobierno”, pero desde octubre de 2017 habrá de significar también la liturgia civil seguida por los nacionalistas catalanes que, como titulares legítimos de un poder de Estado, se alzaron no ya contra el Gobierno, sino contra el Estado cuyo poder ostentaban.

El Parlamento catalán añadió a la figura del pronunciamiento un carácter civil

Lo ocurrido en Cataluña nunca habría sucedido si los nacionalistas no hubieran dispuesto durante décadas de un poder de Estado y de abundantes recursos públicos para organizar la sedición y alzarse contra el mismo Estado al que debían su poder y su lealtad.

Es absolutamente risible, si no fuera dramático, que unos jueces de un land de Alemania no encuentren en el pronunciamiento catalán un delito equivalente a la alta traición porque los presuntos rebeldes no doblegaron al Estado. Pues claro que no lo doblegaron; si lo hubieran conseguido, como fue el caso del general Primo de Rivera en 1923, serían ellos los que someterían a juicio o a destierro a quienes se hubieran resistido a sus pretensiones. Fracasaron en su empeño, como ocurrió con el general Sanjurjo en 1932, hecho prisionero y sometido a consejo de guerra por la República contra la que se pronunció, como serán también sometidos a consejo de guerra por una democracia todavía frágil los generales Armada y Milans del Bosch y los secuaces que protagonizaron el último intento de pronunciamiento militar.

Último hasta que otro poder del Estado, el Parlamento catalán, añadió a la figura del pronunciamiento un carácter civil. Esta es la alta traición al Estado, a su propia historia y a más de la mitad del pueblo catalán, al que dicen representar, por la que habrán de ser juzgados por un tribunal civil los nacionalistas catalanes que la cometieron y no consiguieron con su acción doblegar al Estado.

 

9.

 

Ignacio SÁNCHEZ-CUENCA, “No fue un golpe de Estado ni un pronunciamiento: respuesta a Santos Juliá” a CTXT (24-04-18)

http://ctxt.es/es/20180418/Firmas/19137/Espana-Catalunya-golpe-politica-proces-Santos-Julia.htm

¿Qué sucedió realmente en Cataluña durante la fase final de explosión del procés, en los meses de septiembre y octubre de 2017? La respuesta a esta pregunta es clave para valorar políticamente tanto las estrategias del movimiento independentista como la respuesta del Estado a la crisis catalana.

Hay una interpretación de los hechos de otoño de 2017 que se ha extendido en el establishment español y que muchos dan ya por supuesta, como si fuera una verdad auto-evidente: en Cataluña hubo un intento de golpe de Estado, frenado en seco por el Estado de derecho. Esta tesis aparece frecuentemente entre políticos y tertulianos de la derecha española, pero también ha alcanzado a autores “liberales” que, en otros asuntos, habían adoptado tesis más moderadas. Sirva como ejemplo el artículo que publicó Santos Juliá en el diario El País hace unos días, titulado “Doblegar al Estado”.. El artículo condensa muchos de los errores de planteamiento que envenenan la crisis catalana.

El texto de Juliá se abre con una prolija introducción de corte generacional en la que habla de aquellos que, como él mismo, nacidos entre 1930 y 1939, fueron bautizados como los niños o los hijos de la guerra. En su opinión, fue una generación que entendió la necesidad de superar el trauma del enfrentamiento fratricida de nuestra Guerra Civil y que elaboró un proyecto político pensando más en el Estado que en la nación; dicho proyecto se llevaría a la práctica en la transición democrática, cuyo logro más valioso fue la Constitución de 1978. Como miembro de aquella generación, Juliá describe, con una mezcla de horror e indignación, los sucesos de la crisis catalana que, cuarenta años después de la aprobación de la Constitución, han supuesto el quebranto de esta. La aprobación de las leyes de referéndum y transitoriedad durante los días 6 y 7 de septiembre y la posterior declaración de independencia el 27 de octubre serían, desde su punto de vista, el equivalente a un “alzamiento” de las autoridades catalanas contra el Estado.

Juliá analiza las acciones del Gobierno y el Parlamento catalanes a la luz de un golpe de Estado. Dice en más de una ocasión que los nacionalistas catalanes se “alzaron” contra el Estado y utiliza términos como “sedición” y “pronunciamiento”. Admite, en cualquier caso, que se trata de un tipo muy especial de “pronunciamiento”, pues la propia definición de la RAE establece que un “pronunciamiento” es un “alzamiento militar contra el Gobierno”; por ello mismo, se inventa una nueva categoría, una categoría sui generis, la de “pronunciamiento civil”, que Juliá no explica en qué casos podría aplicarse más allá de Cataluña en octubre de 2017. Pero para que no haya dudas, compara la acción de los representantes del pueblo catalán con golpes de Estado como el del general Primo de Rivera en 1923, el (fallido) del general Sanjurjo en 1932 y el (también fallido) del teniente coronel Tejero en 1981.

¿Intentaron realmente las autoridades catalanas dar un golpe de Estado? ¿Fue un “pronunciamiento civil”? Un golpe de Estado supone siempre el ejercicio de la violencia o la amenaza de esta. La violencia es un elemento esencial de todo golpe de Estado. Así se reconoce en las definiciones habituales de los diccionarios y también en la literatura académica sobre golpes de Estado. Los “rebeldes” o bien ejercen la violencia o bien amenazan con usarla. En la historia hay numerosos casos de golpes incruentos en los que las autoridades legítimas abandonan el poder de forma pacífica porque saben que, de lo contrario, sufrirán violencia de manos de los golpistas. La violencia, pues, desempeña un papel crucial, es el medio coactivo mediante el cual los golpistas tratan de hacerse con el poder.

El movimiento independentista catalán no ha sido violento ni se ha basado en una amenaza de violencia. Se podrán mencionar casos puntuales de violencia en algunas movilizaciones populares, pero la violencia no ha formado parte de la estrategia política de las autoridades catalanas. Si no hubo violencia, no pudo haber alzamiento, ni pronunciamiento, ni golpe. Utilizar estas categorías para entender la crisis catalana carece de rigor. Y, lo que es peor aún, nos condena a resolver el problema a través de la justicia penal, pues nada cabe negociar ni pactar políticamente con quienes participan en un intento de golpe. La defensa de la tesis del golpe de Estado o pronunciamiento legitima las acusaciones atrabiliarias de la Fiscalía y del Tribunal Supremo sobre la rebelión, que tanta extrañeza provocan entre analistas y periodistas fuera de España.

Afirmar que el proceso catalán ha sido violento es situarse en contra de la realidad. Sólo es posible percibir así los hechos utilizando unas gruesas lentes ideológicas que nos devuelven una imagen deformada de lo sucedido. Son las lentes de un nacionalismo español intolerante que parecía superado.

Si no fue un golpe, ¿qué fue? Según lo entiendo, y como he tenido oportunidad de argumentar en extenso en un libro reciente (La confusión nacional. La democracia española ante la crisis catalana, Catarata 2018), deberíamos hablar de una crisis constitucional profunda producida por un choque de legitimidades. En una crisis constitucional se desobedecen las normas, se cuestiona y desafía el orden jurídico, pero no se utiliza la violencia. Con ello no quiero minusvalorar o disculpar la conducta de las autoridades catalanas, las cuales, en mi opinión, cometieron errores graves por los que cabe exigir responsabilidades políticas y legales. La desobediencia de una parte del Estado es un asunto muy serio, pero no es un golpe de Estado, ni un alzamiento, ni un pronunciamiento (ni una rebelión) mientras no medie violencia o amenaza de la misma.

 

10.

 

Francisco LONGO, “La Universidad en el planeta de la reina roja” a Agenda Pública (23-04-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/la-universidad-en-el-planeta-de-la-reina-roja/

Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido”. (La reina roja a Alicia, en A través del espejo, de Lewis Carroll)

Hablaba hace poco Víctor Lapuente en un artículo de El País de la longevidad y resistencia a todo tipo de pruebas de las universidades, algunas de las cuales hunden sus raíces en la Edad Media. Sin embargo, en los últimos años han proliferado augurios sombríos sobre su capacidad de sobrevivir a los enormes cambios que vivimos. Hay expertos, como Dan Levy, de Harvard, que pronostican incluso el inevitable cierre de muchas en un plazo relativamente corto. ¿Debemos creerles? Rehuyendo el catastrofismo, es notorio que la globalización y la disrupción tecnológica, combinadas, impulsan tendencias de fondo que desafían la propuesta de valor que las universidades vienen trasladando a la sociedad y cuestionan el alcance y la validez de su contribución a las finalidades colectivas.

Durante el siglo XX y los primeros años del actual, los principales desafíos a la Universidad tradicional derivaron de la democratización de la educación superior que obligaba a instituciones elitistas, reservadas a una aristocracia del conocimiento, a recibir y formar a ingentes masas de jóvenes de orígenes mesocráticos, deseosos de aprovechar la educación terciaria como principal palanca del ascensor social. Hoy, además de esos retos, que distan de estar resueltos, las universidades afrontan problemas de hondo calado cuyo origen se halla, sobre todo, en la velocidad sin precedentes a la que avanza en nuestros días el conocimiento humano.

Ir allí donde se aprende

La aceleración exponencial de la ciencia y las tecnologías –que tiene su punto de inflexión, según Brynjolfsson y McAffee, en la segunda década de este siglo– está desplazando el valor del saber –en palabras de John Hagel– de los stocks de conocimiento a los flujos de conocimiento. Los primeros se deprecian a velocidad creciente. Por eso, para quienes se ocupan de producir, difundir, capturar, evaluar y transferir saberes, se torna esencial el participar, desde diferentes posiciones y contribuciones, en flujos relevantes de nuevo conocimiento.

Este desplazamiento de valor tiene, para la educación superior, implicaciones importantes. De entrada, traslada el foco desde la enseñanza al aprendizaje. Las universidades van a ser cada vez menos concebibles como almacenes de saberes establecidos, administrados por expertos que cuentan con todas las claves de acceso y los instrumentos de descodificación. Serán deseables, más bien, como ecosistemas de conocimiento vivo y fluyente en los que es necesario insertarse para aprender y estar al día. En estos entornos, todos están dedicados a aprender y los aprendizajes individuales nacen de interacciones y experimentaciones múltiples y abiertas. Los procesos unidireccionales y verticales de intermediación profesor-alumno ceden el paso a fórmulas diversas de articulación de esos roles donde una mayor autonomía y responsabilidad de los estudiantes se combina con un profesorado más experto en la gestión de comunidades de innovación y aprendizaje.

Cambia aceleradamente la secuencia temporal de la formación. El flujo torrencial del conocimiento se lleva por delante las esclusas generacionales que nos servían cuando el saber humano avanzaba pausadamente, como un río canalizado. Ya no hay una etapa en la vida para aprender, de la que la Universidad debe cuidarse. Pertenece al pasado la idea misma de que la edad de la persona determina los contenidos de conocimiento que le resultan útiles. Para constatarlo, basta apreciar cómo se distribuye generacionalmente la capacidad de manejo en entornos digitales. El ser humano tiene que aprender de todo, a toda hora y en todo momento de su vida. La Universidad va a volverse crecientemente intergeneracional para ser relevante, y eso le exigirá atender demandas y expectativas sociales mucho más plurales.

Fronteras que se diluyen

La gestión de flujos de conocimiento hace que estén llamadas a disolverse muchas de las fronteras que hoy existen en la educación superior.

   •     Entre investigar y enseñar. Se hará insostenible la separación entre –por una parte– una investigación encerrada en su burbuja autorreferencial donde se alimentan las carreras académicas y –por otra– la a menudo relegada actividad docente de los profesores. Investigación, innovación, experimentación, transferencia, aprendizaje están llamadas a ser actividades imbricadas, multidireccionales y abiertas.

   •     Disciplinares. El conocimiento fluye entre las disciplinas, vadeando las demarcaciones y silos que los profesores hemos construido, en buena medida, para protegernos. Lamenta Emilio Lledó, citado por Jiménez Asensio, que “el concepto de asignatura ha convertido a la Universidad en un conglomerado de conocimientos estancos e inútiles”. La complejidad del mundo exige aprender en modo gran angular, adoptando una perspectiva multidisciplinar de las cosas.

   •     Territoriales. Vamos hacia una Universidad verdaderamente universal, a una movilidad prácticamente irrestricta de estudiantes y profesores, con acuerdos colaborativos, trabajo en red, recursos abiertos, certificaciones compartidas. La competencia por ofrecer una experiencia de aprendizaje valiosa y atractiva se globaliza aceleradamente. Como señala Andrés Pedreño, “hace unos años, una universidad local competía más o menos con las de su entorno; hoy día lo hace con las mejores del mundo”.

   •     Espacio-temporales. Mediante el uso de las tecnologías digitales se puede situar en línea el acceso a recursos de conocimiento de alto valor añadido, con bajo coste y grandes ganancias de flexibilidad y personalización. La digitalización de buena parte de los aprendizajes obliga a reinventar el aula, reservando para ella aquello que la hace imprescindible, esto es, las interacciones humanas que transforman lo aprendido en metaconocimiento y en saberes aplicables, listos para pasar la prueba de la realidad.

   •     Organizativas. En el mundo de los flujos de conocimiento carecen de sentido las barreras defensivas y la endogamia en la captación de talento. Múltiples redes abiertas, plataformas y alianzas conectarán a las universidades entre sí y con centros de investigación, think tanks, núcleos de innovación, emprendimientos, compañías y otros actores sociales, dinamitando las estructuras burocráticas.

   •     Curriculares. Vamos hacia una significativa personalización, en buena medida autogestionada, de los currículos. Así como en la industria discográfica los viejos LPs fueron sustituidos por fórmulas que permiten seleccionar, prescindiendo del resto del disco, una o más canciones que interesan y agruparlas con las de otros discos e intérpretes, muchos programas formativos vivirán procesos análogos de desagregación y re-agregación. Educandos cada vez más autónomos y conscientes de lo que les interesa reclamarán para sí un poder de diseño de sus aprendizajes que la universidad tradicional no les concedía.

Y al mismo tiempo, como contrapeso a los muros que se derrumban, las universidades tendrán que reforzar los cimientos, aquello que hay de más permanente en la educación. La recuperación de las humanidades –derrotadas en los currículos actuales por la hiperespecialización– se hace imprescindible para metabolizar los cambios desde la perspectiva de la persona. Como afirmaba hace poco el ministro francés Jean-Michel Blanquer, “la gran pregunta de nuestra época es en qué medida un mundo más tecnológico puede ser un mundo más humano”.

Además, en un contexto de aceleración de los conocimientos especializados y de competencia con las máquinas, la empleabilidad de los graduados conectará cada vez más con cualidades y valores personales –discernimiento, espíritu crítico, disposición a aprender, aptitud para entender y trabajar con otros, comunicarse, actuar responsablemente, manejar la complejidad y la incertidumbre– que sólo el retorno a los saberes humanísticos estará en condiciones de garantizar.

Deprisa para mantenerse. Más deprisa para ser relevantes

La velocidad del cambio social contrasta con la lenta digestión que del mismo tienden a hacer, en general, unas instituciones sobre las que gravitan poderosas inercias. Además, hablamos de retos que transforman el contrato psicológico de los dos actores principales del proceso educativo: estudiantes y profesores (hace algún tiempo, escribí sobre ello aquí), lo que obliga a contrarrestar expectativas y percepciones muy consolidadas. No es de extrañar, por todo ello, que muchas respuestas surjan desde fuera del sistema. Ya hoy, la educación superior es un escenario en el que nuevos actores, con mayor flexibilidad y menos hipotecas, responden con éxito a una parte de las nuevas expectativas, apropiándose incluso de elementos centrales –por ejemplo, algunas credenciales– del rol tradicional de la Universidad.

En el caso de España, los retos que se desprenden de todo lo anterior van bastante más allá de los problemas de financiación en los que suele concentrarse el diagnóstico sobre los problemas de la Universidad. A los desafíos adaptativos que afrontan las universidades en todo el mundo, se añaden en nuestro país desajustes derivados de un modelo de gobernanza que tiende a la captura interna de las instituciones, una fuerte tradición endogámica en la gestión del talento, y un sistema de gestión de personas anquilosado por la lógica funcionarial que lo rige. Reformar estos rasgos con el vigor necesario será, en mi opinión, imprescindible para que nuestras universidades puedan dedicarse, de verdad, a ganar el futuro.

 

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Ignacio MARTÍN GRANADOS, “¿Vivimos peor que nuestros padres? Qué nos dicen los datos” a Agenda Pública (24-04-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/vivimos-peor-que-nuestros-padres-que-nos-dicen-los-datos/

La crisis económica, social e institucional de los últimos años en España ha abierto una gran brecha entre generaciones. Esa distancia es muy evidente entre dos grupos de población, los baby boomers (que tienen entre 50 y 68 años) y los millennials (entre 18 y 35); o lo que es lo mismo, entre quienes ocupan los puestos de decisión y quienes intentan acceder a ellos.

Para comprender los problemas de los más jóvenes y conocer los riesgos de esa brecha generacional -y, con ello, generar un debate constructivo con el que establecer los cambios que reparen, fortalezcan y renueven el contrato social entre generaciones-, la Fundación Felipe González ha puesto en marcha el proyecto Genera. Foro Intergeneracional junto con la Fundación Bancaria la Caixa, Resolution Foundation, Foundation for European Progressive Studies (FEPS) y Agenda Pública. La primera publicación es la investigación Comparativa europea de tendencias intergeneracionales, realizada por la Resolution Foundation británica.

En dicho informe se analiza hasta qué punto el problema del nivel de vida intergeneracional se reproduce en diferentes economías de renta elevada y en los mismos ámbitos, principalmente los del mercado laboral, los ingresos y la vivienda.

En primer lugar, hay un consenso entre los países de renta alta (Francia, Bélgica, Reino Unido, España, Italia, Alemania) respecto a que la evolución intergeneracional del nivel de vida ha sufrido un retroceso, y ya no se cumple esa aspiración social de que las generaciones venideras vivirán mejor que sus padres. Por el contrario, los países de rápido desarrollo -como China, Perú o India- creen que las generaciones más jóvenes tendrán una vida mejor que la de sus progenitores.

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La mejora de la esperanza de vida, como resultado de los avances en la salud, se traducen en una mejora del bienestar y en que cada vez más gente sobrevive hasta la vejez y disfruta de periodos de jubilación más prolongados. Y dichos cambios, aunque dignos de celebración, plantean dificultades a la sociedad en su conjunto porque provocan tensiones fiscales que repercuten en el nivel de vida presente y futuro.

La actual tendencia económica en los países es que, a medida que disminuye el tamaño de la población ocupada respecto del de la dependiente, pagar los impuestos que mantienen a esta última se vuelve cada vez más gravoso por persona, lo que ejerce una presión cada vez mayor sobre las condiciones de vida durante la vida laboral, originando tensiones fiscales.

Además, España (junto a Luxemburgo, Grecia, Francia e Italia) se encuentra entre los países en los que la renta de los jubilados supera a la de los trabajadores, según datos de Eurostat.

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Así, la renta mediana de los mayores de 65 años es un 1% superior a la de los menores de esa edad, mientras la media de la Unión Europea es de un 7% inferior.

Este hecho, además de contribuir a las tensiones fiscales, afecta también a la influencia política de los diferentes grupos de edad. Por definición, los jóvenes tienen menores niveles de influencia electoral colectiva, mientras que la coordinación de los mayores es muy elevada. Un dato fundamental para entender en qué medida su mayor participación se refleja en la atención que le prestan los partidos políticos, provocando que los jóvenes no se sientan representados en el actual sistema político, se ponía de manifiesto en el informe Millennial Dialogue Spain.

Otra conclusión importante que, por conocida, no deberíamos menospreciar es que España es el país que más ha retrocedido en la evolución de los ingresos intergeneracionales de entre los países analizados (Noruega, Reino Unido, Finlandia, Dinamarca, Estados Unidos, Alemania, Italia y Grecia).

Si bien la crisis financiera no ha sido la única responsable de las dificultades a las que se enfrentan los jóvenes en cuanto a su nivel de vida, ha desempeñado especialmente un papel fundamental en la configuración del mercado laboral, ya que este grupo generacional era el más expuesto a los efectos de la misma, debido a que estaban iniciando sus carreras profesionales y abriéndose paso en el mundo a la vez.

La evolución de la renta (aumento proporcional respecto de las generaciones precedentes a la misma edad) que han conocido las generaciones más jóvenes es menor que la que han disfrutado las anteriores. En el análisis comparado de los nueve países citados anteriormente, los españoles -junto a italianos y griegos- son los que salen peor parados, especialmente los millennials, con una renta familiar significativamente más baja que la que tenían las generaciones anteriores a la misma edad, mientras que las de más edad conocieron, como mínimo, cierta evolución en su momento.

Por el contrario, en Noruega los millennials y la generación X (el grupo de edad precedente, los nacidos entre 1966 y 1980) tienen una renta marcadamente superior que la que tuvieron las generaciones anteriores a la misma edad. Mientras que en el Reino Unido, Finlandia y Dinamarca, la generación silenciosa (los nacidos entre 1926 y 1945) y la del baby boom tienen considerablemente más renta que sus predecesores, los millennials apenas han experimentado un aumento en comparación con la generación X.

A consecuencia de la desaceleración económica profunda y duradera tras la crisis financiera global, los jóvenes españoles han padecido una notable involución de renta, no sólo comparada con el grupo de edad predecesor, la ‘generación X’ (un considerable 30%), sino incluso dentro de su propia generación (la renta tipo de los millennials que han llegado a la treintena es un 8% mayor que la de los que están al inicio de la veintena).

Esto, unido al hecho de que las generaciones de más edad en España han conocido grandes aumentos intergeneracionales de la renta –al igual que en otros países europeos–, explicaría por qué los adultos españoles son de los más pesimistas del continente sobre las perspectivas de los más jóvenes.

Como consecuencia del dato anterior, podemos deducir que las tendencias del mercado laboral y la forma en que asimiló el impacto de la crisis financiera son el factor más decisivo de los movimientos de la renta familiar.

La tasa de desempleo juvenil aumentó más del doble en cinco países europeos (Irlanda, Portugal, Italia, España y Grecia) y los dos últimos llegaron en 2013 a máximos del 42,4% y 48,7% respectivamente. Estos incrementos altos y sostenidos explican en buena parte por qué ha sido tan débil el crecimiento de la renta de los millennials en estos países.

Y aunque la falta de crecimiento en los salarios –más que la falta de empleo– ha sido la principal debilidad del mercado laboral tras la crisis, en la actualidad tampoco se está produciendo un ajuste salarial al alza, y menos entre los jóvenes.

En los países con mercados laborales duales (modelo insider-outsider), como es el caso español, se da un resultado relativamente favorable para los que mantienen el empleo. En ellos existe una división evidente entre los internos (con contratos fijos y altos niveles de seguridad laboral) y los externos (los trabajadores temporales, a menudo más jóvenes), quienes tienen mayor riesgo de perder el empleo.

A los salarios debemos sumarle también otros factores estructurales como el crecimiento del autoempleo, la movilidad, el incremento en la precariedad laboral y, sobre todo, el aumento del trabajo a tiempo parcial. Si bien es cierto que las razones varían según el país -pudiendo ir desde un deseo de flexibilidad a un cierto grado de subempleo-, en España (el 80% del incremento de 15,5 puntos porcentuales se ha producido después de 2007) el hecho de que el trabajo a tiempo parcial represente un porcentaje mayor del total del trabajo que desempeñan los jóvenes es un lastre para el crecimiento de los ingresos.

Y por último, el otro ámbito estudiado, el de la vivienda, refleja el enorme incremento de la presión que ésta ejerce sobre el nivel de vida cotidiano de todas las generaciones y una de las manifestaciones más claras del problema intergeneracional.

En España, todas las generaciones vivieron una evolución intergeneracional de la tasa de viviendas en propiedad antes de la crisis (cada una disfrutó de una tasa de viviendas en propiedad entre cinco y 15 puntos porcentuales superior a la de la anterior a edades comparables). Sin embargo, este fenómeno se ha detenido súbitamente en la generación X -a pesar de que para los jóvenes comprar una casa es una aspiración habitual- y las tasas de viviendas en propiedad han empezado a caer recientemente entre los miembros mayores de este grupo y entre una generación y la siguiente.

Otras razones que explican este comportamiento (aunque la ratio entre el precio de la vivienda y la renta (RPVR) en España haya disminuido de media un 4,4% anual tras la crisis) son el acceso al crédito o los altos niveles de desempleo, también vinculados a la recesión. La combinación de un bajo crecimiento de la renta y el alto coste de la vivienda ha significado que los españoles dediquen casi un 30% de sus ingresos, frente al 5%-10% de sus abuelos. (en Reino Unido, la relación es de cerca del 25% frente al 7%, respectivamente).

En definitiva, gracias a los datos de este informe, podemos constatar como un hecho lo que era una creencia común: que los jóvenes españoles -como muchos europeos- tienen peores expectativas de futuro que las generaciones precedentes. A pesar de haber crecido en un país más próspero, más abierto, más libre y con muchas más comodidades que sus padres, se han topado en su transición a la vida adulta con una triple crisis -la económica, la social y la institucional- que les ha convertido en los grandes perdedores del cambio en la estructura social que se ha producido últimamente en España.

Esto ha despertado un sentimiento de pesimismo ante el futuro y frustración de expectativas que explica, entre otras cosas, la aparición de nuevos partidos políticos. Urge, por tanto, no sólo tratar de poner remedio a las causas y consecuencias de la crisis, sino trabajar en la renovación del pacto que ordene nuevamente la convivencia entre generaciones; porque esta transformación de la estructura social española seguirá, muy probablemente, afectando a los jóvenes del futuro.

 

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Borja BARRAGUÉ, “¿Jóvenes de todos los países, uníos!” a Revista de Libros (24-04-18)

https://www.revistadelibros.com/resenas/el-muro-invisible-las-dificultades-de-ser-joven-en-espana

En un reportaje especial titulado «The Young. Generation Uphill», The Economist nos informaba de que aproximadamente una cuarta parte de la población mundial tiene una edad comprendida entre los quince y los treinta años. En muchos aspectos, continúa el semanario británico, son el grupo de jóvenes más afortunados de la historia. Tienen más ingresos que cualquiera de las generaciones anteriores, disfrutan de una esperanza de vida más larga, están mejor educados y no les va a tocar sufrir la polio, ni a Pol Pot, ni (con un poco de suerte) la moda de las hombreras o el pelo cardado de los años ochenta. Si uno es mujer o gay, en muchos países va a disfrutar de un grado de libertad inimaginable hace tan solo dos o tres generaciones. ¿De qué se quejan entonces los jóvenes? ¿No estaremos ante la generación más afortunada de la historia, pero también la más narcisista e insustancial?

En El muro invisible. Las dificultades de ser joven en España, el colectivo Politikon sugiere que los jóvenes españoles tienen bastantes razones para sentirse inquietos acerca de su futuro. El muro, que se ha hecho más visible con la crisis (capítulos 1-4), lo sostienen una serie de ladrillos donde destacan las dificultades para emanciparse (capítulo 3), un mercado laboral disfuncional (capítulo 5), un sistema educativo lastrado por el abandono escolar temprano (capítulo 6) y un Estado del bienestar que redistribuye, sí, pero mal (capítulo 7). La tercera parte del libro (capítulos 8-11) analiza las coaliciones que sostienen el muro y las que eventualmente podrían derribarlo.

Si en algún ámbito es cierto el tópico «Spain is different», nos dicen los integrantes de Politikon, es en el laboral. El mercado de trabajo español es el ladrillo del muro que más perjudica las oportunidades de los jóvenes. Al compararse con otros de nuestro entorno, el mercado laboral español destaca por sus elevadas tasas de desempleo estructural y temporalidad. Los jóvenes se llevan la peor parte de estas disfunciones. Las explicaciones sobre por qué la tasa de paro juvenil supera en todos los países la del resto de la población adulta suelen destacar dos razones.

La primera es común a todos los países y tiene que ver con el tránsito del sistema educativo al mercado laboral. En todos los países los jóvenes tienen tasas de paro más elevadas que el resto de la población porque tienen un paro friccional también más elevado. Conseguir un empleo siempre lleva un tiempo, pero lleva mucho más tiempo cuando es el primero.

La segunda no es común a todos los países y tiene que ver con las instituciones laborales. Muchos jóvenes van enlazando contrato temporal tras contrato temporal, por lo que son los más afectados por la regulación que atañe al despido y la contratación. Es normal, por tanto, que los países donde esa regulación diverge mucho entre las diversas modalidades contractuales sean también los que presentan mayores tasas de paro juvenil. Me explico.

España ha superado el 20% de paro tres veces en las cuatro últimas décadas: 1985, 1993 y 2010. La respuesta de los sucesivos gobiernos de España ha consistido en, por un lado, recurrir al parche de la temporalidad para ofrecer a los empresarios una vía barata y flexible de contratar y, por el otro, conservar una alta protección para los contratos fijos. Resultado: entre los economistas laborales, es habitual referirse a España como el ejemplo más extremo de dualidad, por la enorme brecha que existe entre el coste de despedir a un temporal y a un fijo. Las raíces profundas de la precariedad juvenil en España no se circunscriben a que las pasarelas del sistema educativo al mercado laboral estén mal diseñadas, sino que se extienden a la regulación laboral y la brecha (más bien muro) de costes que alimenta la temporalidad.

Sin embargo, los problemas que afrontan los jóvenes en el mercado de trabajo aún podrían tener otra causa: las carencias en el capital humano de los jóvenes. Este es el segundo ladrillo del muro que se explora en el libro. Si antes decíamos que hay quien piensa que los millennials son unos narcisistas porque el cambio tecnológico los ha hecho así ‒sus mayores innovaciones son los filtros de Instagram y el Candy Crush‒, los hay también que creen que, si son unos narcisistas, es porque el sistema educativo los ha hecho así. No es que a los padres no les falte culpa en esto, continúa el argumento, pero el motivo principal se halla en los desvaríos pedagógicos consagrados en las sucesivas leyes educativas desde 1970. Los jóvenes de hoy no encuentran trabajo porque ya no se estudian la lista completa de los reyes godos y se han suprimido las reválidas. Todo tiempo pasado fue mejor, al menos en el ámbito de la educación. ¿Seguro?

Dicho brevemente, la respuesta es no. Gracias a la universalización de la educación a partir de 1950, en la mayoría de países las nuevas generaciones sacan mejores puntuaciones en pruebas internacionales como PISA o PIACC. Esto es lo que lo que ocurre en España, que es el cuarto país donde los jóvenes aventajan en más puntos a los mayores en comprensión lectora. Si, en lugar de quedarnos en la anécdota, acudimos a los datos, no parece que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Más bien al contrario. El hecho de que, en el ámbito de la educación, cualquier tiempo pasado fuera peor no significa que todo esté bien. La educación es otro ladrillo en el muro, aunque no por los motivos que cantaba Pink Floyd. España es no sólo uno de los países con mayor abandono escolar temprano, sino también una de las democracias industriales con mayor tasa de repetición. Mientras que a nadie se le ocurriría decir que lo primero es una buena noticia, mucha gente piensa que la repetición es una medida que educa a los estudiantes en el esfuerzo y la exigencia académica. ¿Seguro?

Parece que no. Un trabajo que evalúa la eficacia de la repetición para mejorar el rendimiento concluía que repetir curso no sólo no mejora el rendimiento de los alumnos, sino que lo empeora y que las políticas de identificación temprana y refuerzo individual de los alumnos rezagados son más eficaces que la repetición. Peor aún, la repetición es una política que se ceba con los alumnos que llevan al colegio muchas otras cosas además del bocadillo en sus mochilas. De acuerdo con datos de la OCDE, mientras que más de la mitad de los estudiantes españoles provenientes de familias desfavorecidas ha repetido a los quince años, ese porcentaje no llega al 10% en el caso de los alumnos de familias acomodadas. Repetir es ineficaz e injusto y, además, parecen existir políticas que prometen mejores resultados. Pero esas políticas cuestan dinero. Es así como llegamos al tercer ladrillo del muro.

Además de un paro juvenil en niveles casi de récord, España tiene también una de las tasas de pobreza juvenil (e infantil) más elevadas de la OCDE. Una explicación que ha solido esgrimirse es que el Estado de bienestar no redistribuye demasiadas rentas. El tercer ladrillo en el muro sería, pues, lo que algunos han llamado el subdesarrollo social de España.

Pero, tal y como se explica en el séptimo capítulo, esto no es del todo exacto. No es que el Estado de bienestar no redistribuya, sino que lo hace mal. No todas las políticas del bienestar tienen como objetivo redistribuir rentas desde los más ricos hacia los más pobres. Prestaciones como las pensiones o el seguro de desempleo nos aseguran contra contingencias que nos impiden obtener ingresos (primarios) en el mercado. La compensación que recibiremos se calcula en función de nuestras contribuciones previas, de forma que cuanto más insiders hayamos sido, mayores serán también los pagos. La lógica no es redistributiva, sino aseguradora. Los Estados de bienestar que dedican una parte importante de sus políticas de bienestar a programas informados por el principio contributivo suelen ser escasamente redistributivos.

Como muestran los datos de Eurostat, en España el impacto de las transferencias en la reducción del riesgo de pobreza es notablemente mayor entre la población mayor de cincuenta y cinco años. Además, en la comparación con otros Estados de bienestar europeos, el español presenta un sesgo favorable a los mayores de cincuenta y cinco años más acentuado que la mayoría. Y, salvo que hagamos algo, la brecha intergeneracional en el Estado de bienestar va a hacerse cada vez más profunda, porque la pensión media de los recién jubilados es ya cien euros superior al salario medio de los nuevos empleados.

Ya sabemos cuáles son los ladrillos del muro. Más de uno estará impaciente por saber cómo derribarlo. Pero eso sería correr demasiado en el argumento, porque antes hemos de responder a la pregunta de por qué tendríamos que tirar el muro. Al fin y al cabo, la juventud es una cosa que se cura con el tiempo y, ¿quién no ha llevado alguna pizza en una scooter cuando tenía la cara llena de acné? Es posible invocar al menos dos razones por las que derribar el muro. Por un lado, ocurre que el muro, como el acné, muchas veces deja cicatrices. Los jóvenes que enlazan contrato precario tras contrato precario cuando acceden al mercado de trabajo tienen menores sueldos y mayores períodos de paro a lo largo de sus trayectorias laborales. Los contratos temporales no son pasarelas hacia la estabilidad, sino «cadenas de incertidumbre» (p. 71). Por otro lado, está la cuestión de que el sueño norteamericano de la movilidad social permanente comienza a ser eso, un sueño, y no sólo en Estados Unidos. Sabíamos que el porcentaje de niños que gana más que sus padres ha caído del 90% para la generación nacida en 1940 a poco más del 50% para los nacidos en 1985. Pero, de acuerdo con un trabajo reciente, parece ser que lo mismo o algo parecido está sucediendo en el Reino Unido. El pacto entre generaciones se basaba, al menos implícitamente, en una especie de creencia compartida según la cual las nuevas generaciones iban a vivir (siempre) mejor que las anteriores. Es posible que haya llegado el momento de decir que esa era una creencia demasiado naíf. Pero, ahora que nos hemos tomado la píldora roja y sabemos que el muro (ahora ya visible) va a contribuir a que las nuevas generaciones vivan peor que sus padres, ¿qué sentido tiene sufragar pensiones de dos mil quinientos euros con sueldos mileuristas?

Una de las ideas centrales del libro es que debemos renovar el pacto intergeneracional y derribar el muro. ¿Cómo se hace esto? El libro ofrece un manual de instrucciones para demoler sus partes principales. Con respecto al mercado laboral, la propuesta pasa por acabar con la dualidad mediante la adopción de un contrato único con indemnización creciente. Las reformas del Estado de bienestar deberían perseguir el triple objetivo de hacer más inclusivos los sistemas de transferencias, potenciar el papel económico de las mujeres y volver a un equilibrio generacional. En el ámbito educativo deberíamos demoler el muro de la repetición mediante clases de refuerzo e intervenciones socioemocionales.

La crisis ha provocado muchos cambios en España. Hace tan solo diez años, si uno quería leer un análisis en poco más de mil quinientas palabras sobre los resultados de las elecciones vascas o la última sentencia del Tribunal Constitucional, no tenía muchas otras opciones además de las tribunas de la prensa en papel. El aumento del interés por la actualidad política y económica generado por la crisis ha alargado el menú de las opciones. Pero no se trata sólo de una cuestión cuantitativa, sino que algunos de esos medios nacidos de o alimentados por la crisis han llegado para quedarse y contribuir a elevar el nivel del debate público. Como ocurre con su blog, este libro de Politikon es una mezcla excelente de rigor y vocación de llegar a todos los lectores. Es decir, un ejemplo excelente de divulgación científica. Entrad en el blog, pero entrad también en la librería del barrio y compraos el libro.

 

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Guillem MARTÍNEZ, “Puigdemont hizo en mí maravillas” a CTXT (19-04-18)

http://ctxt.es/es/20180418/Politica/19105/Proces-gobierno-encarcelamiento-consecuencias-estado.htm

1- Describir algo que no para de variar, pero que siempre es su esencia, es como describir el fuego o el rostro de la persona que amas. Pura poesía. Bienvenidos a Procesando non-stop.

2- Todo, dentro de su ausencia de cambios, ha variado con la pirula alemana a la petición de galeras a Puigdemont por rebelión. Un señor alemán muy listo me explica que la decisión alemana ha sido, en ese sentido, muy poco alemana. No se ajusta a la costumbre alemana al respecto. Trasciende, por tanto, a Alemania. Por lo que es posible entenderla como un toque, una petición de tranquilidad al Gobierno. O, como decimos los politólogos alemanes, un quietenparadenleonen, concepto que afecta a ese hieratismo esp y cat. Les explico primero el cat, que es más concupiscente, ese adjetivo que nunca he utilizado y que vete a saber qué significa.

3- En Cat, la decisión alemana ha afectado. Propagandísticamente, por supuesto. Es decir, ha supuesto, en primer lugar, un nuevo bucle propagandístico, que vendría a insistir en que todo esto ha sido una victoria, que Europa ens mira, que ahora sí que sí. Vamos, procesismo puro, a la búsqueda de la próxima casilla (eléctrica). Es decir, nada.

4- En términos judiciales, lo de Alemania no ha sido una victoria para el procesismo. De hecho, la defensa de Puigde no se ha comido un rosco. La defensa iba de demostrar persecución política, que el tribunal alemán rechazó plis-plas system, si bien, en ese trance, puso sobre el tapete –un tapete es algo que sólo utilizan los jugadores– el hecho de que ha habido una exageración desproporcionada en los cargos. Es decir, una brutalidad, por parte del Estado. Poca broma.

5- Sobre ese hecho, categórico y contundente –el Estado no ha quedado bien parado, sino todo lo contrario–, debidamente modulado por la propaganda procesista, parece hilvanarse la nueva etapa del procesismo, sustentada en victorias internacionales en todos los frentes, que no está claro que se hayan producido.

6- Por ejemplo, se sigue a toda castaña con lo que en los medios procesistas se califica de resolución de la ONU ante el caso Jordi Sánchez. No es una resolución, es un acuse de recibo, emitido, además, por una entidad de la ONU formada por Estados, no por la estructura misma de la ONU, y que la ONU no utiliza para condenar o apostillar a Estados –que, por otra parte, tradicionalmente pasan de lo que la ONU les diga; el Sahara o Palestina pueden ser un ejemplo colorido–. El Presi del Parlament, a su vez, ha dicho que ha pedido una reunión con la ONU, y reuniones con la UE, esa institución que pasa oficialmente tres pueblos de Cat. Y de la Padania. El Parlament, a su vez, también hará una recusación de Llarena, que no pinta que. Todo eso ha ocupado muchos telenotícies. De lo que se deduce que la función de todo ello era esa. Calentamiento global/procesismo. Esto, y lo del punto 7, será importante para reírnos como piratas en el punto 8.

7- La decisión alemana, a su vez, ha modificado las defensas de los detenidos. No mucho. Es decir, ha modificado lo que comunican. Todo esto va, snif, de comunicación. Los detenidos, así, han dejado de declarar ante el juez que todo fue poesía simbólica. Si bien no han dicho lo contrario, ahora los acusados ponen énfasis en algo que deberían haber hecho desde el primer día –lo que le quita entidad al asunto–: el hecho de que es una causa política.

8- El procesismo, esta mañana a primera hora –y ya llevamos varios meses; desde horas antes del 27O–, carece de plan A y B. Y de proyecto. Los puntos 6 y 7 invitan a suponer cuál puede acabar siéndolo. A través de noticias sobre el reconocimiento europeo y mundial ante el sufrimiento sufrido, a través de la exposición de sufrimiento en las declaraciones en el TS, ir tirando millas, encender al usuario del Procés, y mantenerlo calentito hasta unas elecciones. Es decir, que van, parece ser, a por elecciones. Elecciones, tal vez, cada seis meses, en las que el procesismo siempre sacaría algo mas del 40%. Lo que, a cambio de nada, a cambio de una experiencia sentimental, no está nada mal. La vista, no obstante, está situada en las municipales del año que viene. El procesismo, una máquina de eliminar y depurar a las izquierdas cat, aspira a corregir esa molestia que es un Ajuntament de BCN de izquierdas. Es posible, snif, que la ciudad, en esas elecciones, viva un combate a muerte, épico, eléctrico, barroco y alejado del siglo XXIZzzzz –es decir, de la precariedad y la crisis democrática– entre dos banderas, la del procesismo/Cat y la C’s/Esp. Socorro. Importante: si el procesismo quiere formar Govern, tiene hasta el 22M para decidirse. Por lo que sé, no saben qué hacer. Lo que tiene guasa.

9- No viene a cuento pero, ya que ha salido el concepto BCN, y para visualizar lo que está pasando en BCN, ahí va esta anécdota. En el último pleno, y con los votos de la CUP -la CUP carece de uniformidad; es variada; la de BCN, en ese sentido, muuuuuy rara–, se pelaron la posibilidad de una multiconsulta municipal, en la que estaba previsto decidir sobre la remunicipalización del agua. Oletú. El procesismo, lo dicho, es una máquina de eliminar y depurar a las izquierdas cat, etc.

10- Bueno, todo este subidón mediático –puntos 6 y 7– no creo que se traduzca, por parte del procesismo, en una lucha legal por derechos, por ampliar la democracia o, indirectamente, en una erosión consciente del R’78. La defensa de los detenidos no van por ahí. O, al menos, está siendo tan inoperante y anecdótica –con la que está cayendo– como siempre. Exempla: el abogado de Sánchez, para recusar a Llarena, parece que invocará, en vez de un argumentario político y de derechos potente, frontal, agresivo, democrático, la utilización que hace el juez de la primera persona en sus autos. Es decir, nada. El procesismo sigue siendo un objeto para consumo interno, una prolongación de ciclo electoral, un intento –exitoso– de reconducir la crisis de representatividad visualizada en 2012. No es un combate democrático.

11- Sobre el Procés como campaña electoral permanente. Importante. El procesismo sólo se comunica con periodistas acólitos y que se saben aguantar la risa. Uno de ellos ha dejado caer que el futurible es la creación de un movimiento. Supongo que una lista electoral continua, apoyada continuamente por las organizaciones peronistas cat. Se llamaría Moviment 1 d’Octubre, o algo así. Supondría la incorporación a JxC de –como mínimo– PDeCAT y de ERC, que por lo visto está más pocha de lo que parece, y predispuesta a ser engullida con patatas. O, incluso, sin. Si esto, finalmente, se consigue, supondría el triunfo de Puigde sobre todas las cosas. Es decir, el triunfo sobre el corpus del catalanismo de la opción menos formada, más y mejor seleccionada negativamente, con menos capacidad de lectura de la realidad, pero más próxima a la propaganda, al consumidor de propaganda y de identidad, y más –aún más– próxima a las nuevas derechas europeas.

12- Este domingo hubo mani en BCN. Yo no fui, que estaba en Minneapolis –jamás pensé en mi vida que llegaría a decir esta frase; mola–. Me dicen algunos compis que la mani –nutrida, unas 300.000 personas, que se dice rápido–, tuvo como epicentro catártico la figura de Puigdemont. Los niveles de culto a la personalidad ruborizaron, al menos, a varios corresponsales con los que hice chistes a la vuelta. Hubo, me dicen, grupos corales que, incluso, cantaron himnos a Puigdemont. Puigdemont, esta mañana a primera hora, es un símbolo para la mitad de Cat. Y nada para la otra. Por lo que veo, empieza a ser, por tanto, un tipo castizo e inexportable, como el Dioni, como Bruno Casal, o como Josmar –un producto cat; busquen en Google–. Un fenómeno cultural. Que puede ser un fenómeno político, una vez se rebajan los conceptos ‘fenómeno’ y ‘político’. Que, me temo, es lo que está pasando en este arranque de siglo. Como metáfora de su significado político, ahí va esa metáfora personal suya: en la cuarentena –un mal tiempo para la lírica– se separó y acabó viviendo en una roulotte. Algo que, a mí personalmente, que vivo epistemológicamente en una roulotte desde antes de la circuncisión, me inspira respeto. Pero que, a su vez, fija su límite político. Los chicos roulotte siempre tenemos el riesgo de que sólo sabemos defender la roulotte, y no conceptos más amplios y abstractos, que son los que molan. Cómo la defiende la roulotte, empero, el tío, en Bruselas y Berlín.

13- Antes de abandonar el marco Cat, unos minutos musicales. Hace pocos días la Gene ha perdido una demanda contra Gemma Galdón. Galdón, en una de las tertulias radiofónicas más importantes del trade-mark procesismo, explicó que el Govern de la Gene era intrínsecamente corrupto. Le cayó la caballería, en forma de demanda judicial –la judicialización de la política, del periodismo es un sello de la democracia esp, sea esp a palo seco, o cat–. Pues bien, la defensa de Galdón aportó un tocho de 900 páginas, con casos de corrupción en la Gene, que fijaban el hecho de que el 17% de los 295 consejeros autonómicos empurados por aquí abajo han sido cat, lo que confiere a la Gene el primer puesto en ese difícil ranking, que de por sí integra a los mejores de Europa en su género. La Gene, es decir, usted, pagó las costas. Bueno, usted se encuentra aquí. Para saber más sobre el concepto aquí, váyanse pitando al punto 14.

14- EL conflicto cat es de difícil solución. Aparte de porque es difícil solucionar algo entre personas sin palabra, embebidos de sus mitos, y con mitos de difícil explicitación en público, el conflicto integra a dos instituciones –Govern, Gobierno– carentes de prestigio en Europa. El Govern, por cierto, perdió todo su prestigio internacional con la tomadura de pelo del 27-O. Literalmente. El Gobierno Esp lo está perdiendo con la represión desorganizada que ha organizado al optar por la vía penal como sustitutivo de la política o, incluso, del ingenio. Como parece indicar la decisión alemana.

15- De hecho –hola, empezamos a hablar del Estado/Gobierno–, tras la decisión alemana, el Gobierno se ha vuelto un tanto majara. Está afectado, despistado y navegando. Es decir, está procesista. Un Gobierno de Estado procesista es más peligroso que un mono con una pistola, mientras que un Govern procesista sólo es más peligroso que un mono con un matasellos.

16- Ha quedado comprometida la división de poderes local. Y, en ese trance, el Judicial está haciendo cosas que hasta hace 3, 2, 1 segundos sólo lo hacía el procesismo. Cosas sin prestigio, gaseosas y contraproducentes para la función pretendida, como un alegato del TS contra la judicatura alemana, que está causando estupor en Alemania y su cinturón metropolitano/ Europa.

17- Además, empieza a haber pitote. EL Gobierno, por mediación del ministro de Hacienda, que se dice rápido, ha desautorizado a Llarena. Montoro ha dicho, oficialmente, que no hubo malversación. Vamos, que una vez que Llarena se lanza a la piscina con la cosa rebelión y pierde, ahora, el  mismísimo Gobierno está comprometiendo una extradición por el delito de malversación. ¿Qué significa esta actitud gubernamental?

18- Significa que, tras lo de Alemania, el Gobierno se está rajando. La lió penalizando la política. Y no lo puede parar, pues no se puede parar la máquina judicial sin que nadie se ría aún más. El desprestigio es inaudito. Y lo será más. En tanto que todo esto acabará, sea cual sea el resultado, en un desprestigio descomunal para el Estado y la Justicia esp. Ahora mismo, por ejemplo, acabará así. Los encausados por rebelión –todo apunta a ello– serán condenados a penas de hasta 30 años. Una década o así después de este despelote, la justicia europea se pronunciará, como hizo con la doctrina Parot, aquel atentado contra los derechos, sobre esas condenas y sobre ese uso gore del delito de rebelión. Además, por el mismo precio, Europa volverá a incidir en ese clásico esp que son los juicios, de primera instancia, en el TS. Es decir, sin segunda instancia posible, ese derecho que no existe en Esp cuando te empura el TS.

19- Pero en la polémica Hacienda-Llarena quedan implicadas más instituciones. Como la Guardia Civil, ese benemérito cuerpo que se está llenando de gloria en la crisis cat. No sólo cascó viejas el 1-O en defensa de la democracia, como siempre ha hecho la GC desde su fundación por el Duque de Ahumada, ese Nobel de la Paz, sino que está haciendo unos informes en los que se intuye cierta falta de lo que sobra en los de la serie CSI. Por ejemplo, y al contrario que Hacienda, se ha publicado que los investigadores deducen y demuestran la malversación no a través de cuentas bancarias, intervenidas por Hacienda desde mayo, sino a través de mails, declaraciones, pensamientos. Es decir, la GC se está revelando como un cuerpo especializado en mails, declaraciones, pensamientos y suposiciones, y no en investigaciones. Un cuerpo, vamos, tertuliano.

20- Eso es especialmente grave si pensamos que los Cuerpos de Seguridad del Estado llevan el grueso de las investigaciones por la cosa cat. Exempla: ha trascendido que 42 líderes de los CDR están siendo ‘controlados’, que vete a saber lo que significa cuando los controla un cuerpo que no domina el control de una cuenta corriente, de por sí más estática que el militante medio de un CDR.

21- Más sobre desprestigio institucional. Precisamente, a través de un informe de las Fuerzas de Seguridad del Estado, la Audiencia detuvo en su casa a una militante de los CDR, acusada por la fiscalía de la Audiencia, de terrorismo y –lo han adivinado– rebelión. Un juez de la Audiencia rebajó los cargos a los habituales en una manifestación cuando te pillan/desórdenes públicos, y dejó en libertad con cautelares a la acusada. Posteriormente, la fiscalía ha vuelto a pedir terrorismo y rebelión y prisión sin pasar por la casilla de salida. Todo este itinerario explica lo peor que puede pasar en un Estado de Derecho: una justicia no predecible, aleatoria, a su bola, cambiante. Y cuerpos de seguridad que juegan en esa Liga. Socorro.

22- Más sobre desprestigio institucional. La detención de la chica CDR se produjo al día siguiente de una manifestación, organizada por los CDR, contra el rey, que vino a BCN a un acto del Judicial. Es decir, parece ser una consecuencia de la manifestación contra el Jefe del Estado. Lo que no mola ni en Alemania ni en Lima. Bueno, en Lima cuando Fujimori, igual sí.

23- Y más sobre desprestigio institucional. En ese acto del rey, el Presi del CGPJ declaró en su discursete que “la ley (…) expresa la voluntad de la mayoría en un Estado democrático como el nuestro”. Vamos, que si eres minoría, lo tienes claro. La democracia, por otra parte, es poco más que el cuidado de las minorías. El rey, el más preparado desde la dinastía Ming, etc, aludió a su vez a los jueces como un grupo “que cuenta con la confianza y el apoyo de la Corona”. Vamos, que volvió a fundir el destino de la institución con el delito de rebeldía, que NS/NC en Europa y, a partir de cierta generación, también por aquí abajo.

24- Y más sobre desprestigio institucional. Se ha producido una reuni de fiscales, en la que se acuerda seguir empurando a los alcaldes que participaron en el 1-O. Unos 712. Si en Europa hacen chiribitas con la cosa rebelión, la están empezando a hacer ahora con la cosa malversación, a ver lo que dicen cuando se alquitrane y emplume a 712 alcaldes.

25- El Procés no era nada. Una nueva poética del electoralismo, la substitución de la política por la propaganda. La decisión del Gobierno de penalizarlo está atrayendo lecturas no previstas sobre el Gobierno, la monarquía, la Justicia, el Estado. El Procés seguirá sin ser nada. Carece de políticos con perspectiva, y de un apoyo social suficiente como para traducir la cosa más allá de un juego extraño, que ocupa el grueso del tiempo de más de 40% de la sociedad en actividades autorreferenciales. La erosión que está provocando la respuesta gubernamental, no obstante, es importante. Y puede ser determinante en algún momento del futuro. Ya lo está siendo.

 

14.

 

Entrevista a Joan BOTELLA a Catalunyaplural(16-04-18)

http://catalunyaplural.cat/ca/els-anys-noranta-jordi-pujol-es-va-posar-a-treballar-per-produir-el-que-esta-passant-avui-a-catalunya/

El catedràtic de Ciència Política Joan Botella ha estat fins fa uns dies degà de la Facultat de Ciències Polítiques i Sociologia de la Universitat Autònoma de Barcelona. Presideix l’associació ‘Federalistes d’Esquerres’. No li ve de nou que ara es parli de l’existència d’una tercera Catalunya i considera que la independència és impossible.

Tenim tres Catalunyes?

‘Federalistes d’Esquerres’ ho demostra en la pràctica des de fa molt temps. La suposada divisió dual que ens expliquen no és veritat. Hi ha qui es fa dir ‘Tercera via’, hi ha qui parla d’una ‘Tercera Catalunya’…

Hi ha una Catalunya representada pels independentistes. Una altra representada per Ciutadans. I, enmig, una altra Catalunya que sembla petita

La que és petita és la segona, la de Ciutadans. Té més d’un milió de vots però sociològicament i culturalment és petita. La més gran és la Catalunya òrfena, abandonada pels seus pares i mares, la Catalunya dels treballadors, d’esquerres, la catalanista… És una àmplia majoria de l’opinió pública i es veu quan hi ha enquestes d’opinió i li pregunten a la gent si prefereix una Catalunya independent, una Catalunya dins d’una Espanya centralitzada o una Catalunya dins d’Espanya i amb més autogovern. Aquesta darrera opció és sempre la majoritària. Fins i tot ara. 

Quan hi ha eleccions no es nota

Perquè no hi ha una bona representació política i sindical d’aquesta Catalunya. Per raons complicades. El Partit Socialista va quedar mig mort. Molts dels comuns van a remolc dels independentistes. Els dirigents sindicals volen mantenir la cohesió dels seus sindicats sigui com sigui i que no es trenquin internament o apareguin sindicats independentistes forts. Hi ha molts elements tàctics que fan que aquesta majoria no tingui expressió política.

Això serà sempre així?

S’ha d’acabar però passa com tot a la vida: Qui farà de portaveu, de representant d’aquest projecte? Ara per ara no el veiem. Inevitablement, uns dels que haurien de fer aquest paper són els comuns. També un Partit Socialista una mica refet, reconstituït. Sortiran forces polítiques noves. Els botiguers catalans estan tranquils i conforme amb la situació actual? Als industrials els agrada? No tenen ningú que parli per ells. Què se n’ha fet dels convergents de tota la vida? Hi ha una majoria social però no hi ha nuclis polítics que la representin.

És un problema de projectes o de persones?

Una mica de tot. La generació de l’antifranquisme s’ha jubilat, està esgotada. Hi ha hagut un excés de confiança en els darrers vint o vint-i-cinc anys en què no s’han fomentat valors, cultura i ideologia, mentre que l’independentisme ha produït discurs, personalitat,… Cal un soci espanyol sòlid que ara no existeix. Hi ha una conjunció astral de factors negatius que explica que la majoria social potencial estigui políticament encongida.

Hem arribat on som per alguna cosa més que una conjunció astral, suposo

Per molts errors. Aquesta majoria es va quedar sense paraules, sense proposta. Una part d’ella, el socialisme a escala espanyola, es refia absolutament de Rajoy. Això vol dir renunciar a parlar amb veu pròpia, que és el pitjor que es pot fer en política. A més, quan aquesta majoria va arribar al poder, amb el tripartit, no va saber gaire què fer-ne, no tenia projecte. Es va veure molt clar, no tant en els anys Maragall com en els subsegüents, on l’únic projecte que hi havia era anar aguantant i anar tirant. Montilla va ser clarivident quan va denunciar la desafecció que s’estava generant a Catalunya però ell i el seu entorn no van saber com fer-li front.

Hi ha també un element de conjuntura. S‘hi barreja la crisi econòmica i social, el fracàs de l’operació Estatut de l’Autonomia arran de les maniobres del PP de recollida de firmes en contra i el recurs davant el Tribunal Constitucional i un horitzó polític internacional sotragat a escala europea i internacional. Hi ha un conjunt de desequilibris perquè les peces del vell equilibri s’estan reajustant. Qui ens havia de dir que avui el gran defensor del lliure comerç mundial és la Xina i el proteccionisme el cultiven els americans! Tota la sintaxi de com havíem entès la política els anys vuitanta no val i s’ha de renovar.

Sense el 23 anys de Jordi Pujol com a president de la Generalitat hauríem arribat aquí?

No. A partir dels anys noranta, Jordi Pujol va començar a treballar conscientment per produir el que està passant avui a Catalunya. Ningú no havia parlat mai seriosament d’independentisme. Lluís Companys, el 6 d’octubre de 1934, va proclamar l’estat català dins la República Federal Ibèrica. Pujol va posar recursos i molts diners per donar a l’independentisme elements que no havia tingut mai: entrada als mitjans de negocis i intel·lectuals, tècnics, gent qualificada. L’independentisme era comarcal i de gent de lletres. No era urbà, modern, internacional, no parlava anglès, no tenia empresaris. Mica en mica, el nacionalisme es troba que el seu programa polític tradicional –llengua i cultura- ja s’ha assolit. La Generalitat dirigeix l’educació, existeix TV3, Catalunya Ràdio… Per ocupar aquest buit apareix, aleshores, la voluntat deliberada de començar a parlar d’economia, de que Catalunya podria ser molt més rica del que és si no carregués amb el pes d’Espanya. Parlen d’espoli fiscal, d’inversions, escampen dubtes sobre els serveis públics, socials, i acaben qüestionant la solidaritat amb d’altres territoris d’Espanya. Aquest gir de la llengua als diners està en la base del procés.

Jordi Amat atribueix bona part de laugment del suport a l’independentisme a la decisió de Pasqual Maragall d’impulsar un nou Estatut

Hi estic d’acord. L’Estatut de 2006 no va afegir res que no estigués al de 1978. S’hi van introduir qüestions que es podrien haver assumit amb lleis ordinàries del Parlament de Catalunya. Va ser la factura posada per ERC per acontentar les seves bases i formar un govern d’esquerres. Creia que així podria rematar Convergència i, al final, a molt llarg termini i d’una manera una mica inesperada, és el que ha acabat passant. Convergència avui no existeix i allò que va ser ara és molt petit. Victòria d’ERC, però victòria que han aprofitat d’altres. La reforma de l’Estatut era una operació tan ambiciosa que requeria una actitud nacional en el govern i en l’oposició. La Convergència d’Artur Mas era impermeable a consideracions d’interès nacional. Van enfocar la maniobra de l’Estatut com un joc tàctic en el qual ells havien de guanyar. Hi ha un exemple meravellós: a l’Estatut totes les lleis s’aproven per majoria al Parlament excepte una, la Llei electoral, que requereix una majoria de dos terços. Només hi ha una explicació per això i és que, quan es va fer l’Estatut, Convergència tenia un terç més un dels diputats del Parlament. Podia bloquejar la llei electoral i Mas va amenaçar que abandonaria el procés d’elaboració de l’Estatut si no s’aprovava aquesta condició. Maragall li va comprar. Sense reforma de l’Estatut no hi hagués hagut tripartit. Va ser l’inici de part de l’embolic actual però era el preu indispensable que calia pagar si es volia tenir una majoria d’esquerres al Parlament.

Tapar la corrupció de CiU té pes en l’operació independentista o és un element accessori?

Sí. En dos sentits. Vint anys de govern dels mateixos genera figures com Millet. És inevitable. Millor no parlar-ne i parlar d’altres coses. D’altra banda, Jordi Pujol tenia una autoritat moral que feia que el món independentista acceptés actituds negatives per part seva. Era independentista i sabia que no es podia aconseguir la independència. Va convèncer bona part dels seus d’això. Quan el 2014 apareixen informacions sobre l’origen inexplicable de la fortuna dels Pujol, s’ensorra el seu doble discurs. Si resulta que no era decent potser tampoc no era veritat que la independència fos impossible, pensen molts. I veiem gent major d’edat, aparentment culta, amb interessos econòmics, etcètera, que es creu aquella informació que la independència era possible, fàcil i indolora.

Mariano Rajoy i el PP també ajuden

Tot és empitjorable. El Rajoy més negatiu és el que estava a l’oposició. Va gestionar el terrible disgust de la derrota de 2014 amb aquella campanya de culpar el PSOE i els serveis secrets francesos dels atemptats del 11-M. Volia tornar al govern i ho va fer dalt d’aquest cavall. Jo crec que no li agrada, però és el que té i continua cavalcant igual. I se senten les coses que sentim, i veiem com no s’aborda la crisi catalana, la qual cosa és xocant. No es pot tenir d’esquena el territori més dinàmic, més actiu econòmicament, culturalment, universitàriament, sense que algú pensi que s’ha de fer alguna cosa.

Però electoralment li va bé en el conjunt d’Espanya

Segur. Hi ha més incentiu polític que maldat o voluntat personal o ideològica. A mesura que el temps ha anat passant s’ha afirmat la idea dins el PP que Rajoy és un tou, que no és de fiar. El veiem com molt autoritari però l’horda que està darrere seu, d’Aznar a Jiménez Losantos, es passa el dia demanant el seu cap. Sempre es pot empitjorar.

Si Albert Rivera arriba a president del Govern empitjorarà encara més la relació Catalunya-Espanya?  

Els presidents no fan el que volen sinó el que poden fer. Si Rivera arriba a president del Govern serà en aliança amb algú. Fa dos anys va estar a punt de formar govern amb el PSOE. Em sembla completament exagerada la imatge que Ciudadanos és la nova extrema dreta, neofalangista. El que passa entre PP i Ciudadanos és molt semblant al que passa entre ERC i PDeCAT i els nuclis més hiperventilats de l’independentisme. Qui faci el primer gest de pau serà denunciat com a traïdor per l’altre.

ERC ha fet alguns daquests gestos. Part del PDeCAT és més radical ara que ERC

El sector Puigdemont. Ell, Elsa Artadi, Eduard Pujol, sonen molt més extrems que ERC. El gran problema que té el món independentista avui és que el formen quatre partits: el grup Puigdemont, ERC, PDeCAT i la CUP. Competeixen entre ells i el primer que proposi fer una aturada en el camí serà acusat immediatament de traïdor. No és massa diferent del que passa entre Ciudadanos i el PP a Madrid. Al Parlament de Catalunya, entre el que queda de Convergència, ERC, socialistes i comuns sumen 70 diputats, sense el grup de Puigdemont, el PP, la CUP i Ciudadanos. Sense els extremistes hi ha una majoria a Catalunya. Aquests números estan fets. No me’ls invento jo però qui s’atreveixi a proposar aquesta majoria en veu alta serà penjat del pal major. ERC hauria d’encapçalar aquesta majoria perquè és el grup més nombrós. La diferència amb Escòcia o Quebec és que allí hi ha un sol partit que demana la independència. A Catalunya el moviment independentista està encarnat en quatre partit. Cal atreviment per promoure una reordenació de les peces del taulell d’una manera nova, impensada. La realitat és la que és.

Carles Puigdemont va estar a punt dactuar així i convocar eleccions avançades però al final va cedir a la pressió del seu entorn i no ho va fer

Compta molt en la seva actitud actual la voluntat de venjança del que li va passar aquella nit, els tweets, els missatges insultants de Gabriel Rufián, la manifestació dels joves de la CUP,…

S’anima a fer una predicció del que pot passar en el futur immediat?

Hi ha una part del món independentista que està disposada a fer la catàstrofe el més gran possible, que no passi res de bo, que fracassin els intents de nomenar president, que puguin insistir que el govern de Madrid és autoritari i no deixa treballar al Parlament… A aquests no els fa por anar a noves eleccions. I hi ha una altra part de l’independentisme que sap que aquesta via és suïcida.

Els primers confien que hi hagi una mediació internacional

Confien en una pressió ‘insuportable’ des de l’exterior. Un mediador és algú que pot agafar pel coll a les dues parts, fer-les seure en una taula i no deixar que s’aixequin fins que no arribin a un pacte. La mediació internacional no és mai elegant, simpàtica o desinteressada. Són els banquers alemanys que volen cobrar els seus deutes. No excloc que, ara que hi ha govern a Alemanya, això acabi passant, que algú truqui a Madrid i Barcelona i demani què passa amb els diners dels seus banquers. L’altra possibilitat és entendre’s sense arribar aquí, sense intervenció exterior. Els catalans sempre hem estat convençuts que som millors, més llestos, més prudents, més europeus que el promig espanyol. No som conscients de fins a quin punt aquesta crisi actual ens està donant mal nom dins i fora de les Espanyes.

Dins les Espanyes veuen Catalunya a través de televisions com Telecinco, La 1 o La Sexta. Aquí ho fem a través de TV3. Comparteix la visió que TV3 i Catalunya Ràdio han estat fonamentals en l’auge de l’independentisme?

Han estat claus. A TV3 no hi ha ara cap programa que no respongui a sumar-se al procés. Quan hi ha programes de tertúlies, reflexió, debats, els convidats estan en proporció de 3 a 1 i el presentador se suma a la majoria i crucifiquen el que està en minoria. Els no independentistes poden optar entre anar-hi i sortir crucificats o no anar-hi i quedar malament. Això hauria de fer reflexionar algú al front dels mitjans. Ho hem vist en les converses per formar nou govern a Catalunya. Els partits ens expliquen amb tota naturalitat com es reparteixen la direcció i els serveis informatius de la ràdio i la televisió de Catalunya. Quan se’ls retreu, la resposta és que els mitjans públics espanyols també són sectaris, la qual cosa no és gaire bon argument.

Hi ha alguna solució a la situació actual que permeti preveure un retorn al debat polític i social tranquil? Res no permet pensar en un futur sense dirigents independentistes condemnats a llargues penes de presó. A no ser que hi hagi indults

Passarà això o alguna cosa similar, però no de forma ràpida. Ara ens podem trobar amb què el president sigui alliberat i el vicepresident sigui condemnat per fets comesos pel president. És un escenari fatal. Durarà una estona, inevitablement. Alguns esdeveniments podrien accelerar aquest procés. Per exemple, un canvi polític a Espanya. Tinguem en compte que el govern espanyol no pot aprovar els pressupostos generals de l’Estat i això pot generar una crisi. Una altra possibilitat seria la pressió exterior. Tant a fi de bé –que els banquers alemanys convencin Angela Merkel que pressioni- o per les males –que a base de resolucions judicials contràries a les del Tribunal Suprem surtin opcions diferents. L’actitud del Tribunal Suprem ara és presentar el tribunal de Schleswig-Holstein que s’ha negat a extradir Puigdemont per rebel·lió com un ‘tribunal de províncies’. Aquests jutges encara no han entès que estan dins la Unió Europea, on el Tribunal Suprem espanyol és tant important com l’Audiència Provincial de Jaén. Europa redibuixa les jerarquies. Mentre la classe político-administrativa central es comporti com Cristina Cifuentes, per dir-ho ràpid, no entendran que estan davant un problema gravíssim i no començaran a treballar per resoldre’l. En política, les solucions a vegades venen de llocs inesperats.

La societat catalana agrairia que les aigües de la política i la convivència es calmessin una mica

La divisió social és prou profunda com perquè es pugui fer un diagnòstic pessimista. Ja fa temps que Lluís Foix diu que estem vivint una guerra civil. Una guerra civil freda, però guerra civil al cap i a la fi. I això pot trigar molt de temps a resoldre’s. Tota la gent que va viure l’1 d’octubre als col·legis electorals ho va fer de forma molt tensa, dramàtica. Per ells, no era cap joc i d’això se n’ha de ser conscient. El pas del temps ajuda però calen iniciatives polítiques que ara no es veuen. Hi ha protagonistes que podrien jugar un paper polític però hi renuncien. Comissions Obreres i UGT, en participar a la manifestació del dia 15 dient que són tranversals i que defensen la llibertat, afirmen l’existència de ‘presos polítics’ i assumeixen la forma de veure la realitat que té el món independentista. És legítim i ho respecto però és un error greu perquè renuncien al paper que poden jugar com elements realment transversals que aportin solucions noves.

És possible la independència?

No. Mai no ha nascut una independència dins d’una democràcia, perquè això vol dir que l’estat d’origen passi a ser vist per la comunitat internacional com un estat il·legítim. Haurien de passar moltes coses perquè Espanya arribés a aquesta situació, essent com és un país democràtic membre del club europeu. Si Catalunya fos independent, seria viable? Sí, clar. Fa un segle que Irlanda és independent i és una roca pelada, enmig de les aigües glacials de l’Atlàntic nord. Se n’han sortit i els irlandesos mengen cada dia. Catalunya seguiria tenint les mateixes condicions, el mateix clima, la mateixa arquitectura. Els turistes seguirien venint. Econòmicament, la Catalunya independent és viable. No ho és, però, políticament i socialment. En primer lloc, perquè el defensors d’una Catalunya independent són una minoria a la societat catalana. En segon lloc, perquè el trencament amb les Espanyes no és factible i el que està passant aquests dies, amb els empresonaments i les situacions judicials ho demostra. I, a més, perquè el món requereix unitats més grans i no unitats més petites. No hi prestem prou atenció però el més important del que està a punt de passar és l’obertura de la guerra comercial entre els Estats Units i la Xina. Això és, de llarg, el més greu que tenim en els propers dies i setmanes. Resistir davant potències d’aquest calibre reclama ser molt més gran i molt més sòlid. Aquest deliri que podem construir una reixa, unes fronteres, uns murs, nosaltres sols ens en sortirem, la comparació amb Estònia, Noruega, etcètera, no s’aguanta de cap manera.

Europa no fa mèrits últimament per ser un marc del qual sigui un motiu d’orgull formar-ne part

Hi ha cicles polítics. A vegades guanyen uns, a vegades uns altres. El que estem veient és que a tots els països europeus, per dèficit d’integració europea, estan apareixent reforçats els nacionalismes interiors. Fa uns dies a Hongria, abans a Itàlia, Alemanya, França, el brexit… Perquè? Perquè el nou club, el nou estat és encara tímid, només és una unitat econòmica sense el pes polític corresponent. La gent busca un refugi i el que té més a mà és el nacionalisme. Però això no va enlloc.

Com a federalista això el deu frustrar

A l’inrevés. El que fa falta és desenvolupar cultura federalista i treballar per la federació europea. Avui Europa és més federal que fa cinquanta anys. Un tribunal provincial alemany pot desmentir el Tribunal Suprem espanyol. Això és Europa. Això és federalisme. El que no hi haurà mai més seran sobiranies. Sobirania en què? Climàtica? En el paper dins l’economia mundial? No fotem! Allò que té de bo el que estem vivint és la desaparició dels límits fronterers, encara que generi problemes com el dels refugiats, els immigrants o certs aspectes de la globalització. Cal recordar que les fronteres són artificials, són invents.

Quan temps haurà de passar perquè retorni la bona convivència social?

Hi ha números perquè això vagi per llarg. Hi ha números perquè quedi un reducte diferent en les consciències d’uns i altres però podem aconseguir una forma de convivència raonablement estabilitzada. Cal asseure’s i parlar, però ara estem en la fase d’enfrontament entre mascles alfa.

Aquesta solució confortable arribarà després de fer un o més referèndums?

Si calgués, sí. Molts constitucionalistes han dit que és possible un referèndum de debò, no un de consultiu. Si portes la gent a votar ha de ser perquè el resultat vagi a missa. Si surt que Sí és que Sí. Com el brexit. Però votant què? Independència Sí o No? Statu quo actual Sí o No? Una proposta nova més satisfactòria Sí o No? Jo aposto per aquesta tercera possibilitat. Això vol dir que s’ha d’elaborar, s’ha de negociar molt, s’ha de determinar quins objectius es volen assolir mitjançant la independència i acordar un referèndum que n’inclogui un nombre determinat. Cal una decisió i una voluntat per fer-ho que avui no veiem, però la solució ha d’anar per aquí.

 

15.

 

Antoni PUIGVERD, “La gran batalla” a La Vanguardia (25-04-18)

http://www.lavanguardia.com/politica/20180425/442967565185/la-gran-batalla.html

Albert Rivera va ser el pioner de la política tal com ara l’entén tothom: una fàbrica d’emocions. Ha contribuït decisivament a convertir la política catalana en una gran centrifugadora de sentiments. Certament, el nacionalisme català ja era essencialment emotiu: en temps de Macià, els catalanistes eren “els de la flamarada”. Però també és cert que, els anys de l’Assemblea de Catalunya, i durant la construcció de l’autonomia, tant el catalanisme (PSC i PSUC o ICV) com el nacionalisme pujolià anaven amb peus de plom. La realitat de Catalunya, amb milions de ciutadans provinents de totes les terres d’Espanya, obligava a moderar el sentimentalisme, a cultivar els raonaments d’inclusió, a consensuar un mínim comú denominador.

Aquest model es va arruïnar per la falta de lleialtat del nacionalisme de Pujol amb els esforços ingents de les esquerres catalanistes en la creació dels consensos catalans de mínims: mentre PSC i ICV havien de forçar els seus votants a acceptar posicions no sempre fàcils en el terreny de la llengua i del sentiment de pertinença, Pujol i l’aparell de la Generalitat anaven cultivant l’autoestima dels seus votants, que, veient-se tan ben pentinats a TV3, van començar a descordar-se sentimentalment cada vegada més. El segon factor de la ruïna del consens catalanista és el fracàs de la reforma de l’Estatut, que va causar una paràlisi de les elits catalanes (encara estan mudes), va desballestar definitivament el PSC i va provocar la sobtada crescuda de l’independentisme de base (ANC, Òmnium): un corrent essencialment emocional.

Ara bé, precisament quan començava la crisi del model inclusiu i racional del catalanisme (tripartits de Maragall i Montilla), Ciutadans va irrompre a l’escenari. Fins i tot abans de néixer (Foro Babel), ja tenia clar l’objectiu: organitzar la reacció emotiva dels sectors castellanoparlants de Catalunya en contra dels valors cata­lanistes. Si el pujolisme dis­simulava amb dos jocs de cartes (inclusió teòrica, cultiu romàntic de les bases), Cs no ha estat mai equívoc: va néixer per cultivar el romanticisme del castellanoparlants de Catalunya.

De la mateixa manera que una gran marca de cerveses o de pizzes ha d’encarnar emocions més que no pas gustos, Ciutadans ha posat l’accent més en el sentiment que en la ideologia: el sentiment de l’espanyolitat ferida a causa de la inevitable convi­vència amb uns veïns que tenen un sentiment de catalanitat ferida. Amb Ciutadans, el victimisme ha canviat de bàndol. Ciutadans no fa una altra cosa que queixar-se. Tot ho troba malament i discriminatori. No busca cap punt de convergència amb el catalanisme, perquè la seva mina d’or és la confrontació emocional.

L’independentisme, mutació del nacionalisme pujolià, viu d’aquest mateix mecanisme. Per això uns i altres només tiren sal a la ferida. Per això es necessiten tant. Per això el flamant fitxatge internacional de Cs, Manuel Valls, compareix a l’escenari parlant de “guerra”. Semblava que havíem tocat fons, però encara no hem vist res. S’anuncia la gran batalla de Barcelona.

 

 

 

16.

 

Miquel MOLINA, “Barcelona es más que un tranvía” a La Vanguardia (18-04-18)

http://blogs.lavanguardia.com/off-barcelona/barcelona-mas-tranvia-25666/

Raro es el gobierno o el Parlamento que estos días registra actividad inteligente (por ejemplo, ocuparse de los grandes retos que plantean la robótica, la ingeniería genética, el envejecimiento masivo de la población o la desertización de los centros urbanos por el auge del comercio online). La crisis política catalana y la pésima gestión que se ha hecho de ella no sólo han convertido en un páramo las dependencias de la Generalitat y el Parlament; también una mala digestión del procés ha motivado que se detenga el reloj en la Moncloa y el Congreso, donde preocupan más las deliberaciones de un tribunal alemán que la sostenibilidad del sistema de pensiones (por no hablar de su única solución posible, que es una política generosa de inmigración). El único Parlamento que de verdad está en ascuas y no es por la cuestión catalana es el de la Comunidad de Madrid, empeñado en conseguir que ninguna ciudad de España se libre de dar espectáculo.

Barcelona también ha sucumbido a esta epidemia de astenia política primaveral. Desde que el proceso independentista entró en su fase culminante, el Ayuntamiento dejó también de enfrentarse a los problemas que de verdad comprometen el futuro de la ciudad. Ada Colau ha hecho durante estos meses equilibrios para preservar tanto su crédito político como su condición de puente entre posturas extremas, y los partidos independentistas y sus antagonistas han tensado cuanto han podido la cuerda en beneficio de sus propios intereses.

Aún falta un año largo para las elecciones, pero se extiende la idea de que, de alguna manera, el telón del mandato municipal bajó definitivamente el pasado martes. Fue el día en que los opositores de Colau enterraron con sus votos el proyecto estrella de la alcaldesa para estos cuatro años: la unión de los dos tranvías que ahora circulan por la Diagonal, además de la polémica multiconsulta.

De aquel pleno salieron un gobierno municipal abatido y una oposición reforzada que sin embargo sigue sin impulsar ideas ambiciosas para la ciudad. En el fondo, el resultado del debate sobre si procede o no prolongar el tranvía no es lo más preocupante. Desde que se conoció el proyecto, se han puesto sobre la mesa opiniones que desde la sensatez defienden una u otra opción. Pero lo que de verdad alarma, lo que da una medida de la gravedad de la situación, es que Barcelona ignore algunos de los grandes retos del mundo global e invierta tanta energía política en una cuestión relativamente menor, como es la resolución de un problema viario de apenas 3,8 kilómetros. El alcalde de Nueva York impulsa la construcción de un tranvía para conectar Brooklyn y Queens que cubre una distancia de casi 26 kilómetros y que costaría 2.000 millones de euros. Ha generado mucha polémica, pero su éxito o su fracaso no parece que vaya a ser la piedra de toque del mandato de un Bill de Blasio que tiene otros frentes más complejos abiertos.

¿Es el tranvía descarrilado de la Diagonal un síntoma de esa presunta decadencia barcelonesa que el viernes denunciaron los restauradores y comerciantes de la ciudad? En cualquier caso, si cabe hablar de decadencia, la responsabilidad habría que repartirla entre el equipo de gobierno y los partidos de la oposición que se han dedicado más a obstruir que a proponer un modelo de ciudad. También le tocaría su parte a una sociedad civil que sólo ahora parece salir del letargo.

De aquí a las elecciones ya no hay tiempo para construir un nuevo tranvía, pero sí para que el gobierno municipal y la oposición recojan el guante de las propuestas –campañas de promoción, apuestas para reforzar la excelencia científica o cultural, candidaturas a eventos globales– que empiezan a gestarse desde la propia ciudadanía. Esta moderna aceleración de los tiempos políticos que tanto vértigo nos da cuando los acontecimientos se suceden sin margen para digerirlos tiene también sus ventajas: un año bien aprovechado puede dar para mucho.

 

17.

 

Adam MICHNIK, “Consejos para tiempos sombríos” a El País (23-04-18)

https://elpais.com/elpais/2018/04/22/opinion/1524408875_814839.html

Thomas Jefferson, uno de los padres de la democracia norteamericana, anotó en 1786: “La opinión pública es la base de nuestro sistema, y la tarea más importante es mantener este derecho. Si tuviera que decidir si debemos tener un gobierno sin prensa o prensa sin gobierno, no dudaría en preferir lo segundo”.

Ojalá que estas palabras —un sólido acto de fe en el sentido de la existencia de la prensa independiente, así como en la necesidad de periodistas valientes y honrados— sean nuestra guía.

Merece la pena acudir a nuestros antiguos maestros en busca de ayuda y consejo, pues son más sabios que nosotros. Son ellos quienes pueden guiarnos por el laberinto de estos tiempos sombríos.

Por eso deberíamos recordar el caso Dreyfus, cuando un periódico independiente francés, gracias a la pluma del gran escritor Émile Zola, salvó a un hombre inocente, así como el honor de todo Francia frente a una acusación falsa, formułada por el statu quo de depravados acólitos del chovinismo, el militarismo, el antisemitismo… el estatus de una élite enfundada en uniformes militares y elegantes trajes de la clase dirigente: la élite francesa.

Recuperamos hoy la memoria de Jefferson y Zola, reafirmados por la importancia de la prensa independiente en los escándalos de los Papeles del Pentágono y el Watergate. Incidimos en ello, pues tenemos la sensación de que los valores entonces amenazados y defendidos, vuelven a ser objeto de una agresión por parte de los sectores populistas, chovinistas e intolerantes de la ultraderecha, cuya fuerza no hace sino aumentar. Vuelven así los demonios de las ideologías totalitarias, con su desprecio al pluralismo, al Estado de derecho, a la igualdad de los ciudadanos, el diálogo y el compromiso. Vuelve el desprecio al Otro, a la persona de otra religión, nacionalidad o color de la piel. En nuestro mundo vemos cada vez más xenofobia y homofobia, mientras que en otros lares crece el fundamentalismo islámico, el cual suele empuñar el arma criminal del terrorismo.

La prensa independiente, cercenada en Turquía y Rusia, y liquidada en Budapest, además de en otros países de Europa central, resulta ser el último baluarte en defensa de la constitución y del orden democrático.

El populismo de la ultraderecha —como sucede también con la izquierda radical— manifiesta su desprecio por el sistema de valores cristiano y por la razón ilustrada; suplantar los argumentos con invenciones no es sino eliminar el respeto a la verdad, aparte de igualar esta con la mentira. Y es que la verdad y la mentira no son dos puntos de vista diferentes. Al igual que el negro y el blanco no son dos tipos de blanco. La mentira y las fake news no son más que veneno al servicio de la estupidez más intransigente, que considera a la libertad como su mortal enemigo.

John Milton preguntó en Areopagítica (1644): “Y aunque todos los vientos de la doctrina huvieran de desatarse para azotar la tierra (…) ¿acaso se ha visto alguna vez que la Verdad sea derrotada en una confrontación franca y leal?”. John Stuart Mill añadió que ello significa la necesidad de “una búsqueda de la verdad concienzuda y consciente”. Y precisó: “Debido a la condición imperfecta de la mente humana, el interés en la verdad exige la diversidad de opiniones”.

Es precisamente esta diversidad la que ataca el populismo de la ultraderecha —o de la izquierda radical— cuando se erige en el dueño y señor de la Verdad única y definitiva. De esta forma, consciente o inconscientemente reproduce las ideas totalitarias de los años 30, tristemente famosas, cuando los nazis y los bolcheviques proclamaron la muerte de la democracia liberal. Aquello fue entonces —al igual que hoy— un campo abonado para la dictadura de la mentira en la vida pública.

El gran escritor francés Michel de Montaigne era de la opinión de que la mentira es “la mayor ofensa que se nos puede infligir con la palabra” y añadió: “¡el vicio de mentir es algo que repugna! Hubo un autor clásico que lo describió de forma sumamente ofensiva, diciendo que ello implica “dar testimonio de que se tiene a Dios por menos que nada, al tiempo que se teme a los demás”. “Resulta increíble alabar una y otra vez la repugnancia de semejante vileza:¿qué cabría imaginar más repulsivo que ser cobarde con los demás, y osado con Dios? Al realizarse nuestro entendimiento únicamente por la palabra, aquel que la falsea traiciona la relación pública. Es la única herramienta que aúna voluntades e ideas, pues viene a ser el traductor de nuestra alma. Si llega a faltarnos [la verdad] dejamos de sostenernos, dejamos de reconocernos mutuamente. Si nos engaña, rompe nuestro trato disolviendo todos los lazos de nuestra sociedad”.

Estas palabras del sabio francés tienen hoy un gran peso, cuando la mentira prolifera en Internet, y la cacofonía omnipresente ha liquidado el antiguo fantasma de la censura. Internet —ese gran descubrimiento de nuestros tiempos— amplía el espectro de libertad, pero este mismo Internet abre de par en par las puertas a la mentira, el odio y la manipulación. Cuando la razón se anestesia y se despiertan los fantasmas, el debate político suele convertirse en puro espectáculo.

Internet es el nuevo campo de batalla de las belicosas formaciones populistas y totalitarias, enemigas del sistema democrático constitucional. La libertad de prensa es condición indispensable para la existencia de una democracia constitucional. Si los medios de comunicación mueren, la democracia constitucional se queda indefensa. Cuando se infringe la constitución, se está condenando a la prensa libre a la pena de muerte.

Cabe resaltar, sin embargo, que los enemigos a la libertad no son hoy el filósofo del derecho alemán Schmitt ni tampoco Vladímir Lenin, sino sus caricaturas, los demagogos Marine Le Pen, Trump, Orbán o Kaczyński, y sobre todo Vladímir Putin. Su misión es la destrucción del imperio de la democracia, sembrar la confusión y el caos. Tras la organización de los troles internautas a cargo de Putin se oculta siempre el mismo denominador común: apoyar al populismo y las tendencias antidemocráticas más radicales de la Unión Europea y EE. UU. Un camino que destruye la confianza en las instituciones del Estado democrático de Derecho, vistas como un hatajo de corruptos. De esta forma, se destruye a los referentes, tildadas élites mentirosas, granujas y ladrones, además de agentes extranjeros. En Rusia se ha presentado bajo esta luz a los galardonados con el Premio Nobel Pasternak y Solzhenitsyn, Sájarov y Brodsky. En Polonia, por su parte, a Miłosz y a Szymborska, a Andrzej Wajda y Bronisław Geremek. A estas autoridades de la vida pública se les ha embarrado y tratado exactamente igual que antaño a los “apátridas cosmopolitas” o representantes del “arte degenerado”. Los motivos para indignarse y mantenerse alerta son evidentes. Las formaciones chovinistas y xenófobas acrecientan su empuje. El estancamiento puede paralizar al mundo democrático, lo que favorecerá a las fuerzas autoritarias, si no sabemos defender nuestro mundo frente a sus agresores, disfrazados con la máscara del nacionalismo y del fanatismo religioso. Por eso merece la pena recordarnos a nosotros, los periodistas, aquellas palabras pronunciadas en las postrimerías de la Segunda Guerra mundial por el extraordinario escritor y periodista polaco Ksawery Pruszyński. Pruszyński escribió:

“Siempre debemos hacer lo que hay que hacer, independientemente de que nuestra acción pueda tener efectos seguros o aunque solo podamos tener probabilidades de conseguir efectos e, incluso, aunque tengamos el temor de que no los conseguiremos, por mucho que alguien nos garantice que sí. La tarea del comentarista no es, pues, tocar un interminable sztajerek [una polca briosa] para satisfacer el gusto del público. La tarea del comentarista es explicar lo que ha entendido con su mente, independientemente de que el razonamiento en cuestión guste o no guste al poder, a la Iglesia, a las masas, a la sociedad, al pueblo, a la opinión pública. Siempre defender la convicción de que los consejos que da o las advertencias que hace son justos, aunque no gusten. La tarea del comentarista es también defender sus opiniones hasta el fin, a pesar de otros e, incluso, en contra de otros. Como dicen los anglosajones, again and again. Y el escritor tiene que defenderse solamente en el búnker de su propia conciencia ante los reproches de que no gusta, que no cumple las esperanzas depositadas en él o, lo que es aún peor, que se está quemando, que está acabado. Tiene que saber decir lo que debe cumplir, tiene que repetirlo hasta el fin, aunque todo sea cada vez peor, y, en particular, cuando todo es peor, o cuando nadie le haga caso; especialmente cuando no le hacen caso”. Ksawery Pruszyński se mantuvo además fiel a esta declaración de principios.

Un gran maestro de nuestra profesión, un hombre de un inconformismo total y absoluto y de una honradez sin par fue Georges Orwell

En 1944 escribió Orwell a sus colegas periodistas: “No vayan a creerse que durante años y años pueden estar haciendo de serviles propagandistas del régimen soviético o de otro cualquiera y después pueden volver repentinamente a la honestidad intelectual. Basta con que una vez te prostituyas, para que te conviertes en una puta”.

Estas recetas son de incalculable valor para nosotros, redactores y periodistas, en nuestros tiempos nada fáciles y teñidos de negro.

 

18.

 

Jan-Werner MÜLLER, “Can Liberalism Save Itself?” a Social Europe (13-04-18)

https://www.socialeurope.eu/can-liberalism-save-itself

The causes and consequences of what is often described as “the rise of populism” are matters of deep dispute. But if there is one thing everyone can agree on, it is that populism is primarily an attack on liberalism. As such, a number of avowed liberals have authored books in which they take a long, hard look at their own values and institutions, even as other critics call for liberalism to be rolled back.

In principle, public debate should benefit from a chastened, self-critical liberalism. Yet as the books under consideration here show, criticism of the liberal project often depends on a cartoonish rendering of liberalism itself. As a result, the political crises afflicting many of the world’s democracies come to seem as if they are part of the same problem, for which there might be a straightforward fix.

Self-Inflicted Wounds

Start with Edward Luce, the Financial Times chief US commentator, whose The Retreat of Western Liberalism is an attempt to “save liberalism from itself.” Through lucid, accessible prose, Luce argues that there is one clear reason why liberalism is in urgent need of rescue: it’s the economy, stupid. For at least a generation, he notes, inequality has been rising and social mobility has been falling. Between one-half and two-thirds of citizens across the West have seen their incomes stagnate; in the United States, median household income is below its level at the beginning of the century.

The outward signs of this trend are all too visible in large cities. Luce, who has a journalist’s eye for telling details, notes that there is no longer a single London borough with a working-class majority. Likewise, the number of unoccupied apartments in New York City has increased by 75% since 2000. And those who are still living in the city face an ever-rising “toil index,” a measure, designed by the economist Robert H. Frank, that indicates the number of labor hours required for the median worker to pay the median rent in US cities. According to Frank, that number has increased from 45 hours per month in the 1950s to 101 hours today.

Luce blames this state of affairs on two familiar culprits: globalization and technological change, which, he argues, are actually more or less the same phenomenon. Cheap transportation and the information and communications (ICT) revolution enabled businesses to move production from Western shop floors to lower-cost sites in developing countries. Jobs have not (yet) been destroyed en masse by artificial intelligence (AI), but, rather, by remote intelligence: Indian call-center workers, low-paid Facebook employees in the Philippines tasked with removing abusive content, and so forth.

Of course, such accounts can seem highly deterministic, and Luce does add some nuance by reminding us that globalization is the product of specific political decisions. The problem, he notes, is that such decisions have often been presented as non-decisions. Consider former US President Bill Clinton, who supported China’s accession to the World Trade Organization with the argument that globalization is “the economic equivalent of a force of nature, like wind or water.” Or, recall then-British Prime Minister Tony Blair’s speech in 2005 in which he challenged those calling for a deeper debate about globalization: “You might as well debate whether autumn should follow summer.”

In fact, trade agreements are entered into by choice, and often calculated for national advantage. But in the case of China, Clinton miscalculated. Rather than shrinking, the US trade deficit with China would go on to increase almost fivefold. And, unlike a number of continental European governments, neither Clinton nor Blair had come up with coherent strategies to cushion the domestic impact of trade liberalization.

As a result, global competition has become ever-more brutal, while self-perpetuating cartels of privilege have seized control of the economy. The perks that come with wealth and power, not abstract forces such as technological innovation and globalization, explain why Harvard University admits one-third of all legacy applicants (those whose parents attended), and why, more broadly, elite universities accept more students from the wealthiest 1% of households than from the bottom 60%.

Politics And The Davos Language

Luce’s book could have been yet another familiar lamentation of the status quo. But it is redeemed by his unsparing account of the hypocrisies and contradictions that mar so much liberal political thinking today. Citing George Orwell’s observation that “the great enemy of clear language is insincerity,” he accuses liberal elites of refusing to paint a clear picture of how the world is changing. If they did, they would understand why so much public discontent is justified. Instead, they obfuscate reality with the foggy language and meaningless jargon of Davos Man, as if all the struggling lower and middle classes need is more “multi-stakeholder communication,” “resiliency,” and “disruptive thinking.”

Luce exposes the same intellectual poverty in what he scathingly calls “Hillaryland.” The liberal denizens of this exalted plane apparently thought that demographic data would win the 2016 US presidential election for Hillary Clinton. The voters Clinton referred to as “everyday Americans” were mere props for a larger technocratic vision. According to Luce, the “groupthink” in Hillaryland is incomparable to anything he has ever seen, even after interviewing many ultranationalists and other fanatics around the world.

But one wonders what Luce expects of those liberals who inhabit Hillaryland. What, exactly, should they be thinking? Luce is right to bring a global perspective to the troubles of liberal democracies, and to treat them as part and parcel of the crisis of the liberal international order, and of the poverty of the liberal imagination. When he does so, he comes close to saying that the global fight for liberalism is in some ways already over.

For one thing, China is rapidly overtaking the US. By 2050, China’s economy will likely be two times larger than that of the US and all Western economies combined. As Luce helpfully reminds us, the “Great Recession” was really an Atlantic recession – China and India have been doing just fine since the 2008 financial crisis. When Chinese President Xi Jinping delivered his much-anticipated address at Davos in January 2017, he seemed to be making an offer that liberal internationalists could not refuse: China would sustain the global order now that US President Donald Trump has abdicated America’s leadership role.

Nevertheless, Luce doubts that China will replace the US in the short term. Instead, he expects an era of chaos and “radical uncertainty.” In the end, he hopes that Western democracies will forge a new social contract, as wealthy elites come to realize that it is in their own interest not to let the crisis fester. And, if we are lucky, a new international compact might follow. But Luce offers these scenarios as nothing more than vague hopes; and when he does discuss concrete solutions, his proposals lack conviction.

Luce is at his best when he recounts his own generation’s complacency with the liberal order after 1989. In many ways, liberals then were not unlike those before World War I, whom John Maynard Keynes described as, “water-spiders, gracefully skimming, as light and as reasonable as air, the surface of the stream without any contact at all with the eddies and currents underneath.” All told, Luce’s book feels like a breezily urbane conversation in an Oxbridge common room. Vivid details and witty formulations are welcome, but it would be rather uncouth to dig too far into the theoretical weeds.

Category Errors

By contrast, Harvard University political scientist Yascha Mounk’sThe People vs. Democracy feels more like a German university seminar. Mounk’s book is earnest and eminently reasonable, and it offers plenty of theoretical considerations to put today’s crisis of liberal democracy into perspective. Having a theory of the problem, as opposed to random impressions, is a distinct advantage. Alas, Mounk’s theory is deeply flawed. His entire book is structured around the difference between the “illiberal democracy,” or “democracy without rights,” favored by populists, and the “undemocratic liberalism,” or “rights without democracy,” advanced by liberal technocrats and judges.

Conceptually, Mounk’s argument is neatly ordered. But it is problematic on multiple levels, beginning with terminology. There is no such a thing as a “democracy without rights.” At the very least, representative democracy, by definition, must provide for the right to vote and, more broadly, political opinion-formation through free speech and assembly. Hence, it is a mistake to argue that populists in power are prone to create “illiberal democracies.” Populists like Hungarian Prime Minister Viktor Orbán and Turkish President Recep Tayyip Erdoğan are not just damaging liberalism – understood as the rule of law and the protection of minority rights – when they undermine basic democratic rights. They are also attacking democracy itself. To believe otherwise, one would have to argue that any elected government that does not literally stuff the ballot boxes on election day counts as democratic.

Mounk’s neat conceptual division leads him to make rather dubious empirical assessments about the status quo. For example, in one of his diagrams, he places the European Union adjacent to Russian President Vladimir Putin’s regime in a category labeled “undemocratic.” Now, there is much in the EU bureaucracy to criticize. But the fact remains that the EU operates through democratically elected bodies, not least the European Parliament and the European Council, which can veto technocratic proposals by the European Commission. And one would search in vain to find any instances where the president of the Commission has ordered the assassination of Euroskeptic dissidents living in London.

Also worth mentioning is the fact that figures like Orbán relish being called “illiberal democrats.” After all, it was Orbán who promised in a 2014 speech that he would build an “illiberal state.” Orbán also claims to be a champion of democracy, and has celebrated the emergence of other populists like Trump as blows against “liberal non-democracy,” even as he undermines Hungarian democracy by stifling media pluralism and manipulating the electoral system.

Yet Mounk, seduced by the symmetry of his categories, cannot take such a critical perspective. Instead, he is forced to credit the populists with articulating “what people really want,” even when doing so means repeating the populists’ own rhetoric that they alone represent the authentic, homogeneous will of the people. The problem with this should be obvious. Far from reflecting the popular will, Trump was elected with three million fewer votes than his opponent. Similarly, the ruling Law and Justice (PiS) party in Poland – which Mounk defines as an “illiberal democracy” – received a mere 19% of all eligible votes in the last elections.

The People Vs. The People

Elsewhere, Mounk goes so far as to credit populists for demonstrating “democratic energy” and a “vociferous commitment to democracy.” It is true that populist parties sometimes bring back into the fold voters who, their interests ignored or not served, had given up on democratic politics. One could make a prima facie argument that this is good for representative government over all. Still, there is no reason to think that populists exhibit a special “energy” (another term they would welcome). Nor is there any evidence that populists are better than others at mobilizing voters, or that they are genuine advocates of popular participation. Populists criticize the principle of political representation only when it is expedient to do so – namely, when they are not in power. As soon as they are in government, calls for more participation usually vanish, as “the people” now have uniquely authentic representation.

The idea that populists are “vociferous” believers in democracy is similarly problematic. By claiming to be the sole representatives of the people, populists imply that they will not respect institutional limits on their power once in office. Their conception of democracy consists of majority rule, and nothing more. But majority rule does not hold up as a democratic principle unless it is combined with protections for minorities.

Without such protections, a majority at any given time could simply disenfranchise the minority. Over time, the majorities within that shrunken electorate could continue to disenfranchise the losers in future votes until only a tiny subsection of the original polity remains. For a system to be a democracy, it must preserve the possibility that new majorities can form and that laws will be revised. As the Italian thinker Nadia Urbinati reminds us, a democracy does not crystallize a homogeneous popular will for time immemorial, but rather allows for winners to have second thoughts and losers to have second chances.

Crowding Out Democracy

In his discussion of “undemocratic liberalism,” Mounk is right to argue that liberal technocrats have been complicit in populism’s rise. Those who embrace pure technocracy believe that there is a single, rational solution to every policy challenge and political problem. In such a system, debate is unnecessary. The role of citizens and their parliamentary representatives is to consent to the technocrats’ proposed policies. This is a caricature, to be sure. But it also clearly resembles some of the positions taken by the EU over the last decade, especially during the euro crisis.

Needless to say, technocratic rhetoric provides an excellent opening for populists, because it invites the very questions that populists are wont to ask: Where are the citizens in all this? How can there be a democracy without choices? This is how technocracy and populism can start to reinforce one another. They can seem like opposites – the intellectual versus the emotional, the rational versus the irrational. And yet each is ultimately a form of anti-pluralism.

The technocratic assertion that there is only one rational solution to a problem means that anyone who disagrees with that solution is irrational, just as the populist claim that there is only one authentic popular will means that anyone who disagrees must be a traitor to the people. Lost in the fateful technocratic-populist interplay is everything one might think of as crucial to democracy: competing arguments, an exchange of ideas, compromise. In the absence of democratic discourse, politics becomes a contest between only two options. And those committed to either side share the view that there are never any alternatives.

Unlike Luce, Mounk pays serious attention to the changing environment of democratic politics, particularly to the rise of social media as a form of “many-to-many communication” that circumvents traditional arbiters of reliable information (and respectable opinion). One wishes that he had traced the implications of this development more clearly. Instead, he moves on to his conclusion, which is essentially a catalogue of conventional centrist – tilting toward technocratic – solutions to various policy challenges.

For example, he recommends lifelong skills training for workers, digital gadgets in schools, and the creation of an “inclusive nationalism.” Ultimately, though, he admits that “there are no easy answers.” The People vs. Democracyends with bromides such as, “It’s very important for the defenders of liberal democracy to resist authoritarian strongmen with courage and determination.”

The Source Of All Our Problems?

Courage and determination certainly animate some of liberalism’s opponents, not least the American political theorist Patrick Deneen. In Why Liberalism Failed, we have left the seminar room and are now listening to a dyspeptic preacher holding forth from an anti-liberal pulpit. Deneen’s main argument is that liberalism has failed because it has succeeded – a paradox that, for some, may pass for profundity. Having transformed the world into nothing more than a place where selfish, rights-bearing individuals all pursue their material, “base” desires, liberalism has destroyed everything in its path.

In this new world, Deneen explains, there is no longer any role for local communities, family ties, or, of course, religion. As Alexis de Tocqueville observed in the first half of the nineteenth century, such unchosen elements in human life are necessary if freedom is to be sustainable and have any meaning. Thus, liberalism exhausts the very moral, social, and material resources on which it depends; it is the parasitic ideology par excellence.

Deneen’s brand of cultural pessimism was a staple of anti-liberalism throughout the nineteenth and twentieth centuries. The fact that it is now perceived as “deep” by the American commentariat says more about the state of our public debate than it does about Deneen’s book. As is typical of the US religious right, Deneen’s account is maddeningly imprecise. He trots out a variety of authoritative thinkers – Thomas Hobbes, John Locke, and Francis Fukuyama all make appearances – to show that pretty much anything can be attributed to some disembodied, insidious force called “liberalism.”

In Deneen’s telling, “classical liberalism” is devoted to solving problems through markets, while “progressive liberalism” is devoted to solving market-driven problems through state intervention. Deneen argues that these are two sides of the same Hobbesian coin. The inevitable outcome is a society of atomized individuals dominated by an ever-stronger state. As this fateful dynamic progresses, genuine culture, authentic communities, and what Tocqueville called “the arts of association” are necessarily supplanted by what Deneen calls a liberal “anticulture.”

Deneen scarcely considers the possibility that any of the pathologies afflicting American society could have been caused by something other than “liberalism,” such as, say, capitalism. One wonders what he thinks of the Scandinavian countries that have avoided so many of the elements of American life that he finds displeasing. One could hardly describe them as obviously illiberal. Nor does Deneen give any thought to the fact that, contrary to typical mid-twentieth-century accounts, totalitarianism was not the immediate consequence of “atomization.” In fact, the arts of association flourished in Germany during the Weimar Republic; the problem was that too many people were associating to advance deeply illiberal ends.

A Dangerous Alternative

Given the intellectual paucity of his diatribe, it is not surprising that Deneen specifically forgoes any effort to formulate a theoretical response to the disasters supposedly wrought by liberalism. In his view, “theory” always leads to “ideology,” and we would do better to retreat to small communities where authentic, disciplined life can be rebuilt far from the madding crowd of acquisitive, hedonistic liberals.

And yet even Deneen seems to have realized that this kitschy vision of small-town Americana will not do. By the end, he cannot help but offer what is, for all intents and purposes, his own “ideology.” In a complete volte-face, he asserts that “practices fostered in local settings, focused on the creation of new and viable cultures, economics grounded in virtuosity within households, and the creation of civic polis life” might actually at last be worthy of the name “liberal.” But in what sense? Surely the descriptions of these “practices” are no less abstract than his dreaded “theory.”

What Deneen really objects to – as do plenty of liberals – is the conflation of liberty and licentiousness. He would prefer that liberty be understood as self-government and the cultivation of individual virtue through liberal education. But, again, one wonders what he really means. When liberal democratic states guarantee their citizens’ freedoms, it is not as if they are preventing self-cultivation or coercing citizens to live as “abstracted, deracinated, and consumptive selves” in a “cultureless and placeless world.”

Deneen’s insinuation that individuals, left to themselves, can never develop a self-sustaining conception of meaning in the absence of religion, nationalism, or some other prop is the oldest trick in the anti-liberal playbook. Tellingly, citizens in liberal democratic states are not just free from coercion, but actually protected from the traditional religious and nationalistic practices that Deneen mourns. Many of these practices, it’s worth noting, were not so much about self-cultivation as about powerful men’s obsession with exercising control over female bodies. Throughout history, “education in limits” mostly meant imposing limits on people deemed somehow inferior.

Deneen claims that liberalism is rooted in a “false anthropology,” which implies that he would know the “correct” anthropology if he saw it. His talk of local, back-to-the-land forms of resistance to liberalism may sound charming, but it has dangerous implications. If an anti-liberal movement were to take hold and become emboldened, its followers surely would not hesitate to use the state to shape social life according to its adherents’ own view of anthropological correctness. For a prime example of this, look no further than Orbán’s Hungary, where the regime is actively imposing its Christian nationalist vision on the whole of society.

Making Liberalism Work

Since the United Kingdom’s Brexit referendum and the election of Trump in 2016, many liberals have been increasingly critical of themselves and their longstanding political and economic assumptions. That has been a good thing. Those who embrace the spirit of liberalism should never be too sure of themselves, and a period of self-reflection is very much in order.

At the same time, liberals must defend liberalism from some of the cruder attacks leveled against it. Liberals are not just another tribe or selfish power elite – what Deneen calls the “liberalocracy” – and liberalism and democracy are not completely different things. Taken together, the books under review can embolden a much-needed spirit of self-examination, as they demonstrate the difference between hard-hitting criticism and opportunistically recycled anti-liberal clichés.

•     Edward Luce, The Retreat of Western Liberalism, Atlantic Monthly Press, 2017

•     Yascha Mounk, The People vs. Democracy: Why Our Freedom Is in Danger and How to Save It, Harvard University Press, 2018

•     Patrick J. Deneen, Why Liberalism Failed, Yale University Press, 2018

 

19.

 

John  GRAY, “The problem of hyper-liberalism” a The Times Literary Supplement (27-03-18)

https://www.the-tls.co.uk/articles/public/john-gray-hyper-liberalism-liberty/

For liberals the recent transformation of universities into institutions devoted to the eradication of thought crime must seem paradoxical. In the past higher education was avowedly shaped by an ideal of unfettered inquiry. Varieties of social democrats and conservatives, liberals and Marxists taught and researched alongside scholars with no strong political views. Academic disciplines cherished their orthodoxies, and dissenters could face difficulties in being heard. But visiting lecturers were rarely dis­invited because their views were deemed unspeakable, course readings were not routinely screened in case they contained material that students might find discomforting, and faculty members who departed from the prevailing consensus did not face attempts to silence them or terminate their careers. An inquisitorial culture had not yet taken over.

It would be easy to say that liberalism has now been abandoned. Practices of toleration that used to be seen as essential to freedom are being deconstructed and dismissed as structures of repression, and any ideas or beliefs that stand in the way of this process banned from public discourse. Judged by old-fashioned standards, this is the opposite of what liberals have stood for. But what has happened in higher education is not that liberalism has been supplanted by some other ruling philos­ophy. Instead, a hyper-liberal ideology has developed that aims to purge society of any trace of other views of the world. If a regime of censorship prevails in universities, it is because they have become vehicles for this project. When students from China study in Western countries one of the lessons they learn is that the enforcement of intellectual orthodoxy does not require an authoritarian gov­ernment. In institutions that proclaim their commitment to critical inquiry, censorship is most effective when it is self-imposed. A defining feature of tyranny, the policing of opinion is now established practice in societies that believe themselves to be freer than they have ever been.

A shift to hyper-liberalism has also occurred in politics. In Britain some have described the ascendancy of Jeremy Corbyn as the capture of the Labour Party by a Trotskyite brand of Marxism. No doubt some factions in the party hark back to the hard-left groups that fought for control of Labour in the 1970s and 80s in their rhetoric, methods and policies. But there is not much in the ideology animating Corbynite Labour that is recognizably Marxist. In Marx, the historical agent of progress in capitalist societies is the industrial working class. But for many who have joined the mass party that Corbyn has constructed, the surviving remnants of this class can only be obstacles to progress. With their attachment to national identity and anxieties about immigration, these residues of the past stand in the way of a world without communal boundaries and inherited group identities – a vision that, more than socialism or concern for the worst-off, animates this new party. It is a prospect that attracts sections of the middle classes – not least graduate millennials, who through Corbyn’s promise to abolish student fees could be major beneficiaries of his policies – that regard themselves as the most progressive elements in society. But there are some telling differ­ences between these hyper-liberals and the progressives of the past.

One can be seen in the frenzy surrounding the question of colonialism. The complex and at times contradictory realities of empire have been expelled from intellectual debate. While student bodies have dedicated themselves to removing relics of the colonial era from public places, sections of the faculty have ganged up to denounce anyone who suggests that the legacy of empire is not one of unmitigated criminality. If he was alive today one of these dissident figures would be Marx himself, who in his writings on India maintained that the impact of British imperialism was in some ways positive. Acknowledging that “the misery that was inflicted by the British on Hindostan is of an essentially different and infinitely more intensive kind than all Hindostan had to suffer before”, Marx continued by attacking the “undignified, stagnatory and vegetative life” of Indian villages:

we must not forget that these idyllic village communities, inoffensive though they may appear, had always been the solid foundation of Oriental despotism, that they restrained the human mind within the smallest possible compass, making it the unresisting tool of superstition, enslaving it within traditional rules . . . . England, it is true, in causing a social revolution in Hindostan, was actuated by only the vilest interests, and was stupid in her manner of enforcing them. But that is not the question. The question is, can mankind fulfil its destiny without a fundamental revolution in the social state of Asia? If not, whatever may have been the crimes of England, she was the unconscious tool of history in bringing about that revolution. (The British Rule in India”, New-York Daily Tribune, June 10, 1853)

Of course, Marx may have been mistaken in this judgement. Along with most progressive thinkers of his day, he assumed that India and other colonized countries would replicate a Western model of development. But like other progressive thinkers at the time, he also took for granted that this was a question that could and should be debated. He never believed that colonialism was self-evidently damaging in all of its effects.

There are other features that distinguish hyper-liberals from progressive thinkers of previous generations. Last year’s Labour Conference was notable for a fringe event, later condemned by the Labour Party, in which one speaker seemed to suggest that questioning whether the Holocaust happened should be a legitimate part of public debate. This sits oddly with curbs on debate that many of those present would – I imagine – have supported on other issues, such as colonialism. Again, no one at the meeting proposed that the myths surrounding communism – such as the idea that large-scale repression originated with Stalin – should be exposed to critical inquiry. The costs and benefits of European colonialism and Soviet communism are not simple matters of fact; assessing them involves complex historical and moral judgements, which should be freely discussed. In contrast, suggesting that the Holocaust may not have occurred is a denial of incontrovertible fact. If Holocaust denial is accepted as a respectable branch of historical inquiry, the most infallible symptom of anti-Semitism is normalized. At the same time a key part of the ideology of the alt-right, according to which facts are not objectively identifiable features of the world, is affirmed.

However, indifference to facts is not confined to the alt-right and the hyper-liberal Left. It is pervasive among liberals who came of age at the end of the Cold War. Francis Fuku­yama’s claim that with the fall of communism the world was witnessing “the universalization of western liberal democracy as the final form of human government” is nowadays widely mocked. Yet when he made this pronouncement in 1989, in the summer issue of the National Interest, it expressed what most liberals believed, and, for all that has since transpired, most continue to insist that the arc of history curves in their direction. They believe this even though the Middle East is a patchwork of theocracy, secular authoritarianism and states fractured by Western intervention; much of post-communist Europe is ruled by illiberal democracies (regimes that mobilize popular consent while dismantling protections for individuals and minorities); Russia is governed through a type of elective autocracy; and the US under Trump appears to be on the way to becoming an illiberal regime not unlike those that have emerged in Hungary and Poland. They pass over the fact that parties of the far Right attract growing support from voters in several of the countries of the European Union. In Germany – the centre of the stupendous liberal project of a transnational European state – a recent poll showed larger numbers of the electorate intending to vote for the far-right Alternative for Germany party (AfD) than for the centre-left Social Democrats. In Italy, Centre Left and Centre Right have been rejected in favour of extreme parties, some of them with links to Fascism. One reason liberal democracy is not going to be universalized is that in some cases it is morphing into a different form of government entirely.

Many who believe liberalism is in crisis have identified the underlying causes as being primarily economic in nature. With some caveats, this is the view of Edward Luce in one of the better recent books on the subject, The Retreat of Western Liberalism (2017). If the West cannot keep up with the economic and technological advance of China, and distribute the fruits of economic growth more widely, Luce asks, how can it maintain its claim to superiority? In this view, the populist upheavals that have shaken Western countries are clearly a backlash from those who have been excluded from the benefits of an expanding global market. Certainly this was one of the reasons for the revolt against established ruling elites that erupted in 2016. Brexit and the Trump presidency are different in many ways, but neither would have happened had it not been for large numbers of voters having a well-founded sense of being left out. Rev­ulsion against Washington-centric oligarchical capitalism was part of the mood that Trump exploited. But it was not only their marginal­ization in the economy that the voters resented. They were also responding to the denigration of their values and identities by parties and leaders who claimed to be fighting for social justice. Hillary Clinton’s contemptuous reference to a “basket of deplorables” was emblematic. In recent years, no social group has been more freely disparaged than the proles who find themselves trapped in the abandoned communities of America’s post-industrial wastelands. With their economic grievances dismissed as “white­lash”, their lives and identities derided, and their view of the world attributed to poor education and sheer stupidity, many of these despised plebs may have voted for Trump more out of anger than conviction. If this mood persists and penetrates sections of the middle classes it has not yet deeply affected, he could yet win a second term. It may not be the economy but a need for respect that decides the outcome.

It is at this point that the rise of an illiberal liberalism becomes politically significant. What happens on campus may not matter much in itself. Anxiously clinging to the fringes of middle-class life, many faculty members have only a passing acquaintance with the larger society in which they live. Few have friends who are not also graduates, fewer still any who are industrial workers. Swathes of their fellow citizens are, to them, embo­diments of the Other – brutish aliens whom they seldom or never meet. Hyper-liberalism serves this section of the academy as a legitimating ideology, giving them an illusory sense of having a leading role in society. The result is a richly entertaining mixture of bourgeois careerism with virtue-signalling self-righteousness – the stuff of a comic novel, though few so far have been up to the task of chronicling it. We are yet to see anything quite as cutting as Malcolm Bradbury’s The History Man (1975) or Saul Bellow’s The Deans Dec­ember (1982), where the campus radicals of a generation ago were depicted with dark humour and cruel wit. Despite being on a larger scale than ever before, the campus may be too small and self-enclosed a world to interest many novelists today.

Yet the identity politics that is being preached on campus has effects on society at large. Mark Lilla’s The Once and Future Liberal (TLS, February 9) has been widely attacked for claiming that a Rooseveltian project of building a common identity that spans ethnicities can produce a more enduring liberal politics: any such view, faculty inquisitors hiss, can only be a disguised defence of white supremacy. Lilla’s book cannot be faulted on the ground that it harks back to Roosevelt. By attacking a liberal conception of American national identity as a repressive construction, hyper-liberals confirmed the perception of large sections of the American population – not least blue-collar workers who voted Democrat in the past – that they were being excluded from politics. Showing how the decline of liberalism in America has been mostly self-induced, Lilla’s book has performed an important service. If his analysis has a fault, it is that it does not go back further in time and explore the moment when liberalism became a secular religion.

John Stuart Mill’s On Liberty (1859) may seem an unlikely point of origin for an illiberal brand of liberalism. In the second chapter of that celebrated essay, the author presented a canonical argument for free expression:

the peculiar evil of silencing the expression of an opinion is, that it is robbing the human race; posterity as well as the existing generation; those who dissent from the opinion, still more than those who hold it. If the opinion is right, they are deprived of the opportunity of exchanging error for truth; if wrong, they lose, what is almost as great a benefit, the clearer perception and livelier impression of truth, produced by its collision with error.

For some, all would be well if only we returned to these old liberal verities. But Mill’s argument has limitations. It depends on the premiss that truth should be valued as an end in itself – an assumption hard to square with his Utilitarian moral philosophy, according to which the only thing valuable in itself is the satisfaction of wants. What if many people want what Mill (citing an unnamed author) described as the “deep slumber of decided opinion”? In a later work, Utilitarianism, Mill suggested that anyone who had known the intellectual pleasure of free inquiry would prefer it over mere contentment: “It is better to be a human being dissatisfied,” he declared, “than a pig satisfied”. If the pig thinks otherwise, it is because the pig is not familiar with the delights of the mind. Mill’s certainty on this point is droll. A high-minded Victorian, he was insufficiently familiar with the lower pleasures to make a considered judgement. His assertion that human beings would prefer intellectual freedom over contented conformity was at odds with his empiricist philosophy. Essentially unfalsifiable, it was a matter of faith.

While he never faced up to the contradictions in his thinking, Mill was fully aware that he was fashioning a new religion. Much influenced by Auguste Comte, he was an exponent of what he and the French Positivist philosopher described as “the Religion of Humanity”. Instead of worshipping a transcendent divinity, Comte instructed followers of the new religion to venerate the human species as “the new Supreme Being”. Replacing the rituals of Christianity, they would perform daily ceremonies based in science, touching their skulls at the point that phrenology had identified as the location of altruism (a word Comte invented). In an essay written not long before the appearance of On Liberty but published posthumously (he died in 1873), Mill described this creed as “a better religion than any of those that are ordinarily called by that title”.

Mill’s transmutation of liberalism into a religion marked a fundamental shift. Modern liberal societies emerged as offshoots from Jewish and Christian monotheism. The idea that political and religious authority should be separated is prefigured in the dictum of the charismatic Jewish prophet who came to be revered as Christianity’s founder: “Render unto Caesar the things that are Caesar’s, and unto God the things that are God’s”. In seventeenth-century England, Milton defended freedom of conscience and expression as a condition of true faith, while John Locke saw toleration as a duty to God. When they claimed universality for these values they did so in the belief that they were divinely ordained. Mill and the secular liberals who followed him did not give up the claim to universality. They made it all the more strongly, and in a more radical form. What this meant for Mill becomes clear in the third chapter of On Liberty, “Of Individuality as one of the Elements of Well-Being”. Here, freedom no longer refers only, or even mainly, to protection from coercion by the law or other people – a system of toleration – but to a radical type of personal autonomy – the ability to create an identity and a style of life for oneself without regard for public opinion or any external authority. In future, only a single type of life would be tolerated – one based on individual choice.

It is a problematic vision, some of whose difficulties Mill glimpsed. A society that promotes individuality of this kind will iron out differences based in tradition and history; but since much of the diversity of human life comes from these sources, the result may be mass conformity. Again, in a society of the sort Mill envisioned, other religions and philos­ophies would be gradually eliminated. But if only one view of the world is acceptable, what becomes of intellectual diversity? This was not a theoretical risk for Mill. He found it exemplified in Comte, whose philosophy he came to believe led to “liberticide” – the destruction of intellectual freedom that comes when everyone is required to hold the same view. A hostile critic of liberalism who valued free inquiry only insofar as it was useful in weeding out irrational beliefs, Comte welcomed the rise of an intellectual orthodoxy with the power to impose itself on society. Mill was horrified by the prospect. He could scarcely have imagined that such an orthodoxy would be developed and enforced by liberals not unlike himself.

Mill’s religion of humanity has deeper problems. Like Comte, he believed that humanity is a progressive species, though he diverged profoundly in how he understood progress. And what is “humanity”? The conception of humankind as a collective agent gradually achieving its goals is not reached by observation. All that is empirically observable are human beings muddling on with their conflicting goals and values. Nor is it clear that many people yearn for the sort of life that Mill promoted. If history is any guide, large numbers want a sense of security as much as, or more than, personal autonomy.

Liberals who rail at populist movements are adamant that voters who support them are deluded or deceived. The possibility that these movements are exploiting needs that highly individualist societies cannot satisfy is not seriously considered. In the liberalism that has prevailed over the past generation such needs have been dismissed as atavistic prejudices, which must be swept away wherever they stand in the way of schemes for transnational government or an expanding global market. This stance is one reason why anti-liberal movements continue to advance. Liberalism and empiricism have parted company, and nothing has been learnt. Some of the strongest evidence against the liberal belief that we learn from our errors and follies comes from the behaviour of liberals themselves.

That modern politics has been shaped by secular religions is widely recognized in the case of totalitarian regimes. Yuri Slezkine’s The House of Government (TLS, December 22 & 29, 2017) is a magisterial account of Bolshevism as an apocalyptic sect, which differed from earlier millenarian groups in the vast territory over which it ruled and the scale of the power it exercised. Whereas Jan Bockelson and his early sixteenth-century Anabaptists controlled only the city of Münster, Lenin and his party ruled over the peoples of the former Romanov empire. By destroying existing institutions, they aimed to open the way to a new society – indeed a new humanity. The Bolshevik project came to nothing, apart from death and broken lives for tens of millions. But the Bolsheviks would not be the last millenarian movement to seize control of a modern state. In his pioneering study The Pursuit of the Millennium (1957), Norman Cohn showed how Nazism was also a chiliastic movement. Mao’s Cultural Revolution and Pol Pot’s Cambodia can be added to the list. Much of twentieth-century politics was the pursuit of apocalyptic visions by secular regimes.

While liberals have been ready to acknowledge that totalitarian movements have functioned as corrupt religions, they resist any claim that the same has been true in their own case. Yet an evangelical faith was manifestly part of the wars launched by the West in Afghanistan, Iraq and Libya. No doubt these wars served geopolitical strategies, however poorly thought out and badly executed, but underpinning them was an article of faith: that slowly, fitfully and with many relapses, humankind was evolving towards a worldwide society based on liberal values. Existing humans might vary greatly in their devotion to these values; some might be bitterly hostile to them. But this was only a result of having been repressed for so long. Sweep away the tyrants and their regimes, and a new humanity would emerge from the ruins. And when it failed to materialize, it was only because there had been insufficient preparation for its arrival.

The true lesson of these wars was quite different. While intervention may be justified in order to prevent the worst crimes against humanity – a genocidal assault on the Yezidis, for example – the freedoms of thought and expression that have existed in some societies in the past few centuries cannot be transplanted at will throughout the world. Late growths of Judaism and Christianity, these liberties are products of a particular pattern of historical development. At present, they are being discarded in the societies where they originated. The idea that the world is gradually moving towards a universal civilization based on old-fashioned liberal values is as fanciful as Comte’s notion that altruism emanates from a bump on the head.

Hyper-liberals will reject any idea that what they are promoting is an exorbitant version of the liberalism they incessantly attack. Yet the belief persists that a new society will appear once we have been stripped of our historic identities, and switched to a system in which all are deemed different and yet somehow the same. In this view, all identities are equal in being cultural constructions. In practice some identities are more equal than others. Those of practitioners of historic nationalities and religions, for example, are marked out for deconstruction, while those of ethnic and sexual minorities that have been or are being oppressed are valorized. How this distinction can be maintained is unclear. If human values are no more than social constructions, how can a society that is oppressive be distinguished from one that is not? Or do all societies repress an untrammelled human subject that has yet to see the light of day?

The politics of identity is a postmodern twist on the liberal religion of humanity. The Supreme Being has become an unknown God – a species of human being nowhere encountered in history, which does not need to define itself through family or community, nationality or any religion. Parallels with the new humanity envisioned by the Bolsheviks are obvious. But it is the affinities with recent liberalism that are more pertinent. In the past, liberals have struggled to reconcile their commitment to liberty with a recognition that people need a sense of collective belonging as well. In other writings Mill balanced the individualism of On Liberty with an understanding that a common culture is necessary if freedom is to be secure, while Isaiah Berlin acknowledged that for most people being part of a community in which they can recognize themselves is an integral part of a worthwhile life. These insights were lost, or suppressed, in the liberalism that prevailed after the end of the Cold War. If it was not dismissed as ata­vistic, the need for a common identity was regarded as one that could be satisfied in private life. A global space was coming into being that would recognize only universal humanity. Any artefact that embodied the achievements of a particular state or country could only be an obstacle to this notional realm. The hyper-liberal demand that public spaces be purged of symbols of past oppression continues a post-Cold War fantasy of the end of history.

Liberals who are dismayed at the rise of the new intolerance have not noticed how much they have in common with those who are imposing it. Hyper-liberal “snowflakes”, who demand safe spaces where they cannot be troubled by disturbing facts and ideas, are what their elders have made them. Possessed by faith in an imaginary humanity, both seek to weaken or destroy the national and religious traditions that have supported freedom and toleration in the past. Insignificant in itself and often comically absurd, the current spate of campus frenzies may come to be remembered for the part it played in the undoing of what is still described as the liberal West.

 

20.

 

Manuel ARIAS MALDONADO, “¡A las armas ciudadanos!” a Revista de Libros (25-04-18)

https://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/a-las-armas-ciudadanos

El presidente de los discursos ha dado un buen discurso: las palabras de Emmanuel Macron en el Parlamento Europeo han resonado a lo largo del continente, llamando una vez más la atención sobre su propósito de combatir el retorno de lo reprimido ‒el populismo nacionalista y viceversa‒ con un antídoto liberal-democrático de acento europeísta. De ahí sus referencias a «la Europa que protege» en un contexto global desordenado, o su reivindicación de la «autoridad de la democracia», que él mismo ha afirmado en su país esta semana pasada con el desalojo por la policía de los huelguistas que ocupaban el centro de la Sorbona en Tolbiac. Para Máriam Martínez-Bascuñán, el valor del discurso de Macron en Estrasburgo reside en una idea de corte liberal: que la democracia está concebida para desarrollar individuos y no pueblos. La paradoja estriba en que el presidente francés parece convencido de que, sin la suficiente unidad en torno a la democracia, no hay régimen liberal-pluralista que pueda sobrevivir. Por eso ha sido tachado de «populista de centro»: alguien que desde la elite pone los instrumentos del populismo al servicio del proyecto democrático europeo.

Naturalmente, la gran pregunta es de qué manera puede reforzarse la cultura política democrática en sociedades crecientemente conflictivas. Huelga decir que no se trata de eliminar el conflicto, sino de garantizar que el conflicto se canalice por vías democráticas y sin poner en peligro los valores de la democracia. Qué valores sean exactamente éstos es asunto bien distinto, como muestra la dificultad de dirimir si el conservadurismo cultural que demanda una sociedad sin inmigración o atribuye un papel rector a la «cultura nacional» (esa Leitkultur de la que se habla en Alemania) es contrario a los valores democráticos o simplemente una versión ‒desagradable para muchos‒ de los mismos. Por decirlo de otra manera, las sociedades democráticas no andan sobradas de motivos unificadores, y esta debilidad estructural ‒acentuada por el posmodernismo, primero, y por las políticas de la identidad, después‒ se pone de manifiesto con especial agudeza allí donde se fractura el consenso cultural acerca de la vieja nación o se acentúan los aspectos más antiliberales de lo nacional. Es una de las razones por las cuales Macron trata de restaurar la grandeur francesa, sirviéndose para ello de las cualidades simbólicas de la presidencia, mientras habla simultáneamente de la «soberanía europea» en un mundo globalizado.

Sea como fuere, uno de los aspectos más sorprendentes del programa de Macron tenía que ver con el intento de proveer a la democracia de nuevos instrumentos para restaurar la unidad en torno a sí misma: la recuperación de una suerte de servicio militar que educase a todos los jóvenes franceses, sin distinción de sexo, en los valores republicanos. Se habló mucho de esto y ahora se habla menos, acaso por las prosaicas dificultades que comporta la puesta en práctica de una idea que plantea considerables problemas logísticos. Es una idea que, pese a sus aparentes ribetes castrenses, tiene más que ver con los valores republicanos que con el belicismo.

De hecho, el adjetivo «militar» fue perdiendo fuerza en las sucesivas declaraciones sobre el asunto, en buena medida por las protestas de un estamento militar poco dispuesto a educar a los jóvenes, dados los acuciantes desafíos a los que se enfrenta. Y eso por no hablar del problema presupuestario que supondría para el Ministerio de Defensa asumir un coste calculado entre los dos mil y los tres mil millones de euros: formar a seiscientos mil jóvenes cada año no sale barato. Así que, si bien Macron hablaba en campaña de «una experiencia ciudadana de la vida militar, de la mezcla social y de la cohesión», tras alcanzar el poder se acentuó la idea de un «servicio nacional» en cuya organización participasen varios ministerios, entre ellos Educación a Interior. Pero, para evaluar el proyecto en sus propios términos, tomemos como referencia las palabras del propio Macron:

Deseo que cada joven francés tenga la ocasión de una experiencia, siquiera breve, de la vida militar. Se instaurará, pues, un servicio nacional de corta duración, obligatorio y universal. Se trata de un proyecto de sociedad de calado, un verdadero proyecto republicano, que debe permitir a nuestra democracia estar más unida y aumentar la resiliencia de nuestra sociedad.

Hablamos de un país donde el servicio militar obligatorio fue abolido en 1997, después de dos siglos en los que el mito revolucionario del pueblo en armas había servido como uno de los fundamentos sentimentales de la república. A pesar de que, como es obvio, el ejército francés en sus distintas ramificaciones ‒incluida la Legión Extranjera‒ ha sido durante ese largo peróodo algo más que una garantía republicana contra la amenaza contrarrevolucionaria: basta preguntar en las antiguas colonias francesas. En cualquier caso, cuando Macron une en una misma frase la vida militar con «la mezcla social y la cohesión» está diciendo algo parecido a lo que ha venido diciéndose en España en los últimos años, a saber: que el servicio militar obligatorio prestaba un incómodo pero útil servicio como aglutinador de clases sociales y procedencias regionales. ¡La forja de un demócrata!

También aquí, claro, es inevitable el contraste entre el ideal republicano del servicio militar universal y la realización práctica de ese ideal. No hace falta haber leído el relato de Antonio Muñoz Molina para saber que la experiencia del servicio militar, en su caso franquista, no es demasiado placentera; sin que podamos esperar que un servicio renovado bajo los auspicios de la democracia cambiase mucho las cosas. También el escritor suizo Max Frisch, evocando a comienzos de los años setenta el servicio militar que realizase en Suiza entre 1939 y 1943 durante un total de seiscientos cincuenta días, se muestra escéptico acerca de la naturaleza democrática de la entera institución:

La contradicción existente en el hecho de que el ejército, concebido para defender la democracia, sea antidemocrático en toda su estructura, se presenta solamente como tal contradicción mientras se tome en serio la afirmación de que el ejército defiende la democracia, y eso era lo que yo realmente creía en aquellos años.

Hay algo de intelectual exquisito en este escepticismo, pero sus palabras expresan un recelo todavía compartido por muchos ciudadanos. ¿Cómo podría ser el ejército, precisamente el ejército, una escuela de democracia? Pero quizá la idea no sea exactamente esa, sino hacer del ejército o, mejor dicho, del paso de todos por el ejército o algo parecido al ejército, una escuela de cohesión. Es decir: de educación de los diferentes en la unidad. En algún tipo de unidad, al menos; en el recordatorio de que existe o debería existir un mínimo común denominador para los ciudadanos de una democracia.

Este sentimiento de unidad entre diferentes se habría debilitado por razones de extracción social o étnica, como en el caso francés, o debido a la diversidad interior de las federaciones (o cuasifederaciones), como en España o Estados Unidos. Recordemos, en este sentido, la importancia cohesionadora que han tenido las instituciones federales en los Estados del mismo tipo, siendo la anomalía española la de constituir un federalismo inverso donde la tendencia ‒por razones de pura trayectoria histérica‒ es centrífuga y no centrípeta: reforzamiento de las periferias respecto del centro, y no al revés. Ahí está la importancia concedida al servicio postal público, en el caso norteamericano, comprometido históricamente a llevar el correo a cualquier punto del territorio nacional; una función que explica por sí sola el glamur subversivo que atribuye Thomas Pynchon en La subasta del lote 49 a un servicio postal alternativo que simboliza la resistencia ante el poder federal. En este mismo sentido, no debería sorprendernos demasiado que el teórico neomarxista Fredric Jameson haga depender el éxito de su reciente propuesta utópica de una reimplantación del servicio militar que, andando el tiempo, habría de llevar a un «ejército universal», y de ahí a la abolición del capitalismo. En este caso, la consecución de una unidad hoy inexistente ‒para Jameson causada en buena medida por la organización federal del Estado que acentúa las diferencias entre territorios‒ no estaría al servicio de la democracia, sino de un proyecto revolucionario.

Por lo demás, el mismísimo Maquiavelo hizo del ejército popular uno de los fundamentos de cualquier república saludable, en oposición a un ejército de mercenarios que juzgaba desprovisto de la necesaria vinculación con la comunidad política que debía proteger. Dice Maquiavelo sobre los mercenarios en el capítulo XII de El príncipe que «dichas tropas no tienen otro incentivo ni otra razón que las mantenga en el campo de batalla que un poco de sueldo, siempre insuficiente para conseguir que mueran por ti». En realidad, la defensa de las milicias ciudadanas ‒presente también, no por casualidad, en la cultura política norteamericana‒ constituía ya una suerte de anacronismo en la Europa de Maquiavelo, donde los Estados empezaban a dar los primeros pasos hacia la profesionalización de los ejércitos. De ahí que el aspecto militar del razonamiento del autor florentino se nos antoje hoy desacertado. Pero es evidente, volviendo a la propuesta de Macron, que si Francia entrase hoy en guerra, nadie pensaría en llamar al frente a un hipster con un mes de formación militar. El propósito, implícito asimismo en los planteamientos de Maquiavelo, es que el ejército sea instrumento de la cohesión social y democrática.

Curiosamente, una de las escasísimas voces que se alzaron en España contra la supresión del servicio militar obligatorio fue la de Rafael Sánchez Ferlosio, poco sospechoso de belicosidad. Sus argumentos están expuestos en la primera parte (nunca hubo una segunda) de Campo de Marte, subtitulada El ejército nacional, y fueron dados a la imprenta en 1986, cuando la abolición de la mili se encontraba todavía lejana en el tiempo. Ferlosio empieza su ensayo rechazando la metáfora que presenta al ejército como «columna vertebral» del Estado, por entender que cuando el ejército disciplina a la nación hace más bien las veces «de un ceñidor, de una camisa de fuerza, de un collar de castigo o de un corsé». Y enseguida se plantea la pregunta clave acerca de quién es el ejército en el Estado moderno, sugiriendo que la diferencia fundamental con los ejércitos medievales e incluso renacentistas es que se trata de un ejército «nutrido por el servicio militar universal obligatorio». Tras prestar atención a la estructura del Estado durante los reinados de los godos y de describir los ejércitos estamentales del medievo, Ferlosio sugiere que la pregunta sobre quién es el ejército esconde en realidad la pregunta acerca de a quién corresponde la soberanía. Y después de un fascinante recorrido por la historia de los ejércitos medievales, que lo lleva de las milicias concejiles de Castilla al surgimiendo del concepto de disciplina con los hoplitas, nuestro autor se apoya en Max Weber para señalar que, por ser la constricción física directa el fundamento último del Derecho y del Estado, la capacidad política ha estado siempre vinculada a la cualificación militar. De donde se deduce lo siguiente:

una vez que, por el servicio militar obligatorio, la entera comunidad nacional adquiere a nativitate, en el Estado moderno, tal cualificación para las armas [...], ello no puede sino comportar, al mismo tiempo, que el antiguo monopolio estamental de la capacidad política por parte de un estamento militar cualificado desaparezca igualmente, esto es, que el poder político, la soberanía, se haga extensivo a la totalidad de las clases ciudadanas [la cursiva es mía].

Para Weber, esto implicaba forzosamente la extensión universal del sufragio: quien puede morir en el campo de batalla debe poder votar. De esta manera, el ejército se convierte en una institución civil y pasa a subordinarse a la autoridad democrática, pues mal podríamos hablar de «autonomía militar» del ejército si éste es lo «más indivisiblemente común». Y añade Ferlosio que

todo ciudadano encarna de hecho el papel esencial y connatural a su condición de miembro de la nación y protagonista del Estado, por cuanto éste consiste por definición en la unidad de las armas y el derecho.

Sobre esta base, el filósofo somete a crítica la objeción de conciencia como «gran enemigo de un verdadero ejército nacional», pues equivaldría a una suerte de objeción a la propia idea de ciudadanía. Algo que, según demuestra, venía a decir también el mismisimo Walter Benjamin. Y lo explica en unos términos que nos lo hacen plenamente comprensibles:

Lo que Benjamin viene a decir es que precisamente por afectar a la conexión fundamental entre las armas y el derecho, constitutiva del Estado mismo, la objeción de conciencia cabe tan solo en el programa máximo de la crítica externa a la entera Edad de Hierro como tal, y que esgrimirla como un programa mínimo [...] equivale a la ingenuidad de pretender que la Edad de Oro puede cumplirse como una especie de limbo o de paréntesis abierto en las entrañas mismas de la Edad de Hierro.

Estas palabras habrían podido sonar extrañas al ciudadano occidental que, durante algunos años, vivió persuadido de que había llegado el fin de la historia, pero quizás hoy adoptan un sentido diferente. No hace falta pensar en términos geopolíticos: los conflictos interiores a algunas democracias occidentales, como sucede con el caso catalán, nos recuerdan qué imprudente sería pensar ya en términos poshistóricos, como si, retomando la cita, estuviéramos a las puertas de la Edad de Oro. Para Ferlosio, el Derecho no puede renunciar a la coerción que lo hace posible, pues eso supondría, dice Benjamin, abrazar un anarquismo infantil según el cual «es lícito aquello que gusta» e ilícito aquello que disgusta. De lo que se trata, en todo caso, es de que la producción del Derecho sea democrática y, por tanto, legítima.

Por eso creía Ferlosio que el primer derecho que debía perder el objetor de conciencia es el derecho al voto: el vínculo histórico que relaciona soberanía, ciudadanía y servicio militar universal. Su postura, que hace explícita tras reconocer que los avances tecnológicos comportan inevitablemente que el servicio militar sea en la práctica una antigualla, queda resumida en la afirmación de que «preferiría con mucho ser ciudadano de una Atenas débil antes que ser súbdito del Imperio Otomano más fuerte», siendo ciudadano quien participa políticamente en el gobierno de su comunidad y súbdito quien no lo hace. Un pacifista coherente, concluye Ferlosio, debería negarse en redondo a eximir a los ciudadanos del servicio de las armas si ello comporta no la desaparición de los ejércitos ‒de nuevo el anarquismo infantil que critica Benjamin‒, sino la entrega de los fusiles a particulares contratados por la institución militar. Y ello aun reconociendo que un ejército profesional o de mercenarios provee a la nación de una defensa más fiable.

Que el texto de Ferlosio tiene acentos nostálgicos viene a reconocerlo él mismo cuando se refiere a la célebre distinción que hace Benjamin Constant entre la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos, tomando partido personal por los antiguos: uno quiere ante todo participar en los asuntos públicos, el otro desea preservar su independencia privada. Pero es que la exigencia moral de Ferlosio casa mal con las condiciones que rigen la vida política moderna. Así, sobre todo, no se ve claro de qué modo podrían las sociedades de masas organizar la participación política del ciudadano sino a través de la actual combinación de representación política y expresividad pública. Una expresividad que, potenciada por las redes sociales digitales, tiene mucho que ver con la idea de que el exceso de fragmentación amenaza la buena salud de las democracias.

Este y no otro es, recuérdese, el problema al que Macron trata de hacer frente cuando propone que los jóvenes franceses hagan un servicio nacional obligatorio que ‒si bien se mira‒ ha de servir como una apresurada educación para la ciudadanía. Así que, por más que Ferlosio parezca hablarnos desde otro tiempo, el problema sobre el que llama la atención no está resuelto: es el problema de la ciudadanía. El mismo sobre el que, desde otro lugar, llama la atención Mark Lilla cuando denuncia las políticas de la identidad en ese sustancioso librito que es El regreso liberal. El ensayista norteamericano apela a una reforzada «educación cívica» como posible remedio para la fragmentación contemporánea, y no cabe duda de que en esos términos concibe Macron su servicio militar o nacional: como una herramienta de la democracia destinada a su autoprotección.

Cuestión distinta es si una herramienta así puede ser todavía eficaz. Al igual que sucede con las propuestas de Martha Nussbaum para el fomento del «buen» patriotismo, cuesta pensar que así pueda combatirse con éxito la letal combinación de agonismo y descreimiento en que se desdoblan las virtudes del pluralismo y la ironía. En fin de cuentas, la democracia parece socavarse por efecto de sus propios fundamentos: como si la problematización de sí misma no conociera freno. Viene a la memoria la tenebrosa grabación de la voz del coronel Kurtz en Apocalypse Now, donde ese lector de T. S. Eliot que ha enloquecido en la selva camboyana evoca la imagen de «un caracol que se desliza por encima de una cuchilla de afeitar». Ese caracol bien podría ser la democracia pluralista. Una democracia que, dicho sea de paso, fue sometida incluso a una mayor presión que ahora durante los años de la contracultura; si esa presión tenía otra naturaleza y ahora tenemos más motivos para preocuparnos que entonces, se trata de una duda razonable que habrá que despejar otro día. Pero recordemos en todo caso que, en la fantasmagórica visión de Kurtz, el caracol sobrevive.